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La serpiente navideña de Lecrín

Magdalena Trillo | 31 de diciembre de 2017 a las 10:20

Admitimos buenismopostureo, aporofobia, mariposear posverdad. Modificamos el significado de términos como machismo para subrayar la connotación discriminatoria y mantenemos conceptos como sexo débil porque “no se puede hacer un diccionario políticamente correcto” si no queremos cargarnos el idioma.

Siempre he pensado que son los académicos de la Lengua quienes mejor diseccionan lo que ocurre en la trastienda social. Las 3.345 novedades que la RAE ha introducido en el diccionario terminan conformando un poliédrico retrato que compensa su parcialidad con la carga sugestiva con que ilustra tanto las modas y tendencias del año como los miedos, fobias y preocupaciones que nos han ido meciendo en estos doce convulsos meses que ahora despedimos.

Al final es el lenguaje, las palabras, lo que nos dan la medida de las cosas. La polémica de esta semana en Lecrín es un producto de nuestra sociedad hipócrita y de sobreactuación que justamente se explica porque ya encontramos en el diccionario palabras como buenismo y postureo. No debería extrañarnos que los vecinos estén molestos con la utilización política y el revuelo mediático que han despertado sus fiestas.

La inocentada se ha convertido en una serpiente navideña. Demasiadas noticias blandas, demasiada sequía informativa, para no aprovechar las explosivas declaraciones del confiado alcalde… Porque, por mucho que se hayan sacado de contexto, dijo lo que dijo: que se podría pujar por bailar con mujeres. ¿Fue un ejemplo desafortunado? ¿Un malentendido?

Bien. Aclaremos que formaba parte de una subasta solidaria -la idea en esta ocasión era recaudar fondos con los que rehabilitar la iglesia de la pedanía de Chite- en la que se rifaría “cualquier cosa”: hombres y mujeres; por cortarse la trenza o por quitarse la barba; por una cesta con bebidas, jamón, chorizos y productos de la tierra… Pero seamos consecuentes y no falseemos la realidad: se iba resucitar esa antigua fiesta en la que los hombres “perseguían a las mozuelas para llevarlas a bailar previo pago a los alguaciles y al alcalde…” ¿Esta es la tragedia?

Cuando hace unos años Eva Longoria y Antonio Banderas apadrinaron una de las galas benéficas del Starlite de Marbella y se subastaron en público por un baile todo el mundo lo aplaudió; era divertido y hasta ejemplar. Lecrín lo ha tenido todo en contra: la inexperiencia de un alcalde de pueblo sin glamour, la noticia coincidía con una de las semanas más trágicas de agresiones y asesinatos machistas y, a nivel local, todos los partidos se han lanzado a la yugular construyendo su particular relato de posverdad con denuncias de patrocinios (inexistentes) y recurrentes peticiones de dimisión.

Han exagerado los políticos, se ha incendiado el escándalo en las redes sociales y hemos exagerado todos desde un impostado moralismo. Pero es cierto que España no está para inocentadas. No lo está si intentamos explicar qué estamos haciendo como sociedad para que un joven decida coger el coche en plena Navidad y estrellarlo contra una gasolinera para matar a su novia; cuando degolla a su pareja en Nochebuena, la mete en un saco y la abandona en una escombrera; cuando la acuchilla hasta dejarla sin vida delante de sus tres hijos.

Pactos de Estado, recursos, formación, sensibilización… para al final comprender que todo empieza desde abajo. En lo más insignificante. En lo más invisible. Con lo que aprendemos en el colegio y en el barrio, con lo que vemos en nuestras casas. El terrorismo machista no surge de la noche a la mañana; lo alimentamos gota a gota desde el micromachismo. Con comportamientos y actitudes aparentemente inofensivas. La hija de Ana Orantes le confesaba a su madre en una carta abierta con motivo del veinte aniversario de su asesinato que “le encantaría decirle que todo ha cambiado en España”, pero que “no es así”.

No lo es. Y por eso Lecrín hace bien en suspender la puja del baile. Porque en lugar de avanzar estamos retrocediendo. Porque vivimos en una sociedad enferma que ni siquiera puede permitirse el lujo de divertirse con inocentadas…

mujeres lecrín

Patrimonio de la Humanidad: cómo y para qué

Magdalena Trillo | 16 de noviembre de 2014 a las 10:27

La Alhambra celebra este fin de semana el treinta aniversario de su declaración como Patrimonio de la Humanidad. El Albaicín suma veinte. La Alpujarra quería empezar ahora. La primera pregunta que podríamos hacernos en todos los casos es una: ¿para qué? El monumento nazarí tal vez sea uno de los ejemplos más sólidos a nivel mundial sobre los beneficios que supone reconocer y proteger un bien, aplicar estrictos criterios de eficiencia e innovación en la gestión y contar con un plan de inversiones estable y suficiente. El amplio informe que hoy publicamos con motivo de las jornadas de puertas abiertas que ha organizado el Patronato da una idea de dónde estábamos hace tres décadas, de la posición internacional de referencia que ha sabido ocupar la Alhambra y del horizonte que ya está diseñado.

El Albaicín representa justo lo contrario. El expediente se ‘coló’ en los años 90 en la Lista de la Unesco pero su declaración se ha convertido en un lastre para los vecinos, para las administraciones y hasta para la Alhambra que está sometida a una constante presión para que ‘tire’ del proyecto y asuma una responsabilidad de inversión y de planificación que excede claramente sus competencias. Mientras, el barrio morisco languidece transmutado en un parque temático para turistas con unos vecinos reducidos a actores secundarios y unas administraciones incapaces de impulsar un plan especial de protección y desarrollo ambicioso que responda a las necesidades reales de una población cada vez más acosada por los intereses especulativos.

La Alpujarra se ha convertido esta semana en un símbolo del despropósito, de esa Granada que parece disfrutar dinamitándose desde dentro. Hubiera sido un debate apasionante plantear los retos que supone proteger un paisaje natural tan complejo, cómo conjugar los intereses de los pueblos con el impacto que la declaración tendría en el turismo, cómo convertir el ‘sello mundial’ en una oportunidad de desarrollo para la comarca y no en un nuevo quebradero de cabeza para vecinos y ayuntamientos. Y todo ello con un doble condicionante: por un lado, el suplicio y las restricciones que ya ha supuesto para la población la protección como BIC del Barranco de Poqueira y el Sitio Histórico de la Alpujarra Media y La Tahá -para cambiar un cuarto de baño, por ejemplo, hay que venir a la capital, pedir permiso a Cultura y esperar cuatro o cinco meses hasta que informa la Comisión de Patrimonio-; por otro lado, el esfuerzo que la declaración de la Unesco implicaría para la gestión local al obligar a desarrollar planes especiales propios de protección y, consecuentemente, destinar importantes fondos. No olvidemos que el marchamo del Patrimonio Mundial es un elemento muy poderoso para la promoción turística, para “situar la Alpujarra en el mapa”, pero ni protege nada de por sí ni conlleva una línea directa de inversión.

Lamentablemente, no son los desafíos de la gestión urbana y cultural los que marcan el debate sino la política. Hace treinta meses que la Diputación impulsó el proyecto y han bastado unos cuantos días para torpedearlo. El consejero de Cultura de la Junta, Luciano Alonso, lanzó ayer el balón al Ministerio. Dijo desconocer por qué no se ha incluido el expediente de la Alpujarra en el orden del día del Consejo de Patrimonio Histórico de la próxima semana y recordó que un requisito fundamental es el “consenso”, tanto institucional como de la sociedad civil.

Sebastián Pérez ya anticipó hace unos días otra ‘jugada': es una operación de derribo del PSOE provincial para evitar que los populares, que la propia Diputación, se anote un éxito de tal calado a tan pocos meses de las municipales. A nivel regional también se han hecho los cálculos y parece más rentable hacer un guiño a Córdoba que a Granada. Medina Azahara, como antes ocurrió con los dólmenes de Antequera, nos ha pasado por encima. Si los elementos técnicos, la oportunidad del expediente y las expectativas de apoyo hubieran sido lo realmente determinante, la Alpujarra estaría en la Lista Indicativa, conscientes todos del compromiso expreso del Gobierno de Rajoy de empujar el expediente para su aprobación final por la Unesco.

Así, sólo una sorpresa de última hora en las sesiones que se celebran lunes y martes en Lanzarote podría revitalizar el expediente. Nadie cuenta con ello: han pesado más los cálculos electorales; la política ha herido de muerte el proyecto. Es verdad que la candidatura nació hace tres veranos como una iniciativa personal del presidente de la Diputación y también es verdad que se había impulsado como uno de los proyectos bandera de su mandato, pero en el camino se ha abierto a la discusión y el debate, se ha sumado la Universidad, se ha puesto al frente del expediente el rector, el documento se ha dejado en manos de los técnicos y se ha modificado para incorporar todas las recomendaciones de la propia Junta, del Gobierno y de Icomos. Si de competir con Medina Azahara se trata, la falta de consenso se ha impuesto como debilidad insuperable, pero la propuesta de Granada es mucho más excepcional y con unos valores universales que conectan mucho mejor con los tipos de bienes que la Unesco quiere promover en estos momentos. Y con un expediente terminado…

Queda, por supuesto, mucho que trabajar y explicar, muchas aristas que limar y muchas legítimas incertidumbres que resolver, pero la ‘rebelión’ de esta semana en la comarca ha parecido más un teatro orquestado de confrontación que un conflicto real. El diputado de Turismo se ha proclamado víctima, pero lo ha sido por deméritos propios. Sólo lanzo una pregunta: si en los últimos meses ha estado de viaje con el Patronato Provincial en Dubai, Miami, Tokio, Buenos Aires, Londres… ¿cuándo se ha dedicado a poner orden en su casa? ¿a evitar la supuesta “intoxicación” y “manipulación” impidiendo que hasta los suyos se sumaran a las mociones en contra de la candidatura?

El propio subdelegado del Gobierno, Santiago Pérez (PP), habló esta semana de “fallos” en la gestión de la Diputación y ni el alcalde de la capital ha eludido el tema lamentando la “falta de altura de miras de todos”. Puestos a defender el patrimonio y dar ejemplo, también a la Junta podríamos pedirle que mirase en ‘casa’ y explique algún día por qué se eliminó la Oficina de Rehabilitación del Albaicín y por qué nunca se ha puesto en marcha la Oficina de Cultura que se prometió para la Alpujarra para agilizar los trámites de los BIC y dar una respuesta cercana a los vecinos.

En julio de 2003, con repique de campanas y cohetes, recibieron los vecinos de Úbeda y Baeza la declaración de Patrimonio de la Humanidad tras más de una década de espera. Cuando los técnicos de la Unesco visitaron las ciudades para evaluar el expediente, yo trabajaba como periodista en Jaén. Recuerdo aquellos días con tantos nervios como cuando pasé la Selectividad. Todo el pueblo, todos los partidos, todos los colectivos lo vivieron con la misma intensidad. Era un clamor popular. No veo a la Alpujarra con pancartas apoyando la candidatura pero entristece ver la oscuridad con que está a punto de morir, antes de terminar de nacer, lo que pudo ser un sueño colectivo y un estímulo para una comarca tan sometida al olvido.

Y sí, una vez más, pasa en Granada.

Política de galgos y podencos

Magdalena Trillo | 15 de diciembre de 2013 a las 1:12

“Málaga jamás tendrá lo que tiene Sevilla”. Juan Ignacio Zoido ha vuelto a abrir la caja de los truenos de la rivalidad por decir públicamente lo que piensa, por defender la singularidad de su ciudad y lamentar que un proyecto de la envergadura del Pompidou se vaya a la Costa del Sol. ¿Usted no lo querría para Granada? Las palabras del alcalde de la capital andaluza tal vez no fueran las más acertadas para ser escuchadas sin el abrigo de la Giralda, pero no seamos hipócritas cuestionando que un alcalde quiera lo mejor para su ciudad ni volvamos a perdernos en la estéril política de los agravios para soslayar una realidad: el impulso que está cogiendo Málaga como ciudad cultural, la solvencia con que está explotando la fortaleza de su aeropuerto y la coherencia con que está completando y compensando las debilidades del sol y playa.

Se está fabricando de la nada un perfil como destino cultural y le está funcionando. Los proyectos se anuncian, se construyen y se inauguran. Pasó con Picasso y con el Thyssen y volverá a ocurrir cuando el Centro Pompidou abra en el Cubo del Puerto su primer centro fuera de Francia. Está de moda y lo están aprovechando. ¿No es legítimo que Málaga trabaje en una estrategia de desarrollo que le permita luchar contra la estacionalidad del turismo aunque sea a costa de ‘minar’ el triángulo cultural andaluz que tradicionalmente han encarnado Granada, Córdoba y Sevilla y que tan torpemente se ha gestionado? ¿Y no es legítimo que Zoido contrarreste a la defensiva realzando el potencial de Sevilla?

El verdadero debate no es la rivalidad sino quién se pone la medalla del éxito y a costa de qué y de quién. Me explico. La rivalidad, entendida como competencia y no en clave de privilegios ni favoritismos, debería ser irrenunciable para un sector tan estratégico para la economía andaluza como el turístico si queremos seguir teniendo oportunidades en el exigente contexto internacional. Y, si somos realistas y honestos para reconocerlo, hasta la envidia ‘insana’ puede funcionar como aliciente para poner en marcha iniciativas que ‘construyan’ Andalucía y beneficien a toda la comunidad. Otra cuestión es la gestión. En el caso de Zoido, si es capaz de encajar las críticas de la prensa que esta semana le recordaba cuando en enero de 2011 anunció que la Puerta de la Carne, en el centro turístico de Sevilla, se convertiría “en un centro de arte contemporáneo con la misma filosofía que el Pompidou” y, en las provincias ‘hermanas’, si somos capaces de admitir las incompetencias propias y lo mal que nos va cuando nos dedicamos a debatir si son galgos o podencos.

A partir de aquí sí hay una exigencia de transparencia que debería imponerse al miedo a la guerra entre provincias con que se sigue haciendo política. Y va más allá de la negativa de la Junta a detallar por provincias el presupuesto porque este diario lleva ¡años! intentando conocer las partidas reales que desde el área de Cultura se han destinado a Málaga… Si es una leyenda urbana que el despegue cultural de la capital de la Costa del Sol tiene mucho que ver con las generosas inversiones que ‘sus’ consejeros han realizado en estos años, estaría bien que se nos explicara al resto de Andalucía. Con cifras.

No diré que con ello podamos compensar los siete años de retraso con que se abrirá el Centro Lorca, sacar del cajón el ya ‘inviable’ Teatro de la Ópera, arreglar el eterno problema de la infraestructuras ni reescribir la historia de un Milenio que ha terminado generando más frustraciones que oportunidades. Pero, quedándonos en el presente, hay proyectos que todavía se pueden salvar, que hasta nos pueden ilusionar y que requieren tanta inversión como claridad en el posicionamiento de unos y otros. Estoy pensando, por ejemplo, en el aeropuerto y en la declaración de la Alpujarra como Patrimonio de la Humanidad. El primero vuelve a estar en el centro de la polémica, precisamente por la demagogia con que seguimos planteando la rivalidad con Málaga (¿no será más mortal el AVE para el futuro del García Lorca que el internacional de la Costa del Sol que ahora complementa nuestra oferta?), y el segundo se enfrenta a dos problemas importantes: el poco entusiasmo que hay entre la población local y la posición de delantera que tienen, justamente, los Dólmenes de Antequera.

La Junta ha dejado dormir durante años la propuesta malagueña y ahora, cuando Granada está desarrollando el expediente en tiempo récord, la ha reactivado. ¿Antequera o Alpujarra? Y si son las dos candidaturas, en qué fechas y con qué esfuerzos. Málaga lo querrá saber y también Granada. Llegará el tiempo de reclamar inversiones pero ahora es más urgente algo mucho más barato: la lealtad y la unidad.

Lo reclamaba el presidente de la Diputación este viernes en la entrega de los Premios de Turismo recordando lo bien que le ha ido a esta provincia cuando ha habido unidad… La apuesta de la British Airways por el aeropuerto de Granada es un ejemplo (el próximo verano recuperará los cinco vuelos), el Centro Lorca está a punto de serlo y el expediente de la Alpujarra lo debería ser. Siempre, claro está, que dejemos de debatir si son galgos o podencos.