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También la verdad se inventa

Magdalena Trillo | 16 de abril de 2017 a las 11:06

¿Se imagina al Papa enviando un WhatsApp a un joven diciéndole que no le localiza y que seguirá intentándolo? Ocurrió. El 10 de agosto de 2014. A las 17.32 de la tarde. “Querido David: Soy el padre Jorge, bueno, el papa Francisco. Te he llamado y no contestas. Esta tarde lo volveré a intentar. Un abrazo de paz”.

Lo sabemos ahora. Tres años después. Cuando la justicia ha sentenciado que el padre Román no es culpable de abusos sexuales. Cuando el polémico cura del Zaidín, el líder del clan de los Romanones, ha quedado absuelto “ante la falta, total y absoluta, de pruebas” y la aplastante debilidad del testimonio del denunciante. Después de escuchar a 40 testigos y 14 peritos en una de las causas más mediáticas que se han celebrado en la Audiencia Provincial.

Daniel (nombre ficticio de David) ha situado Granada en el vergonzoso mapa de la pederastia desencadenando el mayor juicio contra el abuso de menores que ha afectado hasta ahora a la Iglesia española, ha motivado la intervención directa del Papa -lo llegaría a llamar por teléfono para pedirle perdón y animarlo a acudir a los tribunales- y ha contribuido a romper un velo de secretismo y complicidad en los estamentos eclesiásticos que ya no tiene vuelta atrás.

granadahoy daniel

Puede que ésta sea la mayor justicia del caso Romanones; lo que ha ocurrido en paralelo al juicio. Espoleando las conciencias. Sensibilizando. Rompiendo tabúes. Obligándonos a dar un paso más allá del insistente debate sobre la presunción de inocencia y las ‘penas’ de telediario.

Porque la verdad de Daniel nunca fue la verdad del padre Román. Ni siquiera la del Papa Francisco cuando proclamó aquello de “la verdad es la verdad y no debe esconderse”. El mensaje de WhatsApp ha terminado siendo más que una anécdota porque el joven denunciante, que supuestamente sufrió abusos entre 2004 y 2007 cuando era menor de edad, siempre había mantenido que la comunicación con el Pontífice se produjo el día 24, dos semanas después. ¿Por qué ocultarlo? ¿Lo ha olvidado? ¿Sólo esta parte o todo el relato? ¿Hubo una historia real que se ha magnificado, adornado, acrecentado y reconstruido para sostener la acusación penal?

Son datos “objetivos” sobre los que no cabría la duda. Como el examen del forense que reveló que el sacerdote no tenía una cicatriz en la rodilla, ni una pequeña mancha de color café en la piel que envuelve el pene, ni está operado de fimosis… No son detalles morbosos con los que ocupar titulares en un tabloide; son hechos comprobables que van dibujando el plano de lo demostrable sobre los que un tribunal edifica una sentencia. Destapando incongruencias. Sacando a la luz las contradicciones. ¿Las mentiras?

padre román

Primero fue el varapalo de la prescripción de delitos -inicialmente estaban imputados diez sacerdotes y dos laicos- y, después de un agónico juicio, Daniel ha terminado siendo su peor testigo. El caso Romanones ha concluido como se esperaba desde aquella mañana en que el fiscal giró su interrogatorio y lo focalizó en Daniel .Y tanto lo puso contra las cuerdas, tanto lo hizo tambalearse, que en su alegato final llegó a decir que era “imposible saber” si se habían producido abusos sexuales o había una “conspiración del Opus Dei”. No sólo no se acreditaban los hechos denunciados; se apuntaban “motivos espúreos” en el origen del caso.

Probablemente, todo no ha sido tan “espontáneo” como parecía… ¿Lo es alguna vez? ¿Pero eso significa que nada ocurrió? ¿Es el padre Román el “santo” que ya reivindican los feligreses de su parroquia? Y, por mucho que se resistan a que hablemos de “clan” y de “secta”, ¿es normal ese ambiente de familiaridad entre curas y monaguillos? Las propiedades que manejaban, las convivencias que organizaban, ese derroche de “amor fraternal” después de las homilías…

Sin pensar, seguro, en el mundo judicial, sentenció Machado que “se miente más de la cuenta”; que “también la verdad se inventa”. Ocurre con las que se fabrican; pero también con las que se desmontan. Porque ninguna verdad lo es de forma absoluta. Porque son volubles y maleables. Con sombras. Incluso las que emanan de un tribunal.

arzobispo

El origen del mal

Magdalena Trillo | 30 de noviembre de 2014 a las 10:30

“La justicia humana tiene sus límites; sólo la divina es justa”. Son palabras del hoy arzobispo de Granada cuando estaba al frente de la Diócesis de Córdoba; un periodista osó preguntarle por la contradicción que suponía ver dando misa al párroco de Peñarroya después de haber sido condenado a once años de cárcel por abusar de unas niñas cuando se preparaban para la primera comunión. El entonces obispo acusó al redactor de Canal Sur de ser un “mal profesional” y dijo en antena que había sido la entrevista más desagradable que le habían hecho en su vida.

De Córdoba, tras enfrentarse con el cura Castillejo por CajaSur, a Javier Martínez lo ‘ascendieron’ a arzobispo de Granada y aquí se ha tenido que volver a enfrentar a la sombra de la pederastia con una presión social y un impacto mediático mucho más severo que hace una década. Entonces el pueblo se dividió en dos, entre quienes respaldaban al religioso y quienes clamaban para que fuera expulsado; hoy es el propio Papa Francisco quien ha cogido el altavoz y las pancartas contra los pedófilos sin dejar rendijas para el encubrimiento. Aunque las contradicciones persisten: el sacerdote Rey Godoy nunca perdió la ‘comprensión’ ni la protección de la Iglesia; en 2010 salió de prisión en libertad condicional y ahora trabaja como archivero en la propia Diócesis.

Si enfrentamos estos dos casos, es fácil llegar a la conclusión de que la justicia, siempre, tiene límites. Por acción o por omisión. La humana y la divina. En Córdoba los tribunales pudieron ser firmes e implacables -hasta una catequista ratificó las declaraciones de las menores confesando comportamientos similares- pero nada se hizo en el seno de la Iglesia; los hombres de Dios no sólo taparon sino que también ampararon. En Granada, el juez que investiga el caso del ‘clan de Los Romanones’ tiene ante sí un proceso tremendamente complejo por la propia naturaleza de los hechos, por la tardanza con que se ha formulado la denuncia y por el tiempo transcurrido desde que ocurrieron los abusos.

Los tres sacerdotes y el profesor de Religión que fueron detenidos el pasado lunes, mes y medio después de que la víctima recurriera a los tribunales siguiendo las indicaciones del Pontífice, han dormido dos noches en los calabozos pero ninguna en prisión. El miércoles quedaron en libertad con cargos y sólo el padre Román tuvo que desembolsar 10.000 euros de fianza para eludir la cárcel. Durante seis meses tendrán que fichar los días 7 y 21 y no podrán acercarse a menos de 200 metros de distancia de Daniel ni del segundo monaguillo que acaba de denunciar abusos contra los mismos implicados.

De momento, aunque todos se declaran “inocentes”, el instructor aprecia acciones “particularmente degradantes y vejatorias” por parte del padre Román. Bien es cierto que existe bastante preocupación en el entorno judicial por las dificultades procesales para probar los supuestos delitos cometidos con todas las garantías y limitaciones del Código Penal. También queda por determinar hasta qué punto terminan implicados unos y otros y cómo transcurre la causa, ya que sigue abierta la investigación y no se descartan más denuncias y detenciones.

Es evidente que el juez tendrá que dictar una sentencia justa y se podría plantear hasta qué punto ejemplarizante por la gravedad y la alarma social que ha generado el caso. Lo acabamos de ver con la entrada en prisión “disuasoria” de Isabel Pantoja y, aunque podríamos abrir un intenso debate sobre este punto en el contexto de los tribunales, no debería haber la más mínima duda sobre la ejemplaridad que debemos exigir a una institución que ha extendido su poder en la civilización occidental como guardiana de la ética y la moral.

En la lucha contra la pederastia, el primer paso ya lo hemos dado: la “tolerancia cero” ha dejado de ser un eslogan para convertirse en una clarísima hoja de ruta para perseguir y castigar estos repugnantes comportamientos tanto por la justicia ordinaria como por las autoridades eclesiásticas. Y más allá de la ineludible petición de perdón y con más firmeza que una teatral postración ante el altar. Pero queda lo más difícil: atajar los comportamientos que llevan al pecado y al delito desde abajo, desde el principio y de forma constructiva.

Aquí llegamos al debate de verdad: el origen del mal. Hasta qué punto tiene sentido el celibato en la sociedad actual e, incluso, hasta qué punto tiene un fundamento teológico incontestable. Empezando, por ejemplo, por que en las primeras comunidades cristianas ni la tradición ni la biblia imponía el celibato como precepto obligatorio para el sacerdocio. Las razones históricas que lo sostienen tienen más que ver con la necesidad de fortalecer el poder de la institución en momentos de debilidad, frenar excesos -se ha escrito que en el siglo XV, durante el Concilio de Constanza, 700 mujeres públicas asistieron para atender sexualmente a los obispos participantes- y controlar que los bienes de la Iglesia no se perdieran como patrimonio familiar y hereditario. Por otro lado, si de salvaguardar una entrega absoluta se trata, ¿cuánto tiempo dedican los curas a controlar la abstinencia sexual, a atormentarse y a mortificarse?

Por supuesto que la lacra del acoso y el abuso sexual no lo sufre sólo la Iglesia, pero parece innegable que la obligación impuesta de permanecer sin pareja y reprimir cualquier tipo de deseo carnal tiene más contraindicaciones que utilidad. Es verdad que hay razones religiosas, filosóficas y hasta sociales para defender el estado célibe, pero de forma voluntaria. Si la Iglesia está dispuesta a dar realmente ese paso de renovación y apertura que proclama el nuevo Pontífice, es inaplazable abrir costuras para tratar temas tan controvertidos como la sexualidad o el papel de la mujer atendiendo a los sentimientos -y también a las razones- de las corrientes más progresistas.

Aunque los orígenes del celibato se remontan al año 305 con el Concilio de Elvira -otros interpretan que no tuvo carácter obligatorio hasta el II Concilio de Letrán de 1139-, hasta Platón podríamos viajar para encontrar los primeros ejemplos de connivencias exclusivas de hombres dedicados al pensamiento, el arte y el saber que luego marcarían el funcionamiento de las órdenes religiosas y los primeros conventos. Pensadores, artistas, santos…

La pregunta hoy podría ser si lo que pedimos a la Iglesia es pastores aspirantes a santos frustrados o profesionales de la fe, honestos y comprometidos, solteros o casados según lo decidan en conciencia. ¿Son ‘menos’ quienes ejercen la religión protestante y forman una familia?

El sexo, el hambre, es una necesidad biológica. Platón fundó sus academias con absoluta libertad, Sócrates fue tremendamente revelador -el hombre desea lo que no tiene- y Freud ya nos avisó: a lo que conduce la prohibición es al desvío, a la perversión.

Hace justo diez años que Almodóvar removió las vergüenzas de Iglesia con La mala educación. Curas pedófilos, homosexualidad, chantajes… Una controvertida ficción de escándalos sexuales en el clero que hoy se infiltra como actualidad con los mismos rincones oscuros, transgresiones y dolor que entonces. Renglones torcidos que aún no hemos decidido si queremos enderezar.