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Las noticias engañosas del AVE

Magdalena Trillo | 3 de diciembre de 2017 a las 10:34

Hoy voy a innovar. En lugar de escribir un artículo de opinión, voy a hacer un ejercicio de clase para intentar poner en práctica lo que (espero) haber aprendido con el curso de fact-checking que acabo de terminar en la plataforma virtual abierta del Knight Center de Estados Unidos.

La culpa la tiene el AVE. ¿Terminaron las obras? La pregunta es muy sencilla pero la respuesta tiene trampa.

Desde el PP retumba un “sí” rotundo: el Gobierno de Rajoy “cumple” y la plataforma de vías para que puedan circular los trenes de alta velocidad está construida y electrificada. Justo para el 30 de noviembre, la fecha comprometida por el secretario de Estado en su última visita a Granada. Eso sí, otra cuestión serán las obras “complementarias” y el largo proceso de comprobaciones y pruebas de seguridad que requiere un proyecto de esta envergadura.

Desde las filas socialistas, el “no” resulta igual de categórico: la reunión de Antequera ha sido una “desfachatez”, una “burla” y un “desprecio” a Granada que el ministro de Fomento ni siquiera haya tenido la valentía de visitar la ciudad para “dar la cara” y anunciar un “cronograma” serio para la puesta en marcha. La indignación, el cabreo y hasta la sorna por el “viaje exprés” también es mayúscula en los movimientos vecinales: ni será un AVE de primera ni hay horizonte certero para el soterramiento en la capital y para la variante de Loja.

¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente? El fact-checking no es otra cosa que “chequear”, “verificar”. Aprovechar las herramientas que nos aportan las nuevas tecnologías, el acceso a datos y a fuentes complementarias que nos da la actual sociedad de la transparencia, del open goverment, para no creer ciegamente a nadie. En realidad, lo que hacemos es dar un toque de sofisticación y metodología a las viejas rutinas que aprendimos en la Facultad cuando nos repetían, una y otra vez, que la primera obligación del periodista es “contrastar”.

Así que nadie está a salvo. Podemos verificar declaraciones, hechos y datos. Y en alianza con los lectores; en abierto. Aportando nuestras comprobaciones y sumando los descubrimientos de los demás. Son ocho pasos: (1) seleccionar lo que queremos validar, (2) ponderar su relevancia pública, (3) consultar con la fuente original, (4) recurrir a fuentes documentales y oficiales, (5) contrastar con fuentes alternativas, (6) ubicar en el contexto, (7) confirmar, relativizar o desmentir la afirmación y (8) calificar.

Prácticamente, todos los medios de Granada llevamos una semana dedicados a ello. Sin tanta sistematización y sin ponerle llamativos nombres al estilo de la maldita hemeroteca, pero cumpliendo -casi por inercia- con todas las fases del chequeo.

Para empezar, resulta más que evidente que la llegada del AVE y el desbloqueo ferroviario (los mil días de aislamiento se cumplen en Navidad) es un tema vital a nivel institucional, empresarial y ciudadano para Granada y la incógnita sobre si (de verdad) acababan las obras en el deadline de noviembre y habría por fin una fecha de estreno se ha intensificado en las últimas semanas como el principal tema de conversación. A nivel mediático, en cualquier ascensor y en la barra del bar (casi tanto como el esperado “¡por fin llegó el frío!) No tienen más que repasar las noticias y los análisis que hemos publicado en Granada Hoy en la última semana, con la inclusión de fuentes y más fuentes, de datos y más datos, con declaraciones, opiniones y análisis, para construir sus propias conclusiones.

Sólo faltaría la fase final de calificación. ¿Verificamos o desmentimos? Si somos honestos, si dejamos nuestras inclinaciones ideológicas en el cajón, creo que lo más riguroso en este caso -después de evaluar datos, hechos y declaraciones- es optar por relativizar. Relacionado con el creciente auge del Periodismo de Datos, son ya muchos los medios a nivel mundial que han creado un equipo de fact-checking y han definido su propia escala de verificación: porque entre la verdad y la mentira hay un interesante camino en el que cabe la exageración, el disparate, lo discutible, lo insostenible, lo apresurado…

En esta escala, yo situaría el tema del AVE en el plano de lo engañoso. La obra gorda ha terminado, sí, pero ha sido un final simbólico que no evitará que nos pasemos meses viendo operarios (muchos y para muchos flecos) tanto en la capital como en Loja. Lo de Antequera fue una función de teatro ligero, sí, pero con cierto sustento: el tren laboratorio de Adif ya inspecciona la plataforma, ya sabemos que podremos subirnos en un AVE (aunque sea uno especial y estrechito, capaz de atravesar el túnel de San Francisco) para llegar en tres horas a Madrid con cuatro servicios diarios; el proyecto del baipás en Almodóvar del Río ya está encargado a Ayesa Ingeniería -también acortará a menos de 2 horas el viaje a Sevilla- y, sobre el polémico soterramiento, Fomento ya ha enviado el proyecto a información pública en el Boletín de la Comisión Europea como primer paso (aunque sea burocrático) para la integración.

¿Cuándo? No hay fechas. Pero reconozcamos que el ministro ha evitado jugársela y arriesgarse a mentir. Advierte que Granada aún tendrá que esperar “bastantes meses” para estrenar el AVE y pide “paciencia”. 122 kilómetros de recorrido, 1.653 millones de euros de inversión, 31 viaductos y 7 túneles. La obra, efectivamente, no ha sido menor. Y no es mal consejo la prudencia después del precedente del Metro (seis meses de periodo de pruebas) y la referencia cercana que tenemos de la línea Valencia-Castellón (la fase en blanco empezó en febrero y ahí siguen sin fecha de inauguración).

En este punto, mientras el pájaro sigue hibernando, nosotros podemos entretenernos chequeando y con quinielas: ¿para Semana Santa? ¿Para verano? ¿Para final de 2018 como pistoletazo electoral? Podemos empezar a apostar… ¿Vendrán a Granada, esta vez sí subidos en el AVE, Íñigo de la Serna y el presidente Rajoy? Aquí no hay margen de engaño, será al cabo de diez largos años y seis ministros después.

¿La fusión era el problema? De la caída de Spiriman

Magdalena Trillo | 12 de noviembre de 2017 a las 10:00

El modelo de la fusión hospitalaria se puso en marcha en Granada de forma torpe y sin presupuesto, en pleno tsunami de ajustes, sobre una escurridiza marea de indignación y con una creciente base de ciudadanos cada vez más preocupados por el deterioro de nuestro sistema de bienestar. Ese que se convirtió en sinónimo de la integración europea frente a los cuarenta oscuros años de dictadura; ese que se tambaleaba a golpe de tuits mientras la Administración se perdía pensando si debía rebajarse a contestar. Era la salud pero era también la educación, y la dependencia, y las pensiones, y el paro galopante, y la precarización laboral.

Nos construyeron uno de los mejores hospitales de Europa y salimos a la calle a protestar. Más de 40.000 granadinos. Toda España miró a Granada y a ese personaje surgido de una muchedumbre blanca que gritaba Yeah! sin más pretensiones que exigir una buena sanidad. Nos copiaron -lo copiaron-, surgió alguna Spiriwoman en los conatos de crisis que se extendieron por Andalucía… y todo se empezó a esfumar. Con caída del héroe incluida.

La Junta cortó cabezas, pidió disculpas, desmontó el plan de desfusión, aprobó una hoja de ruta para volver a los “dos hospitales completos” y puso dinero sobre la mesa. Mucho -el necesario- y aquí estamos, en un difícil camino de regresión en el que sigue habiendo problemas y desajustes a diario, con numerosos usuarios y profesionales cabreados y con un alto nivel de incertidumbre sobre la foto final que habrá de llegar en marzo de 2018.

Pero, de entrada, se nos ha quedado un enorme interrogante: nunca sabremos qué hubiera ocurrido con el proyecto de la fusión. ¡Bien hecho, claro! Con financiación, con la suficiente agilidad y eficacia para resolver los imprevistos y las inevitables disfunciones y con un plan robusto de comunicación (interna y externa).

Ahora no es el momento de héroes ni de sobreactuación. Toca trabajar y dejar trabajar. Spiriman debió entenderlo cuando le dio la fiebre de las camisetas, se apuntó a todas las causas que iban llamando a su puerta y con la misma rapidez se las quitó. No era el flautista de Hamelin con miles de ciudadanos desnortados detrás. Hace una década que Stephen Hawking ya advirtió que el siglo XXI sería el de la inteligencia compleja; también el de los problemas complejos.

Ahí está Cataluña y, en nuestra escala local, esta misma semana hemos tenido la mejor muestra de que no hay fórmulas infalibles para nada. Ni cien personas se sumaron el jueves en La Chana al arranque del calendario de protestas de la Marea Amarilla. Era por el AVE soterrado -ese que sí ha levantado a los vecinos de Murcia y ya tienen su proyecto firmado por Fomento- pero hubiera pinchado igual con unos carteles que denunciaran los casi 1.000 días sin conexión ferroviaria que vamos a cumplir.

Las causas no son copiables ni los liderazgos exportables. El Pacto por las Infraestructuras que el alcalde ha lanzado con los empresarios tendrá el éxito que permita el pragmatismo de los presupuestos públicos –especialmente los fondos europeos- en una clave muy similar a la movilización del Puerto para que la Costa sea incluida en el Corredor Mediterráneo. Y con un factor determinante que no es otro que el político: con los correspondientes condicionantes electorales (no hay un impulso más eficaz que una campaña) y las correlativas estrategias de los partidos.

Lamentablemente, las debilidades del poder sí son transversales. Podemos hablar de política o de negocios, de instituciones o de plataformas sociales; no importa la nobleza de la causa. Tan importante como llegar es saber irse. Me desconcierta el populismo barato, las mentiras, los insultos y la ira de los últimos vídeos de Spiriman. Me dicen que así es Jesús Candel: la persona sin el personaje, sin la careta. Confieso que me sigue pareciendo de justicia su cruzada por una sanidad digna y una Andalucía sin corrupción, pero hoy jamás me haría un selfie con él. No es temor, no es corporativismo y no es revancha; es tristeza.

Contra la Granada ceniza

Magdalena Trillo | 24 de septiembre de 2017 a las 10:30

El Metro ya atraviesa Granada de norte a sur… pero ha tardado diez años en ponerse en marcha; llega después de seis meses de anuncios frustrados, va demasiado lento, sólo beneficia a una pequeña parte de la población, ha costado más del doble de lo presupuestado, los transbordos no son gratis… Para colmo de males, no pasa por el centro, ni llega al Albaicín, ni sube a la Alhambra, ni nos lleva al aeropuerto… Será una infraestructura deficitaria que se acabará colando en nuestros bolsillos. ¡Si el propio consejero ha reconocido que “nunca será rentable”!

Esta sería la “Granada ceniza” sobre la que escribía un buen amigo hace unos meses a cuenta de la maldición de las infraestructuras, de los históricos agravios, de los proyectos enquistados y de crisis inesperadas como la sanitaria. A golpe de ironía y de sarcasmo, con ese tono noir que tanto le seduce, no perdonaba ni a los universitarios ni a los turistas como no salvaba al patrimonio y ni siquiera a las tapas…

¿Está en el ADN del granadino? Las redes del delirio pesimista, peligrosamente contagiosas, tienden a asentarse con la misma fortaleza con que alimentamos a diario esa Granada congelada en el tiempo que sólo nos sacudimos cuando nos dan (ocasionales) arrebatos de autoestima y no nos dejamos tentar por la malafollá; por la gasolina de la Granada ceniza que tan bien retrataba Jesús Lens.

El 21 de septiembre de 2017 quedará para la memoria, sí, pero no únicamente porque Granada haya conseguido romper la historia negra de la última década con el estreno del Metro. Sorprendentemente, los ‘peros’ han quedado diluidos por la ilusión y la expectación de poder celebrar algo; de ser noticia nacional sin necesidad de recurrir al capítulo de los sucesos, de la violencia machista y de los tribunales.

Los tranvías no son ninguna solución mágica para la compleja movilidad de la ciudad, menos aún si nos creemos (de verdad) que no hay futuro de espaldas al área metropolitana, pero pueden funcionar de palanca y revulsivo para fijar una hoja de ruta de actuaciones -las inversiones son imprescindibles pero más aún es el pragmatismo y la visión en la toma de decisiones- que nos vaya haciendo la vida un poco más fácil. Que nos despierte del estancamiento y nos haga mirar hacia adelante.

Podríamos soñar, incluso, pensando que la inauguración del Metro no es una anomalía sino un punto de inflexión; una sacudida para ese otro día histórico que también ha de llegar cuando se ponga fin al aislamiento ferroviario y los vagones del AVE lleguen a la Estación de Andaluces. Avanzan las obras, hay presupuesto, se mantiene la presión política, sigue intacto el pulso social… Con permiso de los conejos, que están demostrando tener tanta hambre de AVE como los granadinos, el Gobierno trabaja con el horizonte de terminar el proyecto en diciembre y lanzar la explotación comercial en primavera.

Que ya estemos discutiendo la segunda fase del soterramiento -analizando la viabilidad de los diferentes proyectos que se han puesto sobre la mesa, buscando financiación dentro de los programas europeo y fijando escenarios de ejecución- al menos debería sacarnos de la rutina informativa de los calendarios incumplidos y dejarnos levantar la mirada del retrovisor.

Puede que hasta Federico esté ya en su ciudad cuando paguen el billete los primeros viajeros del AVE. Debería ser un hecho en un plazo de tres meses, y no un deseo, si nos atenemos al decisivo avance que se ha producido esta semana aprobando la liquidación de la encomienda de gestión, dando por válida la justificación de los gastos de la Fundación Lorca y acordando volver a dar “voz” a la familia en el futuro ente que coordine la llegada del legado y la gestión del centro de La Romanilla.

¿Demasiado optimismo? Si las malas noticias atraen malas noticias -y a las hemerotecas me remito-, por qué no creer que las buenas noticias puedan (por una vez) llegar en cascada… Pero esto va contra la Granada ceniza. Y yo todavía no sé si nos persigue o la buscamos.

La preverdad de Paco Cuenca

Magdalena Trillo | 9 de julio de 2017 a las 11:28

La mayor capacidad de innovación que están demostrando los políticos -los viejos y los nuevos- poco tiene que ver con el pragmatismo, la capacidad de gestión, el liderazgo y hasta la visión que deberíamos exigir a quienes asumen el privilegio de ejercer el poder con el teórico pretexto de hacernos la vida un poco mejor. Dentro de los partidos, y poco importa el color, los juegos de intereses y las prácticas endogámicas se replican con la misma intensidad que la inercia y el inmovilismo se apropia de las instituciones. Es el conocido ‘todo cambia para que todo siga igual’. Pero en el fondo, no en las formas. No lo contamos igual. Son las palabras, los matices, los que terminan funcionando como espejo de los verdaderos cambios, esos que pasan desapercibidos entre lo políticamente correcto y lo estratégicamente medido. Es la innovación del lenguaje la que salta al diccionario certificando lo que ya supera lo anecdótico y lo provisional.

Términos como “tuitear” y “guasapear” sirven para identificar a toda una generación tanto como lo ha hecho ya la idea de “posverdad” para poner nombre a toda una era. Las palabras nos ayudan a ver, a entender, por lo que significan y por lo que sugieren, por lo que dicen y por lo que callan. La poética y la retórica, la literatura y la política, no están tan alejadas: en todos los casos jugamos con el lenguaje, lo estrujamos y lo situamos como columna vertebral para un fin determinado. Donald Trump no ha hecho más que poner un foco global sobre algo que ya se había convertido en normalidad: distorsionar la realidad para hacerla encajar con un determinado mensaje. Una mentira, una media verdad, ficción, realidad… Lo más característico de la posverdad es que redibuja el pasado -por eso recurrimos al “pos” para esa verdad que nunca fue-, casi como esa memoria interesada y esquiva que, sin el componente de la malicia, funciona como el photoshop en nuestros recuerdos cotidianos.

En paralelo a la posverdad, se está produciendo otra interesante innovación en política tremendamente contagiosa: la preverdad. El futuro, las expectativas de lo aún posible, nos da un margen extra para inventar. Desde los presupuestos que se construyen sobre cifras maquilladas hasta los “en diferido” que van saltando entre los casos de corrupción y los anuncios de independencia a pie de teatro.

No sé si los psicólogos sociales -justo esta semana Granada ha acogido el congreso internacional de la Asociación Europea- tendrán identificadas estas prácticas con algún término científico más apropiado ni hasta qué punto podríamos hablar en este caso de “trastorno” pero basta bucear en las informaciones periodísticas para comprobar que, en política, es una práctica tan asentada como la posverdad. O más, porque sobre lo que vamos a mentir aún no se ha producido. Me voy a un caso muy reciente y cercano: Paco Cuenca y su proyecto para soterrar el AVE. Anticipadamente pero con poco éxito, la Universidad de Granada le había advertido que no aceptará despojarse de los Paseíllos -de uno de los pocos pulmones verdes en el centro de la capital, para levantar torres con cerca de dos mil viviendas y financiar el proyecto-, desde la oposición lo ven como un “fuego de artificios” y las plataformas y empresarios se siguen debatiendo entre el “todo” y el “ya”.

Pero “hay consenso”. Y es “viable”. Eso asegura el alcalde evitando desvelar sus conversaciones con la rectora en las que no se había movido del “no es no”. Y lo hace con la misma vehemencia con que defendía el jueves un “diálogo”, “transparencia” y “normalidad” de gestión que sólo ve él. Granada recuperaba el Debate de la Ciudad cuatro años después para darse cuenta de que, salvo el pactado desalojo del PP del gobierno local por el caso Nazarí, todo sigue igual. Por inercia. Sin más horizonte que, como en los peores tiempos de Torres Hurtado, subir cada mañana las persianas de la ciudad.

25 años sin AVE

Magdalena Trillo | 23 de abril de 2017 a las 9:23

Nada significa una gran efeméride si no reúne dos condicionantes básicos: dinero para invertir y gestión eficaz. Lo primero garantiza el éxito del momento y resulta clave para determinar en qué escala se mueve la celebración -si pasa sin pena ni gloria para la ciudad o termina siendo un “antes y un después”-; lo segundo es clave para no desperdiciar la oportunidad y traducir el impulso del acontecimiento en una transformación profunda y a largo plazo. Sevilla lo hizo en 1992 con la organización de la Expo y la llegada del AVE. Hace 25 años; justo ese cuarto de siglo que hemos vuelto a celebrar esta semana con la conmemoración de la conmemoración.

Es una manera de volver a explotar el gancho. En diferido. Pero ahora se invierten los papeles: la celebración roza lo protocolario y el análisis, la radiografía del momento, ocupa el foco central del retrovisor. Puede que la lectura final sea agridulce, que se haya caído en cierto adormecimiento y conformismo, que los desafíos sean hoy de más alcance incluso que en aquellos boyantes años 90, pero Sevilla dio un salto de modernidad y sentó una posición de liderazgo e influencia como capital de Andalucía que ha tenido un impacto innegable para el resto de provincias andaluzas y para el conjunto del país.

Granada, fiel a su historia de regocijo en el agravio, siempre ha mirado aquella Expo de reojo: demasiado protagonismo para los hispalenses cuando se trataba de rememorar el quinto centenario del Descubrimiento de América sin contar con una ciudad que fue clave y que entonces quedaba relegada al papel de invitada; y demasiadas inversiones para una Andalucía Occidental que abría una brecha de desigualdad con las provincias orientales que no se ha dejado de alimentar en toda la etapa de autogobierno.

Hasta la irrupción de Málaga en el jugoso pastel del turismo cultural, a Granada casi le ha valido con sacar músculo de su patrimonio, con contemplar la Alhambra, para deslizarse sin complejos siendo espectadora de la rivalidad entre Sevilla y la pujante capital de la Costa del Sol. Hemos dedicado décadas a lamentar el “centralismo sevillano” y hacer demagogia con el “Sevilla nos roba” -resulta increíble cómo ha calado en la población la idea de que la Alhambra se gestiona y explota a la sombra de la Giralda- sin darnos cuenta que los puntales del desarrollo se disputaban en otra división. En la de las grandes infraestructuras. En las de la modernidad, el desarrollo y la movilidad.

Tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta de que engancharnos al mapa español de la Alta Velocidad era una irrenunciable oportunidad de progreso y de transformación. Tanto como lo ha sido el aeropuerto para Málaga y como lo está siendo el AVE para las ciudades que han sido capaces de sortear los incumplimientos de promesas, las demoras y los ajustes de presupuestos.

No habían llegado los 25 años del AVE y de la Expo cuando Manuel Chaves, siendo presidente de la Junta, quiso compensar a Granada con una percha sobre la que colgar inversiones: el Milenio. Se trataba de celebrar los mil años de la fundación del Reino de Granada, pero 2013 era ya un año gafado. Enterrado por la crisis. Y fue un fiasco. Como lo ha sido después la Universiada. Efemérides marcadas por la polémica que ni fueron brillantes en su día ni han dejado un legado que podamos reconocer.

Ahora se ha vuelto a activar el calendario hacia el 2031 con un doble enfoque: la carrera de la Capitalidad Cultural y los cinco siglos de la Universidad de Granada. Pero el interrogante sigue siendo el mismo que hace un cuarto de siglo con la Expo y hace cuatro años con el Milenio: ¿nos conformamos con una buena sesión de fotos o contaremos, esta vez, con una buena cartera de inversiones que garanticen un mínimo reequilibrio territorial y una verdadera transformación en la ciudad?

Hace precisamente 25 años que Granada estrenó uno de los pocos proyectos que han tenido cierto recorrido: el Palacio de Congresos. Lo contamos hoy en el amplio informe que reconstruye aquel 1992 que, en el plano turístico, supuso un impulso al sector sin precedentes. Ese “antes y después” que se nos sigue resistiendo con el AVE.

Y pese a todo… felices

Magdalena Trillo | 26 de marzo de 2017 a las 12:07

La puesta en marcha del Metro se vuelve a retrasar (ahora a mediados de mayo, mes y medio extra desde el último compromiso de la Junta), los transbordos no serán gratis salvo la más que improbable reacción del Gobierno financiando el servicio como ya hace en Madrid y Barcelona y el aislamiento ferroviario sigue bloqueando Granada (el 15 de abril podremos celebrar el segundo año de desconexión) ajeno a las mareas amarillas y a las simbólicas movilizaciones en Moreda: las obras en Loja van tremendamente ralentizadas y, si hay soterramiento (otra cuestión es cuándo), será tan low-cost como la solución tercermundista que se está ejecutando en el trazado del Poniente. Y como esa descafeinada estación de viajeros que en su día iba a ser emblemática, iba a llevar el nombre de Moneo y, dialogando con la Alhambra y la Sierra, iba a sumarse a los reclamos turísticos de la ciudad.

La no-sorpresa de la semana ha sido que el Metro (tampoco) estará en funcionamiento para Semana Santa. ¿Con suerte para el Corpus? Los granadinos lo esperaban (ver para creer) y la oposición lo había convertido en una insistente profecía. El consejero ha puesto sobre la mesa las “disfuncionalidades” de las que todos hemos sido testigos en las últimas semanas con las pruebas en blanco (choque incluido) pero lo que subyace bajo su irreprochable propósito de “garantizar la seguridad y la calidad del servicio” es un interrogante de más difícil respuesta: si el nuevo transporte será realmente competitivo. En precio y en tiempo. Si merecerá la pena cogerlo para renunciar al vehículo privado, si será viable para que conviva con los autobuses de la Rober y la LAC (hasta si es un éxito tendrá efectos colaterales sobre las cuentas de la capital) y si moverá a suficientes viajeros desde Albolote hasta Armilla para hacerlo mínimamente rentable.

Hace tiempo (demasiado) que la fatalidad de Granada con las infraestructuras se coló en nuestro ADN. Al mismo nivel (casi) que la malafollá y sin mayores consecuencias que unas oportunas lamentaciones de bar y unas divertidísimas ocurrencias virales en redes sociales: no se pierdan la satírica ‘visión cinematográfica’ del doblador granadino Alfredo Díaz sobre la convivencia con el Metropolitano; medio minuto más elocuente que cualquier posicionamiento editorial.

El humor siempre nos ofrece una salida. Bueno, no siempre. Lo lamentable es que cada vez tengamos más excepciones para refugiarnos en el reconfortante terreno de la irreverencia, el sarcasmo y la provocación. Lo acabamos de ver con la crispación del conflicto sanitario cuando sólo un salto de vértigo al pasado, al mapa hospitalario de 2012, ha calmado la crisis encauzando la desfusión -ojo, que ni será inmediata, ni fácil, ni barata ni lo ‘mejor’ para todos-, pero nos lo advierten también con insistencia las fuerzas de seguridad con la aplicación de la Ley Mordaza y nos lo recuerdan los jueces con procesos y sentencias absolutamente desproporcionadas.

Cuando el humor no funciona, tal vez el mejor recambio sea la prudencia, la paciencia y, sí, también la proporción. Nos hará falta cuando el Ayuntamiento termine de reconocer lo inevitable: una quiebra técnica que terminará abocando a una dura subida de impuestos con tanto coste político para el equipo de gobierno socialista como económico para los bolsillos de los granadinos…

Pero ese marrón aún no toca… Y es que no todo se desliza del gris al negro en Granada. Este fin de semana, la Noche en Blanco ha vuelto a dejar en evidencia que la ‘vida sigue’ a pesar de la política, la economía y hasta la fatalidad. Granada da la bienvenida a la primavera -hasta el buen tiempo es secundario- y se prepara para el aluvión de turistas de Semana Santa con bares y comercios hasta la bandera. La ciudad palpita. Les confieso que el martes, cuando Primark desembarcó en Granada, me emocioné. Decenas de jóvenes vitoreaban al gigante irlandés ¡locos por trabajar! No llevaban pancartas de protesta ni camisetas reivindicativas; zarandeaban globos azules… ¿De verdad que los sesudos investigadores siguen proclamando que los mayores índices de felicidad se registran en Dinamarca o Noruega? ¿Saben acaso dónde se esconde la felicidad?

Encierros que a nadie representan

Magdalena Trillo | 19 de marzo de 2017 a las 10:30

Hace dos años, la llegada de la primavera en Granada era sinónimo de botellón. El cronograma de la movilización juvenil se repetía como un reloj y el único interrogante era si se superaría el récord de participantes de la edición anterior y el número de kilos de basura de la jornada de resaca. Media ciudad paralizada, la circunvalación sumergida en un insufrible colapso y toda España mirando atónita el gran desmadre festivo -autorizado y consentido- al que se sumaban miles de universitarios, adolescentes y menores.

Unas elecciones lo cambiaron todo. El equipo de Torres Hurtado perdió en 2015 la mayoría absoluta y su acuerdo con Ciudadanos para mantener el bastón de mando obligó a la corporación a acabar con el botellódromo. Era una de las líneas rojas de la investidura. Con la operación Nazarí del año pasado, la inesperada pérdida de la Alcaldía por parte del PP y la entrada de los socialistas en el Ayuntamiento, el proceso de desmantelamiento se ha acelerado y, aunque el problema sigue latente con microbotellones esporádicos por la ciudad y un deficitario -por no decir inexistente- programa de ocio alternativo para los jóvenes, basta mirar al macrobotellón que se acaba de celebrar en Toledo para comprobar que la política sí importa. Que la toma de decisiones en el ejercicio del poder tienen consecuencias y que una gestión errática o acertada puede incendiar un problema o sofocarlo.

encierro

Lo hemos visto con el encierro de universitarios en la Facultad de Ciencias y el rebrote de la protesta en Letras. Después de pasar una semana okupando la biblioteca, bloqueando el servicio para más de 2.200 compañeros y profesores, los estudiantes han accedido a orientar sus reivindicaciones por los cauces legalmente establecidos. ¿Los motivos de su “lucha”? Que el B1 sea totalmente gratuito, la “elección democrática del calendario”, la implantación de “baños multigénero” o la revisión del protocolo contra el acoso sexual al entender que no se ha dado solución a los “casos existentes”… Reivindicaciones legítimas, unas más que otras, en algunos casos compromisos ya recogidos incluso en el programa de gestión que está desarrollando Pilar Aranda, pero completamente desproporcionadas y alejadas de una medida tan drástica como un encierro. ¿A quiénes representaban? Ni lo supieron concretar ellos ni lo hemos podido averiguar nosotros.

Y es que (también) las movilizaciones se pueden frivolizar. Por la falta de correlación entre los objetivos y la hoja de ruta de las protestas y por la coherencia misma con que se asume un derecho fundamental de la ciudadanía que está protegido al máximo nivel en nuestra Constitución: ¿Nos encerramos y desencerramos para salir a comer o descansar? ¿Nos ausentamos para asistir a clase para que el profesor de turno no nos penalice en la nota final?

Poco contribuimos a la memoria de quienes han tumbado injusticias a lo largo de la historia, a quienes han logrado irreversibles conquistas sociales, descafeinando ese valioso instrumento democrático que, en sus múltiples estadios de presión, supone la movilización social. Tampoco transformándolo en rutina.

En los años duros de la crisis económica, con los datos alarmantes del paro y la destrucción de empresas, con la implacable política de las instituciones con los recortes y la inhumana espiral de bancos y jueces con los desahucios, muchos nos preguntábamos cómo era posible que no estuviéramos en las calles quemando contenedores. Qué nivel de madurez social había alcanzado la sociedad española, y qué responsabilidad, para no sucumbir a esas imágenes violentas de indignación y de protesta incendiaria que se repetían en otros países como Grecia.

Aunque la fuerza ciudadana es espontánea e incontrolable -ahí está la marea blanca por la sanidad que ha roto en Granada décadas de letargo-, es en la gestión de los despachos, en el gris de la burocracia y en los tiras y aflojas de la negociación donde se juegan los éxitos y los fracasos. Se ha puesto en evidencia con el botellón comprobando que “sí era posible” clausurar el recinto de Hipercor, lo acabamos de ver con la mano izquierda y la extrema paciencia con que el actual equipo rectoral ha hecho frente al sorpresivo encierro de universitarios en Ciencias -y con el pequeño grupo que se atrincheró en Filosofía y Letras- y está por construir en buena parte de las grandes batallas que Granada tiene abiertas.

Me refiero al fin del aislamiento ferroviario y al proyecto de soterramiento low-cost del AVE que Fomento ha puesto esta semana sobre la mesa -en diez días se espera contar con un proyecto técnico y económico “realista” y “viable”- y pienso en la firmeza con que hay que defender que el Metro se ponga en marcha potenciando el transporte público y facilitando un verdadero sistema intermodal que no castigue a los usuarios de la Rober en la capital.

Como en todas las guerras, hay que saber medir las fuerzas y canalizar los efectivos pero también asumir que no todas las batallas se pueden ganar. Es más; hay contiendas en las que una retirada a tiempo es la mejor estrategia y otras en las que el error de cálculo de emprenderlas es el punto de partida. La carrera por la Agencia del Medicamento, por ejemplo, no ha sido más que un fracaso anunciado. Ya el Gobierno se posicionó a favor de Barcelona como alternativa a la opción londinense -la finalmente elegida por Europa cuando se puso en marcha la institución- y lo que ha hecho ahora Madrid no es sólo actuar con coherencia con los criterios iniciales; también contribuye al intento de acercamiento con Cataluña en un momento especialmente crítico de desafío independentista y evita además el desgaste de mediar en el enfrentamiento directo entre Granada y Málaga por coger el relevo de la sede tras el Brexit.

Completamente diferente es el acelerador de partículas, el único proyecto con recorrido y con verdadero potencial que hay de momento en el horizonte de Granada para convertirse en un puntal de desarrollo para la provincia. Una batalla que sí deberíamos ser capaces de afrontar y de ganar. En los despachos. Sin protagonismos ni intereses partidistas. Sin necesidad de tomar las calles.

En los últimos meses hemos visto en Granada cómo el éxito de las mareas -de la blanca sanitaria a la amarilla por las infraestructuras o la morada de la igualdad- ha logrado un respaldo social abrumador y, consecuentemente, una respuesta inequívoca de las instituciones por cambiar el paso y encauzar el malestar. ¿Ahora toca a los encierros como arma de reivindicación? Bien, pero no nos equivoquemos. Tanta legitimidad hay en quien reclama como en quien no acepta el chantaje ni se arrodilla ante causas frívolas, desmedidas o injustas. No todo vale. Tampoco en la movilización. Menos aún en batallas que a nadie representan. Decidamos bien por qué merece la pena luchar.

A lo grande

Magdalena Trillo | 20 de noviembre de 2016 a las 10:30

Toda la historia de la Humanidad se ha intentado escribir en mayúsculas. Desde las obras faraónicas de la antigüedad hasta la megalomanía de los monumentos y esculturas que, en ciudades de todo el mundo, nos recuerdan la debilidad del hombre por lo grande. Su rendición, calibrada en toneladas de mármol y de hormigón, al viejo pecado de la vanidad.

¿Pero más es mejor? La crisis económica se ha encargado en los últimos años de darnos una dura lección de pragmatismo: no todos los proyectos los podemos valorar al peso; no si hablamos de éxitos y de fracasos. Podríamos recordar casos simbólicos como el aeropuerto de Castellón o la Ciudad de las Artes de Valencia, detenernos en cualquiera de las burbujas que se han ido desinflando a golpe de realidad y, en un plano mucho más escurridizo, cuestionar sin miramientos la contagiosa deriva de crecimiento incontrolado que se ha terminado infiltrando en las instituciones públicas de todo el país.

Granada no es una excepción. Al contrario. La enfermedad del gigantismo la vivimos por partida doble: en dimensión y en tiempo. Tal vez ya no nos acordemos de lo que nos costó librarnos de los conos para poder bajar en autovía a la playa ni de la eternidad que hemos sufrido hasta ver la A-7 terminada. Pero es porque había una sólida razón: eran absolutamente necesarias y, al final, funcionan. En estos momentos, las dos grandes infraestructuras en macha, el Metro y el AVE, comparten una larga década de complicaciones, replanteos y retrasos y una preocupante incertidumbre sobre su utilidad y su viabilidad. Al tranvía lo hemos visto esta semana atravesar en pruebas todo el trayecto subterráneo del Camino de Ronda y circular por el Zaidín -nada más elocuente que el “¡Ya era hora!” con que los vecinos se unieron el jueves a la preinauguración- suscitando una compartida expectativa de optimismo: que se ponga en servicio para Semana Santa y que se cumplan los datos que maneja la Junta sobre el nivel de usuarios y rentabilidad. El caso del AVE es mucho más sombrío: no hay un horizonte en el corto plazo para poner fin al aislamiento ferroviario que sufre la provincia desde hace cerca de 600 días ni un compromiso de fechas por parte de Fomento para la llegada definitiva del tren. Para el proyecto del soterramiento sólo hay buenas palabras y, lo más grave de todo, no está claro que sea un sistema de Alta Velocidad realmente competitivo lo que acabe llegando a la Avenida de Andaluces. Eso sí, a una estación “remozada” que nada tiene que ver con el millonario y majestuoso proyecto que en su día diseñó Rafael Moneo y el equipo de Torres Hurtado se encargó de tumbar porque -en este caso- era “demasiado” para Granada…

El Hospital del PTS va camino de convertirse en un ejemplo de manual sobre cómo convertir un proyecto emblemático para una ciudad en un problema. Después de 14 años de espera, el complejo sanitario abrió sus puertas en verano desencadenando la mayor crisis que probablemente haya sufrido el SAS en Andalucía en toda la Democracia: aunque hasta la Junta reconoce ya los desajustes y errores que se han cometido en el proceso de fusión, la realidad hoy es que Granada tiene uno de los hospitales más grandes de España, uno de los mejor equipados de toda Europa y un monumental clima ciudadano de cabreo que, lejos de amainar, ya se ha contagiado a Málaga y Huelva. ¿Se acuerdan del proyecto? Se trataba de levantar un ‘nuevo Clínico'; de construir un gran hospital -con más de 160.000 metros cuadrados, es la mayor obra civil de Andalucía- para mejorar la asistencia de los usuarios del decadente San Cecilio. Pero la crisis económica, los recortes presupuestarios y la reorganización hospitalaria llegaron después desdibujando la idea inicial y transformando lo que debió ser un éxito -una de esas grandes iniciativas sociales que ayudan a ganar elecciones- en un incontrolable problema.

Frente al PTS, el Centro Nevada abre esta semana sus puertas. Después de 21 años de pleitos, denuncias y líos judiciales, se pone en marcha uno de los gigantes del comercio más grandes de España. Un imponente árbol de Navidad, el más alto de Europa, saluda ya a los miles de visitantes que pasarán cada día por las más de 250 tiendas y establecimientos que integran la oferta comercial y de ocio inicial -los cálculos del promotor son superar los 25 millones al tercer año-. Sobre la inmensidad de los 280.000 metros cuadrados del parque comercial, Tomás Olivo recordaba ayer a los medios que se han invertido 480 millones de euros y que generará más de 7.000 empleos… Sin resentimientos, mirando “hacia adelante”. Lo que no sabemos es cuántos destruirá. Si la riqueza que generará el Nevada Shopping compensará el incierto destino de otros centros como el Serrallo. Porque ahí está el fantasma del Neptuno para generar la duda. Porque el Leroy Merlin acaba de cumplir un año y, a sólo unos cientos de metros de distancia, ya ha cerrado el Akí.

No sólo el pequeño comercio está preocupado. El colapso de tráfico en la zona es ya una rutina para cualquiera que transite por la Ronda Sur. Aunque se han activado algunas medidas de choque para agilizar los accesos, no es difícil intuir la imagen que tendrá la Circunvalación cuando nos sumerjamos en la fiebre consumista navideña. Y el ruido. Y la contaminación. Podríamos compensar pensando que, para primavera, se habrá creado un gran corredor verde en todo el entorno del PTS con más de 2.000 árboles: el parque más grande de Granada. Un nuevo pulmón verde de 117.000 metros cuadrados para lo que está llamado a ser “uno de los espacios de excelencia” de Granada. El consejero de Economía visitaba este viernes la ciudad para conocer junto al alcalde el estado de las obras de urbanización de zonas verdes y espacios libres que se iniciaron en verano una vez superado el desacuerdo entre la Junta y el Ayuntamiento. La previsión final de inversión global en el PTS, con 2.800 profesionales trabajando ya en el centenar de empresas ubicadas en el Campus y en torno a 3.000 en el Hospital, llegará a los 750 millones.

Sobre un Excel, las cifras son incontestables. De todos los proyectos. Para responder la pregunta inicial habrá que esperar y tiene matices. ¿Más es mejor? ¿Grande es sinónimo de éxito? Puede. En comparación con qué y según para quién.

530 días sin tren: soluciones, no chapuzas

Magdalena Trillo | 18 de septiembre de 2016 a las 9:30

La marcha del 17-S era necesaria. La unión de instituciones, empresarios, sindicatos y agentes sociales reconociendo el hartazgo ciudadano, también. Que Granada haya sido capaz de construir un frente común de toda Andalucía Oriental por una causa de “justicia” y de “respeto” resulta casi tan histórico como el retraso en infraestructuras y los 530 días de aislamiento ferroviario que se denuncian.

En este contexto, es casi anecdótico si la marcha sacó a la calle a 3.000, 5.000 o 7.000 granadinos. Es más, deberíamos lamentarnos de por qué no fueron 30.000 los que recorrieron los cientos de metros que separan Renfe de la Gran Vía. La foto del “basta ya” había que construirla por un motivo emotivo y otro pragmático: para que la tierra del quejío y la lamentación se levante la autoestima -no todo es un complot de fatalidad en nuestra contra- y para que se utilice en los despachos a partir de hoy. Para presionar. Para desbloquear. Para reactivar las obras en Loja, para fijar nuevos plazos para la llegada del AVE y para arrancar al Gobierno una apuesta definitiva en los presupuestos de 2017.

Era por tanto una marcha necesaria, ¿pero útil? Lo sabremos con los titulares de los próximos días. La movilización tendrá continuidad con una segunda estación de protesta en Madrid y está por ver si un Gobierno en funciones es capaz de hacer algo más que subsistir. El PP no estuvo y, de momento, son los que más puede mediar en Madrid para lograr una solución. Dirigentes del partido me confesaban esta semana que Adif está negociando “a cara de perro” y que se hubieran unido si Fomento no estuviera trabajando para encontrar una salida. Es un futurible difícil de comprobar en un país que lleva un año en bucle electoral pero es otra la pregunta de fondo: si realmente hay una escapatoria (legal), cuándo y a qué precio.

El caso del AVE de Granada es de manual: administración y empresa contratan en circunstancias temerarias y luego resuelven bajo cuerda el sobrecoste de los modificados millonarios. Con una responsabilidad compartida, lo normal es que las tensiones desemboquen en acuerdo y no en una amenaza de la promotora de abandonar las obras. No hay más en Loja. No lo habría si Fomento tuviera más margen de maniobra y la empresa de Florentino Pérez estuviera en un escenario de intangibles y expectativas que la animara a ceder. De todo esto no se puede hablar, mucho menos escribir, pero es la triste realidad: la cara b de los acuerdos; del último corredor de fincas al mayor contrato de la administración pública. Se negocia -y se contrarresta- en base a lo que hay, lo que ha habido y lo que habrá.

El titular del desatasco de las obras en Loja llegará; otra cuestión diferente es si con ello Granada se suma de verdad al mapa de la Alta Velocidad Española. Con la coartada de la crisis y de los recortes presupuestarios, se ha renunciado a tanto en los últimos años que es difícil valorar si el AVE descafeinado que entrará en Andaluces habrá merecido la pena. Si, más allá de la megalómana estación de Moneo y el hoy inasumible soterramiento en La Chana, la reconexión ferroviaria supondrá un despegue real con la solución low-cost que se terminó aplicando en Loja.

El frente común de Granada, Jaén y Almería para reclamar la vertebración de Andalucía Oriental no deja de ser un peligroso eje del fracaso. Porque es el tren, pero también lo es el aeropuerto desplomándose en la escala regional de tráfico de viajeros y lo es el Puerto de Motril si no terminamos de entender que es uno de los pocos proyectos con un claro recorrido de expansión económica e industrial en una provincia que subsiste por inercia mientras sopla el viento del turismo y no se desinfla la burbuja del sector público.

Cuando los manifestantes gritaban ayer que “a Granada se la respeta” y pedían “dignidad”, no podía evitar recordar al ministro De Guindos en sus no-explicaciones sobre el caso Soria diciendo poéticamente que “la dignidad es un concepto evanescente”. Porque nada tiene el “Granada por tren ya” de bebida espirituosa y porque nada hay de misterio en esa alternativa tercermundista por Moreda que puede terminar convirtiendo en éxito una chapuza. Lo clamaba ayer la gente -no los políticos- en la marcha del 17-S y deberíamos sumarnos todos: “Dejarse de pollas”. En este caso el clamor es tan evidente que no hay que recurrir a la poesía.

 

Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…