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Inyección de euforia

Magdalena Trillo | 24 de noviembre de 2013 a las 11:06

Llevo toda la semana pensando en la aguja hipodérmica de Lasswell. Les cuento. Al teórico americano lo solemos estudiar en las facultades de Comunicación cuando analizamos el poder de manipulación de los medios, la propaganda y la política. Este investigador y publicista de Chicago, un pionero de la ciencia política y uno de los padres de las teorías de la comunicación, publicó una de sus obras fundamentales en 1927 (Propaganda Techniques in the World War) desarrollando una primera ola de análisis sobre la dimensión sociológica y psicológica de la propaganda y marcando lo que unos años más tarde cristalizaría en el ‘efecto Goebbels’ del nazismo: los medios inyectan en los ciudadanos las ideas que la élite dominante desea extender… y nada podemos hacer para evitarlo.

Su planteamiento fue tremendamente revolucionario y lo cierto es que, con más o menos críticas, ha pervivido durante décadas como reflejo extremo del impacto que tienen los mensajes mediáticos en la población, de cómo los medios influimos en lo que la gente piensa, de cómo constituimos una pseudorrealidad o realidad de ‘segunda mano’ y de cómo la política se sirve de nosotros como altavoz.

Los medios hemos cambiado, los políticos también, las redes sociales nos han arrebatado -a ambos- el monopolio de la comunicación, los canales de persuasión se han multiplicado, pero seguimos fabricando la misma realidad ‘envenenada’ que hace un siglo. En el Gobierno, en el Partido Popular, han bastado unas semanas de tratamiento de choque para salir de la crisis y ver el final del túnel -con la impagable ayuda, eso sí, de los alegres banqueros de gira por el país- y el músculo socialista ha vuelto, fuerte, triunfante y unido, como si se hubiera despertado de un mal sueño. Aquel que los ha llevado a las mayores derrotas electorales de su historia y que hoy, al menos así lo reflejan todas las encuestas, lo siguen situando a años luz de los ciudadanos.

El ‘marianismo‘ y el ‘susanismo‘ tendrían que empezar a estudiarse en la universidad. Unos inyectados de lealtad y otros con el elixir del Ave Fénix. Para la mitad de los ciudadanos España está de moda y para la otra mitad, a punto de quebrarse. El pie sigue en el acelerador de las reformas (Europa siempre quiere más) mientras reeditamos en clave nacional dos bandos irreconciliables de éxitos y fracasos. Para unos empezamos a crecer y para otros no dejamos de dilapidar derechos y libertades. Primero fue en nombre de la economía y ahora de la ideología. Cuando aún esperamos que la reforma local empiece a crear empleo ya se anuncia una “segunda ronda” de medidas para cumplir el déficit (“significativos ajustes” advertía el viernes el FMI), la ley Wert de educación es tan nefasta que no la quieren ni los suyos -la única duda parece ya si la caída del ministro será antes o después de Navidad y si se llevará consigo a Mato y Gallardón-, la del régimen local se ha descafeinado por el camino y aún está por ver si la de seguridad ciudadana no acaba convertida en esa “patada en la boca de la democracia” con que algunos ya la han bautizado.

Sin saber muy bien si caminamos hacia atrás o hacia adelante, Rubalcaba sigue proclamando que el PSOE ha vuelto confiado en que sea la nueva lideresa del socialismo quien convenza a las tropas y Rajoy llega al ecuador de su mandato prometiendo traer de vuelta “la España que todos queremos”. Nostalgia en vena frente a esa gran masa de ciudadanos que confiesa no haber notado “ningún síntoma” de mejora económica, que no cree que el país esté empezando a salir de la crisis y que no tiene ningún motivo para volver a creer en los políticos. Ciudadanos que siguen teniendo que recurrir a pancartas y altavoces con pocas esperanzas de ser escuchados, que ganan cada vez menos por más trabajo y que pagan cada vez más impuestos por los mismos servicios -cuando no peores- que hasta ahora eran gratis.

El espejismo mcluhaniano de esta inexplicable euforia, económica y política, no es al menos lo que se ha visto esta semana en los barrios “ignorados” que han unido sus voces en pueblos y ciudades de toda Andalucía para pedir que se “salve a las personas y no a los bancos”; no es el día a día de los miles de jóvenes que se debaten entre permanecer en el paro y cobrar salarios de 500 euros; y no es la pesadilla de los mayores que hacen malabares con sus menguantes pensiones. Parece evidente que la aguja de Lasswell no se ha colado en la cocina de la última encuesta del INE sobre las condiciones de vida de los españoles: los ingresos de las familias han caído casi un 10% desde el inicio de la crisis, el 23% de los hogares llega a final de mes “con mucha dificultad” y uno de cada tres andaluces vive ya por debajo del umbral de la pobreza.

Las puertas del Palacio de Congresos de Granada reflejaban ayer simbólicamente estos dos mundos contrapuestos que colisionan a uno y otro lado de la aguja: más de 2.500 militantes socialistas se inoculaban optimismo con terapias de besos y abrazos; al otro lado del cristal, decenas de ciudadanos soportaban el frío elevando sus pancartas de protesta y, en las calles de la capital, vuelta a la rutina de las manifestaciones que nos vienen acompañando desde el inicio de la crisis.

Libertades

Magdalena Trillo | 25 de marzo de 2012 a las 18:54

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Nadie pensaría hoy que el concepto de felicidad forma parte del primer texto constitucional que se ha promulgado en la historia de España, aquella Carta Magna que un grupo de abogados, comerciantes, funcionarios, burgueses, nobles y clérigos aprobó hace dos siglos en una Cádiz deprimida, asediada por las tropas napoleónicas y hasta acosada por la epidemia. El pasado lunes celebramos con boato y solemnidad el Bicentenario de La Pepa pero no se oyó a ninguno de nuestros gobernantes invocar el artículo 13, el que habla de nuestro derecho a vivir con dignidad. Tal vez pobres, puede que en paro y desahuciados, pero felices.

En el Oratorio de San Felipe Neri, Mariano Rajoy recurrió a La Pepa para justificar la dureza de sus programas: “Gracias a la decisión de los constitucionalistas de 1812, la reforma trajo el cambio y hoy, como entonces, el cambio es la reforma. En tiempos de crisis no hay que tener miedo a hacer reformas, sino la valentía de llevarlas a cabo frente al inmovilismo y la resignación”. Reforma como sinónimo de progreso para el presidente del Gobierno; reforma como contrarreforma e involución para la oposición. Porque del mismo modo que Rajoy invocó el espíritu del 12 para atacar los mensajes del miedo en el ecuador de la campaña andaluza, Rubalcaba ensalzó los valores doceañistas para defender “las libertades frente a quienes quieren recortarlas o amputarlas”; derechos frente a recortes. Por encima de la batalla electoral, marcando distancias con Fernando VII, y alejándose del protocolo como ya hizo hace unos días con aquel “déjame hablar” que imploró a la Reina, fue don Juan Carlos quien apeló a la “unidad” de la sociedad española, proclamó la libertad y la soberanía nacional y enfatizó cómo el pueblo español “estuvo muy por encima de sus autoridades”. Hace doscientos años… y hoy.

Seamos consecuentes. La Constitución del 12, el texto que permitió abolir la Inquisición, romper con el Antiguo Régimen, consagrar la separación de poderes y la soberanía popular, dar paso a la Monarquía parlamentaria y fijar el pago de impuestos para todos los ciudadanos (¡incluida la nobleza y el clero!), ni está exenta de zonas grises y contradicciones (la Iglesia, intocable; las mujeres, relegadas), ni es ajena a reinterpretaciones partidistas, ni puede mantenerse al margen de reescrituras interesadas. Pese a ello, y aunque se haya mitificado, sería injusto no reconocer la vigencia de sus principios fundamentales y valorar el revulsivo que ha significado para la modernización del país.

Ese mismo país que asiste hoy, perplejo pero también cómplice, a un alarmante proceso de ataque y derribo hacia esos viejos derechos y libertades que creíamos plenamente consolidados. La economía nos da ejemplos todos los días; la seguridad –nuestro supuesto bienestar– también. La prueba más cercana de cómo la economía se ha impuesto a la política son las elecciones andaluzas. Tristes y agónicas. Supeditadas a la estabilidad financiera, el déficit y los vaivenes de la Bolsa. La crisis se ha comido el debate andaluz. Ni ilusiones ni sueños; sólo número de parados y facturas en los cajones.

En aras de la seguridad, Nicolás Sarkozy, en su particular campaña a la Presidencia francesa, nos sorprendía esta semana con una iniciativa aterradora: quiere modificar las leyes para castigar penalmente a quienes consulten páginas webs que inciten al odio y la violencia. ¿Lucha contra el terrorismo o censura? ¿Responsabilidad política o populismo barato para ganar votos? Al otro lado del Atlántico, hace justo dos siglos, Benjamin Franklin advertía que “quien decide renunciar a la libertad esencial para obtener una pequeña seguridad transitoria, no merece ni la libertad ni la seguridad”. Lo recordaba Enrique Novi este viernes en su columna en Granada Hoy. Estoy de acuerdo. ¿Fanáticos? ¡Quiénes! La soberanía reside en el pueblo. Y el pueblo tiene derecho, incluso, a querer ser feliz. Aunque haya que retrotraerse dos siglos para que alguien se atreva a proclamarlo.

La travesía socialista: suave o moderada

Magdalena Trillo | 5 de febrero de 2012 a las 11:49

La misma incógnita que se cierne sobre la economía mundial marca el horizonte de los socialistas: si la travesía por el desierto será suave o moderada. Me refiero al contradictorio y descafeinado PSOE zapaterista que ha hundido el partido con los resultados electorales más amargos de su historia, a las horas bajas que vive la socialdemocracia en toda Europa –dando paso a una derecha cada vez más extrema y ultraconservadora– y pienso, en clave local, en las guerras cainitas que llevan años minando la credibilidad del socialismo andaluz.

La “respuesta responsable para el cambio” la dieron ayer en Sevilla un millar de militantes: Alfredo Pérez Rubalcaba. ¿Pasado como criticaban los chaconistas? ¿Experiencia y solvencia como defendían los suyos? Rubalcaba: 487; Chacón: 465. Con tres horas de retraso sobre el horario previsto y sólo 22 votos de diferencia, le tocó a José Antonio Griñán, el ‘neutral activo’ que no ha dejado de trabajar bajo cuerda por la candidata catalana, anunciar el nombre del nuevo secretario general del PSOE, el líder que ha de reconducir el partido y, en apenas siete semanas, activar la “reconquista” del socialismo español con su primera prueba de fuego tras las dos debacles electorales del año pasado: la cita andaluza del 25 de marzo.

Lo cierto es que el congreso de Sevilla resultaba para muchos intrascendente. Irrelevante en el sentido de que ninguno de los dos candidatos parece ilusionar y convencer lo suficiente para romper con los errores y desconciertos de los últimos años, movilizar con un proyecto abierto y cercano a los ciudadanos que realmente se sienten de izquierdas y, menos aún, levantar a un partido que tiene la enorme responsabilidad de consolidar una oposición fuerte, unida y coherente que frene el rodillo azul del Partido Popular. Ese PP que se presentó centrista en las elecciones, que arrasó prometiendo enderezar la economía y el paro y que no ha tardado ni dos meses en sacar su artillería ideológica más involucionista.

Es curioso. Los españoles seguimos declarando en las encuestas que somos progresistas pero votamos en masa al PP. Ya lo vimos en las elecciones generales del 20 de noviembre –la victoria de Rajoy no fue tanto por el crecimiento de los populares como por el castigo de los españoles al PSOE– y, si aciertan las encuestas, lo comprobaremos de nuevo el 25-M cuando Javier Arenas, con la ayuda de los Eres, logre pisar San Telmo. Mis dudas son dos. La principal, si las ganas de cambio que reflejan todos los sondeos y el hartazgo tras tres décadas de gobierno monocolor bastan para que el PP consiga la mayoría absoluta (en caso contrario quedará expuesto a una posible alianza con UPyD si es que la formación de Rosa Díez mantiene las expectativas de voto). En segundo lugar, si la permanencia en el banquillo será para cuatro años, para ocho, para doce… Si la travesía es suave, moderada o, quién sabe, grave.

La incógnita queda, a partir de ahora, en manos de Rubalcaba. Ayer, en su discurso como ganador, prometió “unidad y cambio”, por este orden, pidió “trabajo, trabajo y trabajo” y aseguró que “no habrá facturas”. Pero seamos realistas: el aparato socialista andaluz ha perdido, Griñán ha perdido y Granada ha perdido.

Al final llevaba razón Chema Rueda. Vía sms, el secretario del PSOE local hizo una encuesta exprés unos días antes de que las cinco agrupaciones andaluzas afines a Griñán (Granada, Almería, Córdoba, Málaga y Huelva)proclamaran públicamente su apoyo a Chacón (en la Torre de la Pólvora con urna incluida). Su resultado fue 150 para Rubalcaba y 50 para Chacón. El miércoles, la votación oficiosa de los delegados granadinos daba el 80% de los apoyos a la candidata catalana. Ayer, puede que más de uno decidiera ejercer su derecho a voto secreto e individual para dar el cambiazo. O no… Porque Rubalcaba sabía que podía ganar sin Andalucía y, más aún, si aquí se producía un empate.

¿Y Teresa Jiménez? La imagino sacando brillo a la foto con Rubalcaba que solía tener en su despacho antes de su conversión al chaconismo. Ya lo dijimos en campaña: una vela…

Lecciones

Magdalena Trillo | 28 de agosto de 2011 a las 9:21

Los políticos nos siguen tomando el pelo. No es nuevo, lo sé. Pero esta semana nos han dado pruebas vergonzosas de ello. Y lo han hecho con un pacto de mesa camilla que suena más a república bananera que a una democracia europea y moderna con más de treinta años de supuesta madurez. En tres días y medio, los dos grandes partidos (PSOE y PP) han llegado a un acuerdo para reformar la Constitución. Sin debate, de espaldas a los ciudadanos y sin explicaciones que convenzan sobre la efectividad de la medida: ¿con la modificación del artículo 135 salimos de la crisis?, ¿se creará empleo?, ¿crecerá la economía?, ¿nos dejarán tranquilos los mercados?,  ¿nos aplaudirá Merkel?

Mi respuesta es no. Pero aun reconociendo que el fondo sea discutible, y hasta defendible, la pregunta que deberíamos hacernos a continuación produce una desazón y una desconfianza insalvable en quienes nos gobiernan: cómo es posible que la reforma constitucional sea el único asunto que haya puesto de acuerdo a Zapatero y Rajoy, incluso con diligencia, en estos cuatro agónicos años de legislatura en los que España se ha visto duramente golpeada por la crisis y hasta por el recelo de nuestros ‘colegas’ europeos.

Cuando en otros países se han cerrado pactos de Estado entre los grandes partidos en política económica y financiera, aquí hemos visto a un PP obsesionado con llegar a Moncloa, atizando los temores del rescate y con un único mensaje: las urnas. Primero el “adelanto electoral” y ahora “el adelanto del adelanto electoral”. A partir del 20-N, tendremos tiempo de comprobar si su hoja de ruta tiene algún efecto sobre brokers y especuladores. Una agenda, por cierto, que nada empieza a tener de oculta si tenemos en cuenta cómo se la ha ido apropiando Zapatero con sus anuncios de los viernes tras el consejo de ministros. Hagan memoria: abaratamiento del despido, jubilación a los 67, recorte de las pensiones, rebaja en el sueldo de los funcionarios, adiós al cheque-bebé, nada de tocar ni a la banca ni a los ricos y, ahora, apuesta por el empleo precario y temporal con la excusa de rebajar el paro.

La segunda lección de esta semana produce más tristeza aún. No se puede disentir. No hay debates de puertas afuera y, parece, que tampoco de puertas adentro. ¿Ser crítico es ser desleal? La misma tarde del martes, cuando empezaron a ‘arder’ las redes sociales con los primeros argumentos en contra de la reforma constitucional, el aparato del PSOE se puso en marcha: demasiado ruido; había que bajar el tono. La propia Elena Valenciano, directora de campaña de Rubalcaba, salió públicamente al día siguiente llamando a filas y, justo mañana, en la víspera de la votación que ha de consagrar la reforma exprés, la plana mayor del PSOE ha convocado a barones, ejecutiva y diputados para explicar la letra pequeña del acuerdo entre Ferraz y Génova y asegurarse de que no habrá fugas… Rubalcaba deberá emplearse a fondo, porque su única arma es el contenido de la Ley Orgánica que se ha negociado de manera paralela para no fijar los límites del déficit en la CE. Teóricamente, su gran aportación después de haberse quedado “desnudo”, como decía esta semana el diputado Pérez Tapias, ante el inesperado anuncio de Zapatero. No lo tendrá fácil. Son muchos los que se posicionan a favor del referéndum, muchos los escépticos y algunos los que, sencillamente, tachan el pacto de “esperpéntico” y “surrealista”, de auténtico “disparate”, una “involución constitucional”.

Del resultado de estas reuniones, de las movilizaciones que ya han convocado el Movimiento 15-M, IU y los sindicatos, y del debate del martes en el pleno del Congreso podremos extraer la tercera lección: si habrá coherencia o se impondrá la disciplina de voto. A los indecisos les recomendaría que leyeran la sentencia del Caso Nevada donde el juez realiza una profunda disertación sobre las obligaciones –éticas y también legales– de los cargos públicos elegidos en sufragio. “No es admisible que se amparen en una actuación automática y siguiendo las directrices de otros para votar favorablemente”. Una responsabilidad, advierte el juez, que está “por encima de la obediencia debida al partido”. ¿Lo estará en este caso? Por integridad, por respeto a los ciudadanos que seguimos yendo a votar.