Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…

Manual de desconexión estival

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2016 a las 10:30

Queridos políticos. Los españoles, los que no llevamos siete meses vagabundeando, nos vamos de vacaciones. Hemos trabajado duro, hemos pagado nuestros impuestos, hemos ido disciplinadamente a votar -dos veces para nada- y, a la espera de que a algún iluminado del FMI se le ocurra ‘ajustar’ nuestro derecho a descansar, desconectamos. Fundiremos el sofá, asaltaremos los bares y, hasta que el cajero aguante, estrujaremos la tarjeta de crédito.

A nada de esto tienen ustedes derecho. Después del episodio ‘Rajoy en plan Rajoy’, Pablo Iglesias en versión ‘psicópata carismático’, Pedro Sánchez jugando a ‘dónde está Wally’ y Albert Rivera a lo ‘llanero solitario’, más urgente que reformar la Constitución frente al chantaje catalán es poner orden en el ritual de la formación de Gobierno. Propongo aplicar el mismo principio que está rigiendo las negociaciones de investidura: responsabilidad en diferido. Pero con una variante: vacaciones en diferido y sueldos en diferido.

Que se recoja en el BOE: si no hay gobierno, no hay descanso. Y las nóminas, esas que llevan siete meses recibiendo -con sus extras correspondientes- quedan embargadas. Sine die. El mismo horizonte incierto con que España pondrá este año el cartel de ‘cerrado por vacaciones’. ¿Cuánto creen que tardaríamos en tener gobierno?

No sé si recuerdan la película con que Stanley Kubrick puso fin a su carrera cinematográfica. Tan sugerente como el título, Eyes Wide Shut, es el trasfondo de incertidumbre e insatisfacción que destila esa historia compleja y misteriosa que se deja ver una y otra vez sin que consigamos concluir nada. En una espiral de realidad y sueños, los Ojos Bien Cerrados de Kubrick nos llevan al mismo terreno ambiguo y ambivalente que a principios de siglo ya retrató el austriaco Arthur Schnitzler en su novela corta Relato soñado arrastrándonos a un mundo carnavalesco a medio camino entre el sueño y la vigilia.

La política española está a años luz de la intensidad y la fascinación que alcanzan Tom Cruise y Nicole Kidman en este divertimento póstumo del cineasta estadounidense pero no tanto del deterioro y la frustración que se va inoculando en el espectador. La lección más valiosa de estos meses tal vez sea la madurez con que los votantes estamos afrontando la incapacidad de nuestros representantes para representarnos. Es la misma concesión que otorgamos al cine. Nos podemos sorprender, desconfiar y hasta rebelar pero, si la obra es buena, llega un momento en que accedemos a ser cómplices. No significa que bajemos la guardia; es una forma de reconocimiento y participación.

Realmente, es la sugestión del título lo que me lleva de Kubrick a la política viendo tediosos informativos con la depresiva imagen de esos políticos con los ojos cerrados que siguen ocupando titulares, pantallas dactilares y minutos de televisión. ¿De verdad son una opción unas terceras elecciones?

Pero quien me conduce a Kubrick es otro cineasta, el español Alejandro Amenábar, con la envolvente y contradictoria atmósfera de Regresión. Los dos filmes nos sumergen en el enigmático mundo de las sociedades secretas y los macabros rituales con enfoques inversos: ¿están ahí y nos resistimos a verlo o estamos dando carta de realidad a lo que nos inducen a ver?

No entro en si Amenábar responde a las expectativas y dejo al margen si se pierde en un argumento y desarrollo tal vez demasiado repetitivos y previsibles. Lo que me interesa es el envoltorio. La pseudociencia de la regresión; lo psicopatológico por encima del psicoanálisis de Freud. Podríamos preguntarnos si sería una salida someter a los políticos a unas terapias de regresión con la convicción suficiente como para que tengamos gobierno a la vuelta de vacaciones. No tiene que ser real; sólo tienen que creer que lo es.

Lo peligroso es que la regresión también puede funcionar en negativo. Pienso en la Operación Nazarí. A mediados de agosto se cumplen cuatro meses sin que sepamos realmente qué ocurrió. Me cuentan que la jueza está muy nerviosa. Ya ha decretado tres veces el secreto de sumario de un caso que hizo caer a un alcalde, ha hundido la reputación de 17 personas… ¿Y? Pues seguimos especulando. ¿Vieron desde Madrid lo que quisieron ver? ¿Se desinflará el caso como acaba de ocurrir con el de los cursos de formación?

Elimine del Manual de Desconexión Estival el punto “distraerse viendo cine”. La realidad -la actualidad- es tan caprichosa, inaudita y compleja que le seguirá persiguiendo. También en formato 3D. Incluso en vacaciones…

¿Pagamos entre todos el Centro Nevada?

Magdalena Trillo | 24 de julio de 2016 a las 11:39

El juez Miguel Ángel del Arco definió en su día al Centro Nevada como un “Leviatán de hierro y cemento en plena Vega de Granada”. En las antípodas de la bestia marina que cita el Antiguo Testamento, su promotor siempre ha pensado que su criatura era digna de convertirse en un referente arquitectónico si no hubiera sido por los problemas de la tramitación del proyecto y el lío judicial que ha corrido paralelo a los bloques de mármol y hormigón que durante una década han subido y bajado a golpe de contradictorias sentencias.

En los más de 370.000 metros cuadrados que coquetean ya con el megahospital del PTS, que a partir de noviembre se disputarán el colapso de tráfico y la estampa sur de la Sierra y la Alhambra, se condensa la historia de fracasos, despropósitos y hasta de mala suerte de una provincia que sigue empeñada en liderar los rankings más frustrantes y negativos de todo un país. Lo son puntualmente las listas del paro y de destrucción de empleo, lo ha sido esta semana la panorámica con los pueblos más ricos y pobres de España -Zafarraya ya tiene el título de ser el último de los últimos-, en infraestructuras hemos innovado cambiando los insólitos veranos de los conos por el paisaje tercermundista de las excavadoras en las playas y, como oportuno punto de inflexión en la interminable trama del desconcierto, ya tenemos un escándalo que sumar al guión: histórica condena contra la Junta por bloquear durante casi diez años el Centro Nevada.

157,41 millones de euros. Es el precio que el Juzgado de lo Contencioso número 1 de Granada ha fijado de “indemnización por daño emergente y lucro cesante”. 157 millones que, si no prospera el recurso, terminarán saliendo de nuestros bolsillos para engrosar las arcas de Tomás Olivo. Sí, ese mismo constructor que estuvo imputado en el caso Malaya, que fue condenado a prisión por maltratar a su ex pareja y que ha protagonizado en Granada algunos de los capítulos más polémicos de la telenovela urbanística. La multa ha desatado una nueva tormenta política que viene a reproducir en formato de ruedas de prensa lo que se comenta a pie de bar: ¿la Junta va a terminar pagando el centro comercial? Porque 157 millones es más de lo que manejan muchas consejerías al cabo de un año. Porque, con 157 millones, casi podríamos permitirnos el lujo de acabar las obras del AVE.

Pero, como ocurre en las mejores novelas negras, lo más jugoso no es lo que se cuenta sino lo que transcurre entre bambalinas. Para empezar, una advertencia. El susto de la sanción podría ser aún mayor: la empresa promotora formalizó una reclamación judicial por 270 millones y el propio constructor calcula que el perjuicio para sus negocios supera los 500. A continuación, lo inaudito: cómo es posible que la negligencia no tenga un coste. Que no haya responsables. Ni en las instituciones ni en los tribunales. Ni a nivel político ni a nivel judicial.

Las explicaciones de la Junta sólo llevan a la contradicción. Este mismo lunes anunció que recurrirá el auto: entendía que los daños por la paralización “no están acreditados”, recordaba que el propio Olivo fue condenado en la vía penal del caso -“No se puede indemnizar por daños y perjuicios a quien ha cometido un delito”- y criticaba que justo el Juzgado de la condena decretó en su momento la paralización. Eso sí, sobre el hecho de que ningún letrado de la Junta acudiera al juicio el pasado 6 de junio sólo pudo alegar que fue un “error de los servicios jurídicos”.

El grupo parlamentario de Podemos, que ha pedido las comparecencias de los consejeros de Presidencia y Hacienda, ve este escándalo como un ejemplo más del “funcionamiento ineficaz” del Gobierno andaluz y del “descontrol interno y externo” que evidencian casos como los ERE o los Cursos de Formación. El PP, por su parte, ya estudia llevar a la Junta ante la Fiscalía por si se han cometido delitos de prevaricación y malversación de caudales públicos. 

El caso Nevada vuelve a sumirse en la confrontación política pero el trasfondo de los 157 millones apunta en otra dirección que nos debería alarmar aún más: el nulo coste que en España tiene dilapidar lo ajeno. Aunque con relativos resultados, a los políticos los hemos terminado situando en el ojo del huracán de la indignación popular. Pero ¿nos atrevemos con los intocables funcionarios? ¿Con los intocables jueces? De la negligencia al delito. De las guerras corporativas a los conflictos de intereses. ¿Corrupción? ¿Negligencia? ¿Descontrol? ¿Un inocente “error”? Hasta el debate parece tabú.

El Pacto de la Alhambra

Magdalena Trillo | 17 de julio de 2016 a las 11:44

Cuando hace una década Granada, Córdoba y Sevilla hacían promoción conjunta en EE UU y Japón para potenciar el turismo de larga distancia, Málaga no existía. En la campaña Splendours of Andalusia, la Costa del Sol tenía ¿poco? que aportar al triángulo cultural andaluz: su aeropuerto. El paquete que comercializaban las agencias nacía y moría en Málaga sin más beneficio para la ciudad que servir de plataforma: los turistas llegaban a su aeropuerto internacional, los metían en un autobús, los llevaban a conocer la Alhambra, la Giralda o la Mezquita, pernoctaban y gastaban en las provincias vecinas, les proponían escapadas a Ronda o Jerez y los empaquetaban de vuelta a casa una semana más tarde. Málaga no era más que una silueta desde la ventanilla del avión.

En diez años, Málaga se ha ganado a pulso el derecho a estar en la foto. Por la acción de ellos y por la omisión nuestra. En sentido figurado y real…

Ya tenemos el argumento para perdernos entonando ese mismo llanto lorquiano que desde la construcción autonómica Granada ha dedicado a Sevilla confrontando y avivando la política del agravio. Sólo tenemos que cambiar un nombre por otro. Primera estrofa: asumir que nos ha comido terreno, en este caso como destino cultural. Segunda estrofa: elogiar el pragmatismo de un alcalde que ha tejido alianzas donde tocara, con quien hiciera falta y con su carné político bien guardado en el bolsillo siempre que beneficiara a su ciudad. Tercera estrofa: fustigarnos preguntándonos qué hacía Granada mientras tanto y con otro alcalde de su mismo partido porque, hasta el sobresalto de mayo con la operación nazarí, la trayectoria de Paco de la Torre y Pepe Torres ha sido casi paralela. Cuarta estrofa: concluir que no nos merecemos que nos desbanquen, buscar un culpable y lamernos las heridas.

Pero la tercera y cuarta estrofa son excluyentes. O nos deleitamos muriéndonos de envidia y añorando un pasado (supuestamente) glorioso o nos preocupamos de salir en las fotos. Lo sensato, y egoístamente más operativo, es obviamente lo segundo. Pero no crean que es lo más fácil. Lo de compararnos con Málaga para todo se ha convertido en el discurso oficial de la opinión pública y publicada. Empezamos tímidamente con las disputas por las inversiones públicas autonómicas y estatales, luego llegó la competencia de los aeropuertos, de repente irrumpió la cultura a golpe de titulares con los éxitos de unos y los fracasos de otros, el aislamiento ferroviario nos ha convertido en satélite de Antequera vía autobús y, en el culmen de la contradicción, hasta nos ha molestado que el Hospital del Campus esté funcionando ya a pleno rendimiento… A la espera de que el Metro fracase, el bloqueo del AVE y el Centro Lorca -¿seguro que lo que ha hecho La Caixa es perdonar una deuda y no embargar el legado?- amenazan con seguir dando motivos más que sólidos para seguir sumidos en un estado crónico de frustración.

foto

Salir en las fotos tiene además un riesgo. Le ocurrió a Paco Cuenca nada más coger la Alcaldía cuando la nueva portavoz municipal del PP, Rocío Díaz, le llamó el “rey del postureo”. Le sentó fatal; la crítica y que lo publicáramos. A él y a su equipo. Pero es un precio asumible. Necesario incluso. Porque para que haya una imagen realmente histórica como la que se produjo este viernes en el Palacio de los Córdova también tiene que haber rutinarias. La foto de cuatro alcaldes enterrando rivalidades y sellando el lanzamiento del Eje Turístico Andaluz acabará en los anuarios.

La alianza la pusieron en marcha Málaga y Sevilla pero Córdoba y Granada han sido capaces de sumarse a esta inesperada locomotora de desarrollo. El turismo es sólo el primer paso. Se construirá una marca conjunta competitiva, se sentarán los pilares del “mayor reclamo turístico del sur de Europa” y se activarán sinergias en otros ámbitos como el biosanitario y agroalimentario.

En unos meses sabremos si la imagen tiene recorrido pero, de entrada, ya hay una intrahistoria. Aunque se ha llevado con discreción, hasta el último minuto ha intentado De la Torre que el convenio de colaboración se firmara en Málaga. Lo de cuadrar las agendas -el acto se ha celebrado una semana después de lo anunciado- ha tenido más tensión que la estrictamente protocolaria. No era una simple foto; era un símbolo y era importante el escenario. Granada se ha apuntado el tanto gracias a la Alhambra. A la imponente imagen de los palacios que hace de postal. ¿De verdad preferimos lamentarnos?

La clave está en la pizza

Magdalena Trillo | 10 de julio de 2016 a las 11:49

¿Cuál cree que es la diferencia entre la tragedia y la comedia? Tal vez diría que la solemnidad frente al humor; la gravedad frente a la ligereza… Así lo he pensado yo siempre. Hasta que hace unos días empecé a leer En manos de las furias y una atrevida Lauren Groff me desmonta mi verdad escolar en boca del profesor de Literatura de uno de los protagonistas. En teoría, el libro se propone descubrirnos que el matrimonio es “una larga conversación en la que caben huecos, omisiones y palabras sueltas” que pueden ser mentiras piadosas o alfileres, que la “certeza absoluta no existe” y que a los “dioses les encanta jodernos”.

Todavía no sé si recomendarlo pero, de entrada, promete. El hombrecillo con piel macilenta y cara de larva que una anodina mañana se cuela en la clase de Lotto consigue despertar a los alumnos con su respuesta: ¡Falso! Es una cuestión de enfoque. Contar historias es como un paisaje, y la tragedia es la comedia y es el drama. Simplemente depende de cómo se encuadre lo que uno ve”.

Me he acordado de la caja mágica del extravagante profesor de New Hampshire viendo en el móvil los listados de actualidad de los diarios digitales. Pasamos de los sanfermines a la segunda tortura de la no-negociación política para el no-gobierno en España sin transición. Tampoco hay tregua entre el tiroteo de Dallas, los ensayos de misiles de Corea del Norte o la incesante barbarie del Estado Islámico con las noticias sobre cómo las caligrafías sobre tableta nos hipnotizan y relajan, cuánta keratina tienes que ponerte y cuáles son los mitos sobre el cerdo que deberíamos cuestionar.

¿Han visto la última campaña de Campofrío? ¿Dirían que es tragedia o comedia?

El trabajador que le advierte a su futura jefa que se escaqueará y robará de la oficina todo lo que pueda frente a la directiva que le explica cómo se apropiará de todos sus méritos profesionales y se aprovechará de las listas del paro para no subirle el sueldo nunca. El deportista de ego desmedido que fingirá lesiones para saltarse los entrenamientos frente a ese entrenador-macho alfa que lo intimidará y destruirá cuando toque y lo obligará a jugar amistosos en Oriente Medio a 50 grados para llenar las arcas del club.

¿No le suena “genial”? Porque nada importa “cuando hay una buena base”: no hay razón para preocuparse; ni en la cocina italiana ni en la vida.

Las historias son tan buenas que han vampirizado la campaña. He tenido que volver a ver los spots en Youtube para saber que se trataba de Campofrío anunciando sus nuevas pizzas finísimas y extracrujientes.

Es el otro lado de nuestro día a día pero con la nada sutil diferencia de que nos hemos saltado las mentiras y la hipocresía de lo políticamente correcto, renunciamos a lo estratégicamente más adecuado para nuestros intereses personales y hasta asumimos sin egoísmo el coste de decir la verdad.

Usted puede elegir cómo ver los anuncios: si reírse o llorar. Pero hay un sólo escenario y un único guión; sin trastienda, sin globos sondas, sin dobles versiones y sin juego de espejos. ¿No es todo al final una cuestión de perspectiva y de actitud? Para la ex alcaldesa de Bormujos Ana Hermoso, que un jurado popular no haya creído su versión de lo “caro que le ha salido el amor” y la haya culpado de cohecho por recibir un bolso de Loewe en “agradecimiento” por su apoyo una moción de censura ha sido toda una “injusticia” en tono de drama mayor. Al otro lado, la historia de la edil que se vende por 180 euros suena a vodevil.

Imagínense el dinero que nos ahorraríamos en los tribunales si la gente dijera la verdad, incluso si sólo lográramos que la Justicia dejara de ser una extensión ante el fracaso de la política. Imagínense el tiempo y crispación que nos ahorraríamos si los políticos dejaran de actuar. Imagínense la confusión y desinformación que nos ahorraríamos si nos pusiéramos de acuerdo en qué es importante.

¿Se acuerdan del escándalo del Ecce Homo? Pues resulta que ahora Cecilia Giménez, la restauradora de la vergüenza, se ha convertido en la heroína de Borja y ya han grabado un documental de cómo las burlas y los memes han terminado sacando a todo un pueblo de la crisis. ¿Un milagro?

No sé dónde me llevarán las “furias” de la escritora a la que tanto admira Obama, pero sí… todo termina siendo una cuestión de tono y de enfoque. Con permiso de Ken Follet, la clave no está en Rebeca; la clave está en la pizza. En la buena masa de la pizza.

Política ‘on the rocks’

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2016 a las 10:32

La política es como el alcohol. Primero te seduce, luego te engancha y, en función del punto de saturación, puede acabar sumiéndote en la más inconsciente complacencia o expulsándote con efecto rebote. Todo depende del qué y del cómo. Son los extremos. En la franja intermedia está el coqueteo. Las burbujas.

No es una metáfora ligera. Que el cava se sirva ahora en una gran copa de balón con mucho hielo no es sólo una moda; tiene que ver con estos nuevos tiempos de inquietud y de experimentación en que vuelve todo lo viejo pero reinventado. Es un momento de sensaciones y de tendencias. De provocación. No hay espacio para los sacrilegios y sí para la novedad compitiendo con el esnobismo, eso que ahora llamamos postureo.

Los productores están obsesionados con identificar los gustos y preferencias del consumidor, adelantarse para acaparar el mercado e, incluso, ser capaces de crear la demanda. El vino, la cerveza y hasta el cava han entrado en un terreno mutante. Cerveza de garnacha negra, champán transmutado en gin-tonic, los sherry wines que regresan a lo vintage y hasta desempolvamos el ritual del vermut para las comidas familiares del fin de semana.

Si a este escenario cambiante y de confusión unimos el adictivo mundo de la coctelería y recalcamos que un factor clave de los nuevos tiempos es la drinkability -todo fácil de beber-, llegamos sin mucha dificultad a la actualidad política: el desconcierto de los partidos con nuestros gustos electorales, los somelliers rompiéndose la cabeza para encontrar el combinado perfecto -al menos el menos malo- y el populismo de lo fácil amenazando con tumbar todo el sistema.

Casi lo único poco interpretable de la resaca del 26-J es que fallaron las encuestas. Otra vez. En Podemos se arrepienten ahora de no haber realizado sondeos propios que pudieran haber atisbado la ilusión del sorpasso para evitar subirse a una ola ficticia de ganadores en un mercado en el que los clásicos siguen aguantando el envite de los emergentes. No hay autocrítica y, puestos a insistir en los errores, no se les ocurre otra cosa que ¡hacer otra encuesta! para saber por qué más de un millón de españoles le han dado la espalda y no ha funcionado su matrimonio de conveniencia con IU.

En las filas socialistas han sido prudentes esta vez evitando calificar de “histórica” su resistencia. Sin embargo, muy en la línea de las divisiones, bandos y guerras internas que el PSOE lleva en su ADN, los movimientos para “reconstruir” el partido han saltado de la escala nacional a la local con la mirada puesta en los congresos que se irán celebrando a la vuelta del verano en cuanto se despeje el puzle del Gobierno -si eso ocurre-.

En Granada, desde luego, no se prevé un cónclave tranquilo. Aunque Teresa Jiménez ha pedido que no se “mezclen” debates, muy en la línea de Susana Díaz cuando advierte que es Pedro Sánchez quien ha perdido en Andalucía (que ella no se presentaba), la realidad es que el PP ha salido fortalecido. En la provincia y en Andalucía. Las elecciones no serán extrapolables a efectos reales de poder pero sí condicionan la vida interna en los partidos. Y el liderazgo o debilitamiento de los equipos. En la capital, por ejemplo, la primera lectura era inevitable: ¿se hundiría el PP por el caso Nazarí? La respuesta era previsible (y sin necesidad de recurrir a las sobrevaloradas encuestas): el coste electoral de la corrupción en España sigue siendo contundente. Ninguno.

Hemos transitado del 20-D al 26-J saturados de política y de sondeos para terminar (casi) igual. Más que mirar a la frutería de Andorra, tal vez lo que nos falte por hacer es una encuesta de las encuestas. Hasta qué punto el clima de opinión que se va dibujando con muestras mínimas, con voto oculto, con medias verdades (o mentiras) y, por supuesto, con respuestas interesadas (¿quién no ha dicho alguna vez que ve los documentales de La 2?) termina condicionando el voto. Está la propia campaña al despiste de los partidos, están los programas electorales de evidente inviabilidad y están los cabezas de cartel que son en sí mismos una contradicción… Pero están sobre todo las expectativas sobre la utilidad final de nuestro voto. ¿Lleva razón Pablo Iglesias? ¡La culpa es de las encuestas! ¿Llevaba razón Susana Díaz? ¡Nos han emborrachado de encuestas!

¡Nos falta ambición!

Magdalena Trillo | 26 de junio de 2016 a las 11:58

Uu alcalde airado. Un alto cargo de Madrid sumido en la perplejidad. Se llevarán más de veinte años. La impetuosidad de Paco Cuenca choca con el pelo blanco y el aplomo del secretario de Estado. Después de una semana de plantones y desconcierto, Fomento ha accedido a abordar el bloqueo del AVE y el aislamiento ferroviario que sufre Granada desde hace más de un año. Torres Hurtado lo intentó sin éxito. Se enfrentó a su partido y sólo consiguió que la ministra Pastor se hiciera unas fotos con Sebastián Pérez sin comprometerse a nada. Rajoy tampoco lo ha hecho en campaña cuando tuvo la oportunidad en el mitin de postal del Mirador de San Nicolás; sólo dijo que era una “prioridad”.

Finalmente hay reunión, pero en territorio amigo -en la Subdelegación- y sin vecinos, sindicatos, empresarios ni presión social. El alcalde le espeta a Gómez-Pomar que “ya está bien de chorradas”, que bastante se ha despreciado a la ciudad y que lo “primero” que tienen que hacer es “pedir perdón”. El encuentro no sirve para nada. Sólo un par de días más tarde, aparece una foto de la ministra con el alcalde de Ourense firmando un convenio de 100 millones para las obras del AVE gallego. A Granada le piden “comprensión” y “paciencia” ante el chantaje de las constructoras pero a mil kilómetros de distancia, en una ciudad gobernada por el PP, sí hay avances y dinero.

El vídeo del enfrentamiento ha volado en las redes sociales. La primera lectura podría ser crítica: ha sido un exceso; el alcalde le falta el respeto; no había necesidad. Lo que ha trascendido es bien distinto: está defendiendo los intereses de su ciudad. ¡Por fin! La exclamación no es gratuita. Ha surgido un clima de opinión de autoestima y de oportunidad. Ya no es la política del “quejío” a la que nos han acostumbrado, sino una política de enfado y justificada reivindicación. Hemos subido un escalón. Llevamos décadas lamiéndonos las heridas, consintiendo la discriminación, y nos hemos cansado…

No es el efecto Marea Amarilla. No es electoralismo. Es lo inédito de pensar que sí estamos representados. Que hay alguien que pone los intereses de la ciudad por encima del partido y hasta de las buenas formas. Si fuera Paco Cuenca quien se presentara hoy a las elecciones, ¡quién sabe si hasta ganaría! Podríamos cuestionarnos si es como en el boxeo y en las peleas de gallos, cuando el clima lo distorsiona y lo caldea todo, o un momento excepcional de arrogancia y de soberbia. En todo caso, los socialistas no llevan aún ni los cien días de gobierno de rigor y habrá tiempo de evaluar las dos teorías.

De momento, a mí me interesa una muy diferente: el valor de la ambición. Nunca he entendido que tuviéramos que renunciar a una estación de AVE firmada por Rafael Moneo porque era “mucho” para Granada. ¿”Mucho” respecto a qué? ¿En qué contexto? Nadie cuestionaría pedirle a una empresa -incluso exigirle- que sea “competitiva”. Pero los territorios tienen que ser sumisos y solidarios. Más aún las personas. Sin embargo, no hay lógica en el trasfondo; tan sólo la consecuencia de una cultura hipócrita, interesada y punitiva.

En el foro empresarial de debate que Granada Hoy organizó esta semana junto al Grupo Covirán, el presidente de la Cámara de Comercio de España hizo un alegato a favor de la “ambición” (sana) con la misma vehemencia con que defendía las tres T: Talento, Tenacidad y Trabajo. Entre el público, el alcalde asentía convencido: ¡Eso es lo que nos falta en Granada, ambición!

Reconozcamos que si hay algo que admirar de los catalanes es su pragmatismo. Pueden ser brillantes o mediocres pero es difícil encontrarles en operaciones de distracción. Todo tiene un sentido. Y un para qué. Con tono provocador, José Luis Bonet nos recordó lo que hemos perdido con la desaparición de la mili: antes viajábamos entre regiones, nos conocíamos y nos valorábamos; hoy no. Los estereotipos y los clichés han ganado la batalla con la misma facilidad que se han impuesto los nacionalismos y los populismos.

El AVE es sólo un síntoma. Desgasta menos perderse en la coartada de chantajes y de la burocracia que admitir una debilidad. En Granada, además, siempre nos ha ido bien explotando los agravios y mirando hacia atrás con tono de nostalgia. Es una excusa como otra cualquiera para no admitir un fracaso. ¿Se imaginan a Barcelona, Madrid, Valencia o Bilbao quince meses sin tren? Es la política, son las ‘circunstancias’ y somos nosotros… ¡Nos falta ambición!

La ola de fusiones llega a la Universidad

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2016 a las 11:23

La ola de fusiones llega a la Universidad. El mapa bancario está ya a las puertas de una nueva reestructuración, el inacabable periodo electoral sigue postergando -pero no elimina- el debate sobre la necesidad de adelgazar y redefinir las competencias en la Administración y, si dejamos a un lado hipocresías, intereses y utilizaciones partidistas, la realidad es que el modelo actual de la Universidad española es insostenible. Decirlo así de claro es políticamente incorrecto y una sonora munición para desatar todo un terremoto de confrontación en la opinión pública. Pero es la realidad si de verdad creemos que en la educación como motor de desarrollo personal y social, como instrumento de progreso y convivencia, como arma contra la intransigencia y hasta el fanatismo. Y sería una auténtica irresponsabilidad no admitir que hay un problema estructural, de gobernanza y hasta de aspiraciones, que exige un debate sosegado y una toma de decisiones valiente.

Una campaña electoral no es el mejor momento para ello. O sí. Porque aunque no estemos acostumbrados a que los políticos cumplan ni sus programas ni sus promesas, puede ser una oportunidad para obligarles a posicionarse. El simple hecho de abrir el debate es ya un avance. Esta semana lo ha hecho el rector de la Complutense anunciando que va a eliminar 9 facultades: el campus presencial más grande de España (con 80.000 estudiantes y 5.000 profesores) pasará de 20 a 17 facultades y de 185 departamentos a 80. Una auténtica revolución que hace ahora un año ya lideró la Universidad de Barcelona pasando a diez grandes áreas académicas y dejando el número de departamentos en la mitad.

La polémica reestructuración que la universidad catalana afrontó en 2015 y que Madrid acaba de anunciar es un aviso a navegantes. En una institución tan endogámica, con tantos derechos adquiridos y tantos agentes preguntando ‘qué hay de lo mío’, cualquier atisbo de cambio es sinónimo de conflicto: qué esconde la medida, quiénes pierden y quiénes ganan, cuánto nos ahorramos y para qué y, por supuesto, nada se puede mover en la universidad sin la concurrencia y visibilidad de todos los sectores.

La “racionalización” de la Universidad es un viejo debate de nuestro modelo democrático y autonómico que el ministro Wert consiguió enterrar poniendo a todos en contra y que, de momento, se ha podido ir soslayando gracias al pulmón financiero de las comunidades. Ahora, son dos realidades las que juegan en contra: la débil situación presupuestaria de los gobiernos regionales y la feroz competencia que el mercado libre, la formación online y la globalización están suponiendo en el eslabón inicial de funcionamiento, la captación de alumnos. Sin clientes no hay negocio: ni público ni privado.

En Andalucía hubo un atisbo de debate hace dos años cuando el consejero Sánchez Maldonado se atrevió a plantear cerrar facultades “con clases con dos alumnos”. Decía que tenía más sentido enviarlos a Harvard… Los rectores se le echaron encima, sus propios compañeros de equipo de gobierno y acabó ‘aclarando’ que tal situación “no se da en Andalucía”.

Se apagó el fuego pero no el incendio. El desafío en nuestra comunidad es preguntarnos si se puede construir una Universidad Andaluza suficientemente atractiva para competir con los grandes campus internacionales en docencia y en investigación -en el modelo presencial y en el virtual- y, al mismo tiempo, sea capaz de dar respuestas a los graves problemas de funcionamiento estructural que soportan instituciones como la de Granada… Una Universidad que avance en especialización, que establezca una red de centros complementarios y que contrarreste el boom de centros que ha supuesto el desarrollo autonómico. Como suele advertir la rectora de la UGR, Pilar Aranda, cinco facultades de Derecho en un radio de cien kilómetros no parece muy sostenible.

En Andalucía, la historia del sistema financiero ha sido uno de los mayores fracasos de la autonomía. El reto de la Universidad no plantea menos desafíos: ¿estamos dispuestos a eliminar facultades y suprimir departamentos? Porque, después del ‘ponga una facultad en su ciudad’, es lo que acabará significando repensar y racionalizar la enseñanza superior.

Las universidades tienen dos caminos pero con un mismo final: arriesgar y liderar el proceso o esperar a que lo imponga el mercado cuando deje vacías las aulas.

Maldita hemeroteca: ¿Más tijera o más impuestos?

Magdalena Trillo | 12 de junio de 2016 a las 10:23

No sólo la crisis nos ha obligado a reciclarnos con cursos avanzados de economía aplicada; también la política. No le prestábamos atención cuando había dinero para invertir, cuando no lastraban los números rojos la gestión y cuando el debate presupuestario se centraba en la discusión -con un inevitable trasfondo electoral- sobre el destino de las partidas. A qué barrios se premia y castiga, a qué comunidades autónomas, a qué colectivos…

Ahora no cuadran las cuentas. Después de ocho años de duros recortes, la aprobación de unos presupuestos que permitan apuntalar la supuesta recuperación se está convirtiendo en una misión imposible en los ayuntamientos que más han soportado la caída de ingresos -y cargan con una insostenible mochila de deuda millonaria con bancos y con proveedores- y en una excusa perfecta para desmontar los quebradizos gobiernos que se han conformado en el último año tras la irrupción de los partidos emergentes, la pérdida de la tranquilidad de las mayorías absolutas y el debilitamiento del bipartidismo.

Cataluña, con el plante de los radicales de la CUP y una moción de confianza contra el presidente Puigdemont a la vuelta del verano, es un ejemplo contundente del fracaso que suponen las huidas hacia adelante. En estos momentos, el horizonte es celebrar otra vez elecciones -ya casi vamos al ritmo de unas por año- y asumir que la inmolación de Artur Mas para favorecer el gobierno de Junts pel Sí para la desconexión con España no ha servido de nada. Otra legislatura fallida. De nuevo la constatación de lo efímero que es someter un gobierno a un partido antisistema, anticapitalista y antieuropeo que decide en reuniones asamblearias.

El diseño de un presupuesto no es un formalismo menor; es el esqueleto de la acción de gobierno. Las tablas excell de ingresos y gastos no son (sólo) economía, son el instrumento para hacer política. Y tampoco en Granada hemos conseguido aprobarlo este año. Antes de ser desalojado del gobierno de la capital tras el escándalo del caso Nazarí, el equipo de Torres Hurtado consiguió dar luz verde a las ordenanzas fiscales pero la pretensión de subir un 10% el IBI frenó en seco la negociación con la oposición. La izquierda municipal no iba a permitir aumentar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Tampoco sus ‘socios’ -ahora adversarios y quién sabe qué después del 26-J- de Ciudadanos.

Un mes después de que el PSOE haya tomado la Plaza del Carmen, lo que planea en el debate local es una subida del 20%. ¿El “plan oculto” de los socialistas para sanear las cuentas? ¿Una intoxicación tendenciosa del PP en plena campaña electoral? En cualquier caso, una absoluta contradicción. A diferencia de la política de declaraciones -subjetiva, difícilmente contrastable y en muchos casos imposible de verificar-, lo bueno de esta parte de la gestión pública es que siempre termina en hechos. En realidades. Y una insorteable es que no hay más recorrido para cuadrar las cuentas -las de cualquier casa; las de cualquier país- que controlar ingresos y gastos. Es decir, que sólo podemos hacer frente a los agujeros y a los imprevistos de dos maneras: ajustándonos el cinturón o ganando más. Tijeras o ingresos extra.

Si la situación económica del Ayuntamiento es como la está pintando el equipo socialista -en el “precipicio”, a un paso de la “intervención”-, parece evidente que los próximos meses seremos testigos de durísimos titulares. El PP sospecha que lo que está haciendo el equipo de Paco Cuenca es preparar el terreno para aprobar una fuerte subida de impuestos con la excusa de la herencia recibida y la mala gestión del PP. Esta misma semana los ha acusado de “alarmistas” y ha puesto sobre la mesa la impopular medida del aumento del IBI.

El PSOE tiene ahora la “responsabilidad” que exigía hace unos meses al PP de presentar un proyecto de presupuestos y en su mano está también la decisión de ir por el camino fácil de la subida de impuestos o el correoso de lograr más ingresos renegociando con las empresas públicas, reduciendo gastos de funcionamiento, mejorando la eficiencia de los servicios, abriendo “innovadoras” vías para recaudar más y gestionar mejor… Ellos mismos le dieron las recetas al PP cuando estaban en la bancada de la oposición.

Es economía, es política y es coste electoral. Tal vez irreparable si hablamos de volver a tocar el bolsillo de los ciudadanos después de pasar años exigiendo lo contrario. Siempre estará la coartada de la “herencia recibida” pero también la maldita hemeroteca.

Del miedo al cambio a la rutina del cambio

Magdalena Trillo | 5 de junio de 2016 a las 10:35

Después de Breaking bad y de Juego de Tronos, el efecto narrativo de cargarse al protagonista poco tiene de impacto en las insaciables y tiranas audiencias televisivas. Lo he comprobado estos días sumida en la maldad de Fargo. Aún no he descubierto si es gratuita, azarosa o necesaria. Son madrugadas de incredulidad, de terapéutica desconexión, pero no de shock. Está en nuestro ADN. El principio biológico de la adaptación. La rutina. El llegar a ese momento en que nada es suficiente. En que lo más terrible, lo más sorprendente, lo más inesperado ya lo hemos aprendido.

Ocurre con lo trascendental y con lo cotidiano. Con lo tangible y con lo etéreo. Nunca tienen bastante dinero los avaros ni aplausos los narcisistas. Nunca hallará el sádico el momento de detener el sufrimiento ni existirá para el alcohólico una última copa. Nunca, como hemos visto en estos interminables ocho años de crisis, roba lo suficiente un ladrón.

Pensábamos que la corrupción era cosa de los años del boom del ladrillo, de los tiempos líquidos de los excesos, pero nos volvemos a despertar con obscenos casos de anteayer. De políticos y de funcionarios. De personajes de lo público -acaban de imputar a Imanol Arias y Ana Duato- y del vecino anónimo del quinto. Incluso de cuando nos apretaban el cinturón, salíamos a la calle a paralizar desahucios y el número de desempleados superaba la barrera de los cinco millones.

Pero ya no nos alteramos. Ya hemos asumido que quien no ha metido la mano es porque no ha querido; porque no pudo. Tal vez, porque no le dieron la oportunidad. Ahora cae el paro y nos prometen bajadas de impuestos. Francia se paraliza contra un controvertido punto de su reforma laboral -las gasolineras de medio país han quedado desabastecidas- mientras en España nos preparan el terreno, con normalidad, para una segunda vuelta de la nuestra. Y para “mejorar la competitividad” con salarios “más flexibles”. Para que la “recuperación”, la de quienes nada han perdido que puedan recuperar, no se frene y podamos cumplir con el recorte extra de 8.000 millones que nos pide Bruselas. Esa Europa que sufre de nuestro mismo mal: nunca es suficiente.

Para todo esto, a diferencia del 20-D, del 26-J, ni nos preguntarán ni nos dejarán votar. Lo harán los que lleguen. Unos culparán a las “circunstancias” y otros sacarán el discurso de la “herencia recibida” pero el resultado será similar.

Lo que sorprende es que el “cambio” se mantenga como palabra fetiche para todos los partidos cuando son ellos mismos los que se han encargado de dejarla sin significado. En el PP van al valor seguro de la campaña del miedo “contra el cambio” -contra cualquier cambio-, los socialistas enarbolan la bandera del “cambio real” intentando mantener su espacio como referente de la izquierda y contener la OPA hostil de sus aliados de la izquierda, en Ciudadanos se autoproclaman como pieza “imprescindible” para el “cambio” recordando lo rentable que es ser ‘llave’ de la gobernabilidad y desde Unidos Podemos siguen a lo suyo con su cambio televisivo, multicolor y de sonrisa.

Uno año después de las municipales, hasta en el caso de los ‘radicales’ de Podemos su promesa de cambio es más que matizable. En los dos sentidos. Ni se han hundido los ayuntamientos de Barcelona, Madrid, Cádiz o Atarfe ni han inventado una nueva forma de hacer política. Ni siquiera de hacer ciudad. Cambian las prioridades, cambian las formas -y no siempre para mejor- pero muy poco los fondos. Lo impiden las quebradizas alianzas que los sostienen y lo impide el sistema. No “todos son iguales” pero el poder -y la realidad- es igual de implacable con todos. ¿Recortes o subida de impuestos? En el a quién, en el cómo y en el para qué intervienen las ideologías. Pero no en el qué.

Al final, los terremotos políticos son más que relativos. Es la grandeza, o la debilidad, de ese palabra tan de nuestro tiempo -¿nuevo?- que es lo glocal. Todo cambia al minuto, a escala planetaria y con normalidad. Con la misma rutina que sale el sol. Incluso cuando está nublado.