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Más que una foto

Magdalena Trillo | 18 de junio de 2017 a las 11:06

En pleno Corpus, encuentro una mañana sobre mi mesa un sobre certificado procedente de Vitoria. El lehendakari me dirige una carta personalizada explicando las razones históricas, sociales y culturales del Concierto Económico Vasco. Un dossier de 24 páginas, en una exquisita edición en papel couché, recoge el argumentario: el origen de los fueros vascos, las vicisitudes del Cupo desde 1878 hasta su última revisión en 2002 pasando por la suspensión de la Dictadura y el reconocimiento jurídico que consagra el Estatuto de Gernika, nuestra Constitución y hasta del Derecho Europeo (incluido el Tribunal de Luxemburgo) a su avanzado “federalismo fiscal”. Por qué es el pilar de su autogobierno y de su estrategia de desarrollo autonómico, en base a qué defienden que los vascos son “solidarios” con lo que desde el resto de España no vemos sino como un privilegio y por qué es un “derecho irrenunciable a preservar”.

Hoy sé más del cupo vasco que del debate andaluz sobre la supresión del impuesto de sucesiones. Y lo que manejo es sólo una síntesis (bien armada y presentada) de palabras, fotografías, documentos y firmas. Que este documento haya llegado a los directores de prensa de Granada puede dar idea de la envergadura de la campaña de información que ha debido emprender Euskadi.

De la transparencia, pragmatismo y astucia con que el Gobierno de Íñigo Urkullu se va a posicionar en la negociación del modelo fiscal que España abordará tras el verano. De la seriedad y solidez con que el pueblo vasco está enterrando la barbarie del terrorismo, esa larga etapa negra de sinrazón que no ha servido más que para deslegitimar sus reivindicaciones. De cómo están reconduciendo su posicionamiento para la necesaria reforma del modelo territorial que ahora sacude la Generalitat de Puigdemont a golpe de populismo, choque de trenes y radicalismo.

Se han invertido los papeles entre El País Vasco y Cataluña. Y casi roza la tragedia el poco legado que hemos sido capaces de atesorar desde aquel 15 de junio de 1977 en que España dijo sí a la Política con mayúsculas, a las libertades y a la democracia. Viramos entre la irresponsabilidad y la frivolidad. En Madrid acabamos de cerrar el espectáculo de la tercera moción de censura de nuestra historia parlamentaria midiendo liderazgos, evaluando victorias y fracasos en clave partidista y situando el terreno para futuras alianzas en un horizonte de creciente clima electoral.

En Cataluña, las urnas se han convertido en un símbolo recurrente de la instrumentalización de las instituciones y de la huida hacia delante de sus dirigentes políticos. Ahora buscan 80.000 voluntarios para que hagan el trabajo de los funcionarios en la consulta ilegal del 1 de octubre sin querer asumir que no es sólo Madrid quien da el portazo al independentismo; lo hizo Estados Unidos, lo hizo Merkel, lo acaba de hacer la Francia de Macron… ¿Nada vamos a aprender (tampoco) del Brexit viendo tambalearse a la ‘dama de porcelana’ que estaba llamada a ser la nueva Thatcher?

El examen de las urnas, de cualquier proceso y a cualquier escala, desde unas primarias hasta un referéndum, no se gana ni se pierde en un día. Es un proceso volátil, impredecible y caprichoso que se va construyendo sobre expectativas y subjetividades pero también sobre realidades tangibles. En la fotografía final que refleja un proceso electoral se integran los aciertos y los errores de la gestión cotidiana con la misma nitidez que lo hace la instantánea de un éxito o un fracaso. Podemos pensar en Urkullu y Puigdemont, en Theresa May y Emmanuel Macron y podemos quedarnos en la política local valorando el significado de la históricafotografía con que Granada ha cerrado filas por el proyecto del acelerador de partículas…

ifmif dones

Es más que una foto. A contracorriente, habla del prestigio de la política y de la utilidad de las instituciones en un momento de profunda confusión y desorientación de los poderes públicos. Es el resultado de una campaña soterrada de trabajo responsable y leal que -por una vez- ha unido a políticos, administraciones, empresarios y científicos por “un proyecto de Estado” que puede convertirse en el mayor revulsivo económico y de desarrollo para la Granada de las próximas décadas. Y para la Humanidad. No es ninguna exageración; es una inesperada y generosa alianza que ha superado susceptibilidades y agravios.

El proyecto tiene un nombre impronunciable (IFMIF-Dones) y un objetivo tan complejo como apasionante: encontrar nuevas formas de energía sostenibles basadas en la fusión nuclear. España compite con Croacia y -por una vez- no hay zancadillas, utilizaciones partidistas ni juegos institucionales boicoteando el proyecto. En pleno Corpus, y con independencia del dictamen final, se contribuye desde Granada al prestigio de la política y de los políticos. Sin teatros ni estridencias. Sin codazos por salir en la foto. Con lealtad y determinación. Con la misma discreción e inteligencia con que el nuevo País Vasco busca su espacio en el puzle nacional y la misma torpeza con que Cataluña se pierde en el laberinto de los excesos, la demagogia y los egos.

Maldita hemeroteca: ¿Más tijera o más impuestos?

Magdalena Trillo | 12 de junio de 2016 a las 10:23

No sólo la crisis nos ha obligado a reciclarnos con cursos avanzados de economía aplicada; también la política. No le prestábamos atención cuando había dinero para invertir, cuando no lastraban los números rojos la gestión y cuando el debate presupuestario se centraba en la discusión -con un inevitable trasfondo electoral- sobre el destino de las partidas. A qué barrios se premia y castiga, a qué comunidades autónomas, a qué colectivos…

Ahora no cuadran las cuentas. Después de ocho años de duros recortes, la aprobación de unos presupuestos que permitan apuntalar la supuesta recuperación se está convirtiendo en una misión imposible en los ayuntamientos que más han soportado la caída de ingresos -y cargan con una insostenible mochila de deuda millonaria con bancos y con proveedores- y en una excusa perfecta para desmontar los quebradizos gobiernos que se han conformado en el último año tras la irrupción de los partidos emergentes, la pérdida de la tranquilidad de las mayorías absolutas y el debilitamiento del bipartidismo.

Cataluña, con el plante de los radicales de la CUP y una moción de confianza contra el presidente Puigdemont a la vuelta del verano, es un ejemplo contundente del fracaso que suponen las huidas hacia adelante. En estos momentos, el horizonte es celebrar otra vez elecciones -ya casi vamos al ritmo de unas por año- y asumir que la inmolación de Artur Mas para favorecer el gobierno de Junts pel Sí para la desconexión con España no ha servido de nada. Otra legislatura fallida. De nuevo la constatación de lo efímero que es someter un gobierno a un partido antisistema, anticapitalista y antieuropeo que decide en reuniones asamblearias.

El diseño de un presupuesto no es un formalismo menor; es el esqueleto de la acción de gobierno. Las tablas excell de ingresos y gastos no son (sólo) economía, son el instrumento para hacer política. Y tampoco en Granada hemos conseguido aprobarlo este año. Antes de ser desalojado del gobierno de la capital tras el escándalo del caso Nazarí, el equipo de Torres Hurtado consiguió dar luz verde a las ordenanzas fiscales pero la pretensión de subir un 10% el IBI frenó en seco la negociación con la oposición. La izquierda municipal no iba a permitir aumentar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Tampoco sus ‘socios’ -ahora adversarios y quién sabe qué después del 26-J- de Ciudadanos.

Un mes después de que el PSOE haya tomado la Plaza del Carmen, lo que planea en el debate local es una subida del 20%. ¿El “plan oculto” de los socialistas para sanear las cuentas? ¿Una intoxicación tendenciosa del PP en plena campaña electoral? En cualquier caso, una absoluta contradicción. A diferencia de la política de declaraciones -subjetiva, difícilmente contrastable y en muchos casos imposible de verificar-, lo bueno de esta parte de la gestión pública es que siempre termina en hechos. En realidades. Y una insorteable es que no hay más recorrido para cuadrar las cuentas -las de cualquier casa; las de cualquier país- que controlar ingresos y gastos. Es decir, que sólo podemos hacer frente a los agujeros y a los imprevistos de dos maneras: ajustándonos el cinturón o ganando más. Tijeras o ingresos extra.

Si la situación económica del Ayuntamiento es como la está pintando el equipo socialista -en el “precipicio”, a un paso de la “intervención”-, parece evidente que los próximos meses seremos testigos de durísimos titulares. El PP sospecha que lo que está haciendo el equipo de Paco Cuenca es preparar el terreno para aprobar una fuerte subida de impuestos con la excusa de la herencia recibida y la mala gestión del PP. Esta misma semana los ha acusado de “alarmistas” y ha puesto sobre la mesa la impopular medida del aumento del IBI.

El PSOE tiene ahora la “responsabilidad” que exigía hace unos meses al PP de presentar un proyecto de presupuestos y en su mano está también la decisión de ir por el camino fácil de la subida de impuestos o el correoso de lograr más ingresos renegociando con las empresas públicas, reduciendo gastos de funcionamiento, mejorando la eficiencia de los servicios, abriendo “innovadoras” vías para recaudar más y gestionar mejor… Ellos mismos le dieron las recetas al PP cuando estaban en la bancada de la oposición.

Es economía, es política y es coste electoral. Tal vez irreparable si hablamos de volver a tocar el bolsillo de los ciudadanos después de pasar años exigiendo lo contrario. Siempre estará la coartada de la “herencia recibida” pero también la maldita hemeroteca.

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

clara

Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

pariser

Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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Crónica negra de verano

Magdalena Trillo | 6 de septiembre de 2015 a las 10:30

Las abejas se están volviendo adictas a los pesticidas. Los experimentos publicados en Nature han descolocado a los científicos de Newscastle que analizaban el comportamiento de estos inteligentes y laboriosos insectos en nuestro mundo contaminado y global: se les dio a elegir entre dos soluciones de glucosa –una sin insecticidas y otra cargada de neonicotinoides– y se fueron directas a por la droga. La conclusión del ensayo no es baladí. Se calcula que el papel de las abejas en el proceso de polinización se traduce en un negocio al año de 153.000 millones de euros. Se tambalean los números y se pone en riesgo el equilibrio natural: el uso de productos químicos está afectando de forma grave al desarrollo y crecimiento de las sofisticadas colonias que durante siglos han sido un modelo de orden en el reino animal y, sólo en la UE, se cifra en un 20% el descenso de las poblaciones de polinizadores.

abeja

Pensarán que poco importa que desaparezcan unos millares de insignificantes abejas cuando estamos dejando abandonadas a familias enteras en vergonzosas travesías de miseria y desesperación en una huida masiva de la guerra y el hambre hacia un decadente paraíso europeo que sólo es capaz de responder a su petición de auxilio con muros y alambradas; con mercadeo barato, fría diplomacia y derecho internacional.

Poco importa un puñado de insectos cuando ya resuenan los tambores anunciando el desmoronamiento de España en una inacabable partida de póquer entre inmovilistas, reformistas y rupturistas que –al menos hasta ahora– sólo ha avanzado subiendo las apuestas y la tensión.

Y poco importan unos molestos bichejos cuando su vecina está en el hospital tras ser golpeada con la vara de una cortina o yace en un ataúd víctima de la brutal agresión de quien, hasta aquella madrugada, había sido su compañero de toda la vida. Una pareja discutió en el Zaidín, la otra en Armilla. La primera ha logrado contarlo; la segunda recibió más de diez hachazos mientras dormía. Y todo empezó por una estúpida maceta.

Su vecina, cualquier vecina. Es el crimen de Cuenca y son las trece mujeres que han sido asesinadas este año por sus parejas. Es el indigente quemado en un cajero de Sevilla y es el sintecho apaleado en La Chana por una pandilla de adolescentes porque no quiso poner música reggaeton. Son batallas campales en las ferias patronales de los pueblos y es, en el fondo de cada tragedia, el sinsentido de nuestra especie, ese animal humano que sigue llevando en el ADN la violencia que le es connatural. Cambia el contexto, perfeccionamos los instrumentos y los escenarios, pero se mantiene la esencia.

En Alemania, unos antropólogos han confirmado que las masacres ya eran habituales en el Neolítico. Y no eran casos aislados. Hace 7.000 años ya practicaban el secuestro y el asesinato de mujeres y niños torturando y mutilando de forma asombrosamente cruel. La violencia es violencia, a pequeña y a gran escala.

La frivolidad no es hablar de abejas… porque no hablamos de abejas en realidad. Frívolos son los motivos ‘oficiales’ que terminan apareciendo en los atestados policiales de los insistentes episodios de odio que, un verano más, han ocupado la primera plana de los periódicos, las conversaciones en las redes sociales y el grueso de los telediarios.

armilla

Tanta frivolidad es mirar para otro lado como tranquilizar nuestras conciencias indignándonos, conmoviéndonos, buscando un culpable y limitándonos a ver únicamente lo que se nos muestra en la capa superficial; lo que queremos ver.

Frívolo es desviar el debate de los refugiados hacia el reparto de cuotas sin preguntarnos por qué hay una guerra en Siria y qué responsabilidad tenemos nosotros –los europeos y también esa USA que sigue enarbolando la bandera del orden mundial– en el polvorín de Oriente Medio.

Frívolo es empañar la estremecedora imagen del niño ahogado en una playa turca con un artificial debate ético sobre la oportunidad de publicar o no la imagen. ¿Es sensacionalista mostrar el horror de la guerra? ¿Es morboso denunciar el portazo de Europa a la petición de asilo? ¿Tenemos que proteger a nuestros niños del mundo real que les vamos a legar?

primer plano

Mi sobrina tiene once años. Hemos visto juntas la foto y la ha entristecido. Me ha preguntado si ese niño estaba en nuestras playas. No le ha sabido explicar por qué hemos dejado que se lo tragara el mar; por qué nadie le socorrió. No sabe muy bien dónde queda Siria pero sí sabe que es “afortunada” porque no nació allí. Ella no pudo elegir, pero tampoco pudo hacerlo quien se ha convertido en un número más que sumar a los efectos colaterales de “la mayor avalancha de refugiados desde la II Guerra Mundial”.

Me pregunto si pensar en algo tan cotidiano y cercano como una colmena de abejas podría ayudarnos a entender que es suicida la política, cualquier política, que prefiere naufragar en la superficie de las cosas parcheando los problemas con una cómoda visión cortoplacista y exculpatoria. Tal vez sea más fácil entender las consecuencias del cambio climático si les digo que en este siglo desaparecerán 30 metros de las playas que este verano les sirvieron de refugio de las olas de calor; esas mismas que reciben inmigrantes en embarcaciones de juguete y le disputan los muertos al mar.

Tal vez sea más fácil entender el drama de los muros, las alambradas y los camiones llenos de cadáveres congelados si vemos a Europa, nos vemos a nosotros mismos, como una gran colonia de abejas que se sigue sintiendo intocable y ejemplar sin darse cuenta de que está sobrepasada y perdida.

Tal vez ayude a la lucha contra el terrorismo, contra el machismo, contra la xenofobia y contra tanta salvajada y tanta barbarie si dejamos de conformarnos con conmovernos. Si nos comprometemos más allá del gesto y pose solidarios, siempre loable pero inútil. Si hacemos algo más que contar muertos y maquillar estadísticas.

El niño sirio de la foto es más que un número, es más que un símbolo. Se llamaba Aylan. Tenía tres años. Sus padres pagaron 4.000 euros a las mafias para llegar a Canadá y empezar una nueva vida. Una violenta ola lo lanzó al mar. La indiferencia de unos, la ruindad de otros, rompió la quimera.

Mi sobrina me vuelve a preguntar quién tuvo la culpa; no le sé contestar. Me dice que, si no podemos (queremos) ayudarles, por qué no se acaba con la guerra para que no tengan que huir de su país; no le sé contestar. ¿Nos hemos inmunizado ante esta tragedia? ¿Ante cualquier tragedia? ¿Ante cualquier vida que no sea la nuestra?

Muros: invisibles y de hormigón

Magdalena Trillo | 9 de noviembre de 2014 a las 14:32

EL 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Telón de Acero, yo tenía 14 años. Empezaba a estudiar primero de BUP y ya había decidido ser periodista; no sé si por el romanticismo con que se hablaba entonces de la profesión o, simplemente, porque me gustaba escribir… Tampoco sé si lo recuerdo o reconstruyo la memoria: tele en blanco y negro en un pueblo de la subbética cordobesa; una imagen desastrosa y una antena volante en el tejado. El olor a nuevo de los libros se funde con el olor a viejo de las ascuas del brasero; no te retiras ni un milímetro aunque las chispas de la candela te llenen las piernas de cabrillas. En media hora ponemos la mesa, comemos y recogemos. Entre cuchara y cuchara, el presentador del telediario cuenta que está sucediendo algo importante en Berlín. Me paro a pensar dónde queda en aquel mapa de sueños que estudiamos en la EGB… Como desde medio mundo, hacemos de espectadores. Ni entonces ni ahora tengo muy claro que la pobreza deje a los pobres ser conscientes de que también ellos son testigos necesarios de la historia.

Hoy, 25 años después, veo cómo se levantan nuevos muros, sin ladrillos ni argamasa, pero mucho más peligrosos que aquel de alambre y hormigón que atravesó 103 millas de vergüenza, que se erigió durante decenios como la muralla interurbana más mortífera del siglo XX y que supo desmoronarse sin armas, de noche, en silencio, para simbolizar al mundo que el milagro de la libertad sin sangre era posible. Esa misma libertad que nunca se ha entendido en la lejana frontera de México y EE UU, esa que se desprecia entre Israel y Palestina, ésta más cercana que cuesta la vida a miles de inmigrantes en ‘nuestra’ particular muralla de Ceuta y Melilla. 

Pero el muro que más me intimida es invisible. Hoy sé perfectamente dónde queda la Cataluña que para tantas familias andaluzas ha sido sinónimo de exilio y de prosperidad. Las verdaderas razones de la separación y la intransigencia continúan siendo tan crípticas como cuando era adolescente y veía al pueblo alemán celebrar una victoria sin guerra ante la Puerta de Brandemburgo. Entonces en gris; este fin de semana con los destellos de un color que no siempre significa progreso. Durante décadas no nos han dejado votar; ahora menospreciamos lo conseguido y lo hacemos en simulacro.

Pensaba que la política tenía que actuar en las zonas oscuras que dejaban las leyes, no al revés. Paradójicamente, lo que hoy tenemos en España es un país herido en el que sólo el muro de los tribunales, el único bastión que nos sostiene y nos protege de los vacíos de injusticia e inoperancia del Estado, parece querer darnos una oportunidad. Aunque sea tan limitada -y tan simbólica- como la decisión de mantener imputada a la Infanta Cristina o hacer que Isabel Pantoja entre en prisión. Hay muros como el de los jueces y el de los medios de comunicación que debemos defender. Pienso en la caída de Bárcenas, Rato, Blesa y media familia Pujol, en la ofensiva contra las tarjetas black, en el fin de las ‘escapadas’ pagadas por todos nosotros de sus señorías… ¿Lo estaríamos contando con una justicia amordazada y en precario? ¿Lo sabríamos si no nos hubiéramos ‘atrevido’ a publicarlo?

Para Cataluña no tengo solución; hace tiempo que renunciamos a la política y la vía judicial se ha atascado en el mismo callejón sin salida en que se ha hundido Artur Mas. Lo que más me entristece es la obsesión con que queremos levantar nuevos muros y la inconsciencia con que convivimos con los que nos amenazan a diario. Invisibles como las paredes de los guetos en los que escondemos nuestras miserias en las grandes ciudades; interesados y de explotación como los que fabricamos a escala global con esa economía canalla que tan bien describe Loretta Napoleoni:”Cuando cayó el muro de Berlín, los jóvenes de Europa del Este cruzaron en masa el Telón de Acero, la división imaginaria entre el mundo libre y el totalitarismo. Desde el antiguo bloque soviético, el gusano de la libertad se extendió a través del globo. Pero a la vez que la democracia se expandía, lo hacía también la esclavitud”.

Pregúntese si hoy no somos todos un poco esclavos de nuestro tiempo. Si más eficaces que las alambradas son los muros invisibles que levantamos desde la intolerancia; que nos acechan sin que nos permitamos el lujo de darnos cuenta.

Yes Scotland, el otro derecho a decidir

Magdalena Trillo | 31 de agosto de 2014 a las 10:12

Agnes tiene cinco hijas, tres nietos, un precioso Bed&Breakfast en la isla de Skye y una inquebrantable disposición a votar sí el próximo 18 de septiembre. Es más que consciente de lo reñido que está el referéndum sobre la independencia de Escocia y no esconde su certeza (que no miedo) sobre las consecuencias del histórico proceso que llega a su recta final con media Europa mirando de reojo: “Si no ganamos nos van a crucificar”. En la dureza de sus palabras subyace la fortaleza del sentimiento de identidad nacional, pero también el ‘atrevimiento’ de pensar que no es idealismo ni ingenuidad defender el “derecho” a un mañana de oportunidades.

Con dos trabajos extra para llegar a fin de mes, esta abuela hiperactiva de las Highlands no necesita ni diez minutos para desgranar sus razones del sí: no se sienten ingleses, detestan su esnobismo, creen que Londres les “roba” y confían en el potencial de su pequeño país (no hay demasiado petróleo pero sí mucho turismo, una exitosa tradición de whisky y golf y un carisma arrollador que los ha convertido en los ‘andaluces del norte’) para que les vaya mejor. Un ‘derecho a decidir’ vivir mejor.

En esencia, no es muy diferente la cuestión catalana a la escocesa. Los dos pueblos buscan lo que cualquiera querría para sí (avanzar en derechos y libertades en lugar de militar en la austeridad y sumirse en la miseria), los dos casos se construyen sobre el temperamento de las emociones y en ambos procesos se ha colado la tiránica economía como pieza decisiva. Los grandes empresarios de Escocia se acaban de unir al Gobierno británico en su campaña del miedo: los recursos del Mar del Norte se agotan, la decadente demografía de la región sería incapaz de sostener el actual estado del bienestar, la banca escocesa está en manos inglesas tras ser nacionalizada víctima de la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria y, como colofón de males, la moneda. Qué haría una Escocia sin la plataforma de la libra y sin capacidad para entrar en la zona euro.

La conclusión del lobby es contundente: desde el punto de vista de los negocios no interesa la independencia, casi un millón de empleos escoceses se apoyan en Reino Unido y sólo la incertidumbre rodea cuestiones vitales como la regulación económica, los impuestos, las pensiones o la pertenencia a la UE.

El mismo ajuste que arrojan las encuestas se aprecia en las calles. Visualmente, la campaña del ‘yes’ es mucho más potente pero la razón es sencilla: son los independentistas los que tienen que desafiar el estatus quo de la propia Escocia y de Londres con su voto (“dare to vote”) mientras que el ‘no’ se alinea con lo políticamente correcto (“orgullosos de ser escoceses, encantados de estar unidos”) y con lo internacionalmente aceptable.

Si dejamos a un lado los sentimientos, los dos movimientos soberanistas divergen. Empezando por la propia historia de la unión británica (se forjó hace cuatro siglos sellando una fusión voluntaria) y terminando porque es el pobre y no el rico el que se quiere ir. Si unimos a ello que no existe ningún tipo de conflicto con la lengua, que nadie pone en cuestión la identidad nacional de escoceses e ingleses y que no se arrastra un complejo mapa autonómico con distintos grados de ambición de autogobierno, llegamos a un escenario difícilmente exportable a la realidad catalana o vasca.

La realidad, sin embargo, es otra. Urkullo acaba de abrir el curso político proclamando que Escocia es el modelo de autogobierno a seguir y es evidente que tanto el Gobierno de Rajoy como el de Artur Mas utilizarán el dictamen escocés para fortalecer sus argumentos. El 18-S tendrá, por tanto, un impacto directo no sólo de consumo interno en España sino también en el marco de las relaciones internacionales. No olvidemos que tanto Merkel como Obama están actuando de testigos y aliados estratégicos para Rajoy y Cameron y que buena parte de las incertidumbres que centran la batalla entre Barcelona y Madrid se despejarán (habría que ver en qué sentido) si Escocia dice sí.

Tampoco en Escocia son ajenos a los anhelos catalanes. En la prensa local, monopolizada estos días por el proceso independentista, se recogen sólidos argumentos que permiten defender con solvencia los dos posicionamientos y que dan una visión bastante certera sobre la complejidad misma del proceso y sobre las implicaciones e impacto que tendrá en otros movimientos como el catalán.

Lo decía, por ejemplo, un analista de la Universidad de Edimburgo: Escocia es mucho más escocesa que Cataluña catalana y lo que de verdad palpita tras el SNP (Partido Nacional Escocés) no es tanto el independentismo frente al unionismo como el grado de autogobierno. Nadie en Escocia tiene el más mínimo problema con ser escocés, cuando en Cataluña conviven los que se sienten catalanes pero no españoles, los que son más catalanes que españoles, los que son tan catalanes como españoles, los que son más españoles que catalanes… y los que se sienten españoles pero no catalanes.

Calentando el 18-S, ya hay quienes se anticipan a ver un futuro confederal en Reino Unido: ¿se llegará al Reino Desunido de Gran Bretaña como vaticina el líder independentista Alex Salmond? ¿Tendría cabida la monarquía en ese nuevo escenario?

El mapa de sentimientos es complejo; pero el trasfondo lo es más. Sobre todo si lo analizamos desde la perspectiva del mundo globalizado y sin fronteras de hoy y pensamos que, lamentablemente, volvemos a situar el debate en la lucha por el territorio que desde el origen de los tiempos no ha dejado de justificar conflictos y guerras (desde la vieja Galia en la que no quedaban ni hombres para luchar hasta la recién invadida Ucrania) cuando la soberanía real de los gobiernos es más que relativa y el propio concepto clásico de Estado nada tiene que ver con el mundo en que vivimos.

De momento, Londres está dando una rotunda lección a Madrid de normalidad democrática. Mientras en España nos dedicamos a asustarnos con el choque de trenes y los recursos en el Constitucional, aquí se exploran oportunidades y se buscan fórmulas para responder a las legítimas ambiciones de unos y otros.

Reconozco que, para mí, el camino no son nuevas fronteras ni himnos ni banderas, pero creo que sería más que saludable tener derecho a discutirlo. Aunque siempre he compartido aquello de que el nacionalismo, ese que tanto tiene que ver con la xenobia y el patrioterismo, es una enfermedad que se cura viajando, tal vez haya llegado el momento de extender la reflexión y proclamar que el antinacionalismo ramplón y visceral también es una enfermedad de la que nos tendríamos que empezar a curar. Más aún si el ‘derecho a decidir’ que estamos defendiendo no es otra cosa que el derecho a construir una forma de vivir mejor; más aún si la vía que estamos proponiendo es la negociación, el diálogo y el acuerdo. No son tiempos de tener alergia a la democracia.

Marea roja por la cultura

Magdalena Trillo | 9 de junio de 2013 a las 9:09

La cultura no está en crisis; la cultura vive en una crisis continua. Económica pero también de identidad, de autoestima y hasta de ambición. Crisis propia y ajena. Crisis y contradicción. ¿Pero es la crisis, en sí misma, una condición necesaria para su desarrollo? Así lo opina Umberto Eco cuando, al mismo tiempo sentencia que “la cultura es crisis”, reconoce que nunca la cultura ha sido más libre que hoy, lamenta los escritores que a lo largo de la historia han trabajado “al servicio de su señor” (¿se imaginan que hoy tuviera que encabezar todos mis libros con un elogio a Berlusconi?, se pregunta entre risas en una reciente entrevista) y alerta sobre uno de los grandes debates de nuestros días: la mercantilización del producto cultural y el riesgo de privatización del patrimonio.

Palabras gruesas para una realidad tan vieja como nueva. De la firma de zapatos que restauró el imponente Coliseo romano a la encendida polémica que se ha desatado en Cataluña por ‘vestir’ a Colón con la nueva camiseta del Barça. De la brecha de la globalización al sorpresivo ataque europeo a la excepción cultural. De la política rehén de la subvención al zarpazo del IVA.

Palo y zanahoria. Tal vez sean la dinámica que mejor defina a esa ‘maría’ de los gobiernos que avanza y retrocede con la misma intensidad que el viento de Poniente mueve las banderas de las ideologías. En Europa, la identidad cultural ha dejado de ser importante. Cineastas de todo el continente se están movilizando para que la Comisión Europea excluya los sectores de la cultura y el audiovisual en el Tratado de Libre Comercio que se está revisando con Estados Unidos. La campaña La excepción cultural no es negociable nos retrotrae (en este tema también) a un debate de hace veinte años: si la cultura es un bien de consumo más, si hay que protegerlo y mantenerlo al margen del libre comercio. Hoy, la diversidad cultural es una realidad en toda Europa y un vector para el crecimiento y la creación de empleo como reflejan todas las estadísticas del sector. Es, justamente, lo que pensaba el propio Durao Barroso en 2005 cuando dijo aquello de que, “en una escala de valores, la cultura va antes que la economía”.

Eso fue antes de que la crisis lo trastocara todo. Antes de que toda Europa se plegara a los designios de la oferta y la demanda. Alegan que el proteccionismo perpetúa la pobreza, que la excepción cultural es una nueva imposición de fronteras y se muestran convencidos de que sólo en libertad puede florecer la verdadera cultura. No cuentan, sin embargo, que son ellos los que tienen la libertad de creación, producción y distribución que da el dinero y el poder, los que han comprado los hilos en que se deslizan los mercados y los que terminan fabricando nuestro espejismo de diversidad cultural reinventando un colonialismo tan invisible como peligroso.

Hace unas semanas, en el Festival de Cannes, la batalla parecía orientada a ampliar el Tratado para incluir las nuevas plataformas de internet. Quince ministros europeos, incluidos la francesa y el alemán, firmaron una resolución en este sentido. El 23 de mayo, el Parlamento Europeo también votó a favor contradiciendo la postura de la Comisión. La decisión final se adoptará el próximo 14 de junio en el Consejo Europeo y, de momento, lo único claro es que regresamos al punto inicial incapaces de fijar una postura común fuerte frente a unos Estados Unidos más preocupados por China, India o Japón que por el viejo continente. Viejo, dividido y en decadencia.

En España, aunque son numerosos los cineastas que se han unido al manifiesto, la excepción cultural es una gota más que se ha sumado al océano silencioso de nuestras múltiples crisis y que suscita tan poco ruido como preocupación. Salvo en Cataluña. Allí la marea amarilla contra los recortes en Educación y la blanca de la Sanidad tiene su continuación en rojo. La marea de lucha por la cultura nació hace unos meses en Barcelona contra la subida del IVA y se ha ido extendiendo por toda la comunidad. Pancartas en los teatros, asambleas ciudadanas y manifestaciones en las calles.

¿Vivimos, de verdad, en otro país? Sólo puede entenderse la aparente apatía con que la estamos dejando morir pensando en lo mucho que pesa la ‘tradición’ de creer que no es importante, que puede esperar… ¿Prioridades? La cultura no puede seguir siendo la apuesta megalómana de lucimiento de los años de vacas gordas y la gran damnificada de los recortes. La cultura es en sí misma una forma de escapar de la crisis. De la ajena y de la propia. Tal vez seamos nosotros mismos, y no la cultura, los que estamos en crisis. Los que somos crisis.

El (otro) IPC

Magdalena Trillo | 17 de febrero de 2013 a las 11:01

Lleva razón el ministro Montoro: cualquiera que -como él- esté un poco “viajado” sabe que la corrupción no es un mal exclusivo de España. Ni siquiera destacamos. Nos movemos en la mediocridad. La hermética Corea del Norte, con sus suicidas pruebas nucleares, y la fallida Somalia del hambre, ese pequeño país africano en el que los ‘drones’ no dejan de “salvar vidas”, lideran el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) que elabora Transparencia Internacional. En el extremo contrario, en el del buen gobierno, Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda comparten el primer puesto seguidos de nuestros vecinos de siempre (Alemania, Francia…) y exóticos competidores del estilo Barbados, Qatar y Emiratos Árabes.

Lo curioso es que, de momento, ni la novela de espías por entregas con que Cataluña nos está liberando de la espiral soberanista ni las revelaciones-rectificaciones con que el PP nos sigue sorprendiendo desde que se destaparon los papeles “apócrifos” de Bárcenas nos han hecho perder posiciones. Al contrario; con la crisis hemos mejorado unas décimas. La incógnita es qué pasará cuando se configure el mapa de la corrupción de 2013. Porque, si hace un par de meses la economía española se repartía con Botsuana el puesto número 30 en un ranking de 176 países, tal vez sean suficientes unas semanas de titulares a cinco columnas para bajar a las cloacas de la Italia del Berlusconi que sigue empeñado en convencernos -incluidos los jueces- de que el soborno no es delito.

Pienso en la imputación de la Infanta Cristina, que deberá llegar cuando caiga el último cortafuegos del secretario del Rey, pienso en la dimisión en dos tiempos que ya ha emprendido el vicepresidente de la patronal con sus tejemanejes ‘en negro’ y pienso, más allá de los Gürtel, Pokemon y Campeón, en las corruptelas de andar por casa que se están aireando bajo las alfombras decimonónicas de tantos ayuntamientos.

En Andalucía, la encuesta de invierno del del Centro de Análisis Político de la UGR (Capdea) revela que sólo se salvan del descrédito institucional las universidades y el Defensor del Pueblo. Si hubiera elecciones, el nivel de abstención sería el más alto de la historia; política y corrupción se sitúan ya como el tercer y cuatro problema de la comunidad y ocho de cada diez andaluces reconocen ya que tienen “poca o ninguna confianza” en el funcionamiento de la democracia. Entre las aplastantes – pero previsibles- conclusiones, llama la atención que, justo ahora que el Gobierno ha decidido vaciar de poder a los pueblos y reforzar el papel de las Diputaciones, sean las instituciones peor valoradas.

El problema de las duplicidades y de las “competencias impropias” es una batalla histórica de los alcaldes, pero la reforma que está diseñando el Gobierno -sin consenso- se mueve más en el “ataque al municipalismo” que ha denunciado la oposición que en el logro de la eficiencia que preconiza el Ejecutivo de Rajoy. No se suprimen ayuntamientos pero se dejarán morir por asfixia. No se eliminan concejales pero el 82%, más de 55.000 en toda España, trabajarán sin cobrar.

Puede que Hacienda logre ahorrar en tres años los 7.628 millones que se propone, pero la cuestión es a qué precio y con qué consecuencias. Sobresueldos, cohecho, tráfico de influencias… De la política por vocación no se come. Si el IPC es un lastre para salir de la crisis, el de los precios y el de la corrupción, más lo es la ineptitud de quienes han de situarse al frente de las instituciones. ¿Vamos a convertir la política en el refugio de los ‘sin oficio ni beneficio’?

Corrupción vs. transparencia. Pero sin distraernos con la carrera por el desnudo integral y el striptease en que se han enfrascado los grandes partidos. Sólo servirá este ‘y yo más’ si realmente se abordan los problemas de fondo. Y no hace falta crear una comisión ni recurrir a un grupo de expertos para poner en marcha lo que, sin coste alguno, ya nos recomienda Transparencia Internacional en su web: regulación más fuerte de la financiación de los partidos y más recursos para los mecanismos de control; modificar el sistema electoral eliminando las listas cerradas; estimular la democracia interna dentro de las formaciones políticas con primarias abiertas a los ciudadanos; despolitizar el poder judicial; mejorar el acceso a la información de las instituciones; aprobar una ley para proteger a los denunciantes, tanto del sector público como privado…

Reconozco que en este último punto no había reparado hasta saber que los centros de flores de los restaurantes también ocultan micrófonos en la vida real. No sólo estamos desmantelando nuestro Estado de derechos; también estamos poniendo en peligro nuestras libertades.