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Los niños de la tablet

Magdalena Trillo | 13 de febrero de 2018 a las 9:37

El efecto más perverso de la estadística se produce cuando despersonaliza y desdibuja la realidad llevando temas sensibles y de impacto al frío terreno de las cifras. Los números del paro, de la violencia machista o de la inmigración ilegal no sólo nos lo recuerdan de forma insistente; también contribuyen a ‘normalizar’ las distorsiones de nuestro modelo de convivencia y lo reducen a rutina.

Hay veces, sin embargo, en que son clave para medir el verdadero alcance del problema. Es el caso de la violencia en menores: hemos leído titulares estremecedores pero no hay un marcado repunte de la delincuencia. Los datos del Ministerio del Interior reflejan una curva sin altibajos en el último lustro. De forma global bajan los índices de criminalidad, aunque lo cierto es que los descensos se sitúan en robos, tráfico de drogas y delitos contra la seguridad vial mientras aumentan en el apartado de la libertad sexual y los malos tratos.

No hay razones para el sensacionalismo pero sí para la preocupación: tres jóvenes participan en el asesinato de una pareja de ancianos en Bilbao; unos menores asaltan a un exjugador de fútbol del Amorebieta; un chico de 14 años mata a su hermano de 19 en Alicante; unos escolares de Jaén violan en el recreo a un niño de sólo 9.

La alarma se produce por el particular desconcierto que provoca cada historia pero también debería venir por lo que subyace respecto al contradictorio perfil de los menores de este tercer milenio de deshumanización, globalización y autismo tecnológico: no saben gestionar las emociones, tienen menos tolerancia al fracaso, carecen de habilidades sociales, son más impulsivos…

Al retrato de los expertos sobre sus pautas de comportamiento se une su preocupación por cómo se les acaba robando la infancia y los hacemos adultos precipitadamente. Sexo y violencia al alcance del móvil y de la tablet. El ‘modelo’ de las manadas, el acceso sin filtros ni control a todo tipo de pornografía y la trampa del amor romántico transmutado en humillación y sometimiento. El embarazo de una niña de 11 años en Murcia por su propio hermano, apenas dos años mayor, es otra cara de una misma realidad.

En los 90, la ‘televisión niñera’ terminó funcionando como una llamada de alerta en las familias y en las escuelas. El “espejo” que, para Fellini, reflejaba “la derrota de nuestro sistema cultural”, el “único somnífero que se toma por los ojos” como decía Vittorio de Sica. Porque, lo escribió Chantal Maillard, “a la mente le gustan las imágenes. Con ella, teje. Y el tejido hace mundo o lo refuerza”.

“Yo soy mis imágenes”. Vivimos en imágenes. Fabricándolas o consumiéndolas. Hace unas décadas en la pantalla de la televisión; hoy, al instante, con el sencillo gesto de meter la mano en la mochila o en el bolsillo. No debería extrañarnos que el Plan Nacional de Drogas vaya a incluir por primera vez el uso compulsivo de las redes sociales. Son las sustancias invisibles que nos adormecen y nos corrompen. Las consecuencias las estamos lamentando estos días; sobre las causas podríamos actuar aunque aún nos cueste darnos cuenta.

Ricas, listas… y acosadas

Magdalena Trillo | 17 de octubre de 2017 a las 10:00

Las citaba en la habitación de un hotel para negociar un papel, discutir el guión de la próxima película o planear la campaña a los Oscar. Allí las recibía en toalla, las invitaba a darle un masaje y les metía mano. Más de veinte actrices han desvelado abusos en apenas una semana, trece han denunciado agresiones y tres aseguran que llegaron a ser violadas. Al menos ocho recurrieron a los tribunales pero terminaron claudicando y firmando acuerdos extrajudiciales en los que el exitoso productor de Hollywood abría la chequera y compraba su silencio.

Eran jóvenes y tenían toda una carrera que construir. Estaban avergonzadas. No había testigos y sería la palabra de un productor de éxito contra el de una vulnerable desconocida.

Es el caso Weinstein. No es ninguna continuación de Spotlight pero podría: el trabajo del Boston Globe lo está haciendo The New York Times, las víctimas son mujeres en lugar de menores y la institución que se tambalea no es la Iglesia sino la poderosa industria del cine. Hasta el expresidente Obama se ha desmarcado de su amigo Harvey Weinstein, uno de los principales donantes del Partido Demócrata, para apoyar a las mujeres que han caído en la espiral de acoso y humillación.

Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Mira Sorvino, Asia Argento… Ellas son algunas de las que callaron. Penélope Cruz, Meryl Streep, Kate Winslet, Cate Blanchett, Colin Firth, George Clooney… Ellas (y ellos) son algunos de los famosos que están contribuyendo a enterrar la carrera del “depredador sexual”.

La cascada de repudio contra el productor de El discurso del Rey es ahora imparable pero detrás se acumulan hasta dos décadas de abuso de poder. Unos dicen que “entre bambalinas sin que nadie lo supiera”; otros aseguran que las historias “se oían por todos lados” y que “es inadmisible querer barrerlo ahora debajo de la alfombra”. Para justificar la pasividad y la normalidad con que se sigue consintiendo una de las trampas de dominación de la sociedad patriarcal: que para hacer carrera hay que acostarse con el jefe.

Nunca estamos a salvo del machismo ni de los clichés que lo sostienen. Lo alarmante del caso Weinstein es que no hablamos de nuestras abuelas, de un absorbente entorno rural y de falta de preparación y de recursos sino de jóvenes independientes, formadas y con dinero en una de las ciudades más abiertas y cosmopolitas en los años 90. Ni la posición ni los estudios ni el entorno son un antídoto infalible: tampoco una excusa o justificación. El machismo, aun el más invisible y sofisticado, sigue siendo machismo.