El “hervidero feminazi” de Granada

Magdalena Trillo | 7 de enero de 2018 a las 11:27

Manuel Lebrón fue condenado en 2016 a dos años y diez meses por maltratar y someter a “continuas” vejaciones a su esposa en presencia de sus hijos. Hasta esta semana no ha entrado en prisión. Pisa la cárcel después de echarle un pulso a la Justicia; después de secuestrar a los menores y parapetarse detrás de ellos cuando la Policía Nacional lo detuvo en la casa de su actual pareja; después de acuchillar a tres de los agentes durante el arresto.

En este año de impasse ha tenido tiempo de engordar su expediente delictivo -ha sido detenido en dos ocasiones tras enfrentarse a sus compañeros de la Nacional y provocar altercados con sus vecinos de Alcalá de Guadaíra-, ha terminado expulsado del Cuerpo y hasta se le ha prohibido entrar al pueblo. En redes sociales, ha publicado informaciones falsas sobre el paradero de los pequeños y ha llegado a mostrar la foto de dos cadáveres en Mairena junto a la llamada de SOS Desaparecidos alertando del secuestro. Mientras, ha ejercido de padre… Al menos ha mantenido la tutela de los menores.

Sonia Barea ha podido seguir su vida huyendo. Trasladó su residencia a un piso de acogida de Granada -un “hervidero de feminazis libertinas” en palabras del expolicía- y no ha dejado de insistir en la necesidad de revocar la custodia compartida. Se produce ahora. La juez le ha enviado a prisión por un delito de atentado a la autoridad y, en un segundo auto, le prohíbe comunicarse y acercarse a sus hijos a menos de 300 metros al tiempo que suspende la patria potestad.

Manuel Lebrón se ha ido retratando en Facebook con mucha más sinceridad que lo hace ahora ante la magistrada: “No reconozco las tartufas leyes de la ideología de género, ni tampoco sus ridículos tribunales, más parecidos a los circos romanos deseosos de sangre humana”. Lo paradójico es que son precisamente las leyes contra el machismo las que -hasta ahora- lo habían protegido como padre preservando sus derechos en la custodia compartida.

Confesaba la madre que llegó a temer por la vida de sus hijos. No es ninguna casualidad que el Gobierno haya decidido priorizar las medidas de protección y asistencia a los menores en el Pacto de Estado que empieza a aplicarse este año. Siguen siendo las víctimas más invisibles y silenciosas de la violencia de género. El registro sobre los niños huérfanos por asesinatos machistas, de quienes tienen que vivir con la doble tragedia de perder a su madre y ver a su padre en prisión, apunta a medio millar en algo más de una década. Sólo hay datos desde 2013.

Veintitrés menores también han sido víctimas mortales en este tiempo. Uno de los casos que más convulsión causó en la sociedad española ocurrió en el verano de 2015 en un pueblo de Pontevedra cuando un padre mató a sus dos hijas de 4 y 9 años con una sierra radial. Una venganza contra su exmujer.

El caso de los niños desaparecidos en Granada, con un padre condenado por maltrato que mantiene la patria potestad, no es aislado. La justicia sigue otorgando regímenes de visitas, más o menos amplios, a condenados por violencia machista incluso en casos de inminente entrada en la cárcel. Una de las primeras medidas que pondrá en marcha del Pacto de Estado es la suspensión “con carácter imperativo” del régimen de visitas “en todos los casos en los que el menor hubiera presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia”.

Hablamos de la teoría; la práctica pasa de nuevo por la interpretación judicial y por un debate mucho más profundo: ¿puede ser buen padre un maltratador? No hay respuestas tajantes. Necesitamos poner el foco en los menores, fijar un protocolo garantista y atender la singularidad de cada caso anteponiendo la seguridad y la protección de los hijos a los derechos del progenitor. Con nombres y apellidos.

Aunque no se debe legislar con el ardor de la indignación sobre la mesa, son los casos concretos los que despiertan las conciencias, los que crean los movimientos que al final nos hacen avanzar como sociedad y los que hacen saltar las alarmas sobre las grietas del sistema. De eso sabe bien el movimiento feminista. Ese que tanto inquieta a tipos como Lebrón.

Gruñones

Magdalena Trillo | 2 de enero de 2018 a las 10:00

La culpa, otra vez, la tiene Youtube. La muñeca más buscada de estas Navidades es LOL Surprise. No mide más de 5 centímetros. Cabeza enorme y ojazos al estilo Keane. El pelo, de color chillón. Se coleccionan. Cuestan entre 16 y 100 euros. Están escondidas en una bola asalmonada con purpurina. Después de bajar siete niveles de enigmáticas esferas, ahí está ella. El premio final tras superar mensajes secretos, pelucas, zapatos, accesorios y una botella de agua con poderes mágicos.

LOL Surprise

El producto estrella de MGA Entertainment es la antítesis de la palabra estrella del año: aporofobia. Siguiendo la estela de escrache, refugiado y populismo, el término acuñado por la filósofa Adela Cortina ha sido el elegido por la Fundación del Español Urgente para representarnos en 2017.

Todos constituyen, en realidad, una continuidad de un mismo sentimiento de rechazo al otro que se va adaptando a cada contexto como un camaleón. Porque no nos repelen los famosos ni los ricos; porque, cuando hablamos de xenofobia y de racismo, lo hacemos pensando en los de abajo. En los pobres.

Los dos extremos patológicos, el de la fiebre consumista y el de la aversión a quien nada tiene, no hacen sino abrazar un trastorno en auge: la fobia a la Navidad. Todos conoceremos los síntomas: ansiedad, melancolía, desórdenes alimentarios, compras compulsivas…

La consultora Coaching Club le ha puesto cifra: dos de cada cinco españoles “se dormirían el 24 de diciembre y no despertarían hasta el 2 de enero”. Lo nuevo es el nombre: necesitamos las palabras para visibilizar los fenómenos. Para comprender su alcance. De la hiperactividad a la apatía. De los atracones a la culpabilidad.

Tuvo sentido en su día: aprovechar el solsticio para engordar un poco y afrontar los negros meses de invierno. Hoy suena a frivolidad. Nos gusta quejarnos y embutirnos en el popular personaje de pitufo gruñón. Pero el trastorno es otro: es egoísmo y es ingratitud. Lavamos nuestras conciencias con impostada solidaridad para luego deleitarnos en nuestro sufrido estado de exceso insoportable.

No es ninguna casualidad que el libro de un sacerdote se haya convertido este año en uno de los fenómenos editoriales más inesperados: Biografía del silencio. Lo firma Pablo d’Ors, nieto del conocido pensador, y nos propone un recorrido de meditación interior en una dirección completamente contraria a los tiempos de exhibicionismo e hiperconexión de hoy. Se me ocurre transformar los gruñones navideños en gruñones en silencio; un alivio colectivo para dar la bienvenida al nuevo año.

La serpiente navideña de Lecrín

Magdalena Trillo | 31 de diciembre de 2017 a las 10:20

Admitimos buenismopostureo, aporofobia, mariposear posverdad. Modificamos el significado de términos como machismo para subrayar la connotación discriminatoria y mantenemos conceptos como sexo débil porque “no se puede hacer un diccionario políticamente correcto” si no queremos cargarnos el idioma.

Siempre he pensado que son los académicos de la Lengua quienes mejor diseccionan lo que ocurre en la trastienda social. Las 3.345 novedades que la RAE ha introducido en el diccionario terminan conformando un poliédrico retrato que compensa su parcialidad con la carga sugestiva con que ilustra tanto las modas y tendencias del año como los miedos, fobias y preocupaciones que nos han ido meciendo en estos doce convulsos meses que ahora despedimos.

Al final es el lenguaje, las palabras, lo que nos dan la medida de las cosas. La polémica de esta semana en Lecrín es un producto de nuestra sociedad hipócrita y de sobreactuación que justamente se explica porque ya encontramos en el diccionario palabras como buenismo y postureo. No debería extrañarnos que los vecinos estén molestos con la utilización política y el revuelo mediático que han despertado sus fiestas.

La inocentada se ha convertido en una serpiente navideña. Demasiadas noticias blandas, demasiada sequía informativa, para no aprovechar las explosivas declaraciones del confiado alcalde… Porque, por mucho que se hayan sacado de contexto, dijo lo que dijo: que se podría pujar por bailar con mujeres. ¿Fue un ejemplo desafortunado? ¿Un malentendido?

Bien. Aclaremos que formaba parte de una subasta solidaria -la idea en esta ocasión era recaudar fondos con los que rehabilitar la iglesia de la pedanía de Chite- en la que se rifaría “cualquier cosa”: hombres y mujeres; por cortarse la trenza o por quitarse la barba; por una cesta con bebidas, jamón, chorizos y productos de la tierra… Pero seamos consecuentes y no falseemos la realidad: se iba resucitar esa antigua fiesta en la que los hombres “perseguían a las mozuelas para llevarlas a bailar previo pago a los alguaciles y al alcalde…” ¿Esta es la tragedia?

Cuando hace unos años Eva Longoria y Antonio Banderas apadrinaron una de las galas benéficas del Starlite de Marbella y se subastaron en público por un baile todo el mundo lo aplaudió; era divertido y hasta ejemplar. Lecrín lo ha tenido todo en contra: la inexperiencia de un alcalde de pueblo sin glamour, la noticia coincidía con una de las semanas más trágicas de agresiones y asesinatos machistas y, a nivel local, todos los partidos se han lanzado a la yugular construyendo su particular relato de posverdad con denuncias de patrocinios (inexistentes) y recurrentes peticiones de dimisión.

Han exagerado los políticos, se ha incendiado el escándalo en las redes sociales y hemos exagerado todos desde un impostado moralismo. Pero es cierto que España no está para inocentadas. No lo está si intentamos explicar qué estamos haciendo como sociedad para que un joven decida coger el coche en plena Navidad y estrellarlo contra una gasolinera para matar a su novia; cuando degolla a su pareja en Nochebuena, la mete en un saco y la abandona en una escombrera; cuando la acuchilla hasta dejarla sin vida delante de sus tres hijos.

Pactos de Estado, recursos, formación, sensibilización… para al final comprender que todo empieza desde abajo. En lo más insignificante. En lo más invisible. Con lo que aprendemos en el colegio y en el barrio, con lo que vemos en nuestras casas. El terrorismo machista no surge de la noche a la mañana; lo alimentamos gota a gota desde el micromachismo. Con comportamientos y actitudes aparentemente inofensivas. La hija de Ana Orantes le confesaba a su madre en una carta abierta con motivo del veinte aniversario de su asesinato que “le encantaría decirle que todo ha cambiado en España”, pero que “no es así”.

No lo es. Y por eso Lecrín hace bien en suspender la puja del baile. Porque en lugar de avanzar estamos retrocediendo. Porque vivimos en una sociedad enferma que ni siquiera puede permitirse el lujo de divertirse con inocentadas…

mujeres lecrín

Los moderados de la CUP

Magdalena Trillo | 26 de diciembre de 2017 a las 10:00

Los radicales de la CUP no son el problema, son el síntoma. El voto oculto en las elecciones del 21-D (también) era independentista y (también) ha sido el factor clave que ha frustrado las expectativas de los constitucionalistas, ha tumbado la ilusión de cambio de las últimas encuestas y ha situado el conflicto catalán (casi) en el punto de partida.

La CUP se ha desplomado pero sus 4 diputados siguen teniendo rehenes a los partidos independentistas para la formación del nuevo Govern -con el regreso épico del expresident a la Generalitat con escala previa en prisión- y para construir esa idílica República que, desde “la única vía posible, la unilateralidad”, sitúe a Cataluña dónde debe: como la Noruega del sur.

No voy a entrar ni en los futuribles del pactismo que nos amenizarán las Navidades ni en los complejos análisis de relatos y estrategias que siguen empeñados en encontrar un porqué desde las viejas fórmulas de la vieja política. Me quedo en el descaro de lo obvio: es una simple cuestión de tiempo y de edad. Pura demografía. Cada anciano que muera y cada joven que se estrene a votar será decisivo para romper los bloques e inclinar la balanza al independentismo.

Me aseguraba esta semana un militar del Madoc que estuvo destinado en los 90 en Cataluña que el desapego y el extremismo es mucho mayor de lo que pensamos: “Tengo amigos que me confiesan que los de la CUP son moderados comparados con sus hijos”. Y hace 20 años que ya se “asustaba” con los contenidos que le daban a su hija en el colegio.

La “radiografía del odio” con que Morgado Bernal diseccionaba hace unos días en prensa el momento de extremismos y radicalidad de la Cataluña advertía justamente de cómo “el adoctrinamiento ideológico responde a odios ancestrales que interesa perpetuar y a ambiciones de poder”, cómo la demonización constante del adversario acaba legitimando el rechazo y cómo llega un punto en que, una vez inoculado el virus del desprecio y la rabia, se escapa del control de los propios líderes. Incendiarios que pasan a ser esclavos de una causa que ya no podrán contradecir sin convertirse en traidores. ¿Recuerdan las últimas horas de Puigdemont antes de que Rajoy aplicara el 155 y convocara elecciones?

El último Observatorio de la Juventud alerta del éxodo hacia posturas radicales que se está produciendo en las nuevas generaciones. Justo esas que van creciendo y van teniendo derecho a votar…

El legado de Lorca, quince años después

Magdalena Trillo | 24 de diciembre de 2017 a las 10:00

Granada Hoy nació un 14 de septiembre de 2003: con Ramón Ramos al frente, Grupo Joly avanzaba en su proyecto de expansión y vertebración regional con la puesta en marcha de una cabecera que se sumara a la oferta monocolor de la provincia. Sólo unos meses antes, José Torres Hurtado irrumpía en la Plaza del Carmen con una abrumadora mayoría absoluta que cerró el cuestionado gobierno tripartito del socialista José Moratalla y terminó poniendo los cimientos para más de una década de mandato de los populares.

En 2018, cuando Granada Hoy celebre su quince aniversario, podremos ser testigos del final de una de las noticias de más impacto que publicamos en aquellos primeros meses de ilusionante andadura. Miércoles 26 de noviembre: “Un gran consorcio traerá el legado de Lorca a Granada”. No fue fácil poner este titular. Ni convencer en la reunión de primera de que aquel era, sin duda, el tema del día.

Menos aún teniendo en cuenta el horizonte de sombras con que tuve que arrancar la información: “No hay fechas ni presupuestos comprometidos. Pero sí la voluntad política y el acuerdo unánime de todos los patronos de la Fundación García Lorca para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de La Romanilla que se convierta en un referente de la ciudad”.

Había que creer; una cuestión de fe. Torres Hurtado no era el primer alcalde que ya en la España democrática, desde los años de Antonio Jara, había intentado la reconciliación. Y siempre sin éxito. Hace catorce años llegó el “acuerdo histórico” con los mismos intangibles que ahora: una parte de pragmatismo y de acierto y mucho de mano izquierda. No había pesadas mochilas detrás. Se negociaba desde cero, con posturas constructivas y en un clima de confianza.

Las zancadillas y las miradas de reojo llegarían después. Con la crisis, con los numerosos problemas que se cruzaron en la construcción del centro -desde el lío de la churrería colindante hasta el sobrecoste final- y, sobre todo, con el inesperado fraude que ha terminado sumándose a la cadena de despropósitos del proyecto lorquiano.

Si Torres Hurtado no hubiera caído arrastrado por un escándalo mucho mayor, la apisonadora del caso Nazarí, probablemente hoy estaríamos metidos en un duro proceso judicial para reclamar el legado. La relación entre Laura García-Lorca y el exconcejal de Cultura terminó saltando por los aires y se volaron todos los puentes entre el Ayuntamiento y la Fundación.

Si dejamos de lado hasta qué punto las instituciones habrán tenido que admitir “pulpo como animal de compañía” -se irá viendo cuando salga a la luz la letra pequeña del acuerdo-, hoy estamos ante en el mismo escenario de inflexión que se produjo en 2003: se ha puesto fecha a la llegada del legado porque así lo han hecho posible quienes hoy están al frente del Ayuntamiento, de la Junta y de la Diputación. Hablo del partido y de las personas.

La historia se repite justo al revés: el PP de José María Aznar sorprendió en su día con la inesperada foto en Moncloa que activaba el calendario para la llegada del legado y ahora son los socialistas quienes han sido capaces de tomar el relevo enterrando dos años de bloqueo y de duro conflicto con la familia del poeta. Salvo contratiempos mayúsculos, como la recurrente moción de censura con que amenaza el PP -la decisión de este viernes de tumbar las ordenanzas fiscales es un aviso-, será el actual alcalde quien gestione y rentabilice las fotos históricas que se sucederán a lo largo de los próximos meses. Así es la vida; así es la política. Es doloroso llegar (lo sabe Cuenca) pero más lo es el vacío de la ausencia (lo sabe García Montero).

A la espera de ver cómo se resuelve el desfalco del exsecretario Juan Tomás Martín, la Fundación Lorca podrá empezar a empaquetar el archivo en la Residencia de Estudiantes de Madrid y a quitar las telarañas en la cámara acorazada del Centro de la Romanilla. El final no está escrito pero sí decidido y, echando la vista atrás, creo que es justo reconocer que es mucho; muchísimo.

Turismo de copy-pega

Magdalena Trillo | 19 de diciembre de 2017 a las 10:00

Viajar más. Más lejos, más barato, más fácil, más rápido, más exótico. La historia de la especie humana es un continuum de evolución pero también de movimiento. Siempre hemos estado viajando, adaptándonos, atrapados por la curiosidad y descubriendo sitios nuevos. Somos el homo videns por imperativo de la galaxia digital pero también el homo mobilis. Desde Otzal, el hombre de hielo que fue descubierto en los Alpes ya llevaba un hacha de cobre de la lejana Toscana, hasta los millones de personas que cada minuto nos subimos y bajamos de un avión para hacer turismo a contrarreloj. Como borregos.

Pero lo masivo es incompatible con lo excepcional. Del mismo modo que el arte pierde el valor de único cuando lo sometemos a las dinámicas de la reproductibilidad, el low-cost democratiza el ocio pero hundiéndolo en el terreno de lo mediocre y llevándonos al colapso y a la saturación. ¿Una escapada en Navidad? Destinos maltratados y desnaturalizados y barrios despoblados convertidos en escenarios de cartón piedra. ¡Las mismas caras en los mismos sitios!

Los efectos de la fiebre viajera -mis padres están moviéndose más de jubilados que en toda su vida- tal vez puedan tratarse pero no curarse. ¿Nos encerramos en casa para no sufrir el estrés del turista? ¿Ponemos muros en nuestras ciudades para protegernos del foráneo? El escenario se complica si pensamos que el “viajar más” tiene una segunda parte -el dónde- que se está traduciendo en una creciente disputa entre los destinos para conquistar y exprimir al turista. ¿Queda ya algún recóndito rincón que no esté inventando cómo subirse al carro del turismo?

Todo es posible copiando y a golpe de talonario. En lugar de potenciar los valores propios, de recuperar lo autóctono, competimos plagiando. El virus del copy-pega aplicado a nuestras ciudades. ¿Nos gusta el Louvre? Nos construimos uno. ¿Preferimos el Pompidou? Ponemos una franquicia…

Málaga, por ejemplo, ha acertado (en unos casos más que en otros) con su política museística de alianzas y Bilbao se ha logrado reinventar con el Guggenheim pero naufraga estrepitosamente con el contenido… Copiar también es un arte. Hay que saber qué se copia y cómo se copia. Lo sabía Mark Landis, el mayor falsificador de la historia, y lo saben en Abu Dhabi cuando son capaces de abrir una nueva era en Oriente Medio levantando de la nada una ciudad museo con el marchamo de Nouvel. Es dinero, sí, pero también criterio y estrategia. Nos movemos en masa, sí, pero también exigimos más.

Las otras puertas giratorias

Magdalena Trillo | 17 de diciembre de 2017 a las 10:00

Las puertas giratorias no funcionan sólo para los altos cargos que buscan acomodo (y altísimas remuneraciones) en el confort de las grandes empresas del sector privado cuando tienen que dar por cerrada su etapa de “servicio público” por imperativo legal, por decisión personal o por invitación forzada. Aunque hay quienes sembraron antes de dar el salto a la política y tienen donde volver, nadie se sorprende ya de que un exministro ocupe una envidiable posición en una multinacional, de que se premie a un exalcalde con un cargo vistoso o se busque refugio a un exconsejero en una tranquila empresa pública.

PP y PSOE llevan toda la democracia practicando y, por regla general, es legal: el político en cuestión ocupa su nuevo puesto y se gana el sueldo. Con más o menos dosis de (in)competencia, madrugará, se esforzará y se estresará como cualquiera de nosotros.

Estas (malas) prácticas de colocación exprés, compartidas en cualquier país de nuestro entorno, pueden resultar reprobables pero se ajustan a lo que marca la ley. Los escándalos llegan cuando los políticos hacen malabarismos de indecencia. El ejemplo más reciente lo tenemos en Francia: la mujer del candidato a la presidencia Francois Fillon llegó a cobrar hasta 900.000 euros como “asistenta parlamentaria” por no hacer nada durante más de una década. La exclusiva de Le Canard fue aplastante: Penélope es la asesora mejor pagada en la historia de la V República. Y por un empleo ficticio.

En Granada, el caso Emucesa se está abriendo paso como una mala copia de ese nepotismo nada ilustrado que conecta con el tráfico de influencias y que termina dando forma a la corrupción. Pero no nos engañemos; el puñado de puestos fantasma en la empresa municipal del cementerio (el informe interno que se ha filtrado esta semana alude a seis contratos de alta dirección autorizados entre 2005 y 2012 por los concejales María Francés y Juan Antonio Fuentes) no es más que la punta del iceberg.

El pasado mes de abril, publicábamos en este periódico un análisis detallado sobre las cuentas internas del PP que revelaba el impacto económico que había supuesto para el partido la pérdida de poder tanto en el Ayuntamiento de la capital como en la Diputación. Nuestra jefa de Local, Lola Quero, rastreó en la documentación del partido que justo antes de las elecciones de 2015 tenían contabilizados casi 3,9 millones de euros anuales en sueldos (2,6 salían de la capital y 1, 3 de la institución provincial) que pagaban a diferentes personas del partido en puestos técnicos y que solían justificar como cargos de confianza.

¿Cuántos cumplían y cuántos no? ¿Se bordeaba la ilegalidad? ¿Paga la administración pero el trabajo se desempeña en el partido? ¿Paga la empresa y el empleo ni existe?

Tan vitales para un partido son estos vasos comunicantes con las instituciones, con el poder, que buena parte de su funcionamiento ordinario puede acabar dependiendo de que se gobierne o se hiberne en la oposición. Un informe interno de la gerencia del PP advertía, por ejemplo, del elevado coste que suponía mantener el alquiler de su imponente sede del Zaidín…

Pero el PP no ha inventado nada que el PSOE no haya practicado cuando ha podido. ¿Quién lo ha hecho con más descaro? Las dinámicas las engendra el poder. Lo hacen porque pueden; y no lo denuncian cuando toman el relevo porque no les conviene. La paradoja es sintomática: buena parte de la vida municipal se desarrolla en los tribunales por su desenfrenada afición a desempatar cualquier conflicto recurriendo a los jueces y, justo cuando hay un caso alarmante con aparente recorrido penal, nos lo pensamos.

Lo de abrir ventanas y levantar alfombras queda muy bien en la retórica del ganador pero todos sabemos que tiene un precio. A los nuevos partidos se les critica, y con razón, la rapidez con que se están dejando contagiar por la mala praxis de la vieja política pero hay momentos (y éste es uno de ellos con Vamos Granada tirando de la manta en Emucesa) en que se hacen valer y nos recuerdan por qué había que zarandear al bipartidismo. Aunque sólo sea por una cuestión de tiempo y de oportunidad.

Spiriman, de baja

Magdalena Trillo | 12 de diciembre de 2017 a las 10:30

Si Spiriman incluyera esta noticia en sus famosos vídeos de Facebook, esos que siguen cientos de personas nada más subirlos a la web, sería más o menos así: “Chicos, no os los vais a creer, el médico que ha protagonizado toda la movilización en Granada por una sanidad digna, el médico que ha conseguido que la Junta dé un paso atrás en el infame proyecto de fusión hospitalaria, está de baja laboral. Sí. No ha podido más. Agotado profesionalmente y profundamente dolido ante las amenazas sufridas por su familia”.

Oportunamente, casualmente, horas antes de provocar una previsible sanción por parte del SAS y de situarse a un paso de perder el empleo, Jesús Candel consigue una baja “por prescripción facultativa” y no tiene que trasladarse al nuevo hospital del Campus de la Salud cumpliendo, precisamente, la hoja de ruta de la desfusión por la que lleva luchando más de un año.

Spiriman, ese héroe de la sanidad pública que mezcla vida pública y privada sin pudor, que arremete contra sus compañeros sin remordimientos, que insulta, que frivoliza y que coloca frente al paredón a cualquiera que lo desafíe contradiciendo su relato, hubiera sembrado la sospecha: “¿Un baja laboral justo ahora? ¡Algún amigo se la habrá firmado! ¿Desgaste? ¡Que no nos hemos caído de un guindo!”.

Pero éste es el camino fácil. El del populismo. Nos vamos a alejar del choque de denuncias que se ha producido en los últimos meses (incluido el reproche de sus propias colegas por “acoso machista”) y vamos a creer que Jesús Candel está quemado. Tampoco sería ninguna excentricidad: el sindicato Satse acaba de presentar el resultado de un estudio a nivel nacional que refleja que la mitad de los enfermeros es víctima del síndrome del profesional quemado, el burn out, y que ocho de cada diez sufre estrés. Para cerca del 90% el ambiente laboral se ha deteriorado y el 70% está convencido de que la atención a los pacientes ha empeorado.

El problema, el tema de fondo, no es el “desgaste” de Spiriman. De lo que hablamos, por lo que deberíamos preocuparnos, es por el “desgaste” de la marca Salud. La de Granada y la de toda Andalucía. En el último ranking sobre la reputación de los hospitales, los de Granada han sufrido un batacazo. No es ninguna casualidad. La inestabilidad y el conflicto están en las antípodas de lo que buscamos si pensamos en salud.

¿Spiriman de baja? Bien. Podemos concederle el privilegio de la duda pero exigiéndole, también, que cuando regrese lo haga persiguiendo su lema: una sanidad pública de calidad; la mejor. Sin atajos, sin populismo y sin juegos políticos de por medio.

Una de piratas buenos…

Magdalena Trillo | 10 de diciembre de 2017 a las 9:30

La llaman la Robin Hood de la ciencia pero todos piensan en Julian Assange y en Edward Snowden. Alexandra Elbkayan tiene 28 años, nació en Kazajistán, vive en Rusia, es informática y desde el año 2011 se enfrenta a las grandes editoriales del mundo científico con una plataforma pirata (Sci-Hub) que permite el acceso libre a millones de publicaciones de pago. ¿Héroe o villana? ¿Robo o conocimiento compartido? ¿Por qué no todo el mundo puede tener acceso a los avances de la ciencia?

El conflicto nos aboca de lleno a las contradicciones del sistema capitalista: hay un puñado de revistas que se han convertido en marca de prestigio y excelencia académica (piensen en Nature, Science o Cell) y que, de paso, explotan su posición siendo cada vez más restrictivas y hacen negocio. Son el stablishment de la ciencia en un mundo cada vez más abierto, colaborativo y transversal. Alexandra escribió su tesis en 2009 pero, tal y como confesó hace un par de años en una carta abierta al New York Times, no pudo estudiar los documentos que necesitaba para su proyecto: es de “locos” exigir a un estudiante que pague entre 30 y 40 dólares para ojear los cientos de artículos que requiere una investigación.

Su situación es particular -la mayoría de los científicos tienen acceso a cientos de revistas a través de sus universidades- pero el debate va mucho más allá de la casuística personal de la joven kazaja y del enfrentamiento judicial que se está librando en Estados Unidos por un delito contra la propiedad intelectual entre esta provocadora David del conocimiento y los Goliat de la publicación científica (la editorial Reed-Elsevier, la que más ingresos mueve por papers, le ha puesto una demanda).

Hace sólo unas semanas, la Aneca, la agencia de evaluación española que teóricamente controla “la calidad de la enseñanza superior en docencia e investigación”, ha vuelto a endurecer los criterios de filtro del profesorado reforzando la idea de que, en la práctica, este organismo se ha convertido en un efectivo instrumento del Gobierno para limitar las vías de acceso al cuerpo de funcionarios de las universidades y las posibilidades de hacer carrera académica.

Al final, todo se reduce a una máxima: hay que publicar; aprender a publicar; publicar en revistas de impacto. Pero las publicaciones de prestigio también estrechan el embudo, tardan meses en contestar a los investigadores sobre la validez de sus trabajos y, de forma cada vez más alarmante, se limitan a decir que “no interesa” a la revista, que no se ajusta a su enfoque editorial, sin ni siquiera someter el paper a su lectura y revisión.

En este círculo vicioso también hay negocio. Y tiene más relación con las “injusticias del sistema” contra las que batalla la informática kazaja que con el propósito compartido de acabar en las universidades con la “mediocridad”. Hace un par de años, y el panorama con los recortes de la crisis y la tasa de reposición no ha hecho más que empeorar, escribía el premio Nobel Randy Schekman un duro artículo explicando por qué las grandes revistas “hacen daño a la ciencia”, por qué el sistema es “tan perjudicial como la cultura de las primas” lo ha sido para la banca.

Empezaba así: “Soy científico. El mío es un mundo profesional en el que se logran grandes cosas para la humanidad. Pero está desfigurado por unos incentivos inadecuados. Las mayores recompensas son para los trabajos más llamativos, no para los mejores”. Si unimos las críticas del Nobel con la rebelión de Elbkayan, la conclusión es desalentadora: invalidamos tanto la forma como el fondo del actual ecosistema científico. Cerrado, exclusivo, en manos de unos pocos y sujeto a unas dinámicas perversas que miran más por el negocio que por el conocimiento.

Robar, en sentido estricto o figurado, es robar. Legalmente punible y moralmente reprobable. Pero no seamos demagogos y esquivemos la incomodidad de tener que admitir el problema: la ciencia (también) está enferma. Tal vez lo más importante de la joven Robin Hood es que nos recuerda que importan las causas e importan los porqués. Que son tiempos para reivindicar los Quijotes contra los molinos de viento.

Todos queremos Nespresso

Magdalena Trillo | 5 de diciembre de 2017 a las 10:00

Podemos comprar unos pañuelos al indigente de la esquina, quedarnos con unos números para la rifa del colegio, dejar unos paquetes de arroz y lentejas para la Gran Recogida de Alimentos -¿hemos pensado, por cierto, que no sólo a base de legumbres puede vivir una familia?- y pocos podrían cuestionar que no creemos en la igualdad y no nos esforzamos por ayudar a los demás.

Nos engañamos. Con la casi única excepción de las decadentes Casas Reales que justo ahora han descubierto el encanto de casarse con las plebeyas -la última “gran boda del año”, la del príncipe Harry con la “señorita” Meghan Markle de la próxima primavera-, los jefes ya no se casan con sus secretarias.

La idea no es mía. Se la tomo prestada a François Dubet con su provocador ensayo ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario), para acercarme al caso catalán y a la guerra fría en que ya nos hemos sumido todas las comunidades autónomas construyendo nuestro particular relato de agravios y ocupar posiciones para el ¿gran? reparto fiscal. Proclamamos la igualdad pero todos queremos más. Porque nos lo deben; porque lo valemos. El explosivo cóctel de supremacía y victimismo que intelectuales como Fernando Savater sitúan en las egoístas cañerías del nacionalismo. Incluido el catalán del “España nos roba”.

El “café para todos” de la configuración autonómica no fue real y las disputas de ahora poco tendrán que ver con la equidad. Desde Barcelona se propugna abiertamente por una negociación bilateral y un trato diferenciador justo cuando desde el País Vasco ya han blindado su situación de excepcionalidad con el cupo -el lehendakari lo sitúa, incluso, como hoja de ruta para todos sin desvelar de dónde sacará el dinero para cuadrar el círculo- y en Andalucía se rememora el espíritu del 4-D buscando un reparto que, como mínimo, compense la alarmante (y reconocida) infrafinanciación de los últimos años y no sigamos agrandando la brecha.

Sin la fantasía de la alegoría bíblica de los panes y los peces, el camino para la reforma del modelo territorial y fiscal no tiene recorrido. Salvo que el Gobierno sea capaz de inventarse una hucha como la de las pensiones y empiece a tapar agujeros…

Podemos proclamar que no buscamos la desigualdad pero, como recuerda Dubet, el 99% de nuestras acciones cotidianas la engendran. Nadie quiere café de pucherete; todos queremos Nespresso. Y no hay para todos si el reparto es el mismo, justo el que la crisis se ha encargado de devorar con agonía.