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Nosotras las conejas

Magdalena Trillo | 19 de noviembre de 2017 a las 9:30

Cualquier chica de pueblo sabe que no se puede provocar. Nos educan para eso. Nos maquillamos a escondidas después de cruzar la puerta –para evitar ese sonrojante “si te caes, te desconchas”– y en más de una ocasión nos hemos tenido que dar la vuelta porque el escote era demasiado grande, el vestido temerariamente estrecho y, con la minifalda, era evidente que nos habíamos quedado sin tela.

Eso fue así en los 80, en los 90… Herencia directa del ultracatolicismo nacional. Luego llegaría el destape, el de verdad, y la paulatina caída de las fronteras físicas y virtuales harían el resto en no más de dos generaciones. Casi anteayer.

¿De verdad nos sorprendemos de que unos jueces, justamente de Navarra, cuestionen que una chica siga viviendo después de ser violada? En muchas casas, y no sólo de pueblo, todavía se evita poner la tele o la radio cuando fallece un familiar. Por respeto. Porque así es y así tiene que parecer.

Criminalizamos las redes sociales pero, en el polémico caso de La Manada, y con independencia de que se admitan como prueba, son las vergonzosas conversaciones en WhatsApp y los vídeos que los jóvenes de Sevilla grabaron para enaltecer su hazaña en los Sanfermines lo que permite evitar que el juicio transcurra en un peligroso cruce de declaraciones. Sexo consentido o violación.

El dilema es el mismo que cuando hace 30 años se dictó la sentencia de la minifalda. La Audiencia de Lérida determinó que una joven de 17 años “pudo provocar, si acaso inocentemente, por su vestimenta”. El Supremo la ratificó dos años más tarde: el empresario fue absuelto de violación (“porque opuso resistencia verbal pero no física”) y fue condenado a una multa de 40.000 pesetas por un delito de abusos deshonestos. Jaime Fontanet le tocó el culo y las tetas porque lo provocó con su jersey ajustado y su minifalda.

Uno de los magistrados reconocería tiempo después que ni leyó el fallo: “Firmé la sentencia, como solemos hacer todos, sin leerla, porque es normal que nos fiemos del magistrado que la redacta”. Se refería, en todo caso, a los términos “anticuados” con los que se había expresado. El fondo lo compartía.

Las estadísticas oficiales hablan de mil mujeres violadas al año y el dato sólo tiene en cuenta los casos que se denuncian, no todos los que se callan por vergüenza. Por miedo a no ser creídas. Nos podemos indignar, pero no sorprender. No si tenemos en cuenta de dónde venimos y lo que ocurre en nuestro entorno. Las polémicas del eurodiputado polaco Korwin-Mikke no son una excepción; son un síntoma: antes del verano ya proclamó en su hemiciclo que las mujeres deberíamos ganar menos dinero que los hombres porque “somos más débiles y menos inteligentes”.

No lo piensa sólo él; en el campo andaluz todavía no hemos conseguido erradicar la discriminación salarial en la campaña de la aceituna. Es que no es lo mismo coger del suelo que varear; efectivamente, es más duro y por eso nos toca a nosotras…

El diputado defiende ahora la sorprendente campaña de su país para fomentar la natalidad advirtiendo que el problema de la caída demográfica en toda Europa tiene una causa evidente: que las mujeres trabajamos y no nos quedamos en casa para procrear. El spot del Ministerio polaco ha costado 700.000 euros y va de conejos. Hacer ejercicio, reducir el estrés, no beber alcohol… y replicar el ejemplo. “Sé de lo que hablo”, dice un conejo en pantalla, “¡mi papá ha tenido 63 hijos!”.

El vídeo podría continuar con la plaga que ha invadido medio campo de golf en Otura y la que ha puesto en jaque las obras del AVE… Lo llamamos “plaga” en lugar de “manada” pero el sentido es el mismo. El de nosotras, pasivas y cosificadas, y de ellos activos y cargados de razón. La conejera del machismo.

En el Festival de Venecia, el mexicano Amat Escalanta ganó el premio como Mejor Director por una perturbadora historia que entrelaza violaciones, homofobia y machismo. La región salvaje –ya está en cine y tv– arranca cuando una mujer desnuda se saca el tentáculo de un alienígena que la acababa de penetrar. Una imagen provocadora; el principio de unas regiones salvajes que ni son pasado ni son ciencia ficción.

El efecto placebo del ‘me gusta’

Magdalena Trillo | 14 de noviembre de 2017 a las 11:14

Lo llaman porno-miseria. Me lo contaba un universitario chileno que cursa un máster de Periodismo en Granada: ya en los años 70, un grupo de documentalistas colombianos firmó un manifiesto contra la utilización mercantilista de la representación de la pobreza en el cine. La explotación de la miseria al servicio del mercado europeo y anglosajón con ejemplos tan elocuentes como Slumdog Millonaire.

Lo cierto es que, con la pequeña-gran pantalla del móvil en nuestros bolsillos, un me gusta es suficiente para limpiar el sentimiento de mala conciencia. Una cara de espanto, un torrente de risa y una catarata de lloro tienen más recorrido que los nuevos 240 caracteres de Twitter. Es la ilusión de ayudar a las víctimas desde el sofá de casa; la esencia del crowdfunding y de las campañas masivas de solidaridad, aunque en demasiadas ocasiones lo compartamos sin ni siquiera tomarnos antes la molestia de leer.

Puede que todo no sea más que un efecto colateral del síndrome del impostor, esa epidemia de inseguridad con que los humanos nos debatimos entre la aspiración de tener una vida mejor y el estigma que sigue implicando el pecado de fracasar.

No sólo los grandes intelectuales, creadores y famosos temen que el mundo descubra que son un fraude. Cuando en 1978 las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes diagnosticaron el “fenómeno del impostor” se limitaron a retratar lo que cualquiera de nosotros ha sentido en alguna ocasión: ser un farsante. El antídoto no es otro que revestirnos de una apariencia de humildad -me ayudaron, estuve en el sitio oportuno en el momento oportuno, tuve suerte…- para amortiguar la caída.

Las redes sociales no han hecho más que proporcionarnos una férrea máscara con la que blindarnos de nuestros miedos y reconstruir nuestro retrato público (la vieja teoría del doble yo) rompiendo las fronteras entre la realidad que nos acecha y la ficción que casi no nos atrevemos a anhelar. ¿Me lo merezco realmente? ¿Se lo merecen ellos? La pregunta podría ser tan válida en lo alto de la escalera como en el fondo. Que un ensayo como Las virtudes del fracaso se haya convertido en un best-seller en Francia no es casualidad. Desde un ángulo crítico y literario, lo que hace Charles Pépin no es más que diagnosticar el síndrome del impostor -somos unos fracasados y nos van descubrir- y llegar al origen del efecto apaciguador del me gusta. Puro remordimiento: ser culpables, generosos, altruistas o solidarios aunque aún ni siquiera sepamos por qué.

¿La fusión era el problema? De la caída de Spiriman

Magdalena Trillo | 12 de noviembre de 2017 a las 10:00

El modelo de la fusión hospitalaria se puso en marcha en Granada de forma torpe y sin presupuesto, en pleno tsunami de ajustes, sobre una escurridiza marea de indignación y con una creciente base de ciudadanos cada vez más preocupados por el deterioro de nuestro sistema de bienestar. Ese que se convirtió en sinónimo de la integración europea frente a los cuarenta oscuros años de dictadura; ese que se tambaleaba a golpe de tuits mientras la Administración se perdía pensando si debía rebajarse a contestar. Era la salud pero era también la educación, y la dependencia, y las pensiones, y el paro galopante, y la precarización laboral.

Nos construyeron uno de los mejores hospitales de Europa y salimos a la calle a protestar. Más de 40.000 granadinos. Toda España miró a Granada y a ese personaje surgido de una muchedumbre blanca que gritaba Yeah! sin más pretensiones que exigir una buena sanidad. Nos copiaron -lo copiaron-, surgió alguna Spiriwoman en los conatos de crisis que se extendieron por Andalucía… y todo se empezó a esfumar. Con caída del héroe incluida.

La Junta cortó cabezas, pidió disculpas, desmontó el plan de desfusión, aprobó una hoja de ruta para volver a los “dos hospitales completos” y puso dinero sobre la mesa. Mucho -el necesario- y aquí estamos, en un difícil camino de regresión en el que sigue habiendo problemas y desajustes a diario, con numerosos usuarios y profesionales cabreados y con un alto nivel de incertidumbre sobre la foto final que habrá de llegar en marzo de 2018.

Pero, de entrada, se nos ha quedado un enorme interrogante: nunca sabremos qué hubiera ocurrido con el proyecto de la fusión. ¡Bien hecho, claro! Con financiación, con la suficiente agilidad y eficacia para resolver los imprevistos y las inevitables disfunciones y con un plan robusto de comunicación (interna y externa).

Ahora no es el momento de héroes ni de sobreactuación. Toca trabajar y dejar trabajar. Spiriman debió entenderlo cuando le dio la fiebre de las camisetas, se apuntó a todas las causas que iban llamando a su puerta y con la misma rapidez se las quitó. No era el flautista de Hamelin con miles de ciudadanos desnortados detrás. Hace una década que Stephen Hawking ya advirtió que el siglo XXI sería el de la inteligencia compleja; también el de los problemas complejos.

Ahí está Cataluña y, en nuestra escala local, esta misma semana hemos tenido la mejor muestra de que no hay fórmulas infalibles para nada. Ni cien personas se sumaron el jueves en La Chana al arranque del calendario de protestas de la Marea Amarilla. Era por el AVE soterrado -ese que sí ha levantado a los vecinos de Murcia y ya tienen su proyecto firmado por Fomento- pero hubiera pinchado igual con unos carteles que denunciaran los casi 1.000 días sin conexión ferroviaria que vamos a cumplir.

Las causas no son copiables ni los liderazgos exportables. El Pacto por las Infraestructuras que el alcalde ha lanzado con los empresarios tendrá el éxito que permita el pragmatismo de los presupuestos públicos –especialmente los fondos europeos- en una clave muy similar a la movilización del Puerto para que la Costa sea incluida en el Corredor Mediterráneo. Y con un factor determinante que no es otro que el político: con los correspondientes condicionantes electorales (no hay un impulso más eficaz que una campaña) y las correlativas estrategias de los partidos.

Lamentablemente, las debilidades del poder sí son transversales. Podemos hablar de política o de negocios, de instituciones o de plataformas sociales; no importa la nobleza de la causa. Tan importante como llegar es saber irse. Me desconcierta el populismo barato, las mentiras, los insultos y la ira de los últimos vídeos de Spiriman. Me dicen que así es Jesús Candel: la persona sin el personaje, sin la careta. Confieso que me sigue pareciendo de justicia su cruzada por una sanidad digna y una Andalucía sin corrupción, pero hoy jamás me haría un selfie con él. No es temor, no es corporativismo y no es revancha; es tristeza.

Violan lo normal

Magdalena Trillo | 7 de noviembre de 2017 a las 10:20

Veinte años después, el acoso machista de Harvey Weinstein está produciendo una reacción similar a la del caso de Ana Orantes: se acabó el silencio y se acabó la impunidad.

Lo “normal” no es que te manoseen y te den una palmadita cariñosa en el culo; lo “normal” no es que te violen. “No ignoraremos más las manos obstinadas sobre nuestros cuerpos, las amenazas e intimidaciones veladas como coqueteo o el silencio de colegas ambiciosos. No toleraremos más que se nos avergüence”.

Sólo en el mundo del arte, dos mil profesionales han suscrito un manifiesto contra el acoso sexual que concluye con una propuesta de definición. Sí, tan interiorizado está en nuestra sociedad, tan acostumbrados estamos a convivir con el abuso de poder patriarcal, que ni siquiera tenemos claro los límites.

Cuando en los años 80 Miguel Lorente escribió Mi marido me pega lo normal, ya advertía de que corríamos el riesgo de “acostumbrarnos” a los asesinatos machistas del mismo modo que había pasado con los fallecidos en accidente de tráfico. La realidad de fondo era aún más alarmante: la mayoría de las denuncias se presentaban para que el fiscal o el juez le echara una bronca al marido pero sin asumir la gravedad de la situación.

Sólo se asumía que se “sobrepasaba lo normal” cuando a la mujer le clavaban un destornillador en el ojo como le pasó a una vecina de Jaén o era rociada con gasolina y quemada viva como le ocurrió a la granadina cuando en 1997 denunció las agresiones de su marido en televisión. El resto era convivencia, vergüenza y culpabilidad.

El caso de Ana Orantes acabó espoleando la conciencia de la sociedad española como ahora está ocurriendo con el productor norteamericano a escala global: del cine y el arte a la política, las instituciones y las empresas. Desde el clasista Westminster -logrando lo que no se pudo ni con las revelaciones de violaciones continuas por parte del celebrity de la BBC Jimmy Savile- hasta el simbólico Parlamento Europeo pasando por la jet set sevillana con el escándalo del psiquiatra Javier Criado y poniendo contra las cuerdas a intocables de la alfombra roja como Kevin Spacey, Dustin Hoffman, Bill Cosby o Woody Allen.

El revulsivo ya está aquí pero queda lo más difícil: que la normalización no sea incompatible con la racionalización. ¿Le quitamos los Oscar a Spacey? ¿Enterramos en vida a Polanski? Que te acosen y violen no es lo normal pero tampoco podemos acabar situando el foco -como ha pasado en Andalucía- en promover una ley para prohibir, por ejemplo, los piropos. Firmeza, sí, pero prudencia y sentido común también. Como dice Demi Moore, es mejor opinar sin ira.

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La explosiva (vieja-nueva) política

Magdalena Trillo | 5 de noviembre de 2017 a las 14:23

Siempre se ha dicho que un periodista vale más por lo que calla que por lo que escribe. En cultura o en deportes, en los casos de las noticias blandas, tal vez sea un principio cuestionable pero les puedo asegurar que ocurre así -en grado superlativo- cuando nos sumergimos en el pantanoso terreno de la política y hay que lidiar hasta la extenuación con la volatilidad de ese mal que llamamos “periodismo de declaraciones”. Les explico: hoy digo tal cosa, mañana tal otra y entre medias arremeto contra los periodistas porque no se enteraron bien, porque me malinterpretaron o, directamente, les acuso de manipular y de mentir. Es gratis.

Ni aun grabando las conversaciones -algo que los móviles nos ha facilitado enormemente- estás libre de tener que dar explicaciones hasta el absurdo, de que pongan en cuestión tu profesionalidad e, incluso, de que te acusen de estar “comprado”. Por unos y por los contrarios en función de la dirección del viento.

“Calumnia que algo queda”. Es un viejo (y sucio) juego de la política que practican los partidos de siempre, y esos que se dicen nuevos aunque se empeñen en seguir sus mismos pasos, del que no nos libramos los medios.

Ahora bien, sería hipócrita plantear que estamos completamente indefensos. Podemos tener la última palabra y utilizar, por ejemplo, este espacio de opinión para contar lo que nuestra ética nos impide a cinco columnas en las páginas de información. No porque no sea verdad sino porque llegó a la Redacción con el sagrado ‘off the record’, porque se desliza entre la frontera de la noticia, el rumor o la intoxicación o porque, como resulta obvio, cualquier negociación sensible, estrategia de presión (¿chantaje?) y maniobra soterrada deja de serlo en cuanto sale a la luz.

No hablo de Cataluña; me refiero a la situación explosiva en que se encuentra la política local. La relación entre Vox y el PP por la situación de los concejales del gobierno de Torres Hurtado imputados en el caso Serrallo (seis de los ocho siguen en activo) echa humo. Aunque la causa tendrá su propio recorrido judicial con independencia de las maniobras políticas de pedir o no la desimputación a la jueza, la razón de fondo no es baladí: ¿interesa de verdad el gesto simbólico de ‘limpiar’ a los concejales para propiciar una moción de censura junto a Ciudadanos contra Cuenca?

Oficialmente sí, todo el PP critica el “desgobierno” socialista y apoya a Rocío Díaz como alcaldesa, pero extraoficialmente es un escenario que torpedearía las posibilidades de Sebastián Pérez para ser el cabeza de cartel en las próximas municipales. Que justo esta semana se haya incorporado a la Diputación Pablo García, mano derecha del presidente del PP, no puede leerse más que en clave electoral: si se produce la remontada de los populares como se espera a nivel interno, ¿Sebas a la Plaza del Carmen y Pablo a la institución provincial?

Para los comicios falta más de un año pero las piezas del tablero de ajedrez hay que situarlas ahora. Es el momento de posicionarse, de hacer méritos y de figurar. Están nerviosos; muy nerviosos. Por momentos, se roza el esperpento y quién sabe si hasta la frontera de lo legal…

Estamos ante un complejo escenario de movimientos preelectorales y “presiones” -en ocasiones contradictorios- que merecería formar parte de algún oscuro y enrevesado capítulo de House of cards: que Ignacio Nogueras, ex del PP, vaya por un lado como dirigente de Vox en Granada y su abogado por otro -incluso contrario- en el procedimiento judicial del caso Serrallo donde están personados como acusación popular resultaría inaudito si no fuera porque es justo lo que acaba de pasar… ¡Mucho más que recurran a terceros, incluidos los periodistas, para estar informados de sus propias actuaciones!

A la espera de ver qué movimientos se concretan entre los socialistas para posicionarse en la próxima ejecutiva local de Paco Cuenca -y si surge la sorpresa, en estos momentos nada probable, de que alguien con opciones plantee disputarle la Secretaría-, donde sobrevuelan los cuchillos es en Podemos. La disputa superficial es si la portavoz de Vamos Granada es Marta Gutiérrez o Pilar Rivas y qué pasa con el controvertido ‘verso suelto’ de Luis de Haro. Pero la guerra de fondo es profunda y tiene que ver con la divergente visión que simbolizan pablistas y errejonistas sobre lo que debe ser la formación morada, cuáles son sus postulados en los grandes temas de Estado, con quién aliarse y, en definitiva, cómo afrontar las distintas citas con las urnas.

La confusión que está marcando su postura en la crisis catalana se puede extrapolar a escala local y, en el caso de Granada, con el factor extra de lo que supone la corriente anticapitalista de la líder regional.

Sintetizando mucho, apunto algunas claves: la postura de confluencia con IU que se defiende a nivel provincial (con José Moreno al frente) es inviable a nivel local con un Alberto Matarán que se retiraría antes de la política que verse en la tesitura de conformar unas listas de alianza con Paco Puentedura (las heridas tras la dura y conflictiva retirada de la política de su madre, Lola Ruiz, tardarán mucho en cicatrizar…)

Que Teresa Rodríguez dirija la formación en modo stalinista tampoco está ayudando a pacificar las aguas y mucho menos que haya un personaje tan polémico e imprevisible como Spiriman como (deseada) cabeza de cartel de una futurible candidatura ciudadana. Aunque estemos en fase de tanteo, es un escenario que se cuela en las quinielas de todos los partidos -y la preocupación es compartida- cuando analizan el horizonte de las municipales de 2019.

Dentro de Ciudadanos, las aspiraciones de Luis Salvador son tan altas que la política local se le queda pequeña -así lo ha dicho alguna vez en público el ahora diputado del partido- y puede que este artículo también… Para empezar, juega en dos tiempos: tiene un plan A en el que ya se ve sustituyendo a Juan Marín a nivel regional y de vicepresidente de la Junta junto a Susana Díaz siempre que se cumpla la subida que apuntan las encuestas para las próximas elecciones autonómicas. Recordemos que la estrategia de Ciudadanos para las nuevas citas electorales es formar parte de las estructuras de gobierno, no sólo apoyar, y la posibilidad del adelanto planea en Andalucía.

Si falla, siempre estará el plan B de volver a encabezar la candidatura de Granada. O no. Porque poder, fama y mujeres es un cóctel explosivo. Más aún cuando discurre entre las cañerías de la política. Y especialmente preocupante si se confirma la denuncia por presunto acoso sexual que una Asociación de Mujeres de Madrid está difundiendo entre los medios y ha elevado incluso al Congreso, al Senado y a la ministra Dolors Montserrat exigiendo que Ciudadanos se retire del Pacto Nacional contra la Violencia Machista por tener entre sus diputados a Luis Salvador…

Media Granada habla del tema, y de la supuesta víctima de Valladolid, pero entre bambalinas… ¿Despecho, campaña de desprestigio, otro lamentable caso de acoso? Estamos en ello. Los acontecimientos nos dirán si se trata de un intento de intoxicación o echamos más gasolina a la explosiva (vieja-nueva) política local.

Clima electoral (pero en la Plaza del Carmen)

Magdalena Trillo | 29 de octubre de 2017 a las 19:02

1. Reprobación: acción de reprobar (dar por malo). 2. Vodevil: comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco.

No sólo Puigdemont es un artista de la confusión. Lo que se vivió el viernes en la Plaza del Carmen podríamos llevarlo a escena como un auténtico “vodevil de la reprobación” (Puentedura, una vez más, puso la nota lúcida del pleno) aunque donde realmente se sitúa es en la trastienda de la política: el reloj electoral ya está en marcha.

Ninguno de los movimientos, declaraciones, órdagos, presiones y amenazas (no siempre veladas) que se están produciendo delante de los micrófonos -y sobre todo entre bambalinas- pueden explicarse ya sin tener en cuenta el factor político estrictamente partidista.

El horizonte oficial son las municipales de mayo de 2019 pero hay un deadline previo más relevante: si el PP y Ciudadanos van a reeditar su alianza para presentar una moción de censura contra Paco Cuenca y provocar el tercer cambio de gobierno en la capital (acabaríamos con un alcalde por año), deben hacerlo antes del próximo mes de mayo. No es ningún capricho; es un condicionante legal el que impide recurrir a la moción en el último año de mandato.

Tienen, por tanto, seis meses para negociar aquí, pero también en Sevilla y en Madrid, y decidir si están dispuestos a cambiar la baraja meses antes de la carrera electoral. En el PP ya han encargado un sondeo para valorar si tendría más opciones Sebastián Pérez o Rocío Díaz, en el PSOE se está produciendo un sólido cierre de filas en torno a Paco Cuenca -su anuncio de presentarse a las primarias locales y el anuncio de Chema Rueda de no optar a un tercer mandato van en esta línea-, en Ciudadanos se encomiendan a Manuel Olivares conscientes de que el ‘factor Luis Salvador’ desestabilizará cualquier previsión -su inesperada presencia en el pleno del viernes no es casualidad-, desde Vamos Granada no dejan de sorprender con su capacidad para provocar escisiones donde apenas hay qué dividir y en IU, por mucho que pesen los desvelos de los históricos, bastante hacen con mantener las siglas.

La reprobación de Cuenca ha sido tan simbólica, e inútil en el sentido práctico, como la que sufrió en 2012 cuando estaba al frente de la oposición y el propio TSJA tumbó un año después advirtiendo que no se puede “instrumentalizar el pleno” para hacer un juicio político. Pero, aunque ha tenido mucho de postureo, también de tanteo y escenificación, el grupo socialista está solo.

Después de meses extenuantes de negociación, sólo ha sido capaz de sacar una batería de medidas para hacer frente a la ruina municipal cuando se ha acercado a los postulados del PP y ha logrado su abstención. Fue el pasado lunes. El Ayuntamiento ya tiene luz verde para aplicar un duro plan de ajuste -que a nadie gusta- y mañana mismo, por ejemplo, podrá empezar a pagar la mitad de la paga extra que aún debe a los funcionarios.

Pero poco más. La subida del IBI sigue siendo una línea roja para toda la oposición y los presupuestos de 2018, un futurible. Las 100 actuaciones que el alcalde expuso a los grupos para valorar sus 540 días de gestión quedaron en puro voluntarismo.

La realidad es tozuda: 8 concejales socialistas cada vez más alejados de quienes deberían ser sus aliados naturales en la izquierda (los 3 de Vamos y el concejal de IU) y con una pinza creciente en frente que no dejan de apretar los 11 del PP y los 4 de C’s. De momento, lo único que desafía la aritmética son los líos judiciales en los dos bandos. Y aquí también hay movimientos.

Por encima de la situación de Cuenca -parece previsible el archivo-, lo realmente relevante es la imputación de los 8 ediles del PP del gobierno de Torres Hurtado por el caso Serrallo. No es extraño que las presiones sean constantes y que el asunto haya llegado hasta Madrid: si Vox retira su acusación particular, y al margen del recorrido judicial, políticamente se abren nuevos escenarios.

Y es que en las campañas electorales importa cómo se termina, pero es clave cómo se empieza y, sobre todo, con qué relato. Justamente donde estamos ahora. Dónde y con quién. Donde estábamos el viernes cuando, teóricamente, se reprobaba al alcalde.

La Generación X toma las riendas

Magdalena Trillo | 24 de octubre de 2017 a las 9:45

Emmanuel Macron (39 años) en Francia. Justin Trudeau (45) en Canadá. Sebastian Kurz (31) en Austria. Forman parte de la nueva hornada de líderes mundiales que, con más sorpresa que previsión, están tomando las riendas del poder. Por delante de la Sociología o la Ciencia Política, son las grandes marcas y las compañías del sector tecnológico quienes tienen perfectamente estudiado su perfil: son la Generación X.

Nacieron entre la década de los 60 y los 70 y, aunque no son nativos digitales, se mueven en las redes sociales con más solvencia y criterio que sus sucesores (los temidos millennials). Son maduros, proactivos y responsables. Se preocupan por los derechos sociales y su aspiración es tan mundana como disfrutar de la vida, no depender del dinero y ser feliz. Reciclan y ahorran, buscan precios baratos y hacen deporte. Llevan su propia bolsa al supermercado y hacen bricolaje en casa.

Todo esto son pistas para enfocar bien las campañas y venderles mejor. Hablamos de marketing, no de política, pero podríamos. Al final no dejan de ser productos que situamos en el mercado esperando que alguien los compre, que alguien les vote. Las grandes ideas se fabrican en los sofisticados laboratorios electorales; los detalles más cotidianos son los que generan empatía o rechazo. Los que hacen creíble a un candidato o lo tumban.

Ellos están llegando; ellas van en camino. En Nueva Zelanda, la laborista Jacinda Ardern, de 37 años, ha conseguido tumbar al conservador Bill English y será primera ministra gracias al apoyo de Los Verdes, la tercera mujer al frente del país en toda su historia y la mandataria más joven en 150 años. El líder de su partido se hundía en las encuestas y, en julio, apostaron por esta joven desconocida y con carisma que ha remontado en tiempo récord.

Caeríamos en el simplismo si intentamos fijar las expectativas de éxito o fracaso en base al sexo o la edad. Pero es evidente que son tendencias que nos ayudan a unir las piezas del nuevo puzle de poder mundial. Y Rusia también juega: justo esta semana, la presentadora Ksenia Sobchak, de 35 años, hija de un ex jefe de Putin, ha anunciado su carrera a la Presidencia.

Hace tiempo que se ganó el apodo de “la Paris Hilton rusa” y ya la llaman la “candidata del papel cuché”. Desde la oposición la acusan de “querer hacerle el trabajo al Kremlim” y ser “una distracción”. La it girldefiende que está más que preparada para criticar el sistema y reunir las 300.000 firmas de apoyo que necesita… De pequeña Ksiusha no tiene nada.

Buenas noticias

Magdalena Trillo | 22 de octubre de 2017 a las 10:00

Es un clásico entre los periodistas: nos pasamos el día quejándonos pero nunca cambiaríamos de trabajo. La contradicción se sustenta en la propia esencia del oficio: mucho de vocación, una espiral interminable de esfuerzo y una pizca de olfato. Le decía esta semana Maruja Torres a Buenafuente que el periodismo “nunca nos haría ricos” -ni tenía por qué- “pero sí felices”. Justo ese día se lo habría rebatido con vehemencia: cuando estás en el barro del día a día nunca piensas que es la “profesión más bonita del mundo” como proclamaba García Márquez y no te da tiempo ni a preguntarte si eres ser feliz…

El viernes me acordé de ella: sí, hay veces en que la magia del periodismo te despierta y te recuerda por qué estás ahí… Les cuento.

Se llama Antonio José García Bascón. Si he investigado bien, es técnico de Cultura, colabora en un grupo de investigación de la UGR y es un gran lector. Esto último lo deduzco por el libro que me dejó el jueves sobre mi mesa. Justo había salido para la tertulia de Canal Sur y no llegué a verlo. El sobre lo abrí al día siguiente entre una maraña de correspondencia. Con rutina. Diseccionando lo que tendría vida en la redacción y lo que iría directamente a la papelera.

Me dio un salto el corazón. ¡El libro de Gabriel Celaya que tanto busqué para escribir el artículo sobre Lorca y Primo de Rivera! La edición del 79. Con la “aventura poética” que dedica a Amparitxu. Con “la razón de la sin-razón” con que abre las memorias recordándonos el Segundo manifiesto del surrealismo de Breton: “Todo nos lleva a creer que existe un cierto punto del espíritu en el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente”. Como el periodismo; malvado y hermoso a la vez…

Me sentí con cinco años abriendo regalos de Navidad. La nota que me dejó en el libro superó con creces la bicicleta que nunca llegó: “Estimada señora Trillo, hay ocasiones en que los libros quieren cambiar de mano. Espero que lo disfrute, ahora es suyo”.

Mucho más eficiente que yo, fue Jerónimo Páez quien consiguió una edición del libro y me pasó el capítulo sobre Lorca. El mismo día de la publicación, el profesor Antonio Chicharro me escribió compartiendo los ensayos literarios que publicó en 2009 con una minuciosa recopilación de todos los trabajos del poeta vasco.

A Celaya lo llegó a conocer, mantuvo con él correspondencia y me aseguraba que, antes que nada, “era un hombre cabal”. Hay por tanto motivos más que suficientes para creer lo que escribió en Poesía y verdad y hay motivos, también, para sorprendernos de que haya quienes lo sigan ignorando u ocultando.

celaya

El propio Celaya siguió a Goethe para titular sus memorias conectando con su personal forma de entender al poeta: desde la honestidad. Normalmente es a los periodistas a quienes se nos exige ser honestos; que seamos buenas personas, que hagamos buen periodismo. Junto a la objetividad y la independencia, es uno de los grandes principios de la profesión y no difiere mucho de lo que escribió Kapuscinski cuando advirtió que “los cínicos no sirven para este oficio”.

Claro que un escenario es el deseable y otro el real… Cínicos hay, y muchos, y malos profesionales también. Pero, por un día, porque se lo debo a ese lector que esta semana me ha recordado que todo tiene un sentido, incluso en el periodismo, podríamos pensar que tanta probabilidad hay de que el día amanezca soleado como nublado, de que las buenas noticias venden tanto (o más) que las malas, de que internet no es el reino de lo frívolo y lo breve y de que hasta la doctrina de la curva de Quartz se equivoca cuando descubrimos que hay lectores que no sólo tienen la paciencia de devorar un artículo de más de 500 palabras; también reflexionan, lo enjuician y lo comparten.

Un buen ejemplo de ese Periodismo Ciudadano que se ha ido expandiendo a la sombra de las redes sociales y los nuevos medios -como colaboración, no como suplantación- tal vez sea este artículo. Un inesperado crowdfunding de ideas. La constatación de que también las buenas historias buscan su sitio.

Ricas, listas… y acosadas

Magdalena Trillo | 17 de octubre de 2017 a las 10:00

Las citaba en la habitación de un hotel para negociar un papel, discutir el guión de la próxima película o planear la campaña a los Oscar. Allí las recibía en toalla, las invitaba a darle un masaje y les metía mano. Más de veinte actrices han desvelado abusos en apenas una semana, trece han denunciado agresiones y tres aseguran que llegaron a ser violadas. Al menos ocho recurrieron a los tribunales pero terminaron claudicando y firmando acuerdos extrajudiciales en los que el exitoso productor de Hollywood abría la chequera y compraba su silencio.

Eran jóvenes y tenían toda una carrera que construir. Estaban avergonzadas. No había testigos y sería la palabra de un productor de éxito contra el de una vulnerable desconocida.

Es el caso Weinstein. No es ninguna continuación de Spotlight pero podría: el trabajo del Boston Globe lo está haciendo The New York Times, las víctimas son mujeres en lugar de menores y la institución que se tambalea no es la Iglesia sino la poderosa industria del cine. Hasta el expresidente Obama se ha desmarcado de su amigo Harvey Weinstein, uno de los principales donantes del Partido Demócrata, para apoyar a las mujeres que han caído en la espiral de acoso y humillación.

Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Mira Sorvino, Asia Argento… Ellas son algunas de las que callaron. Penélope Cruz, Meryl Streep, Kate Winslet, Cate Blanchett, Colin Firth, George Clooney… Ellas (y ellos) son algunos de los famosos que están contribuyendo a enterrar la carrera del “depredador sexual”.

La cascada de repudio contra el productor de El discurso del Rey es ahora imparable pero detrás se acumulan hasta dos décadas de abuso de poder. Unos dicen que “entre bambalinas sin que nadie lo supiera”; otros aseguran que las historias “se oían por todos lados” y que “es inadmisible querer barrerlo ahora debajo de la alfombra”. Para justificar la pasividad y la normalidad con que se sigue consintiendo una de las trampas de dominación de la sociedad patriarcal: que para hacer carrera hay que acostarse con el jefe.

Nunca estamos a salvo del machismo ni de los clichés que lo sostienen. Lo alarmante del caso Weinstein es que no hablamos de nuestras abuelas, de un absorbente entorno rural y de falta de preparación y de recursos sino de jóvenes independientes, formadas y con dinero en una de las ciudades más abiertas y cosmopolitas en los años 90. Ni la posición ni los estudios ni el entorno son un antídoto infalible: tampoco una excusa o justificación. El machismo, aun el más invisible y sofisticado, sigue siendo machismo.

Las cenas secretas de Federico

Magdalena Trillo | 15 de octubre de 2017 a las 11:04

Cuando hace un par de años salió a la luz el informe que la Jefatura Superior de Policía de Granada redactó en 1965 sobre la muerte de Lorca, el enfoque fue compartido: fue asesinado por “socialista y masón”. Dejando a un lado lo inaudito que supone leer que hay universitarios en Barcelona convencidos de que la Guerra Civil fue un conflicto “entre España y Cataluña”, basta recurrir al lenguaje popular, a la dicotomía de los ‘rojos’ y los ‘azules’, a la teoría de los “dos bandos”, para evidenciar lo abiertas que aún siguen las heridas y reconocer lo mucho que cuesta superar el simplismo y el oportunismo de la causa política.

Del mismo modo que deformamos los recuerdos, sometemos la historia a un continuo ejercicio de distorsión. Pero hay un elemento diferenciador: la intención. La memoria se desdibuja de forma inconsciente y con consecuencias inofensivas; es una respuesta a las limitaciones de la naturaleza humana, a algo tan frágil y traicionero como los recuerdos. El segundo caso, sin embargo, forma parte del juego manipulador de la ideología; de las tensiones del poder y del líquido conflicto que navega entre los sentimientos y las ideas.

Probablemente, si fuéramos capaces de ponernos en la piel del otro, siempre encontraríamos detrás una causa noble de justificación. Incluso una razón prosaica de lo que en cada momento entendemos como lógico y hasta correcto. Tan legítima como la nuestra. Pero inasumible desde la intransigencia de las trincheras.

En este espinoso marco, Federico García Lorca no puede ser más que un mito de la izquierda. Su nombre se ha erigido en símbolo de la represión franquista y su fusilamiento en un antídoto contra el olvido. Y es por ello que todos los meses de agosto, “Lorca somos todos”. Junto al monolito en el que ya sabemos que no está, reforzamos los trazos más adecuados y pertinentes de su retrato y obviamos otros. Innecesarios. Incómodos.

Sorprende que ninguno de sus biógrafos oficiales haya puesto en cuestión el exclusivo trasfondo político de su asesinato. Que, por ejemplo, se hayan pasado por alto las revelaciones que otro poeta, Gabriel Celaya, hace en sus memorias. ¿No era oportuno?

Estando en el exilio, en los años 60, el poeta vasco desveló una confidencia que le hizo el dramaturgo granadino que no debería pasar de anécdota, casi de travesura, si no estuviéramos hablando de Lorca: del mito del poeta universal, de la incomprensible tragedia de su asesinato y de la apropiación ideológica que se ha hecho de su vida, de su obra y de su muerte.

A raíz de una tensa reunión con el líder de la Falange en San Sebastián, Celaya escribe en Poesía y verdad que Federico le confesó que “todos los viernes” cenaba con Primo de Rivera. Cogían un taxi, bajaban las cortinillas -a ninguno de los dos le interesaba que les vieran- y hablaban… seguro que de literatura, de poesía, de la vida… seguro que no de la muerte, de la inminente guerra, de política…

Me cuenta un buen amigo, de una importante familia de esta ciudad cercana a quienes en la Granada cerrada del 36 movían los resortes del poder, que a Federico nunca se le perdonó su homosexualidad; tampoco su éxito. Puede que ni su alegría de vivir. Ni su “risa de arroz huracanado” que diría Neruda…

Me cuenta que su padre siempre cuestionó la causa-efecto del fusilamiento político; que las inquinas, los rencores y el provincianismo de aquellos años también contribuyó. Fue él quien me puso en la pista del libro de Celaya. No lo conocía. En la Facultad de Letras hay un solo ejemplar -no se puede consultar porque está “en encuadernación”- y no aparece citado en las decenas de publicaciones biográficas que se acumulan sobre el poeta.

Federico se lo contó a Celaya entre risas. José Antonio era “un buen chico”. Como lo era su “amigo” vasco José Manuel Aizpurua. No había nada detrás. Sencilla amistad. Inocencia. Bondad. Una “lección” de alguien que confiaba en que el “hombre es siempre humano”, de alguien que creía en la vida. Un pasaje “terrible” y “hermoso” a la vez por cuanto retrata al Federico que se situaba por encima de la ceguera del sectarismo y al lado de la verdad. En su vida y en su obra.