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Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

clara

Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

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Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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Jóvenes y mujeres, los indeseables del PIB

Magdalena Trillo | 5 de octubre de 2014 a las 19:43

Primero arremetió contra los jóvenes proponiendo bajar un escalón más de miseria el Salario Mínimo Interprofesional y ahora quiere expulsar del mercado de trabajo a las mujeres en edad de procrear. Son sus ‘soluciones’ ante los adolescentes que se descolgaron de la formación para engancharse a los sueldos astronómicos de los años del ‘boom’ inmobiliario –y ahora “no valen para nada”– y ante el “problema de la conciliación”: contratar a mujeres por debajo de los 25 y por encima de los 45 para asegurar que no van a tener hijos y no van a estar once años blindadas…

Mónica Oriol no ha tardado ni doce horas en rectificar. Pero sólo en apariencia. No porque no pensara lo que dijo sino como lógica estrategia para calmar la avalancha de críticas e indignación que ha levantado su última intervención pública en Madrid.

Nadie ha malinterpretado a la presidenta del Círculo de Empresarios. El problema está ahí y lo triste es que declaraciones tan prepotentes como las suyas –“bruta” la ha llamado Rosa Díaz– lo único que hacen es invalidar la posibilidad de afrontar las muchas fisuras que tienen las políticas de igualdad. Sí, podríamos preguntarnos si proteger sin ningún tipo de excepción a una mujer porque haya tenido un niño no es también discriminatorio e insolidario. Porque lo es cuando convertimos un derecho y un progreso social en una medida absoluta; cuando hay razones objetivas para el despido y se mira para otro lado para evitar el desgaste en una batalla perdida ante el juez.

Pero las palabras de la empresaria, groseras y simplistas, son tan provocadoras como injustas en la medida que golpean a dos colectivos especialmente vulnerables orillándolos en las cunetas del mercado laboral y pidiéndoles explicaciones por unos supuestos privilegios y blindajes que hemos fabricado entre todos y que a todos, en un momento determinado, nos han interesado. ¿No son ellas las que tienen que garantizar el futuro de nuestras pensiones? ¿No son ellos los que tienen que sostener los pilares de nuestro Estado del Bienestar?

Actuamos tan cegados como lo hace Hacienda cuando persigue la picaresca del IVA y perdona a los estafadores de los paraísos fiscales. Y nos equivocamos si no somos capaces de reconocer que son quienes más pueden aportar a la estabilidad de la economía y a la transformación de nuestra sociedad. Hablo de talento y de oportunidades; hablo de creatividad y de esfuerzo; hablo de valores. Y lo defiendo justo cuando acabamos de conocer los últimos datos de la brecha de desigualdad que seguimos empeñados en cavar: Cáritas registró el año pasado el mayor número de peticiones de auxilio desde el inicio de la crisis (2,5 millones de españoles en riesgo de exclusión); en frente, el club de los milmillonarios vuelve a subir (un 7% más que en 2013, una élite de 2.325 superricos que controla ya cerca del 4% de la riqueza mundial).

Y a ellos tenemos que sumar los ricos espontáneos y efímeros, los que lo son mientras pueden meter la mano en el bolsillo de todos (¿algún día recuperaremos el dinero saqueado de los ERE, de la Gürtel, del caso Noos…?) y los que nos dan lecciones de moralidad con la misma frivolidad con que consumen con su ‘tarjeta fantasma’. ¡Qué son los supuestos ‘blindajes’ del asalariado frente al desenfreno de estos falsos ricos –ladrones unos, estafadores otros– que se han dedicado a dilapidar confiados en que al final no serían castigados sino rescatados por el Estado!

La Universidad de Granada abrió ayer oficialmente el nuevo curso con un convencimiento compartido de que “la educación es la más legítima oportunidad de igualdad y progreso” y con el propósito de situar el sistema de enseñanza en el centro del cambio profundo y duradero que requiere nuestra sociedad. Unos minutos antes de las intervenciones de la presidenta de la Junta y del rector, el profesor Henares Cuéllar concluyó su discurso de apertura con una llamada de atención para poner las bases de un modelo público “al servicio de un nuevo humanismo que enfrente la creciente desigualdad”.

Valores. Esos que hemos preferido marginar con la coartada de la crisis; esos que resultan hoy tan incómodos e indeseables como lo son jóvenes y mujeres para las tiránicas dinámicas productivas del PIB.

En las cavernas

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2014 a las 10:47

Cristina de Borbón habrá heredado su título de infanta pero no sus privilegios ni sus derechos dinásticos y mucho menos la exigencia de ejemplaridad que un miembro de la Casa Real debería ganarse y legitimar cada día. Esta semana hemos sabido que su vocación era otra. En su torre de marfil, se declara ingenua, dependiente y sometida a los criterios de su marido. Cegada de amor, le entrega toda su confianza firmando documentos mercantiles sin hacer preguntas, asistiendo a reuniones de trabajo que no lo fueron, dando clases de merengue y salsa que no recuerda, realizando viajes fabulosos sin saber cómo, invirtiendo partidas millonarias en reformas palaciegas que ‘desconoce’. Una vida de cuento donde el dinero nace en los almendros y los gastos no ‘constan’.

La Infanta hizo en sus ‘cinco horas con Mario’ lo que tenía que hacer: no entrar en contradicciones y no dar ni un solo motivo al juez para procesarla por fraude fiscal y blanqueo de capitales. Era su derecho como imputada; no tenía por qué decir la verdad. Después de sus 579 evasivas, es probable que el magistrado pueda sostener su responsabilidad civil por beneficiarse de la riqueza ilícita que entraba en su casa -Anticorrupción ha pedido 600.000 euros si su marido es condenado- pero difícilmente se sustenta la vía penal. Es la tesis de sus abogados; la infanta enamorada, confiada y víctima. La imputada que hasta se “ofende” cuando el juez Castro le pregunta si ha actuado de “escudo fiscal” para terminar lamentándose de que, por ser quien es, ha sido objeto de un mayor escrutinio por la Hacienda pública.

Como imputada también pudo callar pero no lo hizo; situó a su marido en la diana del caso Nòos. Urdangarin manejaba los hilos. Es la única lectura posible de su comparecencia ante el juez del pasado 8 de febrero: si alguien cometió un delito penal fue él. Y es una estrategia judicial más que comprensible aunque, socialmente, nos devuelva a las cavernas. La Infanta busca su salvación desempeñando el papel de nuestras abuelas, las que firmaban con el dedo porque nunca tuvieron la oportunidad de aprender a leer. No es su situación. Gracias a nuestros impuestos, la hija menor del Rey ha tenido una de las mejores educaciones de este país y, supuestamente, se ha ‘ganado’ un empleo altamente cualificado en La Caixa. Es otro debate distinto al judicial pero no es menor: la Infanta, por decencia, por ser quien es, también tendría que dar ejemplo y está haciendo justo lo contrario. ¿Se imaginan a los abogados de Urdangarin argumentar que ‘mandaba’ su mujer y que él no tenía ni idea de nada?

La estrategia de Cristina sólo se sostiene porque es mujer. Explota el estereotipo de la mujer ignorante e incapaz para buscar una salida en los tribunales. No es la primera ni la única -recuerden, por ejemplo, los intentos desesperados de Isabel Pantoja- pero su posición es especialmente significativa si no fuera porque la opinión pública ya la ha condenado -¿alguna mujer ‘desconoce’ cómo entra y sale el dinero en casa?- y porque la posibilidad de que esté diciendo la verdad es casi más terrible que dejarla pasar por una Jasmine a lo Woody Allen en este frenético mundo de excesos y desigualdades.

Las mujeres hemos querido dar el salto a la escena pública demostrando nuestras capacidades, queriendo aportar sensibilidades y presumiendo de valores pero no tardamos en sumirnos en las mismas miserias que los hombres sin renunciar a explotar nuestra condición sexual cuando nos interesa para exculparnos. La ‘historia interminable’ del caso de los ERE sólo se explica por el insaciable egocentrismo de la juez Alaya, la guerra de poder que tiene abierta Esperanza Aguirre en Madrid nada tiene que envidiar a las intrigas de salón más novelescas de nuestra historia y, puestas a tocar fondo, cerramos la semana con una alcaldesa de pueblo dispuesta a ‘venderse’ por un bolso de Loewe. De momento es una denuncia pero el papel de Ana Hermoso (PP) en lo que empieza a conocerse como la ‘Gurtel andaluza’ no parece quedar en la mera comparsa. O sí. Porque, si así lo exige el guion, siempre podrá interpretar el cinematográfico papel de rubia tonta, decir que es una mujer de paja del ‘Correa del Sur’ y que nunca pensó que aceptar un regalo sin importancia pudiera comprometer su honor. Una víctima más de esta ‘injusta’ sociedad en la que todavía no hemos decidido si preferimos estar dentro o fuera de las cavernas.

Manipulación, a solas con Pedro J.

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 22:59

 

 

IBA a hablar del consejero Griñán. De su  fascinación por Obama y de sus recetas  contra esa crisis “inédita, imprevisible,  exasperante y cabreante” que acapara titulares,  mantiene ocupados a los políticos  y deja sin dormir a quienes de verdad la sufren: los parados.

 

Pero la foto de Soraya ha podido con la crisis. Bien lo sabe Pedro J. cuando ha optado por recurrir al cóctel fácil de sexo, imagen  y política para situarse en primer plano de la actualidad, para dar una supuesta lección a  Rajoy y dejar claro que, cuando se trata de manipular, pocas personas son capaces de tanto.

 

Por supuesto que no. ¿Lo primero? Convencer a la parlamentaria del PP para que pose de modelo  en las páginas del Magazine del domingo con una imagen “sugerente” e “íntima”.  Bien. Vestido negro vaporoso e insinuante,  hombros y escote al descubierto, peinado y  maquillaje de mujer fatal, piernas semidesnudas  y provocadoras.

 

La imagen podría describirse con los mismos adjetivos que Griñán aplicó a la crisis en su conferencia de Granada. ¿Inédita e imprevisible? Por supuesto. ¿Exasperante y cabreante? Pero no por la foto en sí  misma sino por la intrahistoria de la imagen.

 

En el almuerzo de Caja Rural al que acudió  Griñán, la foto de Soraya le robó buena parte  del protagonismo al discurso económico. Era  la comidilla en los corrillos de políticos y periodistas.  Esa misma mañana, El Mundo había  publicado en portada la polémica foto y  comenzaba el revuelo: la engatusa y luego la  traiciona. A continuación se vanagloria de  que “no se habla de otra cosa” y aprovecha, cínicamente,  para criticar al PP por sus “contradicciones”  en sexo e imagen.

 

No falta ni un solo ingrediente para ‘alimentar’ a hipócritas y machistas. De paso, echa un pulso al PP -últimamente  van demasiado por libre…- y da un  empujón a la edición del diario.  Pero lo que cabrea de la foto de la portavoz  del PP en el Congreso no tiene nada que ver  con el discurso feminista ni con los estereotipos  simplistas de la mujer que siguen recordándonos  el “trecho” -como confesó el  propio Rajoy- que aún queda por recorrer.

 

Cabrea que  se nos manipule para mayor gloria de un conspirador. ¿Es que Pedro J. no se preocupa  de su imagen? ¿Su admirado Aznar está a  salvo de críticas? En tal caso, no tendremos en  cuenta los cambios de peinado con que sorprende  cada poco tiempo, ni sus acentos exóticos,  ni sus cambiantes tonos de piel, ni el abdomen de  “tableta” del que solía presumir… 

 

Cuando las ministras del primer Gabinete de ZP posaron para Vogue al inicio de la primera  legislatura, Pedro J. abrió una cruzada contra  ellas; el mismo talante cínico que recuperó  hace unas semanas cuando su medio criticó a  Carme Chacón por acudir con chaqué a la Pascua  Militar. “La ministra en pasarela”, tituló entonces. ¿Los ministros no posan? 

 

Quería hablar de crisis y al final lo he hecho.  Aunque de otra crisis. La de principios y valores;  de credibilidad y de moral. Sólo me surge  una duda:el temor de contribuir al éxito y no al descrédito de quienes juegan a ser Dios.