‘Voyeurismo’ social y reality show

Magdalena Trillo | 1 de abril de 2009 a las 17:33

SÓLO una muerte prematura y traicionera es capaz de convertir en mártir a uno de los ‘productos’ más odiados de la telerrealidad. Así ha sido durante siglos cuando ha hecho ‘buenos’ a dictadores, criminales y asesinos y cuando ha convertido en ídolos a crápulas, vividores y personajes de la farándula. Ahora sucede sin que la pátina del tiempo nos iguale a todos y se nos perdone todo.  Aunque con nuevos actores en el tablero de juego: los medios de comunicación a golpe de manipulación y espectáculo y la opinión pública en forma de audiencia ‘justiciera’.

Durante cerca de siete años, la prensa amarilla y la audiencia de Reino Unido han crucificado a la joven Jade Goody por su participación en el Gran Hermano británico. Como muestra, un fragmento de un editorial de The Sun llamándola “vil cerda ignorante, abusiva y racista, consumida por la envidia”.

Jade Goody, de 27 años y madre de dos hijos de 5 y 4 años, falleció el pasado domingo en su casa de Essex como una auténtica heroína. Ya hay quien la compara con Lady Di y la llaman la ‘princesa’ de los barrios marginales… Su historia empezó a cambiar el pasado verano cuando hizo público que sufría un cáncer de útero terminal y puso en marcha un nuevo show que ahora amenaza con sobrevivirla en forma de película: vendió su enfermedad, vendió su boda con un recluso, vendió su muerte.

Ha sido la crónica de una muerte anunciada. Y ha sido más que rentable: las millonarias exclusivas que concedió le han permitido dejar un legado de más de 4 millones a sus hijos y, en estos momentos, su agente prepara un funeral mediático que seguirá haciendo sonar la caja registradora… Hasta el primer ministro Gordon Brown se ha sumado al duelo.

Como en las películas de Bollywood, la historia de Jade Goody es una de esas en las que el bien siempre triunfa sobre el mal. En este caso, con el ‘plus’ del morbo que produce la muerte y con la incertidumbre de la doble moralidad: ¿Qué diferencia hay entre una joven que vende su agonía a la televisión por sus hijos y la que se prostituye para comer? ¿Una es una mártir y la otra una pecadora? ¿Qué diferencia habría entre el comercio virtual de la vida y el comercio carnal?

Me pregunto qué hubiera ocurrido con las Jade Goody del mundo si, después de prostituir su vida, alguien hubiera decidido seguir el show, al otro lado de las cámaras, ejecutando aquello de “matemos a la cerda ignorante”.

Trece millones de personas forman parte en España de comunidades virtuales como Facebook, Tuenti y MySpace que no hacen sino abrir nuevos escenarios a la telerrealidad. Ya hablan de la ‘extimidad’, un palabro que los expertos reinterpretan de Jacques Lacan y que viene a mostrar ese creciente fenómeno de “hacer externa la intimidad”. El caso de Marta en las redes sociales (la Policía terminó cerrando su perfil en Tuenti) y el de la ‘gran hermana’ británica son sólo un ejemplo.

El ‘voyeurismo’ social es como la droga. Siempre queremos más. Activa o pasivamente, todos participamos: unos se venden, otros hacen negocio y la mayoría toleramos. Cuando nació Gran Hermano el revuelo fue tremendo. Hoy es insignificante. Una rutina más. ¿Hasta dónde habrá que subir la dosis para seguir ‘enganchados’? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a vender nuestras emociones, nuestras vidas, nuestra intimidad?

Semana Santa de lazos blancos

Magdalena Trillo | 22 de marzo de 2009 a las 22:08

MI desconfianza en la Iglesia, en el sistema de los ‘hombres de fe’, empezó el día que me hablaron de la bula. Cursaba entonces EGB y no tenía más opción que ir a clase de Religión. Recuerdo a una señora más bien antipática, de esas que van por la calle enfadada con el mundo, hablar de un histórico documento sellado en plomo que firmaba el propio Papa y que, en la práctica, servía para que la Iglesia pudiera imponer sus propias normas; para predicar una cosa, hacer otra y de paso castigar a los ‘herejes’ con el fuego eterno…

Cierto es que mi verdadero problema era otro: ¿cómo era posible que los ricos pagaran una bula cuando llegaba la Semana Santa y pudieran comer carne? ¡Penitencia para los pobres y placer para los ricos! Y yo, mientras tanto, de ‘camino’ al infierno cada vez que me olvidaba la dichosa prohibición y me zampaba un poquito de salchichón o un trocito de relleno. Cuando me daba cuenta, no sabía si pincharme alfileres o ponerme piedrecitas en el zapato.

Aunque resulte extraño, los otros dos ‘culpables’ de mi pobre ‘idilio’ con la Iglesia son mi abuela y mi profesor de Filosofía. La primera, por ‘fiel': ¿cómo podía tener un hermoso cuadro de Juan Pablo II y ni una sola fotografía de sus nietos? ¡Eso es devoción!

Lo de mi profesor de COU, el párroco del pueblo, es capítulo aparte. Para sacar sobresaliente había que hacerse voluntario y dar clase de Catecismo a los niños (‘perdidos’) que iban a hacer la Primera Comunión; a los chicos -que la Iglesia no se escapa del machismo- les tocaba recoger las aceitunas de las fincas del párroco para cumplir con la prestación social sustitutoria… ¿Obra social? Lo de los curas-terratenientes no tiene explicación.

La única excepción la hago en Semana Santa. Y como el caso de Rosa Aguilar es único e irrepetible (eso de ser de IU, creyente y hermana de la Virgen de los Dolores parece la Santísima Trinidad), reconozco que me inserto entre los ‘fascinados’ por el espectáculo, el arte en las calles, el olor a incienso y la música de las marchas de procesión.

Por eso este año me tiene desconcertada la campaña de lazos blancos contra el aborto. La movilización no ha hecho más que empezar y, mañana mismo, la Federación de Cofradías de Granada acordará si se suma.

Por más que lo pienso no entiendo por qué la Iglesia se empeña en perder ‘clientes’. Lo hace Benedicto XVI cuando se opone al uso del preservativo para frenar el sida y lo hace la Conferencia Episcopal cuando se gasta 250.000 euros en una campaña contra el aborto tan falsa y tramposa como los carteles del lince que están colgando por media España.

Luego, en el púlpito, a pedir a los fieles que colaboren con la ‘causa’… que la crisis nos afecta a todos. No lo pongo en duda, pero unos tienen los estómagos vacíos y otros el espíritu.

Sólo me queda una gran incógnita: ver si la razón de que la Iglesia esté tan enferma está relacionada con la barriga. Dice Jean-Marie Bourre en Comer bien: verdaderos y falsos peligros que la alimentación afecta al peso de nuestro cerebro, a la cantidad de neuronas , al número de conexiones…

Santi Santamaría hace su interpretación: ¿Comer mal nos hace tontos? Si echamos la vista atrás, está claro que el problema del clero no está en la comida. Ni tampoco en la vigilia. ¿Será entonces un asunto del alma?

Los efectos colaterales de la igualdad

Magdalena Trillo | 15 de marzo de 2009 a las 13:12

COMENZARÉ con dos aclaraciones para evitar que las feministas radicales me ‘lapiden’ en la plaza pública: no soy machista y me encantaría no tener que trabajar 53 días más que un hombre para conseguir el mismo salario. Por razones obvias -y claramente egoístas-, estoy a favor de la igualdad entre hombres y mujeres.

Mucho más en cuestiones esenciales como la equiparación laboral y el desarrollo de políticas que rompan el techo de cristal y faciliten el acceso a puestos de dirección y toma de decisiones. Y lo cierto es que sería casi un sueño pensar en la posibilidad de erradicar las actitudes de prepotencia y superioridad en el día a día; en esas pequeñas cosas en las que lo más banal suele ser lo más humillante…

Un ejemplo. Ocurrió la semana pasada. Llega un señor al periódico y habla con una redactora para ver si se podía publicar un relato que había escrito sobre la segunda Guerra Mundial. Cuando le explica que en estos momentos no tenemos ninguna sección en la que pudiera encajar un texto de ficción, el señor se ofende y le dice que si en Granada Hoy no hay un hombre que decida…

A partir de aquí, mi verdadera preocupación: los efectos indeseados de las políticas de igualdad en época de crisis. Aunque los empresarios se cuidan mucho de no decirlo en público, no son pocos los que ya están pensando en limitar la contratación de mujeres para evitar las consecuencias del ‘blindaje’.

Basta echar un vistazo a los foros sobre despidos de mujeres embarazadas para hacerse una idea. Y lo curioso es que la mayoría de las quejas provienen de empresarios asfixiados ante situaciones extremas.

Un caso real de un usuario que se identifica como Toni: “Despedimos a una trabajadora por incompetente. Nos comunica en conciliacion que está embarazada y nuestro abogado nos dice que debemos readmitirla porque ella dice que la empresa conocía su estado. Está readmitida y con un expediente de más de 20 partes de baja por contingencias comunes. Nosotros seguimos pagando y esta mujer cobrando y no produciendo. ¿Quién es la víctima?”.

Pues con la sentencia del Supremo de esta semana, la protección es aún mayor: todo despido es nulo aún si la empresa no conocía el estado de gestión. ¿Es un avance? Tengo mis dudas. ¿No hablamos las feministas de valorar el talento? ¿No buscamos la igualdad porque defendemos nuestra capacidad? ¿Por qué no competimos de verdad en igualdad?

Otro caso real: un pequeño supermercado de mi barrio va a aplicar un ERE. De cuatro cajeras quedarán dos: la eficiente va a la calle y la incompetente mantendrá su trabajo porque está embarazada. Su marido tiene un ‘puestazo’ y no le hace falta el dinero, pero dice que se aburre. Una de las que perderán su trabajo tiene tres hijos estudiando y su marido acaba de quedarse en paro.

Esta misma situación se reproduce en decenas de empresas. Con embarazadas y con mujeres que recurren a la reducción de jornada. En la mayoría de los casos seguro que está justificado, pero qué ocurre si nos encontramos que expertas en absentismo, con estrategas del escaqueo, con incompetentes… ¿Ésta es la justicia por la que estamos luchando? ¿Discriminación positiva para quién?

Mujeres, sexo e igualdad

Magdalena Trillo | 9 de marzo de 2009 a las 10:55

DÍA de la Mujer Trabajadora. ¿Es una prostituta una mujer trabajadora? ¿Lo son quienes comercian con su cuerpo? Lo que está claro es que nada tiene que ver la joven que acaba convirtiéndose en mercancía de las mafias con la chica sin recursos que se prostituye para sobrevivir y, mucho menos, con la Madame Bovary que hace casi dos siglos retrató Gustave Flaubert…

Y mucho menos tienen que ver todos estos perfiles con las mujeres que hoy, tras siglos de dominación y de silencios, son capaces de vivir su sexualidad sin prejuicios, sumisiones ni tabúes. ¿Viciosas y ninfómanas? Más bien mujeres que se atreven a reivindicar una nueva feminidad y hasta un nuevo erotismo

Y ello a pesar de los ‘riesgos’ que siempre supone abordar el binomio sexo-mujer por la cantidad de colectivos implicados, los frágiles límites que separan unas y otras situaciones y por las zonas de sombras que oscurecen lo que en unos casos es un derecho y en otros un problema ciudadano, una lacra social y hasta un delito punible. En este punto, ¿sería muy arriesgado decir que habría que unir a las ‘asignaturas pendientes’ de la mujer, a sus derechos y a la carrera por la igualdad, otra forma más de conciliación: la sexual?

“Las feministas debemos inventar un nuevo erotismo”. Lo decía hace unos días una empresaria sueca (está visto que en esto de las pasiones las nórdicas nos llevan ventaja) en la presentación de su libro Porno para mujeres. Erika Lusti reivindica el sexo explícito, defiende el porno y advierte sobre otra forma más de machismo: “Las chicas nunca son protagonistas, son simples herramientas, no tienen gusto ni criterio. El porno hecho por hombres transmite valores machistas, racistas y homófobos”.

Por eso, su objetivo es hacer películas en las que no existan clichés del tipo enfermera caliente, teenagers o prostitutas que van con tacones a la cama”. Quiere llevar el “buen gusto” y el estilo al porno. ¿Eso es posible?

No nos equivocamos demasiado si planteamos que la propia erradicación de la prostitución callejera, entendida como explotación y vinculada a la economía sumergida, es también una forma de luchar contra el machismo. En Lleida acaban de aprobar una ordenanza que incluye multas de hasta 3.000 euros. Barcelona ya intentó algo así hace más de dos años en el Raval y la zona del Eixample y, según la prensa local, los resultados han sido bastante positivos.

El Ayuntamiento de Granada, siguiendo estos modelos, también ha emprendido su particular cruzada contra la prostitución en la vía pública. Si todo va bien, se aprobará en unos meses y empezará a aplicarse antes del verano como un punto más de la Ordenanza de la Convivencia.

¿La polémica? Que se opta por la sanción, por ‘hacer caja’, como salida. Sin embargo, el anuncio del equipo de gobierno de destinar íntegramente todo lo que se recaude a ayudar a las prostitutas evidencia que hay una firme intención de atajar el problema y no un afán recaudatorio como se ha criticado.

Si somos capaces de ‘superar’ este punto, tal vez podamos pedir a quienes nos gobiernan, y también a la opinión pública, que se afronte con valentía el debate sobre la prostitución (libre, voluntaria y con todos los derechos y protecciones exigibles) como una profesión más. Tan digna y tan antigua como la vida misma.

Muerte en la carretera

Magdalena Trillo | 2 de marzo de 2009 a las 15:27

La muerte de Conchi sólo iba a engrosar las listas negras de fallecidos en accidente de tráfico; un número más en esas estadísticas anónimas en las que la imprudencia, el descuido o el azar marcan el fin de una historia y sólo generan el dolor justo. Sólo para quien queda huérfano, para quien ha de esconder un cuadro para olvidar una sonrisa rota, para quien se ve obligado a cambiar de casa si quiere enterrar una vida de recuerdos. Los demás, con suerte, tal vez dediquemos un minuto a pensar que es una persona, como nosotros, como nuestra familia, quien acaba de ser anulada como un simple número; un número cuya validez no es más que conformar una política de éxitos y fracasos.

La muerte de Conchi no iba ser en el periódico más que una nota breve, cuatro líneas de información para denunciar un nuevo siniestro en la carretera. Una nueva tragedia para la que hemos desarrollado hasta un lenguaje especial, frío, distante, exacto, que nos permite contar la noticia sin hacer demasiadas preguntas y sin implicarnos más de la cuenta.

Reducimos una vida a unas iniciales, una edad y una descripción del tipo “natural de Canarias” y “afincada en Lanjarón”, casada y sin hijos. En el kilómetro número tal de la Autovía de la Costa ocurrió el lamentable suceso. Fue atropellada. Ahí acabó su historia.

Hay veces en las que nos atrevemos, incluso, a especular… Se habría sentido mal y, tal vez mareada, se bajó un momento en el arcén para tomar aire. Sin saber muy bien cómo, llega la muerte. Parece fortuito. Su marido, del que se había divorciado hacía unos meses, seguía estando ahí. Pese a sus cerca de 70 años, tal vez seguía siendo ese chaval del que un día se enamoró. No puede haber espacio para el odio ni el rencor. Cuanto menos, el recuerdo y el deber de una vida compartida.

En la muerte de Conchi, seguramente fue ese ‘deber’ lo que dejó la puerta abierta al machismo. Jamás denunció. En su presunto asesinato, nada tuvo que ver la imprudencia ni el azar. El que había sido conductor de guaguas cuando vivían en Canarias la arrolló varias veces con su coche en mitad de la carretera. La mató porque era suya…

Era quien aún le hacía las tareas domésticas y seguía guisándole pese a que vivían en diferentes casas, quien accedió a acompañarle a Granada para que no fuera solo al médico. Y es justo esta persona inútil, incapaz de vivir su propia vida, quien manejaba los hilos de Concepción. El machismo ha hecho que su historia no haya quedado en un simple breve. Días de luto en su pueblo y banderas a media asta. Al menos por unos minutos, gente de aquí y de allá habrá parado un momento su vida para pensar que era una buena mujer y que no merecía ese triste final.

Pero la tiranía y la frialdad de los números se repetirá. Los titulares a cinco columnas con que se ha narrado su tragedia se olvidarán dentro de nada. Su muerte será una más en esas 121 que se contabilizaron el año pasado.

Y nosotras volveremos a confiar. Pensaremos que nuestra pareja, o la de nuestra mejor amiga, o la de la vecina con quien apenas cruzamos unas palabras, no tiene tanta sangre fría. Los machistas y los asesinos siempre son otros. Nos confiaremos y esperaremos a leer en el periódico el siguiente zarpazo de la violencia. Y seguiremos aguardando. Confiadas.

La cocina del Egopa

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2009 a las 12:14

LO de la Encuesta General de Opinión Pública de Andalucía cada vez es más surrealista. Ahora resulta que el PSOEadelanta al PP diez puntos en intención de voto para las próximas elecciones autonómicas. Un triunfo importante si no fuera porque no se lo creen ni los propios socialistas.

Y es que los que al final se tienen que enfrentar con los datos reales, los de las urnas, están muy preocupados. ¿La razón? Lo que había trascendido antes de que se ‘cocinara’ el estudio y se colgara en la web. En Almería y Málaga se consolidaba la ventaja del PP y en Granada, por primera vez, se le veía la oreja al lobo: el PP conseguía adelantar al PSOE aunque por muy poco.

Sin embargo, la información ‘oficial’ va en otra línea; una dirección que choca incluso con la lógica: si hace diez meses la ventaja de los socialistas era de cuatro puntos y, en la última encuesta, el PP gana dos puntos y el PSOE pierde otros dos… ¿Cómo logra el PSOE diez puntos de ventaja en Granada?

Etiquetas: , , , ,

Servicios mínimos en Educación

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2009 a las 12:11

DEL mismo modo que ‘despistan’ los jueces cuando incluyen entre sus reivindicaciones una subida salarial, ocurre ahora en el caso de los docentes cuando centran su rechazo al nuevo calendario escolar en que se adelante cinco días el inicio del curso.

Si hay una percepción extendida entre las familias no es otra que “lo poco que trabajan los maestros”. No se podrá generalizar y bien es cierto que cada vez tienen más complicada su labor, pero no parece que el problema sean las horas lectivas.

A los dos meses de vacaciones, se suman puentes ‘kilométricos’, acueductos y alguna que otra ‘semana blanca’ (se llame como se llame).

Tal vez se le pueda preguntar, por ejemplo, a los padres que esta semana tengan que ‘conciliar’ trabajo e hijos: paro el martes a primera hora y, para rematar la semana, fiesta el jueves, fiesta el viernes, descanso sábado y domingo y fiesta el lunes. Sin mucho correr, justo cinco días. Los mismos por los que protestan.

Abajo los que suban

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2009 a las 12:09

EL empresario turco Ramazan Baydan se está forrando con la fabricación del zapato Bye Bye Bush: de estar en quiebra ha pasado a vender un 500% más y ha conseguido tener eco en medio mundo sin que le cueste un euro. Desde luego, ha tenido más suerte que el periodista Muntazer Al Zaidi, que ha terminado encarcelado por lanzarle su zapatilla al ex presidente tejano mientras gritaba “¡éste es el beso de despedida de la población iraquí, perro!”. Y se ha adelantado, además, a los muchos fabricantes de zapatos que desde diversas parte del mundo reclaman la paternidad del ‘invento’.

Ser empresario parece que también es cuestión de imaginación y de golpes de suerte. Recordaba la historia del incipiente millonario turco esta mañana mientras arrancaba de una farola el teléfono de una joven (imagino) que ofrecía una estupenda rebaja por ponerte las uñas de gel… Y es que nunca se sabe dónde puede estar el negocio. Lo saben bien los empresarios de Granada cuando constatan que la crisis es terrible, que hay que buscar nuevos mercados, que hay que innovar y que hacen falta medidas “excepcionales” aunque supongan, incluso, la eliminación del gasto social.

Digo lo de “incluso” porque da verdadero miedo hablar del abaratamiento del despido y de la “restricción absoluta del gasto público que no sea productivo”. Aseguran los empresarios, los verdaderos, no esos que van de mafiosos multiplicando dividendos y viendo cómo dejan en la ruina a unos y a otros -aunque sea a costa del dinero público-, que es “imprescindible” para ser competitivos. Se podría discutir. Pero no lo voy a hacer. Y tampoco voy a cuestionar que el empresario, en momentos críticos, quiera despedir al trabajador poco productivo -al que no rinde, al militante del absentismo- sin que les cueste un ojo de la cara y quedarse con los buenos. ¡Quién no!

El problema es que no me fío. Lo mismo que, tal vez, le ocurra al Gobierno cuando da largas al debate a pesar de que hasta el gobernador del Banco de España ya se ha pronunciado a favor de la reforma laboral. Está claro que no se puede abrir la veda para unos y cerrarla para otros. Y, por supuesto, resulta una obviedad que siempre habrá quien quiera seguir sumando ceros en su cuenta corriente.

Seguramente, como advierte la patronal granadina, esos no son empresarios. Los auténticos no querrán ganar “a costa de todo”. pero ¿cómo distinguir unos de otros? Al menos que me conste, no hay ningún código ético para ser ‘buen empresario’. Como tampoco lo hay para ser un ‘buen granadino’. Y, cuando confluyen los dos perfiles, la resultante es una verdadera bomba de relojería.

Un influyente político y hombre de finanzas de la ciudad me preguntaba hace unos días si sabía cuál era el lema de la provincia. “Abajo los que suban” me confesó con cierta sorna. Lo cierto es que no dista mucho de ese otro de “a quien suba la cabeza, se le corta” que ha marcado la ‘no convivencia’ en esta tierra. Aunque me cueste, he de reconocer que cada vez encuentro más razones para justificar la negativa de un empresario amigo a que le haga una entrevista. No quiere que nadie sepa qué hace. Ni una sola foto. Ahora está abriendo mercado en Dubai. Y le va mejor que bien. Nada que no pueda ‘arreglar’ algún que otro ‘cortador de cabezas’.

El amigo de Marta

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2009 a las 14:26

CUATRO y media de la tarde. Una parada de autobús cualquiera. Paso en coche por delante y veo a un chaval de esos que me harían cambiar de acera. Lleva una enorme rosa roja en la mano. Nada de lazos cursis ni envoltorios caros. Pienso que tal vez la ha tomado prestada de algún jardín del vecindario. No están las cosas para gastos extra. Chaqueta de cuero, botas de militar y vaqueros ajustados. Es su imagen dura. Pero el acné del rostro le descubre. No deja de ser un joven que juega a ser mayor. Recuerdo que es el Día de San Valentín…

Llevo toda la semana saturada. Tartas de piononos en forma de corazón, ositos de peluche al vacío, tristes orquídeas atrapadas en cajas de plástico, incansables anuncios de cenas y escapadas románticas… Al menos los hoteles de la capital han podido poner el cartel de ‘todo completo’.

Reconozco que es el único día del año en que odio mi color favorito: el rojo. La culpa es de ese tal Cupido que continúa ampliando su club de fans. El consumismo mató la ilusión. Cuando era más joven me molestaba que llegara San Valentín porque no tenía a quién regalar. Ahora me cabrea hacer de corderito al servicio del marketing y de lo ‘comercialmente’ correcto.

Fue en el instituto cuando conocí la historia de ese pequeño dios del amor, ese niño alado que iba con su flecha ‘cazando’ humanos para la causa. Como el chaval de la rosa, entonces yo también jugaba a ser mayor. Y San Valentín, el Cupido de los romanos, el Eros de los griegos, el dios de los enamorados, era una forma de ‘crecer’. Parecía simpático y su historia me pareció curiosa: era el hijo de Venus y Marte, los dioses de la guerra y del amor y suponía un perfecto balance entre la pasión y la tragedia.

Sin embargo, como nos demuestra todos los días la vida, la armonía no es perfecta. A veces, sólo un segundo separa el odio del amor. Dicen de Miguel, el joven de 20 años que fue novio de Marta del Castillo, que “parecía un chico normal”. Seguro que el chaval de la chaqueta de cuero pasaría por ‘macarra’ a su lado. Pero es ese joven ‘normal’ el que admitió ayer ante la policía que había asesinado a Marta. El suceso ocurrió hace tres semanas: la joven sevillana, de diecisiete años, le dijo a su madre que iba a bajar a la calle. Alguien la había llamado. Nunca volvió. Miguel fue el último en verla. Su padre siempre sospechó. Estaba convencido de que no le convenía…

En su declaración, Miguel confesó que había mantenido una discusión con ella y que terminó golpeándole en la cabeza. Muerta la joven, su única escapatoria fue hacer desaparecer el cadáver. Llamó a un amigo para que le ayudara a arrojar el cuerpo al río Guadalquivir. Hace más de veinte días que aquello.

Se abre el semáforo y pierdo de vista al joven de la rosa. En la radio, interrumpen la programación para dar un parte informativo. Continúan rastreando el río en busca del cuerpo de Marta. Su familia está “destrozada”. Ahora hay que asumir que está muerta. Una vez más, el odio se esconde en las apariencias y da el zarpazo al amor. La tragedia llega del joven normal, el ex novio, el buen amigo, de quien tanto la ‘quería’ y tanto le hizo sufrir.

Ciudadanos con fronteras

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 23:38

LOS ciudadanos han hecho el área metropolitana y estúpidas barreras administrativas lo impiden”.  Podría parecer que esta aseveración procede de un radical antimunicipalista. Nada más lejos. Me lo decía el otro día el ex alcalde Jesús Quero cuando nos sorprendíamos de las muchas cosas que tenemos en común y de lo poco que nos entienden las administraciones: somos vecinos de Ogíjares, compramos en el mismo súper, llevamos el perro al mismo veterinario, nos desplazamos a Pulianas para ir a Media Markt, recorremos media ciudad si hace falta para encontrar un buen vino y no se nos caen los anillos si hay que ir a Atarfe para asistir a buen un concierto…

 

Aunque no esté de moda, la realidad te obliga a ser cada día un poquito más “jacobino”, sobre todo, porque la famosa autonomía municipal se está convirtiendo en una rémora para nuestro bienestar…  Recuerdo la cara que se me quedó el día que fui al cine en Kinépolis y se me ocurrió coger un taxi: “Señorita, baje cincuenta metros hasta que llegue al término municipal de Granada y entonces la recojo”. ¿Perdón?

 

Hace años que vivo con la convicción de que hay un desfase tremendo entre lo que necesitamos los ciudadanos y los que nos ofrecen los ayuntamientos. E imagino que esto mismo le ocurre a los miles de ciudadanos que viven más allá del ‘territorio Torres Hurtado’… Y a la inversa. Empezando, por ejemplo, por el propio alcalde, que es vecino nuestro aunque siga votando en la capital. (Por cierto, yo también quiero. Trabajo en Granada, consumo en Granada, pago mis multas de tráfico en Granada… ¿por qué no puedo votar en la capital?)

 

Nuestros alcaldes siguen empeñados en copiarse unos a otros y ofrecer todos lo mismo. Es la carrera de la clonación. ¿Tú construyes un teatro? Pues yo también. ¿Una piscina cubierta? ¿Un polideportivo? ¿Una sala de fiestas? ¡Un momento…! ¿Para qué quiero yo un teatro en mi pueblo si luego no hay dinero y acaban enseñándonos a hacer ganchillo? Peligros acaba de inaugurar su espacio escénico por todo lo alto. Magnífico. Pero ¿cómo lo van a llenar de contenido? Basta echar un vistazo a la programación de los teatros de la capital y contar los espacios infrautilizados de la provincia para hacerse una idea… 

 

Puestos a pedir, prefiero pasar de ‘un teatro en cada pueblo’ y apuntarme a la línea del Metro: que no se quede en Armilla, que llegue a todos los municipios de la zona Sur, que vaya al aeropuerto…

Lo malo de estos planteamientos es que uno empieza y no acaba. Al menos no lo hace donde las carreteras advierten que termina la provincia de Granada. Cuando veo los líos entre Málaga y Córdoba por la Capitalidad de 2016, sólo me alegro de una cosa: de que Granada se haya mantenido al margen.

 

Porque, pensándolo bien, me apunto al Metro y también al Ave. Con la Alta Velocidad funcionando, ni siquiera me haría falta un Gran Teatro en Granada. Podría ir a la Maestranza, o al Central, o al Cervantes… Y a un partido de fútbol a la Rosaleda, a una exposición al Picasso o al Thyssen… Y todo sin salir de Andalucía. Bueno, siempre que Andalucía siga siendo Andalucía y no ese ‘reino separatista oriental’ que ahora nos quieren vender. ¿Más “qué hay de lo mío”? ¡No por favor!