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Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

En las cavernas

Magdalena Trillo | 23 de febrero de 2014 a las 10:47

Cristina de Borbón habrá heredado su título de infanta pero no sus privilegios ni sus derechos dinásticos y mucho menos la exigencia de ejemplaridad que un miembro de la Casa Real debería ganarse y legitimar cada día. Esta semana hemos sabido que su vocación era otra. En su torre de marfil, se declara ingenua, dependiente y sometida a los criterios de su marido. Cegada de amor, le entrega toda su confianza firmando documentos mercantiles sin hacer preguntas, asistiendo a reuniones de trabajo que no lo fueron, dando clases de merengue y salsa que no recuerda, realizando viajes fabulosos sin saber cómo, invirtiendo partidas millonarias en reformas palaciegas que ‘desconoce’. Una vida de cuento donde el dinero nace en los almendros y los gastos no ‘constan’.

La Infanta hizo en sus ‘cinco horas con Mario’ lo que tenía que hacer: no entrar en contradicciones y no dar ni un solo motivo al juez para procesarla por fraude fiscal y blanqueo de capitales. Era su derecho como imputada; no tenía por qué decir la verdad. Después de sus 579 evasivas, es probable que el magistrado pueda sostener su responsabilidad civil por beneficiarse de la riqueza ilícita que entraba en su casa -Anticorrupción ha pedido 600.000 euros si su marido es condenado- pero difícilmente se sustenta la vía penal. Es la tesis de sus abogados; la infanta enamorada, confiada y víctima. La imputada que hasta se “ofende” cuando el juez Castro le pregunta si ha actuado de “escudo fiscal” para terminar lamentándose de que, por ser quien es, ha sido objeto de un mayor escrutinio por la Hacienda pública.

Como imputada también pudo callar pero no lo hizo; situó a su marido en la diana del caso Nòos. Urdangarin manejaba los hilos. Es la única lectura posible de su comparecencia ante el juez del pasado 8 de febrero: si alguien cometió un delito penal fue él. Y es una estrategia judicial más que comprensible aunque, socialmente, nos devuelva a las cavernas. La Infanta busca su salvación desempeñando el papel de nuestras abuelas, las que firmaban con el dedo porque nunca tuvieron la oportunidad de aprender a leer. No es su situación. Gracias a nuestros impuestos, la hija menor del Rey ha tenido una de las mejores educaciones de este país y, supuestamente, se ha ‘ganado’ un empleo altamente cualificado en La Caixa. Es otro debate distinto al judicial pero no es menor: la Infanta, por decencia, por ser quien es, también tendría que dar ejemplo y está haciendo justo lo contrario. ¿Se imaginan a los abogados de Urdangarin argumentar que ‘mandaba’ su mujer y que él no tenía ni idea de nada?

La estrategia de Cristina sólo se sostiene porque es mujer. Explota el estereotipo de la mujer ignorante e incapaz para buscar una salida en los tribunales. No es la primera ni la única -recuerden, por ejemplo, los intentos desesperados de Isabel Pantoja- pero su posición es especialmente significativa si no fuera porque la opinión pública ya la ha condenado -¿alguna mujer ‘desconoce’ cómo entra y sale el dinero en casa?- y porque la posibilidad de que esté diciendo la verdad es casi más terrible que dejarla pasar por una Jasmine a lo Woody Allen en este frenético mundo de excesos y desigualdades.

Las mujeres hemos querido dar el salto a la escena pública demostrando nuestras capacidades, queriendo aportar sensibilidades y presumiendo de valores pero no tardamos en sumirnos en las mismas miserias que los hombres sin renunciar a explotar nuestra condición sexual cuando nos interesa para exculparnos. La ‘historia interminable’ del caso de los ERE sólo se explica por el insaciable egocentrismo de la juez Alaya, la guerra de poder que tiene abierta Esperanza Aguirre en Madrid nada tiene que envidiar a las intrigas de salón más novelescas de nuestra historia y, puestas a tocar fondo, cerramos la semana con una alcaldesa de pueblo dispuesta a ‘venderse’ por un bolso de Loewe. De momento es una denuncia pero el papel de Ana Hermoso (PP) en lo que empieza a conocerse como la ‘Gurtel andaluza’ no parece quedar en la mera comparsa. O sí. Porque, si así lo exige el guion, siempre podrá interpretar el cinematográfico papel de rubia tonta, decir que es una mujer de paja del ‘Correa del Sur’ y que nunca pensó que aceptar un regalo sin importancia pudiera comprometer su honor. Una víctima más de esta ‘injusta’ sociedad en la que todavía no hemos decidido si preferimos estar dentro o fuera de las cavernas.

En las trincheras de la igualdad

Magdalena Trillo | 16 de marzo de 2013 a las 14:34

Al actor Toni Cantó, diputado y portavoz de UPyD en la Comisión de Igualdad, su frívola actividad en Twitter le puede costar el puesto. Debería. Su partido cierra filas pero cada vez son más las voces que consideran inadmisible que un representante público ponga en cuestión décadas de lucha y unidad contra la violencia de género con informaciones manipuladas y erróneas: que “la mayoría de las denuncias son falsas”, “que los fiscales no las persiguen”, que Europa paga 3.200 euros por cada denuncia o que el 70% de los hombres que se suicidan están en proceso de separación.

Su primera respuesta tras incendiar las redes sociales y recibir un aplastante desmentido oficial fue rectificar matando al mensajero: a la fuente, la federación de afectados por las leyes de género, por darle mal los datos; y al canal porque es “muy difícil” expresarse en 140 caracteres. Su segunda reacción ha sido ponerse la careta de víctima: acude a un programa de televisión para lamentar que “el hombre está en desigualdad” y que “no tiene ni siquiera la presunción de inocencia”. “Alguna vez habrá que hablar de esto sin que a uno lo crucifiquen”.

Pero el problema de Toni Cantó, con una carrera política que está construyendo a golpe de excentricidades y salidas de tono, es que ha invalidado con su torpeza y arrogancia la posibilidad de abordar un problema que es real: que hay quienes se aprovechan de la presión mediática y la creciente concienciación ciudadana contra el machismo para sacar partido. Aunque el número sea ínfimo, existen casos de falsas víctimas de maltrato que ponen denuncias contra su agresor para beneficiarse de los privilegios asistenciales que se recogen en la Ley contra la Violencia de Género, para acelerar –y condicionar– un proceso de separación o de divorcio o, incluso, como moneda de cambio para conseguir ventajas en el conflicto matrimonial. Conocerán más de un caso.

Todas las leyes tienen disfunciones y siempre habrá alguien dispuesto a pervertirlas de forma egoísta y ruin. Desde el juego sucio en un conflicto de pareja hasta el fraude y el delito. A finales de año, la Guardia Civil desarticuló en Almería una red que presentaba denuncias por violencia de género para cobrar ayudas. Contactaba con marroquíes para simular ser pareja o agresor de la mujer y les pagaba entre 2.000 y 4.000 euros por interpretar su papel de maltratador. La red les prometía que, cuando la mujer lograra la residencia legal, retiraría la denuncia y la causa se archivaría. En un mes, las falsas víctimas conseguían los papeles y una ayuda de 400 euros.

Es un caso aberrante y excepcional, pero ahí está. Aunque ni políticamente ni mediáticamente ni socialmente podamos hablar del tema. Confieso que me gustaría poder discutir con cierta serenidad –sin que se nos acuse de desagradecidas– sobre los efectos perversos de la política de cuotas: ¿cuántas mujeres están ocupando puestos sin preparación ni capacidad? Tendríamos que preguntarnos por qué igualdad estamos luchando cuando la discriminación positiva de género hace que un hombre que maltrata a su pareja reciba más castigo penal que a la inversa. Deberíamos reflexionar por la escasa efectividad que está teniendo la Ley Zapatero. Porque la frialdad de las estadísticas, por mucho margen de error que contengan, son dramáticas.

La realidad es que, mientras unas mentirosas se aprovechan, hay adolescentes que viven aterrorizadas por sus novios, chicas que siguen callando cuando sus parejas las golpean y mujeres que acaban encontrando la muerte sin haber sido capaces de pedir ayuda. La realidad es que, mientras hay hombres –no sé si muchos o pocos– que sufren las injustas consecuencias de la discriminación positiva, convivimos con violadores y asesinos.

El diputado de UPyD, con sus datos falsos, su vacuo victimismo y sus arrebatos de salvador, ha perdido la oportunidad de abrir un debate serio en el Congreso y, más importante aún, en los medios y en la sociedad. He seguido en los últimos días las reacciones a sus palabras y no sé si aterrarme más con la crucifixión y el linchamiento de unos o la inquisición de otros; de quienes siempre están al acecho para atacar al “virus feminista”. No hay debate; hay revancha, odio, resentimiento. Si los comentarios que hay en las redes son reflejo de nuestra sociedad, sólo puedo concluir que estamos enfermos y que no estamos preparados para desmontar los tabús con que hemos construido esta ficción de igualdad. No desde las trincheras.

Cómplices del retroceso

Magdalena Trillo | 15 de abril de 2012 a las 10:35

La ‘primavera árabe’ fue obra de “jóvenes y mujeres” pero se la han apropiado “los hombres y los militares”. Era una periodista egipcia, Shahira Amin, quien denunciaba hace unos días en Córdoba cómo los mismos militares que mantuvieron a Mubarak en el poder se han hecho con las instituciones y están siendo responsables de un progresivo deterioro de los derechos civiles y humanos: “El día que el dictador abandonó el país doscientos hombres asaltaron sexualmente a una periodista en Tahrir; poco tiempo después volvieron a permitirse las pruebas de virginidad a las mujeres que habían hecho la revolución; volvieron las detenciones y las torturas”.

Amin abandonó hace un año su puesto como responsable de la televisión nacional egipcia para contar de primera mano lo que estaba ocurriendo en la Plaza Tahrir. Lo que ocurre en Egipto, pero también en Afganistán, Mali, Georgia o Libia, los países en los que se ha jugado la vida la corresponsal de guerra Mayte Carrasco. La periodista granadina, que recibirá el próximo miércoles el premio del Club Internacional de la Prensa, regresaba esta semana a su ciudad para presentar su primer libro, La kamikaze, y lamentaba que en los medios nos sigamos ocupando más de lo “impactante” que de lo “importante”.

Aunque en demasiadas ocasiones es el impacto de lo irrelevante lo que revela lo importante. Les pongo un ejemplo. La última polémica del Máster de Augusta. ¿Puede la actual directora ejecutiva de IBM ser miembro, de pleno derecho, del exclusivo club de golf? Irrelevante si lo comparamos con la sumisión de la mujer en el mundo árabe y de explotación en África. Superfluo si pensamos en la escalada de ataques de derechos que se está produciendo a uno y otro lado del Atlántico y en la involución que sufrimos en la ‘civilizada’ Europa respecto a conquistas democráticas que han costado siglos de lucha. Pero no es baladí. Hablo de igualdad. Y los gestos, los símbolos, ayudan a avanzar o a retroceder. En Augusta, primero fue el veto a los negros y hoy se mantiene la discriminación: ninguna mujer ha sido miembro del club desde que se fundó en 1933. Y así sigue. Virginia Rometty es una de las 50 mujeres más poderosas del mundo empresarial según la revista Fortune. Insuficiente para el Augusta National.

A unos meses de los Juegos Olímpicos de Londres, la FIFA acaba de permitir que las futbolistas musulmanas jueguen con un velo que les tape el cabello y el cuello. La decisión se tomará en julio pero ya se ha producido todo un movimiento de apoyo. Incluso la Human Right Watch ha presentado un informe denunciando las trabas que Arabia Saudí pone a sus mujeres para el deporte, los “pasos del diablo” que denuncian sus clérigos, y ha pedido al COI que vete su participación.

Otra cuestión menor al lado de, por ejemplo, los crímenes de honor. A la joven palestina K. K., universitaria, de 22 años, casada con su primo, la encontraron hace un mes con un supuesto amante en una playa al sur de la Franja de Gaza. Cuando llegó a casa la obligaron a beberse una botella de herbicida. Había que limpiar el honor de la familia. Pero no murió. Ingresó en el hospital y empezó a recuperarse. Su tío sólo se enfrenta a unos meses de cárcel por meterle una pistola en la boca y pegarle un tiro .

Pienso ahora en la Iglesia. En la nuestra. Fue el Jueves Santo cuando el Papa acallaba a los curas ‘rebeldes’, al grupo de trescientos sacerdotes austriacos que suscribieron un manifiesto en internet para renovar la institución defendiendo, por ejemplo, el sacerdocio de la mujer. ¿Es “desobediencia” pedir para todos esa promesa de trabajo fijo y vida apasionante que lanzaron en su última campaña para captar vocaciones?

Ni es irrelevante ni es menor la responsabilidad cuando nos callamos y convertimos en partícipes del retroceso. Hombres y mujeres. Porque donde no hay discriminación, precisamente, es en la perpetuación de la desigualdad. Ahí está el ‘tea party’ americano, ahí están las ‘Aguirre’ españolas y ahí están las diputadas de los Hermanos Musulmanes que están dando marcha atrás a los avances logrados. La igualdad sólo será efectiva cuando nosotras, las mujeres, no seamos cómplices y mucho menos protagonistas de la involución. Cuando sea cotidiana y mediocre. Cuando lo irrelevante deje de esconder lo importante. Cuando se sienten en el banquillo todas las monjas que se creyeron con derecho a ‘robar’ tu bebé.

Igualdad sin trampas

Magdalena Trillo | 13 de marzo de 2011 a las 11:50

Inmaculada Codina, Beatriz García Cotarelo, Encarnación Casado, Carmen Cárdenas, Mercedes Megías, Cecilia Fernández, Encarnación Pérez, Amalia Cañadas. Son las ocho mujeres socialistas que hace más de treinta años abrieron la historia democrática en Granada desde la igualdad. Hoy, 339 mujeres tienen acta de concejal por las siglas del PSOE y 27 son alcaldesas. El Partido Popular no es una excepción: para las municipales del 22 de mayo, 35 mujeres son cabeza de lista y su presencia es creciente en todos los órganos de dirección. Tampoco IU ni los partidos minoritarios se quedan atrás. La igualdad, en política, empieza a ser un hecho.

Pero no sin coste. Carmen Cárdenas fue concejal por Loja y es funcionaria de la Diputación. Vivió unos años en la clandestinidad y en 1977 obtuvo su carné de militante; el número 26 de la provincia. Ha hecho carrera, pero ha renunciado a casi todo lo demás. Ni se ha casado ni tiene hijos. Fue su opción. Una elección condicionada por unos tiempos y unas circunstancias. La Ley de Igualdad y las listas paritarias están abriendo el camino pero es difícil seguirlo si no vas ligera de equipaje.

Esta es la trampa. Por qué igualdad desde la óptica de la mujer sigue significando renuncia. Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y directora de ONU Mujeres, es contundente: “No volveremos a la cocina”. Lo advertía con motivo del Día Internacional de la Mujer que se ha celebrado esta semana. Y lo aclaman en las calles, cada 8 de marzo, las miles de mujeres que levantan su voz para hacerse visibles, para reclamar los mismos derechos que el hombre.

“La mujer debe estar en el centro de las agendas de los gobiernos”. Un desafío incontestable si pensamos en la violencia que golpea al 76% de la población femenina en todo el mundo, si recordamos que hay 140 millones de niñas mutiladas, si pensamos en la situación de las mujeres en Arabia Saudí, Pakistán o Congo. Si valoramos el papel que las mujeres están desempeñando en la revuelta del mundo árabe por la conquista de su libertad y su dignidad. Y si nos preguntamos qué lugar ocuparán cuando se conformen los nuevos gobiernos…

La ‘cocina’ es un símbolo que nos afecta a todos. Más aún a quienes decimos vivir en el primer mundo. Incluso para quienes hemos podido ‘decidir’ entrar en la cocina sólo para poner la Nespresso y encender la Termomix. Una elección, sí, pero que sería imposible si no fuera compartida. De eso se trata. De compartir derechos y renuncias. De no convertirnos en superwomen para ocupar los espacios del hombre sin ‘renegociar’ los propios. De no competir, sino de repartir.

En la Europa de los 27, el desafío ahora es el sector privado. Las empresas. Llevamos años reivindicando el valor de la creatividad y la sensibilidad, el plus de la diferencia, el desperdicio que supone prescindir de la otra mitad del talento. Los datos, sin embargo, son tozudos. Sólo un 3% de las empresas europeas están dirigidas por una mujer; sólo representamos un 12% de los consejos de administración. ¿El camino son las cuotas?

Dicen que es progresista apoyar las cuotas; yo prefiero defender los códigos de buenas prácticas, los incentivos y la autorregulación. Reconozco, no obstante, que hay veces en que la realidad nos demuestra que sólo es posible avanzar desde la imposición. Tal vez, para quienes ya hemos andado treinta años de democracia, sea el momento de plantear un nuevo escenario: eliminar las cuotas en nuestra política, exigirlas en Túnez y negociar nuevos modelos al otro lado de lo público. ¿Estamos preparadas para conseguirlo sin hacernos trampas en el camino? ¿Sin conquistar derechos a cambio de más renuncias?

Los efectos colaterales de la igualdad

Magdalena Trillo | 15 de marzo de 2009 a las 13:12

COMENZARÉ con dos aclaraciones para evitar que las feministas radicales me ‘lapiden’ en la plaza pública: no soy machista y me encantaría no tener que trabajar 53 días más que un hombre para conseguir el mismo salario. Por razones obvias -y claramente egoístas-, estoy a favor de la igualdad entre hombres y mujeres.

Mucho más en cuestiones esenciales como la equiparación laboral y el desarrollo de políticas que rompan el techo de cristal y faciliten el acceso a puestos de dirección y toma de decisiones. Y lo cierto es que sería casi un sueño pensar en la posibilidad de erradicar las actitudes de prepotencia y superioridad en el día a día; en esas pequeñas cosas en las que lo más banal suele ser lo más humillante…

Un ejemplo. Ocurrió la semana pasada. Llega un señor al periódico y habla con una redactora para ver si se podía publicar un relato que había escrito sobre la segunda Guerra Mundial. Cuando le explica que en estos momentos no tenemos ninguna sección en la que pudiera encajar un texto de ficción, el señor se ofende y le dice que si en Granada Hoy no hay un hombre que decida…

A partir de aquí, mi verdadera preocupación: los efectos indeseados de las políticas de igualdad en época de crisis. Aunque los empresarios se cuidan mucho de no decirlo en público, no son pocos los que ya están pensando en limitar la contratación de mujeres para evitar las consecuencias del ‘blindaje’.

Basta echar un vistazo a los foros sobre despidos de mujeres embarazadas para hacerse una idea. Y lo curioso es que la mayoría de las quejas provienen de empresarios asfixiados ante situaciones extremas.

Un caso real de un usuario que se identifica como Toni: “Despedimos a una trabajadora por incompetente. Nos comunica en conciliacion que está embarazada y nuestro abogado nos dice que debemos readmitirla porque ella dice que la empresa conocía su estado. Está readmitida y con un expediente de más de 20 partes de baja por contingencias comunes. Nosotros seguimos pagando y esta mujer cobrando y no produciendo. ¿Quién es la víctima?”.

Pues con la sentencia del Supremo de esta semana, la protección es aún mayor: todo despido es nulo aún si la empresa no conocía el estado de gestión. ¿Es un avance? Tengo mis dudas. ¿No hablamos las feministas de valorar el talento? ¿No buscamos la igualdad porque defendemos nuestra capacidad? ¿Por qué no competimos de verdad en igualdad?

Otro caso real: un pequeño supermercado de mi barrio va a aplicar un ERE. De cuatro cajeras quedarán dos: la eficiente va a la calle y la incompetente mantendrá su trabajo porque está embarazada. Su marido tiene un ‘puestazo’ y no le hace falta el dinero, pero dice que se aburre. Una de las que perderán su trabajo tiene tres hijos estudiando y su marido acaba de quedarse en paro.

Esta misma situación se reproduce en decenas de empresas. Con embarazadas y con mujeres que recurren a la reducción de jornada. En la mayoría de los casos seguro que está justificado, pero qué ocurre si nos encontramos que expertas en absentismo, con estrategas del escaqueo, con incompetentes… ¿Ésta es la justicia por la que estamos luchando? ¿Discriminación positiva para quién?

Y ahora a ponerse la minifalda

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 22:35

CUANDO hace unas semanas entrevisté a la ministra de Igualdad tuve que hacer un esfuerzo enorme para no preguntarle por la dichosa “miembra”. Polémica estéril, inflada y exagerada, pero polémica en todo caso. Cualquier contestación por su parte se hubiera traducido en un buen titular: llamativo, con toda seguridad, para los lectores; jugoso para la oposición y un desastre para ella.

 

Sin embargo, me resultó casi frívolo. A lo más que llegué fue a un aséptico “qué lugar ocupa la lucha contra el lenguaje sexista dentro del programa del Gobierno de lucha contra la desigualdad…” Y la respuesta fue tan tajante que terminé sacando la pregunta de la entrevista: “En estos momentos no es una prioridad”.

 

¡Claro que no es una prioridad! Y la realidad, el sistema, se encarga de darnos ejemplos todos los días para constatar que la lucha por la igualdad debe ser profunda y radical y que es un error gastar tiempo y energía en los contextos.

 

Podremos hablar de lenguaje sexista cuando hayamos sido capaces de establecer un sistema verdaderamente igualitario en educación y convivencia, cuando tengamos similares oportunidades en el trabajo y salarios justos; cuando no estemos obligadas a cumplir jornadas invisibles en el hogar; cuando nuestras parejas no nos “peguen lo normal”…

 

Entonces, no seremos floreros y habremos avanzado tanto que la política de cuotas será innecesaria… Pero, en ese momento, ya no tendremos que hablar de lenguaje; estaremos hablando de valía y de competencia. De compromiso y de eficacia. De Igualdad.

 

Mientras tanto, tendremos que seguir levantándonos con las discriminaciones de siempre. Y hasta con más. Lo dice el último informe del Mercado de Trabajo de la Agencia Tributaria: las mujeres cobramos un una media de 450 euros menos que los hombres en Granada. La única esperanza es una décima porcentual: pasamosdetenerun31,4% menos de salario medio aun30,4% el pasado año. ¡Vaya victoria!

 

Para hundirme un poco más, me deleito cotilleando en el ‘quién es quién’ de los ricos españoles; ese puñado de privilegiados que, con la crisis, son un poquito menos millonarios… El todopoderoso Amancio Ortega se mantiene en el ‘top’ de las fortunas. “Triunfador imbatible”, dice El Mundo. Rastreo los primeros puestos y me sube la moral: tres mujeres en el ‘top ten’ (las Koplowitz y la cofundadora de Inditex). ¿Avanzamos? En absoluto.

 

La alegría cae de forma estrepitosa a reglón seguido: entre las cincuenta primeras fortunas sólo hay 7mujeres… Me acuerdo entonces del informe de salarios y me pregunto si cabría hacer este ranking en Granada. Dos evidencias. ¿La primera? Me muero por conocer a los más de 1.600 granadinos que cobran más de 9.000 euros al mes. ¿La segunda? Que hay injusticias indecentes. Entre fortunas y afortunados, a mí me toca ponerme la minifalda (por encima de la rótula, por supuesto). Lo acaba de decir el TSJA: obligar a unas enfermeras a utilizar falda, cofia y delantal no es discriminación…Así nos va.