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El “hervidero feminazi” de Granada

Magdalena Trillo | 7 de enero de 2018 a las 11:27

Manuel Lebrón fue condenado en 2016 a dos años y diez meses por maltratar y someter a “continuas” vejaciones a su esposa en presencia de sus hijos. Hasta esta semana no ha entrado en prisión. Pisa la cárcel después de echarle un pulso a la Justicia; después de secuestrar a los menores y parapetarse detrás de ellos cuando la Policía Nacional lo detuvo en la casa de su actual pareja; después de acuchillar a tres de los agentes durante el arresto.

En este año de impasse ha tenido tiempo de engordar su expediente delictivo -ha sido detenido en dos ocasiones tras enfrentarse a sus compañeros de la Nacional y provocar altercados con sus vecinos de Alcalá de Guadaíra-, ha terminado expulsado del Cuerpo y hasta se le ha prohibido entrar al pueblo. En redes sociales, ha publicado informaciones falsas sobre el paradero de los pequeños y ha llegado a mostrar la foto de dos cadáveres en Mairena junto a la llamada de SOS Desaparecidos alertando del secuestro. Mientras, ha ejercido de padre… Al menos ha mantenido la tutela de los menores.

Sonia Barea ha podido seguir su vida huyendo. Trasladó su residencia a un piso de acogida de Granada -un “hervidero de feminazis libertinas” en palabras del expolicía- y no ha dejado de insistir en la necesidad de revocar la custodia compartida. Se produce ahora. La juez le ha enviado a prisión por un delito de atentado a la autoridad y, en un segundo auto, le prohíbe comunicarse y acercarse a sus hijos a menos de 300 metros al tiempo que suspende la patria potestad.

Manuel Lebrón se ha ido retratando en Facebook con mucha más sinceridad que lo hace ahora ante la magistrada: “No reconozco las tartufas leyes de la ideología de género, ni tampoco sus ridículos tribunales, más parecidos a los circos romanos deseosos de sangre humana”. Lo paradójico es que son precisamente las leyes contra el machismo las que -hasta ahora- lo habían protegido como padre preservando sus derechos en la custodia compartida.

Confesaba la madre que llegó a temer por la vida de sus hijos. No es ninguna casualidad que el Gobierno haya decidido priorizar las medidas de protección y asistencia a los menores en el Pacto de Estado que empieza a aplicarse este año. Siguen siendo las víctimas más invisibles y silenciosas de la violencia de género. El registro sobre los niños huérfanos por asesinatos machistas, de quienes tienen que vivir con la doble tragedia de perder a su madre y ver a su padre en prisión, apunta a medio millar en algo más de una década. Sólo hay datos desde 2013.

Veintitrés menores también han sido víctimas mortales en este tiempo. Uno de los casos que más convulsión causó en la sociedad española ocurrió en el verano de 2015 en un pueblo de Pontevedra cuando un padre mató a sus dos hijas de 4 y 9 años con una sierra radial. Una venganza contra su exmujer.

El caso de los niños desaparecidos en Granada, con un padre condenado por maltrato que mantiene la patria potestad, no es aislado. La justicia sigue otorgando regímenes de visitas, más o menos amplios, a condenados por violencia machista incluso en casos de inminente entrada en la cárcel. Una de las primeras medidas que pondrá en marcha del Pacto de Estado es la suspensión “con carácter imperativo” del régimen de visitas “en todos los casos en los que el menor hubiera presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia”.

Hablamos de la teoría; la práctica pasa de nuevo por la interpretación judicial y por un debate mucho más profundo: ¿puede ser buen padre un maltratador? No hay respuestas tajantes. Necesitamos poner el foco en los menores, fijar un protocolo garantista y atender la singularidad de cada caso anteponiendo la seguridad y la protección de los hijos a los derechos del progenitor. Con nombres y apellidos.

Aunque no se debe legislar con el ardor de la indignación sobre la mesa, son los casos concretos los que despiertan las conciencias, los que crean los movimientos que al final nos hacen avanzar como sociedad y los que hacen saltar las alarmas sobre las grietas del sistema. De eso sabe bien el movimiento feminista. Ese que tanto inquieta a tipos como Lebrón.

Inconscientemente cómplices

Magdalena Trillo | 29 de noviembre de 2015 a las 11:41

Mentira número 1: hay muchas denuncias falsas por violencia machista. ¡Muchísimas! Mentira número 2: cuando una mujer agrede a un hombre, nadie dice nada. Nadie los defiende; nadie se alarma.

En realidad no son mentiras. Son opiniones. Convicciones. Cerradas verdades para quien así lo cree. Que una universitaria de 18 años tome la palabra en clase para lanzar tales denuncias debería alertarnos. Más aún si son demasiados los compañeros que asienten y pocos los que lo rebaten. Más aún si en la antesala de un 25-N, del Día Internacional contra la Violencia de Género, lo que como sociedad sabemos es que el machismo sigue infiltrado en nuestro ADN, que ni las campañas de sensibilización, ni la especialización de las fuerzas de seguridad, ni las iniciativas legislativas, ni la acción judicial han sido suficientes para atajar la violencia y que, lejos de frenar uno de los problemas más vergonzosos que tenemos como país, estamos asistiendo a una corriente de rebote, ideológica y traicionera, que se infiltra y se extiende escondida en peligrosos palabros que revestimos de modernidad cuando nos retrotraen a lo más oscuro de nuestro pasado. Más aún si en nuestro vocabulario se han colado palabras de odio y regresión como “feminazi” y “mangina” (calzonazos) con absoluta normalidad.

En un gélido mes de diciembre, hace ya casi dos décadas, José Parejo apaleó y quemó viva con gasolina a su mujer porque contó en un programa de televisión que la maltrataba: “Nunca he sido nada para él, ni me ha querido. Sólo me ha dado palizas y sinsabores (…) Ahora llegan las navidades y no tengo ilusión por la vida. Estoy como enterrada en vida, y sólo quiero llorar. Yo le pregunto al Señor por qué he tenido que dar con este hombre…”

Lo vio media Andalucía. La granadina Ana Orantes, de Cúllar Vega, certificó su condición de víctima cuando se atrevió a denunciar en Canal Sur lo que tenía que “aguantar en casa” porque tenía once hijos y no tenía independencia económica para poderlo abandonar… A partir de este caso, la lucha contra la violencia de género se convirtió en una cuestión de Estado; en una cuestión social. Los medios dejamos de informar de los asesinatos de mujeres como si fueran un crimen pasional, desterramos el sensacionalismo y la banalidad de las crónicas y empezamos a entender que era inadmisible entrar en el juego de la justificación del agresor. ¿Era “buena gente” pero se le fue la cabeza porque se puso celoso?

En España hay más de 700.000 mujeres que sufren cada año violencia de género y más de 900.000 niños que son testigos de las vejaciones, los insultos y los golpes. En los últimos doce años, 814 mujeres han sido asesinadas por sus parejas. Las cifras que dibujan la violencia machista son necesarias, pero más lo son las historias, los rostros y los nombres que, por ejemplo, esta semana hemos colocado en Granada debajo de decenas de zapatos rojos manchados de sangre a modo de denuncia social y más lo es el ruido con que hemos decidido despertarnos del rutinario minuto de silencio con que despedimos protocolariamente a las víctimas.

El Yo no soy cómplice con que las instituciones han querido extender este año la implicación en la lucha contra la violencia machista a toda la sociedad era necesario. Pero no sólo ellas tienen que quitarse la venda de los ojos para denunciar y evitar su desprecio, sus insultos, sus golpes, su control; no sólo ellos tienen que quitarse la venda de los ojos para “tomar partido” y “actuar”. El machismo no se combate con medias verdades, no se ataja con hipocresía y no se contrarresta con una complicidad entendida, ahora sí, en el sentido más negativo y egoísta de la falsa camaradería.

Porque las cifras y las palabras son importantes, pero más lo son los símbolos en tanto que hablan de lo que sabemos y de lo que ocultamos; de realidades y del subconsciente.

Me explico. Para desmontar la primera mentira con que iniciamos el artículo basta con recurrir a las memorias de la Fiscalía General del Estado: las denuncias falsas representan un 0,010%. Esta lectura, sin embargo, no debería quedarse aquí. Somos cómplices del problema, no de la salida, si no reconocemos que ese 0,01 no debería existir. No deberíamos consentir ni una sola denuncia falsa; no debemos amparar ni proteger a ni una sola mujer que convierta un legítimo movimiento de solidaridad en un deleznable camino para aprovecharse de su pareja. Si no lo decimos así de claro también nosotras, las mujeres. Es una excepción pero esta ahí y también hay que combatirla.

Para refutar la segunda mentira no tenemos más que acudir a los periódicos de hace unos días: una mujer mató a su marido con un martillo y después de ahorcó en el Pumarejo. Diario de Sevilla lo publicó con la misma amplitud y contundencia que cualquier otro crimen machista. La agresora le asestó 159 puñaladas con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Paradójicamente ocurrió justo en la antesala del 25-N mientras en medio país se preparaban actos y marchas de denuncia contra ellos y, como podrán imaginar, por él no ha habido ni un solo homenaje ni un solo minuto de silencio…

Me pregunto por qué. Es un caso aislado, otra excepción, pero fue una muerte la que hace 18 años nos hizo ver la vergüenza de la violencia machista y (sólo) una muerte debería hacernos pensar si no tenemos que quitarnos también la venda del falso corporativismo para de verdad luchar por una sociedad sin discriminación y sin violencia. Me niego a frivolizar consintiendo que una palabra tan cargada de ideología como “feminazi” se deslice sin consecuencias en las conversaciones cotidianas y las redes sociales pero poco avanzamos como sociedad si no nos quitamos la venda de la hipocresía.

Desde la neurociencia lo tienen más que constatado: pensamos que somos seres racionales pero somos tremendamente emocionales. Un 20% cabeza; un 80% corazón. Por eso triunfan las marcas y los lemas… Por eso es tan distinto lo que decimos de lo que de verdad opinamos… Incluso, de lo que creemos que opinamos.

“Yo no soy cómplice”. Gritémoslo. No lo seamos. Pero tampoco seamos inconscientemente cómplices.