Diálogos posibles

Magdalena Trillo | 8 de octubre de 2017 a las 10:09

La exposición de Pilar Albarracín que se muestra estos días en el Palacio de la Madraza podría verse como un gran bodegón de la política española. Cambian los códigos y la agudeza de quien compone pero se desliza la misma inquietud de los mensajes: la artista sevillana recurre al histrionismo y al humor para sumergirse en el imaginario del typical spanish justo cuando media España cuelga una bandera constitucional en el balcón queriendo contrarrestar las esteladas que ondean en tantas calles de Cataluña.

Toros, tacones y lunares. Los mismos ingredientes que utiliza la familia Martínez de Irujo en la campaña que acaba de poner en marcha, “Orgullosos de ser españoles”, para contagiarnos de su “plena identificación” con los valores de “nuestro gran país”. Los mismos símbolos que sintetizan esa España intransigente y de pandereta con la que quieren romper desde Barcelona. Hace sólo unos meses, las pulseras y las tazas reivindicativas del “orgullo español” me hubieran prevenido y alarmado; hoy las tolero y hasta las valoro por cuanto tienen de antídoto y de alerta.

chorizos

A Albarracín le preocupa abiertamente el machismo, la desigualdad o el sometimiento de la mujer pero no menos que la represión del pensamiento, la manipulación y la falta de comprensión en la sociedad actual; no menos que la “perversión”, el conflicto y el agravio del mundo en que vivimos y que tiende a camuflarse en paraísos aparentes de felicidad. Por eso sus luminosos bordados son trampantojos. Por eso se disputan el espacio unos tacones amenazando con “bailar sobre tu tumba”. Por eso es un afilado alfiler el que hacer emerger los lunares rojos de un inmaculado vestido blanco de volantes.

Sus ristras de chorizos de terciopelo brillan más que los que cuelgan en los desvanes de los pueblos andaluces aderezados con corneta pero cumplen una misma función: permitirnos refugiarnos en las metáforas. A veces punzantes y provocadoras; a veces sutiles e irónicas. Pero siempre precisas y desconcertantes; con más empatía y más carga emocional que cualquier titular de prensa.

Sus “diálogos imposibles”, con un insistente juego de cuchillos haciendo malabarismos en torno a una gota de sangre bordada a modo de flor, dicen más del tacticismo de la política de lo que nos permiten las palabras. Es lo bueno de la poesía visual, que no hay límites, líneas rojas ni fronteras; es lo bueno del arte, que cobra todo su sentido cuando “sale a convencer”, “dialoga con la sociedad” y “conecta con la gente”.

Son palacabezasbras de otro creador sevillano, el pintor Luis Gordillo, que también expone estos días en Granada. Casualidades -o no-. A sólo unos metros de Pilar, en el Museo Guerrero, pareciera que sus grandes Cabezas se ríen de nosotros. De nuestra insignificancia y nuestra torpeza; de nuestra cortedad de miras. Forman parte de su “confesión general”, más de 200 obras que recorren sesenta años de creación artística entre el centro de la Diputación y el Palacio de Carlos V de la Alhambra. Con 83 años, sigue explorando, incorporando nuevos lenguajes y reconociendo que ha tenido que “hacerse viejo” para comprender su profundo enamoramiento, su pasión, por la pintura.

 

Sin buscarlo, Albarracín y Gordillo dialogan en Granada. Con varias décadas de distancia, desde postulados artísticos y estéticos muy diferentes, nos interrogan, nos hacen fruncir el ceño y nos roban una media sonrisa. Nos sorprenden y nos espolean sin dogmatismos ni posiciones prefijadas. Sus creaciones discurren vivas y abiertas como si estuvieran pensadas para fluir en una conversación cotidiana. Y es que los dos beben de la cultura popular pero no la manipulan ni nos la sirven travestida.

A diferencia de la política, del no-arte de la política, su obra es honesta y sincera. Nace del convencimiento. No se trata de acertar ni de ganar pero tampoco de engañar. Eso sí, el arte siempre nos propone un juego: que dialoguemos. Aunque ello suponga sumergirnos en una burbuja con “extractos de fuego y de veneno”. Aunque nos obligue a compartir una “confesión general”.

Acción-reacción

Magdalena Trillo | 3 de octubre de 2017 a las 10:46

En la cuenta atrás del 1-O, uno de los documentos que más se ha compartido ha sido el parte oficial del Ministerio de Guerra del 7 de octubre de 1934: “En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalá. Ante esta situación, el Gobierno de la República ha tomado el acuerdo de proclamar el estado de guerra en todo el país”.

Octubre de 2017. Falta conocer el día exacto, saber el tono y la envergadura de la proclamación, pero cuesta creer que el bloque independentista no haya previsto recurrir al simbolismo de las fechas en su calculada estrategia de ruptura. Cuando el protagonista de Así habló Zaratustra descubrió la visión circular del tiempo, se desmayó de la impresión. La teoría del “eterno retorno sin posibilidad alguna de variación” ha sido muy discutida, pero Nietzsche no hablaba sólo de la repetición de los acontecimientos; lo realmente inquietante era su advertencia de cómo las ideas y los sentimientos quedan atrapados en esa dinámica endiablada.

En la pesadilla popular de “la historia se repite”, filosofía y ciencia nos cuentan lo mismo. Me refiero a Newton: “A cada acción siempre se opone una reacción igual pero de sentido contrario”. Si miramos atrás, partiendo de las masivas Diadas que desde 1977 son una señal del problema catalán hasta este convulso 1 de octubre, no es difícil vernos rehenes de una “acción-reacción” infinita, incomprendida y creciente.

Y lo somos porque seguimos sin querer asumir que la España de las autonomías ha fracasado. El “café para todos” no ha traído la equidad -vivimos en un Estado asimétrico por mucho que invoquemos la igualdad en la Constitución- ni nos ha vacunado de los movimientos populistas y nacionalistas que amenazan toda Europa.

Lo más grave de todo es que, después de una década de crisis económica, también se ha quebrado el principio de solidaridad. Es lo que explica la equidistancia con que en Cataluña se vive el procés y lo que subyace en las movilizaciones de familias enteras que dicen sentirse “atacadas” por un “Estado violento”.

Pero las lamentables imágenes de las cargas policiales son la consecuencia de otro gran fracaso: de la política y colectivo. Desde los oportunistas que se ponen de perfil hasta los que se esconden en las leyes y los que arrastran al vacío a golpe de propaganda. Unos y otros acabamos alimentando el clima de victimismo y humillación que se ha convertido en gasolina de un independentismo cada vez más arraigado. Sin máscaras y sin complejos.

La República Independiente de su Casa

Magdalena Trillo | 1 de octubre de 2017 a las 11:18

Estoy tan cansada, tan saturada del procés catalán, como todos ustedes. Del Junts pel Si y del Junts pel No. De las maniobras tacticistas de los partidos y de sus verdades alternativas. No eludo ninguna responsabilidad ni quiero pecar de ingenua creyéndome en la pista de una tercera vía con salida: no la hay. No ahora y no con los interlocutores de serie b que se han apropiado de los relatos.

No si nos creemos que la “normalidad” es comprar urnas opacas a los chinos para que la gente vote, organizar maratones y fiestas de hermandad en los colegios para mantenerlos abiertos y acosar, aleccionar y hasta cobrar (10 euros) a los periodistas por informar. Parece un chiste. Una mala historia a la que poco contribuye el cachondeo que se ha montado con el barco de Piolín -no falta el Coyote ni el Pato Lucas- que ha atracado en Barcelona en la supuesta logística de refuerzo policial.

Mi verdad es muy simple: dudo. De ellos y de nosotros. Lo blanco y lo negro se desdibuja con la misma cadencia con que se prostituyen las palabras. En unos casos las descafeinamos y en otros las exaltamos sin darnos cuenta de que estamos llevando a nuestra mesa la intransigente ceguera nacionalista de esos grupos de radicales -de izquierdas y de derechas- que siempre son otros.

¿Democracia es votar? Sí y no. Importa el cómo y el para qué. Del 15-M aprendí (y creo que ellos también) que la toma de decisiones asamblearia es una espiral incontrolable que lleva a la inoperancia y al absurdo. Pero ¿no dejar votar es democrático? Aunque hablar de “fascismo” resulta tan excesivo como encontrar tuits de medios extranjeros reavivando el fantasma de una guerra civil, en algún momento alguien deberá explicar por qué, en estas cuatro décadas de sobrevalorada monarquía parlamentaria, Madrid ha preferido mirar para otro lado (el PP ahora y el PSOE por mucho que le pese a Felipe González) mientras en Cataluña desaprendían el español, se adoctrinaba en los colegios y se alimentaba el sentimiento independentista a golpe de tópicos y de interesadas humillaciones.

En el doublethink de Orwell caben todas las contradicciones: la “democracia” que para unos significa independencia y para otros “unidad” y el “diálogo” que para unos tiene que ver con la legitimidad de lograr lo que corresponde por “derecho” y para otros certifica, al margen de fórmulas jurídicas y administrativas, una España de “privilegios” con ciudadanos de primera y de segunda. Si como decía Aristóteles “todo lo que pensamos es la verdad”, es preciso que “todo sea al mismo tiempo verdadero y falso”.

Pocos conflictos como Cataluña evidencian con tanta nitidez la convicción del filósofo griego sobre la naturaleza del ser humano: la mayor parte de los hombres pensamos diferente y, por supuesto, creemos que son los otros quienes están en el error. Pero si la “misma cosa es y no es”, todos “diremos igualmente la verdad”. Aunque sea nuestra verdad.

Lo que los jóvenes de la CUP han conseguido en Cataluña es eliminar el centro, la moderación, dejar a los nacionalistas de la antigua Convergencia en una posición de irrelevancia, fracturar a los partidos constitucionalistas y hacer partícipes a todos a de la vieja teoría de Arzalluz del “árbol y las nueces”. Con o sin garantías, poco importa cuántos voten y qué voten, ha llegado el momento de la sacudida y todo vale lo mismo. Aunque sea para declarar la República Independiente de mi Casa.

Es lo bueno del doblepensar -que se puede ganar y perder a un mismo tiempo- y también lo malo: que no hay ganador posible, que no hay perdedor posible. Las propias palabras, las que elegimos para reafirmar lo que queremos y rechazar lo que nos incomoda, nos encierran en un conflicto sin salida.

Y el coste para escapar parece inasumible porque nos obligaría a salir de nuestra burbuja de confort. Sería como poner la cadena de radio que más te enerva, abrir el periódico que sólo “miente” y poner un ‘me gusta’ al outsider del Facebook. Pero para dar este salto al precipicio, primero habría que empezar a dudar… Y a nadie le gusta ser débil. Ni parecerlo. A nadie le gusta perder. ¿Sólo un millón de votos? ¡También vale!

La batalla de las universidades

Magdalena Trillo | 26 de septiembre de 2017 a las 10:00

El sistema de universidades públicas de Cataluña está “en peligro de extinción”. Es “urgente” aumentar la financiación, reforzar el profesorado e invertir en infraestructuras… El in crescendo del desafío independentista, con la preocupante escalada judicial y policial de los últimos días, ha dejado casi en una anécdota la alerta que el rector de la Universidad de Barcelona lanzó en la apertura del curso pidiendo “derechos, no privilegios”.

Hace años que la reforma del sistema universitario permanece en espera. Con una exigencia compartida para solucionar los problemas de infrafinanciación y contrarrestar la suicida tijera en que se ha traducido la crisis, pero también con la necesidad de mejorar en eficiencia y gobernanza, avanzar en rendimiento académico e investigación y hacer frente a la insistentes críticas de endogamia.

El ex ministro Wert lo intentó cuando levantó a medio país con la controvertida Lomce con menos éxito aún: el informe del comité de expertos, donde se planteaban iniciativas valientes como abrir una segunda vía de contratación estable para profesionales no funcionarios, quedó en el limbo.

Antes del “croissant” del referéndum, el liderazgo y la voz de alerta de las universidades catalanas hubiera servido de palanca para promover un revulsivo a nivel nacional; hoy, toda España mira de reojo a Cataluña temiendo el momento en que decidamos traducir el tsunami emocional a fríos números de calculadora. Porque son “derechos” y sabemos que serán (más) privilegios.

En el último ranking de Shanghái, Barcelona ha consolidado su liderazgo a nivel nacional. Pero por méritos propios y ajenos. Incluso de ese Madrid que tanto les “roba”: en el último lustro, por ejemplo, los centros de investigación de Cataluña han recibido 80 millones de Economía y Ciencia frente a los 3 que han llegado a Andalucía. En un contexto mucho más difícil, Granada ha escalado a la segunda posición adelantando por primera vez a las madrileñas y valencianas.

Talento y excelencia. No es un binomio fácil ni barato. Pero es la verdadera batalla de las universidades públicas. De las andaluzas y de las catalanas. Frente al agresivo empuje de las privadas y frente al competitivo paisaje de la globalización y la digitalización.

El pulso separatista, con el efecto sordina que ha impuesto para cualquier tema que se desmarque del 1-O, se está convirtiendo en un parásito de la vida pública. Pero importa cómo superemos la jornada del domingo tanto como valorar con qué coste. El directo y el colateral; el evidente y el silencioso.

Contra la Granada ceniza

Magdalena Trillo | 24 de septiembre de 2017 a las 10:30

El Metro ya atraviesa Granada de norte a sur… pero ha tardado diez años en ponerse en marcha; llega después de seis meses de anuncios frustrados, va demasiado lento, sólo beneficia a una pequeña parte de la población, ha costado más del doble de lo presupuestado, los transbordos no son gratis… Para colmo de males, no pasa por el centro, ni llega al Albaicín, ni sube a la Alhambra, ni nos lleva al aeropuerto… Será una infraestructura deficitaria que se acabará colando en nuestros bolsillos. ¡Si el propio consejero ha reconocido que “nunca será rentable”!

Esta sería la “Granada ceniza” sobre la que escribía un buen amigo hace unos meses a cuenta de la maldición de las infraestructuras, de los históricos agravios, de los proyectos enquistados y de crisis inesperadas como la sanitaria. A golpe de ironía y de sarcasmo, con ese tono noir que tanto le seduce, no perdonaba ni a los universitarios ni a los turistas como no salvaba al patrimonio y ni siquiera a las tapas…

¿Está en el ADN del granadino? Las redes del delirio pesimista, peligrosamente contagiosas, tienden a asentarse con la misma fortaleza con que alimentamos a diario esa Granada congelada en el tiempo que sólo nos sacudimos cuando nos dan (ocasionales) arrebatos de autoestima y no nos dejamos tentar por la malafollá; por la gasolina de la Granada ceniza que tan bien retrataba Jesús Lens.

El 21 de septiembre de 2017 quedará para la memoria, sí, pero no únicamente porque Granada haya conseguido romper la historia negra de la última década con el estreno del Metro. Sorprendentemente, los ‘peros’ han quedado diluidos por la ilusión y la expectación de poder celebrar algo; de ser noticia nacional sin necesidad de recurrir al capítulo de los sucesos, de la violencia machista y de los tribunales.

Los tranvías no son ninguna solución mágica para la compleja movilidad de la ciudad, menos aún si nos creemos (de verdad) que no hay futuro de espaldas al área metropolitana, pero pueden funcionar de palanca y revulsivo para fijar una hoja de ruta de actuaciones -las inversiones son imprescindibles pero más aún es el pragmatismo y la visión en la toma de decisiones- que nos vaya haciendo la vida un poco más fácil. Que nos despierte del estancamiento y nos haga mirar hacia adelante.

Podríamos soñar, incluso, pensando que la inauguración del Metro no es una anomalía sino un punto de inflexión; una sacudida para ese otro día histórico que también ha de llegar cuando se ponga fin al aislamiento ferroviario y los vagones del AVE lleguen a la Estación de Andaluces. Avanzan las obras, hay presupuesto, se mantiene la presión política, sigue intacto el pulso social… Con permiso de los conejos, que están demostrando tener tanta hambre de AVE como los granadinos, el Gobierno trabaja con el horizonte de terminar el proyecto en diciembre y lanzar la explotación comercial en primavera.

Que ya estemos discutiendo la segunda fase del soterramiento -analizando la viabilidad de los diferentes proyectos que se han puesto sobre la mesa, buscando financiación dentro de los programas europeo y fijando escenarios de ejecución- al menos debería sacarnos de la rutina informativa de los calendarios incumplidos y dejarnos levantar la mirada del retrovisor.

Puede que hasta Federico esté ya en su ciudad cuando paguen el billete los primeros viajeros del AVE. Debería ser un hecho en un plazo de tres meses, y no un deseo, si nos atenemos al decisivo avance que se ha producido esta semana aprobando la liquidación de la encomienda de gestión, dando por válida la justificación de los gastos de la Fundación Lorca y acordando volver a dar “voz” a la familia en el futuro ente que coordine la llegada del legado y la gestión del centro de La Romanilla.

¿Demasiado optimismo? Si las malas noticias atraen malas noticias -y a las hemerotecas me remito-, por qué no creer que las buenas noticias puedan (por una vez) llegar en cascada… Pero esto va contra la Granada ceniza. Y yo todavía no sé si nos persigue o la buscamos.

La abuela del 1-O

Magdalena Trillo | 19 de septiembre de 2017 a las 9:31

¿El pueblo frente a la Guardia Civil?

La imagen más icónica sobre el sinsentido de la deriva secesionista, una abuela con los brazos cruzados esperando paciente a que un guardia civil la deje pasar, puede engrosar ya el largo listado de fotos famosas que han sido manipuladas a lo largo de la historia.

El conocido retrato de Abraham Lincoln de 1860, irradiando carisma, firmeza y liderazgo, fue un preparado montaje con su cabeza y el cuerpo del político sureño John Calhoun; paradójicamente un partidario de la esclavitud. En la fotografía de Mussolini de 1942, con la espada en alto sobre un bravío caballo, el propio dictador italiano ordenó que borraran a la persona que sujetaba las riendas para dar más sensación de heroicidad. En 1971, cuando el canciller alemán Willy Brandt se reunió con Brézhnev corrían las cervezas y los cigarros; la prensa soviética eliminó todo indicio de distracción…

Lo que en la era analógica estaba reservado a grandes causas, restringido a quienes manejaban el poder, con el Photoshop y el mundo digital lo hemos democratizado. Y banalizado. Nadie se extraña ya de las continuas polémicas por los retoques de modelos, artistas y famosas y ni siquiera de algunos casos de rebelión -como hizo la actriz Inma Cuesta- cuando ni siquiera se reconocen.

Ha cambiado lo burdo o sofisticado del engaño y la rapidez de la alerta: antes podían sobrevivir décadas; hoy saltan las correcciones en segundos como balas iracundas.

Pero cuando la manipulación se esconde en el contexto, en lo subjetivo de la interpretación, es mucho más escurridiza. Pienso, por ejemplo, en el mítico beso del marinero a la enfermera que se convirtió en icono del fin de la II Guerra Mundial. Todavía hay disputas sobre la identidad de los protagonistas y hasta se le ha dado la vuelta a su simbolismo por cuanto podría implicar de acoso sexual.

La abuela del 1-O no es catalana ni fue testigo de cómo la Guardia Civil registraba el semanario El Vallenc buscando las papeletas del referéndum. No representa al oprimido pueblo catalán clamando por su libertad, su derecho a decidir, frente al autoritarismo de Madrid. La tomó en 2012 un periodista de Última hora en la controvertida toma de posesión de José Ramón Bauzá como presidente balear. Es una esquina de un pueblo de Mallorca. La señora fue a ver a una amiga. Se encontró el despliegue policial y decidió esperar, más de media hora, para no dar la vuelta.

Sus familiares se han quejado del uso político que se ha hecho de la imagen. ¿Importa? La abuela del 1-O forma parte ya del relato del independentismo. Nada tiene que ver la verdad; ni la responsabilidad; ni los derechos de otros; sólo lo que se quiere contar.

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?

Antes de hablar, rebobina

Magdalena Trillo | 12 de septiembre de 2017 a las 10:34

Su “burrada” en las redes sociales le ha costado el trabajo, está “hundida” y hasta dice sentir “miedo” cuando va por la calle. Todo, producto de un “calentón”: nada más terminar un debate televisivo, entró en Facebook, llamó “perra asquerosa” a Inés Arrimadas y le deseó que la “violaran en grupo”. En cuestión de horas pasó de linchadora a linchada. Ajusticiamiento social y despido ejemplarizante.

El mensaje que Rosa María Miras escribió contra la diputada de Ciudadanos fue una auténtica “salvajada” -así lo describe ella misma confesando que está “avergonzada“- pero el efecto boomerang de sus insultos no ha sido menos desmedido. Por encima de los excesos de unos y otros, tal vez estemos ante una señal de que lo que es (debería ser) la “inteligencia colectiva”.

El caso Arrimadas ha vuelto a poner el foco sobre el viejo debate de los límites de la libertad de expresión -en un espacio tan líquido como las redes sociales en el que se navega de forma inconsciente y se confunde lo público y lo privado-, sobre la asignatura pendiente de acotar jurídicamente el delito de incitación al odio en la red -por cuanto se amplifica el daño a la víctima- y, de forma colateral, sobre la frágil situación en que se encuentran los trabajadores frente a las empresas como consecuencia de nuestro peligroso exhibicionismo.

Por el ingenuo uso que hacemos de las redes sociales y por la sensación de protección e impunidad que implica el falso anonimato. Porque lo que hacemos, lo que decimos, aun en momentos extremos, tiene consecuencias. No sólo legales, sociales y, como acabamos de ver con la empleada de Badalona, laborales. También vende. Para quienes “azuzan la jauría” desde los medios y para los propios náufragos del escurridizo ciberespacio que consiguen mejorar su posicionamiento, ganar seguidores y ensanchar sus círculos de influencia.

El linchamiento público siempre fue popular y rentable. El de toda la vida y el que nos facilita el móvil. Tanto como la tentación de pontificar y de dar lecciones. Aunque para ninguno de los dos desenfrenos hay una receta mágica ni una única respuesta, no es en el derrotismo donde deberíamos situarnos. Unos estudiantes de Madrid han ganado un concurso europeo desarrollando un nuevo emoticono para combatir el acoso, el odio y la intolerancia en las redes: rewind, antes de hablar rebobina. Es una pequeña, tal vez insignificante aportación, pero Rosa María Miras, por ejemplo, hoy tendría trabajo…

Y cuando llegue el legado de Lorca, ¿qué?

Magdalena Trillo | 10 de septiembre de 2017 a las 10:56

A una cuadra de las exclusivas torres de apartamentos que puntean el malecón uruguayo, en una de las zonas más cotizadas de Montevideo, se eleva un decadente edificio blanco que lleva una década aguardando el derribo. Es el hermano gemelo del Centro Lorca de Granada. Por lo que quiere ser y por lo que ya ha sido. Por lo que acumula de expectativas frustradas y tropiezos y por la incertidumbre que lo rodea. Es uno de los temas de conversación en los ambientes culturales del país de Mujica (aunque ahora gobierne Tabaré): si algún día se ejecutarán las obras prometidas y se llegará a inaugurar. En la web oficial de su Gobierno aún hoy se publicita el “Espacio Cultural García Lorca“: una propuesta “única en su género”; un centro “sin afán de lucro pero económicamente viable”. Periodo 2005-2010. Estado: en ejecución. Departamento responsable: Cultura. Monto: 350.000 euros.

 

El problema allí es muy sencillo. Al menos es solo uno: no hay dinero. Pese a la implicación de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo, el Banco de la República y hasta el Santander, se trata de una iniciativa impulsada por la propia gente del teatro -la idea es construir un gran espacio cultural con proyección internacional- que se mueve entre el compromiso de unos y la generosidad de otros. Hasta Paco de Lucía atravesó el Atlántico en 2013 para dar un concierto benéfico y contribuir a la financiación. Un año más tarde, el actor y futuro director del Centro, Ricardo Beiro, reconocía en una entrevista a un diario local -a su periódico El País, que tiene casi un siglo de historia y está en las antípodas del nuestro- que su gran objetivo era que, al menos, estuviera terminado en 2014… Tres años después nada se ha avanzado y advierten que, aunque se construya el edificio, no hay fondos ni para equipamientos ni para programación.

centro lorca3

Con diez mil kilómetros de distancia, la historia en torno a Federico se repite: contratiempos, dificultades y mala suerte. Como le ocurrió en vida y como le persigue tras su muerte. El hispanista Ian Gibson lo dice casi con resignación en el magnífico documental Lunas de Nueva York que estos meses recomienda Iberia a sus pasajeros. De la mano de poetas, estudiosos y artistas actuales, con la participación de su sobrina Laura García-Lorca y de expertos como Christopher Maurer, Antonio Muñoz Molina, Luis Antonio de Villena o el fallecido Alfonso Alcalá, se rememora el impacto que tuvo en el poeta la gran metrópoli americana, su estancia en la Universidad de Columbia y sus interminables veladas en los clubes de jazz de Harlem. Era el año de Poeta en Nueva York. Aquel 1929 de la Gran Depresión en el que el escritor granadino llegaría a ser testigo de suicidios desde los inhumanos rascacielos de Manhattan.

Gibson insiste en la necesidad de encontrar sus restos y se suma a la frustración generalizada que se ha instalado en torno al centro que debía reconciliar a Granada con su autor más universal. Las vicisitudes del Centro Lorca de Montevideo serían casi una anécdota si aquí, en su ciudad, no continuáramos agrandando la leyenda con capítulos de estafas e infortunios que rozan lo novelesco.

Hoy, viendo el enigmático rostro de Lorca entre sombras en el mítico Café Tortoni de Buenos Aires -aquel retrato que en 2008 llevó Martínez Caler siendo presidente de la Diputación para conmemorar el 75 aniversario de su viaje a Argentina-, recorriendo los lugares lorquianos que siguen siendo testigos hoy del deslumbramiento de Federico por Nueva York, Cuba o América Latina, resulta casi un desafío desprender al personaje de su destino. No si queremos entender al hombre; no si queremos penetrar en su obra.

Puede que la miopía granadina no nos permita darnos cuenta de lo relativo que probablemente acabe siendo el “escándalo” que estos meses rodea la puesta en marcha del centro y la llegada del legado. Siempre es una cuestión de perspectiva; de elección del punto de vista. Lo urgente, sin duda, es aclarar la gestión de los fondos públicos, resolver el expediente económico y exigir todas las responsabilidades que corresponda por el fraude que cometió el anterior secretario de la Fundación Lorca -Juan Tomás Martín- durante la construcción del centro. ¿Y después?

Las administraciones tienen el deber de garantizar el buen uso de los fondos públicos -sin atajos-, llegar a un acuerdo para resituar a la Fundación en el futuro Centro Lorca y agilizar al máximo la llegada del legado. Pero también fijar la hoja de ruta para el día siguiente. El Centro Lorca debe convertirse en el foco cultural de prestigio y proyección internacional que exige su figura y su creación literaria. Hacia fuera y hacia dentro. Con una programación de primer nivel que justifique toda la inversión que se ha realizado hasta ahora y con una actividad de puertas abiertas hacia la ciudad que lo acerque a todos los públicos; a su público. Tiene que haber un presupuesto suficiente para garantizar la conservación del legado y unos criterios claros y exigentes de gestión. Estás deberían ser las líneas rojas del Centro Lorca. Por encima de nombres y de fotos. De la negociación actual y de las que habrá que librar.

De hecho, por encima del ruido mediático, es la filosofía de trabajo que José Guirao está imponiendo desde que hace un año -con absoluta discreción- asumió el polémico puesto de secretario. Ahora hay sintonía entre todas las instituciones, un objetivo compartido y unos principios mínimos de lealtad. El expediente económico no está resuelto, pero se cerrará y será entonces cuando tengamos que preguntarnos si a alguien se le ocurrió pensar que detrás de las hojas había un bosque.

Escribir hoy del Centro Lorca, justo cuando el golpe de estado catalán incendia portadas y redes sociales en toda España, justo cuando Granada afronta un durísimo inicio de curso con la incertidumbre del Metro y el bloqueo del AVE, puede que no cumpla los preceptos clásicos de lo periodístico. No hay percha de actualidad: las negociaciones están en un momento de impasse a la espera que se reúna el Consorcio y oficialmente se dé respuesta a todo el material aportado por la Fundación.

Creo, sin embargo, que es justamente ese distanciamientos lo que necesita el tema lorquiano. La incorporación de Guirao como secretario supone, sin duda, un aval por su experiencia como gestor cultural, por su serenidad y por la solvencia de sus criterios. En el Ayuntamiento de Granada ya no hay amenazas para ir a los tribunales sino colaboración. Nueva etapa y nuevos interlocutores. Demos un margen de confianza. Para el día D en que ha de llegar el legado y para los de después.

Los ‘stilettos’

Magdalena Trillo | 5 de septiembre de 2017 a las 10:30

Hace veinte años, los stilettos de Lady Di no eran noticia. Ni los poderosos tabloides británicos se atrevieron a sobrepasar la línea del buen gusto poniendo el foco, por ejemplo, en la chocante imagen de una Madre de Calcuta con sandalias y calcetines junto a una correctísima dama de Gales de blanco angelical. Sí importaba si la princesa estaba triste, su desdicha matrimonial y sus romances.

Antes, el impacto de las equivocaciones se medía, y las campañas de acoso y derribo, también; hoy somos todos jueces y paparazzi y decidimos lo importante y lo anecdótico a golpe de clic.

Lo fácil ahora con Melania Trump y su elección de taconazos para visitar la zonas afectadas por el huracán Harvey sería sumarnos a la campaña inquisidora de las redes sociales -mira qué zapatos lleva y sabrás quién es- o tirar del argumentario feminista para contrarrestar las críticas por su “frivolidad” alegando que todo se exagera porque es mujer… Las dos opciones nos libran de la lectura más dura de esta falsa polémica: nuestra hipocresía como sociedad. ¿Preferimos la fotografía preparada de las zapatillas de marca, la camisa blanca y el pelo recogido a la de una ex modelo con stilettos y gafas de aviador a lo Top gun?

Los norteamericanos fueron a votar y eligieron lo que quisieron; con o sin fake news. La era de la posverdad no es menos peligrosa que la era del postureo y la apariencia. Lady Di fue un palmo más baja que el príncipe Carlos porque así lo quiso la familia real británica. Sólo medía un pulgada menos pero ha quedado retratada para la historia sometida, por debajo del eterno aspirante al trono de Buckingham Palace. Los actuales inquilinos de la Casa Blanca son ricos, poderosos y ajenos a las miserias de la gente. Está por ver si tan maquiavélicos como en House of cards, pero no deberíamos sorprendernos de que vivan bien y jueguen al golf.

El trucaje de fotos para que Lady Di siempre apareciera por debajo de Carlos es machismo, sin paliativos; la polémica de los stilettos forma parte de la sociedad espectáculo en que participamos todos. Con la cuarta pantalla, hemos dinamitado las reglas del juego de lo público y lo privado; de lo relevante y lo insignificante. Se ha quebrado el pacto de confianza entre gobernantes y gobernados -unamos a la corrupción la ausencia de liderazgo y la mediocridad- y entre informantes e informados -da igual si llegamos al quiosco como prensa seria o en papel couché-. Ahora nos armamos con un smartphone y nos subimos al escenario desde una cómoda butaca. Melania es Melania con y sin tacones; ¿es mejor con unos tenis pijos?