Caso Nazarí: la tormenta imperfecta

Magdalena Trillo | 24 de abril de 2016 a las 11:27

El problema de las tormentas es que no son controlables. Por eso son tormentas. Porque se desatan y cobran vida propia. Ajenas a los hilos de quien las desata. Perturbadoras. Adversas. Imprevisiblemente imperfectas. Incluso para quienes en un primer momento han podido tener la tentación de zarandear las nubes y han terminado viendo cómo se les escapaban de las manos. Incluso para quienes se han alegrado mirando al cielo creyéndose protegidos de las descargas.

Justo así es el temporal que se ha instalado sobre la Plaza del Carmen desde que hace semana y media nos sobresaltamos con el despliegue policial de la Operación Nazarí. La caída del tablero de Torres Hurtado, Isabel Nieto y Sebastián Pérez ha sido (sólo) el comienzo. Doloroso en lo personal. Estratégico en lo político.

caballo

Frente judicial

La sobreactuación de la UDEF al estilo Rambo sigue siendo contestada dentro y fuera del marco de las fuerzas de seguridad. Tanto como la inédita reacción de la Fiscalía General del Estado desmarcándose de la detención del alcalde. Hasta el presidente del TSJA se ha tenido que pronunciar: la operación judicial se ajustó a la legalidad pero no es “nada habitual” el comunicado que emitió la fiscal y mucho menos que las “diferencias de criterio” entre las distintas partes de una causa se diriman en los medios de comunicación. ¿Se toman demasiados canapés en esta ciudad? Sin cuestionar la obligada independencia y profesionalidad de jueces y fiscales, sólo recordaré que son personas. Con todas sus virtudes, fallos y debilidades. Con sus familias y sus círculos de amistades…

Frente urbanístico

La investigación judicial que ha puesto en marcha toda la macrooperación se inició en enero pero son más de cuatro años los que la cúpula de Urbanismo, incluida la concejal y el interventor del Ayuntamiento, han estado recibiendo denuncias y advertencias sobre posibles irregularidades. Hoy publicamos al detalle parte del expediente relacionado con el residencial de 300 viviendas que J.J. Romero construyó junto a Kinépolis y que ha motivado una de las querellas que están en el origen del Caso Nazarí: decenas de escritos de denuncia y multitud de firmas de los altos funcionarios que han venido haciendo y deshaciendo en Urbanismo -con sus particulares rencillas, enfrentamientos e intereses particulares- y de los responsables políticos. Es sólo una muestra del “cortijo” que muchos ven en el área de Urbanismo. Desde siempre. Desde mucho antes de la etapa de Díaz Berbel.

Frente político

A falta de que se levante el secreto de sumario, es una de las tesis que va imponiéndose sobre el recorrido final que tendrá la macrooperación de la UDEF: el chiringuito de Urbanismo estallaría tarde o temprano y los dos bandos Pepe Torres-Sebastián Pérez que se han llegado a clonar en la sede de las Hermanitas de los Pobres no han hecho más que precipitarlo. Hasta qué punto el propio alcalde se ha implicado -favoreciendo, firmando o beneficiándose- está por ver pero pocos lo sitúan en un escenario de mordidas. Irreversible ha sido, sin embargo, el punto y final a su vida política. Una inmerecida, pero provocada, puerta de atrás.

Torres Hurtado ha accedido por fin a la petición de retirada del PP -nunca debió presentarse a un cuarto mandato- y ha logrado despedirse con la pequeña victoria de obligar a dimitir a su número 2, a quien en estos momentos debería ser el candidato del PP a relevarle y mantener la Alcaldía de la capital. Consigue irse llevándose de trofeo la cabeza de su rival político -en este prime asalto- pero deja un profundo daño en su familia, un golpe irreparable a su imagen, a la del partido y a la de Granada y complicadas consecuencias a su propio equipo.

Porque no nos equivoquemos. Sebastián Pérez sigue manejando el partido -más aún con la muerte de Martínez Soriano justo cuando estaba pergeñando una operación para disputarle el poder en el próximo congreso provincial-, sigue definiendo la estrategia-suya ha sido la decisión de situar a Rocío Díaz como alcaldable- y es mucho lo que el partido le debe por el “gesto de generosidad” del pasado lunes que todo el aparato ya ha empezado a rentabilizar. La retirada de Pepe Torres es definitiva; la suya, sólo un paso táctico. ¿Alguien duda que no sea el candidato del PP en las próximas municipales?

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Paco Cuenca o Rocío Díaz

Si hoy está en tablas la Alcaldía es por la operación del lunes de la triple dimisión. Lo que hizo el PP fue abrir la puerta a la continuidad. Ha llevado la tensión a las filas socialistas, ha vuelto a golpear al candidato socialista con la sombra de la corrupción de los ERE y el caso Invercaria y, con la elección de Rocío Díaz, ha logrado lo inimaginable: que todo el PP se venga arriba, que se aparquen los dos bandos y que hasta se minimice el malestar inicial de haber tenido que enterarse por la prensa.

Si en lugar de Rocío Díaz el candidato fuera, por ejemplo, Juan Antonio Fuentes o María Francés, los de Pepe Torres se habrían rebelado. El propio Fernando Egea, a quien todavía hoy nadie le ha dado una explicación de por qué siendo el siguiente en la lista no es el alcaldable, hubiera protagonizado algún episodio nuevo de crisis. Abandonando o votando en contra. Nada de esto sucederá. Ciudadanos vuelve a tener la llave y, al margen de lo que Luis Salvador quiera decir públicamente, tantas posibilidades hay de que siga el PP como de que se constituya un gobierno de cambio.

Es la semana del cortejo y, en dotes de seducción y maniobras a contrarreloj, los del PP son alumnos aventajados frente a un PSOE que sigue despistado enarbolando la ética y la responsabilidad. Que C’s haya llegado a pedir la cabeza del diputado de Deportes para apoyar a Cuenca no es más que el inicio de un relato. Las jugadas e intereses de los partidos para el 26-J cuentan y los de Rivera no pueden presentarse a las elecciones con la mochila de ser muleta de gobierno de la izquierda en demasiadas plazas.

La propia gobernabilidad de la capital está sobre la mesa. ¿De verdad puede manejar la Plaza del Carmen un alcalde con siete concejales? Seis si la edil Ana Muñoz no abandona su acta de diputada; cinco temporalmente cuando Jemi Sánchez dé a luz… Si ahora ya hay bloqueo y paralización -hasta el pago de las nóminas ha estado en el aire porque no había nadie para firmar-, imaginemos los 11 concejales del PP y los 4 de C’s gobernando la capital desde la bancada de la oposición…

Por mucho “chantaje” que sea pedir la cabeza del exalcalde de Iznalloz, las exigencias de Ciudadanos han de tener una respuesta y ¿seguro que en la Torre de la Pólvora están dispuestos a facilitar el sillón a Paco Cuenca a cualquier precio? Es evidente que no es una decisión que se tome (sólo) en Granada, pero ahora es en las filas socialistas donde emergen las teorías conspiratorias.

Cuando el PP parece dejar atrás su semana negra, la tormenta empieza a virar hacia el PSOE. Son muchos los que siguen sin ver a Cuenca de alcalde y hay quienes sitúan a Noél López en la sombra para minar la posición de Pepe Entrena (el puesto por el que luchó y perdió) y cuestionar a la propia Teresa Jiménez pensando en sus opciones para arrebatarle la secretaría en el próximo congreso provincial.

El caso Nazarí sólo ha desatado la tormenta. Imperfecta. Imprevisible.

Sálvese quien pueda

Magdalena Trillo | 17 de abril de 2016 a las 11:30

En el PP ya no hay redes de protección ante la corrupción. La fulminante dimisión del ministro Soria por su implicación en los papeles de Panamá, después de construir una decena de versiones contradictorias sobre su relación con empresas en paraísos fiscales, tiene una lectura local muy simple: Torres Hurtado tendrá que defenderse solo. El PP lo ha dejado caer con un sólido argumentario que deja poco espacio para las teorías conspiratorias, las guerras internas y las luchas de poder: la macrooperación que el cuerpo de élite de la Policía Nacional ha desplegado esta semana en Granada no responde a cuestiones menores.

: Granada : Perfil Pepe Torres

El político que no supo irse a tiempo (por Andrés Cárdenas)

Al margen del recorrido judicial del caso -está por ver si hay toda una trama de corrupción instalada en el Ayuntamiento con la connivencia de altos funcionarios y destacados empresarios de la ciudad y hasta qué punto estaría implicado directamente el regidor-, lo que hemos escrito estos días en los medios de comunicación de toda España es el inesperado epílogo de quien ha sido uno de los alcaldes más valorados y respetados en el PP.

Eso cambió hace un año cuando debió irse y no lo hizo. Cuando en el epílogo del 24-M se desarmó desde Madrid la alianza entre Ciudadanos y PSOE para propiciar un gobierno de cambio en la capital y Génova le concedió a Torres Hurtado una segunda oportunidad. Y cambió mucho más el pasado otoño cuando llegó el horizonte de noviembre que se había pactado para una retirada honrosa y lo volvió a incumplir.

Para entonces Torres Hurtado ya era una pieza incómoda en el PP con conflictos abiertos con Fomento a cuenta de las infraestructuras, con sonoros desplantes de sus anteriores compañeros y con reveladoras fotografías que lo dejaban completamente fuera de los focos.

Para entonces los relatos sobre lo acordado antes del verano empezaban a reescribirse a conveniencia, saltaba el ‘caso Serrallo’ comprometiendo el pacto de gobierno con Ciudadanos por la imputación de la concejal de Urbanismo y, azotada por la incertidumbre y desgobierno en que se han traducido las generales del 20-D en toda España, la capital se sumía en un estado crónico de parálisis.

Esta semana ni sus antiguos valedores han dado la cara por él. No hay ni un solo hilo que lo sujete a un partido del que ha sido expulsado sin más miramientos que el protocolario término de la “suspensión cautelar”. A la presión política se ha unido una presión social que ya lo ha condenado y su permanencia casi se limita a lo que pueda aguantar “un tío de los Montes”. Porque será “mucho” pero no infinito. No cuando el PSOE local ya tiene el respaldo del partido a nivel federal para “experimentar” con Granada con ese tripartito a derecha e izquierda en el que aún confía Pedro Sánchez para ser presidente del Gobierno. Hace un año se deshizo desde Madrid pero ahora el escenario es diferente: hay que desalojar al “PP de la corrupción”. En Granada y en España. Y la capital puede ser la “metáfora” de que es posible.

Torres Hurtado ha pedido un mes de plazo para tomar una decisión. Esperar a que se levante el secreto de sumario de la operación, lo lleven a declarar (está citado el 12 de mayo) y se pueda comprobar si realmente hay “papeles” que justifican la “parafernalia” del miércoles. Con independencia de las 24 horas del fútil ultimátum del PSOE y de la tres semanas que finalmente le han dado los suyos, podría ser cuestión de horas si avanzan las investigaciones policial y judicial y se prueba la versión de la trama de corrupción urbanística. Diferente será, sin embargo, si aprovecha el balón de oxígeno que ha supuesto el enfrentamiento entre la Fiscalía General del Estado y la UDEF por la “intrusiva” detención.

torres y rajoy
En todos los casos, el final será sólo uno: en su curriculum serán 13 los años que habrá gobernado en Granada. Ni uno más. Torres Hurtado, con toda la presunción de inocencia que estemos obligados a respetar, sólo tiene un camino: ceder. No importa si es inocente. El daño al partido ya está hecho y a la ciudad también. La única incógnita ahora es cuándo dará el “paso atrás” que le ha exigido la dirección regional con el visto bueno de Génova y si tendrá al menos un mínimo margen para negociar su sucesión.

El PP asegura que el debate no está abierto oficialmente, pero sí a nivel interno. En la cuenta atrás de una repetición electoral, para el PP es estratégico salvar el feudo de Granada como para el PSOE lo sería arrebatárselo. Volvemos al pantanoso paisaje de mayo de hace un año. Luis Salvador y Paco Cuenca no se entienden. Luis Salvador y Sebastián Pérez, sí. Si hay tripartito, cuatripartito sumando IU a Ciudadanos y Vamos Granada, será porque lo desbloqueen Pedro Sánchez y Albert Rivera. Si el PP salva la Alcaldía de Granada será con los sillones vacíos del alcalde y de Isabel Nieto.

Aquí se abren dos escenarios. Que sea su rival, su número 2, su presidente provincial, quien tome por fin las riendas de la Plaza del Carmen o que Torres Hurtado sea capaz de negociar su marcha dando el bastón de mando a alguien de su equipo. A quien se ha convertido en su sombra y su mano derecha en los últimos meses: a Juan García Montero.

En esta operación ceden los dos bandos. Hay concesión del partido y del propio regidor. Y se desactivaría en parte la otra lectura de la Operación Nazarí: que es una trama política urdida por Sebastián Pérez para quitar a un ‘desleal’ Torres Hurtado del ojo público. ¿Tanto poder tendría? El hecho es que el propio ‘argumentario’ de la Subdelegación del Gobierno que hace un mes se envió a los medios por error dejaba más que claro la opinión del propio PP sobre Torres Hurtado y su núcleo duro.

La cuestión es cómo interpretarlo: si todo forma parte de una maquiavélica estrategia para hundirlo, si conecta con los “dos bandos” que los empresarios denuncian que también vienen funcionando en el área de Urbanismo o si termina sumando a un objetivo buscado pero de la peor manera posible para el PP. Con un escándalo más que sumar a la teoría de la corrupción sistémica y estructural en el partido de Rajoy. Con munición para que se empiece a hablar de la “Gürtel andaluza”.

Todo lo que ha ocurrido esta semana en Granada lleva al exceso. Los hechos y las interpretaciones. Lo evidente y el trasfondo. Al periódico han llegado a llamar supuestas fuentes bien informadas conectando el caso con la mafia rusa y con la financiación del terrorismo islámico. Se habla de habitaciones secretas y vuelven las teorías conspiranoicas… El día que registraron la casa de Pepe Torres, junto a los agentes de la UDEF iba un médico… No era una operación menor. Esta historia no sabemos muy bien cómo ha empezado y mucho menos cómo acabará. Sí hay algo constatable: el impacto. El daño es irreparable. Para el PP y para Granada.

Vivir del cuento

Magdalena Trillo | 10 de abril de 2016 a las 11:05

Decía Albert Einstein que no entiendes algo si no eres capaz de explicárselo a tu abuela. Sin demasiadas esperanzas de conseguirlo, voy a seguir su consejo y hacer un intento con la gran efeméride que ha marcado la actualidad informativa esta semana en Granada: todo un año de aislamiento ferroviario. Desafiando abiertamente el rigor del saber científico, saltándome la exigencia de seriedad del propio periodismo, voy a recurrir al género predilecto de los abuelos: el cuento. Porque todo comenzó hace mucho, mucho tiempo, allí donde todo es posible…

¿Piedra, papel o tijera? Para explicar por qué Granada acaba de celebrar su privilegiada posición tercermundista en el mapa de Renfe, resultaría sugerente recordar el popular juego infantil. La variación es que en la tormentosa relación de Fomento con nuestra provincia no hay exclusión, se acumulan todos los males: es piedra, papel “y” tijera.

Todo empezó en un lugar del que nadie quiere acordarse. Granada tenía que despertar y decidir que quería formar parte de la exitosa red ferroviaria española de la Alta Velocidad. No era ninguna obviedad. Desde Renfe nos prescribían lo maravilloso que era pasar medio día viajando a Madrid en autobús y el propio proyecto tuvo que superar la travesía del desierto con que esta provincia recibe, siempre, cualquier iniciativa que signifique cambio: debate estéril y enfrentamiento político.

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Con suerte, el AVE llegará a Granada justo una década después del firme compromiso de ZP!!

Pero se consiguió: nos apuntamos a la modernidad y hasta pusimos fecha del final feliz. Era 2004 y el entonces secretario de Organización del PSOE se mostraba tajante: “En 2007 volveré a Granada para estar con todos vosotros y vendré en un AVE en debidas condiciones: en el que va a hacer José Luis Rodríguez Zapatero”. El compromiso verbal de José Blanco iba escrito en el programa socialista: el AVE, como aún se puede consultar en las hemerotecas locales, estaría en esa legislatura. Ni lo estuvo ni lo está. Ni con gobierno del PSOE ni con gobierno del PP.

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Inauguración del último tramo de la Autovía del Mediterráneo.

La primera ‘piedra’ en el camino, la compleja orografía de Granada, ya la conocemos por la A-7. Del “tramo de carretera más caro de España” hemos pasado al tramo de ferrocarril más lento de todo el país. Dos puntos han servido para boicotear la infraestructura: el tramo de Loja y la entrada en Granada. La llegada a la capital la resolvimos con una enmienda a la totalidad: adiós al AVE soterrado por La Chana -en la nueva ficción las segundas partes sí son buenas- e inesperada renuncia a la emblemática estación de Rafael Moneo que debía unirse al patrimonio de la ciudad -¿para qué iba a necesitar Granada ensanchar su patrimonio con la insignificante obra de quien acaba de ser galardonado con el Nacional de Arquitectura?-.

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Proyecto para la estación del AVE llevado a cabo por Rafael Moneo… y guardado en un cajón…

En el Poniente seguimos atascados. Después de superar los siete años de crisis que han proporcionado excusas a todos los gobiernos para justificar todo lo (in)justicable en el manejo de las tijera, nos sorprendieron a primeros de año con la críptica versión del “difícil problema administrativo” para admitir el estancamiento de las obras y, de repente, tras más de cien días con Gobierno en funciones en Madrid, la interinidad del Ejecutivo de Rajoy se ha convertido en la excusa oficial del PP.

¿Será una estrategia para mantenernos en vilo? Por más que preguntamos los periodistas, no hay manera de saber qué enigmático papel está torpedeando ahora el proyecto y más misterioso resultará adivinar por qué la solución habría de pasar por que la ministra “en funciones” Ana Pastor tenga que “prevaricar”…

En Cuba Vivir del cuento es el título del programa humorístico más seguido en el país. La verdad de la isla no se cuenta en los telediarios, la relata Pánfilo en grado superlativo. Y supone, cada semana, un momento de catarsis nacional. Me pregunto si el problema en España es que nos falta un Pánfilo que nos cuente, por ejemplo, por qué en 2015 Fomento sólo ejecutó el 57% del presupuesto aprobado para el AVE a Granada y en el eje gallego superó el 120%.

pánfilo

Esta cara (la de Pánfilo) podría ser la de cualquier granadino ante el ‘desafío’ de las infraestructuras… Del enfado hemos pasado a la resignación, a la incredulidad… y al pasotismo!

131-161-199-253

Magdalena Trillo | 3 de abril de 2016 a las 20:40

Ya hemos llegado al momento Aritmética. A falta de explorar innovadoras combinaciones de la calculadora de pactos, uno de los cuatro números con que encabezo este artículo debería abrir la caja fuerte del próximo gobierno. El 131 es la alianza PSOE-Ciudadanos (con el respaldo del olvidado diputado de Coalición Canaria) que el Congreso tumbó el pasado 2 y 4 de marzo con una contundencia que parecía vislumbrar una inevitable cuenta atrás para la repetición de elecciones del 26 de junio.

Hoy, la barrera de los 100 días de no-gobierno en España nos dice justo lo contrario. Han cambiado las formas, está por ver hasta qué punto el fondo y empiezan a soplar nuevos vientos en el clima político electoral: el vaticinio de la derecha cobra fuerza y pocos cuestionan ya que, si la izquierda tiene una mínima opción de gobernar, lo hará.

Como la primera opción se ha recorrido ya sin éxito y la última, la del acuerdo PP-PSOE-C’s (253 diputados), se dio por muerta en los primeros minutos del juego, son los dos escenarios intermedios los que dan pie a la exploración política: el gobierno “a la valenciana” (161 escaños) que ha defendido esta semana Pablo Iglesias con su melodramático paso atrás y su catálogo de renuncias (la ‘artística’ de renunciar a una vicepresidencia que nunca tuvo y la táctica de moderar su programa económico por el “interés de España” y su “responsabilidad de Estado” en lo referente al déficit, el gasto público, la fiscalidad y hasta la reforma laboral) y el gobierno del “mestizaje” que se mantiene en la hoja de ruta de los socialistas (199 escaños) con el insistente intento del superviviente líder del PSOE de negociar a derecha y a izquierda y conseguir un ejecutivo transversal con ministros morados y naranjas.

Estas dos complejas fórmulas para el gobierno “reformista” y “de cambio” que ahora se están tanteando dependen tanto de la acción como de la omisión. La realidad es que tan clave resultan las negociaciones para llegar a acuerdos de gobierno tomando como punto de partida (o no) el pacto de 200 puntos que Pedro Sánchez y Albert Rivera suscribieron hace dos semanas como la presión que los propios partidos, los medios de comunicación y la opinión pública ejerzan sobre las formaciones para que se evite el “fracaso” (y el coste) que supondrían unos nuevos comicios y, como principio progresivamente compartido, la necesidad de desalojar de La Moncloa al PP de Rajoy, al PP de la corrupción.

Pero todos los caminos parecen vislumbrar una misma foto final: Pedro Sánchez al frente de un gobierno en minoría con el apoyo directo y abstención de una de las dos formaciones emergentes (Podemos y C’s) y la incierta participación del resto de partidos que el 20 de diciembre lograron representación parlamentaria. Incluidas las confluencias de la formación morada y contando incluso con los nacionalistas, ya sea el PNV en versión moderada o los catalanes con perfil separatista.

Hasta aquí la crónica del nada recomendable periodismo de declaraciones en que nos hemos sumido los medios estos días y de la política de globos sondas y de ficción con que los políticos están afrontando el sprint final de negociaciones que aún nos separa de ese 2 de mayo en que debería de empezar a contar el reloj electoral.

Y lo cierto es que no sólo Obama está esperando que haya gobierno (ya ni siquiera se especula con que sea estable) para visitar el país… No sólo Bruselas afina las tijeras a la espera de saber el color del Ejecutivo que deberá asumir la herencia recibida (acaba de constatarse un desfase presupuestario de 56.608 millones con un desvío respecto al déficit pactado de 10.400 millones y un horizonte de recortes en 2016 de hasta 23.600 millones si se mantiene la obligación de cumplir el 2,8% del PIB comprometido)… No sólo el Banco de España advierte solemnemente a todo el arco parlamentario del riesgo que el vacío político supone para la recuperación económica.

Mientras en Francia salen a la calle decenas de miles de personas contra la dura reforma laboral que su gobierno de ‘izquierdas’ quiere copiar al de Rajoy, en España hemos normalizado la precariedad. Y la pobreza. No nos preocupa que 120 banqueros estén cobrando más de un 1 millón de euros al año porque estamos distraídos soñando con ser mileuristas desde la barrera del estandarizado salario de los 500 euros.

Hemos asumido la resignación como principio de subsistencia. La advertencia la realizaba el Defensor del Pueblo Andaluz al presentar su informe de 2015 pero no es difícil constatarla en cualquiera de nuestras ciudades: la crisis no nos abandonado. No para los de siempre. No para los colectivos más desfavorables. No para las decadentes clases medias.

Los que necesitamos un gobierno resolutivo, estable y fuerte que negocie con Bruselas la flexibilización del déficit (¿de verdad la pelea es de quién es la culpa y no a dónde nos lleva el austericidio?) somos los ciudadanos. Los que deberíamos chantajear a nuestros políticos con un decálogo inamovible de líneas rojas somos nosotros. Lamentablemente, hace tiempo que normalizamos la corrupción. ¿También vamos a permitirnos ahora normalizar la crisis y el desmantelamiento del Estado del Bienestar?

131-161-199-253… Seguro que no hay una combinación mágica, pero por alguna habría que empezar. Más que nada si somos realistas y afrontamos que el problema de la alternativa, volver a votar, no es tanto la jornada electoral como tener que soportar una segunda campaña -¿se imaginan el exasperante dejavù si no renuevan ni los actores?- y una consecuente travesía del desierto con la calculadora de pactos volviendo a echar humo. La razón es de peso: ¿usted estaría dispuesto a cambiar su voto? Yo tampoco…

Semana Santa 3.0

Magdalena Trillo | 27 de marzo de 2016 a las 11:07

Ha vuelto alguna vez a casa porque olvidó el móvil y se dio cuenta de que era incapaz de afrontar el día sin conexión? Tiene nomophobia. Es el miedo incontrolable a salir de casa sin el teléfono móvil y los síntomas pueden escalar de la ansiedad inicial a la enfermiza adicción. Con la misma velocidad que se expande la tecnología se desarrollan nuevos trastornos y patologías. Y no crea que son todas psicológicas. La sobreexposición a los gad-gets de bolsillo para leer y escribir mensajes, ver vídeos, jugar o chatear puede que nos devuelva a las cavernas. En los círculos médicos hay ya una verdadera preocupación por el llamado text neck.

El diario británico The Telegraph publicaba hace poco un reportaje sobre lo que se ha considerado el “trastorno muscular de moda en la era de la información“. Es la “postura de la cabeza hacia adelante” y lo sufren los usuarios compulsivos de móviles, los lectores de ebooks y los usuarios de tabletas y consolas portátiles. Una auténtica epidemia en Estados Unidos y en buena parte de Europa. La diagnosis es fácilmente identificable: rigidez de cuello, dolor de hombros y cefaleas. Demasiadas horas con la cabeza pegada a la pantalla. El cuello se inclina tanto que cada vez cuesta más volver a colocarlo en su sitio… hasta que pierde su curvatura natural.

Para el text neck, para la nomophobia, para las insospechadas patologías que nos quedarán por descubrir, habría una salida: la desconexión. Pero conlleva un alto precio: el aislamiento. El #unplugging empieza a abrirse tímidamente camino pero sólo entre el grupo de privilegiados que pueden permitirse el lujo de no sufrir ni tecnofobia ni tecnoeuforia. De vivir la vida al natural. Sin adjetivos. Sin puntos y sin números. Conscientes, en parte, de que “la tecnología es como un martillo buscando clavos”; conscientes, en otra parte, de que no supone ninguna salvación.

Ni para nosotros ni para nuestras ciudades. Más de la mitad de la población mundial vive ya en núcleos urbanos. Ciudades del futuro calculadamente deshumanizadas, desdibujadas bajo boinas de contaminación y sometidas a dos de los grandes males del nuevo milenio: los atascos y el ruido. Hace dos siglos había que alojar a mil millones de personas y ahora a 7.000 millones. Las razones de la deriva expansiva son evidentes pero no está tan claro que las grandes concentraciones urbanas, ineficientes, derrochadoras e insostenibles, sean el camino si es a costa de la ciudad local, de la diversidad cultural y de nuestra propia identidad.

Ni siquiera si es en aras del supuesto bienestar de la modernidad. Porque del ‘do it yoursef’ hemos saltado a la moda de las smart factories, militamos en el Internet de las Cosas y ya estamos compitiendo a nivel global en la ‘champion’ de las Smart Cities sin saber muy bien si hablamos de negocio o de convivencia. De solucionar problemas o de crearlos. Sin saber si las ciudades inteligentes son verdaderamente más eficientes y sostenibles y, sobre todo, más amables.

Pocos momentos del año como la Semana Santa representan estos dilemas de contrastes con tanta nitidez. Legiones de móviles de última generación intentando poner sentimiento y humanidad a los paisajes de pueblos y ciudades transmutados por momentos en parques temáticos. Creencias y recogimiento para unos; exhibicionismo y folclore para otros. En el trasfondo, el peso de la tradición, la fuerza de la identidad cultural y el respeto a lo sentido como propio como valores compartidos. Y una evidencia incontestable: no vendrían turistas a los pueblos y ciudades andaluces si se diluyera la experiencia de lo auténtico. De lo que aportan las personas; no los artilugios, los avances ni la técnica.

De momento… En mi pueblo, la cofradía emblemática del Jueves Santo este año ha procesionado sin hermano mayor. Para que pudiera salir el pesado paso de la Virgen han tenido que pagar a varios costaleros. En el recorrido, los carteles de “se vende” se colaban entre los destellos artificiales de las velas led de los nazarenos.

No sé si enmarcarlo todo en la recurrente excusa del cambio generacional, si acudir a la vieja disyuntiva campo-ciudad, si es una consecuencia del efecto que el envejecimiento de la población está causando ya en las zonas rurales o confiar en que quede todo en el capítulo de la casualidad. De las modas. De la excepcionalidad.

Esta última opción sería la más deseable pero también la más arriesgada. Por cuanto tiene de inconsciencia y de fracaso. Por cuanto supondría asumir que somos nomófobos, que sufrimos text neck… y que no nos importa. Por cuanto supondría aceptar que a una Semana Santa, que a las emociones, que a lo auténtico, se le puede colocar un 3.0.

El feliz epílogo del botellón

Magdalena Trillo | 20 de marzo de 2016 a las 9:59

No importa si decide disfrutar la Semana Santa desde dentro o desde fuera. De procesiones o de bares. La receta es similar: desayune bien cuando se levante, no se le ocurra llevar unos zapatos que le molesten -se pondrá de mal genio-, camine recto con la mirada alta, pida lo que le apetezca y diga lo que piense, no deje para mañana lo que pueda hacer hoy, compense los excesos con algo de ejercicio -hasta los investigadores de la UGR han demostrado con ratones que es mucho más efectivo que hacer dieta-, asegúrese de tener bien ubicados en casa fotos, frases y recuerdos de las personas que le importan y preocúpese de vez en cuando de escribir sobre un papel todo aquello que le haga sentir bien.

Es la (enésima) fórmula de la felicidad. Pensará que lo mismo podría dar estos consejos un psiquiatra que un chamán. Efectivamente. Que poco tienen de originalidad y que lo mismo servirían para un pobre que para un rico, para un español que para un griego, para un albañil que para un oficinista. Otra vez sí. Lo curioso es que forman parte de un decálogo de quien ya es conocido en medio mundo como el “profesor de la felicidad”. Y lo realmente llamativo es que no sólo se ha convertido en el docente con más alumnos de Estados Unidos sino que ha logrado desbancar la exitosa -aburrida y previsible- Introducción a la Economía con su Ciencia de la felicidad.

Tal Ben-Shahar. Emigrante israelí. 45 años. 1.400 alumnos por semestre. Dos best-seller traducidos ya a 25 idiomas. Psicólogo y filósofo. El gurú de la felicidad del siglo XXI. Con su “psicología positiva”, el término académicamente correcto con que diserta en sus clases, Ben-Shahar demuestra a sus estudiantes que se puede ser “feliz en lo global”. Aunque experimentemos dolor, tristeza, desengaño o abatimiento de forma puntual. Aunque alguna vez tengamos que recurrir a un antidepresivo.

La felicidad, dice, es una suma de pequeñas cosas. De vivencias. Porque una persona es realmente feliz cuando “disfruta las emociones positivas” al mismo tiempo que considera que su vida “está llena de significado”. En realidad, es una reflexión tan subjetiva, abierta y relativa que hasta permitiría dar sentido al conocido pragmatismo sarcástico de Groucho Marx. Aquel de “la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”…

Que cada cual decida si son tiempos para la trascendencia o para el derrotismo y la incredulidad. De Ben-Shahar podríamos quedarnos con el impagable consejo de los zapatos y con una lección colateral: todo depende más de nosotros mismos de lo que pensamos. Con o sin fortuna, con o sin mansión.

Llevo la reflexión al pantanoso paisaje de la actualidad. Estoy segura de que los vecinos de Arabial fueron tremendamente felices el viernes por la noche por algo casi trivial: la no-Fiesta de la Primavera. Pudieron pasear y dormir. Ayer se levantaron sin tener que esquivar vomitonas, basura ni meadas. 70 agentes para blindar el botellódromo e impedir el desmadre de alcohol con que miles de jóvenes han venido celebrando el cambio de estación en la última década. Sólo ha sido un ensayo, el invento de la Holi Run es una salida exótica más que excepcional pero ha funcionado. Era tan fácil (difícil) como decidir que se acabó.

La verdadera prueba llegará cuando los 60.000 universitarios que ya a mediados de semana habían desaparecido de las aulas anticipando el parón de Semana Santa -la oportunidad-casualidad también entran en juego- vuelvan a la capital y el buen tiempo les atraiga a las calles como un imán. ¿Para hacer botellón? No deja de recordarme estos días la redactora que le ha tocado cubrir el epílogo de la Granada del botellón que hay demasiado dramatismo. Que ella vivió el desmantelamiento en Málaga y que fue sólo eso: un punto y final.

Yo dudo. Pesan los cinco siglos de la Universidad y pesa la tradición. Tanto como la malofollá. Cuando argumento que “Granada es especial” siempre hay alguien que me contesta que en todas las ciudades dicen lo mismo. Discrepo. Las novatadas, por ejemplo, se han prohibido en toda España y en Granada ahí seguimos.

El concejal Luis Salvador, muy en su línea de discreción y falta de protagonismo, dejó perplejos esta semana a los periodistas cuando compareció en rueda de prensa para defender que, si hay algo que se mueve en esta ciudad, es gracias a Ciudadanos. Y al acuerdo de 50 puntos que firmaron antes del verano con el PP para “facilitar la gobernabilidad de la capital”. Incluido, por supuesto, el fin del botellón. Desde luego, no contribuye a matizarlo que el alcalde haya decidido cumplir a rajatabla el papel de “abuelo conciliador” que anunció en su investidura y se pase las semanas confesando que ni sabe ni quiere saber. Ni hace ni quiere hacer.

Ni siquiera firmar la carta de dimisión que su concejal Isabel Nieto le lleva presentando desde diciembre para terminar de una vez con las acusaciones, amenazas y presiones derivadas del ‘caso Serrallo’. Esa historia va más allá de la exigencia de C’s para mantener en stand by la amenaza de moción de censura -¿alguien ve a Luis Salvador y a Paco Cuenca capaces de decidir juntos algo más que tomar un café?- y es mucho más delicada que la del botellón. Empezando porque en el trasfondo subyace el latente duelo Pepe Torres-Sebastián Pérez y hay destacados empresarios de esta ciudad que -en teoría, soterradamente; en la práctica, con sonora exposición- han decidido sumarse a la batalla.

Radiografíen la escena pensando en las enseñanzas de Tal Ben-Shahar. Luis Salvador nunca se ha puesto unos zapatos incómodos -está feliz hasta de conocerse-, el alcalde ha decidido que es hora de ir descalzo, a Sebastián Pérez le aprietan desde que lo desalojaron de la Diputación y a Isabel Nieto le hacen un daño horroroso pero no se los dejan quitar.

Pero no dramaticemos… (Siempre) hay salida. Los de Podemos no tienen la patente del “sonreíd, sí se puede” y nos espera toda una Semana de Pasión para enderezar el camino. Les ayudo sustituyendo la recurrente imagen del botellódromo con que iba a ilustrar el artículo con una relajante imagen junto al mar. Súmele una tostada con buen aceite y elija unos zapatos cómodos.

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

¿Inteligencia colectiva? Un circo colectivo

Magdalena Trillo | 6 de marzo de 2016 a las 10:40

La casa multicolor de la nueva democracia se empezó a construir hace casi un año en los ayuntamientos, luego llegaría a las diputaciones y a las autonomías y esta semana hemos podido ver un preludio fallido del “mestizaje ideológico” en la instancia más noble del poder popular: un Congreso de los Diputados diverso y multicultural que (ahora sí) se parece mucho más a todos nosotros.

Hacen bromas, se toman el pelo y se lanzan puyas como en cualquier barra de bar. Comen chicles, se dan efectistas besos impetuosos y se pavonean en mangas de camisa. Se mueven entre la arrogancia, la vehemencia y el populismo –de izquierda y de derecha–; entre la soberbia, el cinismo y la falsa modestia. Unos, saltones de salón de té; otros, irreverentes de polígono. Unos dieciochescos y otros casual. Lo amarillo, al más puro estilo Benetton, ha entrado de lleno en la política. El amarillismo, de los modistas del vintage al desenfado de Desigual, también.

Lo cierto es que las fotos quedan mucho mejor en los periódicos. No son tan casposas, oscuras y aburridas como en legislaturas anteriores. Ahora tienen más dinamismo. Más vida. Cualquier jefe de Diseño estaría de acuerdo conmigo en cómo la nueva democracia nos está ayudando a los medios a innovar. A acercarnos a esa regeneración que, también a nosotros, nos piden nuestros viejos lectores supervivientes.

Hasta Vargas Llosa irrumpía hace unos días en el inacabable proceso de no-investidura declarando su impotencia ante los nuevos yellow kids. Ante una especie de ‘efecto Hola’. El Nobel de Literatura aprovechaba el lanzamiento en Madrid de su nueva novela para arremeter contra la “prensa amarilla” y para confesar, ante decenas de flashes y focos como si fuera uno más de los Rolling Stone, que no se ha “cambiado de acera”, que no le gusta que le persigan cuando pasea y que estará encantado se seguir la “receta” de cualquiera que sea capaz de explicarle cómo volver atrás –al antes del glamour con Preysler– y recuperar su intimidad.

Me voy a atrever a contradecir al escritor peruano cuando habla del “periodismo” del papel couché porque no todo lo que circula en los medios es periodismo y porque no todos los que se dicen periodistas son periodistas. Pero sí coincido en el tono de resignación con que se expresa. No hay recetas. Las grandes industrias del entretenimiento han cogido las riendas de los medios a nivel mundial del mismo modo que los conglomerados tecnológicos y los omnipotentes buscadores se están apropiando de la información en la Red. Es una falacia de pluralismo y de participación ciudadana que nos envuelven en atractivos contenidos de trivialidad y banalidades y que, al final, todos consumimos. Por verdadero interés o por divertimento. Por curiosidad, por apatía e incluso como burbuja de desintoxicación frente a la des-información.

Leeré Cinco esquinas intentando recordar al autor de La civilización del espectáculo, procuraré entretenerme leyendo lo que espero sea buena literatura, pero no lo haré ni desde la victimización ni desde el derrotismo. Detrás de los trending topic hay usuarios. Detrás de los contenidos más consultados de los periódicos online hay personas. Todos somos protagonistas. Y co-responsables.

Recorté hace unas semanas un artículo de Anita Williams Woolley –sí, sigo practicando a diario la decadente y denostada manía de leer prensa de papel– con una investigación de campo que me ha roto todos los esquemas: siempre había creído que las masas nos embrutecen, que la fraternidad de los grupos despierta nuestros instintos más primitivos y que el anonimato de lo virtual nos proporciona una sensación inquebrantable de impunidad.

Con casi 700 participantes, un grupo de la Carnegie Mellon University, uno de los centros estadounidenses más punteros en robótica y ciencias de la computación, ha constatado que existe una “sabiduría en grupo” que supera las limitaciones personales, una inteligencia colectiva que se podría impulsar gracias a las nuevas tecnologías y las sinergias de trabajo que permite internet. Que la red “refuerza la función crítica de la comunicación”, que un colectivo es capaz de resolver problemas y desarrollar “un conocimiento sin fronteras”.

Repase las imágenes del Congreso de esta semana, recuerde la última sesión plenaria de su ayuntamiento… Más que inteligencia colectiva hay un circo colectivo. Parecía buena idea dar color a las instituciones. ¡Pero nunca en amarillo!

28-F: sin complejos

Magdalena Trillo | 28 de febrero de 2016 a las 11:07

Soy andaluza. No me acompleja pero tampoco siento que me aporte demasiado cuando salgo al extranjero y termino dando una lección en inglés de historia y geografía para explicar dónde está el sol, las playas, la nieve y la gente de la que tanto presumo. Es más operativo hablar de Granada. Y de la Alhambra. Y de las tapas. Y de la Sierra. Luego sitúas un discreto “in the South of Spain” y, con suerte, si no hay ningún impertinente que quiera demostrar sus conocimientos soliviantando con el lío de “Catalonia”, la conversación se desliza tan polite e intrascendente como cualquier anodino intercambio de flujos en un ascensor.

Hace años que mi forma de hacer turismo tiene que ver con los vaticinios de Fernando Gallardo, el inventor de la marca “hoteles con encanto”, para las “nuevas generaciones”: intercambias tu casa y te ahorras la factura del hotel. Eso es sólo el primer compás. Luego llega la experiencia. La inmersión. La impagable oportunidad de cotillear en la forma en que vive una familia al otro lado del mundo. La incomparable sensación de vivir durante unos días una vida prestada.

Decía Gallardo en una entrevista que publicamos este viernes que la “oferta de viviendas privadas para alojamiento cambiará el modelo hotelero”. Lo ha hecho ya. No hay dinero de por medio; hay generosidad. No hay nada ilegal; hay una responsabilidad compartida inexplicablemente inédita en cuanto media una tarjeta llena de ceros. Sorteas la frialdad de un hotel, aunque tal vez te veas en la ‘obligación’ de tomar unos vinos y dar unos paseos por una ciudad desconocida con una gente desconocida.

Aquí interviene mucho la suerte y, por supuesto, tu perfil. Como cuando se recurre a una página de contactos en internet, lo de ‘intimar’ te puede aterrar o te puede entusiasmar… Intuyo que lo de ser periodista me sitúa directamente en el segundo grupo y viene a explicar por qué nunca he vuelto intacta de un viaje. Es una canción y es un sabor. Puede ser un descubrimiento o una decepción. Unas expectativas hundidas o un recuerdo indeleble. Ya no haces fotos para demostrar nada a los demás; ya no tuiteas para exhibir nada ante nadie. Lo vives. Se moldea y se redefine tu propia identidad.

Hasta que empecé a rebasar fronteras, las físicas y las imaginarias, el 28-F tenía un melancólico sabor a rosquilla crujiente de pan candeal y chocolate de almendras. Poco más. En el colegio no me hicieron nacionalista y hasta ahora, hasta que hemos llegado a esta “segunda transición” más impuesta que buscada, hasta que los partidos (los viejos y los nuevos) han decidido dedicar el Día de Andalucía a sisar jirones a la bandera, había sentido que fue lo correcto. Hoy no lo sé. No es ilusión lo que irradia el 28-F; es indiferencia. Cinco partidos sentados en el Parlamento andaluz y un sentimiento compartido de pugna por el agravio. No compiten por el más sino por el menos.

Es Andalucía la que vive acomplejada: alzamos la voz para dar pena, para lamentarnos, para recordarle al resto de los españoles que somos un pueblo subvencionado y dependiente. Los catalanes piden más porque se sienten más; exigen lo que se “merecen” porque se ven superiores. Los andaluces pedimos más -con sordina- porque nos sentimos inferiores. Somos una “nacionalidad histórica” porque así lo recoge nuestro estatuto; ni nos lo creemos ni nos atrevemos a tener ambición.

Hemos terminando reconstruyendo la valentía del referéndum de 1980 de forma timorata. Desde la insignificancia. Defendemos el principio de la “igualdad”, no ser “ni más ni menos”, como si fuera una osadía. Nos da miedo que se rompa el “café para todos” pero ni nos planteamos ser los andaluces los que aspiremos a quebrar este interesado techo de cristal.

No sé por qué… O tal vez sí… Tal vez tenga que ver con que no sepa qué significa, ni qué debería significar, ser andalucista. Que nunca nos hayamos preocupado de enseñarlo en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestros colegios puede que ayude a explicar por qué no hay un gran periódico andaluz, un gran banco andaluz, un gran equipo de fútbol andaluz… Por qué me basta con ser andaluza… Confieso que a mí no me hace más una bandera ni un himno, ni unos colores. Pero tampoco menos. ¿Apatía? ¿Orgullo? Prefiero la esencia de las palabras. Sin excesos. Sin aditivos. Sin complejos.

Títeres sin cachiporra y gatos sin cascabel

Magdalena Trillo | 21 de febrero de 2016 a las 11:05

Podría ser el título de una fábula, las primeras líneas de un relato y hasta un acertijo; encabeza un artículo de prensa por exigencias del guion: de la actualidad. La explicación está en el conocido cuento de los peces de Cortázar. Se titula Axolotl y empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.

dibujo

Aunque no lo parezca, los títeres sin cachiporra y los gatos sin cascabel tienen mucho que ver con los peces. Y con las peceras. Y con los callejones sin salida con que esta semana hemos llenado de tinta los periódicos. La explicación la tiene el escritor argentino por las punzadas de realismo mágico que nos asesta en cada uno de los cuentos que integran Final de juego. Porque lo que les propongo, en realidad, es un simple juego: que peguen sus ojos al vidrio del acuario y se atrevan a descubrir que hay una vida diferente, que se puede aprender a mirar de otra manera.

Pero para eso tienen que sentirse un axolotl. Tienen que imaginar a esos bichillos rosados como lo hace Cortázar: conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada, gritando: “Sálvanos, sálvanos”. Entonces podrán sentir la extrañeza de seguir pensando como antes sabiendo que son ustedes los que están al otro lado del acuario; sentir el “horror del enterrado vivo que despierta a su destino”.

La inquietud -y hasta el frío- que me invadió la primera vez que leí el conocido cuento de los peces me persigue intermitentemente desde entonces. Me gusta pensar en los atxolotl cuando estoy confundida -escondida y protegida en mi “angosta y mezquina” pecera- para darme cuenta de que en los laberintos no hay atajos; para recordarme que los finales se pueden distraer pero no hurtar…

Los peces me llevan entonces a los gatos y hay un único mensaje posible -alguien tiene que hacer de ratón y poner el cascabel- y una consecuencia insoslayable: por muy contradictorio que resulte en los tiempos actuales de veleidades, des-compromiso y banalidad, tendríamos que hacer un esfuerzo por reivindicar la valentía más allá de la épica medieval. Como en las viejas y moralizantes fábulas del Libro de los Gatos de Odo de Cheriton. Como en los títeres de cachiporra de Lorca, Falla y Lanz.

Desde la pecera -sin peces- en que está a punto de convertirse el Centro Lorca, podríamos atrevernos a hablar de “chantaje” en lugar de “negociación” para referirnos a la travesía del desierto que están cruzando las administraciones del Consorcio Lorca para cumplir el compromiso que la familia del poeta firmó hace más de una década cuando se afrontó la construcción del imponente edificio de La Romanilla: traer a la ciudad el legado lorquiano.

El problema, digámoslo abiertamente, son los tribunales, los millones sin justificar, la sombra del fraude en la gestión y las acusaciones de malversación de fondos públicos. El legado estaba (casi) embalado para emprender el regreso cuando saltó el escándalo y allí seguirá mientras sea un salvoconducto. Lo del “talante” y el “diálogo” queda muy bien delante de los periodistas pero resuelve poco si las instituciones se convierten en rehenes del proceso judicial y el Centro Lorca en un cortijo.

centro lorca

Laura García-Lorca tendrá en el Centro Lorca una posición de primer nivel -con capacidad de decisión y bien remunerada- pero ahora el escollo es qué hacer con el ‘agujero’… ¿Borrón y cuenta nueva? Inaudito. Mientras, la Granada cultural mira de reojo calculando el nuevo precio que costará recuperar el legado y el impacto que tendrá en el resto de instituciones y actividades de la ciudad con unos presupuestos que son ya irrisorios. Y mientras, el millonario Centro Lorca que debía convertirse en uno de los grandes emblemas de la Andalucía cultural se desfigura sin poder llevar a cabo el ambicioso proyecto comprometido.

A veces, sólo las moralejas, los refranes y los lugares comunes -todo de lo que debería huir el buen arte, la buena literatura, el buen periodismo, la buena política- nos salvan del absurdo. Lo digo por la crisis del Centro Lorca, pero podríamos extenderlo a la crisis del AVE -¿tendrá valentía el PSOE si acaba gobernando en Madrid de paralizar de verdad el AVE hasta que se apruebe el proyecto de soterramiento?- y, tal vez con demasiados intangibles, a la surrealista crisis de los titiriteros por cuanto tiene de torpezas, de intransigencia y de desproporción.

Empezamos judicializando la política y la economía -consecuencia inevitable de la escalada de la picaresca al clientelismo y la corrupción- y ahora le toca el turno a la convivencia situando los tribunales en una inquisición despreocupadamente compartida y consentida y transmutándonos todos en fiscales improvisados. Lo grave es que terminaremos denunciando al vecino del sexto por regar las plantas a deshoras -y hasta las fiestas de fin de curso de los colegios- con la misma vehemencia que exigimos justicia para el emperador de la sonrisa de Vitaldent.

Si el remedio son los títeres sin cachiporra, si el remedio es no provocar, no molestar y no ponerle el cascabel al gato, enfilaremos sin solución al abismo. El eje del debate público no puede ser una continua batalla de libertades y de derechos fundamentales. Entramos en un terreno resbaladizo, íntimo y subjetivo que tiene más que ver con la forma en que cada uno decide vivir, creer y pensar que con la dictadura de lo socialmente correcto que inconscientemente nos estamos imponiendo.

No es casualidad que la Oficina de la Transparencia de la capital, la primera como tal que se ha abierto en el país, esté sirviendo a políticos y funcionarios de lavadero de trapos sucios y de instrumento para el cotilleo. Basta encender la televisión y tropezar con cualquiera de las versiones del programa estrella ‘en tu casa o en la mía’ para entender por qué; para darle la razón a los sociólogos cuando dicen que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Y, por supuesto, a la inversa.

Termino el juego: mire la caja tonta e imagine que es una pecera. Tiene que hacerlo como Cortázar: turbado, fascinado, con profunda obsesión. Sin darse cuenta, sentirá su nariz chocar contra el vidrio y verá que hay alguien sentado en su sofá…