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¿La fusión era el problema? De la caída de Spiriman

Magdalena Trillo | 12 de noviembre de 2017 a las 10:00

El modelo de la fusión hospitalaria se puso en marcha en Granada de forma torpe y sin presupuesto, en pleno tsunami de ajustes, sobre una escurridiza marea de indignación y con una creciente base de ciudadanos cada vez más preocupados por el deterioro de nuestro sistema de bienestar. Ese que se convirtió en sinónimo de la integración europea frente a los cuarenta oscuros años de dictadura; ese que se tambaleaba a golpe de tuits mientras la Administración se perdía pensando si debía rebajarse a contestar. Era la salud pero era también la educación, y la dependencia, y las pensiones, y el paro galopante, y la precarización laboral.

Nos construyeron uno de los mejores hospitales de Europa y salimos a la calle a protestar. Más de 40.000 granadinos. Toda España miró a Granada y a ese personaje surgido de una muchedumbre blanca que gritaba Yeah! sin más pretensiones que exigir una buena sanidad. Nos copiaron -lo copiaron-, surgió alguna Spiriwoman en los conatos de crisis que se extendieron por Andalucía… y todo se empezó a esfumar. Con caída del héroe incluida.

La Junta cortó cabezas, pidió disculpas, desmontó el plan de desfusión, aprobó una hoja de ruta para volver a los “dos hospitales completos” y puso dinero sobre la mesa. Mucho -el necesario- y aquí estamos, en un difícil camino de regresión en el que sigue habiendo problemas y desajustes a diario, con numerosos usuarios y profesionales cabreados y con un alto nivel de incertidumbre sobre la foto final que habrá de llegar en marzo de 2018.

Pero, de entrada, se nos ha quedado un enorme interrogante: nunca sabremos qué hubiera ocurrido con el proyecto de la fusión. ¡Bien hecho, claro! Con financiación, con la suficiente agilidad y eficacia para resolver los imprevistos y las inevitables disfunciones y con un plan robusto de comunicación (interna y externa).

Ahora no es el momento de héroes ni de sobreactuación. Toca trabajar y dejar trabajar. Spiriman debió entenderlo cuando le dio la fiebre de las camisetas, se apuntó a todas las causas que iban llamando a su puerta y con la misma rapidez se las quitó. No era el flautista de Hamelin con miles de ciudadanos desnortados detrás. Hace una década que Stephen Hawking ya advirtió que el siglo XXI sería el de la inteligencia compleja; también el de los problemas complejos.

Ahí está Cataluña y, en nuestra escala local, esta misma semana hemos tenido la mejor muestra de que no hay fórmulas infalibles para nada. Ni cien personas se sumaron el jueves en La Chana al arranque del calendario de protestas de la Marea Amarilla. Era por el AVE soterrado -ese que sí ha levantado a los vecinos de Murcia y ya tienen su proyecto firmado por Fomento- pero hubiera pinchado igual con unos carteles que denunciaran los casi 1.000 días sin conexión ferroviaria que vamos a cumplir.

Las causas no son copiables ni los liderazgos exportables. El Pacto por las Infraestructuras que el alcalde ha lanzado con los empresarios tendrá el éxito que permita el pragmatismo de los presupuestos públicos –especialmente los fondos europeos- en una clave muy similar a la movilización del Puerto para que la Costa sea incluida en el Corredor Mediterráneo. Y con un factor determinante que no es otro que el político: con los correspondientes condicionantes electorales (no hay un impulso más eficaz que una campaña) y las correlativas estrategias de los partidos.

Lamentablemente, las debilidades del poder sí son transversales. Podemos hablar de política o de negocios, de instituciones o de plataformas sociales; no importa la nobleza de la causa. Tan importante como llegar es saber irse. Me desconcierta el populismo barato, las mentiras, los insultos y la ira de los últimos vídeos de Spiriman. Me dicen que así es Jesús Candel: la persona sin el personaje, sin la careta. Confieso que me sigue pareciendo de justicia su cruzada por una sanidad digna y una Andalucía sin corrupción, pero hoy jamás me haría un selfie con él. No es temor, no es corporativismo y no es revancha; es tristeza.