A oscuras, año seis

Magdalena Trillo | 29 de diciembre de 2013 a las 10:25

No hay nada más aburrido que escribir sobre lo que se debería escribir: el último artículo del año y el primero, el del arranque del curso y el de la despedida, el del inicio de las vacaciones y el del cierre del estío… Pienso en escribir pero tal vez esté pensando en vivir. Porque no hay nada más descorazonador que repasar el año pasado comprobando que podríamos plagiar línea por línea lo publicado hace 365 días sin temor a equivocarnos. Las mismas desilusiones y las mismas esperanzas; las mismas cifras caprichosas que nos atrapan en la oscuridad del túnel.

Año seis. De la crisis. Desde que Lehman Brothers quebró y nos despertó del frío del capitalismo salvaje y la avaricia. Nunca un saco había aguantado tanto. A tan bajo saldo. Con tal alto precio. Después de los recortes y las reformas, 2014 debería ser el año del despegue. De la recuperación. Pero será lenta, agónica, desigual. Ni en el mejor de los escenarios España se situará por debajo de un 15% de paro. Sume cinco puntos más a Andalucía, aplique otros cinco más a Granada y traduzca esos números a su barrio: encontrará la escalada de pobreza, de exclusión y de caridad con que nos hemos empeñado en revertir tres décadas de democracia. Beneficiencia. Esa mal entendida solidaridad con que nos seguimos distrayendo en los quirófanos aplicando etéreas esponjillas de maquillaje barato. Ni pan ni circo.

Lo que tenemos derecho a pedir, por lo que tenemos derecho a luchar, es por la dignidad. Pero es una palabra hueca. Tan huérfana como el catálogo de derechos que nos debiera garantizar nuestra Constitución. Como el marco de convivencia que seguimos pisoteando buscando la luz de un túnel en el que sólo hay tinieblas. Predicando ejemplaridad cuando olvidamos que, desde la antigua Grecia, nunca ha sido posible desligar la ética de la responsabilidad; el ideal de lo material. Pareciera que sobre ello escribe Rafael Guillén en Naturaleza de lo invisible culminando su ambiciosa ecuación poética en torno a la relatividad de Einstein. Tiempo, materia, espacio y movimiento; los límites del mundo, los estados transparentes, los dominios del cóndor, las edades del frío… “La realidad se oculta en lo invisible. Mienten los sentidos y sólo es posible alcanzarla traspasando la falsa imagen de un espejo que se interpone. Lo invisible somos nosotros agitando nuestras aspas en el caos”.

El octogenario poeta granadino habla al universo, pero su universo es también nuestra rutina, nuestros desvelos más mundanos y vulgares. Y ese horizonte inquietante en el que podríamos anclar la palabra crisis: “Hay que sobrevivir. Hay que retroceder y claudicar, retornar a este lado de la sombra, al sufrimiento y a la culpa y a la angustia de estar vivo aún. A este otro lado de la conciencia, de la certeza absurda de que se rige todo por un orden establecido. No hay salida“.

No sé si hay salida. No la hay, desde luego, a este lado de la niebla. Al otro lado, al que nos lleva Guillén en su tetralogía, tal vez sí. Pero no está de moda. Como no lo está la ética ni deberían estar los discursos navideños que hablan de ejemplaridad, de moralidad y de transparencia desde una torre de cristal en la que se practica justo lo contrario. Le leo decir, convencida, a la profesora Adela Cortina que “si nos hubiéramos comportado éticamente” no tendríamos una crisis como la actual… En Para qué sirve realmente la ética (Paidós) nos da hasta nueve razones para convencernos, nueve capítulos con un punto de partida que, repasando la insolencia de titulares de los últimos meses, roza el desconcierto: los seres humanos somos “necesariamente” morales…

La filósofa, que coordina también un volumen sobre Neurofilosofía práctica en Comares, nos recuerda que las personas estamos preparadas para la “cooperación” y el “cuidado” -no para alimentar el afán de lucro y el impulso egoísta-, resulta hasta provocadora cuando asegura que “la ética sirve para abaratar costes y crear riqueza” y contradice todos los dogmas del mercado cuando enfatiza que la educación “no puede consistir en formar personas competitivas sino en educar ciudadanos justos”, ciudadanos que desarrollen sus mejores capacidades para llevar una vida feliz… Lo bueno de empezar un año es que podemos pecar de ingenuidad.

Les invito a ello sumándome a ese anhelo de convivencia y justicia social que debería estar a cualquier lado de la niebla y apropiándome del bello mensaje epigráfico nazarí con que el presidente de CajaGranada nos desea un feliz año: “Ventura, prosperidad y satisfacción de las esperanzas”. Lo pueden leer en la fachada interior de la Puerta del Vino y lo pueden diseccionar en la guía visual del monumento que acaba de publicar el Patronato de la Alhambra. Una edición de lujo que pone luz a algunos de los misterios que todavía atesora el libro de piedra mejor conservado del mundo.

¡Feliz 2014!

Paisajes: de Vera Drake a Belén Esteban

Magdalena Trillo | 22 de diciembre de 2013 a las 10:30

Estoy en la autopista y el coche me obedece. No voy a ningún sitio. Todos los sitios pasan a mi lado. Todos los sitios son el mismo sitio. Veo las indicaciones, los rótulos, y veo los edificios en obras con sus grúas, montones de ladrillos, una gasolinera, anuncios: he salido a la calle sin pisar la calle. El ascensor me lleva hasta el lugar donde me espera el coche. Sin saludar a nadie estoy en la autopista… Todo está en movimiento menos yo, que ahora corro por la autopista en dirección a cualquier parte. Corro en ese mundo repleto de motores, con esas casas llenas de motores, en ese paisaje rosaliano en el que es más fácil encontrar un motor que encontrar un amigo.

Mi inhóspita autovía se parece mucho a la autopista de José Carlos Rosales, aunque el poeta nos asegure que “si quisiéramos podríamos levantarnos y volar”, cruzar el cielo “como los pájaros que huyen de la servidumbre del miedo”, y yo piense que mi asfalto huele más a lo apocalíptico de la carretera de Cormac McCarthy. También mi ciudad se parece mucho a esa ciudad vacía en la que nadie persigue a nadie –unos huyen del sol insoportable del verano mientras otros buscan refugio de la soledad del frío– y en la que hay calles con todos sus comercios cerrados, una estación con trenes que ya nunca volverán a moverse y un puente que no es puente. Tanto se parece mi ciudad a su ciudad como mi mundo se parece a ese mundo “que se diría terminado”, ese mundo que tal vez nunca empezó del todo, “que se averió antes de empezar”.

Aprovecho la monotonía de los semáforos para apropiarme de los Paisajes de José Carlos Rosales que Erika Martínez ha reunido en un volumen precioso que acaba de publicar Renacimiento. Lo hago un día parcialmente nuboso. Consciente de la insolencia que debe ser no apagar las noticias de la radio, me deslizo en sus versos para verme como uno de sus buzos incorregibles, ahogada “en vidrios de tristeza que ponen sordo el día”. Las mujeres hemos perdido hoy otro derecho más. El Gobierno por fin cumple algo de su programa electoral: la dura reforma del aborto. Una regresión de treinta años. Nos dice el ministro Gallardón que es “garantista”, que no se nos criminaliza y que, en absoluto, es que se desconfíe de la madurez de la mujer para tomar la decisión de interrumpir el embarazo. Pero lo que encontraremos en el BOE es que sólo hay dos motivos legales a los que nos podemos acoger: violación y riesgo grave para la salud física o psíquica de la madre (después de siete días de reflexión y con dos informes psiquiátricos que así lo avalen). Reconozco que celebro que las menores necesiten permiso para abortar y lo tengan que hacer acompañadas de sus padres, pero nunca entenderé que sea un “triunfo de la vida” traer a este mundo a un niño con graves malformaciones. La ley Gallardón será más restrictiva que la de 1985.

Escucho el avance de la noticia volviendo a casa del trabajo. Me alegro de tener trabajo para pensar que, si alguna vez me ocurre a mí, podré coger un avión para no verme obligada a recurrir a la caridad de las Vera Drake del mundo cuando vuelvan a convertirse en el último eslabón de una situación desesperada. Egoístamente pienso que yo no tendré que poner en riesgo mi propia vida y me hunde la impotencia de saber que poco puedo hacer por las muchas españolas que quedarán expulsadas a la clandestinidad. Otro paso de involución que costará años restaurar porque, si el Partido Socialista vuelve a gobernar algún día en este país, el trabajo que tendrá por delante será inmenso: de la reforma laboral a la educativa, de las tasas judiciales a la ley de orden público, del copago sanitario al IVA cultural. En una misma semana, el aborto y el ‘tarifazo’ eléctrico con la mayor subida en veinte años.

Salgo a la autovía con el periódico del día en el asiento del copiloto. Me falta la chocolatina, pero me da la sensación de que ya está tan viejo y arrugado como el de José Carlos Rosales, con las mismas hojas de historia efímera que hablan “como si el mundo estuviera repleto de palabras y citas, declaraciones rotas, calumnias y traiciones”.

Yo también hace tiempo que miro las montañas de arena sin saber lo que guardan; sin querer saber que son “almacenes de ceniza donde el miedo envejece”. De las cosas que pasan, yo también miro sólo las que me hieren, las que más duelen, las que no valen nada.

Apago la radio y doblo el periódico lamentando el mundo que este ejemplar encerrará en un volumen enorme y pesado de cualquier hemeroteca esperando que sus páginas “se llenen de insectos o galápagos”.

Si pudiera haría caso al poeta y vería las cosas que nos enseñan la otra cara del mundo: “las que pasan sin hacer casi ruido… las que brillan muy poco y nos desvelan la calma de la luz del horizonte, el sosiego de una tarde tranquila, de unos labios sin filo”.

P.D. Si puede regalar, regale un buen libro esta Navidad; lea un buen libro esta Navidad. Vaya a la librería de su barrio o a la biblioteca. No lo compre al peso en el supermercado; Belén Esteban ya ha vendido 100.000 ejemplares con sus “ambiciones”… De momento, el derecho a leer (y a pensar), el derecho a decidir qué leer, todavía nos pertenece.

Política de galgos y podencos

Magdalena Trillo | 15 de diciembre de 2013 a las 1:12

“Málaga jamás tendrá lo que tiene Sevilla”. Juan Ignacio Zoido ha vuelto a abrir la caja de los truenos de la rivalidad por decir públicamente lo que piensa, por defender la singularidad de su ciudad y lamentar que un proyecto de la envergadura del Pompidou se vaya a la Costa del Sol. ¿Usted no lo querría para Granada? Las palabras del alcalde de la capital andaluza tal vez no fueran las más acertadas para ser escuchadas sin el abrigo de la Giralda, pero no seamos hipócritas cuestionando que un alcalde quiera lo mejor para su ciudad ni volvamos a perdernos en la estéril política de los agravios para soslayar una realidad: el impulso que está cogiendo Málaga como ciudad cultural, la solvencia con que está explotando la fortaleza de su aeropuerto y la coherencia con que está completando y compensando las debilidades del sol y playa.

Se está fabricando de la nada un perfil como destino cultural y le está funcionando. Los proyectos se anuncian, se construyen y se inauguran. Pasó con Picasso y con el Thyssen y volverá a ocurrir cuando el Centro Pompidou abra en el Cubo del Puerto su primer centro fuera de Francia. Está de moda y lo están aprovechando. ¿No es legítimo que Málaga trabaje en una estrategia de desarrollo que le permita luchar contra la estacionalidad del turismo aunque sea a costa de ‘minar’ el triángulo cultural andaluz que tradicionalmente han encarnado Granada, Córdoba y Sevilla y que tan torpemente se ha gestionado? ¿Y no es legítimo que Zoido contrarreste a la defensiva realzando el potencial de Sevilla?

El verdadero debate no es la rivalidad sino quién se pone la medalla del éxito y a costa de qué y de quién. Me explico. La rivalidad, entendida como competencia y no en clave de privilegios ni favoritismos, debería ser irrenunciable para un sector tan estratégico para la economía andaluza como el turístico si queremos seguir teniendo oportunidades en el exigente contexto internacional. Y, si somos realistas y honestos para reconocerlo, hasta la envidia ‘insana’ puede funcionar como aliciente para poner en marcha iniciativas que ‘construyan’ Andalucía y beneficien a toda la comunidad. Otra cuestión es la gestión. En el caso de Zoido, si es capaz de encajar las críticas de la prensa que esta semana le recordaba cuando en enero de 2011 anunció que la Puerta de la Carne, en el centro turístico de Sevilla, se convertiría “en un centro de arte contemporáneo con la misma filosofía que el Pompidou” y, en las provincias ‘hermanas’, si somos capaces de admitir las incompetencias propias y lo mal que nos va cuando nos dedicamos a debatir si son galgos o podencos.

A partir de aquí sí hay una exigencia de transparencia que debería imponerse al miedo a la guerra entre provincias con que se sigue haciendo política. Y va más allá de la negativa de la Junta a detallar por provincias el presupuesto porque este diario lleva ¡años! intentando conocer las partidas reales que desde el área de Cultura se han destinado a Málaga… Si es una leyenda urbana que el despegue cultural de la capital de la Costa del Sol tiene mucho que ver con las generosas inversiones que ‘sus’ consejeros han realizado en estos años, estaría bien que se nos explicara al resto de Andalucía. Con cifras.

No diré que con ello podamos compensar los siete años de retraso con que se abrirá el Centro Lorca, sacar del cajón el ya ‘inviable’ Teatro de la Ópera, arreglar el eterno problema de la infraestructuras ni reescribir la historia de un Milenio que ha terminado generando más frustraciones que oportunidades. Pero, quedándonos en el presente, hay proyectos que todavía se pueden salvar, que hasta nos pueden ilusionar y que requieren tanta inversión como claridad en el posicionamiento de unos y otros. Estoy pensando, por ejemplo, en el aeropuerto y en la declaración de la Alpujarra como Patrimonio de la Humanidad. El primero vuelve a estar en el centro de la polémica, precisamente por la demagogia con que seguimos planteando la rivalidad con Málaga (¿no será más mortal el AVE para el futuro del García Lorca que el internacional de la Costa del Sol que ahora complementa nuestra oferta?), y el segundo se enfrenta a dos problemas importantes: el poco entusiasmo que hay entre la población local y la posición de delantera que tienen, justamente, los Dólmenes de Antequera.

La Junta ha dejado dormir durante años la propuesta malagueña y ahora, cuando Granada está desarrollando el expediente en tiempo récord, la ha reactivado. ¿Antequera o Alpujarra? Y si son las dos candidaturas, en qué fechas y con qué esfuerzos. Málaga lo querrá saber y también Granada. Llegará el tiempo de reclamar inversiones pero ahora es más urgente algo mucho más barato: la lealtad y la unidad.

Lo reclamaba el presidente de la Diputación este viernes en la entrega de los Premios de Turismo recordando lo bien que le ha ido a esta provincia cuando ha habido unidad… La apuesta de la British Airways por el aeropuerto de Granada es un ejemplo (el próximo verano recuperará los cinco vuelos), el Centro Lorca está a punto de serlo y el expediente de la Alpujarra lo debería ser. Siempre, claro está, que dejemos de debatir si son galgos o podencos.

Eslabones perdidos

Magdalena Trillo | 8 de diciembre de 2013 a las 1:00

De los brotes verdes al #findelacita. Del Gangnam Style al Ecce Homo de Borja. De la tormenta viral del relaxing cup of coffee al contagioso Cásate y sé sumisa que sigue persiguiendo al arzobispo de Granada. Son memes. No busque la palabra en el diccionario; no existe. Pero son tan viejos como la vida misma. Ideas virales de las que, sin saber por qué, acabamos hablando todos. Contagiosas. Irresistibles. Tan sutiles como manipuladoras. Tan enigmáticas como sigue siendo nuestro pasado. Afortunadamente, lo físico y lo psíquico, ADN y mente, se nos sigue resistiendo. Puertas que se abren y cierran acrecentando los misterios sobre la existencia humana, la de hoy y la de hace un millón de años.

En Nature, la biblia de la ciencia, esta semana se ha publicado un descubrimiento histórico. No es redundancia, ha sido un hallazgo inesperado que vuelve a situarnos en el punto de partida sobre la evolución del hombre. Un equipo de científicos españoles y alemanes ha logrado descifrar el ADN de unos fósiles de hace 400.000 años en la Sima de los Huesos de Atapuerca. Apenas dos gramos de fémur han bastado para conocer la hoja de ruta del homínido. Y resulta que las conclusiones son hasta provocadoras: el ADN mitocondrial encontrado no tiene nada que ver con el de los neandertales -como cabría esperar- sino que está más cerca de los denisovanos que habitaron el sur de Siberia. El homínido de Atapuerca podría ser fruto del cruce de un neandertal y una madre denisovana. El globo del progreso, como sintetiza el paleoantropólogo José Luis Arsuaga, se vuelve a hinchar de conocimiento pero con una consecuencia desafiante: “cuanto más aire hay dentro, mayor es la superficie de contacto con la inmensidad de lo desconocido”. No sabemos por qué estamos aquí, cómo hemos llegado a ser lo que somos y, mucho menos, cuál es la explicación -incluso el precio- de que pensemos como pensamos.

El mismo ‘avance’ que ha permitido desentrañar el ADN de una mitocondria humana de hace casi medio millón de años es el que está detrás de un fenómeno cada vez más preocupante: el pensamiento viral, el control inteligente sobre lo que -creemos- son nuestras ideas y hasta nuestras emociones. La periodista Delia Rodríguez explica en Memecracia. Los virales que nos gobiernan cómo las ideas contagiosas utilizan internet, el ‘progreso’ de las redes sociales, para manipular la mente. El mismo salto tecnológico y científico que nos ayuda a comprender, a arrojar luz sobre los grandes interrogantes de la vida, es el que se encarga de someternos y de recluirnos en la caverna. ¿Sabemos quién decide lo que debemos hacer, comprar, sentir y votar? Los memes más veraces -que no verdaderos- son los más peligrosos. Porque ni siquiera tienen que ser buenos, bellos o útiles; sólo propagarse y sobrevivir.

Curiosamente, como recuerda la periodista en su ‘manual para los guerreros del meme’, la palabra la inventó el zoólogo Richard Dawkins en 1976 en El gen egoísta para advertir que, si queríamos seguir comprendiendo la evolución del hombre, teníamos que pensar en los genes como replicadores, unidades que sólo están interesadas en perpetuarse a sí mismas: “Deberíamos entender que los genes no están a nuestro servicio sino que más bien los humanos somos máquinas de supervivencia que respondemos a nuestro egoísta, inconsciente y ciego material genético”.

Ese material ‘interesado’ que no intenta más que expandirse y que podría explicar que los primeros antepasados de los neandertales se cruzaran con los últimos descendientes del Homo antecessor; ese mismo material ‘interesado’ que, aplicado a la “rica, diversa y tantas veces inútil cultura humana”, podría esconder un mecanismo evolutivo que iría mucho más allá de los genes. Es justo aquí donde Dawkins irrumpe con la palabra “mimeme”, que en inglés rima con gen y que se termina generalizando como meme. Esos virus mentales “tan egoístas como los genes” sobre los que nos alerta Delia Rodríguez. ¿Vivimos en memecracia? ¿Gobernados por memécratas de la política, de la empresa, de la moda, de la publicidad, del espectáculo? Piénsenlo antes de reenviar el siguiente tuit… Una era viral en la que ni pensamos ni actuamos tan libremente como creemos asumiendo la ‘trampa’ de que internet es una cosa y la vida real otra.

A lo largo de la historia, los periodistas, los medios de comunicación, hemos actuado de dique de contención ante la tormenta del meme pero acaso lleve razón la bloguera cuando lamenta que hoy, víctimas también de esta trivial y súbita des-evolución humana, “en lugar de situarnos como el mástil al que atarnos para resistir, nos hemos puesto a soplar junto al temporal”. Si se está preguntando qué hacer para luchar contra el meme, siento decirle que le voy a desanimar porque no puedo más que dejarle con la inquietante cita de Hannah Arendt que precede lo que, en mi opinión, es un capítulo más que sumar a nuestra abierta e irresuelta historia evolutiva: “¿Acaso no sabemos todos cuán relativamente fácil ha sido siempre perder al menos el hábito, si no la facultad, de pensar? No hace falta más que vivir constantemente distraídos y nunca abandonar la compañía de otros”.

Fragmentos de ‘Cásate y sé sumisa’ (cuando pasas de la entradilla)

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:24

Aprender a ser sumisa, como dice San Pablo

“La única manera de limar aristas es aprender a ser sumisa, como dice San Pablo. O sea, a ponerte debajo, porque tú serás la base de vuestra familia. Tú serás los cimientos (…) Quien sostiene el mundo es el que está debajo, no el que se pone encima de los demás (…) Acabemos con las hembras alfas y los machos omega. Tendrás que aprender a aflojar las riendas. Aun cuando apostarías diez a uno a que tú eres la que lleva razón. Haz la prueba. Y no digas ‘no me da la gana’. Muérdete la lengua” (pág. 35).

Sobre los transexuales, metrosexuales y afeminados

“Veo con abatimiento a muchísimos muchachos presumidos, vanidosos, con un ambiguo olor a mujer, que frecuentan al esteticista para depilarse con más frecuencia que yo, que pasan horas y horas en el gimnasio. A mí esta clase de machos me da una impresión ‘demasiado suave, como el perro de un señorito’ como se dice en Perugia. Sospecho que hay cierta relación entre la pérdida de identidad y los diversos tipos de transexuales, metrosexuales e, incluso, hombres afeminados” (pág. 77).

La identidad y autonomía de la mujer

“La mujer necesita al hombre, no puede pasar sin él si quiere encontrar su identidad (…) Ser muy bellas, inteligentes, cultas y dedicadas a la profesión puede llegar a complicar aún más las cosas. A veces, nos hace caer en la trampa de darle un peso excesivo a la propia autonomía” (pág. 89).

La obediencia desde el pecado original

“La obediencia se ha hecho necesaria a causa de nuestra naturaleza herida, por el pecado original” (pág. 90).

La sumisión en la Iglesia y en el matrimonio

“Ahora, pocas son las amigas cristianas con las que podemos contrastar con libertad nuestra idea del matrimonio. Porque, si estas reflexiones las compartimos con las amigas ‘del mundo’, o nos insultan o nos compadecen o nos invitan a pedir ayuda psiquiátrica. Lo extraño es que, entre cristianas, si empiezas a hablar de sumisión, piensen que estás bromeando (…) Hablar de sumisión suscita reprobación, alarma, rebeldía, irritación y asco (…) San Pablo , en la Carta a los Efesios, nos explica cómo se sirve al otro en el matrimonio. ‘Las mujeres [que sean sumisas] a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo’ (pág. 111).

La mujer, el poder y la maldad

“No estamos hechas para el poder. Y las mujeres que llegan a alcanzarlo, con frecuencia acaban enfurecidas, porque traicionan su propia naturaleza, inseguras y, a menudo, violentas (…) ¿Las mujeres se vuelven malas cuando llegan al poder, o llegan a él porque ya eran malas antes?” (pág. 192).

El arzobispo insumiso

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:18

Después de leer las 214 páginas de Cásate y sé sumisa es fácil entender por qué el arzobispo de Granada se niega a retirarlo: cualquiera de sus homilías supera ampliamente lo pretendidamente radical que se considera el libro. Hace casi un mes que este manual católico de la buena esposa desató la polémica y, lejos de amainar, la controversia por la obra con que la periodista italiana Costanza Miriano invita a la mujer a ser “sumisa y obediente” ha saltado al debate político nacional, ha logrado unir a todos los partidos en su contra y hasta ha enfrentado al Gobierno y a la Iglesia. Cientos de ciudadanos se han adherido ya a las plataformas a favor y en contra de la publicación, en las librerías locales no dejan de reponerse ejemplares ante el insólito éxito de ventas y, en portales como Amazon, ya se ha colocado en los primeros puestos del ranking superando a Belén Esteban y al Gran Wyoming.

Este es el nivel. Un best-seller mediocre, escrito en tono de humor, con un lenguaje coloquial y sin mayores alicientes que relatar las experiencias cotidianas de la madre moderna desde la óptica de una mujer católica que defiende el matrimonio de toda la vida, ataca abiertamente el aborto, cuestiona la “trampa” que ha supuesto la emancipación de la mujer y relega su posición al sostenimiento del hogar y el cuidado de los hijos. Una mujer que no entiende los problemas del “cielo de cristal” por los que se preocupan las feministas, que tiene nostalgia de cuando los maridos aparecían a la hora justa en casa preguntando “qué hay de comer” y que siempre tiene un buen consejo de “predicadora” que dar a sus amigas en sus relaciones de pareja: hacerse la tonta y la despistada, no contradecir, darles siempre la razón, obedecerlos… y tener hijos. La mujer sumisa en la cocina y el marido dominante y protector, en la calle.

Lo “inoportuno” y “desafortunado” es el título, como ha confesado hasta el portavoz de la Conferencia Episcopal, pero también el contenido. La periodista, de 42 años y madre de cuatro hijos, arranca el libro con un ¡Mira quién fue a hablar! repleto de frivolidades y continúa con once cartas (a nueve amigas y dos amigos) en las que intercala sus vivencias como madre y esposa con sus ideas fundamentalistas sobre el rol de la mujer y la relación en pareja: va del aborto y el control de la fertilidad a los piojos de los niños, las pizzas pisoteadas y los ríos de zumo de pera; de la necesidad de perdonar la infidelidad del marido a las pepitas de mandarina en el coche, los collares de azabache y la cirugía estética; del alegato de la maternidad como felicidad suprema (“es la primera vocación de la mujer”) a las faldas de Gap con huellas de Nutella y su necesidad de contar con un entrenador personal -a ser posible “Pep Guardiola”-; del Camino de perfección de Santa Teresa a la Oprah Winfrey de los pobres, los consejos de Carrie Bradshaw y el cotilleo del Vanity Fair.

En Italia ya ha vendido más de 70.000 ejemplares desde que se publicó hace dos años y en España, traducido por la editorial Nuevo Inicio creada por el Arzobispado de Granada “como instrumento pastoral”, está teniendo un éxito arrollador. El efecto contagio del ‘cásate y sé sumisa’ lo ha convertido en un auténtico fenómeno viral aunque es cierto -como alegan sus defensores- que buena parte de las críticas y pronunciamientos que se han producido en las últimas semanas son de personas que no lo han leído. “Hay que pasar de la entradilla”, advertía esta semana Gil Tamayo; “cuando se acuse de algo que se especifique la página y el párrafo”, apostillaba monseñor Martínez. Pero el hecho es que, pasando de la entradilla, lo que el lector encuentra va de la nimiedad al despropósito por mucho que el Arzobispado haya querido argumentar que es un “best-seller muy interesante desde el punto de vista cristiano”, tilde la polémica de “ridícula” e “hipócrita”, recuerde que la obra ha sido reconocida como “evangelizadora” por L’Observatore Romano y hasta la propia autora haya tenido que mediar asegurando que su objetivo no era “instigar a la violencia machista” sino “ayudar a recuperar las relaciones de amor”.

Es el título del libro el que invita a la sumisión, ni una sola vez aparece la palabra “igualdad” en la obra, y es también una posición que se defiende y justifica ampliamente en su interior amparándose en una literal interpretación de la carta de San Pablo a los Efesios. Porque Costanza Miriano escribe lo que, como reconoce en la obra, “ni siquiera los curas se atreven a decir ya por temor a ser lapidados por nosotras las mujeres”.

Hay algunos curas, sin embargo, que sí se atreven. Es el caso del arzobispo de Granada, que lleva diez años generando polémicas desde el altar, que salió de Córdoba tras enfrentarse al poderoso presidente de CajaSur Miguel Castillejo en lo que entonces se entendió como “una patada hacia arriba” y que tiene en su curriculum el dudoso honor de ser el primer arzobispo que se sienta en el banquillo de los acusados, la justicia ordinaria de los hombres, por injurias a un canónigo.

Francisco Javier Martínez (Madrid, 1947), hijo de padres asturianos, se licenció en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1973 y fue nombrado obispo con sólo 37 años. En una estancia en Alemania conoció el Movimiento Comunicación y Liberación -se convirtió en uno de sus principales introductores y representantes en España- y fue en 1996 cuando vinculó su trayectoria a Andalucía al ser nombrado obispo de Córdoba por Juan Pablo II. Desde su nombramiento en 2003 como arzobispo de Granada ha creado el Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano, el Instituto Lumen Gentium y el Instituto de Filosofía Edith Stein y, con un enfoque evangelizador y pastoral, ha puesto en marcha el Centro Cultural Nuevo Inicio con la editorial que acaba de publicar Cásate y sé sumisa y que ya prepara una segunda parte.

Reacio, siempre, a atender a los medios de comunicación (ni una sola entrevista ha concedido a este diario en diez años), el pasado día 15 emitió un duro comunicado en que defendía el valor del libro, negaba que incite a la violencia machista (se está estudiando si se puede exigir su retirada por un delito de apología de la violencia contra la mujer), replicaba que lo que sí favorece los malos tratos es “la legislación que liberaliza el aborto” y situaba toda la polémica en un contexto de cruzada contra él y de campaña contra la Iglesia. Muy cercano al presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, y completamente alejado al clima de aperturismo del nuevo Papa, las posiciones de monseñor Martínez son tremendamente conservadoras, populistas y fundamentalistas, el integrismo propio del movimiento ultracatólico Comunión y Liberación y del Camino Neocatecumenal (los kikos). A nivel interno, los conflictos y el malestar en las parroquias es constante pero nunca ha saltado en estos años de las críticas veladas y los off the record y, de puertas para afuera, son sus palabras las que se llevan los titulares: que vivimos en un “país subsidiado” y plagado de “funcionarios”, que sólo con la “fe en Dios” se puede atajar el problema del paro, que “más peligrosa que Educación para la Ciudadanía es la ciencia para el mundo contemporáneo”, que “el culto a la razón ha terminado en los botellones” o que “matar a un niño indefenso [en alusión al aborto] da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer”. A ello se une el episodio del traslado forzoso del llamado ‘cura de los senegaleses‘ que levantó en su contra a todo el pueblo de Albuñol o la denuncia de más de un centenar de curas de Granada ante el nuncio del Vaticano por los gastos excesivos de la diócesis.

La polémica del libro es una más. Y, más allá del escándalo que lo ha convertido en un lamentable best-seller, la cuestión ahora es si realmente tiene recorrido la petición de retirarlo a la que ha terminado sumándose la ministra Ana Mato. La realidad es que sería un “ataque a la libertad de expresión” como advierte la Iglesia, la editorial y la propia autora, sería el primer libro censurado desde el fin de la dictadura franquista en España y sería, aunque roce la demagogia, como “censurar a San Pablo“. Desde el punto de vista jurídico, la propia Fiscalía ha reconocido que es un tema complejo y así se entiende también desde el ámbito académico pese a la indignación social que ha suscitado y las alarmas que se ha encendido entre los colectivos feministas y de lucha contra la violencia de género.

Hay quienes comparten el argumento de la libertad de expresión pero siempre que se hubiera publicado por una editorial privada, no desde una institución como la Iglesia que tiene financiación pública. Precisamente, en la última página del libro se incluye el numero de cuenta de un banco y una petición de donativos para colaborar con la editorial del Arzobispado. El siguiente proyecto, Cásate y da la vida por ella, se dirige a los hombres y promete generar tanto revuelo como el dedicado a la sumisión. Primero se invita a la pasividad y luego, si la mujer no es obediente, estará justificado que el hombre la convenza…

De osos y cocodrilos

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:12

Desde  los tiempos de Julio César pasando por los de Maquiavelo y Mao Tse Tung hablamos de estrategia. Entonces se aplicaba a los ejércitos y a las guerras pero el objetivo de sus batallas no era muy diferente del que tenemos hoy en cuanto suena el despertador: sobrevivir. Lo hacemos en casa a diario, lo hacen los partidos políticos y las organizaciones sindicales, lo hacen las empresas y lo hace hasta la Iglesia y la Corona. Aguantar. Resistir siguiendo el principio darwinista de la constante adaptación. Ser tan productivos y competitivos como exigen los mercados a quienes hemos vendido nuestro presente y nuestro futuro.

Si lo pensamos bien, todo gira en torno a la competitividad. Aunque no tengamos ni idea de qué significa ni sepamos si realmente existe una fórmula del éxito o es un invento de unos pocos para seguir explotando a los demás. El consultor estratégico Marcos Urarte participó esta semana en un foro organizado por este diario junto a Banco Popular en el Palacio de Congresos de Granada para analizar la realidad y los retos de las pymes y lo cierto es que sorprendió con un buen puñado de titulares, más de un ejemplo práctico del que apropiarse y alguna que otra sugerente idea que reinventar. Con permiso del experto, podríamos aplicar sus ‘enseñanzas’ al terreno que más se resiste a ser diseccionado y cambiado: la actualidad.

Empiezo por la Iglesia. Hay quienes aseguran que, tras la polémica desatada con el lanzamiento del libro Cásate y sé sumisa, lo que hay es toda una estrategia del arzobispo de Granada para mantenerse en el puesto. Después de diez años provocando desde el altar, parece que había llegado la hora del relevo aprovechando los vientos aperturistas del Papa Francisco y la reciente incorporación de Gil Tamayo como portavoz de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, el escándalo que se ha suscitado a nivel nacional y la reacción corporativista de la Iglesia interpretando las críticas como una cruzada contra la institución y contra el prelado habrían paralizado el traslado. Un ejemplo de ‘manual’ de cómo aprovechar las oportunidades. Francisco Javier Martínez, en versión defensiva: “La mejor estrategia es tener el valor de atacarse a uno mismo”.

Al Partido Popular y al Partido Socialista podríamos aplicar aquello del oso y el cocodrilo. ¿En una lucha abierta quién ganaría? Pues depende… Depende de si se libra en tierra o se libra en agua. Es decir, mucho tendrá que ver en un futuro escenario electoral si se enfrentan en un momento de recesión y estancamiento económico como el actual o se confirma la llegada de los brotes verdes, de la recuperación y la creación de empleo. Más aún si lo ‘animamos’ todo con alguna bajada de impuestos y la restitución de las pagas extra perdidas… ¿Cómo competir mientras tanto y ganar cuota de mercado?

Primero, desmontando tópicos: el objetivo “no es hacer las cosas bien” (ni siquiera es su caso); es hacer las cosas por las que alguien esté dispuesto a pagar, a dar su confianza. En segundo lugar, y siendo extremadamente pragmáticos, habría que decidir a quién se le quita la cuota de mercado en la ‘caza’ del votante. Crecer pero a costa de quién. Veamos. Después de perder cuatro millones de electores, ¿han decidido ya los socialistas si quieren ampliar el tablero por el centro o quieren virar a la izquierda? ¿Son las fricciones entre los socios de gobierno en la Junta un reflejo de tal disyuntiva? Tampoco para el PP debe resultar fácil enfrentarse a una base tan diversa. ¿Seguimos en el centro y nos acercamos al ‘tea party’ con Esperanza Aguirre? ¿Apostamos en Andalucía por el candidato que controla el aparato aunque sea sevillano [José Luis Sanz] o se asume el riesgo de innovar?

Porque si el éxito depende de la innovación, la estrategia de Susana Díaz es incontestable. Y lo es incluso partiendo de que innovar a veces no significa más que “seguir haciendo lo mismo de modo distinto”. Si lo analizamos bien, el mensaje de Susana Díaz no ha cambiado en exceso el discurso socialista, pero sí ha sabido imprimirle imagen, marca, reputación. Se ha posicionado como líder y ha ocupado un espacio que desde hace años estaba huérfano. En apenas unos meses ha ligado su nombre a la confianza y la credibilidad. Es cierto que puede defraudar pero, de entrada, se ha situado en la parrilla de salida y sin perder de perspectiva dos principios básicos del buen guerrillero: no importa cuánto éxito se logre, nunca hay que presumir de líder, y siempre hay que mantenerse flexible, estar preparado para la retirada inmediata.

Después de casi treinta años de crecimiento económico dejándonos arrastrar -las empresas pero también las administraciones, el sistema bancario y la propia sociedad-, lo que ha hecho la crisis es colocar a cada uno en su sitio y obligarnos a remar a contracorriente. Hoy, no importa el nombre que utilicemos para cambiar ni si existe o no una fórmula del éxito; lo que es evidente es que nada es como era hace unos años y nada lo será. Podemos adelantarnos y cuestionarnos lo que estamos haciendo o podemos esperar a que la marea vuelva a subir… Pero sabiendo que nos puede ahogar.

Inyección de euforia

Magdalena Trillo | 24 de noviembre de 2013 a las 11:06

Llevo toda la semana pensando en la aguja hipodérmica de Lasswell. Les cuento. Al teórico americano lo solemos estudiar en las facultades de Comunicación cuando analizamos el poder de manipulación de los medios, la propaganda y la política. Este investigador y publicista de Chicago, un pionero de la ciencia política y uno de los padres de las teorías de la comunicación, publicó una de sus obras fundamentales en 1927 (Propaganda Techniques in the World War) desarrollando una primera ola de análisis sobre la dimensión sociológica y psicológica de la propaganda y marcando lo que unos años más tarde cristalizaría en el ‘efecto Goebbels’ del nazismo: los medios inyectan en los ciudadanos las ideas que la élite dominante desea extender… y nada podemos hacer para evitarlo.

Su planteamiento fue tremendamente revolucionario y lo cierto es que, con más o menos críticas, ha pervivido durante décadas como reflejo extremo del impacto que tienen los mensajes mediáticos en la población, de cómo los medios influimos en lo que la gente piensa, de cómo constituimos una pseudorrealidad o realidad de ‘segunda mano’ y de cómo la política se sirve de nosotros como altavoz.

Los medios hemos cambiado, los políticos también, las redes sociales nos han arrebatado -a ambos- el monopolio de la comunicación, los canales de persuasión se han multiplicado, pero seguimos fabricando la misma realidad ‘envenenada’ que hace un siglo. En el Gobierno, en el Partido Popular, han bastado unas semanas de tratamiento de choque para salir de la crisis y ver el final del túnel -con la impagable ayuda, eso sí, de los alegres banqueros de gira por el país- y el músculo socialista ha vuelto, fuerte, triunfante y unido, como si se hubiera despertado de un mal sueño. Aquel que los ha llevado a las mayores derrotas electorales de su historia y que hoy, al menos así lo reflejan todas las encuestas, lo siguen situando a años luz de los ciudadanos.

El ‘marianismo‘ y el ‘susanismo‘ tendrían que empezar a estudiarse en la universidad. Unos inyectados de lealtad y otros con el elixir del Ave Fénix. Para la mitad de los ciudadanos España está de moda y para la otra mitad, a punto de quebrarse. El pie sigue en el acelerador de las reformas (Europa siempre quiere más) mientras reeditamos en clave nacional dos bandos irreconciliables de éxitos y fracasos. Para unos empezamos a crecer y para otros no dejamos de dilapidar derechos y libertades. Primero fue en nombre de la economía y ahora de la ideología. Cuando aún esperamos que la reforma local empiece a crear empleo ya se anuncia una “segunda ronda” de medidas para cumplir el déficit (“significativos ajustes” advertía el viernes el FMI), la ley Wert de educación es tan nefasta que no la quieren ni los suyos -la única duda parece ya si la caída del ministro será antes o después de Navidad y si se llevará consigo a Mato y Gallardón-, la del régimen local se ha descafeinado por el camino y aún está por ver si la de seguridad ciudadana no acaba convertida en esa “patada en la boca de la democracia” con que algunos ya la han bautizado.

Sin saber muy bien si caminamos hacia atrás o hacia adelante, Rubalcaba sigue proclamando que el PSOE ha vuelto confiado en que sea la nueva lideresa del socialismo quien convenza a las tropas y Rajoy llega al ecuador de su mandato prometiendo traer de vuelta “la España que todos queremos”. Nostalgia en vena frente a esa gran masa de ciudadanos que confiesa no haber notado “ningún síntoma” de mejora económica, que no cree que el país esté empezando a salir de la crisis y que no tiene ningún motivo para volver a creer en los políticos. Ciudadanos que siguen teniendo que recurrir a pancartas y altavoces con pocas esperanzas de ser escuchados, que ganan cada vez menos por más trabajo y que pagan cada vez más impuestos por los mismos servicios -cuando no peores- que hasta ahora eran gratis.

El espejismo mcluhaniano de esta inexplicable euforia, económica y política, no es al menos lo que se ha visto esta semana en los barrios “ignorados” que han unido sus voces en pueblos y ciudades de toda Andalucía para pedir que se “salve a las personas y no a los bancos”; no es el día a día de los miles de jóvenes que se debaten entre permanecer en el paro y cobrar salarios de 500 euros; y no es la pesadilla de los mayores que hacen malabares con sus menguantes pensiones. Parece evidente que la aguja de Lasswell no se ha colado en la cocina de la última encuesta del INE sobre las condiciones de vida de los españoles: los ingresos de las familias han caído casi un 10% desde el inicio de la crisis, el 23% de los hogares llega a final de mes “con mucha dificultad” y uno de cada tres andaluces vive ya por debajo del umbral de la pobreza.

Las puertas del Palacio de Congresos de Granada reflejaban ayer simbólicamente estos dos mundos contrapuestos que colisionan a uno y otro lado de la aguja: más de 2.500 militantes socialistas se inoculaban optimismo con terapias de besos y abrazos; al otro lado del cristal, decenas de ciudadanos soportaban el frío elevando sus pancartas de protesta y, en las calles de la capital, vuelta a la rutina de las manifestaciones que nos vienen acompañando desde el inicio de la crisis.

Brotes de macasar

Magdalena Trillo | 27 de octubre de 2013 a las 9:36

Me pedía el otro día Enrique Moratalla que le escribiera y le contara si me había gustado su nuevo disco o si es mejor que se dedique a otra cosa… Se lo digo en público: he sentido cada nota, me he estremecido con sus palabras, me he dejado embriagar. Y he soñado. El macasar aún no ha florecido en los jardines de la Alhambra, pero el alba ya huele a jazmines y la ciudad se eleva como un fijo espejismo de geometría quieta… Me pregunto si habrá algo de sacrilegio, si rompo la armonía de los compases y la magia de la poesía, cuando decido encarcelar la belleza de las ‘hijas del frío’ en el iTunes del móvil para pasear por ese país Tertulia donde la luna baila al son del tango y de la lluvia. Para perderme cualquier mañana de enero por los jardines del Partal. Para dejar que el tic tac del tiempo me alcance y me atrape compasivo. Para mirar las horas sin ojos, para morir cada rato un poco, para abrazarme a la existencia.

La luz de noviembre está aún por venir pero no la quiero triste ni con olor a crisantemo. Quiero aguardar a que el macasar me regale su flor; esa que se ilumina de milagro cuando nada se espera, cuando la vida hace daño y se va.

Pondría un macasar en la exposición de Juan Vida. Pero desnudo, gélido, leñoso. Salgo de la Biblioteca de Andalucía y veo moscas por todos lados. Familiares, inevitables, golosas. Moscas de todas las horas. Divertidas, revoltosas, pertinaces. Las viejas moscas voraces que cantó Serrat se posan ahora sobre las manzanas putrefactas de Juan Vida. El cristal con que se mira es una metáfora de nuestro tiempo. Nada halló Machado más poético en sus soledades que las moscas “evocando todas las cosas” y nada hay más sugerente que la dureza, la angustia, la inquietud y hasta el asco que nos provoca la última obra de Vida desencallando de un ordenador para descubrirnos cómo el suelo se abre a nuestros pies. Collages tan turbios como el presente; tan oscuros como el futuro. La cuchilla ensangrentada sobre los labios de una mujer, el demonio que susurra al oído, el cementerio de muelas en la jarra de cristal… Lápices como puñales que atraviesan el corazón, rosas de espinas sobre el cadáver del niño, cristales traidores donde todo es verdad y todo es mentira.

Vida lanza el corazón al váter y Moratalla lo acurruca; Vida lo devora, con cuchara y tenedor, y Moratalla lo adormece. Moratalla juega con la belleza y Vida le pone una trampa: “anzuelo de plata, caballo de Troya”. Los dos te interrogan, te golpean. Desde la aridez del frío o desde la insumisión de pensamiento.

Puede que, como defiende Wim Wenders, “hasta en el infierno existe la belleza”. El cineasta alemán lo acaba de demostrar descubriendo en España su faceta como fotógrafo con una exposición sobre el polvoriento Oeste americano, el desastre nuclear de Fukushima o la devastación de la Zona Zero de Nueva York. Imágenes anacrónicas sin efectos ni retoques con las que se aleja de las innovaciones y la “manipulación” de las historias que nos cuenta el cine para mostrar la autenticidad y sinceridad del viejo oficio, para reivindicar la limpidez de la ética de la fotografía, para defender la soledad como un “arte perdido”, como “una bendición”.

La belleza del frío; la esperanza del dolor. Aparentes contradicciones que no son tales cuando nos llevan a ese sucedáneo de realidad que se nos envuelve a diario en hipocresía. Muñoz Molina lo lamentaba el viernes al recoger el Príncipe de las Letras en este país “asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia”; en un país donde “la rectitud cuenta menos que la trampa”; en un país donde “las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y el conocimiento”. ¿Es ésta la “gran nación” que ensalzaba el Príncipe por la que merece la pena luchar?

Los brotes verdes que ven los banqueros, esos que ya nos han reconocido que el porqué de su euforia son las indecentes ganancias del último año, nacen de la desolación y del frío. Un 85% de beneficios unos; un 38% de desempleo otros. En un rollo de papel higiénico gastado, Juan Vida escribe la palabra poesía. En un portal de internet leía ayer que una empresa australiana ofrece uno hecho en oro por 1,3 millones de dólares. Finas láminas de papel de 22 quilates. Se entregará a domicilio con una refinada botella de champagne; alguien lo comprará… A los que nos llevaron a la crisis los hemos salvado, entre todos estamos pagando su avaricia y sus errores y les hemos puesto una alfombra de plata para que repitan su hazaña. En la portada de este periódico hoy contamos la historia de un hombre que vive en un trastero. En primer plano, unos viejos zapatos desgastados tan familiares, tan vulgares, como las moscas que agujerean la fruta prohibida. ¿Brotes verdes? Brotes de macasar.

Ayala, Camus y los agujeros negros

Magdalena Trillo | 20 de octubre de 2013 a las 10:44

La ‘vuelta a casa’ de Francisco Ayala es siempre una sacudida. Reconstruyo en la memoria su voz pausada y su mirada chispeante para poner puntos y comas a los escritos que integran el sexto volumen de sus Obras Completas, sus artículos en prensa. Termino de leer La literatura del periodismo y encuentro la palabra que tal vez le defina mejor: inmarcesible. Seguro que Ayala, el intelectual que nunca dejó de seguir la enseñanza orteguiana de pensar cuando se escribe y escribir cuando se piensa, nunca la utilizaría ni para sí ni para su obra. Realmente son pocos los autores que consiguen detener la fugacidad de lo transitorio y efímero, de alcanzar el sueño de la eterna perduración, “poniendo en contacto la actualidad cotidiana con las preocupaciones, los sentimientos y las pasiones del alma”. Tomo prestadas sus palabras, tan vigentes hoy como entonces, para corroborar lo difícil que es que un artículo de periódico no sea tan perecedero, tan caduco, “como la hoja del día en que aparece publicado”. No es el caso de ese hombre centenario que nunca renunció a sentirse joven para aprender y no es el caso de una obra que, como dijo Santos Juliá en la presentación, nunca será la de otro tiempo; siempre será la obra de nuestro tiempo.

Aunque sea en estos tiempos caóticos y rebeldes de Rilke que todo lo arrasan y todo lo diluyen. Aunque sea en esta sociedad tan lejana a la ética de la mesura y a la moral realista que defendió Camus. A Francisco Ayala le bastó un verano de adiestramiento “aderezando sucintos telegramas” para saber que no quería vivir “amarrado al duro banco de una mesa de redacción” pero siempre tuvo muy claro el valor social y democrático del periodismo, formuló con brillantez la retórica misma de la profesión y nunca rehuyó su compromiso personal e intelectual con unos medios sobre los que tanto reflexionó y que tanto participaron en la conformación de su imagen como escritor público.

Hoy pienso que su obra periodística es absolutamente camusiana. A uno y otro lado de los Pirineos, la visión de dos de los intelectuales más importantes del último siglo sobre la honestidad que exige el oficio -objetivo pero no neutral, sujeto a la verdad pero no falto de compromiso- tiene mucho del humanismo, de la moralidad, de la autonomía y de la independencia que el escritor granadino reclamaba con carácter general para cualquier literato, para cualquier creador. Ni puede haber contaminación ni puede haber sometimiento a una causa. Una cosa es el compromiso de la persona, su compromiso con los valores democráticos, y otra bien distinta que ponga la obra al servicio de una idea.

Estaría de acuerdo Ayala con Albert Camus, de quien se conmemora en noviembre el centenario de su nacimiento, en que “nunca las razones de la rebeldía deben llevar tan lejos como para hacer la revolución”. Porque, ante una condición de injusticia, de irracionalidad, de sufrimiento incomprensible, “la revolución desvirtúa el sentido de la rebeldía” cuando conduce a lo absoluto y se termina sucumbiendo al afán de totalidad, porque “un fin que necesita medios injustos no es un fin justo”, porque “no puede haber una moral sin realismo” y porque “la virtud pura es inhumana”. Son reflexiones de Victoria Camps en el espléndido retrato que realiza sobre el pensador y dramaturgo francés para el último número de Mercurio y que magistralmente completan Javier Valenzuela y Fernando Aramburu.

Ante la fiebre del nacionalismo (españolista, vasco o catalán), seguro que el premio Nobel coincidiría con el autor de Recuerdos y olvidos en que no cabe ninguna concesión. Lo escribió hace décadas y lo mantendría hoy si fuera testigo del polvorín en que se está convirtiendo Cataluña. Mesura, proclamaría Camus; inteligencia, defendería Ayala; diálogo, debería dictar el sentido común.

Reconozco que tal vez no haya nada más alejado de la actualidad de esta semana que la escritura, la filosofía y la razón. No casa bien la prudencia con el precipicio Mas-Santamaría, con el duelo en versión plasma de los Bárcenas-Cospedal, con el festín de euforia del Ibex 35 y mucho menos con ese “momento fantástico” de los banqueros que ven llegar dinero “de todas partes” mientras escalan los niveles de pobreza a velocidad 3.0. Pero lo que yo veo es un agujero negro. Uno gigante, como el que acaba de fotografiar el observatorio sueco de Onsala, sufriendo una “indigestión”. Merecería una pausa… Le preguntaría a Camus. Lo conversaría con Ayala. Me dejaría asombrar… pero por la luz del pensamiento; no por el oscuro espejismo de la economía y los mercados. Hasta el Universo, hastiado, ‘vomita’ rayos gamma… Quién sabe, puede que todo esté conectado.