A lo grande

Magdalena Trillo | 20 de noviembre de 2016 a las 10:30

Toda la historia de la Humanidad se ha intentado escribir en mayúsculas. Desde las obras faraónicas de la antigüedad hasta la megalomanía de los monumentos y esculturas que, en ciudades de todo el mundo, nos recuerdan la debilidad del hombre por lo grande. Su rendición, calibrada en toneladas de mármol y de hormigón, al viejo pecado de la vanidad.

¿Pero más es mejor? La crisis económica se ha encargado en los últimos años de darnos una dura lección de pragmatismo: no todos los proyectos los podemos valorar al peso; no si hablamos de éxitos y de fracasos. Podríamos recordar casos simbólicos como el aeropuerto de Castellón o la Ciudad de las Artes de Valencia, detenernos en cualquiera de las burbujas que se han ido desinflando a golpe de realidad y, en un plano mucho más escurridizo, cuestionar sin miramientos la contagiosa deriva de crecimiento incontrolado que se ha terminado infiltrando en las instituciones públicas de todo el país.

Granada no es una excepción. Al contrario. La enfermedad del gigantismo la vivimos por partida doble: en dimensión y en tiempo. Tal vez ya no nos acordemos de lo que nos costó librarnos de los conos para poder bajar en autovía a la playa ni de la eternidad que hemos sufrido hasta ver la A-7 terminada. Pero es porque había una sólida razón: eran absolutamente necesarias y, al final, funcionan. En estos momentos, las dos grandes infraestructuras en macha, el Metro y el AVE, comparten una larga década de complicaciones, replanteos y retrasos y una preocupante incertidumbre sobre su utilidad y su viabilidad. Al tranvía lo hemos visto esta semana atravesar en pruebas todo el trayecto subterráneo del Camino de Ronda y circular por el Zaidín -nada más elocuente que el “¡Ya era hora!” con que los vecinos se unieron el jueves a la preinauguración- suscitando una compartida expectativa de optimismo: que se ponga en servicio para Semana Santa y que se cumplan los datos que maneja la Junta sobre el nivel de usuarios y rentabilidad. El caso del AVE es mucho más sombrío: no hay un horizonte en el corto plazo para poner fin al aislamiento ferroviario que sufre la provincia desde hace cerca de 600 días ni un compromiso de fechas por parte de Fomento para la llegada definitiva del tren. Para el proyecto del soterramiento sólo hay buenas palabras y, lo más grave de todo, no está claro que sea un sistema de Alta Velocidad realmente competitivo lo que acabe llegando a la Avenida de Andaluces. Eso sí, a una estación “remozada” que nada tiene que ver con el millonario y majestuoso proyecto que en su día diseñó Rafael Moneo y el equipo de Torres Hurtado se encargó de tumbar porque -en este caso- era “demasiado” para Granada…

El Hospital del PTS va camino de convertirse en un ejemplo de manual sobre cómo convertir un proyecto emblemático para una ciudad en un problema. Después de 14 años de espera, el complejo sanitario abrió sus puertas en verano desencadenando la mayor crisis que probablemente haya sufrido el SAS en Andalucía en toda la Democracia: aunque hasta la Junta reconoce ya los desajustes y errores que se han cometido en el proceso de fusión, la realidad hoy es que Granada tiene uno de los hospitales más grandes de España, uno de los mejor equipados de toda Europa y un monumental clima ciudadano de cabreo que, lejos de amainar, ya se ha contagiado a Málaga y Huelva. ¿Se acuerdan del proyecto? Se trataba de levantar un ‘nuevo Clínico'; de construir un gran hospital -con más de 160.000 metros cuadrados, es la mayor obra civil de Andalucía- para mejorar la asistencia de los usuarios del decadente San Cecilio. Pero la crisis económica, los recortes presupuestarios y la reorganización hospitalaria llegaron después desdibujando la idea inicial y transformando lo que debió ser un éxito -una de esas grandes iniciativas sociales que ayudan a ganar elecciones- en un incontrolable problema.

Frente al PTS, el Centro Nevada abre esta semana sus puertas. Después de 21 años de pleitos, denuncias y líos judiciales, se pone en marcha uno de los gigantes del comercio más grandes de España. Un imponente árbol de Navidad, el más alto de Europa, saluda ya a los miles de visitantes que pasarán cada día por las más de 250 tiendas y establecimientos que integran la oferta comercial y de ocio inicial -los cálculos del promotor son superar los 25 millones al tercer año-. Sobre la inmensidad de los 280.000 metros cuadrados del parque comercial, Tomás Olivo recordaba ayer a los medios que se han invertido 480 millones de euros y que generará más de 7.000 empleos… Sin resentimientos, mirando “hacia adelante”. Lo que no sabemos es cuántos destruirá. Si la riqueza que generará el Nevada Shopping compensará el incierto destino de otros centros como el Serrallo. Porque ahí está el fantasma del Neptuno para generar la duda. Porque el Leroy Merlin acaba de cumplir un año y, a sólo unos cientos de metros de distancia, ya ha cerrado el Akí.

No sólo el pequeño comercio está preocupado. El colapso de tráfico en la zona es ya una rutina para cualquiera que transite por la Ronda Sur. Aunque se han activado algunas medidas de choque para agilizar los accesos, no es difícil intuir la imagen que tendrá la Circunvalación cuando nos sumerjamos en la fiebre consumista navideña. Y el ruido. Y la contaminación. Podríamos compensar pensando que, para primavera, se habrá creado un gran corredor verde en todo el entorno del PTS con más de 2.000 árboles: el parque más grande de Granada. Un nuevo pulmón verde de 117.000 metros cuadrados para lo que está llamado a ser “uno de los espacios de excelencia” de Granada. El consejero de Economía visitaba este viernes la ciudad para conocer junto al alcalde el estado de las obras de urbanización de zonas verdes y espacios libres que se iniciaron en verano una vez superado el desacuerdo entre la Junta y el Ayuntamiento. La previsión final de inversión global en el PTS, con 2.800 profesionales trabajando ya en el centenar de empresas ubicadas en el Campus y en torno a 3.000 en el Hospital, llegará a los 750 millones.

Sobre un Excel, las cifras son incontestables. De todos los proyectos. Para responder la pregunta inicial habrá que esperar y tiene matices. ¿Más es mejor? ¿Grande es sinónimo de éxito? Puede. En comparación con qué y según para quién.

El precio de la paz social

Magdalena Trillo | 6 de noviembre de 2016 a las 11:45

A qué precio estaría dispuesto a venderse? De la literatura al cine, de la historia a la filosofía, es una constante en las preocupaciones humanas el dilema ético y moral que significa poner precio a nuestra voluntad: por un voto o una firma; para garantizar nuestro silencio o por hablar; por un soplo o por un pendrive; por quedarnos en casa o por salir a la calle a protestar… En unos casos lo llamamos compromiso y capacidad de decisión y en otros, coqueteando en la sinuosa frontera de la legalidad, recurrimos a la extendida ecuación capitalista que pone en circulación euros, prebendas y privilegios según mercado.

La segunda parte del conflicto, qué precio estaríamos dispuestos a pagar, se desliza en la parte contraria del tablero -conjugando los mismos riesgos y sucumbiendo a idénticas debilidades- en una escala volátil que siempre va de la razón al corazón. Aunque en los dos campos hay un abismo entre el enriquecimiento ilícito, el fraude o el cohecho y lo que hasta podríamos entender como el cumplimiento de un deber, al final termina importando muy poco si hablamos de lo material o de nuestra vanidad.

Siempre he pensado que Chaves y Griñán se sentarán en el banquillo de los acusados -el juez ya ha abierto juicio oral por el caso de los ERE- por un exceso de deber. De responsabilidad. Por estrangular la burocracia y someterla al pragmatismo social. Por esquivar los procedimientos para salir bien en la foto. No es ninguna frivolidad -tampoco una justificación- ni pretendo minimizar el fraude millonario que ha supuesto el escándalo de los ERE para las arcas andaluzas. Y mucho menos restar importancia a la red de estafadores y comisionistas que aprovecharon los atajos para enriquecerse desencadenando el mayor quiebro de fondos públicos de nuestra historia reciente. Pero tal vez deberíamos recordar que cuando se puso en marcha la controvertida partida 31-L de los presupuestos autonómicos (lo que derivaría en el famoso fondo de reptiles), Andalucía vivía unos años convulsos de conflictividad laboral. Eran tiempos de pancartas, encierros y barricadas. De crisis y de despidos. ¿Qué precio tenía entonces la paz social?

Me lo pregunto ahora, en plena crisis sanitaria en Granada, justo al día siguiente de ver cómo la Junta de Andalucía ha entregado a los manifestantes la cabeza de la persona que eligió hace cuatro años para llevar a cabo las dos misiones que están en el origen de las protestas: acometer la fusión hospitalaria y poner en marcha el nuevo complejo asistencial del PTS. ¿Ha fracasado? ¿No ha cumplido las instrucciones de Salud? Desde la movilización masiva del 16 de octubre en las calles de la capital, media España sabe que en Granada hay un grave problema con la gestión hospitalaria; desde la movilización de ayer, que pretendía librarse en las redes sociales y que acabó con 35.000 personas en las calles, a la otra mitad le habrá llegado el eco de que veinte días después sigue sin resolverse.

spiriman

¿El relevo de Bayona es un precio suficiente? La destitución se produce en mitad de la crisis. Era previsible su relevo, él mismo lo esperaba, pero tal vez no como contrapartida y medida de presión para suavizar las protestas. No debe ser casualidad que el anuncio se produjera justo en la víspera de la concentración organizada para ayer y sólo unas horas después de que el titular de Salud detallara los incrementos del presupuesto de su área para 2017 con un capítulo dedicado a la consolidación y mejora de la situación de los profesionales del SAS.

La Consejería de Salud quiere cambiar el rumbo de la negociación, recuperar la interlocución y dar un golpe de efecto poniendo el reloj a cero y sin líneas rojas. Oficialmente no culpan al gerente del conflicto -le agradecen, de hecho, su labor al frente del Complejo Hospitalario- pero tampoco hay autocrítica ni se establecen cauces valientes para liderar el diálogo y responder, por mucha demagogia, manipulación e intereses que haya detrás, a lo que ya se ha convertido en una corriente de opinión: que Granada ha perdido en el proceso; que ha estrenado el hospital mejor equipado de España para acabar teniendo peor asistencia sanitaria. Y, si nunca tuvo “dos hospitales completos”, ahora sí los quiere... Sólo faltaba la avería técnica que se registró esta semana en las instalaciones del Campus para imprimir pátina de verdad a la idea del “caos” hospitalario.

La nueva gerente, la doctora Cristina López, no tendrá los cien días de rigor para darle la vuelta al conflicto; probablemente ni diez. El objetivo más inmediato no es fácil: conseguir que la reconozcan como interlocutora y lograr un mínimo de margen para tomar medidas que vayan más allá del parcheo y de experimentos con efecto boomerang como el cuestionado Consejo Asesor. El objetivo último, la paz social, nada tiene que ver con lo que ha sido hasta ahora. Fue la Primavera Árabe y lo están siendo en España las mareas. Las instituciones han perdido el control y los medios de comunicación el papel de intermediarios. Las verdades y medias verdades comparten el mismo espacio que los rumores, las mentiras y las intoxicaciones y a la misma distancia del ciudadano: un simple click. Tal vez la utópica democratización de las redes sociales también era esto: que la paz social ya no tiene precio.

Políticos, jueces y payasos: ¿quién es quién?

Magdalena Trillo | 30 de octubre de 2016 a las 12:50

Podría referirme a la fractura de una formación centenaria como el PSOE que ha terminado envuelta en la bandera de la disciplina de partido para seguir pareciendo un partido, podríamos pensar en los más de 300 días de espectáculo mediático que hemos necesitado en España para acabar claudicando ante un Gobierno tristemente parecido al que se hubiera podido conformar hace un año y podríamos preguntarnos a qué nuevo callejón nos lleva que sean los mismos políticos los que parece que nos representan cuando se sientan en el hemiciclo y, “legítimamente”, decidan no representarnos cuando se movilizan a las puertas del Congreso para protestar por el transcurso de un juego en el que ya son juez y parte.

No son paradojas de la alta política; son contradicciones intrínsecas al momento de transición que estamos viviendo. Y no es sólo en Madrid o Cataluña donde supuran las heridas. El pleno del pasado viernes en Granada sólo puede entenderse desde el diván de la confusión y la incertidumbre, de la ausencia de determinación y los temores con que estamos caminando en lo que tal vez tenga más que ver con una tremenda crisis finisecular de valores, de conceptos y de estructuras que con un coyuntural choque de trenes entre la vieja y la nueva política. Lo que se tambalea es el modelo. Y no es una enmienda al 78; es la constatación de que la vida misma ha cambiado en las plazas y los bares sin que las lámparas de araña y las alfombras rojas de los templos públicos se hayan percatado siquiera.

¿Políticos y jueces se han intercambiado los sillones? Hace años que Félix de Azúa decretó la “muerte del arte”, no dudó en certificar el fin de la literatura en su Autobiografía de papel y hasta se atrevió a situar al periodismo como el “rompeolas de todos los géneros” en lo que podríamos ver ya como una descomposición en cadena de lo conocido, lo aprendido y lo socialmente aceptado.

Reconozco que no sabría decir qué fue antes: si la politización de la justicia o la judicialización de la vida pública. Pero desde la perspectiva de los efectos no es relevante: no hay ni una sola macrocausa o complejo proceso de corrupción en nuestro país que no arrastre la sombra de la utilización partidista, las sospechas de presiones y las crecientes dudas sobre si los viejos principios de objetividad, imparcialidad y honestidad son compatibles con el gran hermano de sobreactuación, superficialidad y alarmante mediocridad con que estamos descafeinando nuestras sobrevaloradas democracias.

paco cuenca

En lo que ocurrió el viernes en la Plaza del Carmen, transmutada en ese teatro con fachada, actores y personajes que hace décadas retrató Erving Goffman con sus teorías sobre la dramaturgia social, tiene mucho que ver el poroso y escurridizo debate sobre los muros y las fronteras que nunca hemos resuelto. De las físicas y las imaginarias. En sentido estricto y en sentido figurado. Sobre cuáles queremos levantar y cuáles derrumbar. Sobre cuáles son útiles y cuáles peligrosas. Podríamos verlo como una transposición de la “muerte de los géneros” que, como en la literatura, también decidimos abrazar los medios de comunicación pensando que estábamos innovando -sin darnos cuenta de que acabaríamos metiéndonos todos en un peligroso círculo de pseudoinformación- y resulta una manera sorprendentemente eficaz de analizar buena parte de las crisis y escándalos que nos sobresaltan a diario.

El conflicto de las puertas giratorias no existiría, por ejemplo, si hubiéramos dejado clara cuál es la frontera entre lo público y lo privado y tampoco nos veríamos sumidos en un constante dilema ético (cuando no deriva en fraude) si los políticos aprendieran a diferenciar lo que es el partido y lo que es la institución cuando llegan al poder. Igual ocurriría con los casos de financiación ilegal (con la Gürtel a la cabeza) si siguiéramos aquel consejo tan sano de diferenciar lo propio y lo ajeno y escándalos como el de las tarjetas black con todo un ‘ex’ del FMI confesando ante un juez que no tenía muy claro cuál era su nómina.

La crisis de esta semana en Granada con la imputación de Paco Cuenca por un juzgado de Sevilla -se investiga a una decena de altos cargos a raíz de una denuncia sindical por unos contratos de su etapa como delegado de Economía de la Junta- no escapa de esta disyuntiva. El interrogante es muy sencillo: ¿es corrupción o estamos ante una presunta irregularidad administrativa? ¿Es un caso penal o debería esclarecerse por la vía de lo contencioso?

La estabilidad misma del gobierno local depende de la respuesta. Hasta tal punto que, en otro ejercicio de malabarismo teatral, toda la oposición convirtió el viernes el pleno municipal en un severísimo juicio al alcalde. Con la firmeza que no se ha conseguido en ninguna de las infructuosas comisiones de investigación que se han llevado a cabo hasta ahora en Andalucía. Llegando a lo que históricamente no ha logrado España en toda su etapa democrática: que los políticos asuman responsabilidades políticas con independencia del camino judicial.

Ahora juzgamos en los plenos y hacemos política en los juzgados. Más que un avance parecen los primeros acordes de un réquiem. Aunque también confuso. Sin saber de qué. Sin atisbar hacia dónde.

Que hasta los McDonalds haya tenido que esconder a Ronald para no asustar a los niños tal vez sea más que un símbolo… Lo llaman clown sights (avistamientos de payasos) y creepy clowns (payasos terroríficos). Los payasos ya no hacen gracia; ahora asustan. Los populares bufones han salido a las calles con navajas, hachas y hasta motosierras para sembrar el terror.

payasos

Podríamos pensar que es cine. Deberíamos estar hablando de Pennywise, Horny o Krusty. Pero no. No están en la pantalla, ni en los libros ni en la imaginación. Ni siquiera es algo esporádico circunscrito a Halloween. En Texas y Alabama se han tenido que cerrar algunos colegios por denuncias vecinales. En Suecia ya se ha registrado algún herido…

La frontera entre el divertimento y la violencia también la hemos tumbado. Como la fiesta y el drama. Como el vodevil y la tragedia. Y todavía está por ver si no sentamos a un payaso en el despacho oval de la Casa Blanca. Si no es un réquiem, se le parece…

Del 15-M al 16-O

Magdalena Trillo | 23 de octubre de 2016 a las 10:47

Estamos dejando atrás casi una década de implacable crisis económica sin mayores altercados en las calles que un puñado de voluntaristas concentraciones. Nadie se ha puesto a quemar contenedores y en muy pocas ocasiones la violencia -ni física ni verbal- ha trastocado los valores mínimos de convivencia. Con mayor o menor éxito, protestas descafeinadas y manifestaciones de limitado impacto han servido -hasta ahora- como controlada válvula de escape al malestar. A la indignación.

El 15-M empezó todo. Se hizo política en la calle y la calle ha terminado entrando en los plenos y en los parlamentos. Cinco años después, la lectura de la protesta del 16-O de Granada ha de ir mucho más allá del manifiesto cabreo ciudadano que ha provocado una transformación sanitaria de la envergadura de la afrontada en Granada. En la existencia (o no) de recortes y ajustes presupuestarios derivados de la reorganización hospitalaria. De lo oportuno (o no) de la fusión de servicios cuando en otras provincias andaluzas se han plantado y sigue congelado todo el proceso. De lo acertado (o no) del diseño final de un nuevo mapa de atención sanitaria a partir de la puesta en marcha de uno de los hospitales más punteros y mejor equipados de toda España. De lo que debería haber sido un salto cualitativo sin precedentes para una provincia como Granada acostumbrada a bailar entre el agravio y el olvido.

El domingo pasado escuchaba a un policía explicarles a unos turistas qué ocurría en la Gran Vía okupada por una inmensa marea de batas blancas: “Están protestando. Es que les han hecho un hospital muy grande, y muy bueno, y ahora no lo quieren”.

Nada más lejos de la realidad. No es eso. Tampoco es una enmienda integral al sistema sanitario. La sanidad andaluza funciona; la granadina, también. Otra cuestión son los modos del cambio y las consecuencias del cambio. En un complejo cóctel difícil de digerir, está por un lado esa humana resistencia a todo lo que zarandee nuestra acomodada existencia, están los lógicos intereses personales y profesionales de quienes se convierten de repente en piezas móviles del puzle sanitario y está, por supuesto, la inevitable politización. Pero, aun quitando a varios miles de personas por todos estos motivos, todavía nos quedan otros miles a los que deberíamos escuchar cuando reservan una mañana de domingo para salir a la calle.

La magnitud de la protesta del 16-O nos ha sorprendido a todos. Al propio alcalde que cometió el error de no ir dando espacio a la oposición para que cuestione si de verdad defiende los intereses de su ciudad o de su partido, a una Consejería de Salud que no ha tardado ni una semana en congelar todo el proceso, reestructurar el servicio de urgencias, poner un plan de choque para resolver el caos de la gestión de citas y aplazar la mudanza del Materno y a la propia Junta de Andalucía -con Susana Díaz a la cabeza- que ha visto cómo todos los partidos se unían en el Parlamento para exigir un paralización del proceso de fusión.

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El 16-O no se entiende si no tenemos en cuenta que hablamos justamente de sanidad, de esa bandera de la autonomía andaluza que durante décadas ha sido sinónimo de éxito y de rentabilidad electoral. Tampoco se entendería si no echamos la vista atrás y sumamos al ‘basta ya’ del domingo el clima de crispación que los españoles hemos acumulado en los últimos años con la paulatina degradación de los pilares del Estado del Bienestar. Reconozcámoslo: ni la sanidad ni la educación, ni la universidad ni la cultura, ni los servicios sociales ni las políticas de igualdad han sido ajenas a los recortes, a la asfixia financiera y a las limitaciones presupuestarias. Tampoco en Andalucía.

Pero nos equivocamos si simplificamos esta crisis buscando héroes y villanos. Si no somos capaces, por ejemplo, de admitir la asignatura pendiente que tiene el SAS en Andalucía con la atención primaria: con esos centros de pueblos y barrios que no lucen tanto en las fotos pero son la puerta de entrada al sistema; el principio de la prevención y la buena atención sanitaria o los causantes del caos y el cuello de botella que luego criticamos en los hospitales. Si no nos damos cuenta del avance que está experimentando la sanidad privada en nuestro modelo neoliberal de privilegiados y damnificados a costa de la pública. Si nos preocupamos qué parte hay de acierto de unos y de errores de otros.

No es con dimisiones ni con parches como deberíamos afrontar la lectura de la masiva movilización del domingo pasado. ¿No se podría haber arriesgado algo en el Consejo Asesor -supuestamente llamado a buscar una salida consensuada a la crisis- siendo valientes, generosos y sensibles con las plataformas y los profesionales? ¿Incorporando a voces realmente críticas? ¿La fusión de servicios es irreversible? ¿Es irreversible la reorganización hospitalaria? Salvo la muerte, poco debería ser irreversible… Yo no tengo la respuesta pero son muchos los que opinan que con una hoja de ruta de trabajo a un año, “seria y con recursos”, se puede revisar, restablecer y reajustar lo que se quiera.

Lo que deberíamos analizar es cómo conseguir que la inauguración de un gran hospital como el del Campus sea un avance sin precedentes para la sanidad granadina y no un motivo de crispación. No recurro al 15-M para poner ninguna medalla a quienes desde Podemos y las mareas han llevado aquel espíritu contestatario a las instituciones; tampoco es ningún reconocimiento personalista para quienes -con mayor o menor sobreactuación- han movido los hilos de la movilización del 16-O. Creo que es una forma sencilla y simbólica de reflexionar sobre la trascendencia real de lo que vivimos hace justo una semana por encima de lecturas interesadas, de prejuicios y de estériles disputas numéricas.

spiriman

Reconozco que cuando vi mantear a Spiriman en la cabeza de la manifestación y escuché a la gente pedir “dos hospitales completos” creí estar dentro de una de esas provocadoras viñetas de Martínmorales que se exponen estos días en Puerta Real. Veo sus dibujos censurados y me pregunto si las portadas con que llegamos a los quioscos el lunes hubieran pasado el filtro. Lo bueno de los tiempos líquidos de hoy es que cualquier intento de silenciar, manipular o minusvalorar lo que pasa en la calle está abocado al fracaso. Y al desprestigio. Lo sabemos los medios y lo deberían saber los políticos.

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La máquina del fango

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2016 a las 10:47

Marina Martín no es una delincuente. Cuando hace año y medio fue detenida en su casa de Chauchina, delante de sus hijos, no estaba tan claro. Llegó a dormir en el calabozo y le llegaron a poner las esposas. La ahora directora del Legado Andalusí es uno de los 24 dirigentes andaluces del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) que han estado implicados en la llamada pieza política de los Cursos de Formación. La juez Bolaños lo ha archivado esta semana. Dice que no hubo “nada” delictivo. Critica a la Fiscalía Anticorrupción y al PP por la teoría de la red clientelar y hasta carga contra la UCO de la Guardia Civil por dar pie a todo el proceso judicial. Argumenta que pudo haber irregularidades administrativas, no delitos de prevaricación ni malversación. Que los funcionarios no recibieron órdenes para beneficiar a empresas afines al PSOE. Que es “inverosímil”, que carece del “más mínimo rigor” e, incluso, advierte “errores” en los atestados.

La política socialista confesaba a este diario la sensación “agridulce” que le ha producido el carpetazo del caso. Por cómo se produjo, por lo que ha supuesto para su familia y, aunque no lo dijera, porque ningún titular podrá compensar hoy la sombra de culpabilidad -el “algo habrá hecho”- que la ha perseguido durante todo este tiempo. En pocos casos una resolución judicial de exoneración, nunca una rectificación periodística, es capaz de superar la máquina del fango que termina moldeando una opinión pública basada en la desconfianza, los prejuicios y la sospecha. Un clima social de espectáculo basado en ráfagas de televisión, opiniones de tertulia y titulares sensacionalistas que desencadenan operaciones policiales igualmente alarmantes.

Pero no es (sólo) la judicialización de la vida pública y la necesidad de preservar la presunción de inocencia lo que debería llevarnos a la autocrítica -sin excepciones entre todos los que compartimos la cosa pública-y a la reflexión. También los efectos de la “olla de grillos digital”, del circo mediático, que discurre entre rumores y miserias en una agresiva “deslegitimación del adversario” en la que no hay líneas rojas. Es el “fango” al que aludía Umberto Eco en una de sus últimas entrevistas, las cañerías de intoxicación sobre las que hace un año montó un programa Salvados sentando a discutir a políticos y a periodistas, el estado de permanente narcotización en que nos movemos como audiencias teóricamente bien informadas.

En su conversación con Jordi Evole, el escritor italiano se quedaba corto en el descarnado retrato que realizaba sobre las bajezas que comparten el periodismo y el poder. Porque no es sólo la vida pública y privada lo que hemos desdibujado sacando a flote los trapos sucios y porque no se trata (sólo) de que baste para desacreditar a alguien con decir que “ha hecho algo”. Es la sagrada y exigible frontera entre los hechos y los rumores lo que se ha fracturado; es el dicho periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular” lo que hemos convertido en cotidiano.

En la misma línea que Eco, el ensayista Hernández Bustos disertaba este viernes en una tribuna sobre el “periodismo fantasma” que equipara “verdad y falsedad”, que nos lleva a consumir por igual “información real y pseudohechos disfrazados de noticia” y nos obliga a engullir opiniones prêt-à-porter.

Es otra provocadora forma de acercarse a las tesis del fango que, sin embargo, también deja en un segundo plano el efecto de degradación que se provoca cuando la máquina funciona en sentido contrario y lo revuelve todo. Cuando minimiza los escándalos.

En este clima de confusión y de (nada democrática) equiparación de casos, la distorsión se produce por exceso y por defecto. Ocurre cuando la lavadora se pone en marcha y metemos seda y vaqueros en el mismo tambor. Es entonces cuando podemos argumentar que hay cientos de Pacos Correa por toda España -¿con sus angulas, su “casa” en Génova y sus Jaguar?-, cuando perseguimos por igual a quien se salta el IVA que a los saqueadores de las tarjetas black y cuando terminamos comprendiendo los abusos sexuales de un candidato a la Casa Blanca y hasta fijando niveles de gravedad -una joven ha llegado a decir que no le hubiera importando si Donald Trump sólo se hubiera propasado tocándole el pecho…-

Decimos los periodistas que “todo es susceptible de ser una doble página o un breve”, pero justamente para aprender a discernirlo está el oficio. Y el criterio. Y hasta el sentido común. Todo es relativo y no lo es.

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

Las costuras de Peter Pan

Magdalena Trillo | 2 de octubre de 2016 a las 10:39

Sin saberlo, empecé a escribir este artículo hace una semana en el Crucero del Hospital Real. La Universidad abría oficialmente el curso lectivo con el multicolor ritual de togas y birretes que cada año sepulta en Granada el último suspiro del verano. Dentro, la tradicional jornada de discursos y compromisos hilvanando cifras, obligaciones y deseos; fuera, un puñado menguante y desubicado de manifestantes sin más fuerza que una tira de consignas manidas y un estruendoso altavoz.

Casi al final del acto, las inmensas cortinas que arropaban la tribuna de oradores irrumpían en el acto balanceando el solemne cuadro del Rey que presidía la sala. Ni la rectora ni el consejero se percataron; al otro lado, las decenas de autoridades y políticos que llevaban toda la mañana pegados al móvil levantaron la mirada. Era una señal.

pedro sanchez

Pedro y Susana en Granada. Otros tiempos… en apariencia

Pedro Sánchez había puesto en marcha la operación trinchera. La resaca por el descalabro socialista en las elecciones del País Vasco y Galicia fue una más; sin autocrítica, sin consecuencias, sin revulsivo. El anuncio en la ejecutiva del lunes era una nueva huida hacia adelante: primarias el 23 de octubre y congreso federal en diciembre. Después llegaría su insensato órdago a los críticos para que dimitieran si realmente no iban de farol, las costuras se abrieron con la fulminante aparición de Felipe González acusándole públicamente de haberlo engañado -un líder sin liderazgo y sin palabra- y el desgarro entre pedristas y susanistas llegaría hasta el último de los militantes con un electorado atónito temiendo ya ir a votar por tercera vez en once meses el día de Navidad. Porque no son sólo los socialistas de carné los que siguen, perplejos, la ruptura del PSOE en una tormenta perfecta de crisis: la interna de los rostros, el poder y los sillones, la arrastrada de las ideas y los mensajes de la socialdemocracia europea y la enquistada de un país sin Gobierno.

“Entre el corazón y el cerebro”. Probablemente estas dos sencillas palabras sinteticen todas estas crisis. Lo son cuando Rajoy proclama “yo o el caos”, lo son cuando Pedro Sánchez amenaza “yo o Rajoy” y lo son cuando simplificamos en un esquema de bandos y bandas, de buenos y malos, el escenario de mayor complejidad al que se ha tenido que enfrentar este país en toda la democracia.

El profesor Vila Castellar tituló así su discurso de apertura del año universitario haciendo referencia a la neurociencia afectiva. Pero nada hay más cercano a la política que la psicología… Proféticamente, el último apartado de su intervención parecía escrito para Pedro Sánchez: “Más allá de la supervivencia”. El catedrático nos recordó que fue el Nobel de Medicina Roger Sperry quien certificó que el cerebro no había evolucionado para producir “vida mental” sino para facilitar la “adaptación y la supervivencia” defendiéndonos de los peligros.

El lunes me preguntaba si Pedro Sánchez sería un prototipo de la paradoja neurótica; hoy, tras una semana de suicida caída libre, no: “La idea de supervivencia es difícil de entender cuando las emociones pasan de ser adaptativas a “desadaptativas”. Ocurre en los trastornos de ansiedad cuando las respuestas defensivas dejan de ser protectoras para convertirse en “autodestructivas y fuente de sufrimiento” y ocurre también en los trastornos obsesivo-compulsivos cuando “las reacciones defensivas persisten a pesar de sus consecuencias negativas”. Es lo que David Barlow llama la “sombra de la inteligencia”. Es lo que, aún hoy, los psicólogos clínicos combaten sabiendo lo “difícil” que es el éxito.

En Pedro Sánchez, a la paradoja neurótica de la supervivencia se une un factor genético y ambiental. Lo pensaba la noche del viernes cuando comparecía -autista- ante los medios para decirnos que, si no gana, se va. Prometió, otra vez, un gobierno progresista trasversal alternativo a Rajoy pero no desveló cómo iba a lograr -esta vez- que sumara la aritmética. Ni cómo pensaba sentar en una mesa a Podemos y Ciudadanos con los independentistas de invitados de honor.

Cualquier militante suscribiría su plan si fuera viable. Cualquier votante. Hasta en el PP habrá cientos de españoles que quieran dar una oportunidad de regeneración a su partido colocándolo en la oposición. El problema es que la alternativa no es real. Son palabras y deseos. Populismo y demagogia. Es Pedro Sánchez en el mundo de Peter Pan. Materialmente tal vez no encaje en esa generación sobradamente preparada del baby-boom de los 70 sobre la que tanto se ha escrito; emocionalmente es el paradigma. No sólo lo dice su fecha de nacimiento.

¿Y si la envidia es el motor?

Magdalena Trillo | 25 de septiembre de 2016 a las 10:30

Las guerras de los agravios son tan consustanciales a la política como lo es la competencia en el tejido empresarial o el mantra de la competitividad en los círculos académicos. Somos lo que somos en comparación con los demás: ganamos o perdemos mirando al de al lado. Todo es relativo. Según expectativas y objetivos. En nuestro ADN es un rasgo básico, primitivo y sorprendentemente compartido: la envidia. Ese extraño sentimiento de deseo que en grado superlativo llamamos ambición.

Un amplio estudio universitario que se acaba de publicar en Science Advances concluye que las personas somos más parecidas de lo que pensamos. El experimento social se realizó el año pasado analizando el comportamiento de medio millar de voluntarios y terminó con el desarrollo de un algoritmo matemático que nos clasifica siguiendo cinco patrones: envidiosos, optimistas, pesimistas, confiados o indefinidos. La tipología se realiza a partir de un centenar de dilemas sociales en los que se puede colaborar o entrar en conflicto del tipo: si va en pareja puede cazar ciervos; si acude solo tendrá que limitarse a los conejos; ¿qué cazaría usted? En una situación más prosaica: Hay dos participantes y mil euros en juego; si cooperan pueden obtener una parte cada uno, si usted va por su cuenta puede conseguir el doble o nada. ¿Qué haría?

Los investigadores de las universidades de Barcelona, Rovira, Carlos III y Zaragoza sentencian además que es la envidia el rasgo más sobresaliente: está en un 30% de la población. Si lo pensamos bien, tal vez sea uno de los valores (o disfunciones) que más se potencia en la sociedad individualista (y egoísta) occidental. Desde el sistema educativo y el entorno familiar al mercado de trabajo: un 6 es una nota magnífica si todos los demás han suspendido o un fracaso si el resto de la clase supera el 9; el tuerto en el país de los ciegos; los políticos con sus particulares victorias del día después electoral; el exigente mundo de los ranking y, por supuesto, la fiebre por estar en cualquier carrera (y ganarla).

La situación en estos momentos de Granada es realmente paradójica: está en todos los frentes. En el eje de desarrollo que se ha estrenado en Japón junto a Málaga, Sevilla y Córdoba (la Andalucía de la primera velocidad) y en el eje de los perdedores con Almería y Jaén por el déficit de infraestructuras. Dependemos del apoyo nacional para acoger el gran proyecto del acelerador de partículas que se quiere instalar en Escúzar (la interinidad del Gobierno puede jugar en contra de una de las pocas iniciativas que hay en estos momentos con perspectivas de generación de empleo y de inversión) y aún no sabemos si queremos competir solos o como marca andaluza para conseguir la Agencia del Medicamento cuando se formalice el brexit .

Siendo honestos, hace mucho que la medida de nuestros éxitos y fracasos es sólo una: Málaga. En su día cometimos el error histórico de querer salir al mundo con nuestro trocito de playa tropical (¿serán generosos ahora para prestarnos el paraguas de la Costa del Sol dentro del Eje?), en los 90 nuestros delirios de grandeza nos llevaron a exigir una conexión directa con Madrid en el mapa de la Alta Velocidad que estrenó la Sevilla de la Expo (en lugar de un ramal como hizo Córdoba), después vino la inyección millonaria a su aeropuerto mientras al nuestro lo rebautizábamos para compensar a Jaén y, como culmen de fatalidades, uno de los retos del alcalde malagueño no ha sido otro que situar a su ciudad como referente cultural. Aunque las matemáticas mientan, pocas lecturas partidistas pueden realizarse a la radiografía que hoy publicamos sobre la evolución de las cuatro ciudades del Eje en la última década. Sintetizando en nuestro baremo: Málaga nos supera en todos los grandes indicadores económicos, en turismo está a años luz en sol y playa y ha dado un salto como destino urbano que puede hacer tambalear los registros de la Granada cultural.

Sin alianzas, y a pesar la crisis, los datos globales reflejan un despegue conjunto sin precedentes en la etapa democrática. En la comparativa, el sentimiento de envidia hacia Málaga ha calado de lo público -político y empresarial- a las conversaciones de bar. La pregunta ahora podría ser qué será más efectivo: la ambición de recuperar el tiempo perdido, el orgullo de competir, o la estrategia calculada y táctica de aprovechar las alianzas. Más difícil aún: ¿será Granada capaz de avanzar en los dos frentes? No tenemos que ser envidiosos ni todo el tiempo ni en todas las circunstancias…

530 días sin tren: soluciones, no chapuzas

Magdalena Trillo | 18 de septiembre de 2016 a las 9:30

La marcha del 17-S era necesaria. La unión de instituciones, empresarios, sindicatos y agentes sociales reconociendo el hartazgo ciudadano, también. Que Granada haya sido capaz de construir un frente común de toda Andalucía Oriental por una causa de “justicia” y de “respeto” resulta casi tan histórico como el retraso en infraestructuras y los 530 días de aislamiento ferroviario que se denuncian.

En este contexto, es casi anecdótico si la marcha sacó a la calle a 3.000, 5.000 o 7.000 granadinos. Es más, deberíamos lamentarnos de por qué no fueron 30.000 los que recorrieron los cientos de metros que separan Renfe de la Gran Vía. La foto del “basta ya” había que construirla por un motivo emotivo y otro pragmático: para que la tierra del quejío y la lamentación se levante la autoestima -no todo es un complot de fatalidad en nuestra contra- y para que se utilice en los despachos a partir de hoy. Para presionar. Para desbloquear. Para reactivar las obras en Loja, para fijar nuevos plazos para la llegada del AVE y para arrancar al Gobierno una apuesta definitiva en los presupuestos de 2017.

Era por tanto una marcha necesaria, ¿pero útil? Lo sabremos con los titulares de los próximos días. La movilización tendrá continuidad con una segunda estación de protesta en Madrid y está por ver si un Gobierno en funciones es capaz de hacer algo más que subsistir. El PP no estuvo y, de momento, son los que más puede mediar en Madrid para lograr una solución. Dirigentes del partido me confesaban esta semana que Adif está negociando “a cara de perro” y que se hubieran unido si Fomento no estuviera trabajando para encontrar una salida. Es un futurible difícil de comprobar en un país que lleva un año en bucle electoral pero es otra la pregunta de fondo: si realmente hay una escapatoria (legal), cuándo y a qué precio.

El caso del AVE de Granada es de manual: administración y empresa contratan en circunstancias temerarias y luego resuelven bajo cuerda el sobrecoste de los modificados millonarios. Con una responsabilidad compartida, lo normal es que las tensiones desemboquen en acuerdo y no en una amenaza de la promotora de abandonar las obras. No hay más en Loja. No lo habría si Fomento tuviera más margen de maniobra y la empresa de Florentino Pérez estuviera en un escenario de intangibles y expectativas que la animara a ceder. De todo esto no se puede hablar, mucho menos escribir, pero es la triste realidad: la cara b de los acuerdos; del último corredor de fincas al mayor contrato de la administración pública. Se negocia -y se contrarresta- en base a lo que hay, lo que ha habido y lo que habrá.

El titular del desatasco de las obras en Loja llegará; otra cuestión diferente es si con ello Granada se suma de verdad al mapa de la Alta Velocidad Española. Con la coartada de la crisis y de los recortes presupuestarios, se ha renunciado a tanto en los últimos años que es difícil valorar si el AVE descafeinado que entrará en Andaluces habrá merecido la pena. Si, más allá de la megalómana estación de Moneo y el hoy inasumible soterramiento en La Chana, la reconexión ferroviaria supondrá un despegue real con la solución low-cost que se terminó aplicando en Loja.

El frente común de Granada, Jaén y Almería para reclamar la vertebración de Andalucía Oriental no deja de ser un peligroso eje del fracaso. Porque es el tren, pero también lo es el aeropuerto desplomándose en la escala regional de tráfico de viajeros y lo es el Puerto de Motril si no terminamos de entender que es uno de los pocos proyectos con un claro recorrido de expansión económica e industrial en una provincia que subsiste por inercia mientras sopla el viento del turismo y no se desinfla la burbuja del sector público.

Cuando los manifestantes gritaban ayer que “a Granada se la respeta” y pedían “dignidad”, no podía evitar recordar al ministro De Guindos en sus no-explicaciones sobre el caso Soria diciendo poéticamente que “la dignidad es un concepto evanescente”. Porque nada tiene el “Granada por tren ya” de bebida espirituosa y porque nada hay de misterio en esa alternativa tercermundista por Moreda que puede terminar convirtiendo en éxito una chapuza. Lo clamaba ayer la gente -no los políticos- en la marcha del 17-S y deberíamos sumarnos todos: “Dejarse de pollas”. En este caso el clamor es tan evidente que no hay que recurrir a la poesía.

 

Granada-Málaga y los reinos de taifas

Magdalena Trillo | 11 de septiembre de 2016 a las 11:48

Cuando en los años 90 estudiaba Periodismo en Málaga, el profesor Díaz-Nosty ya hablaba de la Andalucía de los “reinos de taifas”. Se lamentaba del lastre que suponía la falta de competitividad, la desestructuración y la guerra de agravios entre provincias y terminaba contagiándonos de fatalismo por la ausencia de liderazgos y de ambición. Entonces analizábamos la estructura de los medios asumiendo el destructivo contexto en que nos movíamos: el frágil tejido empresarial, la debilidad de la economía y la dependencia de Madrid. Hoy, aquella fotografía de enmienda a la totalidad apenas ha virado del blanco y negro al sepia.

No es una imagen catastrofista; es realista. Es la Andalucía que gastó sin preocuparse de controlar -ahí están como evidencia los ERE y los cursos de formación- cuando el dinero llovía de Europa y soplaba con fuerza el ladrillo. La misma Andalucía que tuvo que renunciar a las cintas inaugurales y a la copa de vino español con la crisis económica y la misma Andalucía que mira con nostalgia las estampas de los besos y los abrazos con la actual crisis política e institucional.

Suma lo viejo y lo nuevo: lo coyuntural y lo estructural. Y sería una verdadera inconsciencia no reconocer que subyace una crisis propia y ajena que no se soluciona con ningún tratamiento intensivo de voluntarismo y buenas intenciones. Sin esta dosis de choque, de realismo, no podríamos valorar el recorrido de la inesperada fiebre por las alianzas y las sinergias en que se han instalado este verano Sevilla, Málaga, Córdoba y Granada mientras Almería se cabrea, Cádiz busca su sitio, Huelva se lo piensa y Jaén se resigna.

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La paz social que ha impuesto el Eje Turístico tiene trampa: como imaginarán, no todo es lo que parece. La simple foto que los cuatros alcaldes se hicieron el 15 de julio en el Palacio de los Córdova, sonriendo con la Alhambra al fondo, estuvo a punto de hacer saltar el acuerdo: con Torres Hurtado fuera de juego, Málaga no tenía ningún interés en venir a Granada a formalizar la alianza; Paco Cuenca lo tuvo que pelear… Esta semana ha sido por fin Paco de la Torre el anfitrión para el lanzamiento de la campaña con que se estrenará el Eje en Japón -la Andalusian Soul. The spanish essence que se venderá en la feria de Jata para captar turistas de larga distancia- y ha faltado tiempo de reabrir las grietas Málaga-Granada por la disputa por acoger la Agencia del Medicamento.

La explicación es la de siempre: política y económica. De legítimo interés en defensa de las respectivas ciudades y de puro pragmatismo. Con dos palabras mágicas detrás: empleo e inversión. Con el turismo es fácil aliarse cuando se trata de gestionar el éxito, cuando vivimos años de bonanza y, hablemos claro, cuando es la Consejería de Turismo la que pone el grueso del presupuesto. Si el objetivo es acoger un organismo de prestigio, con 800 funcionarios y un volumen de negocio de 4.000 millones, el escenario cambia.

Es una carrera a dos o tres años. Cuando se formalice el brexit y Gran Bretaña abandone formalmente la Unión Europea. Será entonces cuando esta institución, por la que ya pugnó Barcelona en 1992 y que acabó instalándose en Londres, deba reubicarse en un país comunitario. Mientras París y Fráncfort se disputan la Agencia Bancaria Europea, España podría disputar a Italia y Suecia ser el nuevo referente en el control de la industria del medicamento. Aquí es donde está la verdadera batalla. Porque no es fácil que el Gobierno central gane el primer envite (mucho menos sumido en un bucle electoral) para poder pasar al segundo: y aquí están ya Cataluña, Valencia, Madrid y Galicia con candidaturas sobre la mesa. Andalucía acaba de anunciar que también se postula, pero tendrá que lidiar fuera y dentro. Ahora estamos en la fase del posicionamiento pero no seamos ilusos: no hablamos de conexiones, aeropuertos, lobbies, empresas o investigación; es pura política. Importará cuando se decida quién gobierne en Madrid y el punto en que se encuentre el proceso independentista catalán. Y pesará en Andalucía si el PP sigue en Málaga y el PSOE en Granada. Para contrarrestar o para apoyar.

En el camino, es evidente que nadie ha enterrado la bandera de las rivalidades por mucho que nos queramos distraer con las bondades de sumar y ser competitivos. No cuando entra en juego la política. No cuando hablamos de dinero. De pelearlo, no de repartirlo.