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La herencia envenenada de Pina

Magdalena Trillo | 25 de febrero de 2018 a las 11:25

La investigación judicial contra Quique Pina podría sostener el guión de una telenovela de éxito de los 80 con la misma intensidad que una serie de Netflix. De papel protagonista, el “rey” del fútbol. De secundarios, el socio italiano y los testaferros. En la trama familiar destaca la madre con un “papel central”, contando hasta el último euro, frente a un padre ausente que no se entera (o no se quiere enterar) y la hermana protegida que sirve de escaparate para el negocio.

No faltan las empresas pantallas en paraísos fiscales, el traidor que hace de garganta profunda y los pinchazos policiales que terminan deslizando las piezas del castillo de naipes de los nuevos ricos. El dinero florece en pequeños sobres en cualquier rincón -desde la clásica maleta con el millón de euros hasta la funda de una raqueta de tenis escondiendo 40.000 euros en el altillo de un armario-, un misterioso robo desata todas las alarmas convirtiéndose en el punto de inflexión de la trama y, por supuesto, hay yate y casa en Marbella.

La base de la historia se recoge en el sumario sobre la Operación Líbero que este periódico ha desgranado en exclusiva desde hace una semana, sin que podamos saber aún si pesará más en el desenlace lo que se dice en las escuchas o lo que se declara delante del juez. Porque la contradicción es absoluta. Del “yo actué de buena fe” y “firmaba lo que me decían” al gestor duro, controlador y minucioso que está encima de todos y de todo sin dejar el más mínimo detalle a la improvisación.

Al empresario murciano, expresidente del Granada CF, se le investiga por delito fiscal, blanqueo de capitales e insolvencia punible en operaciones de traspaso de jugadores. Ya ha declarado en la Audiencia Nacional ante el juez José de la Mata, ya ha pasado unos días en Soto del Real y ya está en libertad con cargos y sin pasaporte a la espera de que avance la causa con las comparecencias del resto de personajes. Los propios y los invitados.

Porque el problema del caso Pina es la tremenda dificultad que supone aislar su presunta actividad delictiva de la gestión y las consecuencias para los clubes de fútbol que ha dirigido: en el caso del Granada cuando fue el artífice del regreso a Primera y en el caso de Cádiz CF con sus responsabilidades como consejero delegado.

Para el club rojiblanco, el muro de contención de sitúa en el verano de 2016: Pina se va con su equipo de colaboradores más directo y la propiedad pasa de forma efectiva a manos del inversor chino Jiang Lizhang. El acuerdo se cerró en Londres, donde tenía la residencia habitual Gino Pozzo -antiguo propietario del Granada y socio de Quique Pina-, en el mes de mayo: la corporación asiática se haría con el 100% de la sociedad por unos 37 millones de euros en una operación que dejaba importantes plusvalías para la familia del empresario italiano -dueños también del Udinese y el Watford CF-.

Después de siete años, Jiang y Pozzo se estrechaban la mano en junio de ese 2016 formalizando el paso del Granada CF al propietario de la sociedad china Link Internation Sports Limited.

Aquí empieza la nueva era del Granada CF. La que por sorpresa ha transitado del campo del fútbol al judicial y arrastra la mancha de la corrupción, como también ocurre ahora en la gestión política, poniendo de nuevo el foco sobre Granada. Si hace dos años era la Plaza del Carmen la que se despertaba con el impacto mediático de los registros y las detenciones de la UDEF por una presunta trama de prevaricación urbanística en torno a Torres Hurtado, ahora ha sido el turno de Los Cármenes y de la Ciudad Deportiva en una operación que ha salpicado a Cádiz, Murcia y Marbella con ramificaciones en el extranjero aún por determinar.

Lo curioso es que no ha habido sorpresa. No es nada nuevo. Ni en los partidos ni, por supuesto, en un negocio tan opaco como el fútbol con escándalos habituales en torno a las operaciones millonarias que sostienen el juego.

Pero las consecuencias irán mucho más allá de lo que concluya la sentencia del caso Pina. Pierde el Granada CF -el impacto en la imagen del club es inevitable-, pierde la afición y perdemos todos. Los actuales responsables del equipo se esfuerzan en levantar una frontera con todo lo anterior a 2016 pero los lazos son escurridizos.

Para empezar, la propia entidad está implicada en la causa como investigada -de ahí que no se haya podido presentar como acusación particular para pedir responsabilidades a los anteriores gestores- y este mismo viernes tuvieron que ir a declarar en la Audiencia Nacional -resulta al menos una muestra de transparencia y un mensaje claro de colaboración con la justicia que haya sido el vicepresidente y persona de máxima confianza de Jiang Lizhang quien haya dado la cara ante el juez-.

En paralelo, las primeras revelaciones de las auditorías que se llevaron a cabo hace dos años pueden dar una idea certera de lo turbio que son las alcantarillas del caso: se produjeron justo en el momento de la salida de Pina y el cambio de propiedad y con el oportuno virus que se lanzó desde Italia contra los equipos informáticos del club, precisamente del entorno de un empleado del Udinese (de la familia Pozzo).

Que haya personajes especialmente siniestros que hayan saltado de un equipo gestor a otro tampoco ayuda a mantener las fronteras de la división. Los accionistas están preocupados, por mucha normalidad con que se intente continuar el calendario deportivo, y la afición también.

Como estrategia de comunicación, el muro de contención entre la etapa Pina y la etapa Jiang tal vez contribuya a paliar el impacto en la marca -admitamos que se está asumiendo con naturalidad que el empresario murciano tuviera negocios oscuros- pero hay consecuencias económicas y deportivas más preocupantes: el club puede acabar como responsable subsidiario por los perjuicios que se hayan podido cometer y, respecto a la denuncia inicial de amaños de partidos, al menos el Granada CF cuenta con el alivio de que es un aspecto que fue descartado de la investigación (un informe policial así lo explicita) y por ahora no está sobre la mesa del juez De la Mata.

Todo esto es lo tangible; lo invisible es de más difícil contención -en el ánimo por ejemplo del propio equipo para afrontar el desafío del ascenso- y la incertidumbre sobre hasta qué punto los actuales dueños mantendrán el compromiso y el apoyo al club se mantiene en el aire. La historia del Granada CF fluctuará a medida que el guión cinematográfico inicial vaya desmontando las contradicciones y se vayan encajando las piezas de lo que de verdad ocurrió en esa etapa no tan “gloriosa” de Quique Pina. Aquella que despertó la atención de unos inversores asiáticos y los animó a sumarse al proyecto sin atisbar que lo que realmente compraban era una herencia envenenada.

¡Nos vemos en Albolote!

Magdalena Trillo | 4 de febrero de 2018 a las 10:30

A Quique Pina lo hemos visto haciendo negocios a diestro y siniestro por la causa, a hombros de la plantilla rojiblanca saliendo por la puerta grande de Los Cármenes con el aura de un torero y arengando desde el balcón del Ayuntamiento a toda la afición, a toda la ciudad, en una Plaza del Carmen que se venía abajo por la hazaña de devolver el Granada CF a Primera.

Las primeras imágenes hablan de la trastienda del negocio, de las lógicas prácticas empresariales -en una volátil escala que va de la negociación legal al fraude- que acaban determinando el camino de un club deportivo en cuanto a solvencia y pervivencia financiera con las mismas reglas del juego que una compañía que cotiza en Bolsa, una cooperativa o una orquesta. Más aún cuando lo privado y lo público se desdibuja, se cuela el escurridizo factor del interés público e irrumpen los nubarrones emocionales del deporte rey.

Las segundas imágenes, las de los éxitos y la adrenalina, son las que justifican las primeras. Las que nos sirve de excusa para no hacer más preguntas de la cuenta y para obviar lo que incomoda -por obvio que sea- poniéndonos una tupida venda en los ojos que nos proteja del sobresalto. La principal diferencia entre la operación de la UDEF de esta semana contra el expresidente del Granada y la del caso Nazarí contra el exalcalde y su equipo de gobierno por presunta corrupción es el factor sorpresa.

En abril de 2015, ni la oposición en bloque -mucho menos los socialistas con su frágil minoría- eran capaces de soñar con tal disrupción del guion municipal. En febrero de 2018, es extraño el foro en el que no se da por descontado. Después de los escándalos por corrupción que han sacudido el fútbol al nivel nacional, la cuestión de fondo sobre la década gloriosa de la ‘era Pina’ no se sitúa en el qué sino en el cuándo.

Seamos sinceros. Cuando el empresario chino Jiang Lizhang compró el club rojiblanco en 2016, la preocupación inconfesable de la ciudad era afrontar la dura realidad de un cambio de ciclo: el Granada CF bajaría a Segunda con un señor que no entendía de las puertas de atrás del fútbol. Evidentemente, no se admitía entonces creyendo con fe ciega -como debe ser- en los éxitos deportivos de la plantilla rojiblanca ni se hace ahora cuando la nueva directiva levanta un muro frente al ‘caso Pina’ como si nada de lo que se le imputa al expresidente tuviera relación con su intensa etapa al frente del Granada CF.

Si se confirma que el fraude a Hacienda con el traspaso de jugadores ronda los 200 millones -habría pagado sólo un 10% de lo debido- y que ha perjudicado tanto los intereses del club como los de la ciudad, tendremos que empezar a pedir explicaciones y asumir responsabilidades. La propia entidad deportiva si no se persona como acusación particular -incluso si firmaron un acuerdo privado de confidencialidad como se especula- y el Ayuntamiento de la capital que tanto ha apoyado y que tanto partido le ha sacado a la marca del equipo.

cabesa

El meme más compartido en los últimos días es un sarcástico diálogo entre Quique Pina y Torres Hurtado: “Cabesa, nos vemos en Albolote”. Con múltiples variantes, evidencia la asombrosa naturalidad con que en Granada hemos terminado por asumir los escándalos de corrupción. Si hoy hiciéramos una encuesta ciudadana y preguntáramos quién pensaba que Pina no era trigo limpio, seguro que la respuesta se inclina de forma abrumadora al todos; lo mismo que si la reformulamos para saber quiénes miraríamos para otro lado con tal de tener a los grandes equipos de Primera jugando en Los Cármenes.

El precio lo pagará el presunto estafador -desde el viernes está prisión-, pero no solo. El ‘caso Pina’ es un duro golpe a la marca del Granada CF y pone contra las cuerdas a sus actuales propietarios. Hace justo un año, Jiang convocó a los periodistas y directivos de los medios de comunicación para garantizar su compromiso con el club al margen de los resultados: “No abandonaremos”. De momento ha cumplido, pero en aquella ecuación no intervenía un intangible tan sensible en el país asiático como la honorabilidad. La inquietud hace un par de años era que “el chino” no entendiera bien de qué va esto; la inquietud hoy tal vez sea que lo tenga que aprender demasiado rápido.

Círculos de confianza: de Cebrián a John Jiang

Magdalena Trillo | 19 de febrero de 2017 a las 13:53

He radiografiado la Primera página con que Juan Luis Cebrián pone orden a su trayectoria como periodista y revela las confidencias, sobresaltos y tensiones que se han vivido en la redacción de El País en algunos de los momentos políticos más trascendentes de la historia reciente de España. Les confieso que resulta apasionante sentir la presión de la rotativa durante el golpe de Estado del 23-F -con las siete ediciones que el diario llegó a publicar-, conocer los off the record sobre los inicios de la aventura de Jesús Polanco para crear su gran emporio, asumir que el “periodismo de investigación” es en realidad “de filtración” y, con mayor morbo aún, que te revelen llamadas de presidentes de Gobierno a las dos de la madrugada, cenas intempestivas, negocios y contranegocios.

Pero poco más. Su insistencia en parecer humilde y huir del egocentrismo -del ‘yo, yo y yo’ con que construye todo el relato- no sólo lo contradicen; también presentan certeramente a quien llega a reconocer que no puede seguir escribiendo -acaba de publicar la “primera parte” de sus memorias- porque no puede. Porque contar lo que ha venido después de dejar la dirección del periódico entraría en conflicto con las empresas a las que ahora se debe. Porque ahora ya no defiende las palabras sino las finanzas. Porque sus segundas memorias no serán, seguro, “la vida de un periodista”.

cebrian

Aquí es donde se rompe el “círculo de confianza”. Tomo prestado el título de un capítulo de otro libro sobre periodismo que, éste sí, lleva semanas acompañándome y provocándome. Lo firma otro periodista de su generación, Josep Carles Rius, pero con menos ínfulas y más fundamentos. Con revelaciones realmente valientes -inquietante el capítulo sobre la prensa catalana y el Pujolismo- y un enfoque de “reconstrucción” y desafío hacia un oficio “más independiente y libre”. ¿Ese que colisiona con los intereses de las compañías?

Y lo hago por un doble motivo. Por un lado, porque me sirve para insistir en que no todos los periodistas son iguales, que no todos los periodistas lo son todo el tiempo y que no todo lo que etiquetamos como periodismo es periodismo. No es ninguna paradoja; tiene que ver con ese cambio de paradigma que estamos viviendo animados por los hooligans virtuales que nos prescriben contra todo lo que suena a tradicional y nos evitan el esfuerzo de pensar por nosotros mismos, de posicionarnos, de implicarnos.

El segundo motivo va más allá del oficio: la quiebra de la confianza explica cómo la “explosión del periodismo” tiene que ver con la revolución tecnológica tanto como con la rebelión democrática de los ciudadanos y viene a conectar con ese movimiento de activismo (clickactivism) que empieza a subyacer en buena parte de las crisis -grandes y pequeñas, locales y globales- que nos recuerdan a diario la fragilidad de los escenarios en que nos movemos.

Desde la guerra de Donald Trump contra los medios “deshonestos” -se refiere, por supuesto, a los que hacen su trabajo y no le aplauden a cualquier coste- hasta los conflictos que van de lo rutinario a lo doméstico. Pensemos si no qué parte de nuestra opinión sobre el caso Nóos está fundamentada en los argumentos jurídicos de la esperada sentencia de la Audiencia de Palma y qué parte en el espectáculo, los prejuicios y los climas de opinión construidos ad hoc. O quedémonos en el caso Nazarí y haga la prueba de posicionarse en un bando -y luego en otro- para comprobar hasta qué punto cambian sus argumentos para condenar y para salvar. Cómo las víctimas de repente son verdugos y cómo las manos negras entran y salen de la causa en direcciones opuestas.

Probablemente sin pretenderlo, quien parece querer ilustrarnos sobre todo esto del “círculo de la confianza”, sobre el valor mismo de la confianza, es el empresario chino que ha cogido el testigo al frente del Granada CF tras la ‘era Quique Pina’. El viernes tuve la oportunidad de conocerlo y, aunque es una evidencia que habría mucho que cuestionar sobre su estrategia deportiva, sus postulados vitales son menos rebatibles: la clave -nos reveló que es una “cualidad de los chinos”- es “saber aguantar”. “No perder nunca la confianza”. Ni “la esperanza”. Esforzarse siempre en “buscar una salida”. Confianza y esfuerzo.

chino

No difiere demasiado la “confianza” cotidiana y vital de la que habla John Jiang, aun admitiendo lo demasiado que la une a la superstición, de esos “círculos de confianza”, casi talibanes, que cada vez determinan más lo que pensamos y lo que somos. Tal vez lo más sugerente, y lo que mejor conecta estas reflexiones aparentemente alejadas, sea la volatilidad con que la confianza se quiebra y se torna en desconfianza -no perdamos de perspectiva que aquí entran más en juego los sentimientos que la razón- y el “círculo de confianza” se transmuta en una red de limitaciones y de opresión.

mark

El dueño de Facebook ha publicado una carta fijando la hoja de ruta de la red social para los próximos años. Mark Zuckerberg quiere utilizar la “inteligencia artificial contra el terrorismo” y situar la plataforma, más que como una compañía tecnológica, como “una comunidad de personas a nivel global” capaces de “velar por la paz, las eliminación de desigualdades y el avance científico”. Todo ello sin ser capaces, por ejemplo, de poner coto a los “contenidos fake” que inunda la red y construyen climas de sentimiento y opinión sobre rumores, presentimientos y mentiras que nada tienen de virtual cuando su impacto final puede ser determinar el sentido del voto en unas elecciones.

La confianza es, al final, un factor determinante -absolutamente influenciable y voluble- que todos acabamos incluyendo en nuestros algoritmos vitales. Para comprar un producto en el supermercado, para poner un canal televisivo, para elegir a un alcalde o para colocar un ‘me gusta’. Pienso en Juan Luis Cebrián, pienso en el empresario chino, y sólo puedo preguntarme cómo es posible que (al menos hoy) me genere más confianza el segundo que el primero…

El fútbol es así

Magdalena Trillo | 26 de junio de 2011 a las 10:10

No me gustan las cabezas de cerdo en el césped de los campos de fútbol ni tampoco los plátanos. Mucho menos la tradición de insultar a las madres de jugadores, porteros, entrenadores y árbitros con insolentes cancioncillas que tararean niños de ocho años con el mismo orgullo y desinhibición que entonan el himno de su equipo y enarbolan las bufandas.

Tampoco me gusta el mercadeo de jugadores. Parece un insulto. Bien es cierto que tan reprochable como fueron en su día los pelotazos de los especuladores del ladrillo, tan desorbitado como siguen siendo los beneficios de los bancos y tan vergonzoso como es ver a nuestros políticos subirse el sueldo, pagar favores contratando asesores o consolar a derrotados con privilegiadas colocaciones en la Administración. Pero así es la economía. Así es la política. Y así es el fútbol.

Nada que descubrir a la afición del Granada CF, que lleva décadas sufriendo por las derrotas en el campo, por la quebrada situación financiera del club y por la nefasta gestión de las instituciones públicas… Lo bueno del fútbol es que no sólo te indigna; también es energía y es exaltación. La euforia de hace una semana con el ascenso a Primera supera por goleada a cualquier victoria electoral (que le pregunten al alcalde después del abucheo en la Plaza del Carmen), iguala a las fiestas de cava del Gordo de Navidad y hasta se contagia con peligrosas propiedades de excitación (¿lo veremos dentro de nueve meses en forma de baby-boom?).

Confesaré que mi (limitada) afición nació con la quinta del Buitre (no con el equipo local) y que ahora soy del Barça… Bueno, de Pep Guardiola. Por su juego y por su glamour, por el estilazo con que sale al terreno de juego (habrá que ver cómo sientan esos chalecos y esos pantalones ceñidos en Los Cármenes). ¿Chaquetera? Sí, lo sé. Con unos principios tan volátiles como los de IU en los recientes pactos de gobierno. Pero así es la política. Así es el fútbol. Y así es la vida. Cada uno se alegra… como puede.

Por eso ahora me hago del Granada CF. Estoy coleccionando camisetas, bufandas, toallas y chanclas y (casi) me he aprendido el himno del 80 aniversario (por favor, hagan una versión corta que la segunda estrofa es imposible). Sé que llego tarde, pero dispuesta a compensar los años perdidos. Otra historia es si podré. Lo digo por lo del aforo del estadio. Llevo una semana de ratón de hemeroteca y da pena ver los titulares de promesas incumplidas y proyectos baldíos que se han publicado desde que un 16 de mayo de 1995 el Real Madrid de Raúl y el Bayer Leverkusen inauguraran oficialmente el nuevo estadio. Lamentablemente, con otro episodio más que sumar a la trayectoria negra del equipo rojiblanco: ni el club fue invitado por las autoridades ni tuvo el honor de jugar como local.

Pero volvamos al presente. No voy a buscar culpables (no es el alcalde el único que se merece una sonora pitada) ni tampoco salvadores (¿es inteligente que Quique Pina se cobije, justo ahora, bajo el ala rota de la Junta?). Granada debería saber ganar y aprovechar la ola de optimismo que ha traído el ascenso a la élite del fútbol español. Decía Paco Cuenca que tenía un proyecto para ampliar Los Cármenes en tres meses y por 600.000 euros. No se pierde nada por escucharlo. Rescatemos los titulares perdidos sobre la explotación comercial de los estadios municipales; había un informe que hablaba de millones de euros. Desempolvemos el proyecto de ampliación que se ‘coló’ en el programa para la celebración de la Universiada. Bauticemos Los Cármenes con un ‘gran’ nombre (¿Reino de Granada? ¿Mare Nostrum?) que, al estilo de los ‘patrocinios’ de los pabellones de la NBA, ayuden a consolidar el proyecto y eviten que el sueño de Primera se esfume en una temporada. Pongamos fin a la leyenda negra del Granada y cerremos la historia del estadio maldito. La afición, la que no insulta no es racista ni apedrea autobuses, se lo merece. Por una vez, Granada tiene razones para el optimismo.

Excesos estivales

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2010 a las 21:23

NI en la obra subversiva e irreverente de Luis Buñuel encontramos una historia tan kafkiana como la del Granada CF. Un “pequeño despiste”, una “cadena de errores”, una simple “anécdota”. Ésta es la versión de los directivos. Puro surrealismo, decimos nosotros. El dinero de la campaña de abonos del club ha terminado en un contenedor de reciclaje de la calle Recogidas.

El caso: cientos de billetes guardados en dos bolsas de basura; una urgencia fisiológica del ‘contador’ oficial y la pasta termina en un paragüero; la señora de la limpieza confunde la improvisada caja fuerte con una papelera y, en unos minutos, el esfuerzo de la afición acaba volcada en un basurero.

El resto ya lo conocen. Un pequeño “es-cán-da-lo” (entonen con Rafael) estival y un final feliz: los empleados de Inagra van al rescate de las preciadas bolsas azules y, al día siguiente, el club ingresa en su cuenta 140.000 euros.

Leía el viernes la noticia en el periódico tumbada sobre la arena ‘granulada’ de Playa Granada, embadurnada con kilos de crema solar y en dura lucha contra el viento de Levante que se empeñaba en arrojar a las olas mi sombrero a lo Torres Hurtado. Pero no fue un día de moda; fue un día de bolsas de basura… En una verde bien grande despidió sus días la medusa de medio metro, sin exagerar, que se presentó en la orilla a última hora de la mañana.

Dos aguerridos bañistas, que hubieran podido pasar desapercibidos en 300 si no fuera por los orondos michelines atesorados en intensas jornadas de espetos y cervezas, se emplearon en una leonina batalla con el animalito y lo hicieron sucumbir con dos contundentes palos de sombrilla. Este final también lo conocerán: los de Protección Civil se llevan los viscosos tentáculos y la machacada campana de la escurridiza medusa y, una vez analizada, descartan que fuera la asesina Carabela Portuguesa que todos temíamos. Otro final feliz.

Vuelvo a la lectura del periódico para encontrarme con más texturas gelatinosas. Para empezar descubro que existe la talla 38KKK: la brasileña Sheyla Hershey ha estado a punto de perder la vida por conseguir las tetas más grandes del planeta. Se ha inyectado tres kilos y medio de silicona en cada seno y ha pasado más de 30 veces por los quirófanos en una interminable escalada de cirugía plástica.

Tendrían que ver la foto, soy incapaz de describir sus colosales pechos ni averiguar lo que significa la críptica talla de sujetador. Mientras ella dice que es “muy, muy, muy feliz”, a mí me da dolor de espalda  sólo mirarla… Otro episodio feliz pero a medias: puede que tengan que amputarle las mamas tras sufrir una grave infección en la última operación. Lo bueno es que  la joven aspirante a modelo, cantante y actriz ha aprendido la lección: “nada en exceso es bueno”.

Esta misma enseñanza podríamos aplicarla tanto a los adictos a las golosinas (por fin el Gobierno se ha decidido a declarar la guerra a las chucherías, las patatas fritas, la bollería industrial y los refrescos atiborrados de azúcares prohibiendo las máquinas expendedoras que invaden los patios de los colegios) como a los devoradores de las populares y ‘milagrosas’ bayas de Goji que iban a salvarnos del envejecimiento.

Hasta Victoria Beckham presumía de consumir las  rojizas pasas que seguro que les han intentado colar más de una vez al llegar a la caja del supermercado. Ahora resulta que la OCU ha pedido que las retiren del mercado por su toxicidad.

Bayas impostoras, algodonadas nubes rosadas, golosos corazones de azúcar, tentadores donuts de chocolate… Lo dicho, nunca los excesos fueron buenos. Ni de gula, ni de confianza, ni de vanidad. Pero, como ya sentenció El  Gallo en su día, “hay gente pa tó”.