Violan lo normal

Magdalena Trillo | 7 de noviembre de 2017 a las 10:20

Veinte años después, el acoso machista de Harvey Weinstein está produciendo una reacción similar a la del caso de Ana Orantes: se acabó el silencio y se acabó la impunidad.

Lo “normal” no es que te manoseen y te den una palmadita cariñosa en el culo; lo “normal” no es que te violen. “No ignoraremos más las manos obstinadas sobre nuestros cuerpos, las amenazas e intimidaciones veladas como coqueteo o el silencio de colegas ambiciosos. No toleraremos más que se nos avergüence”.

Sólo en el mundo del arte, dos mil profesionales han suscrito un manifiesto contra el acoso sexual que concluye con una propuesta de definición. Sí, tan interiorizado está en nuestra sociedad, tan acostumbrados estamos a convivir con el abuso de poder patriarcal, que ni siquiera tenemos claro los límites.

Cuando en los años 80 Miguel Lorente escribió Mi marido me pega lo normal, ya advertía de que corríamos el riesgo de “acostumbrarnos” a los asesinatos machistas del mismo modo que había pasado con los fallecidos en accidente de tráfico. La realidad de fondo era aún más alarmante: la mayoría de las denuncias se presentaban para que el fiscal o el juez le echara una bronca al marido pero sin asumir la gravedad de la situación.

Sólo se asumía que se “sobrepasaba lo normal” cuando a la mujer le clavaban un destornillador en el ojo como le pasó a una vecina de Jaén o era rociada con gasolina y quemada viva como le ocurrió a la granadina cuando en 1997 denunció las agresiones de su marido en televisión. El resto era convivencia, vergüenza y culpabilidad.

El caso de Ana Orantes acabó espoleando la conciencia de la sociedad española como ahora está ocurriendo con el productor norteamericano a escala global: del cine y el arte a la política, las instituciones y las empresas. Desde el clasista Westminster -logrando lo que no se pudo ni con las revelaciones de violaciones continuas por parte del celebrity de la BBC Jimmy Savile- hasta el simbólico Parlamento Europeo pasando por la jet set sevillana con el escándalo del psiquiatra Javier Criado y poniendo contra las cuerdas a intocables de la alfombra roja como Kevin Spacey, Dustin Hoffman, Bill Cosby o Woody Allen.

El revulsivo ya está aquí pero queda lo más difícil: que la normalización no sea incompatible con la racionalización. ¿Le quitamos los Oscar a Spacey? ¿Enterramos en vida a Polanski? Que te acosen y violen no es lo normal pero tampoco podemos acabar situando el foco -como ha pasado en Andalucía- en promover una ley para prohibir, por ejemplo, los piropos. Firmeza, sí, pero prudencia y sentido común también. Como dice Demi Moore, es mejor opinar sin ira.

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