Refundación en cascada

Magdalena Trillo | 14 de febrero de 2016 a las 11:16

Hace casi una década que Sarkozy se atrevió a proponer la “refundación” del capitalismo. El mundo que se había levantado sobre la caída del Muro de Berlín, creyendo que la democracia y el mercado arreglarían por sí solos todos los problemas, había llegado a su fin. Languidecía la utopía de la sociedad del bienestar. Lo mismo que la falacia de la autorregulación. Había que reconstruir todo el sistema financiero internacional “partiendo de cero”. Había que refundar el capitalismo sobre bases éticas. Sobre el valor del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad. Había estallado la crisis.

Del sueño nos despertó entonces Lehman Brothers y ahora tal vez lo haga de la “recuperación” la caja negra del Deutsche Bank. Y los ‘cocos’. No es nostalgia infantil; son un tipo sofisticado de preferentes que responden al anglicismo “contingent convertible bonds” y que, con rentabilidades altísimas y “estables” de hasta un 8%, han estado respondiendo estos años a la insaciable avaricia de unos y a la irrefrenable ingenuidad de otros. Rastreando sobre el tema, localizo un artículo de Juan Ramón Caridad en la prensa especializada ironizando sobre la capacidad del homo economicus para tropezar “más de dos veces” con la misma piedra -una vez más, todo es seguro hasta que deja de serlo- y termina con todo un aforismo: “No hay más sordo que el que no quiere oír”.

Vivimos en una absoluta contradicción. Justo la semana en que los científicos han demostrado que somos capaces de “oír el cosmos”, después de tardar todo un siglo en ser capaces de detectar en un laboratorio la última de las grandes predicciones de Einstein sobre la Teoría de la Relatividad, constatamos la existencia de las ondas gravitaciones para tal vez inferir que, de momento, son otras las perturbaciones, las supernovas y los agujeros negros de los que nos tenemos que preocupar.

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Todo está interconectado. El hallazgo de los investigadores del MIT, que comienza con dos agujeros negros de 29 y 36 veces las masa del Sol “bailando un vals” hasta que se fusionaron hace 1.300 millones de años cuando la vida pluricelular colonizaba la Tierra, será uno de los grandes hitos científicos de la década por el cambio de paradigma que supone y por la “nueva puerta” que nos abre al Universo. Porque a la forma de mirarlo que heredamos de Galilleo le hemos sumado una sorpresiva manera de oírlo… Ciertamente, ¿no es un problema de visión el que arrastra hoy, no ya el capitalismo, sino el modelo mismo de democracia imperfecta que seguimos mitificando obviando las ondas que nos hablan de sus fallos y su fragilidad? ¿No es un problema de no saber escuchar el que tienen los políticos con la ciudadanía, los aparatos de los partidos con sus bases? ¿No es a bailar, buscando pareja a la desesperada, a lo que nuestros no-líderes se han dedicado desde el 20-D?

El espacio-tiempo importa en política y economía tanto como en la ciencia. Les pongo un ejemplo más cercano: la historia de los titiriteros sería diametralmente diferente si el paisaje no fuera Madrid y el tempo no lo marcara Manuela Carmena y los irreverentes de la coleta. Entre el exceso judicial y la distorsión mediática, dos insignificantes actores de los círculos del 15-M se han convertido en excusa para una instrumentalización política y una burda manipulación que, más que sobre un delito de apología del terrorismo y de incitación al odio, se sostiene sobre una inaudita cadena de errores.

El público infantil no era su público pero tampoco un teatro público municipal era su sitio. No debieron ser contratados de igual modo que ellos nunca debieron subir el telón. ¿Dónde empieza y termina la responsabilidad? ¿Nueva política? En Baleares se daba la consigna de contratar a Urdangarín y “no preguntar” y no parece un mensaje muy diferente el que se está lanzando desde quienes, de momento, ni siquiera han sabido llegar.

Unos lo llaman “regeneración” y otros “limpia” y “refundación” pero, como en las ondas gravitacionales de Einstein, lo que empezamos a gestionar ahora es el eco de los agujeros negros pasados.

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En el PP ya se ha puesto el reloj a cero para reconstruir el partido de arriba abajo. El tiempo institucional de Rajoy acabó el día que le dijo ‘no’ al Rey para la investidura y la incontrolable tormenta de corrupción que azota al partido no puede tener más recorrido que una progresiva asunción de responsabilidad. Tanto es así que, entre la militancia, se extiende la convicción de que sólo podrá salvarse el PP y volver a recuperar la confianza del electorado si la convulsión es absoluta. En este contexto, ocupar la oposición es un paso hasta necesario para rearmar al partido y situarlo con posibilidades de gobierno para dentro de dos años.

Al día siguiente de las elecciones nacionales, no pocos dirigentes del PP daban ya por seguro que gobernaría Pedro Sánchez -en la historia de este país la izquierda ha gobernado siempre que ha podido por muy difícil que haya sido la aritmética del pacto- e incluso se atrevían a vislumbrar el plazo de vigencia del pacto: 2018. El PSOE resistiría este año y podría gobernar en 2017 prorrogando presupuestos. Entonces se acabaría su aventura y sería un tiempo más que suficiente para que un PP “renovado” recuperara el poder.

En las filas socialistas se hará de abajo arriba, con debate y con puertas abiertas pero el resultado no diferirá demasiado. En este caso no es el pasado el que marcará el movimiento sino un futurible. La investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno determinará el grado de convulsión -¿vuelta a los dos bandos con pedristas y susanistas?- y la intensidad de las turbulencias locales.

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En Granada están garantizadas en cualquier escenario: a las ondas nacionales se une un creciente malestar con la gestión de Teresa Jiménez al frente del partido con una crítica de “desintegración” compartida y con dos recientes puntos de inflexión: el intento de colocar a Manuel Pezzi en la Alhambra y la decisión de situar a Elvira Ramón como cabeza de lista al Congreso.

Aunque hace ya seis años Álvarez de la Chica le entregó la secretaría general “gratis” -nadie de su equipo se salvó y son muchos los que siguen sin entender el ostracismo al que se relegó a valores del partido como Martínez Caler, Jesús Huertas o Juanma Fernández-, es su gestión “personalista” y de “camarilla” actual la que ya se critica abiertamente y se sitúa en la base de la actual fractura del partido. Ahora vivimos una aparente normalidad pero la batalla por la Diputación fue un aviso a navegantes y una antesala de la tormenta que se desatará después del verano cuando se celebre el congreso provincial.

Para conocer la intensidad de las ondas, tendremos que esperar a que Jiménez desvele si optará a la reelección, si intentará una operación de continuidad y, sobre todo, saber los nombres y posicionamientos finales de quienes ya hoy están moviendo los hilos del cambio. Pero es más que evidente que el ruido se oirá.

A derecha y a izquierda, con diferentes puntos de partida y de llegada, la refundación será en cascada y ya está en marcha.

¿Nos conformamos con la inercia?

Magdalena Trillo | 7 de febrero de 2016 a las 10:40

Me refiero para vivir. Respiramos por pura inercia pero nunca pensaríamos que la política, la economía, las infraestructuras, la convivencia y hasta los episodios más insustanciales de nuestra vida cotidiana puedan funcionar siguiendo los principios de la primera ley de Newton.

He tenido que desempolvar un momificado libro de Bachillerato para recordar con precisión qué significaba aquello de que los cuerpos se “resisten a cambiar su estado de reposo o de movimiento” si no se aplica una fuerza externa mayor a cero. Pero es muy simple: la inercia es una fuerza ficticia. Es el observador el que determina el movimiento. Recupere el didáctico ejemplo del frenazo del automóvil con nosotros dentro sintiendo cómo una fuerza nos acelera hacia adelante; ahora reconstruyamos la misma escena pero tomando como referencia la carretera y comprobando que nadie nos empuja, que nos movemos por pura inercia.

La percepción cambia radicalmente si estamos dentro o fuera del carrusel. Newton rebatió la idea aristotélica de que un cuerpo sólo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza y, sin preverlo, anticipó el estado de cíclica pasividad, de desidia, que no deja despegar a la economía y que ha terminado adueñándose de la política. Lo alarmante en los dos casos es que todos los síntomas apuntan a una sola dirección: estamos atrapados sin puntos de referencia.

A vueltas con el espejismo de la recuperación; a vueltas con el espejismo de la normalidad del Gobierno en funciones y de tantos gobiernos en quebradiza minoría que acaban siendo rehenes de pactos tan interesados como inestables.

Piense en Granada y responda a una simple pregunta: ¿hemos hecho algo para cambiar el tejido productivo, para invertir la inercia del paro, para funcionar de otro modo? Las fuerzas que actúan son coyunturales, ajenas y sin control. El bajo precio del dinero -con una inédita tasa de euríbor en negativo-, la gasolina por los suelos y los viajeros, casi tan espléndidos en el gasto como antes de la crisis, pulverizando los récords empujados por la situación de conflicto de nuestros competidores directos del Mediterráneo. Pero luego llega la realidad: el fin de la campaña agrícola y navideña en la provincia acaba de expulsar a otros miles de trabajadores a las colas del paro y, en la casa municipal, las cuentas son tan desastrosas que hasta ‘amenazan’ con quitarnos los toldos del Corpus.

Parece una ocurrencia, provocadoramente medida, pero no es una simple anécdota. Nada ejemplificaría más el sueño interruptus de la recuperación que la vuelta de la tijera. Y nada simboliza más la inanición que una prórroga de presupuestos. No se puede construir ciudad sin hoja de ruta; no se puede avanzar si empleamos todas las fuerzas en conseguir que no se descarrile la creciente bola de daños colaterales y nos acabe arrastrando con un efecto dominó.

Criticamos hace unos meses a Rajoy por aprobar los PGE en el tiempo de descuento y hoy, pese a las limitaciones reales que conlleva un gobierno interino, casi tendríamos que verlo como un visionario por evitar que España esté (completamente) paralizada.

En la capital, el interventor ya ha dado la alarma de que no se está pagando a los proveedores en el plazo de 60 días que establece la ley, en las cuentas irreales de 2016 faltan 17 millones de euros y, si el Ayuntamiento quiere que Hacienda no termine reteniendo la parte correspondiente de los tributos estatales, la única salida es un nuevo plan de ajuste: conseguir más ingresos -lo fácil pero no negociable es aumentar la presión fiscal- o recortar gastos.

Puede que lleve razón Pepe Torres cuando confiesa, en privado, que en ninguno de sus mandatos anteriores ha estado más tranquilo que ahora. No puede tomar decisiones y la responsabilidad es de ‘otros’. Casi tendríamos que deducir que no hay gobierno. O que el gobierno está dedicado a otras cosas. Hablo de la guerra de poder. Porque no nos engañemos, no son sólo los sillones del Consejo de Ministros los que están en juego. De Madrid depende la cuenta corriente de centenares de cargos en toda España.

En el PP, la batalla va más allá de la recurrente disputa Pepe Torres-Sebastián Pérez -¿García Montero estaría ya situado para el relevo en la Plaza del Carmen y con la mirada puesta en la presidencia del partido?- y lo mismo ocurre en el PSOE con quienes ya se ven ocupando la silla de Teresa Jiménez en la Torre de la Pólvora.

Hay dos imágenes más que elocuentes: Luis Salvador advirtiendo que no deja su acta de concejal hasta que confirme que su puesto de diputado está garantizado -y no se esfumará con una nueva convocatoria electoral- y el presidente del PP compareciendo con la concejal Rocío Díaz para explicar por qué ella sí se dedicará al Congreso al cien por cien y él lo compagina todo -no es casualidad que encabece la lista al Senado que así lo permite-.

Si volvemos a Newton, Pedro Sánchez parece haberse convertido ya en el ejemplo nacional de la lucha contra la inercia sometido a dos fuerzas que se anulan: el veto de Podemos de no negociar si habla con Ciudadanos y el condicionante de Rivera para que sume al PP al posible acuerdo. No tengo la menor idea de cómo se puede alcanzar un pacto de gobierno así. Ni hoy ni dentro de dos semanas ni en un mes.

Confesaré que mi habitual optimismo no me da para vislumbrar un escenario diferente al de la repetición electoral a las puertas del verano. Y que conste que preferiría cualquier otra opción -incluso inestable- con tal de no soportar el bucle de otra campaña y acabar con un resultado tan o más ingobernable que el del 20-D.

tiovivo

Otra vez dentro del carrusel…

Desde que vi La novia me persigue la mareante imagen de los caballos del tiovivo. Se mezclan en un movimiento infinito con la trágica danza en torno a la hoguera de la noche de bodas. Vuelvo a Bodas de sangre y es Inma Cuesta quien se ha apoderado ya del drama de García Lorca. Veo a Almería desde lo alto de las estepas del Desierto de los Monegros y me asaltan las sombras de los paisajes lunares de la Capadocia turca. La adaptación cinematográfica del texto lorquiano da vértigo. Turba. Cuando escribo estas líneas aún no sé cuántos Goya reconocerán el trabajo de Paula Ortiz; lo merece.

A este lado de la gran pantalla, no puedo evitar vernos en el centro del tiovivo. Atrapados en un movimiento infinito sin punto de partida; sin punto de llegada. Me pregunto si, más tragedia que estar dentro, es la tragedia de no saberlo; la tragedia de no saber cómo hallar un punto de referencia que nos permita despertar. Luego pienso todo lo contrario. Tal vez la única salida sea no romper la inercia. Como en las paradojas de doble vínculo, como el texto lorquiano, puede que sólo podamos escapar convenciéndonos de que no hay escapatoria.

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

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Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

rey

Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Los ninja entran en política

Magdalena Trillo | 24 de enero de 2016 a las 10:32

La España que a diario retratan los compañeros de El Mundo Today empieza a parecerse peligrosamente a la España real. Al menos a la que ‘oficialmente’ recogemos en los periódicos que aún imprimimos en pesadas rotativas del siglo XIX: Felipe VI se reúne con Donatello, de las Tortugas Ninja, en su ronda de consultas; Mariano Rajoy llama a la Generalitat haciéndose pasar por un imitador de Rajoy (no ha conseguido hablar con Puigdemont porque éste tiene la agenda muy apretada); Podemos pide al PSOE que ponga pendientes a varios diputados a cambio de un pacto; Urdangarin responderá a las preguntas del fiscal escribiendo las respuestas en billetes de 500 euros; La CUP buscará a un informático para que reinicie el procés.

Son parodias y no lo son. Es un diario online satírico, con contenidos “totalmente humorísticos y ficticios”, hasta que la realidad demuestra todo lo contrario. Pienso en la sesión intensiva que nos ofrecen todos los años desde Cádiz con su carnaval, en el éxito viral que consiguen las publicaciones más irreverentes, los comentarios más mordaces, y me pregunto si alguien habrá escrito ya una tesis sobre cómo el humor nos ha salvado a los españoles. De nuevas guerras y de nosotros mismos. De nuestros sueños excesivos y de nuestros complejos suicidas.

Siempre he desconfiado de las personas que no tienen sentido del humor y siempre he creído que, al mismo nivel que la libertad, debería estar el derecho al ridículo. A provocarlo y a sufrirlo. Digo todo esto por la portada del periódico nacional que el viernes colocó a Pedro Sánchez saludando a una tortuga ninja (con un antifaz sospechosamente morado) y el revuelo que se organizó al segundo en Twitter a cuenta de los ‘medios serios’ españoles…

portada ninja

Y lo digo por el atrevimiento de los periodistas de una radio catalana para llamar a Mariano Rajoy haciéndose pasar por el presidente de la Generalitat. ¿Lo criticamos o lo defendemos? Porque cómo iban a prever en Abc el “inédito” giro de las negociaciones de investidura para formar gobierno que se produciría sólo unas horas más tarde con el líder de Podemos rompiendo la partida y el cabeza de lista del partido ganador diciéndole al Rey que se lo va a pensar mejor… Y cómo iban a esperar los bromistas de Ràdio Flaixbac que un político que lleva años huyendo de los focos y que mantiene los filtros como jefe del Ejecutivo en funciones iba a terminar poniéndose al teléfono…

En el manual del ‘buen periodista’ estaba el principio no escrito de no frivolizar con los temas importantes lo mismo que sentenciaba el refranero popular que “no se juega con las cosas de comer”. El tiempo verbal no lo tengo claro. No sé si podemos mantenerlo en la Sociedad Espectáculo de hoy y ante una Generación Márketing que respira “oxígeno, nitrógeno, argón, ácido carbónico y… publicidad”. Y propaganda. Y puro entretenimiento. No sé si es compatible con esa Generación TIC que ya ha asumido que no puede vivir al margen del mundo tecnológico de Internet, pero tampoco ser inmune a su juego.

Hace tiempo que el ‘gaming‘ dejó de estar restringido al mundo de los videojuegos. Hablar del “plasma” de Rajoy resulta prehistórico cuando, desde las universidades y desde la industria, se coquetea ya con la profecía de avatares construidos, prácticamente idénticos a personas fallecidas y copias de seguridad de nuestro cerebro subidas a la nube (no lo dice un chamán sino el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, el mismo experto en inteligencia artificial que sorprendía en los 90 vaticinando la expansión exponencial de Internet).

Cuando ‘revolucionarios’ como Nicholas Negroponte, el visionario del MIT MediaLab que habló hace más de treinta años de pantallas táctiles, libros electrónicos y teleconferencias, sitúan en el terreno de lo factible que dentro de poco podamos aprender idiomas “con tan sólo tomar una pastilla”, llegando a nuestro cerebro a través del “torrente sanguíneo” y recurriendo a “nanorobots”.

Poco importa si son una secuela de los cómic de los 80 los ninja que se cuelan en la política o una imagen desde nuestro móvil en formato tridimensional. No me quedo tanto en la trascendencia de la broma como en la preocupación por el impacto final del ruido de desinformación que fluye en los medios y en las redes sociales. No sé si las hojas nos dejan ver el bosque. Si estamos destruyendo la forma intuitiva en que hasta ahora habíamos sido capaces de distinguir un buen libro de un panfleto, una noticia a cinco columnas de un breve, el artículo de un buen columnista del comentario insustancial de un youtuber quinceañero.

Todo está al mismo tamaño en el ciberespacio. A la misma distancia de nosotros. Perfectamente estandarizado. Me da la sensación de que hemos situado toda nuestra vida en una línea plana sin altibajos. Tal y como leemos en internet.

Un artículo de Vila-Sanjuán me puso el otro día en la pista de unos interesantes estudios realizado por el profesor californiano Jackson Bliss sobre el efecto que están teniendo las pantallas y las nuevas formas de acceder a los contenidos: “Leemos de manera cada vez más impaciente, con el afán de reafirmar nuestro sistema de creencias, buscando argumentos claros y concisos”. Impacientes por opinar, sumidos en la dispersión y con un creciente “efecto de amnesia” que nos lleva a olvidar no sólo las características de lo que hemos leído, sino también dónde y quién lo escribió.

Pero el envoltorio importa. Importa que la foto de Pedro Sánchez con Donatello en Fitur circule anodina por Twitter o aparezca en la portada de un periódico con el tendencioso titular de “Amistades peligrosas”. Importa qué y cómo leemos porque al final es nuestra ventana al mundo -físico y digital- y el pilar mismo de nuestro sistema de valores. Juguemos pero sabiendo que jugamos, a qué jugamos y con quién.
El viernes unos alumnos me preguntaron en clase por la portada ninja. Un grupo denunciaba que era una burda manipulación periodística -ni siquiera se habían percatado que todo surgió por una inocente foto en Fitur- y otro, hasta que la vieron perplejos en el kiosko digital, defendía que era una broma en las redes del estilo El Mundo Today. Juguemos pero siendo conscientes de que el interlocutor sabe que jugamos. Importa el qué tanto como el quién, el cómo y el para qué.

Manual del postureo

Magdalena Trillo | 17 de enero de 2016 a las 10:59

La palabra no existe (aún) en los diccionarios. La RAE remite, de forma inesperadamente profética, al término chileno “costureo” y sólo la Wikilengua concreta que es un neologismo acuñado recientemente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías “para expresar formas de comportamiento y de pose, más por imagen o por las apariencias, que por verdadera motivación” y nos advierte que en España “somos dados al postureo, a la imagen, al coqueteo, a vender humo”.

Después de convertir a un bebé y a un diputado con rastas en las imágenes para la historia de la barroca, anacrónica y solemne constitución de las Cortes en la undécima legislatura de la democracia española, después de ponerle sonido con la inaudita y afectada preocupación de la malagueña Celia Villalobos por contagiarse de piojos, es fácil constatar que también en este campo nuestros políticos son alumnos avanzados.

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El curso intensivo nos lo han dado esta semana desde Madrid, pero también ha tenido su versión Granada. Unos recurrieron a los niños y otros a las bicis. La instantánea final del postureo local la publicamos este viernes en la primera de Granada Hoy: un exclusivo plantel de cargos socialistas pedaleando al estilo Verano Azul. No descubro todo el making off pero sí les revelo que más de un periodista que cubrió el acto -se inauguraban los primeros carriles bici que conectan la Vega y la capital- llegó a temer por la integridad física de los protagonistas (lo de que nunca se olvida no está tan claro) y hasta fueron testigos de una serie de tomas falsas con la entusiasta disposición de los improvisados ciclistas a repetir escena para que unos compañeros de televisión pudieran grabarlo bien.

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El término postureo es relativamente nuevo (hace años que circula en las redes sociales aunque no se haya popularizado hasta el intenso año electoral de 2015), pero la realidad no. Lo han hecho los políticos desde que salimos de la caverna platónica y lo hemos hecho los humanos desde que nos tambaleamos sobre dos piernas: aparentar, figurar, buscar el reconocimiento de los demás; intentar proyectar una buena imagen de nosotros mismos, ser especiales; dejarnos caer por un bar, por una exposición, por un acto público, con el único fin de que nos vean; mandar un tuit para sorprender a nuestros seguidores; subir un comentario a Facebook esperando impacientes a que nos aplaudan con decenas de ‘Me gusta’.

Son ‘gestos’ de la vida digital e interconectada de hoy que evidencian un juego de pose similar al que podemos encontrar en las paredes de cualquier museo, no muy diferente al que ya practicaban las mujeres tras la Segunda Guerra Mundial pintándose una raya en las piernas para aparentar que llevaban medias. Cambian los tiempos, cambian los códigos, pero no el ADN. ¿No han visto a más de un político dando codazos para salir en la foto? ¿Recuerdan hace dos años el despliegue de políticos del PP bien achuchados para inaugurar una rotonda en Alhendín? ¿Se han preguntado alguna vez de dónde vendrá la fascinación de los ‘de arriba’ por ponerse apellidos compuestos?

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No hay distinciones. No hay límites. Nadie se salva. Los ejemplos sería infinitos. El primer mandamiento del postureo es “aparentar”. En la revista GQ (Gentlemen’s Quarterly), una de las publicaciones más sofisticadas y exclusivas sobre moda y estilo masculino, Javier Girela escribió hace tiempo un artículo a modo de “Manual del postureo” que podría formar parte de la biblioteca (real o puesta) de cualquier político.

Construido a partir de las aportaciones de especialistas del sector y expertos en Comunicación Digital como el profesor José Luis Orihuela (argentino y navarro de adopción), lo que más me ha terminado llamando la atención es la normalidad con que no sólo se justifica sino que se defiende el postureo. Su utilidad real: tenga siempre una frase hecha adecuada para poder opinar de cualquier tema, sed espíritus libres y posturead allá donde vayáis porque no hay normas que seguir, del postureo no escapa nadie… Unisex y atemporal. Hasta las madres pueden ser expertas posturistas: “Cualquier día me voy y no vuelvo. A ver que hacéis…”

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Inicialmente había pensado escribir un artículo duro contra la política de gestos. Quería denunciar que al bebé “Dieguito”, mientras los medios le difuminábamos el rostro para intentar (inútilmente) preservar su identidad, su madre lo exhibía rebajándolo al mismo nivel de “cosa” contra el que las mujeres llevamos décadas luchando; que en la carrera por la igualdad no podemos perdernos ni en artificios ni en hipocresía. Quería recordar el revuelo que se montó hace años cuando José Bono pidió a Miguel Sebastián que acudiera al Congreso con corbata y lamentar que personajes como Villalobos sigan haciendo tanto por la casta y la vieja política. Quería mostrar a nuestros representantes institucionales de Granada todos los grandes proyectos en infraestructuras que siguen esperando algo más que una mañana de paseo en bici.


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Creo que me equivocaba de tono. Que iba a caer en el mismo postureo que pretendía criticar. En la facilidad del reproche público -y socialmente compartido- con argumentos, lo confieso, nada originales.

Lo cierto es que he acabado pensando justo lo contrario. Me ha convencido el argumento de que “no es dañino si somos consciente de ello”. Que, aunque pueda resultar artificial, al final “elegimos lo que queremos del postureo, por lo que termina diciendo algo único y verdadero de nosotros mismos”. Que es un juego y los juegos, con ciertos límites, “no tienen por qué ser malos”. Que al final cualquier cosa que se haga puede ser tachada de postureo, pero “no por eso vamos a dejar de hacerla“. Que vivir con ese miedo sería absurdo.

El matiz, una vez más, surge de la mesura y el sentido común. De evitar que la creciente dependencia de la aprobación de los demás, el bucle infinito de la sociedad actual de ser más, hacer más, vivir más, fingir más, no se convierta en una patología.

Importan las fotos, importa el gesto, cuando dicen mucho más de lo que muestran. El alcalde se sentaba este viernes con el presidente de la Diputación, la delegada de la Junta y los empresarios para evidenciar la unión institucional en un sector tan vital para Granada como el turismo. No lo vimos en la difícil y conflictiva etapa de Martínez Caler pero tampoco lo hemos visto durante los cuatro años en que su ‘compañero’ de partido Sebastián Pérez ha gobernado la provincia. Si hay algo de postureo, bienvenido sea…

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Y bienvenidas las fotos de bicis y bebés si detrás del gesto hay obras terminadas (y útiles) y medidas eficaces que nos beneficien a todos y nos permitan avanzar.

Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

La (otra) resaca

Magdalena Trillo | 3 de enero de 2016 a las 11:30

Se siente ebrio y no ha bebido? No se preocupe. Hay una explicación científica. La International Journal of Clinical Medicine lo define como el “síndrome de fermentación del estómago“: resulta que el exceso de levadura en el intestino convierte automáticamente la comida en cerveza y genera una sensación constante de borrachera sin necesidad de beber ni una sola gota de alcohol. Con coste cero.

No es un exotismo. Es un fenómeno raro, y “relativamente desconocido en la medicina occidental”, pero existe. En Nueva York, a una mujer le acaban de recetar “dieta especial” y no la multarán por conducir cuadruplicando el límite de alcoholemia porque ha demostrado que no bebió y que era su intestino el que fermentaba los alimentos. Lo mismo que le ocurrió al abuelo de Texas que sirvió de cobaya para realizar los primeros diagnósticos de esta extraña enfermedad.

Azúcares, etanol y levadura. Esta es la receta de la “embriaguez accidental”. Será el ADN, pero también el ambiente. Si no, cómo explicar que en México se hable con cierta normalidad del “síndrome de autocervecería“… Aunque es difícil evitar la tentación de frivolizar, más aún en unas fechas en las que acabamos sometidos al ritual de los excesos, la realidad es que perder el trabajo, marginarte socialmente e incluso arriesgarte a ser arrestado no son implicaciones menores. Tanto que los investigadores que han trabajado en este campo han llegado a pedir a sus colegas que se tomen el asunto “en serio”.

Ni la abstinencia nos salva (siempre) de la embriaguez ni el ayuno es un remedio infalible contra la intoxicación. Pruebe a aplicarlo a la política. Intente contrarrestar la saturación del último año con una dieta informativa libre de grasa política y comprobará que es imposible. Poco importa si no compra el periódico o no enciende el televisor. Sus caras nos asaltan desde las farolas y sus mensajes nos acosan desde los grafitis callejeros. La política se ha colado en el ambiente. Es el síndrome de empacho electoral.

Empezamos con el ‘efecto Susana’ en las autonómicas andaluzas de marzo, en mayo pintamos de naranja y morado los ayuntamientos de media España y hemos despedido 2015 dejando todas las vallas en stand by. Todo listo para el reciclaje. La recurrente marmota. En Cataluña hemos pasado del “derecho a decidir” al “deber de decidir” con que hasta Artur Mas le ruega ya a los extremistas de la CUP que despejen su futuro. ¿Y si los catalanes vuelven a votar y todo sigue igual? ¿Y si los españoles acudimos de nuevo a las urnas y el reloj vuelve a despertarnos a las seis de la mañana?

Lo más extraño de la intoxicación involuntaria, del tipo que sea, es que ni siquiera está claro quién gana. Porque si algo importa en una borrachera es el cómo. El fin, a veces, justifica los medios; en este caso, nunca. Porque no es lo mismo una intoxicación etílica de garrafón que de whisky de malta. Y no es lo mismo una resaca de clarete o aguardiante que una de Dom Pérignon…

Como en política. ¿No se siente ebrio de tanta política y nadie le ofreció un (buen) trago? Nos han intoxicado a golpe de campañas sin sentido, de programas fantasmas, de candidatos mediocres y lo único realmente seguro es la resaca electoral. No me dirá que no ha discutido estas Navidades buscando una solución a tanta “ruina”. Monotema 1: ¿y ahora qué? Monotema 2: que lo arreglen ellos que para eso los hemos votado. Monotema 3: ya no se habla más de política.

¿Y cómo rompemos la espiral? Sólo se me ocurre una salida: evadirnos. Aunque nos tachen de egoístas… Dicen los biblioterapeutas que la felicidad está en los libros. Probémoslo. Contrarrestar la intoxicación con imaginación. Con inteligencia. Con más sensibilidad. Con más bondad. En Finlandia devoran 47 libros al año, en España no llegamos ni a 9… Dice un estudio de Deloitte que es, junto a la ropa y los perfumes, lo que más regalamos en Navidad. Pero, ojo, de nuevo la trampa de los atajos: no vale sólo con lucirlos, que luego hay que leerlos…

Les propongo un deseo extra para 2016: ¡Nada de síndromes! ¿Se siente ebrio y ha bebido? Entonces todo (vuelve) a ir bien.

Les deseo un feliz 2016. Así de desafiante. Así de díficil. Así de simple.

¿Mi voto cuenta?

Magdalena Trillo | 27 de diciembre de 2015 a las 10:42

Si nuestro voto cuenta, el pacto de gobierno en España debería ser posible. A pesar del endiablado sudoku que ha resultado de la jornada electoral, a pesar del postureo con que están afrontando todos los partidos la ‘obligación’ de llegar a acuerdos y a pesar del complejo escenario que han abierto los nuevos e imprevisibles actores que se han sumado al tablero. ¿Pero no trataba de esto la nueva política?

Los españoles hemos votado democracia. En plural, pero democracia. No es ninguna obviedad. Estamos ante el desafío más incierto de las tres últimas décadas porque así lo hemos querido. Y lo hemos decidido desde la “responsabilidad” que se nos pedía. Tal vez no nos demos cuenta, pero España ha sido capaz de canalizar la indignación popular con más democracia, con más participación y con más compromiso. Lo que está ocurriendo en algunos países de ese ‘primer mundo’ que presume de conquistas sociales, libertades y privilegios es que se ha dado vía libre al populismo -y a la intransigencia- con proyectos políticos xenófobos y radicales de peligrosa y creciente aceptación ciudadana.

Puede que no recordemos cuando hace ya cinco años pedíamos a quienes levantaban la voz el 15M que tomaran partido dando una respuesta al cabreo popular a través de los cauces de convivencia que todos los españoles compartimos desde la Constitución del 78. Nos advirtieron que no eran ‘marionetas’ y no lo son. Ya tienen voz y voto. Han cumplido. Quienes acamparon en la Puerta del Sol cruzarán la puerta del Congreso de los Diputados al mismo paso que lo harán quienes hasta ahora habían ocupado todo el espectro ideológico de la derecha, quienes han roto el liderazgo del PP con una propuesta neoliberal de centro -con menor impacto del esperado- y quienes atesoran un siglo de historia como referente de la izquierda -¿lo mantendrán?-.

Más democracia, más participativa, más justa y más real. No lo pide Podemos; lo exigimos los españoles. Sin aventuras. Y con independencia del color de nuestra papeleta.

Si nuestro voto cuenta, debería ser el momento para reformar la ley electoral, para prohibir las puertas giratorias, para cerrar las costuras del Estado del Bienestar que han quebrado siete años de crisis y políticas de austeridad y para consensuar una salida al conflicto soberanista catalán que garantice un modelo estable de convivencia sin enterrar aquel ‘café para todos’ que para Andalucía significó oportunidades e igualdad.

El Centro de Estudios Andaluces acaba de publicar el Ideal Andaluz de Blas Infante. Lo hace cuando se cumplen cien años de la edición original de la obra en la que el ‘padre de la patria andaluza’ esbozaba el corpus teórico de los principios económicos, sociales y políticos que defendió durante toda su vida. Desde su pensamiento universal y cosmopolita, hace un siglo que ya advertía que levantar Andalucía “de su postración” sería obra de Titanes: no era profecía; ha sido el devenir de una región que sigue sometida a prejuicios y agravios con la injusta paradoja de tener que compartir su fortaleza como bastión de la unidad y el equilibrio territorial de España con la debilidad final de ser una nación solidaria, sin egos y sin pretensiones.

Hace más de un siglo que Blas Infante ya hablaba de “regeneración“. Pero desde abajo. Desde lo más simple: “España se desangró en un rudo batallar de siglos tras los fantasmas desvanecidos de un ideal equivocado. A pesar de las cien derrotas, vive en el fondo del alma española un ansia perenne de robusta idealidad”.

No parece que hayamos avanzado demasiado… Tanto que es difícil saber si quedarnos con el sentido trágico del “ideal equivocado”, del mal gobierno, o con la esperanza de la “robusta idealidad”.

No muy diferente lo vio varias décadas antes el pensador granadino Ángel Ganivet. En 2015 también se cumple el 150 aniversario de la muerte del cónsul y diplomático que acabó suicidándose en las heladas aguas letonas de Riga. Desde la agonía, el derrotismo y hasta la depresión existencial con que vivió aquel fin de siglo, su Idearium español sigue siendo una obra de referencia. Filosófica y política: “Cuando los de abajo se mueven, los de arriba se caen”.

Aún no lo sabemos con certeza… Porque lo españoles nos movimos el domingo pero, de momento, los de arriba siguen aferrados al poder. Y todos (tradicionales y emergentes) atrapados en las viejas formas de hacer política.

Lo más provocativo que he leído estos días sobre el 20-D nada tenía que ver con la ‘época política’ que estamos cimentando en España pero lo podríamos extrapolar: “¿Y si las elecciones no fueran la democracia?”. Es el título de uno de los ensayos que integran el libro de Pascual Serrano La culpa es de los libros.

El periodista y ensayista valenciano, fundador de la revistaRebelion.org y asesor de Telesur, profundiza en la tesis del diplomático cubano Ricardo Alarcón sobre el riesgo del “democracímetro“, arremete contra la hipocresía de la “mitificación electoral” cuando mantenemos un sistema “donde unos pocos tienen demasiado y muchos carecen de todo” y alerta de la “farsa” que supone una democracia “representativa” en la que “jamás se aprueban leyes que obliguen a los gobernantes a cumplir las promesas que hicieron, ni se establecen sistemas que impidan revocar los mandatos y se abusa del mecanismo electoral hasta el punto incluso de lograr la “impunidad judicial”.

Mostesquieu frente a Rousseau. La democracia formal que se rinde a las formas y a la “representación como modo de controlar a la muchedumbre” frente a la democracia participativa, a la soberanía popular y a la ley como “expresión de la voluntad general”.

No reflexiona en abstracto: “Los gobernantes españoles se auparon al poder con dinero negro o donado por los bancos y los italianos con leyes inconstitucionales. ¿Dónde queda entonces la legitimidad democrática?” Se refiere a Filesa, a la trama Gürtel, a Luis Bárcenas, a Silvio Berlusconi…

Parte de la respuesta tal vez la hallemos en otra de sus ‘embestidas': “Cuando el mediocre gobierna y el brillante acata”. Cuando mentes infantiloides acaban gobernando el mundo. El Bienvenido MísterChance de Peter Sellers. La “Idiocracia”. La autocrítica necesaria que implica preguntarnos si, teniendo capacidad para más, nos limitamos a mirar con arrogancia al político soportando el atropello. Refugiándonos en el desprecio.

Podríamos coincidir en sus anhelos: los españoles no queremos una democracia de cartón piedra. No queremos meras formalidades de participación, sistemas electorales injustos, campañas manipuladas, incumplimientos impunes y desprecio sistemático de la opinión pública. No es esa la democracia que queremos.

Pero de nada de esto hablan estos días los partidos… Me pregunto si lleva razón el filósofo catalán Salvador Pániker cuando simple y llanamente sentencia: “El defecto nacional es que nadie escucha”. Los españoles hablamos el 20-D. ¿#mivotocuenta?

Inconscientemente cómplices

Magdalena Trillo | 29 de noviembre de 2015 a las 11:41

Mentira número 1: hay muchas denuncias falsas por violencia machista. ¡Muchísimas! Mentira número 2: cuando una mujer agrede a un hombre, nadie dice nada. Nadie los defiende; nadie se alarma.

En realidad no son mentiras. Son opiniones. Convicciones. Cerradas verdades para quien así lo cree. Que una universitaria de 18 años tome la palabra en clase para lanzar tales denuncias debería alertarnos. Más aún si son demasiados los compañeros que asienten y pocos los que lo rebaten. Más aún si en la antesala de un 25-N, del Día Internacional contra la Violencia de Género, lo que como sociedad sabemos es que el machismo sigue infiltrado en nuestro ADN, que ni las campañas de sensibilización, ni la especialización de las fuerzas de seguridad, ni las iniciativas legislativas, ni la acción judicial han sido suficientes para atajar la violencia y que, lejos de frenar uno de los problemas más vergonzosos que tenemos como país, estamos asistiendo a una corriente de rebote, ideológica y traicionera, que se infiltra y se extiende escondida en peligrosos palabros que revestimos de modernidad cuando nos retrotraen a lo más oscuro de nuestro pasado. Más aún si en nuestro vocabulario se han colado palabras de odio y regresión como “feminazi” y “mangina” (calzonazos) con absoluta normalidad.

En un gélido mes de diciembre, hace ya casi dos décadas, José Parejo apaleó y quemó viva con gasolina a su mujer porque contó en un programa de televisión que la maltrataba: “Nunca he sido nada para él, ni me ha querido. Sólo me ha dado palizas y sinsabores (…) Ahora llegan las navidades y no tengo ilusión por la vida. Estoy como enterrada en vida, y sólo quiero llorar. Yo le pregunto al Señor por qué he tenido que dar con este hombre…”

Lo vio media Andalucía. La granadina Ana Orantes, de Cúllar Vega, certificó su condición de víctima cuando se atrevió a denunciar en Canal Sur lo que tenía que “aguantar en casa” porque tenía once hijos y no tenía independencia económica para poderlo abandonar… A partir de este caso, la lucha contra la violencia de género se convirtió en una cuestión de Estado; en una cuestión social. Los medios dejamos de informar de los asesinatos de mujeres como si fueran un crimen pasional, desterramos el sensacionalismo y la banalidad de las crónicas y empezamos a entender que era inadmisible entrar en el juego de la justificación del agresor. ¿Era “buena gente” pero se le fue la cabeza porque se puso celoso?

En España hay más de 700.000 mujeres que sufren cada año violencia de género y más de 900.000 niños que son testigos de las vejaciones, los insultos y los golpes. En los últimos doce años, 814 mujeres han sido asesinadas por sus parejas. Las cifras que dibujan la violencia machista son necesarias, pero más lo son las historias, los rostros y los nombres que, por ejemplo, esta semana hemos colocado en Granada debajo de decenas de zapatos rojos manchados de sangre a modo de denuncia social y más lo es el ruido con que hemos decidido despertarnos del rutinario minuto de silencio con que despedimos protocolariamente a las víctimas.

El Yo no soy cómplice con que las instituciones han querido extender este año la implicación en la lucha contra la violencia machista a toda la sociedad era necesario. Pero no sólo ellas tienen que quitarse la venda de los ojos para denunciar y evitar su desprecio, sus insultos, sus golpes, su control; no sólo ellos tienen que quitarse la venda de los ojos para “tomar partido” y “actuar”. El machismo no se combate con medias verdades, no se ataja con hipocresía y no se contrarresta con una complicidad entendida, ahora sí, en el sentido más negativo y egoísta de la falsa camaradería.

Porque las cifras y las palabras son importantes, pero más lo son los símbolos en tanto que hablan de lo que sabemos y de lo que ocultamos; de realidades y del subconsciente.

Me explico. Para desmontar la primera mentira con que iniciamos el artículo basta con recurrir a las memorias de la Fiscalía General del Estado: las denuncias falsas representan un 0,010%. Esta lectura, sin embargo, no debería quedarse aquí. Somos cómplices del problema, no de la salida, si no reconocemos que ese 0,01 no debería existir. No deberíamos consentir ni una sola denuncia falsa; no debemos amparar ni proteger a ni una sola mujer que convierta un legítimo movimiento de solidaridad en un deleznable camino para aprovecharse de su pareja. Si no lo decimos así de claro también nosotras, las mujeres. Es una excepción pero esta ahí y también hay que combatirla.

Para refutar la segunda mentira no tenemos más que acudir a los periódicos de hace unos días: una mujer mató a su marido con un martillo y después de ahorcó en el Pumarejo. Diario de Sevilla lo publicó con la misma amplitud y contundencia que cualquier otro crimen machista. La agresora le asestó 159 puñaladas con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Paradójicamente ocurrió justo en la antesala del 25-N mientras en medio país se preparaban actos y marchas de denuncia contra ellos y, como podrán imaginar, por él no ha habido ni un solo homenaje ni un solo minuto de silencio…

Me pregunto por qué. Es un caso aislado, otra excepción, pero fue una muerte la que hace 18 años nos hizo ver la vergüenza de la violencia machista y (sólo) una muerte debería hacernos pensar si no tenemos que quitarnos también la venda del falso corporativismo para de verdad luchar por una sociedad sin discriminación y sin violencia. Me niego a frivolizar consintiendo que una palabra tan cargada de ideología como “feminazi” se deslice sin consecuencias en las conversaciones cotidianas y las redes sociales pero poco avanzamos como sociedad si no nos quitamos la venda de la hipocresía.

Desde la neurociencia lo tienen más que constatado: pensamos que somos seres racionales pero somos tremendamente emocionales. Un 20% cabeza; un 80% corazón. Por eso triunfan las marcas y los lemas… Por eso es tan distinto lo que decimos de lo que de verdad opinamos… Incluso, de lo que creemos que opinamos.

“Yo no soy cómplice”. Gritémoslo. No lo seamos. Pero tampoco seamos inconscientemente cómplices.

Saldando cuentas

Magdalena Trillo | 22 de noviembre de 2015 a las 10:22

Las despedidas se pueden preparar; las reconciliaciones no. Antonio Gala no ha sido nunca un personaje fácil y, mucho menos, previsible. Esta semana podía haberse limitado a saldar las cuentas pendientes con Granada siendo hipócritamente cortés. También lo contrario. En su derecho estaba de recurrir a esa “soberbia” que con sorna nos reprochó -y que él tan magistralmente domina- para abrir un poco más la inexplicable brecha que esta ciudad termina cavando con quienes más amor le profesan. Pero Antonio Gala hizo lo que debía: ser Antonio Gala. Sin fachadas. No dejando indiferente a nadie.

“Pasan las vidas. Pasa la historia. Yo no tardaré en pasar… Pero me enorgullece que las últimas palabras que diga coherentes sean para agradecer a Granada que haya sabido comprender, por fin, que la he amado, en un momento, como a Dios”.

A las ácidas palabras que lleva media vida lanzándonos desde los periódicos, a las planeadas historias con que se ha propuesto envolvernos y conmovernos desde sus novelas, les ha puesto poesía. Y silencios. Y medias sonrisas. Por momentos pícaras y arrogantes; por momentos, más convincentes, sinceras y elocuentes que cualquier discurso.

La Diputación ha reconocido este año su “pasión” por Granada haciéndole entrega del premio de turismo del Patronato Provincial -bien podría haber sido nombrado Hijo Adoptivo- y el “por fin” con que el escritor cordobés recibió la distinción no es gratuito: ¿hemos entendido, “por fin”, desde la derecha reciente, desde la izquierda que tantos años ha gobernado la institución provincial, que también los homosexuales tienen derecho a ser reconocidos públicamente?

Antonio Gala recibió la distinción este miércoles en su residencia en Córdoba y fue más que generoso. Aunque se haya hecho esperar, ninguna relación de amor-odio debería entenderse sin el dulce momento de la reconciliación: “Os agradezco tanto que hayáis venido a verme morir que hasta mis perrillos han venido conmigo para daros las gracias (…) Mi primer amor fue de Granada. No cuento cómo se produjo porque nunca sabe uno cómo se enamora, sólo se da cuenta porque uno ya no es el mismo y algo ha sucedido… Una idea, un rayo de amor que mata pero que mata sonriendo (…) Granada fue tan protagonista de mi vida tanto tiempo… La amé tanto… Fui feliz antes de serlo….

Hay quienes tiran la toalla y abdican de la vida -a veces ni siquiera importa la edad- y hay quienes saben llegar a ese momento en que toca “revisar el pasado y aceptar la muerte tranquilamente” con la militancia y la ejemplaridad de quien ha sabido estar, transitar y asumir el final. En la “posteridad” se situó Francisco Ayala al filo de su centenario y en la posteridad podríamos decir que vive ya Antonio Gala. Por lo que ha sido y por lo que es; por cómo lo es.

El intelectual granadino ya fallecido lo expresó gráficamente en una de las muchas entrevistas y exposiciones ante los medios con las que tuvo que lidiar cuando osó rebasar el siglo: “Lo que siento es que he pasado ya al otro lado, que estoy en la posteridad. Y me doy cuenta de que la gente me mira también como a un hombre de otro tiempo. Ya lo soy”.

Aquí habría que discrepar. Ayala nunca fue un hombre de otro tiempo y nunca se “jubiló de la vida” aunque así lo proclamara tal vez como coartada para sentirse libre de hacer “lo que le diera la gana”. Eso sí lo hizo… Pero sin traicionarse nunca. Ni a sí mismo ni a los demás. Le protegió, le salvó, su lucidez. Esa lucidez que entendía como un “don” pero que también podía tener sus desventajas si te hacía “darte cuenta de las tonterías que piensas, dices o haces”.

Esa misma lucidez es la que atrapa Antonio Astorga en Francisco Ayala. De viva voz, con la colaboración del periodista Alejandro V. García. El libro que acaba de publicar la Fundación Lara da solidez y coherencia a la volátil y efímera palabra en el tiempo que supone toda vida desde los focos de los medios de comunicación y retrata al Ayala más cercano y probablemente al más auténtico.

Esa misma lucidez, esa misma militancia con la vida, ese mismo “poder hacer” -y decir- lo que les venga en gana, la he visto ahora en Gala. Lo he visto cuando advertía que “Andalucía es mucha Andalucía”, pero “un sola cosa, la misma, siempre interminable” que debería estar por encima del “yo soy más grande, más vieja, más alta que tú”… Cuando nos llamaba “soberbios” a los granadinos y nos pedía que bajáramos de las nubes para descubrir que “también los sótanos son bonitos”… Cuando confesaba que quiere “esperar un poco” para ver “cómo se pelean los de fuera y los dentro” en la “buena corrida” que, seguro, tendremos el 20 de diciembre: “Ojalá salgamos con las orejas en las manos, aunque sean las nuestras. Pero con las orejas en las manos”.

Lleva razón García Román cuando matiza que “el lucimiento nada tiene que ver con la luz”. Ayala y Gala son un ejemplo. Por la que tienen y por la que proyectan. El compositor granadino estrenó el viernes su De Civitate lucis con una magistral puesta de largo a cargo de la OCG bajo la dirección de Arturo Tamayo. Decía horas antes del estreno que la obra había nacido de la necesidad de expresar en sonidos el anhelo de luz sobre las sombras que nos acechan, al tiempo que reivindicaba el “silencio” como la voz del Universo y de la música, como la mejor banda sonora de estos días terribles de miedo y confusión.

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Vivimos experiencias extremas y su música fue un golpe de música extrema. Fue inquietante, perturbadora. El paisaje sonoro que dibujó parecía descrito para retumbar en el Carlos V de la Alhambra. Un símbolo tal vez hallado y nunca buscado de estos momentos de terrible incertidumbre y perplejidad. Aún tengo en la memoria el Réquiem que estrenó hace unos años en el Festival de Música y la conclusión es sólo una: tampoco García Román deja indiferente.

En el “laberinto diario de luces, resplandores, sombras y oscuridades” en el que nos movemos, su tormentosa e impasible Ciudad de la Luz es un alegato por la humanidad y la lucidez que tenemos el deber de defender. Hoy, todavía tengo el corazón encogido. No sé si me gustó en el sentido clásico de gustar. Me turbó. Me impactó.

A veces, las seguridades de la vida son pocas… pero suficientes: no fue un concierto más. No fueron conversaciones sin más las que tuve el privilegio de compartir con Ayala. No ha sido una reconciliación sin más la que hemos vivido esta semana entre Gala y Granada.