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Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

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El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

El fútbol es así

Magdalena Trillo | 26 de junio de 2011 a las 10:10

No me gustan las cabezas de cerdo en el césped de los campos de fútbol ni tampoco los plátanos. Mucho menos la tradición de insultar a las madres de jugadores, porteros, entrenadores y árbitros con insolentes cancioncillas que tararean niños de ocho años con el mismo orgullo y desinhibición que entonan el himno de su equipo y enarbolan las bufandas.

Tampoco me gusta el mercadeo de jugadores. Parece un insulto. Bien es cierto que tan reprochable como fueron en su día los pelotazos de los especuladores del ladrillo, tan desorbitado como siguen siendo los beneficios de los bancos y tan vergonzoso como es ver a nuestros políticos subirse el sueldo, pagar favores contratando asesores o consolar a derrotados con privilegiadas colocaciones en la Administración. Pero así es la economía. Así es la política. Y así es el fútbol.

Nada que descubrir a la afición del Granada CF, que lleva décadas sufriendo por las derrotas en el campo, por la quebrada situación financiera del club y por la nefasta gestión de las instituciones públicas… Lo bueno del fútbol es que no sólo te indigna; también es energía y es exaltación. La euforia de hace una semana con el ascenso a Primera supera por goleada a cualquier victoria electoral (que le pregunten al alcalde después del abucheo en la Plaza del Carmen), iguala a las fiestas de cava del Gordo de Navidad y hasta se contagia con peligrosas propiedades de excitación (¿lo veremos dentro de nueve meses en forma de baby-boom?).

Confesaré que mi (limitada) afición nació con la quinta del Buitre (no con el equipo local) y que ahora soy del Barça… Bueno, de Pep Guardiola. Por su juego y por su glamour, por el estilazo con que sale al terreno de juego (habrá que ver cómo sientan esos chalecos y esos pantalones ceñidos en Los Cármenes). ¿Chaquetera? Sí, lo sé. Con unos principios tan volátiles como los de IU en los recientes pactos de gobierno. Pero así es la política. Así es el fútbol. Y así es la vida. Cada uno se alegra… como puede.

Por eso ahora me hago del Granada CF. Estoy coleccionando camisetas, bufandas, toallas y chanclas y (casi) me he aprendido el himno del 80 aniversario (por favor, hagan una versión corta que la segunda estrofa es imposible). Sé que llego tarde, pero dispuesta a compensar los años perdidos. Otra historia es si podré. Lo digo por lo del aforo del estadio. Llevo una semana de ratón de hemeroteca y da pena ver los titulares de promesas incumplidas y proyectos baldíos que se han publicado desde que un 16 de mayo de 1995 el Real Madrid de Raúl y el Bayer Leverkusen inauguraran oficialmente el nuevo estadio. Lamentablemente, con otro episodio más que sumar a la trayectoria negra del equipo rojiblanco: ni el club fue invitado por las autoridades ni tuvo el honor de jugar como local.

Pero volvamos al presente. No voy a buscar culpables (no es el alcalde el único que se merece una sonora pitada) ni tampoco salvadores (¿es inteligente que Quique Pina se cobije, justo ahora, bajo el ala rota de la Junta?). Granada debería saber ganar y aprovechar la ola de optimismo que ha traído el ascenso a la élite del fútbol español. Decía Paco Cuenca que tenía un proyecto para ampliar Los Cármenes en tres meses y por 600.000 euros. No se pierde nada por escucharlo. Rescatemos los titulares perdidos sobre la explotación comercial de los estadios municipales; había un informe que hablaba de millones de euros. Desempolvemos el proyecto de ampliación que se ‘coló’ en el programa para la celebración de la Universiada. Bauticemos Los Cármenes con un ‘gran’ nombre (¿Reino de Granada? ¿Mare Nostrum?) que, al estilo de los ‘patrocinios’ de los pabellones de la NBA, ayuden a consolidar el proyecto y eviten que el sueño de Primera se esfume en una temporada. Pongamos fin a la leyenda negra del Granada y cerremos la historia del estadio maldito. La afición, la que no insulta no es racista ni apedrea autobuses, se lo merece. Por una vez, Granada tiene razones para el optimismo.

Excesos estivales

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2010 a las 21:23

NI en la obra subversiva e irreverente de Luis Buñuel encontramos una historia tan kafkiana como la del Granada CF. Un “pequeño despiste”, una “cadena de errores”, una simple “anécdota”. Ésta es la versión de los directivos. Puro surrealismo, decimos nosotros. El dinero de la campaña de abonos del club ha terminado en un contenedor de reciclaje de la calle Recogidas.

El caso: cientos de billetes guardados en dos bolsas de basura; una urgencia fisiológica del ‘contador’ oficial y la pasta termina en un paragüero; la señora de la limpieza confunde la improvisada caja fuerte con una papelera y, en unos minutos, el esfuerzo de la afición acaba volcada en un basurero.

El resto ya lo conocen. Un pequeño “es-cán-da-lo” (entonen con Rafael) estival y un final feliz: los empleados de Inagra van al rescate de las preciadas bolsas azules y, al día siguiente, el club ingresa en su cuenta 140.000 euros.

Leía el viernes la noticia en el periódico tumbada sobre la arena ‘granulada’ de Playa Granada, embadurnada con kilos de crema solar y en dura lucha contra el viento de Levante que se empeñaba en arrojar a las olas mi sombrero a lo Torres Hurtado. Pero no fue un día de moda; fue un día de bolsas de basura… En una verde bien grande despidió sus días la medusa de medio metro, sin exagerar, que se presentó en la orilla a última hora de la mañana.

Dos aguerridos bañistas, que hubieran podido pasar desapercibidos en 300 si no fuera por los orondos michelines atesorados en intensas jornadas de espetos y cervezas, se emplearon en una leonina batalla con el animalito y lo hicieron sucumbir con dos contundentes palos de sombrilla. Este final también lo conocerán: los de Protección Civil se llevan los viscosos tentáculos y la machacada campana de la escurridiza medusa y, una vez analizada, descartan que fuera la asesina Carabela Portuguesa que todos temíamos. Otro final feliz.

Vuelvo a la lectura del periódico para encontrarme con más texturas gelatinosas. Para empezar descubro que existe la talla 38KKK: la brasileña Sheyla Hershey ha estado a punto de perder la vida por conseguir las tetas más grandes del planeta. Se ha inyectado tres kilos y medio de silicona en cada seno y ha pasado más de 30 veces por los quirófanos en una interminable escalada de cirugía plástica.

Tendrían que ver la foto, soy incapaz de describir sus colosales pechos ni averiguar lo que significa la críptica talla de sujetador. Mientras ella dice que es “muy, muy, muy feliz”, a mí me da dolor de espalda  sólo mirarla… Otro episodio feliz pero a medias: puede que tengan que amputarle las mamas tras sufrir una grave infección en la última operación. Lo bueno es que  la joven aspirante a modelo, cantante y actriz ha aprendido la lección: “nada en exceso es bueno”.

Esta misma enseñanza podríamos aplicarla tanto a los adictos a las golosinas (por fin el Gobierno se ha decidido a declarar la guerra a las chucherías, las patatas fritas, la bollería industrial y los refrescos atiborrados de azúcares prohibiendo las máquinas expendedoras que invaden los patios de los colegios) como a los devoradores de las populares y ‘milagrosas’ bayas de Goji que iban a salvarnos del envejecimiento.

Hasta Victoria Beckham presumía de consumir las  rojizas pasas que seguro que les han intentado colar más de una vez al llegar a la caja del supermercado. Ahora resulta que la OCU ha pedido que las retiren del mercado por su toxicidad.

Bayas impostoras, algodonadas nubes rosadas, golosos corazones de azúcar, tentadores donuts de chocolate… Lo dicho, nunca los excesos fueron buenos. Ni de gula, ni de confianza, ni de vanidad. Pero, como ya sentenció El  Gallo en su día, “hay gente pa tó”.