Quiénes son los moderados

Magdalena Trillo | 25 de enero de 2015 a las 10:06

Grecia no es España pero son múltiples las pistas que hoy nos llegarán desde Atenas sobre el incierto escenario político que acecha a Europa tras siete años de larga crisis y suicida austeridad. El pueblo helénico acudirá a las urnas para decidir si planta cara a la Troika y entrega las riendas del país al Podemos del sur: 9,8 millones de ciudadanos podrán elegir entre 18 partidos y 4 coaliciones aunque son sólo 7 las formaciones que tienen opciones reales de entrar en el Parlamento. El favorito es el Pablo Iglesias griego. Alexis Tsipras, al frente de Syriza, estrenará el intenso año electoral que viviremos en 2015 y que, con toda seguridad, transformará el actual mapa ideológico europeo entre el ascenso ‘ultra’ y el fin del bipartidismo. Las presidenciales griegas arrancan hoy a las 7 de la mañana y luego le tocará el turno a Reino Unido, Francia, Suecia y, por supuesto, España. La economía y la política migratoria, marcada por el fantasma yihadista, serán claves en un momento de desconfianza y descontento generalizado.

El izquierdista Tsipras busca una mayoría absoluta que le permita gobernar en solitario y lograr que “la democracia vuelva al país donde nació”, “recuperar la autonomía en Europa” y “restaurar la dignidad del país”. Innegable el populismo del que ya se ve como primer ministro pero no tan extremista como se ha dibujado a ese carismático estudiante que, desde sus revolucionarios primeros años dentro del Partido Comunista, ha tenido un ascenso meteórico para situarse como líder de la oposición y gran esperanza de cambio. Y ello a pesar de las muchas turbulencias que sus propuestas sobre la deuda y el euro han desatado en los mercados y el miedo que ha infundido en los socios de la UE alineados a Berlín.

La realidad es que la cercanía al poder atempera con tanta fuerza como su pérdida lleva a la radicalización. Al mismo tiempo que Tsipras ha ido moderando su discurso, similar al giro emprendido por Podemos en España, el conservador Samarás ha virado a la derecha, ha endurecido el tono y se ha refugiado en la campaña del miedo. Con una afonía tal vez profética sobre su propio futuro, ha terminado los mítines advirtiendo de que “Tsipras quiere convertir Grecia en Corea del Norte“. Al frente de Nueva Democracia, sufridor del quebradizo bipartito que se ha despeñado tanto como lo han hecho en las encuestas sus socios socialistas de Pasok, asegura que continuará con las reformas estructurales, pero promete poner fin al rescate y una progresiva bajada de impuestos.

Toda Europa mira a Tsipras y a Samarás pero tal vez lo más interesante se juegue en un escalón inferior. Dejando de lado la inevitable y estable cuota de los neonazis de Aurora Dorada, la llave de gobierno en un escenario sin mayoría absoluta la puede tener To Potami. Los moderados. Son los últimos en llegar. El partido de Stavros Theodorakis nació en marzo con el objetivo de unir a todos los descontentos de centroderecha y centroizquierda y sorprendieron en las Europeas con dos escaños. El Río, traducido al español, fue fundado por un popular presentador de televisión ajeno a la “casta” con un discurso que recuerda mucho a los argumentos esgrimidos por UpyD y Ciudadanos en el tablero nacional: clases medias, profesionales liberales y voto urbano son el ‘público’ al que pretenden convencer con un programa electoral proeuropeo y cosmopolita que se ha diseñado más para pactar que para gobernar. Y ya han anunciado que están dispuestos a “sentarse a hablar” con cualquiera que no busque “una vuelta al dracma”.

En España, si como ya ha decidido Susana Díaz “es la hora de los andaluces“, la primera oportunidad para castigar y premiar la tendremos el próximo 22 de marzo, dos meses antes de las municipales y a casi un año de las generales. Aquí sí hablamos de un adelanto electoral en toda regla -la convocatoria de Mas y Junqueras en Cataluña para septiembre ha terminado pareciendo un retraso- y aquí sí podremos pulsar la caída real del bipartidismo y el empuje de las nuevas formaciones.

La presidenta lo anunciará previsiblemente mañana y, no nos engañemos, claro que el trasfondo es político y electoral. ¿Algunos comicios no lo son? Será por el “interés de Andalucía” pero lo que sostiene y justifica cualquier convocatoria es estrategia y oportunidad. Con unos presupuestos aprobados, la percepción de “inestabilidad” es más que relativa y, por supuesto, subjetiva. Si el pánico al descalabro electoral no se hubiera apoderado de IU, más comprensible resultaría que las asperezas y discrepancias se hubieran limado en los despachos como se ha hecho hasta ahora. Pero los tiempos electorales son otros y, evidentemente, por mucho que descoloque al resto de partidos, es el PSOE quien tiene en estos momentos la potestad y legitimidad de convocar elecciones.

No tengo tan claro, sin embargo, que el adelanto vaya a beneficiar a los socialistas. Serán los primeros en recibir los mensajes de indignación popular y no deberían descartar que las dificultades del bipartito actual se multipliquen por tres o por cuatro con un PSOE y PP alejados de la mayoría absoluta y pendientes del éxito final de Podemos, UpyD o Ciudadanos y el hundimiento -o no- de una Izquierda Unida manifiestamente molesta con el adelanto a la que será aún más complicado contentar.

Obviamente, los resultados tendrán consecuencias más allá del escenario regional. Si Pedro Sánchez está acosado por la sombra de Susana Díaz, Rajoy no se libra de las amenazas de Bárcenas y la presión de Aznar: ¿Dónde está el PP? ¿Aspira realmente a ganar? Los populares sabían que la convención nacional iba a ser ‘movida’ pero tal vez no previeron la dura irrupción del ex presidente espoleando a los dirigentes del partido y reclamando un rearme ideológico.

Volvamos a Grecia. No serán lo mismo pero se parecen: unos virando a la derecha azuzando la campaña del miedo, otros prometiendo el cambio desde la izquierda y todos disputándose “la virtud del centro”. Justo esta idea enmarca el primer capítulo de la serie danesa Borgen, una más que adictiva propuesta televisiva que arranca con la proclamación de la moderada Birgitte Nyborg como primera ministra tras tumbar todas las encuestas y que tiene al temible Maquiavelo de asesor de cabecera: “El príncipe no debe tener más objetivo ni pensamiento que el de la guerra y sus reglas y disciplinas”, “El príncipe ha de saber que es más importante ser temido que amado”.

La pregunta que yo me haría en España, pero también en Andalucía y por supuesto en Granada, es dónde están los moderados. Es decir, qué partido, qué líder, será capaz de apropiarse del mensaje de la prudencia y la moderación y convencernos -o no- de que “la virtud está en el centro”.

Si no es decidir, ¿qué es la política?

Magdalena Trillo | 18 de enero de 2015 a las 10:37

Si para cada decisión importante que tomara mi ayuntamiento me llamaran a referéndum, ya me habría borrado del censo. Y no es irresponsabilidad, es justo lo contrario. ¿Tendría que estudiar, analizar y asesorarme sobre cada tema complejo, sensible, de gran impacto, para determinar el sentido de mi voto? Podemos ha terminado imponiendo una estructura de partido tan férrea y personalista como el PP pero en sus bases continúan predicando los eslóganes caóticos y asambleísticos del 15-M: la consulta ciudadana aplicada a todo. Preocupa, por supuesto, el desconocimiento y la bisoñez de quienes se están definiendo como líderes de una organización política con claras opciones de gobierno -me refiero a la metedura de pata de la líder de Sevilla sobre la Semana Santa-, pero todo estos ‘males’ se curan. Lo que realmente debiera llevarnos a un debate profundo es el trasfondo sobre ese clamor de “más participación” que se ha ido infiltrando socialmente abrigado por la desconfianza hacia políticos e instituciones entre casos de incompetencia y escándalos de corrupción.

No voy a mirar hacia atrás para recordar las terribles lecciones sobre el ‘gobierno del pueblo’ que hemos aprendido desde la antigua Roma. Me quedo en la incertidumbre del presente y en el amplio hueco que estamos dejando para que los populismos y los movimientos xenófobos avancen electoralmente. ¿Es la pena de muerte y la cruzada contra la inmigración la respuesta al terror yihadista como defiende en Francia Marie Le Pen? Porque no tengo claro que el sentido común y la prudencia se impusieran hoy en un referéndum sobre este punto. ¿Eliminaríamos nosotros la Semana Santa si los granadinos así lo votaran ‘democráticamente’?

Me podrán decir que pongo casos extremos, que no todos los temas son susceptibles de ser sometidos a consulta y que justo ahí está el verdadero espacio del debate: cómo ensanchar el espacio de la participación sin caer ni en el desgobierno ni en el esperpento. Que una cosa es la lógica petición de que avancemos en representatividad y en implicación como ciudadanos y otra muy distinta que nos pasemos la vida estudiando informes y votando. Pero voy más allá. Tampoco sé hasta qué punto una decisión popular es más democrática, virtuosa, honrada y acertada que la adoptada por las personas que designamos en unas elecciones. ¿Estamos seguros de que el “bien común” es lo que va a orientar el sentido de nuestro voto y no nuestros intereses más personales, espurios, egoístas y hasta amorales?

El historiador José Álvarez Junco lo expresa con enorme lucidez en una reciente tribuna de prensa en la que argumenta cómo la movilización de los “apáticos invocando la voluntad del pueblo” no es sino un instrumento “para saltarse el respeto a la ley” y cómo, en su afán por eliminar las cortapisas democráticas, se “abre un peligroso camino a la tiranía”. Y ahí encontramos a un no tan lejano Primo de Rivera diciendo que sus ideas “eran demasiado ambiciosas para recogerlas en un programa”, ahí se movió el republicanismo radical, anticlerical y violento de Lerroux y ahí campan caudillos y dictadores que, asegurando no ser ni de derechas ni de izquierdas, se posicionan “por el pueblo” y “contra el mal” gobernando con mano de hierro.

Desde la política y el pensamiento, la reflexión sobre los vacíos y deficiencias de nuestro modelo democrático sería tan inagotable como incontestable es reconocer que la gran virtud que están teniendo los movimientos de respuesta “a la casta” es la revitalización misma de la política. Difícil sería contradecir a los nuevos partidos, de Podemos a Ciudadanos, cuando piden “menos palabras y más acción”, cuando advierten que tanto el actual modelo de partidos como el sistema electoral son manifiestamente mejorables y cuando defienden que es preciso movilizar a esos miles de ciudadanos que históricamente se han mantenido al margen de la escena pública, apáticos, indiferentes o marginados. Pero sin olvidar que todo poder, incluido el del ‘pueblo’, hay que encauzarlo y limitarlo como hacemos hasta con nuestros derechos más fundamentales.

Contra el fanatismo, más libertad

Magdalena Trillo | 11 de enero de 2015 a las 14:12

Todos los días del año, hora y media antes de que salga el sol, el muecín despierta a Estambul con una arrebatadora llamada a la oración que proclama que “Allah es el Más Grande”. Cinco veces al día, en todos los enclaves del mundo árabe, la comunidad musulmana rompe su febril cotidianidad para rezar siguiendo el canto del almuédano desde los minaretes de las mezquitas.

Tras la segunda llama del día, en esta ciudad de los tres nombres, en la antigua Bizancio, en la vieja Constantinopla, centenares de turistas empezamos a hacer cola para conocer uno de sus templos de referencia. Las chicas nos cubrimos cuidadosamente el cabello con coquetos pañuelos; ellos ocultan sus piernas. Todos penetramos en silencio, descalzos, respetando las creencias de quienes entienden que su vida no tiene más sentido que servir a Alá siguiendo los preceptos del Islam.

Las esbeltas cúpulas de la Mezquita Azul disputan cada noche las caricias del cielo turco a la imponente Santa Sofía, la iglesia más grande de la cristiandad hasta la caída de la ciudad en el siglo XV. Completando este fascinante parque temático en que se ha convertido el barrio de Sultanahmet, el Palacio de los Topkapi -la residencia de los sultanes otomanos hasta mediados del siglo XIX- rivaliza en belleza con la propia Alhambra y se debate entre el lujo excelso del tesoro de esmeraldas y joyas principescas que custodia, la exclusiva intimidad del Harén y el sagrado recogimiento de la Sala de Reliquias. No importa si creemos; no importa si son auténticas como no lo es para los cristianos que visitan el Vaticano. Allí se venera una huella en arcilla del pie derecho de Mahoma con la misma fascinación que se contempla un pelo de su barba y se reza ante una de las puertas talladas de la ‘Kaaba’ y el bastón de David.

En el cementerio de Eyup Sultan, sobre la colina a la que solía ir Pierre Loti en busca de inspiración, no es difícil encontrar ‘sultancitos’ camino de la circuncisión repitiendo los nervios y entusiasmo que vemos en los niños españoles cuando se visten de almirantes para hacer la primera comunión. Tras la Meca, Medina y Jerusalén, es el cuarto lugar más sagrado del Islam. Ante la tumba de Eyup, uno de los compañeros del profeta, la fe de quienes allí peregrinan no es impostada.

Sobre el Cuerno del Oro, controlando el paso del Bósforo que conecta el Mármara y el Mar Negro, el pueblo turco está viendo resurgir el nacionalismo y el integrismo islámico buscando los mismos espacios de convivencia y paz -Islam significa paz- que anhelamos en Europa. Tal vez sea esta gigantesca y desordenada mole, con el corazón dividido entre Asia y Europa, la única urbe del mundo construida entre dos continentes, una buena metáfora del camino que debemos seguir frente a las tensiones y la sinrazón a la que nos está llevando el terrorismo yihadista. Podríamos ver esta ciudad, que guarda las reliquias de tres imperios, que une pasado y presente con la sencilla familiaridad con que mezcla el olor delicioso del pescado fresco, la fragancia dulce de la castaña asada y el aroma embriagador de las especias, como un lazo -que no división- entre Oriente y Occidente.

Hoy, cuando media Francia sale a la calle para enarbolar los lápices y la palabra contra la barbarie terrorista, me pregunto si volvería a planear un viaje a Estambul. Si me perdería en las laberínticas galerías del Gran Bazar, si me atrevería a comer en los mehianes más perdidos de Beyoglu, si sería cómplice de su adictivo juego del regateo y si se me pasaría por la cabeza coger un taxi de madrugada… En la siguiente pregunta hallo la respuesta: ¿merece la pena vivir con miedo?

Lo llamamos prudencia y responsabilidad pero sabemos que es cobardía. Los periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo sabían que estaban amenazados y siguieron ridiculizando a quienes malinterpretan y manipulan el Islam en nombre de Alá. El Estado Islámico ha calificado de “héroes” a los hermanos Kouachi cuando no son más que verdugos de unos periodistas que fueron capaces de entender que su oficio, la salvaguarda de las libertades que todos disfrutamos, estaban por encima de su propia seguridad. El desafiante editor de la revista dijo que prefería “morir de pie a vivir de rodillas”. Los asesinos irrumpieron gritando sus nombres y culminaron su “venganza” proclamando que “Alá es el más grande”.

Pero nada tiene que ver la violencia y el fanatismo con las creencias y la religión. No es la comunidad musulmana la que está detrás de los vídeos que circulan por Youtube defendiendo el asesinato de quienes “socavaron la figura del Mahoma y se burlaron del Islam”. No son los creyentes que comparten nuestros valores en este mundo que llamamos Occidente los que se ven reflejados en las palabras del jefe salafista que declara que la “medicina prescrita por el mensajero de Alá es la ejecución”.

Si repasamos la irreverencia de las portadas de la revista satírica, no es difícil pensar que haya extremistas que se hayan sentido ofendidos. Y tienen en sus manos todos los instrumentos de denuncia y resarcimiento que otorga nuestro Estado de Derecho. Si el camino es el terrorismo, la única respuesta ha de ser la implacable actuación de las fuerzas de seguridad, la unidad de los partidos y los gobiernos y la firme aplicación de las leyes. Sin perder de vista que la convivencia no es cosa de los demás, que la tenemos que construir desde abajo, colaborando los que estamos al otro lado de la violencia (cristianos, judíos y musulmanes) y desenmascarando a quienes se aprovechan de la marginalidad y la pobreza para levantar sus ejércitos de ‘combatientes’. ¿Cómo un joven rapero repartidor de pizzas acaba empuñando un kalashnikov?

La línea entre la barbarie y la psicosis que ha desatado el atentado de París es muy delgada. Si hay riesgo o no de islamofobia dependerá en buena de medida de la actitud con que ciudadanos, políticos y medios de comunicación conduzcamos la resaca de estas jornadas trágicas. En este camino de ‘normalización’, me preocupa hasta qué punto estamos dispuestos a someter nuestras libertades a la seguridad y me alarman esos mensajes soterrados que se están difundiendo sobre la “responsabilidad”. ¡No provocar! Olvidamos, sin embargo, que las libertades no se conquistan ni se pueden conservar a la defensiva. La autocensura nunca puede ser la respuesta a las presiones del poder. Ni el político ni el económico ni el religioso.

La mejor lección a los hermanos Koauchi llegará este miércoles cuando la revista vuelva a los quioscos con una tirada histórica: un millón de ejemplares. No comparto su estilo, su tono ni su irreverencia pero sí coincido en que el fanatismo sólo se puede combatir desde la tolerancia. La libertad de expresión es un derecho universal y somos los periodistas los que tenemos el deber de contribuir a que este pilar de la democracia siga siendo sólido. Sin miedos y sin renuncias. Aunque se cruce el cómodo límite de lo prudente…

Hoy lo ‘prudente’ sería decidir no exponernos, aplicar la mesura, minimizar los riesgos. ¿No dibujar a Mahoma? ¿No viajar? ¿No discrepar? Pero para que unos podamos elegir tales opciones, incluso desde el conservadurismo del miedo, otros han tenido que salvaguardar nuestras libertades sin recortes ni sumisión. Incluido el periodismo más incómodo y provocador.

2015, ¿un año inesperado?

Magdalena Trillo | 4 de enero de 2015 a las 11:01

No siempre el dinero es la respuesta. Hay obras que llevan su ritmo ajenas por completo a las novedades del BOE, proyectos que llegan inesperadamente envueltos en papel charol y anhelos que se revuelven para convertirse en tu peor pesadilla. Les pongo unos ejemplos: la Autovía del Mediterráneo y el AVE, el Centro Lorca y la declaración de Granada como Capital Mundial de las Letras y la extraña carrera de la Alpujarra por ser Patrimonio de la Humanidad.

Aunque siempre he sido consciente de la rutina que arrastran los artículos que despiden y saludan el año , es terriblemente desesperanzador cuando te das cuenta de que no sólo se repite el continente, también el contenido. Granada no sería Granada si no habláramos de agravios y confrontación, de su insolente y pegadiza malafollá y, lamento expresarlo de forma tan descarnada, de esa pesada mediocridad que con tanta nostalgia mira hacia atrás olvidando que el riesgo y la osadía también son un valor.

¿Por qué ocupamos siempre la zona intermedia del ranking? Porque quitando las alegrías casi excepcionales del turismo y asumiendo el lastre que suponen las plusmarcas del paro, en todos los demás indicadores nos movemos en la acomodaticia serenidad del punto medio.

Desde que Granada Hoy está en los quioscos, y vamos ya para 12 años , el proyecto del Metro en la capital, el AVE a Madrid y la inacabada A-7 han formado parte del paisaje informativo y, como habrá podido comprobar, claramente para mal… Hoy, sin embargo, me he propuesto ser constructiva y ¡hasta atrevida! Le propongo un ejercicio de prospectiva… Y que conste que, salvo acontecimientos inesperados , se basa en lo que hoy son promesas -por fin- viables.

Sitúese a finales de 2015 . Mañana lunes madrugará pero no quedará atrapado en el atasco habitual de la Ronda Sur. Se subirá en el Metro en Armilla y llegará a la Estación de Renfe cumpliendo su trayecto con puntualidad británica. Allí obviará los tercermundistas trenes que hasta ahora le llevaban a Madrid y tampoco tendrá que viajar con su coche hasta Antequera para llegar a tiempo; en 2 horas y 45 minutos estará en la capital de España… El fin de semana bajará a la Costa. Lo hará en 40 minutos por autovía. El sábado se escapará a Málaga para hacer unas compras en el Ikea y lo hará también por autovía. El domingo probará en El Ejido el restaurante La Costa con su merecida estrella Michelín y todavía tendrá tiempo de jugar al pádel o darse un paseo por la playa. Antes, el viernes por la noche, habrá asistido al último estreno de teatro programado en el Centro Lorca y seguirá preguntándose por qué hemos tardado media vida en recuperar el legado del poeta…

Al hospital del PTS, el más grande de toda Andalucía, mejor es que no necesite ir para ninguna urgencia pero, si así ocurriera, que sepa que estará a pleno funcionamiento. Ni por fases ni en plan chapuza. Con años  de retraso, como la autovía, el Metro y el AVE, pero estará. Para las próximas navidades también habrá abierto sus puertas el Centro Comercial Nevada y, aunque nadie dude de lo que mejorará la oferta de compras en Granada ni la actividad y el empleo que generará, es difícil asegurar que no le provoque un ataque de nervios con el previsible colapso de tráfico que se formará en la zona Sur de la ciudad. ¡Qué tristeza pensar que, siendo tan evidente, no haya nadie capaz de planificar una salida con unos meses de anticipación! Claro, unos meses antes estaremos demasiado ocupados creando cantera para el deporte del hielo con esa Universiada que tanto sufrimiento está costando sacar adelante. ¿Seguro que no está gafada? Porque el incendio en el Pabellón de Curling de Fuentenueva tenía más pinta de aviso a navegantes que de accidente fortuito… Veremos.

Pensándolo bien, lo menos inesperado  en 2015  será diseñar el escenario de infraestructuras y equipamientos que tanto se ha enquistado en los últimos años  y que tantos titulares fallidos ha hecho publicar. Lo que de verdad da vértigo dibujar es la radiografía política posterior a mayo. ¿Usted ya ha decidido a quién votar? Se equivocan los políticos, yerran las encuestas, cuando diagnostican el ‘pasotismo’ ciudadano. Iremos a votar, ¡claro que iremos a votar! Otra cuestión bien distinta es a quién. El voto urbano, por muchos sondeos internos que manejen los partidos, es una auténtica incógnita. ¿Voto de cabreo? ¿Voto útil? ¿Voto de castigo? La izquierda corre el riesgo de fragmentarse tanto que el escenario de la ingobernabilidad se cierne ya como una espesa niebla sobre decenas de ayuntamientos y, ojo, también sobre la Diputación. El PP tal vez no logre la mayoría absoluta, pero ¿el PSOE tendrá con quién pactar? ¿Calará la campaña del miedo? Apasionante. Informativa y socialmente apasionante.

En el camino, por supuesto, nos habremos dejado más de un quebradero de cabeza. El AVE llegará a Andaluces con una sola vía y en superficie -relegando el viejo proyecto de soterrar las vías en el barrio de La Chana-, ni rastro habrá de esa espectacular estación que diseñó Rafael Moneo dialogando con la Alhambra y Sierra Nevada y poco podremos alegrar a quienes tengan que sacar el billete en dirección Sevilla: las tres tediosas horas a velocidad de tortuga seguirán siendo una pesadilla poco transformable si Susana Díaz no accede ni a ‘pensar’ en la propuesta del PP de activar un ‘plan barato’ por Córdoba… ¡Nos llevaría en 90 minutos! Y, ojo, que al final los desaires y la falta de olfato se pagan tanto como los desaciertos.

Torres Hurtado ya tuvo que lidiar con la ira ciudadana con su propuesta de cambiar la estación del AVE a la rotonda de Europa y todavía está por ver lo que le costará la Línea de Alta Capacidad (LAC). Más de uno en su equipo le recomendó postergar el ‘experimento’ a después de las municipales, pero ya sabemos que el alcalde de la capital es de ideas fijas. Ciertamente, sólo esa voluntad de hierro explica que, después del ictus que sufrió antes del verano, siga empeñado en repetir como candidato con su partido haciéndose más remolón que nunca. ¿No estaría bien recordarles a unos y otros que lo de dedicarse a la política tiene más que ver con servir a los demás que a uno mismo? Y no hablo de corrupción, de degradación ni de estéril confrontación… Para eso ya tenemos las páginas que los medios dedicamos a diario a nuestros ‘ilustres representantes’. Incluidos los de las instituciones más nobles del Estado, la Corona y hasta la Iglesia.

Porque cualquiera recordará por qué Granada salió en el telediario en 2014.… Sí, los curas pederastas ante el juez, el arzobispo intentado lavar los escándalos en casa y el Papa Francisco poniendo orden. Entre rutinas y sobresaltos, lo cierto es que no sé si pedir un 2015  previsible o imprevisible… Elvira Lindo firma el guión de la Vida inesperada  de Javier Cámara en Nueva York y tampoco le fue tan mal. Me pregunto si, por una vez, no estaría bien que Granada se saltara la hoja de ruta, se cumplieran algunas promesas y nos regalara un año  inesperado . Uno de esos que vale la pena contar en los periódicos; uno de esos que vale la pena vivir… y recordar.

El final de la crisis y otros cuentos

Magdalena Trillo | 28 de diciembre de 2014 a las 10:43

¿Primavera adelantada o seis semanas más de invierno? Phil, la marmota más famosa de la historia, la del impronunciable pueblo de Punxsutawney, la que inmortalizó Bill Murray hace dos décadas en Atrapado en el tiempo, nos lo dirá el próximo 2 de febrero. Si sale de su madriguera y no ve su sombra, se mostrará confiada para disfrutar del día, habrá llegado el fin del invierno; si su sombra la persigue, se asustará y volverá a su escondite a hibernar.

Tal vez tengamos que recurrir al conocimiento líquido y sobrenatural de las marmotas para saber cuántos días nublados aún nos quedan de crisis, para descubrir cuál de los políticos, y también de los economistas y de los expertos que tanto han errado hasta ahora, lleva razón. Rajoy lo sentenció el viernes al finalizar el Consejo de Ministros: “2013 fue el año de las reformas, 2014 el de la recuperación y 2015 el del despegue definitivo”. Los organismos internacionales, desde la Europa de Merkel y Juncker hasta los gurús del FMI, se apuntan a la tesis de optimismo del Gobierno pero no sin antes reclamarnos más reformas y advertirnos de los riesgos de subir salarios o recuperar parte de lo mucho perdido.

En el lado contrario, la oposición en bloque ve en las proclamas del presidente del Ejecutivo un derroche interesado de “triunfalismo” más relacionado con los tiempos electorales de 2015 -municipales a finales de mayo, generales en noviembre y autonómicas en algunas comunidades- que con la realidad que la sociedad española está viviendo en esta teórica “última Navidad de la crisis“. El planteamiento de la izquierda y de los nacionalistas coincide con el de los cada vez menos ‘radicales’ de Podemos: recuperación a qué precio y con qué niveles de desigualdad. Si, como critica el líder socialista, es “indecente” e “injusto” hablar de salida de la crisis con el nivel actual de paro y de degradación social y, sobre todo, si esa tendencia al alza de los grandes indicadores económicos es realmente sólida y estable o es un espejismo tan caprichoso como la supuesta sapiencia del televisivo roedor, tan endeble como las líneas de la quiromancia y tan volátil como el humo del sofisticado alquimista.

Tal vez, como denuncia Podemos, en el discurso económico del Gobierno haya bastante de ‘spot’ publicitario y de márketing, pero ¿no nos gustaría que fuera así? Puede que al final no sea tanto una cuestión de números y de estadísticas como de voluntades y de fe. Y el dilema es sencillo: del usted a quién cree al usted a quién quiere creer… Porque puede que, como nos cuenta James Salter en Años luz, haya dos crisis como hay dos vidas: la que la gente cree que está viviendo y la que anhela vivir; la aparente que exhibimos esta Navidad entre compras, bares y restaurantes -lo constatan por ejemplo en Granada los números sobre el aumento del gasto medio de las familias- y la que nos aguardará en casa cuando cerremos la puerta y se apaguen en las calles las luces led.

“El secreto”, nos dice Salter, “consiste en tener el valor de vivir” porque, si lo tenemos, “tarde o temprano todo cambiará”. Viri, su protagonista, habla de la vida y yo de la crisis; él se refiere a la fe y yo estoy pensando en la política y la economía, en la necesidad de creer a alguien, de creer en algo… pero ¿acaso no es lo mismo? “Nos protegemos como si eso fuera importante y siempre lo hacemos a expensas de otros. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe”.

He guiado estos días mi desembarco en los libros electrónicos con esta preciosa novela del escritor neoyorquino, una obra maestra de las letras anglosajonas, temiendo que la tecnología prostituyera la belleza de su prosa, que trastocara la sinfonía con que expresa sus ideas. Me equivoqué. He terminado sus Años luz con decenas de subrayados y anotaciones que ahora vuelvo a leer, a reconstruir, poniendo mi particular música sobre su particular partitura. Fundiendo verdades y sueños como quien culmina una y mil veces el cubo de Rubik. Los caminos son infinitos pero el final, cuando se alcanza, siempre es perfecto.

Años luz se escapa entre los dedos con la misma fugacidad que la vida. Con esa que no nos arriesgamos a vivir, con esa que no podemos imaginar “sin la iluminación que nos procura la vida de otros” y con esa, persistente, que nos golpea con sus grandes certezas: “Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. Todo soportable si la humanidad entera observa…”

¿No podemos aspirar, además de a salir de la crisis, a hacerlo con un mínimo de dignidad? Tal vez sólo ese anhelo dé sentido a una vida que no consiste más que en golpes de “apetitos hasta que nos quedemos sin dientes”. Y que está tan llena de paradojas, de quiebros y grietas, como la de Viri y Nedra. Sostenida en elecciones, “cada cual definitiva y de poca trascendencia como tirar piedras al mar”. “Hemos tenido hijos; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es derrochar nuestra vida…”

El verano, dice Salter, es el mediodía de las familias unidas. “Es la hora de silencio en que sólo se oye a las aves marinas. Los postigos están cerrados, las voces calladas. De vez en cuando, el repique de un tenedor…” Me evocan sus palabras esas otras tan conocidas de Tolstoi en las que nos advierte que “todas las familias felices se parecen entre sí” pero todas las infelices “son desgraciadas en su propia manera”. ¿Y si la vida, con sus muchas crisis, no es otra cosa que “el tiempo que hace”?

Le propongo una última pregunta que tal vez le ayude a saber en qué creer, a quién creer: ¿A usted cómo le va? Y seguro que su respuesta será la correcta. Sin necesidad de vislumbrar el fin del invierno con la ayuda de una vieja marmota, con la valentía de pensar que la vida, alguna vez, puede ser lo que se sueña.

De tarjetas black y otras tentaciones

Magdalena Trillo | 21 de diciembre de 2014 a las 11:32

No son ni tres ni cuatro. En la Universidad de Granada circulan más de 200 tarjetas de crédito desde hace cinco años. Controladas con lupa, fiscalizado hasta el último euro, pero circulan. Fue el actual equipo de gobierno quien implantó el sistema para agilizar los pagos a proveedores y facilitar las labores de gestión de los directores de los grupos de investigación, los responsables de departamentos y los decanos. La norma es muy clara: no se pueden abonar partidas de protocolo y representación y, por supuesto, ni un solo gasto personal. Parecía lógico, y así me consta que se recalca cuando se reparten las visas, que una cosa es organizar desplazamientos y asistencias a reuniones científicas o agilizar la compra de material informático y otra bien distinta pasar la compra del supermercado, el tique de la gasolinera o las copas del fin de semana.

El problema, como bien han recalcado esta semana el rector de la UGR, no está en las tarjetas sino en su uso. Pero a esta irreprochable aseveración deberíamos unir un matiz: la tentación. Más de un decano nos confesaba a raíz del escándalo destapado en la Universidad de Cádiz que las rechazó en su momento porque realmente no las necesitaba… o porque prefería no meterse en el bolsillo la posibilidad de gastar 3.000 euros al mes con un gesto tan automático y cotidiano como marcar un numerito. El viejo ejemplo de las armas de fuego; mejor restringir su uso que pagar la consecuencias. El extendido ejemplo de los maletines en las operaciones urbanísticas; mejor esconder la manzana para no caer.

Nadie niega que en la UCA se hayan auditado los gastos pero es una absoluta indecencia conocer la “justificación” de los 880.000 euros que el anterior equipo de gobierno despilfarró durante cinco años con las ‘tarjetas black': 162.019 euros en tres de los restaurantes con más caché de la ciudad; 2.729 euros en gasolina; 1.396 en compras en el Makro… El ex rector disfrutó de una Business Oro con un límite de 30.000 euros al mes, su adjunto no tuvo problemas en usarla en el súper, el vicerrector de Investigación se dio más de un homenaje en fin de semana y la directora de Cooperación cargó alguna que otra compra en Londres.

Todo muy “legal” y “controlado” y, por supuesto, inmoral. Tanto que hasta se llega al ridículo. Y aquí no hablamos ya de tarjetas, sino de dietas y privilegios y de conocer qué se paga de forma ordinaria en las instituciones públicas con nuestros impuestos. ¿Recuerdan el episodio de la bolsa de Doritos con que el PP ejemplificó los “desmanes” de PSOE e IU nada más aterrizar en la Diputación? En la UGR, aseguran que ningún miembro del equipo rectoral tiene tarjetas pero eso no significa que no se realicen gastos en protocolo, en representación institucional y en lo que toque… Y, con o sin visa, lo mismo podríamos decir del resto de instituciones. Lodeiro advierte que no piensa realizar ningún cambio en el sistema de pago con tarjetas porque funciona y porque, en la práctica, resulta la forma más efectiva de controlar este tipo de partidas. Bien. Pero la siguiente pregunta exigible, sin respuesta y extensible a las demás instancias públicas, es conocer la letra pequeña del gasto.

Como ya vimos en el caso de CajaMadrid, se trata de un montante insignificantes si lo comparamos con los millones del rescate bancario o con los presupuestos que mueven al año las instituciones, pero son los más dolorosos para una opinión pública que sólo conoce de sus gobernantes mensajes de austeridad y ajustes de cinturón. ¿Nosotros hemos vivido por encima de nuestras posibilidades o ellos? ¿Se imagina cómo cambiaría su vida con una ‘tarjeta black’? No me diga que no se la pediría para Reyes -legal, eso sí- con la misma ingenua ilusión con que esperamos que mañana nos toque el Gordo.

Donde campa la desvergüenza es en el barro de la opacidad y sólo se cura con grandes dosis de educación cívica… y con mucha luz. Directa y externa. ¿Sabemos qué gastos están pasando nuestros políticos habitualmente con o sin tarjeta? Todavía está por ver hasta qué punto la Ley de Transparencia que acaba de entrar en vigor -y sus réplicas en las siguientes escalas de gobierno- van a servir para atajar estas prácticas abusivas y para imponer la prudencia y la responsabilidad en la gestión pública.

Tal vez no hablemos de estafa, de fraude ni de dinero negro, pero es obvio que no gastamos con la misma alegría con nuestro dinero que con el de los demás y que lo que estamos viendo se parece mucho a lo que desde pequeños hemos aprendido que era robar… La transparencia y la ejemplaridad no deberían ser unas palabras de moda autoexculpatorias en esta España de la corrupción que está dibujando la Audiencia Nacional ni una obligación que llegue -y se vaya- con la crisis; es una necesidad que todos deberíamos compartir si entendemos que es uno de los termómetros más claros de la degradación a la que estamos sometiendo el sistema.

Ni la compra del Ikea ni la bolsa de Doritos hubieran significado nada en un momento de bonanza económica y confianza institucional. La gravedad del escándalo es directamente proporcional al castigo social. Los consejeros de Bankia se llenaron los bolsillos en los años más duros de la crisis, los de los cinco millones de parados, el cierre incesante de empresas, el reparto solidario de alimentos y los suicidios por desahucios; los altos cargos de la UCA han mantenido su tren de vida mientras se recortaban las becas, se perdían profesores en las facultades y se negaban fondos a la investigación. Y no seamos hipócritas. De nada sirve que no invitemos a una copa de vino en una inauguración si por la puerta de atrás nos gastamos mucho más tomando copas con los colegas.

No me refiero sólo a Cádiz. La mayor injusticia de la austeridad que hemos vivido estos años es la doble vara de medir con que se ha estado aplicando; esa misma que siguen los partidos cuando se enfrentan a un caso de corrupción. El sacrificio para nosotros, que hacemos de público obediente en la espartana ceremonia de turno, y la comilona con cargo a fondos públicos para los organizadores y sus ‘amigos'; el recorte en el salario a los trabajadores y los gastos elitistas perfectamente ‘justificables’ para ellos. Y lo triste es que, en la mayoría de los casos, no hay más opción que esperar a un cambio de gobierno -de verdad, no de los mismos que llegan y tapan- para saber qué hicieron con nuestro dinero…

Pues lo bueno en estos momentos, aparte de confiar en que también a los asalariados nos llegue la hora de compartir aquello de que la “la crisis ya es historia”, es que para la siguiente cita en las urnas apenas faltan cinco meses. Mire en su barrio, en su pueblo, en su ayuntamiento de turno. Recuerde con qué casa y coche llegaron y compruebe cómo se van. Mientras funciona -o no- lo de la transparencia y mientras damos -o no- ejemplo, es el instrumento más efectivo con el que podemos sancionar lo que, por muy indecente y aberrante que nos parezca, se escapa en los tribunales.

¡Pero qué injusta y caprichosa es la vida! Nuestro cesto lo dejaron sin manzanas para evitarnos la tentación, ¿y el de ellos?

Regeneración, de verdad y en plural

Magdalena Trillo | 14 de diciembre de 2014 a las 9:00

Para un periodista, la mejor oportunidad de conversar de verdad con un político es cuando se va. Ya no hay off the record, son ellos los que hablan -no el asesor, ni el jefe de prensa ni el jefe- y son capaces de pronunciarse sobre cualquier tema con una sinceridad que puede ir de la irreverencia a la catarsis. Lo hacen sin la disciplina del partido, sin el encorsetamiento del cargo y sin la presión de quien espera una puerta giratoria para poder culminar su vida laboral.

No todos los que se van disfrutan de este desahogo. Quienes no han conocido otro oficio que la política no pueden más que aferrarse al sillón, a cualquier sillón, para salir adelante. No les queda otra salida que saldar los favores prestados, confiar en que responda alguna de las ‘amistades’ engrasadas y conseguir que el partido no se olvide de ti, que cumpla lo prometido y que te agradezca los servicios prestados con un puesto cómodo y bien remunerado alejado de los focos mediáticos. En una empresa pública, en una fundación, en un consejo asesor… Conocerán muchos ejemplos de estos peligrosos trasvases entre la esfera pública y la privada, más sonoros y visibles a medida que ascendemos en responsabilidad. En la práctica, ninguno de ellos sirve para conversar de verdad con un periodista, es decir, para desnudarse ante la opinión pública. Siguen debiendo demasiado y todavía esperan más.

Sólo los que se van sin atajo son realmente libres para desprenderse del paracaídas de los partidos y atreverse a decir lo que piensan. No es necesario perder las formas, pero imagino que la misma transparencia que percibimos los periodistas se traslada a los ciudadanos. Vuelven a ser creíbles. Lo pensaba esta semana leyendo la entrevista a María Escudero que hoy publicamos tras anunciar que pone fin a su trayectoria pública. Lo primero es que tiene dónde volver: es psicóloga forense y no ha perdido el tiempo en los últimos años, poniéndose al día con un máster que le permitirá llegar con el mismo nivel de exigencia y cualificación con que se fue; lo segundo es que es una decisión pensada, madurada, que ha tomado sobre unas convicciones y unos principios y no sobre una frustración, una espantada ni un adiós obligado.

Hace unos meses se rumoreó mucho sobre la posibilidad de que compitiese en las primarias con Paco Cuenca para ser la candidata socialista a la capital; para entonces la decisión estaba más que tomada. Quienes la conocemos sabemos lo que le ha costado no huir del rifirrafe bronco de la política municipal como ya nos habían acostumbrado sus compañeros de partido. Si ha llegado hasta el final es porque ha situado por encima de su desesperación el compromiso que firmó con los ciudadanos y su propio prestigio en un oficio al que se entregó hace 25 años cuando aún era noble y “enganchaba” más que corrompía. Habla de un equipo de gobierno “decepcionante” y de unas prácticas “predemocráticas” porque es educada… Y porque, a pesar de sus arrebatos y de sus malas pulgas, se contiene…

A la contestación interna que sufre Pedro Sánchez responde invocando un “liderazgo colectivo”, a Susana Díaz la salva porque de verdad lo cree, a Paco Cuenca le da una oportunidad y con Podemos es más que prudente. Si ha habido un momento incierto en la política española, y eso lo sabe IU cuando regala sus siglas, el PSOE cuando se debate entre las denuncias de plagio y la OPA hostil y el PP cuando suma las plazas que perderá en los próximos comicios si no ata la mayoría absoluta, es ahora. En este ahora en el que, mientras las encuestas confunden más que aciertan, los analistas derrapan y los medios nos despistamos entre las crisis propias y las ajenas -sobrevenidas y buscadas-, los otro día bufones se autoproclaman salvadores de la patria al estilo del Pequeño Nicolás. No son (sólo) temas de altura como la ruptura o no del candado de la Constitución y el conflicto territorial, el precio de la supuesta recuperación económica o las trampas de la bajada del paro, son cuestiones mucho más mundanas como la perplejidad por ver a nuestra televisión pública colocando ante el paredón al líder de Podemos (¿defendiendo su corralito? ¿el del Gobierno de turno?) o escuchar a Sáenz de Santamaría decir que el caos que hay montado en España con los sueldos públicos es irrelevante porque no hay tiempo para gastar… ¿De verdad dijo eso?

España necesita un despegue real, pero también un tratamiento intensivo de psicoanálisis que imponga una regeneración real. Tan de verdad como esas conversaciones que tanto echamos de menos los periodistas. La regeneración no servirá de nada si en el ADN del político no está entender por propia convicción que es una profesión como otra cualquiera que tiene un principio y un fin -aquello de que más importante que saber llegar es saber irse-, que se tienen privilegios pero también responsabilidades y que la cosa pública no es la cosa propia sin necesidad de recurrir a Barrio Sésamo. Tampoco servirán de nada las nuevas medidas de transparencia si no las llevamos a las comunidades, las diputaciones y los ayuntamientos y si no conseguimos aplicarlas con la misma contundencia con que las ‘vendemos’. Evidentemente, a ningún sitio llegaremos cargados de tabúes, populismo, márketing e hipocresía.

¿Es real la propuesta de Podemos de que los alcaldes ganen como máximo 1.800 euros? ¿Lo mismo que recibía Errejón con su beca fantasma en la Universidad de Málaga? ¿Así queremos que sean los mejores, los más eficientes, los que ocupen los puestos públicos? ¿Así queremos que sean útiles?

Siempre me he preguntado por qué no podemos aspirar los españoles a tener responsables públicos con talento. Sí, talento. No hablo de aplicar el ‘índice h’ cuando no lo cumplen ni los rectores de la universidad española -alegrémosnos de que entre los ‘magníficos’ de verdad esté el de la UGR- pero sí de abordar con naturalidad lo que significa la competitividad y de asumir como legítima la ambición. Esa que se exige en el mundo de la empresa sabiendo que todo en esta vida tiene un precio. ¿Da la sensación de que la pelea, ahora, está en ver quién cobra menos? Nos volvemos a equivocar de debate. Si creemos que la regeneración es vital, defendámosla pero no nos engañemos. Si no queremos gobernantes mediocres, gestores mediocres, es evidente que habrá que pagarlos. Pues empecemos por admitirlo si de verdad queremos cambiarlo.

De verdad y en plural. Me refiero a nosotras… Mañana nos reunimos en Sevilla una treintena de mujeres con altas responsabilidades en empresas e instituciones en el primer Foro Internacional de Directivas, un encuentro que ha organizado la Universidad Loyola de Andalucía y Mujeres&Cía para hablar sobre el liderazgo femenino. Les sonará a lobby… ¿Y? Regenerar significa remover lo viejo, transformar para mejorar y, por supuesto, sumar. Y en esa suma deberíamos estar nosotras. Pero también aquí de verdad, sin hipocresías y sin complejos. El desafío no es de cuotas; es compartido.

Y por encima de todo, felices

Magdalena Trillo | 7 de diciembre de 2014 a las 10:30

No sólo las temperaturas se han desplomado en los últimos días. Si ha ido a repostar, se habrá sorprendido al llenar el depósito por diez euros menos que al principio del verano. Pero no se alegre demasiado… No mire el tique del supermercado y mucho menos la factura del teléfono, la luz, el agua o el gas. Tampoco se le ocurra comparar lo que ingresa a final de mes -desde el comienzo de la crisis los granadinos hemos perdido una media de 1.400 euros al año por las políticas de ‘moderación’ salarial- y no espere demasiadas sorpresas ni con la bajada de impuestos prometida por el Gobierno para animar las citas electorales de 2015 -antes de que lo hayamos notado los habrán vuelto a subir- ni con los programas de ayudas con que se siguen parcheando los agujeros negros que compiten con el interminable de Bankia: el ‘auxilio’ para los parados de larga duración, las menguantes becas para jóvenes, las buenas intenciones para los discapacitados, los compromisos de no discriminación salarial para las mujeres…

Las alegrías son siempre relativas; pero no menos que la desesperación. No tenemos que recurrir a las previsiones de los hosteleros para comprobar que Granada está a reventar de turistas, darnos codazos en bares y restaurantes, evitar pisotones en el casco histórico, hacer las primeras colas en el telesilla de Sierra Nevada o disputar en Playa Granada los barriles protegidos del viento con vistas al mar. Hasta las estadísticas han querido sumarse esta semana al clima de recuperación ‘oficial’ con el primer repunte en los nacimientos desde 2010. Y no sería una cuestión menor si de verdad estamos ante un cambio de tendencia -sobre todo para los ilusos que aún confiamos en el sistema público de pensiones- y no ante una inflexión de los datos condicionada por algo tan incontrolable como la biología: a las mujeres que renunciaron a tener hijos por la crisis se les pasa el arroz y ya no pueden postergar más la maternidad.

Elija blanco o negro. Coja los datos y decida el titular. Tal vez debamos empezar a creer que la psicología y el estado de ánimo tienen tanto impacto en el parqué como las noticias que salen de la Audiencia Nacional. Paro y corrupción se han vuelto a dar la mano en la última encuesta del CIS como las grandes preocupaciones de los españoles. Unos días antes de pulverizar un nuevo récord, Transparencia Internacional tranquilizaba diciendo que no es una situación “sistémica”, pero no es la sensación que tendrá usted si a los casos de siempre le añade la sorpresiva entrada en barrena de Podemos cayendo, después de un año de agresiva campaña contra el ‘status quo’, en las mismas prácticas de trapicheos y privilegios que todos los demás.

¿Faltaba un “papelito”? Ahora es el partido de Pablo Iglesias el que copia al de Rajoy con aquello de los “cuatro sinvergüenzas” y las “cuatro cosas”. A los justicieros de la “casta”, rehenes de su propia soberbia, no se les ocurre otra salida que reaccionar como todos: haciéndose las víctimas y declarándose perseguidos y difamados. Estoy segura de que no habría ‘caso Errejón’ si el investigador que ha estafado a la Universidad de Málaga no formara parte de la cúpula de Podemos; pero estamos en el momento de la credibilidad. ¿No aseguró Pablo Iglesias que responderían con un sonoro y contundente “¡fuera!” ante cualquier atisbo de corrupción? Por muy “menor” que sea la ‘falta’ de su número 2, tiene ante sí una oportunidad irrenunciable para dar ejemplo.

Ese mismo ejemplo que le ha servido a la Corona para escapar de la ira popular en sólo unos meses -las medidas de transparencia y control que está imponiendo el Rey Felipe demuestran que más que leyes nuevas lo que hace falta es voluntad por cumplir lo que hay y desempolvar la ética-y que viene a demostrar que, como pasa con las encuestas, las radiografías con que nos conmociona el CIS todos los meses son una fotografía puntual tan variable como esos blancos, negros y grises con que podemos leer la actualidad.

Pregúntese si no cómo se posible que, después de tanto despropósito y catastrofismo, los españoles nos pongamos entre un 7 y un 8 en felicidad… ¡Machacados, pero felices! Y la razón es muy sencilla: el color a la vida se lo pone usted.

El origen del mal

Magdalena Trillo | 30 de noviembre de 2014 a las 10:30

“La justicia humana tiene sus límites; sólo la divina es justa”. Son palabras del hoy arzobispo de Granada cuando estaba al frente de la Diócesis de Córdoba; un periodista osó preguntarle por la contradicción que suponía ver dando misa al párroco de Peñarroya después de haber sido condenado a once años de cárcel por abusar de unas niñas cuando se preparaban para la primera comunión. El entonces obispo acusó al redactor de Canal Sur de ser un “mal profesional” y dijo en antena que había sido la entrevista más desagradable que le habían hecho en su vida.

De Córdoba, tras enfrentarse con el cura Castillejo por CajaSur, a Javier Martínez lo ‘ascendieron’ a arzobispo de Granada y aquí se ha tenido que volver a enfrentar a la sombra de la pederastia con una presión social y un impacto mediático mucho más severo que hace una década. Entonces el pueblo se dividió en dos, entre quienes respaldaban al religioso y quienes clamaban para que fuera expulsado; hoy es el propio Papa Francisco quien ha cogido el altavoz y las pancartas contra los pedófilos sin dejar rendijas para el encubrimiento. Aunque las contradicciones persisten: el sacerdote Rey Godoy nunca perdió la ‘comprensión’ ni la protección de la Iglesia; en 2010 salió de prisión en libertad condicional y ahora trabaja como archivero en la propia Diócesis.

Si enfrentamos estos dos casos, es fácil llegar a la conclusión de que la justicia, siempre, tiene límites. Por acción o por omisión. La humana y la divina. En Córdoba los tribunales pudieron ser firmes e implacables -hasta una catequista ratificó las declaraciones de las menores confesando comportamientos similares- pero nada se hizo en el seno de la Iglesia; los hombres de Dios no sólo taparon sino que también ampararon. En Granada, el juez que investiga el caso del ‘clan de Los Romanones’ tiene ante sí un proceso tremendamente complejo por la propia naturaleza de los hechos, por la tardanza con que se ha formulado la denuncia y por el tiempo transcurrido desde que ocurrieron los abusos.

Los tres sacerdotes y el profesor de Religión que fueron detenidos el pasado lunes, mes y medio después de que la víctima recurriera a los tribunales siguiendo las indicaciones del Pontífice, han dormido dos noches en los calabozos pero ninguna en prisión. El miércoles quedaron en libertad con cargos y sólo el padre Román tuvo que desembolsar 10.000 euros de fianza para eludir la cárcel. Durante seis meses tendrán que fichar los días 7 y 21 y no podrán acercarse a menos de 200 metros de distancia de Daniel ni del segundo monaguillo que acaba de denunciar abusos contra los mismos implicados.

De momento, aunque todos se declaran “inocentes”, el instructor aprecia acciones “particularmente degradantes y vejatorias” por parte del padre Román. Bien es cierto que existe bastante preocupación en el entorno judicial por las dificultades procesales para probar los supuestos delitos cometidos con todas las garantías y limitaciones del Código Penal. También queda por determinar hasta qué punto terminan implicados unos y otros y cómo transcurre la causa, ya que sigue abierta la investigación y no se descartan más denuncias y detenciones.

Es evidente que el juez tendrá que dictar una sentencia justa y se podría plantear hasta qué punto ejemplarizante por la gravedad y la alarma social que ha generado el caso. Lo acabamos de ver con la entrada en prisión “disuasoria” de Isabel Pantoja y, aunque podríamos abrir un intenso debate sobre este punto en el contexto de los tribunales, no debería haber la más mínima duda sobre la ejemplaridad que debemos exigir a una institución que ha extendido su poder en la civilización occidental como guardiana de la ética y la moral.

En la lucha contra la pederastia, el primer paso ya lo hemos dado: la “tolerancia cero” ha dejado de ser un eslogan para convertirse en una clarísima hoja de ruta para perseguir y castigar estos repugnantes comportamientos tanto por la justicia ordinaria como por las autoridades eclesiásticas. Y más allá de la ineludible petición de perdón y con más firmeza que una teatral postración ante el altar. Pero queda lo más difícil: atajar los comportamientos que llevan al pecado y al delito desde abajo, desde el principio y de forma constructiva.

Aquí llegamos al debate de verdad: el origen del mal. Hasta qué punto tiene sentido el celibato en la sociedad actual e, incluso, hasta qué punto tiene un fundamento teológico incontestable. Empezando, por ejemplo, por que en las primeras comunidades cristianas ni la tradición ni la biblia imponía el celibato como precepto obligatorio para el sacerdocio. Las razones históricas que lo sostienen tienen más que ver con la necesidad de fortalecer el poder de la institución en momentos de debilidad, frenar excesos -se ha escrito que en el siglo XV, durante el Concilio de Constanza, 700 mujeres públicas asistieron para atender sexualmente a los obispos participantes- y controlar que los bienes de la Iglesia no se perdieran como patrimonio familiar y hereditario. Por otro lado, si de salvaguardar una entrega absoluta se trata, ¿cuánto tiempo dedican los curas a controlar la abstinencia sexual, a atormentarse y a mortificarse?

Por supuesto que la lacra del acoso y el abuso sexual no lo sufre sólo la Iglesia, pero parece innegable que la obligación impuesta de permanecer sin pareja y reprimir cualquier tipo de deseo carnal tiene más contraindicaciones que utilidad. Es verdad que hay razones religiosas, filosóficas y hasta sociales para defender el estado célibe, pero de forma voluntaria. Si la Iglesia está dispuesta a dar realmente ese paso de renovación y apertura que proclama el nuevo Pontífice, es inaplazable abrir costuras para tratar temas tan controvertidos como la sexualidad o el papel de la mujer atendiendo a los sentimientos -y también a las razones- de las corrientes más progresistas.

Aunque los orígenes del celibato se remontan al año 305 con el Concilio de Elvira -otros interpretan que no tuvo carácter obligatorio hasta el II Concilio de Letrán de 1139-, hasta Platón podríamos viajar para encontrar los primeros ejemplos de connivencias exclusivas de hombres dedicados al pensamiento, el arte y el saber que luego marcarían el funcionamiento de las órdenes religiosas y los primeros conventos. Pensadores, artistas, santos…

La pregunta hoy podría ser si lo que pedimos a la Iglesia es pastores aspirantes a santos frustrados o profesionales de la fe, honestos y comprometidos, solteros o casados según lo decidan en conciencia. ¿Son ‘menos’ quienes ejercen la religión protestante y forman una familia?

El sexo, el hambre, es una necesidad biológica. Platón fundó sus academias con absoluta libertad, Sócrates fue tremendamente revelador -el hombre desea lo que no tiene- y Freud ya nos avisó: a lo que conduce la prohibición es al desvío, a la perversión.

Hace justo diez años que Almodóvar removió las vergüenzas de Iglesia con La mala educación. Curas pedófilos, homosexualidad, chantajes… Una controvertida ficción de escándalos sexuales en el clero que hoy se infiltra como actualidad con los mismos rincones oscuros, transgresiones y dolor que entonces. Renglones torcidos que aún no hemos decidido si queremos enderezar.

Tolerancia cero con la pederastia

Magdalena Trillo | 23 de noviembre de 2014 a las 13:26

EL Vaticano ha recibido en la última década más de 4.000 denuncias por casos de pederastia en todo el mundo. Un grupo de expertos norteamericanos calcula que el coste por indemnizaciones a las víctimas, terapias, seguimiento de agresores y asesoramientos legales supera ya los 2.000 millones de dólares y ha llevado a la bancarrota a multitud de diócesis, sobre todo en Estados Unidos. El escándalo que se ha destapado esta semana en Granada es, lamentablemente, uno más que sumar a esta vergonzosa y aberrante realidad que sigue soportando la Iglesia Católica sin que haya sido capaz de articular una respuesta canónica contundente, coordinada y compartida.

El coste moral y social para la institución es incalculable, pero más grave e irreparable es el daño que se ha infligido a las víctimas marcándolas para siempre y provocando, incluso, que haya quienes no han encontrado otra salida a su desesperación que quitarse la vida. También en este punto la denuncia realizada este verano por un joven granadino de 24 años asegurando haber sufrido abusos sexuales cuando era monaguillo y llegó a convivir con varios sacerdotes en una casa parroquial de la capital -desde los 13 o 14 hasta la mayoría de edad- refleja la impotencia e inexplicable desamparo que ha tenido que superar para sacar a la luz su caso e intentar que los responsables no queden impunes.

La respuesta no la ha hallado en Granada ni de mano de los responsables directos de ‘su’ Iglesia; ha sido el propio Papa Francisco quien ha tenido que intervenir, quien le ha pedido perdón (le ha llamado personalmente en dos ocasiones) y quien le animó en agosto a que recurriera a los tribunales. Porque una cosa es el pecado y otra bien distinta es el delito y porque, desde el papado de Ratzinger, “los trapos sucios de la Iglesia ya no se lavan en casa”.

Benedicto XVI decretó la tolerancia cero contra la pederastia, se atrevió a castigar al todopoderoso fundador de los Legionarios de Cristo -el mexicano Marcial Maciel- y aprobó una reforma que introducía la ampliación de diez a veinte años el periodo en el que poder denunciar los abusos al tiempo que se condenaba la adquisición, posesión y difusión por parte del clero de imágenes pornográficas con menores.

El Papa Francisco ha ido más allá: el pasado año aprobó una reforma del código penal de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano definiendo mejor los delitos contra menores. En los dos casos se parte de una convicción que debiera parecer una obviedad pero que choca abiertamente con los grupos más conservadores de la Iglesia: el perdón no sustituye a la justicia.

En este punto radica el conflicto que se ha abierto entre Roma y Granada por la gestión del caso de Daniel -hoy mismo está el arzobispo en el Vaticano dando explicaciones ante la Congregación para la Doctrina de la Fe- y que viene a sumarse al desconcierto y sensacionalismo informativo que se ha vivido en los medios y en la opinión pública durante toda la semana.

Judicialmente, la causa quedó blindada desde el mismo momento en que la denuncia llegó a los tribunales -la víctima recurrió a mediados de octubre a la Fiscalía Superior de Andalucía, que encargó unas investigaciones preliminares y la derivó de inmediato a la Fiscalía Provincial para su correspondiente tramitación- y el juez acordó decretar el secreto de sumario, una decisión absolutamente justificada por la gravedad del caso y la necesidad de evitar que se interfiriera en la investigación garantizando que las pruebas no se contaminaran. En paralelo, resulta difícil de entender que se hayan filtrado datos delicados del expediente eclesiástico mientras el máximo responsable de la Iglesia en Granada, monseñor Javier Martínez, guardaba un inexplicable silencio y permitía que la denuncia se convirtiera en un escándalo nacional y ponía en cuestión su propia diligencia para afrontar el caso.

La consecuencia de todo ello ha sido una contraproducente falta de información que poco está contribuyendo a ese objetivo último compartido de intentar que se haga justicia preservando a la víctima -o víctimas porque el propio denunciante apunta a otros cuatro posibles afectados- y salvaguardando la presunción de inocencia de los todavía sospechosos. Se ha hablado, por ejemplo, de una trama de pederastia cuando la Policía Judicial está en plena investigación, aún está recabando testimonios y pruebas, no hay imputados y, de momento, no han trascendido detenciones. Hasta el portavoz de la Fiscalía Provincial llegó a enviar un comunicado a los medios alertando de que se estaban publicando noticias, en algunos casos tergiversadas y con datos erróneos, que podrían afectar a la continuidad de las diligencias impulsadas desde el Juzgado de Instrucción número cuatro de Granada.

En este despropósito de sensacionalismo y desinformación hemos contribuido todos y todos deberíamos realizar autocrítica sobre el papel que la justicia, las instituciones y los medios estamos desempeñando para hacer frente a lo que no es sino otra gravísima derivada de esa creciente corrupción de la vida pública que empieza a parecer generalizada y estructural. Porque el mensaje que se ha lanzado al país es la de los “curas corruptos de Granada” y la del “clan de los Romanones” como si fuera una secta organizada para montar orgías y abusar de menores cuando es un grupúsculo de sacerdotes que ha venido funcionando al margen de la Diócesis y que ya había provocado por su propios privilegios y excentricidades el rechazo del clero granadino.

Pero aquí también hay responsabilidad de quienes los han dejado funcionar con sus “extraños retiros espirituales”, han mirado para otro lado cuando han ido acumulando patrimonio y riquezas y no los han sometido a las obligaciones y estrecheces de los demás sacerdotes.

El caso de Daniel -nombre ficticio del joven- necesita una doble respuesta: judicial pero también ética y moral. No es suficiente con apartar a los curas presuntamente responsables de los abusos -el joven apunta directamente a tres-, hay que suspender a divinis tanto a los responsables directos como a los indirectos, y se ha de hacer justicia sentando en el banquillo a quien haya que sentar y dictando la sentencia que haya que dictar.

Tampoco basta con pedir perdón como el viernes hizo la Conferencia Episcopal Española. Francisco Javier Martínez ya tiene en su haber ser el primer prelado de España en someterse al dictado de los tribunales ordinarios y el escándalo por los supuestos abusos sexuales a menores viene a sumarse a sus controvertidas homilías sobre el aborto o el matrimonio homosexual, su lucha abierta contra el pueblo de Albuñol o la arrogancia y prepotencia con que editó y ha mantenido en la calle el libro Cásate y sé sumisa. Estamos ante la enésima polémica que salpica al arzobispo de Granada sin que zozobre en el cargo. La Iglesia ha de colaborar con la Justicia, pero también actuar y dar ejemplo. Tolerancia cero con la pederastia, pero con la máxima transparencia y hasta el final.