En las trincheras de la igualdad

Magdalena Trillo | 16 de marzo de 2013 a las 14:34

Al actor Toni Cantó, diputado y portavoz de UPyD en la Comisión de Igualdad, su frívola actividad en Twitter le puede costar el puesto. Debería. Su partido cierra filas pero cada vez son más las voces que consideran inadmisible que un representante público ponga en cuestión décadas de lucha y unidad contra la violencia de género con informaciones manipuladas y erróneas: que “la mayoría de las denuncias son falsas”, “que los fiscales no las persiguen”, que Europa paga 3.200 euros por cada denuncia o que el 70% de los hombres que se suicidan están en proceso de separación.

Su primera respuesta tras incendiar las redes sociales y recibir un aplastante desmentido oficial fue rectificar matando al mensajero: a la fuente, la federación de afectados por las leyes de género, por darle mal los datos; y al canal porque es “muy difícil” expresarse en 140 caracteres. Su segunda reacción ha sido ponerse la careta de víctima: acude a un programa de televisión para lamentar que “el hombre está en desigualdad” y que “no tiene ni siquiera la presunción de inocencia”. “Alguna vez habrá que hablar de esto sin que a uno lo crucifiquen”.

Pero el problema de Toni Cantó, con una carrera política que está construyendo a golpe de excentricidades y salidas de tono, es que ha invalidado con su torpeza y arrogancia la posibilidad de abordar un problema que es real: que hay quienes se aprovechan de la presión mediática y la creciente concienciación ciudadana contra el machismo para sacar partido. Aunque el número sea ínfimo, existen casos de falsas víctimas de maltrato que ponen denuncias contra su agresor para beneficiarse de los privilegios asistenciales que se recogen en la Ley contra la Violencia de Género, para acelerar –y condicionar– un proceso de separación o de divorcio o, incluso, como moneda de cambio para conseguir ventajas en el conflicto matrimonial. Conocerán más de un caso.

Todas las leyes tienen disfunciones y siempre habrá alguien dispuesto a pervertirlas de forma egoísta y ruin. Desde el juego sucio en un conflicto de pareja hasta el fraude y el delito. A finales de año, la Guardia Civil desarticuló en Almería una red que presentaba denuncias por violencia de género para cobrar ayudas. Contactaba con marroquíes para simular ser pareja o agresor de la mujer y les pagaba entre 2.000 y 4.000 euros por interpretar su papel de maltratador. La red les prometía que, cuando la mujer lograra la residencia legal, retiraría la denuncia y la causa se archivaría. En un mes, las falsas víctimas conseguían los papeles y una ayuda de 400 euros.

Es un caso aberrante y excepcional, pero ahí está. Aunque ni políticamente ni mediáticamente ni socialmente podamos hablar del tema. Confieso que me gustaría poder discutir con cierta serenidad –sin que se nos acuse de desagradecidas– sobre los efectos perversos de la política de cuotas: ¿cuántas mujeres están ocupando puestos sin preparación ni capacidad? Tendríamos que preguntarnos por qué igualdad estamos luchando cuando la discriminación positiva de género hace que un hombre que maltrata a su pareja reciba más castigo penal que a la inversa. Deberíamos reflexionar por la escasa efectividad que está teniendo la Ley Zapatero. Porque la frialdad de las estadísticas, por mucho margen de error que contengan, son dramáticas.

La realidad es que, mientras unas mentirosas se aprovechan, hay adolescentes que viven aterrorizadas por sus novios, chicas que siguen callando cuando sus parejas las golpean y mujeres que acaban encontrando la muerte sin haber sido capaces de pedir ayuda. La realidad es que, mientras hay hombres –no sé si muchos o pocos– que sufren las injustas consecuencias de la discriminación positiva, convivimos con violadores y asesinos.

El diputado de UPyD, con sus datos falsos, su vacuo victimismo y sus arrebatos de salvador, ha perdido la oportunidad de abrir un debate serio en el Congreso y, más importante aún, en los medios y en la sociedad. He seguido en los últimos días las reacciones a sus palabras y no sé si aterrarme más con la crucifixión y el linchamiento de unos o la inquisición de otros; de quienes siempre están al acecho para atacar al “virus feminista”. No hay debate; hay revancha, odio, resentimiento. Si los comentarios que hay en las redes son reflejo de nuestra sociedad, sólo puedo concluir que estamos enfermos y que no estamos preparados para desmontar los tabús con que hemos construido esta ficción de igualdad. No desde las trincheras.

La cabra (casi) siempre tira al monte

Magdalena Trillo | 3 de marzo de 2013 a las 11:34

La apuesta era de tiempo, no de hechos: cuánto tardaría Montes Neiro en volver a prisión. Quienes hace un año dudaban de la fortaleza del ‘preso común más antiguo de España’ para mantener su libertad (casi) ven cumplida su profecía esta semana. Nos enterábamos por un tuit de la Policía: “Detenido un indultado tras 30 años de cárcel en operación contra atracadores de un centro comercial en Marbella. Robaron más de 4 millones en joyas”. Un botín de cientos de alhajas de gran valor que han terminado apareciendo en un cortijo de Santa Fe.

 “Vivir, vivir, vivir”. Con un largo historial de delitos de poca monta, condenas y fugas que se remontan a 1966, Miguel salió de la cárcel el 15 de febrero de 2012 tras varios meses de desesperación por el lío burocrático que supuso la aplicación del indulto del Gobierno. Sus hermanas, sus dos hijas y medio centenar de periodistas disparando flashes lo esperaban al otro lado de los barrotes. Se confesó atragantado. “Flipando”. Recordarán la imagen. Pelo blanco, bigote espeso, algún kilo de más y unas gafas de ‘bueno’ con las que dulcificar esa rebelde cara de pillo que hacía cuatro décadas lo dejaba a la sombra. Con los brazos en cruz atrapando el viento, no dejó de correr hasta que perdió de vista la prisión. “No soy una alimaña, no soy un bicho”, espetó entonces. No se arrepintió de nada, “para qué, si no sirve de nada”, pero sí hizo una proclama: no dejarse encarcelar nunca más.

Difícil, reconozcámoslo, si damos por bueno el refrán que siempre ha manejado la Policía: la cabra (siempre) tira al monte. Aún más difícil para un “ceramista autodidacta” si tienes que malvivir “con los cuatrocientos y pico euros del paro”, debes el alquiler y la luz, tienes vacía la nevera y no tienes dinero ni para tabaco. El viernes por la noche el juez lo puso en libertad por el asalto a la joyería de Puerto Banús. Pero “con cargos” por, presuntamente, colaborar con la banda de ladrones que perpetró el robo. De momento, el preso granadino sólo deberá comparecer en el juzgado los días 1 y 15 de cada mes. Es (casi) inocente.

No hace ni un par de semanas que presentó un libro autobiográfico con su “vida en prisión” -lo firma el periodista Antonio Izquierdo- y ya tiene material para una segunda parte. Confieso que empecé a escribir este artículo absolutamente indignada y engañada. Me había creído al Montes Neiro que entrevistamos a finales de enero con motivo de su primer aniversario en libertad y nos contaba cómo recurría a Cáritas y a su “ángel particular”, la popular presentadora del programa Tiene arreglo de Canal Sur, para salir adelante; que estaba en una asociación de parados y en otra solidaria y que se movilizaba siempre que podía contra los desahucios. Un ciudadano (casi) ejemplar. ¡Ilusa!

Cuando le dimos la foto de portada posando feliz en la ventana de su casa de Mijas, con su jersey a rayas y esa cara de no haber roto un plato en su vida, hacía más de tres meses que había “ayudado a unos amigos” -así se excusó ante el juez- en el robo de Marbella. Hoy, todavía no sé si verlo como un ‘bandido’ a lo Robin Hood, un delincuente, un estafador de conciencias o un cínico. Su ‘historia’ no ha terminado -la Policía tiene grabaciones que lo comprometen y que podrían suponer su condena y su ingreso en prisión-, pero lo cierto es que me alegro de que no haya tenido que hacer el paseíllo a Albolote el mismo día que Urdangarin desfilaba por segunda vez por los treinta metros de la rampa trasera de los juzgados de Palma para declarar por el caso Nóos. Ni que tenga que ‘competir’ por un espacio en los medios mañana lunes cuando el extesorero del PP Luis Bárcenas comparezca en la Audiencia para explicar sus cuentas en Suiza.

Montes Neiro no es ningún ciudadano ejemplar, y mucho menos un héroe, pero hay tanto ladrón de guante blanco que jamás pisa la cárcel, tantos “bandidos” con esmoquin que viven del cuento y tantos mentirosos compulsivos aferrados a un sillón que queremos creerlo a él para creer en nosotros mismos. La terrible condición humana. Porque el tema de este artículo no es Montes Neiro; somos usted y yo. Contra nuestros miedos y nuestros errores. Asumiendo que, mañana, siempre habrá alguien dispuesto a apelar al “deber” -poco importa si es “con los amigos” o es con el país- para incumplir su palabra o su programa. Sabiendo que la cabra (casi) siempre tira al monte. El margen del ‘casi’ es muy pequeño pero nos hace falta para evitar el naufragio. No el económico; el verdaderamente importante: el del ánimo.

El (otro) IPC

Magdalena Trillo | 17 de febrero de 2013 a las 11:01

Lleva razón el ministro Montoro: cualquiera que -como él- esté un poco “viajado” sabe que la corrupción no es un mal exclusivo de España. Ni siquiera destacamos. Nos movemos en la mediocridad. La hermética Corea del Norte, con sus suicidas pruebas nucleares, y la fallida Somalia del hambre, ese pequeño país africano en el que los ‘drones’ no dejan de “salvar vidas”, lideran el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) que elabora Transparencia Internacional. En el extremo contrario, en el del buen gobierno, Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda comparten el primer puesto seguidos de nuestros vecinos de siempre (Alemania, Francia…) y exóticos competidores del estilo Barbados, Qatar y Emiratos Árabes.

Lo curioso es que, de momento, ni la novela de espías por entregas con que Cataluña nos está liberando de la espiral soberanista ni las revelaciones-rectificaciones con que el PP nos sigue sorprendiendo desde que se destaparon los papeles “apócrifos” de Bárcenas nos han hecho perder posiciones. Al contrario; con la crisis hemos mejorado unas décimas. La incógnita es qué pasará cuando se configure el mapa de la corrupción de 2013. Porque, si hace un par de meses la economía española se repartía con Botsuana el puesto número 30 en un ranking de 176 países, tal vez sean suficientes unas semanas de titulares a cinco columnas para bajar a las cloacas de la Italia del Berlusconi que sigue empeñado en convencernos -incluidos los jueces- de que el soborno no es delito.

Pienso en la imputación de la Infanta Cristina, que deberá llegar cuando caiga el último cortafuegos del secretario del Rey, pienso en la dimisión en dos tiempos que ya ha emprendido el vicepresidente de la patronal con sus tejemanejes ‘en negro’ y pienso, más allá de los Gürtel, Pokemon y Campeón, en las corruptelas de andar por casa que se están aireando bajo las alfombras decimonónicas de tantos ayuntamientos.

En Andalucía, la encuesta de invierno del del Centro de Análisis Político de la UGR (Capdea) revela que sólo se salvan del descrédito institucional las universidades y el Defensor del Pueblo. Si hubiera elecciones, el nivel de abstención sería el más alto de la historia; política y corrupción se sitúan ya como el tercer y cuatro problema de la comunidad y ocho de cada diez andaluces reconocen ya que tienen “poca o ninguna confianza” en el funcionamiento de la democracia. Entre las aplastantes – pero previsibles- conclusiones, llama la atención que, justo ahora que el Gobierno ha decidido vaciar de poder a los pueblos y reforzar el papel de las Diputaciones, sean las instituciones peor valoradas.

El problema de las duplicidades y de las “competencias impropias” es una batalla histórica de los alcaldes, pero la reforma que está diseñando el Gobierno -sin consenso- se mueve más en el “ataque al municipalismo” que ha denunciado la oposición que en el logro de la eficiencia que preconiza el Ejecutivo de Rajoy. No se suprimen ayuntamientos pero se dejarán morir por asfixia. No se eliminan concejales pero el 82%, más de 55.000 en toda España, trabajarán sin cobrar.

Puede que Hacienda logre ahorrar en tres años los 7.628 millones que se propone, pero la cuestión es a qué precio y con qué consecuencias. Sobresueldos, cohecho, tráfico de influencias… De la política por vocación no se come. Si el IPC es un lastre para salir de la crisis, el de los precios y el de la corrupción, más lo es la ineptitud de quienes han de situarse al frente de las instituciones. ¿Vamos a convertir la política en el refugio de los ‘sin oficio ni beneficio’?

Corrupción vs. transparencia. Pero sin distraernos con la carrera por el desnudo integral y el striptease en que se han enfrascado los grandes partidos. Sólo servirá este ‘y yo más’ si realmente se abordan los problemas de fondo. Y no hace falta crear una comisión ni recurrir a un grupo de expertos para poner en marcha lo que, sin coste alguno, ya nos recomienda Transparencia Internacional en su web: regulación más fuerte de la financiación de los partidos y más recursos para los mecanismos de control; modificar el sistema electoral eliminando las listas cerradas; estimular la democracia interna dentro de las formaciones políticas con primarias abiertas a los ciudadanos; despolitizar el poder judicial; mejorar el acceso a la información de las instituciones; aprobar una ley para proteger a los denunciantes, tanto del sector público como privado…

Reconozco que en este último punto no había reparado hasta saber que los centros de flores de los restaurantes también ocultan micrófonos en la vida real. No sólo estamos desmantelando nuestro Estado de derechos; también estamos poniendo en peligro nuestras libertades.

El reloj del político

Magdalena Trillo | 16 de febrero de 2013 a las 13:01

“No tengo que decirles que las cosas van mal. Todos lo saben. Es una depresión. La gente está sin trabajo o con miedo a perderlo. La gente no sabe qué hacer y no se ve el final. Es una locura. Poco a poco el mundo en que vivimos se empequeñece y todo lo que decimos es: ‘Por favor. Al menos déjennos en paz. No diré nada. Sólo déjennos en paz”.

Hace cuatro décadas que Howard Beale, un mediocre presentador de televisión en el final de su carrera, cambió su puesto de periodista por el de irascible predicador y logró aguantar unas semanas en antena espoleando las conciencias de los espectadores. Profecías, chismes, populismo. Evitó el despido cuando anunció que iba a suicidarse delante de las cámaras y la audiencia se disparó. Puro morbo. Pura desesperación.

Llevo toda la semana dándole vueltas al ‘evangelio’ sobre el capitalismo salvaje y el mundo deshumanizado de Beale y sólo me falta abrir la ventana y gritar su ‘credo’: “¡Estoy más que harta y no quiero seguir soportándolo!”. En la película de Sidney Lumet funciona. Millones de personas se levantan del sofá para vocear su hartazgo; millones de estadounidenses cabreados escriben a la Casa Blanca para dar una bofetada al sistema. Network tiene un planteamiento tan disparatado, cínico y ridículamente macabro que termina siendo creíble.

Con Peter Finch y Faye Dunaway en los papeles protagonistas, el guion de Paddy Chayefsky parte de la historia real de una periodista de Ohio que en 1976 se quitó la vida en directo para hacer una feroz crítica al mundo implacable de la televisión. Una reflexión sobre la condición humana, sobre algo tan viejo, tan actual y tan contradictorio como son las grandezas y las bajezas del hombre.

El circo de Howard Beale, con la furia de sus mensajes torpedeando miles de almas aborregadas, me asalta cada vez que enciendo el televisor. Bárcenas es uno más. Lo pienso mientras leo una reseña sobre el montaje que la actriz francesa Isabelle Huppert acaba de estrenar en Bruselas mientras nuestros gobiernos dan otra vuelta de tuerca a la austeridad. La obra de Raphaël Enthoven recupera las Justine y Juliette del marqués de Sade a modo de tratado sobre el vicio y la virtud en tiempos de crisis: el mundo libertino campa a sus anchas entre sobres y maletines como lo ha hecho a lo largo de la historia. La teoría darwiniana del más fuerte; explotadores y explotados; corruptores y corruptos. El precipicio de la codicia.

Beale termina siendo víctima del depravado espectáculo que él mismo alimenta. La lección de Justine del infame Sade es igual de descorazonadora: vivimos en una sociedad que alienta los vicios y castiga la virtud. ¿Usted no tiene dinero negro que blanquear? ¿Nunca ha recibido un sobre? ¿No aprovechó el boom del ladrillo para comprarse un ático en Marbella? ¿Ninguna red corrupta le costeó los globos y el confeti del cumpleaños de su hijo? ¿No tiene una cuenta en Suiza? ¿Ni un palacio en el centro de Barcelona? ¡Qué ha estado haciendo todo este tiempo!

Mi última obsesión es espiar. Averiguar lo caro que es el reloj del político de turno. No lo puedo evitar desde que le leí a un compañero decir que es la prueba de que está “hasta el cuello”; la huella del ‘pelotazo’. No es científico, pero es un divertimento tremendamente revelador. Y peligroso. Por la ira que destilas y por lo tentador que es transformar ese ‘que se vayan todos’ por un ‘¡todos a la hoguera!’ Porque… ¿Y luego? ¿Rubalcaba por Rajoy? ¿Fabricamos un caudillo a la medida? ¿Adoptamos un Monti a la española?

No me convence la lectura maniqueísta de la corrupción; tampoco la absolutista. No veo Justines y Juliettes en estado puro por el mundo; veo a un sinfín de Jekyll y Hyde. No creo que los finlandeses sean honrados por naturaleza y los latinos seamos unos golfos. Tendrá que ver la condición humana, la cultura, la educación –¿quién no ha pagado una chapuza sin IVA?–, pero es también un asunto de poder; poder en el sentido de oportunidad, de posibilidad, de permisividad.

Tenemos que endurecer las leyes, pero no sin antes cumplir las que hay. Es urgente regenerar la vida pública, pero no inventado falsos héroes y villanos. Tenemos que expulsar de una vez a los corruptos, pero no con una justicia paralela nacida de la furia y la indignación. Podemos asomarnos a la ventana y bramar que estamos “más que hartos”, pero no sigamos consintiendo y aplaudiendo al listo del tercero. No sigamos mirando para otro lado mientras los relojes circulan por nuestros pueblos. Mientras consagramos un templo al vicio y a la corrupción en el corazón del país.

Un acto de fe

Magdalena Trillo | 3 de febrero de 2013 a las 10:03

Esta semana he recordado por qué hace veinte años quise ser periodista: se pueden cambiar las cosas. La verdad no es absoluta, pero tampoco lo es la impunidad. No estamos adocenados ni dormidos. Ni nosotros ni los ciudadanos ante los que tenemos la obligación de responder; esa calle que nos vigila en las redes sociales compartiendo -no supliendo ni usurpando- el papel de ‘voz de los sin voz’ que tradicionalmente hemos desempeñado. La salud de la democracia, de nuestro sistema de libertades, se sigue calibrando en los medios de comunicación. También su decadencia y su decrepitud; también las vanidades, irresponsabilidades e incluso fragilidad con que a veces participamos en este perverso juego de control, presiones, poder y contrapoder. Pero la grandeza de este sistema es, precisamente, que cada actor esté a la altura de su papel. Con sus errores y sus aciertos. Hay que gobernar para salir de la crisis, pero también hay que hacer oposición e informar con absoluta independencia.

El estallido social que se temía con la sangría del paro se está desatando por la corrupción. Los papeles de Bárcenas no son una causa general contra el PP ni las protestas en las sedes del partido son un acoso antidemocrático. No es conspiración y no es persecución. Son dudas legítimas sobre la gestión de un partido político y sobre la “honorabilidad” de unas personas que están en el Gobierno. No es un movimiento para desestabilizar el país. Es la esencia misma de la democracia. Son derechos, libertades y obligaciones constitucionales.

Aunque algunos quieran pensar que la prensa es como el carnicero, que “mata por la noche para comer al día siguiente lo que ha matado”. Lo decía Balzac hace más de un siglo y muchos lo estarán pensando estos días: “El periodismo es una fuerza ciega, sorda, perversa, rebelde, sin moralidad, sin tradición, sin objetivos concretos y dignos”. Pero es, y así lo reconocía el infatigable novelista francés, “la fuerza que lo mueve todo, la única que tiene el poder suficiente para derribar”.

Dolores de Cospedal lo vivió el jueves cuando tuvo que salir ante los medios a ‘sujetar las velas’ de todo el partido. Se inmoló políticamente. Su discurso, milimétricamente planificado, se quebró con las primeras preguntas de los periodistas. Pese a la pretendida contundencia de sus palabras y el redundante “limpio, claro y transparente” que aplicó a las cuentas del PP, suscitó más inquietud que certezas. La negativa tajante de veracidad a los apuntes contables publicados por El País, una supuesta Caja B de financiación, se convirtió en parcial y terminó provocando una tremenda ola de indignación (#quesevayantodos, #Rajoydimisión, #volvemos1f) que apenas tardaría unas horas en convertirse en caceroladas con gigantescos sobres a modo de pancarta por todo el país. Granada no fue una excepción.

En los tribunales, el proceso avanza implacable. La justicia está cumpliendo su papel sin miramientos ni excepciones difícilmente justificables en un Estado de Derecho. En paralelo a la instrucción del caso Bárcenas y el caso Gürtel, el Fiscal General ha considerado que “hay indicios” para investigar y que está dispuesto a llamar al propio presidente del Gobierno si es necesario. Anticorrupción acaba de anunciar que citará a los ex tesoreros Bárcenas y Lapuerta y al ex diputado Jorge Trías para esclarecer el presunto pago de sobresueldos a la cúpula del PP. Si es dinero negro y hay fraude, lo dictamirá un juez; si todo es ‘limpio’ y legal, también.

Políticamente, el escenario se tambalea. El “caiga quien caiga” inicial se ha convertido en un cierre de filas. Hace cuatro años Rajoy dijo que no había una trama de corrupción “en el PP” sino “contra el PP” y puso la mano en el fuego por el ex senador. Se quemó. Ayer, tras la reunión de urgencia del comité ejecutivo, evitó mencionar su nombre, se demarcó de la cuenta en Suiza de los 22 millones e insistió en la teoría de la conspiración. Habló de “papeles apócrifos” y de “manipulación”. “Es falso”, enfatizó en varias ocasiones tajante, seco, enfadado. “Son infamias que ahora se disfrazan de presuntas, que dan pie a toda clase de infundios e inflaman el fariseísmo más descarado”.

Pero lo que nos pidió el presidente del Gobierno fue un acto de fe. No tiene crédito suficiente para ello. Las palabras de los políticos, sus promesas, están terriblemente devaluadas. Tal vez podamos creerlo a él pero no depositando una fe ciega en toda la estructura de dirección de un partido, el de ahora y el de hace dos décadas. Fue demasiado osado, innecesariamente arriesgado. Coincido con Rajoy al pensar que “las cosas se pueden cambiar”, pero no hablamos de lo mismo. No, si no se entiende la crítica y exigencia de transparencia que está reclamando la sociedad española. No, si su defensa es un ataque contra los medios, contra la oposición y contra quienes expresan en la calle su cabreo y perplejidad.

La China de Europa

Magdalena Trillo | 27 de enero de 2013 a las 10:20

Dice Merkel que está preocupada por la elevada tasa de paro juvenil en España pero su receta es inamovible: seguir con las reformas. No es una prioridad reforzar los controles comunitarios para atajar la evasión fiscal, agilizar la tasa bancaria o meterle mano a la economía sumergida. Quiere más ajustes y más recortes. Su populismo se llama déficit.

El Washington Post pone a nuestro país como ejemplo de esfuerzo para Francia: ya somos más productivos y más competitivos. ¡Aprendan vecinos! Hacemos lo mismo con seis millones de personas menos en el mercado laboral perdidas en una espiral diabólica. Los expulsamos del sistema, les robamos su dignidad y les damos beneficencia. El coste de las prestaciones por desempleo se disparan, revientan el déficit y obligan al Gobierno a realizar nuevos ajustes que, una y otra vez, acaban recayendo en las espaldas de las clases medias. En la calle, los precios y la inflación no dejan de subir, nos fríen a impuestos, perdemos poder adquisitivo en los salarios, nos cargamos el sistema de protección social y proclamamos la tiranía del empleo precario. Desigualdad. La brecha entre el norte y el sur de España se agranda a la misma velocidad que fabricamos ricos y pobres. Muy ricos y muy pobres.

Con los ‘400 euros’ y el PER sólo acallamos la conciencia de quien sabe que todo sigue igual: miles de familias malviviendo de los abuelos y de la caridad; los jornaleros, como en siglo XIX: mirando al cielo para saber si hoy tendrán trabajo y mañana un subsidio. Seguimos sin entender que lo que quiere la gente es su derecho al trabajo, no limosnas. Es una cuestión de autoestima.

¿No íbamos a transformar el modelo productivo? Tal vez deberíamos empezar averiguando si había un ‘modelo’ que cambiar y si realmente hay un plan para ‘producir’ sin que sigamos dependiendo de la especulación del ladrillo y de la estacionalidad del turismo. No parece que el camino sea ‘regalar’ a otros países el talento de las generaciones más jóvenes, amortizar la experiencia de los profesionales con mayor cualificación para abaratar costes en las empresas y hundir las inversiones públicas en innovación y desarrollo, en investigación, en la enseñanza superior, en los parques tecnológicos…

Dicen que hemos recuperado la “confianza” de los mercados. ¿De eso se trataba? Pues digámoslo abiertamente. Porque a Rajoy se le dio la “confianza” para que sacara este país de la crisis. A todos; no a unos pocos. Se me ocurre que podríamos ir esta semana a Fitur con el cartel de ‘se vende’ situado sobre nuestras provincias y nuestros trabajadores. Ya tenemos el gancho: “La China de Europa“. Bueno, bonito y barato. Muy barato. En el stand de Granada, en lugar de la Alhambra podríamos llevar la foto de una oficina del Inem. Mejor aún, podríamos colocar allí la oficina del paro y hacer negocio como ya intentamos con la educación, la sanidad y la justicia y como llegará a las pensiones.

Publicamos hoy que, en estos momentos, el SAE no tiene ni cien ofertas de empleo para los 162.900 granadinos que quieren trabajar. La verdad es que no conozco a nadie que haya encontrado trabajo con este supuesto servicios público. Hemos intentado mil veces escribir un reportaje pero sólo encontramos colas de figurantes a la espera de un gran papel que nunca llega. Burocracia y caras de circunstancia. Ilusiones rotas en unos casos; vidas quebradas en otros. Nadie está preparado cuando el paro llama a la puerta. Demasiados testimonios de humillación cuando es tu nombre el que pasa a engrosar la lista de damnificados de la crisis. Una lista negra pero transparente y con rostro que contrasta con la que el Gobierno se niega a publicar con los defraudadores a Hacienda, con los 29.065 estafadores que se han acogido a la amnistía pagando un 3% por sus fortunas cuando en cualquier nómina se supera el 20%.

La economía española mueve alrededor de 250.000 millones de euros sin control fiscal, entre el 20 y 25% del PIB. Son datos del Libro Marrón del Círculo de Empresarios. Seguro que nuestros ministros lo conocen. Y seguro que saben que si no hay un estallido social, si no se están quemando las calles, es porque los españoles están en paro pero no parados. No serán suyos los 111 millones de billetes de 500 euros que circulan en España pero sí son piezas obligadas del perverso juego de picaresca, fraude y golfería que sostiene esta China a la europea que ya fascina a los mercados. ‘Tocado’ por el caso Bárcenas, el PP sorprende ahora con una iniciativa para educar fiscalmente a los niños y “prevenir el fraude”. Será un problema de ‘cultura nacional’ pero es, sobre todo, un problema de dar ejempo.

El Pacto por Granada

Magdalena Trillo | 20 de enero de 2013 a las 12:49

EL último gran pacto por Granada se firmó hace doce años. Socialistas y populares fueron capaces de anteponer los intereses de la provincia a las consignas de sus partidos, se sentaron en una mesa y, sumando a empresarios y sindicatos, unieron sus fuerzas por la independencia de La General. El Pacto del Saray, hoy una triste entelequia, se retomó en 2009 y ha terminado constituyendo una de las pocas ocasiones de acuerdo entre los dos grandes partidos. En aquel momento empezaba a desinflarse la burbuja financiera y tocaba lidiar con la siempre conflictiva renovación de los órganos de dirección de CajaGranada. Después de un año de tensiones y desencuentros, Álvarez de la Chica y Sebastián Pérez reeditaron el acuerdo de 2001 para garantizar la “estabilidad” de la entidad. La crisis, el rescate bancario y la reestructuración financiera han terminado por canibalizar el espíritu del Saray, pero hay que reconocer que es uno de los pocos ejemplos que tiene esta provincia de cierta renuncia, generosidad y altura de miras entre socialistas y populares.

Hoy, si pensamos en la crisis de identidad, desgaste y desorientación que vive el PSOE desde el 20-N, nos indignamos con el ‘no consta’ con que el PP está intentando tapar las gravísimas acusaciones de corrupción que ha desatado el caso Bárcenas y sumamos el cansancio y descrédito generalizado que se ha instalado en la sociedad hacia la política, hacia los políticos, seguramente habría que concluir que ni es época de pactos ni hay margen posible para esquivar la confrontación. En ninguna instancia y por ningún motivo.

Pero la alternativa a la no política es el abismo democrático. Y la estabilidad misma de este país, el futuro de todos, depende de la decencia, la honradez y la integridad de quienes en estos momentos tienen alguna responsabilidad de gobierno. Aunque haya demasiados ‘Barcenillas’ por las ciudades de toda España, creo que es en estos momentos de precipicio social cuando desde los medios de comunicación debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad en el juego democrático y, al mismo tiempo que se pone contra las cuerdas a quienes han robado y mentido a todo el país, deberíamos alinearnos con quienes siguen defendiendo que “no todos son iguales“. Aunque no terminemos de creernos el teatro con que muchos se están escandalizando ni tengamos motivos para creer que “el que la hace la paga” y que “no temblará la mano”.

A riesgo de pecar de ilusa, estoy dispuesta a dar un voto de confianza a quienes dicen trabajar para aportar soluciones y no para causar más problemas a los ciudadanos. Y por eso empezaré creyendo que el Pacto por Granada debería ser posible. Aunque sea por puro instinto de supervivencia. La teoría del Ave Fénix: socialistas y populares se han quemado tanto que no tienen otra salida que mover ficha. Lo ha hecho esta semana Teresa Jiménez. A la explosiva intervención del presidente del PP en el arranque del curso político, le ha contestado con una propuesta de consenso. La dirigente socialista compareció el lunes pidiendo un esfuerzo para dejar de lado los insultos, apostar por el diálogo y trabajar para crear empleo. Bien es cierto que, más allá de las recurrentes alianzas por la Alhambra, la Sierra y el PTS y el necesario desbloqueo de las grandes infraestructuras, tanto PP como PSOE han de ser conscientes de que en su hoja de ruta debería estar poner fin al espectáculo que están dando los suyos con el desgobierno en Armilla, Loja, Santa Fe y Otura. No es retórica que 35 trabajadores municipales se van a quedar en la calle en Santa Fe, supera la crónica judicial el esperpento en que se ha convertido el pacto de gobierno en Armilla, daría para un western el renacer de Fernández Sanz con fuego amigo y alcanza el nivel de ciencia ficción la propuesta de los independientes de Loja para resolver con “gobiernos de concertación” las crisis políticas de los cuatro ayuntamientos.

Se juegan el crédito, unos y otros, si la grandilocuencia de sus comparecencias queda en titulares de un día; si no son capaces siquiera de hallar un hueco en sus agendas para mantener una reunión. Reconozcamos que, en el actual clima de crispación, el Pacto por Granada tiene tantas posibilidades de acabar en fracaso como el impulsado por Griñán en Andalucía. Pero probemos a bajar un escalón en las pretensiones. Para poner orden en casa e imponer un mínimo de decencia política no tendrían que alinearse los planetas

El quinto año de la marmota

Magdalena Trillo | 6 de enero de 2013 a las 13:29

Se ha subido ya a la báscula? ¿Se ha apuntado al gimnasio y a la academia de inglés? ¿Ya hizo el curso de coaching? Año nuevo, vida nueva. Aunque sólo los 2.000 españoles que cada día se han visto expulsados a las colas del paro en 2012 podrán corroborar el refrán. Los demás seguimos dando vueltas en la ruleta de la marmota con la esperanza de que un cambio de dígitos signifique algo más. Confiados, a veces, en romper la dictadura de la rutina; desencantados, siempre, cuando se desvanece el calendario sumido en los grises del reloj; cansados, hastiados, deprimidos, de ser comparsas de esa comedia ácida y amarga con que hemos disfrazado la vida pública.

Dice mi sobrina de 14 años que no me entiende cuando hablo de política y de economía. Es educada; lo que debe estar pensando es que la aburro. Y tiene motivos. El déficit, los ajustes, el rescate, las reformas, el ‘tasazo’, la reestructuración bancaria, el Mede, los MOU, el FLA… Ni inventando palabras solucionamos el fondo del asunto. Periodistas, políticos y pseudoexpertos hemos orquestado un particular Show de Truman cada vez más perfecto y artificial. Los periodistas escribimos para que nos lean los políticos; los políticos gobiernan para verse en los medios y los opinantes opinan para que les aplaudamos unos y otros. Una película de consumo interno. Inaprensible, peligrosa y hasta contagiosa.

En la casa de mi hermana, sus hijas han escrito este año dos cartas a los Reyes Magos: la primera, la de la todas las Navidades; la segunda, con recortes. La mayor decía así: “Queridos Majestades, este año me he portado muy bien pero, como estamos en crisis, quito el WhatsApp y la tablet y me quedo con las zapatillas, que dice mi madre que hacen falta, y el telescopio”. Su hermana lo redujo todo a un libro de Stilton y la Pepa Pig. Ilusión con censura previa. Peor aún, ilusión con autocensura.

La misma que vimos el viernes en la entrevista que Jesús Hermida le hizo al Rey. Al constitucional, al que quiere que se le recuerde por “haber unido a los españoles”. No entro en el fondo, me quedo en la estética. Parecía el No-Do. Solo faltó el blanco y negro que un periódico se encargó de llevar a su portada al día siguiente recogiendo para la Historia la histórica escena. No llamemos entrevista ni invoquemos el periodismo para lo que no fue más que una ‘charla’ decimonónica entre un súbdito y su Rey dentro de una operación de márketing tan de consumo interno como esos debates de política que duermen a mi sobrina. Un abuelo conversando con otro abuelo en su 75 cumpleaños. ¿Se imaginan una entrevista, de verdad, al estilo Ana Pastor?

El cortejo real, el de verdad, recorrió ayer las calles de Granada con 5.000 kilos menos de caramelos en las alforjas. Otro efecto de la ‘operación recorte’ de la que sólo sabemos con seguridad que seguirá siendo la protagonista de nuestro quinto año de crisis y recesión. Cinco años de marmota que no desalientan a algún que otro mago del optimismo dispuesto a hacernos creer en aquello del ‘año nuevo, vida nueva’. Lo hacía Griñán anunciando el padre de todos los planes: 50 planes estratégicos para sacar a Andalucía de la crisis en 2013, un plan a la semana. Todo un derroche de palabrería e imaginación: plan de creación de empleo en la municipalidad, cuarto plan de salud, tercer plan de inmigración, nuevo plan de formación para jóvenes, plan sectorial para la estrategia digital, plan para internacionalizar la economía, plan de turismo sostenible… Y así hasta 50 sin explicar con qué dinero y recursos vamos a revolucionar la vida andaluza en doce meses y vamos a romper la maldición de la marmota.

Tampoco me quedó claro si para cada plan vamos a crear una comisión de expertos y asesores que puedan ir pasando gastos y dietas de sus intensas sesiones de brainstorming. Visto el éxito, eficacia y escaso coste de cumbres y conferencias, tal vez sea hora de inaugurar un ciclo de minicumbres. Perdonad mi incredulidad, pero no lo puedo evitar. Cada vez que me hablan de planes estratégicos veo un cajón. Cajones llenos de documentos cuya única utilidad fue un titular en prensa. Visiten la hemeroteca de cualquier ciudad. Si quieren enterrar un proyecto, ideen un plan y constituyan una comisión…

Termino de escribir este artículo sin saber si los Reyes me han vuelto a dejar carbón. De pequeña me traumatizaba; hoy es una buena forma de recuperar la ilusión.

Vida ligera

Magdalena Trillo | 6 de enero de 2013 a las 13:24

A los mayas les ha pasado como a los políticos, les hemos malinterpretado. Unos días después de que caducara su apocalíptica predicción, la prueba es irrefutable: el mundo no se acabó el 21 de diciembre. No hicieron falta los bunkers que se construyeron en Estados Unidos ni los 21 modelos del Arca de Noé que se vendieron en China por 600.000 euros para sobrevivir a la hecatombe. Ningún cometa se ha empotrado contra la Tierra, no se han invertido los polos magnéticos del planeta y ni siquiera se ha producido una masiva explosión volcánica. Tampoco aterrizó en la montaña de Bugarach una nave nodriza extraterrestre para salvar a unos pocos elegidos, ningún rayo proveniente del centro de la galaxia nos ha convertido en polvo interestelar ni ha sido necesario recurrir a la soga que una agencia matrimonial siberiana regaló a los recién casados en una macabra cesta con valeriana, vodka, cereales y jabón.

Aunque hasta la NASA tuvo que salir al paso de la psicosis apocalíptica negando el cataclismo universal que nos anunciaban los intérpretes esotéricos, admitamos la evidencia: a diferencia de los políticos, los mayas tienen motivos para denunciar que hayamos manipulado sus presagios. Las proyecciones astronómicas de la antigua civilización del Yucatán no se referían al fin del mundo; es aquí en Occidente donde seguimos obsesionados, fascinados, con el día del juicio final. Las inscripciones mayas hablan de un cambio de era y de una evolución de la conciencia humana. Del fin del “tiempo del no tiempo”. De una humanidad más humana.

Desde que acabó el imperio romano ha habido 183 falsas predicciones del fin del mundo. Sumemos una más. La Historia contará que el fatídico 21-12-12 llegó, pasó y nos dejó más de lo mismo. Desesperanza. Asistimos al inicio de un nuevo solsticio sin evidencia alguna de que algo vaya a cambiar; de que vayamos a cambiar. Los mayas siguen a lo suyo, sobrevivir, y al otro lado del Atlántico tal vez nos permitamos mañana hacer un paréntesis en nuestras aciagas vidas para brindar, con o sin cava, por la entrada de 2013. Aunque sea pensando en 2014.

Hace meses que tengo guardado un artículo de Jordi Soler sobre La vida ligera en el que hoy me parece vislumbrar las esperanzas mayas. El escritor mexicano afincado en Barcelona reflexiona sobre cómo la crisis ha puesto fin a una era centrada en la propiedad y el acopio, en comprar, acumular, arrumbar, y cómo las nuevas tecnologías nos dan la oportunidad de vivir en la levedad y el presente. “La gran enseñanza de esta crisis”, nos dice, “es que nos ha hecho conscientes de nuestra fragilidad, nos ha enseñado que las posesiones materiales son elementos de otra época. Ahora lo que se impone es imaginar un mundo distinto, todo ha cambiado ya y no queda más remedio que seguir: seguir el rumbo que marcan las nuevas tecnologías y vivir la vida en tiempo presente, vivirla hoy, porque el vivir para mañana ya es cosa del ayer”.

No sé si peca de optimismo o de fatalismo. Porque seguro que no ven a ningún Sócrates clamando en un mercado “cuántas cosas existen que yo no necesito” -al contrario- y porque la vida ligera que nos ofrecen las tecnologías la transformamos, cada día, en ligereza, en insaciables listados de deseos que terminan convirtiéndose en frustraciones. No es sólo la dictadura del consumismo y del materialismo la que no ha quedado atrás con el prometido “cambio de era”; es una vida ligera de valores, de humanidad, la que nos arrastra. ¿Evolución? Despedimos el año enterrando a una niña de 16 meses, raptada, golpeada y arrojada a una balsa de riego por un joven, un delincuente, un asesino, que se construyó una vida de “ángel” en internet…

Nunca encontraremos una explicación. Como no la hallamos hace unas semanas con la mujer de Pilas que congeló a sus bebés. Pienso que en estos casos la única salida es creer. Pensar que podemos cambiar… Mientras los agoreros de la destrucción buscan una nueva fecha con la que azuzar nuestros miedos, aún hay tiempo para darle la razón a los milenarios mayas. Se sorprenderán si les digo que también en los periódicos se escriben cuentos de Navidad: se llama Martha Payne, vive en Lochgilphead, creó un blog para enseñarle a su padre lo mala que era la comida que le daban en el colegio, seis meses después tiene 8,5 millones de seguidores y ha recaudado suficiente dinero para construir una cocina en Malawi con la que dar de comer a 10.000 escolares africanos. Tiene 9 años, tiene la edad perfecta para cambiar el mundo, para hacer verdad la profecía maya. Una niña sin otro equipaje que su inocencia, un puñado de sueños y un portátil. Ésta sí es vida ligera que podríamos predecir.

Reinicio

Magdalena Trillo | 25 de diciembre de 2012 a las 19:54

La primera lección que aprendes cuando empiezas a trabajar con ordenadores es el efecto mágico del reinicio. Todo se arregla volviendo al principio. Reseteando. Acabo de terminar de ver la primera temporada de Boss y todavía estoy impactada por la maquiavélica fontanería de la alcaldía de Chicago. ¿Tan profundas son las cloacas de la alta política? La serie de Kelsey Grammer, lo recordarán de Fraiser, puede que peque de excesos y resulte en algunos momentos frívola y pretenciosa. Pero sólo por la crudeza con que nos recuerda ese ancestral baile de estrategias, manipulación y juego sucio que, desde Aristóteles, es este “arte de lo posible”.

No son generalidades. Y no tenemos que irnos a Estados Unidos para constatar que la política necesita un reinicio. Me convenzo cada vez que cambio de canal indignada ante tanta hipocresía, falta de responsabilidad y crispación. Pienso en la Valencia del Gürtel, en la Andalucía de los ERE y los gin-tonic, en los saraos burgueses de Urdangarin, en los safaris africanos del Rey, en los tejemanejes del señor Díaz Ferrán… Tan real como la ficción.

En Granada, la política que mejor ‘funciona’ es la del agravio y la discriminación. Víctimas, siempre, según soplen las banderas. Ahora acosados por Sevilla; en la anterior legislatura sufridores tanto de la Junta como del Gobierno central. ¡Para acabar en el esperpento de una guerra de embargos por las obras del Metro!

Para el PP, la culpa de todo la tiene Zapatero. Zapatero y la cansina “herencia recibida”. Aunque olvidan que la prometida “confianza” no llegó con Rajoy por Navidad y, un año después, siguen empeñados en que nada hay que reprochar a un Ejecutivo que se jacta de crecerse como los toros en el ruedo. ¿Ni siquiera el récord de parados que fulminamos mes tras mes desde que se aprobó la reforma laboral? ¿Ni siquiera la fábrica de independentismo y confrontación en que han convertido Madrid? ¿Ni siquiera la heroicidad de ser capaces de poner en contra a todos los estamentos de la Justicia, la Educación y la Sanidad?

En Sevilla no se gobierna, se hace oposición. Muy en su papel de ‘aldea gala’ del socialismo. Recuperando la dureza de la etapa Chaves-Aznar y olvidando que es el PSOE quien lleva tres décadas gobernando con absoluta autonomía y libertad para fijar el camino (acertado o no) de esta comunidad. Hace unos días celebraba Griñán el desplome en intención de voto del PP que recogía el último Barómetro de Opinión Pública (casi diez puntos) pero pasaba de puntillas por el suspenso rotundo que los andaluces dan al gobierno bipartito y lo que resulta más preocupante: la mayoría de los ciudadanos desconfía del sistema democrático y de los partidos. Crisis y paro sólo conducen al desánimo, a la pérdida de autoestima, al cuestionamiento mismo de la democracia. ¿Efecto Rajoy vs efecto Zapatero? ¿Efecto Rajoy vs efecto Griñán?

Tal vez la única forma de imponer algo de sentido común y coherencia sea con drásticas soluciones de emergencia. Reiniciar. “Repensar el Estado o destruirlo” como propone de forma provocadora el jurista cordobés Muñoz Machado en su Informe sobre España. Reformar. Pero no sólo el modelo de Estado y la Constitución; hay que empezar regenerando la política para salvarla de la ‘antipolítica’, para protegerla del peligroso y siempre acechante populismo, para blindarla de los abusos de poder y la corrupción. La primera cuestión sería cómo: ¿hay botón de reinicio? La segunda, a qué precio: ¿estamos dispuestos a renunciar a ese Olimpo de prebendas y sinecuras del que hace poco hablaba el diputado Andrés Ollero?

Lanzo una propuesta constructiva y hasta austera. Empecemos por ‘dejar de lloriquear’. Así se titula el libro que acaba de publicar la periodista alemana Meredith Haaf. Ella habla de la generación ‘sobradamente preparada’ de los 80; de los jóvenes que pasan de la política porque, sencillamente, nunca han estado cerca de ella. Una generación que no figura en la historia porque, cuando ocurre algo importante, nunca están allí: “Estamos en Facebook. O de fiesta. O estudiando para un examen. O de becarios…”.

Unos no están y otros están perdidos compadeciéndose y buscando culpables para escurrir el bulto. ¿Nadie es responsable de nada en este país? Dejemos de lloriquear y estrenemos el nuevo año pulsando el reset.