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Superpolíticos

Magdalena Trillo | 23 de julio de 2017 a las 12:28

Como periodistas y políticos tendemos a converger y a explosionar con la misma intensidad que la energía de átomos, imagino que la precaución es compartida: nunca te fíes de un político/periodista que reniegue del alcohol. No sé si es leyenda urbana, sentido común o maledicencia, pero les puedo asegurar que es una lección obligada desde que nos estrenamos en el oficio como becarios de verano. Y es, en todo caso, una buena metáfora: las debilidades nos hacen humanos; los excesos, aun cuando se presenten en forma de proeza, nos debieran hacer sospechar. Como hacía Nietzsche frente al virtuosismo de Kant y como deberíamos hacer todos frente a sus “superhombres“.

El trasfondo es peligroso. Y es una trampa. Lo estamos sufriendo las mujeres cuando volvemos a echarnos a las espaldas el hogar -las tareas domésticas, la cocina, los hijos, los mayores…- porque ‘podemos’ con todo. Como trabajar -¿votar?, ¿vivir?- era un derecho y lo hemos conseguido, ya podemos permitirnos el lujo de ‘decidir’. Y lo que decidimos es convertirnos en superwomen. Pero sólo en apariencia. Cargadas con una pesada mochila de renuncias y con pies de barro.

Lo llamamos “libertad”. La misma palabra que utiliza la presidenta de Madrid para justificar que este año (tampoco) se va de vacaciones. Cristina Cifuentes se declara una “ferviente defensora de los derechos de los trabajadores”, incluido el referente al descanso estival que recoge el artículo 40.2 de nuestra Constitución, pero siempre que sea “voluntario”, “no obligatorio”. Por eso ella se pasará todo agosto en la Puerta del Sol. Porque no se le ocurre “nada mejor que hacer” y porque no conoce ningún otro sitio mejor “donde estar”.

Ni sus declaraciones ni el debate que se ha suscitado son gratuitos. Es verdad que corremos el riesgo de frivolizar si lo llevamos a la contienda partidista con interesados ataques contra los escurridizos planteamientos sociales y laborales del PP y, por supuesto, si nos colamos en la vida privada de la política madrileña para preguntarnos (incluso compadecernos) cómo es posible que alguien no sepa qué hacer con sus vacaciones. Que se lo pueda permitir y no quiera… Pero no es una polémica “surrealista” si lo situamos en la esfera pública, en la necesaria ejemplaridad que exigimos a quienes asumen responsabilidades de gobierno y por el inevitable eco social que tiene un cargo de su relevancia. ¿Su mensaje es el de la “superpolítica” que no necesita las vacaciones? ¿Situamos ahora el derecho a los 30 días de descanso remunerados al año como un acto de buena voluntad y “generosidad” del empleador?

Tal vez también tengamos que empezar a sospechar, a prevenirnos, ante los políticos “excepcionales” que no se van de vacaciones… Más aún en un país como el nuestro que no ha dejado de perder derechos, conquistas sociales y nivel de vida tras diez años de crisis y recortes en los que nos hemos empeñado en agigantar la brecha de las desigualdades. Y también con trampa: la del pan y el circo; la del fútbol y la corrupción.

En Francia, esta semana Axa Seguros ha aprobado el derecho de los trabajadores a la desconexión digital. No es ‘buenismo’, se recoge en su nuevo convenio colectivo: no tendrán que coger llamadas en su teléfono corporativo ni responder emails de trabajo tras finalizar su jornada. A diferencia de nuestra reforma laboral, esa que tanto le gusta al FMI, la francesa entró en vigor en enero e introducía como novedades las retribuciones “flexibles” y la necesidad de regular el uso de las tecnologías de la comunicación para garantizar, por ley, el derecho a descansar…

En España, esta semana podíamos elegir entre la ‘anécdota’ de Cifuentes, el culebrón del ‘Villarato’, el hartazgo ‘kamikaze’ de los independentistas catalanes y hasta la tragedia del banquero suicida. Incluso, en versión viral, teníamos a Ferrán Adriá estrenando el verano sexista con el primer cartel polémico de la temporada: cuatro espectaculares culos de chicas desnudas invitando a disfrutar de su lujoso restaurante en Ibiza.

Me reafirmo; hay que desconfiar de lo superlativo. Siempre. Sin excepción.