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Las cejas del cine

Magdalena Trillo | 20 de febrero de 2018 a las 10:10

Con Verano 1993 me dormí. No cuestiono la belleza de los planos, las conmovedoras lágrimas de Frida y hasta lo pedagógico de distinguir entre una lechuga y una col. Pero la ópera prima de Carla Simón me ha resultado tan desesperante y soporífera como los power point de Terrence Malick en El árbol de la vida.

Aun así, es una película necesaria. Forma parte de eso que los australianos bautizaron como la “economía creativa” y reúne todos los intangibles de lo que entendemos por un producto cultural: el valor de lo original y lo simbólico, su función social, el riesgo inevitable al que se enfrenta y el mercado imperfecto en el que se desenvuelve.

Ahí está la grandeza de las industrias culturales. Por su irreverencia y su sentido crítico. Por sus aciertos y sus fracasos. Por su contribución a la diversidad y al afianzamiento de nuestra identidad. Por cuanto supone situarlas (también) en el centro del modelo económico desafiando aquella idea de la “cultura como hormiguero” que popularizó Michel de Certeau.

Nos lo podemos creer o no. Es ideología. La que está detrás de la subida o bajada de impuestos, del IVA cultural y la que subyace en la nueva Ley del Cine. El borrador que ha empezado a circular evidencia que la cultura sigue malviviendo “en los márgenes” y vendría a justificar aquel movimiento de la ceja que irrumpió con ZP.

El sistema de ayudas castiga al cine de autor frente a las grandes producciones y a los lobbies de la distribución. Cuando la industria del cine consigue, por fin, demostrar el impacto suicida que ha supuesto para el audiovisual español un modelo de ayudas sujeto a la taquilla, se fijan unos criterios previos de reparto que encumbran a los directores de éxito, a las productoras que ya dominan el establishment y a las majors. Tratamos el celuloide como una mercancía más. Sin espacio para sorpresas como Ocho apellidos vascos ni bofetadas de talento como Tarde para la ira.

Se trata de la letra pequeña (como hace unos días criticaban desde El español) que el Gobierno esconde y envuelve en el efectista marketing del relato feminista: y es que la nueva ley premiará los proyectos impulsados por mujeres. Eso es lo que se ha vendido. ¡Bien! Pero el ADN no es garantía de nada. No es mejor película Verano 1993 porque lleve la firma de una mujer ni peor Las formas del agua porque emerja del sistema con un cineasto como Guillermo del Toro detrás. El debate es otro. Uno que tampoco toca. No en tiempos electoralistas de dilación y de confusión. No cuando quienes gobiernan no tienen tiempo de ir al cine. Ni interés.

OCG: la Granada cultural hace aguas

Magdalena Trillo | 21 de enero de 2018 a las 10:30

En 25 años de trayectoria, tanto pesan en la OCG los momentos turbulentos de flirteo con la bancarrota como los excelsos de las primeras figuras internacionales, las giras europeas y las grabaciones históricas. Ahora toca sufrir. Empezamos en 2012 con los recortes de la crisis y, una década después, la situación es de agonía. No hay dinero “ni para pagar un taxi”. Las últimas temporadas se han puesto en pie tirando de amigos y a golpe de voluntarismo. El problema, para empezar, son las nóminas. Pero es también la renovación de los instrumentos. Y el vestuario. Y los gastos de funcionamiento. Y, por supuesto, la programación.

Cerramos hoy una larga semana en Fitur en la que Granada se ha vendido como uno de los mejores destinos de turismo cultural de toda Europa: la ciudad de la literatura y de los festivales; la ciudad de la música; la capital cultural del 2031 aunque el título aún no sea oficial. Los folletos de los touroperadores lo aguantan todo. Incluso esa publicidad engañosa de Granada ‘la bella’, la de postal, que poco tiene que ver con esa otra que sufrimos todos.

Y no tenemos que autoflagelarnos mirando a Málaga y sus museos de franquicia -refugio por cierto de los turistas en busca de sus acogedores inodoros-; basta mirar las telarañas del Centro Lorca, echar un vistazo a la redundante y mediocre cartelera de cine o preguntarnos dónde están los grandes novelistas e intelectuales que un día desfilaron por el Hay Festival y la Feria del Libro o esos músicos de primer nivel que, de verdad, movían al exigente público internacional. Seguimos sin saber siquiera si queremos el Gran Museo de la Ciudad -menos aún con qué y para qué- pero sí tenemos una legión de grafiteros destrozando el Albaicín.

El Arqueológico sigue cerrado, el proyecto del Teatro de la Ópera de Kengo Kuma duerme en algún cajón y buena parte de las instituciones culturales subsisten con respiración asistida -los Rodríguez-Acosta, por ejemplo, se han echado en los brazos de Junta conscientes de que no tienen recursos ni para mantener el Carmen y la Fundación Ayala camina silenciosa casi pendiente de la generosidad de la viuda del escritor-.

No es melancolía; no es ninguna enmienda a la totalidad. Importan las prioridades y el criterio en la política cultural -sólo conseguir que las instituciones no se contraprogramen y repartan sus propuestas a lo largo de todo el año para contribuir a desestacionalizar ya sería todo un éxito- pero lo que luce es el dinero. Con talonario se puede llenar teatros y estadios, programar festivales con impacto mundial y salir en las críticas más elitistas de la prensa cultural.

El Año Lorca no es suficiente. Para un accidentado mandato tal vez sí pero no para justificar la Granada cultural que vendemos como “emblema de ciudad”, como “seña de identidad” y como “palanca de desarrollo”. En ese retrato, en el horizonte del Festival de Música y Danza que firmará Heras Casado, con el aniversario del Concurso de Cante Jondo del 22, en plena carrera por la Capitalidad Europea, la OCG es uno de sus baluartes. Podemos dejarla morir -precipitar su caída a “orquesta de provincia”-, podemos parchear el problema pegando una patada a la deuda para los próximos diez años o nos lo podemos creer y buscar una solución.

Coinciden los músicos y el director, el italiano Andrea Marcon, en que la salida debe ser un acuerdo como el aprobado en Sevilla hace dos años para evitar la disolución de la Real Orquesta Sinfónica (ROSS): liquidar la deuda y poner el contador a cero. Desde el Ayuntamiento y desde la Consejería de Cultura hay sintonía -lo han asegurado públicamente esta misma semana- y “buena voluntad” para afrontar el desafío. ¿Pero habrá dinero para plasmarlo en el Consejo Rector que se celebrará a primeros de febrero?

En Sevilla no fue fácil. Los músicos llegaron a ir a la huelga y se tuvo que implicar toda la ciudad para presionar. La situación de la OCG es de quiebra técnica con una deuda cercana a los 1,2 millones que -no lo olvidemos- se ha originado por los recortes de las propias instituciones: 800.000 euros de ajuste (más del 40%) en la última década. A la plantilla se le redujo el salario y se le ha quitado una paga extra durante cuatro años seguidos. Si de verdad estamos en una fase de normalización económica -ahí está el ejemplo de la restitución de derechos en sanidad y educación-, la apuesta cultural no debería quedar relegada.

No será fácil en una ciudad al borde la intervención en la que el deporte de la oposición es tumbar cualquier iniciativa del equipo de gobierno. No será fácil en un país en el que cuatro de cada diez ciudadanos confiesan que no tienen el más mínimo interés por la cultura; que prefieren irse de fiesta antes que al teatro, a un concierto o a un museo. Y tampoco en un contexto fiscal y de políticas públicas de ninguneo a la cultura con una prometida ley de mecenazgo que nunca llega y con un IVA que sigue castigando el consumo cultural.

Ya sabemos que Montoro no está para rebajas pero al menos el debate debería volver a situarse en el foco público: en Francia más del 60% de los patrocinios son de pequeñas y medianas empresas. En Granada, y la situación es extrapolable, hay lo que hay, con las obras sociales de las cajas desaparecidas y con un puñado de empresas que llevan sobre sus espaldas la dinamización cultural sin apenas incentivos y cubriendo los amplios espacios que van dejando las instituciones públicas.

Estamos, sin embargo, en un contexto que podría animar al optimismo para la OCG: el precedente de Sevilla -allí sí se pudo y, aquí, la implicación de la (actual) Diputación debería ayudar- y el escenario electoral. La Granada de la Capitalidad Cultural necesita a su orquesta y la Junta necesita pacificar de cara a las próximas autonómicas -se adelanten o no- sin desatar otra tormenta como la sanitaria.

La experiencia podría ser clave, además, como fórmula para ensayar en otros proyectos culturales pendientes y, sobre todo, para dar contenido a la Capitalidad Cultural con propuestas que vayan más allá de la fiebre por la titulitis y de las celebraciones efímeras como ocurrió con el Milenio o la Universiada. Lleva razón Isidro Toro cuando se indigna por el nuevo “parche” que significará la reforma del Arqueológico y con la urgencia de contar con una política cultural con visión y con ambición: “No hay derecho a que las colecciones que tienen la Diputación, la UGR y el Ayuntamiento no estén al alcance de la ciudadanía”.

“Altura de miras”. El propio consejero lo pidió esta semana para el Centro Lorca con el acuerdo para la llegada del legado del poeta. Sí, pero no sólo para Lorca; no sólo para la Alhambra. Y, aunque no sean momentos tan históricos ni tan fotogénicos, con la responsabilidad de empezar tapando las muchas goteras que atenazan la Granada cultural.

Turismo de copy-pega

Magdalena Trillo | 19 de diciembre de 2017 a las 10:00

Viajar más. Más lejos, más barato, más fácil, más rápido, más exótico. La historia de la especie humana es un continuum de evolución pero también de movimiento. Siempre hemos estado viajando, adaptándonos, atrapados por la curiosidad y descubriendo sitios nuevos. Somos el homo videns por imperativo de la galaxia digital pero también el homo mobilis. Desde Otzal, el hombre de hielo que fue descubierto en los Alpes ya llevaba un hacha de cobre de la lejana Toscana, hasta los millones de personas que cada minuto nos subimos y bajamos de un avión para hacer turismo a contrarreloj. Como borregos.

Pero lo masivo es incompatible con lo excepcional. Del mismo modo que el arte pierde el valor de único cuando lo sometemos a las dinámicas de la reproductibilidad, el low-cost democratiza el ocio pero hundiéndolo en el terreno de lo mediocre y llevándonos al colapso y a la saturación. ¿Una escapada en Navidad? Destinos maltratados y desnaturalizados y barrios despoblados convertidos en escenarios de cartón piedra. ¡Las mismas caras en los mismos sitios!

Los efectos de la fiebre viajera -mis padres están moviéndose más de jubilados que en toda su vida- tal vez puedan tratarse pero no curarse. ¿Nos encerramos en casa para no sufrir el estrés del turista? ¿Ponemos muros en nuestras ciudades para protegernos del foráneo? El escenario se complica si pensamos que el “viajar más” tiene una segunda parte -el dónde- que se está traduciendo en una creciente disputa entre los destinos para conquistar y exprimir al turista. ¿Queda ya algún recóndito rincón que no esté inventando cómo subirse al carro del turismo?

Todo es posible copiando y a golpe de talonario. En lugar de potenciar los valores propios, de recuperar lo autóctono, competimos plagiando. El virus del copy-pega aplicado a nuestras ciudades. ¿Nos gusta el Louvre? Nos construimos uno. ¿Preferimos el Pompidou? Ponemos una franquicia…

Málaga, por ejemplo, ha acertado (en unos casos más que en otros) con su política museística de alianzas y Bilbao se ha logrado reinventar con el Guggenheim pero naufraga estrepitosamente con el contenido… Copiar también es un arte. Hay que saber qué se copia y cómo se copia. Lo sabía Mark Landis, el mayor falsificador de la historia, y lo saben en Abu Dhabi cuando son capaces de abrir una nueva era en Oriente Medio levantando de la nada una ciudad museo con el marchamo de Nouvel. Es dinero, sí, pero también criterio y estrategia. Nos movemos en masa, sí, pero también exigimos más.

¿A qué aspira Granada?

Magdalena Trillo | 22 de febrero de 2015 a las 22:12

Simplificando mucho, el problema del Atrio que Álvaro Siza ha diseñado como gran puerta de entrada a la Alhambra es que es mucho proyecto para Granada. ¡Otra vez! Ya nos pasó con la grandiosa estación del AVE que el Gobierno socialista encargó a Rafael Moneo en 2009 para resarcir a la ciudad por tantos años de comunicaciones tercermundistas y promesas incumplidas y, sólo un poco después, lo tendríamos que volver a vivir con el Teatro de la Ópera de Kengo Kuma, aquel espectacular Granatum con el que el arquitecto japonés ganó hace siete años el concurso de ideas que culminó un interminable debate sobre si Granada necesitaba o no un gran espacio escénico. Al final dijimos ‘sí’ pero la realidad nos corrigió.

Los dos proyectos están en un cajón. Los dos se plantearon con ambición y los dos han sucumbido a la crisis y a las propias dinámicas destructivas de esta ciudad. El AVE se ha descafeinado por el camino y nada tienen que ver los 570 millones que iban a invertirse en la Estación Mariana Pineda con el parcheo que se está realizando en estos momentos en Renfe para recibir un tren low cost, sin soterramiento en La Chana y con una más que cuestionable velocidad. Bien es cierto que, esta vez, llegará. Con un alto precio para Granada -¿alguien confía en que el proyecto sea a medio plazo reversible’-, pero llegará. Y casi al mismo tiempo que lograremos terminar las obras malditas de la A-7 y veremos el Metro empezar a funcionar.

El vanguardista edificio de Kengo Kuma, un arriesgado proyecto que nada más darse a conocer se convirtió en un referente arquitectónico para profesionales y alumnos, se concibió como una granada abierta a la Vega que coqueteaba en la distancia con la Alhambra y Sierra Nevada, dialogaba con el Parque de las Ciencias y el Museo de la Memoria y dotaba a la ciudad de un auditorio con 1.500 localidades técnicamente preparado para poder programar espectáculos de primer nivel de teatro, danza y, por fin, ópera. No era (sólo) un proyecto para ser contemplado; era un proyecto para ser “experimentado”.

Esta semana nos contaban que técnicamente no está muerto, que está en fase de “supervisión” en la Consejería de Cultura y que, incluso, podría rescatarse si se consiguen unos fondos europeos que están pendientes de consignación. Por Sevilla, de momento, no quieren ni oír hablar de Kengo Kuma. Si los 45 millones que se destinarán en cinco años al Atrio han conseguido despertar el fantasma del turista ‘mochilero’ y hasta IU se ha posicionado en contra después de firmar un convenio para financiarlo (el mal de la incoherencia no es exclusivo de socialistas y populares), imagínense lo que podríamos armar si recuperamos el Granatum del japonés y no sólo pensamos en construirlo sino también en mantenerlo y en programar.

Pero, sinceramente, una cosa es la prudencia y la tan reclamada “sostenibilidad” y otra bien distinta la miopía. ¿No tenemos ya bastantes chapuzas en Granada? ¿No nos fustigamos lo suficiente viendo la actividad del faraónico aeropuerto de la Costa del Sol con su casi centenar de conexiones internacionales? ¿No nos lamentamos del salto que Málaga ha dado en su oferta cultural con los millonarios proyectos museísticos que su alcalde (también del PP) ha sacado adelante en plena crisis y nos empezamos a preocupar por si aquí, también, perdemos liderazgo?

¡En qué quedamos! Debería dar miedo pensar qué nueva polémica nos vamos a enredar en los próximos meses cuando Granada culmine las grandes infraestructuras que nos han tenido ocupados en la última década. La línea marítima a Melilla promete pero, sin duda, resultará más jugoso -y mediático- lanzarse sobre la Colina Roja. O sobre la Sierra. Me niego a defender que es algo consustancial al ADN del granadino. Y menos ahora… que hasta los científicos han desmontado el asentadísimo mito de que la alta montaña multiplica las posibilidades de sufrir un infarto.

Nada puede haber en el ambiente de esta Granada que siempre ha sabido cautivar viajeros y fascinar hacia fuera para que, de puertas adentro, nos repleguemos y no seamos capaces siquiera de permitirnos el lujo de tener aspiraciones. Y no hablo de dibujar castillos en el aire; hablo de empezar resolviendo nuestro problema de autoestima y falta de visión. Hablo de tener personalidad para saber hacia dónde queremos que camine Granada sin copiar al de al lado ni entrar en insufribles disputas de agravios. Hablo de lograr un mínimo consenso político y social para saber por qué vamos a luchar. Hablo de no acomodarnos pidiendo el ‘café para todos’ en todas las escalas.

¿De verdad no queremos subir a la Alhambra cualquier noche de verano del Festival y terminar la velada tomando unas copas en la terraza del restaurante que ha diseñado Álvaro Siza? ¿No nos gustaría llegar a un parking decente sin doblarnos un tobillo al salir del coche? ¿No preferirán los turistas hacer cola para comprar una entrada sin mojarse cuando llueve, helarse de frío o morirse de un sofoco? Nos equivocamos de debate si lo reducimos a oportunismos (e inoportunismos) electorales. Puede -y debe- haber discusión pero atrevámonos, por una vez, a no pensar a la defensiva y hagámoslo con un planteamiento constructivo. Se puede entender que ni la estación de Moneo ni el Teatro de Kengo Kuma hayan sido proyectos asumibles en momentos de durísimos recortes. Pero el de Alvaro Siza, al menos en teoría, se podría afrontar: ¿no sentiriamos envidia si el proyecto si se hubiera planteado para Málaga?

Aunque sorprende la intensidad del revuelo cuando hace más de cuatro años que se aprobó el proyecto y se dio a conocer, entendamos que es ahora, en el momento en el que nos recuerdan que (éste sí) se va a ejecutar y vamos al detalle de la obra, cuando toca el turno de la polémica…

Desde el punto de vista arquitectónico, pocas voces lo cuestionan. La envergadura de la actuación y la financiación es otro tema. Y, por supuesto, en el trasfondo siempre está el recurrente debate sobre el aislamiento de la Alhambra y el agrio cuestionamiento a la política de gestión actual. Del “no sostenible” y el “disparate” al miedo de convertir el monumento en una “isla” para turistas.

Dicen que perjudicará a los hosteleros: ¿alguna vez dejarán de quejarse nuestros empresarios del sector turístico?, ¿alguna vez les oiremos confesar que les va bien? Dicen que es un “exceso” cuando hay tantas necesidades de inversión cultural en Granada y cuando la propia Junta de Andalucía está recortando inversiones de mayor necesidad social: ¿estaríamos con este debate si no se hubiera convocado el 22-M y faltaran menos de tres meses para las municipales? Dicen que “no es el momento”: ¿alguien sabe cuándo es el momento de que nos pongamos de acuerdo en algo en esta ciudad?

Estaría bien empezar preguntándonos, -y contestando con honestidad-, si saben los políticos, si saben los responsables institucionales, si sabemos nosotros, a qué aspiramos.

Y quién rescata la cultura

Magdalena Trillo | 8 de julio de 2012 a las 19:35

Invertir en cultura ha dejado de ser rentable. Y no hablo de los clásicos problemas de financiación, sino de política. Si durante siglos la cultura ha tenido que esforzarse por demostrar su utilidad social, ahora es la crisis la que cuestiona su propia rentabilidad en una esfera pública donde ya no hay espacio para operaciones de exhibición mediática y mucho menos para focos y flashes a cualquier precio. La cultura se ha convertido en la víctima más callada e invisible de la crisis; tan importante como la educación o la sanidad, pero sin altavoces capaces de reclamar su rescate. Ni política ni socialmente es una prioridad. ¿Qué puede ofrecer el mundo de la cultura a gobiernos y ciudadanos en estos momentos de incertidumbre y regresión social? ¿Debemos invertir en cultura cuando no lo hacemos en carreteras, becas u hospitales? Si sólo vemos la cultura como entretenimiento, ocio de masas y arte de la evasión, tal vez no. ¡España no está para más despilfarros! Pero sería un planteamiento tramposo, tendencioso, si atendemos a la verdadera dimensión de la cultura como factor de crecimiento y cohesión de los pueblos, como motor de desarrollo por su aportación efectiva a la economía de un país o como instrumento de empleo y generación de riqueza.

El problema es doble: no hay dinero y tampoco modelo. En los últimos años, atraídas por la productiva inversión que las actividades culturales siempre han supuesto en prestigio e imagen, las instituciones han vampirizado el sector de las industrias culturales con la misma intensidad que han dejado escalar la burbuja del ladrillo. Lo público ocupaba su espacio, del imperativo de la conservación patrimonial a su papel como garantista de un derecho cada vez más fundamental en los Estados modernos, pero también invadía la esfera privada anestesiando el tejido creativo con un irracional modelo de subvenciones que ha terminado siendo absolutamente insostenible.

Hoy, las programaciones municipales rozan la anorexia, las fundaciones se quedan sin presupuesto y los teatros crían telarañas. Mientras salvamos al sistema financiero e intentamos recomponer el escenario en una España sin rumbo, enterramos los festivales que se multiplicaron como clones sin otro sentido que el rédito electoral y dejamos desasistidos a los artistas y promotores que se tuvieron que acostumbrar a operar viviendo de lo público o lidiando con su competencia desleal.

Aquí sí que necesitamos reformas. Y profundas. Me refiero, por ejemplo, a la Ley de Mecenazgo. En Estados Unidos y en todo el mercado anglosajón, la entrada de capital de empresas y particulares a las actividades culturales es una rutina: legiones de ciudadanos sostienen proyectos tan emblemáticos como el Metropolitan de Nueva York y el Convent Garden de Londres y estrategias como el crowdfunding (financiación a pequeña escala a través de la red), el fundraising (captación de fondos) y el naming (intercambio en especie con la incorporación del nombre del patrocinador) se han convertido en salvavidas de multitud de proyectos. Son numerosas las empresas, y también los particulares, que tienen asumida la cultura del mecenazgo y quieren invertir en cultura.

¿Más que en España? Hay un problema de tradición y de mentalidad pero no parece que haya menos vocación cultural y social, sobre todo, si se premia con una compensación fiscal. Hace un par de meses el ministro Wert habló de desgravar hasta un 70% (ahora es el 25%) e incluso de un 100% en el caso de los primeros cien euros donados por las personas físicas. Aunque primero tendrá que ‘convencer’ a Montoro, sería un paso para repensar el modelo y resituar el papel de lo público y lo privado; de las administraciones, las empresas, el tercer sector y los ciudadanos. Si se lo pudiera permitir y además conllevara un incentivo, ¿por qué no ayudar a sobrevivir a la Fundación Ayala? ¿Por qué no participar en la resurrección del Centro Guerrero? ¿Por qué no escuchar el SOS de los promotores independientes de esta ciudad?

Cuando a finales de los 90 Hannah Arendt abordaba La crisis de la cultura, decía que una crisis nos obliga a “volver a plantearnos preguntas” y advertía que, a veces, el problema es que buscamos las respuestas en la ilusión de un mundo posible; no en el real. La Granada cultural está en crisis. ¿Hay respuesta? Tal vez debamos empezar preguntándonos si realmente creemos en la cultura, si somos capaces de rescatarla devolviéndole su verdadera rentabilidad y si estamos dispuestos a utilizar la crisis como una oportunidad y un momento de apertura.

El futuro del Milenio, y del Legado…

Magdalena Trillo | 15 de agosto de 2010 a las 11:46

FRANCISCA Pleguezuelos se ha puesto al frente del Milenio y del Legado Andalusí con el látigo, el reloj a cero y el cronómetro en marcha… Ya se han publicado las bases del concurso público para diseñar el logo de la conmemoración, en su libreta empieza a sumar números con los primeros patrocinadores que ‘creen’ en el proyecto y, justo después del verano, tendrá un propuesta “solvente” para celebrar los mil años de la fundación del Reino de Granada.

Se lo prometió a Teresa Jiménez cuando se puso su nombre encima de la mesa para sustituir a David Aguilar. Sus planes eran otros: aires nuevos, aunque en Barcelona, bien alejada de los líos de la capital. Pero Paca es mujer de partido. Socialista ‘de cuota’, sin complejos, y feminista hasta la médula. Orgullosa y con una voluntad de hierro. Capaz de lograr el consenso social y político (por este orden) que requiere el proyecto y dispuesta a movilizar a media Europa, incluida la ‘oposición’, para cumplir su palabra. Y su palabra es una: que el proyecto va a salir.

Los de siempre ya la critican y otros muchos creen que es la persona que necesitaba el Milenio. El propio ex rector lo dijo en enero cuando tiró la toalla tras aguantar año y medio de ninguneo institucional. Volvió a su universidad y situó el problema: la conmemoración debía recaer “en un representante político” que pudiera coordinarla “con eficacia”.

Pleguezuelos ha llegado con fuerza y con ilusión, pero los retos, los problemas y las polémicas son las mismas. Para empezar, el lastre de tres años de olvido, de fracasos y de promesas incumplidas que han creado una tremenda desconfianza política y social. En segundo lugar, unos ajustes presupuestarios que amenazan con descafeinar la conmemoración y frustrar las expectativas lanzadas sobre el Milenio que se vendió como excusa para invertir en la provincia y recuperar tantos años de agravios.

Reconozcamos que, en pocas semanas, la ex eurodiputada ha sentado las bases del proyecto: un Milenio social y participativo que quiere vincular a la Alhambra y al Albaicín como señas de identidad, un Milenio que debe ser sinónimo de desarrollo económico y turístico para Granada y un Milenio que se propone abrir a África, a Europa, a Latinoamérica y a EEUU.

Ambicioso, sin ninguna duda. Pero también irreal si no hay un respaldo decidido de la Junta. Hablamos de dinero y, más aún, de voluntad. Voluntad es, por ejemplo, la idea que acaba de lanzar Paulino Plata de transformar el Legado Andalusí en una “especie de agencia” que, al estilo de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC), coordine todas las celebraciones previstas en Andalucía para los próximos años: el Milenio, pero también el Bicentenario de Cádiz, La Batalla de las Navas de Tolosa… Elconsejero de Cultura habla de una Fundación Andaluza de Patrimonio Histórico y propone extender las competencias del Legado a toda la historia de la región sin restringirlo a la época árabe.

Tras el fallido proyecto de crear una macroagencia cultural (la polémica fundación en la que se pretendía diluir a la Alhambra), este proyecto parece un nuevo intento de transformar el modelo de gestión pública en Andalucía con criterios de eficacia y eficiencia. Aunque necesario, urgente deberíamos decir, tal vez habría que empezar por el principio: ¿Es un globo sonda? ¿Sabemos realmente qué queremos hacer con el Legado? ¿Es el fin del proyecto que ideó Jerónimo Páez hace 25 años? ¿Es una huida hacia delante para dar sentido al tremendo presupuesto que se ‘come’ la institución?

Cuando Pleguezuelos asumió el reto de asumir el ‘marrón’ del Milenio puso una condición: contar con el equipo y la estructura del Legado. Sólo un año antes, su propuesta hubiera sido inviable. Sin embargo, la marcha de Páez dejaba el camino libre. Ahora, lo que está sobre la mesa no es sólo el futuro del Milenio. Es también el futuro del Legado. Y la primera pregunta sólo puede ser una: qué se pierde y qué se gana. Cuál es la letra pequeña.