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El arte del trapicheo

Magdalena Trillo | 28 de enero de 2018 a las 10:49

A veces, son las propias palabras las que se buscan conformando por su cuenta el sentido del mensaje. Por afinidad o por contraste. Y no tenemos que recurrir a Heráclito para explorar la contradicción del oxímoron ni naufragar con los “instantes eternos”, la “vida muerta” y las “luces oscuras” con que tanto se divierten filósofos y poetas. Los juegos literarios también se cuelan en el lenguaje periodístico para darnos la medida exacta del titular. “Arte” y “trapicheo”: no se puede decir más con menos caracteres si el contexto es la inacabable polémica por el negocio que supone la venta de entradas para acceder a uno de los monumentos más visitados -y con aforo limitado- del patrimonio mundial.

En dos meses se han creado treinta nuevas agencias de viaje. Levante el teléfono y pruebe a contactar con alguna de las nuevas empresas -descubrirá que son tan fantasmas como los contratos del PP en Emucesa que ya investiga la Fiscalía-; eche un vistazo a la web para intentar comprar una entrada a la Alhambra y asegúrese de que no desembolsa 80 euros por pasear en los jardines del Generalife sin posibilidad de acceder a los palacios o no termina contando gatos en los jardines de subida al cementerio.

Lo escaso cotiza al alza. Y el ingenio para sortear las limitaciones, también. Pienso en el morbo de los speak-easy del Manhattan clandestino de la Ley Seca; ¡aquel whisky sí que debía saber al suspiro de un ángel! Hace unos meses estuve en Altamira y confieso que mi única salvación para no endeudarme intentando conseguir una entrada para visitar la cueva auténtica, la Capilla Sixtina del arte rupestre, es que era imposible. La réplica de la neocueva es magnífica pero confieso que la adrenalina de ver las pinturas del primer homo sapiens europeo me hubiera tentado hasta bordear la legalidad… La insolente transparencia con que cada viernes hacen un sorteo para un puñado de privilegiados no deja espacio al fraude; no hay atajos.

Me pongo en la piel del turista que llega a Granada: ¿te vas sin ver la Alhambra? Te maldecirás por no haber sido previsor -me acaba de pasar en Madrid con el espectáculo de Carmen Machi y el Deadtown los hermanos Forman- y te dejarás engañar. Sentimientos. Lo único capaz de mover lo mejor y lo peor del ser humano. Expectativas; ilusión. Con eso juegan los artistas del trapicheo. La irracional emoción de unos frente a la calculada estrategia de otros.

El control absoluto no es más que una ilusión. Como ocurre con la seguridad, con la objetividad y con las normas que ya llevan implícita su propia trampa. Pero es una dejación de funciones (colectiva) la permisividad con que asumimos la picaresca y hasta nos desentendemos cuando atisbamos que transmuta en corrupción. Unos extorsionan porque otros se dejan; y la mayoría miramos para otro lado. ¿Nadie denuncia? Ahora sabemos que en el sector turístico hace meses que saltaron las alarmas: el extranjero que llega a una oficina de turismo asegurando que le han timado; la familia a la que le cobran por dar un paseo ¡por los alrededores!

Será un acierto recurrir al big data y a los sistemas de inteligencia artificial para acabar con la reventa pero sería iluso pensar que es suficiente. Que los países más poderosos del mundo estén realizando inversiones millonarias en programas que mitiguen su vulnerabilidad -del espionaje y las filtraciones de información reservada a las fake news- nos puede dar una idea del poder del lado oscuro en la etérea Sociedad de la Información. A todas las escalas. Desde cualquier garaje con un punto de acceso a la Red.

Mateo Revilla, el primer director del Patronato, el que decidió restringir los accesos hace veinte años, reflexiona sobre el trasfondo del problema con sorprendente sencillez: hablar del “turismo sostenible” es una contradicción. Son palabras antagónicas; un oxímoron camuflado. La masificación poco puede tener con la exclusividad; con la experiencia. Aunque la Alhambra tal vez no sea más que una víctima más del turismo global, resulta insólito que lleve una larga década sumida en el escándalo. El trapicheo es un arte pero también un delito. Y, ojo, en el porqué estamos todos.

El cortijo de la Alhambra

Magdalena Trillo | 9 de enero de 2018 a las 10:00

El escándalo saltó en la Navidad de 2005. Mar Villafranca no llevaba ni un año al frente de la Alhambra cuando tuvo que hacer frente a un legado envenenado: la Policía Autonómica detenía a dos personas por una “trama fraudulenta” en la venta de entradas y el control de accesos. El sumario terminó engrosando 90.000 folios, se llegó a imputar a más de 70 personas entre funcionarios, guías turísticos y empresas del sector, y se puso en cuestión la etapa final de quien durante dos décadas había ejercido de sultán de la Alhambra.

Los nueve años de instrucción del juez Miguel Ángel del Arco fueron tan polémicos como las irregularidades que se investigaban por lo mucho que se dilató (algunos implicados hasta fallecieron) y por la munición que supuso para la batalla política: el PP lleva toda la etapa autonómica denunciando que el PSOE maneja la Alhambra como su “cortijo”, se cuestiona el uso que la Junta realiza del dinero que se recauda (el “se lo lleva Sevilla” es un clásico electoral) y, en la trastienda, son insistentes las sospechas sobre el desvío de fondos para financiar el partido.

Todo en la Alhambra se vive en exceso. Y con misterio. Lo expresaba hace unos días el propio presidente del TSJA reconociendo que “un año excede el plazo razonable para dictar sentencia” y se ratificó ayer cuando, de repente, volvió a quedar sin fecha el anunciado pronunciamiento de la Sección Segunda de la Audiencia.

Antes y después del caso Alhambra, los delirios de grandeza y las “inercias de los siglos” han marcado buena parte de la historia del monumento. Ya en 1985 una auditoría sacó a la luz el absoluto descontrol en la gestión. Revilla se estrenó de “comisario” sólo unos días después de que el delegado de Cultura descubriera en un cajón 20 millones de pesetas. Se hablaba de un sistema de funcionamiento “medieval”, con contratos a dedo, sobresueldos y prebendas. No había contabilidad oficial, pero sí una cuenta oculta en el Banco de Granada…

Hace dos veranos, Villafranca se vio obligada a abandonar su puesto de sultana. El proyecto para construir un gran Atrio desató una inaudita polémica que empañó su gestión y acabó siendo víctima de otro escándalo judicial: las irregularidades detectadas en el servicio de audioguías -otra causa que aún sigue en instrucción-. Reynaldo Fernández, el actual director, se resiste de momento a heredar el puesto de sultán en la Colina Roja. Perfil bajo y pragmatismo. Tal vez sea su mayor acierto si consigue mantenerse al margen del culebrón judicial.