Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

Las costuras de Peter Pan

Magdalena Trillo | 2 de octubre de 2016 a las 10:39

Sin saberlo, empecé a escribir este artículo hace una semana en el Crucero del Hospital Real. La Universidad abría oficialmente el curso lectivo con el multicolor ritual de togas y birretes que cada año sepulta en Granada el último suspiro del verano. Dentro, la tradicional jornada de discursos y compromisos hilvanando cifras, obligaciones y deseos; fuera, un puñado menguante y desubicado de manifestantes sin más fuerza que una tira de consignas manidas y un estruendoso altavoz.

Casi al final del acto, las inmensas cortinas que arropaban la tribuna de oradores irrumpían en el acto balanceando el solemne cuadro del Rey que presidía la sala. Ni la rectora ni el consejero se percataron; al otro lado, las decenas de autoridades y políticos que llevaban toda la mañana pegados al móvil levantaron la mirada. Era una señal.

pedro sanchez

Pedro y Susana en Granada. Otros tiempos… en apariencia

Pedro Sánchez había puesto en marcha la operación trinchera. La resaca por el descalabro socialista en las elecciones del País Vasco y Galicia fue una más; sin autocrítica, sin consecuencias, sin revulsivo. El anuncio en la ejecutiva del lunes era una nueva huida hacia adelante: primarias el 23 de octubre y congreso federal en diciembre. Después llegaría su insensato órdago a los críticos para que dimitieran si realmente no iban de farol, las costuras se abrieron con la fulminante aparición de Felipe González acusándole públicamente de haberlo engañado -un líder sin liderazgo y sin palabra- y el desgarro entre pedristas y susanistas llegaría hasta el último de los militantes con un electorado atónito temiendo ya ir a votar por tercera vez en once meses el día de Navidad. Porque no son sólo los socialistas de carné los que siguen, perplejos, la ruptura del PSOE en una tormenta perfecta de crisis: la interna de los rostros, el poder y los sillones, la arrastrada de las ideas y los mensajes de la socialdemocracia europea y la enquistada de un país sin Gobierno.

“Entre el corazón y el cerebro”. Probablemente estas dos sencillas palabras sinteticen todas estas crisis. Lo son cuando Rajoy proclama “yo o el caos”, lo son cuando Pedro Sánchez amenaza “yo o Rajoy” y lo son cuando simplificamos en un esquema de bandos y bandas, de buenos y malos, el escenario de mayor complejidad al que se ha tenido que enfrentar este país en toda la democracia.

El profesor Vila Castellar tituló así su discurso de apertura del año universitario haciendo referencia a la neurociencia afectiva. Pero nada hay más cercano a la política que la psicología… Proféticamente, el último apartado de su intervención parecía escrito para Pedro Sánchez: “Más allá de la supervivencia”. El catedrático nos recordó que fue el Nobel de Medicina Roger Sperry quien certificó que el cerebro no había evolucionado para producir “vida mental” sino para facilitar la “adaptación y la supervivencia” defendiéndonos de los peligros.

El lunes me preguntaba si Pedro Sánchez sería un prototipo de la paradoja neurótica; hoy, tras una semana de suicida caída libre, no: “La idea de supervivencia es difícil de entender cuando las emociones pasan de ser adaptativas a “desadaptativas”. Ocurre en los trastornos de ansiedad cuando las respuestas defensivas dejan de ser protectoras para convertirse en “autodestructivas y fuente de sufrimiento” y ocurre también en los trastornos obsesivo-compulsivos cuando “las reacciones defensivas persisten a pesar de sus consecuencias negativas”. Es lo que David Barlow llama la “sombra de la inteligencia”. Es lo que, aún hoy, los psicólogos clínicos combaten sabiendo lo “difícil” que es el éxito.

En Pedro Sánchez, a la paradoja neurótica de la supervivencia se une un factor genético y ambiental. Lo pensaba la noche del viernes cuando comparecía -autista- ante los medios para decirnos que, si no gana, se va. Prometió, otra vez, un gobierno progresista trasversal alternativo a Rajoy pero no desveló cómo iba a lograr -esta vez- que sumara la aritmética. Ni cómo pensaba sentar en una mesa a Podemos y Ciudadanos con los independentistas de invitados de honor.

Cualquier militante suscribiría su plan si fuera viable. Cualquier votante. Hasta en el PP habrá cientos de españoles que quieran dar una oportunidad de regeneración a su partido colocándolo en la oposición. El problema es que la alternativa no es real. Son palabras y deseos. Populismo y demagogia. Es Pedro Sánchez en el mundo de Peter Pan. Materialmente tal vez no encaje en esa generación sobradamente preparada del baby-boom de los 70 sobre la que tanto se ha escrito; emocionalmente es el paradigma. No sólo lo dice su fecha de nacimiento.

¿Y si la envidia es el motor?

Magdalena Trillo | 25 de septiembre de 2016 a las 10:30

Las guerras de los agravios son tan consustanciales a la política como lo es la competencia en el tejido empresarial o el mantra de la competitividad en los círculos académicos. Somos lo que somos en comparación con los demás: ganamos o perdemos mirando al de al lado. Todo es relativo. Según expectativas y objetivos. En nuestro ADN es un rasgo básico, primitivo y sorprendentemente compartido: la envidia. Ese extraño sentimiento de deseo que en grado superlativo llamamos ambición.

Un amplio estudio universitario que se acaba de publicar en Science Advances concluye que las personas somos más parecidas de lo que pensamos. El experimento social se realizó el año pasado analizando el comportamiento de medio millar de voluntarios y terminó con el desarrollo de un algoritmo matemático que nos clasifica siguiendo cinco patrones: envidiosos, optimistas, pesimistas, confiados o indefinidos. La tipología se realiza a partir de un centenar de dilemas sociales en los que se puede colaborar o entrar en conflicto del tipo: si va en pareja puede cazar ciervos; si acude solo tendrá que limitarse a los conejos; ¿qué cazaría usted? En una situación más prosaica: Hay dos participantes y mil euros en juego; si cooperan pueden obtener una parte cada uno, si usted va por su cuenta puede conseguir el doble o nada. ¿Qué haría?

Los investigadores de las universidades de Barcelona, Rovira, Carlos III y Zaragoza sentencian además que es la envidia el rasgo más sobresaliente: está en un 30% de la población. Si lo pensamos bien, tal vez sea uno de los valores (o disfunciones) que más se potencia en la sociedad individualista (y egoísta) occidental. Desde el sistema educativo y el entorno familiar al mercado de trabajo: un 6 es una nota magnífica si todos los demás han suspendido o un fracaso si el resto de la clase supera el 9; el tuerto en el país de los ciegos; los políticos con sus particulares victorias del día después electoral; el exigente mundo de los ranking y, por supuesto, la fiebre por estar en cualquier carrera (y ganarla).

La situación en estos momentos de Granada es realmente paradójica: está en todos los frentes. En el eje de desarrollo que se ha estrenado en Japón junto a Málaga, Sevilla y Córdoba (la Andalucía de la primera velocidad) y en el eje de los perdedores con Almería y Jaén por el déficit de infraestructuras. Dependemos del apoyo nacional para acoger el gran proyecto del acelerador de partículas que se quiere instalar en Escúzar (la interinidad del Gobierno puede jugar en contra de una de las pocas iniciativas que hay en estos momentos con perspectivas de generación de empleo y de inversión) y aún no sabemos si queremos competir solos o como marca andaluza para conseguir la Agencia del Medicamento cuando se formalice el brexit .

Siendo honestos, hace mucho que la medida de nuestros éxitos y fracasos es sólo una: Málaga. En su día cometimos el error histórico de querer salir al mundo con nuestro trocito de playa tropical (¿serán generosos ahora para prestarnos el paraguas de la Costa del Sol dentro del Eje?), en los 90 nuestros delirios de grandeza nos llevaron a exigir una conexión directa con Madrid en el mapa de la Alta Velocidad que estrenó la Sevilla de la Expo (en lugar de un ramal como hizo Córdoba), después vino la inyección millonaria a su aeropuerto mientras al nuestro lo rebautizábamos para compensar a Jaén y, como culmen de fatalidades, uno de los retos del alcalde malagueño no ha sido otro que situar a su ciudad como referente cultural. Aunque las matemáticas mientan, pocas lecturas partidistas pueden realizarse a la radiografía que hoy publicamos sobre la evolución de las cuatro ciudades del Eje en la última década. Sintetizando en nuestro baremo: Málaga nos supera en todos los grandes indicadores económicos, en turismo está a años luz en sol y playa y ha dado un salto como destino urbano que puede hacer tambalear los registros de la Granada cultural.

Sin alianzas, y a pesar la crisis, los datos globales reflejan un despegue conjunto sin precedentes en la etapa democrática. En la comparativa, el sentimiento de envidia hacia Málaga ha calado de lo público -político y empresarial- a las conversaciones de bar. La pregunta ahora podría ser qué será más efectivo: la ambición de recuperar el tiempo perdido, el orgullo de competir, o la estrategia calculada y táctica de aprovechar las alianzas. Más difícil aún: ¿será Granada capaz de avanzar en los dos frentes? No tenemos que ser envidiosos ni todo el tiempo ni en todas las circunstancias…

530 días sin tren: soluciones, no chapuzas

Magdalena Trillo | 18 de septiembre de 2016 a las 9:30

La marcha del 17-S era necesaria. La unión de instituciones, empresarios, sindicatos y agentes sociales reconociendo el hartazgo ciudadano, también. Que Granada haya sido capaz de construir un frente común de toda Andalucía Oriental por una causa de “justicia” y de “respeto” resulta casi tan histórico como el retraso en infraestructuras y los 530 días de aislamiento ferroviario que se denuncian.

En este contexto, es casi anecdótico si la marcha sacó a la calle a 3.000, 5.000 o 7.000 granadinos. Es más, deberíamos lamentarnos de por qué no fueron 30.000 los que recorrieron los cientos de metros que separan Renfe de la Gran Vía. La foto del “basta ya” había que construirla por un motivo emotivo y otro pragmático: para que la tierra del quejío y la lamentación se levante la autoestima -no todo es un complot de fatalidad en nuestra contra- y para que se utilice en los despachos a partir de hoy. Para presionar. Para desbloquear. Para reactivar las obras en Loja, para fijar nuevos plazos para la llegada del AVE y para arrancar al Gobierno una apuesta definitiva en los presupuestos de 2017.

Era por tanto una marcha necesaria, ¿pero útil? Lo sabremos con los titulares de los próximos días. La movilización tendrá continuidad con una segunda estación de protesta en Madrid y está por ver si un Gobierno en funciones es capaz de hacer algo más que subsistir. El PP no estuvo y, de momento, son los que más puede mediar en Madrid para lograr una solución. Dirigentes del partido me confesaban esta semana que Adif está negociando “a cara de perro” y que se hubieran unido si Fomento no estuviera trabajando para encontrar una salida. Es un futurible difícil de comprobar en un país que lleva un año en bucle electoral pero es otra la pregunta de fondo: si realmente hay una escapatoria (legal), cuándo y a qué precio.

El caso del AVE de Granada es de manual: administración y empresa contratan en circunstancias temerarias y luego resuelven bajo cuerda el sobrecoste de los modificados millonarios. Con una responsabilidad compartida, lo normal es que las tensiones desemboquen en acuerdo y no en una amenaza de la promotora de abandonar las obras. No hay más en Loja. No lo habría si Fomento tuviera más margen de maniobra y la empresa de Florentino Pérez estuviera en un escenario de intangibles y expectativas que la animara a ceder. De todo esto no se puede hablar, mucho menos escribir, pero es la triste realidad: la cara b de los acuerdos; del último corredor de fincas al mayor contrato de la administración pública. Se negocia -y se contrarresta- en base a lo que hay, lo que ha habido y lo que habrá.

El titular del desatasco de las obras en Loja llegará; otra cuestión diferente es si con ello Granada se suma de verdad al mapa de la Alta Velocidad Española. Con la coartada de la crisis y de los recortes presupuestarios, se ha renunciado a tanto en los últimos años que es difícil valorar si el AVE descafeinado que entrará en Andaluces habrá merecido la pena. Si, más allá de la megalómana estación de Moneo y el hoy inasumible soterramiento en La Chana, la reconexión ferroviaria supondrá un despegue real con la solución low-cost que se terminó aplicando en Loja.

El frente común de Granada, Jaén y Almería para reclamar la vertebración de Andalucía Oriental no deja de ser un peligroso eje del fracaso. Porque es el tren, pero también lo es el aeropuerto desplomándose en la escala regional de tráfico de viajeros y lo es el Puerto de Motril si no terminamos de entender que es uno de los pocos proyectos con un claro recorrido de expansión económica e industrial en una provincia que subsiste por inercia mientras sopla el viento del turismo y no se desinfla la burbuja del sector público.

Cuando los manifestantes gritaban ayer que “a Granada se la respeta” y pedían “dignidad”, no podía evitar recordar al ministro De Guindos en sus no-explicaciones sobre el caso Soria diciendo poéticamente que “la dignidad es un concepto evanescente”. Porque nada tiene el “Granada por tren ya” de bebida espirituosa y porque nada hay de misterio en esa alternativa tercermundista por Moreda que puede terminar convirtiendo en éxito una chapuza. Lo clamaba ayer la gente -no los políticos- en la marcha del 17-S y deberíamos sumarnos todos: “Dejarse de pollas”. En este caso el clamor es tan evidente que no hay que recurrir a la poesía.

 

Granada-Málaga y los reinos de taifas

Magdalena Trillo | 11 de septiembre de 2016 a las 11:48

Cuando en los años 90 estudiaba Periodismo en Málaga, el profesor Díaz-Nosty ya hablaba de la Andalucía de los “reinos de taifas”. Se lamentaba del lastre que suponía la falta de competitividad, la desestructuración y la guerra de agravios entre provincias y terminaba contagiándonos de fatalismo por la ausencia de liderazgos y de ambición. Entonces analizábamos la estructura de los medios asumiendo el destructivo contexto en que nos movíamos: el frágil tejido empresarial, la debilidad de la economía y la dependencia de Madrid. Hoy, aquella fotografía de enmienda a la totalidad apenas ha virado del blanco y negro al sepia.

No es una imagen catastrofista; es realista. Es la Andalucía que gastó sin preocuparse de controlar -ahí están como evidencia los ERE y los cursos de formación- cuando el dinero llovía de Europa y soplaba con fuerza el ladrillo. La misma Andalucía que tuvo que renunciar a las cintas inaugurales y a la copa de vino español con la crisis económica y la misma Andalucía que mira con nostalgia las estampas de los besos y los abrazos con la actual crisis política e institucional.

Suma lo viejo y lo nuevo: lo coyuntural y lo estructural. Y sería una verdadera inconsciencia no reconocer que subyace una crisis propia y ajena que no se soluciona con ningún tratamiento intensivo de voluntarismo y buenas intenciones. Sin esta dosis de choque, de realismo, no podríamos valorar el recorrido de la inesperada fiebre por las alianzas y las sinergias en que se han instalado este verano Sevilla, Málaga, Córdoba y Granada mientras Almería se cabrea, Cádiz busca su sitio, Huelva se lo piensa y Jaén se resigna.

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La paz social que ha impuesto el Eje Turístico tiene trampa: como imaginarán, no todo es lo que parece. La simple foto que los cuatros alcaldes se hicieron el 15 de julio en el Palacio de los Córdova, sonriendo con la Alhambra al fondo, estuvo a punto de hacer saltar el acuerdo: con Torres Hurtado fuera de juego, Málaga no tenía ningún interés en venir a Granada a formalizar la alianza; Paco Cuenca lo tuvo que pelear… Esta semana ha sido por fin Paco de la Torre el anfitrión para el lanzamiento de la campaña con que se estrenará el Eje en Japón -la Andalusian Soul. The spanish essence que se venderá en la feria de Jata para captar turistas de larga distancia- y ha faltado tiempo de reabrir las grietas Málaga-Granada por la disputa por acoger la Agencia del Medicamento.

La explicación es la de siempre: política y económica. De legítimo interés en defensa de las respectivas ciudades y de puro pragmatismo. Con dos palabras mágicas detrás: empleo e inversión. Con el turismo es fácil aliarse cuando se trata de gestionar el éxito, cuando vivimos años de bonanza y, hablemos claro, cuando es la Consejería de Turismo la que pone el grueso del presupuesto. Si el objetivo es acoger un organismo de prestigio, con 800 funcionarios y un volumen de negocio de 4.000 millones, el escenario cambia.

Es una carrera a dos o tres años. Cuando se formalice el brexit y Gran Bretaña abandone formalmente la Unión Europea. Será entonces cuando esta institución, por la que ya pugnó Barcelona en 1992 y que acabó instalándose en Londres, deba reubicarse en un país comunitario. Mientras París y Fráncfort se disputan la Agencia Bancaria Europea, España podría disputar a Italia y Suecia ser el nuevo referente en el control de la industria del medicamento. Aquí es donde está la verdadera batalla. Porque no es fácil que el Gobierno central gane el primer envite (mucho menos sumido en un bucle electoral) para poder pasar al segundo: y aquí están ya Cataluña, Valencia, Madrid y Galicia con candidaturas sobre la mesa. Andalucía acaba de anunciar que también se postula, pero tendrá que lidiar fuera y dentro. Ahora estamos en la fase del posicionamiento pero no seamos ilusos: no hablamos de conexiones, aeropuertos, lobbies, empresas o investigación; es pura política. Importará cuando se decida quién gobierne en Madrid y el punto en que se encuentre el proceso independentista catalán. Y pesará en Andalucía si el PP sigue en Málaga y el PSOE en Granada. Para contrarrestar o para apoyar.

En el camino, es evidente que nadie ha enterrado la bandera de las rivalidades por mucho que nos queramos distraer con las bondades de sumar y ser competitivos. No cuando entra en juego la política. No cuando hablamos de dinero. De pelearlo, no de repartirlo.

Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…

Manual de desconexión estival

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2016 a las 10:30

Queridos políticos. Los españoles, los que no llevamos siete meses vagabundeando, nos vamos de vacaciones. Hemos trabajado duro, hemos pagado nuestros impuestos, hemos ido disciplinadamente a votar -dos veces para nada- y, a la espera de que a algún iluminado del FMI se le ocurra ‘ajustar’ nuestro derecho a descansar, desconectamos. Fundiremos el sofá, asaltaremos los bares y, hasta que el cajero aguante, estrujaremos la tarjeta de crédito.

A nada de esto tienen ustedes derecho. Después del episodio ‘Rajoy en plan Rajoy’, Pablo Iglesias en versión ‘psicópata carismático’, Pedro Sánchez jugando a ‘dónde está Wally’ y Albert Rivera a lo ‘llanero solitario’, más urgente que reformar la Constitución frente al chantaje catalán es poner orden en el ritual de la formación de Gobierno. Propongo aplicar el mismo principio que está rigiendo las negociaciones de investidura: responsabilidad en diferido. Pero con una variante: vacaciones en diferido y sueldos en diferido.

Que se recoja en el BOE: si no hay gobierno, no hay descanso. Y las nóminas, esas que llevan siete meses recibiendo -con sus extras correspondientes- quedan embargadas. Sine die. El mismo horizonte incierto con que España pondrá este año el cartel de ‘cerrado por vacaciones’. ¿Cuánto creen que tardaríamos en tener gobierno?

No sé si recuerdan la película con que Stanley Kubrick puso fin a su carrera cinematográfica. Tan sugerente como el título, Eyes Wide Shut, es el trasfondo de incertidumbre e insatisfacción que destila esa historia compleja y misteriosa que se deja ver una y otra vez sin que consigamos concluir nada. En una espiral de realidad y sueños, los Ojos Bien Cerrados de Kubrick nos llevan al mismo terreno ambiguo y ambivalente que a principios de siglo ya retrató el austriaco Arthur Schnitzler en su novela corta Relato soñado arrastrándonos a un mundo carnavalesco a medio camino entre el sueño y la vigilia.

La política española está a años luz de la intensidad y la fascinación que alcanzan Tom Cruise y Nicole Kidman en este divertimento póstumo del cineasta estadounidense pero no tanto del deterioro y la frustración que se va inoculando en el espectador. La lección más valiosa de estos meses tal vez sea la madurez con que los votantes estamos afrontando la incapacidad de nuestros representantes para representarnos. Es la misma concesión que otorgamos al cine. Nos podemos sorprender, desconfiar y hasta rebelar pero, si la obra es buena, llega un momento en que accedemos a ser cómplices. No significa que bajemos la guardia; es una forma de reconocimiento y participación.

Realmente, es la sugestión del título lo que me lleva de Kubrick a la política viendo tediosos informativos con la depresiva imagen de esos políticos con los ojos cerrados que siguen ocupando titulares, pantallas dactilares y minutos de televisión. ¿De verdad son una opción unas terceras elecciones?

Pero quien me conduce a Kubrick es otro cineasta, el español Alejandro Amenábar, con la envolvente y contradictoria atmósfera de Regresión. Los dos filmes nos sumergen en el enigmático mundo de las sociedades secretas y los macabros rituales con enfoques inversos: ¿están ahí y nos resistimos a verlo o estamos dando carta de realidad a lo que nos inducen a ver?

No entro en si Amenábar responde a las expectativas y dejo al margen si se pierde en un argumento y desarrollo tal vez demasiado repetitivos y previsibles. Lo que me interesa es el envoltorio. La pseudociencia de la regresión; lo psicopatológico por encima del psicoanálisis de Freud. Podríamos preguntarnos si sería una salida someter a los políticos a unas terapias de regresión con la convicción suficiente como para que tengamos gobierno a la vuelta de vacaciones. No tiene que ser real; sólo tienen que creer que lo es.

Lo peligroso es que la regresión también puede funcionar en negativo. Pienso en la Operación Nazarí. A mediados de agosto se cumplen cuatro meses sin que sepamos realmente qué ocurrió. Me cuentan que la jueza está muy nerviosa. Ya ha decretado tres veces el secreto de sumario de un caso que hizo caer a un alcalde, ha hundido la reputación de 17 personas… ¿Y? Pues seguimos especulando. ¿Vieron desde Madrid lo que quisieron ver? ¿Se desinflará el caso como acaba de ocurrir con el de los cursos de formación?

Elimine del Manual de Desconexión Estival el punto “distraerse viendo cine”. La realidad -la actualidad- es tan caprichosa, inaudita y compleja que le seguirá persiguiendo. También en formato 3D. Incluso en vacaciones…

¿Pagamos entre todos el Centro Nevada?

Magdalena Trillo | 24 de julio de 2016 a las 11:39

El juez Miguel Ángel del Arco definió en su día al Centro Nevada como un “Leviatán de hierro y cemento en plena Vega de Granada”. En las antípodas de la bestia marina que cita el Antiguo Testamento, su promotor siempre ha pensado que su criatura era digna de convertirse en un referente arquitectónico si no hubiera sido por los problemas de la tramitación del proyecto y el lío judicial que ha corrido paralelo a los bloques de mármol y hormigón que durante una década han subido y bajado a golpe de contradictorias sentencias.

En los más de 370.000 metros cuadrados que coquetean ya con el megahospital del PTS, que a partir de noviembre se disputarán el colapso de tráfico y la estampa sur de la Sierra y la Alhambra, se condensa la historia de fracasos, despropósitos y hasta de mala suerte de una provincia que sigue empeñada en liderar los rankings más frustrantes y negativos de todo un país. Lo son puntualmente las listas del paro y de destrucción de empleo, lo ha sido esta semana la panorámica con los pueblos más ricos y pobres de España -Zafarraya ya tiene el título de ser el último de los últimos-, en infraestructuras hemos innovado cambiando los insólitos veranos de los conos por el paisaje tercermundista de las excavadoras en las playas y, como oportuno punto de inflexión en la interminable trama del desconcierto, ya tenemos un escándalo que sumar al guión: histórica condena contra la Junta por bloquear durante casi diez años el Centro Nevada.

157,41 millones de euros. Es el precio que el Juzgado de lo Contencioso número 1 de Granada ha fijado de “indemnización por daño emergente y lucro cesante”. 157 millones que, si no prospera el recurso, terminarán saliendo de nuestros bolsillos para engrosar las arcas de Tomás Olivo. Sí, ese mismo constructor que estuvo imputado en el caso Malaya, que fue condenado a prisión por maltratar a su ex pareja y que ha protagonizado en Granada algunos de los capítulos más polémicos de la telenovela urbanística. La multa ha desatado una nueva tormenta política que viene a reproducir en formato de ruedas de prensa lo que se comenta a pie de bar: ¿la Junta va a terminar pagando el centro comercial? Porque 157 millones es más de lo que manejan muchas consejerías al cabo de un año. Porque, con 157 millones, casi podríamos permitirnos el lujo de acabar las obras del AVE.

Pero, como ocurre en las mejores novelas negras, lo más jugoso no es lo que se cuenta sino lo que transcurre entre bambalinas. Para empezar, una advertencia. El susto de la sanción podría ser aún mayor: la empresa promotora formalizó una reclamación judicial por 270 millones y el propio constructor calcula que el perjuicio para sus negocios supera los 500. A continuación, lo inaudito: cómo es posible que la negligencia no tenga un coste. Que no haya responsables. Ni en las instituciones ni en los tribunales. Ni a nivel político ni a nivel judicial.

Las explicaciones de la Junta sólo llevan a la contradicción. Este mismo lunes anunció que recurrirá el auto: entendía que los daños por la paralización “no están acreditados”, recordaba que el propio Olivo fue condenado en la vía penal del caso -“No se puede indemnizar por daños y perjuicios a quien ha cometido un delito”- y criticaba que justo el Juzgado de la condena decretó en su momento la paralización. Eso sí, sobre el hecho de que ningún letrado de la Junta acudiera al juicio el pasado 6 de junio sólo pudo alegar que fue un “error de los servicios jurídicos”.

El grupo parlamentario de Podemos, que ha pedido las comparecencias de los consejeros de Presidencia y Hacienda, ve este escándalo como un ejemplo más del “funcionamiento ineficaz” del Gobierno andaluz y del “descontrol interno y externo” que evidencian casos como los ERE o los Cursos de Formación. El PP, por su parte, ya estudia llevar a la Junta ante la Fiscalía por si se han cometido delitos de prevaricación y malversación de caudales públicos. 

El caso Nevada vuelve a sumirse en la confrontación política pero el trasfondo de los 157 millones apunta en otra dirección que nos debería alarmar aún más: el nulo coste que en España tiene dilapidar lo ajeno. Aunque con relativos resultados, a los políticos los hemos terminado situando en el ojo del huracán de la indignación popular. Pero ¿nos atrevemos con los intocables funcionarios? ¿Con los intocables jueces? De la negligencia al delito. De las guerras corporativas a los conflictos de intereses. ¿Corrupción? ¿Negligencia? ¿Descontrol? ¿Un inocente “error”? Hasta el debate parece tabú.

El Pacto de la Alhambra

Magdalena Trillo | 17 de julio de 2016 a las 11:44

Cuando hace una década Granada, Córdoba y Sevilla hacían promoción conjunta en EE UU y Japón para potenciar el turismo de larga distancia, Málaga no existía. En la campaña Splendours of Andalusia, la Costa del Sol tenía ¿poco? que aportar al triángulo cultural andaluz: su aeropuerto. El paquete que comercializaban las agencias nacía y moría en Málaga sin más beneficio para la ciudad que servir de plataforma: los turistas llegaban a su aeropuerto internacional, los metían en un autobús, los llevaban a conocer la Alhambra, la Giralda o la Mezquita, pernoctaban y gastaban en las provincias vecinas, les proponían escapadas a Ronda o Jerez y los empaquetaban de vuelta a casa una semana más tarde. Málaga no era más que una silueta desde la ventanilla del avión.

En diez años, Málaga se ha ganado a pulso el derecho a estar en la foto. Por la acción de ellos y por la omisión nuestra. En sentido figurado y real…

Ya tenemos el argumento para perdernos entonando ese mismo llanto lorquiano que desde la construcción autonómica Granada ha dedicado a Sevilla confrontando y avivando la política del agravio. Sólo tenemos que cambiar un nombre por otro. Primera estrofa: asumir que nos ha comido terreno, en este caso como destino cultural. Segunda estrofa: elogiar el pragmatismo de un alcalde que ha tejido alianzas donde tocara, con quien hiciera falta y con su carné político bien guardado en el bolsillo siempre que beneficiara a su ciudad. Tercera estrofa: fustigarnos preguntándonos qué hacía Granada mientras tanto y con otro alcalde de su mismo partido porque, hasta el sobresalto de mayo con la operación nazarí, la trayectoria de Paco de la Torre y Pepe Torres ha sido casi paralela. Cuarta estrofa: concluir que no nos merecemos que nos desbanquen, buscar un culpable y lamernos las heridas.

Pero la tercera y cuarta estrofa son excluyentes. O nos deleitamos muriéndonos de envidia y añorando un pasado (supuestamente) glorioso o nos preocupamos de salir en las fotos. Lo sensato, y egoístamente más operativo, es obviamente lo segundo. Pero no crean que es lo más fácil. Lo de compararnos con Málaga para todo se ha convertido en el discurso oficial de la opinión pública y publicada. Empezamos tímidamente con las disputas por las inversiones públicas autonómicas y estatales, luego llegó la competencia de los aeropuertos, de repente irrumpió la cultura a golpe de titulares con los éxitos de unos y los fracasos de otros, el aislamiento ferroviario nos ha convertido en satélite de Antequera vía autobús y, en el culmen de la contradicción, hasta nos ha molestado que el Hospital del Campus esté funcionando ya a pleno rendimiento… A la espera de que el Metro fracase, el bloqueo del AVE y el Centro Lorca -¿seguro que lo que ha hecho La Caixa es perdonar una deuda y no embargar el legado?- amenazan con seguir dando motivos más que sólidos para seguir sumidos en un estado crónico de frustración.

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Salir en las fotos tiene además un riesgo. Le ocurrió a Paco Cuenca nada más coger la Alcaldía cuando la nueva portavoz municipal del PP, Rocío Díaz, le llamó el “rey del postureo”. Le sentó fatal; la crítica y que lo publicáramos. A él y a su equipo. Pero es un precio asumible. Necesario incluso. Porque para que haya una imagen realmente histórica como la que se produjo este viernes en el Palacio de los Córdova también tiene que haber rutinarias. La foto de cuatro alcaldes enterrando rivalidades y sellando el lanzamiento del Eje Turístico Andaluz acabará en los anuarios.

La alianza la pusieron en marcha Málaga y Sevilla pero Córdoba y Granada han sido capaces de sumarse a esta inesperada locomotora de desarrollo. El turismo es sólo el primer paso. Se construirá una marca conjunta competitiva, se sentarán los pilares del “mayor reclamo turístico del sur de Europa” y se activarán sinergias en otros ámbitos como el biosanitario y agroalimentario.

En unos meses sabremos si la imagen tiene recorrido pero, de entrada, ya hay una intrahistoria. Aunque se ha llevado con discreción, hasta el último minuto ha intentado De la Torre que el convenio de colaboración se firmara en Málaga. Lo de cuadrar las agendas -el acto se ha celebrado una semana después de lo anunciado- ha tenido más tensión que la estrictamente protocolaria. No era una simple foto; era un símbolo y era importante el escenario. Granada se ha apuntado el tanto gracias a la Alhambra. A la imponente imagen de los palacios que hace de postal. ¿De verdad preferimos lamentarnos?

La clave está en la pizza

Magdalena Trillo | 10 de julio de 2016 a las 11:49

¿Cuál cree que es la diferencia entre la tragedia y la comedia? Tal vez diría que la solemnidad frente al humor; la gravedad frente a la ligereza… Así lo he pensado yo siempre. Hasta que hace unos días empecé a leer En manos de las furias y una atrevida Lauren Groff me desmonta mi verdad escolar en boca del profesor de Literatura de uno de los protagonistas. En teoría, el libro se propone descubrirnos que el matrimonio es “una larga conversación en la que caben huecos, omisiones y palabras sueltas” que pueden ser mentiras piadosas o alfileres, que la “certeza absoluta no existe” y que a los “dioses les encanta jodernos”.

Todavía no sé si recomendarlo pero, de entrada, promete. El hombrecillo con piel macilenta y cara de larva que una anodina mañana se cuela en la clase de Lotto consigue despertar a los alumnos con su respuesta: ¡Falso! Es una cuestión de enfoque. Contar historias es como un paisaje, y la tragedia es la comedia y es el drama. Simplemente depende de cómo se encuadre lo que uno ve”.

Me he acordado de la caja mágica del extravagante profesor de New Hampshire viendo en el móvil los listados de actualidad de los diarios digitales. Pasamos de los sanfermines a la segunda tortura de la no-negociación política para el no-gobierno en España sin transición. Tampoco hay tregua entre el tiroteo de Dallas, los ensayos de misiles de Corea del Norte o la incesante barbarie del Estado Islámico con las noticias sobre cómo las caligrafías sobre tableta nos hipnotizan y relajan, cuánta keratina tienes que ponerte y cuáles son los mitos sobre el cerdo que deberíamos cuestionar.

¿Han visto la última campaña de Campofrío? ¿Dirían que es tragedia o comedia?

El trabajador que le advierte a su futura jefa que se escaqueará y robará de la oficina todo lo que pueda frente a la directiva que le explica cómo se apropiará de todos sus méritos profesionales y se aprovechará de las listas del paro para no subirle el sueldo nunca. El deportista de ego desmedido que fingirá lesiones para saltarse los entrenamientos frente a ese entrenador-macho alfa que lo intimidará y destruirá cuando toque y lo obligará a jugar amistosos en Oriente Medio a 50 grados para llenar las arcas del club.

¿No le suena “genial”? Porque nada importa “cuando hay una buena base”: no hay razón para preocuparse; ni en la cocina italiana ni en la vida.

Las historias son tan buenas que han vampirizado la campaña. He tenido que volver a ver los spots en Youtube para saber que se trataba de Campofrío anunciando sus nuevas pizzas finísimas y extracrujientes.

Es el otro lado de nuestro día a día pero con la nada sutil diferencia de que nos hemos saltado las mentiras y la hipocresía de lo políticamente correcto, renunciamos a lo estratégicamente más adecuado para nuestros intereses personales y hasta asumimos sin egoísmo el coste de decir la verdad.

Usted puede elegir cómo ver los anuncios: si reírse o llorar. Pero hay un sólo escenario y un único guión; sin trastienda, sin globos sondas, sin dobles versiones y sin juego de espejos. ¿No es todo al final una cuestión de perspectiva y de actitud? Para la ex alcaldesa de Bormujos Ana Hermoso, que un jurado popular no haya creído su versión de lo “caro que le ha salido el amor” y la haya culpado de cohecho por recibir un bolso de Loewe en “agradecimiento” por su apoyo una moción de censura ha sido toda una “injusticia” en tono de drama mayor. Al otro lado, la historia de la edil que se vende por 180 euros suena a vodevil.

Imagínense el dinero que nos ahorraríamos en los tribunales si la gente dijera la verdad, incluso si sólo lográramos que la Justicia dejara de ser una extensión ante el fracaso de la política. Imagínense el tiempo y crispación que nos ahorraríamos si los políticos dejaran de actuar. Imagínense la confusión y desinformación que nos ahorraríamos si nos pusiéramos de acuerdo en qué es importante.

¿Se acuerdan del escándalo del Ecce Homo? Pues resulta que ahora Cecilia Giménez, la restauradora de la vergüenza, se ha convertido en la heroína de Borja y ya han grabado un documental de cómo las burlas y los memes han terminado sacando a todo un pueblo de la crisis. ¿Un milagro?

No sé dónde me llevarán las “furias” de la escritora a la que tanto admira Obama, pero sí… todo termina siendo una cuestión de tono y de enfoque. Con permiso de Ken Follet, la clave no está en Rebeca; la clave está en la pizza. En la buena masa de la pizza.