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Del miedo al cambio a la rutina del cambio

Magdalena Trillo | 5 de junio de 2016 a las 10:35

Después de Breaking bad y de Juego de Tronos, el efecto narrativo de cargarse al protagonista poco tiene de impacto en las insaciables y tiranas audiencias televisivas. Lo he comprobado estos días sumida en la maldad de Fargo. Aún no he descubierto si es gratuita, azarosa o necesaria. Son madrugadas de incredulidad, de terapéutica desconexión, pero no de shock. Está en nuestro ADN. El principio biológico de la adaptación. La rutina. El llegar a ese momento en que nada es suficiente. En que lo más terrible, lo más sorprendente, lo más inesperado ya lo hemos aprendido.

Ocurre con lo trascendental y con lo cotidiano. Con lo tangible y con lo etéreo. Nunca tienen bastante dinero los avaros ni aplausos los narcisistas. Nunca hallará el sádico el momento de detener el sufrimiento ni existirá para el alcohólico una última copa. Nunca, como hemos visto en estos interminables ocho años de crisis, roba lo suficiente un ladrón.

Pensábamos que la corrupción era cosa de los años del boom del ladrillo, de los tiempos líquidos de los excesos, pero nos volvemos a despertar con obscenos casos de anteayer. De políticos y de funcionarios. De personajes de lo público -acaban de imputar a Imanol Arias y Ana Duato- y del vecino anónimo del quinto. Incluso de cuando nos apretaban el cinturón, salíamos a la calle a paralizar desahucios y el número de desempleados superaba la barrera de los cinco millones.

Pero ya no nos alteramos. Ya hemos asumido que quien no ha metido la mano es porque no ha querido; porque no pudo. Tal vez, porque no le dieron la oportunidad. Ahora cae el paro y nos prometen bajadas de impuestos. Francia se paraliza contra un controvertido punto de su reforma laboral -las gasolineras de medio país han quedado desabastecidas- mientras en España nos preparan el terreno, con normalidad, para una segunda vuelta de la nuestra. Y para “mejorar la competitividad” con salarios “más flexibles”. Para que la “recuperación”, la de quienes nada han perdido que puedan recuperar, no se frene y podamos cumplir con el recorte extra de 8.000 millones que nos pide Bruselas. Esa Europa que sufre de nuestro mismo mal: nunca es suficiente.

Para todo esto, a diferencia del 20-D, del 26-J, ni nos preguntarán ni nos dejarán votar. Lo harán los que lleguen. Unos culparán a las “circunstancias” y otros sacarán el discurso de la “herencia recibida” pero el resultado será similar.

Lo que sorprende es que el “cambio” se mantenga como palabra fetiche para todos los partidos cuando son ellos mismos los que se han encargado de dejarla sin significado. En el PP van al valor seguro de la campaña del miedo “contra el cambio” -contra cualquier cambio-, los socialistas enarbolan la bandera del “cambio real” intentando mantener su espacio como referente de la izquierda y contener la OPA hostil de sus aliados de la izquierda, en Ciudadanos se autoproclaman como pieza “imprescindible” para el “cambio” recordando lo rentable que es ser ‘llave’ de la gobernabilidad y desde Unidos Podemos siguen a lo suyo con su cambio televisivo, multicolor y de sonrisa.

Uno año después de las municipales, hasta en el caso de los ‘radicales’ de Podemos su promesa de cambio es más que matizable. En los dos sentidos. Ni se han hundido los ayuntamientos de Barcelona, Madrid, Cádiz o Atarfe ni han inventado una nueva forma de hacer política. Ni siquiera de hacer ciudad. Cambian las prioridades, cambian las formas -y no siempre para mejor- pero muy poco los fondos. Lo impiden las quebradizas alianzas que los sostienen y lo impide el sistema. No “todos son iguales” pero el poder -y la realidad- es igual de implacable con todos. ¿Recortes o subida de impuestos? En el a quién, en el cómo y en el para qué intervienen las ideologías. Pero no en el qué.

Al final, los terremotos políticos son más que relativos. Es la grandeza, o la debilidad, de ese palabra tan de nuestro tiempo -¿nuevo?- que es lo glocal. Todo cambia al minuto, a escala planetaria y con normalidad. Con la misma rutina que sale el sol. Incluso cuando está nublado.

Al otro lado

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2016 a las 10:30

Al otro lado del Atlántico, a diez mil kilómetros de distancia, las tijeras aún funcionan. Las festivas. Las que cortaban cintas inaugurales en la España del boom. Las que fueron símbolo del exceso para luego transmutarse en marca de la austeridad. El vino y los canapés tampoco se han desterrado (aún) de los actos oficiales. Ni siquiera en la Universidad. Una profesora de la UAM acaba de presentar una selección de su obra reciente en la Casa de la Primera Imprenta de América, en el casco histórico de la Ciudad de México, y las autoridades no cabían en la foto. La exposición se titula (Re)apariciones y participan alumnos de la Unidad de Cuajimalpa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

En la sede de la institución, entre imponentes rascacielos de grandes firmas internacionales, una maqueta con el millonario proyecto de ampliación de la UAM nos recuerda que en América Latina se siguen poniendo ladrillos. Piedras que conectan con el pasado milenario del país azteca con la misma fuerza que hablan de un futuro de oportunidades. Piedras que nada tienen que ver con las que quiere levantar Donald Trump a lo largo de toda la frontera.

Populismo y corrupción. Protestas y reivindicaciones. Recortes. Son las mismas noticias y no lo son. Los refugiados en Europa, las primarias en USA, la telenovela del ‘Chapo Guzmán’… En el viejo DF, también el 8 de marzo es jornada de manifestación en las calles, de colapso de tráfico y de pancartas. Como en cualquier ciudad española, como en cualquier rincón de la civilizada Europa.

A este lado, sin embargo, la bajada del precio del petróleo es motivo de preocupación: el Gobierno de Peña Nieto empieza a hablar tímidamente de recortes, de todo lo que se salvará y no se tocará. Ahora están en la fase de convencer, a los de dentro y a los fuera, de que “no hay crisis”; sólo una ligera “desaceleración”… No voy a contradecir lo que ni siquiera cuestiona la oposición, pero ¿recuerdan la etapa última de Zapatero?

Sorpresivamente, en este viaje no me hablan de Cataluña cuando les confirmo que soy extranjera; de la patria España. En un café de barrio, me felicitan por sentar en el banquillo a una infanta, bromean con la que hemos “armado” en las últimas elecciones y hasta me han llegado a preguntar si al final va a ser el Rey quien solucione la papeleta nombrando presidente. Me desconcierto primero por la locura del comentario, pero lo valoro después. ¿Se imaginan? Nos cargaríamos los pilares de nuestra democracia constitucional, pero nos ahorraríamos continuar el espectáculo de los últimos meses y hasta el gasto de una nueva campaña.

Aunque es un comentario sarcástico, confieso que, dado el nivel de bloqueo y la incapacidad que todos los partidos están demostrando para resolver nuestra endemoniada votación del 20-D, tal vez la salida esté en un camino hasta ahora insondable. Distinto al menos al gomoso chicle que no dejan de estirar políticos y tertulianos en un bucle infinito de redundancias y obviedades. Si la solución para todo es “innovar”, por qué no atrevernos –de verdad– en política.

Y no me refiero ya a la compleja crisis de gobierno. Pienso en el día a día de cualquier institución. Deberíamos alarmarnos si lleva razón una dirigente granadina que hace sólo unos días me sintetizaba con esta elocuencia lo que para los nuevos políticos está suponiendo la nueva política en las nuevas instituciones: “Trabajar tres veces más para hacer tres veces menos”. Cinco largos meses de reuniones han necesitado en la Plaza del Carmen para acordar pintar de azul dos autobuses de barrio, permitir que crucen la Gran Vía con paradas complementarias a la LAC (desde hoy) y evitar cientos de transbordos a los usuarios.

Ahora es el turno del botellódromo y ya nos hemos podido deslumbrar con las aportaciones de algún profesor de la UGR diciendo que “tomar alcohol” forma parte de la idiosincrasia de los granadinos y de nuestro pasado más glorioso… Al margen de estos regalos de lucidez, admitamos que (sólo) porque ya no hay rodillo en el gobierno local lo estamos debatiendo pero preparémonos a continuación para las reuniones –diálogo y negociación lo llaman– que serán necesarias si es que son capaces de decidir algo. Algo que no suponga endosarle a otros el problema; algo que no conduzca a un callejón sin salida.

Podría ayudar creer que nada es inamovible. Que nada tiene que ser como parece que es; como algunos quieren que sea. Las noticias al otro lado del Atlántico son las mismas y no lo son. Me pregunto qué pasaría si pudiéramos sacudir un diario, dejar que cayeran las letras, las fotos, los titulares y lo recompusiéramos de nuevo sin prejuicios. Sin condicionantes previos. Sin patrones aprendidos. Como quien hace un collage. Como las reapariciones de Alejandra Osorio.

Pero para eso hay que situarse, de verdad, al otro lado. Ligero de equipaje.

Refundación en cascada

Magdalena Trillo | 14 de febrero de 2016 a las 11:16

Hace casi una década que Sarkozy se atrevió a proponer la “refundación” del capitalismo. El mundo que se había levantado sobre la caída del Muro de Berlín, creyendo que la democracia y el mercado arreglarían por sí solos todos los problemas, había llegado a su fin. Languidecía la utopía de la sociedad del bienestar. Lo mismo que la falacia de la autorregulación. Había que reconstruir todo el sistema financiero internacional “partiendo de cero”. Había que refundar el capitalismo sobre bases éticas. Sobre el valor del esfuerzo, el trabajo y la responsabilidad. Había estallado la crisis.

Del sueño nos despertó entonces Lehman Brothers y ahora tal vez lo haga de la “recuperación” la caja negra del Deutsche Bank. Y los ‘cocos’. No es nostalgia infantil; son un tipo sofisticado de preferentes que responden al anglicismo “contingent convertible bonds” y que, con rentabilidades altísimas y “estables” de hasta un 8%, han estado respondiendo estos años a la insaciable avaricia de unos y a la irrefrenable ingenuidad de otros. Rastreando sobre el tema, localizo un artículo de Juan Ramón Caridad en la prensa especializada ironizando sobre la capacidad del homo economicus para tropezar “más de dos veces” con la misma piedra -una vez más, todo es seguro hasta que deja de serlo- y termina con todo un aforismo: “No hay más sordo que el que no quiere oír”.

Vivimos en una absoluta contradicción. Justo la semana en que los científicos han demostrado que somos capaces de “oír el cosmos”, después de tardar todo un siglo en ser capaces de detectar en un laboratorio la última de las grandes predicciones de Einstein sobre la Teoría de la Relatividad, constatamos la existencia de las ondas gravitaciones para tal vez inferir que, de momento, son otras las perturbaciones, las supernovas y los agujeros negros de los que nos tenemos que preocupar.

ondas gra

Todo está interconectado. El hallazgo de los investigadores del MIT, que comienza con dos agujeros negros de 29 y 36 veces las masa del Sol “bailando un vals” hasta que se fusionaron hace 1.300 millones de años cuando la vida pluricelular colonizaba la Tierra, será uno de los grandes hitos científicos de la década por el cambio de paradigma que supone y por la “nueva puerta” que nos abre al Universo. Porque a la forma de mirarlo que heredamos de Galilleo le hemos sumado una sorpresiva manera de oírlo… Ciertamente, ¿no es un problema de visión el que arrastra hoy, no ya el capitalismo, sino el modelo mismo de democracia imperfecta que seguimos mitificando obviando las ondas que nos hablan de sus fallos y su fragilidad? ¿No es un problema de no saber escuchar el que tienen los políticos con la ciudadanía, los aparatos de los partidos con sus bases? ¿No es a bailar, buscando pareja a la desesperada, a lo que nuestros no-líderes se han dedicado desde el 20-D?

El espacio-tiempo importa en política y economía tanto como en la ciencia. Les pongo un ejemplo más cercano: la historia de los titiriteros sería diametralmente diferente si el paisaje no fuera Madrid y el tempo no lo marcara Manuela Carmena y los irreverentes de la coleta. Entre el exceso judicial y la distorsión mediática, dos insignificantes actores de los círculos del 15-M se han convertido en excusa para una instrumentalización política y una burda manipulación que, más que sobre un delito de apología del terrorismo y de incitación al odio, se sostiene sobre una inaudita cadena de errores.

El público infantil no era su público pero tampoco un teatro público municipal era su sitio. No debieron ser contratados de igual modo que ellos nunca debieron subir el telón. ¿Dónde empieza y termina la responsabilidad? ¿Nueva política? En Baleares se daba la consigna de contratar a Urdangarín y “no preguntar” y no parece un mensaje muy diferente el que se está lanzando desde quienes, de momento, ni siquiera han sabido llegar.

Unos lo llaman “regeneración” y otros “limpia” y “refundación” pero, como en las ondas gravitacionales de Einstein, lo que empezamos a gestionar ahora es el eco de los agujeros negros pasados.

pepe

En el PP ya se ha puesto el reloj a cero para reconstruir el partido de arriba abajo. El tiempo institucional de Rajoy acabó el día que le dijo ‘no’ al Rey para la investidura y la incontrolable tormenta de corrupción que azota al partido no puede tener más recorrido que una progresiva asunción de responsabilidad. Tanto es así que, entre la militancia, se extiende la convicción de que sólo podrá salvarse el PP y volver a recuperar la confianza del electorado si la convulsión es absoluta. En este contexto, ocupar la oposición es un paso hasta necesario para rearmar al partido y situarlo con posibilidades de gobierno para dentro de dos años.

Al día siguiente de las elecciones nacionales, no pocos dirigentes del PP daban ya por seguro que gobernaría Pedro Sánchez -en la historia de este país la izquierda ha gobernado siempre que ha podido por muy difícil que haya sido la aritmética del pacto- e incluso se atrevían a vislumbrar el plazo de vigencia del pacto: 2018. El PSOE resistiría este año y podría gobernar en 2017 prorrogando presupuestos. Entonces se acabaría su aventura y sería un tiempo más que suficiente para que un PP “renovado” recuperara el poder.

En las filas socialistas se hará de abajo arriba, con debate y con puertas abiertas pero el resultado no diferirá demasiado. En este caso no es el pasado el que marcará el movimiento sino un futurible. La investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno determinará el grado de convulsión -¿vuelta a los dos bandos con pedristas y susanistas?- y la intensidad de las turbulencias locales.

teresa

En Granada están garantizadas en cualquier escenario: a las ondas nacionales se une un creciente malestar con la gestión de Teresa Jiménez al frente del partido con una crítica de “desintegración” compartida y con dos recientes puntos de inflexión: el intento de colocar a Manuel Pezzi en la Alhambra y la decisión de situar a Elvira Ramón como cabeza de lista al Congreso.

Aunque hace ya seis años Álvarez de la Chica le entregó la secretaría general “gratis” -nadie de su equipo se salvó y son muchos los que siguen sin entender el ostracismo al que se relegó a valores del partido como Martínez Caler, Jesús Huertas o Juanma Fernández-, es su gestión “personalista” y de “camarilla” actual la que ya se critica abiertamente y se sitúa en la base de la actual fractura del partido. Ahora vivimos una aparente normalidad pero la batalla por la Diputación fue un aviso a navegantes y una antesala de la tormenta que se desatará después del verano cuando se celebre el congreso provincial.

Para conocer la intensidad de las ondas, tendremos que esperar a que Jiménez desvele si optará a la reelección, si intentará una operación de continuidad y, sobre todo, saber los nombres y posicionamientos finales de quienes ya hoy están moviendo los hilos del cambio. Pero es más que evidente que el ruido se oirá.

A derecha y a izquierda, con diferentes puntos de partida y de llegada, la refundación será en cascada y ya está en marcha.

¿Nos conformamos con la inercia?

Magdalena Trillo | 7 de febrero de 2016 a las 10:40

Me refiero para vivir. Respiramos por pura inercia pero nunca pensaríamos que la política, la economía, las infraestructuras, la convivencia y hasta los episodios más insustanciales de nuestra vida cotidiana puedan funcionar siguiendo los principios de la primera ley de Newton.

He tenido que desempolvar un momificado libro de Bachillerato para recordar con precisión qué significaba aquello de que los cuerpos se “resisten a cambiar su estado de reposo o de movimiento” si no se aplica una fuerza externa mayor a cero. Pero es muy simple: la inercia es una fuerza ficticia. Es el observador el que determina el movimiento. Recupere el didáctico ejemplo del frenazo del automóvil con nosotros dentro sintiendo cómo una fuerza nos acelera hacia adelante; ahora reconstruyamos la misma escena pero tomando como referencia la carretera y comprobando que nadie nos empuja, que nos movemos por pura inercia.

La percepción cambia radicalmente si estamos dentro o fuera del carrusel. Newton rebatió la idea aristotélica de que un cuerpo sólo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza y, sin preverlo, anticipó el estado de cíclica pasividad, de desidia, que no deja despegar a la economía y que ha terminado adueñándose de la política. Lo alarmante en los dos casos es que todos los síntomas apuntan a una sola dirección: estamos atrapados sin puntos de referencia.

A vueltas con el espejismo de la recuperación; a vueltas con el espejismo de la normalidad del Gobierno en funciones y de tantos gobiernos en quebradiza minoría que acaban siendo rehenes de pactos tan interesados como inestables.

Piense en Granada y responda a una simple pregunta: ¿hemos hecho algo para cambiar el tejido productivo, para invertir la inercia del paro, para funcionar de otro modo? Las fuerzas que actúan son coyunturales, ajenas y sin control. El bajo precio del dinero -con una inédita tasa de euríbor en negativo-, la gasolina por los suelos y los viajeros, casi tan espléndidos en el gasto como antes de la crisis, pulverizando los récords empujados por la situación de conflicto de nuestros competidores directos del Mediterráneo. Pero luego llega la realidad: el fin de la campaña agrícola y navideña en la provincia acaba de expulsar a otros miles de trabajadores a las colas del paro y, en la casa municipal, las cuentas son tan desastrosas que hasta ‘amenazan’ con quitarnos los toldos del Corpus.

Parece una ocurrencia, provocadoramente medida, pero no es una simple anécdota. Nada ejemplificaría más el sueño interruptus de la recuperación que la vuelta de la tijera. Y nada simboliza más la inanición que una prórroga de presupuestos. No se puede construir ciudad sin hoja de ruta; no se puede avanzar si empleamos todas las fuerzas en conseguir que no se descarrile la creciente bola de daños colaterales y nos acabe arrastrando con un efecto dominó.

Criticamos hace unos meses a Rajoy por aprobar los PGE en el tiempo de descuento y hoy, pese a las limitaciones reales que conlleva un gobierno interino, casi tendríamos que verlo como un visionario por evitar que España esté (completamente) paralizada.

En la capital, el interventor ya ha dado la alarma de que no se está pagando a los proveedores en el plazo de 60 días que establece la ley, en las cuentas irreales de 2016 faltan 17 millones de euros y, si el Ayuntamiento quiere que Hacienda no termine reteniendo la parte correspondiente de los tributos estatales, la única salida es un nuevo plan de ajuste: conseguir más ingresos -lo fácil pero no negociable es aumentar la presión fiscal- o recortar gastos.

Puede que lleve razón Pepe Torres cuando confiesa, en privado, que en ninguno de sus mandatos anteriores ha estado más tranquilo que ahora. No puede tomar decisiones y la responsabilidad es de ‘otros’. Casi tendríamos que deducir que no hay gobierno. O que el gobierno está dedicado a otras cosas. Hablo de la guerra de poder. Porque no nos engañemos, no son sólo los sillones del Consejo de Ministros los que están en juego. De Madrid depende la cuenta corriente de centenares de cargos en toda España.

En el PP, la batalla va más allá de la recurrente disputa Pepe Torres-Sebastián Pérez -¿García Montero estaría ya situado para el relevo en la Plaza del Carmen y con la mirada puesta en la presidencia del partido?- y lo mismo ocurre en el PSOE con quienes ya se ven ocupando la silla de Teresa Jiménez en la Torre de la Pólvora.

Hay dos imágenes más que elocuentes: Luis Salvador advirtiendo que no deja su acta de concejal hasta que confirme que su puesto de diputado está garantizado -y no se esfumará con una nueva convocatoria electoral- y el presidente del PP compareciendo con la concejal Rocío Díaz para explicar por qué ella sí se dedicará al Congreso al cien por cien y él lo compagina todo -no es casualidad que encabece la lista al Senado que así lo permite-.

Si volvemos a Newton, Pedro Sánchez parece haberse convertido ya en el ejemplo nacional de la lucha contra la inercia sometido a dos fuerzas que se anulan: el veto de Podemos de no negociar si habla con Ciudadanos y el condicionante de Rivera para que sume al PP al posible acuerdo. No tengo la menor idea de cómo se puede alcanzar un pacto de gobierno así. Ni hoy ni dentro de dos semanas ni en un mes.

Confesaré que mi habitual optimismo no me da para vislumbrar un escenario diferente al de la repetición electoral a las puertas del verano. Y que conste que preferiría cualquier otra opción -incluso inestable- con tal de no soportar el bucle de otra campaña y acabar con un resultado tan o más ingobernable que el del 20-D.

tiovivo

Otra vez dentro del carrusel…

Desde que vi La novia me persigue la mareante imagen de los caballos del tiovivo. Se mezclan en un movimiento infinito con la trágica danza en torno a la hoguera de la noche de bodas. Vuelvo a Bodas de sangre y es Inma Cuesta quien se ha apoderado ya del drama de García Lorca. Veo a Almería desde lo alto de las estepas del Desierto de los Monegros y me asaltan las sombras de los paisajes lunares de la Capadocia turca. La adaptación cinematográfica del texto lorquiano da vértigo. Turba. Cuando escribo estas líneas aún no sé cuántos Goya reconocerán el trabajo de Paula Ortiz; lo merece.

A este lado de la gran pantalla, no puedo evitar vernos en el centro del tiovivo. Atrapados en un movimiento infinito sin punto de partida; sin punto de llegada. Me pregunto si, más tragedia que estar dentro, es la tragedia de no saberlo; la tragedia de no saber cómo hallar un punto de referencia que nos permita despertar. Luego pienso todo lo contrario. Tal vez la única salida sea no romper la inercia. Como en las paradojas de doble vínculo, como el texto lorquiano, puede que sólo podamos escapar convenciéndonos de que no hay escapatoria.

22-M: No todos son iguales

Magdalena Trillo | 15 de marzo de 2015 a las 10:00

Escuchar a un banquero hablar de valores choca. Sorprende si lo dice alguien que está al frente de una entidad como Bankia, con una historia tan poco ejemplar detrás, y más perplejidad produce si lo hace desde Granada con todo un alegato contra la fatalidad. ¡Cuánto podríamos contar nosotros sobre la fatalidad!

Si algunos de los muchos asesores que rodean a los candidatos a la Presidencia de la Junta se hubieran dado esta semana una vuelta por el Parque de las Ciencias y hubieran asistido a la entrega de los Premios Andaluces del Futuro habría encontrado una magnífica munición que incorporar a la campaña electoral. Susana Díaz, que todavía no se ha hecho la foto con el presidente de la antigua CajaMadrid, puede que no sepa que poco tiene que ver Goirigolzarri con los banqueros al uso y que tal vez tenga el discurso más rompedor de quienes dedican hoy sus esfuerzos a los balances antes que a las palabras. “Creer en el futuro es la mejor medicina contra el fatalismo, un mal que nos conduce a ser espectadores y no actores de nuestra propia vida”.

Como en política, el sistema financiero está atravesando uno de los momentos de mayor descrédito y cuestionamiento de nuestra historia democrática. Como en política, también en el mundo de los periódicos color salmón se está viviendo una intensa etapa de regeneración. Y, como en política, costará saber si son nuevos rostros para viejas prácticas o si, realmente, los errores pasados están obligando a imponer una mínima ética aunque sea por pura supervivencia.

Al terminar la entrega de la séptima edición de los premios que organizamos Grupo Joly y Bankia, los propios colaboradores de Goirigolzarri me confesaban que nada de lo que entendamos como “previsible” e “imaginable” tiene que ver con la persona que desde hace tres años está intentando enderezar uno de escándalos más sonoros de la banca española.

Empezando porque se escribe su propio discurso, sacude la fibra sensible y dice lo que quiere decir pasando de protocolo y formalismos: “Deben servir de espejo del progreso andaluz”. Se refería a Pablo, Mariela, José David, Alberto y Sara, los protagonistas del acto. “Sois un ejemplo de ilusión, de compromiso y de responsabilidad. Estos son los valores que necesitamos hoy y los valores que necesitaremos siempre”. Olviden el contexto. Cualquiera de ellos podría haber estado en La Maestranza recibiendo una delas distinciones del Día de Andalucía.

Sin acento andaluz, con acento (casi) extranjero, el cordobés Pablo Gómez Castro expresó con tremenda sensibilidad lo que allí pensábamos todos y lo que, seguro, a todos nos gustaría encontrar cuando miramos a Andalucía: “Me reconozco en una Andalucía que ama y que se deja amar, una Andalucía que no tiene complejos, una Andalucía que nada tiene que ver con los tópicos”. Recuerden su nombre. Está afincado en Los Ángeles y en su curriculum ya aparece su participación en películas como Blancanieves. A Pablo le pasa como a cualquiera de los políticos que estos días pide su voto; que “no se conforma”.

Es la generación del esfuerzo. Es la generación del talento. Todos ellos son de esa generación ‘perdida’ que todos los partidos quieren ahora salvar. Para que “retornen”, para que no se tengan que marchar. Bueno, en estos días lo rescatamos todo y a todos. A las mujeres, a los abuelos, a las familias, a los parados, a los enfermos. Miren qué necesitan y busquen la ‘solución’ en las cientos de medidas que se acumulan en los programas.

Pero empiecen también a comparar. Bien saben los bancos que sobre el papel se arregla todo, que los balances contables –como las promesas electorales– lo soportan todo. Distinto será cuando despertemos, cuando nos tengamos que volver a levantar y se hayan apagado las sintonías de la campaña. Dicen ellos que se juegan mucho el 22 de marzo. Créalos. Pero no por ellos; por usted. Somos ‘nosotros’ los que nos jugamos mucho el próximo domingo. Todavía tiene una semana para pensar y para decidir a quién votar.

Desde la transición no teníamos una oferta tan amplia. Piénselo, desde el corazón, pero también desde la razón. No todos son iguales.

Jóvenes y mujeres, los indeseables del PIB

Magdalena Trillo | 5 de octubre de 2014 a las 19:43

Primero arremetió contra los jóvenes proponiendo bajar un escalón más de miseria el Salario Mínimo Interprofesional y ahora quiere expulsar del mercado de trabajo a las mujeres en edad de procrear. Son sus ‘soluciones’ ante los adolescentes que se descolgaron de la formación para engancharse a los sueldos astronómicos de los años del ‘boom’ inmobiliario –y ahora “no valen para nada”– y ante el “problema de la conciliación”: contratar a mujeres por debajo de los 25 y por encima de los 45 para asegurar que no van a tener hijos y no van a estar once años blindadas…

Mónica Oriol no ha tardado ni doce horas en rectificar. Pero sólo en apariencia. No porque no pensara lo que dijo sino como lógica estrategia para calmar la avalancha de críticas e indignación que ha levantado su última intervención pública en Madrid.

Nadie ha malinterpretado a la presidenta del Círculo de Empresarios. El problema está ahí y lo triste es que declaraciones tan prepotentes como las suyas –“bruta” la ha llamado Rosa Díaz– lo único que hacen es invalidar la posibilidad de afrontar las muchas fisuras que tienen las políticas de igualdad. Sí, podríamos preguntarnos si proteger sin ningún tipo de excepción a una mujer porque haya tenido un niño no es también discriminatorio e insolidario. Porque lo es cuando convertimos un derecho y un progreso social en una medida absoluta; cuando hay razones objetivas para el despido y se mira para otro lado para evitar el desgaste en una batalla perdida ante el juez.

Pero las palabras de la empresaria, groseras y simplistas, son tan provocadoras como injustas en la medida que golpean a dos colectivos especialmente vulnerables orillándolos en las cunetas del mercado laboral y pidiéndoles explicaciones por unos supuestos privilegios y blindajes que hemos fabricado entre todos y que a todos, en un momento determinado, nos han interesado. ¿No son ellas las que tienen que garantizar el futuro de nuestras pensiones? ¿No son ellos los que tienen que sostener los pilares de nuestro Estado del Bienestar?

Actuamos tan cegados como lo hace Hacienda cuando persigue la picaresca del IVA y perdona a los estafadores de los paraísos fiscales. Y nos equivocamos si no somos capaces de reconocer que son quienes más pueden aportar a la estabilidad de la economía y a la transformación de nuestra sociedad. Hablo de talento y de oportunidades; hablo de creatividad y de esfuerzo; hablo de valores. Y lo defiendo justo cuando acabamos de conocer los últimos datos de la brecha de desigualdad que seguimos empeñados en cavar: Cáritas registró el año pasado el mayor número de peticiones de auxilio desde el inicio de la crisis (2,5 millones de españoles en riesgo de exclusión); en frente, el club de los milmillonarios vuelve a subir (un 7% más que en 2013, una élite de 2.325 superricos que controla ya cerca del 4% de la riqueza mundial).

Y a ellos tenemos que sumar los ricos espontáneos y efímeros, los que lo son mientras pueden meter la mano en el bolsillo de todos (¿algún día recuperaremos el dinero saqueado de los ERE, de la Gürtel, del caso Noos…?) y los que nos dan lecciones de moralidad con la misma frivolidad con que consumen con su ‘tarjeta fantasma’. ¡Qué son los supuestos ‘blindajes’ del asalariado frente al desenfreno de estos falsos ricos –ladrones unos, estafadores otros– que se han dedicado a dilapidar confiados en que al final no serían castigados sino rescatados por el Estado!

La Universidad de Granada abrió ayer oficialmente el nuevo curso con un convencimiento compartido de que “la educación es la más legítima oportunidad de igualdad y progreso” y con el propósito de situar el sistema de enseñanza en el centro del cambio profundo y duradero que requiere nuestra sociedad. Unos minutos antes de las intervenciones de la presidenta de la Junta y del rector, el profesor Henares Cuéllar concluyó su discurso de apertura con una llamada de atención para poner las bases de un modelo público “al servicio de un nuevo humanismo que enfrente la creciente desigualdad”.

Valores. Esos que hemos preferido marginar con la coartada de la crisis; esos que resultan hoy tan incómodos e indeseables como lo son jóvenes y mujeres para las tiránicas dinámicas productivas del PIB.

Complejos

Magdalena Trillo | 14 de septiembre de 2014 a las 12:00

De la noche a la mañana hemos convertido a Emilio Botín en héroe nacional. Con la saludable excepción de las redes sociales, donde se ha preferido la franqueza al cinismo y a la hipocresía que han marcado el discurso del país, el sorpresivo fallecimiento del banquero con más poder de España ha vuelto a ser más que suficiente para perdonarle cualquier mancha de su hoja de servicios y confeccionarle un perfil poco menos que de ‘salvador’.

¡Mesura! No cuestiono el arrojo y la ambición con que Emilio Botín ha proyectado su carrera, el revulsivo que ha significado para el mundo de las finanzas y el valiente liderazgo con que ha edificado los cimientos de un Santander universal. Al contrario: ¿se imaginan que al frente de nuestras desastrosas cajas hubiera habido gestores como el ejecutivo cántabro? Tanto como los proyectos importan las personas. Botín era banquero y lo era sin complejos. No es el oficio más noble del mundo, hoy arrastra tanto descrédito, desconfianza e impopularidad como el político, pero habrá que reconocer que de momento es insustituible. Mientras no inventemos un modelo alternativo viable y realista -que vaya más allá de utopías trasnochadas de bondades inexistentes-, es preferible que lo manejen los profesionales a que hundamos el negocio (el de ellos y el nuestro si los descalabros los tenemos que pagar entre todos) con intrusos oportunistas; con advenedizos ávidos de sumar ceros a su cuenta corriente. Botín fichó a los mejores y construyó su imperio sin miramientos ni remordimientos.

En menos de 24 horas, su hija se ha puesto al frente de la compañía. A Ana Patricia le han bastado unas palabras contundentes en un comunicado ordinario para neutralizar cualquier sombra de inestabilidad. Sorprende que nadie la haya cuestionado. Ni por ser mujer ni por heredar el cargo. Y hablamos de finanzas; de tiburones. Estarán al acecho pero, de momento, la hija de Botín ya se ha convertido en una de las mujeres más influyentes de España y ha entrado en un selectísimo club mundial con poca tradición y menos referentes.

Es verdad que la nueva presidenta del Santander lleva años demostrando todo lo que tenía que demostrar, pero la extrema naturalidad de su nombramiento me lleva a preguntarme si la igualdad (también) tiene que llegar desde arriba… Si el ‘pueblo’, si las clases medias, estamos tan acomplejadas que no nos atrevemos a tener ambición, a eliminar obstáculos, a progresar. En la ley natural no hay indultos ni blindajes; en la ley de los hombres hemos fabricado, aprendido y asumido nuestras propias cadenas.

¿Se imaginan a alguien, a alguien que no fuera Botín, saludando al Rey en bermudas rojas y zapatos de golf? Lo podemos ver como un atrevimiento o lo podemos valorar como una forma de ‘democratizar’ las relaciones con la Monarquía. ¿También para esto hemos tenido que ‘esperar’ a que personajes como el ejecutivo cántabro dieran ejemplo?

En los pueblos, a los banqueros, como a los curas, siempre se les ha mirado de reojo. Con la cabeza gacha. Eran la verdadera casta, la clase superior y de privilegios que ahora extendemos a los políticos. Por mucho que la crisis financiera haya minado su imagen, lo siguen siendo. Basta leer los kilos de papel que estamos publicando estos días sobre la ‘saga Botín’ para darnos cuenta de que no jugamos todos en la misma división.

Ningún motivo tengo, en realidad, para cuestionar su figura. Mediáticamente es uno de las personas que más juego nos ha dado en los últimos años; económicamente, a su banco, al menos, no lo hemos tenido que ‘salvar’ y, socialmente, ha sabido ser un referente con un legado de mecenazgo y patrocinio que ha llegado del deporte a las universidades pasando por la cultura y la obra social. De su hija me gustaría pensar que podemos esperar más. Y lo digo egoístamente.

Si el machismo es una cuestión cultural, si la discriminación se socializa y se aprende, cualquier puerta que abramos a la igualdad será una victoria; más aún si es una puerta grande de mármol y no una pequeña de cartón. Ningún modelo valdrá, sin embargo, si no nos quitamos los complejos; si no empezamos a entender que sin arrojo, sin ambición, nos condenados a repetirnos y a retroceder. Si no nos atrevemos a pensar y a sentir que las clases y las castas están porque queremos. Nada hay de natural en ser menos.

De cirugías y milagros

Magdalena Trillo | 19 de enero de 2014 a las 11:18

El cirujano te realiza unas pequeñas incisiones en las comisuras de los labios y te proporciona una sonrisa permanente. Eterna. La técnica, conocida como lipt smile, se ha puesto de moda en Corea del Sur junto a otras insólitas tendencias niponas como inyectarse agua salada en la frente para generar ‘bagels’ relajantes o implantarse dientes torcidos para lograr un efecto canino. Leía esta semana un reportaje sobre tales extrañezas en las redes sociales y me preguntaba, entre incrédula y aturdida, cómo es posible que la gran preocupación para un ciudadano de estos países asiáticos sea lucir sonriente, deformarse la frente o parecerse a los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Sólo encuentro una explicación: la crisis. La no-crisis quiero decir. Sólo con un nivel de aburrimiento desproporcionado y una absoluta despreocupación por los ingresos puedes dedicar tu escasísimo tiempo de ocio a tales excentricidades. O no. De repente me acordé de los ojos azules de Pecola. De la obsesión de una insignificante y pueblerina niña negra por escapar de su monstruosa fealdad consiguiendo unos ojos azules. Los más azules del mundo; los más bonitos del mundo. La novela de Toni Morrison tal vez sea uno de los cuentos más duros y tristes, pero también más impactantes y turbadores, que se hayan escrito en la literatura reciente sobre la belleza y el quiebro de la inocencia. Sobre el egoísmo, el autismo y la crueldad de nuestra sociedad. Sobre los insospechados caminos que cada uno tomamos para huir.

Sonrisas permanentes y ojos azules no dejan de ser una ilusión óptica, un espejismo, con el que fabricar una salida casera a la crisis. La nuestra y la de los demás. La de los números y la de los rostros. En unos casos personal, en otros colectiva; en unos casos encontrada y en otros buscada. Pero con un diagnóstico compartido: en todos los casos estamos igual de perdidos y confundidos. Impacientes, dispuestos a creer con fe ciega en las cirugías más insospechadas, por ver una luz que se resiste a llegar.

Me lo decían esta semana unos empresarios de Granada preocupados por la euforia -irreal- que se está instalando sobre la recuperación económica. La cosa está mejor pero no tanto… Lo hacían, curiosamente, a unos días de Fitur. Otro espejismo. La feria de Madrid puede que sea el escaparate menos útil para el sector turístico pero también es el más irrenunciable -por la política, claro, no por la economía-. Allí venderemos esta semana el potencial de Granada y, paradójicamente, por una vez, llegaremos con una posición no sólo de unidad sino también de fortaleza. El próximo viernes sabremos si la provincia ha sido capaz de superar en visitantes su récord histórico -otro capítulo bien distinto es el empleo y la rentabilidad- y acaba de publicarse el informe de Analistas Económicos de Unicaja situando a Granada y Málaga como las provincias que liderarán el crecimiento del PIB en 2014 en la comunidad. Compartimos un 1,5%. Por encima de la media andaluza y por encima de la media nacional. Y crearemos empleo. Inaudito; no estamos en el furgón de cola. Un milagro si nos olvidamos de la posición de partida (el desempleo escaló al 38,9% en el tercer trimestre) y refutamos la conocida Ley de Okun que hasta ahora pontificaba que no era posible crear puestos de trabajo por debajo de un 2% del crecimiento. A nivel nacional, las exportaciones están haciendo posible el milagro, a nivel local nos rendimos a los viajeros y a la agricultura.

Lo que más nos debería inquietar es cuando los analistas piden “prudencia” -la misma que reclaman los empresarios- e introducen el factor “variables” para advertir que se pueden equivocar. Tanto o más que hace seis años cuando estalló la burbuja. Repaso los titulares de periódico de esta semana y voy del liderazgo económico de Rajoy que nos ha descubierto Obama al “fin de la edad de hielo” que pronostica la directora del FMI pasando por los ‘excesos’ del responsable del Fondo de Rescate que coloca a España como “motor económico de Europa” en cinco años. A todos los veo con ojos azules y con una inmutable sonrisa. Preocúpense.

Teatro, mucho teatro

Magdalena Trillo | 6 de octubre de 2013 a las 10:55

Puede que España vuelva a “asombrar” al mundo como vaticinó Montoro, pero no será por la economía. Recordarán al ministro de Hacienda, entre vehemente y burlón, replicando a los socialistas en el Congreso con una solemne convicción sobre el esplendor de nuestro país: “El gran éxito económico del mundo”. Luego supimos que lo suyo era nostalgia, que no se refería a la España de hoy que se desangra por las alcantarillas de la austeridad y los recortes, sino a la de la hace medio siglo.

La España, la actual, tiene más de opereta que de grandeza. Tal vez por ello el Gobierno haya sorprendido en los Presupuestos Generales dando una nueva estocada a los irreverentes cineastas y reforzando las artes escénicas con un aumento de inversión de más del 57%. No aclaran, sin embargo, si se trata de apoyar al teatro profesional o al amateur, a esa creciente marea de intrusos aficionados que se revuelven entre bambalinas buscando su oportunidad de “asombrar”.

Rajoy ha pasado en Fukushima de la heroicidad de la tragicomedia al ridículo de la sátira. Unas horas después de proclamar a medio mundo que “son infundados” los temores sobre la radiactividad de la central nuclear que desencadenó hace dos años la catástrofe atómica, las autoridades niponas reconocían una nueva fuga de agua al mar desde uno de los tanques de almacenamiento. Despojado por fin de la rosa roja ‘socialista’ con que el emperador japonés recibió a su ilustre invitado y que, seguro, le habrá provocado urticaria, el presidente del Gobierno quiso acompañar su mensaje de optimismo ante la crisis -insistió en que la única duda es ya “cuán grande será el crecimiento”- con una gesta capaz de colarse en los libros de historia. Lo hizo, sí, pero en minúscula y desatando una ola de sarcasmo entre los internautas: “Que se marque un Fraga en Palomares; a ver si es capaz”.

En Italia, tan cercana siempre al costumbrismo español, Berlusconi vive la última función de su interminable farsa. “La caída de un dios menor” titulaba una compañera periodista su crónica sobre el órdago que Il Cavalieri ha lanzado al primer ministro Letta y que ha terminado por cavar su propia tumba. Aunque con la política italiana nunca se sabe, parece que esta vez sí está preparado el telón para caer fulminante sobre el incombustible presidente del bunga-bunga. Expulsado del Senado, perderá la inmunidad y quién sabe si lo veremos entrando en prisión cuando se empiecen a acumular las condenas tras dos décadas de burlas e impunidad. Lo dejo en futurible porque también la justicia, cada vez más impredecible, se acerca peligrosamente al esperpento.

Allí y aquí. Lo de “hacer teatro ” se ha convertido en el mantra de socialistas y populares a cuenta del caso Bárcenas y el caso de los ERE. Hasta la juez Alaya ha entrado en escena reprochando a más de un acusado su actitud en la sala. Lo acaba de decir del ex consejero de Economía José Salgueiro, imputado como uno de los “promotores” del procedimiento ilegal de concesión de subvenciones, ya se lo echó en cara en septiembre al ex número 2 de Susana Díaz, el ex director de Presupuestos Antonio Lozano, y seguro que dará para algo más que un choque de trenes el próximo martes cuando la magistrada se enfrente a la ex ministra Magdalena Álvarez. Tanto es así que Alaya no hace más que insistir en que no permitirá las grabaciones para no convertir la causa “en una comparsa”, “evitar actuaciones teatrales” y no fomentar una “morbosidad innecesaria”.

Sería difícil cuestionarle que los vídeos no se transformarán en carnaza televisiva y en puro divertimento en las redes sociales como ha pasado con la larguísima vista oral del caso Malaya, el juicio de mayor magnitud celebrado jamás en España. Después de 199 sesiones y de sentar en el banquillo a políticos, empresarios, abogados y hasta galeristas y gente de la farándula, el expolio en Marbella se saldaba el viernes con un clamor generalizado sobre la levedad de las penas: 585 millones de multa frente a los 3.800 que pedía Anticorrupción. La sentencia, de 5.700 páginas, deja 52 condenados, 32 absueltos, 9 retiradas de acusación y dos fallecidos. El libreto de un entremés cervantino.

Un sainete por entregas que termina provocando la misma incredulidad que denunciaba esta semana el PP a cuenta de la ‘pelea de novios’ del bipartito andaluz por las cuentas de 2014. La tensión de PSOE e IU en Andalucía, de Convergencia y sus socios de Unió con la inescrutable “tercera vía” para Cataluña, de Sevilla y Madrid por la interminable disputa del déficit, de los dos grandes partidos en Granada por el paralizado pacto por las infraestructuras, de la capital y la Junta por el coste de funcionamiento del Metro…

¿Conflicto, estrategia, paripé? Festival de teatro que consumimos a diario como meros espectadores de la adulterada escena pública de nuestro país. Teatro, mucho teatro .

El cuchillo del carnicero

Magdalena Trillo | 11 de agosto de 2013 a las 9:50

Dentro de 124 años el litoral mediterráneo sufrirá un colapso total. La predicción es de Greenpeace y, salvo que sus hijos y nietos guarden los periódicos de los últimos días, nadie podrá comprobar si es verdad. Ladrillo y más ladrillo sobre el mosaico de sombrillas que hoy serpentea la costa granadina. El informe de los ecologistas no deja espacio al optimismo: Destrucción a toda costa 2013. Calculan el impacto invasor que tendrá la nueva ley, analizan las tendencias de ocupación y fijan su Día D. El litoral morirá en el año 2137, ni el 2136 ni el 2138… ¿Recuerdan a Bill Gates profetizando la muerte del papel? ¿Se olvidaron ya de la apocalipsis del calentamiento global? ¿De los brotes verdes? ¿Del fin del mundo? Llegará, o no, y siempre podremos recurrir a las “circunstancias” del yo orteguiano para justificar los desaciertos. El programa electoral que se pisotea, los cálculos de crecimiento que no se cumplen, las previsiones para salir de la crisis que volvemos a poner a enfriar…

Empiezo a pensar que el gran problema de nuestro tiempo es nuestro tiempo mismo: nos movemos con soltura diseccionando el pasado, nos desbordamos de entusiasmo escribiendo el futuro pero nada sabemos del presente. Explicaciones y estimaciones sin que nadie nos diga qué hacer hoy. Una sencilla -o no tan sencilla- cuestión de tiempos verbales.

Para el futuro, siempre lo supo la vieja sirena, no cabe más que “avanzar y estrellarse”. Unos lo hacen con números; otros, con palabras. Ciertas o fabricadas. Hace más de un siglo que el World de Pulitzer y el Journal de Hearst cocinaron su propia guerra en Cuba con el desastre del Maine y nada hemos aprendido. Daban miedo esta semana las portadas de algunos diarios que se dicen ‘serios’ azuzando el conflicto de Gibraltar. Sensacionalismo. Puro amarillismo. Peligrosa irresponsabilidad.

El pasado, por contra, se ha convertido en nuestra debilidad: pasado el tsunami, todos sabios. Del último ‘tratado’ sobre la crisis escribía precisamente hace unos días Enric Juliana en La Vanguardia a cuenta del nuevo best-seller de los economistas: Por qué fracasan los países. Daron Acemoglu y James A. Robinson abordan el origen del poder, la prosperidad y la pobreza, y acuñan un nuevo término, las “élites extractivas“. La “calidad de las instituciones políticas”, la política misma, sería la clave para situar a un país entre el bienestar y la pobreza. Ni geografía, ni demografía, ni historia, ni religión: un país con élites inclusivas, capacitadas y capaces, podrá prosperar; un país en manos de élites egoístas, extractivas, centradas en la obtención de sus propios beneficios, retrocederá. Apliquen esta tesis a la España de los escándalos y entenderán muchos porqués.

Una inmensa investigación la suya, sí, pero que nada nos dice de hoy… Por eso, más provocadora y sugerente que el libro de moda entre los economistas, me ha parecido la última obra del ensayista de moda: Antifrágil. El libanés Nassim Nicholas Taleb critica a los académicos que buscan el porqué de las cosas y nada hacen para prevenirlas (harvardiano-soviéticos los llama) y arremete contra tantos planificadores sociales, analistas financieros, economistas y políticos (fragilistas) que se dedican a medir las cosas, a hacer estadísticas, a buscar términos medios con el microscopio en lugar de preocuparse por cómo actuar.

El escenario, nos ejemplifica Taleb, es que actuamos como pavos a los que, siendo alimentados por el carnicero, les diera por preguntar a los expertos qué comerán al día siguiente. Ellos harían sus estadísticas, sus predicciones sobre la calidad, el aporte calórico… hasta el Día de Acción de Gracias en que el carnicero saca el cuchillo. Lo habríamos anticipado todo menos lo que en realidad importa. Y el problema no es sólo que sus fórmulas nos privan de aquello que podría ayudarnos, sino que tienen efectos secundarios. Ahí están las recetas de la crisis -dosis incorrectas que nos impiden inmunizarnos, sobredosis que nos dejan sin defensas- y aquí estamos…

Es entonces cuando Taleb nos sorprende con su reveladora teoría sobre la antifragilidad, sobre las “cosas que prosperan si se exponen a la volatilidad y al desorden”, a las que les encanta la aventura, la incertidumbre y el azar. Habla del “genio humano” que surge de la dificultad, de cómo es mucho más difícil gestionar la abundancia que la escasez, de cómo nos acomodamos construyendo entornos estériles y seguros perdiendo de vista todo lo que nos haría florecer, de lo importante que debería ser incorporar la información que nos dan los errores, el dolor, en lugar de protegernos cimentando nuestra propia fragilidad.

¿Qué hacer hoy? Para empezar, recurrir a quienes de verdad han arriesgado su dinero, se han expuesto y han salido triunfantes para sacar unas cuantas conclusiones; preguntar a quienes saben el camino y no a quienes lo dicen saber. La cuestión sigue siendo el presente. Poco importa si todo va bien hasta que el carnicero saca el cuchillo o todo va mal porque el carnicero ya sacó su cuchillo.