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El legado de Lorca, quince años después

Magdalena Trillo | 24 de diciembre de 2017 a las 10:00

Granada Hoy nació un 14 de septiembre de 2003: con Ramón Ramos al frente, Grupo Joly avanzaba en su proyecto de expansión y vertebración regional con la puesta en marcha de una cabecera que se sumara a la oferta monocolor de la provincia. Sólo unos meses antes, José Torres Hurtado irrumpía en la Plaza del Carmen con una abrumadora mayoría absoluta que cerró el cuestionado gobierno tripartito del socialista José Moratalla y terminó poniendo los cimientos para más de una década de mandato de los populares.

En 2018, cuando Granada Hoy celebre su quince aniversario, podremos ser testigos del final de una de las noticias de más impacto que publicamos en aquellos primeros meses de ilusionante andadura. Miércoles 26 de noviembre: “Un gran consorcio traerá el legado de Lorca a Granada”. No fue fácil poner este titular. Ni convencer en la reunión de primera de que aquel era, sin duda, el tema del día.

Menos aún teniendo en cuenta el horizonte de sombras con que tuve que arrancar la información: “No hay fechas ni presupuestos comprometidos. Pero sí la voluntad política y el acuerdo unánime de todos los patronos de la Fundación García Lorca para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de La Romanilla que se convierta en un referente de la ciudad”.

Había que creer; una cuestión de fe. Torres Hurtado no era el primer alcalde que ya en la España democrática, desde los años de Antonio Jara, había intentado la reconciliación. Y siempre sin éxito. Hace catorce años llegó el “acuerdo histórico” con los mismos intangibles que ahora: una parte de pragmatismo y de acierto y mucho de mano izquierda. No había pesadas mochilas detrás. Se negociaba desde cero, con posturas constructivas y en un clima de confianza.

Las zancadillas y las miradas de reojo llegarían después. Con la crisis, con los numerosos problemas que se cruzaron en la construcción del centro -desde el lío de la churrería colindante hasta el sobrecoste final- y, sobre todo, con el inesperado fraude que ha terminado sumándose a la cadena de despropósitos del proyecto lorquiano.

Si Torres Hurtado no hubiera caído arrastrado por un escándalo mucho mayor, la apisonadora del caso Nazarí, probablemente hoy estaríamos metidos en un duro proceso judicial para reclamar el legado. La relación entre Laura García-Lorca y el exconcejal de Cultura terminó saltando por los aires y se volaron todos los puentes entre el Ayuntamiento y la Fundación.

Si dejamos de lado hasta qué punto las instituciones habrán tenido que admitir “pulpo como animal de compañía” -se irá viendo cuando salga a la luz la letra pequeña del acuerdo-, hoy estamos ante en el mismo escenario de inflexión que se produjo en 2003: se ha puesto fecha a la llegada del legado porque así lo han hecho posible quienes hoy están al frente del Ayuntamiento, de la Junta y de la Diputación. Hablo del partido y de las personas.

La historia se repite justo al revés: el PP de José María Aznar sorprendió en su día con la inesperada foto en Moncloa que activaba el calendario para la llegada del legado y ahora son los socialistas quienes han sido capaces de tomar el relevo enterrando dos años de bloqueo y de duro conflicto con la familia del poeta. Salvo contratiempos mayúsculos, como la recurrente moción de censura con que amenaza el PP -la decisión de este viernes de tumbar las ordenanzas fiscales es un aviso-, será el actual alcalde quien gestione y rentabilice las fotos históricas que se sucederán a lo largo de los próximos meses. Así es la vida; así es la política. Es doloroso llegar (lo sabe Cuenca) pero más lo es el vacío de la ausencia (lo sabe García Montero).

A la espera de ver cómo se resuelve el desfalco del exsecretario Juan Tomás Martín, la Fundación Lorca podrá empezar a empaquetar el archivo en la Residencia de Estudiantes de Madrid y a quitar las telarañas en la cámara acorazada del Centro de la Romanilla. El final no está escrito pero sí decidido y, echando la vista atrás, creo que es justo reconocer que es mucho; muchísimo.