El 3%, el Pujolismo y la Santísima Trinidad

Magdalena Trillo | 12 de marzo de 2017 a las 11:30

Aunque esta semana hemos sabido que no eran mordidas del 3% sino del 4%, es un matiz insignificante para la historia que quiero contar. A finales de marzo de 2008, el Palau de la Música me invitó como periodista de Grupo Joly a visitar el centro cultural con motivo de su centenario. Querían que contara a los andaluces por qué un centro dedicado a un sector tan deficitario como la música había sido capaz de reinventarse durante un siglo, destacar sin ser sombra del Liceo y convertirse en “algo propio de los catalanes”. Lo titulé “Los milagros del Palau” y comenzaba así: “El Palacio cumple cien años de historia mirando al futuro. Con una gestión modélica y un profundo arraigo en la sociedad catalana, ha logrado implicar a instituciones, empresas y ciudadanos en todos sus proyectos”.

palau

Félix Millet i Tussell, descendiente de la familia que ideó todo el proyecto musical, cultural y arquitectónico, me ayudó a indagar en las claves del éxito de una institución que se había erigido como uno de los referentes de gestión cultural más innovadores de toda Europa. En esos momentos, los catalanes aportaban entre 50 y 1.000 euros para “apadrinar una butaca”, unos años antes sufragaron la restauración del órgano y ya en 1908 contribuyeron a la construcción del edificio emitiendo una serie de pagarés que en muchos casos jamás reclamaron.

Lluis Millet, consejero musical del Palau, fue más explícito sobre la “eficiente” estructura de gestión: “Es como el misterio de la Santísima Trinidad”. Y, desde la más absoluta ingenuidad, en aquel momento justifiqué cómo aquellos “milagros” se los repartían el Orfeó Català que había sido el núcleo fundacional de la institución, el Consorcio de gestión que integraban la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona y el Ministerio de Cultura y la Fundación que se encargaba, justamente, de “generar los recursos”.

Hoy sabemos que en la ecuación del éxito faltaban Ferrovial, la vieja CiU y hasta la defenestrada CDC. Faltaba la financiación ilegal; faltaba la corrupción. Es más, siendo impertinentes, reflexionando sobre la ‘grandeza’ de los misterios de la Santísima Trinidad, podríamos preguntarnos si era sólo el gigante de la construcción el que estaba fascinado con el Palau, si sólo la vieja Convergència estrechaba lazos con la emblemática institución catalana e, incluso, si el mecenazgo de Ferrovial se limitaba al territorio catalán.

Ante el tribunal, el expresidente del Palau asumió esta semana como propia la “equivocación” de haberse quedado con dinero de la empresa para gastos como viajes y bodas pero fue tremendamente cuidadoso al situar el muro de contención del expolio en los tesoreros del partido. No le consta que Arthur Mas estuviera al tanto de las comisiones y, por supuesto, ni menciona a Jordi Pujol.

Sin entrar en vaticinios de limitado recorrido sobre cómo el caso Palau pueda quebrar el procès y hasta qué punto frustrar la operación de retorno de Mas desde la atalaya del nuevo Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT), hacia donde de verdad parece apuntar el dique de protección es hacia el Pujolismo. Josep Carles Rius, uno de los periodistas de referencia de la prensa catalana, le dedica todo un capítulo en su último libro y se atreve a escribir que “las estructuras del Pujolismo siguen intactas” criticando además el “periodismo de trinchera” que se sigue enarbolando no para defender la democracia y las libertades, sino intereses y estrategias concretas de partido o de grupos de presión.

felix

Me interesa esta otra ‘pata’ del Pujolismo por cuanto tiene de lección sobre la ceguera e incredulidad a la que nos lleva la cercanía. Me refiero a cómo contamos y asumimos los problemas de financiación irregular que en su día pagó el PSOE, que siguen golpeando al PP en Valencia o Madrid y que irrumpe con insistencia a nivel local en los escenarios más insospechados -de la operación Nazarí de hace un año en Granada al caso Auditorio de Murcia- convirtiendo en rutina la sospecha de la corrupción y volviendo a confundir en un mismo tablero de juego a los partidos, las instituciones y las empresas. Sin verlo entonces, probablemente a esta Santísima Trinidad se refería Millet cuando me hablaba de los milagros del Palau y lo ponía de ejemplo nacional.

Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

El ‘cachondeo’ judicial

Magdalena Trillo | 26 de febrero de 2017 a las 12:03

Hace más de 20 años que Pedro Pacheco provocó un tsunami mediático, e institucional, cuando dijo que “la justicia es un cachondeo”. Era febrero de 1985 y la polémica se circunscribía a la paralización de una orden de derribo de un chalé de Bertín Osborne. Luego, y son muchos los que piensan que con un trasfondo de revancha de los intocables de las togas, llegarían las denuncias por su gestión como alcalde de Jerez, la condena a cárcel, los embargos y su entrada final en prisión por dos casos de enchufismo. Hablamos ya de finales de 2014. La crisis económica empezaba a dar paso a la política y, a golpe de escándalos de corrupción y de cabreo ciudadano, empezaba a imponerse una corriente de máxima ejemplaridad que explicaría, por ejemplo, que la tonadillera Isabel Pantoja acabara entre rejas con una pena por blanqueo de capital inferior a dos años.

Había que reconstruir la deteriorada imagen de la Justicia. Demostrar que la justicia era justa, imparcial e independiente… Y parecerlo. De entrada, la lentitud del sistema, con la insistente llamada de atención de jueces y fiscales por la sobrecarga de trabajo, la saturación de los juzgados y la falta de recursos y personal, en nada contribuye. Ni en el fondo ni en las formas. Por la propia indefensión que provoca -ahí están las quejas constantes de los implicados en el caso de las audioguías de la Alhambra- y por el espacio que abre al linchamiento mediático y a la condena y criminalización social.

Pero este talón de Aquiles del poder judicial, un problema que nuestro país viene arrastrando durante toda la etapa democrática de construcción del Estado de Derecho, no es sino la base de cultivo para ese otro ‘cachondeo’ que discurre estos días en paralelo a los grandes casos de corrupción y alimenta la imagen de descrédito, presiones y politización que con tan poca fortuna denunció el histórico político andalucista.

pacheco

Mientras el ya ex jefe superior de Murcia habla siniestramente de “purga”, acosos y asaltos a viviendas de fiscales Anticorrupción, en Twitter sistematizan con agudeza los atenuantes que se habrán aplicado en el caso Nóos para que Iñaki Urdangarin, el cuñado del Rey, para que pueda seguir escondido en Suiza: no ser rapero ni tuitero ni titiritero. Aun dejando de lado los argumentos estrictamente jurídicos de la sentencia, la decisión de las tres magistradas de la Audiencia de Palma acordada este jueves en la vistilla de medidas cautelares es realmente inquietante: libertad sin fianza y con la única preocupación de comparecer una vez al mes en su refugio alpino.

Hace justo un año que un juez de la Audiencia Nacional ordenó prisión provisional sin fianza para los dos titiriteros granadinos que fueron detenidos por “ensalzar a ETA” en un espectáculo programado para las fiestas de Carnaval en Madrid. Había riesgo de fuga así que permanecieron cinco días en el calabozo; hoy, la causa está archivada y ellos siguen representando sus obras, incluida la de La Bruja y Don Quistóbal. En el caso de Urdangarin no hay riesgo de fuga. Ni posibilidad de que vuelva a delinquir ni de que destruya pruebas… No es de extrañar que su abogado confesara a los periodistas que está “entusiasmado”. Y mucho menos que media España especule ya sobre si al final entrará en prisión; si hay dos varas de medir; si la justicia ni es justa ni lo parece.

titiriteros

Hablar de “cachondeo” no es más que un recurso -no niego que exagerado- para alertar de las disfunciones judiciales, pero admitamos que estamos en un momento en que se ha superado ampliamente lo que podríamos considerar aislado y excepcional.

Que un ex alto cargo de la Junta vaya a presidir el tribunal que enjuiciará a Chaves y Griñán (sus jefes durante 6 años) resulta inadmisible por muy legal que sea y muy honesto y solvente que sea el magistrado… Que hayamos convertido el relevo de plazas en el Constitucional en un ‘mercadeo’ de sillones entre los dos grandes partidos -y sin pudor- poco ayuda a desmentir las “purgas”, las presiones y la politización de la justicia… Que Zoido haya puesto en marcha una operación limpieza en Interior tiene (demasiado) de cloacas y de novela negra.

Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

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Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

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El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

De la marea blanca a la amarilla: el quinto poder

Magdalena Trillo | 12 de febrero de 2017 a las 12:35

Cuando hace quince años Ignacio Ramonet denunciaba la “marea negra” de la mentiras y arremetía contra los medios de comunicación que se habían aliado con los grandes poderes económicos y políticos -dejándose contaminar por el neoliberalismo y olvidándose “dar voz a los sin-voz”-, la fuerza del “quinto poder” que el periodista y escritor situaba en el terreno de la ciudadanía no era más que un borrador. Casi una utopía. Sus reflexiones funcionaban en los foros académicos, especialmente en los más críticos contra lo que más tarde llamaríamos “casta”, pero nada hacía presagiar que movimientos globales como la  español fueran a dejar casi en un plano de prudencia la dureza de sus planteamientos y temores.

He vuelto a leer el artículo que publicó en 2003 y se quedó corto: “La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones”. La batalla que acaban de emprender los nuevos gigantes de la comunicación contra las noticias falsas es una primera toma de conciencia -¿irá más allá del márketing?- sobre un problema sistémico que, paradójicamente, no entiende ni de fronteras ni de muros en la convulsa ‘era Trump’. Al contrario. Buena parte de su éxito radica en la permeabilidad de los sistemas de información de los propios Estados y en la inconsciencia de todos nosotros cooperando con el ‘lado oscuro’ a golpe de descargas impulsivas y de los inocentes ‘sí acepto’ con que regalamos nuestro ADN a cualquier postor.

Las crisis de los últimos años, todas ellas, han acentuado las conclusiones de entonces pero en el diagnóstico habría que introducir nuevos factores y nuevos actores. Me refiero al “quinto poder”. A sus contradicciones y al doble filo que supone la presión ciudadana actuando de contrapoder y ¿suplantando a los medios, a los políticos, a las instituciones? El “no nos representan” comenzó como un grito de rebeldía contra el descrédito de las administraciones pero ha terminado minando la autoridad de quienes históricamente han ejercido el papel de mediadores: los profesores, los políticos y los periodistas. En cada eslabón de la cadena de esta (otra) crisis -peligrosamente invisible y transversal- hay errores, pecados y excesos compartidos pero también propios. Porque no es sólo el color lo que diferencia a las mareas; y porque no hay dos problemas iguales ni una solución clonable.

La movilización sanitaria contra la fusión hospitalaria ha situado a Granada como ejemplo nacional del quinto poder. El idealista. El que inunda las calles y consigue documentos firmados en las mesas de negociación. Spiriman ha puesto rostro al cansancio y a la indignación y ha sabido reactivar el sentimiento de agravio que los granadinos parecemos preservar de generación en generación. Pero el fenómeno del ‘Yeah’ tiene un contexto, unos protagonistas y una cartera de razones y de emociones que no son exportables. No lo fue en su día cuando en Guadix intentaron subirse a la ola de la marea blanca y se pondrá a prueba hoy cuando Granada salga a la calle “en defensa del AVE” y contra el aislamiento ferroviario. No sólo los políticos se retratarán esta mañana cuando secunden las pancartas o se refugien en los tediosos argumentarios de los partidos para esquivar la foto. También lo haremos nosotros, los medios. Y también ustedes, los ciudadanos.

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No hay un Spiriman de amarillo que canalice y lidere el cabreo y, por muy perjudicial que sea para la economía de la provincia, para el sector empresarial, para el turismo, el empleo o la movilidad, las fibras sensibles son otras. Sin cuestionar la “injusticia” que supone para Granada su historia tercermundista en infraestructuras, y aun cuando los organizadores apelen a nuestro “orgullo” y “dignidad”, cada movilización tiene su historia y su intrahistoria.

Puede que en este caso también haya mucho de impotencia heredada y aprendida -como los sevillanos que beben Cruzcampo porque lo han visto en casa y nosotros nos aferramos a la Alhambra- y una doble confluencia de factores: no es la salud lo que está en juego -los ranking también hay que aplicarlos a las preocupaciones- y, siendo honestos, ni los turistas han dejado de venir, ni los empresarios de trabajar ni nosotros de viajar.

Es verdad que, con la sanidad, los medios hemos ido a remolque de la gente. Nos sorprendió. Nos costó calibrar la envergadura del problema y no ha sido fácil digerir la tensión e intereses contrapuestos en estos difíciles cien días de protestas, envites y dimisiones. Pero creo que sería injusto no reconocer el esfuerzo que se ha realizado y el posicionamiento militante que hemos adoptado -con excepciones, por supuesto- recuperando nuestro papel como aliados de los ciudadanos y contrapoder de las instituciones. Justo lo contrario que denunciaba Ramonet. Los periodistas, los medios, nos hemos puesto del lado de la gente, no en defensa de los intereses de las empresas. Y lo hicimos en su día con la Marea Amarilla aunque no estaba media España mirando. Y lo seguiremos haciendo hoy porque realmente es una cuestión de justicia. De dignidad.

Sinceramente, creo que la batalla no está entre los viejos medios y los nuevos. Son decisiones editoriales, es compromiso y es rigor. Hablamos de construir un nuevo periodismo que dé respuesta a unos retos diferentes, hable el mismo idioma que la gente y sea capaz de establecer alianzas actualizando esos principios de independencia, honestidad y objetividad que históricamente han marcado la profesión. Que no es fácil es una obviedad, pero no tanto reconocer que no podemos hacerlo solos. Porque el “quinto poder” no es exclusivo de los ciudadanos como nunca fue el “cuarto poder” una prerrogativa sin límites de los medios de comunicación. Tal vez sea la lección más sólida que deberíamos aprender de las mareas: compartir, aliarnos, sumar. Democratizar, también, el éxito de las alianzas.

¿Después de la catarsis sanitaria?

Magdalena Trillo | 5 de febrero de 2017 a las 12:40

Rectificación. Reinicio. Catarsis. Salud ha necesitado más de cien días para atreverse a aplicar cirugía mayor a la crisis hospitalaria que se desató en octubre con la puesta en marcha -y el consecuente caos- del Hospital del PTS, que se ha contagiado con una inesperada virulencia a media comunidad autónoma y que ha hecho saltar por los aires la bandera andaluza del Estado del bienestar. Lo que se ha vivido esta semana en el Parlamento ha sido una enmienda a la totalidad con un relevo completo del equipo negociador, dimisiones en cascada y una vuelta atrás al origen de todo: el decreto que en 2014 aprobó el SAS con la peligrosa letra pequeña del ahorro y los recortes.

Pero el sujeto real de esta reflexión no es “Salud”. Ni siquiera la “Junta”. Es “Susana Díaz”. Con la presión imparable de la calle, con el altavoz firme de las plataformas críticas y con la interesada instrumentación política de los partidos; inmersos además en una profunda convulsión para renovar proyectos y liderazgos. Todo está conectado.

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Ha sido un golpe de efecto necesario. En la formalidad de los gestos y en el fondo. Pero finalmente precipitado -hay quienes ven en el desembarco de Pedro Sánchez en Sevilla, con su halo de víctima del aparato, el detonante último- y con un horizonte incierto. ¿Había que ceder tanto? Y lo más importante: ¿será efectivo? Los profesionales calculan que, si a partir del martes sí hay una negociación constructiva y se alcanza un acuerdo que consiga el beneplácito de las plataformas críticas -Spiriman parece virar ya la estrategia de la marea blanca por los tribunales-, se tardará más de un año en recuperar cierta normalidad.

Hay además un escenario que sigue siendo tabú: el futuro del Materno. Es una línea roja compartida. Porque aquí no hay consenso ni lemas efectistas que aúnen las posturas: está la opción del hospital monográfico que pretendía seguir los pasos de los centros de referencia del país o la vuelta atrás en el marco de los “dos hospitales completos” con fórmulas abiertas por estudiar.

Tres escenarios confluyen en la crisis: el profesional, el institucional y el político. Y ninguno de los tres supone una cuestión menor. En apenas unas horas, la Junta ha certificado la muerte del modelo de gestión sanitaria que, por encima de desajustes y recortes, vendría a apuntalar la fortaleza de uno de los sistemas más completos y garantistas de España y ha dejado completamente abierto el debate sobre lo que en la práctica significa la derogación del decreto de fusión en toda la comunidad autónoma y, en el caso de Granada, la vuelta a los dos hospitales.

A Susana Díaz no le queda ya más cortafuego que el consejero y la carrera por refundar el PSOE, con la irrupción de Patxi López y la resurrección de Pedro Sánchez para disputar las primarias, no ha hecho más que desbaratar los tiempos pausados que había previsto la gestora colocándola en una situación doblemente comprometida donde es difícil valorar si, como máxima responsable de la Junta, le perjudica más el conflicto en el SAS para disputar la secretaría general de los socialistas o es la incertidumbre sobre su futuro en Madrid lo que la está dañando en el cuerpo a cuerpo parlamentario. Que el PP haya recortado distancias en intención de voto según el último Egopa y que la sanidad se haya situado entre las principales preocupaciones de los andaluces son vasos comunicantes de una misma crisis.

En las tragedias de Aristóteles, pasiones y miedos se conjugaban ancestralmente en su idealizado camino de catarsis y purificación. Con el atrevimiento de Freud y el psicoanálisis, empezamos a hablar de “desbloqueo” conectando el efecto “súbito” del método catártico con una promesa de impacto duradero. Hoy, puede que la catarsis no sea más que un placebo. Asumida la rectificación y el reinicio -con “humildad” o sin ella-, todos estos interrogantes están por escribir en la crisis sanitaria. Casi en la misma casilla de partida y con la misma hoja quebrada que la crisis socialista; esa sobre la que habrá de volver cuando en Podemos digieran (o no) su tsunami y compartan el doloroso foco de la refundación.

Porque los críticos siguen implacables. Y los efectos colaterales han sobrepasado ya el tablero de juego de la sanidad.

El juego de tronos del Constitucional

Magdalena Trillo | 29 de enero de 2017 a las 10:30

Si tomamos como referencia las preocupaciones reales de los españoles, las espontáneas de las tertulias de bar y las cocinadas de los barómetros de opinión pública, la información sobre la renovación del Tribunal Constitucional no debería alcanzar ni la categoría de breve: una noticia especializada de interés parcial restringida a las publicaciones del sector.

Que ocupe portadas de periódicos, minutos de análisis y espacio en prime time tiene una explicación que oscila entre el amarillismo, el morbo mediático y las guerras de poder de los partidos: el juego de tronos en que los políticos (también) han convertido la elección de miembros del Alto Tribunal intentando colocar a personas afines a sus posicionamientos ideológicos y a sus intereses por encima de los criterios de mérito y capacitación que debamos presuponer a los juristas. Y ello en un órgano que es clave en la arquitectura democrática del Estado y que vela, precisamente, por que no sólo se cumplan las reglas del juego que fija la Constitución sino también que se vayan adaptando a las nuevas necesidades.

¿El deterioro y desconfianza de la política está arrastrando la independencia y el prestigio de la Justicia? Del mismo modo que es compartida la convicción sobre el referente que el TC significó en sus inicios, es creciente hoy la opinión sobre su deriva con ausencia de grandes pactos y con continuos votos discrepantes que tienen más que ver con injerencias y cadenas de favores que con planteamientos estrictamente jurídicos.

Que se hagan cábalas sobre el voto de los magistrados ante temas de tremenda trascendencia como el matrimonio homosexual, el aborto, la reforma laboral, la legalización de los partidos abertzales o el actual desafío independentista catalán -integrando en la ecuación quién propuso a cada uno de sus doce integrantes- no es sino el reflejo del inaplazable camino de transparencia -en el fondo y en las formas- que ha de afrontar la institución que ejerce de intérprete suprema de la Carta Magna y máxima garante de nuestros derechos constitucionales.

Su independencia no puede estar en cuestión ni sus integrantes deben ejercer con la sombra de haber sido elegidos primando su vinculación personal y afinidad política -hasta el punto de pertenecer o no al círculo de amigos y conocidos de los partidos (y dirigentes) que los defienden- por encima de su solvencia y experiencia profesional. La razón es sencilla: las instituciones ganan, todos ganamos como sociedad, con la calidad y el prestigio de las personas que las integran.

A esto nada contribuyen las negociaciones, presiones y pulsos que los partidos han mantenido en los últimos meses -sin preocuparse siquiera por disimular- para cubrir las cuatro plazas del TC, incluido el cargo especialmente relevante de la presidencia, que están pendientes de designación desde diciembre. Se molestan cuando se filtran sus maniobras pero es difícil negarlas cuando la realidad constata favoritismos y vetos.

Las opciones del magistrado sevillano Andrés Ollero, diputado del PP por Granada durante 17 años y vinculado a nuestra Universidad, se dan ya prácticamente por enterradas justamente por su duro posicionamiento ideológico y su afinidad al partido del Gobierno. No se trata ya de inclinaciones más o menos progresistas o conservadores sino de trayectorias de ida y vuelta a la política -con responsabilidades y gestión directa- que despiertan los apoyos encendidos de unos y el rechazo absoluto de otros.

Descartado Ollero para presidir el Alto Tribunal en sustitución de Pérez de los Cobos, la disputa parece centrarse ahora entre el exfiscal general del Estado Cándido Conde-Pumpido y el vicepresidente del Supremo Ángel Juanes.

Algunas cabeceras de la prensa nacional daban ya esta semana por acordados los otros tres integrantes: la catedrática de Constitucional y miembro del Consejo Consultivo de Andalucía María Luisa Balaguer, el magistrado del Supremo Ricardo Enríquez y el catedrático de Derecho laboral Alfredo Montoya.

En el episodio andaluz de este particular juego de tronos, Balaguer ha sido la propuesta que finalmente ha presentado el PSOE tras descartarse la posibilidad de respaldar como Comunidad Autónoma un único perfil. En la renovación del TC, una parte viene determinada por la designación del Consejo General del Poder Judicial y otra parte por el Senado a iniciativa de los parlamentos autonómicos.

En Andalucía, el consenso ha sido un espejismo. Lo intentó Ciudadanos con la jurista granadina Begoña Álvarez, valorando que sería respaldada por el PSOE -hace siete años fue consejera durante once meses con el equipo de Griñán- y que podría concitar el respaldo del PP por su perfil marcadamente “técnico” e “independiente”. La formación naranja quería “despolitizar” así el proceso pero terminó desistiendo y no la ha llegado ni a presentar.

Tampoco los socialistas han logrado convencer con su apuesta por Balaguer, catedrática almeriense y experta en Igualdad que probablemente termine colocando Susana Díaz -había división de criterios incluso entre el Parlamento y el partido-, al tiempo que el PP ha mantenido sus preferencias por Ricardo Enríquez y Podemos por la sevillana Ana María Carmona.

A la espera del desenlace final, la conclusión previa parece más que evidente: hacen falta mecanismos de control; y una transparencia real que garantice que las personas que ocupan los puestos son realmente las más idóneas. Que están porque lo merecen. Porque han superado una selección estricta donde primen los méritos por encima del amiguismo. Un proceso que contribuya a reforzar la confianza ciudadana en el Tribunal Constitucional, no el descrédito.

Cuando eligieron, por ejemplo, a la magistrada granadina Inmaculada Montalbán para el Consejo General del Poder Judicial, tuvo que pasar una especie de primarias dentro de su propia asociación. Hay, por tanto, precedentes de instrumentos que se pueden explorar: desde la introducción de filtros de este tipo hasta la reforma radical que propugnan algunos.

El debate sobre la urgencia de revisar el proceso de elección está abierto . Y ese desafío sí está directamente sobre el tejado de los partidos…

Populismo mediático

Magdalena Trillo | 22 de enero de 2017 a las 10:07

Que todo el stablishment mediático tiemble con la llegada de Trump a la Casa Blanca es una señal. Que Obama se despida salvando a la soldado Manning y defendiendo el papel de la “prensa libre”, también. Pero la guerra que el republicano mantiene con los medios desde la campaña electoral va mucho más allá del análisis sectorial que podría realizarse de sus filias y fobias con las principales cadenas y periódicos del país. Va más allá incluso de la era de la Posverdad que el ya nuevo presidente de Estados Unidos ha instaurado con un manejo de las redes sociales que parece retrotraernos a los años perversos del periodismo de Ciudadano Kane.

Para Europa, para la mayoría de las democracias occidentales, la globalización no ha sido más que sinónimo de colonización. De asimilación del modelo de vida americano. De pérdida de valores y tradiciones, de lo propio, de lo autóctono, en beneficio de una mal entendida modernidad. Viaje a cualquier lugar del mundo y lo comprobará: encontrará una coca-cola y una bandera de EEUU. Es una simplificación pero también un icono elocuente del proceso que se proyectó con la gran industria del cine y los intocables conglomerados de la comunicación para terminar infiltrándose en el mundo líquido de las redes sociales. El imperio de Rupert Murdoch, al margen del escándalo de las escuchas que provocó el cierre de News of the World, ha sido una pieza estratégica. Y aquí importa por un doble motivo: por la fascinación mutua que se profesan Murdoch y Trump -clave en la victoria electoral- y por lo que supone News Corporation como símbolo del periodismo sensacionalista. Del populismo mediático.

TVE acaba de estrenar un documental sobre “la verdad del cotilleo” que destapa las artimañas y bajezas de los tabloides británicos que rinden los principios de la profesión a una consigna: “todo por una exclusiva”. Si es de sexo, más. Y, si afecta a un político o personaje público de primer nivel, con cifras indecentes. La información -historias humanas lo llaman- es puro mercadeo. Y la realidad es que venden periódicos, millones cada mañana. Con unas cifras impensables para cualquiera de las grandes cabeceras españolas, francesas o alemanas. Es el negocio del amarillismo que nació hace más de un siglo con el popular Yellow Kid y se instaló en Reino Unido pontificando una estructura de poder capaz de quitar y poner gobiernos.

En la alianza Trump-Murdoch, hay un postulado compartido -y contagioso- que sostiene sus éxitos: el público, las audiencias, los votantes, tienen lo que quieren. Pero denunciar a Trump por ser “un mentiroso” y lamentar la velocidad y consistencia con que se propagan las noticias falsas es quedarse muy corto de la realidad. Jason Stanley, profesor de Filosofía de Yale, lo enfoca desde la perspectiva de la propaganda política y el riesgo que supone para las democracias modernas. En su libro How propaganda works muestra la vigencia de esas fórmulas estereotipadas y sencillas que apelan al amor y al odio, al bien y al mal, que tenemos asociadas a regímenes totalitarios sin darnos cuenta de que son las cañerías por las que terminamos circulando en un momento de máxima desinformación en la red, con públicos ávidos de escándalos y unos medios obsesionados por los rankings y los clicks.

Es la victoria del engaño y la manipulación a través de argumentos que apelan a los sentimientos, que juegan con el miedo y que discurren entre líneas con discursos demagógicos cargados de reduccionismo. ¿Pero son esas las historias por las que estamos dispuestos a pagar? ¿Las que al final nos interesan? Uno de los reporteros británicos a los que entrevistan en Todo por una exclusiva lo explica con una simplicidad alarmante: “Vosotros no vendéis periódicos porque no contáis historias que interesen a la gente”. Las portadas que defiende son voraces, provocadoras, irreverentes. Son los diarios más criticados en todo el mundo… Y los más leídos.

La incertidumbre de la era Trump tiene muchas aristas. Pero las más peligrosas son las menos evidentes. Las que entran en nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Como esa coca-cola que bebemos por inercia.

¿Seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

Magdalena Trillo | 15 de enero de 2017 a las 10:27

Tres meses después del estallido de la crisis sanitaria, Granada volverá hoy a salir a calle con las mismas protestas y exigencias que el primer día. A la espera de comprobar el nivel de éxito de la convocatoria -el fracaso ni se plantea-, todo hace pensar que tendremos una contundente banda sonora de críticas y un buen álbum de fotografías de indignación y cabreo que podríamos intercambiar con cualquiera de las movilizaciones que se han sucedido en estos casi cien días de conflicto.

¿Todo sigue igual? ¿Nada se ha avanzado? Depende de lo que nos interese creer y defender. De entrada, y es algo que debería preocupar más allá de reproches sobre “oportunismos” y de la “utilización partidista” que todos están realizando de la crisis hospitalaria, no es sólo Granada quien coge la bandera de la calle; otras provincias como Huelva, Sevilla y Málaga se han unido a esta creciente y contagiosa marea blanca por una sanidad “digna” y de “calidad”.

Con motivos y connotaciones diversas, es compartido el sentimiento de “deterioro” del sistema sanitario, las críticas al impacto que los recortes han provocado en los servicios y en el personal y el convencimiento de que el gran proyecto de la fusión hospitalaria es un fracaso. Y, por primera vez en tres largas décadas de autonomía, lo que se está poniendo en cuestión es la fortaleza misma y eficiencia del sistema andaluz de salud.

¿Pero las negociaciones están paralizadas? ¿Se está engañando y manipulando? ¿Hay razones para volver a tomar las calles? Si somos honestos, a estas preguntas no podríamos poder contestar. La razón es bien sencilla: no se ha dado un mínimo de margen a los interlocutores -ni confianza, ni legitimidad- para saberlo. La protesta del 15-E parecía escrita en un guion cerrado que nada tenía que ver con lo que ocurriera en los despachos.

Salud ha rectificado. La propia presidenta de la Junta ha asumido los errores y ha dado instrucciones para revertir el proceso. Con absoluta libertad para la toma de decisiones y con partidas presupuestarias suficientes para asegurar que los acuerdos a los que llegue la mesa de negociación se llevarán a cabo. ¿La cuestión, ahora, es que no nos lo creemos?

Si el problema real es la quiebra de la confianza, el cuestionamiento mismo sobre las reglas del juego y el papel que las instituciones ocupan en el tablero democrático frente a la presión de calle -la de las pancartas y la de los hashtag-, el debate sobre los “dos hospitales completos” y la exigencia de una sanidad pública “digna” que garantice la “igualdad de oportunidades” queda completamente desvirtuado en origen.

Y es por ello que parece poco probable que encontremos una salida a un desafío tan complejo como la reordenación del mapa hospitalario de Granada desde dos posicionamientos antagónicos sobre el fondo y la forma que más tienen que ver con el concepto mismo de la política y del sistema de representación que sobre la sanidad.

Es en buena medida lo que se va a dirimir a nivel interno en los partidos con las convenciones y congresos que se irán celebrando a lo largo del año a nivel federal, regional y provincial. Evidentemente, serán disputas de poder pero también de funcionamiento, de concepto y de modelo. En algunos casos, la carrera por el liderazgo focalizará la atención mediática pero es el propio ADN de las organizaciones políticas lo que de forma compartida está en cuestión.

Tal vez sea Podemos donde se está haciendo más visible el choque de trenes sobre lo que significa la vieja y la nueva política en un escenario de teórica normalización donde nada importa la fecha de constitución del partido.

Salvando las distancias, las ponencias que Pablo Iglesias e Iñigo Errejón dieron a conocer el pasado viernes de cara al congreso de Vistalegre 2 bien podrían servir de trasfondo para entender esa otra gran crisis y esos múltiples intangibles que subyacen en el conflicto sanitario de Granada. Hablamos de si los políticos deben ser “activistas” cuando asumen responsabilidades públicas o no; si los partidos, vengan de donde vengan, han de someterse a la “lógica institucional” o seguir en la “senda resistencialista” de las barricadas y las protestas; si queremos partidos “útiles” y pragmáticos o creemos que la “normalización” no hará más que “disolver” el proyecto.

Lo que Iglesias y Errejón argumentan aplicado al futuro de su formación lo podríamos extrapolar a la política misma y hasta al modelo de democracia actual. Cuando el primero alerta de la “politiquería partidista de las medallas” y cuando el segundo advierte de que “sólo si salimos de los golpes de efectos y de ser los enfant terribles de la política” se estará en condiciones de gobernar, bien podríamos pensar en la tensión -¿contradicción?- entre la calle y las instituciones. En la profunda brecha que sigue separando a los representantes y los representados.

¿No es (también) de todo esto de lo que van los posicionamientos de las plataformas y los partidos en la crisis sanitaria? Hace tres meses, la marea blanca que sorprendió a toda España en defensa de la sanidad poco tenía que ver con la política; con los partidos; con su convulsa vida interna. Hoy probablemente sea el elemento que mejor nos ayude a diferenciar unas fotografías de otras. Por quienes están y por quienes se ausentan.

¿Oportunismo? ¿Utilización partidista? Sin duda. Y sin excepciones. ¿Pero seguro que (sólo) hablamos de sanidad?

 

La terapia del carbón

Magdalena Trillo | 8 de enero de 2017 a las 9:30

Nunca he llegado a saber si fue una broma. Que los Reyes dejen carbón a una escolar que aún coquetea con la inocencia debería estar tipificado como causa segura de trastorno emocional. La bolsita de carbón dulce podría entenderse como una llamada de atención; un cargamento de carbón de verdad, del amargo y sucio que se arracima en los braseros de picón y te enciende las espinillas de cabrillas, sólo puede ser un motivo de máxima alerta ante los inevitables pasos que vamos dando hacia el precipicio vital que nos devora en cascada las corazas de protección.

Pero la complicidad y la desconfianza, la ilusión y el fracaso, no siempre juegan en campos contrarios. A veces se confunden; en ocasiones se invierten sin razón aparente; a menudo son interesadas percepciones que se construyen con los sentimientos y se desmontan con los argumentos. ¿Ser “bueno, malo o regular” no tiende a ser la misma cosa? ¿Se puede ser algo todo el tiempo? ¿En cualquier circunstancia? ¿Para todos los ojos?

La explicación se esconde en la amígdala. Eso leí al menos hace unos meses en un estudio de la University College de Londres que se publicó en la revista científica Nature Neuroscience. Evidentemente, el objeto de investigación no era descifrar por qué los Reyes Magos nos sorprenden -para el castigado, siempre sin motivo- con un saco de carbón. A partir de un ensayo clínico con 80 voluntarios, los expertos constataban cómo la amígdala es la zona del cerebro que reacciona ante los malos comportamientos y cómo, y aquí radica el hallazgo de mayor impacto, se va adaptando para no entrar en conflicto. Piensen en el mundo de los negocios y la empresa, en la educación o en la política, piensen en sus propias vidas: estamos programados para no tener remordimientos, para que no nos importe demasiado mentir si obtenemos un beneficio personal, para que las “ataduras morales” no nos causen un choque emocional.

El título del estudio era realmente provocador: “El cerebro de los corruptos se adapta para aceptar sus conductas”. Y sus principales conclusiones: cuando la mentira o el engaño se convierten en habitual, la reacción de la amígdala va disminuyendo; a medida que cultivamos las pequeñas transgresiones en busca de un beneficio, se va generando un cambio de plasticidad neuronal que transforma a esa persona en deshonesta.

Si no interpretamos mal, podríamos deducir que lo que nos revelan desde la ciencia médica es lo fácil -e imperceptible- que resulta saltarse las normas. Las de la convivencia, las morales, las legales. Desde lo más inocente de una imprecisión, una medio-verdad y una mentira a los comportamientos más humillantes, vergonzosos y hasta violentos. Son escalas. Intensidades de un mismo proceso.

Reconozco que para los tiempos en que nos movemos, de profunda incertidumbre y de crisis perpetua -y poco importa si despedimos el 16 o saludamos el 20-, el planteamiento de la amígdala conformista podría resultar apropiado y, por supuesto, juega en el terreno de lo efectista. La cuestión es, si por ello mismo, se queda limitado. Si no deja espacio para la reacción; para la indignación; para la rabia. La individual y la colectiva.

Porque ante una bolsa de carbón te puedes conformar y reír, puedes mirar para otro lado o te puedes revolver. Si pensamos en el 2016 que acabamos de dejar atrás, necesitaríamos una mina a pleno rendimiento para dar todas las llamadas de atención que nos hemos ganado a pulso. Lo admitamos o no. Lo queramos ver o no. Puede que la única certeza que volvamos a tener en este 2017 es que vivimos en un mundo terriblemente complejo; que somos impredeciblemente complejos. Aun estando ante los mismos retos y desafíos, con las mismas inseguridades y temores. Pero sabiendo que, detrás de la imagen cómoda y cinematográfica de la marmota, nada es exactamente igual. Ni siquiera la bolsa de carbón de un 6 de enero…