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CajaGranada-Bankia: de números e intangibles

Magdalena Trillo | 2 de julio de 2017 a las 11:17

En las memorias de Antonio Jara hay dos volúmenes: el que vivió en los años 80 desde la Plaza del Carmen y culminó con el reconocimiento de haber sido “el mejor alcalde de Granada” (con un legado que ha logrado mantener) y el que lo ha llevado a la sexta planta del ‘Cubo’ en la década de mayor incertidumbre y convulsión de este país. Podríamos pensar que el primero es político y el segundo, económico. Nos equivocaríamos: los localismos, los nacionalismos y las guerras de intereses no entienden de muros ni de fronteras. Habrá quien tenga la tentación de sentenciar (ya) que su etapa como alcalde fue sinónimo de éxito y la de gestor financiero, de fracaso. Está por ver: CajaGranada se acaba de subir a bordo de un “transatlántico” que, por primera vez en toda la historia de despropósitos que acumulan las cajas andaluzas, ha apostado por esta comunidad para expandirse y competir.

La historia de CajaGranada en la nueva Bankia está por escribir del mismo modo que están por escribir las memorias de Jara. De todos los Jaras. Del que gobernó la ciudad poniendo los pilares de una Granada moderna y abierta en los albores de la democracia, del que reapareció en 2010 en la esfera pública para tomar las riendas de la vieja La General, del que tuvo que lidiar con una integración en BMN de beneficio más que dudoso, del que intentó (sin éxito) que alguien le escuchara cuando intentó resucitar la opción de Unicaja y del que hoy ve en la marca “CajaGranada” y en el “Cubo” los símbolos de un legado a preservar.

Antonio Jara no tiene miedo a las palabras. No le he visto nunca recurrir a un eufemismo ni eludir una pregunta; ni siquiera un rumor o una intoxicación. Durante meses se ha mantenido en silencio, prudente, a la espera de que culminara la operación de fusión. Lo que toca ahora, cuando todos miran con interrogantes y preocupación al imponente edificio vanguardista de Campo Baeza, es dar la cara. Lo hace con argumentos y con datos. Tiene una libreta negra llena de números y fechas. De reuniones y de llamadas. De instrucciones y de presiones. Como buen profesor universitario, lo anota todo. Es el mejor antídoto contra las propias flaquezas de la memoria y, sobre todo, contra los relatos interesados de otros.

En la entrevista que hoy publicamos hay dos capas bien diferenciadas, la gélida de los números y la intensa de los entresijos que vienen a explicar por qué CajaGranada terminó con un 2,79% en BMN y, ahora, con un 0,19% de Bankia. Por qué fue un fracaso la “gran caja” y después la “caja única”. Por qué Andalucía ha dilapidado la historia de las 14 cajas de ahorro que funcionaban hace treinta años. Por qué la región más poblada de España no tiene un peso real en las finanzas del país…

Pero no hay una respuesta sencilla ni un único culpable. Es verdad que la mala gestión política, las interferencias, la vampirización de las cajas, ha pesado tanto como lo ha hecho la penitencia del ladrillo en los balances financieros. Sería un error, sin embargo, mirar sólo a Sevilla sin reconocer que fue, por ejemplo, el Gobierno de Zapatero el que marcó un ‘no’ rotundo a los “nacionalismos intracomunitarios” -justo cuando las cajas gallegas también se intentaban blindar-, no tener en cuenta el “maltrato” que sufrió BMN en el momento de la reestructuración bancaria -“nos dieron lo justito para no morir”, confiesa Jara- y, por qué no, ser capaces de echar la vista atrás y valorar la gestión que hicieron en su día Julio Rodríguez y Antonio María Claret cuando CajaGranada era una puerta giratoria de lujo para mercadear. Dejémoslo ahí…

Si Bankia termina preservando la posición de Granada en su apuesta por Andalucía, si se cumplen las expectativas de negocio y de expansión, tal vez podríamos mirar esta última operación con optimismo pensando que la larga travesía del desierto ha servido para enterrar el discurso de las emociones y las nostalgias y para imponer la racionalidad económica y la rentabilidad a la gestión en el sector financiero. Puro sentido común.

Asegura Jara que no ha sido Granada quien “le ha dado la espalda a Andalucía”, que no ha sido Granada quien “ha fallado”. En pleno conflicto por mantener el poder judicial, justo cuando se acaba de desactivar un intento sorpresa de Sevilla de competir por la Capitalidad Cultural de 2031, no parece descabellado temer ahora nuevas tentaciones atraídos por el polo político de la capital hispalense y el polo económico de la capital de la Costa del Sol.

No hay duda de que la operación será un buen negocio para Bankia pero aún está por ver si lo será para Granada: porque en la ecuación están los números y también los intangibles. No hablo de intereses personalistas para salir en las fotos del consejo de administración y ni siquiera del futuro de oficinas y de personal cuando las previsiones son de ajustes mínimos -con incentivos- y de expansión. Hablo del simbolismo de la sede y de la preservación de Granada como referente de Bankia en Andalucía en un sentido estrictamente comercial: por el negocio que supone la marca CajaGranada y la imagen del Cubo. No es localismo ni nacionalismo financiero, es márketing y es también, por qué no, una forma inteligente de desembarcar en un territorio. De competir.

Dice Antonio Jara, y nos recuerda que hablamos con un “anciano”, que su futuro en Bankia es “ninguno”… Pero no lo es si pensamos que hay un puñado de acciones que gestionar -por pequeño que sea-, una Fundación que reinventar y los intereses de un territorio por defender. En este punto, mirar atrás y lamentarse sirve de poco. Perderse en el juego de los futuribles, tampoco. Hay una realidad y unas expectativas que cumplir o defraudar. Son justo las páginas que deberán cerrar ese segundo volumen de memorias que están, aún, por escribir.

Más que una foto

Magdalena Trillo | 18 de junio de 2017 a las 11:06

En pleno Corpus, encuentro una mañana sobre mi mesa un sobre certificado procedente de Vitoria. El lehendakari me dirige una carta personalizada explicando las razones históricas, sociales y culturales del Concierto Económico Vasco. Un dossier de 24 páginas, en una exquisita edición en papel couché, recoge el argumentario: el origen de los fueros vascos, las vicisitudes del Cupo desde 1878 hasta su última revisión en 2002 pasando por la suspensión de la Dictadura y el reconocimiento jurídico que consagra el Estatuto de Gernika, nuestra Constitución y hasta del Derecho Europeo (incluido el Tribunal de Luxemburgo) a su avanzado “federalismo fiscal”. Por qué es el pilar de su autogobierno y de su estrategia de desarrollo autonómico, en base a qué defienden que los vascos son “solidarios” con lo que desde el resto de España no vemos sino como un privilegio y por qué es un “derecho irrenunciable a preservar”.

Hoy sé más del cupo vasco que del debate andaluz sobre la supresión del impuesto de sucesiones. Y lo que manejo es sólo una síntesis (bien armada y presentada) de palabras, fotografías, documentos y firmas. Que este documento haya llegado a los directores de prensa de Granada puede dar idea de la envergadura de la campaña de información que ha debido emprender Euskadi.

De la transparencia, pragmatismo y astucia con que el Gobierno de Íñigo Urkullu se va a posicionar en la negociación del modelo fiscal que España abordará tras el verano. De la seriedad y solidez con que el pueblo vasco está enterrando la barbarie del terrorismo, esa larga etapa negra de sinrazón que no ha servido más que para deslegitimar sus reivindicaciones. De cómo están reconduciendo su posicionamiento para la necesaria reforma del modelo territorial que ahora sacude la Generalitat de Puigdemont a golpe de populismo, choque de trenes y radicalismo.

Se han invertido los papeles entre El País Vasco y Cataluña. Y casi roza la tragedia el poco legado que hemos sido capaces de atesorar desde aquel 15 de junio de 1977 en que España dijo sí a la Política con mayúsculas, a las libertades y a la democracia. Viramos entre la irresponsabilidad y la frivolidad. En Madrid acabamos de cerrar el espectáculo de la tercera moción de censura de nuestra historia parlamentaria midiendo liderazgos, evaluando victorias y fracasos en clave partidista y situando el terreno para futuras alianzas en un horizonte de creciente clima electoral.

En Cataluña, las urnas se han convertido en un símbolo recurrente de la instrumentalización de las instituciones y de la huida hacia delante de sus dirigentes políticos. Ahora buscan 80.000 voluntarios para que hagan el trabajo de los funcionarios en la consulta ilegal del 1 de octubre sin querer asumir que no es sólo Madrid quien da el portazo al independentismo; lo hizo Estados Unidos, lo hizo Merkel, lo acaba de hacer la Francia de Macron… ¿Nada vamos a aprender (tampoco) del Brexit viendo tambalearse a la ‘dama de porcelana’ que estaba llamada a ser la nueva Thatcher?

El examen de las urnas, de cualquier proceso y a cualquier escala, desde unas primarias hasta un referéndum, no se gana ni se pierde en un día. Es un proceso volátil, impredecible y caprichoso que se va construyendo sobre expectativas y subjetividades pero también sobre realidades tangibles. En la fotografía final que refleja un proceso electoral se integran los aciertos y los errores de la gestión cotidiana con la misma nitidez que lo hace la instantánea de un éxito o un fracaso. Podemos pensar en Urkullu y Puigdemont, en Theresa May y Emmanuel Macron y podemos quedarnos en la política local valorando el significado de la históricafotografía con que Granada ha cerrado filas por el proyecto del acelerador de partículas…

ifmif dones

Es más que una foto. A contracorriente, habla del prestigio de la política y de la utilidad de las instituciones en un momento de profunda confusión y desorientación de los poderes públicos. Es el resultado de una campaña soterrada de trabajo responsable y leal que -por una vez- ha unido a políticos, administraciones, empresarios y científicos por “un proyecto de Estado” que puede convertirse en el mayor revulsivo económico y de desarrollo para la Granada de las próximas décadas. Y para la Humanidad. No es ninguna exageración; es una inesperada y generosa alianza que ha superado susceptibilidades y agravios.

El proyecto tiene un nombre impronunciable (IFMIF-Dones) y un objetivo tan complejo como apasionante: encontrar nuevas formas de energía sostenibles basadas en la fusión nuclear. España compite con Croacia y -por una vez- no hay zancadillas, utilizaciones partidistas ni juegos institucionales boicoteando el proyecto. En pleno Corpus, y con independencia del dictamen final, se contribuye desde Granada al prestigio de la política y de los políticos. Sin teatros ni estridencias. Sin codazos por salir en la foto. Con lealtad y determinación. Con la misma discreción e inteligencia con que el nuevo País Vasco busca su espacio en el puzle nacional y la misma torpeza con que Cataluña se pierde en el laberinto de los excesos, la demagogia y los egos.