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Ir a misa mejora la salud

Magdalena Trillo | 29 de mayo de 2016 a las 12:23

Ir a misa todas las semanas prolonga la vida. Lo asegura un grupo de científicos tras realizar un amplísimo trabajo de campo con casi 75.000 enfermeras de Estados Unidos durante 16 años. Los resultados se acaban de publicar en la revista Jama Internal Medicine poniendo cifras a los efectos saludables de la espiritualidad: asistir a los oficios religiosos de forma habitual reduce un 27% el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular y un 21% por efecto del cáncer. Exactamente. Ni más ni menos. Ir a misa más de una vez a la semana supone un 33% menos de riesgo de morir frente a quienes nunca pisan un templo; acudir semanalmente rebaja el riesgo un 26% y, si suavizamos ligeramente la práctica, los beneficios caen al 13%.

Los científicos, investigadores de la Harvard Chan School of Public, han dedicado casi dos décadas a conocer la dieta y el estilo de vida de las norteamericanas. La información sobre el estudio la publicaba hace unos días el periódico Abc y, si superamos la perplejidad del titular, contenemos el escepticismo por la contundencia y la precisión de las conclusiones y descendemos a la letra pequeña, los resultados terminan conectando más con lo terrenal que con lo divino. Tienen que ver con los efectos del apoyo social, con el menor consumo de tabaco, con la baja propensión a sufrir depresión y ataques de ansiedad y con la elevada preocupación por el cuidado de la salud que tiene un colectivo tan especial como el de las enfermeras. Todas de raza blanca, de alto nivel socioeconómico y perfectamente integradas en su comunidad. En resumen, que ni el estudio se puede generalizar ni podemos perder de perspectiva que sólo las personas sanas pueden ir a misa; que las verdaderamente enfermas se tienen que quedar en casa o en el hospital…

Les confieso que recorté el artículo con la idea de hacer una crítica despiadada sobre un tema que realmente me preocupa: que se dediquen fondos y esfuerzos a investigaciones que rozan lo ridículo. Lo absurdo. Les animo a que buceen en las notas de prensa que emiten los gabinetes de las universidades españolas y a que consulten los listados de los proyectos que reciben financiación pública relacionados con la investigación y hasta con la innovación. Llevo años, sin éxito, intentado descubrir los criterios. Encontrarán iniciativas sorprendentes, valiosísimas, y verdaderas estupideces. No hablo del incuestionable coste de la ciencia básica ni defiendo el pragmatismo por encima del conocimiento; hablo de cuando se cruzan intereses que nada tienen que ver con la ciencia, con el saber, con el progreso. Trabajos que responden al márketing institucional, a la propaganda, al proselitismo, casi al mismo nivel que las campañas políticas se diluyen en el espectáculo. Ni siquiera entro en la mediocridad y el camino fácil -la vida fácil- que no deja de comer terreno a ese difícil principio de excelencia que se supone entre las paredes de una universidad. Hablo del sentido común, de proporcionalidad y hasta de coherencia.

Decía esta semana el consejero de Economía que habría que hacer un “pacto de Estado” -ese que nostálgicamente pedimos para todos los grandes temas que luego lanzamos a la arena de la confrontación política y electoral- para eliminar la “patética burocracia” que sufren los investigadores. Para acabar con el “infierno” del papeleo. Cualquiera que conozca el mundo de la Aneca lo firmaría sin leerlo. Pero no es sólo el continente lo que requiere cirugía en la Universidad; también el fondo. El siempre polémico y cuestionado impacto de los ranking y el irresoluble debate sobre la financiación suelen acaparar el tenue debate público sobre el modelo de educación superior. Pero hay otro plano que nos debería preocupar casi más: qué se enseña, sobre qué se investiga, qué aporta la Universidad.

En la misma carpeta en que guardé la noticia de Abc coloqué un artículo sobre dos jóvenes emprendedores de California, de una start up de San Francisco, en Silicon Valley, capaces de convertir el agua en vino en sólo 15 minutos. “Recreamos vinos desde cero, sabor a sabor, combinando los compuestos en su nivel preciso. Sin levadura, sin fermentación, con control infinito del sabor y del aroma”. Hace dos años, los medios ya se hacían eco de una “máquina milagrosa” que fabricaba vino en tres días -el asunto quedó en una campaña de crowdfunding para recabar financiación para su comercialización- y son varios los vídeos de Youtube que van del divertimento de los experimentos caseros a las reminiscencias bíblicas de las bodas de Caná.

Quería criticar que en PlayaGranada, en uno de los rincones más turísticos de la costa, en la zona más exclusiva de Motril, en zona verde, hayan decidido construir una iglesia cuando no hay ni una franquicia de supermercado… Luego he pensado en lo fresquito que se estará allí dentro cuando lleguen los días tórridos de julio y, al final, me ha podido la superstición: ¿y si fuera verdad lo de las misas y la salud? Mi madre siempre me lo decía de pequeña: mientras estés en la iglesia no estarás haciendo otras cosas. Ella pensaba en los novios, las discotecas y el alcohol -amenazas más que reales para la “salud” de una adolescente- y yo me pregunto hoy si al final todo tiene su tono, su sentido y su contexto.

Hablando sobre su nueva novela, El azar y viceversa, Felipe Benítez Reyes advierte contra las actitudes de “solemnidad” que no llevan más que a la “grandilocuencia” y el “tremendismo”. “La vida”, reflexiona en una entrevista en la revista Mercurio, “es fascinante y a menudo puede resultar terrible, pero también es bastante absurda y ridícula. Si prescindimos del humor, le mutilamos la mitad”. ¿Quién soy yo, adicta a la coca-cola, para criticar entonces a quienes quieran beber vino sintético? ¿Quién soy yo para cuestionar si es más importante alimentar el cuerpo que el alma?

Me lo pregunto cuando media aristocracia europea hace las dos cosas asistiendo a la boda de la hija del duque de Wellington, Charlotte Wellesley, con el multimillonario colombiano Alejandro Santo Domingo en la pequeña Iglesia de la Encarnación de Íllora por el capricho de la novia…

Me lo pregunto después de ver a Pablo Iglesias hacerse fan del Papa, a los políticos catalanes comprando la paz social con los okupas radicales, a las feministas socialistas guerrear contra las feministas de Podemos por una charla sobre sexo, amor y porno, a Carmen Thyssen quejándose de lo “difícil” y de la “responsabilidad” que es “ser rico”. ¿Usted sabría ponerle el tono?

Los ‘outsiders’ de la campaña

Magdalena Trillo | 1 de marzo de 2015 a las 10:16

¿Ha tenido tiempo de rezar? Ésta era la propuesta que nos había lanzado el obispo de Córdoba para celebrar el Día de Andalucía: “Orar para que desaparezca la corrupción en la administración y en toda la sociedad”. Lo que no está logrando ni la juez Alaya con sus infinitas macrocausas y sus ya previsibles irrupciones en campaña lo quiere resolver la Iglesia con plegarias. Coincido con Demetrio Fernández en que “es una vergüenza que algunos aprovechen su puesto de servicio para enriquecerse robando el dinero de todos”. Ahora bien, media un abismo entre el diagnóstico certero que realiza sobre la codicia humana y ese remedio divino y casi mágico que propone.

A monseñor Fernández le ocurre como al arzobispo de Granada: es más que consciente de que no debe lanzarse a la arena política, de que no debería ser el púlpito una plataforma para encender la polémica, pero su ‘sentido de la responsabilidad’ le supera. Así, “llegado el Día de Andalucía”, decide ofrecer en su carta pastoral una “conveniente reflexión desde la fe” para que meditemos bien nuestro voto de cara a las próximas elecciones regionales” y aprovecha para sumarse al ambiente preelectoral recordando a fieles y electores los posicionamientos de la Iglesia en cuestiones de intenso debate como el aborto y la educación.

Sus planteamientos son un ataque directo contra la escuela pública por “ser uno de los grandes males para una sociedad que quiere ser libre y educar en libertad”. El obispo expresa su perplejidad por que, en “un Estado aconfesional” como el español, “se favorezca todo lo que va contra Dios y contra la religión católica” y, como solución, hace una defensa cerrada del modelo concertado que con tanta eficiencia controla la Conferencia Episcopal y que tan bien representa al teórico 92% de andaluces y españoles que, según él, nos decimos católicos.

No debería extrañarnos. Los obispos acaban de presentar al Gobierno su propuesta de contenidos para la asignatura de Religión -el curriculum ya se ha publicado en el BOE y se empezará a impartir el próximo curso- y la consideración más suave que ha recibido es que supone una peligrosa “involución” educativa y social. A los obispos, sin embargo, les pasa como a los bancos, que nunca tienen bastante. Mientras piden a las comunidades más díscolas que no limiten las horas de religión en las escuelas, su propuesta para “enseñar la realidad del cristianismo sin catequizar” es poner a los niños de 8 años a rezar en las aulas y, en Secundaria, eliminar las referencias a cualquier religión que no sea la estrictamente protegida en nuestra Constitución.

Es decir, que a los primeros les examinarán por sus cánticos (la asignatura es optativa pero evaluable) y a los segundos les privarán de la oportunidad de entender qué hay detrás del ataque yihadista a Charlie Hebdo y hasta de saber que Andalucía, Al-Andalus, fue un día símbolo de convivencia, respeto e integración entre pueblos. Tendremos escolares que aprenderán a “expresar la gratitud a Dios por su amistad”, “comprender el origen divino del cosmos” e, incluso, “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad”. Pero difícil será saber si estamos formando a ciudadanos críticos capaces de asumir con coherencia su responsabilidad en la sociedad y desenvolverse desde la cultura del esfuerzo y la tolerancia. Mucho menos si se inculcarán unos valores mínimos de ética y respeto que terminen siéndonos útiles a todos -también a la Iglesia- cuando nos planteemos la aspiración como sociedad de, por ejemplo, atajar la corrupción. Porque tan legítimo es defender la oración, el adoctrinamiento y la catequesis dentro de las parroquias (para eso están) como debería ser reservar la escuela pública para inculcar esos valores de civismo y moralidad que deberían impregnar nuestra convivencia y que tanta falta nos hacen para vacunarnos contra todos esos “males” ante los que nos previene la propia Iglesia.

Recriminamos a los políticos lo alejados que están de la calle, de las preocupaciones reales de la gente, pero lo cierto es que es otro mal que se contagia con la misma naturalidad con que socialmente lo aceptamos. Les aseguro que no es ingenuidad, es el reconocimiento de que lo que de verdad se nos da bien en este país es confundir. Cargados siempre de ideología y con unos intereses nunca claros. Confundir para, a continuación, interferir. Es lógico que el año electoral haya acelerado la vida pública pero no deberíamos permitir que la ‘justificación’ de unos comicios nos hurten el debate y nos dejen en una apática posición de indiferencia.

No es sólo la juez Alaya la especialista en las injerencias. Junto a los ousiders habituales de las campañas electorales, están los que aprovechan para pescar en río revuelto -admitamos que el obispo de Córdoba nos anime a rezar contra la corrupción política, pero no de que se olvide de mirar hacia dentro cuando el propio Papa está pidiendo perdón y tan cerca tiene el escándalo de los casos de pederastia en Granada…- y los que, con la excusa del patriotismo y la responsabilidad, irrumpen de forma estrepitosa arropados por el corporativismo, el interés partidista, cierta dosis de frivolidad y una absoluta y compartida ausencia de autocrítica. El momento bandera andaluza de Manolo Pezzi en el Congreso de los Diputados, prestando el ‘noble’ servicio de defender nuestra comunidad cuando se atacaba al PSOE, no es menos tramposo que el memorándum de cifras que nos arrojó el presidente del Gobierno para transformar el Debate sobre el Estado de la Nación en un improvisado ‘país de las maravillas’ y convencernos de que la recuperación no tiene los pies de barro y es real. Volvemos a confundir. El diputado granadino jugó a lo que juega su partido. Porque, aunque los socialistas llevan el rojo en sus siglas, es el verde de Andalucía el que han hecho propio en tres décadas de gobierno con la misma fuerza camaleónica con que se han quedado con la bandera del andalucismo.

Honestamente, entre los tiempos de rezos de unos y los tiempos electorales de otros poco espacio queda para “potenciar la Marca Andalucía”, para hacer país, como proponían esta semana los empresarios al presentar (ellos también) su decálogo de propuestas para el 22-M. Pidieron lealtad, pero no es la lealtad lo que mejor nos define. Y no, no es orando en los colegios como vamos a conseguir que “no prevalezca la mentira, el engaño, la trampa y el embuste” ni tampoco como vamos a desterrar esos tópicos que unas veces criticamos y otras enarbolamos. Mucho menos el ‘tópico’ de la corrupción.

2015, ¿un año inesperado?

Magdalena Trillo | 4 de enero de 2015 a las 11:01

No siempre el dinero es la respuesta. Hay obras que llevan su ritmo ajenas por completo a las novedades del BOE, proyectos que llegan inesperadamente envueltos en papel charol y anhelos que se revuelven para convertirse en tu peor pesadilla. Les pongo unos ejemplos: la Autovía del Mediterráneo y el AVE, el Centro Lorca y la declaración de Granada como Capital Mundial de las Letras y la extraña carrera de la Alpujarra por ser Patrimonio de la Humanidad.

Aunque siempre he sido consciente de la rutina que arrastran los artículos que despiden y saludan el año , es terriblemente desesperanzador cuando te das cuenta de que no sólo se repite el continente, también el contenido. Granada no sería Granada si no habláramos de agravios y confrontación, de su insolente y pegadiza malafollá y, lamento expresarlo de forma tan descarnada, de esa pesada mediocridad que con tanta nostalgia mira hacia atrás olvidando que el riesgo y la osadía también son un valor.

¿Por qué ocupamos siempre la zona intermedia del ranking? Porque quitando las alegrías casi excepcionales del turismo y asumiendo el lastre que suponen las plusmarcas del paro, en todos los demás indicadores nos movemos en la acomodaticia serenidad del punto medio.

Desde que Granada Hoy está en los quioscos, y vamos ya para 12 años , el proyecto del Metro en la capital, el AVE a Madrid y la inacabada A-7 han formado parte del paisaje informativo y, como habrá podido comprobar, claramente para mal… Hoy, sin embargo, me he propuesto ser constructiva y ¡hasta atrevida! Le propongo un ejercicio de prospectiva… Y que conste que, salvo acontecimientos inesperados , se basa en lo que hoy son promesas -por fin- viables.

Sitúese a finales de 2015 . Mañana lunes madrugará pero no quedará atrapado en el atasco habitual de la Ronda Sur. Se subirá en el Metro en Armilla y llegará a la Estación de Renfe cumpliendo su trayecto con puntualidad británica. Allí obviará los tercermundistas trenes que hasta ahora le llevaban a Madrid y tampoco tendrá que viajar con su coche hasta Antequera para llegar a tiempo; en 2 horas y 45 minutos estará en la capital de España… El fin de semana bajará a la Costa. Lo hará en 40 minutos por autovía. El sábado se escapará a Málaga para hacer unas compras en el Ikea y lo hará también por autovía. El domingo probará en El Ejido el restaurante La Costa con su merecida estrella Michelín y todavía tendrá tiempo de jugar al pádel o darse un paseo por la playa. Antes, el viernes por la noche, habrá asistido al último estreno de teatro programado en el Centro Lorca y seguirá preguntándose por qué hemos tardado media vida en recuperar el legado del poeta…

Al hospital del PTS, el más grande de toda Andalucía, mejor es que no necesite ir para ninguna urgencia pero, si así ocurriera, que sepa que estará a pleno funcionamiento. Ni por fases ni en plan chapuza. Con años  de retraso, como la autovía, el Metro y el AVE, pero estará. Para las próximas navidades también habrá abierto sus puertas el Centro Comercial Nevada y, aunque nadie dude de lo que mejorará la oferta de compras en Granada ni la actividad y el empleo que generará, es difícil asegurar que no le provoque un ataque de nervios con el previsible colapso de tráfico que se formará en la zona Sur de la ciudad. ¡Qué tristeza pensar que, siendo tan evidente, no haya nadie capaz de planificar una salida con unos meses de anticipación! Claro, unos meses antes estaremos demasiado ocupados creando cantera para el deporte del hielo con esa Universiada que tanto sufrimiento está costando sacar adelante. ¿Seguro que no está gafada? Porque el incendio en el Pabellón de Curling de Fuentenueva tenía más pinta de aviso a navegantes que de accidente fortuito… Veremos.

Pensándolo bien, lo menos inesperado  en 2015  será diseñar el escenario de infraestructuras y equipamientos que tanto se ha enquistado en los últimos años  y que tantos titulares fallidos ha hecho publicar. Lo que de verdad da vértigo dibujar es la radiografía política posterior a mayo. ¿Usted ya ha decidido a quién votar? Se equivocan los políticos, yerran las encuestas, cuando diagnostican el ‘pasotismo’ ciudadano. Iremos a votar, ¡claro que iremos a votar! Otra cuestión bien distinta es a quién. El voto urbano, por muchos sondeos internos que manejen los partidos, es una auténtica incógnita. ¿Voto de cabreo? ¿Voto útil? ¿Voto de castigo? La izquierda corre el riesgo de fragmentarse tanto que el escenario de la ingobernabilidad se cierne ya como una espesa niebla sobre decenas de ayuntamientos y, ojo, también sobre la Diputación. El PP tal vez no logre la mayoría absoluta, pero ¿el PSOE tendrá con quién pactar? ¿Calará la campaña del miedo? Apasionante. Informativa y socialmente apasionante.

En el camino, por supuesto, nos habremos dejado más de un quebradero de cabeza. El AVE llegará a Andaluces con una sola vía y en superficie -relegando el viejo proyecto de soterrar las vías en el barrio de La Chana-, ni rastro habrá de esa espectacular estación que diseñó Rafael Moneo dialogando con la Alhambra y Sierra Nevada y poco podremos alegrar a quienes tengan que sacar el billete en dirección Sevilla: las tres tediosas horas a velocidad de tortuga seguirán siendo una pesadilla poco transformable si Susana Díaz no accede ni a ‘pensar’ en la propuesta del PP de activar un ‘plan barato’ por Córdoba… ¡Nos llevaría en 90 minutos! Y, ojo, que al final los desaires y la falta de olfato se pagan tanto como los desaciertos.

Torres Hurtado ya tuvo que lidiar con la ira ciudadana con su propuesta de cambiar la estación del AVE a la rotonda de Europa y todavía está por ver lo que le costará la Línea de Alta Capacidad (LAC). Más de uno en su equipo le recomendó postergar el ‘experimento’ a después de las municipales, pero ya sabemos que el alcalde de la capital es de ideas fijas. Ciertamente, sólo esa voluntad de hierro explica que, después del ictus que sufrió antes del verano, siga empeñado en repetir como candidato con su partido haciéndose más remolón que nunca. ¿No estaría bien recordarles a unos y otros que lo de dedicarse a la política tiene más que ver con servir a los demás que a uno mismo? Y no hablo de corrupción, de degradación ni de estéril confrontación… Para eso ya tenemos las páginas que los medios dedicamos a diario a nuestros ‘ilustres representantes’. Incluidos los de las instituciones más nobles del Estado, la Corona y hasta la Iglesia.

Porque cualquiera recordará por qué Granada salió en el telediario en 2014.… Sí, los curas pederastas ante el juez, el arzobispo intentado lavar los escándalos en casa y el Papa Francisco poniendo orden. Entre rutinas y sobresaltos, lo cierto es que no sé si pedir un 2015  previsible o imprevisible… Elvira Lindo firma el guión de la Vida inesperada  de Javier Cámara en Nueva York y tampoco le fue tan mal. Me pregunto si, por una vez, no estaría bien que Granada se saltara la hoja de ruta, se cumplieran algunas promesas y nos regalara un año  inesperado . Uno de esos que vale la pena contar en los periódicos; uno de esos que vale la pena vivir… y recordar.

El origen del mal

Magdalena Trillo | 30 de noviembre de 2014 a las 10:30

“La justicia humana tiene sus límites; sólo la divina es justa”. Son palabras del hoy arzobispo de Granada cuando estaba al frente de la Diócesis de Córdoba; un periodista osó preguntarle por la contradicción que suponía ver dando misa al párroco de Peñarroya después de haber sido condenado a once años de cárcel por abusar de unas niñas cuando se preparaban para la primera comunión. El entonces obispo acusó al redactor de Canal Sur de ser un “mal profesional” y dijo en antena que había sido la entrevista más desagradable que le habían hecho en su vida.

De Córdoba, tras enfrentarse con el cura Castillejo por CajaSur, a Javier Martínez lo ‘ascendieron’ a arzobispo de Granada y aquí se ha tenido que volver a enfrentar a la sombra de la pederastia con una presión social y un impacto mediático mucho más severo que hace una década. Entonces el pueblo se dividió en dos, entre quienes respaldaban al religioso y quienes clamaban para que fuera expulsado; hoy es el propio Papa Francisco quien ha cogido el altavoz y las pancartas contra los pedófilos sin dejar rendijas para el encubrimiento. Aunque las contradicciones persisten: el sacerdote Rey Godoy nunca perdió la ‘comprensión’ ni la protección de la Iglesia; en 2010 salió de prisión en libertad condicional y ahora trabaja como archivero en la propia Diócesis.

Si enfrentamos estos dos casos, es fácil llegar a la conclusión de que la justicia, siempre, tiene límites. Por acción o por omisión. La humana y la divina. En Córdoba los tribunales pudieron ser firmes e implacables -hasta una catequista ratificó las declaraciones de las menores confesando comportamientos similares- pero nada se hizo en el seno de la Iglesia; los hombres de Dios no sólo taparon sino que también ampararon. En Granada, el juez que investiga el caso del ‘clan de Los Romanones’ tiene ante sí un proceso tremendamente complejo por la propia naturaleza de los hechos, por la tardanza con que se ha formulado la denuncia y por el tiempo transcurrido desde que ocurrieron los abusos.

Los tres sacerdotes y el profesor de Religión que fueron detenidos el pasado lunes, mes y medio después de que la víctima recurriera a los tribunales siguiendo las indicaciones del Pontífice, han dormido dos noches en los calabozos pero ninguna en prisión. El miércoles quedaron en libertad con cargos y sólo el padre Román tuvo que desembolsar 10.000 euros de fianza para eludir la cárcel. Durante seis meses tendrán que fichar los días 7 y 21 y no podrán acercarse a menos de 200 metros de distancia de Daniel ni del segundo monaguillo que acaba de denunciar abusos contra los mismos implicados.

De momento, aunque todos se declaran “inocentes”, el instructor aprecia acciones “particularmente degradantes y vejatorias” por parte del padre Román. Bien es cierto que existe bastante preocupación en el entorno judicial por las dificultades procesales para probar los supuestos delitos cometidos con todas las garantías y limitaciones del Código Penal. También queda por determinar hasta qué punto terminan implicados unos y otros y cómo transcurre la causa, ya que sigue abierta la investigación y no se descartan más denuncias y detenciones.

Es evidente que el juez tendrá que dictar una sentencia justa y se podría plantear hasta qué punto ejemplarizante por la gravedad y la alarma social que ha generado el caso. Lo acabamos de ver con la entrada en prisión “disuasoria” de Isabel Pantoja y, aunque podríamos abrir un intenso debate sobre este punto en el contexto de los tribunales, no debería haber la más mínima duda sobre la ejemplaridad que debemos exigir a una institución que ha extendido su poder en la civilización occidental como guardiana de la ética y la moral.

En la lucha contra la pederastia, el primer paso ya lo hemos dado: la “tolerancia cero” ha dejado de ser un eslogan para convertirse en una clarísima hoja de ruta para perseguir y castigar estos repugnantes comportamientos tanto por la justicia ordinaria como por las autoridades eclesiásticas. Y más allá de la ineludible petición de perdón y con más firmeza que una teatral postración ante el altar. Pero queda lo más difícil: atajar los comportamientos que llevan al pecado y al delito desde abajo, desde el principio y de forma constructiva.

Aquí llegamos al debate de verdad: el origen del mal. Hasta qué punto tiene sentido el celibato en la sociedad actual e, incluso, hasta qué punto tiene un fundamento teológico incontestable. Empezando, por ejemplo, por que en las primeras comunidades cristianas ni la tradición ni la biblia imponía el celibato como precepto obligatorio para el sacerdocio. Las razones históricas que lo sostienen tienen más que ver con la necesidad de fortalecer el poder de la institución en momentos de debilidad, frenar excesos -se ha escrito que en el siglo XV, durante el Concilio de Constanza, 700 mujeres públicas asistieron para atender sexualmente a los obispos participantes- y controlar que los bienes de la Iglesia no se perdieran como patrimonio familiar y hereditario. Por otro lado, si de salvaguardar una entrega absoluta se trata, ¿cuánto tiempo dedican los curas a controlar la abstinencia sexual, a atormentarse y a mortificarse?

Por supuesto que la lacra del acoso y el abuso sexual no lo sufre sólo la Iglesia, pero parece innegable que la obligación impuesta de permanecer sin pareja y reprimir cualquier tipo de deseo carnal tiene más contraindicaciones que utilidad. Es verdad que hay razones religiosas, filosóficas y hasta sociales para defender el estado célibe, pero de forma voluntaria. Si la Iglesia está dispuesta a dar realmente ese paso de renovación y apertura que proclama el nuevo Pontífice, es inaplazable abrir costuras para tratar temas tan controvertidos como la sexualidad o el papel de la mujer atendiendo a los sentimientos -y también a las razones- de las corrientes más progresistas.

Aunque los orígenes del celibato se remontan al año 305 con el Concilio de Elvira -otros interpretan que no tuvo carácter obligatorio hasta el II Concilio de Letrán de 1139-, hasta Platón podríamos viajar para encontrar los primeros ejemplos de connivencias exclusivas de hombres dedicados al pensamiento, el arte y el saber que luego marcarían el funcionamiento de las órdenes religiosas y los primeros conventos. Pensadores, artistas, santos…

La pregunta hoy podría ser si lo que pedimos a la Iglesia es pastores aspirantes a santos frustrados o profesionales de la fe, honestos y comprometidos, solteros o casados según lo decidan en conciencia. ¿Son ‘menos’ quienes ejercen la religión protestante y forman una familia?

El sexo, el hambre, es una necesidad biológica. Platón fundó sus academias con absoluta libertad, Sócrates fue tremendamente revelador -el hombre desea lo que no tiene- y Freud ya nos avisó: a lo que conduce la prohibición es al desvío, a la perversión.

Hace justo diez años que Almodóvar removió las vergüenzas de Iglesia con La mala educación. Curas pedófilos, homosexualidad, chantajes… Una controvertida ficción de escándalos sexuales en el clero que hoy se infiltra como actualidad con los mismos rincones oscuros, transgresiones y dolor que entonces. Renglones torcidos que aún no hemos decidido si queremos enderezar.

Tolerancia cero con la pederastia

Magdalena Trillo | 23 de noviembre de 2014 a las 13:26

EL Vaticano ha recibido en la última década más de 4.000 denuncias por casos de pederastia en todo el mundo. Un grupo de expertos norteamericanos calcula que el coste por indemnizaciones a las víctimas, terapias, seguimiento de agresores y asesoramientos legales supera ya los 2.000 millones de dólares y ha llevado a la bancarrota a multitud de diócesis, sobre todo en Estados Unidos. El escándalo que se ha destapado esta semana en Granada es, lamentablemente, uno más que sumar a esta vergonzosa y aberrante realidad que sigue soportando la Iglesia Católica sin que haya sido capaz de articular una respuesta canónica contundente, coordinada y compartida.

El coste moral y social para la institución es incalculable, pero más grave e irreparable es el daño que se ha infligido a las víctimas marcándolas para siempre y provocando, incluso, que haya quienes no han encontrado otra salida a su desesperación que quitarse la vida. También en este punto la denuncia realizada este verano por un joven granadino de 24 años asegurando haber sufrido abusos sexuales cuando era monaguillo y llegó a convivir con varios sacerdotes en una casa parroquial de la capital -desde los 13 o 14 hasta la mayoría de edad- refleja la impotencia e inexplicable desamparo que ha tenido que superar para sacar a la luz su caso e intentar que los responsables no queden impunes.

La respuesta no la ha hallado en Granada ni de mano de los responsables directos de ‘su’ Iglesia; ha sido el propio Papa Francisco quien ha tenido que intervenir, quien le ha pedido perdón (le ha llamado personalmente en dos ocasiones) y quien le animó en agosto a que recurriera a los tribunales. Porque una cosa es el pecado y otra bien distinta es el delito y porque, desde el papado de Ratzinger, “los trapos sucios de la Iglesia ya no se lavan en casa”.

Benedicto XVI decretó la tolerancia cero contra la pederastia, se atrevió a castigar al todopoderoso fundador de los Legionarios de Cristo -el mexicano Marcial Maciel- y aprobó una reforma que introducía la ampliación de diez a veinte años el periodo en el que poder denunciar los abusos al tiempo que se condenaba la adquisición, posesión y difusión por parte del clero de imágenes pornográficas con menores.

El Papa Francisco ha ido más allá: el pasado año aprobó una reforma del código penal de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano definiendo mejor los delitos contra menores. En los dos casos se parte de una convicción que debiera parecer una obviedad pero que choca abiertamente con los grupos más conservadores de la Iglesia: el perdón no sustituye a la justicia.

En este punto radica el conflicto que se ha abierto entre Roma y Granada por la gestión del caso de Daniel -hoy mismo está el arzobispo en el Vaticano dando explicaciones ante la Congregación para la Doctrina de la Fe- y que viene a sumarse al desconcierto y sensacionalismo informativo que se ha vivido en los medios y en la opinión pública durante toda la semana.

Judicialmente, la causa quedó blindada desde el mismo momento en que la denuncia llegó a los tribunales -la víctima recurrió a mediados de octubre a la Fiscalía Superior de Andalucía, que encargó unas investigaciones preliminares y la derivó de inmediato a la Fiscalía Provincial para su correspondiente tramitación- y el juez acordó decretar el secreto de sumario, una decisión absolutamente justificada por la gravedad del caso y la necesidad de evitar que se interfiriera en la investigación garantizando que las pruebas no se contaminaran. En paralelo, resulta difícil de entender que se hayan filtrado datos delicados del expediente eclesiástico mientras el máximo responsable de la Iglesia en Granada, monseñor Javier Martínez, guardaba un inexplicable silencio y permitía que la denuncia se convirtiera en un escándalo nacional y ponía en cuestión su propia diligencia para afrontar el caso.

La consecuencia de todo ello ha sido una contraproducente falta de información que poco está contribuyendo a ese objetivo último compartido de intentar que se haga justicia preservando a la víctima -o víctimas porque el propio denunciante apunta a otros cuatro posibles afectados- y salvaguardando la presunción de inocencia de los todavía sospechosos. Se ha hablado, por ejemplo, de una trama de pederastia cuando la Policía Judicial está en plena investigación, aún está recabando testimonios y pruebas, no hay imputados y, de momento, no han trascendido detenciones. Hasta el portavoz de la Fiscalía Provincial llegó a enviar un comunicado a los medios alertando de que se estaban publicando noticias, en algunos casos tergiversadas y con datos erróneos, que podrían afectar a la continuidad de las diligencias impulsadas desde el Juzgado de Instrucción número cuatro de Granada.

En este despropósito de sensacionalismo y desinformación hemos contribuido todos y todos deberíamos realizar autocrítica sobre el papel que la justicia, las instituciones y los medios estamos desempeñando para hacer frente a lo que no es sino otra gravísima derivada de esa creciente corrupción de la vida pública que empieza a parecer generalizada y estructural. Porque el mensaje que se ha lanzado al país es la de los “curas corruptos de Granada” y la del “clan de los Romanones” como si fuera una secta organizada para montar orgías y abusar de menores cuando es un grupúsculo de sacerdotes que ha venido funcionando al margen de la Diócesis y que ya había provocado por su propios privilegios y excentricidades el rechazo del clero granadino.

Pero aquí también hay responsabilidad de quienes los han dejado funcionar con sus “extraños retiros espirituales”, han mirado para otro lado cuando han ido acumulando patrimonio y riquezas y no los han sometido a las obligaciones y estrecheces de los demás sacerdotes.

El caso de Daniel -nombre ficticio del joven- necesita una doble respuesta: judicial pero también ética y moral. No es suficiente con apartar a los curas presuntamente responsables de los abusos -el joven apunta directamente a tres-, hay que suspender a divinis tanto a los responsables directos como a los indirectos, y se ha de hacer justicia sentando en el banquillo a quien haya que sentar y dictando la sentencia que haya que dictar.

Tampoco basta con pedir perdón como el viernes hizo la Conferencia Episcopal Española. Francisco Javier Martínez ya tiene en su haber ser el primer prelado de España en someterse al dictado de los tribunales ordinarios y el escándalo por los supuestos abusos sexuales a menores viene a sumarse a sus controvertidas homilías sobre el aborto o el matrimonio homosexual, su lucha abierta contra el pueblo de Albuñol o la arrogancia y prepotencia con que editó y ha mantenido en la calle el libro Cásate y sé sumisa. Estamos ante la enésima polémica que salpica al arzobispo de Granada sin que zozobre en el cargo. La Iglesia ha de colaborar con la Justicia, pero también actuar y dar ejemplo. Tolerancia cero con la pederastia, pero con la máxima transparencia y hasta el final.

El arzobispo insumiso

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:18

Después de leer las 214 páginas de Cásate y sé sumisa es fácil entender por qué el arzobispo de Granada se niega a retirarlo: cualquiera de sus homilías supera ampliamente lo pretendidamente radical que se considera el libro. Hace casi un mes que este manual católico de la buena esposa desató la polémica y, lejos de amainar, la controversia por la obra con que la periodista italiana Costanza Miriano invita a la mujer a ser “sumisa y obediente” ha saltado al debate político nacional, ha logrado unir a todos los partidos en su contra y hasta ha enfrentado al Gobierno y a la Iglesia. Cientos de ciudadanos se han adherido ya a las plataformas a favor y en contra de la publicación, en las librerías locales no dejan de reponerse ejemplares ante el insólito éxito de ventas y, en portales como Amazon, ya se ha colocado en los primeros puestos del ranking superando a Belén Esteban y al Gran Wyoming.

Este es el nivel. Un best-seller mediocre, escrito en tono de humor, con un lenguaje coloquial y sin mayores alicientes que relatar las experiencias cotidianas de la madre moderna desde la óptica de una mujer católica que defiende el matrimonio de toda la vida, ataca abiertamente el aborto, cuestiona la “trampa” que ha supuesto la emancipación de la mujer y relega su posición al sostenimiento del hogar y el cuidado de los hijos. Una mujer que no entiende los problemas del “cielo de cristal” por los que se preocupan las feministas, que tiene nostalgia de cuando los maridos aparecían a la hora justa en casa preguntando “qué hay de comer” y que siempre tiene un buen consejo de “predicadora” que dar a sus amigas en sus relaciones de pareja: hacerse la tonta y la despistada, no contradecir, darles siempre la razón, obedecerlos… y tener hijos. La mujer sumisa en la cocina y el marido dominante y protector, en la calle.

Lo “inoportuno” y “desafortunado” es el título, como ha confesado hasta el portavoz de la Conferencia Episcopal, pero también el contenido. La periodista, de 42 años y madre de cuatro hijos, arranca el libro con un ¡Mira quién fue a hablar! repleto de frivolidades y continúa con once cartas (a nueve amigas y dos amigos) en las que intercala sus vivencias como madre y esposa con sus ideas fundamentalistas sobre el rol de la mujer y la relación en pareja: va del aborto y el control de la fertilidad a los piojos de los niños, las pizzas pisoteadas y los ríos de zumo de pera; de la necesidad de perdonar la infidelidad del marido a las pepitas de mandarina en el coche, los collares de azabache y la cirugía estética; del alegato de la maternidad como felicidad suprema (“es la primera vocación de la mujer”) a las faldas de Gap con huellas de Nutella y su necesidad de contar con un entrenador personal -a ser posible “Pep Guardiola”-; del Camino de perfección de Santa Teresa a la Oprah Winfrey de los pobres, los consejos de Carrie Bradshaw y el cotilleo del Vanity Fair.

En Italia ya ha vendido más de 70.000 ejemplares desde que se publicó hace dos años y en España, traducido por la editorial Nuevo Inicio creada por el Arzobispado de Granada “como instrumento pastoral”, está teniendo un éxito arrollador. El efecto contagio del ‘cásate y sé sumisa’ lo ha convertido en un auténtico fenómeno viral aunque es cierto -como alegan sus defensores- que buena parte de las críticas y pronunciamientos que se han producido en las últimas semanas son de personas que no lo han leído. “Hay que pasar de la entradilla”, advertía esta semana Gil Tamayo; “cuando se acuse de algo que se especifique la página y el párrafo”, apostillaba monseñor Martínez. Pero el hecho es que, pasando de la entradilla, lo que el lector encuentra va de la nimiedad al despropósito por mucho que el Arzobispado haya querido argumentar que es un “best-seller muy interesante desde el punto de vista cristiano”, tilde la polémica de “ridícula” e “hipócrita”, recuerde que la obra ha sido reconocida como “evangelizadora” por L’Observatore Romano y hasta la propia autora haya tenido que mediar asegurando que su objetivo no era “instigar a la violencia machista” sino “ayudar a recuperar las relaciones de amor”.

Es el título del libro el que invita a la sumisión, ni una sola vez aparece la palabra “igualdad” en la obra, y es también una posición que se defiende y justifica ampliamente en su interior amparándose en una literal interpretación de la carta de San Pablo a los Efesios. Porque Costanza Miriano escribe lo que, como reconoce en la obra, “ni siquiera los curas se atreven a decir ya por temor a ser lapidados por nosotras las mujeres”.

Hay algunos curas, sin embargo, que sí se atreven. Es el caso del arzobispo de Granada, que lleva diez años generando polémicas desde el altar, que salió de Córdoba tras enfrentarse al poderoso presidente de CajaSur Miguel Castillejo en lo que entonces se entendió como “una patada hacia arriba” y que tiene en su curriculum el dudoso honor de ser el primer arzobispo que se sienta en el banquillo de los acusados, la justicia ordinaria de los hombres, por injurias a un canónigo.

Francisco Javier Martínez (Madrid, 1947), hijo de padres asturianos, se licenció en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1973 y fue nombrado obispo con sólo 37 años. En una estancia en Alemania conoció el Movimiento Comunicación y Liberación -se convirtió en uno de sus principales introductores y representantes en España- y fue en 1996 cuando vinculó su trayectoria a Andalucía al ser nombrado obispo de Córdoba por Juan Pablo II. Desde su nombramiento en 2003 como arzobispo de Granada ha creado el Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano, el Instituto Lumen Gentium y el Instituto de Filosofía Edith Stein y, con un enfoque evangelizador y pastoral, ha puesto en marcha el Centro Cultural Nuevo Inicio con la editorial que acaba de publicar Cásate y sé sumisa y que ya prepara una segunda parte.

Reacio, siempre, a atender a los medios de comunicación (ni una sola entrevista ha concedido a este diario en diez años), el pasado día 15 emitió un duro comunicado en que defendía el valor del libro, negaba que incite a la violencia machista (se está estudiando si se puede exigir su retirada por un delito de apología de la violencia contra la mujer), replicaba que lo que sí favorece los malos tratos es “la legislación que liberaliza el aborto” y situaba toda la polémica en un contexto de cruzada contra él y de campaña contra la Iglesia. Muy cercano al presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, y completamente alejado al clima de aperturismo del nuevo Papa, las posiciones de monseñor Martínez son tremendamente conservadoras, populistas y fundamentalistas, el integrismo propio del movimiento ultracatólico Comunión y Liberación y del Camino Neocatecumenal (los kikos). A nivel interno, los conflictos y el malestar en las parroquias es constante pero nunca ha saltado en estos años de las críticas veladas y los off the record y, de puertas para afuera, son sus palabras las que se llevan los titulares: que vivimos en un “país subsidiado” y plagado de “funcionarios”, que sólo con la “fe en Dios” se puede atajar el problema del paro, que “más peligrosa que Educación para la Ciudadanía es la ciencia para el mundo contemporáneo”, que “el culto a la razón ha terminado en los botellones” o que “matar a un niño indefenso [en alusión al aborto] da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer”. A ello se une el episodio del traslado forzoso del llamado ‘cura de los senegaleses‘ que levantó en su contra a todo el pueblo de Albuñol o la denuncia de más de un centenar de curas de Granada ante el nuncio del Vaticano por los gastos excesivos de la diócesis.

La polémica del libro es una más. Y, más allá del escándalo que lo ha convertido en un lamentable best-seller, la cuestión ahora es si realmente tiene recorrido la petición de retirarlo a la que ha terminado sumándose la ministra Ana Mato. La realidad es que sería un “ataque a la libertad de expresión” como advierte la Iglesia, la editorial y la propia autora, sería el primer libro censurado desde el fin de la dictadura franquista en España y sería, aunque roce la demagogia, como “censurar a San Pablo“. Desde el punto de vista jurídico, la propia Fiscalía ha reconocido que es un tema complejo y así se entiende también desde el ámbito académico pese a la indignación social que ha suscitado y las alarmas que se ha encendido entre los colectivos feministas y de lucha contra la violencia de género.

Hay quienes comparten el argumento de la libertad de expresión pero siempre que se hubiera publicado por una editorial privada, no desde una institución como la Iglesia que tiene financiación pública. Precisamente, en la última página del libro se incluye el numero de cuenta de un banco y una petición de donativos para colaborar con la editorial del Arzobispado. El siguiente proyecto, Cásate y da la vida por ella, se dirige a los hombres y promete generar tanto revuelo como el dedicado a la sumisión. Primero se invita a la pasividad y luego, si la mujer no es obediente, estará justificado que el hombre la convenza…

Cómplices del retroceso

Magdalena Trillo | 15 de abril de 2012 a las 10:35

La ‘primavera árabe’ fue obra de “jóvenes y mujeres” pero se la han apropiado “los hombres y los militares”. Era una periodista egipcia, Shahira Amin, quien denunciaba hace unos días en Córdoba cómo los mismos militares que mantuvieron a Mubarak en el poder se han hecho con las instituciones y están siendo responsables de un progresivo deterioro de los derechos civiles y humanos: “El día que el dictador abandonó el país doscientos hombres asaltaron sexualmente a una periodista en Tahrir; poco tiempo después volvieron a permitirse las pruebas de virginidad a las mujeres que habían hecho la revolución; volvieron las detenciones y las torturas”.

Amin abandonó hace un año su puesto como responsable de la televisión nacional egipcia para contar de primera mano lo que estaba ocurriendo en la Plaza Tahrir. Lo que ocurre en Egipto, pero también en Afganistán, Mali, Georgia o Libia, los países en los que se ha jugado la vida la corresponsal de guerra Mayte Carrasco. La periodista granadina, que recibirá el próximo miércoles el premio del Club Internacional de la Prensa, regresaba esta semana a su ciudad para presentar su primer libro, La kamikaze, y lamentaba que en los medios nos sigamos ocupando más de lo “impactante” que de lo “importante”.

Aunque en demasiadas ocasiones es el impacto de lo irrelevante lo que revela lo importante. Les pongo un ejemplo. La última polémica del Máster de Augusta. ¿Puede la actual directora ejecutiva de IBM ser miembro, de pleno derecho, del exclusivo club de golf? Irrelevante si lo comparamos con la sumisión de la mujer en el mundo árabe y de explotación en África. Superfluo si pensamos en la escalada de ataques de derechos que se está produciendo a uno y otro lado del Atlántico y en la involución que sufrimos en la ‘civilizada’ Europa respecto a conquistas democráticas que han costado siglos de lucha. Pero no es baladí. Hablo de igualdad. Y los gestos, los símbolos, ayudan a avanzar o a retroceder. En Augusta, primero fue el veto a los negros y hoy se mantiene la discriminación: ninguna mujer ha sido miembro del club desde que se fundó en 1933. Y así sigue. Virginia Rometty es una de las 50 mujeres más poderosas del mundo empresarial según la revista Fortune. Insuficiente para el Augusta National.

A unos meses de los Juegos Olímpicos de Londres, la FIFA acaba de permitir que las futbolistas musulmanas jueguen con un velo que les tape el cabello y el cuello. La decisión se tomará en julio pero ya se ha producido todo un movimiento de apoyo. Incluso la Human Right Watch ha presentado un informe denunciando las trabas que Arabia Saudí pone a sus mujeres para el deporte, los “pasos del diablo” que denuncian sus clérigos, y ha pedido al COI que vete su participación.

Otra cuestión menor al lado de, por ejemplo, los crímenes de honor. A la joven palestina K. K., universitaria, de 22 años, casada con su primo, la encontraron hace un mes con un supuesto amante en una playa al sur de la Franja de Gaza. Cuando llegó a casa la obligaron a beberse una botella de herbicida. Había que limpiar el honor de la familia. Pero no murió. Ingresó en el hospital y empezó a recuperarse. Su tío sólo se enfrenta a unos meses de cárcel por meterle una pistola en la boca y pegarle un tiro .

Pienso ahora en la Iglesia. En la nuestra. Fue el Jueves Santo cuando el Papa acallaba a los curas ‘rebeldes’, al grupo de trescientos sacerdotes austriacos que suscribieron un manifiesto en internet para renovar la institución defendiendo, por ejemplo, el sacerdocio de la mujer. ¿Es “desobediencia” pedir para todos esa promesa de trabajo fijo y vida apasionante que lanzaron en su última campaña para captar vocaciones?

Ni es irrelevante ni es menor la responsabilidad cuando nos callamos y convertimos en partícipes del retroceso. Hombres y mujeres. Porque donde no hay discriminación, precisamente, es en la perpetuación de la desigualdad. Ahí está el ‘tea party’ americano, ahí están las ‘Aguirre’ españolas y ahí están las diputadas de los Hermanos Musulmanes que están dando marcha atrás a los avances logrados. La igualdad sólo será efectiva cuando nosotras, las mujeres, no seamos cómplices y mucho menos protagonistas de la involución. Cuando sea cotidiana y mediocre. Cuando lo irrelevante deje de esconder lo importante. Cuando se sienten en el banquillo todas las monjas que se creyeron con derecho a ‘robar’ tu bebé.

El paraíso, en la otra esquina

Magdalena Trillo | 21 de agosto de 2011 a las 9:01

¿Está aquí el Paraíso? No, señorita, aquí no. Vaya y pregunte en la otra esquina”. Paul Gauguin empezó a jugar al paraíso cuando estaba internado en un colegio de monjas y terminó buscándolo hasta sus últimos días; en Tahití primero y en las Marquesas después. He recordado estos días los pasajes de la novela de Vargas Llosa viendo a los miles de jóvenes que se encaminaban a su salvación en las hileras de confesionarios portátiles instalados en el Parque del Retiro de Madrid. Renegarían, sin duda, de la Casa del Placer que el pintor levantó en Atuona –y se escandalizarían con su colección de fotografías pornográficas–, pero tal vez compartieran sus sueños. Aquellos que Koke ideó con el Holandés Loco en Arlés antes de huir a los Mares del Sur: escapar del dinero y de la decadente Europa hacia un mundo exótico donde hallar la fuerza elemental y religiosa que la civilización había amputado a Occidente.

También la Iglesia, hoy, invita a huir de la “superficialidad, el consumismo, la banalidad y el hedonismo imperantes”. Anima a practicar la “radicalidad evangélica” frente al relativismo y la mediocridad y alerta, más desde la razón que desde la fe, de que la economía no funciona sin ética, sin valores… ¿No es lo que intenta con operaciones de márketing como la Jornada Mundial de la Juventud? Recuperar el espacio público, frenar el creciente laicismo de la sociedad española, luchar contra el desapego de los ciudadanos hacia la moral católica… Y siendo más que conscientes de una realidad: que nadie se escapa de la crisis. El informe Jóvenes españoles de la Fundación Santa María revela cómo el 76% cree que la Iglesia es demasiado rica; un 64% que se mete demasiado en política; un 75% que mantiene una postura anticuada sobre la vida sexual; un 63% que se entromete demasiado en la vida personal… El teólogo José María Castillo era este viernes más que contundente cuando denunciaba en una entrevista a este periódico que “la religión debe solucionar los problemas, no crearlos”; que no se puede evangelizar “a golpe de talonario”; que no se puede servir a dios y al dinero; que sacar los confesionarios a la calle no deja de ser “una estrategia de publicidad”…

La puesta en escena en Madrid, con el criticable boato y ostentación, puede resultar artificiosa y poco creíble, pero nada hay de superficialidad en los mensajes del Papa. En el primer día de las Jornadas, el Pontífice ya aprovechó para arremeter contra quienes, “creyéndose dioses”, deciden sobre la vida. Contra los ateos que desearían “decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias”… Benedicto XVI se refería a los defensores del aborto y la eutanasia; yo pensaba en los sátrapas del mundo, en los ácratas de Wall Street, en los jóvenes de las Utoyas del mundo… Pensaba en quienes roban, violan y asesinan creyéndose dioses.

Al Vaticano le preocupa la crisis de valores cristianos y católicos; a mí me preocupa la crisis de valores humanos. Los jóvenes de la JMJ gritan ‘soy pecador’, se confiesan, cumplen su penitencia y escalan peldaños a su paraíso desde la convicción de su fe. Son, en verdad, unos privilegiados. ¡Creen! Tienen una tabla de salvación… A los jóvenes indignados de medio mundo, a los vándalos de Londres, a los hacedores de libertad de la primavera árabe les ha fallado todo. A demasiados, también la fe. No la fe de esa Iglesia imperfecta, machista, autoritaria y obsoleta con siglos de errores en su historia; la fe en la vida misma. ¿Para qué vivimos? ¿Por qué? Decía Rouco Varela hace unos días que, en el fondo, el principal problema con el que se encuentran hoy los jóvenes (y los no jóvenes diría yo) es el “clásico y eterno” conflicto sobre el sentido de la vida. ¿Está la Iglesia, hoy, preparada para orientarnos en este dilema? El cardenal aseguraba que sí, los jóvenes de la JMJ tendrá su opinión, cada uno de ustedes tendrá su respuesta…

Yo, vuelvo a la imagen de los confesionarios portátiles: ¿Está aquí el Paraíso? No, señorita, aquí no. Vaya y pregunte en la otra esquina”.