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Buenas noticias

Magdalena Trillo | 22 de octubre de 2017 a las 10:00

Es un clásico entre los periodistas: nos pasamos el día quejándonos pero nunca cambiaríamos de trabajo. La contradicción se sustenta en la propia esencia del oficio: mucho de vocación, una espiral interminable de esfuerzo y una pizca de olfato. Le decía esta semana Maruja Torres a Buenafuente que el periodismo “nunca nos haría ricos” -ni tenía por qué- “pero sí felices”. Justo ese día se lo habría rebatido con vehemencia: cuando estás en el barro del día a día nunca piensas que es la “profesión más bonita del mundo” como proclamaba García Márquez y no te da tiempo ni a preguntarte si eres ser feliz…

El viernes me acordé de ella: sí, hay veces en que la magia del periodismo te despierta y te recuerda por qué estás ahí… Les cuento.

Se llama Antonio José García Bascón. Si he investigado bien, es técnico de Cultura, colabora en un grupo de investigación de la UGR y es un gran lector. Esto último lo deduzco por el libro que me dejó el jueves sobre mi mesa. Justo había salido para la tertulia de Canal Sur y no llegué a verlo. El sobre lo abrí al día siguiente entre una maraña de correspondencia. Con rutina. Diseccionando lo que tendría vida en la redacción y lo que iría directamente a la papelera.

Me dio un salto el corazón. ¡El libro de Gabriel Celaya que tanto busqué para escribir el artículo sobre Lorca y Primo de Rivera! La edición del 79. Con la “aventura poética” que dedica a Amparitxu. Con “la razón de la sin-razón” con que abre las memorias recordándonos el Segundo manifiesto del surrealismo de Breton: “Todo nos lleva a creer que existe un cierto punto del espíritu en el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente”. Como el periodismo; malvado y hermoso a la vez…

Me sentí con cinco años abriendo regalos de Navidad. La nota que me dejó en el libro superó con creces la bicicleta que nunca llegó: “Estimada señora Trillo, hay ocasiones en que los libros quieren cambiar de mano. Espero que lo disfrute, ahora es suyo”.

Mucho más eficiente que yo, fue Jerónimo Páez quien consiguió una edición del libro y me pasó el capítulo sobre Lorca. El mismo día de la publicación, el profesor Antonio Chicharro me escribió compartiendo los ensayos literarios que publicó en 2009 con una minuciosa recopilación de todos los trabajos del poeta vasco.

A Celaya lo llegó a conocer, mantuvo con él correspondencia y me aseguraba que, antes que nada, “era un hombre cabal”. Hay por tanto motivos más que suficientes para creer lo que escribió en Poesía y verdad y hay motivos, también, para sorprendernos de que haya quienes lo sigan ignorando u ocultando.

celaya

El propio Celaya siguió a Goethe para titular sus memorias conectando con su personal forma de entender al poeta: desde la honestidad. Normalmente es a los periodistas a quienes se nos exige ser honestos; que seamos buenas personas, que hagamos buen periodismo. Junto a la objetividad y la independencia, es uno de los grandes principios de la profesión y no difiere mucho de lo que escribió Kapuscinski cuando advirtió que “los cínicos no sirven para este oficio”.

Claro que un escenario es el deseable y otro el real… Cínicos hay, y muchos, y malos profesionales también. Pero, por un día, porque se lo debo a ese lector que esta semana me ha recordado que todo tiene un sentido, incluso en el periodismo, podríamos pensar que tanta probabilidad hay de que el día amanezca soleado como nublado, de que las buenas noticias venden tanto (o más) que las malas, de que internet no es el reino de lo frívolo y lo breve y de que hasta la doctrina de la curva de Quartz se equivoca cuando descubrimos que hay lectores que no sólo tienen la paciencia de devorar un artículo de más de 500 palabras; también reflexionan, lo enjuician y lo comparten.

Un buen ejemplo de ese Periodismo Ciudadano que se ha ido expandiendo a la sombra de las redes sociales y los nuevos medios -como colaboración, no como suplantación- tal vez sea este artículo. Un inesperado crowdfunding de ideas. La constatación de que también las buenas historias buscan su sitio.

Lo políticamente correcto

Magdalena Trillo | 8 de febrero de 2015 a las 17:28

Todos sabemos que en el decálogo del ‘buen político’ no está decir la verdad. No lo llaman mentir sino “estrategia” y, teóricamente, nunca hay mala fe detrás del incumplimiento de las promesas sino un buen puñado de “circunstancias” que les impiden hacer frente a sus compromisos, algunos errores de cálculo sobrevenidos que empañan la gestión y unos cuantos ‘chorizos’ infiltrados en sus filas que “injustamente” los desacreditan.

Si todos sabemos que un político no se puede permitir el lujo de decir la verdad, mucho menos en campaña electoral. Y el objetivo es evidente: no dar pistas al adversario, no mostrar debilidades y convencer a los futuros votantes de que son la mejor opción. ¿Cómo nos van a pedir que confiemos si ni ellos mismos se lo creen?

Porque también sabemos, o deberíamos saber, que el fin último de la política es el poder: la máxima es salir a ganar y, por supuesto, ocupar el sillón de mando. Luego vendrá aquello de que se hace por el interés general, que su vocación es la del servicio público y que se van a dejar la piel por los ciudadanos. Por usted y por mí.

Todo esto se rompió esta semana cuando el secretario de Participación Interna de Podemos dijo en un programa de radio que su partido no tiene expectativas de acceder al Gobierno en Andalucía. ¡Revuelo monumental! Se lanzaron como lobos desde todos los partidos y también se le contestó desde dentro. La candidata andaluza, Teresa Rodríguez, apenas tardó unos minutos en corregir la ‘novatada’ de su compañero con un tuit: “Quienes conocemos esta tierra y tenemos aquí los pies, la cabeza y esperanzas, sabemos que no sólo podemos, sino que debemos ganar Andalucía”. Luis Alegre rectificó esa misma mañana y se ha pasado toda la semana tirando de ‘manual': el recurrente que se había expresado mal… Que se refería a que las encuestas no les dan como vencedores para las autonómicas del 22 de marzo en Andalucía -sí en otras comunidades como Madrid, Valencia o Asturias-, que afrontan la cita con “humildad” pero también con “ambición” y que, como ya demostraron en las Europeas de hace un año, “¡sí se puede!” porque son un partido nacido “para ganar”.

El dirigente de Podemos termina refugiándose en lo políticamente correcto, en lo previsible, con el tono falso de los mítines y eslóganes fabricados de campaña. A mí, sinceramente, me había gustado más el primer Luis Alegre, el criticado como principiante e inexperto, el que osó romper el ‘pacto’ del interés partidario admitiendo en público lo que la formación de Pablo Iglesias sabe a nivel interno y sabemos todos: que Andalucía es su plaza más difícil y que, a la espera de más sorpresas el día electoral, no es probable que el 22-M se conviertan en la primera fuerza en nuestra comunidad.

Nunca he entendido por qué los políticos nos tienen que proteger callando lo que no interesa (a ellos, claro), diciendo lo que no es y prometiendo lo que nunca cumplirán. Cierto es que ganaríamos mucho si antes de hablar tuvieran claro qué quieren decir. Más aún si consiguieran que, desde el mismo partido, partieran los mismos mensajes sin importar el interlocutor ni dónde vive el votante. Es una regla básica en periodismo que nunca pondremos un buen titular ni escribiremos una buena noticia si no tenemos previamente bien definido lo que queremos contar; un mal titular siempre es reflejo de una mala historia.

En política, a esto se llama incoherencia y, lamentablemente, tenemos demasiados ejemplos de ello. ¿No es una contradicción que Pedro Sánchez se manifieste partidario de alcanzar grandes pactos de Estado con el PP y unas horas más tarde diga su portavoz que, más allá de la lucha contra el yihadismo, no hay nada que acordar porque las diferencias son “abismales”? Porque qué bien debería sonar la propuesta del líder socialista de imponer un mínimo de sensatez y estabilidad en Educación si no se percibiera detrás un interés claramente electoral que choca con ese intento de adoctrinamiento que ha marcado la gestión educativa en este país durante toda la democracia.

Desconcierto e intereses partidistas. Tampoco he entendido nunca por qué los políticos no pueden movilizar a los indecisos siendo honestos, desarmar al adversario con discursos constructivos y en positivo y entusiasmar al electorado siendo realistas. Por qué no se pueden asumir los errores y conectar con los votantes sin cambiar de discurso cada media hora. El confuso escenario de alianzas postelectorales que se avecina tal vez sea la mejor muestra de lo difícil que es escribir un titular, montar un discurso, cuando no se sabe qué decir. Por no destapar las cartas y por no reconocer que todo dependerá de lo que más interese, de lo que sea más necesario cuando, con los datos definitivos en la mano, haya que valorar hasta dónde se puede presionar y hasta dónde renunciar.

Números y pragmatismo. Si el bipartidismo está tan roto en España como aventuran todos los sondeos, más importante que el programa sería conocer las intenciones de los partidos para el día después. Susana Díaz ha entrado fuerte en precampaña -ya está de periplo por toda Andalucía con actos institucionales por la mañana y de partido por la tarde- asegurando que ni pactará con el PP ni lo hará con Podemos. ¿Seguro? Lo enfatizó el jueves en Granada cuando respaldó a Paco Cuenca como candidato socialista a la Alcaldía de la capital y le marcó el camino: ganar “bien” para gobernar sin necesidad de alianzas. ¿De verdad cuentan con tal horizonte? La prudencia, y el desconcierto que ha supuesto la irrupción de Podemos torpedeando el actual sistema de partidos y fagocitando a Izquierdo Unida, ha dejado en un sueño la aspiración de la “mayoría absoluta” y ahora el reto no es otro que una “mayoría suficiente”.

Y aquí tenemos a los que nos prometen estabilidad para “avanzar al doble de velocidad” que el resto de comunidades (PSOE), los que nos previenen de experimentos intentado montarse en la ola de la recuperación (PP), los que buscan nuestra complicidad para romper “tres décadas de monopolio socialista” y “corrupción” (Podemos) y los que nos aseguran un verdadero gobierno de izquierdas llamando a la puerta de los “desencantados” (IU). Sumemos otras opciones más minoritarias como Ciudadanos, UpyD y hasta el irrelevante Partido Andalucista y encontrará esa difícil radiografía que se vislumbra este intenso año electoral con dos corrientes en tensa disputa por el poder: PP y PSOE intentando mantener posiciones y todos los demás esperanzados en desmontar el tablero.

El primer experimento se ensayará en Andalucía pero reconozcamos que el laboratorio más imprevisible se está fraguando en Madrid y que será en las municipales cuando comprobemos el impacto real de las sopas de siglas, los pactos y las alianzas que resultarán imprescindibles para el gobierno -o desgobierno- en cientos de pueblos y ciudades de toda España. Y ya veremos entonces, en un escenario absolutamente inédito en nuestra democracia, si lo que hasta ahora ha sido políticamente correcto sigue funcionando.