Juego de tronos, en clave local

Magdalena Trillo | 1 de junio de 2014 a las 12:49

Las intrigas de ‘palacio’ que ya se han abierto para ocupar el sillón de la Plaza del Carmen bien podrían justificar un capítulo de Juego de Tronos. Mientras los productores de HBO buscan localizaciones en Andalucía para rodar la quinta temporada de la exitosa serie televisiva, los Stark, Targaryen y Lannister de este especial Sur que sirvió de inspiración al creador de la saga literaria definen estrategias para diseñar su particular asalto a Desembarco del Rey.

Con la esperanza de servir de escenario para ese Festín de Cuervos que ha de tomar forma en el árido y semidesértico nuevo reino de Dorne, no hay rincón en Andalucía que no esté moviendo ficha en el sacudido tablero de poderes que ha resultado del 25-M. De la Alhambra de Canción de Hielo y Fuego a las cumbres de Invernalia, héroes y villanos se miden para convertirse en leyendas o perecer de forma terrible y prematura. O ganas o mueres.

Así de implacable es el juego de este Tolkien de dragones y mazmorras que, con menos épica y fantasía que en la pequeña pantalla, tan fácilmente conduce a las catacumbas de la política actual. Con Génova y Ferraz abiertas en canal -unos con más disimulo que otros-, ni el férreo liderazgo con que Susana Díaz gobierna desde San Vicente y San Telmo se escapa a la tempestad. Se acerca el invierno… El de verdad. Por mucho que nos digan que no se pueden extrapolar los datos a unas municipales, deberán reconocer los iluminados de las encuestas que no hay termómetro más fiable en estos momentos que el 25-M. Los grandes partidos han perdido el paso. Y lo saben.

Todos con excepción del líder regional del PP, que vive su particular lucha por el Trono de Hierro creyéndose que se han alcanzado los objetivos. ¿La derrota? ¿Romper un ciclo de tres victorias consecutivas? ¿Demostrar que, con o sin Susana Díaz, el PP no va gobernar en Andalucía? Hasta sus ‘barones’ se han alarmado esta semana con su fantasiosa lectura de las elecciones. El equilibrio en los Siete Reinos de Poniente está a punto de romperse. Los ‘salvajes’ del otro lado del muro se han infiltrado y la lucha ha dejado de ser cosa de dos: la Casa del Norte y la Casa del Sur corren el riesgo de quedarse en fuerzas marginales. No conectan con los jóvenes, no convencen a los indecisos, no dejan de perder incondicionales y no funciona ni la comunicación ni el mensaje.

Unos caen y otro suben: ‘Podemos’ debutará en Europa con cinco parlamentarios y sería una equivocación no considerar seriamente que va a entrar en la política local. En Granada ya planea la sombra del tripartito. El 25-M le ha dado oxígeno a Torres Hurtado para presentarse en 2015 contra el criterio del partido provincial -incluso para ‘aguantar’ hasta ese “2031” que ha convertido en mensaje electoral- pero la partida es otra. Si no logra la mayoría absoluta (tiene que recuperar más de 10.000 votos en barrios ‘rebeldes’ como Chana, Zaidín y Albaicín), un bloque de izquierdas impulsado por PSOE, IU y ‘Podemos’ podría dejarle sin opciones de gobierno para ese cuarto mandato que parece acariciar.

Sólo UpyD podría salir en auxilio de los populares y nada hace indicar que Mayte Olalla vaya a querer casarse con quienes llevan dos años ninguneándola y cabreándola (la última ‘afrenta’, la reducción del sueldo con la eliminación de la dedicación exclusiva). En el PSOE la situación no es mejor: acortan distancias pero no terminan de conectar; las primarias locales de septiembre se prevén movidas -si lo son “de verdad” entrarán en la partida aspirantes como César Girón- y quién sabe si el papel de los socialistas en el tripartito termina siendo de comparsa.

La candidatura de Torres Hurtado está en manos de Génova. Y, ojo, será también su responsabilidad. La dirección nacional se reúne el martes con los líderes provinciales y regionales para comenzar a trabajar en las candidaturas de las municipales. El alcalde tiene margen pero siguen siendo muchos los que, dentro y fuera del partido, entienden que se ha acabado su tiempo. Si pasa el filtro de Rajoy, Sebastián Pérez lo apoyará. No habrá una mínima división cuando lo que el propio PP se juega es la Diputación.

Aún hay un año de partido, pero tendrían que recuperar tres diputados (Capital, Cinturón y Costa) para no perder el gobierno provincial ante un bloque de izquierdas que lideraría Pepe Entrena. Se ruede o no en Granada, son muchas las lecciones que podrían extraer unos y otros de Juego de Tronos… Que tan importante como las fuerzas son los tiempos. Que tanta grandeza hay en saber llegar que en saber irse. Que una retirada a tiempo, a veces, es una victoria.

Burbuja verde

Magdalena Trillo | 25 de mayo de 2014 a las 10:32

No son los 10.000 millones extra que se ha comido la Alta Velocidad Española, pero son casi 300 para un solo proyecto. A la espera de que la Junta se lo comunique formalmente al Ayuntamiento de la capital, ya sabemos a cuánto ha ascendido el desfase presupuestario en la mayor obra pública que se ha promovido en Granada en la última década: más del doble. Terminar el Metro de Granada supondrá una inversión total de 558 millones de euros frente a los 276 que se consignaron en 2006. No parece que detrás del coste final haya maletines delictivos ni corrupción, pero la consecuencia es similar: una sobredosis de contención y de realidad que obligará a renunciar en el futuro a cualquier obra de envergadura por muy necesaria y justificada que esté.

Los esfuerzos, económicos y de gestión, se centrarán ahora en terminar lo empezado (nada fácil si pensamos que la modificación en la zona de Renfe todavía no tiene ni proyecto técnico) y en procurar que el transporte público, emblema de la ‘apuesta’ del Gobierno andaluz por Granada, pueda funcionar antes de las elecciones autonómicas. Desde esta semana, lo que era más que previsible es ya oficial: se descartan nuevas líneas. Si el pragmatismo llevó en sus inicios a tumbar la idea municipal de llevar el Metro por el casco histórico soterrando por San Juan de Dios, los apuros presupuestarios de ahora y el intenso quebradero de cabeza que está suponiendo culminar la infraestructura sitúan en el escenario de lo irrealizable tanto la conexión con el aeropuerto que tan vital se consideró en su día -cuando era realmente internacional y el tráfico de pasajeros no dejaba de aumentar- como la ampliación de la línea hacia otros municipios del Cinturón.

Siendo escépticos, ni siquiera está muy claro que el Metro pueda empezar a circular con normalidad, que se cumplan las expectativas de uso, que ayude a reducir los atascos y que conviva con esos autobuses de alta capacidad que atravesarán la capital desde finales de junio. La Junta asegura que tiene estudios que garantizan su viabilidad pero nadie los ha visto nunca. Y ello a pesar de la insistencia con que los hemos reclamado desde los medios y de las negras advertencias que salen de la Plaza de la Carmen recordando la vía muerta en que ha quedado el Metro de Jaén.

De las obras faraónicas en infraestructuras estamos pasando a la era del transporte verde low cost. La nueva ‘moda’ es la bici y el autobús. La Junta ha aprobado una inversión millonaria para habilitar carriles bici en toda Andalucía, la Universidad ya ha anunciado que será la apuesta para el Campus de Cartuja y esta misma semana hemos sabido que la alternativa a “no más líneas de Metro” es el autobús. Tal vez no seamos muy efectivos con las soluciones, pero nadie podrá cuestionar la capacidad de innovación con las palabras. A la LAC (Línea de Alta Capacidad) le acaba de salir un competidor: el BRT (Bus Rapid Transit). Lo anunció el martes el delegado de Fomento explicando que se trata de autobuses de alta capacidad que usan carriles exclusivos con prioridad de paso y paradas de plataformas que ya funcionan en ciudades como París, Nantes o Estambul.

Lo que inquieta de los proyectos que ahora se barajan es no saber si hay una planificación seria, coherente y viable detrás, si hay (o habrá ) consenso y si no corremos el riesgo de inflar una nueva burbuja; aunque sea verde. ¿Han hablado la Junta y el Ayuntamiento para coordinar la LAC, el Metro, los carriles bici, el futuro BRT y el AVE si llega algún día? ¿Alguien tiene un plan para Granada que vaya más allá de ‘su’ mandato y supere el color de ‘su’ sillón?

No es un tema menor. Les pongo el ejemplo de Dinamarca. Los ‘andaluces del Norte’ aparecen en el último Informe Mundial de la ONU como los ciudadanos más felices del mundo. Y no es por casualidad. Tienen el nivel de corrupción más bajo del planeta, un salario mínimo de 2.000 euros al mes, trabajan lo justo (164 horas menos al año que los españoles) y apenas hay paro. En su ‘mundo feliz’ se compite lo preciso, no importa tanto lo que se gana como lo bien que se gaste y hay mucho tiempo libre. A las cuatro no hay nadie en la oficina y no pierden tiempo en desplazamientos. Su transporte público es tremendamente eficaz y más de la mitad de los viajes en la capital se hacen pedaleando… Medir la felicidad es muy subjetivo, pero es evidente que también se construye disfrutando de las pequeñas cosas… De un paseo en bici sin riesgo de ser atropellado, de un buen vino y un rayo de sol, de un día sin atascos…

No nos confundan

Magdalena Trillo | 18 de mayo de 2014 a las 11:05

En el tórrido mes de julio de 1888 una viuda adinerada fue asesinada en su casa de Madrid. Lo que debió ser una noticia más de las páginas de sucesos saltó a la portada de los diarios cuando se supo que el asesino podría ser un hijo de la víctima que estaba preso y disfrutada de un dudoso régimen de permisos. Ha pasado a la historia como el crimen de Fuencarral. Fue un filón periodístico y político en plena sequía informativa estival y supuso la explosión del sensacionalismo en la prensa española. Pasó de ser una crónica de sucesos a convertirse en un proceso a la justicia española, al sistema penitenciario y al poder político. Eran años difíciles. España entraba al siglo XX desde el desastre colonial con una pesada conciencia de crisis y una exigencia de regeneración que se extendió al periodismo y a la vida pública.

Demasiado pronto llegarían los tiempos del periodismo combatiente e instrumentalizado de la Guerra Civil y durante demasiado tiempo se tuvieron que escribir las páginas negras de la Dictadura. Tuvimos que esperar hasta 1977 para que España volviera a respirar libertad cuando el Gobierno de Adolfo Suárez aprobó un real decreto que reconocía jurídicamente el derecho de información y fijaba los principios que un año más tarde se consagrarían en la Carta Magna: “El derecho de todos los ciudadanos tanto a la libre información como al respeto de su honor y de los demás derechos inherentes a la persona es el principio fundamental de todo Estado de derecho”.

Recurro a esta parte de la historia antes de que la maquillemos en la Wikipedia con ese derecho al olvido que acabamos de improvisar sin saber muy bien si sabemos si quiera cómo aplicarlo (en la Enciclopedia ya se ha ‘reescrito’ el franquismo sin mayores consecuencias) para recordarle al Gobierno que hace más de tres décadas que medios y tribunales venimos poniéndonos de acuerdo para preservar, compaginar y resolver los conflictos que a menudo se producen entre la libertad de expresión y la seguridad, entre el derecho de información y el derecho a la intimidad y el honor de los españoles, sin necesidad de endurecer la ley, de poner en marcha “medidas adicionales” ni de emprender una caza de brujas con una tropa de ‘censores’ en internet. No sólo están perfectamente definidos los supuestos de choque y los mecanismos de defensa legales (ahí está el Código Penal) sino que también tenemos a los ‘guardianes’ de esa mitificada seguridad nacional que tantos atropellos está amparando en estos tiempos de revuelo tecnológico e incertidumbre social.

Dilemas morales siempre ha habido. Y siempre habrá. Pero es legítimo -y hasta necesario- que seamos capaces de enfrentar ética y legalidad con normalidad si de verdad queremos creer que hemos construido una democracia viva y sólida capaz de avanzar desde el desacuerdo, las contradicciones y, por qué no, la tensión y la crispación. ¿Vamos a perseguir ahora los pensamientos? ¿A criminalizar las ideas? ¿No era eso justamente lo que criticábamos del fascismo y del comunismo? Es verdad que hasta hace poco cruzábamos las líneas rojas en los bares y en la plaza del pueblo y ahora, protegidos por el anonimato de las redes sociales, lo hacemos con el frenesí del teclado del ordenador y las urgencias del móvil. Pero no nos confundan: no hay impunidad. ¿No es suficiente muestra que un joven valenciano tenga que responder ante el juez por “animar en Twitter a matar políticos”? Y no nos dejemos confundir: no tenemos que seguir perdiendo libertades para protegernos cuando quieren decir protegerse.

Leyes y política siempre han ido jadeando detrás de la sociedad y es evidente, como escribía esta misma semana José Antonio Marina, que unas tecnologías jóvenes requieren el desarrollo de su propia ética -de una responsabilidad, una conciencia social- y la aplicación de unas normas legales. Sí, “regular”. Esa palabra que tanto escuece olvidando que más eficaz que la censura siempre ha sido la autocensura; que más útil que el castigo es la educación y es la presión social.

Y ahí estamos todos. ¿Queremos “poner coto” a internet como queremos “regular” las manifestaciones en las calles? ¿Es miedo a una primavera árabe? ¿Es el modelo ‘made in China’ que ya estamos copiando en el mercado laboral el que queremos llevar a nuestro Estado de derechos y libertades? ¿Queremos utilizar el crimen de León como excusa para plantear una causa general contra los incómodos e incontrolables que nos torpedean en las redes sociales? El asesinato de la presidenta del PP es un filón político y mediático pero ni nos confundan ni nos dejemos confundir: tan rechazable es el sensacionalismo como el oportunismo y la manipulación.

Las sombras de Europa

Magdalena Trillo | 11 de mayo de 2014 a las 11:16

La caída de la participación en las consultas electorales es el primer síntoma. Luego llega la crítica gruesa a la ineficacia del sistema político, la denuncia visceral sobre su costo y sus privilegios y el cuestionamiento de su utilidad. El resultado es una democracia cadáver que languidece dejando sitio a los populismos y los gobiernos autoritarios. La enfermedad se llama desafección y engorda con sobredosis de desprecio e inquina hacia las instituciones públicas y los políticos.

Si usted se encuentra entre el 17% de los españoles que ni siquiera sabe que el 25 de mayo hay elecciones al Parlamento Europeo sabrá de qué le hablo. Si lo sabe y no piensa ir a votar, también. Si su gran dilema es cómo expresar con más claridad su indignación y su hastío, cómo ejercer su voto de castigo, tal vez haya una oportunidad.

Siempre he creído que no es muy diferente la política de la religión: las dos se mueven gracias a la fe y la confianza de legiones de convencidos y las dos persisten mientras se mantiene inquebrantable el pacto a uno y otro lado del tablero. Ni lo uno ni lo otro se cumple en un escenario electoral en el que, según desvela la última encuesta del CIS, más de la mitad de los españoles no piensa ir a votar y una abrumadora mayoría suspende a gobierno y oposición con similar contundencia.

Desde la escalada de desafección que dibuja la filósofa Amelia Valcárcel, resulta difícil intuir si estamos ante una enfermedad remisible o ante una peligrosa degradación del sistema con estertor a cementerio. Hace unos meses apilé en mis montañas de recortes una entrevista al ensayista italiano Luciano Canfora que me sigue inquietando: “Estamos asistiendo a un cambio importantísimo. El andamiaje es igual y sigue en pie (el Parlamento, las elecciones…) pero la realidad es que se ha consolidado un fortísimo poder supranacional no electivo, de carácter tecnocrático y financiero, que tiene en los organismos europeos los instrumentos para gobernar toda la comunidad y que da a un país más importante que los demás, Alemania, el papel de dictar las reglas”.

En realidad, no dice nada el autor de La historia falsa que no hayamos pensado más de una vez: que al final manda Merkel, que el verdadero poder lo tienen los mercados y que el Parlamento Europeo que elegiremos en dos semanas no es más que un espejismo de normalidad democrática. De una democracia que “ha muerto” y ha dejado caminar su cadáver “convocando elecciones y promulgando leyes” mientras son otros los que deciden.

Si al derrotismo de Canfora, a su visión sobre los “parásitos muy bien pagados” que sólo sirven para que Europa no parezca antidemocrática, unimos el fracaso tanto de la izquierda como de la derecha para convencernos de que realmente hay un modelo de sociedad alternativa, reconozco que quedarían pocos motivos para ir a votar. Menos aún si se nos ocurre recuperar el controvertido documental sobre los “negocios de Bruselas” con que las televisiones de Austria y Bélgica desentrañan las sombras del poder que mueve los hilos en esta Europa que acuerda el 80% de las normas que determinan nuestras vidas sin que sepamos cómo funciona, ni qué personas lo gestionan.

Es evidente que a esta cancerígena oligarquía de parásitos (éstos sí) ni la hemos elegido nosotros ni nos representa… Otra cuestión es preguntarnos si somos capaces de tener la fe y la confianza suficientes para creer que desde dentro del sistema podemos cambiarlo; que aún es posible luchar por una democracia en la que quienes no poseen la riqueza cuenten en la vida política. Reconozco que cuesta tener esperanza, pero pensar lo contrario sería enterrar la democracia y en el vacío sólo encuentro el abismo del totalitarismo y el populismo; tan peligroso uno como seductor el otro.

Regreso de un viaje a Alemania aún impactada por las imágenes del campo de concentración de Dachau. No hay eufemismos; no hay hipocresía… Me encuentro en el regreso a un Putin melancólico invocando la “justicia histórica” en la reconquistada Crimea en un nuevo episodio de provocación. Pienso si lleva razón Hobsbawm al advertir que estamos escribiendo el tercer milenio sin resolver los problemas que dieron lugar a la Primera y la Segunda Guerra Mundial… Pienso si lleva razón Judt cuando nos dice que “algo va mal” cuando no tenemos conciencia de que “la democracia puede sucumbir ante una versión corrupta de sí misma, mucho más que a los encantos del totalitarismo, el autoritarismo o la oligarquía”.

Hay muchas sombras en la Europa de hoy pero ningunas tan terrible como las que nos han sacudido no hace tanto. La Europa con que soñamos no se construye en un día, pero sí debemos tener claro que se construye desde dentro.

Las cuerdas se rompen

Magdalena Trillo | 4 de mayo de 2014 a las 7:23

También los periodistas tenemos nuestro Día Mundial. Es el 3 de mayo. Lo declaró la Unesco hace casi 25 años y, como empieza a ocurrir con ese inagotable listado de efemérides para celebrar todo lo celebrable, su principal objetivo no es otro que recordarnos la enorme brecha que hay entre lo que tenemos y lo que ‘deberíamos’ tener. Este año, el mensaje conjunto con la ONU recalca algo tan básico como que el periodismo es “necesario” para que la sociedad esté “bien informada” y que “sólo puede haber buen gobierno cuando los periodistas tienen libertad para examinar, escrutar y criticar las políticas y las actuaciones”.

Son dos obviedades que no lo son. Y no sólo por culpa del sistema. Para empezar, deberíamos reivindicar que para estar “bien informados” hace falta “buen periodismo” y no toda la propaganda y el espectáculo que envolvemos con la etiqueta de un oficio que prostituimos y descafeinamos a diario. Porque ni todo lo que filtramos bajo el paraguas del periodismo lo es ni todos los que se dicen ‘periodistas’ lo son. Puede que el caso más extremo sea el de las tertulias políticas de televisión, pero también es el más revelador. Opinadores a sueldo que gritan e insultan para animar el debate, provocar su expulsión del plató y subir las audiencias. Las premisas son dos: brevedad y show. No sé hasta qué punto son ciertos los datos que leía hace poco pero marean: entre 1.500 y 3.000 euros por participar en La Noria, 600 euros en La Sexta Noche, de 300 a 600 en Las Mañanas de Telecinco, entre 600 y 1.000 en 59 segundos de TVE… Dicen que a Pedro J. le llegaron a pagar hasta 6.000 por unos minutos de gloria…

El problema de alcance de los tertulianos VIP no es lo que cobran sino el precio final de lo que dicen; el que pagamos todos, directa e indirectamente, sin necesidad de hacer zapping en el sofá. Es un juego peligroso con papeles bien definidos. Podríamos argumentar que los medios son libres de programar basura y usted es libre para apagar el televisor pero no siempre está tan claro cuándo nos están utilizando, cuándo manipulando y cuándo intoxicando y confundiendo con desinformación. Los españoles tenemos mil motivos, seguro que legítimos y justificables, para indignarnos y protestar. Pero hay una parte de esa creciente crispación social que está salpicando en las calles como burbujas de una olla a presión que parece salida del laboratorio mediático.

No hay periodismo sin libertad pero, parapetados tras esa libertad, no podemos aprovechar nuestra posición de privilegio para atizar la tensión social. Y tampoco para presentarnos como víctimas en un ejercicio de oportunismo barato. Los políticos también deberían tener su Día Mundial y plantearse las mismas reflexiones que nosotros: ¿qué culpa tenemos unos y otros de que una mujer le dé un puñetazo en la cara a Pere Navarro, a González Pons le lancen huevos a la cabeza y a Dani Alves le tiren un plátano en el campo de fútbol? ¿Cuánto estamos alimentando unos y otros el monstruo de la violencia, del populismo, de la xenofobia? ¿En qué medida nos estamos aprovechando?

No voy a perderme en si estos tres casos, producidos en un intervalo de horas, son una coincidencia o son algo más. El caso es que, más allá de las responsabilidades directas e individuales de los actos en sí, no deberíamos tener ninguna duda en denunciar lo que ocurrió y preocuparnos por el clima de agresividad en que se produjo. Pues se equivocan. El debate se ha convertido en un circo. Los aficionados se manifiestan pero para defender al joven que lanzó el plátano frente al “linchamiento de los medios” y, en el caso del político catalán, la disputa no es otra que ver quién saca más partido al asunto; quién es más víctima y más culpable o quién se aprovecha más del golpe y criminaliza mejor al ‘otro’.

A menos de un mes de las elecciones europeas, y con la vía del soberanismo catalán completamente tapiada, habría que recuperar a Descartes para clamar aquello de “soy atacado, luego existo”… Tremendamente peligroso y tan irresponsable como dar cancha al radicalismo político, mediático, social. La prudencia no vende; la mesura tampoco. Pero el precio de subir el voltaje es uno y es compartido: romper las cuerdas que tejen, que sostienen, la convivencia. Hay políticos en Ucrania a los que ya han tiroteado por la calle. Le ocurrió al alcalde de Járkov el lunes pasado. De espaldas, cuando paseaba en bici.

En toda escalada de tensión siempre hay un peldaño que subir y, antes de sumar espectadores, de contar votantes, deberíamos ser conscientes de a dónde conduce.

 

 

¿Usted también sobra?

Magdalena Trillo | 27 de abril de 2014 a las 14:45

Podríamos bautizarlo como ‘operación limpia’. Gobierno y empresarios se han aliado esta semana para resolver el paro: el Ministerio ha cambiado la fórmula para contar el número de desempleados y, de la noche a la mañana, ha logrado bajar unas décimas el escandaloso registro de 2013 (en lugar del censo de 2001 se toma como referencia el de 2011 y de un 26,03% nos quedamos con un 25,73%); desde el lobby empresarial neocon, el mensaje no puede ser más claro: sobran un millón de jóvenes que ni estudian ni trabajan… ni “valen para nada”.

Proponen ‘flexibilizar’ el Salario Mínimo Interprofesional, es decir, bajar aún más los míseros 641 euros con que España ha tipificado su salario supuestamente digno; hay que implantar una indemnización única por despido de 18 días (ya está bien eso de que sea más difícil romper la relación con un empleado que disolver un matrimonio), tenemos que minar el ‘status quo’ de los sindicatos en la negociación colectiva y es urgente controlar las prestaciones a los parados que están “parasitando” este ‘gran país’.

A la propuesta del Círculo de Empresarios, la versión ultranacional del capitalismo salvaje, sólo le falta sugerir poner grilletes y deportar a esos miles de jóvenes que se dejaron absorber por la burbuja del ladrillo cuando les ofrecieron miles de euros por un empleo sin exigirles estudios ni cualificación. Por muy inmorales e indecentes que nos parezcan, las palabras gruesas y el tono de desprecio con que se pronunció esta semana su presidenta no nos deberían sorprender. En primer lugar, no nos engañemos, son muchos los que piensan así aunque no utilicen el altavoz mediático de la provocación. En segundo lugar, no nos equivoquemos, su influencia es real y el problema está ahí: la situación de los ‘ni-ni’ es tan grave como la de los desempleados de larga duración y los mayores de 55 años. Otra cuestión bien distinta sería preguntar, preguntarnos, quién ha sido responsable y quiénes somos hoy corresponsables de buscar una salida. Pero aquí entraría una ética, una autocrítica y una solidaridad que, por supuesto, también están en crisis.

Es curioso, Mónica de Oriol lanzaba sus recetas para una segunda reforma laboral sólo unas horas después de que el director del Centro de Estudios Políticos rescatara en el Congreso el viejo debate sobre la idoneidad de subir el sueldo a nuestros representantes públicos. Benigno Pendás lo defendió para “atraer a los más valiosos” y devolver el prestigio a la política; ¿para evitarles, en la práctica, la tentación de robar? En un clima de creciente preocupación por esa corrupción endémica que puede acabar “contaminándonos” a todos como ha advertido el fiscal general (la última radiografía revela 1.700 causas abiertas en todos los niveles de la Administración y sólo 20 condenados), resulta sintomáticamente enfermizo que para los eslabones más débiles queramos aplicar un tratamiento activo de eutanasia y para los más fuertes defendamos operaciones de alta cirugía. En todo caso, y puestos a debatir, hagámoslo. Pero sin tabúes: ¿no deberíamos ‘adaptar’ también los sueldos de nuestros políticos a su productividad?

Lo paradójico es que, si creemos en las profecías de Bill Gates, los desafíos a los que tendremos que enfrentarnos en el mercado de trabajo sobrepasan –en mucho– la miopía del discurso actual. En Berlín ya hay un coche circulando en pruebas de forma autónoma. Sí, la versión germana del coche fantástico; un vehículo controlado por el cerebro. ¿Adiós a conductores y taxistas? El magnate del software los incluye en un inquietante listado de ‘oficios en peligro de extinción’ por el impacto del desarrollo tecnológico y la revolución digital. En el think tank American Enterprise Institute de Washington, Gates vaticinó una inminente y radical transformación en nuestras vidas: las tareas manuales en el transporte y la logística pronto podrán ser automatizadas y profesiones como camareros, dependientes, recepcionistas, cajeros, empaquetadores o maquinistas pasarán a los libros de historia. Al mismo tono sepia con que un día despedimos en los periódicos a los tipógrafos y en las fábricas acababan con los hiladores. Un estudio de Oxford es más tajante aún: en veinte años, el 47% de los trabajos serán desempeñados por ordenadores y robots. ¿Ha pensado ya si sobra usted?

Es verdad que tenemos un problema. Pero ni se reduce a esos miles de jóvenes que viven en el “limbo” ni se soluciona instalando más precariedad en el mercado laboral. Hoy ya es un privilegio ser mileurista. Dentro de dos décadas, tal vez sea un sueño competir con una máquina por un empleo basura.

Excesos

Magdalena Trillo | 20 de abril de 2014 a las 11:13

Si mañana comete la imprudencia de subirse a la báscula, seguro que podrá comprobar el peso real de los excesos de esa Semana de Pasión que tantos andaluces vivimos a la sombra de las procesiones entre suspiros de incienso y pálpitos de tambores… Lo pensaba el Lunes Santo viendo la imponente aureola roja que abrazaba la luna ‘de sangre’ que presidía el encierro del Cristo de San Agustín en su templo. El bullicio y desenfreno de los bares frente al silencio pausado de las calles apenas roto por el tintinar de unos tacones despistados, unos susurros confidentes y las caricias del fagot.

Siempre me ha parecido que lo más embriagador de la Semana Santa, lo más definitorio de Andalucía, son los contrastes. Empezando por el austero y estricto recogimiento de unas hermandades frente a la apoteosis festiva de otras y terminando por la propia actitud con que unos y otros entendemos una de las palabras que más contradicciones es capaz de encerrar: la pasión.

Y no es más que un reflejo de lo que somos: un pueblo de pasiones; un pueblo de mesura en el pensamiento y de exuberancia en el estómago. El comedimiento y la templanza con que, por ejemplo, en el Sur hemos sido capaces de resolver los grandes dilemas de banderas y colores se nos va por las rendijas del vivir… Y tal vez sea mejor así. Puede que sea la mejor manera de no dejarnos desquiciar. Puede que sea la única manera de digerir los contrastes… y los excesos.

Aunque queda (casi) todo por contar, debería preocupar que una operación policial del alcance de la desvelada esta Semana Santa por un supuesto fraude masivo y millonario en los cursos de formación a parados se haya destapado montando una especie de “causa general contra Andalucía” como lamentaba el consejero Luciano Alonso en una comparecencia exprés. Pero pocos sentimientos distintos a la alarma, la vergüenza y el estupor puede suscitar un escándalo que ya promete competir en cuantía e implicados con el culebrón de los ERE. No es un “fraude de 2.000″ como se ha llegado a publicar pero sí son 2.000 millones los fondos europeos que Andalucía habría recibido desde 2007 para la formación y reciclaje de trabajadores en paro con un destino más que dudoso.

De momento, la Fiscalía está investigando a 13 empresas (una de ellas con domicilio social en Granada) y un presunto fraude de 1,5 millones. ¿Mucho? ¿Poco? A falta de conocer los números exactos, hay una realidad: academias, empresas, sindicatos y alumnos están bajo sospecha. Y hay una primera conclusión que no necesita cifras: la alegría y la falta de control con que la Junta ha gestionado el dinero europeo. Si el fraude es como lo están relatando algunos empresarios que han “sufrido” la llegada de los “oportunistas” al sector de la formación, estaríamos ante una burbuja tan explosiva como la del ladrillo.

¿Recuerda aquello de que “quien no ha ganado dinero es porque no ha querido”? Aplíquelo al nuevo escenario: quien no se ha llevado dinero es porque no ha querido. Montas una empresa con un “plan bonito” y dices que vas a colocar al 60% de los alumnos. Automáticamente te dan el 75% de la subvención. Luego no haces el curso y si te he visto no me acuerdo… Hasta que llega el momento de justificar los fondos recibidos, de comprobar (o no) que del ingenio de la picaresca a la corrupción va un hilo muy quebradizo.

La segunda conclusión es una impresión. Pensando en el caso de los ERE y la forma en que se ha ‘pagado’ por la paz social en las empresas en Andalucía, uniéndole la ‘solvencia’ con que se han desarrollado los programas que debían ayudarnos a encontrar trabajo, a construir un nuevo modelo productivo, empieza a tener sentido más de un exceso. Que tengamos, por ejemplo, diez puntos más de paro que el resto de España y hayamos sido bautizados como la región con más desempleo de toda Europa. Que en lugar de converger, cada vez haya una brecha mayor de desigualdad con el resto de comunidades… No me olvido de la otra picaresca, la de la economía sumergida, pero no me dirán que hoy es más fácil entender por qué nadie encuentra un empleo cuando se apunta al paro; por qué nunca se presentan balances de los programas con ejecución real y resultados; por qué nos dedicamos a presentar nuevas ediciones de planes y estrategias con el automatismo de quien reza el rosario…

Sin posibilidad de ser constructivos, en nada hemos avanzado en todos estos años. Hemos pasado de jornaleros fantasma a alumnos fantasma.

 

La clave está en las mariposas

Magdalena Trillo | 13 de abril de 2014 a las 11:48

Nunca lo había pensado: entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más están el dolor y la miseria… Las precarias matemáticas que aprendemos en el colegio no nos alcanzan para comprender las grandes certezas de la vida, esas que te asaltan como caprichosas paradojas y hacen tambalear los principios más asentados de la lógica. Dividir no siempre significa restar. Y lo podemos aplicar al dolor y la miseria como hace el protagonista de El hombre que amaba a los perros, ese aspirante a escritor con que Leonardo Padura nos sumerge en la destructiva historia de víctimas y verdugos de Trotski, pero jamás funcionará ni para la fortuna ni para la riqueza… Pienso en los cien mil granadinos que engrosan las listas del paro y en ese puñado de privilegiados que pueden pujar por el viejo yate de un rey. No, no todo es como parece.

Nuestro último suspenso es en la vida real. El PISA de adultos ya dejó claro en octubre que los españoles no somos capaces ni de entender El Quijote -el nivel de un licenciado es similar a un bachiller japonés- y ahora parecemos sorprendernos con que los alumnos de 15 años sean incapaces de resolver los problemas cotidianos; se desenvuelven mejor haciendo una operación matemática que leyendo un mapa y comprando un billete de tren. ¿Nos hemos preguntado a qué se dedican cuando cruzan la puerta del colegio? ¿Y cuando llegan a casa y los protegemos sin dejarles que sepan ni cómo encender la calefacción? Son habilidades y conocimientos, pero son también prioridades y algo tan utópico en este país como ponernos de acuerdo en qué queremos enseñar, que necesitamos aprender, antes de coger el puntero digital.

No todo es como parece… ni en el terreno de los números ni en el del pensamiento. Tenemos pruebas más que suficientes con encuestas y presupuestos de cómo una tabla de Excel lo aguanta todo, pero lo realmente revelador es lo que esconden las palabras. El presidente del TSJA lamentaba este jueves los pocos recursos con que cuentan para “garantizar la función constitucional de la justicia”, la poca autonomía que tiene el Alto Tribunal para reorganizar su propia ‘casa’ y el lamentable papel de “poder mendicante” que les toca desempeñar. Si no se renuevan los ordenadores, advirtió Lorenzo del Río, se va a producir un “colapso informático”. Es decir, que los jueces no podrán hacer justicia no por razones humanas ni divinas, sino porque los ordenadores están desfasados.

La clave está en las mariposas. Es imposible ver Tesis sobre un homicidio [cuánto recuerda al Ricardo Darín de El secreto de sus ojos] sin obsesionarse. Lección de alumno a profesor: un juez no hace justicia, sino que se encarga de hacer cumplir la ley; el engaño de las sociedades modernas es hacernos pensar que lo legal es lo justo cuando las leyes, la noción de justicia, están establecidas por unas personas que lo único que buscan es sostener su poder.

Roberto Bermúdez enseña Derecho Penal y Gonzalo cursa el máster. Su tesis parte de las quiescentes crisálidas: usted puede aplastar una mariposa hasta que muera y eso no es ilegal; ahora bien, si esa mariposa pertenece a una colección invaluable de un multimillonario, puede ir preso. No es el acto en sí lo que se juzga y la ley no nos protege de un hecho aberrante sino que se limita a intervenir cuando ese hecho aberrante amenaza la voluntad del poder. El profesor asegura poder refutar esta tesis con veinte argumentos distintos pero no nos desvela ninguno… Nos invita a vivir. Y en la vida todos los días alguien aplasta y retuerce una mariposa sin que ninguna ley pueda hacer nada para impedirlo.

Así planteado tal vez resulte excesivo y catastrofista, pero yo no dejo de ver mariposas aplastadas. Una supuesta excepción a esta regla la hemos visto esta semana: algunas mariposas pueden ser rescatadas si nos saltamos la legalidad. Lo ha hecho la Consejería de la Vivienda y ha desembocado en la primera gran crisis del gobierno bipartito de la Junta. Los socialistas han enarbolado la bandera de la ley y la igualdad mientras IU se ha enroscado en la necesidad de la excepcionalidad para hacer justicia social; pasar de lo legal a lo justo. Dos posturas defendibles si no estuvieran manchadas por la demogogia y el interés partidista.

Deberíamos debatir mucho en las aulas de Derecho y de Ciencias Políticas sobre la vida de las mariposas, sobre lo útil que sería que los jueces no se limitaran a memorizar leyes como quien digiere la lista de los Reyes Godos y sobre lo que ganaríamos si los políticos no las interpretaran a su antojo como quien adapta una receta de la Termomix. Pero la vida no espera. Y en la vida real volvemos a suspender.

 

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La hora de los fabuladores

Magdalena Trillo | 6 de abril de 2014 a las 10:33

Contar historias. A eso nos dedicamos los humanos desde el inicio de los tiempos. Durante milenios de forma oral, luego recurriendo a las pinturas de las rocas, más tarde dando el salto a la escritura y hoy con múltiples pantallas que se cruzan y conectan entre sí. Recuerda Carlos Scolari en su último libro sobre Narrativas Transmedias cómo fue esa capacidad de ficción lo que dio ventaja competitiva a nuestra especie ofreciéndonos las herramientas necesarias para imaginar escenarios futuros y prever situaciones críticas. Más que homo sapiens, argumenta el experto en Comunicación, somos homo fabulators. Y lo que nos encanta es escuchar, ver y vivir buenos relatos.

En Periodismo tenemos un pacto sagrado con nuestros lectores: lo que contamos tiene que ser verdad; debemos hacer lo posible para que lo sea… De unas historias somos testigos, de otras tenemos papeles que lo corroboran, siempre están las fácilmente contrastables pero hay algunas, tal vez demasiadas, que se construyen sobre las declaraciones de sus protagonistas, la honestidad y la confianza mutua. Nosotros creemos en nuestras fuentes y les pedimos que ustedes también lo hagan. Como prueba de ello, en televisión le mostramos al personaje hablando, en la radio incluimos un corte de sus palabras y en los periódicos y en las webs recurrimos a algo tan sencillo -y tan fundamental- como unas textuales con sus frases exactas.

Al libro de Pilar Urbano le sobran las comillas. No sé si todas o casi todas pero, salvo que haya podido grabar conversaciones privadas, confesiones íntimas y hasta pensamientos, sus Desmemorias sobre Adolfo Suárez no se sostienen. No si se presenta como el resultado de un riguroso trabajo de investigación periodístico y no cuando se lanza al mercado y a la opinión pública justo cuando la mayoría de los protagonistas han muerto y no pueden confirmar ni desmentir su ‘historia’. Dice la Casa Real que es “pura ficción”, IU irrumpe proponiéndoles que acudan a los tribunales y el hijo del expresidente pide la retirada del libro por reproducir la famosa fotografía de Don Juan Carlos y Suárez caminando de espaldas cuando uno ya no puede recordar y otro quiere olvidar…

En el libro de Pilar Urbano sólo falta que hable el perro del Rey. Pero, cuidado, no es “imposible de creer” como asevera Zarzuela. Por muy interesada que sea su revisión de la Historia, son muchos los que siempre han visto al Rey como el Elefante blanco del 23-F y son cada vez más los que lo quieren creer hoy. Puede que nos falten muchos ángulos de este capítulo de la Transición pero ¿por ello ha de ser falso lo que sabíamos hasta ahora? Es más, dejando de lado la parte más morbosa y novelesca del libro, poco aporta la periodista a trabajos anteriores de enorme solvencia como la Anatomía de un instante de Javier Cercas.

¿Importa algo? Creemos lo que queremos creer. Nada importa para los homo fabulators que hemos consentido prostituir el ideal de la verdad por lo verosímil. Nos conformamos con la apariencia de verdad y a veces ni eso. La verdad también está en crisis. Tanto como los programas electorales que nadie cumple, las promesas que han dejado de causarnos desconfianza -poco queda ya que se ‘pueda prometer’- y los discursos que se van levantando sobre el eco de la oquedad del márketing.

La crisis de la verdad es, además, de ida y vuelta. Maquillamos de verdad lo que no lo es y miramos para otro lado cuando molesta. Los inmigrantes encaramados en la valla de la vergüenza de Melilla, en el escaparate de la desesperación, son el rostro de esa verdad incómoda que nos asalta con la insistente impertinencia de los lamentos de la tragedia y que es mucho más fácil digerir si la sumergimos entre el thriller de mafias y las vaguedades de los diplomáticos en las cumbres.

Ni siquiera estamos a salvo de las fábulas que no lo son y deberían. Estoy pensando en la ‘fuga’ de Aguirre. Sería más plausible inventar su huida que leer en los periódicos cómo, en cuestión de horas, la lideresa del PP ha pasado de pedir disculpas a exigir la ‘cabeza’ de los agentes por machistas y abuso de la autoridad. La moraleja de esta fábula debería ser la ‘no ejemplaridad’ pero ni siquiera esta regla se cumple ya en nuestra descreída e inoculada sociedad. ¿Piensan que tendrá algún coste su soberbia y su arrogancia más allá de la multa? Permítanme que lo dude. No para los homo fabulators que deambulamos ávidos de historias huyendo de las verdades que duelen; buscando verdades descafeinadas que poder creer.

 

Nos vemos en los tribunales

Magdalena Trillo | 30 de marzo de 2014 a las 12:38

ISABEL Nieto tiene fama de dura. Puede que entre todos hayamos inventado una leyenda urbana, pero media Granada sabe que desde que ella tomó las riendas de Urbanismo en la capital no hay ‘comidas de trabajo’. La explicación es un arrebato de sentido común: cualquier tema que se hable entre vinos ha de poder discutirse en una oficina municipal con la presencia de los técnicos. Le podemos llamar propuestas, presiones, prebendas… y podemos ir de los corredores de fincas que cerraban los tratos entre la nebulosa de la manzanilla y el dominó hasta la colección de maletines que ha terminado escribiendo la historia judicial de demasiados ayuntamientos de España.

El resultado es el peso de una tradición de la que es difícil escapar. Tal vez por ello y por la seriedad con que la edil se ha movido hasta ahora (no le ha salpicado ni el ‘caso del Cerrillo’ que ha puesto contra las cuerdas al propio alcalde y a toda la cúpula de su área), ha sorprendido la denuncia que realizó esta semana sobre las supuestas coacciones que sus funcionarios están recibiendo para “intimidarles” e incidir en su “imparcialidad” en la tramitación de expedientes como el que afecta al centro Serrallo. Nieto no sólo recriminó a IU que haya presentado unas alegaciones en las que viene a acusar a los técnicos de “cubrir delitos” y “delinquir” sino que desveló llamadas telefónicas de particulares “de muy malas formas” que están generando una presión inadmisible.

El asunto, que está ya en manos de los asesores jurídicos del Ayuntamiento, puede acabar en los tribunales. Y parece que con razón. El problema es que estamos en un momento de la vida pública en el que tanto se ha difuminado el muro que debía separar la política y la justicia que cada vez es más difícil saber cuándo estamos en la guerra de confrontación y cuándo se ha sobrepasado la línea que ha de justificar la acción de la justicia: cuándo los políticos hacen política y cuándo se aprovechan de los tribunales; cuándo lo jueces hacen justicia y cuándo se inmiscuyen en la política.

Lo menos que se puede decir de Alaya en su especial instrucción del caso de los ERE es que es una “juez peculiar“; lo último que el juez Moreno ha dicho del Ayuntamiento de Armilla y de la agencia Idea de la Junta es que “sorprende” que no se hayan personado en la causa de los vertidos fecales del Parque de la Salud. Que lo hiciera Antonio Ayllón (PP) cuando tenía la Alcaldía y que, tras la moción de censura, no lo ha haya hecho el equipo de Gerardo Sánchez (PSOE). Porque sólo la ‘ilógica’ de la política y los intereses partidistas podrían explicar que el municipio esté perjudicado por unos hechos presuntamente delictivos y, unos meses después, con un cambio de color en la corporación, se olvide todo el asunto.

En la capital, Torres Hurtado lleva buena parte de su tercer mandato criticando a la oposición, especialmente al grupo socialista, que se haya obcecado en intentar ganar en los tribunales (con bastante poca fortuna) lo que le niegan las urnas y, en la provincia, tenemos ya tantos ejemplos de guerras internas y de mociones de censura por corrupción que ni es fácil creer a unos ni confiar en otros.

A pesar de todo, y hasta de ellos mismos, la Justicia se mantiene como el último bastión de los ciudadanos en un intento -tal vez iluso- de preservar la credibilidad en el sistema. La última encuesta del Egopa constata el hartazgo ciudadano en una escala que va de la “desconfianza” y la “irritación” al “aburrimiento”; ocho de cada diez granadinos confiesan que no se identifican con ningún partido político y la incógnita no es ya si gana PSOE o PP sino quién pierde más votantes.

Lo más desalentador de todo es tener que comprobar que, si quieren, pueden. Me refiero a Aznalcóllar, un conflicto que prometía dejarnos meses de confrontación política mientras se dirimía en el Constitucional y que se ha resuelto con unas llamadas de teléfono y una buena dosis de responsabilidad y de seriedad. ¿Tan difícil es seguir el ejemplo?

En el último pleno de la capital se han analizado 105 puntos y sólo se han alcanzado cuatro acuerdos, uno de ellos para que el Gobierno de Rajoy baje el IVA a los peluqueros y otro para decirle a la Junta que elimine la obligación de que los perros lleven bozal…

Puestos a vernos en los tribunales, estaría bien que sirviera para saber hasta qué punto nos están tomando el pelo… Unos y otros… Puede que la Justicia no sea la salvación pero es evidente que ganamos todos si la preservamos de la confrontación. Respetándola cuando nos dé la razón y cuando no (incluido Artur Mas) y limitando al máximo los casos de impunidad.