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Las cenas secretas de Federico

Magdalena Trillo | 15 de octubre de 2017 a las 11:04

Cuando hace un par de años salió a la luz el informe que la Jefatura Superior de Policía de Granada redactó en 1965 sobre la muerte de Lorca, el enfoque fue compartido: fue asesinado por “socialista y masón”. Dejando a un lado lo inaudito que supone leer que hay universitarios en Barcelona convencidos de que la Guerra Civil fue un conflicto “entre España y Cataluña”, basta recurrir al lenguaje popular, a la dicotomía de los ‘rojos’ y los ‘azules’, a la teoría de los “dos bandos”, para evidenciar lo abiertas que aún siguen las heridas y reconocer lo mucho que cuesta superar el simplismo y el oportunismo de la causa política.

Del mismo modo que deformamos los recuerdos, sometemos la historia a un continuo ejercicio de distorsión. Pero hay un elemento diferenciador: la intención. La memoria se desdibuja de forma inconsciente y con consecuencias inofensivas; es una respuesta a las limitaciones de la naturaleza humana, a algo tan frágil y traicionero como los recuerdos. El segundo caso, sin embargo, forma parte del juego manipulador de la ideología; de las tensiones del poder y del líquido conflicto que navega entre los sentimientos y las ideas.

Probablemente, si fuéramos capaces de ponernos en la piel del otro, siempre encontraríamos detrás una causa noble de justificación. Incluso una razón prosaica de lo que en cada momento entendemos como lógico y hasta correcto. Tan legítima como la nuestra. Pero inasumible desde la intransigencia de las trincheras.

En este espinoso marco, Federico García Lorca no puede ser más que un mito de la izquierda. Su nombre se ha erigido en símbolo de la represión franquista y su fusilamiento en un antídoto contra el olvido. Y es por ello que todos los meses de agosto, “Lorca somos todos”. Junto al monolito en el que ya sabemos que no está, reforzamos los trazos más adecuados y pertinentes de su retrato y obviamos otros. Innecesarios. Incómodos.

Sorprende que ninguno de sus biógrafos oficiales haya puesto en cuestión el exclusivo trasfondo político de su asesinato. Que, por ejemplo, se hayan pasado por alto las revelaciones que otro poeta, Gabriel Celaya, hace en sus memorias. ¿No era oportuno?

Estando en el exilio, en los años 60, el poeta vasco desveló una confidencia que le hizo el dramaturgo granadino que no debería pasar de anécdota, casi de travesura, si no estuviéramos hablando de Lorca: del mito del poeta universal, de la incomprensible tragedia de su asesinato y de la apropiación ideológica que se ha hecho de su vida, de su obra y de su muerte.

A raíz de una tensa reunión con el líder de la Falange en San Sebastián, Celaya escribe en Poesía y verdad que Federico le confesó que “todos los viernes” cenaba con Primo de Rivera. Cogían un taxi, bajaban las cortinillas -a ninguno de los dos le interesaba que les vieran- y hablaban… seguro que de literatura, de poesía, de la vida… seguro que no de la muerte, de la inminente guerra, de política…

Me cuenta un buen amigo, de una importante familia de esta ciudad cercana a quienes en la Granada cerrada del 36 movían los resortes del poder, que a Federico nunca se le perdonó su homosexualidad; tampoco su éxito. Puede que ni su alegría de vivir. Ni su “risa de arroz huracanado” que diría Neruda…

Me cuenta que su padre siempre cuestionó la causa-efecto del fusilamiento político; que las inquinas, los rencores y el provincianismo de aquellos años también contribuyó. Fue él quien me puso en la pista del libro de Celaya. No lo conocía. En la Facultad de Letras hay un solo ejemplar -no se puede consultar porque está “en encuadernación”- y no aparece citado en las decenas de publicaciones biográficas que se acumulan sobre el poeta.

Federico se lo contó a Celaya entre risas. José Antonio era “un buen chico”. Como lo era su “amigo” vasco José Manuel Aizpurua. No había nada detrás. Sencilla amistad. Inocencia. Bondad. Una “lección” de alguien que confiaba en que el “hombre es siempre humano”, de alguien que creía en la vida. Un pasaje “terrible” y “hermoso” a la vez por cuanto retrata al Federico que se situaba por encima de la ceguera del sectarismo y al lado de la verdad. En su vida y en su obra.

María Teresa

Magdalena Trillo | 18 de agosto de 2009 a las 13:09

El día que Rocío Wanninkhof fue enterrada en el cementerio de Arroyo del Ojanco, en uno de los pueblos jienenses que blanquean la Sierra de Cazorla, decenas de periodistas ejercimos de cronistas para relatar un pequeño episodio de dignidad en aquella cruenta historia que había comenzado un mes antes con la inesperada desaparición de la joven en la feria de Fuengirola.

La tarde del 9 de octubre de 1999, Rocío estuvo con su novio en su domicilio de La Cala de Mijas, regresó a casa caminando, sola, y jamás llegó. La joven apareció brutalmente asesinada en los Altos del Rodeo de Marbella 24 días después. Le asestaron once puñaladas por la espalda y le desfiguraron el cuerpo con ácido. En el silente camposanto de Jaén se cerraban tres semanas de angustiosa búsqueda y de desconcierto. Tal vez hallara algo de paz.

Aquel domingo lloviznó. Nada se sabía entonces de lo sucedido. Cualquiera podía ser el asesino. Podía estar allí mismo… Cerca de su madre Alicia y su hermana Rosa, entre los vecinos y periodistas que nos agolpábamos a las puertas de la iglesia para hacer el camino al camposanto. Intentábamos, con los dedos entumecidos y los bolígrafos rebeldes por la helada, ser testigos de algo. De todo y de nada, porque la tragedia de Rocío estaba entonces tan borrosa como su rostro.

Hoy, el caso Wanninkhof es un grave “error jurídico”. Dice la Wikipedia que ocurrió cuando, “en un ambiente de histeria popular” y “en un juicio plagado de irregularidades”, Dolores Vázquez fue declarada culpable por un jurado popular de la muerte de Rocío. Unos años más tarde, en 2003, la investigación sobre otra desaparición, la de la joven de Coín Sonia Carabantes, situó a Tony King como sospechoso de los dos crímenes. En su comparecencia ante el juez, el británico confesó que Sonia murió “por accidente” y dio detalles del crimen de Rocío. Fue declarado culpable y condenado. Dolores Vázquez, aquella señora que no se separaba de la madre el día en que enterramos a Rocío, sería exculpada.

El próximo 21 de noviembre se cumplen diez años de aquel entierro. Lo recuerdo ahora cuando vuelvo a encontrarme con las fotografías de María Teresa por Motril. En todo este tiempo, no he logrado desvincular los casos de Rocío y Sonia con el de María Teresa. Hoy hace nueve años que la joven motrileña desapareció. Fue el verano siguiente a la muerte de Rocío. “Desafortunadamente”, confiesan sus padres, “a día de hoy no sabemos absolutamente nada; sólo que nuestra hija no está con nosotros y eso ya es bastante doloroso”.

Su dormitorio permanece tal y como lo dejó aquel 18 de agosto de 2000. Ellos siguen esperando. Aún hay esperanza. En el almanaque, un nuevo día que tachar sin noticias de su hija. No pueden abrazarla; tampoco llevarle flores. Para ellos sigue siendo un ruego que prosiga la investigación hasta hallar algo de luz. Para las autoridades, para los medios y para esa opinión pública capaz de tanto en algunos casos debería ser una obligación exigirlo. Miro los rostros de Antonio y de Teresa pero encuentro la mirada perdida de la madre de Rocío, y la desazón de los padres de Sonia y la impotencia de los padres de Marta del Castillo. La misma tristeza de quienes han perdido a un hijo. Unos viven, asumen y recuerdan; otros sólo viven para saber.

El amigo de Marta

Magdalena Trillo | 15 de febrero de 2009 a las 14:26

CUATRO y media de la tarde. Una parada de autobús cualquiera. Paso en coche por delante y veo a un chaval de esos que me harían cambiar de acera. Lleva una enorme rosa roja en la mano. Nada de lazos cursis ni envoltorios caros. Pienso que tal vez la ha tomado prestada de algún jardín del vecindario. No están las cosas para gastos extra. Chaqueta de cuero, botas de militar y vaqueros ajustados. Es su imagen dura. Pero el acné del rostro le descubre. No deja de ser un joven que juega a ser mayor. Recuerdo que es el Día de San Valentín…

Llevo toda la semana saturada. Tartas de piononos en forma de corazón, ositos de peluche al vacío, tristes orquídeas atrapadas en cajas de plástico, incansables anuncios de cenas y escapadas románticas… Al menos los hoteles de la capital han podido poner el cartel de ‘todo completo’.

Reconozco que es el único día del año en que odio mi color favorito: el rojo. La culpa es de ese tal Cupido que continúa ampliando su club de fans. El consumismo mató la ilusión. Cuando era más joven me molestaba que llegara San Valentín porque no tenía a quién regalar. Ahora me cabrea hacer de corderito al servicio del marketing y de lo ‘comercialmente’ correcto.

Fue en el instituto cuando conocí la historia de ese pequeño dios del amor, ese niño alado que iba con su flecha ‘cazando’ humanos para la causa. Como el chaval de la rosa, entonces yo también jugaba a ser mayor. Y San Valentín, el Cupido de los romanos, el Eros de los griegos, el dios de los enamorados, era una forma de ‘crecer’. Parecía simpático y su historia me pareció curiosa: era el hijo de Venus y Marte, los dioses de la guerra y del amor y suponía un perfecto balance entre la pasión y la tragedia.

Sin embargo, como nos demuestra todos los días la vida, la armonía no es perfecta. A veces, sólo un segundo separa el odio del amor. Dicen de Miguel, el joven de 20 años que fue novio de Marta del Castillo, que “parecía un chico normal”. Seguro que el chaval de la chaqueta de cuero pasaría por ‘macarra’ a su lado. Pero es ese joven ‘normal’ el que admitió ayer ante la policía que había asesinado a Marta. El suceso ocurrió hace tres semanas: la joven sevillana, de diecisiete años, le dijo a su madre que iba a bajar a la calle. Alguien la había llamado. Nunca volvió. Miguel fue el último en verla. Su padre siempre sospechó. Estaba convencido de que no le convenía…

En su declaración, Miguel confesó que había mantenido una discusión con ella y que terminó golpeándole en la cabeza. Muerta la joven, su única escapatoria fue hacer desaparecer el cadáver. Llamó a un amigo para que le ayudara a arrojar el cuerpo al río Guadalquivir. Hace más de veinte días que aquello.

Se abre el semáforo y pierdo de vista al joven de la rosa. En la radio, interrumpen la programación para dar un parte informativo. Continúan rastreando el río en busca del cuerpo de Marta. Su familia está “destrozada”. Ahora hay que asumir que está muerta. Una vez más, el odio se esconde en las apariencias y da el zarpazo al amor. La tragedia llega del joven normal, el ex novio, el buen amigo, de quien tanto la ‘quería’ y tanto le hizo sufrir.