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El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

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Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

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Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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Mapas a ninguna parte

Magdalena Trillo | 21 de septiembre de 2014 a las 12:30

Dice José Carlos Rosales que escribir es como construir una habitación para que el lector coloque sus muebles, sus recuerdos, sus fronteras… En su último poemario nos invita a transitar por los territorios como buzos incorregibles, por los físicos y por los anímicos, por los del tiempo y los del espacio, sin saber muy bien si vas o vienes, si es un aire revuelto y huracanado el que guía tus pasos o una brisa leve que nunca lograría agitar una bandera: “El aire de los mapas depende del que mira y los que miran mapas ven más de lo que miran, a veces son capaces de saber el futuro, futuro imaginario, parecen quiromantes, imaginan países, movimientos de tropas o de nubes, el lugar donde estuvo la gloria falseada”.

Siempre he pensado que con los poemas ocurre como con las canciones, como con el arte, nos los apropiamos, los reinventamos y decidimos su sentido y su significado como quien confecciona un traje a medida. Nosotros, los lectores, el público, y los sesudos críticos que publican kilos de papel diseccionando hasta el último suspiro del creador. Y el aire de los mapas ha llegado a las librerías justo cuando cuatro millones de escoceses acudían a las urnas para decidir si cambiaban el suyo, si levantaban una frontera de las de verdad, con aduanas y aranceles, que volviera tangible esa otra invisible e imprecisa que llevaban trescientos años cruzando.

Me temo que estoy leyendo poesía ‘contaminada’ de política, de lecturas interesadas de la historia y de irresistibles cantos de sirenas… Los escoceses han dicho no y toda Europa ha respirado. En España el Gobierno de Rajoy ya tiene su coartada y el de Artur Mas, también. Todos ganan y todos pierden, como en las elecciones. Con una ingeniería de oratoria tan críptica y oportunista como la de los balances económicos, los presupuestos y los repartos de fondos autonómicos. Nadie lo entiende y todos ven lo que quieren ver.

Estoy segura de que al poeta granadino, cansado como se declara de “tanto fraude histórico y moral”, jamás se le ocurriría conectar la pureza de sus mapas con esta época de falsificación y espectáculo en la que los políticos también se han lanzado a cruzar cualquiera frontera sumándose al infoentertainment como improvisados actores en un escenario que va de la sátira al ridículo. No sé si la llamada del líder socialista a Sálvame es valentía o despropósito, si es un símbolo de los nuevos tiempos o es un intento desesperado de ganar a ese Pablo Iglesias que todos denostan y todos parecen querer imitar en la resbaladiza arena del populismo.

En mi ‘habitación’, como ven, cabe la política y la poesía. Y la imaginación. Y, por qué no, el divertimento. Ese mismo que destila la última obra de Milan Kundera. Si lo recuerdan por La insoportable levedad del ser no dejen de leer La fiesta de la insignificancia; “porque la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento…” Se lo podríamos recomendar al Artur Mas quiromante para que no se pierda en sus mapas de ficción y no nos arrastre, para que aprenda a reconocer la insignificancia y “a amarla en toda su evidencia, en toda su inocencia, en toda su belleza”.

Porque es otro personaje más atrapado en las nadas cotidianas de la comedia humana que construye el escritor checo para reírse de los tics de nuestra época y denunciar, también, el totalitarismo. Hace mucho que lo escribió Albert Camus en El primer hombre: “Lo que los nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero, sino el privilegio sobre la servidumbre”.

Veo en su gran obra inconclusa un demoledor tratado sobre la búsqueda de la moral y la verdad desde la insignificancia pobreza: esa que sólo entiende de nombres comunes; esa que se une a la ignorancia y “vuelve la vida más dura”; esa que “no se elige pero puede conservarse” como una “fortaleza sin puente levadizo”; esa que hace de los hombres “seres sin nombre y sin pasado”.

En la maleta que este verano llevé a Escocia iba el libro de Camus. Sobre sus palabras yo también he construido mi ‘habitación’. Pero con las variaciones de este hoy de pobreza, de cuerpo y de espíritu, tan implacable la real como amarga la sentida, que apenas nos deja tiempo para darnos cuenta de que los mapas, a veces, no llevan a ningún sitio. De que los mapas, a veces, son faros sin luz que nos llevan al sitio equivocado.

Yes Scotland, el otro derecho a decidir

Magdalena Trillo | 31 de agosto de 2014 a las 10:12

Agnes tiene cinco hijas, tres nietos, un precioso Bed&Breakfast en la isla de Skye y una inquebrantable disposición a votar sí el próximo 18 de septiembre. Es más que consciente de lo reñido que está el referéndum sobre la independencia de Escocia y no esconde su certeza (que no miedo) sobre las consecuencias del histórico proceso que llega a su recta final con media Europa mirando de reojo: “Si no ganamos nos van a crucificar”. En la dureza de sus palabras subyace la fortaleza del sentimiento de identidad nacional, pero también el ‘atrevimiento’ de pensar que no es idealismo ni ingenuidad defender el “derecho” a un mañana de oportunidades.

Con dos trabajos extra para llegar a fin de mes, esta abuela hiperactiva de las Highlands no necesita ni diez minutos para desgranar sus razones del sí: no se sienten ingleses, detestan su esnobismo, creen que Londres les “roba” y confían en el potencial de su pequeño país (no hay demasiado petróleo pero sí mucho turismo, una exitosa tradición de whisky y golf y un carisma arrollador que los ha convertido en los ‘andaluces del norte’) para que les vaya mejor. Un ‘derecho a decidir’ vivir mejor.

En esencia, no es muy diferente la cuestión catalana a la escocesa. Los dos pueblos buscan lo que cualquiera querría para sí (avanzar en derechos y libertades en lugar de militar en la austeridad y sumirse en la miseria), los dos casos se construyen sobre el temperamento de las emociones y en ambos procesos se ha colado la tiránica economía como pieza decisiva. Los grandes empresarios de Escocia se acaban de unir al Gobierno británico en su campaña del miedo: los recursos del Mar del Norte se agotan, la decadente demografía de la región sería incapaz de sostener el actual estado del bienestar, la banca escocesa está en manos inglesas tras ser nacionalizada víctima de la burbuja financiera y la especulación inmobiliaria y, como colofón de males, la moneda. Qué haría una Escocia sin la plataforma de la libra y sin capacidad para entrar en la zona euro.

La conclusión del lobby es contundente: desde el punto de vista de los negocios no interesa la independencia, casi un millón de empleos escoceses se apoyan en Reino Unido y sólo la incertidumbre rodea cuestiones vitales como la regulación económica, los impuestos, las pensiones o la pertenencia a la UE.

El mismo ajuste que arrojan las encuestas se aprecia en las calles. Visualmente, la campaña del ‘yes’ es mucho más potente pero la razón es sencilla: son los independentistas los que tienen que desafiar el estatus quo de la propia Escocia y de Londres con su voto (“dare to vote”) mientras que el ‘no’ se alinea con lo políticamente correcto (“orgullosos de ser escoceses, encantados de estar unidos”) y con lo internacionalmente aceptable.

Si dejamos a un lado los sentimientos, los dos movimientos soberanistas divergen. Empezando por la propia historia de la unión británica (se forjó hace cuatro siglos sellando una fusión voluntaria) y terminando porque es el pobre y no el rico el que se quiere ir. Si unimos a ello que no existe ningún tipo de conflicto con la lengua, que nadie pone en cuestión la identidad nacional de escoceses e ingleses y que no se arrastra un complejo mapa autonómico con distintos grados de ambición de autogobierno, llegamos a un escenario difícilmente exportable a la realidad catalana o vasca.

La realidad, sin embargo, es otra. Urkullo acaba de abrir el curso político proclamando que Escocia es el modelo de autogobierno a seguir y es evidente que tanto el Gobierno de Rajoy como el de Artur Mas utilizarán el dictamen escocés para fortalecer sus argumentos. El 18-S tendrá, por tanto, un impacto directo no sólo de consumo interno en España sino también en el marco de las relaciones internacionales. No olvidemos que tanto Merkel como Obama están actuando de testigos y aliados estratégicos para Rajoy y Cameron y que buena parte de las incertidumbres que centran la batalla entre Barcelona y Madrid se despejarán (habría que ver en qué sentido) si Escocia dice sí.

Tampoco en Escocia son ajenos a los anhelos catalanes. En la prensa local, monopolizada estos días por el proceso independentista, se recogen sólidos argumentos que permiten defender con solvencia los dos posicionamientos y que dan una visión bastante certera sobre la complejidad misma del proceso y sobre las implicaciones e impacto que tendrá en otros movimientos como el catalán.

Lo decía, por ejemplo, un analista de la Universidad de Edimburgo: Escocia es mucho más escocesa que Cataluña catalana y lo que de verdad palpita tras el SNP (Partido Nacional Escocés) no es tanto el independentismo frente al unionismo como el grado de autogobierno. Nadie en Escocia tiene el más mínimo problema con ser escocés, cuando en Cataluña conviven los que se sienten catalanes pero no españoles, los que son más catalanes que españoles, los que son tan catalanes como españoles, los que son más españoles que catalanes… y los que se sienten españoles pero no catalanes.

Calentando el 18-S, ya hay quienes se anticipan a ver un futuro confederal en Reino Unido: ¿se llegará al Reino Desunido de Gran Bretaña como vaticina el líder independentista Alex Salmond? ¿Tendría cabida la monarquía en ese nuevo escenario?

El mapa de sentimientos es complejo; pero el trasfondo lo es más. Sobre todo si lo analizamos desde la perspectiva del mundo globalizado y sin fronteras de hoy y pensamos que, lamentablemente, volvemos a situar el debate en la lucha por el territorio que desde el origen de los tiempos no ha dejado de justificar conflictos y guerras (desde la vieja Galia en la que no quedaban ni hombres para luchar hasta la recién invadida Ucrania) cuando la soberanía real de los gobiernos es más que relativa y el propio concepto clásico de Estado nada tiene que ver con el mundo en que vivimos.

De momento, Londres está dando una rotunda lección a Madrid de normalidad democrática. Mientras en España nos dedicamos a asustarnos con el choque de trenes y los recursos en el Constitucional, aquí se exploran oportunidades y se buscan fórmulas para responder a las legítimas ambiciones de unos y otros.

Reconozco que, para mí, el camino no son nuevas fronteras ni himnos ni banderas, pero creo que sería más que saludable tener derecho a discutirlo. Aunque siempre he compartido aquello de que el nacionalismo, ese que tanto tiene que ver con la xenobia y el patrioterismo, es una enfermedad que se cura viajando, tal vez haya llegado el momento de extender la reflexión y proclamar que el antinacionalismo ramplón y visceral también es una enfermedad de la que nos tendríamos que empezar a curar. Más aún si el ‘derecho a decidir’ que estamos defendiendo no es otra cosa que el derecho a construir una forma de vivir mejor; más aún si la vía que estamos proponiendo es la negociación, el diálogo y el acuerdo. No son tiempos de tener alergia a la democracia.

Un rey para una república

Magdalena Trillo | 22 de junio de 2014 a las 11:04

Dicen las encuestas que si hoy se convocara un referéndum en España sobre Monarquía o República, los defensores de la Corona ganarían por veinte puntos. Dentro de diez años la situación puede ser radicalmente diferente: se habrá reducido la población mayor que arropa a la familia real de forma abrumadora (más de un 73% según un sondeo de Sigma-Dos de primeros de junio) y estarán en puestos de decisión los jóvenes que hoy ya se debaten a partes iguales entre una y otra forma de Estado.

El relevo en la Monarquía se ha producido, como destaca el Gobierno, con “normalidad”, pero sólo en apariencia. La Corona no está salvada. Ni Felipe de Borbón tiene garantizado el futuro de la institución, ni ha recibido un cheque en blanco como nuevo jefe del Estado ni va a poder esquivar el desgaste del caso Noos cuando su hermana se siente en el banquillo y tenga que explicar cómo una licenciada no tenía ni idea de qué firmaba ni sabía de dónde salía el dinero con el que pudo comprar un palacete en la ciudad condal. Aunque Felipe y Letizia hayan levantado un muro de contención frente a Urdangarin, el fantasma de la infanta Cristina no dejó de sobrevolar el jueves en el Congreso generando tanta incomodidad como ‘molestias’ provocaron quienes intentaron penetrar en un Madrid blindado con una bandera republicana.

Si la Transición que lideró Juan Carlos fue hacia la democracia y la conquista de derechos y libertades, la segunda transición a la que se enfrenta Felipe tiene mucho que ver con ese objetivo de “renovación” que ha proclamado como lema de su reinado, con un ineludible esfuerzo por “regenerar la vida pública” que sólo podrá construir desde el principio y el deber de la “ejemplaridad” y con esa buscada complicidad con los españoles que ha de pasar por llevar a la práctica la promesa de honestidad y transparencia.

Debe ser consciente el nuevo Rey de que el desafío independentista no se resuelve dando las gracias en castellano, gallego, euskera y catalán. Olvidando los anhelos de este Gobierno para “españolizar” a los catalanes, el tema lingüístico es hoy ya casi una anécdota dentro de las reivindicaciones que llegan desde una “nación” empeñada en convocar un referéndum ilegal a la vuelta del verano. No basta con no romper puentes del entendimiento; hay que actuar tendiéndolos desde Madrid. Y, aunque no sea su función, tal vez don Felipe pueda empezar a ganarse el respeto y reconocimiento de los españoles asumiendo el liderazgo y diálogo que Rajoy ni ha querido ni ha sabido ejercer.

Coincido en que la mayor preocupación de los españoles no es en estos momentos el partidista dilema entre Monarquía o República sino el paro y la salida real de la crisis, la quiebra territorial y la pérdida de derechos y libertades que estamos viviendo como consecuencia de las políticas de austeridad. Pero el problema no se va a resolver negándolo ni evitándolo. Si los grandes partidos no son capaces de afrontar una reforma amplia de la Constitución que nos permita avanzar, otras formaciones más osadas y con menos sentido de Estado aguardan ya para coger el testigo. Si de la actitud responsable de populares y socialistas no surge la iniciativa de reformar la ley de partidos y el sistema electoral para luchar contra la corrupción, para lograr mayor transparencia y profundizar en democracia, otros lo harán. Urge buscar un encaje constitucional al desafío soberanista y urge culminar con racionalidad un modelo autonómico que, lejos de ser modélico, se ha presentado demasiado costoso e ineficaz.

Todos estos retos superan las funciones de arbitrio del nuevo monarca, pero no vendría mal que diera ejemplo y moderara y abriera cauces en una España huérfana de iniciativa.

Cualquier republicano seguro que suscribiría las palabras de ‘El Quijote’ con que el Rey culminó su discurso ante las Cortes: “No es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Reconozcamos que Felipe de Borbón asume la jefatura del Estado sin una sola tachadura en su hoja de servicios y después de pasar toda su vida preparándose para este momento. Hoy, tal vez no haya nadie en nuestro país mejor preparado para este puesto que el hijo de don Juan Carlos, pero no olvidemos que si don Felipe fuera un ‘loco’, un inestable, un conflictivo o un incapaz también sería hoy Rey de España. Y lo es, además, gracias a una discriminación de género -consagrada en la Constitución- sobre su hermana la infanta Elena.

Miro el cartel de políticos y pienso cuánto hubiera ganado su proclamación si hubiera contado con la legitimidad del refrendo ciudadano. ¿Usted no votaría a Felipe VI como presidente de la III República antes que a González, Aznar, Zapatero o Rajoy? Las paradojas, a veces, encierran la mayor de las coherencias.

Teatro, mucho teatro

Magdalena Trillo | 6 de octubre de 2013 a las 10:55

Puede que España vuelva a “asombrar” al mundo como vaticinó Montoro, pero no será por la economía. Recordarán al ministro de Hacienda, entre vehemente y burlón, replicando a los socialistas en el Congreso con una solemne convicción sobre el esplendor de nuestro país: “El gran éxito económico del mundo”. Luego supimos que lo suyo era nostalgia, que no se refería a la España de hoy que se desangra por las alcantarillas de la austeridad y los recortes, sino a la de la hace medio siglo.

La España, la actual, tiene más de opereta que de grandeza. Tal vez por ello el Gobierno haya sorprendido en los Presupuestos Generales dando una nueva estocada a los irreverentes cineastas y reforzando las artes escénicas con un aumento de inversión de más del 57%. No aclaran, sin embargo, si se trata de apoyar al teatro profesional o al amateur, a esa creciente marea de intrusos aficionados que se revuelven entre bambalinas buscando su oportunidad de “asombrar”.

Rajoy ha pasado en Fukushima de la heroicidad de la tragicomedia al ridículo de la sátira. Unas horas después de proclamar a medio mundo que “son infundados” los temores sobre la radiactividad de la central nuclear que desencadenó hace dos años la catástrofe atómica, las autoridades niponas reconocían una nueva fuga de agua al mar desde uno de los tanques de almacenamiento. Despojado por fin de la rosa roja ‘socialista’ con que el emperador japonés recibió a su ilustre invitado y que, seguro, le habrá provocado urticaria, el presidente del Gobierno quiso acompañar su mensaje de optimismo ante la crisis -insistió en que la única duda es ya “cuán grande será el crecimiento”- con una gesta capaz de colarse en los libros de historia. Lo hizo, sí, pero en minúscula y desatando una ola de sarcasmo entre los internautas: “Que se marque un Fraga en Palomares; a ver si es capaz”.

En Italia, tan cercana siempre al costumbrismo español, Berlusconi vive la última función de su interminable farsa. “La caída de un dios menor” titulaba una compañera periodista su crónica sobre el órdago que Il Cavalieri ha lanzado al primer ministro Letta y que ha terminado por cavar su propia tumba. Aunque con la política italiana nunca se sabe, parece que esta vez sí está preparado el telón para caer fulminante sobre el incombustible presidente del bunga-bunga. Expulsado del Senado, perderá la inmunidad y quién sabe si lo veremos entrando en prisión cuando se empiecen a acumular las condenas tras dos décadas de burlas e impunidad. Lo dejo en futurible porque también la justicia, cada vez más impredecible, se acerca peligrosamente al esperpento.

Allí y aquí. Lo de “hacer teatro ” se ha convertido en el mantra de socialistas y populares a cuenta del caso Bárcenas y el caso de los ERE. Hasta la juez Alaya ha entrado en escena reprochando a más de un acusado su actitud en la sala. Lo acaba de decir del ex consejero de Economía José Salgueiro, imputado como uno de los “promotores” del procedimiento ilegal de concesión de subvenciones, ya se lo echó en cara en septiembre al ex número 2 de Susana Díaz, el ex director de Presupuestos Antonio Lozano, y seguro que dará para algo más que un choque de trenes el próximo martes cuando la magistrada se enfrente a la ex ministra Magdalena Álvarez. Tanto es así que Alaya no hace más que insistir en que no permitirá las grabaciones para no convertir la causa “en una comparsa”, “evitar actuaciones teatrales” y no fomentar una “morbosidad innecesaria”.

Sería difícil cuestionarle que los vídeos no se transformarán en carnaza televisiva y en puro divertimento en las redes sociales como ha pasado con la larguísima vista oral del caso Malaya, el juicio de mayor magnitud celebrado jamás en España. Después de 199 sesiones y de sentar en el banquillo a políticos, empresarios, abogados y hasta galeristas y gente de la farándula, el expolio en Marbella se saldaba el viernes con un clamor generalizado sobre la levedad de las penas: 585 millones de multa frente a los 3.800 que pedía Anticorrupción. La sentencia, de 5.700 páginas, deja 52 condenados, 32 absueltos, 9 retiradas de acusación y dos fallecidos. El libreto de un entremés cervantino.

Un sainete por entregas que termina provocando la misma incredulidad que denunciaba esta semana el PP a cuenta de la ‘pelea de novios’ del bipartito andaluz por las cuentas de 2014. La tensión de PSOE e IU en Andalucía, de Convergencia y sus socios de Unió con la inescrutable “tercera vía” para Cataluña, de Sevilla y Madrid por la interminable disputa del déficit, de los dos grandes partidos en Granada por el paralizado pacto por las infraestructuras, de la capital y la Junta por el coste de funcionamiento del Metro…

¿Conflicto, estrategia, paripé? Festival de teatro que consumimos a diario como meros espectadores de la adulterada escena pública de nuestro país. Teatro, mucho teatro .

Líneas rojas

Magdalena Trillo | 25 de noviembre de 2012 a las 9:22

En China puedes comprar un niño por 23.000 euros; las mafias de Malasia, Camboya o Filipinas los roban para los pederastas y los sitúan en el mercado a 6.000. En Asia hay jóvenes dispuestos a dejarse extirpar un riñón por 2.800 euros para conseguir un iPhone; Wang lo hizo con 17 años y aún puede embolsarse los 2,27 millones de yuanes de indemnización que su abogado reclamó este verano en el juicio. Al día siguiente de la operación ya sufría problemas renales. En España el Gobierno quiere ‘vender’ permisos de residencia a los extranjeros que compren casas de más de 160.000 euros y nos asustamos… Irlanda lo practica desde marzo exigiendo una inversión privada de 500.000 euros, Italia recompensa a sus extranjeros ‘ricos’ con un visado de 5 años, en Estados Unidos es una tradición y Portugal lo acaba de implantar para quien inyecte en el país un millón de euros, adquiera una propiedad de medio millón o monte una empresa que genere al menos 30 puestos de trabajo.

Reconozco que es preferible seguir pensando que vivimos en una ‘economía de mercado’ que admitir que somos nosotros mismos los que nos hemos puesto en venta. Atravesando todas las líneas rojas que hasta ahora habían protegido esta sociedad de libertades y derechos que habíamos construido sobre los débiles pilares del sistema democrático. Siglos de luchas ha costado defender que la igualdad, la salud, la educación o la justicia son un derecho, no un privilegio, para terminar dándonos cuenta de que son mercancía. Porque no vivimos en una economía de mercado; vivimos en una sociedad de mercado.

Y de cloacas. Los catalanes están llamados hoy a votar en las urnas entre dos nacionalismos que han arrastrado la campaña electoral entre la inmundicia del fango. De las instituciones a las fuerzas de seguridad; de la política a los periódicos. Con calumnias, medias verdades y manipulaciones que han terminado desmontando todos los diques de contención de la ética y la decencia profesional. En Andalucía, el vergonzoso dictamen de los ERE ha venido a confirmar lo que se temía: que las comisiones de investigación son un fraude y que nadie en este país está dispuesto a asumir un mínimo de responsabilidad política. Cerramos diez años de saqueo a la Administración utilizando como cabeza de turco a un ex director general aficionado al gin-tonic. No se entiende ni en las bases socialistas. Tomo prestada la reflexión de un amigo: ¿qué sabrá el ex consejero Viera, qué poder seguirá teniendo, para que no se haya producido (sugerido) ya una dimisión honrosa?

De Cataluña a Andalucía, los ejemplos empiezan a ser ya demasiados. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por una victoria? ¿A qué saldo permitimos que cotice la política? ¿Y un sillón en el Senado? ¿Y un titular de portada? ¿Y un bastón de mando? Si nos quedamos en Granada, basta comprobar cómo el despropósito se ha contagiado esta semana de Santa Fe a Armilla. Y con la inevitable conclusión de que todos son iguales, porque el guión que están siguiendo socialistas y populares es parecido pero a la inversa: en los dos municipios ‘gobierna’ la oposición, en los dos casos son los tránsfugas los que marcan el paso y, lamentablemente, el horizonte es igual de sombrío para los dos ayuntamientos. Santa Fe pidiendo al Gobierno que autorice elecciones anticipadas y Armilla viviendo el día después de una moción de censura frustrada por la intervención de un juez. Podríamos baremar quiénes tienen más o menos responsabilidad pero el paisaje final es idéntico: bloqueo, desgobierno y estupor entre los ciudadanos. ¿Para esto vamos a votar?

Ni siquiera las aspiraciones se escapan del macabro juego de los mercados. Tal vez haya parte de conformismo, pero mucho más de desilusión. Contamos hoy cómo, al mismo ritmo que ha ido subiendo el paro, bajando las inversiones y creciendo los recortes presupuestarios, se “ha ido desinflando” esa Granada del futuro que debía compensar décadas de agravio. La ‘percha’ del Milenio se tambalea sin que sepamos aún muy bien qué quería ser de mayor y, si nos despistamos, Granada celebrará su Universiada en Candanchú. Sumen todas las decepciones que quieran. Hasta la esperanza cotiza a la baja. Sin saber aún muy bien si “lo peor” ya ha pasado como dice Rajoy o “está por llegar” como intuye Griñán, 2013 amenaza con deslizarse en el calendario entre nubarrones de consecuencias inciertas y, lo más preocupante de todo, ninguna línea roja que cruzar.