La herencia envenenada de Pina

Magdalena Trillo | 25 de febrero de 2018 a las 11:25

La investigación judicial contra Quique Pina podría sostener el guión de una telenovela de éxito de los 80 con la misma intensidad que una serie de Netflix. De papel protagonista, el “rey” del fútbol. De secundarios, el socio italiano y los testaferros. En la trama familiar destaca la madre con un “papel central”, contando hasta el último euro, frente a un padre ausente que no se entera (o no se quiere enterar) y la hermana protegida que sirve de escaparate para el negocio.

No faltan las empresas pantallas en paraísos fiscales, el traidor que hace de garganta profunda y los pinchazos policiales que terminan deslizando las piezas del castillo de naipes de los nuevos ricos. El dinero florece en pequeños sobres en cualquier rincón -desde la clásica maleta con el millón de euros hasta la funda de una raqueta de tenis escondiendo 40.000 euros en el altillo de un armario-, un misterioso robo desata todas las alarmas convirtiéndose en el punto de inflexión de la trama y, por supuesto, hay yate y casa en Marbella.

La base de la historia se recoge en el sumario sobre la Operación Líbero que este periódico ha desgranado en exclusiva desde hace una semana, sin que podamos saber aún si pesará más en el desenlace lo que se dice en las escuchas o lo que se declara delante del juez. Porque la contradicción es absoluta. Del “yo actué de buena fe” y “firmaba lo que me decían” al gestor duro, controlador y minucioso que está encima de todos y de todo sin dejar el más mínimo detalle a la improvisación.

Al empresario murciano, expresidente del Granada CF, se le investiga por delito fiscal, blanqueo de capitales e insolvencia punible en operaciones de traspaso de jugadores. Ya ha declarado en la Audiencia Nacional ante el juez José de la Mata, ya ha pasado unos días en Soto del Real y ya está en libertad con cargos y sin pasaporte a la espera de que avance la causa con las comparecencias del resto de personajes. Los propios y los invitados.

Porque el problema del caso Pina es la tremenda dificultad que supone aislar su presunta actividad delictiva de la gestión y las consecuencias para los clubes de fútbol que ha dirigido: en el caso del Granada cuando fue el artífice del regreso a Primera y en el caso de Cádiz CF con sus responsabilidades como consejero delegado.

Para el club rojiblanco, el muro de contención de sitúa en el verano de 2016: Pina se va con su equipo de colaboradores más directo y la propiedad pasa de forma efectiva a manos del inversor chino Jiang Lizhang. El acuerdo se cerró en Londres, donde tenía la residencia habitual Gino Pozzo -antiguo propietario del Granada y socio de Quique Pina-, en el mes de mayo: la corporación asiática se haría con el 100% de la sociedad por unos 37 millones de euros en una operación que dejaba importantes plusvalías para la familia del empresario italiano -dueños también del Udinese y el Watford CF-.

Después de siete años, Jiang y Pozzo se estrechaban la mano en junio de ese 2016 formalizando el paso del Granada CF al propietario de la sociedad china Link Internation Sports Limited.

Aquí empieza la nueva era del Granada CF. La que por sorpresa ha transitado del campo del fútbol al judicial y arrastra la mancha de la corrupción, como también ocurre ahora en la gestión política, poniendo de nuevo el foco sobre Granada. Si hace dos años era la Plaza del Carmen la que se despertaba con el impacto mediático de los registros y las detenciones de la UDEF por una presunta trama de prevaricación urbanística en torno a Torres Hurtado, ahora ha sido el turno de Los Cármenes y de la Ciudad Deportiva en una operación que ha salpicado a Cádiz, Murcia y Marbella con ramificaciones en el extranjero aún por determinar.

Lo curioso es que no ha habido sorpresa. No es nada nuevo. Ni en los partidos ni, por supuesto, en un negocio tan opaco como el fútbol con escándalos habituales en torno a las operaciones millonarias que sostienen el juego.

Pero las consecuencias irán mucho más allá de lo que concluya la sentencia del caso Pina. Pierde el Granada CF -el impacto en la imagen del club es inevitable-, pierde la afición y perdemos todos. Los actuales responsables del equipo se esfuerzan en levantar una frontera con todo lo anterior a 2016 pero los lazos son escurridizos.

Para empezar, la propia entidad está implicada en la causa como investigada -de ahí que no se haya podido presentar como acusación particular para pedir responsabilidades a los anteriores gestores- y este mismo viernes tuvieron que ir a declarar en la Audiencia Nacional -resulta al menos una muestra de transparencia y un mensaje claro de colaboración con la justicia que haya sido el vicepresidente y persona de máxima confianza de Jiang Lizhang quien haya dado la cara ante el juez-.

En paralelo, las primeras revelaciones de las auditorías que se llevaron a cabo hace dos años pueden dar una idea certera de lo turbio que son las alcantarillas del caso: se produjeron justo en el momento de la salida de Pina y el cambio de propiedad y con el oportuno virus que se lanzó desde Italia contra los equipos informáticos del club, precisamente del entorno de un empleado del Udinese (de la familia Pozzo).

Que haya personajes especialmente siniestros que hayan saltado de un equipo gestor a otro tampoco ayuda a mantener las fronteras de la división. Los accionistas están preocupados, por mucha normalidad con que se intente continuar el calendario deportivo, y la afición también.

Como estrategia de comunicación, el muro de contención entre la etapa Pina y la etapa Jiang tal vez contribuya a paliar el impacto en la marca -admitamos que se está asumiendo con naturalidad que el empresario murciano tuviera negocios oscuros- pero hay consecuencias económicas y deportivas más preocupantes: el club puede acabar como responsable subsidiario por los perjuicios que se hayan podido cometer y, respecto a la denuncia inicial de amaños de partidos, al menos el Granada CF cuenta con el alivio de que es un aspecto que fue descartado de la investigación (un informe policial así lo explicita) y por ahora no está sobre la mesa del juez De la Mata.

Todo esto es lo tangible; lo invisible es de más difícil contención -en el ánimo por ejemplo del propio equipo para afrontar el desafío del ascenso- y la incertidumbre sobre hasta qué punto los actuales dueños mantendrán el compromiso y el apoyo al club se mantiene en el aire. La historia del Granada CF fluctuará a medida que el guión cinematográfico inicial vaya desmontando las contradicciones y se vayan encajando las piezas de lo que de verdad ocurrió en esa etapa no tan “gloriosa” de Quique Pina. Aquella que despertó la atención de unos inversores asiáticos y los animó a sumarse al proyecto sin atisbar que lo que realmente compraban era una herencia envenenada.

Las cejas del cine

Magdalena Trillo | 20 de febrero de 2018 a las 10:10

Con Verano 1993 me dormí. No cuestiono la belleza de los planos, las conmovedoras lágrimas de Frida y hasta lo pedagógico de distinguir entre una lechuga y una col. Pero la ópera prima de Carla Simón me ha resultado tan desesperante y soporífera como los power point de Terrence Malick en El árbol de la vida.

Aun así, es una película necesaria. Forma parte de eso que los australianos bautizaron como la “economía creativa” y reúne todos los intangibles de lo que entendemos por un producto cultural: el valor de lo original y lo simbólico, su función social, el riesgo inevitable al que se enfrenta y el mercado imperfecto en el que se desenvuelve.

Ahí está la grandeza de las industrias culturales. Por su irreverencia y su sentido crítico. Por sus aciertos y sus fracasos. Por su contribución a la diversidad y al afianzamiento de nuestra identidad. Por cuanto supone situarlas (también) en el centro del modelo económico desafiando aquella idea de la “cultura como hormiguero” que popularizó Michel de Certeau.

Nos lo podemos creer o no. Es ideología. La que está detrás de la subida o bajada de impuestos, del IVA cultural y la que subyace en la nueva Ley del Cine. El borrador que ha empezado a circular evidencia que la cultura sigue malviviendo “en los márgenes” y vendría a justificar aquel movimiento de la ceja que irrumpió con ZP.

El sistema de ayudas castiga al cine de autor frente a las grandes producciones y a los lobbies de la distribución. Cuando la industria del cine consigue, por fin, demostrar el impacto suicida que ha supuesto para el audiovisual español un modelo de ayudas sujeto a la taquilla, se fijan unos criterios previos de reparto que encumbran a los directores de éxito, a las productoras que ya dominan el establishment y a las majors. Tratamos el celuloide como una mercancía más. Sin espacio para sorpresas como Ocho apellidos vascos ni bofetadas de talento como Tarde para la ira.

Se trata de la letra pequeña (como hace unos días criticaban desde El español) que el Gobierno esconde y envuelve en el efectista marketing del relato feminista: y es que la nueva ley premiará los proyectos impulsados por mujeres. Eso es lo que se ha vendido. ¡Bien! Pero el ADN no es garantía de nada. No es mejor película Verano 1993 porque lleve la firma de una mujer ni peor Las formas del agua porque emerja del sistema con un cineasto como Guillermo del Toro detrás. El debate es otro. Uno que tampoco toca. No en tiempos electoralistas de dilación y de confusión. No cuando quienes gobiernan no tienen tiempo de ir al cine. Ni interés.

Los niños de la tablet

Magdalena Trillo | 13 de febrero de 2018 a las 9:37

El efecto más perverso de la estadística se produce cuando despersonaliza y desdibuja la realidad llevando temas sensibles y de impacto al frío terreno de las cifras. Los números del paro, de la violencia machista o de la inmigración ilegal no sólo nos lo recuerdan de forma insistente; también contribuyen a ‘normalizar’ las distorsiones de nuestro modelo de convivencia y lo reducen a rutina.

Hay veces, sin embargo, en que son clave para medir el verdadero alcance del problema. Es el caso de la violencia en menores: hemos leído titulares estremecedores pero no hay un marcado repunte de la delincuencia. Los datos del Ministerio del Interior reflejan una curva sin altibajos en el último lustro. De forma global bajan los índices de criminalidad, aunque lo cierto es que los descensos se sitúan en robos, tráfico de drogas y delitos contra la seguridad vial mientras aumentan en el apartado de la libertad sexual y los malos tratos.

No hay razones para el sensacionalismo pero sí para la preocupación: tres jóvenes participan en el asesinato de una pareja de ancianos en Bilbao; unos menores asaltan a un exjugador de fútbol del Amorebieta; un chico de 14 años mata a su hermano de 19 en Alicante; unos escolares de Jaén violan en el recreo a un niño de sólo 9.

La alarma se produce por el particular desconcierto que provoca cada historia pero también debería venir por lo que subyace respecto al contradictorio perfil de los menores de este tercer milenio de deshumanización, globalización y autismo tecnológico: no saben gestionar las emociones, tienen menos tolerancia al fracaso, carecen de habilidades sociales, son más impulsivos…

Al retrato de los expertos sobre sus pautas de comportamiento se une su preocupación por cómo se les acaba robando la infancia y los hacemos adultos precipitadamente. Sexo y violencia al alcance del móvil y de la tablet. El ‘modelo’ de las manadas, el acceso sin filtros ni control a todo tipo de pornografía y la trampa del amor romántico transmutado en humillación y sometimiento. El embarazo de una niña de 11 años en Murcia por su propio hermano, apenas dos años mayor, es otra cara de una misma realidad.

En los 90, la ‘televisión niñera’ terminó funcionando como una llamada de alerta en las familias y en las escuelas. El “espejo” que, para Fellini, reflejaba “la derrota de nuestro sistema cultural”, el “único somnífero que se toma por los ojos” como decía Vittorio de Sica. Porque, lo escribió Chantal Maillard, “a la mente le gustan las imágenes. Con ella, teje. Y el tejido hace mundo o lo refuerza”.

“Yo soy mis imágenes”. Vivimos en imágenes. Fabricándolas o consumiéndolas. Hace unas décadas en la pantalla de la televisión; hoy, al instante, con el sencillo gesto de meter la mano en la mochila o en el bolsillo. No debería extrañarnos que el Plan Nacional de Drogas vaya a incluir por primera vez el uso compulsivo de las redes sociales. Son las sustancias invisibles que nos adormecen y nos corrompen. Las consecuencias las estamos lamentando estos días; sobre las causas podríamos actuar aunque aún nos cueste darnos cuenta.

Patrias y mandangas

Magdalena Trillo | 11 de febrero de 2018 a las 10:46

El día en que los nacionalistas vascos dieron a conocer los 17 folios de su propuesta de revisión del Estatuto de Gernika, yo estaba con Bittori en la tumba del Txato. Diluviaba. Desde la cárcel, Joxe Mari al fin le había escrito unas líneas de arrepentimiento: “Si pudiera dar marcha atrás al tiempo, lo haría. No puedo. Lo siento. Ojalá me perdones. Ya estoy cumpliendo mi castigo”.

Tenía 43 años; llevaba 17 en prisión. Descubrió el sexo en un vis a vis. Su juventud, su vida, la dejó enterrada en el pueblo. En esas calles donde “hasta las farolas son abertzales”. Abandonó ETA en silencio, con el único miedo sincero a defraudar a su madre, tal vez al cura y, por encima de todo, a los vecinos y a los colegas de la herriko taberna.

Cuando empecé a leer Patria, la novela de Fernando Aramburu que pasa de mano en mano a modo de relato cotidiano sobre los cuarenta años de terrorismo etarra, pensaba que llegaba tarde. Olvidaba, sin embargo, que una de las esencias de la historia de España es dejar los conflictos abiertos. Latentes. En pausa.

Hasta el pasado miércoles, cuando el PNV planteó en la ponencia de autogobierno del Parlamento la inclusión del “derecho a decidir” en su proyecto de nuevo estatuto, la trama insistía en saltar del País Vasco a Cataluña con dos inquietudes entrecruzadas: la invisible normalidad con que en una región se llegó a la dolorosa salida de la lucha armada y el impredecible e inaudito esperpento en que se ha instalado el con su insistente órdago suicida a la legalidad.

No son diferentes los sentimientos. Ni los anhelos. Las conversaciones cotidianas -de las familias, de los amigos, del barrio- seguro que son intercambiables. El narrador vasco habla en uno de los capítulos de “Patrias y mandangas” haciendo referencia a la oportunista utilización política, a la “trampa” en que acaba el hijo de uno de los personajes. Uno de tantos: “Unos borregos, eso es lo que son. Unos ingenuos. Les calientan la cabeza, les dan un arma y, hala, a matar. Se creen héroes porque llevan pistola. Y no se dan cuenta de que, a cambio de nada, porque al final no hay más premio que la cárcel o la tumba”.

Confieso que me identifico con este desapego patriótico, con esta inclinación apolítica, pero consciente de mi extrema vulnerabilidad: porque mi pueblo es otro, porque Jokin no es mi amigo, porque Miren no es mi madre o porque el virus del nacionalismo no flota en mi ambiente.

Me decían en una excursión el otro día que los charnegos -el término despectivo con que se descalifica a los emigrados a Cataluña- son ahora los más radicales. Que se han puesto de moda. Que ya no es un factor de debilidad sino de respeto. La chica vive en Andalucía -regresó por temas laborales hace unos años- pero sus hermanos siguen en Barcelona: ellos son independentistas; ella, no. Yo, me alegro cada día de no serlo; pero sin evitar preguntarme por qué no lo soy, qué ocurría si lo fuera y de quién dependería. ¿Sólo de mí?

No me atrevería a ver la novela de Aramburu como una historia de claudicación, de vencedores y vencidos. Al contrario. Creo que nos abre los ojos sobre lo complejo y arraigado que está el problema territorial en España. En ese país “caduco, antiguo y heredero de la famosa crisis del 98 que se tuvo que reinventar como nación”.

Pensaba en ello leyendo las reflexiones del dramaturgo Alfonso Zurro sobre la versión de Luces de Bohemia que ha llevado al Teatro Alhambra. Por los paralelismos de aquella España “camino de la ruina”, marcada por la corrupción, la falta de ética y la “inutilidad de la clase política”, con la de ahora. Lo denunció hace mucho Valle-Inclán pero se podría escribir hoy: “Barcelona alimenta una hoguera de odio”; “En España, el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”.

Sí, nos hace pensar. Nos debería hacer pensar. A los que encienden los conflictos y a los que los alimentamos desde abajo. Aunque en Cataluña y el País Vasco hay un trasfondo de frustración y reivindicaciones compartidas, están singularmente ligadas a esa “nación vasca” y “nación catalana” con que intentan vertebrar sus hojas de ruta. La clave, una vez más, está en el camino. Porque hoy, como ayer, la tentación nubla. Y aprieta. Con el riesgo de convertir una causa en una mandanga.

¿Un whopper por 26 euros?

Magdalena Trillo | 6 de febrero de 2018 a las 10:47

Donde la información hace aguas, la publicidad se crece. Cuando la Comisión Federal de Comunicaciones decidió en diciembre acabar con la neutralidad en la Red, la noticia marcó un par de días la agenda mediática pero tuvo un impacto muy limitado en la opinión pública. Hoy, el anuncio de Burger King recurriendo a sus populares whoppers para criticar la derogación de las medidas que el Gobierno de Obama aprobó en 2015 para blindar la equidad en el ciberespacio vuela entre los internautas.

No hay actores. El vídeo muestra la perplejidad de clientes reales cuando descubren que la fast food también discrimina: te armas de paciencia y desembolsas los 4,99 euros de siempre o asumes un “extra” de hasta 25,99 para que te la entreguen de inmediato. Así planea la Administración Trump que sea internet: uno para ricos y otro para pobres. Una empresa podrá pagar para que su web circule más rápido; los proveedores podrán ofrecer paquetes de servicios parecidos a los de las televisiones por cable donde se prioricen unas compañías frente a otras e, incluso, se puedan bloquear estratégicamente los competidores.

Escalas distintas de servicios para los usuarios y para las compañías en función del precio. Más poder para gigantes como Google, Apple, Facebook y Amazon (los llamados GAFA) que ya marcan las reglas del juego y acaparan el ancho de banda. El sistema de peaje que todos conocemos: viejas carreteras, con baches y colapsos, o despejadas autopistas a precios abusivos.

Perdemos los usuarios, pierde la libertad de expresión y pierde la democracia. Por razones comerciales, políticas, religiosas o morales se podrá primar a unos proveedores y castigar a otros. La grandeza del Whooper Netrality, de la Net Neutrality, es que nos permite elegir. La hamburguesa, buena o mala, está ahí al alcance de cualquiera; por el mismo precio y al mismo tiempo.

En Estados Unidos, cinco grandes grupos privados de comunicación controlan el 90% de los medios decidiendo qué es noticia en función de sus intereses. Hay ciudades en las que el periódico, la radio y la televisión tienen ya un mismo dueño; fue uno de los grandes logros de Bush y de aquel Colin Powell que en 2003, desde el púlpito del Consejo de Seguridad de la ONU, convenció al mundo de que Irak tenía armas de destrucción masiva.

La derogación de la neutralidad en la red que ahora promueven los republicanos es más que un asunto interno pivotado desde Silicon Valley. Estados Unidos estornudará y en Europa nos resfriaremos.

¡Nos vemos en Albolote!

Magdalena Trillo | 4 de febrero de 2018 a las 10:30

A Quique Pina lo hemos visto haciendo negocios a diestro y siniestro por la causa, a hombros de la plantilla rojiblanca saliendo por la puerta grande de Los Cármenes con el aura de un torero y arengando desde el balcón del Ayuntamiento a toda la afición, a toda la ciudad, en una Plaza del Carmen que se venía abajo por la hazaña de devolver el Granada CF a Primera.

Las primeras imágenes hablan de la trastienda del negocio, de las lógicas prácticas empresariales -en una volátil escala que va de la negociación legal al fraude- que acaban determinando el camino de un club deportivo en cuanto a solvencia y pervivencia financiera con las mismas reglas del juego que una compañía que cotiza en Bolsa, una cooperativa o una orquesta. Más aún cuando lo privado y lo público se desdibuja, se cuela el escurridizo factor del interés público e irrumpen los nubarrones emocionales del deporte rey.

Las segundas imágenes, las de los éxitos y la adrenalina, son las que justifican las primeras. Las que nos sirve de excusa para no hacer más preguntas de la cuenta y para obviar lo que incomoda -por obvio que sea- poniéndonos una tupida venda en los ojos que nos proteja del sobresalto. La principal diferencia entre la operación de la UDEF de esta semana contra el expresidente del Granada y la del caso Nazarí contra el exalcalde y su equipo de gobierno por presunta corrupción es el factor sorpresa.

En abril de 2015, ni la oposición en bloque -mucho menos los socialistas con su frágil minoría- eran capaces de soñar con tal disrupción del guion municipal. En febrero de 2018, es extraño el foro en el que no se da por descontado. Después de los escándalos por corrupción que han sacudido el fútbol al nivel nacional, la cuestión de fondo sobre la década gloriosa de la ‘era Pina’ no se sitúa en el qué sino en el cuándo.

Seamos sinceros. Cuando el empresario chino Jiang Lizhang compró el club rojiblanco en 2016, la preocupación inconfesable de la ciudad era afrontar la dura realidad de un cambio de ciclo: el Granada CF bajaría a Segunda con un señor que no entendía de las puertas de atrás del fútbol. Evidentemente, no se admitía entonces creyendo con fe ciega -como debe ser- en los éxitos deportivos de la plantilla rojiblanca ni se hace ahora cuando la nueva directiva levanta un muro frente al ‘caso Pina’ como si nada de lo que se le imputa al expresidente tuviera relación con su intensa etapa al frente del Granada CF.

Si se confirma que el fraude a Hacienda con el traspaso de jugadores ronda los 200 millones -habría pagado sólo un 10% de lo debido- y que ha perjudicado tanto los intereses del club como los de la ciudad, tendremos que empezar a pedir explicaciones y asumir responsabilidades. La propia entidad deportiva si no se persona como acusación particular -incluso si firmaron un acuerdo privado de confidencialidad como se especula- y el Ayuntamiento de la capital que tanto ha apoyado y que tanto partido le ha sacado a la marca del equipo.

cabesa

El meme más compartido en los últimos días es un sarcástico diálogo entre Quique Pina y Torres Hurtado: “Cabesa, nos vemos en Albolote”. Con múltiples variantes, evidencia la asombrosa naturalidad con que en Granada hemos terminado por asumir los escándalos de corrupción. Si hoy hiciéramos una encuesta ciudadana y preguntáramos quién pensaba que Pina no era trigo limpio, seguro que la respuesta se inclina de forma abrumadora al todos; lo mismo que si la reformulamos para saber quiénes miraríamos para otro lado con tal de tener a los grandes equipos de Primera jugando en Los Cármenes.

El precio lo pagará el presunto estafador -desde el viernes está prisión-, pero no solo. El ‘caso Pina’ es un duro golpe a la marca del Granada CF y pone contra las cuerdas a sus actuales propietarios. Hace justo un año, Jiang convocó a los periodistas y directivos de los medios de comunicación para garantizar su compromiso con el club al margen de los resultados: “No abandonaremos”. De momento ha cumplido, pero en aquella ecuación no intervenía un intangible tan sensible en el país asiático como la honorabilidad. La inquietud hace un par de años era que “el chino” no entendiera bien de qué va esto; la inquietud hoy tal vez sea que lo tenga que aprender demasiado rápido.

Los males de ‘La peste’

Magdalena Trillo | 30 de enero de 2018 a las 10:00

No recuerdo ni una sola noticia de la Galicia profunda que no haya tenido que rebobinar para entender los testimonios de los vecinos: ni vocalizan ni se sabe muy bien si hablan en castellano, en portugués o en gallego. El talento como intérprete de Luis Tosar es apabullante pero también lo pone difícil: es un terremoto hablando y su rostro hierático y marmóreo desactiva el recurso de la intuición. Con Ricardo Darín es aún peor: sin al menos veinte minutos de ambientación para activar el modo argentino, es un auténtico desafío.

No son tópicos ni prejuicios infundados; son las consecuencias de la tremenda riqueza lingüística y sonora del idioma español. Y, en buena medida, es también el resultado de uno de los grandes déficits del audiovisual: el sonido, el gran olvidado del cine. Ni se le presta atención en las universidades ni forma parte de las preocupaciones de la industria ni tiene un especial reconocimiento en el público, ¿recuerdan algún premio técnico?

Cuando presentaron La Peste en el Festival de Cine de San Sebastián, hubo más de un crítico que confesó que se había “perdido” algunas partes de los diálogos “por el acento andaluz”. ¿Sólo por el acento? He visto la serie de Alberto Rodríguez del tirón, en madrugadas intensivas desde el día del lanzamiento, y no encuentro tanta distancia con los bienhablantes actores de La zona; en los dos casos he tenido que volver atrás. Son las últimas apuestas de Movistar+ para hacerse un hueco en el pujante segmento de las series de ficción -en el caso del thriller histórico de la Sevilla del XVI con un presupuesto millonario- y comparten las mismas virtudes y limitaciones que las producciones de la gran pantalla.

El director de La Isla Mínima ha realizado un esfuerzo titánico por ambientar con la mayor fidelidad la oscura ciudad de la Inquisición incorporando un asesor histórico -extraordinario el trabajo en vestuario, decorados y costumbres de la época- pero no ha tenido la misma cautela con la recreación lingüística. Lo escribía en un artículo hace unos días Alex Grijelmo recordando la figura del dialect coach -habitual en los equipos de producción anglosajona- y poniendo en evidencia errores de bulto sobre expresiones y palabras inexistentes en esa España que miraba al nuevo mundo.

Son críticas constructivas. Argumentos y reflexiones que deberían estar en el foco de la industria audiovisual y que, obviamente, nada tienen que ver con el simplismo maledicente -malafollá, en granaíno- de quienes se deleitan buceando en los estereotipos.

El arte del trapicheo

Magdalena Trillo | 28 de enero de 2018 a las 10:49

A veces, son las propias palabras las que se buscan conformando por su cuenta el sentido del mensaje. Por afinidad o por contraste. Y no tenemos que recurrir a Heráclito para explorar la contradicción del oxímoron ni naufragar con los “instantes eternos”, la “vida muerta” y las “luces oscuras” con que tanto se divierten filósofos y poetas. Los juegos literarios también se cuelan en el lenguaje periodístico para darnos la medida exacta del titular. “Arte” y “trapicheo”: no se puede decir más con menos caracteres si el contexto es la inacabable polémica por el negocio que supone la venta de entradas para acceder a uno de los monumentos más visitados -y con aforo limitado- del patrimonio mundial.

En dos meses se han creado treinta nuevas agencias de viaje. Levante el teléfono y pruebe a contactar con alguna de las nuevas empresas -descubrirá que son tan fantasmas como los contratos del PP en Emucesa que ya investiga la Fiscalía-; eche un vistazo a la web para intentar comprar una entrada a la Alhambra y asegúrese de que no desembolsa 80 euros por pasear en los jardines del Generalife sin posibilidad de acceder a los palacios o no termina contando gatos en los jardines de subida al cementerio.

Lo escaso cotiza al alza. Y el ingenio para sortear las limitaciones, también. Pienso en el morbo de los speak-easy del Manhattan clandestino de la Ley Seca; ¡aquel whisky sí que debía saber al suspiro de un ángel! Hace unos meses estuve en Altamira y confieso que mi única salvación para no endeudarme intentando conseguir una entrada para visitar la cueva auténtica, la Capilla Sixtina del arte rupestre, es que era imposible. La réplica de la neocueva es magnífica pero confieso que la adrenalina de ver las pinturas del primer homo sapiens europeo me hubiera tentado hasta bordear la legalidad… La insolente transparencia con que cada viernes hacen un sorteo para un puñado de privilegiados no deja espacio al fraude; no hay atajos.

Me pongo en la piel del turista que llega a Granada: ¿te vas sin ver la Alhambra? Te maldecirás por no haber sido previsor -me acaba de pasar en Madrid con el espectáculo de Carmen Machi y el Deadtown los hermanos Forman- y te dejarás engañar. Sentimientos. Lo único capaz de mover lo mejor y lo peor del ser humano. Expectativas; ilusión. Con eso juegan los artistas del trapicheo. La irracional emoción de unos frente a la calculada estrategia de otros.

El control absoluto no es más que una ilusión. Como ocurre con la seguridad, con la objetividad y con las normas que ya llevan implícita su propia trampa. Pero es una dejación de funciones (colectiva) la permisividad con que asumimos la picaresca y hasta nos desentendemos cuando atisbamos que transmuta en corrupción. Unos extorsionan porque otros se dejan; y la mayoría miramos para otro lado. ¿Nadie denuncia? Ahora sabemos que en el sector turístico hace meses que saltaron las alarmas: el extranjero que llega a una oficina de turismo asegurando que le han timado; la familia a la que le cobran por dar un paseo ¡por los alrededores!

Será un acierto recurrir al big data y a los sistemas de inteligencia artificial para acabar con la reventa pero sería iluso pensar que es suficiente. Que los países más poderosos del mundo estén realizando inversiones millonarias en programas que mitiguen su vulnerabilidad -del espionaje y las filtraciones de información reservada a las fake news- nos puede dar una idea del poder del lado oscuro en la etérea Sociedad de la Información. A todas las escalas. Desde cualquier garaje con un punto de acceso a la Red.

Mateo Revilla, el primer director del Patronato, el que decidió restringir los accesos hace veinte años, reflexiona sobre el trasfondo del problema con sorprendente sencillez: hablar del “turismo sostenible” es una contradicción. Son palabras antagónicas; un oxímoron camuflado. La masificación poco puede tener con la exclusividad; con la experiencia. Aunque la Alhambra tal vez no sea más que una víctima más del turismo global, resulta insólito que lleve una larga década sumida en el escándalo. El trapicheo es un arte pero también un delito. Y, ojo, en el porqué estamos todos.

Efecto Primark

Magdalena Trillo | 23 de enero de 2018 a las 9:30

Es barato, de calidad aceptable y gusta. Lo que mejor funciona es el boca a boca. Diseñan sus propios productos, las elevadas ventas les permiten contrarrestar el escaso margen de beneficio, operan directamente con los proveedores y se permiten el lujo de desarrollar una política de empleo medianamente decente.

El centro de Madrid está tomado por Primark. No hay cafetería, plaza, parada de autobús o metro -de la Gran Vía a la estación Sur- que no se haya contagiado del efecto de la amazing fashion y los amazing prices. Las señoras con el abrigo de piel, los jubilados ociosos, las adolescentes provocadoramente exigentes, los turistas nada despistados que van de Serrano a Callao sin transición, las familias del cinturón que incluyen el shopping en la escapada del fin de semana. Madrid tampoco duerme.

Lo curioso de Primark es cómo se ha hecho un hueco en el mercado y ha convertido una marca blanca en una marca de confianza con un perfil de clientes completamente transversal. Si diéramos un salto a la política, representaría el anhelado centro demoscópico de las encuestas, que hasta ahora había significado la moderación ideológica y tendía a traducirse en votos y en escaños.

En España, PP y PSOE se lo han repartido ordenadamente hasta que Podemos y Ciudadanos han irrumpido con sus amenazas de sorpasso. Podemos llegó a verse sobre la ola Primark pero no ha tardado ni un año en dilapidar su momento y Ciudadanos lo intenta ahora aprovechando el tirón catalán.

No estoy usurpando principios por grandes bolsas de cartón. Cambian los contextos, los valores y las prioridades. Es un proceso de adaptación -obligado- en el que intervenimos todos. El refugio consumista, la dictadura del entretenimiento, se presenta como una consecuencia lógica de la sequía del mundo de las ideas y de la ausencia de liderazgos. Decimos que la situación política en España es muy compleja, pero también podríamos criticar justo lo contrario; su mediocre simplicidad. Lo más relevante de los últimos sondeos era descubrir que el electorado del PP ya no es tan fiel como se creía -en el resto de partidos nunca lo ha sido-. ¿Extraña?

Volvamos a la maquinaria de Primark. No nos prometen la luna a precio de saldo; hay lo que hay. No son infalibles, pero tampoco presumen de ello. Si se equivocan, lo reconocen y rectifican. La confianza es directamente proporcional al sentimiento de satisfacción; inversamente proporcional a la sensación de engaño. Pensemos en una tienda, en un restaurante o en un partido. De eso, al final, va la fidelidad. Cuando nos vamos de compras y cuando vamos a votar.

OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.