Archivos para el tag ‘Andalucía’

No es (sólo) la Capitalidad Judicial

Magdalena Trillo | 14 de mayo de 2017 a las 10:18

Desde Sevilla y Málaga nos miran con condescendencia cuando nos movilizamos contra el aislamiento ferroviario, las penalidades del AVE y el retraso del Metro: la situación de Granada es inaudita, ninguna provincia española habrá sufrido un cúmulo de fatalidades, promesas incumplidas y bloqueo tan largo e inexplicable en toda la democracia. La marea blanca fue una sorpresa para todos, incluidos los protagonistas: la indignación explotó en la calle, se canalizó en las redes sociales y ha tenido consecuencias tangibles en modo de reversión completa de la fusión hospitalaria.

El Juntos por Granada con que hemos empezado a defender la capitalidad judicial no tendría ningún sentido sin estos dos precedentes. Es más, si media España no fuera testigo de los agravios y el maltrato que Granada está recibiendo en sus múltiples guerras -unas buscadas y otras sobrevenidas-, el Parlamento andaluz en bloque no hubiera cerrado filas esta semana (inaudito ver cómo los viejos y nuevos partidos se ponen de acuerdo en algo) para presionar a Madrid y conseguir blindar el TSJA -con fachada y contenido- como símbolo del reparto de poderes que se acordó en los 80 en nuestro Estatuto de Autonomía con artífices de excepción como Rodríguez de la Borbolla y Torres Vela.

Pero basta poner un pie fuera de la forzada división provincial que se inventó Javier de Burgos en el siglo XIX para que nos adviertan de que, “en este caso”, nos equivocamos tomando partido por algo que no es más que “puro corporativismo”; para que nos alerten de que acabamos situándonos al lado de esos señores altivos de las togas que están protagonizando uno de los capítulos más vergonzosos en la historia de la Judicatura de este país con la batalla interna en el Ministerio Fiscal; y para que se muestren más que escépticos sobre el éxito que pueda tener la movilización. ¿Esperamos comprensión y un paso atrás por parte de la misma cúpula que está acusando a sus subordinados de desleales, que está filtrando información comprometida que afecta a investigaciones en curso y que está pidiendo disculpas públicas para defender las meteduras de pata de su Gobierno?

Me cuentan que lo desplazar las nuevas secciones de lo Penal a Sevilla y Málaga, el despiece del TSJA que acabaría por vaciar de contenido el imponente edificio de la Real Chancillería, fue un apaño final de los ministros Zoido y Catalá con el presidente del CGPJ, Carlos Lesmes, en una operación ideada por el magistrado sevillano Antonio Dorado, actual secretario general de Administración de Justicia, que incluso habría tenido el visto bueno del PP -un Moreno Bonilla barriendo (legítimamente) para casa-.

¿Es una cuestión corporativa? ¡Claro! Pero para todos. Es un trampolín profesional para ascender al Supremo -con sus elevados sueldos y sus privilegios- y sí… habría que trabajar en Granada. Pero cualquier magistrado andaluz se puede presentar a las plazas y ganarlas por méritos propios. Otra cuestión, por supuesto, es si los aspirantes de Málaga y Sevilla quieren que les lleven el trabajo a casa…

¿Jurídicamente se sostiene? No tengo ninguna duda -y lo puedo corroborar con el mareo de artículos que ya me han hecho llegar para justificar una decisión y la contraria- que podría tener amparo legal. Aun en el caso de tener que estrujar lo estipulado en el Estatuto andaluz y en los reglamentos pertinentes que lo desarrollan.

¿Técnicamente es defendible? Me dicen que desde noviembre se han registrado 4 apelaciones… Si pensamos en cómo se eternizan las macrocausas -hasta el punto de correr el riesgo de que se prescriban delitos-, en la desesperación con que, año tras año, los responsables de los altos tribunales reclaman más personal y medios técnicos y añadimos la saturación y disfunciones del día a día -esta misma semana se han tenido que aplazar las declaraciones en el caso Serrallo de la mitad del equipo de gobierno de Torres Hurtado porque se cayó el sistema- no pareciera que estemos ante un asunto ni importante, ni oportuno ni urgente.

Es un ataque simbólico. Uno más. Y, si no tiene la mayor importancia, que desde Sevilla y Málaga nos expliquen por qué se movilizan, por qué emiten declaraciones institucionales y por qué construyen frentes de apoyo amparándose en complejas interpretaciones jurídicas y engañosos tecnicismos.

No es (sólo) la Capitalidad Judicial.

No son unas elecciones de trámite

Magdalena Trillo | 22 de marzo de 2015 a las 12:11

Circula en Youtube un vídeo del juez Calatayud sobre la tiranía de los jóvenes con sus padres más inquietante que cualquier película de Hitchcock. Una imagen doméstica ilustra las contradicciones y el peligroso camino de complejos y sometimiento al que nos ha llevado la implacable sociedad de consumo actual: ¿tiene su hijo mejor móvil que usted?

El mundo de los móviles merecería más de una tesis. A mí me interesa hoy por lo que tiene que ver con la política. Piénselo. A un vendedor de móviles le pedimos lo mismo que a un político: que nos trate con respeto, que no nos engañe y que me mire por nuestros intereses por encima de los corporativos. Sitúe aquí la palabra empresa o la palabra partido. No recuerdo cuántos años llevo con móvil pero nunca hasta ahora había encontrado a ese vendedor ideal. Lo descubrí ayer. Fui a cambiar de modelo consciente de que me volverían a engañar y salí de la tienda, tras soportar más de cuarenta minutos de espera, sin aparato pero contenta. Me explicaron, me orientaron, se pusieron en mi lugar y me ayudaron a tomar la mejor decisión.

Hoy estamos llamados a votar 6,5 millones de andaluces en una jornada histórica. Por lo que supone para nuestra comunidad y por lo que representará para el resto de España. Por muchos matices que apliquemos al extrapolar los resultados, será la mejor fotografía del estado de ánimo de los ciudadanos sobre el funcionamiento de nuestro sistema democrático.

Después de tres décadas entregados al tripartidismo, cinco partidos tienen opciones serias de entrar en el Parlamento andaluz. No es sólo un duelo entre viejos y nuevos, entre los tradicionales y los emergentes. Lo que hoy vamos a decidir en Andalucía es si le damos una nueva oportunidad a la política. Son las primeras elecciones realmente decisivas que se convocan tras el tsunami de desencanto y desafección que ha provocado la nefasta gestión de la crisis y los escándalos de corrupción. Y lo que hoy decidamos en el Sur marcará un punto de inflexión para el sistema de partidos de cara a la convocatoria de las locales de mayo y de las generales de noviembre.

Su voto decidirá hoy si la marca Susana está por encima de la del partido -si la ola susanista es tan potente como se ha visto estos días en las calles-, si el PP merece una oportunidad -se pueden criticar los 33 años del PSOE pero no sin preguntar qué han hecho ellos en este tiempo para dejar la oposición-, si IU está realmente en fase de desintegración y si los nuevos de Podemos y Ciudadanos cumplirán las expectativas de los sondeos.

Son los 109 diputados que ocuparán sus escaños en el Hospital de las Cinco Llagas pero es también el inicio de la transformación del arco político español y es, sobre todo, una prueba de fuego para la estabilidad y la gobernabilidad. No son unas elecciones de trámite. Y de ello da buena fe el desembarco de líderes nacionales que hemos vivido en las últimas dos semanas. Susana Díaz es la dirigente andaluza que ha asumido una responsabilidad más directa en estos comicios. En frente ha tenido a Rajoy, pero también a Alberto Garzón y Julio Anguita, a Pablo Iglesias, a Albert Rivera y a Rosa Díez. La mejor muestra de ello es una simple pregunta: ¿sabe el nombre de sus candidatos?

La solución del primer sudoku electoral de 2015 llegará a partir de las ocho de la tarde cuando cierren los colegios y hayamos llenados las urnas de votos. Para unos será de esperanza y reafirmación, para otros de desencanto y de castigo y para muchos, un cheque de oportunidad cargado de escepticismo que se revisará en mayo y en noviembre.

Unos hablan del voto útil, otros nos alertan sobre el peligro de que “tiremos” nuestro voto y muchos sitúan a los indecisos como los protagonistas de la jornada. Pero todos serán votos útiles por cuanto hablan de la solidez de nuestra democracia y de la normalidad y libertad con que hoy decidiremos el presente y el futuro de Andalucía.

Si hay un mensaje que ha calado en estas dos semanas es que no son unas elecciones cualquiera. Que la responsabilidad que pedimos a los políticos es hoy nuestra: ir a votar.

Los ‘outsiders’ de la campaña

Magdalena Trillo | 1 de marzo de 2015 a las 10:16

¿Ha tenido tiempo de rezar? Ésta era la propuesta que nos había lanzado el obispo de Córdoba para celebrar el Día de Andalucía: “Orar para que desaparezca la corrupción en la administración y en toda la sociedad”. Lo que no está logrando ni la juez Alaya con sus infinitas macrocausas y sus ya previsibles irrupciones en campaña lo quiere resolver la Iglesia con plegarias. Coincido con Demetrio Fernández en que “es una vergüenza que algunos aprovechen su puesto de servicio para enriquecerse robando el dinero de todos”. Ahora bien, media un abismo entre el diagnóstico certero que realiza sobre la codicia humana y ese remedio divino y casi mágico que propone.

A monseñor Fernández le ocurre como al arzobispo de Granada: es más que consciente de que no debe lanzarse a la arena política, de que no debería ser el púlpito una plataforma para encender la polémica, pero su ‘sentido de la responsabilidad’ le supera. Así, “llegado el Día de Andalucía”, decide ofrecer en su carta pastoral una “conveniente reflexión desde la fe” para que meditemos bien nuestro voto de cara a las próximas elecciones regionales” y aprovecha para sumarse al ambiente preelectoral recordando a fieles y electores los posicionamientos de la Iglesia en cuestiones de intenso debate como el aborto y la educación.

Sus planteamientos son un ataque directo contra la escuela pública por “ser uno de los grandes males para una sociedad que quiere ser libre y educar en libertad”. El obispo expresa su perplejidad por que, en “un Estado aconfesional” como el español, “se favorezca todo lo que va contra Dios y contra la religión católica” y, como solución, hace una defensa cerrada del modelo concertado que con tanta eficiencia controla la Conferencia Episcopal y que tan bien representa al teórico 92% de andaluces y españoles que, según él, nos decimos católicos.

No debería extrañarnos. Los obispos acaban de presentar al Gobierno su propuesta de contenidos para la asignatura de Religión -el curriculum ya se ha publicado en el BOE y se empezará a impartir el próximo curso- y la consideración más suave que ha recibido es que supone una peligrosa “involución” educativa y social. A los obispos, sin embargo, les pasa como a los bancos, que nunca tienen bastante. Mientras piden a las comunidades más díscolas que no limiten las horas de religión en las escuelas, su propuesta para “enseñar la realidad del cristianismo sin catequizar” es poner a los niños de 8 años a rezar en las aulas y, en Secundaria, eliminar las referencias a cualquier religión que no sea la estrictamente protegida en nuestra Constitución.

Es decir, que a los primeros les examinarán por sus cánticos (la asignatura es optativa pero evaluable) y a los segundos les privarán de la oportunidad de entender qué hay detrás del ataque yihadista a Charlie Hebdo y hasta de saber que Andalucía, Al-Andalus, fue un día símbolo de convivencia, respeto e integración entre pueblos. Tendremos escolares que aprenderán a “expresar la gratitud a Dios por su amistad”, “comprender el origen divino del cosmos” e, incluso, “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad”. Pero difícil será saber si estamos formando a ciudadanos críticos capaces de asumir con coherencia su responsabilidad en la sociedad y desenvolverse desde la cultura del esfuerzo y la tolerancia. Mucho menos si se inculcarán unos valores mínimos de ética y respeto que terminen siéndonos útiles a todos -también a la Iglesia- cuando nos planteemos la aspiración como sociedad de, por ejemplo, atajar la corrupción. Porque tan legítimo es defender la oración, el adoctrinamiento y la catequesis dentro de las parroquias (para eso están) como debería ser reservar la escuela pública para inculcar esos valores de civismo y moralidad que deberían impregnar nuestra convivencia y que tanta falta nos hacen para vacunarnos contra todos esos “males” ante los que nos previene la propia Iglesia.

Recriminamos a los políticos lo alejados que están de la calle, de las preocupaciones reales de la gente, pero lo cierto es que es otro mal que se contagia con la misma naturalidad con que socialmente lo aceptamos. Les aseguro que no es ingenuidad, es el reconocimiento de que lo que de verdad se nos da bien en este país es confundir. Cargados siempre de ideología y con unos intereses nunca claros. Confundir para, a continuación, interferir. Es lógico que el año electoral haya acelerado la vida pública pero no deberíamos permitir que la ‘justificación’ de unos comicios nos hurten el debate y nos dejen en una apática posición de indiferencia.

No es sólo la juez Alaya la especialista en las injerencias. Junto a los ousiders habituales de las campañas electorales, están los que aprovechan para pescar en río revuelto -admitamos que el obispo de Córdoba nos anime a rezar contra la corrupción política, pero no de que se olvide de mirar hacia dentro cuando el propio Papa está pidiendo perdón y tan cerca tiene el escándalo de los casos de pederastia en Granada…- y los que, con la excusa del patriotismo y la responsabilidad, irrumpen de forma estrepitosa arropados por el corporativismo, el interés partidista, cierta dosis de frivolidad y una absoluta y compartida ausencia de autocrítica. El momento bandera andaluza de Manolo Pezzi en el Congreso de los Diputados, prestando el ‘noble’ servicio de defender nuestra comunidad cuando se atacaba al PSOE, no es menos tramposo que el memorándum de cifras que nos arrojó el presidente del Gobierno para transformar el Debate sobre el Estado de la Nación en un improvisado ‘país de las maravillas’ y convencernos de que la recuperación no tiene los pies de barro y es real. Volvemos a confundir. El diputado granadino jugó a lo que juega su partido. Porque, aunque los socialistas llevan el rojo en sus siglas, es el verde de Andalucía el que han hecho propio en tres décadas de gobierno con la misma fuerza camaleónica con que se han quedado con la bandera del andalucismo.

Honestamente, entre los tiempos de rezos de unos y los tiempos electorales de otros poco espacio queda para “potenciar la Marca Andalucía”, para hacer país, como proponían esta semana los empresarios al presentar (ellos también) su decálogo de propuestas para el 22-M. Pidieron lealtad, pero no es la lealtad lo que mejor nos define. Y no, no es orando en los colegios como vamos a conseguir que “no prevalezca la mentira, el engaño, la trampa y el embuste” ni tampoco como vamos a desterrar esos tópicos que unas veces criticamos y otras enarbolamos. Mucho menos el ‘tópico’ de la corrupción.

Quién nos defiende

Magdalena Trillo | 16 de marzo de 2014 a las 12:02

Al Partido Popular le escuece Andalucía. No perdona que Javier Arenas no haya podido gobernar después de cuatro intentos y una última victoria electoral que, tumbando las expectativas de todo el partido, se quedó corta para entrar en San Telmo y sacudir las alfombras. La saludable alternancia que tanto se defiende cuando se está en la oposición y tanto se olvida cuando se coge el bastón de mando; la demoledora crítica a los pactos de gobierno cuando no se controla el reparto de cartas.

Fue Núñez Feijóo a finales de febrero quien se atrevió a cuestionar la legitimidad misma del gobierno andaluz, ha sido esta semana Ruiz Gallardón quien nos ha atacado con la lanza de la corrupción y fueron en su momento Ana Mato y Esperanza Aguirre quienes dibujaron una región de pobres y analfabetos, de familias revendiendo portátiles en los mercadillos y de niños tirados en el suelo de los colegios… Debe ser el inconsciente. Parecen enfadados con los andaluces. No comprenden la ‘rebeldía’ de una comunidad que lleva toda la democracia destrozando sus cábalas electorales; sus anelos de poder. Nos subestiman; nos ven sometidos a la rosa socialista y sin criterio ni madurez para decidir nuestro destino. Sin capacidad y sin talento. Emigrantes sin camino… Es curioso, aquí no hay puentes que trazar entre los líderes del PP y los catalanes… Una tierra de vagos y maleantes. Tomando fino en la barra del bar y malviviendo del subsidio entre siestas y fiestas…

En la actualización política de la Andalucía tópica de la charanga y la pandereta entra el paro, el fracaso escolar y los ERE. Reconozcamos que ninguna de estas sombras se puede cuestionar, pero es una visión ciega e interesada de esos ‘hombres y mujeres de negro de Madrid’ cuya misión no sabemos si es castigar o tutelar. Si es resentimiento o desconocimiento. Si debemos temerles o nos temen. A pesar de la sobreexposición mediática que está protagonizando el nuevo líder del PP andaluz, no le hemos oído ni una sola palabra de réplica a sus compañeros de partido. Los matices, las rectificaciones, llegan siempre tarde y mal y en boca de segundos.

Si el político malagueño quiere realmente marcar un nuevo tiempo para el PP en Andalucía tendrá que hacerlo con algo más que un cambio de mocasines por zapatillas Vans, que un relevo de dirigentes estrictamente generacional y una campaña de marketing en la que las camisas de cuadros ganen a las lisas y a las corbatas. Por “higiene democrática”, como decía el líder gallego, coincidiríamos todos en que sería saludable para Andalucía que hubiera alternancia política. Pero no por obligación, no desacreditando la legitimidad de las urnas y no con una campaña de revancha, destructiva y negativa, basada en el miedo.

A dos meses de las elecciones europeas, los primeros comicios en los que se medirán Moreno Bonilla y Susana Díaz, los mensajes iniciales que ya han lanzado los dos grandes partidos son igual de tenebrosos: el PP nos alerta del regreso de quienes no vieron la crisis y dejaron España al borde del precipicio; los socialistas nos amedrentan con esa dictadura de la austeridad que está liquidando el Estado del Bienestar. Estaría bien que reorientaran su particular carrera a la Junta -porque la campaña es ésta, no las europeas- contestándonos para qué quieren realmente el poder y qué están dispuestos a sacrificar por los intereses de todos. De momento sólo hemos visto fotos y buenas intenciones. ¿Ni siquiera el empleo merece convertirse en un tema de Estado para Andalucía fuera de la batalla política? La pregunta debería ir más allá: ¿por qué no hay temas de Estado en Andalucía?

Cuando estudiamos el modelo de medios de comunicación de la comunidad, lo primero que advertimos es que está condicionado por la estructura de los grandes grupos nacionales, que es inestable y débil, que se caracteriza por su falta de vertebración y que está fragmentado en “reinos de taifas” que frenan el desarrollo mismo de la región. Que lo andaluz, como escribe Díaz Nosty, es más un “referente enunciativo y un valor retórico que una práctica sostenida”. Que el público andaluz no se siente identificado con la comunidad… Este mismo diagnóstico lo podríamos aplicar a la política. ¿Sabemos, hoy, si Susana Díaz está en la carrera a la Junta o en la carrera a la Moncloa? ¿Sabemos si Moreno Bonilla va a pelear por Andalucía o se va a poner una venda por Rajoy?