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Nada que rectificar

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2017 a las 10:55

Lo que más me ha impresionado siempre del método científico es la normalidad con que los investigadores asumen errores y rectifican. Es más, cuanto más asentado esté el principio, la creencia o el hecho que se desmonta, mayor valor tiene el hallazgo. Desde el origen de la vida y la teoría del caos hasta la aparente insignificancia con que se va transformando nuestro día a día a golpe de invisibles reajustes, refutaciones y descubrimientos cotidianos. Unas veces son las ideas y otras la tecnología; pero en todos los casos es progreso; conocimiento; madurez. Refleja nuestra capacidad como seres humanos para aprender y evolucionar.

Una de las noticias de más impacto de esta semana se ha producido al otro lado del Estrecho: un equipo de antropólogos han sacado a la luz unos fósiles de homo sapiens en Marruecos que cambian la historia de nuestra especie: los huesos datan de hace 300.000 años, constatan que evolucionamos antes de lo que se pensaba y que lo hicimos a lo largo de toda el continente africano, que ya no podemos pensar (sólo) en Etiopía y hablar de una “cuna de la humanidad”.

Me podrían replicar que ‘contradecir’ a los muertos es relativamente fácil, que no es lo mismo refutar a un colega de la universidad de al lado, mucho menos enfrentarte a un lobby -como el que, por ejemplo, acaba de ponerse en marcha para rescatar el aceite de palma-, y hasta me podrían recordar las históricas guerras entre científicos que custodian las hemerotecas. Todo admisible y asumible si ascendemos a un planteamiento ligeramente superior: los humanos no estamos diseñados para corregir. La autocrítica es sinónimo de conflicto. De angustia. De debilidad.

Hace décadas que se estudia en el campo de las Ciencias Sociales. Allá por 1950, el psicólogo Leon Festinger ya propuso la teoría de la “disonancia cognitiva” cuando investigó a un grupo religioso que creía que un platillo volador los rescataría del apocalipsis el 20 de diciembre de 1954. No ocurrió pero tampoco hubo error alguno: Dios había decidido perdonarlos.

Les confieso que, sin este principio, soy incapaz de interpretar buena parte de las otras noticias -supuestamente importantes- que se han producido en los últimos días. A los dos años de la inauguración del Centro Lorca, la cámara acorazada de su legado sigue vacía. El ‘5 a las 5′ se celebró el lunes, con el mismo ritual de todos los años, y al edificio de la Romanilla no ha llegado ni un manojo de dibujos ni un discreto manuscrito. Pero no hay errores, equivocaciones ni responsabilidad; hay una explicación: ¿quién habló del 5 de junio? El anuncio no existió.

Como tampoco existirá la subida del IBI, porque el alcalde ya ha proclamado públicamente que el plan de saneamiento con que los socialistas quieren evitar la intervención de Hacienda “no toca el bolsillo de los granadinos”. Efectivamente, pocos de nosotros sacaremos el dinero de la faltriquera (probablemente nos lo cargarán en la cuenta bancaria) cuando dentro de un año paguemos las facturas con un 4% más de castigo por la herencia recibida del PP -ahora se llama “herida”-, cuando al ejercicio siguiente sigamos socializando las pérdidas asumiendo otro 4% y así hasta en tres ocasiones. Como mínimo.

El precio del autobús no iba a subir hasta que subió -empezando por los 20 centimillos extra del transporte del Corpus- y no resultaría aventurado jugar a los futuribles hasta que entre todos nos convenzamos de que la ruina económica tampoco existió (la de ellos, por puesto, no la nuestra).

Lo más valioso de la disonancia cognitiva es que no entiende de fronteras, de banderas ni de colores. La podemos aplicar en la Plaza del Carmen con la misma contundencia que si damos un paseo hasta La Normal: después de 14 años, en pleno escándalo por la indemnización millonaria al promotor del Nevada, la Junta cesa a la jefa del gabinete jurídico alegando “razones funcionales de organización” -no es ningún “castigo” porque haya habido errores en la gestión del contencioso- y asciende al letrado que llevaba el caso y no fue a la polémica vista de hace un año en la que se fijó la cuantía de la multa -pero no es ningún “premio”, es que tenía el mejor perfil-.

Tan efectiva como si decidimos viajar a Barcelona, Madrid o Londres para analizar el procés catalán, la amnistía fiscal de Montoro o la deriva de Theresa May. No hay errores ni contradicciones. Nadie firma la pregunta del desafío independentista para la creación de la “República” catalana -es puro teatro-, nada importa de una sentencia si no tiene consecuencias palpables -ninguno de los Pujol, Rato, Bárcenas, Granados o Granados que se beneficiaron del indulto del Gobierno tendrán que devolver un euro- y pocas explicaciones hay que pedir a los conservadores británicos sobre unos recortes en seguridad que nunca existieron.

Es menos estresante cambiar los hechos que aceptarlos. Especialmente, si seguimos las evidencias de estudios posteriores demostrando “el aumento del poder y el control personal” que sentimos los humanos cuando nos negamos a rectificar. Nos envalentona. Nos hace fuertes. Advierten los psicólogos -les recomiendo el artículo del New York Times “¿Por qué nos cuesta reconocer los errores?”- que es un efecto a corto plazo; que lo realmente humano es la honestidad y la humildad; que ser obstinado al final muestra a los demás una profunda debilidad del carácter… Pero todo esto es en el mañana, no en el hoy.

Si les suscita alguna duda lo expuesto hasta aquí, piensen en Donald Trump. Es el paradigma. De la disonancia cognitiva y de ese profundo trastorno narcisista de la personalidad que hace unas semanas le diagnosticaron unos investigadores de la Universidad de Granada. No hacía falta un estudio científico. Ni para Donald Trump, ni para el resto de personajes que hilvanan este artículo ni para los muchos que podrían aparecer.

Una foto que vale un mandato

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2016 a las 10:33

Cuánto cuesta una foto. Una foto que salvara todo un mandato. Una foto que viniera a legitimar la inesperada oportunidad de ser alcalde sin tener que volver a pasar por las urnas. Una foto que terminara justificando el desalojo del gobierno del adversario -la lista más votada- con el respaldo de toda la oposición y compensara las penurias, el sufrimiento y las “duras decisiones” que empiezan a vislumbrar las quebradas cuentas municipales.

Es una foto compleja pero posible. Es la foto del legado de Federico García Lorca en Granada. Torres Hurtado inauguró el edificio que simbolizará la reconciliación de la ciudad con su poeta más universal, pero vacío. Paco Cuenca probablemente esté el día en que se desempaqueten las cajas y asciendan las cartas, los libros, los dibujos y los manuscritos a la cámara acorazada del Centro Lorca.

La política no es justa. Ni compasiva. Ni agradece ni espera. Durante tres mandatos, Federico ha sido uno de los ejes vertebradores de la gestión del PP. El anterior gobierno tripartito lo intentó pero sin éxito. En 2003, a los pocos meses de desembarcar en la Plaza del Carmen, fue el equipo de Pepe Torres (PP) quien consiguió desbloquear la negociación para traer el legado, acordó con la familia el emplazamiento en la Plaza de la Romanilla y, aunque con siete años de retraso, ha podido abrir las puertas del centro.

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Todo empezó con la polémica foto del ex presidente José María Aznar y Laura García-Lorca en La Moncloa pero después vendrían las instantáneas de la buena sintonía institucional. Las de los brindis y los acuerdos. El compromiso local era firme y no importaba demasiado quién gobernaba en Sevilla y en Madrid. Todos tuvieron su foto. La inversión millonaria llegaba desde Europa y casi bastaba con dejarse abrumar por la obra escultórica que se colaba en la plaza y empezaba a coquetear con la Catedral.

No sólo la corrupción rompió el sueño. A la avaricia de unos se unió la ambición de otros. La bajeza de la condición humana. Intrigas palaciegas en tiempos de falsa transparencia y de sobreactuación. Maniobras más que cuestionables. ¿Necesidad? Por encima del maniqueísmo de buenos y malos, una deriva moralmente reprobable.

No hablo de lo legal ni de lo penal. De lo que administrativamente y judicialmente todavía ha de esclarecerse. Hablo del momento en que se expulsó a la Fundación del Consorcio Lorca con una modificación estatutaria engañosamente explicada a la opinión pública.Había un teórico fin superior -legítimo y hasta defendible- de castigar la gestión de la familia Lorca tras destaparse la presunta estafa del gerente y los problemas para justificar los gastos. Pero también una operación encubierta de asumir las riendas del futuro centro. De nuevo, el poder.

Los propios patronos de la Fundación, intelectuales ajenos a este particular desafío de sillones, han criticado abiertamente la desvirtuación del proyecto que se ha producido en el último año. Fue la ruptura del consenso y el torpedeo del Consorcio, pero fueron también las amenazas veladas de recurrir a los tribunales para hacer efectiva la llegada del legado y ha sido, sobre todo, el sorpresivo ‘blindaje’ del legado lorquiano como BIC a iniciativa del Ministerio de Cultura y la Comunidad de Madrid con sospechas interesadas sobre su custodia y conservación.

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Entonces llegó la foto. La de Paco Cuenca y Laura García-Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Justo un día antes de la ceremonia del Premio Lorca. Doce años después de la puesta de largo del certamen literario en el mítico Waldorf Astoria de Nueva York, el edificio de La Romanilla acogería por primera vez la entrega de la estatuilla lorquiana. Y por primera vez sería un alcalde socialista, arropado por un presidente de la Diputación socialista y una delegada de la Junta socialista, quien ocupara la foto.

Al otro lado, el venezolano Rafael Cadenas denunciaba el insoportable “sufrimiento” que está provocando el “régimen” en su país y ponía voz a la poesía que se alza contra el poder. Contra cualquier abuso de poder. Allí y aquí. Llevaba razón: tal vez no tengamos una idea exacta de qué es la poesía, con qué forma se nos presenta, pero la sabemos reconocer cuando aparece.

Probablemente porque es poesía, se ha salvado el Premio Lorca del naufragio del equipo de Torres Hurtado. Aunque el final de la historia del Centro está por escribir, en nada debería interferir con la otra gran pata del proyecto lorquiano que impulsó el PP nada más llegar a la Alcaldía. Al contrario. La ilusión y el “pulso” que tiene ahora el equipo de Paco Cuenca no difieren demasiado de los aires de cambio y del impulso que se vivían en la Plaza del Carmen tras poner fin al conflictivo tripartito de Moratalla. Y si hoy hay Centro Lorca, si hoy se ha consolidado el Premio Lorca de Poesía en el implacable mundo de las letras, es porque políticos -y aliados- de aquel equipo lo supieron ver, valorar y defender.

No es una foto fija ni simple la que necesita Paco Cuenca para ir construyendo una gestión que vaya más allá de la estricta supervivencia, que reduzca su paso por el poder a un mandato de pura transición. Ni siquiera es sólo una. Esta semana ha logrado el primer flash de la foto lorquiana, pero difuminada por la sombra de lo que costará. Hablamos de lo realmente complicado: de dinero. Del ‘agujero’ al que hay que hacer frente. De las partidas sin justificar, de los fondos supuestamente saqueados y del sobrecoste que ha supuesto la obra. De la preocupación por que el legado llegue “a cambio” de la condonación de las deudas.

El legado de Lorca tiene que estar en Granada pero ni el chantaje ni la extorsión pueden formar parte de ese viaje. ¿Eso significa que no tendrá en precio? No seamos ilusos, todo tiene un precio: simbólico y real. La cuestión es tan sencilla -y tan difícil- como penetrar en el agujero negro del Centro Lorca y fijar qué cuota de responsabilidad corresponde a cada uno de los actores que se disputan aparecer en la foto. En esa foto en la que todos quieren estar. En esa foto que bien vale un mandato.

Títeres sin cachiporra y gatos sin cascabel

Magdalena Trillo | 21 de febrero de 2016 a las 11:05

Podría ser el título de una fábula, las primeras líneas de un relato y hasta un acertijo; encabeza un artículo de prensa por exigencias del guion: de la actualidad. La explicación está en el conocido cuento de los peces de Cortázar. Se titula Axolotl y empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.

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Aunque no lo parezca, los títeres sin cachiporra y los gatos sin cascabel tienen mucho que ver con los peces. Y con las peceras. Y con los callejones sin salida con que esta semana hemos llenado de tinta los periódicos. La explicación la tiene el escritor argentino por las punzadas de realismo mágico que nos asesta en cada uno de los cuentos que integran Final de juego. Porque lo que les propongo, en realidad, es un simple juego: que peguen sus ojos al vidrio del acuario y se atrevan a descubrir que hay una vida diferente, que se puede aprender a mirar de otra manera.

Pero para eso tienen que sentirse un axolotl. Tienen que imaginar a esos bichillos rosados como lo hace Cortázar: conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada, gritando: “Sálvanos, sálvanos”. Entonces podrán sentir la extrañeza de seguir pensando como antes sabiendo que son ustedes los que están al otro lado del acuario; sentir el “horror del enterrado vivo que despierta a su destino”.

La inquietud -y hasta el frío- que me invadió la primera vez que leí el conocido cuento de los peces me persigue intermitentemente desde entonces. Me gusta pensar en los atxolotl cuando estoy confundida -escondida y protegida en mi “angosta y mezquina” pecera- para darme cuenta de que en los laberintos no hay atajos; para recordarme que los finales se pueden distraer pero no hurtar…

Los peces me llevan entonces a los gatos y hay un único mensaje posible -alguien tiene que hacer de ratón y poner el cascabel- y una consecuencia insoslayable: por muy contradictorio que resulte en los tiempos actuales de veleidades, des-compromiso y banalidad, tendríamos que hacer un esfuerzo por reivindicar la valentía más allá de la épica medieval. Como en las viejas y moralizantes fábulas del Libro de los Gatos de Odo de Cheriton. Como en los títeres de cachiporra de Lorca, Falla y Lanz.

Desde la pecera -sin peces- en que está a punto de convertirse el Centro Lorca, podríamos atrevernos a hablar de “chantaje” en lugar de “negociación” para referirnos a la travesía del desierto que están cruzando las administraciones del Consorcio Lorca para cumplir el compromiso que la familia del poeta firmó hace más de una década cuando se afrontó la construcción del imponente edificio de La Romanilla: traer a la ciudad el legado lorquiano.

El problema, digámoslo abiertamente, son los tribunales, los millones sin justificar, la sombra del fraude en la gestión y las acusaciones de malversación de fondos públicos. El legado estaba (casi) embalado para emprender el regreso cuando saltó el escándalo y allí seguirá mientras sea un salvoconducto. Lo del “talante” y el “diálogo” queda muy bien delante de los periodistas pero resuelve poco si las instituciones se convierten en rehenes del proceso judicial y el Centro Lorca en un cortijo.

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Laura García-Lorca tendrá en el Centro Lorca una posición de primer nivel -con capacidad de decisión y bien remunerada- pero ahora el escollo es qué hacer con el ‘agujero’… ¿Borrón y cuenta nueva? Inaudito. Mientras, la Granada cultural mira de reojo calculando el nuevo precio que costará recuperar el legado y el impacto que tendrá en el resto de instituciones y actividades de la ciudad con unos presupuestos que son ya irrisorios. Y mientras, el millonario Centro Lorca que debía convertirse en uno de los grandes emblemas de la Andalucía cultural se desfigura sin poder llevar a cabo el ambicioso proyecto comprometido.

A veces, sólo las moralejas, los refranes y los lugares comunes -todo de lo que debería huir el buen arte, la buena literatura, el buen periodismo, la buena política- nos salvan del absurdo. Lo digo por la crisis del Centro Lorca, pero podríamos extenderlo a la crisis del AVE -¿tendrá valentía el PSOE si acaba gobernando en Madrid de paralizar de verdad el AVE hasta que se apruebe el proyecto de soterramiento?- y, tal vez con demasiados intangibles, a la surrealista crisis de los titiriteros por cuanto tiene de torpezas, de intransigencia y de desproporción.

Empezamos judicializando la política y la economía -consecuencia inevitable de la escalada de la picaresca al clientelismo y la corrupción- y ahora le toca el turno a la convivencia situando los tribunales en una inquisición despreocupadamente compartida y consentida y transmutándonos todos en fiscales improvisados. Lo grave es que terminaremos denunciando al vecino del sexto por regar las plantas a deshoras -y hasta las fiestas de fin de curso de los colegios- con la misma vehemencia que exigimos justicia para el emperador de la sonrisa de Vitaldent.

Si el remedio son los títeres sin cachiporra, si el remedio es no provocar, no molestar y no ponerle el cascabel al gato, enfilaremos sin solución al abismo. El eje del debate público no puede ser una continua batalla de libertades y de derechos fundamentales. Entramos en un terreno resbaladizo, íntimo y subjetivo que tiene más que ver con la forma en que cada uno decide vivir, creer y pensar que con la dictadura de lo socialmente correcto que inconscientemente nos estamos imponiendo.

No es casualidad que la Oficina de la Transparencia de la capital, la primera como tal que se ha abierto en el país, esté sirviendo a políticos y funcionarios de lavadero de trapos sucios y de instrumento para el cotilleo. Basta encender la televisión y tropezar con cualquiera de las versiones del programa estrella ‘en tu casa o en la mía’ para entender por qué; para darle la razón a los sociólogos cuando dicen que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Y, por supuesto, a la inversa.

Termino el juego: mire la caja tonta e imagine que es una pecera. Tiene que hacerlo como Cortázar: turbado, fascinado, con profunda obsesión. Sin darse cuenta, sentirá su nariz chocar contra el vidrio y verá que hay alguien sentado en su sofá…

El legado de Lorca: dos meses o dos décadas

Magdalena Trillo | 20 de septiembre de 2015 a las 13:26

La historia reciente del legado de Lorca corre en paralelo a la de este periódico. Hace doce años, un frío mes de noviembre, Torres Hurtado llegaba de Madrid con su primer gran proyecto bajo el brazo: un gran consorcio devolvería a la ciudad el patrimonio de su poeta más universal. Dos largas décadas de democracia no habían sido suficientes para reconciliar a Federico con su ciudad. Los miles de manuscritos, dibujos, cartas y fotografías que sus padres sacaron ocultos en una vieja maleta seguían custodiados en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Granada Hoy llegó por primera vez a los quioscos un 14 de septiembre de 2003 y el alcalde había estrenado en mayo una rotunda mayoría absoluta para gobernar la capital. Su primera fijación fue Lorca y, en apenas unos meses, ya había conseguido lo que inopinadamente se había intentado sin éxito unos años antes: acordar con la familia del poeta el regreso del legado. Se produjo entonces la famosa foto de Laura García-Lorca con el entonces presidente Aznar y se fijó la hoja de ruta para construir un gran centro en la Plaza de la Romanilla que contribuyera a difundir su memoria.

El edificio está; su obra no. No se ha inaugurado en 2007 como se planeó inicialmente pero en este 2015 por fin ha abierto las puertas. Durante el verano, vacío; desde el pasado viernes, con una extraordinaria exposición en la que, paradójicamente, se ha convocado antes al público que al autor. En las obras de los diez artistas que dialogan íntimamente con el vanguardista edificio se percibe la ausencia de quien ha inspirado sus creaciones. En la “caja mágica” de la que habla la comisaria falta la magia. Falta el Lorca niño y el Lorca poeta, el Lorca irreverente y el Lorca reflexivo, el Lorca imparable de los años 20 y el Lorca genio de los 30. Faltan sus palabras y su teatro. Faltan sus dibujos y su música. Falta su voz y su risa.

 

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Si bucean bien en las propuestas de Belén Rodríguez, Miki Leal, Mauro Cerqueira o Tobias Rehberger seguro que podrán intuir a la persona y al personaje, al Lorca cotidiano y al surrealista, al Lorca comprometido y al Lorca gamberro, al Lorca soñador y al Lorca temeroso, pero aún no podrán estremecerse pensando que, en el gran cubo de acero acorazado que cuelga del techo, palpita su obra.

La exposición llena de vida el edificio y da sentido a un proyecto que se ha ido abriendo camino de crisis en crisis. Primero fue la política, la de las ideologías y los egos, luego llegó la económica con sus tediosos episodios de recortes y retrasos y, ahora, la más inesperada de todas: la del engaño y la corrupción. No se merecía el Centro Lorca el epílogo de un no-inicio en los tribunales como no se merece esta ciudad seguir siendo rehén de la desgracia. Federico, asesinado; su familia, exiliada; su centro, objeto del fraude.

La denuncia que la sobrina del poeta ha interpuesto contra el exsecretario de la Fundación en los juzgados de Madrid bien podría encarnar una velada lorquiana de títeres de cachiporra. Los tribunales determinarán si Juan Tomás Martín falseó datos y robó, pero el sinsentido va más allá. Con o sin firma falsificada, por acción o por omisión, sobre Laura pesan trece años de confianza ciega en un (presunto) estafador; sobre las instituciones la corresponsabilidad del descontrol en la gestión. A Juan Tomás le ‘premiaron’ sus servicios nombrándolo gerente del Consorcio y allí están todos: Ayuntamiento, Ministerio, Junta, Diputación y Universidad.

Laura, portavoz de la familia y actual presidenta de la Fundación, se excusó el viernes para no asistir a la inauguración de la exposición pero su ausencia fue más que un símbolo. Tanto como las comedidas declaraciones del alcalde anunciando que el Consorcio se personará formalmente en la causa. Las auditorías siguen pendientes. La Fundación se ha negado a facilitarles las cuentas. No tienen ni justificantes ni facturas. Pero las espadas no están en alto. Al contrario. El alcalde pudo ser guerrero pero optó por ser conciliador. Todos son más que conscientes de que, de su actitud y sensibilidad, dependerá ahora que el legado llegue en dos meses o en dos décadas.

La tensión entre la familia Lorca y las administraciones nos retrotraen a los amargos momentos de intransigencia, reproches y utilización partidista que hace unas décadas protagonizaron Isabel García Lorca y Manuel Fernández Montesinos. Pero con matices. El escenario es ahora claramente diferente. Las instituciones están completamente unidas, están actuando con máxima lealtad y mantienen abiertos todos los puentes. De momento, es la prudencia y el diálogo lo que se han autoimpuesto para la negociación. La batalla judicial sólo llegará si no hay otra opción…

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Mientras tanto, querido público, pase y déjese llevar… La exposición con que se ha puesto fin a dos meses de apertura ficticia merece ser visitada y revisitada. Porque le transformará. Lo hará la experiencia de, desde la inocencia y la mera intuición, descubrir el centro dejándose interpelar desde las paredes, el techo y el suelo con las cómplices propuestas de los creadores. Lo hará la experiencia de sumergirse en la sugerente publicación que la comisaria de la muestra, Virginia Torrente, ha preparado para el esperado estreno de la programación lorquiana. Y lo hará mucho más la experiencia de revivir las piezas en los espacios no sintiéndose impasible espectador sino público de verdad. Lo que preconizaban Gilbert & George en los 70 se atisba en el Centro Lorca: “Siempre hemos dicho que la gente, después de ver una exposición, tiene que volver a su casa siendo diferente”.

Ya sabemos que el Centro Lorca no será museo-contenedor; no será uno más. Todavía no es una “caja mágica” pero tampoco una “caja vacía” esperando ser llenada; “rellenada”. Miguel Albero cierra el catálogo de la exposición de forma casi premonitoria. El escritor madrileño recuerda cómo, repitiendo el absurdo de Esperando a Godot, El Público tuvo que aguardar 56 años para estrenarse desde que Lorca escribió la obra (de 1930 a 1986). Vladimir y Estragon esperan y esperan pero Godot nunca aparece. El público, aquel público, ni siquiera llega a saber quién es ese misterioso personaje con que Beckett reflexiona sobre la carencia de significado de la vida. Ahora es a Lorca a quien esperamos. Pero, como escribía ayer José Carlos Rosales en este diario, al público de Lorca no hay que crearlo; llevamos décadas atentos para fluir y sabemos perfectamente a quién esperar. Lo que todavía está por ver es si seremos capaces de no escribir el mismo final que el dramaturgo irlandés; si lo haremos en dos meses o en dos décadas.

2015, ¿un año inesperado?

Magdalena Trillo | 4 de enero de 2015 a las 11:01

No siempre el dinero es la respuesta. Hay obras que llevan su ritmo ajenas por completo a las novedades del BOE, proyectos que llegan inesperadamente envueltos en papel charol y anhelos que se revuelven para convertirse en tu peor pesadilla. Les pongo unos ejemplos: la Autovía del Mediterráneo y el AVE, el Centro Lorca y la declaración de Granada como Capital Mundial de las Letras y la extraña carrera de la Alpujarra por ser Patrimonio de la Humanidad.

Aunque siempre he sido consciente de la rutina que arrastran los artículos que despiden y saludan el año , es terriblemente desesperanzador cuando te das cuenta de que no sólo se repite el continente, también el contenido. Granada no sería Granada si no habláramos de agravios y confrontación, de su insolente y pegadiza malafollá y, lamento expresarlo de forma tan descarnada, de esa pesada mediocridad que con tanta nostalgia mira hacia atrás olvidando que el riesgo y la osadía también son un valor.

¿Por qué ocupamos siempre la zona intermedia del ranking? Porque quitando las alegrías casi excepcionales del turismo y asumiendo el lastre que suponen las plusmarcas del paro, en todos los demás indicadores nos movemos en la acomodaticia serenidad del punto medio.

Desde que Granada Hoy está en los quioscos, y vamos ya para 12 años , el proyecto del Metro en la capital, el AVE a Madrid y la inacabada A-7 han formado parte del paisaje informativo y, como habrá podido comprobar, claramente para mal… Hoy, sin embargo, me he propuesto ser constructiva y ¡hasta atrevida! Le propongo un ejercicio de prospectiva… Y que conste que, salvo acontecimientos inesperados , se basa en lo que hoy son promesas -por fin- viables.

Sitúese a finales de 2015 . Mañana lunes madrugará pero no quedará atrapado en el atasco habitual de la Ronda Sur. Se subirá en el Metro en Armilla y llegará a la Estación de Renfe cumpliendo su trayecto con puntualidad británica. Allí obviará los tercermundistas trenes que hasta ahora le llevaban a Madrid y tampoco tendrá que viajar con su coche hasta Antequera para llegar a tiempo; en 2 horas y 45 minutos estará en la capital de España… El fin de semana bajará a la Costa. Lo hará en 40 minutos por autovía. El sábado se escapará a Málaga para hacer unas compras en el Ikea y lo hará también por autovía. El domingo probará en El Ejido el restaurante La Costa con su merecida estrella Michelín y todavía tendrá tiempo de jugar al pádel o darse un paseo por la playa. Antes, el viernes por la noche, habrá asistido al último estreno de teatro programado en el Centro Lorca y seguirá preguntándose por qué hemos tardado media vida en recuperar el legado del poeta…

Al hospital del PTS, el más grande de toda Andalucía, mejor es que no necesite ir para ninguna urgencia pero, si así ocurriera, que sepa que estará a pleno funcionamiento. Ni por fases ni en plan chapuza. Con años  de retraso, como la autovía, el Metro y el AVE, pero estará. Para las próximas navidades también habrá abierto sus puertas el Centro Comercial Nevada y, aunque nadie dude de lo que mejorará la oferta de compras en Granada ni la actividad y el empleo que generará, es difícil asegurar que no le provoque un ataque de nervios con el previsible colapso de tráfico que se formará en la zona Sur de la ciudad. ¡Qué tristeza pensar que, siendo tan evidente, no haya nadie capaz de planificar una salida con unos meses de anticipación! Claro, unos meses antes estaremos demasiado ocupados creando cantera para el deporte del hielo con esa Universiada que tanto sufrimiento está costando sacar adelante. ¿Seguro que no está gafada? Porque el incendio en el Pabellón de Curling de Fuentenueva tenía más pinta de aviso a navegantes que de accidente fortuito… Veremos.

Pensándolo bien, lo menos inesperado  en 2015  será diseñar el escenario de infraestructuras y equipamientos que tanto se ha enquistado en los últimos años  y que tantos titulares fallidos ha hecho publicar. Lo que de verdad da vértigo dibujar es la radiografía política posterior a mayo. ¿Usted ya ha decidido a quién votar? Se equivocan los políticos, yerran las encuestas, cuando diagnostican el ‘pasotismo’ ciudadano. Iremos a votar, ¡claro que iremos a votar! Otra cuestión bien distinta es a quién. El voto urbano, por muchos sondeos internos que manejen los partidos, es una auténtica incógnita. ¿Voto de cabreo? ¿Voto útil? ¿Voto de castigo? La izquierda corre el riesgo de fragmentarse tanto que el escenario de la ingobernabilidad se cierne ya como una espesa niebla sobre decenas de ayuntamientos y, ojo, también sobre la Diputación. El PP tal vez no logre la mayoría absoluta, pero ¿el PSOE tendrá con quién pactar? ¿Calará la campaña del miedo? Apasionante. Informativa y socialmente apasionante.

En el camino, por supuesto, nos habremos dejado más de un quebradero de cabeza. El AVE llegará a Andaluces con una sola vía y en superficie -relegando el viejo proyecto de soterrar las vías en el barrio de La Chana-, ni rastro habrá de esa espectacular estación que diseñó Rafael Moneo dialogando con la Alhambra y Sierra Nevada y poco podremos alegrar a quienes tengan que sacar el billete en dirección Sevilla: las tres tediosas horas a velocidad de tortuga seguirán siendo una pesadilla poco transformable si Susana Díaz no accede ni a ‘pensar’ en la propuesta del PP de activar un ‘plan barato’ por Córdoba… ¡Nos llevaría en 90 minutos! Y, ojo, que al final los desaires y la falta de olfato se pagan tanto como los desaciertos.

Torres Hurtado ya tuvo que lidiar con la ira ciudadana con su propuesta de cambiar la estación del AVE a la rotonda de Europa y todavía está por ver lo que le costará la Línea de Alta Capacidad (LAC). Más de uno en su equipo le recomendó postergar el ‘experimento’ a después de las municipales, pero ya sabemos que el alcalde de la capital es de ideas fijas. Ciertamente, sólo esa voluntad de hierro explica que, después del ictus que sufrió antes del verano, siga empeñado en repetir como candidato con su partido haciéndose más remolón que nunca. ¿No estaría bien recordarles a unos y otros que lo de dedicarse a la política tiene más que ver con servir a los demás que a uno mismo? Y no hablo de corrupción, de degradación ni de estéril confrontación… Para eso ya tenemos las páginas que los medios dedicamos a diario a nuestros ‘ilustres representantes’. Incluidos los de las instituciones más nobles del Estado, la Corona y hasta la Iglesia.

Porque cualquiera recordará por qué Granada salió en el telediario en 2014.… Sí, los curas pederastas ante el juez, el arzobispo intentado lavar los escándalos en casa y el Papa Francisco poniendo orden. Entre rutinas y sobresaltos, lo cierto es que no sé si pedir un 2015  previsible o imprevisible… Elvira Lindo firma el guión de la Vida inesperada  de Javier Cámara en Nueva York y tampoco le fue tan mal. Me pregunto si, por una vez, no estaría bien que Granada se saltara la hoja de ruta, se cumplieran algunas promesas y nos regalara un año  inesperado . Uno de esos que vale la pena contar en los periódicos; uno de esos que vale la pena vivir… y recordar.

Federico

Magdalena Trillo | 17 de agosto de 2014 a las 10:53

Me pregunto si Federico volvería a escribir hoy que “en Granada se agita la peor burguesía de España”. Me pregunto qué pensaría de que esta noche se le rinda homenaje junto a un monolito bajo el que ya sabemos que no reposan sus restos y que ha terminado siendo más símbolo de la polémica que de la reconciliación. Me pregunto qué sentiría viendo cómo se instrumentaliza su nombre, sus ideas y su obra.

Su familia nunca ha querido conmemorar su muerte; no había nada que celebrar. Para la Granada ‘oficial’ siempre se ha visto como un “deber” hacia el poeta y hacia las miles de víctimas que fueron fusiladas en los barrancos de Víznar y Alfacar; un ‘deber’ por no olvidar lo que jamás debió ocurrir y lo que, de forma inexorable, forma parte ya de nuestra historia reciente. Si dejamos a un lado lo mucho que podríamos debatir sobre el sentido mismo de los homenajes, su excesiva proliferación y su reprochable utilización partidista, seguro que tanto la izquierda como la derecha podrían asumir un planteamiento inicial en la causa lorquiana por recordar y ‘hacer justicia’. El problema llega con el cómo y con el quién, cuando interfiere la política y somos incapaces de hacer concesiones.

A los dos lados… Cuando la izquierda gobernaba en la Diputación no había conflicto. Se convocaba el acto ‘oficial’, los políticos iban en sus coches oficiales, se hacían la foto y no pasaba nada. Desde hace cuatro años, con la llegada del PP a la institución provincial, han vuelto las tensiones. La primera vez porque era el 75 aniversario y la anterior corporación no había organizado nada; el verano pasado porque un grupo de republicanos acudió con banderas y la Guardia Civil les impidió la entrada; este año, porque una asociación cultural ha contraprogramado para denunciar la “manipulación” de la figura de Lorca y recordar que también es “símbolo de la represión franquista”; que se asesinó a un poeta, a un artista, pero también a un intelectual con ideas progresistas y republicanas.

La tesis del actual Partido Popular de Granada es defender al escritor, difundir su obra, pero con acciones despojadas de ideologías y apartadas del pasado. Lo dejó bien claro Sebastián Pérez nada más asumir la presidencia de la Diputación con aquel contundente “nos hemos cargado el mito de la izquierda y Lorca” y se ha mantenido estos años con ese “Federico vive” que inspira el programa cultural -incluida la recuperación de La Barraca-.

Desde la izquierda nunca se ha entendido esta repentina “devoción lorquiana“, que tildan de “oportunista” y “electoralista”, y se ha criticado que el PP quiera “apoderarse” ahora de García Lorca no como un reconocimiento a la persona y al creador sino para “desmontar” uno de los grandes iconos del PSOE.

Los dos posicionamientos de ‘razones’ cerradas y absolutas se vienen abajo cuando se contraponen. Tanto como la supuesta indignación del colectivo que ahora rechaza el acto oficial. ¿Cuando iban los socialistas no había coches oficiales? ¿Dónde estaban ellos?

La política debería ser la solución y sigue siendo el problema. Será legítimo, pero es descorazonador. La primera maqueta que se hizo en Granada para rendir tributo a Lorca es de López Burgos. Sí, el escultor de la polémica estatua a Primo de Rivera de Bibataubín. La prensa de la época contó en su día que era “uno de sus mayores deseos”; el régimen lo impidió; su hija aún conserva la obra…

La escultura de una niña preside ya la céntrica plaza. La retirada del monolito ha costado una ácida campaña de desprestigio hacia el escultor, páginas y páginas de enfrentamientos, el levantamiento de los colectivos de Memoria Histórica y una orden taxativa del TSJA. ¿No nos lo podríamos haber ahorrado si el PP no se hubiera obcecado en defender su valor artístico como resquicio para saltarse la ley? Voy más atrás. ¿Hubiera habido polémica si al inicio de la democracia se hubiera quitado ese infame “Granada a José Antonio”?

A finales de mes, el guitarrista cordobés Paco Peña presenta en el Festival de Edimburgo el estreno mundial de Patria, una obra inspirada en versos de Lorca que explora el impacto de la Guerra Civil. En Madrid, la nueva temporada del Teatro Real incluye la primera versión en ópera de El público, un encargo a Mauricio Sotelo que dirigirá Heras-Casado y que se presenta como un grito de desafío contra la hipocresía burguesa y un alegato a favor de la libertad amorosa y artística.

Me entristece pasear por La Romanilla y seguir viendo telarañas en el Centro Lorca. Hace once años que se anunció el regreso de su legado y hace siete que debería estar abierto con actos del nivel de Edimburgo, Madrid o Nueva York. Aquí no debería haber espacio para las dudas. Siempre fue un “deseo” de su familia y era, y sigue siendo, un “deber” de Granada, de todos, con Federico.

La conciencia del hartazgo

Magdalena Trillo | 24 de junio de 2012 a las 10:08

Aunque a muchos no les haya gustado el tono, resulta difícil discrepar con el trasfondo de la reprimenda que José Chamizo ha lanzado esta semana a los políticos conminándoles a que dejen las “peleítas” y se centren en resolver los problemas de los ciudadanos: “La gente está muy cabreada con ustedes, cansada de asistir un día sí y otro también a una pelea política que considera estéril y alejada de sus problemas reales”. “No sé si lo saben”, se lamentaba el Defensor del Pueblo, “la gente está cansada de todos ustedes”.

Hasta el gorro. No se trata de realizar una enmienda a la totalidad a la política y mucho menos a un sistema democrático que ha permitido a España conseguir unos niveles de progreso y bienestar inimaginables hace sólo unas décadas. Pero la contundencia de sus palabras, tan coloquiales como sinceras, es proporcional al desencanto de los ciudadanos por la incapacidad e inoperancia que nuestros políticos nos demuestran a diario para aportar soluciones en lugar de querellas y crispación y a la creciente sensación de estafa que supone comprobar que ni hay hoja de ruta para salir de la crisis, ni hay sólidos criterios que marquen la acción de gobierno ni es el interés general y el servicio público lo que justifica la toma de decisiones.

Me pregunto hasta qué punto hay conciencia real de que se está fallando más allá del discurso aprendido de reconocer que es necesario esforzarse por recuperar la confianza perdida, por devolver cierta credibilidad a las instituciones. Se habla de unidad pero se gobierna a golpe de decreto; se ofrecen pactos y se termina dirimiendo cualquier conflicto en el Constitucional; se reclama lealtad mientras se afilan los cuchillos.

En la política local, raro es el proyecto que no se eterniza o desatasca en función del color de las instituciones que, teóricamente, deberían colaborar. Decía esta semana el nuevo consejero de Cultura que el Centro Lorca tiene que salir adelante; ¡pero es que lleva dos años paralizado cuando apenas falta un 5% de obra por terminar! Decenas de ayuntamientos de la provincia han sido incapaces de sacar adelante los planes de pago a los proveedores porque no cuentan con una mayoría de gobierno suficiente que les permita frenar el boicot de la oposición. El caso de Santa Fe, con la ‘colaboración’ de una tránsfuga, es alarmante: despido de trabajadores, subida de impuestos, nóminas de septiembre en el aire y quién sabe si algún funcionario terminará barriendo las calles.

Repasen la hemeroteca y sumen los ejemplos que quieran. Porque no son casos aislados; son dinámicas. Todavía estamos sufriendo las consecuencias de haber retrasado los Presupuestos del Estado hasta después de las elecciones andaluzas por intereses partidistas, la lentitud e inoperancia de Europa para resolver la crisis del euro la pagamos cada mañana sucumbiendo a la voracidad especulativa de los mercados y el teatro de confusión, medias verdades y rectificaciones en que vive el Gobierno no conduce más que a un permanente estado de cabreo. Sí, hasta el gorro.

Sería una tomadura de pelo que la comisión de investigación de los ERE se cierre en Andalucía sin que den la cara los máximos responsables del Ejecutivo andaluz tras una larga década de fraude. Y es impresentable, ya, que se haya dado carpetazo al ‘circo Dívar’ sin que el mayor representante de la Justicia española tenga “conciencia” de haber hecho algo incorrecto y se vaya entonando la teoría de la caza de brujas y la conspiración sin asumir culpa alguna por sus ‘escapadas caribeñas’. No son “minucias”; es la degradación máxima de la decencia. Como lo es que pasemos la página de Bankia tapando el agujero del ladrillo con los 62.000 millones del no-rescate sin hacer ni una sola pregunta a los Rato, Blesa, MAFO y compañía.

Otro Defensor del Pueblo, el europeo, se ha sumado esta semana a la llamada a la conciencia de Chamizo publicando una guía de conducta ética para funcionarios –que deberíamos extender a políticos, empresarios, sindicatos, banqueros…– y reivindicando unos principios tan básicos como olvidados: que las instituciones están para servir a los intereses de los ciudadanos; que no se deben aceptar regalos ni condicionamientos financieros; que hay que actuar con rapidez y estar dispuestos a corregir errores… Diamandouros hablaba de compromiso, integridad, objetividad, respeto a los otros, transparencia… Abran el periódico por cualquier página. No es gratuito ni una exageración: estamos hasta el gorro. Se podrá decir más alto pero no más claro.

Universiada, ¿por qué no?

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2011 a las 8:28

En el Centro Lorca aún no sabemos en detalle ni cuánto dinero falta para terminar el edificio. La comisión técnica ha concluido esta semana el informe prometido pero no se dará a conocer hasta que se presente al Consejo Rector; de momento, sin fecha. Las obras del Metro siguen empantanadas y la financiación se complica ahora un poco más: la Junta no puede avalar el crédito de 260 millones que iba a ‘salvar’ la infraestructura y sólo queda la esperanza de ver reflejados en sus presupuestos de 2012 los 130 millones que exige Europa para liberar la inversión. Mientras tanto, malabarismo financiero y desesperación.

El AVE, por más que ajusto los plazos, no logro verlo en Granada en 2013 como quieren los socialistas. Como mínimo en 2014 y, por supuesto, sin estación. Más aún cuando el Ayuntamiento ya ha advertido que no va a seguir acudiendo a reuniones para hacer el “paripé” y que esperará a que Rajoy gobierne en Madrid y Arenas en la Junta para resolver sus grandes proyectos. No obviaré que esta misma semana Fomento ha adjudicado el primer tramo de la variante del AVE por Loja y que la Junta ha aprobado una partida de 30 millones para el Metropolitano. Pero seamos realistas; no es suficiente. Sólo falta que Bruselas anuncie oficialmente que el Corredor Ferroviario no pasará por la Costa de Granada para sumirse en la depresión. Aunque parece difícil, aún queda la esperanza de que no se quede en Cartagena –como filtraba esta semana un diputado de CiU– y llegue hasta Algeciras pasando por el interior de la provincia. Sería, al menos, medio fracaso.

Si a la radiografía de grandes proyectos enquistados sumamos los retrasos de la A-7, recordamos que el Teatro de la Ópera ya duerme el sueño de los justos, que la crisis ha cortado las posibilidades de inversión millonaria que prometía el Milenio, sólo nos queda llorar. O rezar.

Como soy optimista y algo escéptica con las intercesiones divinas, no voy a hacer nada de ello. Busco un resquicio de ilusión y, cosas de la vida, lo encuentro en la Universiada. Los culpables tienen nombre: Aurelio Ureña y Pablo Luque. Me han convencido. ¿Síndrome de Estocolmo? Tal vez. Después de dos horas de conversación, y de someterlos al tercer grado (informativamente hablando), me pongo la camiseta.

Aparte de fotos de familia y buena voluntad, pocas realidades se han logrado en los dos años que ya han trascurrido desde que Bruselas designara a Granada como sede de la competición. La vuelta del verano sólo ha traído malas noticias: la escandalosa pérdida de una subvención europea, el retraso en el pago del canon exigido por la FISU y la dimisión del hasta ahora consejero delegado, Francisco Sánchez Montes. Siendo sincera, la situación era tan crítica que el titular que esperaba para noviembre (fecha clave porque termina el plazo para pagar las cuotas) es que la Federación se replanteaba la designación y buscaba otra ciudad para acoger los juegos.

Ahora creo que hay una oportunidad. Está difícil, muy difícil, pero hay margen. Hace veinte días que Ureño y Luque se pusieron al frente del proyecto y no me pregunten cómo pero, a pocas semanas del 20-N, ya se han reunido con los interlocutores directos de las cuatro administraciones organizadoras y ya están viendo sobre planos cómo “redimensionar” la Universiada para garantizar la celebración de las pruebas con el menor coste posible (reorientando las infraestructuras previstas para que sean un legado deportivo viable para la ciudad y explotable para la iniciativa privada) y cómo lograr que tenga el mayor impacto posible en la generación de riqueza en la región y en la proyección de Granada como destino turístico y deportivo de primer nivel.

Parten con cierta ventaja: al margen de penalizaciones, es a nuestros políticos a quienes ya no les queda margen para asumir el ridículo y la imagen de incompetencia que supondría otro fiasco. De momento, la Universiada es el único acontecimiento deportivo internacional que hay convocado en 2015. No es el Mundial de Fútbol, no nos sacará de la pobreza ni será la solución para los cien mil parados granadinos, pero es lo que hay. Por qué no empezar creyéndonoslo.

Saber perder

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2011 a las 9:37

No sé qué hacer con la camiseta de Olas de energía ciudadana que tengo en el armario. Soy cordobesa y Donosti nos ha arrebatado el sueño de la Capitalidad Cultural. Nada me hubiera gustado más (y nada me hubiera dado más envidia viviendo en Granada) que escuchar al presidente del jurado pronunciar el nombre de Córdoba. No tengo ninguna duda sobre su potencial como destino cultural, sobre el apoyo ciudadano ni sobre la solidez del proyecto. Pero empiezo a preocuparme… Si continúa la escalada de movimientos ‘a lo Belloch’, ¿alguien puede acusarme de hacer apología del terrorismo por lucir mi camiseta?

La Capitalidad es un concurso. Uno más. Politizado. Como todos. Desde las Olimpiadas y los Mundiales de Fútbol hasta Eurovisión. Y, como en todos los concursos del mundo, la participación es libre, se conocen las reglas de juego y se asumen las consecuencias. También las políticas. Y las presiones. Cuando benefician y también cuando llevan a la frustración. No me gusta que Bildu gobierne en San Sebastián y, como a tantos, me pareció un error su legalización por el TC pero, honestamente, no puedo más que aplaudir su designación como Capital Cultural Europea para 2016. Es verdad que hubiera sido menos conflictivo, y más justo, que el jurado no hubiera ‘explicado’ la designación por una cuestión política. ¿Se debe impugnar por ello la candidatura y reclamar que se revisen los proyectos? ¿Hubiéramos aceptado deportivamente la propuesta con el anterior equipo de gobierno? ¿Nos parecerá bien en 2016 si es el PNV quien se ‘aprovecha’ de la declaración?

Granada ya se quedó con su derrota cuando Madrid arrebató el sueño de la Capitalidad en 1992. Y con la desilusión de ver cómo el Cristo Redentor de Río de Janeiro se convertía en Nueva Maravilla del Mundo Moderno dejando fuera a la Alhambra. Fue un 7 del 7 de 2007 cuando la Fundación Weber anunció en Lisboa el resultado del concurso. Más de cien millones de votos y, cuentan, algún que otro maletín… Lamentablemente, empezamos a sumar una larga tradición de fracasos. Los últimos, a cuenta de los Campus de Excelencia. Aún seguimos lamiéndonos las heridas viendo cómo despega el proyecto de Málaga y Sevilla.

En 1992 al menos hubo premio de consolación. Nos otorgaron el título honorífico de Capital Cultural de Andalucía. Ahora lo proponen para Córdoba. ¿Se lo van a quitar a Granada? Si Málaga recupera su proyecto para la siguiente edición y pierde, ¿también se nombra Capital Cultural? ¿Y Sevilla? ¿Hacemos otro concurso regional para ver quién se lo merece más? ¿Nos rotamos el título a golpe de derrotas?

Uno de cada cuatro turistas que visita Andalucía lo hace por nuestra oferta cultural. Por el atractivo de sus capitales y ciudades como Ronda, Úbeda y Baeza. Miles de visitantes que generan unos ingresos anuales superiores a los 2.200 millones de euros. El potencial lo tiene Andalucía, como destino global, como región, y no parece que el camino sea generar (más) agravios entre provincias.

Además. Seamos francos. No hay dinero. Y, si lo hay para Córdoba, que explique la Junta por qué el Centro Lorca sigue sin abrir sus puertas (se debió haber inaugurado hace un año y aún hoy buscan el modo de terminar la obra), por qué Granada no puede tener un Teatro de la Ópera (el proyecto del japonés Kengo Kuma sigue durmiendo en algún cajón), por qué no se resuelve el conflicto del Centro Guerrero, por qué se mendiga con el Milenio, con la OCG y con el Festival de Música y Danza o por qué se retiran todas las ayudas a iniciativas de tanta tradición como el Festival de Jóvenes Realizadores.

El título ‘oficial’ de la Capitalidad se traduce en fondos europeos para la ciudad elegida, inversiones del Ministerio y se anima a la iniciativa privada. Hubiera ganado Córdoba, Granada y Andalucía. ¿Alguien puede explicar para qué ha servido el título de consolación del 92?

Encuestas

Magdalena Trillo | 27 de febrero de 2011 a las 11:53

Torres Hurtado podría irse hoy de vacaciones y volver al día siguiente de las elecciones para contar cuántos concejales más cambian de bando en la Plaza del Carmen. Sin quitarse el sombrero. Sin necesidad de programa, mítines ni carteles. Al estilo durmiente de Rajoy.

Dicen los socialistas que hay partido, pero habría que preguntarles si todos juegan con la misma camiseta. Sería una buena explicación para los titulares catastróficos de la semana. Y para el espectacular resultado electoral del 22-M que vaticina una supuesta encuesta interna del PP: los populares ampliarían aún más la mayoría absoluta subiendo de 16 a 18 concejales, el PSOE se daría un batacazo cayendo a los 6 (ahora tiene 9) e IU remontaría con 3. Un escenario ficticio que nada tiene de cierto (me aseguran en el PP que no tienen encuestas locales ni saben de dónde salen estos números que no dejan de circular), pero que nada tendría de descabellado.

Visiblemente indignado lo advertía el miércoles el compañero Agustín Martínez en el informativo de Granada Televisión: “Paco Cuenca debe estar pensando en tirarse por el Tajo del Pollero”. No seremos alarmistas, pero hay que reconocer que no le ayuda demasiado al candidato socialista desayunarse el mismo día con el bloqueo sine die del Centro Lorca (con reproches incluidos entre Junta y Gobierno) y la amenaza de las constructoras del Metro de abandonar las obras y dejar toda la capital empantanada. Y todo gracias a los ‘suyos’.

En los dos casos se pueden discutir culpables e introducir matices, pero hay dos realidades: en seis meses no han sido capaces de encontrar una salida al problema de financiación del edificio de La Romanilla y las adjudicatarias del Metropolitano están desde agosto sin cobrar. Las catorce UTEs, las decenas de subcontratas (muchas a punto de la quiebra) y los cientos de trabajadores y familias que viven del Metro. Por mucha utilización electoralista que se esté haciendo de los temas (que la hay), es difícil no coincidir con el PP cuando habla de “nefasta gestión”. Y, desde luego, no parece que se pueda admitir como excusa que el problema de liquidez es compartido…

Si unos y otros siguen ayudando en la misma dirección, el desgaste de la marca PSOE agrava la derrota socialista y no hay sorpresas en las comarcas de Loja, Guadix o Motril, el equipo de Torres Hurtado y Sebastián Pérez aumentará su porcentaje de votos en la capital y en el cinturón y la Diputación cambiará de signo tras más de tres décadas de gobierno socialista. Precisamente, el Barómetro que hoy publicamos todos los diarios de Grupo Joly constata el avance del PP en toda la comunidad (se sitúa ya en 10,2 puntos de ventaja sobre el PSOE) y refleja también que donde los socialistas están peor es en Andalucía oriental.

En Granada, el que se ha puesto ahora a remar a contracorriente es Blanco, dándole más color político que nunca a las vías del AVE y con un talante resolutivo capaz de trastocar el escenario para las autonómicas y generales. Sueñen: la Autovía del Mediterráneo en funcionamiento, la Alta Velocidad a punto de llegar, el Metro terminado, el Centro Lorca abierto… Todo lo que hoy es ciencia ficción.

Tan ficción como dar ya por vencedores a Arenas y Rajoy. Si a los logros ‘locales’ de aquí y allá le vamos sumando cierta recuperación económica, un respiro en las cifras del paro, la estabilización del sistema financiero, el saneamiento en las administraciones, el fin de ETA… no deberíamos descartar que Griñán pueda sostenerse al frente de la Junta y hasta Carme Chacón o Rubalcaba tenga alguna posibilidad de mantener La Moncloa. Aunque sea en el Estado del Medioestar que diría Llamazares.