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Antes de hablar, rebobina

Magdalena Trillo | 12 de septiembre de 2017 a las 10:34

Su “burrada” en las redes sociales le ha costado el trabajo, está “hundida” y hasta dice sentir “miedo” cuando va por la calle. Todo, producto de un “calentón”: nada más terminar un debate televisivo, entró en Facebook, llamó “perra asquerosa” a Inés Arrimadas y le deseó que la “violaran en grupo”. En cuestión de horas pasó de linchadora a linchada. Ajusticiamiento social y despido ejemplarizante.

El mensaje que Rosa María Miras escribió contra la diputada de Ciudadanos fue una auténtica “salvajada” -así lo describe ella misma confesando que está “avergonzada“- pero el efecto boomerang de sus insultos no ha sido menos desmedido. Por encima de los excesos de unos y otros, tal vez estemos ante una señal de que lo que es (debería ser) la “inteligencia colectiva”.

El caso Arrimadas ha vuelto a poner el foco sobre el viejo debate de los límites de la libertad de expresión -en un espacio tan líquido como las redes sociales en el que se navega de forma inconsciente y se confunde lo público y lo privado-, sobre la asignatura pendiente de acotar jurídicamente el delito de incitación al odio en la red -por cuanto se amplifica el daño a la víctima- y, de forma colateral, sobre la frágil situación en que se encuentran los trabajadores frente a las empresas como consecuencia de nuestro peligroso exhibicionismo.

Por el ingenuo uso que hacemos de las redes sociales y por la sensación de protección e impunidad que implica el falso anonimato. Porque lo que hacemos, lo que decimos, aun en momentos extremos, tiene consecuencias. No sólo legales, sociales y, como acabamos de ver con la empleada de Badalona, laborales. También vende. Para quienes “azuzan la jauría” desde los medios y para los propios náufragos del escurridizo ciberespacio que consiguen mejorar su posicionamiento, ganar seguidores y ensanchar sus círculos de influencia.

El linchamiento público siempre fue popular y rentable. El de toda la vida y el que nos facilita el móvil. Tanto como la tentación de pontificar y de dar lecciones. Aunque para ninguno de los dos desenfrenos hay una receta mágica ni una única respuesta, no es en el derrotismo donde deberíamos situarnos. Unos estudiantes de Madrid han ganado un concurso europeo desarrollando un nuevo emoticono para combatir el acoso, el odio y la intolerancia en las redes: rewind, antes de hablar rebobina. Es una pequeña, tal vez insignificante aportación, pero Rosa María Miras, por ejemplo, hoy tendría trabajo…