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El síndrome de la Operación Nazarí

Magdalena Trillo | 20 de mayo de 2018 a las 10:00

Despilfarro y ausencia de control en el gasto público. Inversiones “totalmente improductivas”. Actuaciones que responden a intereses y caprichos individuales por encima de las necesidades colectivas. Saqueo. Derroche.

Podríamos pensar que estamos fotografiando los años del boom del ladrillo. Y de la Gürtel. Y de los ERE. Sólo en parte. Son las conclusiones a las que llegan 35 catedráticos de Derecho Financiero y Tributario de todo el país después de analizar la evolución de su especialidad en el último medio siglo. Los juristas se reunieron este viernes en la Facultad de Derecho y bautizaron su diagnóstico como Declaración de Granada.

Hablan de “involución”, arremeten contra Hacienda por tratar a los contribuyentes como “súbditos” y critican el desmedido “afán recaudatorio” de la Administración. A nivel fiscal, constatan lo que se ha convertido en la seña de identidad de nuestro fallido Estado de las autonomías: la desigualdad y discriminación que sufrimos, también a la hora de rendir cuentas, en función del lugar de residencia. Injusticia financiera e insolidaridad tributaria.

Seguro que usted, como yo, se siente vigilado por Hacienda. Y perseguido. Y se cabrea cuando el Gobierno aprueba una amnistía fiscal -esas que nunca llegan al ciudadano de a pie y que nunca cumplen sus objetivos- con tanta intensidad como cuando se anuncia un indulto. Porque es la impunidad de unos pocos frente al control de la mayoría. Y porque no hay justicia social y ahora nos advierten de que tampoco la hay fiscal.

Lamentablemente, esta Declaración de Granada tendrá el mismo recorrido que la firmada hace unos años a nivel político -los socialistas impulsaron en el verano de 2013 su propuesta de reforma de la Constitución hacia un Estado federal- buscando una salida al conflicto territorial. Los males de fondo son compartidos y las posibles soluciones son una utopía; no porque no sean viables sino porque estamos en un país incapaz de llegar a acuerdos -y cuando se alcanzan, como el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, no se ejecutan-, con las instituciones rehenes de los intereses de los partidos y los políticos distraídos con las encuestas y con la bola de cristal del adelanto electoral.

Para empezar, los catedráticos reconocen que el “mal uso de los fondos públicos no justifica de ninguna manera cualquier forma de objeción fiscal”. Es decir, que ni el derroche ni el despilfarro tiene consecuencias para Hacienda. Tampoco lo tiene la parálisis. Sobre este tema no se pronuncian los expertos pero resulta igual de alarmante: los fondos públicos están para ejecutarse, no para devolvernos o dejarlos dormir en un cajón.

Estamos ante una normalización del mal gobierno que debería preocuparnos más incluso que los casos de corrupción. Y es que por los delitos se termina pagando -o al menos se debería-, pero no por la incompetencia y la inacción. En Granada, por ejemplo, podríamos verlo como una derivada sofisticada del vuelva usted mañana. Estoy pensando en Urbanismo, un área clave que vendría a funcionar como un barómetro de la salud del Ayuntamiento. La Asociación de Constructores ha arremetido esta semana contra el equipo de gobierno por tener más de 40 millones de inversión bloqueados. Denuncian el “atasco” y los retrasos inasumibles en la concesión de licencias.

Siempre está la explicación de la sobrecarga de trabajo, la falta de personal, la complejidad de los proyectos… pero también hay intangibles. Aunque médicamente no está diagnosticado, seguro que podríamos encontrar alguna fobia que aplicar a los técnicos y funcionarios -sobre todo a sus jefes- que lidian a diario con el papeleo más sensible.

Lo voy a llamar el Síndrome de la Operación Nazarí. En realidad, los constructores no han hecho más que poner cifras y voz a una situación de la que se habla en corrillos desde hace tiempo: en Granada no se mueve un papel. Buena parte de los funcionarios están trabajando para la UDEF y tampoco ayuda que cualquier informe o expediente mínimamente conflictivo acabe bajo llave… Los excesos de los que habla la Declaración de Granada son un problema, pero no hacer nada no es una solución.

La herencia envenenada de Pina

Magdalena Trillo | 25 de febrero de 2018 a las 11:25

La investigación judicial contra Quique Pina podría sostener el guión de una telenovela de éxito de los 80 con la misma intensidad que una serie de Netflix. De papel protagonista, el “rey” del fútbol. De secundarios, el socio italiano y los testaferros. En la trama familiar destaca la madre con un “papel central”, contando hasta el último euro, frente a un padre ausente que no se entera (o no se quiere enterar) y la hermana protegida que sirve de escaparate para el negocio.

No faltan las empresas pantallas en paraísos fiscales, el traidor que hace de garganta profunda y los pinchazos policiales que terminan deslizando las piezas del castillo de naipes de los nuevos ricos. El dinero florece en pequeños sobres en cualquier rincón -desde la clásica maleta con el millón de euros hasta la funda de una raqueta de tenis escondiendo 40.000 euros en el altillo de un armario-, un misterioso robo desata todas las alarmas convirtiéndose en el punto de inflexión de la trama y, por supuesto, hay yate y casa en Marbella.

La base de la historia se recoge en el sumario sobre la Operación Líbero que este periódico ha desgranado en exclusiva desde hace una semana, sin que podamos saber aún si pesará más en el desenlace lo que se dice en las escuchas o lo que se declara delante del juez. Porque la contradicción es absoluta. Del “yo actué de buena fe” y “firmaba lo que me decían” al gestor duro, controlador y minucioso que está encima de todos y de todo sin dejar el más mínimo detalle a la improvisación.

Al empresario murciano, expresidente del Granada CF, se le investiga por delito fiscal, blanqueo de capitales e insolvencia punible en operaciones de traspaso de jugadores. Ya ha declarado en la Audiencia Nacional ante el juez José de la Mata, ya ha pasado unos días en Soto del Real y ya está en libertad con cargos y sin pasaporte a la espera de que avance la causa con las comparecencias del resto de personajes. Los propios y los invitados.

Porque el problema del caso Pina es la tremenda dificultad que supone aislar su presunta actividad delictiva de la gestión y las consecuencias para los clubes de fútbol que ha dirigido: en el caso del Granada cuando fue el artífice del regreso a Primera y en el caso de Cádiz CF con sus responsabilidades como consejero delegado.

Para el club rojiblanco, el muro de contención de sitúa en el verano de 2016: Pina se va con su equipo de colaboradores más directo y la propiedad pasa de forma efectiva a manos del inversor chino Jiang Lizhang. El acuerdo se cerró en Londres, donde tenía la residencia habitual Gino Pozzo -antiguo propietario del Granada y socio de Quique Pina-, en el mes de mayo: la corporación asiática se haría con el 100% de la sociedad por unos 37 millones de euros en una operación que dejaba importantes plusvalías para la familia del empresario italiano -dueños también del Udinese y el Watford CF-.

Después de siete años, Jiang y Pozzo se estrechaban la mano en junio de ese 2016 formalizando el paso del Granada CF al propietario de la sociedad china Link Internation Sports Limited.

Aquí empieza la nueva era del Granada CF. La que por sorpresa ha transitado del campo del fútbol al judicial y arrastra la mancha de la corrupción, como también ocurre ahora en la gestión política, poniendo de nuevo el foco sobre Granada. Si hace dos años era la Plaza del Carmen la que se despertaba con el impacto mediático de los registros y las detenciones de la UDEF por una presunta trama de prevaricación urbanística en torno a Torres Hurtado, ahora ha sido el turno de Los Cármenes y de la Ciudad Deportiva en una operación que ha salpicado a Cádiz, Murcia y Marbella con ramificaciones en el extranjero aún por determinar.

Lo curioso es que no ha habido sorpresa. No es nada nuevo. Ni en los partidos ni, por supuesto, en un negocio tan opaco como el fútbol con escándalos habituales en torno a las operaciones millonarias que sostienen el juego.

Pero las consecuencias irán mucho más allá de lo que concluya la sentencia del caso Pina. Pierde el Granada CF -el impacto en la imagen del club es inevitable-, pierde la afición y perdemos todos. Los actuales responsables del equipo se esfuerzan en levantar una frontera con todo lo anterior a 2016 pero los lazos son escurridizos.

Para empezar, la propia entidad está implicada en la causa como investigada -de ahí que no se haya podido presentar como acusación particular para pedir responsabilidades a los anteriores gestores- y este mismo viernes tuvieron que ir a declarar en la Audiencia Nacional -resulta al menos una muestra de transparencia y un mensaje claro de colaboración con la justicia que haya sido el vicepresidente y persona de máxima confianza de Jiang Lizhang quien haya dado la cara ante el juez-.

En paralelo, las primeras revelaciones de las auditorías que se llevaron a cabo hace dos años pueden dar una idea certera de lo turbio que son las alcantarillas del caso: se produjeron justo en el momento de la salida de Pina y el cambio de propiedad y con el oportuno virus que se lanzó desde Italia contra los equipos informáticos del club, precisamente del entorno de un empleado del Udinese (de la familia Pozzo).

Que haya personajes especialmente siniestros que hayan saltado de un equipo gestor a otro tampoco ayuda a mantener las fronteras de la división. Los accionistas están preocupados, por mucha normalidad con que se intente continuar el calendario deportivo, y la afición también.

Como estrategia de comunicación, el muro de contención entre la etapa Pina y la etapa Jiang tal vez contribuya a paliar el impacto en la marca -admitamos que se está asumiendo con naturalidad que el empresario murciano tuviera negocios oscuros- pero hay consecuencias económicas y deportivas más preocupantes: el club puede acabar como responsable subsidiario por los perjuicios que se hayan podido cometer y, respecto a la denuncia inicial de amaños de partidos, al menos el Granada CF cuenta con el alivio de que es un aspecto que fue descartado de la investigación (un informe policial así lo explicita) y por ahora no está sobre la mesa del juez De la Mata.

Todo esto es lo tangible; lo invisible es de más difícil contención -en el ánimo por ejemplo del propio equipo para afrontar el desafío del ascenso- y la incertidumbre sobre hasta qué punto los actuales dueños mantendrán el compromiso y el apoyo al club se mantiene en el aire. La historia del Granada CF fluctuará a medida que el guión cinematográfico inicial vaya desmontando las contradicciones y se vayan encajando las piezas de lo que de verdad ocurrió en esa etapa no tan “gloriosa” de Quique Pina. Aquella que despertó la atención de unos inversores asiáticos y los animó a sumarse al proyecto sin atisbar que lo que realmente compraban era una herencia envenenada.

¡Nos vemos en Albolote!

Magdalena Trillo | 4 de febrero de 2018 a las 10:30

A Quique Pina lo hemos visto haciendo negocios a diestro y siniestro por la causa, a hombros de la plantilla rojiblanca saliendo por la puerta grande de Los Cármenes con el aura de un torero y arengando desde el balcón del Ayuntamiento a toda la afición, a toda la ciudad, en una Plaza del Carmen que se venía abajo por la hazaña de devolver el Granada CF a Primera.

Las primeras imágenes hablan de la trastienda del negocio, de las lógicas prácticas empresariales -en una volátil escala que va de la negociación legal al fraude- que acaban determinando el camino de un club deportivo en cuanto a solvencia y pervivencia financiera con las mismas reglas del juego que una compañía que cotiza en Bolsa, una cooperativa o una orquesta. Más aún cuando lo privado y lo público se desdibuja, se cuela el escurridizo factor del interés público e irrumpen los nubarrones emocionales del deporte rey.

Las segundas imágenes, las de los éxitos y la adrenalina, son las que justifican las primeras. Las que nos sirve de excusa para no hacer más preguntas de la cuenta y para obviar lo que incomoda -por obvio que sea- poniéndonos una tupida venda en los ojos que nos proteja del sobresalto. La principal diferencia entre la operación de la UDEF de esta semana contra el expresidente del Granada y la del caso Nazarí contra el exalcalde y su equipo de gobierno por presunta corrupción es el factor sorpresa.

En abril de 2015, ni la oposición en bloque -mucho menos los socialistas con su frágil minoría- eran capaces de soñar con tal disrupción del guion municipal. En febrero de 2018, es extraño el foro en el que no se da por descontado. Después de los escándalos por corrupción que han sacudido el fútbol al nivel nacional, la cuestión de fondo sobre la década gloriosa de la ‘era Pina’ no se sitúa en el qué sino en el cuándo.

Seamos sinceros. Cuando el empresario chino Jiang Lizhang compró el club rojiblanco en 2016, la preocupación inconfesable de la ciudad era afrontar la dura realidad de un cambio de ciclo: el Granada CF bajaría a Segunda con un señor que no entendía de las puertas de atrás del fútbol. Evidentemente, no se admitía entonces creyendo con fe ciega -como debe ser- en los éxitos deportivos de la plantilla rojiblanca ni se hace ahora cuando la nueva directiva levanta un muro frente al ‘caso Pina’ como si nada de lo que se le imputa al expresidente tuviera relación con su intensa etapa al frente del Granada CF.

Si se confirma que el fraude a Hacienda con el traspaso de jugadores ronda los 200 millones -habría pagado sólo un 10% de lo debido- y que ha perjudicado tanto los intereses del club como los de la ciudad, tendremos que empezar a pedir explicaciones y asumir responsabilidades. La propia entidad deportiva si no se persona como acusación particular -incluso si firmaron un acuerdo privado de confidencialidad como se especula- y el Ayuntamiento de la capital que tanto ha apoyado y que tanto partido le ha sacado a la marca del equipo.

cabesa

El meme más compartido en los últimos días es un sarcástico diálogo entre Quique Pina y Torres Hurtado: “Cabesa, nos vemos en Albolote”. Con múltiples variantes, evidencia la asombrosa naturalidad con que en Granada hemos terminado por asumir los escándalos de corrupción. Si hoy hiciéramos una encuesta ciudadana y preguntáramos quién pensaba que Pina no era trigo limpio, seguro que la respuesta se inclina de forma abrumadora al todos; lo mismo que si la reformulamos para saber quiénes miraríamos para otro lado con tal de tener a los grandes equipos de Primera jugando en Los Cármenes.

El precio lo pagará el presunto estafador -desde el viernes está prisión-, pero no solo. El ‘caso Pina’ es un duro golpe a la marca del Granada CF y pone contra las cuerdas a sus actuales propietarios. Hace justo un año, Jiang convocó a los periodistas y directivos de los medios de comunicación para garantizar su compromiso con el club al margen de los resultados: “No abandonaremos”. De momento ha cumplido, pero en aquella ecuación no intervenía un intangible tan sensible en el país asiático como la honorabilidad. La inquietud hace un par de años era que “el chino” no entendiera bien de qué va esto; la inquietud hoy tal vez sea que lo tenga que aprender demasiado rápido.

No aprendemos

Magdalena Trillo | 21 de noviembre de 2017 a las 10:30

En la campaña que acaba de lanzar Correos para captar al público joven, y convencerlo de que recibir un paquete no es incompatible con la galaxia digital, cabemos todos: desde los que dejan las compras en Amazon pendientes de la vecina del quinto hasta los que viajan un fin de semana a Granada y regresan a casa diciendo “Graná”. Una buena dosis de humor, una pizca de sarcasmo y mucho de ese deporte, tan nuestro, que es reírnos de cómo los demás (nunca nosotros) hacen el ridículo.

Son anuncios amables, divertidos y cotidianos que se deslizan en un tono constructivo que huye justamente de esa otra pasión tan española que es mofarse de las desgracias ajenas y llevarlo todo a una escala de sobreactuación que roza el fatalismo.

Siguiendo esa clave de drama moralista, hasta hace sólo unos días hubiera continuado la campaña con algo tan nuestro como la corrupción y ese empecinamiento popular en salvar a los delincuentes. Me refiero a los políticos, pero también a los banqueros y a los famosos que flirtean entre la prensa rosa y los periódicos de color salmón.

Pues resulta que nada tiene que ver la impunidad del poderoso con el ADN español. En Islandia no sólo han perdonado a los dirigentes que los llevaron a la ruina; les han devuelto sus privilegios y los están volviendo a votar para que, democráticamente, recuperen sus sillones y su prestigio. Son supervivientes de la política. Fueron acusados de evasión fiscal, conflictos de intereses o mal gobierno y ahora resucitan gracias a las urnas.

Uno de los casos más sonados es el del actual líder del Partido de la Independencia: Bjarni Benediktsson, miembro de una de las familias más ricas e influyentes del país, dimitió como premier hace dos meses envuelto en los Panama Papers. En las elecciones del pasado 28 de octubre, su partido fue el más votado y no se descarta que consiga sortear los escándalos y vuelva a gobernar con la ayuda de otro amnistiado. Sigmundur Gunnlaugsson, líder del Partido Progresista, se convirtió en primer ministro en 2013 y el año pasado tuvo que dimitir tras conocerse que tenía una sociedad en las Islas Vírgenes. Presentador de televisión de profesión, con una escalada de vértigo en la política, ha roto todos los pronósticos y acaba de conseguir 7 diputados…

A punto de cumplirse una década del estallido de la crisis, la revolución social de Reikiavik es un espejismo. Geir Hilman Haarde, uno de los dirigentes que fue condenado por llevar a Islandia a la quiebra cuando estalló la burbuja financiera, es ahora el embajador en USA… No aprendemos. Y lo triste es que ni siquiera es algo tan nuestro.

Dejación de funciones

Magdalena Trillo | 25 de junio de 2017 a las 11:15

Empobreciendo la pobreza. Menos pobres pero más desahuciados. Pobres con contrato de trabajo. Pobres con estudios. Pobres con rostro de mujer.

Después de una década de crisis, poco tiene que ver el retrato que hace Cáritas de la sociedad española con el optimismo calculado que reflejan las encuestas del CIS. Menos aún con los números y porcentajes que estrujamos en las estadísticas de turno para fijar puntos de partida y expectativas que ratifiquen que estamos “apuntalando la recuperación”. Siete de cada diez familias son ajenas al espejismo del despegue. La pobreza se ha vuelto crónica, se ha intensificado y lo más grave es que lo hemos normalizado con una absoluta indiferencia.

Hijos que no pueden irse de casa; hijos que vuelven asumiendo el fracaso de la emancipación. Familias que viven a oscuras porque no pueden ni pagar la luz; enfermos que son atendidos a la luz de las velas. Los barrios más pobres de España, los municipios más pobres de España, están en Andalucía. Hasta siete en Sevilla, dos en Málaga, uno en Córdoba…

La zona Norte de Granada no está en el ranking; en Almanjáyar hay un microclima de problemas mucho más complejo. La pobreza de unos compite con la delincuencia de otros; o tal vez sea justamente la miseria lo que lleva a familias enteras a convertir sus casas en grandes focos de cultivo de marihuana. Son salidas fuera del sistema a las que conduce una situación desesperada. Más aún cuando estás convencido de que votar no sirve para nada, tampoco asociarte y mucho menos movilizarte.

Decía el Defensor del Ciudadano que el mayor problema de Granada en estos momentos no tiene que ver con los atascos y la movilidad, con la fusión hospitalaria, con el retraso de las infraestructuras ni con los culebrones de los tribunales. Hablaba de la zona Norte, de la vulneración de derechos fundamentales, de posibles irregularidades en la gestión del suministro eléctrico, de la “incompetencia” de las empresas y las administraciones y hasta de dejación de funciones. Confirmaba que la Fiscalía ha abierto una investigación penal para aclarar unas denuncias sobre las que ya alertaba en mayo el Defensor del Pueblo Andaluz asumiendo la “profunda vergüenza” de ver cómo unos y otros bajan los brazos y miran para otro lado…

Dejación de funciones. Puede que también sea lo que al final subyace en la “impotencia” con que el alcalde de Pinos Puente, el también diputado Enrique Medina, emprendía esta semana una recogida de firmas para reclamar a la Subdelegación del Gobierno más agentes de la Guardia Civil que hagan frente a la “creciente sensación de inseguridad” que se vive en un pueblo mediáticamente estigmatizado por los índices de criminalidad. Más patrullas, más controles. Hacer algo más que ser testigos complacientes con los vehículos de gran cilindrada que se pasean por su pueblo…

No es casualidad que los políticos se hayan convertido en un problema (más) para los ciudadanos. Y son los temas de corrupción, por supuesto, pero también su manifiesta incompetencia para dar respuesta a los problemas de hoy y para atisbar siquiera una hoja de ruta que anticipe los que nos acechan, para alcanzar consensos sobre las urgentes reformas que requiere el país por encima de la demagógica enmienda a la totalidad que propugnan algunos.

Y no es extraño que la consecuencia sea una percepción generalizada sobre el mal funcionamiento de las instituciones, una desconfianza contagiosa en quienes nos gobiernan y un paulatino descuelgue del sistema. Volvamos al informe de Cáritas: ¿de nada sirve votar?, ¿movilizarse para qué? Unas veces por incapacidad y otras por miedo; es difícil saber qué disfunción es la más peligrosa cuando todos los casos conducen a una gravísima parálisis de la Administración. Si nada firmas, si nada haces, si de nada eres responsable, nada hay que temer.

¿Dejación de funciones? De políticos y de funcionarios y en todos los estamentos de la esfera pública. Es la situación de emergencia de la zona Norte pero es también el giro que acaba de dar el caso Agreda con la reapertura de la causa por parte de la Audiencia Provincial evidenciando profundas discrepancias con el juez que ordenó el archivo y con la fiscal; la venta de la casa puede que no fuera tan transparente ni tan justa…

Incluso, me atrevería a llevar la denuncia de la dejación de funciones a los ‘inicios’ del caso Nazarí… Por qué Nino García-Royo no recurrió a los tribunales si hace diez años tenía tan claro que había una trama corrupta en Urbanismo con “Manolo y sus amigos”; por qué su sucesora al frente del área, por muy grande que fuera el “berrinche” del concejal por no ir en las listas del PP a las municipales para el segundo mandato de Torres Hurtado, no tomó ninguna cautela cuando le advirtió por carta…

Ala espera de lo que vayan resolviendo los tribunales, dejar morir los temas, no hacer nada y mirar para otro lado tal vez haya sido el mejor escudo para evitar problemas en el ámbito público y político. Pero entonces tendríamos que asumir entre todos que nada hay tampoco que defender ni que salvar. Porque en la dejación de funciones pueden esconderse quienes gobiernan pero también los gobernados.

El ‘cachondeo’ judicial

Magdalena Trillo | 26 de febrero de 2017 a las 12:03

Hace más de 20 años que Pedro Pacheco provocó un tsunami mediático, e institucional, cuando dijo que “la justicia es un cachondeo”. Era febrero de 1985 y la polémica se circunscribía a la paralización de una orden de derribo de un chalé de Bertín Osborne. Luego, y son muchos los que piensan que con un trasfondo de revancha de los intocables de las togas, llegarían las denuncias por su gestión como alcalde de Jerez, la condena a cárcel, los embargos y su entrada final en prisión por dos casos de enchufismo. Hablamos ya de finales de 2014. La crisis económica empezaba a dar paso a la política y, a golpe de escándalos de corrupción y de cabreo ciudadano, empezaba a imponerse una corriente de máxima ejemplaridad que explicaría, por ejemplo, que la tonadillera Isabel Pantoja acabara entre rejas con una pena por blanqueo de capital inferior a dos años.

Había que reconstruir la deteriorada imagen de la Justicia. Demostrar que la justicia era justa, imparcial e independiente… Y parecerlo. De entrada, la lentitud del sistema, con la insistente llamada de atención de jueces y fiscales por la sobrecarga de trabajo, la saturación de los juzgados y la falta de recursos y personal, en nada contribuye. Ni en el fondo ni en las formas. Por la propia indefensión que provoca -ahí están las quejas constantes de los implicados en el caso de las audioguías de la Alhambra- y por el espacio que abre al linchamiento mediático y a la condena y criminalización social.

Pero este talón de Aquiles del poder judicial, un problema que nuestro país viene arrastrando durante toda la etapa democrática de construcción del Estado de Derecho, no es sino la base de cultivo para ese otro ‘cachondeo’ que discurre estos días en paralelo a los grandes casos de corrupción y alimenta la imagen de descrédito, presiones y politización que con tan poca fortuna denunció el histórico político andalucista.

pacheco

Mientras el ya ex jefe superior de Murcia habla siniestramente de “purga”, acosos y asaltos a viviendas de fiscales Anticorrupción, en Twitter sistematizan con agudeza los atenuantes que se habrán aplicado en el caso Nóos para que Iñaki Urdangarin, el cuñado del Rey, para que pueda seguir escondido en Suiza: no ser rapero ni tuitero ni titiritero. Aun dejando de lado los argumentos estrictamente jurídicos de la sentencia, la decisión de las tres magistradas de la Audiencia de Palma acordada este jueves en la vistilla de medidas cautelares es realmente inquietante: libertad sin fianza y con la única preocupación de comparecer una vez al mes en su refugio alpino.

Hace justo un año que un juez de la Audiencia Nacional ordenó prisión provisional sin fianza para los dos titiriteros granadinos que fueron detenidos por “ensalzar a ETA” en un espectáculo programado para las fiestas de Carnaval en Madrid. Había riesgo de fuga así que permanecieron cinco días en el calabozo; hoy, la causa está archivada y ellos siguen representando sus obras, incluida la de La Bruja y Don Quistóbal. En el caso de Urdangarin no hay riesgo de fuga. Ni posibilidad de que vuelva a delinquir ni de que destruya pruebas… No es de extrañar que su abogado confesara a los periodistas que está “entusiasmado”. Y mucho menos que media España especule ya sobre si al final entrará en prisión; si hay dos varas de medir; si la justicia ni es justa ni lo parece.

titiriteros

Hablar de “cachondeo” no es más que un recurso -no niego que exagerado- para alertar de las disfunciones judiciales, pero admitamos que estamos en un momento en que se ha superado ampliamente lo que podríamos considerar aislado y excepcional.

Que un ex alto cargo de la Junta vaya a presidir el tribunal que enjuiciará a Chaves y Griñán (sus jefes durante 6 años) resulta inadmisible por muy legal que sea y muy honesto y solvente que sea el magistrado… Que hayamos convertido el relevo de plazas en el Constitucional en un ‘mercadeo’ de sillones entre los dos grandes partidos -y sin pudor- poco ayuda a desmentir las “purgas”, las presiones y la politización de la justicia… Que Zoido haya puesto en marcha una operación limpieza en Interior tiene (demasiado) de cloacas y de novela negra.

La terapia del carbón

Magdalena Trillo | 8 de enero de 2017 a las 9:30

Nunca he llegado a saber si fue una broma. Que los Reyes dejen carbón a una escolar que aún coquetea con la inocencia debería estar tipificado como causa segura de trastorno emocional. La bolsita de carbón dulce podría entenderse como una llamada de atención; un cargamento de carbón de verdad, del amargo y sucio que se arracima en los braseros de picón y te enciende las espinillas de cabrillas, sólo puede ser un motivo de máxima alerta ante los inevitables pasos que vamos dando hacia el precipicio vital que nos devora en cascada las corazas de protección.

Pero la complicidad y la desconfianza, la ilusión y el fracaso, no siempre juegan en campos contrarios. A veces se confunden; en ocasiones se invierten sin razón aparente; a menudo son interesadas percepciones que se construyen con los sentimientos y se desmontan con los argumentos. ¿Ser “bueno, malo o regular” no tiende a ser la misma cosa? ¿Se puede ser algo todo el tiempo? ¿En cualquier circunstancia? ¿Para todos los ojos?

La explicación se esconde en la amígdala. Eso leí al menos hace unos meses en un estudio de la University College de Londres que se publicó en la revista científica Nature Neuroscience. Evidentemente, el objeto de investigación no era descifrar por qué los Reyes Magos nos sorprenden -para el castigado, siempre sin motivo- con un saco de carbón. A partir de un ensayo clínico con 80 voluntarios, los expertos constataban cómo la amígdala es la zona del cerebro que reacciona ante los malos comportamientos y cómo, y aquí radica el hallazgo de mayor impacto, se va adaptando para no entrar en conflicto. Piensen en el mundo de los negocios y la empresa, en la educación o en la política, piensen en sus propias vidas: estamos programados para no tener remordimientos, para que no nos importe demasiado mentir si obtenemos un beneficio personal, para que las “ataduras morales” no nos causen un choque emocional.

El título del estudio era realmente provocador: “El cerebro de los corruptos se adapta para aceptar sus conductas”. Y sus principales conclusiones: cuando la mentira o el engaño se convierten en habitual, la reacción de la amígdala va disminuyendo; a medida que cultivamos las pequeñas transgresiones en busca de un beneficio, se va generando un cambio de plasticidad neuronal que transforma a esa persona en deshonesta.

Si no interpretamos mal, podríamos deducir que lo que nos revelan desde la ciencia médica es lo fácil -e imperceptible- que resulta saltarse las normas. Las de la convivencia, las morales, las legales. Desde lo más inocente de una imprecisión, una medio-verdad y una mentira a los comportamientos más humillantes, vergonzosos y hasta violentos. Son escalas. Intensidades de un mismo proceso.

Reconozco que para los tiempos en que nos movemos, de profunda incertidumbre y de crisis perpetua -y poco importa si despedimos el 16 o saludamos el 20-, el planteamiento de la amígdala conformista podría resultar apropiado y, por supuesto, juega en el terreno de lo efectista. La cuestión es, si por ello mismo, se queda limitado. Si no deja espacio para la reacción; para la indignación; para la rabia. La individual y la colectiva.

Porque ante una bolsa de carbón te puedes conformar y reír, puedes mirar para otro lado o te puedes revolver. Si pensamos en el 2016 que acabamos de dejar atrás, necesitaríamos una mina a pleno rendimiento para dar todas las llamadas de atención que nos hemos ganado a pulso. Lo admitamos o no. Lo queramos ver o no. Puede que la única certeza que volvamos a tener en este 2017 es que vivimos en un mundo terriblemente complejo; que somos impredeciblemente complejos. Aun estando ante los mismos retos y desafíos, con las mismas inseguridades y temores. Pero sabiendo que, detrás de la imagen cómoda y cinematográfica de la marmota, nada es exactamente igual. Ni siquiera la bolsa de carbón de un 6 de enero…

La máquina del fango

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2016 a las 10:47

Marina Martín no es una delincuente. Cuando hace año y medio fue detenida en su casa de Chauchina, delante de sus hijos, no estaba tan claro. Llegó a dormir en el calabozo y le llegaron a poner las esposas. La ahora directora del Legado Andalusí es uno de los 24 dirigentes andaluces del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) que han estado implicados en la llamada pieza política de los Cursos de Formación. La juez Bolaños lo ha archivado esta semana. Dice que no hubo “nada” delictivo. Critica a la Fiscalía Anticorrupción y al PP por la teoría de la red clientelar y hasta carga contra la UCO de la Guardia Civil por dar pie a todo el proceso judicial. Argumenta que pudo haber irregularidades administrativas, no delitos de prevaricación ni malversación. Que los funcionarios no recibieron órdenes para beneficiar a empresas afines al PSOE. Que es “inverosímil”, que carece del “más mínimo rigor” e, incluso, advierte “errores” en los atestados.

La política socialista confesaba a este diario la sensación “agridulce” que le ha producido el carpetazo del caso. Por cómo se produjo, por lo que ha supuesto para su familia y, aunque no lo dijera, porque ningún titular podrá compensar hoy la sombra de culpabilidad -el “algo habrá hecho”- que la ha perseguido durante todo este tiempo. En pocos casos una resolución judicial de exoneración, nunca una rectificación periodística, es capaz de superar la máquina del fango que termina moldeando una opinión pública basada en la desconfianza, los prejuicios y la sospecha. Un clima social de espectáculo basado en ráfagas de televisión, opiniones de tertulia y titulares sensacionalistas que desencadenan operaciones policiales igualmente alarmantes.

Pero no es (sólo) la judicialización de la vida pública y la necesidad de preservar la presunción de inocencia lo que debería llevarnos a la autocrítica -sin excepciones entre todos los que compartimos la cosa pública-y a la reflexión. También los efectos de la “olla de grillos digital”, del circo mediático, que discurre entre rumores y miserias en una agresiva “deslegitimación del adversario” en la que no hay líneas rojas. Es el “fango” al que aludía Umberto Eco en una de sus últimas entrevistas, las cañerías de intoxicación sobre las que hace un año montó un programa Salvados sentando a discutir a políticos y a periodistas, el estado de permanente narcotización en que nos movemos como audiencias teóricamente bien informadas.

En su conversación con Jordi Evole, el escritor italiano se quedaba corto en el descarnado retrato que realizaba sobre las bajezas que comparten el periodismo y el poder. Porque no es sólo la vida pública y privada lo que hemos desdibujado sacando a flote los trapos sucios y porque no se trata (sólo) de que baste para desacreditar a alguien con decir que “ha hecho algo”. Es la sagrada y exigible frontera entre los hechos y los rumores lo que se ha fracturado; es el dicho periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular” lo que hemos convertido en cotidiano.

En la misma línea que Eco, el ensayista Hernández Bustos disertaba este viernes en una tribuna sobre el “periodismo fantasma” que equipara “verdad y falsedad”, que nos lleva a consumir por igual “información real y pseudohechos disfrazados de noticia” y nos obliga a engullir opiniones prêt-à-porter.

Es otra provocadora forma de acercarse a las tesis del fango que, sin embargo, también deja en un segundo plano el efecto de degradación que se provoca cuando la máquina funciona en sentido contrario y lo revuelve todo. Cuando minimiza los escándalos.

En este clima de confusión y de (nada democrática) equiparación de casos, la distorsión se produce por exceso y por defecto. Ocurre cuando la lavadora se pone en marcha y metemos seda y vaqueros en el mismo tambor. Es entonces cuando podemos argumentar que hay cientos de Pacos Correa por toda España -¿con sus angulas, su “casa” en Génova y sus Jaguar?-, cuando perseguimos por igual a quien se salta el IVA que a los saqueadores de las tarjetas black y cuando terminamos comprendiendo los abusos sexuales de un candidato a la Casa Blanca y hasta fijando niveles de gravedad -una joven ha llegado a decir que no le hubiera importando si Donald Trump sólo se hubiera propasado tocándole el pecho…-

Decimos los periodistas que “todo es susceptible de ser una doble página o un breve”, pero justamente para aprender a discernirlo está el oficio. Y el criterio. Y hasta el sentido común. Todo es relativo y no lo es.

Manual de desconexión estival

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2016 a las 10:30

Queridos políticos. Los españoles, los que no llevamos siete meses vagabundeando, nos vamos de vacaciones. Hemos trabajado duro, hemos pagado nuestros impuestos, hemos ido disciplinadamente a votar -dos veces para nada- y, a la espera de que a algún iluminado del FMI se le ocurra ‘ajustar’ nuestro derecho a descansar, desconectamos. Fundiremos el sofá, asaltaremos los bares y, hasta que el cajero aguante, estrujaremos la tarjeta de crédito.

A nada de esto tienen ustedes derecho. Después del episodio ‘Rajoy en plan Rajoy’, Pablo Iglesias en versión ‘psicópata carismático’, Pedro Sánchez jugando a ‘dónde está Wally’ y Albert Rivera a lo ‘llanero solitario’, más urgente que reformar la Constitución frente al chantaje catalán es poner orden en el ritual de la formación de Gobierno. Propongo aplicar el mismo principio que está rigiendo las negociaciones de investidura: responsabilidad en diferido. Pero con una variante: vacaciones en diferido y sueldos en diferido.

Que se recoja en el BOE: si no hay gobierno, no hay descanso. Y las nóminas, esas que llevan siete meses recibiendo -con sus extras correspondientes- quedan embargadas. Sine die. El mismo horizonte incierto con que España pondrá este año el cartel de ‘cerrado por vacaciones’. ¿Cuánto creen que tardaríamos en tener gobierno?

No sé si recuerdan la película con que Stanley Kubrick puso fin a su carrera cinematográfica. Tan sugerente como el título, Eyes Wide Shut, es el trasfondo de incertidumbre e insatisfacción que destila esa historia compleja y misteriosa que se deja ver una y otra vez sin que consigamos concluir nada. En una espiral de realidad y sueños, los Ojos Bien Cerrados de Kubrick nos llevan al mismo terreno ambiguo y ambivalente que a principios de siglo ya retrató el austriaco Arthur Schnitzler en su novela corta Relato soñado arrastrándonos a un mundo carnavalesco a medio camino entre el sueño y la vigilia.

La política española está a años luz de la intensidad y la fascinación que alcanzan Tom Cruise y Nicole Kidman en este divertimento póstumo del cineasta estadounidense pero no tanto del deterioro y la frustración que se va inoculando en el espectador. La lección más valiosa de estos meses tal vez sea la madurez con que los votantes estamos afrontando la incapacidad de nuestros representantes para representarnos. Es la misma concesión que otorgamos al cine. Nos podemos sorprender, desconfiar y hasta rebelar pero, si la obra es buena, llega un momento en que accedemos a ser cómplices. No significa que bajemos la guardia; es una forma de reconocimiento y participación.

Realmente, es la sugestión del título lo que me lleva de Kubrick a la política viendo tediosos informativos con la depresiva imagen de esos políticos con los ojos cerrados que siguen ocupando titulares, pantallas dactilares y minutos de televisión. ¿De verdad son una opción unas terceras elecciones?

Pero quien me conduce a Kubrick es otro cineasta, el español Alejandro Amenábar, con la envolvente y contradictoria atmósfera de Regresión. Los dos filmes nos sumergen en el enigmático mundo de las sociedades secretas y los macabros rituales con enfoques inversos: ¿están ahí y nos resistimos a verlo o estamos dando carta de realidad a lo que nos inducen a ver?

No entro en si Amenábar responde a las expectativas y dejo al margen si se pierde en un argumento y desarrollo tal vez demasiado repetitivos y previsibles. Lo que me interesa es el envoltorio. La pseudociencia de la regresión; lo psicopatológico por encima del psicoanálisis de Freud. Podríamos preguntarnos si sería una salida someter a los políticos a unas terapias de regresión con la convicción suficiente como para que tengamos gobierno a la vuelta de vacaciones. No tiene que ser real; sólo tienen que creer que lo es.

Lo peligroso es que la regresión también puede funcionar en negativo. Pienso en la Operación Nazarí. A mediados de agosto se cumplen cuatro meses sin que sepamos realmente qué ocurrió. Me cuentan que la jueza está muy nerviosa. Ya ha decretado tres veces el secreto de sumario de un caso que hizo caer a un alcalde, ha hundido la reputación de 17 personas… ¿Y? Pues seguimos especulando. ¿Vieron desde Madrid lo que quisieron ver? ¿Se desinflará el caso como acaba de ocurrir con el de los cursos de formación?

Elimine del Manual de Desconexión Estival el punto “distraerse viendo cine”. La realidad -la actualidad- es tan caprichosa, inaudita y compleja que le seguirá persiguiendo. También en formato 3D. Incluso en vacaciones…

Política ‘on the rocks’

Magdalena Trillo | 3 de julio de 2016 a las 10:32

La política es como el alcohol. Primero te seduce, luego te engancha y, en función del punto de saturación, puede acabar sumiéndote en la más inconsciente complacencia o expulsándote con efecto rebote. Todo depende del qué y del cómo. Son los extremos. En la franja intermedia está el coqueteo. Las burbujas.

No es una metáfora ligera. Que el cava se sirva ahora en una gran copa de balón con mucho hielo no es sólo una moda; tiene que ver con estos nuevos tiempos de inquietud y de experimentación en que vuelve todo lo viejo pero reinventado. Es un momento de sensaciones y de tendencias. De provocación. No hay espacio para los sacrilegios y sí para la novedad compitiendo con el esnobismo, eso que ahora llamamos postureo.

Los productores están obsesionados con identificar los gustos y preferencias del consumidor, adelantarse para acaparar el mercado e, incluso, ser capaces de crear la demanda. El vino, la cerveza y hasta el cava han entrado en un terreno mutante. Cerveza de garnacha negra, champán transmutado en gin-tonic, los sherry wines que regresan a lo vintage y hasta desempolvamos el ritual del vermut para las comidas familiares del fin de semana.

Si a este escenario cambiante y de confusión unimos el adictivo mundo de la coctelería y recalcamos que un factor clave de los nuevos tiempos es la drinkability -todo fácil de beber-, llegamos sin mucha dificultad a la actualidad política: el desconcierto de los partidos con nuestros gustos electorales, los somelliers rompiéndose la cabeza para encontrar el combinado perfecto -al menos el menos malo- y el populismo de lo fácil amenazando con tumbar todo el sistema.

Casi lo único poco interpretable de la resaca del 26-J es que fallaron las encuestas. Otra vez. En Podemos se arrepienten ahora de no haber realizado sondeos propios que pudieran haber atisbado la ilusión del sorpasso para evitar subirse a una ola ficticia de ganadores en un mercado en el que los clásicos siguen aguantando el envite de los emergentes. No hay autocrítica y, puestos a insistir en los errores, no se les ocurre otra cosa que ¡hacer otra encuesta! para saber por qué más de un millón de españoles le han dado la espalda y no ha funcionado su matrimonio de conveniencia con IU.

En las filas socialistas han sido prudentes esta vez evitando calificar de “histórica” su resistencia. Sin embargo, muy en la línea de las divisiones, bandos y guerras internas que el PSOE lleva en su ADN, los movimientos para “reconstruir” el partido han saltado de la escala nacional a la local con la mirada puesta en los congresos que se irán celebrando a la vuelta del verano en cuanto se despeje el puzle del Gobierno -si eso ocurre-.

En Granada, desde luego, no se prevé un cónclave tranquilo. Aunque Teresa Jiménez ha pedido que no se “mezclen” debates, muy en la línea de Susana Díaz cuando advierte que es Pedro Sánchez quien ha perdido en Andalucía (que ella no se presentaba), la realidad es que el PP ha salido fortalecido. En la provincia y en Andalucía. Las elecciones no serán extrapolables a efectos reales de poder pero sí condicionan la vida interna en los partidos. Y el liderazgo o debilitamiento de los equipos. En la capital, por ejemplo, la primera lectura era inevitable: ¿se hundiría el PP por el caso Nazarí? La respuesta era previsible (y sin necesidad de recurrir a las sobrevaloradas encuestas): el coste electoral de la corrupción en España sigue siendo contundente. Ninguno.

Hemos transitado del 20-D al 26-J saturados de política y de sondeos para terminar (casi) igual. Más que mirar a la frutería de Andorra, tal vez lo que nos falte por hacer es una encuesta de las encuestas. Hasta qué punto el clima de opinión que se va dibujando con muestras mínimas, con voto oculto, con medias verdades (o mentiras) y, por supuesto, con respuestas interesadas (¿quién no ha dicho alguna vez que ve los documentales de La 2?) termina condicionando el voto. Está la propia campaña al despiste de los partidos, están los programas electorales de evidente inviabilidad y están los cabezas de cartel que son en sí mismos una contradicción… Pero están sobre todo las expectativas sobre la utilidad final de nuestro voto. ¿Lleva razón Pablo Iglesias? ¡La culpa es de las encuestas! ¿Llevaba razón Susana Díaz? ¡Nos han emborrachado de encuestas!