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Manual de desconexión estival

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2016 a las 10:30

Queridos políticos. Los españoles, los que no llevamos siete meses vagabundeando, nos vamos de vacaciones. Hemos trabajado duro, hemos pagado nuestros impuestos, hemos ido disciplinadamente a votar -dos veces para nada- y, a la espera de que a algún iluminado del FMI se le ocurra ‘ajustar’ nuestro derecho a descansar, desconectamos. Fundiremos el sofá, asaltaremos los bares y, hasta que el cajero aguante, estrujaremos la tarjeta de crédito.

A nada de esto tienen ustedes derecho. Después del episodio ‘Rajoy en plan Rajoy’, Pablo Iglesias en versión ‘psicópata carismático’, Pedro Sánchez jugando a ‘dónde está Wally’ y Albert Rivera a lo ‘llanero solitario’, más urgente que reformar la Constitución frente al chantaje catalán es poner orden en el ritual de la formación de Gobierno. Propongo aplicar el mismo principio que está rigiendo las negociaciones de investidura: responsabilidad en diferido. Pero con una variante: vacaciones en diferido y sueldos en diferido.

Que se recoja en el BOE: si no hay gobierno, no hay descanso. Y las nóminas, esas que llevan siete meses recibiendo -con sus extras correspondientes- quedan embargadas. Sine die. El mismo horizonte incierto con que España pondrá este año el cartel de ‘cerrado por vacaciones’. ¿Cuánto creen que tardaríamos en tener gobierno?

No sé si recuerdan la película con que Stanley Kubrick puso fin a su carrera cinematográfica. Tan sugerente como el título, Eyes Wide Shut, es el trasfondo de incertidumbre e insatisfacción que destila esa historia compleja y misteriosa que se deja ver una y otra vez sin que consigamos concluir nada. En una espiral de realidad y sueños, los Ojos Bien Cerrados de Kubrick nos llevan al mismo terreno ambiguo y ambivalente que a principios de siglo ya retrató el austriaco Arthur Schnitzler en su novela corta Relato soñado arrastrándonos a un mundo carnavalesco a medio camino entre el sueño y la vigilia.

La política española está a años luz de la intensidad y la fascinación que alcanzan Tom Cruise y Nicole Kidman en este divertimento póstumo del cineasta estadounidense pero no tanto del deterioro y la frustración que se va inoculando en el espectador. La lección más valiosa de estos meses tal vez sea la madurez con que los votantes estamos afrontando la incapacidad de nuestros representantes para representarnos. Es la misma concesión que otorgamos al cine. Nos podemos sorprender, desconfiar y hasta rebelar pero, si la obra es buena, llega un momento en que accedemos a ser cómplices. No significa que bajemos la guardia; es una forma de reconocimiento y participación.

Realmente, es la sugestión del título lo que me lleva de Kubrick a la política viendo tediosos informativos con la depresiva imagen de esos políticos con los ojos cerrados que siguen ocupando titulares, pantallas dactilares y minutos de televisión. ¿De verdad son una opción unas terceras elecciones?

Pero quien me conduce a Kubrick es otro cineasta, el español Alejandro Amenábar, con la envolvente y contradictoria atmósfera de Regresión. Los dos filmes nos sumergen en el enigmático mundo de las sociedades secretas y los macabros rituales con enfoques inversos: ¿están ahí y nos resistimos a verlo o estamos dando carta de realidad a lo que nos inducen a ver?

No entro en si Amenábar responde a las expectativas y dejo al margen si se pierde en un argumento y desarrollo tal vez demasiado repetitivos y previsibles. Lo que me interesa es el envoltorio. La pseudociencia de la regresión; lo psicopatológico por encima del psicoanálisis de Freud. Podríamos preguntarnos si sería una salida someter a los políticos a unas terapias de regresión con la convicción suficiente como para que tengamos gobierno a la vuelta de vacaciones. No tiene que ser real; sólo tienen que creer que lo es.

Lo peligroso es que la regresión también puede funcionar en negativo. Pienso en la Operación Nazarí. A mediados de agosto se cumplen cuatro meses sin que sepamos realmente qué ocurrió. Me cuentan que la jueza está muy nerviosa. Ya ha decretado tres veces el secreto de sumario de un caso que hizo caer a un alcalde, ha hundido la reputación de 17 personas… ¿Y? Pues seguimos especulando. ¿Vieron desde Madrid lo que quisieron ver? ¿Se desinflará el caso como acaba de ocurrir con el de los cursos de formación?

Elimine del Manual de Desconexión Estival el punto “distraerse viendo cine”. La realidad -la actualidad- es tan caprichosa, inaudita y compleja que le seguirá persiguiendo. También en formato 3D. Incluso en vacaciones…

Caso Nazarí: la tormenta imperfecta

Magdalena Trillo | 24 de abril de 2016 a las 11:27

El problema de las tormentas es que no son controlables. Por eso son tormentas. Porque se desatan y cobran vida propia. Ajenas a los hilos de quien las desata. Perturbadoras. Adversas. Imprevisiblemente imperfectas. Incluso para quienes en un primer momento han podido tener la tentación de zarandear las nubes y han terminado viendo cómo se les escapaban de las manos. Incluso para quienes se han alegrado mirando al cielo creyéndose protegidos de las descargas.

Justo así es el temporal que se ha instalado sobre la Plaza del Carmen desde que hace semana y media nos sobresaltamos con el despliegue policial de la Operación Nazarí. La caída del tablero de Torres Hurtado, Isabel Nieto y Sebastián Pérez ha sido (sólo) el comienzo. Doloroso en lo personal. Estratégico en lo político.

caballo

Frente judicial

La sobreactuación de la UDEF al estilo Rambo sigue siendo contestada dentro y fuera del marco de las fuerzas de seguridad. Tanto como la inédita reacción de la Fiscalía General del Estado desmarcándose de la detención del alcalde. Hasta el presidente del TSJA se ha tenido que pronunciar: la operación judicial se ajustó a la legalidad pero no es “nada habitual” el comunicado que emitió la fiscal y mucho menos que las “diferencias de criterio” entre las distintas partes de una causa se diriman en los medios de comunicación. ¿Se toman demasiados canapés en esta ciudad? Sin cuestionar la obligada independencia y profesionalidad de jueces y fiscales, sólo recordaré que son personas. Con todas sus virtudes, fallos y debilidades. Con sus familias y sus círculos de amistades…

Frente urbanístico

La investigación judicial que ha puesto en marcha toda la macrooperación se inició en enero pero son más de cuatro años los que la cúpula de Urbanismo, incluida la concejal y el interventor del Ayuntamiento, han estado recibiendo denuncias y advertencias sobre posibles irregularidades. Hoy publicamos al detalle parte del expediente relacionado con el residencial de 300 viviendas que J.J. Romero construyó junto a Kinépolis y que ha motivado una de las querellas que están en el origen del Caso Nazarí: decenas de escritos de denuncia y multitud de firmas de los altos funcionarios que han venido haciendo y deshaciendo en Urbanismo -con sus particulares rencillas, enfrentamientos e intereses particulares- y de los responsables políticos. Es sólo una muestra del “cortijo” que muchos ven en el área de Urbanismo. Desde siempre. Desde mucho antes de la etapa de Díaz Berbel.

Frente político

A falta de que se levante el secreto de sumario, es una de las tesis que va imponiéndose sobre el recorrido final que tendrá la macrooperación de la UDEF: el chiringuito de Urbanismo estallaría tarde o temprano y los dos bandos Pepe Torres-Sebastián Pérez que se han llegado a clonar en la sede de las Hermanitas de los Pobres no han hecho más que precipitarlo. Hasta qué punto el propio alcalde se ha implicado -favoreciendo, firmando o beneficiándose- está por ver pero pocos lo sitúan en un escenario de mordidas. Irreversible ha sido, sin embargo, el punto y final a su vida política. Una inmerecida, pero provocada, puerta de atrás.

Torres Hurtado ha accedido por fin a la petición de retirada del PP -nunca debió presentarse a un cuarto mandato- y ha logrado despedirse con la pequeña victoria de obligar a dimitir a su número 2, a quien en estos momentos debería ser el candidato del PP a relevarle y mantener la Alcaldía de la capital. Consigue irse llevándose de trofeo la cabeza de su rival político -en este prime asalto- pero deja un profundo daño en su familia, un golpe irreparable a su imagen, a la del partido y a la de Granada y complicadas consecuencias a su propio equipo.

Porque no nos equivoquemos. Sebastián Pérez sigue manejando el partido -más aún con la muerte de Martínez Soriano justo cuando estaba pergeñando una operación para disputarle el poder en el próximo congreso provincial-, sigue definiendo la estrategia-suya ha sido la decisión de situar a Rocío Díaz como alcaldable- y es mucho lo que el partido le debe por el “gesto de generosidad” del pasado lunes que todo el aparato ya ha empezado a rentabilizar. La retirada de Pepe Torres es definitiva; la suya, sólo un paso táctico. ¿Alguien duda que no sea el candidato del PP en las próximas municipales?

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Paco Cuenca o Rocío Díaz

Si hoy está en tablas la Alcaldía es por la operación del lunes de la triple dimisión. Lo que hizo el PP fue abrir la puerta a la continuidad. Ha llevado la tensión a las filas socialistas, ha vuelto a golpear al candidato socialista con la sombra de la corrupción de los ERE y el caso Invercaria y, con la elección de Rocío Díaz, ha logrado lo inimaginable: que todo el PP se venga arriba, que se aparquen los dos bandos y que hasta se minimice el malestar inicial de haber tenido que enterarse por la prensa.

Si en lugar de Rocío Díaz el candidato fuera, por ejemplo, Juan Antonio Fuentes o María Francés, los de Pepe Torres se habrían rebelado. El propio Fernando Egea, a quien todavía hoy nadie le ha dado una explicación de por qué siendo el siguiente en la lista no es el alcaldable, hubiera protagonizado algún episodio nuevo de crisis. Abandonando o votando en contra. Nada de esto sucederá. Ciudadanos vuelve a tener la llave y, al margen de lo que Luis Salvador quiera decir públicamente, tantas posibilidades hay de que siga el PP como de que se constituya un gobierno de cambio.

Es la semana del cortejo y, en dotes de seducción y maniobras a contrarreloj, los del PP son alumnos aventajados frente a un PSOE que sigue despistado enarbolando la ética y la responsabilidad. Que C’s haya llegado a pedir la cabeza del diputado de Deportes para apoyar a Cuenca no es más que el inicio de un relato. Las jugadas e intereses de los partidos para el 26-J cuentan y los de Rivera no pueden presentarse a las elecciones con la mochila de ser muleta de gobierno de la izquierda en demasiadas plazas.

La propia gobernabilidad de la capital está sobre la mesa. ¿De verdad puede manejar la Plaza del Carmen un alcalde con siete concejales? Seis si la edil Ana Muñoz no abandona su acta de diputada; cinco temporalmente cuando Jemi Sánchez dé a luz… Si ahora ya hay bloqueo y paralización -hasta el pago de las nóminas ha estado en el aire porque no había nadie para firmar-, imaginemos los 11 concejales del PP y los 4 de C’s gobernando la capital desde la bancada de la oposición…

Por mucho “chantaje” que sea pedir la cabeza del exalcalde de Iznalloz, las exigencias de Ciudadanos han de tener una respuesta y ¿seguro que en la Torre de la Pólvora están dispuestos a facilitar el sillón a Paco Cuenca a cualquier precio? Es evidente que no es una decisión que se tome (sólo) en Granada, pero ahora es en las filas socialistas donde emergen las teorías conspiratorias.

Cuando el PP parece dejar atrás su semana negra, la tormenta empieza a virar hacia el PSOE. Son muchos los que siguen sin ver a Cuenca de alcalde y hay quienes sitúan a Noél López en la sombra para minar la posición de Pepe Entrena (el puesto por el que luchó y perdió) y cuestionar a la propia Teresa Jiménez pensando en sus opciones para arrebatarle la secretaría en el próximo congreso provincial.

El caso Nazarí sólo ha desatado la tormenta. Imperfecta. Imprevisible.

131-161-199-253

Magdalena Trillo | 3 de abril de 2016 a las 20:40

Ya hemos llegado al momento Aritmética. A falta de explorar innovadoras combinaciones de la calculadora de pactos, uno de los cuatro números con que encabezo este artículo debería abrir la caja fuerte del próximo gobierno. El 131 es la alianza PSOE-Ciudadanos (con el respaldo del olvidado diputado de Coalición Canaria) que el Congreso tumbó el pasado 2 y 4 de marzo con una contundencia que parecía vislumbrar una inevitable cuenta atrás para la repetición de elecciones del 26 de junio.

Hoy, la barrera de los 100 días de no-gobierno en España nos dice justo lo contrario. Han cambiado las formas, está por ver hasta qué punto el fondo y empiezan a soplar nuevos vientos en el clima político electoral: el vaticinio de la derecha cobra fuerza y pocos cuestionan ya que, si la izquierda tiene una mínima opción de gobernar, lo hará.

Como la primera opción se ha recorrido ya sin éxito y la última, la del acuerdo PP-PSOE-C’s (253 diputados), se dio por muerta en los primeros minutos del juego, son los dos escenarios intermedios los que dan pie a la exploración política: el gobierno “a la valenciana” (161 escaños) que ha defendido esta semana Pablo Iglesias con su melodramático paso atrás y su catálogo de renuncias (la ‘artística’ de renunciar a una vicepresidencia que nunca tuvo y la táctica de moderar su programa económico por el “interés de España” y su “responsabilidad de Estado” en lo referente al déficit, el gasto público, la fiscalidad y hasta la reforma laboral) y el gobierno del “mestizaje” que se mantiene en la hoja de ruta de los socialistas (199 escaños) con el insistente intento del superviviente líder del PSOE de negociar a derecha y a izquierda y conseguir un ejecutivo transversal con ministros morados y naranjas.

Estas dos complejas fórmulas para el gobierno “reformista” y “de cambio” que ahora se están tanteando dependen tanto de la acción como de la omisión. La realidad es que tan clave resultan las negociaciones para llegar a acuerdos de gobierno tomando como punto de partida (o no) el pacto de 200 puntos que Pedro Sánchez y Albert Rivera suscribieron hace dos semanas como la presión que los propios partidos, los medios de comunicación y la opinión pública ejerzan sobre las formaciones para que se evite el “fracaso” (y el coste) que supondrían unos nuevos comicios y, como principio progresivamente compartido, la necesidad de desalojar de La Moncloa al PP de Rajoy, al PP de la corrupción.

Pero todos los caminos parecen vislumbrar una misma foto final: Pedro Sánchez al frente de un gobierno en minoría con el apoyo directo y abstención de una de las dos formaciones emergentes (Podemos y C’s) y la incierta participación del resto de partidos que el 20 de diciembre lograron representación parlamentaria. Incluidas las confluencias de la formación morada y contando incluso con los nacionalistas, ya sea el PNV en versión moderada o los catalanes con perfil separatista.

Hasta aquí la crónica del nada recomendable periodismo de declaraciones en que nos hemos sumido los medios estos días y de la política de globos sondas y de ficción con que los políticos están afrontando el sprint final de negociaciones que aún nos separa de ese 2 de mayo en que debería de empezar a contar el reloj electoral.

Y lo cierto es que no sólo Obama está esperando que haya gobierno (ya ni siquiera se especula con que sea estable) para visitar el país… No sólo Bruselas afina las tijeras a la espera de saber el color del Ejecutivo que deberá asumir la herencia recibida (acaba de constatarse un desfase presupuestario de 56.608 millones con un desvío respecto al déficit pactado de 10.400 millones y un horizonte de recortes en 2016 de hasta 23.600 millones si se mantiene la obligación de cumplir el 2,8% del PIB comprometido)… No sólo el Banco de España advierte solemnemente a todo el arco parlamentario del riesgo que el vacío político supone para la recuperación económica.

Mientras en Francia salen a la calle decenas de miles de personas contra la dura reforma laboral que su gobierno de ‘izquierdas’ quiere copiar al de Rajoy, en España hemos normalizado la precariedad. Y la pobreza. No nos preocupa que 120 banqueros estén cobrando más de un 1 millón de euros al año porque estamos distraídos soñando con ser mileuristas desde la barrera del estandarizado salario de los 500 euros.

Hemos asumido la resignación como principio de subsistencia. La advertencia la realizaba el Defensor del Pueblo Andaluz al presentar su informe de 2015 pero no es difícil constatarla en cualquiera de nuestras ciudades: la crisis no nos abandonado. No para los de siempre. No para los colectivos más desfavorables. No para las decadentes clases medias.

Los que necesitamos un gobierno resolutivo, estable y fuerte que negocie con Bruselas la flexibilización del déficit (¿de verdad la pelea es de quién es la culpa y no a dónde nos lleva el austericidio?) somos los ciudadanos. Los que deberíamos chantajear a nuestros políticos con un decálogo inamovible de líneas rojas somos nosotros. Lamentablemente, hace tiempo que normalizamos la corrupción. ¿También vamos a permitirnos ahora normalizar la crisis y el desmantelamiento del Estado del Bienestar?

131-161-199-253… Seguro que no hay una combinación mágica, pero por alguna habría que empezar. Más que nada si somos realistas y afrontamos que el problema de la alternativa, volver a votar, no es tanto la jornada electoral como tener que soportar una segunda campaña -¿se imaginan el exasperante dejavù si no renuevan ni los actores?- y una consecuente travesía del desierto con la calculadora de pactos volviendo a echar humo. La razón es de peso: ¿usted estaría dispuesto a cambiar su voto? Yo tampoco…

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

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Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Política y periodismo en Serie B

Magdalena Trillo | 10 de enero de 2016 a las 10:34

Nunca nos hemos puesto de acuerdo políticos y periodistas sobre la identidad del asesino. Me refiero al culpable de presentar como esperpento y vodevil la actualidad informativa de nuestro país: políticos huyendo por el garaje para no ser ‘cazados’ por la prensa, periodistas convertidos en paparazzi para intentar contar a sus lectores si se repetirán las elecciones en Cataluña, frívolas quinielas sobre el ¿imposible? gobierno de España que saltan del movedizo pantano de las líneas rojas al inocente escenario de los deseos sin otro sustento que la rumorología. No lo sabemos nosotros y, probablemente, no lo sepan ellos. Parece de broma. Un día pontifican, al día siguiente sopla poniente y al tercero recogen velas. Las líneas rojas ya son verdes, naranjas o moradas y ya se puede negociar.

Ahora lo llaman “explorar”. Política en versión boy scout. El sugestivo “puro teatro” con que hace meses retratábamos el desafío soberanista está transmutando en aberración. Y con riesgo de contagio. Artur Mas ni supo llegar ni ha sabido irse y el capítulo de Mariano Rajoy está work in progress. De momento, y a la espera de que algún partido se saque de la chistera una ‘solución a la española’, tan poco viable parece el pacto ‘a la alemana’ que quiere forjar el PP como la gran coalición progresista ‘a la portuguesa’ con que contraatacan los socialistas.

“Lo que la actualidad juzga negro resulta, a veces, en la lejanía, blanco como la nieve”. Lo escribió Ortega y Gasset y, con más dureza, no hace tanto que lo reinterpretó Gregorio Marañón: “La vida hoy es acción pura, sin el noble contrapeso de la razón. Y a esa acción sin freno y sin tope nos empuja el exceso de información, la información de los hechos secundarios a los que da la actualidad falsa categoría”. La tendencia a “pintar el mundo del revés” que el pensador madrileño atribuye a la prensa. Los periódicos sometidos a ese “monstruo anormal de la actualidad” con un preocupante defecto de visión: “La incapacidad de apreciar el verdadero color y las dimensiones exactas de las cosas”.

Estas reflexiones sirven al catedrático emérito Enrique de Aguinaga para tejer su particular tratado sobre las “aberraciones periodísticas” que publica en el último número de la revista de la FAPE. Sin ánimo de cuestionar ni limitar la autocrítica, olvida el profesor de la Complutense que cuando la actualidad tiene que ver con la política -¿y al final no todo es política?- cada vez está más confuso quién es el asesino y quién el cómplice; dónde empieza y dónde termina la espiral de la aberración y por culpa de quién. Porque no se puede sostener el compromiso y la honestidad informativa sobre la volatilidad e incertidumbre que hoy definen la escena pública. Y mucho menos sobre el tacticismo con que se está afrontando.

La clave no es otra que saber si el drama es sobrevenido o buscado. Si la política líquida que tanto nos preocupa es una consecuencia del 20-D porque los españoles no supimos votar (¿de verdad vamos a permitir que nos endosen el papel de verdugos?), porque los protagonistas no desempeñaron bien su papel o porque nadie ahora lo está sabiendo gestionar (¿no hemos aprendido suficiente con Cataluña sobre la frustración final de la clonación electoral?).

Que una cuarta parte de los estadounidenses vea ya la televisión en el baño parece una metáfora de nuestro tiempo. El triunfo de la serie B. Sin estrellas ni historias fabulosas. Con personajes corrientes, complejos y contradictorios. Ya ni siquiera tenemos nostalgia de los héroes. Huimos de los estereotipos y buscamos la normalidad de la vida, del sentido común, en la televisión. Porque es fiable. Porque es creíble.
Cuando se cumplen 50 años de A sangre fría, la célebre novela de Truman Capote que supuso el germen del Nuevo Periodismo, deberíamos volver a preguntarnos cuál es el nuevo periodismo de hoy tanto como cuál es la nueva política de hoy. A veces pienso que estamos volviendo a invertir los papeles. Hace medio siglo lo hicimos desde la literatura y ahora toca recurrir al audiovisual… Lo real discurre líquido en su móvil; con la ficción nos despertamos a diario. Lástima que nos hayamos quedado atrapados en la serie B.

El final de la crisis y otros cuentos

Magdalena Trillo | 28 de diciembre de 2014 a las 10:43

¿Primavera adelantada o seis semanas más de invierno? Phil, la marmota más famosa de la historia, la del impronunciable pueblo de Punxsutawney, la que inmortalizó Bill Murray hace dos décadas en Atrapado en el tiempo, nos lo dirá el próximo 2 de febrero. Si sale de su madriguera y no ve su sombra, se mostrará confiada para disfrutar del día, habrá llegado el fin del invierno; si su sombra la persigue, se asustará y volverá a su escondite a hibernar.

Tal vez tengamos que recurrir al conocimiento líquido y sobrenatural de las marmotas para saber cuántos días nublados aún nos quedan de crisis, para descubrir cuál de los políticos, y también de los economistas y de los expertos que tanto han errado hasta ahora, lleva razón. Rajoy lo sentenció el viernes al finalizar el Consejo de Ministros: “2013 fue el año de las reformas, 2014 el de la recuperación y 2015 el del despegue definitivo”. Los organismos internacionales, desde la Europa de Merkel y Juncker hasta los gurús del FMI, se apuntan a la tesis de optimismo del Gobierno pero no sin antes reclamarnos más reformas y advertirnos de los riesgos de subir salarios o recuperar parte de lo mucho perdido.

En el lado contrario, la oposición en bloque ve en las proclamas del presidente del Ejecutivo un derroche interesado de “triunfalismo” más relacionado con los tiempos electorales de 2015 -municipales a finales de mayo, generales en noviembre y autonómicas en algunas comunidades- que con la realidad que la sociedad española está viviendo en esta teórica “última Navidad de la crisis“. El planteamiento de la izquierda y de los nacionalistas coincide con el de los cada vez menos ‘radicales’ de Podemos: recuperación a qué precio y con qué niveles de desigualdad. Si, como critica el líder socialista, es “indecente” e “injusto” hablar de salida de la crisis con el nivel actual de paro y de degradación social y, sobre todo, si esa tendencia al alza de los grandes indicadores económicos es realmente sólida y estable o es un espejismo tan caprichoso como la supuesta sapiencia del televisivo roedor, tan endeble como las líneas de la quiromancia y tan volátil como el humo del sofisticado alquimista.

Tal vez, como denuncia Podemos, en el discurso económico del Gobierno haya bastante de ‘spot’ publicitario y de márketing, pero ¿no nos gustaría que fuera así? Puede que al final no sea tanto una cuestión de números y de estadísticas como de voluntades y de fe. Y el dilema es sencillo: del usted a quién cree al usted a quién quiere creer… Porque puede que, como nos cuenta James Salter en Años luz, haya dos crisis como hay dos vidas: la que la gente cree que está viviendo y la que anhela vivir; la aparente que exhibimos esta Navidad entre compras, bares y restaurantes -lo constatan por ejemplo en Granada los números sobre el aumento del gasto medio de las familias- y la que nos aguardará en casa cuando cerremos la puerta y se apaguen en las calles las luces led.

“El secreto”, nos dice Salter, “consiste en tener el valor de vivir” porque, si lo tenemos, “tarde o temprano todo cambiará”. Viri, su protagonista, habla de la vida y yo de la crisis; él se refiere a la fe y yo estoy pensando en la política y la economía, en la necesidad de creer a alguien, de creer en algo… pero ¿acaso no es lo mismo? “Nos protegemos como si eso fuera importante y siempre lo hacemos a expensas de otros. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe”.

He guiado estos días mi desembarco en los libros electrónicos con esta preciosa novela del escritor neoyorquino, una obra maestra de las letras anglosajonas, temiendo que la tecnología prostituyera la belleza de su prosa, que trastocara la sinfonía con que expresa sus ideas. Me equivoqué. He terminado sus Años luz con decenas de subrayados y anotaciones que ahora vuelvo a leer, a reconstruir, poniendo mi particular música sobre su particular partitura. Fundiendo verdades y sueños como quien culmina una y mil veces el cubo de Rubik. Los caminos son infinitos pero el final, cuando se alcanza, siempre es perfecto.

Años luz se escapa entre los dedos con la misma fugacidad que la vida. Con esa que no nos arriesgamos a vivir, con esa que no podemos imaginar “sin la iluminación que nos procura la vida de otros” y con esa, persistente, que nos golpea con sus grandes certezas: “Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. Todo soportable si la humanidad entera observa…”

¿No podemos aspirar, además de a salir de la crisis, a hacerlo con un mínimo de dignidad? Tal vez sólo ese anhelo dé sentido a una vida que no consiste más que en golpes de “apetitos hasta que nos quedemos sin dientes”. Y que está tan llena de paradojas, de quiebros y grietas, como la de Viri y Nedra. Sostenida en elecciones, “cada cual definitiva y de poca trascendencia como tirar piedras al mar”. “Hemos tenido hijos; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es derrochar nuestra vida…”

El verano, dice Salter, es el mediodía de las familias unidas. “Es la hora de silencio en que sólo se oye a las aves marinas. Los postigos están cerrados, las voces calladas. De vez en cuando, el repique de un tenedor…” Me evocan sus palabras esas otras tan conocidas de Tolstoi en las que nos advierte que “todas las familias felices se parecen entre sí” pero todas las infelices “son desgraciadas en su propia manera”. ¿Y si la vida, con sus muchas crisis, no es otra cosa que “el tiempo que hace”?

Le propongo una última pregunta que tal vez le ayude a saber en qué creer, a quién creer: ¿A usted cómo le va? Y seguro que su respuesta será la correcta. Sin necesidad de vislumbrar el fin del invierno con la ayuda de una vieja marmota, con la valentía de pensar que la vida, alguna vez, puede ser lo que se sueña.

El tener, el parecer y el deber

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2013 a las 11:22

Confesiones de chica: el efecto pintalabios funciona. Hay días en que la única manera de remontar es recurriendo al rojo bermellón, los tacones y el escote. Pensarán que en tiempos de crisis no hay espacio para la coquetería y mucho menos para los caprichos. Renunciaríamos, sin embargo, a las dos dimensiones más importantes del lipstick effect: la psicológica y la económica. Un tratamiento de choque contra la crisis relativamente barato.

“Un antídoto para cuando todo se pone feo”, escribía la compañera Carmen Grasa en un magnífico reportaje de La Vanguardia. La apariencia se convierte en nuestra tarjeta de visita y la imagen se afianza como valor social, como un instrumento de promoción. No sólo es un mecanismo de defensa y respuesta a las agresiones del entorno, también aporta credibilidad, levanta la autoestima y contribuye a que todo funcione en esta endiablada sociedad de consumo frenéticamente preparada para todos los bolsillos.

Desconocía los datos que sustentan aquellos viejos anuncios de “se requiere buena presencia” pero, como se podrán imaginar, no hay ni un solo recoveco de la economía que quede inmune a la mirada diseccionadora de los analistas. Con la excepción de las telenovelas, donde los ricos también lloran, y del contagio de la corrupción al papel couché al estilo Pantoja, hace décadas que la televisión y el cine se encargaron de enseñarnos que los guapos viven mejor.

Ahora nos lo dicen desde la Universidad. No sé con qué metodología son capaces de llegar a estas conclusiones pero reconozco que me dejan perpleja: unos investigadores de Texas y Michigan revelan que quienes responden a los cánones de belleza se emparejan con personas de mayor estatus social (el braguetazo que diríamos por aquí), lo tienen más fácil para conseguir un crédito y ganan un 15% más que el resto. Hasta hay un estudio que concluye que los guapos australianos ganan 23.000 euros más que los feos…

Aunque es verdad que la crisis ha trastocado nuestros hábitos de consumo (el 81% de la población ha modificado su forma de vivir según el último informe de Nielsen), no todos los sectores lo sufren igual: vamos menos al cine y al teatro, suprimimos las vacaciones, aguantamos sin cambiar los neumáticos, llenamos el carrito de marcas blancas… pero no olvidamos ni la cita en la peluquería, ni la depilación, ni la crema facial de caviar y el anticelulítico efecto frío del Mercadona. Mientras toca fondo el sector inmobiliario, se hunde el de automóviles, retrocede el ocio y se estanca la telefonía, el mercado de la perfumería y la cosmética sigue creciendo (7.000 millones de consumo en España en 2012).

Yoga, pilates, meditación, clínicas estéticas… En todas las grandes crisis han aumentado las ventas del pintalabios rojos y la de ahora no es una excepción; aunque tengamos que bajar un escalón y hablar del factor pintauñas (las ventas han subido un 10%). Tanto es así que incluso en Grecia, con marcas milenarias vinculadas a su historia y su cultura, es una de las pocas industrias que está tirando de la economía.

Después de cinco años de crisis, es evidente que habrá quien pueda evadirse con Estée Lauder y quien acabe en el Todo a 1 euro pero el efecto, el trasfondo de ese consumismo que nos iguala, es el mismo: un refugio, rojo radical, capaz de iluminar los grises y negros del día. Pensándolo bien, es un comportamiento hasta patriótico: todos, por encima o por debajo de nuestras posibilidades, terminamos contribuyendo a engrasar el sistema para que el euro no deje de circular. Y lo hacemos sin engaños; siendo conscientes de la trampa. Si con el espejismo del progreso decidimos renunciar al ser para instalarnos en el tener, ahora, explotadas todas las burbujas de la falsa prosperidad, sólo nos queda conformamos con el parecer.

El problema llega cuando ni somos, ni tenemos ni parecemos… Creo que es lo que le pasa al Gobierno, que en año y medio ha enterrado todo su crédito. Evocando el milagro del 96, enarboló la bandera de las reformas y los recortes para hacernos creer que sabía lo que hacía. Con más de 6 millones de parados y un horizonte de recuperación que ya va por 2019, esta semana se ha quedado sin careta y sin discurso.

El relato del cambio por el cambio se desplomaba el día que Rajoy pedía “paciencia”: ni nosotros sabemos para qué ni el Gobierno parece saberlo. Al líder del PP sólo le queda seguir escondiéndose en el deber o asumir los consejos envenenados de Aguirre clamando que sea “radical” y cumpla su programa. Radicalidad: la nueva palabra de moda, ¿la alternativa?, el lipstick effect de la política. Tal vez sea su única salida.

La revolución de las zanahorias

Magdalena Trillo | 18 de noviembre de 2012 a las 10:04

Zanahorias a 15 euros en el teatro de Bescanó. La noticia saltaba a la BBC y al New York Times. El proyecto del pueblo de Girona burlaba una de las medidas más injustas tomadas este año por el Gobierno persiguiendo un objetivo de déficit absolutamente inalcanzable: te comprabas una zanahoria y te regalaban una entrada para el teatro pagando un IVA del 4% en lugar del 21% con que el Ejecutivo de Rajoy está llevando al precipicio al debilitado sector cultural. La iniciativa de la compañía Poca Cosa y el Teatro de Bescanó tal vez sea la demostración de que sí “hay alternativa” para frenar la tozudez de quienes se empeñan en gobernar a golpe de decreto, chapuza tras chapuza, cegados por la prestada legitimidad de unas urnas. Sí hay alternativa a la sinrazón de la austeridad, pero no convirtiéndonos en rehenes de una huelga general que terminamos ‘pagando’ de nuestros bolsillos para lucimiento de unos pocos. Puede que haya alternativa desde la imaginación, la colaboración y el sentido común. La rebelión de la zanahoria fue un rotundo éxito. Humor blanco contra la estulticia; humor negro contra la sinrazón. La obra sólo podía llamarse Suicidio; una hora y diez minutos en la oscura atmósfera de Edgar Allan Poe.

El pueblo de Bescanó quiere hacer recapacitar al Gobierno como hizo en su día el portugués. Ilusos. Las orejeras son demasiado grandes; demasiado opacas. A veces pienso que son las culpables de buena parte de los dramas que estamos viviendo en esta insolidaria sociedad de soledades que permite que una discapacitada muera por falta de atención, una escolar se quite la vida incapaz de soportar el acoso de sus compañeros y un anónimo librero prefiera no volver a levantar jamás la persiana de su negocio antes que perder su casa.

Ni ellos quisieron, pudieron, pedir ayuda ni nosotros supimos ver sus tragedias. El primer suicidio en España por desahucio se produjo el 25 de octubre en La Chana. Nadie en el barrio sospechaba que José Miguel tuviera problemas con el banco. Su hermano lo despidió la noche anterior con el ‘buenas noches’ y el beso de siempre. Una sonrisa matutina y una charla vespertina eran su rutina. Días que revestimos de normalidad procurando no saber más de lo preciso del otro; evitando complicaciones que alteren esos ‘días intactos’ que este fin de semana cantaba Manolo García en Granada. Días expectantes de hallar esa “pequeña zanahoria delante del burro” que dé sentido al camino.

En Astorga, Marta y María del Mar murieron en soledad. La madre tenía casi 80 años; la hija 53. Era discapacitada intelectual y sufría ceguera y problemas de movilidad. Nunca salía a la calle. Su madre la sacó de la residencia y se la llevó a casa para cuidarla. Pasaron días sin que nadie se percatara de nada. Hasta que alertó el olor de la muerte. Nunca pidieron ayuda ni se dejaron ayudar. Tal vez pensaba la anciana, como se piensa en tantos pueblos de España, que era su obligación atender a su ‘niña’, que no iba a fracasar a estas alturas de la vida, que no podía fallar a quien más la necesitaba. Marta murió de causas naturales y María del Mar por falta de atención.

En Ciudad Real, una adolescente de 16 años se ha quitado la vida para poner fin a los insultos, burlas y humillaciones de sus compañeros. Mónica era ecuatoriana, vivía en Torralba de Calatrava y estudiaba segundo de ESO en la capital manchega. El mismo día que su padre acudió al instituto para denunciar el “clima de violencia” que sufría, la menor intentó suicidarse. Cayó en coma y murió este martes. La iglesia se quedó pequeña el día del funeral. Todos los días previos sufrió su pesadilla en soledad.

Pensaba en Mónica este viernes viendo a mi sobrino jugar al fútbol. El We contra el Recreativo Granada. Tienen 11 años y se quieren comer el mundo. Fue el mejor rato de toda la semana con una sola excepción: desesperado por la impotencia y los diez goles que llevaba el equipo contrario, uno de los pequeños respondió con un puñetazo al oponente que le había arrebatado el balón… Hacen lo que ven. Responden como creen que deben en esta sociedad que castiga el fracaso de una forma tan cruel. Lo aprendemos desde pequeños: hay que ganar. Se lo gritaban los padres-entrenadores a sus hijos: “¡Ábrete!, ¡Avanza! ¡No te dejes robar el balón!” Yo misma me sentía presionada, intimidada. Algunos pequeños salieron llorando del campo de juego. ¡Habían fallado!

¿Ellos? Porque somos nosotros, es esta sociedad de falsos éxitos y soledades, cegada con las orejeras de la insolidaridad, la que les está fallando. No me gustan las huelgas pero sí la imaginación. ¡Compremos muchas zanahorias!