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25 años sin AVE

Magdalena Trillo | 23 de abril de 2017 a las 9:23

Nada significa una gran efeméride si no reúne dos condicionantes básicos: dinero para invertir y gestión eficaz. Lo primero garantiza el éxito del momento y resulta clave para determinar en qué escala se mueve la celebración -si pasa sin pena ni gloria para la ciudad o termina siendo un “antes y un después”-; lo segundo es clave para no desperdiciar la oportunidad y traducir el impulso del acontecimiento en una transformación profunda y a largo plazo. Sevilla lo hizo en 1992 con la organización de la Expo y la llegada del AVE. Hace 25 años; justo ese cuarto de siglo que hemos vuelto a celebrar esta semana con la conmemoración de la conmemoración.

Es una manera de volver a explotar el gancho. En diferido. Pero ahora se invierten los papeles: la celebración roza lo protocolario y el análisis, la radiografía del momento, ocupa el foco central del retrovisor. Puede que la lectura final sea agridulce, que se haya caído en cierto adormecimiento y conformismo, que los desafíos sean hoy de más alcance incluso que en aquellos boyantes años 90, pero Sevilla dio un salto de modernidad y sentó una posición de liderazgo e influencia como capital de Andalucía que ha tenido un impacto innegable para el resto de provincias andaluzas y para el conjunto del país.

Granada, fiel a su historia de regocijo en el agravio, siempre ha mirado aquella Expo de reojo: demasiado protagonismo para los hispalenses cuando se trataba de rememorar el quinto centenario del Descubrimiento de América sin contar con una ciudad que fue clave y que entonces quedaba relegada al papel de invitada; y demasiadas inversiones para una Andalucía Occidental que abría una brecha de desigualdad con las provincias orientales que no se ha dejado de alimentar en toda la etapa de autogobierno.

Hasta la irrupción de Málaga en el jugoso pastel del turismo cultural, a Granada casi le ha valido con sacar músculo de su patrimonio, con contemplar la Alhambra, para deslizarse sin complejos siendo espectadora de la rivalidad entre Sevilla y la pujante capital de la Costa del Sol. Hemos dedicado décadas a lamentar el “centralismo sevillano” y hacer demagogia con el “Sevilla nos roba” -resulta increíble cómo ha calado en la población la idea de que la Alhambra se gestiona y explota a la sombra de la Giralda- sin darnos cuenta que los puntales del desarrollo se disputaban en otra división. En la de las grandes infraestructuras. En las de la modernidad, el desarrollo y la movilidad.

Tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta de que engancharnos al mapa español de la Alta Velocidad era una irrenunciable oportunidad de progreso y de transformación. Tanto como lo ha sido el aeropuerto para Málaga y como lo está siendo el AVE para las ciudades que han sido capaces de sortear los incumplimientos de promesas, las demoras y los ajustes de presupuestos.

No habían llegado los 25 años del AVE y de la Expo cuando Manuel Chaves, siendo presidente de la Junta, quiso compensar a Granada con una percha sobre la que colgar inversiones: el Milenio. Se trataba de celebrar los mil años de la fundación del Reino de Granada, pero 2013 era ya un año gafado. Enterrado por la crisis. Y fue un fiasco. Como lo ha sido después la Universiada. Efemérides marcadas por la polémica que ni fueron brillantes en su día ni han dejado un legado que podamos reconocer.

Ahora se ha vuelto a activar el calendario hacia el 2031 con un doble enfoque: la carrera de la Capitalidad Cultural y los cinco siglos de la Universidad de Granada. Pero el interrogante sigue siendo el mismo que hace un cuarto de siglo con la Expo y hace cuatro años con el Milenio: ¿nos conformamos con una buena sesión de fotos o contaremos, esta vez, con una buena cartera de inversiones que garanticen un mínimo reequilibrio territorial y una verdadera transformación en la ciudad?

Hace precisamente 25 años que Granada estrenó uno de los pocos proyectos que han tenido cierto recorrido: el Palacio de Congresos. Lo contamos hoy en el amplio informe que reconstruye aquel 1992 que, en el plano turístico, supuso un impulso al sector sin precedentes. Ese “antes y después” que se nos sigue resistiendo con el AVE.

Saber perder

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2011 a las 9:37

No sé qué hacer con la camiseta de Olas de energía ciudadana que tengo en el armario. Soy cordobesa y Donosti nos ha arrebatado el sueño de la Capitalidad Cultural. Nada me hubiera gustado más (y nada me hubiera dado más envidia viviendo en Granada) que escuchar al presidente del jurado pronunciar el nombre de Córdoba. No tengo ninguna duda sobre su potencial como destino cultural, sobre el apoyo ciudadano ni sobre la solidez del proyecto. Pero empiezo a preocuparme… Si continúa la escalada de movimientos ‘a lo Belloch’, ¿alguien puede acusarme de hacer apología del terrorismo por lucir mi camiseta?

La Capitalidad es un concurso. Uno más. Politizado. Como todos. Desde las Olimpiadas y los Mundiales de Fútbol hasta Eurovisión. Y, como en todos los concursos del mundo, la participación es libre, se conocen las reglas de juego y se asumen las consecuencias. También las políticas. Y las presiones. Cuando benefician y también cuando llevan a la frustración. No me gusta que Bildu gobierne en San Sebastián y, como a tantos, me pareció un error su legalización por el TC pero, honestamente, no puedo más que aplaudir su designación como Capital Cultural Europea para 2016. Es verdad que hubiera sido menos conflictivo, y más justo, que el jurado no hubiera ‘explicado’ la designación por una cuestión política. ¿Se debe impugnar por ello la candidatura y reclamar que se revisen los proyectos? ¿Hubiéramos aceptado deportivamente la propuesta con el anterior equipo de gobierno? ¿Nos parecerá bien en 2016 si es el PNV quien se ‘aprovecha’ de la declaración?

Granada ya se quedó con su derrota cuando Madrid arrebató el sueño de la Capitalidad en 1992. Y con la desilusión de ver cómo el Cristo Redentor de Río de Janeiro se convertía en Nueva Maravilla del Mundo Moderno dejando fuera a la Alhambra. Fue un 7 del 7 de 2007 cuando la Fundación Weber anunció en Lisboa el resultado del concurso. Más de cien millones de votos y, cuentan, algún que otro maletín… Lamentablemente, empezamos a sumar una larga tradición de fracasos. Los últimos, a cuenta de los Campus de Excelencia. Aún seguimos lamiéndonos las heridas viendo cómo despega el proyecto de Málaga y Sevilla.

En 1992 al menos hubo premio de consolación. Nos otorgaron el título honorífico de Capital Cultural de Andalucía. Ahora lo proponen para Córdoba. ¿Se lo van a quitar a Granada? Si Málaga recupera su proyecto para la siguiente edición y pierde, ¿también se nombra Capital Cultural? ¿Y Sevilla? ¿Hacemos otro concurso regional para ver quién se lo merece más? ¿Nos rotamos el título a golpe de derrotas?

Uno de cada cuatro turistas que visita Andalucía lo hace por nuestra oferta cultural. Por el atractivo de sus capitales y ciudades como Ronda, Úbeda y Baeza. Miles de visitantes que generan unos ingresos anuales superiores a los 2.200 millones de euros. El potencial lo tiene Andalucía, como destino global, como región, y no parece que el camino sea generar (más) agravios entre provincias.

Además. Seamos francos. No hay dinero. Y, si lo hay para Córdoba, que explique la Junta por qué el Centro Lorca sigue sin abrir sus puertas (se debió haber inaugurado hace un año y aún hoy buscan el modo de terminar la obra), por qué Granada no puede tener un Teatro de la Ópera (el proyecto del japonés Kengo Kuma sigue durmiendo en algún cajón), por qué no se resuelve el conflicto del Centro Guerrero, por qué se mendiga con el Milenio, con la OCG y con el Festival de Música y Danza o por qué se retiran todas las ayudas a iniciativas de tanta tradición como el Festival de Jóvenes Realizadores.

El título ‘oficial’ de la Capitalidad se traduce en fondos europeos para la ciudad elegida, inversiones del Ministerio y se anima a la iniciativa privada. Hubiera ganado Córdoba, Granada y Andalucía. ¿Alguien puede explicar para qué ha servido el título de consolación del 92?