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Las pateras no venden

Magdalena Trillo | 19 de junio de 2018 a las 9:30

Primera foto: casi la mitad de las personas que viajaban en el Aquarius quieren marcharse a Francia y el Ejecutivo de Sánchez ya ha dado instrucciones para aceptar la oferta de colaboración. A diferencia del portazo que ha dado la Italia xenófoba de la Liga Norte, no se trataba más que de cumplir la normativa europea y el derecho internacional.

Pero la realidad es que ni hay conciencia sobre la magnitud del problema ni hay recursos que poner sobre la mesa ni hay mecanismos de cooperación para actuar ante la crisis humanitaria que supone el drama de los refugiados y la inmigración. Tampoco (demasiado) interés.

Segunda foto: más de 700 periodistas de 140 medios han estado informando todo el fin de semana sobre el ingente despliegue de efectivos que se ha activado en Valencia para acoger a los 630 ocupantes de los tres barcos que han llegado a puerto -un bebé ha nacido en la travesía- y evitar que murieran en el mar. Hasta 2.300 personas han participado en la operación Esperanza Mediterráneo. Aunque con carácter excepcional y a golpe de improvisación, se han sentado las bases para un modus operandi que habrá que ir puliendo y ensayando a medida que viren las rutas de huida de África.

Tercera foto: los inquilinos del Aquarius tendrán 45 días para aclarar su situación y despejar su destino. Los que se juegan la vida para alcanzar las costas andaluzas son retenidos durante 72 horas, abandonados a su suerte cuando se producen los colapsos en los CIE y condenados a vagar durante tres años en un limbo jurídico. Es un círculo infernal sin salida: no encuentran trabajo porque son sin papeles y son sin papeles porque no pueden demostrar arraigo ni justificar su estancia sin tener un empleo.

Cuarta foto: las pateras no venden. Ni política ni mediáticamente. Llevamos casi tres décadas interceptando inmigrantes, soportando las avalanchas que todos los veranos provoca el buen tiempo y, puntualmente, las que vienen cargadas de mensajes subliminares por parte del Gobierno de Rabat. Lo que ha ocurrido este fin de semana en Tarifa y el Mar de Alborán no es ninguna casualidad.

Tal vez, sean las imágenes más constructivas que podamos extraer de lo que nació como un gesto simbólico (uno más) tras el desalojo del PP y como un trampolín mediático para Pedro Sánchez en Europa: Francia ya colabora -se mueven las piezas del complejo ajedrez de intereses y pulso entre países- y la crisis de las pateras se coloca de nuevo en el ojo público. No es ninguna solución, pero sí un comienzo.

El mundo de ayer

Magdalena Trillo | 3 de junio de 2018 a las 10:00

Cuando Pedro Sánchez vino a Granada Hoy casi no había excusa para una entrevista: era diputado del PSOE en el Congreso, ni siquiera había decidido presentarse a las primarias -Pérez Tapias ya había dado el paso- y en su discurso se conjugaba con igual fluidez el respeto a los grandes referentes de su partido -de Felipe González y Alfonso Guerra a Ernest Lluch y Javier Solana- con una entusiasta admiración al modo cercano de hacer política y al sólido liderazgo que Susana Díaz había logrado forjar en Andalucía -parecía sincero- y una férrea convicción de que el futuro del socialismo tenía que venir de abajo, de la regeneración y el cambio que debía impulsar la cantera.

Fue en junio de 2014. Hace justo cuatro años. Me lo presentó Jesús Quero sin que ninguno atisbáramos entonces ni la travesía del desierto que a Pedro Sánchez le tocaría vivir dentro de su partido ni el tsunami que iba a azotar todo el sistema político español: desde el naufragio del bipartidismo hasta la fractura territorial con la ofensiva de los catalanes pasando por la abdicación del Rey. Entonces el debate era si sería bueno crear una ley orgánica que permitiera al Rey Juan Carlos dar un paso atrás… La preocupación era la crisis y la incipiente precarización del mercado laboral… El desafío era que la gente viera el PSOE como “una alternativa real a las políticas del PP”.

Lo que más me ha sorprendido de la entrevista es que hoy podríamos publicarla y tendría actualidad. Ese Pedro Sánchez que se ha especializado en renacer una y otra vez de sus cenizas no ha cambiado de discurso. Quienes le siguen (y han creído en él incluso cuando no estaba de moda) destacarían su coherencia, su infinita paciencia y su capacidad de resistencia; quienes no se tomarían con él ni un café no verían más que vacuidad y frivolidad. Ciertamente, lo más importante en política, en la vida, son las expectativas. Todo es movedizo sin un horizonte de partida y de llegada. Sin un contexto y unas coordenadas que nos ayuden a entender y a relativizar. A los personajes y a los acontecimientos.

¿España hoy está mejor que ayer? ¿Lo estará mañana? ¿Salimos de las tinieblas o nos precipitamos al abismo? Podemos elegir. Solo necesitamos un contexto (la pregunta clave sería respecto a qué) y unas expectativas (para qué). Y en este punto todo se nubla y se vuelve relativo.

Con una enorme preocupación por la incertidumbre y la inestabilidad que abre un cambio tan abrupto de Gobierno, un buen amigo me recordaba esta semana las lecciones de Stefan Zweig en El mundo de ayer. Temía que el desafío independentista conduzca a España a un proceso de balcanización y, tal vez pensando en los nulos referentes de hoy, me recordaba que Roma fue grande gracias a los viejos; no a las urgencias de los jóvenes. Era el César quien la hacía grande, pero era la sapiencia del Senado quien acababa manteniendo el imperio cuando saltaba la semilla de la destrucción que lleva aparejada el ímpetu, la vanidad y la ambición de la juventud.

Lo realmente diferencial y sintomático del escenario actual es que El mundo de ayer de Stefan Zweig, que fue capaz de retratar con serenidad la convulsión y los desvaríos de la Europa del siglo XX, hoy se sucede en cuestión de horas. ¡Si ni los más pedristas creían el viernes que la moción de censura iba a prosperar!

Son tiempos complejos, extraños y caprichosos. Pero si somos capaces de abstraernos del fatalismo ibérico y de la urgencia de la inmediatez, tal vez podamos aferrarnos a esa misma incertidumbre que nos quema para darnos una oportunidad. No digo ya al nuevo gobierno, me refiero a nosotros mismos permitiéndonos el lujo de ser (excepcional y comedidamente) optimistas. Lo dijo el propio Rajoy antes de abandonar el hemiciclo y desearle “suerte” a su sucesor en La Moncloa: egoístamente, es a España a quien le interesa que funcione y, sobre todo, que no se estrelle…

Urnas en diferido

Magdalena Trillo | 29 de mayo de 2018 a las 10:00

La pregunta no es qué -volvemos a las urnas sí o sí- sino cuándo, cómo, con qué coste y con qué protagonistas. De momento, lo único seguro es que todos los escenarios son complejos, que todos tienen más sombras que luces y que ninguno nos salva de volver a sumirnos en la insoportable travesía de ingobernabilidad que sufrimos con las elecciones de 2015.

Aunque “echar a Rajoy” se ha convertido en un objetivo transversal tras la demoledora sentencia de la Gürtel -inaudito si recordamos las líneas rojas que se levantaron hace dos años para formar gobierno-, tenemos demasiados precedentes para no pensar que sería una ingenuidad dar por muerto al líder del PP y mucho más subestimar a sus votantes.

Las encuestas recogen tendencias pero no votos y basta recordar el Brexit o los fallidos sondeos de los sorpassos para enfrentarnos a la dura realidad: las urnas pueden ser la solución -al menos una salida al bloqueo- o pueden ser una encerrona -pensemos en Cataluña o miremos en Italia el explosivo cóctel de populistas de izquierdas y de derechas haciendo como que gobiernan-.

¿Una moción de confianza? Para alguien como Rajoy que hace sólo unos días se veía con “ánimo” para seguir dos años más y hasta para repetir, recurrir a este instrumento democrático significaría tomar la iniciativa y asumir que ha perdido la legitimidad para gobernar cuando ni siquiera se da por aludido por la corrupción. No es viable.

¿La moción de censura? Era la única hoja de ruta transitable para Pedro Sánchez pero resulta igual de peligrosa si prospera -con el altísimo precio de los independentistas- como si fracasa y debilita aún más al (supuesto) líder de la oposición. Porque, bajo los grandilocuentes discursos con que nos distraen estos días todos los partidos, lo que hay es cálculo electoral.

Ciudadanos no se esconde: quiere elecciones y las quiere ya. Pero se olvida de que en 54 días son muchas las páginas que pueden distorsionar la fotografía de los sondeos y, sobre todo, pasa por alto que ni tienen estructura de partido ni tienen equipo para gobernar. Lo de fichar a independientes y aplicar sofisticados métodos de selección vende muy bien, pero la realidad es mucho más exigente e impredecible.

En sus filas ya hay quienes reconocen que tanto poder, y tan rápido, los puede llevar al borde del abismo. Ese mismo que, al otro lado del tablero, acorrala a un PP que parece soñar con una comparecencia exprés de su presidente: con tele de plasma si hace falta, pero anunciando elecciones en diferido (el tiempo suficiente para calmar las aguas y sacar partido a los recién aprobados PGE) y situando a Núñez Feijóo como candidato. ¿Demasiado para Rajoy?

Gracias Sr. Juez

Magdalena Trillo | 1 de mayo de 2018 a las 10:37

Volvimos a despertar con el #MeToo de la alfombra roja, después llegó el tsunami del 8-M español y hoy celebraremos el primer 1 de Mayo feminista de nuestra historia desconcertados aún por la polémica sentencia de la Manada.

Las razones de la indignación son muy simples: una chica es acorralada en el rellano de un portal y penetrada hasta nueves veces por cinco tipos y no es violación. Estaba borracha, medio inconsciente y no se resistió; no se jugó la vida ni hizo de heroína. El corto que ha analizado la Audiencia de Navarra muestra un ambiente de “jolgorio” y “regocijo”, imágenes de sexo frío y explícito en las que “no tiene cabida la afectividad”. Hay “prevalimiento”, superioridad e intimidación, pero no agresión.

Sin el voto particular del juez Ricardo González, el magistrado que ha llegado a defender la absolución de los cinco jóvenes sevillanos y que ni siquiera considera que haya habido “abuso sexual”, no estaríamos hablando ahora de cambiar el Código Penal para revisar, actualizar y dar un mínimo de coherencia a la tipificación de los delitos sexuales, no estaríamos reclamando formación especializada para jueces y fiscales en la lucha contra el machismo y no estaríamos pidiendo explicaciones al Gobierno por los 200 millones comprometidos en el Pacto de Estado contra la Violencia de Género.

El problema son las leyes -más de treinta veces se ha modificado el Código Penal de 1995 y seguimos encontrando aberrantes zonas grises- pero más aún su interpretación. El problema son las palabras -es muy distinto hablar de 9 años de cárcel por “abusos” que por “violación”- pero sólo en la medida en que hacen saltar las alarmas sobre los prejuicios y las injusticias que hay detrás.

Si el señor juez del voto particular no hubiera criminalizado a la víctima, humillándola como un simple objeto de usar y tirar y hasta convirtiéndola en cómplice de los agresores, hoy no estaríamos debatiendo sobre la crisis de la Justicia.

Si el señor juez del voto particular no nos hubiera dado a todos una lección de machismo y bajeza moral, no estaríamos preguntándonos hasta qué punto la opinión pública ha de actuar de motor para propiciar un cambio en las leyes, en quienes las hacen y en quienes las administran.

No se trata de usurpar el papel de los jueces; se trata de resquebrajar su torre de marfil. Ni siquiera es necesario buscar fantasmas -como ha hecho el ministro Catalá- para justificar lo injustificable. Nos guste o no, elseñor juez del voto particular no es ninguna excepción en este país. No es una cuestión de togas, de sexo y ni siquiera de edad.

Gracias, por tanto, señor juez por su bofetada de realidad.

La hazaña de resistir

Magdalena Trillo | 29 de abril de 2018 a las 10:30

Levantar la persiana de una ciudad cuesta mucho y no luce. Es el gris de la rutina; el tedio de la normalidad. Que funcionen los autobuses y los semáforos, que las calles estén limpias y la basura recogida, que salga agua caliente en la ducha, que haya gente haciendo algo más que proclamar el vuelva usted mañana, que los centros deportivos estén abiertos… No hay grandeza en el día a día. Ni titulares. Ni fotos que llevar a una portada.

Los políticos lo saben. Y saben también que con una hoja de servicio de pura supervivencia no se pueden ganar unas elecciones. ¿O sí? Hasta que llegaron los recortes y se acabaron las tijeras y las cintas inaugurales, pocos ayuntamientos se han salvado del “puedo prometer y prometo” del político de turno ni han esquivado el golpe de realidad que subyace en esa gráfica frase que ya se ha erigido en toda una máxima de pragmatismo municipal: “Ya lo pagará el que venga detrás”.

Fueron los años de las obras faraónicas, los grandes viajes de trabajo y los cócteles con champán. Y fueron también los tiempos de la movida municipal -desde el tráfico de influencias y los tratos de favor hasta los delitos de corrupción- que ahora empieza a ocupar protagonismo en el banquillo de los tribunales. La Fiscalía acaba de pedir 8 años de cárcel para el exalcalde Torres Hurtado (PP) por el caso Serrallo y no es más que un aperitivo de lo que significará el desenlace de la operación Nazarí. Puede que no circularan maletines pero los excesos se pagan.

Es la misma lección que nos acaba de dar Cristina Cifuentes desde Madrid -la ya expresidenta de la Comunidad ha terminado cayendo por el “escándalo” de robar dos botes de crema antiarrugas en un supermercado- al evidenciar cómo la crisis y la corrupción han convertido en toda una heroicidad la misión de resistir. Frente a los otros y frente a los propios.

Perfil plano. Laconismo. Estabilidad. Lo practica Rajoy con la misma vehemencia con que lo invocaba hace unos días Susana Díaz insistiendo en que no habrá adelanto electoral en Andalucía y lo defendía el actual alcalde, Paco Cuenca, cuando se cumplían dos años de la intervención policial que acabó desalojando al PP de la Plaza del Carmen: el valor de la “etapa de tranquilidad” en que ha entrado Granada frente a los “continuos líos” del equipo de gobierno de los populares.

¿Pero con la normalidad se pueden ganar unas elecciones? ¿Con subir la persiana cada día se puede justificar una gestión? ¿La resistencia a qué precio?

Los músicos de la OCG han vuelto a dar la voz de alarma por la situación de la orquesta. Las instituciones lograron buscar una salida puntual para el problema de personal pero la crisis financiera no se ha resuelto. No hay recursos. Ni para pagar las dietas a un artista invitado. Lo que está contra las cuerdas es su calidad y su prestigio; que no es otra cosa que su sentido de ser y su futuro. Es un desafío de todas las administraciones, no sólo de la capital, pero es un buen ejemplo de las trampas que conlleva el cómodo ejercicio de levitar. Sobre todo, si ni siquiera se consigue un mínimo de solvencia y credibilidad.

Cuando el Gobierno apruebe por fin los Presupuestos Generales del Estado, recuperaremos cierta “normalidad” y “estabilidad” pero ninguna de las partidas relacionadas con la resistencia de Rajoy tendrá recorrido mediático. Solemos decir que el periodismo no es más que el reflejo de la sociedad. Pues bien, reconozcámoslo: no hay ningún atractivo en la inercia.

Pero, ¡cuidado!, todo cambia si se tambalean los cimientos de la rutina: no puedes vender que pagas a fin de mes a los trabajadores municipales, pero sí que las próximas nóminas corren peligro. No puedes vender que los autobuses y el Metro circulan cumpliendo las frecuencias, pero sí que se interrumpe el servicio por una huelga. Eso sí, quienes lo rentabilizan son los otros. Los que acechan contando los días para citarse en duelo en las urnas. Resistir se ha convertido en toda una heroicidad, sí, pero no es garantía de nada.

OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

mark

El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

Maldita hemeroteca: ¿Más tijera o más impuestos?

Magdalena Trillo | 12 de junio de 2016 a las 10:23

No sólo la crisis nos ha obligado a reciclarnos con cursos avanzados de economía aplicada; también la política. No le prestábamos atención cuando había dinero para invertir, cuando no lastraban los números rojos la gestión y cuando el debate presupuestario se centraba en la discusión -con un inevitable trasfondo electoral- sobre el destino de las partidas. A qué barrios se premia y castiga, a qué comunidades autónomas, a qué colectivos…

Ahora no cuadran las cuentas. Después de ocho años de duros recortes, la aprobación de unos presupuestos que permitan apuntalar la supuesta recuperación se está convirtiendo en una misión imposible en los ayuntamientos que más han soportado la caída de ingresos -y cargan con una insostenible mochila de deuda millonaria con bancos y con proveedores- y en una excusa perfecta para desmontar los quebradizos gobiernos que se han conformado en el último año tras la irrupción de los partidos emergentes, la pérdida de la tranquilidad de las mayorías absolutas y el debilitamiento del bipartidismo.

Cataluña, con el plante de los radicales de la CUP y una moción de confianza contra el presidente Puigdemont a la vuelta del verano, es un ejemplo contundente del fracaso que suponen las huidas hacia adelante. En estos momentos, el horizonte es celebrar otra vez elecciones -ya casi vamos al ritmo de unas por año- y asumir que la inmolación de Artur Mas para favorecer el gobierno de Junts pel Sí para la desconexión con España no ha servido de nada. Otra legislatura fallida. De nuevo la constatación de lo efímero que es someter un gobierno a un partido antisistema, anticapitalista y antieuropeo que decide en reuniones asamblearias.

El diseño de un presupuesto no es un formalismo menor; es el esqueleto de la acción de gobierno. Las tablas excell de ingresos y gastos no son (sólo) economía, son el instrumento para hacer política. Y tampoco en Granada hemos conseguido aprobarlo este año. Antes de ser desalojado del gobierno de la capital tras el escándalo del caso Nazarí, el equipo de Torres Hurtado consiguió dar luz verde a las ordenanzas fiscales pero la pretensión de subir un 10% el IBI frenó en seco la negociación con la oposición. La izquierda municipal no iba a permitir aumentar la presión fiscal sobre los ciudadanos. Tampoco sus ‘socios’ -ahora adversarios y quién sabe qué después del 26-J- de Ciudadanos.

Un mes después de que el PSOE haya tomado la Plaza del Carmen, lo que planea en el debate local es una subida del 20%. ¿El “plan oculto” de los socialistas para sanear las cuentas? ¿Una intoxicación tendenciosa del PP en plena campaña electoral? En cualquier caso, una absoluta contradicción. A diferencia de la política de declaraciones -subjetiva, difícilmente contrastable y en muchos casos imposible de verificar-, lo bueno de esta parte de la gestión pública es que siempre termina en hechos. En realidades. Y una insorteable es que no hay más recorrido para cuadrar las cuentas -las de cualquier casa; las de cualquier país- que controlar ingresos y gastos. Es decir, que sólo podemos hacer frente a los agujeros y a los imprevistos de dos maneras: ajustándonos el cinturón o ganando más. Tijeras o ingresos extra.

Si la situación económica del Ayuntamiento es como la está pintando el equipo socialista -en el “precipicio”, a un paso de la “intervención”-, parece evidente que los próximos meses seremos testigos de durísimos titulares. El PP sospecha que lo que está haciendo el equipo de Paco Cuenca es preparar el terreno para aprobar una fuerte subida de impuestos con la excusa de la herencia recibida y la mala gestión del PP. Esta misma semana los ha acusado de “alarmistas” y ha puesto sobre la mesa la impopular medida del aumento del IBI.

El PSOE tiene ahora la “responsabilidad” que exigía hace unos meses al PP de presentar un proyecto de presupuestos y en su mano está también la decisión de ir por el camino fácil de la subida de impuestos o el correoso de lograr más ingresos renegociando con las empresas públicas, reduciendo gastos de funcionamiento, mejorando la eficiencia de los servicios, abriendo “innovadoras” vías para recaudar más y gestionar mejor… Ellos mismos le dieron las recetas al PP cuando estaban en la bancada de la oposición.

Es economía, es política y es coste electoral. Tal vez irreparable si hablamos de volver a tocar el bolsillo de los ciudadanos después de pasar años exigiendo lo contrario. Siempre estará la coartada de la “herencia recibida” pero también la maldita hemeroteca.

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

El 20-D: ¿duermen poco los políticos?

Magdalena Trillo | 18 de octubre de 2015 a las 11:40

Hay que dormir más y hablar menos. El primer consejo lo habrá leído mil veces en la prensa del corazón. Es una respuesta de manual; la explicación “sensata” del famoso de turno cuando el entrevistador cumple tópicos y le pregunta por los secretos de su belleza, de su tez radiante y de su insolente estado de forma. Lo de medir las palabras, exponerse poco y no meter la pata gratuitamente seguro que se estudia en primero de Políticas. La propia ministra Ana Pastor lo recordó este viernes en Granada a cuenta de la A-7 y el AVE: “Para las personas que tenemos responsabilidad política es muy importante tener coherencia, que consiste en hablar poco, hacer mucho y cumplir”.

Pero ya sabemos que los consejos se creen poco y se siguen menos. En demasiadas ocasiones, reconozcámoslo, por fundada desconfianza. La receta del sueño, por ejemplo, siempre me ha recordado a las dietas milagro y siempre he terminado comprobando la sospecha inicial: sin esfuerzo no hay nada que hacer. Esta semana, sin embargo, he vuelto a dudar con la opereta en tres tiempos que nos han ofrecido los políticos: inconscientes declaraciones bomba en el primer acto (ahora las llamamos “desafortunadas” e “inoportunas), intento de explicación-matización en la segunda parte y cierre del bucle en la tercera como una provocadora vuelta a empezar.

Faltan ocho semanas para las elecciones generales y sí, los nervios, se han colado en la precampaña. Mi hipótesis es que duermen poco. Me explico. Las razones no son de belleza sino de rendimiento y lucidez. Y no se argumenta desde el glamour pensando en Gisele Bündchen sino desde la ciencia. Resulta que el sueño profundo, incluso dormir la siesta, puede aumentar la inteligencia. Es el National Geographic quien se ha hecho eco de los resultados de un estudio que se presentó en California durante la convención anual de la Asociación Americana de Psicología sobre el impacto del sueño MOR (movimientos oculares rápidos cuando la fase es más intensa). La psiquiatra Sara Mednick constataba cómo dormir puede ayudar a estimular la memoria y la creatividad y, en un estudio independiente, el profesor de Harvard Daniel Schacter da un paso más y avanza que hasta puede ayudar a “imaginar” y “planificar el futuro mejor”.

margallo montoro

No lo deben saber Montoro ni García Margallo. El titular de Economía, que lleva cuatro años esforzándose en ser uno de los ministros peor valorados por los ciudadanos, se ha superado esta semana con su intempestivo modo de animar a la tropa para el 20-D: a Aznar le ha criticado que se dedique a dar lecciones desde fuera y le ha pedido que “no moleste” -que están “operando”-, a Rodrigo Rato le ha afeado que recurra a ‘black’ para ahorrarse unos miles de euros, al responsable de Exteriores le ha reprochado su “arrogancia intelectual” y, puestos a dar titulares, por qué no proclamar que “hay compañeros que se avergüenzan de ser del PP”. Al día siguiente… que si es un bromista, que si no se explicó bien, que si no se le entendió… Hasta que Margallo se sincera y le devuelve la coz: “Si eres ágrafo y no lees…”.

Todo esto ha sido en los periódicos y en los pasillos. Puro espectáculo. La crisis real del PP se evidenciaba en el País Vasco con la renuncia de su líder, Arantxa Quiroga, o en Granada a escala doméstica con el partido expedientando a la concejal de Urbanismo por cuestionar los compromisos de Fomento y exigir a la ministra que firme un documento garantizando que el AVE llegará soterrado en una segunda fase a la capital.

La ‘rebelión’ vasca se ha maquillado (que no sofocado) en menos de 24 horas recurriendo a uno de los incondicionales de Sáenz de Santamaría, el ministro Alfonso Alonso y presidente del PP alavés, y evidenciando una vez más el peso de la vicepresidenta -dentro y fuera de La Moncloa- frente a una cada vez más cuestionada Dolores de Cospedal -y no sólo por su enemistad con Javier Arenas-.

ana pastor

La minicrisis del PP a nivel local podría zanjarse si es verdad que el futuro del AVE depende de que haya voluntad, diálogo y “consenso” y no es un problema de presupuesto. Tenemos dos meses para comprobarlo. Realmente, pese a la polémica por la contundencia e inoportunidad de las palabras, el trasfondo de lo que han dicho estos días Isabel Nieto y Ana Pastor no es realmente nuevo: la edil del PP, que siempre ha sido crítica en este tema, hace bien en dar la alarma y avisar de que, tras el 20-D, pocos pueden asegurar quién estará al frente de Fomento en Madrid y qué decidirá sobre el millonario proyecto si no hay un documento firmado que “obligue”. Más aún si recordamos los incumplimientos, modificaciones y retrasos que, con todo más que firmado, suelen tener las grandes iniciativas en esta ciudad. Porque, como el Metro nos ha demostrado en los últimos años, una cosa son los compromisos -incluso firmados- y otra bien distinta la realidad.

En paralelo, en público y en privado, la ministra no ha dejado de insistir en esta legislatura en que no tomará ninguna decisión “de espaldas” a la ciudad y sin un respaldo absoluto de todos los grupos. Lo del expediente del PP provincial queda muy mediático -la lectura más certera habría que realizarla en clave interna de partido y recuperar la tesis de la batalla ya poco soterrada del partido con la Plaza del Carmen- pero, siguiendo la instrucción de la propia ministra, sería mucho más rentable ser consecuentes: hablar poco y hacer más. ¿No hay tiempo hasta el 20 de diciembre?

isabel-nieto

Si es o no por culpa del insomnio, el caso es que Isabel Nieto nunca ha sido políticamente correcta. Ni lo ha pretendido. Los ejemplos los custodian las hemerotecas pero hay uno reciente especialmente significativo. Me refiero al pasado mes de julio cuando, tras una de las protestas de los vecinos de La Chana, la edil sorprendió a los medios desvelando que a ella no le cogían el teléfono en Fomento ¡desde hace años! y aseguró que el Ayuntamiento remitió en mitad de mandato un convenio al Gobierno para cerrar el compromiso sin que “hasta ahora haya obtenido respuesta”.

A su edad, con poco que pelear y menos que perder, tampoco se desvela Torres Hurtado para quedar bien con sus compañeros. Lo digo por la franqueza con que ha apoyado a su concejal y ha bromeado con las meteduras de pata de unos y otros: “El partido está un poco nervioso. ¿Ha visto lo nerviosos que se ponen todos los candidatos en elecciones? Es como los novios”.

Un taxista me decía esta semana que llega una edad en la que ya no interesa hacer tonterías; que nos volvemos más responsables. Mi teoría es otra. Al menos para los políticos. Bocazas hay siempre, pero creo que hay una edad en la que por fin se liberan de las cadenas de los aparatos, se pierde el miedo y se dice lo que se piensa. Correcto e incorrecto. Miren a Montoro y a Margallo. Para contar ‘divertimentos’ de este tipo merece la pena ser periodista; para leer ‘ataques de sinceridad’ estilo Nieto merece la pena comprar un periódico todos los días.