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Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

mark

El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

Maldita hemeroteca: ¿Más tijera o más impuestos?

Magdalena Trillo | 12 de junio de 2016 a las 10:23

No sólo la crisis nos ha obligado a reciclarnos con cursos avanzados de economía aplicada; también la política. No le prestábamos atención cuando había dinero para invertir, cuando no lastraban los números rojos la gestión y cuando el debate presupuestario se centraba en la discusión -con un inevitable trasfondo electoral- sobre el destino de las partidas. A qué barrios se premia y castiga, a qué comunidades autónomas, a qué colectivos…

Ahora no cuadran las cuentas. Después de ocho años de duros recortes, la aprobación de unos presupuestos que permitan apuntalar la supuesta recuperación se está convirtiendo en una misión imposible en los ayuntamientos que más han soportado la caída de ingresos -y cargan con una insostenible mochila de deuda millonaria con bancos y con proveedores- y en una excusa perfecta para desmontar los quebradizos gobiernos que se han conformado en el último año tras la irrupción de los partidos emergentes, la pérdida de la tranquilidad de las mayorías absolutas y el debilitamiento del bipartidismo.

Cataluña, con el plante de los radicales de la CUP y una moción de confianza contra el presidente Puigdemont a la vuelta del verano, es un ejemplo contundente del fracaso que suponen las huidas hacia adelante. En estos momentos, el horizonte es celebrar otra vez elecciones -ya casi vamos al ritmo de unas por año- y asumir que la inmolación de Artur Mas para favorecer el gobierno de Junts pel Sí para la desconexión con España no ha servido de nada. Otra legislatura fallida. De nuevo la constatación de lo efímero que es someter un gobierno a un partido antisistema, anticapitalista y antieuropeo que decide en reuniones asamblearias.

El diseño de un presupuesto no es un formalismo menor; es el esqueleto de la acción de gobierno. Las tablas excell de ingresos y gastos no son (sólo) economía, son el instrumento para hacer política. Y tampoco en Granada hemos conseguido aprobarlo este año. Antes de ser desalojado del gobierno de la capital tras el escándalo del caso Nazarí, el equipo de Torres Hurtado consiguió dar luz verde a las ordenanzas fiscales pero la pretensión de subir un 10% el IBI frenó en seco la negociación con la oposición. La izquierda municipal no iba a permitir aumentar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Tampoco sus ‘socios’ -ahora adversarios y quién sabe qué después del 26-J- de Ciudadanos.

Un mes después de que el PSOE haya tomado la Plaza del Carmen, lo que planea en el debate local es una subida del 20%. ¿El “plan oculto” de los socialistas para sanear las cuentas? ¿Una intoxicación tendenciosa del PP en plena campaña electoral? En cualquier caso, una absoluta contradicción. A diferencia de la política de declaraciones -subjetiva, difícilmente contrastable y en muchos casos imposible de verificar-, lo bueno de esta parte de la gestión pública es que siempre termina en hechos. En realidades. Y una insorteable es que no hay más recorrido para cuadrar las cuentas -las de cualquier casa; las de cualquier país- que controlar ingresos y gastos. Es decir, que sólo podemos hacer frente a los agujeros y a los imprevistos de dos maneras: ajustándonos el cinturón o ganando más. Tijeras o ingresos extra.

Si la situación económica del Ayuntamiento es como la está pintando el equipo socialista -en el “precipicio”, a un paso de la “intervención”-, parece evidente que los próximos meses seremos testigos de durísimos titulares. El PP sospecha que lo que está haciendo el equipo de Paco Cuenca es preparar el terreno para aprobar una fuerte subida de impuestos con la excusa de la herencia recibida y la mala gestión del PP. Esta misma semana los ha acusado de “alarmistas” y ha puesto sobre la mesa la impopular medida del aumento del IBI.

El PSOE tiene ahora la “responsabilidad” que exigía hace unos meses al PP de presentar un proyecto de presupuestos y en su mano está también la decisión de ir por el camino fácil de la subida de impuestos o el correoso de lograr más ingresos renegociando con las empresas públicas, reduciendo gastos de funcionamiento, mejorando la eficiencia de los servicios, abriendo “innovadoras” vías para recaudar más y gestionar mejor… Ellos mismos le dieron las recetas al PP cuando estaban en la bancada de la oposición.

Es economía, es política y es coste electoral. Tal vez irreparable si hablamos de volver a tocar el bolsillo de los ciudadanos después de pasar años exigiendo lo contrario. Siempre estará la coartada de la “herencia recibida” pero también la maldita hemeroteca.

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

El 20-D: ¿duermen poco los políticos?

Magdalena Trillo | 18 de octubre de 2015 a las 11:40

Hay que dormir más y hablar menos. El primer consejo lo habrá leído mil veces en la prensa del corazón. Es una respuesta de manual; la explicación “sensata” del famoso de turno cuando el entrevistador cumple tópicos y le pregunta por los secretos de su belleza, de su tez radiante y de su insolente estado de forma. Lo de medir las palabras, exponerse poco y no meter la pata gratuitamente seguro que se estudia en primero de Políticas. La propia ministra Ana Pastor lo recordó este viernes en Granada a cuenta de la A-7 y el AVE: “Para las personas que tenemos responsabilidad política es muy importante tener coherencia, que consiste en hablar poco, hacer mucho y cumplir”.

Pero ya sabemos que los consejos se creen poco y se siguen menos. En demasiadas ocasiones, reconozcámoslo, por fundada desconfianza. La receta del sueño, por ejemplo, siempre me ha recordado a las dietas milagro y siempre he terminado comprobando la sospecha inicial: sin esfuerzo no hay nada que hacer. Esta semana, sin embargo, he vuelto a dudar con la opereta en tres tiempos que nos han ofrecido los políticos: inconscientes declaraciones bomba en el primer acto (ahora las llamamos “desafortunadas” e “inoportunas), intento de explicación-matización en la segunda parte y cierre del bucle en la tercera como una provocadora vuelta a empezar.

Faltan ocho semanas para las elecciones generales y sí, los nervios, se han colado en la precampaña. Mi hipótesis es que duermen poco. Me explico. Las razones no son de belleza sino de rendimiento y lucidez. Y no se argumenta desde el glamour pensando en Gisele Bündchen sino desde la ciencia. Resulta que el sueño profundo, incluso dormir la siesta, puede aumentar la inteligencia. Es el National Geographic quien se ha hecho eco de los resultados de un estudio que se presentó en California durante la convención anual de la Asociación Americana de Psicología sobre el impacto del sueño MOR (movimientos oculares rápidos cuando la fase es más intensa). La psiquiatra Sara Mednick constataba cómo dormir puede ayudar a estimular la memoria y la creatividad y, en un estudio independiente, el profesor de Harvard Daniel Schacter da un paso más y avanza que hasta puede ayudar a “imaginar” y “planificar el futuro mejor”.

margallo montoro

No lo deben saber Montoro ni García Margallo. El titular de Economía, que lleva cuatro años esforzándose en ser uno de los ministros peor valorados por los ciudadanos, se ha superado esta semana con su intempestivo modo de animar a la tropa para el 20-D: a Aznar le ha criticado que se dedique a dar lecciones desde fuera y le ha pedido que “no moleste” -que están “operando”-, a Rodrigo Rato le ha afeado que recurra a ‘black’ para ahorrarse unos miles de euros, al responsable de Exteriores le ha reprochado su “arrogancia intelectual” y, puestos a dar titulares, por qué no proclamar que “hay compañeros que se avergüenzan de ser del PP”. Al día siguiente… que si es un bromista, que si no se explicó bien, que si no se le entendió… Hasta que Margallo se sincera y le devuelve la coz: “Si eres ágrafo y no lees…”.

Todo esto ha sido en los periódicos y en los pasillos. Puro espectáculo. La crisis real del PP se evidenciaba en el País Vasco con la renuncia de su líder, Arantxa Quiroga, o en Granada a escala doméstica con el partido expedientando a la concejal de Urbanismo por cuestionar los compromisos de Fomento y exigir a la ministra que firme un documento garantizando que el AVE llegará soterrado en una segunda fase a la capital.

La ‘rebelión’ vasca se ha maquillado (que no sofocado) en menos de 24 horas recurriendo a uno de los incondicionales de Sáenz de Santamaría, el ministro Alfonso Alonso y presidente del PP alavés, y evidenciando una vez más el peso de la vicepresidenta -dentro y fuera de La Moncloa- frente a una cada vez más cuestionada Dolores de Cospedal -y no sólo por su enemistad con Javier Arenas-.

ana pastor

La minicrisis del PP a nivel local podría zanjarse si es verdad que el futuro del AVE depende de que haya voluntad, diálogo y “consenso” y no es un problema de presupuesto. Tenemos dos meses para comprobarlo. Realmente, pese a la polémica por la contundencia e inoportunidad de las palabras, el trasfondo de lo que han dicho estos días Isabel Nieto y Ana Pastor no es realmente nuevo: la edil del PP, que siempre ha sido crítica en este tema, hace bien en dar la alarma y avisar de que, tras el 20-D, pocos pueden asegurar quién estará al frente de Fomento en Madrid y qué decidirá sobre el millonario proyecto si no hay un documento firmado que “obligue”. Más aún si recordamos los incumplimientos, modificaciones y retrasos que, con todo más que firmado, suelen tener las grandes iniciativas en esta ciudad. Porque, como el Metro nos ha demostrado en los últimos años, una cosa son los compromisos -incluso firmados- y otra bien distinta la realidad.

En paralelo, en público y en privado, la ministra no ha dejado de insistir en esta legislatura en que no tomará ninguna decisión “de espaldas” a la ciudad y sin un respaldo absoluto de todos los grupos. Lo del expediente del PP provincial queda muy mediático -la lectura más certera habría que realizarla en clave interna de partido y recuperar la tesis de la batalla ya poco soterrada del partido con la Plaza del Carmen- pero, siguiendo la instrucción de la propia ministra, sería mucho más rentable ser consecuentes: hablar poco y hacer más. ¿No hay tiempo hasta el 20 de diciembre?

isabel-nieto

Si es o no por culpa del insomnio, el caso es que Isabel Nieto nunca ha sido políticamente correcta. Ni lo ha pretendido. Los ejemplos los custodian las hemerotecas pero hay uno reciente especialmente significativo. Me refiero al pasado mes de julio cuando, tras una de las protestas de los vecinos de La Chana, la edil sorprendió a los medios desvelando que a ella no le cogían el teléfono en Fomento ¡desde hace años! y aseguró que el Ayuntamiento remitió en mitad de mandato un convenio al Gobierno para cerrar el compromiso sin que “hasta ahora haya obtenido respuesta”.

A su edad, con poco que pelear y menos que perder, tampoco se desvela Torres Hurtado para quedar bien con sus compañeros. Lo digo por la franqueza con que ha apoyado a su concejal y ha bromeado con las meteduras de pata de unos y otros: “El partido está un poco nervioso. ¿Ha visto lo nerviosos que se ponen todos los candidatos en elecciones? Es como los novios”.

Un taxista me decía esta semana que llega una edad en la que ya no interesa hacer tonterías; que nos volvemos más responsables. Mi teoría es otra. Al menos para los políticos. Bocazas hay siempre, pero creo que hay una edad en la que por fin se liberan de las cadenas de los aparatos, se pierde el miedo y se dice lo que se piensa. Correcto e incorrecto. Miren a Montoro y a Margallo. Para contar ‘divertimentos’ de este tipo merece la pena ser periodista; para leer ‘ataques de sinceridad’ estilo Nieto merece la pena comprar un periódico todos los días.

La moda hipster en política

Magdalena Trillo | 26 de julio de 2015 a las 10:30

Que lo hipster esté de moda no es casualidad. Que un gobernante se haya atrevido a poner en marcha una web para rectificar ‘oficialmente’ a los medios tampoco. Lo de Versión Original es pretencioso, legítimamente criticable para quienes seguimos creyendo que el buen periodismo no es un espejismo vintage y ha surgido claramente a la desesperada como una clara cortina virtual con la que difuminar el absoluto desconcierto, contradicciones e incoherencia con que los ‘emergentes’ han estrenado poder en las principales ciudades españolas.

Pero, si bien el primer problema de la nueva política es propio, el segundo es inducido. Estratégicamente fabricado. Madrid y Barcelona se han convertido en los dos grandes laboratorios de gobierno hipster para Podemos. Dejando a un lado las siglas y confluencias interesadas con que el partido de Pablo Iglesias ha ido sorteando hasta ahora las diferentes convocatorias electorales, era más que previsible la enorme lupa con que mediáticamente se iba a diseccionar la llegada al poder de la “gente”. Manuela Carmena y Ada Colau tienen más focos sobre su gestión que cualquier alcalde precedente.

Los motivos son también dos: las excesivas expectativas depositadas en el valor del “cambio” -cuando las ideas chocan con el pragmatismo de la burocracia y el inmovilismo de la rutina llega la sobredosis de frustración que, por ejemplo, empieza a sufrir a diario Kichi en Cádiz- y las consecuencias de sus experimentos: después de año y medio reservando la marca de Podemos para “asaltar el cielo” en noviembre, lo que realmente podremos ver en las elecciones generales es hasta qué punto está tocado el bipartidismo y hasta dónde llegarán las amenazas de miedo hacia la “izquierda radical” con el oportuno antimodelo de Grecia todavía en la retina.

El termómetro tendrá una primera lectura nacional, pero también regional y local. La fragilidad con que se han terminado conformando las instituciones tras el 24-M deja abierta la puerta a ruptura de alianzas y mociones de censura que, de cara a la aprobación de los presupuestos de 2016 como instrumento ineludible de gobierno, determinarán la foto política a partir de enero.

En Granada, donde la interinidad de Torres Hurtado está cada vez más difuminada, parece que ocurrirá todo lo contrario: del gélido deadline de noviembre se ha pasado a una resignación generalizada a dejarlo estar. Y no porque Ciudadanos diga que “ahora no toca este debate”, el propio alcalde deslice que su compromiso con el electorado es “para los cuatro años que dura el mandato” y su número dos en el Ayuntamiento y jefe provincial haya decidido no interferir una vez asimilado el duro batacazo de mayo. Los juegos de poder se configurarán, como siempre, a partir de la fortaleza que den las urnas.

Los datos internos del PP hablan ya de clara remontada. Con todo un verano de por medio, el desafío de las catalanas en septiembre y la volatilidad e incertidumbre con que evoluciona la intención de voto, son conscientes de la extrema prudencia con que han de analizar sus datos internos. Aun así, lo que hoy empiezan a vislumbrar es, por un lado, un doble efecto boomerang y dominó del gobierno de los “radicales” en Madrid y Barcelona (de descontento creciente y de impacto contagioso) y una cierta reconciliación con su electorado que confían en transformar en voto masivo tras los tres severos castigos consecutivos recibidos en las convocatorias del último año.

Muchos de los que se quedaron en casa volverán para frenar la previsible alianza PSOE-Podemos y los que se fueron a Ciudadanos, también. Sus datos internos apuntan a una posible pérdida de escaños de casi la mitad en apenas tres meses (de unos 35/40 a apenas 20). Con tal horizonte, y en un escenario de voto donde la actual ley electoral beneficiará ampliamente a populares y socialistas, el partido de Albert Rivera puede que en Andalucía sólo consiga rascar dos escaños (en Málaga y en Sevilla) y deje más que tocadas las altísimas expectativas de la formación en otras provincias como Granada donde precisamente se juega el puesto de congresista Luis Salvador.

El salto al vacío o lo menos malo. De esta forma tan gráfica se ve desde el PP la disyuntiva para las generales y, probablemente, con el mismo sentimiento funcional se terminarán abordando casos abiertos como el de Granada. En resumen, que si los astros no se alinean en contra, a Torres Hurtado no lo moverán tal fácilmente del sillón. Seguro que en este punto termina pensando igual que yo… Tanto para nada. O peor aún: tanto para lo mismo…

Si lo piensan, la nueva política está usando los mismos recursos fáciles que utiliza la industria de la moda: tiramos de catálogo y actualizamos, buceamos en las pasarelas de hace equis años y lanzamos propuestas teóricamente rompedoras que acaban determinando el corte del vestido que estrenará esta noche, el color de la corbata del próximo alcalde y hasta el largo del bañador.

Las modas sociales no son diferentes. Ser hipster, hoy, es volver a lo vintage, lo alternativo y lo independiente. Vestir extravagante, escuchar a Bob Dylan, usar mucho las redes sociales y predicar contra las modas, paradójicamente, creando moda. Los pobres son pobres de verdad; los hipster tienen que tener mucha pasta para (sólo) parecerlo. Las tendencias políticas van por el mismo camino. Pero aquí la preocupación debería ser mayor.

Es la frivolidad y la pérdida de valores lo que se está expandiendo como una imparable mancha de alquitrán. Ahora que tan de moda está Grecia igual no está de más completar alguna tarde estival recurriendo a uno de sus (nuestros) clásicos. ¿Matar a Sócrates? Es el nombre del ensayo que acaba de publicar Gregorio Luri preguntándose por el legado del filósofo griego: ¿estamos en una sociedad donde lo nuevo ha sustituido a lo bueno en el nuevo orden de nuestros valores? Contéstense pensando que es “diálogo” y “debate” como llamamos a lo que hacemos en Facebook…

Gestionar la sombra

Magdalena Trillo | 19 de julio de 2015 a las 10:00

Lo más sensato, y más humano, que he escuchado en los últimos días sobre Grecia lo proclamaba un tipo cualquiera. Uno de los de abajo. Uno de esos miles de vecinos mediterráneos que -según intereses- hemos visto convertidos en pequeños héroes helenos capaces de desafiar a la gélida e impasible Merkel (no se pierdan el vídeo viral de minuto y medio con la cara de póquer de la canciller alemana ante el llanto frustrado de una niña palestina que no entiende que su único futuro sea la expulsión) o hemos caricaturizado como escurridizos pillos del siglo XXI en un país de laxitud donde nadie cumple, nadie paga y todos mienten (y no olviden, por supuesto, lo mal que sienta a los adalides del austericidio que haya tantos pensionistas ociosos y tantas familias viviendo ¿felizmente? de una subvención).

A pie de calle este señor le dijo a la Europa avanzada y rica del norte que hay algo que nunca le podrán arrebatar a los griegos: la sonrisa y el sol. A punto de afrontar la cuarta ola de calor de este tórrido verano, puede que no sea el momento más oportuno para convencer de las bondades de nuestro clima… Sobre todo cuando llevamos dos semanas de sofocos sobre el asfalto -ya advierten los científicos que hasta el aire se ha vuelto “irrespirable”-, empezamos a ver que ni las hordas de abanicos y ventiladores ayudan a atemperar las pasiones y, mientras descubrimos montañas de hielo en Plutón, nos damos cuenta de cómo nos africanizamos -en el sentido medioambiental del término- con la generosa e inconsciente contribución que todos realizamos a diario al calentamiento global.

Pero piénsenlo. Si Alemania pudiera ya nos habría expropiado el sol. Bueno, lo habrían hecho hace tiempo los germanos, los suecos, los noruegos o los rusos… y sin necesidad de la excusa de la crisis. La clave, la sensata, la daba este viernes -también desde abajo- el físico que dirige el Centro Meteorológico de Andalucía en una entrevista en Canal Sur: la clave es “gestionar la sombra”. En este sabio pueblo de toldos, patios y fuentes, no hay nada como el sentido común para suavizar los extremos y relativizar la grandilocuencia con que tendemos a tomarnos las encrucijadas de la vida. Las reales y las aparentes. Las grandes y las inexistentes.

Empecemos por lo literal: es verano, hace calor y es “normal”. No hace más calor que nunca. Todavía no hemos llegado a los 46,6 grados de 1993, hay un registro histórico que habla de ¡80 olas de calor! y no es cierto que cada verano vayamos a peor; justo el pasado fue uno de lo más frescos de la última década. La recomendación, por tanto, es muy sencilla: aprendamos a gestionar bien las sombras…

Figuradamente tampoco es mal consejo. El sentido común siempre es un buen aliado para combatir los bochornos -los físicos y los psíquicos-, pero también para relativizar los problemas y arrojar un poco de luz en esos túneles interminables de despropósitos que se empeñan en mantenernos fríos y a oscuras. Como en la caverna de Platón.

Porque, cuando todavía nos parezca sentir el frescor del bañador, el salitre del mar y el sabor ahumado de las sardinas, tocará gestionar la sombra inmensa que se prepara para el inicio de curso: Artur Mas con su candidatura de unidad jugando a romper España -cualquier catalán que quiera comprar el “Madrid nos roba” sabrá perfectamente qué tiene que votar para decir sí a un estado “desconectado” e independiente- y, sólo un par de meses más tarde, con el horizonte más incierto de toda la democracia, unas elecciones generales servirán a unos de plebiscito de liderazgo y a otros para saber hasta cuándo se sostendrán los quebradizos idilios de alianzas que se han conformado tras las municipales y autonómicas de mayo.

No descarte que en Andalucía tengamos que ir a las urnas en menos de un año ni dé por sentado que quien hoy es su alcalde se coma las uvas bajo el reloj municipal. En Granada, para gestionar la sombra no hay que esperar a que termine el verano. Hace más de un mes que se constituyeron los ayuntamientos, esta misma semana lo ha hecho la Diputación Provincial y aún estamos esperando un titular constructivo y de cambio que poder llevar a la portada. La crisis del Centro Lorca se reparte el protagonismo con la crisis de la Alhambra y, entre incendio e incendio, pasan los días dejando que todo siga igual.

Después de la ‘cuestionada’ elegancia del desnudo femenino, al alcalde apenas si lo llevan a las escuelas de verano para que le saquemos unos fotos amables con los niños -bien lejos de los insolentes periodistas con sus micrófonos y grabadoras- y, en la Plaza del Carmen, la actividad se reduce a las cordiales instantáneas que revelan la buena sintonía que aún hay entre el PP y Ciudadanos.

Casi de tapadillo nos enteramos que ya se ha elaborado un documento con más de 500 páginas con los cimientos para construir la Granada de 2020 y, con no pocas dificultades, hoy publicamos las líneas esenciales de ese Plan Estratégico que, siendo prudentemente pesimistas, tal vez esté abocado a la misma sombra que los anteriores: el apacible cajón de un funcionario municipal.

En esta monotonía suicida hay otra excepción: el eje de desarrollo Málaga-Sevilla. ¿Queremos estar en esa estrategia que están conformando las dos capitales andaluzas por encima de guerras de agravio e ideologías? ¿Sería una forma de rentabilizar las sinergias? ¿Sirven realmente este tipo de alianzas para algo? ¿Qué fortalezas podríamos aportar? ¿En qué se podría beneficiar Granada? No se ilusionen más de la cuenta. Este falso debate, muy a la ‘granaína’, también tiene sombra: lo que nos han trasladado muy seriamente a este periódico desde los dos focos de la negociación es concluyente: ni nos han invitado ni nos esperan.

El final de la crisis y otros cuentos

Magdalena Trillo | 28 de diciembre de 2014 a las 10:43

¿Primavera adelantada o seis semanas más de invierno? Phil, la marmota más famosa de la historia, la del impronunciable pueblo de Punxsutawney, la que inmortalizó Bill Murray hace dos décadas en Atrapado en el tiempo, nos lo dirá el próximo 2 de febrero. Si sale de su madriguera y no ve su sombra, se mostrará confiada para disfrutar del día, habrá llegado el fin del invierno; si su sombra la persigue, se asustará y volverá a su escondite a hibernar.

Tal vez tengamos que recurrir al conocimiento líquido y sobrenatural de las marmotas para saber cuántos días nublados aún nos quedan de crisis, para descubrir cuál de los políticos, y también de los economistas y de los expertos que tanto han errado hasta ahora, lleva razón. Rajoy lo sentenció el viernes al finalizar el Consejo de Ministros: “2013 fue el año de las reformas, 2014 el de la recuperación y 2015 el del despegue definitivo”. Los organismos internacionales, desde la Europa de Merkel y Juncker hasta los gurús del FMI, se apuntan a la tesis de optimismo del Gobierno pero no sin antes reclamarnos más reformas y advertirnos de los riesgos de subir salarios o recuperar parte de lo mucho perdido.

En el lado contrario, la oposición en bloque ve en las proclamas del presidente del Ejecutivo un derroche interesado de “triunfalismo” más relacionado con los tiempos electorales de 2015 -municipales a finales de mayo, generales en noviembre y autonómicas en algunas comunidades- que con la realidad que la sociedad española está viviendo en esta teórica “última Navidad de la crisis“. El planteamiento de la izquierda y de los nacionalistas coincide con el de los cada vez menos ‘radicales’ de Podemos: recuperación a qué precio y con qué niveles de desigualdad. Si, como critica el líder socialista, es “indecente” e “injusto” hablar de salida de la crisis con el nivel actual de paro y de degradación social y, sobre todo, si esa tendencia al alza de los grandes indicadores económicos es realmente sólida y estable o es un espejismo tan caprichoso como la supuesta sapiencia del televisivo roedor, tan endeble como las líneas de la quiromancia y tan volátil como el humo del sofisticado alquimista.

Tal vez, como denuncia Podemos, en el discurso económico del Gobierno haya bastante de ‘spot’ publicitario y de márketing, pero ¿no nos gustaría que fuera así? Puede que al final no sea tanto una cuestión de números y de estadísticas como de voluntades y de fe. Y el dilema es sencillo: del usted a quién cree al usted a quién quiere creer… Porque puede que, como nos cuenta James Salter en Años luz, haya dos crisis como hay dos vidas: la que la gente cree que está viviendo y la que anhela vivir; la aparente que exhibimos esta Navidad entre compras, bares y restaurantes -lo constatan por ejemplo en Granada los números sobre el aumento del gasto medio de las familias- y la que nos aguardará en casa cuando cerremos la puerta y se apaguen en las calles las luces led.

“El secreto”, nos dice Salter, “consiste en tener el valor de vivir” porque, si lo tenemos, “tarde o temprano todo cambiará”. Viri, su protagonista, habla de la vida y yo de la crisis; él se refiere a la fe y yo estoy pensando en la política y la economía, en la necesidad de creer a alguien, de creer en algo… pero ¿acaso no es lo mismo? “Nos protegemos como si eso fuera importante y siempre lo hacemos a expensas de otros. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe”.

He guiado estos días mi desembarco en los libros electrónicos con esta preciosa novela del escritor neoyorquino, una obra maestra de las letras anglosajonas, temiendo que la tecnología prostituyera la belleza de su prosa, que trastocara la sinfonía con que expresa sus ideas. Me equivoqué. He terminado sus Años luz con decenas de subrayados y anotaciones que ahora vuelvo a leer, a reconstruir, poniendo mi particular música sobre su particular partitura. Fundiendo verdades y sueños como quien culmina una y mil veces el cubo de Rubik. Los caminos son infinitos pero el final, cuando se alcanza, siempre es perfecto.

Años luz se escapa entre los dedos con la misma fugacidad que la vida. Con esa que no nos arriesgamos a vivir, con esa que no podemos imaginar “sin la iluminación que nos procura la vida de otros” y con esa, persistente, que nos golpea con sus grandes certezas: “Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. Todo soportable si la humanidad entera observa…”

¿No podemos aspirar, además de a salir de la crisis, a hacerlo con un mínimo de dignidad? Tal vez sólo ese anhelo dé sentido a una vida que no consiste más que en golpes de “apetitos hasta que nos quedemos sin dientes”. Y que está tan llena de paradojas, de quiebros y grietas, como la de Viri y Nedra. Sostenida en elecciones, “cada cual definitiva y de poca trascendencia como tirar piedras al mar”. “Hemos tenido hijos; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es derrochar nuestra vida…”

El verano, dice Salter, es el mediodía de las familias unidas. “Es la hora de silencio en que sólo se oye a las aves marinas. Los postigos están cerrados, las voces calladas. De vez en cuando, el repique de un tenedor…” Me evocan sus palabras esas otras tan conocidas de Tolstoi en las que nos advierte que “todas las familias felices se parecen entre sí” pero todas las infelices “son desgraciadas en su propia manera”. ¿Y si la vida, con sus muchas crisis, no es otra cosa que “el tiempo que hace”?

Le propongo una última pregunta que tal vez le ayude a saber en qué creer, a quién creer: ¿A usted cómo le va? Y seguro que su respuesta será la correcta. Sin necesidad de vislumbrar el fin del invierno con la ayuda de una vieja marmota, con la valentía de pensar que la vida, alguna vez, puede ser lo que se sueña.

De tarjetas black y otras tentaciones

Magdalena Trillo | 21 de diciembre de 2014 a las 11:32

No son ni tres ni cuatro. En la Universidad de Granada circulan más de 200 tarjetas de crédito desde hace cinco años. Controladas con lupa, fiscalizado hasta el último euro, pero circulan. Fue el actual equipo de gobierno quien implantó el sistema para agilizar los pagos a proveedores y facilitar las labores de gestión de los directores de los grupos de investigación, los responsables de departamentos y los decanos. La norma es muy clara: no se pueden abonar partidas de protocolo y representación y, por supuesto, ni un solo gasto personal. Parecía lógico, y así me consta que se recalca cuando se reparten las visas, que una cosa es organizar desplazamientos y asistencias a reuniones científicas o agilizar la compra de material informático y otra bien distinta pasar la compra del supermercado, el tique de la gasolinera o las copas del fin de semana.

El problema, como bien han recalcado esta semana el rector de la UGR, no está en las tarjetas sino en su uso. Pero a esta irreprochable aseveración deberíamos unir un matiz: la tentación. Más de un decano nos confesaba a raíz del escándalo destapado en la Universidad de Cádiz que las rechazó en su momento porque realmente no las necesitaba… o porque prefería no meterse en el bolsillo la posibilidad de gastar 3.000 euros al mes con un gesto tan automático y cotidiano como marcar un numerito. El viejo ejemplo de las armas de fuego; mejor restringir su uso que pagar la consecuencias. El extendido ejemplo de los maletines en las operaciones urbanísticas; mejor esconder la manzana para no caer.

Nadie niega que en la UCA se hayan auditado los gastos pero es una absoluta indecencia conocer la “justificación” de los 880.000 euros que el anterior equipo de gobierno despilfarró durante cinco años con las ‘tarjetas black': 162.019 euros en tres de los restaurantes con más caché de la ciudad; 2.729 euros en gasolina; 1.396 en compras en el Makro… El ex rector disfrutó de una Business Oro con un límite de 30.000 euros al mes, su adjunto no tuvo problemas en usarla en el súper, el vicerrector de Investigación se dio más de un homenaje en fin de semana y la directora de Cooperación cargó alguna que otra compra en Londres.

Todo muy “legal” y “controlado” y, por supuesto, inmoral. Tanto que hasta se llega al ridículo. Y aquí no hablamos ya de tarjetas, sino de dietas y privilegios y de conocer qué se paga de forma ordinaria en las instituciones públicas con nuestros impuestos. ¿Recuerdan el episodio de la bolsa de Doritos con que el PP ejemplificó los “desmanes” de PSOE e IU nada más aterrizar en la Diputación? En la UGR, aseguran que ningún miembro del equipo rectoral tiene tarjetas pero eso no significa que no se realicen gastos en protocolo, en representación institucional y en lo que toque… Y, con o sin visa, lo mismo podríamos decir del resto de instituciones. Lodeiro advierte que no piensa realizar ningún cambio en el sistema de pago con tarjetas porque funciona y porque, en la práctica, resulta la forma más efectiva de controlar este tipo de partidas. Bien. Pero la siguiente pregunta exigible, sin respuesta y extensible a las demás instancias públicas, es conocer la letra pequeña del gasto.

Como ya vimos en el caso de CajaMadrid, se trata de un montante insignificantes si lo comparamos con los millones del rescate bancario o con los presupuestos que mueven al año las instituciones, pero son los más dolorosos para una opinión pública que sólo conoce de sus gobernantes mensajes de austeridad y ajustes de cinturón. ¿Nosotros hemos vivido por encima de nuestras posibilidades o ellos? ¿Se imagina cómo cambiaría su vida con una ‘tarjeta black’? No me diga que no se la pediría para Reyes -legal, eso sí- con la misma ingenua ilusión con que esperamos que mañana nos toque el Gordo.

Donde campa la desvergüenza es en el barro de la opacidad y sólo se cura con grandes dosis de educación cívica… y con mucha luz. Directa y externa. ¿Sabemos qué gastos están pasando nuestros políticos habitualmente con o sin tarjeta? Todavía está por ver hasta qué punto la Ley de Transparencia que acaba de entrar en vigor -y sus réplicas en las siguientes escalas de gobierno- van a servir para atajar estas prácticas abusivas y para imponer la prudencia y la responsabilidad en la gestión pública.

Tal vez no hablemos de estafa, de fraude ni de dinero negro, pero es obvio que no gastamos con la misma alegría con nuestro dinero que con el de los demás y que lo que estamos viendo se parece mucho a lo que desde pequeños hemos aprendido que era robar… La transparencia y la ejemplaridad no deberían ser unas palabras de moda autoexculpatorias en esta España de la corrupción que está dibujando la Audiencia Nacional ni una obligación que llegue -y se vaya- con la crisis; es una necesidad que todos deberíamos compartir si entendemos que es uno de los termómetros más claros de la degradación a la que estamos sometiendo el sistema.

Ni la compra del Ikea ni la bolsa de Doritos hubieran significado nada en un momento de bonanza económica y confianza institucional. La gravedad del escándalo es directamente proporcional al castigo social. Los consejeros de Bankia se llenaron los bolsillos en los años más duros de la crisis, los de los cinco millones de parados, el cierre incesante de empresas, el reparto solidario de alimentos y los suicidios por desahucios; los altos cargos de la UCA han mantenido su tren de vida mientras se recortaban las becas, se perdían profesores en las facultades y se negaban fondos a la investigación. Y no seamos hipócritas. De nada sirve que no invitemos a una copa de vino en una inauguración si por la puerta de atrás nos gastamos mucho más tomando copas con los colegas.

No me refiero sólo a Cádiz. La mayor injusticia de la austeridad que hemos vivido estos años es la doble vara de medir con que se ha estado aplicando; esa misma que siguen los partidos cuando se enfrentan a un caso de corrupción. El sacrificio para nosotros, que hacemos de público obediente en la espartana ceremonia de turno, y la comilona con cargo a fondos públicos para los organizadores y sus ‘amigos'; el recorte en el salario a los trabajadores y los gastos elitistas perfectamente ‘justificables’ para ellos. Y lo triste es que, en la mayoría de los casos, no hay más opción que esperar a un cambio de gobierno -de verdad, no de los mismos que llegan y tapan- para saber qué hicieron con nuestro dinero…

Pues lo bueno en estos momentos, aparte de confiar en que también a los asalariados nos llegue la hora de compartir aquello de que la “la crisis ya es historia”, es que para la siguiente cita en las urnas apenas faltan cinco meses. Mire en su barrio, en su pueblo, en su ayuntamiento de turno. Recuerde con qué casa y coche llegaron y compruebe cómo se van. Mientras funciona -o no- lo de la transparencia y mientras damos -o no- ejemplo, es el instrumento más efectivo con el que podemos sancionar lo que, por muy indecente y aberrante que nos parezca, se escapa en los tribunales.

¡Pero qué injusta y caprichosa es la vida! Nuestro cesto lo dejaron sin manzanas para evitarnos la tentación, ¿y el de ellos?

A oscuras, año seis

Magdalena Trillo | 29 de diciembre de 2013 a las 10:25

No hay nada más aburrido que escribir sobre lo que se debería escribir: el último artículo del año y el primero, el del arranque del curso y el de la despedida, el del inicio de las vacaciones y el del cierre del estío… Pienso en escribir pero tal vez esté pensando en vivir. Porque no hay nada más descorazonador que repasar el año pasado comprobando que podríamos plagiar línea por línea lo publicado hace 365 días sin temor a equivocarnos. Las mismas desilusiones y las mismas esperanzas; las mismas cifras caprichosas que nos atrapan en la oscuridad del túnel.

Año seis. De la crisis. Desde que Lehman Brothers quebró y nos despertó del frío del capitalismo salvaje y la avaricia. Nunca un saco había aguantado tanto. A tan bajo saldo. Con tal alto precio. Después de los recortes y las reformas, 2014 debería ser el año del despegue. De la recuperación. Pero será lenta, agónica, desigual. Ni en el mejor de los escenarios España se situará por debajo de un 15% de paro. Sume cinco puntos más a Andalucía, aplique otros cinco más a Granada y traduzca esos números a su barrio: encontrará la escalada de pobreza, de exclusión y de caridad con que nos hemos empeñado en revertir tres décadas de democracia. Beneficiencia. Esa mal entendida solidaridad con que nos seguimos distrayendo en los quirófanos aplicando etéreas esponjillas de maquillaje barato. Ni pan ni circo.

Lo que tenemos derecho a pedir, por lo que tenemos derecho a luchar, es por la dignidad. Pero es una palabra hueca. Tan huérfana como el catálogo de derechos que nos debiera garantizar nuestra Constitución. Como el marco de convivencia que seguimos pisoteando buscando la luz de un túnel en el que sólo hay tinieblas. Predicando ejemplaridad cuando olvidamos que, desde la antigua Grecia, nunca ha sido posible desligar la ética de la responsabilidad; el ideal de lo material. Pareciera que sobre ello escribe Rafael Guillén en Naturaleza de lo invisible culminando su ambiciosa ecuación poética en torno a la relatividad de Einstein. Tiempo, materia, espacio y movimiento; los límites del mundo, los estados transparentes, los dominios del cóndor, las edades del frío… “La realidad se oculta en lo invisible. Mienten los sentidos y sólo es posible alcanzarla traspasando la falsa imagen de un espejo que se interpone. Lo invisible somos nosotros agitando nuestras aspas en el caos”.

El octogenario poeta granadino habla al universo, pero su universo es también nuestra rutina, nuestros desvelos más mundanos y vulgares. Y ese horizonte inquietante en el que podríamos anclar la palabra crisis: “Hay que sobrevivir. Hay que retroceder y claudicar, retornar a este lado de la sombra, al sufrimiento y a la culpa y a la angustia de estar vivo aún. A este otro lado de la conciencia, de la certeza absurda de que se rige todo por un orden establecido. No hay salida“.

No sé si hay salida. No la hay, desde luego, a este lado de la niebla. Al otro lado, al que nos lleva Guillén en su tetralogía, tal vez sí. Pero no está de moda. Como no lo está la ética ni deberían estar los discursos navideños que hablan de ejemplaridad, de moralidad y de transparencia desde una torre de cristal en la que se practica justo lo contrario. Le leo decir, convencida, a la profesora Adela Cortina que “si nos hubiéramos comportado éticamente” no tendríamos una crisis como la actual… En Para qué sirve realmente la ética (Paidós) nos da hasta nueve razones para convencernos, nueve capítulos con un punto de partida que, repasando la insolencia de titulares de los últimos meses, roza el desconcierto: los seres humanos somos “necesariamente” morales…

La filósofa, que coordina también un volumen sobre Neurofilosofía práctica en Comares, nos recuerda que las personas estamos preparadas para la “cooperación” y el “cuidado” -no para alimentar el afán de lucro y el impulso egoísta-, resulta hasta provocadora cuando asegura que “la ética sirve para abaratar costes y crear riqueza” y contradice todos los dogmas del mercado cuando enfatiza que la educación “no puede consistir en formar personas competitivas sino en educar ciudadanos justos”, ciudadanos que desarrollen sus mejores capacidades para llevar una vida feliz… Lo bueno de empezar un año es que podemos pecar de ingenuidad.

Les invito a ello sumándome a ese anhelo de convivencia y justicia social que debería estar a cualquier lado de la niebla y apropiándome del bello mensaje epigráfico nazarí con que el presidente de CajaGranada nos desea un feliz año: “Ventura, prosperidad y satisfacción de las esperanzas”. Lo pueden leer en la fachada interior de la Puerta del Vino y lo pueden diseccionar en la guía visual del monumento que acaba de publicar el Patronato de la Alhambra. Una edición de lujo que pone luz a algunos de los misterios que todavía atesora el libro de piedra mejor conservado del mundo.

¡Feliz 2014!

El cuchillo del carnicero

Magdalena Trillo | 11 de agosto de 2013 a las 9:50

Dentro de 124 años el litoral mediterráneo sufrirá un colapso total. La predicción es de Greenpeace y, salvo que sus hijos y nietos guarden los periódicos de los últimos días, nadie podrá comprobar si es verdad. Ladrillo y más ladrillo sobre el mosaico de sombrillas que hoy serpentea la costa granadina. El informe de los ecologistas no deja espacio al optimismo: Destrucción a toda costa 2013. Calculan el impacto invasor que tendrá la nueva ley, analizan las tendencias de ocupación y fijan su Día D. El litoral morirá en el año 2137, ni el 2136 ni el 2138… ¿Recuerdan a Bill Gates profetizando la muerte del papel? ¿Se olvidaron ya de la apocalipsis del calentamiento global? ¿De los brotes verdes? ¿Del fin del mundo? Llegará, o no, y siempre podremos recurrir a las “circunstancias” del yo orteguiano para justificar los desaciertos. El programa electoral que se pisotea, los cálculos de crecimiento que no se cumplen, las previsiones para salir de la crisis que volvemos a poner a enfriar…

Empiezo a pensar que el gran problema de nuestro tiempo es nuestro tiempo mismo: nos movemos con soltura diseccionando el pasado, nos desbordamos de entusiasmo escribiendo el futuro pero nada sabemos del presente. Explicaciones y estimaciones sin que nadie nos diga qué hacer hoy. Una sencilla -o no tan sencilla- cuestión de tiempos verbales.

Para el futuro, siempre lo supo la vieja sirena, no cabe más que “avanzar y estrellarse”. Unos lo hacen con números; otros, con palabras. Ciertas o fabricadas. Hace más de un siglo que el World de Pulitzer y el Journal de Hearst cocinaron su propia guerra en Cuba con el desastre del Maine y nada hemos aprendido. Daban miedo esta semana las portadas de algunos diarios que se dicen ‘serios’ azuzando el conflicto de Gibraltar. Sensacionalismo. Puro amarillismo. Peligrosa irresponsabilidad.

El pasado, por contra, se ha convertido en nuestra debilidad: pasado el tsunami, todos sabios. Del último ‘tratado’ sobre la crisis escribía precisamente hace unos días Enric Juliana en La Vanguardia a cuenta del nuevo best-seller de los economistas: Por qué fracasan los países. Daron Acemoglu y James A. Robinson abordan el origen del poder, la prosperidad y la pobreza, y acuñan un nuevo término, las “élites extractivas“. La “calidad de las instituciones políticas”, la política misma, sería la clave para situar a un país entre el bienestar y la pobreza. Ni geografía, ni demografía, ni historia, ni religión: un país con élites inclusivas, capacitadas y capaces, podrá prosperar; un país en manos de élites egoístas, extractivas, centradas en la obtención de sus propios beneficios, retrocederá. Apliquen esta tesis a la España de los escándalos y entenderán muchos porqués.

Una inmensa investigación la suya, sí, pero que nada nos dice de hoy… Por eso, más provocadora y sugerente que el libro de moda entre los economistas, me ha parecido la última obra del ensayista de moda: Antifrágil. El libanés Nassim Nicholas Taleb critica a los académicos que buscan el porqué de las cosas y nada hacen para prevenirlas (harvardiano-soviéticos los llama) y arremete contra tantos planificadores sociales, analistas financieros, economistas y políticos (fragilistas) que se dedican a medir las cosas, a hacer estadísticas, a buscar términos medios con el microscopio en lugar de preocuparse por cómo actuar.

El escenario, nos ejemplifica Taleb, es que actuamos como pavos a los que, siendo alimentados por el carnicero, les diera por preguntar a los expertos qué comerán al día siguiente. Ellos harían sus estadísticas, sus predicciones sobre la calidad, el aporte calórico… hasta el Día de Acción de Gracias en que el carnicero saca el cuchillo. Lo habríamos anticipado todo menos lo que en realidad importa. Y el problema no es sólo que sus fórmulas nos privan de aquello que podría ayudarnos, sino que tienen efectos secundarios. Ahí están las recetas de la crisis -dosis incorrectas que nos impiden inmunizarnos, sobredosis que nos dejan sin defensas- y aquí estamos…

Es entonces cuando Taleb nos sorprende con su reveladora teoría sobre la antifragilidad, sobre las “cosas que prosperan si se exponen a la volatilidad y al desorden”, a las que les encanta la aventura, la incertidumbre y el azar. Habla del “genio humano” que surge de la dificultad, de cómo es mucho más difícil gestionar la abundancia que la escasez, de cómo nos acomodamos construyendo entornos estériles y seguros perdiendo de vista todo lo que nos haría florecer, de lo importante que debería ser incorporar la información que nos dan los errores, el dolor, en lugar de protegernos cimentando nuestra propia fragilidad.

¿Qué hacer hoy? Para empezar, recurrir a quienes de verdad han arriesgado su dinero, se han expuesto y han salido triunfantes para sacar unas cuantas conclusiones; preguntar a quienes saben el camino y no a quienes lo dicen saber. La cuestión sigue siendo el presente. Poco importa si todo va bien hasta que el carnicero saca el cuchillo o todo va mal porque el carnicero ya sacó su cuchillo.