22-M: No todos son iguales

Magdalena Trillo | 15 de marzo de 2015 a las 10:00

Escuchar a un banquero hablar de valores choca. Sorprende si lo dice alguien que está al frente de una entidad como Bankia, con una historia tan poco ejemplar detrás, y más perplejidad produce si lo hace desde Granada con todo un alegato contra la fatalidad. ¡Cuánto podríamos contar nosotros sobre la fatalidad!

Si algunos de los muchos asesores que rodean a los candidatos a la Presidencia de la Junta se hubieran dado esta semana una vuelta por el Parque de las Ciencias y hubieran asistido a la entrega de los Premios Andaluces del Futuro habría encontrado una magnífica munición que incorporar a la campaña electoral. Susana Díaz, que todavía no se ha hecho la foto con el presidente de la antigua CajaMadrid, puede que no sepa que poco tiene que ver Goirigolzarri con los banqueros al uso y que tal vez tenga el discurso más rompedor de quienes dedican hoy sus esfuerzos a los balances antes que a las palabras. “Creer en el futuro es la mejor medicina contra el fatalismo, un mal que nos conduce a ser espectadores y no actores de nuestra propia vida”.

Como en política, el sistema financiero está atravesando uno de los momentos de mayor descrédito y cuestionamiento de nuestra historia democrática. Como en política, también en el mundo de los periódicos color salmón se está viviendo una intensa etapa de regeneración. Y, como en política, costará saber si son nuevos rostros para viejas prácticas o si, realmente, los errores pasados están obligando a imponer una mínima ética aunque sea por pura supervivencia.

Al terminar la entrega de la séptima edición de los premios que organizamos Grupo Joly y Bankia, los propios colaboradores de Goirigolzarri me confesaban que nada de lo que entendamos como “previsible” e “imaginable” tiene que ver con la persona que desde hace tres años está intentando enderezar uno de escándalos más sonoros de la banca española.

Empezando porque se escribe su propio discurso, sacude la fibra sensible y dice lo que quiere decir pasando de protocolo y formalismos: “Deben servir de espejo del progreso andaluz”. Se refería a Pablo, Mariela, José David, Alberto y Sara, los protagonistas del acto. “Sois un ejemplo de ilusión, de compromiso y de responsabilidad. Estos son los valores que necesitamos hoy y los valores que necesitaremos siempre”. Olviden el contexto. Cualquiera de ellos podría haber estado en La Maestranza recibiendo una delas distinciones del Día de Andalucía.

Sin acento andaluz, con acento (casi) extranjero, el cordobés Pablo Gómez Castro expresó con tremenda sensibilidad lo que allí pensábamos todos y lo que, seguro, a todos nos gustaría encontrar cuando miramos a Andalucía: “Me reconozco en una Andalucía que ama y que se deja amar, una Andalucía que no tiene complejos, una Andalucía que nada tiene que ver con los tópicos”. Recuerden su nombre. Está afincado en Los Ángeles y en su curriculum ya aparece su participación en películas como Blancanieves. A Pablo le pasa como a cualquiera de los políticos que estos días pide su voto; que “no se conforma”.

Es la generación del esfuerzo. Es la generación del talento. Todos ellos son de esa generación ‘perdida’ que todos los partidos quieren ahora salvar. Para que “retornen”, para que no se tengan que marchar. Bueno, en estos días lo rescatamos todo y a todos. A las mujeres, a los abuelos, a las familias, a los parados, a los enfermos. Miren qué necesitan y busquen la ‘solución’ en las cientos de medidas que se acumulan en los programas.

Pero empiecen también a comparar. Bien saben los bancos que sobre el papel se arregla todo, que los balances contables –como las promesas electorales– lo soportan todo. Distinto será cuando despertemos, cuando nos tengamos que volver a levantar y se hayan apagado las sintonías de la campaña. Dicen ellos que se juegan mucho el 22 de marzo. Créalos. Pero no por ellos; por usted. Somos ‘nosotros’ los que nos jugamos mucho el próximo domingo. Todavía tiene una semana para pensar y para decidir a quién votar.

Desde la transición no teníamos una oferta tan amplia. Piénselo, desde el corazón, pero también desde la razón. No todos son iguales.

22-M: la ilusión de volver a contar

Magdalena Trillo | 8 de marzo de 2015 a las 11:00

Lo  que les voy a contar se produjo fuera de luces y taquígrafos, con la más absoluta discreción. Ocurrió en la primavera de 2013, sólo unos meses después de que el Gobierno de Rajoy anunciara un cambio radical en el proyecto del AVE a Granada para “adaptarlo a las nuevas condiciones económicas” del país. La ministra de Fomento, con la plana mayor de Adif, nos reunió en Jaén a un destacado grupo de directivos de medios andaluces para explicarnos, en persona, el estado de algunas de las infraestructuras estratégicas de la región.

Entonces éramos más que escépticos con los responsables de Fomento y no sabíamos lo que valía la palabra de la nueva titular. Hoy sí. Y les puedo asegurar que todo lo que allí comprometió Ana Pastor se ha ido cumpliendo. Y hablo de hechos, de publicaciones en el BOE, no de promesas. Oportunista o no, que el PP de Granada haya decidido nombrar a Ana Pastor presidenta de honor del partido por su “compromiso inequívoco y rotundo” con la provincia no es ninguna casualidad.

Si analizamos el punto en el que estaban dos proyectos vitales para Granada como la Autovía del Mediterráneo y el AVE cuando en 2011 el PP asumió el Gobierno de España y cómo estarán al final de la actual legislatura, habrá que reconocer que se ha ejecutado una inversión millonaria en plena crisis y que, tal vez no con la solución final que todos hubiésemos deseado, pero van a ser una realidad en pocos meses y supondrán una transformación sin precedentes en las comunicaciones de toda Andalucía.

El propio Rajoy inaugurará el penúltimo tramo de la A-7 el próximo 27 de marzo y mañana mismo la titular de Fomento concretará en su visita a la ciudad cómo se ha previsto resolver el conflicto que ha surgido ahora con la empresa adjudicataria de las últimas obras –los 27 kilómetros del trazado de Loja y la reforma prevista en la estación de la capital– al exigir más presupuesto para poder ejecutar el proyecto.

Cuando hace unos meses Sebastián Pérez anunció el nombramiento, el partido destacaba lo “extremadamente sensible” que la ministra había sido con los argumentos y peticiones trasladados por los diputados y senadores populares y, por supuesto, con las “necesidades y expectativas” de los granadinos. A ello habría que añadir el talante y el rigor con que la titular de Fomento ha afrontado el reto de desbloquear las dos obras de mayor envergadura que probablemente afrontará Granada durante décadas. Es verdad que le va en el sueldo.

Pero coincidirán conmigo en que, aunque su trabajo sea precisamente ejecutar los proyectos y hacer que se respeten los plazos, no en todos los ministerios se trabaja con el mismo ímpetu ni con la misma capacidad resolutiva. Si utilizamos como barómetro el nivel de cumplimiento delos compromisos expresados por Ana Pastor en aquella lejana reunión, les puedo asegurar que el título se lo ha ganado. A pulso. Y por esfuerzo. Más de 1.100 páginas hemos publicado en Granada Hoy durante los últimos tres años con informaciones sobre la ministra.

Granada ha sido objetivo preferente en los escasos capítulos inversores de los presupuestos del Estado y siempre se ha mantenido en los primeros puestos en su cuaderno de prioridades. Pastor se ha ganado el título del PP y, en la práctica, el de poder considerarla como la ministra granadina del Ejecutivo de Rajoy.

Hace justo una semana le preguntábamos al también presidente de la Diputación por la ausencia de políticos granadinos en puestos de alta responsabilidad y contestaba tajante que el verdadero problema no es el DNI del cargo de turno sino que te escuchen en Madrid y vengan recursos. Tal vez. Pero reconozcamos que, salvo contadas excepciones, los políticos suelen tirar para ‘casa’ y que es más fácil hacerse oír cuando estás en el corazón y al calor de quien decide. Aquí, como podemos comprobar tirando de hemerotecas, no hay siglas que se aparten del guion. Es una cuestión inicial de ‘sensibilidad’ que al final todos terminan rentabilizando electoralmente. Así ha ocurrido con los dos grandes partidos en su reparto de poder durante toda la democracia y así lo hemos visto también en IU cuando ha asumido responsabilidades de gobierno.

La pregunta que podríamos hacernos es hasta qué punto este tipo de apuestas tienen un efecto directo en el voto. La cita más cercana es el 22-M y el caso de Pastor, por merecido que sea, no deja de ser una gota en el océano electoral. El desconocimiento del líder del PP a la Junta no ayuda, tampoco la dolorosa política de austeridad y recortes que ha marcado la gestión del Ejecutivo central y mucho menos el ‘fuego amigo’ de Monago ni las antipopulares cruzadas que han emprendido los ‘compañeros’ Wert y Gallardón uniendo a todos en su contra.

Rajoy se está empleando a fondo para ‘salvar al soldado Bonilla’ pero puede que no con el resultado buscado. En la práctica está regalando a los socialistas el mejor escenario posible: una campaña Andalucía vs. Madrid; Susana Díaz vs. Rajoy. El barómetro que todas las cabeceras de Grupo Joly estamos publicando este fin de semana va en esta línea: el PSOE sería el partido más votado en siete provincias (todas salvo Almería) y en Granada mantendría sus 6 escaños a costa, justamente, de la caída de votos del PP, que perdería hasta 2 parlamentarios. Podemos irrumpiría con fuerza con 2 o 3 plazas en el hemiciclo andaluz, Ciudadanos se alzaría con 1 e IU se quedaría sin representación.

Estamos, no obstante, ante una de las campañas más abiertas en 35 años de autonomía andaluza. A las habituales lecciones de cautela y prudencia que nos han obligado a tomar los resultados sorpresivos de los últimos comicios, hay que sumar en esta ocasión la enorme bolsa de indecisos que arrojan todos los sondeos. Cuatro de cada diez andaluces o no tienen claro aún a quién votar o no lo quieren decir o juegan al despiste y a la estrategia declarando un posicionamiento que en absoluto piensan refrendar en las urnas. Pero, ojo, hay ganas de votar.

Ha calado el mensaje de que Andalucía va a marcar la agenda electoral y de que toda España está pendiente de lo que ocurra en el Sur. Nos sentimos –nos volvemos a sentir– protagonistas. El 22-M acudiremos a las urnas para decidir hasta qué punto está herido el bipartidismo, si la debacle de IU es tan desastrosa como apuntan las encuestas, si la borrachera de éxito de Podemos es tan abrumadora y si los ‘naranjitos’ de Ciudadanos terminan siendo una opción consolidada. Lo veremos en clave regional pero también en clave local con el ojo puesto en las municipales del 24 de mayo y en clave nacional pensando en la convocatoria de noviembre.

De lo que no hay duda es de que, en esta ocasión, la campaña va a contar. Y mucho. No es un trámite legal y lo que se observa en las calles, lo que se evidencia en los mítines, es que los ciudadanos hemos recuperado la ilusión. Sólo por eso ya habrá valido la pena este intenso año electoral.

Los ‘outsiders’ de la campaña

Magdalena Trillo | 1 de marzo de 2015 a las 10:16

¿Ha tenido tiempo de rezar? Ésta era la propuesta que nos había lanzado el obispo de Córdoba para celebrar el Día de Andalucía: “Orar para que desaparezca la corrupción en la administración y en toda la sociedad”. Lo que no está logrando ni la juez Alaya con sus infinitas macrocausas y sus ya previsibles irrupciones en campaña lo quiere resolver la Iglesia con plegarias. Coincido con Demetrio Fernández en que “es una vergüenza que algunos aprovechen su puesto de servicio para enriquecerse robando el dinero de todos”. Ahora bien, media un abismo entre el diagnóstico certero que realiza sobre la codicia humana y ese remedio divino y casi mágico que propone.

A monseñor Fernández le ocurre como al arzobispo de Granada: es más que consciente de que no debe lanzarse a la arena política, de que no debería ser el púlpito una plataforma para encender la polémica, pero su ‘sentido de la responsabilidad’ le supera. Así, “llegado el Día de Andalucía”, decide ofrecer en su carta pastoral una “conveniente reflexión desde la fe” para que meditemos bien nuestro voto de cara a las próximas elecciones regionales” y aprovecha para sumarse al ambiente preelectoral recordando a fieles y electores los posicionamientos de la Iglesia en cuestiones de intenso debate como el aborto y la educación.

Sus planteamientos son un ataque directo contra la escuela pública por “ser uno de los grandes males para una sociedad que quiere ser libre y educar en libertad”. El obispo expresa su perplejidad por que, en “un Estado aconfesional” como el español, “se favorezca todo lo que va contra Dios y contra la religión católica” y, como solución, hace una defensa cerrada del modelo concertado que con tanta eficiencia controla la Conferencia Episcopal y que tan bien representa al teórico 92% de andaluces y españoles que, según él, nos decimos católicos.

No debería extrañarnos. Los obispos acaban de presentar al Gobierno su propuesta de contenidos para la asignatura de Religión -el curriculum ya se ha publicado en el BOE y se empezará a impartir el próximo curso- y la consideración más suave que ha recibido es que supone una peligrosa “involución” educativa y social. A los obispos, sin embargo, les pasa como a los bancos, que nunca tienen bastante. Mientras piden a las comunidades más díscolas que no limiten las horas de religión en las escuelas, su propuesta para “enseñar la realidad del cristianismo sin catequizar” es poner a los niños de 8 años a rezar en las aulas y, en Secundaria, eliminar las referencias a cualquier religión que no sea la estrictamente protegida en nuestra Constitución.

Es decir, que a los primeros les examinarán por sus cánticos (la asignatura es optativa pero evaluable) y a los segundos les privarán de la oportunidad de entender qué hay detrás del ataque yihadista a Charlie Hebdo y hasta de saber que Andalucía, Al-Andalus, fue un día símbolo de convivencia, respeto e integración entre pueblos. Tendremos escolares que aprenderán a “expresar la gratitud a Dios por su amistad”, “comprender el origen divino del cosmos” e, incluso, “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad”. Pero difícil será saber si estamos formando a ciudadanos críticos capaces de asumir con coherencia su responsabilidad en la sociedad y desenvolverse desde la cultura del esfuerzo y la tolerancia. Mucho menos si se inculcarán unos valores mínimos de ética y respeto que terminen siéndonos útiles a todos -también a la Iglesia- cuando nos planteemos la aspiración como sociedad de, por ejemplo, atajar la corrupción. Porque tan legítimo es defender la oración, el adoctrinamiento y la catequesis dentro de las parroquias (para eso están) como debería ser reservar la escuela pública para inculcar esos valores de civismo y moralidad que deberían impregnar nuestra convivencia y que tanta falta nos hacen para vacunarnos contra todos esos “males” ante los que nos previene la propia Iglesia.

Recriminamos a los políticos lo alejados que están de la calle, de las preocupaciones reales de la gente, pero lo cierto es que es otro mal que se contagia con la misma naturalidad con que socialmente lo aceptamos. Les aseguro que no es ingenuidad, es el reconocimiento de que lo que de verdad se nos da bien en este país es confundir. Cargados siempre de ideología y con unos intereses nunca claros. Confundir para, a continuación, interferir. Es lógico que el año electoral haya acelerado la vida pública pero no deberíamos permitir que la ‘justificación’ de unos comicios nos hurten el debate y nos dejen en una apática posición de indiferencia.

No es sólo la juez Alaya la especialista en las injerencias. Junto a los ousiders habituales de las campañas electorales, están los que aprovechan para pescar en río revuelto -admitamos que el obispo de Córdoba nos anime a rezar contra la corrupción política, pero no de que se olvide de mirar hacia dentro cuando el propio Papa está pidiendo perdón y tan cerca tiene el escándalo de los casos de pederastia en Granada…- y los que, con la excusa del patriotismo y la responsabilidad, irrumpen de forma estrepitosa arropados por el corporativismo, el interés partidista, cierta dosis de frivolidad y una absoluta y compartida ausencia de autocrítica. El momento bandera andaluza de Manolo Pezzi en el Congreso de los Diputados, prestando el ‘noble’ servicio de defender nuestra comunidad cuando se atacaba al PSOE, no es menos tramposo que el memorándum de cifras que nos arrojó el presidente del Gobierno para transformar el Debate sobre el Estado de la Nación en un improvisado ‘país de las maravillas’ y convencernos de que la recuperación no tiene los pies de barro y es real. Volvemos a confundir. El diputado granadino jugó a lo que juega su partido. Porque, aunque los socialistas llevan el rojo en sus siglas, es el verde de Andalucía el que han hecho propio en tres décadas de gobierno con la misma fuerza camaleónica con que se han quedado con la bandera del andalucismo.

Honestamente, entre los tiempos de rezos de unos y los tiempos electorales de otros poco espacio queda para “potenciar la Marca Andalucía”, para hacer país, como proponían esta semana los empresarios al presentar (ellos también) su decálogo de propuestas para el 22-M. Pidieron lealtad, pero no es la lealtad lo que mejor nos define. Y no, no es orando en los colegios como vamos a conseguir que “no prevalezca la mentira, el engaño, la trampa y el embuste” ni tampoco como vamos a desterrar esos tópicos que unas veces criticamos y otras enarbolamos. Mucho menos el ‘tópico’ de la corrupción.

¿A qué aspira Granada?

Magdalena Trillo | 22 de febrero de 2015 a las 22:12

Simplificando mucho, el problema del Atrio que Álvaro Siza ha diseñado como gran puerta de entrada a la Alhambra es que es mucho proyecto para Granada. ¡Otra vez! Ya nos pasó con la grandiosa estación del AVE que el Gobierno socialista encargó a Rafael Moneo en 2009 para resarcir a la ciudad por tantos años de comunicaciones tercermundistas y promesas incumplidas y, sólo un poco después, lo tendríamos que volver a vivir con el Teatro de la Ópera de Kengo Kuma, aquel espectacular Granatum con el que el arquitecto japonés ganó hace siete años el concurso de ideas que culminó un interminable debate sobre si Granada necesitaba o no un gran espacio escénico. Al final dijimos ‘sí’ pero la realidad nos corrigió.

Los dos proyectos están en un cajón. Los dos se plantearon con ambición y los dos han sucumbido a la crisis y a las propias dinámicas destructivas de esta ciudad. El AVE se ha descafeinado por el camino y nada tienen que ver los 570 millones que iban a invertirse en la Estación Mariana Pineda con el parcheo que se está realizando en estos momentos en Renfe para recibir un tren low cost, sin soterramiento en La Chana y con una más que cuestionable velocidad. Bien es cierto que, esta vez, llegará. Con un alto precio para Granada -¿alguien confía en que el proyecto sea a medio plazo reversible’-, pero llegará. Y casi al mismo tiempo que lograremos terminar las obras malditas de la A-7 y veremos el Metro empezar a funcionar.

El vanguardista edificio de Kengo Kuma, un arriesgado proyecto que nada más darse a conocer se convirtió en un referente arquitectónico para profesionales y alumnos, se concibió como una granada abierta a la Vega que coqueteaba en la distancia con la Alhambra y Sierra Nevada, dialogaba con el Parque de las Ciencias y el Museo de la Memoria y dotaba a la ciudad de un auditorio con 1.500 localidades técnicamente preparado para poder programar espectáculos de primer nivel de teatro, danza y, por fin, ópera. No era (sólo) un proyecto para ser contemplado; era un proyecto para ser “experimentado”.

Esta semana nos contaban que técnicamente no está muerto, que está en fase de “supervisión” en la Consejería de Cultura y que, incluso, podría rescatarse si se consiguen unos fondos europeos que están pendientes de consignación. Por Sevilla, de momento, no quieren ni oír hablar de Kengo Kuma. Si los 45 millones que se destinarán en cinco años al Atrio han conseguido despertar el fantasma del turista ‘mochilero’ y hasta IU se ha posicionado en contra después de firmar un convenio para financiarlo (el mal de la incoherencia no es exclusivo de socialistas y populares), imagínense lo que podríamos armar si recuperamos el Granatum del japonés y no sólo pensamos en construirlo sino también en mantenerlo y en programar.

Pero, sinceramente, una cosa es la prudencia y la tan reclamada “sostenibilidad” y otra bien distinta la miopía. ¿No tenemos ya bastantes chapuzas en Granada? ¿No nos fustigamos lo suficiente viendo la actividad del faraónico aeropuerto de la Costa del Sol con su casi centenar de conexiones internacionales? ¿No nos lamentamos del salto que Málaga ha dado en su oferta cultural con los millonarios proyectos museísticos que su alcalde (también del PP) ha sacado adelante en plena crisis y nos empezamos a preocupar por si aquí, también, perdemos liderazgo?

¡En qué quedamos! Debería dar miedo pensar qué nueva polémica nos vamos a enredar en los próximos meses cuando Granada culmine las grandes infraestructuras que nos han tenido ocupados en la última década. La línea marítima a Melilla promete pero, sin duda, resultará más jugoso -y mediático- lanzarse sobre la Colina Roja. O sobre la Sierra. Me niego a defender que es algo consustancial al ADN del granadino. Y menos ahora… que hasta los científicos han desmontado el asentadísimo mito de que la alta montaña multiplica las posibilidades de sufrir un infarto.

Nada puede haber en el ambiente de esta Granada que siempre ha sabido cautivar viajeros y fascinar hacia fuera para que, de puertas adentro, nos repleguemos y no seamos capaces siquiera de permitirnos el lujo de tener aspiraciones. Y no hablo de dibujar castillos en el aire; hablo de empezar resolviendo nuestro problema de autoestima y falta de visión. Hablo de tener personalidad para saber hacia dónde queremos que camine Granada sin copiar al de al lado ni entrar en insufribles disputas de agravios. Hablo de lograr un mínimo consenso político y social para saber por qué vamos a luchar. Hablo de no acomodarnos pidiendo el ‘café para todos’ en todas las escalas.

¿De verdad no queremos subir a la Alhambra cualquier noche de verano del Festival y terminar la velada tomando unas copas en la terraza del restaurante que ha diseñado Álvaro Siza? ¿No nos gustaría llegar a un parking decente sin doblarnos un tobillo al salir del coche? ¿No preferirán los turistas hacer cola para comprar una entrada sin mojarse cuando llueve, helarse de frío o morirse de un sofoco? Nos equivocamos de debate si lo reducimos a oportunismos (e inoportunismos) electorales. Puede -y debe- haber discusión pero atrevámonos, por una vez, a no pensar a la defensiva y hagámoslo con un planteamiento constructivo. Se puede entender que ni la estación de Moneo ni el Teatro de Kengo Kuma hayan sido proyectos asumibles en momentos de durísimos recortes. Pero el de Alvaro Siza, al menos en teoría, se podría afrontar: ¿no sentiriamos envidia si el proyecto si se hubiera planteado para Málaga?

Aunque sorprende la intensidad del revuelo cuando hace más de cuatro años que se aprobó el proyecto y se dio a conocer, entendamos que es ahora, en el momento en el que nos recuerdan que (éste sí) se va a ejecutar y vamos al detalle de la obra, cuando toca el turno de la polémica…

Desde el punto de vista arquitectónico, pocas voces lo cuestionan. La envergadura de la actuación y la financiación es otro tema. Y, por supuesto, en el trasfondo siempre está el recurrente debate sobre el aislamiento de la Alhambra y el agrio cuestionamiento a la política de gestión actual. Del “no sostenible” y el “disparate” al miedo de convertir el monumento en una “isla” para turistas.

Dicen que perjudicará a los hosteleros: ¿alguna vez dejarán de quejarse nuestros empresarios del sector turístico?, ¿alguna vez les oiremos confesar que les va bien? Dicen que es un “exceso” cuando hay tantas necesidades de inversión cultural en Granada y cuando la propia Junta de Andalucía está recortando inversiones de mayor necesidad social: ¿estaríamos con este debate si no se hubiera convocado el 22-M y faltaran menos de tres meses para las municipales? Dicen que “no es el momento”: ¿alguien sabe cuándo es el momento de que nos pongamos de acuerdo en algo en esta ciudad?

Estaría bien empezar preguntándonos, -y contestando con honestidad-, si saben los políticos, si saben los responsables institucionales, si sabemos nosotros, a qué aspiramos.

El factor corbata

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2015 a las 11:43

Hace sólo diez años, más de la mitad de la población española no utilizaba el ordenador, todavía había un 14% que no sabía ni lo que era internet y hasta un 70% confesaba que jamás había enviado un email. Hoy, mi madre compagina los cursos de pintura y cocina saludable con sus primeras clases de informática, acaba de darse de alta en Facebook y está pendiente de activar la tarifa plana en el móvil para sumarse al grupo de WhatsApp que han creado mis sobrinas. Lo mejor de todo es que lo hace con la misma naturalidad con que prepara el relleno de carnaval, hace pestiños para Semana Santa y acumula conservas de tomate en la despensa.

Dice el alcalde de Granada que él ya está muy mayor para esto de las redes sociales y que no se da de alta porque no quiere que ningún ‘negro’ le haga el trabajo. Por supuesto que la edad importa para según qué cosas -ya nos gustaría que no fuera así- pero nos equivocamos si lo situamos como el factor determinante. Cuántos abuelos, por ejemplo, no han vuelto a hacer de padres en estos últimos años por imposición del guión de la crisis. Y a cuántos jóvenes no les estaremos robando los años felices de la adolescencia obligándoles a transitar sin brújula al blanco y negro de la vida ‘real’. Generaciones perdidas, quebradas por la crisis, para las que ha desaparecido el espacio de protección y concesiones que socialmente les habíamos reservado.

Las fronteras de la edad también se han roto y no sólo como consecuencia de la no siempre milagrosa cirugía plástica. Pero ni es un valor en sí misma la dictadura de la juventud como sinónimo de regeneración, ni la madurez es siempre sinónimo de plenitud ni debería ser un impedimento la inevitable senectud para seguir asumiendo responsabilidades profesionales. Lo reivindica, precisamente, Torres Hurtado cuando insiste en presentarse como el mejor candidato del PP para revalidar la mayoría absoluta en la capital y nos reprocha que no dejemos de preguntarle que cuándo se jubila… Después de muchos meses de espera, el viernes logró por fin el beneplácito de Génova para pelear por su cuarto mandato y aún queda por saber si, en estos tiempos de inestabilidad e incertidumbre, el cartel lo encabezará el Torres Hurtado de siempre, el de traje y corbata -y sombrero de fieltro en los soleados días de verano-, o un nuevo producto de los nuevos tiempos fabricado en los laboratorios de imagen de los partidos.

A cien días de las municipales, los socialistas ya han empezado a mostrar sus credenciales lanzando en las redes sociales el vídeo ‘Ya toca Granada. A Paco Cuenca le toca lidiar de actor principal para convencer a los ciudadanos de que el PP no busca más que “el negocio”, que nos “cosen” a impuestos, que son manifiestamente incapaces de gestionar y que “hay que darle la vuelta a Granada”. Todo muy de campaña. ¿Resulta creíble? La vecina a la que le han amargado la vida en su barrio con la LAC, la joven que se va a Alemania a buscar trabajo, el señor que ha tenido que cerrar su negocio… Juzguen ustedes.

Mucho menos preparado, y seguro que más barato, es el vídeo que la candidata de Podemos a la Junta se ha autograbado en la cocina de casa para hablar de otra ‘cocina’, la de las encuestas. Teresa Rodríguez nos recuerda la escasa fiabilidad de las muestras y nos hace preguntarnos hasta qué punto los sondeos reflejan la opinión de los andaluces o son un instrumento para “generar opinión”. Su mensaje es claro: la esperanza de los nuevos partidos como “alternativa de cambio” frente al descrédito de un PP y PSOE en continua caída. Y lo hace mientras hierven unos tomates en una floreada cacerola.

 

Más que entre lo ‘nuevo’ y lo ‘viejo’, podríamos preguntarnos si el dilema está entre lo creíble y lo que no, entre el original y la copia, entre lo auténtico y lo impostado. Del mismo modo que en internet hemos terminado conviviendo los nativos digitales y los emigrados, la política está viviendo una etapa de profunda transición en la que se ha puesto en cuestión tanto el contenido como el continente, tanto las formas como el mensaje.

Pero, ojo, que ni la juventud ni la novedad de los “nuevos partidos” son suficientes para apropiarse del valor de esas “nuevas formas de hacer política” que reclama la sociedad ni pueden erigirse como salvadores presentándose a sí mismos como los “nuevos políticos” que han de liderar el cambio presuponiendo siempre la bondad de lo nuevo y la corrupción de lo viejo.

Les pongo como ejemplo un frívolo caso de corbatas. Jamás pensé que el último revuelo sexista por la indumentaria de un político lo viviríamos a costa del ministro griego de Finanzas. Al mismo tiempo que Pedro Sánchez se vestía de estadista y se clonaba ‘a lo Rajoy’ para firmar un interesado pacto antiterrorista que no se termina de comprender ni entre las filas socialistas, Yanis Varoufakis se paseaba por los elitistas despachos de Europa sin corbata, con vaqueros negros y con camisa azul eléctrico provocadoramente desabrochada y suelta.

varoufakis

¿Les parece irrelevante? Júzguenlo también ustedes. Pero no pierdan de perspectiva hasta qué punto el ‘factor corbata’ es un entretenimiento de crónica social y de pasarela o es un valioso escaparate que nos previene de los farsantes. Porque de lo que hablamos es de lo que se es y de lo que se quiere aparentar. Y porque también es personalidad, incluso liderazgo, ser capaz de decidir si nos ponemos la corbata aunque nos ahogue o nos la quitamos aun sabiendo que nos sentimos desnudos. Más aún en un momento en el que, en la trastienda de la política, la capacidad de influencia y poder de los asesores, de los Pedro Arriola a las Verónica Fumanal, se está convirtiendo en un tema de primera página.

Todo está relacionado. Merkel, por ejemplo, no ha tenido que travestirse de ejecutiva ni cambiar sus criticadas chaquetas para dejar claro quién manda en Europa como no lo tuvo que hacer Thatcher en su día -su pequeño bolso negro de mano fue más que suficiente- para ganarse al apelativo de ‘Dama de hierro’.

En España, hoy podría resultar casi obsceno que a Pablo Iglesias le intentaran copiar la coleta, pero coincidirán en que llega a resultar esperpéntica la obsesión de sus ‘colegas’ por copiarlo y vendernos no sólo lo que no son sino también lo que no piensan. De repente se han vuelto todos muy ‘de calle’, showmen y ultra activos en las redes sociales. Piensen en la repentina faceta televisiva de Pedro Sánchez y recuerden el lamentable episodio de Rajoy eliminando miles de ‘amigos’ en Facebook cuando se descubrió que los 60.000 sorpresivos ‘followers’ digitales con los que amaneció un día eran un engaño tecnológico.

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Ni las monarquías escapan de la fiebre por ‘aparentar’. El rey Felipe acaba de bajarse el sueldo para aumentar el presupuesto de la Corona en nuevas tecnologías y, en Noruega, Mette Marit se ha lanzado al mundo 2.0 dándose de alta en Instagram para mejorar su popularidad. En teoría, se trata de modernizarse y apostar por la transparencia; en la práctica, llega un momento en el que cada vez es más difícil saber a quién creer y qué creer. Y la corbata es mucho más que un trozo de tela.

Lo políticamente correcto

Magdalena Trillo | 8 de febrero de 2015 a las 17:28

Todos sabemos que en el decálogo del ‘buen político’ no está decir la verdad. No lo llaman mentir sino “estrategia” y, teóricamente, nunca hay mala fe detrás del incumplimiento de las promesas sino un buen puñado de “circunstancias” que les impiden hacer frente a sus compromisos, algunos errores de cálculo sobrevenidos que empañan la gestión y unos cuantos ‘chorizos’ infiltrados en sus filas que “injustamente” los desacreditan.

Si todos sabemos que un político no se puede permitir el lujo de decir la verdad, mucho menos en campaña electoral. Y el objetivo es evidente: no dar pistas al adversario, no mostrar debilidades y convencer a los futuros votantes de que son la mejor opción. ¿Cómo nos van a pedir que confiemos si ni ellos mismos se lo creen?

Porque también sabemos, o deberíamos saber, que el fin último de la política es el poder: la máxima es salir a ganar y, por supuesto, ocupar el sillón de mando. Luego vendrá aquello de que se hace por el interés general, que su vocación es la del servicio público y que se van a dejar la piel por los ciudadanos. Por usted y por mí.

Todo esto se rompió esta semana cuando el secretario de Participación Interna de Podemos dijo en un programa de radio que su partido no tiene expectativas de acceder al Gobierno en Andalucía. ¡Revuelo monumental! Se lanzaron como lobos desde todos los partidos y también se le contestó desde dentro. La candidata andaluza, Teresa Rodríguez, apenas tardó unos minutos en corregir la ‘novatada’ de su compañero con un tuit: “Quienes conocemos esta tierra y tenemos aquí los pies, la cabeza y esperanzas, sabemos que no sólo podemos, sino que debemos ganar Andalucía”. Luis Alegre rectificó esa misma mañana y se ha pasado toda la semana tirando de ‘manual': el recurrente que se había expresado mal… Que se refería a que las encuestas no les dan como vencedores para las autonómicas del 22 de marzo en Andalucía -sí en otras comunidades como Madrid, Valencia o Asturias-, que afrontan la cita con “humildad” pero también con “ambición” y que, como ya demostraron en las Europeas de hace un año, “¡sí se puede!” porque son un partido nacido “para ganar”.

El dirigente de Podemos termina refugiándose en lo políticamente correcto, en lo previsible, con el tono falso de los mítines y eslóganes fabricados de campaña. A mí, sinceramente, me había gustado más el primer Luis Alegre, el criticado como principiante e inexperto, el que osó romper el ‘pacto’ del interés partidario admitiendo en público lo que la formación de Pablo Iglesias sabe a nivel interno y sabemos todos: que Andalucía es su plaza más difícil y que, a la espera de más sorpresas el día electoral, no es probable que el 22-M se conviertan en la primera fuerza en nuestra comunidad.

Nunca he entendido por qué los políticos nos tienen que proteger callando lo que no interesa (a ellos, claro), diciendo lo que no es y prometiendo lo que nunca cumplirán. Cierto es que ganaríamos mucho si antes de hablar tuvieran claro qué quieren decir. Más aún si consiguieran que, desde el mismo partido, partieran los mismos mensajes sin importar el interlocutor ni dónde vive el votante. Es una regla básica en periodismo que nunca pondremos un buen titular ni escribiremos una buena noticia si no tenemos previamente bien definido lo que queremos contar; un mal titular siempre es reflejo de una mala historia.

En política, a esto se llama incoherencia y, lamentablemente, tenemos demasiados ejemplos de ello. ¿No es una contradicción que Pedro Sánchez se manifieste partidario de alcanzar grandes pactos de Estado con el PP y unas horas más tarde diga su portavoz que, más allá de la lucha contra el yihadismo, no hay nada que acordar porque las diferencias son “abismales”? Porque qué bien debería sonar la propuesta del líder socialista de imponer un mínimo de sensatez y estabilidad en Educación si no se percibiera detrás un interés claramente electoral que choca con ese intento de adoctrinamiento que ha marcado la gestión educativa en este país durante toda la democracia.

Desconcierto e intereses partidistas. Tampoco he entendido nunca por qué los políticos no pueden movilizar a los indecisos siendo honestos, desarmar al adversario con discursos constructivos y en positivo y entusiasmar al electorado siendo realistas. Por qué no se pueden asumir los errores y conectar con los votantes sin cambiar de discurso cada media hora. El confuso escenario de alianzas postelectorales que se avecina tal vez sea la mejor muestra de lo difícil que es escribir un titular, montar un discurso, cuando no se sabe qué decir. Por no destapar las cartas y por no reconocer que todo dependerá de lo que más interese, de lo que sea más necesario cuando, con los datos definitivos en la mano, haya que valorar hasta dónde se puede presionar y hasta dónde renunciar.

Números y pragmatismo. Si el bipartidismo está tan roto en España como aventuran todos los sondeos, más importante que el programa sería conocer las intenciones de los partidos para el día después. Susana Díaz ha entrado fuerte en precampaña -ya está de periplo por toda Andalucía con actos institucionales por la mañana y de partido por la tarde- asegurando que ni pactará con el PP ni lo hará con Podemos. ¿Seguro? Lo enfatizó el jueves en Granada cuando respaldó a Paco Cuenca como candidato socialista a la Alcaldía de la capital y le marcó el camino: ganar “bien” para gobernar sin necesidad de alianzas. ¿De verdad cuentan con tal horizonte? La prudencia, y el desconcierto que ha supuesto la irrupción de Podemos torpedeando el actual sistema de partidos y fagocitando a Izquierdo Unida, ha dejado en un sueño la aspiración de la “mayoría absoluta” y ahora el reto no es otro que una “mayoría suficiente”.

Y aquí tenemos a los que nos prometen estabilidad para “avanzar al doble de velocidad” que el resto de comunidades (PSOE), los que nos previenen de experimentos intentado montarse en la ola de la recuperación (PP), los que buscan nuestra complicidad para romper “tres décadas de monopolio socialista” y “corrupción” (Podemos) y los que nos aseguran un verdadero gobierno de izquierdas llamando a la puerta de los “desencantados” (IU). Sumemos otras opciones más minoritarias como Ciudadanos, UpyD y hasta el irrelevante Partido Andalucista y encontrará esa difícil radiografía que se vislumbra este intenso año electoral con dos corrientes en tensa disputa por el poder: PP y PSOE intentando mantener posiciones y todos los demás esperanzados en desmontar el tablero.

El primer experimento se ensayará en Andalucía pero reconozcamos que el laboratorio más imprevisible se está fraguando en Madrid y que será en las municipales cuando comprobemos el impacto real de las sopas de siglas, los pactos y las alianzas que resultarán imprescindibles para el gobierno -o desgobierno- en cientos de pueblos y ciudades de toda España. Y ya veremos entonces, en un escenario absolutamente inédito en nuestra democracia, si lo que hasta ahora ha sido políticamente correcto sigue funcionando.

La nostalgia del cambio

Magdalena Trillo | 1 de febrero de 2015 a las 11:17

Elija el “cambio” que más le interese, póngale el rostro que más le apetezca y vaya pensando a quién votar el 22 de marzo. Tanto hemos prostituido y distorsionado la palabra que todo cabe en seis caracteres: la derecha que quiere acabar el “régimen socialista” con la “oportunidad de cambio” que representa Juanma Moreno, los ‘susanistas’ que se encomiendan al indiscutible liderazgo de su secretaria general para esquivar el declive de sus propias siglas sin que se note que son los ‘mismos’ los que llevan tres décadas gobernando en Andalucía, los damnificados de IU que han visto cómo Podemos se apropiaba de su programa, de sus militantes y de su espacio electoral al mismo tiempo que eran ‘desahuciados’ de San Telmo y, por supuesto, los ‘extremistas’ de Podemos a los que se intenta demonizar como un peligroso virus capaz de frenar la esperanzadora recuperación mientras ellos, con su “marcha por el cambio”, vuelven a demostrar a pie de calle que tienen el apoyo de la gente.

La pregunta que muchos analistas se hacen estos días es si Pablo Iglesias despierta la misma ola de simpatía y complicidad ciudadana que en los 80 logró aquel jovencísimo Felipe González que, con su pelo desenfadado, sus pantalones de campana y su chaqueta de pana, surgió de Suresnes suscitando tanto temor en la esfera empresarial como hoy desata ‘El coletas’ en los mercados. Porque entonces también eran radicales, provocadores e ilusos. La dosis de mercadotecnia tal vez fuera menor pero también la sociedad española era otra. Si tenemos en cuenta el cambio generacional, el letargo de entonces y la sobreexposición mediática de ahora, puede que lleguemos a una radiografía muy similar.

Y seamos realistas. En frente de Pablo Iglesias no está Pedro Sánchez, está Susana Díaz. Hacía demasiado tiempo que los socialistas no recibían el calor de la calle y el motivo es sólo uno: esa ‘fontanera’ felizmente embarazada que tan nervioso ha puesto al PP. Los selfies se unen a besos y abrazos (¿no va a coger la gripe con tanta exposición?) haciendo más nítida la respuesta. La presidenta lo sabe. Es su mejor encuesta. Ha conectado con los andaluces y está convencida de que va a tener ‘su’ oportunidad. El ‘efecto Susana Díaz’ es tan potente en cualquier pueblo de nuestra comunidad como lo es el ‘efecto Podemos’ en las ciudades. Si la astucia y la estrategia es un valor en política, ella va tan sobrada como Pablo Iglesias de oratoria.

Esta misma semana volvió a demostrarlo en Fitur cuando se unió con exultante naturalidad a la comitiva real y luego no cayó en la ‘trampa’ que le habían preparado en el stand de Granada: nada de desplantes, le zampó dos efusivos besos a Sebastián Pérez, hizo campaña en territorio hostil y allí los dejó… Unas horas antes, era el propio presidente del Gobierno el que despertaba del “letargo invernal” -Susana Díaz casi le contestó en directo a las acusaciones de que va a utilizar Andalucía de “trampolín” para disputarle La Moncloa- para despejar el camino a su ¿sólo “prometedor”? candidato para Andalucía.

Pero, sinceramente, no sé si le ayudó o se lo puso más difícil. Juanma Moreno todavía no ha convencido ni a los suyos de que es el cabeza de cartel que necesitan cuando tienen que enfrentarse a una líder nata y convencer de que la oposición en nuestra comunidad ni está en manos de la juez Alaya ni necesita que se la hagan desde Madrid.

Después del espoleo de Aznar, tal vez haya entendido Rajoy que va tener que bajar a la arena política, tomar decisiones -¿cuánto más tienen que esperar ¡los suyos! para saber si están dentro o fuera de la partida?- y explicar mucho mejor si en su hoja de ruta realmente está la opción de victoria. Sigo sin ver razones claras para el adelanto, pero bienvenida sea la campaña si logramos que aflojen el cinturón, que nos ‘animen a votar’ restituyendo algo de lo perdido y nos devuelvan la ilusión de creer que un cambio real es posible.

Cuando Felipe González protagonizó la ‘movida’ de los 80, los que hoy se disputan la batuta de la transformación estarían estrenando la EGB. A todos nos interesa que 2015 sea un año para sumar, no para restar, y que el ‘cambio’ que todos enarbolan vaya más allá del relevo generacional. Sin la volatilidad de la moda y sin la nostalgia de lo que fue.

Quiénes son los moderados

Magdalena Trillo | 25 de enero de 2015 a las 10:06

Grecia no es España pero son múltiples las pistas que hoy nos llegarán desde Atenas sobre el incierto escenario político que acecha a Europa tras siete años de larga crisis y suicida austeridad. El pueblo helénico acudirá a las urnas para decidir si planta cara a la Troika y entrega las riendas del país al Podemos del sur: 9,8 millones de ciudadanos podrán elegir entre 18 partidos y 4 coaliciones aunque son sólo 7 las formaciones que tienen opciones reales de entrar en el Parlamento. El favorito es el Pablo Iglesias griego. Alexis Tsipras, al frente de Syriza, estrenará el intenso año electoral que viviremos en 2015 y que, con toda seguridad, transformará el actual mapa ideológico europeo entre el ascenso ‘ultra’ y el fin del bipartidismo. Las presidenciales griegas arrancan hoy a las 7 de la mañana y luego le tocará el turno a Reino Unido, Francia, Suecia y, por supuesto, España. La economía y la política migratoria, marcada por el fantasma yihadista, serán claves en un momento de desconfianza y descontento generalizado.

El izquierdista Tsipras busca una mayoría absoluta que le permita gobernar en solitario y lograr que “la democracia vuelva al país donde nació”, “recuperar la autonomía en Europa” y “restaurar la dignidad del país”. Innegable el populismo del que ya se ve como primer ministro pero no tan extremista como se ha dibujado a ese carismático estudiante que, desde sus revolucionarios primeros años dentro del Partido Comunista, ha tenido un ascenso meteórico para situarse como líder de la oposición y gran esperanza de cambio. Y ello a pesar de las muchas turbulencias que sus propuestas sobre la deuda y el euro han desatado en los mercados y el miedo que ha infundido en los socios de la UE alineados a Berlín.

La realidad es que la cercanía al poder atempera con tanta fuerza como su pérdida lleva a la radicalización. Al mismo tiempo que Tsipras ha ido moderando su discurso, similar al giro emprendido por Podemos en España, el conservador Samarás ha virado a la derecha, ha endurecido el tono y se ha refugiado en la campaña del miedo. Con una afonía tal vez profética sobre su propio futuro, ha terminado los mítines advirtiendo de que “Tsipras quiere convertir Grecia en Corea del Norte“. Al frente de Nueva Democracia, sufridor del quebradizo bipartito que se ha despeñado tanto como lo han hecho en las encuestas sus socios socialistas de Pasok, asegura que continuará con las reformas estructurales, pero promete poner fin al rescate y una progresiva bajada de impuestos.

Toda Europa mira a Tsipras y a Samarás pero tal vez lo más interesante se juegue en un escalón inferior. Dejando de lado la inevitable y estable cuota de los neonazis de Aurora Dorada, la llave de gobierno en un escenario sin mayoría absoluta la puede tener To Potami. Los moderados. Son los últimos en llegar. El partido de Stavros Theodorakis nació en marzo con el objetivo de unir a todos los descontentos de centroderecha y centroizquierda y sorprendieron en las Europeas con dos escaños. El Río, traducido al español, fue fundado por un popular presentador de televisión ajeno a la “casta” con un discurso que recuerda mucho a los argumentos esgrimidos por UpyD y Ciudadanos en el tablero nacional: clases medias, profesionales liberales y voto urbano son el ‘público’ al que pretenden convencer con un programa electoral proeuropeo y cosmopolita que se ha diseñado más para pactar que para gobernar. Y ya han anunciado que están dispuestos a “sentarse a hablar” con cualquiera que no busque “una vuelta al dracma”.

En España, si como ya ha decidido Susana Díaz “es la hora de los andaluces“, la primera oportunidad para castigar y premiar la tendremos el próximo 22 de marzo, dos meses antes de las municipales y a casi un año de las generales. Aquí sí hablamos de un adelanto electoral en toda regla -la convocatoria de Mas y Junqueras en Cataluña para septiembre ha terminado pareciendo un retraso- y aquí sí podremos pulsar la caída real del bipartidismo y el empuje de las nuevas formaciones.

La presidenta lo anunciará previsiblemente mañana y, no nos engañemos, claro que el trasfondo es político y electoral. ¿Algunos comicios no lo son? Será por el “interés de Andalucía” pero lo que sostiene y justifica cualquier convocatoria es estrategia y oportunidad. Con unos presupuestos aprobados, la percepción de “inestabilidad” es más que relativa y, por supuesto, subjetiva. Si el pánico al descalabro electoral no se hubiera apoderado de IU, más comprensible resultaría que las asperezas y discrepancias se hubieran limado en los despachos como se ha hecho hasta ahora. Pero los tiempos electorales son otros y, evidentemente, por mucho que descoloque al resto de partidos, es el PSOE quien tiene en estos momentos la potestad y legitimidad de convocar elecciones.

No tengo tan claro, sin embargo, que el adelanto vaya a beneficiar a los socialistas. Serán los primeros en recibir los mensajes de indignación popular y no deberían descartar que las dificultades del bipartito actual se multipliquen por tres o por cuatro con un PSOE y PP alejados de la mayoría absoluta y pendientes del éxito final de Podemos, UpyD o Ciudadanos y el hundimiento -o no- de una Izquierda Unida manifiestamente molesta con el adelanto a la que será aún más complicado contentar.

Obviamente, los resultados tendrán consecuencias más allá del escenario regional. Si Pedro Sánchez está acosado por la sombra de Susana Díaz, Rajoy no se libra de las amenazas de Bárcenas y la presión de Aznar: ¿Dónde está el PP? ¿Aspira realmente a ganar? Los populares sabían que la convención nacional iba a ser ‘movida’ pero tal vez no previeron la dura irrupción del ex presidente espoleando a los dirigentes del partido y reclamando un rearme ideológico.

Volvamos a Grecia. No serán lo mismo pero se parecen: unos virando a la derecha azuzando la campaña del miedo, otros prometiendo el cambio desde la izquierda y todos disputándose “la virtud del centro”. Justo esta idea enmarca el primer capítulo de la serie danesa Borgen, una más que adictiva propuesta televisiva que arranca con la proclamación de la moderada Birgitte Nyborg como primera ministra tras tumbar todas las encuestas y que tiene al temible Maquiavelo de asesor de cabecera: “El príncipe no debe tener más objetivo ni pensamiento que el de la guerra y sus reglas y disciplinas”, “El príncipe ha de saber que es más importante ser temido que amado”.

La pregunta que yo me haría en España, pero también en Andalucía y por supuesto en Granada, es dónde están los moderados. Es decir, qué partido, qué líder, será capaz de apropiarse del mensaje de la prudencia y la moderación y convencernos -o no- de que “la virtud está en el centro”.

Si no es decidir, ¿qué es la política?

Magdalena Trillo | 18 de enero de 2015 a las 10:37

Si para cada decisión importante que tomara mi ayuntamiento me llamaran a referéndum, ya me habría borrado del censo. Y no es irresponsabilidad, es justo lo contrario. ¿Tendría que estudiar, analizar y asesorarme sobre cada tema complejo, sensible, de gran impacto, para determinar el sentido de mi voto? Podemos ha terminado imponiendo una estructura de partido tan férrea y personalista como el PP pero en sus bases continúan predicando los eslóganes caóticos y asambleísticos del 15-M: la consulta ciudadana aplicada a todo. Preocupa, por supuesto, el desconocimiento y la bisoñez de quienes se están definiendo como líderes de una organización política con claras opciones de gobierno -me refiero a la metedura de pata de la líder de Sevilla sobre la Semana Santa-, pero todo estos ‘males’ se curan. Lo que realmente debiera llevarnos a un debate profundo es el trasfondo sobre ese clamor de “más participación” que se ha ido infiltrando socialmente abrigado por la desconfianza hacia políticos e instituciones entre casos de incompetencia y escándalos de corrupción.

No voy a mirar hacia atrás para recordar las terribles lecciones sobre el ‘gobierno del pueblo’ que hemos aprendido desde la antigua Roma. Me quedo en la incertidumbre del presente y en el amplio hueco que estamos dejando para que los populismos y los movimientos xenófobos avancen electoralmente. ¿Es la pena de muerte y la cruzada contra la inmigración la respuesta al terror yihadista como defiende en Francia Marie Le Pen? Porque no tengo claro que el sentido común y la prudencia se impusieran hoy en un referéndum sobre este punto. ¿Eliminaríamos nosotros la Semana Santa si los granadinos así lo votaran ‘democráticamente’?

Me podrán decir que pongo casos extremos, que no todos los temas son susceptibles de ser sometidos a consulta y que justo ahí está el verdadero espacio del debate: cómo ensanchar el espacio de la participación sin caer ni en el desgobierno ni en el esperpento. Que una cosa es la lógica petición de que avancemos en representatividad y en implicación como ciudadanos y otra muy distinta que nos pasemos la vida estudiando informes y votando. Pero voy más allá. Tampoco sé hasta qué punto una decisión popular es más democrática, virtuosa, honrada y acertada que la adoptada por las personas que designamos en unas elecciones. ¿Estamos seguros de que el “bien común” es lo que va a orientar el sentido de nuestro voto y no nuestros intereses más personales, espurios, egoístas y hasta amorales?

El historiador José Álvarez Junco lo expresa con enorme lucidez en una reciente tribuna de prensa en la que argumenta cómo la movilización de los “apáticos invocando la voluntad del pueblo” no es sino un instrumento “para saltarse el respeto a la ley” y cómo, en su afán por eliminar las cortapisas democráticas, se “abre un peligroso camino a la tiranía”. Y ahí encontramos a un no tan lejano Primo de Rivera diciendo que sus ideas “eran demasiado ambiciosas para recogerlas en un programa”, ahí se movió el republicanismo radical, anticlerical y violento de Lerroux y ahí campan caudillos y dictadores que, asegurando no ser ni de derechas ni de izquierdas, se posicionan “por el pueblo” y “contra el mal” gobernando con mano de hierro.

Desde la política y el pensamiento, la reflexión sobre los vacíos y deficiencias de nuestro modelo democrático sería tan inagotable como incontestable es reconocer que la gran virtud que están teniendo los movimientos de respuesta “a la casta” es la revitalización misma de la política. Difícil sería contradecir a los nuevos partidos, de Podemos a Ciudadanos, cuando piden “menos palabras y más acción”, cuando advierten que tanto el actual modelo de partidos como el sistema electoral son manifiestamente mejorables y cuando defienden que es preciso movilizar a esos miles de ciudadanos que históricamente se han mantenido al margen de la escena pública, apáticos, indiferentes o marginados. Pero sin olvidar que todo poder, incluido el del ‘pueblo’, hay que encauzarlo y limitarlo como hacemos hasta con nuestros derechos más fundamentales.

Contra el fanatismo, más libertad

Magdalena Trillo | 11 de enero de 2015 a las 14:12

Todos los días del año, hora y media antes de que salga el sol, el muecín despierta a Estambul con una arrebatadora llamada a la oración que proclama que “Allah es el Más Grande”. Cinco veces al día, en todos los enclaves del mundo árabe, la comunidad musulmana rompe su febril cotidianidad para rezar siguiendo el canto del almuédano desde los minaretes de las mezquitas.

Tras la segunda llama del día, en esta ciudad de los tres nombres, en la antigua Bizancio, en la vieja Constantinopla, centenares de turistas empezamos a hacer cola para conocer uno de sus templos de referencia. Las chicas nos cubrimos cuidadosamente el cabello con coquetos pañuelos; ellos ocultan sus piernas. Todos penetramos en silencio, descalzos, respetando las creencias de quienes entienden que su vida no tiene más sentido que servir a Alá siguiendo los preceptos del Islam.

Las esbeltas cúpulas de la Mezquita Azul disputan cada noche las caricias del cielo turco a la imponente Santa Sofía, la iglesia más grande de la cristiandad hasta la caída de la ciudad en el siglo XV. Completando este fascinante parque temático en que se ha convertido el barrio de Sultanahmet, el Palacio de los Topkapi -la residencia de los sultanes otomanos hasta mediados del siglo XIX- rivaliza en belleza con la propia Alhambra y se debate entre el lujo excelso del tesoro de esmeraldas y joyas principescas que custodia, la exclusiva intimidad del Harén y el sagrado recogimiento de la Sala de Reliquias. No importa si creemos; no importa si son auténticas como no lo es para los cristianos que visitan el Vaticano. Allí se venera una huella en arcilla del pie derecho de Mahoma con la misma fascinación que se contempla un pelo de su barba y se reza ante una de las puertas talladas de la ‘Kaaba’ y el bastón de David.

En el cementerio de Eyup Sultan, sobre la colina a la que solía ir Pierre Loti en busca de inspiración, no es difícil encontrar ‘sultancitos’ camino de la circuncisión repitiendo los nervios y entusiasmo que vemos en los niños españoles cuando se visten de almirantes para hacer la primera comunión. Tras la Meca, Medina y Jerusalén, es el cuarto lugar más sagrado del Islam. Ante la tumba de Eyup, uno de los compañeros del profeta, la fe de quienes allí peregrinan no es impostada.

Sobre el Cuerno del Oro, controlando el paso del Bósforo que conecta el Mármara y el Mar Negro, el pueblo turco está viendo resurgir el nacionalismo y el integrismo islámico buscando los mismos espacios de convivencia y paz -Islam significa paz- que anhelamos en Europa. Tal vez sea esta gigantesca y desordenada mole, con el corazón dividido entre Asia y Europa, la única urbe del mundo construida entre dos continentes, una buena metáfora del camino que debemos seguir frente a las tensiones y la sinrazón a la que nos está llevando el terrorismo yihadista. Podríamos ver esta ciudad, que guarda las reliquias de tres imperios, que une pasado y presente con la sencilla familiaridad con que mezcla el olor delicioso del pescado fresco, la fragancia dulce de la castaña asada y el aroma embriagador de las especias, como un lazo -que no división- entre Oriente y Occidente.

Hoy, cuando media Francia sale a la calle para enarbolar los lápices y la palabra contra la barbarie terrorista, me pregunto si volvería a planear un viaje a Estambul. Si me perdería en las laberínticas galerías del Gran Bazar, si me atrevería a comer en los mehianes más perdidos de Beyoglu, si sería cómplice de su adictivo juego del regateo y si se me pasaría por la cabeza coger un taxi de madrugada… En la siguiente pregunta hallo la respuesta: ¿merece la pena vivir con miedo?

Lo llamamos prudencia y responsabilidad pero sabemos que es cobardía. Los periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo sabían que estaban amenazados y siguieron ridiculizando a quienes malinterpretan y manipulan el Islam en nombre de Alá. El Estado Islámico ha calificado de “héroes” a los hermanos Kouachi cuando no son más que verdugos de unos periodistas que fueron capaces de entender que su oficio, la salvaguarda de las libertades que todos disfrutamos, estaban por encima de su propia seguridad. El desafiante editor de la revista dijo que prefería “morir de pie a vivir de rodillas”. Los asesinos irrumpieron gritando sus nombres y culminaron su “venganza” proclamando que “Alá es el más grande”.

Pero nada tiene que ver la violencia y el fanatismo con las creencias y la religión. No es la comunidad musulmana la que está detrás de los vídeos que circulan por Youtube defendiendo el asesinato de quienes “socavaron la figura del Mahoma y se burlaron del Islam”. No son los creyentes que comparten nuestros valores en este mundo que llamamos Occidente los que se ven reflejados en las palabras del jefe salafista que declara que la “medicina prescrita por el mensajero de Alá es la ejecución”.

Si repasamos la irreverencia de las portadas de la revista satírica, no es difícil pensar que haya extremistas que se hayan sentido ofendidos. Y tienen en sus manos todos los instrumentos de denuncia y resarcimiento que otorga nuestro Estado de Derecho. Si el camino es el terrorismo, la única respuesta ha de ser la implacable actuación de las fuerzas de seguridad, la unidad de los partidos y los gobiernos y la firme aplicación de las leyes. Sin perder de vista que la convivencia no es cosa de los demás, que la tenemos que construir desde abajo, colaborando los que estamos al otro lado de la violencia (cristianos, judíos y musulmanes) y desenmascarando a quienes se aprovechan de la marginalidad y la pobreza para levantar sus ejércitos de ‘combatientes’. ¿Cómo un joven rapero repartidor de pizzas acaba empuñando un kalashnikov?

La línea entre la barbarie y la psicosis que ha desatado el atentado de París es muy delgada. Si hay riesgo o no de islamofobia dependerá en buena de medida de la actitud con que ciudadanos, políticos y medios de comunicación conduzcamos la resaca de estas jornadas trágicas. En este camino de ‘normalización’, me preocupa hasta qué punto estamos dispuestos a someter nuestras libertades a la seguridad y me alarman esos mensajes soterrados que se están difundiendo sobre la “responsabilidad”. ¡No provocar! Olvidamos, sin embargo, que las libertades no se conquistan ni se pueden conservar a la defensiva. La autocensura nunca puede ser la respuesta a las presiones del poder. Ni el político ni el económico ni el religioso.

La mejor lección a los hermanos Koauchi llegará este miércoles cuando la revista vuelva a los quioscos con una tirada histórica: un millón de ejemplares. No comparto su estilo, su tono ni su irreverencia pero sí coincido en que el fanatismo sólo se puede combatir desde la tolerancia. La libertad de expresión es un derecho universal y somos los periodistas los que tenemos el deber de contribuir a que este pilar de la democracia siga siendo sólido. Sin miedos y sin renuncias. Aunque se cruce el cómodo límite de lo prudente…

Hoy lo ‘prudente’ sería decidir no exponernos, aplicar la mesura, minimizar los riesgos. ¿No dibujar a Mahoma? ¿No viajar? ¿No discrepar? Pero para que unos podamos elegir tales opciones, incluso desde el conservadurismo del miedo, otros han tenido que salvaguardar nuestras libertades sin recortes ni sumisión. Incluido el periodismo más incómodo y provocador.