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El Pacto de la Alhambra

Magdalena Trillo | 17 de julio de 2016 a las 11:44

Cuando hace una década Granada, Córdoba y Sevilla hacían promoción conjunta en EE UU y Japón para potenciar el turismo de larga distancia, Málaga no existía. En la campaña Splendours of Andalusia, la Costa del Sol tenía ¿poco? que aportar al triángulo cultural andaluz: su aeropuerto. El paquete que comercializaban las agencias nacía y moría en Málaga sin más beneficio para la ciudad que servir de plataforma: los turistas llegaban a su aeropuerto internacional, los metían en un autobús, los llevaban a conocer la Alhambra, la Giralda o la Mezquita, pernoctaban y gastaban en las provincias vecinas, les proponían escapadas a Ronda o Jerez y los empaquetaban de vuelta a casa una semana más tarde. Málaga no era más que una silueta desde la ventanilla del avión.

En diez años, Málaga se ha ganado a pulso el derecho a estar en la foto. Por la acción de ellos y por la omisión nuestra. En sentido figurado y real…

Ya tenemos el argumento para perdernos entonando ese mismo llanto lorquiano que desde la construcción autonómica Granada ha dedicado a Sevilla confrontando y avivando la política del agravio. Sólo tenemos que cambiar un nombre por otro. Primera estrofa: asumir que nos ha comido terreno, en este caso como destino cultural. Segunda estrofa: elogiar el pragmatismo de un alcalde que ha tejido alianzas donde tocara, con quien hiciera falta y con su carné político bien guardado en el bolsillo siempre que beneficiara a su ciudad. Tercera estrofa: fustigarnos preguntándonos qué hacía Granada mientras tanto y con otro alcalde de su mismo partido porque, hasta el sobresalto de mayo con la operación nazarí, la trayectoria de Paco de la Torre y Pepe Torres ha sido casi paralela. Cuarta estrofa: concluir que no nos merecemos que nos desbanquen, buscar un culpable y lamernos las heridas.

Pero la tercera y cuarta estrofa son excluyentes. O nos deleitamos muriéndonos de envidia y añorando un pasado (supuestamente) glorioso o nos preocupamos de salir en las fotos. Lo sensato, y egoístamente más operativo, es obviamente lo segundo. Pero no crean que es lo más fácil. Lo de compararnos con Málaga para todo se ha convertido en el discurso oficial de la opinión pública y publicada. Empezamos tímidamente con las disputas por las inversiones públicas autonómicas y estatales, luego llegó la competencia de los aeropuertos, de repente irrumpió la cultura a golpe de titulares con los éxitos de unos y los fracasos de otros, el aislamiento ferroviario nos ha convertido en satélite de Antequera vía autobús y, en el culmen de la contradicción, hasta nos ha molestado que el Hospital del Campus esté funcionando ya a pleno rendimiento… A la espera de que el Metro fracase, el bloqueo del AVE y el Centro Lorca -¿seguro que lo que ha hecho La Caixa es perdonar una deuda y no embargar el legado?- amenazan con seguir dando motivos más que sólidos para seguir sumidos en un estado crónico de frustración.

foto

Salir en las fotos tiene además un riesgo. Le ocurrió a Paco Cuenca nada más coger la Alcaldía cuando la nueva portavoz municipal del PP, Rocío Díaz, le llamó el “rey del postureo”. Le sentó fatal; la crítica y que lo publicáramos. A él y a su equipo. Pero es un precio asumible. Necesario incluso. Porque para que haya una imagen realmente histórica como la que se produjo este viernes en el Palacio de los Córdova también tiene que haber rutinarias. La foto de cuatro alcaldes enterrando rivalidades y sellando el lanzamiento del Eje Turístico Andaluz acabará en los anuarios.

La alianza la pusieron en marcha Málaga y Sevilla pero Córdoba y Granada han sido capaces de sumarse a esta inesperada locomotora de desarrollo. El turismo es sólo el primer paso. Se construirá una marca conjunta competitiva, se sentarán los pilares del “mayor reclamo turístico del sur de Europa” y se activarán sinergias en otros ámbitos como el biosanitario y agroalimentario.

En unos meses sabremos si la imagen tiene recorrido pero, de entrada, ya hay una intrahistoria. Aunque se ha llevado con discreción, hasta el último minuto ha intentado De la Torre que el convenio de colaboración se firmara en Málaga. Lo de cuadrar las agendas -el acto se ha celebrado una semana después de lo anunciado- ha tenido más tensión que la estrictamente protocolaria. No era una simple foto; era un símbolo y era importante el escenario. Granada se ha apuntado el tanto gracias a la Alhambra. A la imponente imagen de los palacios que hace de postal. ¿De verdad preferimos lamentarnos?

Alhambra: Año III

Magdalena Trillo | 12 de julio de 2015 a las 9:35

Hace un par de años la revista Yo Donna eligió a Mar Villafranca como una de las veinte españolas más influyentes en el mundo del arte poniendo de relieve su “reconocido prestigio internacional en museología, gestión cultural, investigación y conservación del patrimonio histórico”. Para más de un concejal del Ayuntamiento de la capital, siempre ha sido la “sultana”; la “sultanilla” en los momentos de mayor tensión. Mateo Revilla fue el “virrey de la Alhambra” y Villafranca se ha quedado con el título más cercano al Califato. Desde la irrelevante llanura de la Plaza del Carmen, no son más que variaciones de un mismo sentimiento de recelo y de envidia hacia esa insolente Colina Roja que, como ocurre con los más agresivos contrapicados fotográficos, recuerda a diario que el poder siempre está arriba.

Hace un año la propia reina Sofía le hacía entrega del Premio Europa Nostra por “su contribución a la conservación y gestión de uno de los conjuntos más emblemáticos del patrimonio europeo”. Si dejamos a un lado las siempre difíciles relaciones con el Ayuntamiento, ya durante los 19 años de gestión de Revilla y de forma especialmente dura desde que el PP llegó al gobierno local con una abrumadora mayoría absoluta en 2003, sólo las noticias sobre el fraude de las entradas que destapó justo a su llegada -el macrojuicio está aún pendiente de celebrarse con decenas de trabajadores imputados por las irregularidades en el acceso al monumento- habían manchado una etapa que, si de algo ha pecado, ha sido justamente de ser demasiado brillante. Y en esta ingrata Granada ya tenemos numerosos ejemplos de que, cuando realmente hay que preocuparse, es el momento en el que se sobresale más de la cuenta.

Hace seis meses ostentaba uno de los cargos públicos menos cuestionados en estos tiempos revueltos de profunda inestabilidad, cambio político y relevo generacional. Pocos pensarían entonces que la campaña de acoso y derribo que el equipo de Torres Hurtado encendió en las municipales aprovechando la polémica del Atrio y su metedura de pata en las redes sociales llamando “tontos del culo” a los votantes del PP pudieran terminar moviéndola del sillón. Ni la rectificación inmediata ni pedir perdón es ya suficiente para hacer frente a las implacables redes sociales que, como acaba de vivir el alcalde con sus “desafortunados” consejos a estudiantes para asistir fresquitos a un acto social -las chicas, cuanto más desnudas, más elegantes, son capaces de convertir en asunto nacional el traspiés más inocente.

Hace dos semanas fue detenida por la Policía Nacional y puesta en libertad con cargos por el caso de las audioguías. La denuncia ante la Agencia Tributaria sobre supuestas irregularidades en la adjudicación y control del servicio partió de un extrabajador de la empresa que ganó el concurso pero no son pocos los que ven una ‘mano negra’ detrás capaz de transformar un teóricamente caso administrativo en un asunto penal.

Hace una semana la Fiscalía Provincial presentó una demoledora querella ante el juez contra Villafranca, tres altos cargos del Patronato y dos empresarios por prevaricación, malversación y blanqueo de capitales. En menos de 24 horas dimite. Mañana, la Consejería de Cultura tiene previsto nombrar sucesor. Será el tercero en un cuarto de siglo de historia. 19 años Revilla; 11, Villafranca. Antes no existía el Patronato como lo entendemos hoy; antes fueron los tiempos de la Alhambra como Monumento Nacional y no era en Sevilla sino en Madrid donde se tomaban las decisiones. Luego llegó la autonomía, las transferencias y el modelo de gestión que sigue vigente hoy.

Hasta aquí, la secuencia de una caída orquestada. La Alhambra cerró con polémica los últimos días de Mateo Revilla y vuelve a ocurrir con Villafranca. El 14 de julio de 2004, justo el martes hará once años, la hasta ese momento directora general de Instituciones del Patrimonio Histórico de la Junta e integrante del equipo de asesores de Rodríguez Zapatero tomaba posesión en el emblemático Patio de los Arrayanes de la Alhambra con un exclusivo acto de 200 personas al que no se invitó al director saliente. Villafranca había recibido el encargo del entonces presidente Manuel Chaves de “situar la Alhambra como espejo de la modernización cultural de Andalucía” y nada más situarse al frente de la institución más potente de Granada anunció un ambicioso plan director para, “desde el talante abierto y el diálogo permanente”, dar un nuevo impulso al Patronato.

Récord anual de visitantes -con 2,3 millones en el último ejercicio, es el principal reclamo turístico-cultural del país-. Cerca de 300 empleados directos y otros tantos dependientes de los servicios subcontratados -genera hasta 6.800 de forma indirecta-. Unos ingresos al año de 27 millones de euros. Un impacto económico de 550 millones en Granada y de 750 millones en Andalucía.

Ése es el ‘monstruo’ al que tendrá que enfrentarse la persona que asuma la dirección en esta tercera etapa de gestión que la Junta de Andalucía abrirá mañana y que ya ha provocado la primera pataleta en el Ayuntamiento. Oficialmente por las formas en que se ha convocado el pleno; en la práctica, porque la ciudad no cuenta todo lo que quisiera, no decide todo lo que le gustaría y no maneja el dinero como querría. A Luciano Alonso se le ha criticado tanto desde Granada, tan nefasto se ha valorado su paso por la Consejería de Cultura, que todavía es posible creer que Rosa Aguilar pueda restablecer mínimamente las relaciones con la ciudad con algunas concesiones iniciales como frenar el proyecto del Atrio.

Impensable parece que pueda llegar ni a plantearse valorar el “despropósito” -así al menos se ha visto en los círculos culturales- de Torres Hurtado de modificar el modelo de gestión y separar la vertiente de conservación y la turística y, completamente sujeto a lo que ocurra mañana, queda comprobar si habrá o no un relevo de consenso.

No es fácil. La Alhambra ha crecido exponencialmente en los últimos años pero se ha mantenido una estructura de gestión ineficaz e insuficiente para abordar la envergadura del desafío que realmente tiene ante sí. Casos como el de las audioguías, con independencia de cómo se resuelva judicialmente, dan idea de las dificultades de control y de las infinitas ventanas al ‘trapicheo’ que plantea un ente que en estos momentos se percibe como un caramelo envenenado con una severa lupa pública diseccionándolo.

La nueva consejera de Cultura puede seguir dos caminos: cubrir expediente con alguien obediente que ponga el motor en ralentí y no moleste más de la cuenta al resto de patronos en el escenario de una ciudad -una provincia, una comunidad- ensimismada y letalmente conformista o abordar la transformación que la Alhambra necesita para ser de verdad ese gran proyecto político y cultural para Andalucía y para España que justifican los números que maneja, ese baluarte nacional e internacional que le corresponde.

Cuando tengamos un nombre que unir a este Año III que empieza ahora lo sabremos.

Granada: humildad… pero también ambición

Magdalena Trillo | 21 de junio de 2015 a las 10:30

En esta semana efectista de cambios que han protagonizado los nuevos inquilinos de los ayuntamientos más importantes de España, la prueba más gráfica de la transformación tal vez sean las preparadas fotografías en metro y bicicleta que han empezado a competir con los imponentes coches oficiales a las puertas de los consistorios. Si tomamos como barómetro estas fotos populistas como símbolo del cambio, Granada será una excepción. Si recordamos que la primera acción de gobierno de Torres Hurtado cuando logró la Alcaldía hace 12 años fue cargarse el carril bici de la Avenida Dílar -iba en su programa electoral-, es fácil concluir que la foto del regidor en transporte ecológico nunca se producirá -más plausible sería verlo llegar a lomos de su vieja Bultaco-. Si atendemos a las palabras con que hace justo una semana se presentó a los granadinos para afrontar su cuarto y “último mandato”, la sensación es de piloto automático; evitar charcos, no defraudar, aún más, e intentar reconciliarse con vecinos y oposición para cerrar sus páginas políticas con cierta dignidad. Si de paso convence a Ciudadanos -y a su partido- para aplazar su fecha de caducidad, superar el deadline de noviembre y ‘aguantar’ el mandato…

Resulta difícil entender cómo un alcalde que ha gobernado aplicando cómodamente el rodillo tiene ahora el anhelo inquebrantable de pasar a la historia como el “gran aglutinador”. ¿”Usadme”? Gustaría más o menos, pero cuando el PP cogió las riendas del Ayuntamiento en 2003 había iniciativas, sueños, ambición; no sólo apego al sillón. También había presupuesto, es verdad, pero no es lo único necesario para gobernar una ciudad. La visión y la audacia, la capacidad de sumar, el ingenio para sortear dificultades y encontrar vías de desbloqueo son fundamentales si el objetivo no es sólo permanecer y aguantar sino transformar una ciudad.

Nada más estrenarse como el alcalde, Torres Hurtado puso en marcha el proyecto del Centro Lorca, logró que la familia del poeta aceptara levantar el edificio en el solar del antiguo mercado de La Romanilla pese a que ese mismo espacio lo había ofrecido sin éxito el anterior gobierno tripartito y, no sin dificultades, ha conseguido desarrollar buena parte del programa que ideó para reconciliar a Granada y Federico.

Con un poco de mala suerte, el mayor tributo a la ineptitud que podría tener esta ciudad -compartido por todas las instituciones- amenaza con producirse esta semana si finalmente no se encuentra una salida a la complejísima situación que se ha producido en torno al Centro Lorca con millones de euros sin justificar, sombras sobre la gestión que pueden derivar en la vía penal y un creciente choque de criterios entre las administraciones y la Fundación Lorca que podría conducir a un escenario absolutamente daliniano: que se inaugure el espectacular edificio que diseñó el equipo de arquitectos mexicanos y esloveno sin los fondos del poeta en su interior. Como Castellón tiene su aeropuerto sin aviones, Granada tendría su Centro Lorca sin Lorca. El despropósito en la decadente trayectoria cultural de esta ciudad se uniría a ese sombrío legado de mármol-piedra que representa, por ejemplo, la Gran Vía o a las megalómanas rotondas coronadas con toscas maquinarias y granadas tamaño XXL que han terminado ilustrando ese otro gran fracaso colectivo que ha significado no haber sido capaces de hacer frente a dos de los mayores retos de cualquier ciudad: la movilidad y la expansión. La legítima aspiración a vivir en una ciudad más amable y con mejor calidad de vida.

Muchos, aunque muy pocos se atrevan a escribirlo, comparten estos días el severo diagnóstico que Jerónimo Páez ha realizado de esa Granada “provinciana” que en los últimos años (también al ‘tripartito’ hay que pedirle cuentas) ha ido perdiendo “fuerza política, fuerza cultural y dimensión internacional” al mismo tiempo que se ha ido empobreciendo, “acatetándose” y perdiéndose en “ridículas disputas locales”.

Justo esta semana el Centro de Debate y Desarrollo elegía Granada precisamente por su tradición y proyección, en la víspera además del arranque del Festival de Música y Danza -una de las pocas citas que siguen justificando ese título de ciudad cultural que mantenemos viviendo de las rentas-, para analizar el papel de la cultura como motor de desarrollo, su importancia para el impulso económico más allá de su valor como factor de identidad, en torno a tres de los referentes andaluces más acreditados y solventes en producción cultural: la Alhambra, el Teatro de la Maestranza y el Museo Picasso de Málaga.

Pero en Granada hay que empezar por el principio. La identidad cultural cada vez está más difusa -¿por qué seguimos sin aprovechar nuestra privilegiada posición de puente con el mundo árabe? ¿Por qué no explotamos la conexión con América Latina?-, la capacidad de avanzar en rentabilidad choca una y otra vez con el eterno debate entre turismo masivo y patrimonio -el reciente seminario de la Escuela de la Alhambra ha sido especialmente revelador sobre este tema- y las expectativas de fijar puntales de innovación se diluyen entre polémicas estériles, enfrentamientos partidistas y, con realmente difícil antídoto, la falta de ambición.

Aquí incluyámonos todos. La autocensura aplicada a toda una ciudad. Lo primero que escribí en noviembre de 2003 cuando el alcalde vino de una reunión de Madrid con el proyecto del Centro Lorca bajo el brazo fue que no había fechas ni presupuestos comprometidos pero sí “la voluntad política de todos los patronos para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de la Romanilla que se convirtiera en un referente de la ciudad”. Pero la voluntad política y las palabras de los acuerdos luego hay que transformarlos en realidades. Y aquí hemos chocado con esa Granada indolente que termina conformándose y empequeñeciéndose pensando que todo es consecuencia de la fatalidad. En dieciséis meses, Málaga ha transformado el garaje de 6.000 metros de su ‘Cubo’ del puerto en el Centro Pompidou, un museo de excelencia e innovador que está ayudando a construir ese perfil de ciudad moderna y cultural con que su alcalde (también del PP) se ha propuesto dibujar la Málaga del siglo XXI. Después de doce años, el gran proyecto cultural de la capital vuelve a situarse en el inaudito laberinto del “todo es posible en Granada”.

Las comparaciones son odiosas pero inexcusablemente necesarias cuando no hay autocrítica. Imagínense lo que podríamos conseguir si a la “humildad”, la disposición al diálogo y a la colaboración que de repente -en una semana- se ha convertido en seña de identidad de un irreconocible equipo de gobierno ‘popular’ fuéramos capaces de sumar una buena dosis de ambición, de profesionalidad y de competencia en la gestión.

Para el “cambio”, aunque sea en el tono, ha bastado una inapelable jornada electoral y dos duras semanas de negociaciones para formar gobierno. Puede que Granada no necesite la foto de un alcalde en bicicleta, pero cuánto avanzaría si esa imagen fuese la antesala de una Granada simplemente mejor.

¿A qué aspira Granada?

Magdalena Trillo | 22 de febrero de 2015 a las 22:12

Simplificando mucho, el problema del Atrio que Álvaro Siza ha diseñado como gran puerta de entrada a la Alhambra es que es mucho proyecto para Granada. ¡Otra vez! Ya nos pasó con la grandiosa estación del AVE que el Gobierno socialista encargó a Rafael Moneo en 2009 para resarcir a la ciudad por tantos años de comunicaciones tercermundistas y promesas incumplidas y, sólo un poco después, lo tendríamos que volver a vivir con el Teatro de la Ópera de Kengo Kuma, aquel espectacular Granatum con el que el arquitecto japonés ganó hace siete años el concurso de ideas que culminó un interminable debate sobre si Granada necesitaba o no un gran espacio escénico. Al final dijimos ‘sí’ pero la realidad nos corrigió.

Los dos proyectos están en un cajón. Los dos se plantearon con ambición y los dos han sucumbido a la crisis y a las propias dinámicas destructivas de esta ciudad. El AVE se ha descafeinado por el camino y nada tienen que ver los 570 millones que iban a invertirse en la Estación Mariana Pineda con el parcheo que se está realizando en estos momentos en Renfe para recibir un tren low cost, sin soterramiento en La Chana y con una más que cuestionable velocidad. Bien es cierto que, esta vez, llegará. Con un alto precio para Granada -¿alguien confía en que el proyecto sea a medio plazo reversible’-, pero llegará. Y casi al mismo tiempo que lograremos terminar las obras malditas de la A-7 y veremos el Metro empezar a funcionar.

El vanguardista edificio de Kengo Kuma, un arriesgado proyecto que nada más darse a conocer se convirtió en un referente arquitectónico para profesionales y alumnos, se concibió como una granada abierta a la Vega que coqueteaba en la distancia con la Alhambra y Sierra Nevada, dialogaba con el Parque de las Ciencias y el Museo de la Memoria y dotaba a la ciudad de un auditorio con 1.500 localidades técnicamente preparado para poder programar espectáculos de primer nivel de teatro, danza y, por fin, ópera. No era (sólo) un proyecto para ser contemplado; era un proyecto para ser “experimentado”.

Esta semana nos contaban que técnicamente no está muerto, que está en fase de “supervisión” en la Consejería de Cultura y que, incluso, podría rescatarse si se consiguen unos fondos europeos que están pendientes de consignación. Por Sevilla, de momento, no quieren ni oír hablar de Kengo Kuma. Si los 45 millones que se destinarán en cinco años al Atrio han conseguido despertar el fantasma del turista ‘mochilero’ y hasta IU se ha posicionado en contra después de firmar un convenio para financiarlo (el mal de la incoherencia no es exclusivo de socialistas y populares), imagínense lo que podríamos armar si recuperamos el Granatum del japonés y no sólo pensamos en construirlo sino también en mantenerlo y en programar.

Pero, sinceramente, una cosa es la prudencia y la tan reclamada “sostenibilidad” y otra bien distinta la miopía. ¿No tenemos ya bastantes chapuzas en Granada? ¿No nos fustigamos lo suficiente viendo la actividad del faraónico aeropuerto de la Costa del Sol con su casi centenar de conexiones internacionales? ¿No nos lamentamos del salto que Málaga ha dado en su oferta cultural con los millonarios proyectos museísticos que su alcalde (también del PP) ha sacado adelante en plena crisis y nos empezamos a preocupar por si aquí, también, perdemos liderazgo?

¡En qué quedamos! Debería dar miedo pensar qué nueva polémica nos vamos a enredar en los próximos meses cuando Granada culmine las grandes infraestructuras que nos han tenido ocupados en la última década. La línea marítima a Melilla promete pero, sin duda, resultará más jugoso -y mediático- lanzarse sobre la Colina Roja. O sobre la Sierra. Me niego a defender que es algo consustancial al ADN del granadino. Y menos ahora… que hasta los científicos han desmontado el asentadísimo mito de que la alta montaña multiplica las posibilidades de sufrir un infarto.

Nada puede haber en el ambiente de esta Granada que siempre ha sabido cautivar viajeros y fascinar hacia fuera para que, de puertas adentro, nos repleguemos y no seamos capaces siquiera de permitirnos el lujo de tener aspiraciones. Y no hablo de dibujar castillos en el aire; hablo de empezar resolviendo nuestro problema de autoestima y falta de visión. Hablo de tener personalidad para saber hacia dónde queremos que camine Granada sin copiar al de al lado ni entrar en insufribles disputas de agravios. Hablo de lograr un mínimo consenso político y social para saber por qué vamos a luchar. Hablo de no acomodarnos pidiendo el ‘café para todos’ en todas las escalas.

¿De verdad no queremos subir a la Alhambra cualquier noche de verano del Festival y terminar la velada tomando unas copas en la terraza del restaurante que ha diseñado Álvaro Siza? ¿No nos gustaría llegar a un parking decente sin doblarnos un tobillo al salir del coche? ¿No preferirán los turistas hacer cola para comprar una entrada sin mojarse cuando llueve, helarse de frío o morirse de un sofoco? Nos equivocamos de debate si lo reducimos a oportunismos (e inoportunismos) electorales. Puede -y debe- haber discusión pero atrevámonos, por una vez, a no pensar a la defensiva y hagámoslo con un planteamiento constructivo. Se puede entender que ni la estación de Moneo ni el Teatro de Kengo Kuma hayan sido proyectos asumibles en momentos de durísimos recortes. Pero el de Alvaro Siza, al menos en teoría, se podría afrontar: ¿no sentiriamos envidia si el proyecto si se hubiera planteado para Málaga?

Aunque sorprende la intensidad del revuelo cuando hace más de cuatro años que se aprobó el proyecto y se dio a conocer, entendamos que es ahora, en el momento en el que nos recuerdan que (éste sí) se va a ejecutar y vamos al detalle de la obra, cuando toca el turno de la polémica…

Desde el punto de vista arquitectónico, pocas voces lo cuestionan. La envergadura de la actuación y la financiación es otro tema. Y, por supuesto, en el trasfondo siempre está el recurrente debate sobre el aislamiento de la Alhambra y el agrio cuestionamiento a la política de gestión actual. Del “no sostenible” y el “disparate” al miedo de convertir el monumento en una “isla” para turistas.

Dicen que perjudicará a los hosteleros: ¿alguna vez dejarán de quejarse nuestros empresarios del sector turístico?, ¿alguna vez les oiremos confesar que les va bien? Dicen que es un “exceso” cuando hay tantas necesidades de inversión cultural en Granada y cuando la propia Junta de Andalucía está recortando inversiones de mayor necesidad social: ¿estaríamos con este debate si no se hubiera convocado el 22-M y faltaran menos de tres meses para las municipales? Dicen que “no es el momento”: ¿alguien sabe cuándo es el momento de que nos pongamos de acuerdo en algo en esta ciudad?

Estaría bien empezar preguntándonos, -y contestando con honestidad-, si saben los políticos, si saben los responsables institucionales, si sabemos nosotros, a qué aspiramos.

Patrimonio de la Humanidad: cómo y para qué

Magdalena Trillo | 16 de noviembre de 2014 a las 10:27

La Alhambra celebra este fin de semana el treinta aniversario de su declaración como Patrimonio de la Humanidad. El Albaicín suma veinte. La Alpujarra quería empezar ahora. La primera pregunta que podríamos hacernos en todos los casos es una: ¿para qué? El monumento nazarí tal vez sea uno de los ejemplos más sólidos a nivel mundial sobre los beneficios que supone reconocer y proteger un bien, aplicar estrictos criterios de eficiencia e innovación en la gestión y contar con un plan de inversiones estable y suficiente. El amplio informe que hoy publicamos con motivo de las jornadas de puertas abiertas que ha organizado el Patronato da una idea de dónde estábamos hace tres décadas, de la posición internacional de referencia que ha sabido ocupar la Alhambra y del horizonte que ya está diseñado.

El Albaicín representa justo lo contrario. El expediente se ‘coló’ en los años 90 en la Lista de la Unesco pero su declaración se ha convertido en un lastre para los vecinos, para las administraciones y hasta para la Alhambra que está sometida a una constante presión para que ‘tire’ del proyecto y asuma una responsabilidad de inversión y de planificación que excede claramente sus competencias. Mientras, el barrio morisco languidece transmutado en un parque temático para turistas con unos vecinos reducidos a actores secundarios y unas administraciones incapaces de impulsar un plan especial de protección y desarrollo ambicioso que responda a las necesidades reales de una población cada vez más acosada por los intereses especulativos.

La Alpujarra se ha convertido esta semana en un símbolo del despropósito, de esa Granada que parece disfrutar dinamitándose desde dentro. Hubiera sido un debate apasionante plantear los retos que supone proteger un paisaje natural tan complejo, cómo conjugar los intereses de los pueblos con el impacto que la declaración tendría en el turismo, cómo convertir el ‘sello mundial’ en una oportunidad de desarrollo para la comarca y no en un nuevo quebradero de cabeza para vecinos y ayuntamientos. Y todo ello con un doble condicionante: por un lado, el suplicio y las restricciones que ya ha supuesto para la población la protección como BIC del Barranco de Poqueira y el Sitio Histórico de la Alpujarra Media y La Tahá -para cambiar un cuarto de baño, por ejemplo, hay que venir a la capital, pedir permiso a Cultura y esperar cuatro o cinco meses hasta que informa la Comisión de Patrimonio-; por otro lado, el esfuerzo que la declaración de la Unesco implicaría para la gestión local al obligar a desarrollar planes especiales propios de protección y, consecuentemente, destinar importantes fondos. No olvidemos que el marchamo del Patrimonio Mundial es un elemento muy poderoso para la promoción turística, para “situar la Alpujarra en el mapa”, pero ni protege nada de por sí ni conlleva una línea directa de inversión.

Lamentablemente, no son los desafíos de la gestión urbana y cultural los que marcan el debate sino la política. Hace treinta meses que la Diputación impulsó el proyecto y han bastado unos cuantos días para torpedearlo. El consejero de Cultura de la Junta, Luciano Alonso, lanzó ayer el balón al Ministerio. Dijo desconocer por qué no se ha incluido el expediente de la Alpujarra en el orden del día del Consejo de Patrimonio Histórico de la próxima semana y recordó que un requisito fundamental es el “consenso”, tanto institucional como de la sociedad civil.

Sebastián Pérez ya anticipó hace unos días otra ‘jugada': es una operación de derribo del PSOE provincial para evitar que los populares, que la propia Diputación, se anote un éxito de tal calado a tan pocos meses de las municipales. A nivel regional también se han hecho los cálculos y parece más rentable hacer un guiño a Córdoba que a Granada. Medina Azahara, como antes ocurrió con los dólmenes de Antequera, nos ha pasado por encima. Si los elementos técnicos, la oportunidad del expediente y las expectativas de apoyo hubieran sido lo realmente determinante, la Alpujarra estaría en la Lista Indicativa, conscientes todos del compromiso expreso del Gobierno de Rajoy de empujar el expediente para su aprobación final por la Unesco.

Así, sólo una sorpresa de última hora en las sesiones que se celebran lunes y martes en Lanzarote podría revitalizar el expediente. Nadie cuenta con ello: han pesado más los cálculos electorales; la política ha herido de muerte el proyecto. Es verdad que la candidatura nació hace tres veranos como una iniciativa personal del presidente de la Diputación y también es verdad que se había impulsado como uno de los proyectos bandera de su mandato, pero en el camino se ha abierto a la discusión y el debate, se ha sumado la Universidad, se ha puesto al frente del expediente el rector, el documento se ha dejado en manos de los técnicos y se ha modificado para incorporar todas las recomendaciones de la propia Junta, del Gobierno y de Icomos. Si de competir con Medina Azahara se trata, la falta de consenso se ha impuesto como debilidad insuperable, pero la propuesta de Granada es mucho más excepcional y con unos valores universales que conectan mucho mejor con los tipos de bienes que la Unesco quiere promover en estos momentos. Y con un expediente terminado…

Queda, por supuesto, mucho que trabajar y explicar, muchas aristas que limar y muchas legítimas incertidumbres que resolver, pero la ‘rebelión’ de esta semana en la comarca ha parecido más un teatro orquestado de confrontación que un conflicto real. El diputado de Turismo se ha proclamado víctima, pero lo ha sido por deméritos propios. Sólo lanzo una pregunta: si en los últimos meses ha estado de viaje con el Patronato Provincial en Dubai, Miami, Tokio, Buenos Aires, Londres… ¿cuándo se ha dedicado a poner orden en su casa? ¿a evitar la supuesta “intoxicación” y “manipulación” impidiendo que hasta los suyos se sumaran a las mociones en contra de la candidatura?

El propio subdelegado del Gobierno, Santiago Pérez (PP), habló esta semana de “fallos” en la gestión de la Diputación y ni el alcalde de la capital ha eludido el tema lamentando la “falta de altura de miras de todos”. Puestos a defender el patrimonio y dar ejemplo, también a la Junta podríamos pedirle que mirase en ‘casa’ y explique algún día por qué se eliminó la Oficina de Rehabilitación del Albaicín y por qué nunca se ha puesto en marcha la Oficina de Cultura que se prometió para la Alpujarra para agilizar los trámites de los BIC y dar una respuesta cercana a los vecinos.

En julio de 2003, con repique de campanas y cohetes, recibieron los vecinos de Úbeda y Baeza la declaración de Patrimonio de la Humanidad tras más de una década de espera. Cuando los técnicos de la Unesco visitaron las ciudades para evaluar el expediente, yo trabajaba como periodista en Jaén. Recuerdo aquellos días con tantos nervios como cuando pasé la Selectividad. Todo el pueblo, todos los partidos, todos los colectivos lo vivieron con la misma intensidad. Era un clamor popular. No veo a la Alpujarra con pancartas apoyando la candidatura pero entristece ver la oscuridad con que está a punto de morir, antes de terminar de nacer, lo que pudo ser un sueño colectivo y un estímulo para una comarca tan sometida al olvido.

Y sí, una vez más, pasa en Granada.

A oscuras, año seis

Magdalena Trillo | 29 de diciembre de 2013 a las 10:25

No hay nada más aburrido que escribir sobre lo que se debería escribir: el último artículo del año y el primero, el del arranque del curso y el de la despedida, el del inicio de las vacaciones y el del cierre del estío… Pienso en escribir pero tal vez esté pensando en vivir. Porque no hay nada más descorazonador que repasar el año pasado comprobando que podríamos plagiar línea por línea lo publicado hace 365 días sin temor a equivocarnos. Las mismas desilusiones y las mismas esperanzas; las mismas cifras caprichosas que nos atrapan en la oscuridad del túnel.

Año seis. De la crisis. Desde que Lehman Brothers quebró y nos despertó del frío del capitalismo salvaje y la avaricia. Nunca un saco había aguantado tanto. A tan bajo saldo. Con tal alto precio. Después de los recortes y las reformas, 2014 debería ser el año del despegue. De la recuperación. Pero será lenta, agónica, desigual. Ni en el mejor de los escenarios España se situará por debajo de un 15% de paro. Sume cinco puntos más a Andalucía, aplique otros cinco más a Granada y traduzca esos números a su barrio: encontrará la escalada de pobreza, de exclusión y de caridad con que nos hemos empeñado en revertir tres décadas de democracia. Beneficiencia. Esa mal entendida solidaridad con que nos seguimos distrayendo en los quirófanos aplicando etéreas esponjillas de maquillaje barato. Ni pan ni circo.

Lo que tenemos derecho a pedir, por lo que tenemos derecho a luchar, es por la dignidad. Pero es una palabra hueca. Tan huérfana como el catálogo de derechos que nos debiera garantizar nuestra Constitución. Como el marco de convivencia que seguimos pisoteando buscando la luz de un túnel en el que sólo hay tinieblas. Predicando ejemplaridad cuando olvidamos que, desde la antigua Grecia, nunca ha sido posible desligar la ética de la responsabilidad; el ideal de lo material. Pareciera que sobre ello escribe Rafael Guillén en Naturaleza de lo invisible culminando su ambiciosa ecuación poética en torno a la relatividad de Einstein. Tiempo, materia, espacio y movimiento; los límites del mundo, los estados transparentes, los dominios del cóndor, las edades del frío… “La realidad se oculta en lo invisible. Mienten los sentidos y sólo es posible alcanzarla traspasando la falsa imagen de un espejo que se interpone. Lo invisible somos nosotros agitando nuestras aspas en el caos”.

El octogenario poeta granadino habla al universo, pero su universo es también nuestra rutina, nuestros desvelos más mundanos y vulgares. Y ese horizonte inquietante en el que podríamos anclar la palabra crisis: “Hay que sobrevivir. Hay que retroceder y claudicar, retornar a este lado de la sombra, al sufrimiento y a la culpa y a la angustia de estar vivo aún. A este otro lado de la conciencia, de la certeza absurda de que se rige todo por un orden establecido. No hay salida“.

No sé si hay salida. No la hay, desde luego, a este lado de la niebla. Al otro lado, al que nos lleva Guillén en su tetralogía, tal vez sí. Pero no está de moda. Como no lo está la ética ni deberían estar los discursos navideños que hablan de ejemplaridad, de moralidad y de transparencia desde una torre de cristal en la que se practica justo lo contrario. Le leo decir, convencida, a la profesora Adela Cortina que “si nos hubiéramos comportado éticamente” no tendríamos una crisis como la actual… En Para qué sirve realmente la ética (Paidós) nos da hasta nueve razones para convencernos, nueve capítulos con un punto de partida que, repasando la insolencia de titulares de los últimos meses, roza el desconcierto: los seres humanos somos “necesariamente” morales…

La filósofa, que coordina también un volumen sobre Neurofilosofía práctica en Comares, nos recuerda que las personas estamos preparadas para la “cooperación” y el “cuidado” -no para alimentar el afán de lucro y el impulso egoísta-, resulta hasta provocadora cuando asegura que “la ética sirve para abaratar costes y crear riqueza” y contradice todos los dogmas del mercado cuando enfatiza que la educación “no puede consistir en formar personas competitivas sino en educar ciudadanos justos”, ciudadanos que desarrollen sus mejores capacidades para llevar una vida feliz… Lo bueno de empezar un año es que podemos pecar de ingenuidad.

Les invito a ello sumándome a ese anhelo de convivencia y justicia social que debería estar a cualquier lado de la niebla y apropiándome del bello mensaje epigráfico nazarí con que el presidente de CajaGranada nos desea un feliz año: “Ventura, prosperidad y satisfacción de las esperanzas”. Lo pueden leer en la fachada interior de la Puerta del Vino y lo pueden diseccionar en la guía visual del monumento que acaba de publicar el Patronato de la Alhambra. Una edición de lujo que pone luz a algunos de los misterios que todavía atesora el libro de piedra mejor conservado del mundo.

¡Feliz 2014!

El precio de gobernar

Magdalena Trillo | 23 de octubre de 2011 a las 9:24

Zapatero es el problema; el PP, la solución. Hace cinco meses que los populares arrasaron en las municipales anticipando lo que será el resultado del 20-N y, probablemente, del vuelco electoral que se vivirá en Andalucía en marzo. En Granada, Torres Hurtado amplió su victoria y, por primera vez en tres décadas de democracia, la Diputación se vestía de azul. Empleo e infraestructuras iban a ser la prioridad. El crecimiento económico y el desarrollo, la razón del cambio. Sebastián Pérez se comprometió a gobernar “para todos los municipios” sin revanchas ni favoritismos, desde la austeridad y la transparencia. Era entonces difícil disentir con el dirigente del PP cuando clamaba aquello de “no nos resignamos a seguir siendo, ni un minuto más, los primeros en lo malo y los últimos en lo bueno”.

Acaban de cumplirse los primeros cien días de gobierno del PP en la institución provincial y denuncian los socialistas que sólo ha habido “parálisis en la gestión, sobredosis de oposición y clientelismo”… En tres meses no se pueden cambian las dinámicas de 33 años, pero reconozcamos que a todos nos gustaría empezar a ver acuerdos, proyectos y, por insignificante que sea, algún resultado de su política. Menos sacudida de alfombras y más gobierno en positivo.

Y digámoslo abiertamente: una cosa es conectar con el electorado y ganar elecciones y otra muy distinta gobernar, gestionar. Sobre todo si confluyen varias circunstancias: la crisis no entiende de banderas ni de colores, lo que hay que administrar es miseria (el propio Rajoy ha advertido que llegará a la Moncloa en el momento más crítico de nuestra historia) y la ilusión de que Europa nos saque del pozo se difumina por el camino. Cuando dejemos de ser “región de convergencia” en 2014 se cortará buena parte de las ayudas que han servido de salvavidas a los gobiernos central y autonómico para sus grandes proyectos, la reforma anunciada de la Política Agraria Común terminará de hundir el campo andaluz y, aunque insistamos en mirar a la Europea rica, cada vez estamos más cerca de la pobre. Contagiados por Grecia y su quiebra.

Pero volvamos a Granada y unamos a este envoltorio macroeconómico los dramáticos datos de paro, renta y riqueza, el retraso histórico en las infraestructuras y el irresoluble aislamiento de la Costa, la comarca con más potencial. En este contexto, la estrategia del PP es efectista electoralmente pero también peligrosa. No podrá esconderse en la confrontación cuando gobierne en todos los niveles de la administración y tendrá que responder con acciones –no con promesas– a esa esperanzadora complicidad que ahora está mostrando con Granada.

Me surgen varias preguntas: ¿Será capaz Rajoy en menos de cuatro meses (de las elecciones nacionales a las andaluzas) de demostrar que el PP es la solución a la economía y al paro? ¿Si no hay desgaste de la derecha antes de marzo y se impone el PP a la segura alianza de la izquierda andaluza, conseguirá Arenas los millones para las obras del Metro? ¿Logrará que el AVE llegue a Granada con la Estación de Moneo terminada? ¿Vencerá a la caprichosa orografía del litoral y veremos acabada la A-7? ¿Convencerá a Europa para que el Corredor pase por la costa granadina y malagueña? ¿Tendrá dinero para el ascensor a la Alhambra pero no para el Teatro de la Ópera o Cines del Sur? ¿Habrá recortes en educación y sanidad como ensayan las comunidades ‘afines’?

Aparte de apelar a la nefasta gestión socialista, ¿qué hará entonces el PP de Granada? No podrá recurrir a la política del agravio. En realidad, no valdrá la política; lo que piden los ciudadanos son salidas y soluciones. Gestión honesta y eficaz. Acuerdos y dinero encima de la mesa. ¿Serán capaces de mirar hacia adelante?¿Están preparados para pagar el precio de gobernar?

Rubalcaba, González y Griñán están hoy en Atarfe en un acto central de precampaña. Los socialistas no dan por perdido el Gobierno central, al menos confían en amortiguar la derrota, y mucho menos el de la Junta. Pero los nubarrones son inmensos: en política, el PP les saca demasiados puntos de ventaja y, en gestión, tienen a medio país escéptico y al otro medio en contra. Ellos ya están pagando el precio de gobernar…

Principio de intransigencia

Magdalena Trillo | 14 de agosto de 2011 a las 10:01

César Molina se hizo artista por casualidad. Un día se acercó con un amigo a una chatarrería y comprendió que aquellas montañas de piezas metálicas debían ser el principio de todo. El desvirgamiento, un cuadro con unas bragas de su madre metidas en una escayola, fue un aviso previo que, unos años antes, no supo escuchar. El azar, y las letras torcidas de la vida, tumbaron sus sueños de ser futbolista y le desvelaron el camino para convertirse en creador. En artista del reciclaje. No es Chillida, pero su obra empieza a cotizar y a hacerse un hueco en Lisboa, Roma o Lyon. No es un artesano; no es un fabricante de granadas gigantes para colocar en las rotondas de la ciudad.

Esta semana ha vuelto al desguace. Allí reposan los restos de su obra Principio de incertidumbre junto a radiadores desvencijados y kilos de hierro y acero. El Ayuntamiento de Albolote ha aprovechado la tranquilidad de agosto para deshacerse de la obra que hasta hace unos días daba la bienvenida al municipio uniendo el polígono con el pueblo. La encargó en 2006 el anterior equipo de gobierno (PSOE) con un presupuesto de 70.000 euros. El PP ganó las elecciones al año siguiente y el proyecto quedó paralizado. Con la mayoría absoluta que logró en mayo ya no había ningún futuro que consensuar. La obra, a la basura. De forma arbitraria y unilateral. Sin comunicárselo al autor. Sin explicaciones públicas. Poder absoluto corrompido absolutamente. ¿Política, estética, ignorancia, incultura?

Recurro a un amigo experto en creación contemporánea y me recuerda cuando Duchamp colocó un retrete en medio de una exposición para fijar la mirada intelectual del arte sobre una pieza cotidiana: “Le robó la cotidianeidad y la convirtió en obra de arte porque expresó un debate intelectual: el de su propia significación. ¿Qué es el arte? Lionello Venturi le respondió que arte es todo aquello que los historiadores o los críticos dicen que es arte… Y, cuando reprodujo la Gioconda doce veces y la tituló 12, mejor que una, debatía también sobre arte y la pieza única”.

No tarda ni medio minuto en conectar la “salvajada” de Albolote con la famosa exposición Entartete Kunst de Goebbels. Arte degenerado hacía referencia a la creación moderna prohibida por los nazis y menospreciada por “no alemana”. Sancionaban a los artistas, les prohibían exhibir y vender su obra y terminaron por reunirla en una colectiva que itineró por Alemania y Austria ridiculizando a quienes se alejaban de lo tradicional y no exaltaban los valores de la sangre y la tierra.

Desde luego, la pieza de César Molina que ahora yace en el desguace nada tiene que ver con el “arte heroico”, la raza, el militarismo ni la tradición. Puede gustar más o menos, pero es difícil contradecir a quienes tildan la actuación municipal de “fascista” –¿alguien puede justificar que una institución democrática destruya arte?– y a quienes recuerdan que este PP que ha tirado a la chatarra la escultura es el mismo que se enfrenta a una ciudad para defender el valor de una estatua que rinde homenaje a Primo de Rivera.

Pienso en la impotencia del artista de Albolote. Aparte de exigir una indemnización, le propondría que volviera a la chatarrería. Que recogiera las piezas ultrajadas, una a una, como quien recompone las quebradizas hojas de un ramillete de flores secas del cementerio, y que volviera a crear. Ahora la llamaría Principio de intransigencia. Esa misma intransigencia que alimenta las actitudes fascistas y da alas, como la estatua de Bibataubín, al radicalismo. Lo pensaba esta semana leyendo los comentarios en la Red a la noticia falsa sobre Marruecos y la Alhambra. Rabat no exige la mitad de los ingresos del monumento nazarí pero a muchos les gustaría… No es casualidad que la última encuesta sobre inmigración advierta que ya más de la mitad los andaluces piensa que es “negativa, innecesaria y excesiva” y no es casualidad que sean los magrebíes uno de los colectivos que más “desconfianza” generan. Muchos borrarían nuestro pasado de mestizaje del mismo modo que borrarían la memoria histórica. Intransigencia. Sin principio; sin final.

¿Nos salvará el turismo?

Magdalena Trillo | 10 de julio de 2011 a las 22:31

Aunque muchos de los males de nuestra economía se asemejan y las grandes debilidades del mercado laboral son compartidas, se agradece que sea un economista –y no un político- quien nos diga que no somos Grecia, Irlanda ni Portugal. Más aún que nos asegure que hay salida y que empieza a iluminarse el final del túnel: “Son tres años de crisis. Si se cumplen determinadas variables, saldremos reforzados. Existen indicios para el optimismo”.

Optimismo, pero con recetas. Es decir, con reformas. Las que ya están en marcha y las que están por llegar. Con Rubalcaba o con Rajoy. En otoño o en primavera. ¿Copago?

Debería ser una obligación que los economistas culminaran sus depresivas disertaciones con un hilo de esperanza. Es lo que hizo el analista del BBVA Miguel Cardoso cuando presentó este viernes en Granada el último informe de la entidad. ¡Y no se puso la careta de enterrador! Es extraño pero, desde que empezó la crisis, cada vez que veo a un economista me acuerdo de las funerarias. Y de las avisadoras que hace medio siglo iban de casa en casa anunciando las misas de difuntos. Portando malas noticias.

El viernes no fue una excepción: crecimiento desigual, difícil cumplimiento del déficit, excesiva dependencia del ladrillo, insostenibles datos del paro… Pero entonces llegó la botella medio llena. Estamos tan mal, lo hemos hecho tan mal, que nuestras expectativas de mejorar son infinitas: el crecimiento de Andalucía en 2012 superará la media nacional; cumplimos los deberes en el sector exterior (con resultados de mayor impacto dada la deprimida situación de partida) y el turismo va camino de convertirse en la pieza clave de la recuperación. Aunque el asunto tiene truco: su papel está directamente relacionado con lo bien que les va a los compatriotas europeos y lo mal que les va a los destinos del Magreb con las revueltas ciudadanas.

¿Nos salvará el turismo? Según. Suponiendo que seamos capaces de mantener, y aprovechar, las dos variables anteriores, parecería sensato trabajar para lograr que los efectos en el empleo y el aumento del PIB no quedaran en una situación coyuntural que nos regalan otros. Menos guerras de precios y más calidad en los servicios. Desarrollo de una política común basada en la colaboración público-privada y mejora de las infraestructuras. Menos agravios y más coordinación si queremos hacer verdaderamente “apetecible” nuestro destino para europeos, rusos y asiáticos.

Hablo ya de Granada. El turismo nacional es estable. Tanto que no se ha oído a ningún empresario protestar cuando el aeropuerto ha perdido casi la mitad de viajeros (ya llegarán en coche o desde Málaga). Pero ¿es ahí donde queremos estar? Hace cinco años se rozaron los 2,5 millones de viajeros y los 5 de pernoctaciones. Hoy, no logramos despegar de los 2,1 millones de visitantes. ¿Es normal que no haya ni un solo vuelo charter para la temporada de esquí a una ciudad que está a media hora de la principal estación del sur de Europa? ¿Qué no haya más vuelos en verano a unas playas que están a cincuenta minutos de la Alhambra?

Decía Miguel Cardoso que no era comprensible. Que habría que analizar por qué Granada, con su potencial, no se ha consolidado como un destino de fin de semana de primer nivel. Desconocía, por ejemplo, lo mucho que nos dedicamos a confrontar, a contraprogramar y a abrir brechas dentro del sector… Ahora la capital y provincia irán de la mano. No tendrán al sector privado en contra, podrán ensayar sus recetas en el aeropuerto (con o sin Ryanair) y no necesitarán los titulares de Fitur para salir en la foto.

El turismo crecerá este año en España el doble que la economía y se crearán unos 50.000 puestos de trabajo. Sólo los cruceros, el segmento de más crecimiento en Europa, mueven1.200 millones de euros; sólo desde Rusia esperamos a 1 millón de visitantes. La pregunta para Granada es sólo una: ¿nos queremos salvar?

Turistas

Magdalena Trillo | 16 de enero de 2011 a las 11:57

En 2004 hubo 763 millones de desplazamientos por el mundo, en 2008 fueron 924 millones y en 2020, según las previsiones de la Organización Mundial de Turismo, serán 1.600. La pregunta para cualquier ciudad, tanto hoy como en el siglo XVI cuando los primeros ‘tour-istas’ se lanzaban a la aventura, es la misma: cómo conseguir que el viajero elija tu destino. La respuesta, por supuesto, es completamente diferente cuatro siglos después.

Hoy no hablamos de productos, hablamos de experiencias. Los turistas no quieren una oferta fabricada para ellos, quieren callejear y disfrutar como un ‘nativo’ más de una ciudad auténtica que refleje su identidad y singularidad. El turista no quiere ser sólo un espectador; quiere ser partícipe, experimentar de las costumbres y actividades locales, comer en los restaurantes de moda, ir de compras… todo menos renunciar a la emoción.

En Granada, la Alhambra es uno de los organismos que más ha apostado por el turismo de la experiencia. Lleva varios años sumando a la oferta puramente turística la educativa y la cultural y los resultados ya están sobre la mesa: más de 3,3 millones de personas contabilizadas en 2010 (2,1 millones fueron turistas) consolidando su liderazgo como monumento más visitado de España. Pone fin a dos años de números rojos y empieza a vislumbrar la salida a la crisis. Un estudio sobre el perfil del visitante zanja además el viejo mito del ‘excursionista’; ese turista que venía de Málaga en autobús, cargado con su mochila y su bocata, para no hacer más gasto que la entrada a la Alhambra. Tres de cada cuatro viajeros pernoctan en Granada. Esa es la realidad.

Pero, cuando ‘bajan’ a la capital, encontrarán las casas vacías y abandonadas del casco histórico, descubrirán la situación de degradación del Albaicín y el Sacromonte o se chocarán con la inestable programación cultural… Mucha cultura que mostrar y pocas políticas que combinen las medidas de protección, recuperación y adaptación del patrimonio con el diseño de un producto tan atractivo y sólido como lo fue en su día el ‘sol y playa’.

El documento Panorama 2020 recoge un análisis sobre el modelo turístico que refuerza esta idea: “Falta atención a la estética en general de los centros urbanos, los turísticos y los recursos culturales; deficiente señalización en vías de comunicación y turísticas, bajo nivel de integración entre los distintos modos de transporte…”. ¿Les suena el diagnóstico?

Es el triángulo de la cultura, el turismo y el desarrollo urbano el que actúa como dinamizador de las ciudades. Desarrollo y sostenibilidad. Un reto en el que la arquitectura de vanguardia (como podría ser la estación del AVE de Moneo si se construye) y los equipamientos culturales (como el futuro Centro Lorca si se termina) están funcionando como elementos de regeneración urbana, económica y social. Son referentes Dubai y Chicago, pero miremos hacia Bilbao, Valencia o Barcelona.

Granada estará esta semana en Fitur presumiendo de su atractivo como destino turístico. Está claro que no es el momento de dejar de invertir en promoción, pero tal vez el camino no sea con el ‘escaparate político’ que sigue siendo la feria de Madrid. “Hay que estar”. Esta es la premisa que enarbolan todas las instituciones. Pero cómo, con qué estrategia, con qué sinergias. ¿Para ‘vender’ Granada como destino turístico o para salir en la foto y hacer campaña?

Cuando el año que viene el PP gobierne en la Diputación (como parece) podríamos preguntar a sus ‘compañeros’ del Ayuntamiento que expliquen por qué ya será rentable –y hasta necesario– ir juntos a Fitur. ¿Se imaginan qué pasaría si Sebastián Pérez reanudara las negociaciones con Ryanair? Parece obvia la respuesta.