La abuela del 1-O

Magdalena Trillo | 19 de septiembre de 2017 a las 9:31

¿El pueblo frente a la Guardia Civil?

La imagen más icónica sobre el sinsentido de la deriva secesionista, una abuela con los brazos cruzados esperando paciente a que un guardia civil la deje pasar, puede engrosar ya el largo listado de fotos famosas que han sido manipuladas a lo largo de la historia.

El conocido retrato de Abraham Lincoln de 1860, irradiando carisma, firmeza y liderazgo, fue un preparado montaje con su cabeza y el cuerpo del político sureño John Calhoun; paradójicamente un partidario de la esclavitud. En la fotografía de Mussolini de 1942, con la espada en alto sobre un bravío caballo, el propio dictador italiano ordenó que borraran a la persona que sujetaba las riendas para dar más sensación de heroicidad. En 1971, cuando el canciller alemán Willy Brandt se reunió con Brézhnev corrían las cervezas y los cigarros; la prensa soviética eliminó todo indicio de distracción…

Lo que en la era analógica estaba reservado a grandes causas, restringido a quienes manejaban el poder, con el Photoshop y el mundo digital lo hemos democratizado. Y banalizado. Nadie se extraña ya de las continuas polémicas por los retoques de modelos, artistas y famosas y ni siquiera de algunos casos de rebelión -como hizo la actriz Inma Cuesta- cuando ni siquiera se reconocen.

Ha cambiado lo burdo o sofisticado del engaño y la rapidez de la alerta: antes podían sobrevivir décadas; hoy saltan las correcciones en segundos como balas iracundas.

Pero cuando la manipulación se esconde en el contexto, en lo subjetivo de la interpretación, es mucho más escurridiza. Pienso, por ejemplo, en el mítico beso del marinero a la enfermera que se convirtió en icono del fin de la II Guerra Mundial. Todavía hay disputas sobre la identidad de los protagonistas y hasta se le ha dado la vuelta a su simbolismo por cuanto podría implicar de acoso sexual.

La abuela del 1-O no es catalana ni fue testigo de cómo la Guardia Civil registraba el semanario El Vallenc buscando las papeletas del referéndum. No representa al oprimido pueblo catalán clamando por su libertad, su derecho a decidir, frente al autoritarismo de Madrid. La tomó en 2012 un periodista de Última hora en la controvertida toma de posesión de José Ramón Bauzá como presidente balear. Es una esquina de un pueblo de Mallorca. La señora fue a ver a una amiga. Se encontró el despliegue policial y decidió esperar, más de media hora, para no dar la vuelta.

Sus familiares se han quejado del uso político que se ha hecho de la imagen. ¿Importa? La abuela del 1-O forma parte ya del relato del independentismo. Nada tiene que ver la verdad; ni la responsabilidad; ni los derechos de otros; sólo lo que se quiere contar.

1-O: ¿Y si lo más rentable es dejarles votar?

Magdalena Trillo | 17 de septiembre de 2017 a las 10:02

El agujero de la capa de ozono se ha detenido y hasta presenta indicios de recuperación. En parte ha funcionado el Protocolo de Montreal que se firmó hace tres décadas -el 99% de las sustancias que destruyen el ozono ya no se emiten a la atmósfera- pero lo realmente paradójico es que también: aunque se ha producido un aumento de la temperatura en la superficie del planeta, también se está registrando un inesperado enfriamiento en la estratosfera con una intensificación de los flujos de las corrientes desde el ecuador hacia los polos. El resultado de las nuevas “dinámicas” es que se inyecta más oxígeno en las capas altas.

¿Y es bueno? Pues no queda nada claro. Los científicos advierten que “no podemos bajar la guardia” porque resultará casi imposible revertir todo lo que ya hemos destruido. Además, si el incremento de la radiación ultravioleta puede afectar gravemente a la salud humana (cáncer de piel, cataratas, debilitamiento del sistema inmunitario…), el “engrosamiento” de la capa de ozono en las latitudes medias y altas (con especial incidencia en los países nórdicos) también puede tener consecuencias negativas por el desplome de los rayos utravioleta.

¿Entonces? Todo dependerá de cómo evolucionen los procesos dinámicos en la atmósfera, el cambio climático y la emisión de los gases invernadero. Hay que estar alerta, investigar y redefinir los modelos; equivocarse y corregir.

En China, la antigua sede atómica 816 se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes recorren 20 kilómetros de túneles y bajan 12 pisos para penetrar en las profundidades de las montañas de Fuling, a orillas del río Yangtze, y ser testigos de la recreación de la primera bomba atómica. Contaba el corresponsal de El Mundo esta semana que era una experiencia entre “mágica y santa”; luces de neón y música estremecedora para evocar una “indeleble” página de la historia. Del máximo secretismo ha pasado a ser un motivo de orgullo -y negocio- para el país.

Al igual que en el caso de la capa de ozono, podemos ver la base 816 como un referente para entender “cómo cambia la percepción histórica de lo que se considera una verdad absoluta”, como una muestra del “giro” que se produjo en China cuando firmó el tratado que prohíbe las explosiones nucleares e, incluso, como una lección de presente…

Al sur de la frontera de Corea del Norte, los vecinos de Choerwon viven la escalada de desafíos de Pyongyang como una rutina: “Para qué preocuparse; si lanzan un cohete, no habrá tiempo ni de pensar”.

Relata un enviado especial de La Vanguardia que en todo Seúl se asume el riesgo de un ataque “como quien puede sufrir un accidente”. Con 48.000 habitantes y 30.000 soldados en el paisaje de sus calles, los vecinos de Choerwon han sido capaces de neutralizar el miedo y hasta de convertir el “turismo bélico” en una fuente de ingresos: oleadas de turistas llegan en autocares y en tren desde Seúl al complejo militar de Panmunjon, recorren los túneles que los norcoreanos excavaron en los 70 para invadirles y vuelven por la tarde a casa con gorras y productos de marketing de su experiencia bélica.

En todo Corea del Sur, pensar en la reunificación parece ciencia ficción. Sobre todo para generaciones jóvenes que viven ajenas a la ira de Kim Jong Un. ¿Se puede hacer algo?: “Es imposible. Hay un problema de mentalidad insuperable. Llevan demasiados años de lavado de cerebro”.

Apliquemos esta última reflexión a Cataluña y probemos a mirar el procés al revés: ¿seguro que lo negativo, lo peligroso, es dejarlos votar? La baza de las palabras la enterramos con el recurso de su Estatuto, los interlocutores están quemados (a los dos lados del Ebro) y cualquier escenario de futuro pasaría por “más para Cataluña y menos para los demás”. Hablo de un referéndum con límites, exigencias y garantías; de la reforma de la Constitución.

En la tensa cuenta atrás del 1-O, es un camino inviable pero tal vez sea lo más rentable para el día después. Y bastaría con dejar a un lado la demagogia y el cinismo y contestar a preguntas como ésta: ¿estamos dispuestos, por ejemplo en Andalucía, a que se apruebe un cupo catalán?

Antes de hablar, rebobina

Magdalena Trillo | 12 de septiembre de 2017 a las 10:34

Su “burrada” en las redes sociales le ha costado el trabajo, está “hundida” y hasta dice sentir “miedo” cuando va por la calle. Todo, producto de un “calentón”: nada más terminar un debate televisivo, entró en Facebook, llamó “perra asquerosa” a Inés Arrimadas y le deseó que la “violaran en grupo”. En cuestión de horas pasó de linchadora a linchada. Ajusticiamiento social y despido ejemplarizante.

El mensaje que Rosa María Miras escribió contra la diputada de Ciudadanos fue una auténtica “salvajada” -así lo describe ella misma confesando que está “avergonzada“- pero el efecto boomerang de sus insultos no ha sido menos desmedido. Por encima de los excesos de unos y otros, tal vez estemos ante una señal de que lo que es (debería ser) la “inteligencia colectiva”.

El caso Arrimadas ha vuelto a poner el foco sobre el viejo debate de los límites de la libertad de expresión -en un espacio tan líquido como las redes sociales en el que se navega de forma inconsciente y se confunde lo público y lo privado-, sobre la asignatura pendiente de acotar jurídicamente el delito de incitación al odio en la red -por cuanto se amplifica el daño a la víctima- y, de forma colateral, sobre la frágil situación en que se encuentran los trabajadores frente a las empresas como consecuencia de nuestro peligroso exhibicionismo.

Por el ingenuo uso que hacemos de las redes sociales y por la sensación de protección e impunidad que implica el falso anonimato. Porque lo que hacemos, lo que decimos, aun en momentos extremos, tiene consecuencias. No sólo legales, sociales y, como acabamos de ver con la empleada de Badalona, laborales. También vende. Para quienes “azuzan la jauría” desde los medios y para los propios náufragos del escurridizo ciberespacio que consiguen mejorar su posicionamiento, ganar seguidores y ensanchar sus círculos de influencia.

El linchamiento público siempre fue popular y rentable. El de toda la vida y el que nos facilita el móvil. Tanto como la tentación de pontificar y de dar lecciones. Aunque para ninguno de los dos desenfrenos hay una receta mágica ni una única respuesta, no es en el derrotismo donde deberíamos situarnos. Unos estudiantes de Madrid han ganado un concurso europeo desarrollando un nuevo emoticono para combatir el acoso, el odio y la intolerancia en las redes: rewind, antes de hablar rebobina. Es una pequeña, tal vez insignificante aportación, pero Rosa María Miras, por ejemplo, hoy tendría trabajo…

Y cuando llegue el legado de Lorca, ¿qué?

Magdalena Trillo | 10 de septiembre de 2017 a las 10:56

A una cuadra de las exclusivas torres de apartamentos que puntean el malecón uruguayo, en una de las zonas más cotizadas de Montevideo, se eleva un decadente edificio blanco que lleva una década aguardando el derribo. Es el hermano gemelo del Centro Lorca de Granada. Por lo que quiere ser y por lo que ya ha sido. Por lo que acumula de expectativas frustradas y tropiezos y por la incertidumbre que lo rodea. Es uno de los temas de conversación en los ambientes culturales del país de Mujica (aunque ahora gobierne Tabaré): si algún día se ejecutarán las obras prometidas y se llegará a inaugurar. En la web oficial de su Gobierno aún hoy se publicita el “Espacio Cultural García Lorca“: una propuesta “única en su género”; un centro “sin afán de lucro pero económicamente viable”. Periodo 2005-2010. Estado: en ejecución. Departamento responsable: Cultura. Monto: 350.000 euros.

 

El problema allí es muy sencillo. Al menos es solo uno: no hay dinero. Pese a la implicación de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo, el Banco de la República y hasta el Santander, se trata de una iniciativa impulsada por la propia gente del teatro -la idea es construir un gran espacio cultural con proyección internacional- que se mueve entre el compromiso de unos y la generosidad de otros. Hasta Paco de Lucía atravesó el Atlántico en 2013 para dar un concierto benéfico y contribuir a la financiación. Un año más tarde, el actor y futuro director del Centro, Ricardo Beiro, reconocía en una entrevista a un diario local -a su periódico El País, que tiene casi un siglo de historia y está en las antípodas del nuestro- que su gran objetivo era que, al menos, estuviera terminado en 2014… Tres años después nada se ha avanzado y advierten que, aunque se construya el edificio, no hay fondos ni para equipamientos ni para programación.

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Con diez mil kilómetros de distancia, la historia en torno a Federico se repite: contratiempos, dificultades y mala suerte. Como le ocurrió en vida y como le persigue tras su muerte. El hispanista Ian Gibson lo dice casi con resignación en el magnífico documental Lunas de Nueva York que estos meses recomienda Iberia a sus pasajeros. De la mano de poetas, estudiosos y artistas actuales, con la participación de su sobrina Laura García-Lorca y de expertos como Christopher Maurer, Antonio Muñoz Molina, Luis Antonio de Villena o el fallecido Alfonso Alcalá, se rememora el impacto que tuvo en el poeta la gran metrópoli americana, su estancia en la Universidad de Columbia y sus interminables veladas en los clubes de jazz de Harlem. Era el año de Poeta en Nueva York. Aquel 1929 de la Gran Depresión en el que el escritor granadino llegaría a ser testigo de suicidios desde los inhumanos rascacielos de Manhattan.

Gibson insiste en la necesidad de encontrar sus restos y se suma a la frustración generalizada que se ha instalado en torno al centro que debía reconciliar a Granada con su autor más universal. Las vicisitudes del Centro Lorca de Montevideo serían casi una anécdota si aquí, en su ciudad, no continuáramos agrandando la leyenda con capítulos de estafas e infortunios que rozan lo novelesco.

Hoy, viendo el enigmático rostro de Lorca entre sombras en el mítico Café Tortoni de Buenos Aires -aquel retrato que en 2008 llevó Martínez Caler siendo presidente de la Diputación para conmemorar el 75 aniversario de su viaje a Argentina-, recorriendo los lugares lorquianos que siguen siendo testigos hoy del deslumbramiento de Federico por Nueva York, Cuba o América Latina, resulta casi un desafío desprender al personaje de su destino. No si queremos entender al hombre; no si queremos penetrar en su obra.

Puede que la miopía granadina no nos permita darnos cuenta de lo relativo que probablemente acabe siendo el “escándalo” que estos meses rodea la puesta en marcha del centro y la llegada del legado. Siempre es una cuestión de perspectiva; de elección del punto de vista. Lo urgente, sin duda, es aclarar la gestión de los fondos públicos, resolver el expediente económico y exigir todas las responsabilidades que corresponda por el fraude que cometió el anterior secretario de la Fundación Lorca -Juan Tomás Martín- durante la construcción del centro. ¿Y después?

Las administraciones tienen el deber de garantizar el buen uso de los fondos públicos -sin atajos-, llegar a un acuerdo para resituar a la Fundación en el futuro Centro Lorca y agilizar al máximo la llegada del legado. Pero también fijar la hoja de ruta para el día siguiente. El Centro Lorca debe convertirse en el foco cultural de prestigio y proyección internacional que exige su figura y su creación literaria. Hacia fuera y hacia dentro. Con una programación de primer nivel que justifique toda la inversión que se ha realizado hasta ahora y con una actividad de puertas abiertas hacia la ciudad que lo acerque a todos los públicos; a su público. Tiene que haber un presupuesto suficiente para garantizar la conservación del legado y unos criterios claros y exigentes de gestión. Estás deberían ser las líneas rojas del Centro Lorca. Por encima de nombres y de fotos. De la negociación actual y de las que habrá que librar.

De hecho, por encima del ruido mediático, es la filosofía de trabajo que José Guirao está imponiendo desde que hace un año -con absoluta discreción- asumió el polémico puesto de secretario. Ahora hay sintonía entre todas las instituciones, un objetivo compartido y unos principios mínimos de lealtad. El expediente económico no está resuelto, pero se cerrará y será entonces cuando tengamos que preguntarnos si a alguien se le ocurrió pensar que detrás de las hojas había un bosque.

Escribir hoy del Centro Lorca, justo cuando el golpe de estado catalán incendia portadas y redes sociales en toda España, justo cuando Granada afronta un durísimo inicio de curso con la incertidumbre del Metro y el bloqueo del AVE, puede que no cumpla los preceptos clásicos de lo periodístico. No hay percha de actualidad: las negociaciones están en un momento de impasse a la espera que se reúna el Consorcio y oficialmente se dé respuesta a todo el material aportado por la Fundación.

Creo, sin embargo, que es justamente ese distanciamientos lo que necesita el tema lorquiano. La incorporación de Guirao como secretario supone, sin duda, un aval por su experiencia como gestor cultural, por su serenidad y por la solvencia de sus criterios. En el Ayuntamiento de Granada ya no hay amenazas para ir a los tribunales sino colaboración. Nueva etapa y nuevos interlocutores. Demos un margen de confianza. Para el día D en que ha de llegar el legado y para los de después.

Los ‘stilettos’

Magdalena Trillo | 5 de septiembre de 2017 a las 10:30

Hace veinte años, los stilettos de Lady Di no eran noticia. Ni los poderosos tabloides británicos se atrevieron a sobrepasar la línea del buen gusto poniendo el foco, por ejemplo, en la chocante imagen de una Madre de Calcuta con sandalias y calcetines junto a una correctísima dama de Gales de blanco angelical. Sí importaba si la princesa estaba triste, su desdicha matrimonial y sus romances.

Antes, el impacto de las equivocaciones se medía, y las campañas de acoso y derribo, también; hoy somos todos jueces y paparazzi y decidimos lo importante y lo anecdótico a golpe de clic.

Lo fácil ahora con Melania Trump y su elección de taconazos para visitar la zonas afectadas por el huracán Harvey sería sumarnos a la campaña inquisidora de las redes sociales -mira qué zapatos lleva y sabrás quién es- o tirar del argumentario feminista para contrarrestar las críticas por su “frivolidad” alegando que todo se exagera porque es mujer… Las dos opciones nos libran de la lectura más dura de esta falsa polémica: nuestra hipocresía como sociedad. ¿Preferimos la fotografía preparada de las zapatillas de marca, la camisa blanca y el pelo recogido a la de una ex modelo con stilettos y gafas de aviador a lo Top gun?

Los norteamericanos fueron a votar y eligieron lo que quisieron; con o sin fake news. La era de la posverdad no es menos peligrosa que la era del postureo y la apariencia. Lady Di fue un palmo más baja que el príncipe Carlos porque así lo quiso la familia real británica. Sólo medía un pulgada menos pero ha quedado retratada para la historia sometida, por debajo del eterno aspirante al trono de Buckingham Palace. Los actuales inquilinos de la Casa Blanca son ricos, poderosos y ajenos a las miserias de la gente. Está por ver si tan maquiavélicos como en House of cards, pero no deberíamos sorprendernos de que vivan bien y jueguen al golf.

El trucaje de fotos para que Lady Di siempre apareciera por debajo de Carlos es machismo, sin paliativos; la polémica de los stilettos forma parte de la sociedad espectáculo en que participamos todos. Con la cuarta pantalla, hemos dinamitado las reglas del juego de lo público y lo privado; de lo relevante y lo insignificante. Se ha quebrado el pacto de confianza entre gobernantes y gobernados -unamos a la corrupción la ausencia de liderazgo y la mediocridad- y entre informantes e informados -da igual si llegamos al quiosco como prensa seria o en papel couché-. Ahora nos armamos con un smartphone y nos subimos al escenario desde una cómoda butaca. Melania es Melania con y sin tacones; ¿es mejor con unos tenis pijos?

De Ana Orantes a Juana Rivas

Magdalena Trillo | 30 de julio de 2017 a las 10:30

Cuando Ana Orantes fue asesinada por su marido, la violencia de género no era un problema para la sociedad española. José Parejo la roció con gasolina y la quemó viva a las puertas de su casa. Ana había tenido la osadía de contar en un plató de televisión que llevaba cuarenta años sufriendo malos tratos en silencio. Trece días después, la mató a las puertas de su casa. Fue un 17 de diciembre. En el pequeño municipio de Cúllar Vega. Hace justo veinte años. Aquel día, España despertó del machismo.

Ana Orantes no fue la primera mujer maltratada pero sí la que puso rostro a la violencia de género. La hizo visible y nos obligó a cambiar. A los medios de comunicación, a las instituciones públicas, a las fuerzas de seguridad y a toda la sociedad. En la esfera pública y en la privada; en las ciudades y en los pueblos. Su caso se convertiría en la primera piedra de un complejo camino que desembocó en la Ley Integral Contra la Violencia de Género que el Gobierno de Zapatero aprobó en 2004. Por unanimidad.

Un acuerdo “histórico” como esta semana, trece años después, ha sido el Pacto de Estado con que los nuevos grupos políticos han sacado adelante el primer gran acuerdo de la Legislatura. Y ello pese al inesperado desmarque de última hora de Unidos Podemos evidenciando una absoluta falta de altura política; porque son legítimas sus mayores exigencias y sus dudas sobre la efectividad con que se aplicarán las 266 medidas del plan pero más necesaria aún era la unidad. El simbolismo de la firmeza democrática contra el machismo.

Esta misma semana, Túnez ha aprobado una ley histórica contra la violencia de género que toma de referencia la de Zapatero. En su caso, el punto de partida es más grave aún. Supone un paso trascendental por los derechos de la mujer: los tunecinos ya no podrán violar a una menor y evitar la cárcel casándose con la víctima; el acoso sexual, incluido el verbal, se tipifica y castiga como delito; se podrá denunciar la explotación de niñas en el servicio doméstico; se proclama, por primera vez, que los “ciudadanos y las ciudadanas” son “iguales”.

Tenemos experiencia para saber que las leyes no son suficientes. Por muy progresistas, garantistas y punitivas que sean. Pero son el esqueleto de base que nos pueden permitir avanzar. En la calle, en los colegios y en nuestras casas. El actual Pacto de Estado por la Violencia de Género parte con déficits y con mucha incertidumbre sobre su efectividad pero sería irresponsable quedarse en lo mejorable y no reconocer el salto cualitativo que se produce con un plan transversal que implica a todos los agentes -y en todos los niveles de gestión- y que pone sobre la mesa 1.000 millones para su aplicación en cinco años.

Un plan que cambia, por fin, la consideración de las víctimas -se podrá acreditar la violencia machista aun sin denuncia judicial y prevé que los servicios sociales y sanitarios puedan activar el proceso de protección-, que incluirá asignaturas evaluables y formación especializada a nivel universitario, que reforzará la educación en igualdad en las escuelas, que ayudará a las mujeres maltratadas sin recursos con seis meses de paro, que perseguirá las calumnias en las redes sociales, que pondrá en marcha campañas de concienciación y sensibilización… Más prevención, más formación, más coordinación.

En una entrevista que publicamos hoy, Miguel Lorente, el director de la Unidad de Igualdad de la UGR y uno de los expertos que han trabajado en los últimos seis meses para el desarrollo del Pacto de Estado, advierte que llega “tarde, a la fuerza y desenfocado”. Ciertamente, basta recordar las 600.000 agresiones y las 60 mujeres que son asesinadas de media en España cada año para compartir sus palabras y reconocer que son las trágicas cifras, el año negro que estamos viviendo en 2017, lo que ha constituido el desencadenante del pacto.

Lleva razón también cuando lamenta que nos quedemos en el lado visible del problema, los asesinatos, y no ataje de lleno las causas: el machismo. La normalidad con que todavía toleramos a los maltratadores y hasta los justificamos. Con que minimizamos ciertas conductas. Con que seguimos perpetuando la sociedad patriarcal que constituye el caldo de cultivo de la dominación masculina y la violencia contra las mujeres. ¿Recuerdan su libro Mi marido me pega lo normal?

Pero no son sólo las cifras. De Ana Orantes a Juana Rivas. La madre de Maracena que ha huido con sus hijos para evitar entregarlos a su expareja, un padre condenado por maltrato, está poniendo rostro a la nueva etapa de lucha contra la violencia machista que se está abriendo en la sociedad española sacando a la luz todas las sombras de desprotección, lagunas judiciales y circunstancias “excepcionales” que necesitan una respuesta. Por primera vez se pone un foco en los menores y en la tibieza con que hasta ahora se ha abordado un tema tan sensible como es la custodia de los hijos.

Porque partimos, como recuerda Lorente, de que “un marido maltratador no tiene por qué ser un mal padre”; pero un maltratador siempre es un mal padre. Y un “riesgo” que debería ser tenido en cuenta como un factor determinante para evitar el contacto. Lo vemos, con demasiada frecuencia, en los casos en que los menores son utilizados para hacer daño a la madre, como rehenes de la violencia machista y como víctimas en última instancia de los homicidios.

Son, además, un mal ejemplo. Peligroso. Perpetuador de la violencia. En 2005, Jesús Parejo, uno de los ocho hijos de Ana Orantes, fue detenido en Santa Fe por malos tratos a su pareja. La joven, que tuvo que ser atendida por contusiones en la cabeza y un fuerte dolor en el brazo, confesó a la Guardia Civil que era la tercera vez que le pegaba.

Ese día, una de las hermanas del agresor pidió a la Justicia que actuara con contundencia, que fuera “a la cárcel si tenía que ir” y se ofreció incluso a ayudar a la familia de la víctima. Raquel, que se quitó el apellido de José Parejo cuando asesinó a su madre, recordó que su hermano Jesús también sufrió los malos tratos, que se marchó a los 13 años de casa huyendo de los golpes que su padre le daba a toda la familia… “Quizás fue el ambiente que vivió de niño el que le ha empujado a hacer esto”, dijo entonces.

La presión social, la movilización ciudadana que se ha producido estos días en Granada para apoyar a Juana Rivas, no es una simple corriente de empatía ni inconsciencia. Y no se trata de saltarse la ley. El #YoSoyJuana que vuela en las redes sociales sumando muestras de solidaridad es una llamada de atención sobre el nuevo tiempo en la lucha contra el machismo que tenemos la obligación de abrir.

Porque ni la burocracia ni las zonas grises de la normativa pueden anteponerse a que las leyes sean justas, que se apliquen con sentido común, incluso con humanidad, y que se tengan en cuenta todas las circunstancias.

Porque tan urgente como atajar la violencia de género es actuar con todas las medidas, campañas y cambios legislativos que sean necesarios para acabar con el lado menos visible. Con el machismo.

Sí, hoy #TodosSomosAna. Hoy, #JuanaEstáEnMiCasa. #TodosSomosJuana.

Superpolíticos

Magdalena Trillo | 23 de julio de 2017 a las 12:28

Como periodistas y políticos tendemos a converger y a explosionar con la misma intensidad que la energía de átomos, imagino que la precaución es compartida: nunca te fíes de un político/periodista que reniegue del alcohol. No sé si es leyenda urbana, sentido común o maledicencia, pero les puedo asegurar que es una lección obligada desde que nos estrenamos en el oficio como becarios de verano. Y es, en todo caso, una buena metáfora: las debilidades nos hacen humanos; los excesos, aun cuando se presenten en forma de proeza, nos debieran hacer sospechar. Como hacía Nietzsche frente al virtuosismo de Kant y como deberíamos hacer todos frente a sus “superhombres“.

El trasfondo es peligroso. Y es una trampa. Lo estamos sufriendo las mujeres cuando volvemos a echarnos a las espaldas el hogar -las tareas domésticas, la cocina, los hijos, los mayores…- porque ‘podemos’ con todo. Como trabajar -¿votar?, ¿vivir?- era un derecho y lo hemos conseguido, ya podemos permitirnos el lujo de ‘decidir’. Y lo que decidimos es convertirnos en superwomen. Pero sólo en apariencia. Cargadas con una pesada mochila de renuncias y con pies de barro.

Lo llamamos “libertad”. La misma palabra que utiliza la presidenta de Madrid para justificar que este año (tampoco) se va de vacaciones. Cristina Cifuentes se declara una “ferviente defensora de los derechos de los trabajadores”, incluido el referente al descanso estival que recoge el artículo 40.2 de nuestra Constitución, pero siempre que sea “voluntario”, “no obligatorio”. Por eso ella se pasará todo agosto en la Puerta del Sol. Porque no se le ocurre “nada mejor que hacer” y porque no conoce ningún otro sitio mejor “donde estar”.

Ni sus declaraciones ni el debate que se ha suscitado son gratuitos. Es verdad que corremos el riesgo de frivolizar si lo llevamos a la contienda partidista con interesados ataques contra los escurridizos planteamientos sociales y laborales del PP y, por supuesto, si nos colamos en la vida privada de la política madrileña para preguntarnos (incluso compadecernos) cómo es posible que alguien no sepa qué hacer con sus vacaciones. Que se lo pueda permitir y no quiera… Pero no es una polémica “surrealista” si lo situamos en la esfera pública, en la necesaria ejemplaridad que exigimos a quienes asumen responsabilidades de gobierno y por el inevitable eco social que tiene un cargo de su relevancia. ¿Su mensaje es el de la “superpolítica” que no necesita las vacaciones? ¿Situamos ahora el derecho a los 30 días de descanso remunerados al año como un acto de buena voluntad y “generosidad” del empleador?

Tal vez también tengamos que empezar a sospechar, a prevenirnos, ante los políticos “excepcionales” que no se van de vacaciones… Más aún en un país como el nuestro que no ha dejado de perder derechos, conquistas sociales y nivel de vida tras diez años de crisis y recortes en los que nos hemos empeñado en agigantar la brecha de las desigualdades. Y también con trampa: la del pan y el circo; la del fútbol y la corrupción.

En Francia, esta semana Axa Seguros ha aprobado el derecho de los trabajadores a la desconexión digital. No es ‘buenismo’, se recoge en su nuevo convenio colectivo: no tendrán que coger llamadas en su teléfono corporativo ni responder emails de trabajo tras finalizar su jornada. A diferencia de nuestra reforma laboral, esa que tanto le gusta al FMI, la francesa entró en vigor en enero e introducía como novedades las retribuciones “flexibles” y la necesidad de regular el uso de las tecnologías de la comunicación para garantizar, por ley, el derecho a descansar…

En España, esta semana podíamos elegir entre la ‘anécdota’ de Cifuentes, el culebrón del ‘Villarato’, el hartazgo ‘kamikaze’ de los independentistas catalanes y hasta la tragedia del banquero suicida. Incluso, en versión viral, teníamos a Ferrán Adriá estrenando el verano sexista con el primer cartel polémico de la temporada: cuatro espectaculares culos de chicas desnudas invitando a disfrutar de su lujoso restaurante en Ibiza.

Me reafirmo; hay que desconfiar de lo superlativo. Siempre. Sin excepción.

La tentación del chamán

Magdalena Trillo | 16 de julio de 2017 a las 10:30

Para la chica de Nepal que murió hace una semana no fue ninguna metáfora. Le mordió una serpiente cuando estaba aislada en una cabaña -porque tenía la regla, porque era impura- y sus padres llamaron al chamán. Sobrevivió siete horas. Ni el curandero ni los médicos pudieron salvarla; el hospital al que al final la llevaron tampoco disponía del antídoto. Tenía 18 años. Vivía en una zona rural donde casi la mitad de la población sigue el chaupadi, una costumbre ligada al hinduismo que recluye a las mujeres durante la menstruación y después de dar a luz. Las echan de sus propias casas. No pueden tocar alimentos, animales ni a otras personas.

En Andalucía no llegamos al extremo inhumano del chaupadi pero no somos ajenos a la superstición, a esas creencias que se asientan como verdades intocables del saber popular y que protegemos de generación en generación. Cualquiera que haya ido a una matanza sabrá que “se echa a perder” si entre las mujeres que hacen las morcillas y el chorizo hay alguna que tenga la regla. Si no se acercan; mejor. Y está más que comprobado que el periodo es la principal explicación de por qué se corta la mayonesa…

La llegada del verano no es sólo sinónimo de incendios y de olas de calor; la fiebre por las dietas y las locuras alimenticias compiten con exóticos tratamientos estéticos (entre pepinos y tomates anda el juego), peligrosas pócimas para acelerar el bronceado (¿conocen el truco del aceite y el vinagre? y castigos deportivos infernales con resultados más que engañosos. Lo realmente preocupante es la pátina de sofisticación con que caemos en las trampas de las modas y el ingente desembolso de dinero que nos cuestan los nuevos chamanes. Los que se esconden entre palabras pseudocientíficas y se envuelven en la últimas tecnologías. Es, por supuesto, un negocio. Y no basta agradecer los servicios con la ‘voluntad’.

¿Siempre pensó que era malo tomar mucho café? Pues resulta que no. Ya tenemos un estudio científico que lo demuestra: tres tazas al día reducen el riesgo de mortalidad prematura un 8% en las mujeres y un 18% en hombres. En su día ya conseguimos que nos dijeran que tomar chocolate (negro) es bueno y no engorda (tiene efecto euforizante, combate la depresión y la fatiga, estimula la actividad cerebral y ayuda a frenar el envejecimiento celular), que una copita de vino tinto (con moderación) tiene beneficios cardiovasculares y cognitivos y hasta la cerveza tiene ya su propio corpus científico avalando su consumo (responsable). Por el alto contenido en flavonoides y antioxidantes de la cebada, porque disminuye el estrés, porque ayuda a dormir, porque mejora la digestión y la memoria… Y, ¡claro!, porque está buena y refresca. Porque, con los 45,5 grados que hemos rebasado esta semana en Granada alcanzando la temperatura más alta del país, son pocas las motivaciones emocionales y médicas a las que hay que recurrir para refugiarse en una cerveza bien fría.

No voy a poner en cuestión el rigor de los estudios nutricionales; al contrario, estoy convencida de que es positivo que desde la ciencia se avance desmontando mitos y supersticiones. Sin excepción. Pero siempre me ha resultado extremadamente sospechoso que nos centremos en hacer investigaciones de lo que nos interesa, de lo que nos gusta. ¿No creen que si nos ponemos a demostrar que el café, el chocolate o el vino son malos para la salud encontraríamos mil y una razones? Pero eso no vende. Ni en el sentido estricto del negocio ni en el sentido popular. Podríamos encontrar más de un motivo para desprestigiar al chamán pero eso nos produciría un conflicto y una renuncia; empequeñecería el margen de las expectativas, de la incertidumbre y hasta de la esperanza. Creemos en lo que queremos. Es la tentación de chamán; la prudencia de no pasar por debajo de una escalera; la ilusión de hallar una moneda y guardarla en el zapato.

No pensemos que son cosas de analfabetos, de pueblos y de costumbres. Miren a los catalanes en su huida independentista, a los ingleses con su Brexit, a la Venezuela de Maduro, a los Estados Unidos de Trump… ¿No ven detrás al chamán?

La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

CajaGranada-Bankia: de números e intangibles

Magdalena Trillo | 2 de julio de 2017 a las 11:17

En las memorias de Antonio Jara hay dos volúmenes: el que vivió en los años 80 desde la Plaza del Carmen y culminó con el reconocimiento de haber sido “el mejor alcalde de Granada” (con un legado que ha logrado mantener) y el que lo ha llevado a la sexta planta del ‘Cubo’ en la década de mayor incertidumbre y convulsión de este país. Podríamos pensar que el primero es político y el segundo, económico. Nos equivocaríamos: los localismos, los nacionalismos y las guerras de intereses no entienden de muros ni de fronteras. Habrá quien tenga la tentación de sentenciar (ya) que su etapa como alcalde fue sinónimo de éxito y la de gestor financiero, de fracaso. Está por ver: CajaGranada se acaba de subir a bordo de un “transatlántico” que, por primera vez en toda la historia de despropósitos que acumulan las cajas andaluzas, ha apostado por esta comunidad para expandirse y competir.

La historia de CajaGranada en la nueva Bankia está por escribir del mismo modo que están por escribir las memorias de Jara. De todos los Jaras. Del que gobernó la ciudad poniendo los pilares de una Granada moderna y abierta en los albores de la democracia, del que reapareció en 2010 en la esfera pública para tomar las riendas de la vieja La General, del que tuvo que lidiar con una integración en BMN de beneficio más que dudoso, del que intentó (sin éxito) que alguien le escuchara cuando intentó resucitar la opción de Unicaja y del que hoy ve en la marca “CajaGranada” y en el “Cubo” los símbolos de un legado a preservar.

Antonio Jara no tiene miedo a las palabras. No le he visto nunca recurrir a un eufemismo ni eludir una pregunta; ni siquiera un rumor o una intoxicación. Durante meses se ha mantenido en silencio, prudente, a la espera de que culminara la operación de fusión. Lo que toca ahora, cuando todos miran con interrogantes y preocupación al imponente edificio vanguardista de Campo Baeza, es dar la cara. Lo hace con argumentos y con datos. Tiene una libreta negra llena de números y fechas. De reuniones y de llamadas. De instrucciones y de presiones. Como buen profesor universitario, lo anota todo. Es el mejor antídoto contra las propias flaquezas de la memoria y, sobre todo, contra los relatos interesados de otros.

En la entrevista que hoy publicamos hay dos capas bien diferenciadas, la gélida de los números y la intensa de los entresijos que vienen a explicar por qué CajaGranada terminó con un 2,79% en BMN y, ahora, con un 0,19% de Bankia. Por qué fue un fracaso la “gran caja” y después la “caja única”. Por qué Andalucía ha dilapidado la historia de las 14 cajas de ahorro que funcionaban hace treinta años. Por qué la región más poblada de España no tiene un peso real en las finanzas del país…

Pero no hay una respuesta sencilla ni un único culpable. Es verdad que la mala gestión política, las interferencias, la vampirización de las cajas, ha pesado tanto como lo ha hecho la penitencia del ladrillo en los balances financieros. Sería un error, sin embargo, mirar sólo a Sevilla sin reconocer que fue, por ejemplo, el Gobierno de Zapatero el que marcó un ‘no’ rotundo a los “nacionalismos intracomunitarios” -justo cuando las cajas gallegas también se intentaban blindar-, no tener en cuenta el “maltrato” que sufrió BMN en el momento de la reestructuración bancaria -“nos dieron lo justito para no morir”, confiesa Jara- y, por qué no, ser capaces de echar la vista atrás y valorar la gestión que hicieron en su día Julio Rodríguez y Antonio María Claret cuando CajaGranada era una puerta giratoria de lujo para mercadear. Dejémoslo ahí…

Si Bankia termina preservando la posición de Granada en su apuesta por Andalucía, si se cumplen las expectativas de negocio y de expansión, tal vez podríamos mirar esta última operación con optimismo pensando que la larga travesía del desierto ha servido para enterrar el discurso de las emociones y las nostalgias y para imponer la racionalidad económica y la rentabilidad a la gestión en el sector financiero. Puro sentido común.

Asegura Jara que no ha sido Granada quien “le ha dado la espalda a Andalucía”, que no ha sido Granada quien “ha fallado”. En pleno conflicto por mantener el poder judicial, justo cuando se acaba de desactivar un intento sorpresa de Sevilla de competir por la Capitalidad Cultural de 2031, no parece descabellado temer ahora nuevas tentaciones atraídos por el polo político de la capital hispalense y el polo económico de la capital de la Costa del Sol.

No hay duda de que la operación será un buen negocio para Bankia pero aún está por ver si lo será para Granada: porque en la ecuación están los números y también los intangibles. No hablo de intereses personalistas para salir en las fotos del consejo de administración y ni siquiera del futuro de oficinas y de personal cuando las previsiones son de ajustes mínimos -con incentivos- y de expansión. Hablo del simbolismo de la sede y de la preservación de Granada como referente de Bankia en Andalucía en un sentido estrictamente comercial: por el negocio que supone la marca CajaGranada y la imagen del Cubo. No es localismo ni nacionalismo financiero, es márketing y es también, por qué no, una forma inteligente de desembarcar en un territorio. De competir.

Dice Antonio Jara, y nos recuerda que hablamos con un “anciano”, que su futuro en Bankia es “ninguno”… Pero no lo es si pensamos que hay un puñado de acciones que gestionar -por pequeño que sea-, una Fundación que reinventar y los intereses de un territorio por defender. En este punto, mirar atrás y lamentarse sirve de poco. Perderse en el juego de los futuribles, tampoco. Hay una realidad y unas expectativas que cumplir o defraudar. Son justo las páginas que deberán cerrar ese segundo volumen de memorias que están, aún, por escribir.