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Al final pagamos todos

Magdalena Trillo | 2 de abril de 2017 a las 10:30

El otro día me llamo un buen amigo, tan crítico y adicto a la prensa como quienes estamos detrás, para plantearme si no creía que estábamos dándole demasiado espacio a los tribunales. Primero contesté a la defensiva: por supuesto que no; la actualidad manda. Después lo he pensado y la respuesta sigue siendo no. Pero con matices. No son los tribunales de toda la vida, ese camino fácil en el periodismo que se rinde al aforismo británico de que “si sangra, manda”, lo que ocupan los titulares. Es la política, la economía y los bancos; son las instituciones y las empresas; es la movilidad y hasta el tiempo de ocio que enterramos en los centros comerciales.

En su toma de posesión como nueva fiscal jefe de Andalucía, hacía bien Ana Tárrago en garantizar que actuará contra la corrupción “sin influencias extrañas” porque, justamente, es la política el espacio que más alarmantemente se ha judicializado en los últimos años -por injerencias externas pero también por méritos propios- y que está desencadenando una contagiosa parálisis institucional con repercusiones tanto en la anormal inactividad que está vampirizando el día a día de las administraciones como en el propio funcionamiento de las ciudades. Granada es un ejemplo. A punto de cumplirse un año del estallido de la operación Nazarí, en los despachos se está más pendiente de lo ocurre en la Chancillería, en La Caleta y en la Comisaría que de la rutina de la gestión.

Y las consecuencias las sufrimos todos. Por muchas explicaciones tendenciosas que quieran deslizarse sobre maniobras en los tribunales para ‘influir’ en la política, por muchas afinidades y conexiones familiares que podamos construir entre fiscales, jueces y políticos, la connivencia del equipo de Torres Hurtado con los principales empresarios de la ciudad ya no se limita a una mera sospechas de favoritismo y trato de favor. Hay informes jurídicos que vendrían a demostrar cómo se perjudicaron los intereses de la ciudadanía para beneficiar a unos pocos; cómo se firmaron decretos con carácter de urgencia, sin pasar por pleno y sólo unos días antes de las elecciones, que despejaban negocios de particulares; reuniones privadas en dependencias municipales; agendas secretas con “información relevante” de quienes entonces orquestaban el urbanismo en la ciudad…

Es sólo el principio. ¿Será suficiente para justificar la caída de Torres Hurtado? ¿Para condenar penalmente? Lo que ya parece claro es que son consecuencias que no sólo las sufrimos todos, también las ‘pagamos’. En sentido figurado y literal. El brutal plan de ajuste que tiene que preparar la capital en menos de una semana para esquivar la intervención tiene el trasfondo de los 13 años de “herencia recibida” del PP pero no con una causa sencilla ni única. Y es que todo está conectado. Los tribunales, la política y la economía se han convertido en vasos comunicantes. Lo indignante es que al final sea la salida fácil del bolsillo del ciudadano la solución para la ineptitud de unos y la corrupción de otros.

La teoría de la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas se puede aplicar casi el rigor de un manual al terreno local. No sólo son las grandes empresas las que blindan sus negocios suscribiendo cláusulas antipérdidas -el escándalo de Magdalena Álvarez con la AP7 es uno más- con negocios ruinosos para el Estado que serían impensables en cualquier economía doméstica. ¿Qué ocurre cuando un gobierno local malvende el patrimonio de una ciudad? ¿Cuándo va en contra del interés de todos?

Así que sí. Hace bien Ana Tárrago en hacer una defensa “inquebrantable” de la Justicia frente a los “avatares políticos”. Y sí, todo empieza y acaba en los tribunales. Buceando en la maraña del caso Nazarí, me recordaba Lola Quero esta semana que la guerra entre Tomás Olivo-García Arrabal no sólo es comercial y está salpicada de denuncias. Ironías de la vida. El promotor del Nevada, acusación particular en el caso Serrallo, está a punto de cerrar una operación con la que podría quedarse con el centro comercial que se convirtió en la bandera de la familia García Arrabal. Más ironías de la vida. Si no prosperan los recursos y la Junta tiene que asumir la indemnización millonaria que le exige Olivo, el Centro Serrallo lo acabaremos comprando entre todos…

La penitencia del ladrillo

Magdalena Trillo | 11 de junio de 2012 a las 11:01

La exposición al ladrillo de los bancos españoles, oculta hasta ahora con la responsabilidad directa de unos y la connivencia de muchos –incluidas las autoridades europeas que en 2008 aprobaron una normativa que les permitía mantener en sus activos inmobiliarios el valor de compra, no el real–, nos ha lanzado a la casilla de partida (la temida recesión) y ha terminado obligándonos a pedir un rescate (¿blando?) en el que ya no habrá ni líneas rojas que proteger ni paños calientes; sólo condiciones.

En el origen de todo, el ladrillo. El ladrillo como problema y como solución. La tentación del dinero fácil. El atajo a cualquier precio: la especulación, el pelotazo, el engaño, el fraude, la corrupción. Las consecuencias del modelo anacrónico, agresivo e irracional que ha dibujado durante más de dos décadas el espejismo de un desarrollo inagotable, que ha llevado a familias y empresas de la abundancia a la miseria y que, en apenas unos meses, ha expulsado a todo un país de la ilusión del progreso al fango de la ruina y la intervención.

Riqueza con pies de barro. La excusa es siempre la misma, el paro, y las preguntas se encadenan a la misma velocidad que crece la desesperación: cuántos empleos son necesarios para acabar con una playa virgen; cuántos justificarían que construyamos más moles de viviendas con el reclamo de un campo de golf; cuántos redimirían nuestra conciencia para permitir que un excéntrico millonario nos engatuse con el mayor casino de Europa.

No es demagogia. Los proyectos están sobre la mesa. De Tarifa a Tabernas. La propuesta del marido de Ana Rosa de construir 350 viviendas y 1.400 plazas de hotel junto a la playa salvaje de Valdevaqueros, entre el Parque del Estrecho y los Alcornocales, ya ha dividido al pueblo. La preocupación del alcalde es comprensible –el desempleo alcanza el 40%– pero su ‘solución’ no deja de redundar en un modelo fracasado: 600 empleos hoy y ¿otra ciudad fantasma mañana? El primer problema es que es sólo ladrillo. Se insiste en los ‘males’ del turismo de sol y playa que han esquilmado el Levante o la Costa del Sol y se hace con una estrategia completamente superada si el verdadero objetivo es sustituir mochilas y neveras por un turismo de calidad con alta capacidad de gasto, largas estancias y fidelidad con el destino.

El Ayuntamiento garantiza el bajo nivel de edificabilidad (no será ningún Marina d’Or) y niega impacto medioambiental, pero nada dice sobre el aprovechamiento de los recursos de la comarca, la exploración de segmentos turísticos emergentes o la búsqueda de nuevas experiencias para el visitante. A ello se suma la incógnita financiera. ¿Qué banco va a dar dinero, hoy, para una iniciativa de tales características? ¿Más viviendas que sumar al agujero inmobiliario? Soluciones cortoplacistas. Un parche coyuntural, y no una apuesta de desarrollo, donde todavía no se ha despejado el principal escollo: que sea legal.

En Granada, hace sólo una semana, la Junta rechazó los proyectos para construir dos nuevos campos de golf en la Costa y el Cinturón. La justificación, de nuevo, el paro; la letra pequeña, levantar otro millar más de viviendas. ¿De nada ha servido la lección que ha supuesto la ruina de Medina Elvira? Cojan el coche y compruébenlo; un símbolo del ‘ladrillazo’ y la especulación.

Al otro lado de Andalucía, Almería acaba de sumarse a la puja por el Eurovegas. Un grupo de empresarios ha ofrecido al magnate estadounidense Sheldon Adelson el desierto de Tabernas como alternativa a Madrid y Barcelona para instalar la sucursal europea de la multinacional del ocio. Por una vez, coincido con los obispos: nos dejamos cegar con los 26.000 millones de inversión y los 200.000 empleos prometidos con un proyecto que esconde la “podredumbre del juego, la prostitución y el blanqueo de dinero”. Y mucho ladrillo…

El ladrillo como verdugo y como víctima. Porque ni el ladrillo es el culpable de todo ni podemos volver a mitificarlo como ‘salvador’ ni es justo que lo criminalicemos eternamente. La construcción es un sector estratégico irrenunciable mientras no hagamos realidad (con inversiones, no con recortes) la teórica transformación del modelo productivo y seamos capaces de reconducir su peso en la economía. No podemos prohibir por sistema sacando las pancartas del “salvemos” ni demonizar cualquier iniciativa que ‘huela’ a ladrillo. Preservar no es abandonar; también implica ‘tocar’, intervenir, actuar. La cuestión, una vez más, es cómo. Con qué objetivos y con qué intereses.

La nueva vía

Magdalena Trillo | 21 de mayo de 2012 a las 9:34

Los socialistas alemanes se han plantado y le han dicho a la canciller que la solución no puede ser “seguir exportando jóvenes españoles altamente capacitados” a sus empresas. Angela Merkel, que hace justo una semana sufrió una “dolorosa” derrota en el estado más poblado e industrializado del país, sabe que los necesita para ratificar su Pacto Fiscal. Y lo cierto es que la hoja de ruta de la SPD, muy en la línea de la “nueva vía” que quiere abrir el flamante mandatario francés, no tiene nada de descabellado: programa de crecimiento y empleo, lucha contra el desempleo juvenil, impuesto a las transacciones financieras, puesta en marcha de una autoridad comunitaria para controlar y supervisar a los bancos…

 

François Hollande, al otro lado del eje de poder europeo, se estrenó el martes en el cargo en una jornada cargada de simbolismos. Llegó empapado a la tradicional ofrenda al soldado desconocido (¿las lágrimas de su enlace con Alemania?) y sobrevivió a una tormenta eléctrica -con caída de rayo incluida- cuando volaba a Berlín para entrevistarse con Merkel. Pero llegó. Fue recibido con un sobrio apretón de manos acorde a los tiempos de austeridad. No hubo beso en la mano al estilo Chirac y mucho menos en las mejillas como solía Sarkozy. De sus planes para reforzar el papel inversor del BCE, agilizar el pago de los fondos estructurales o emitir deuda pública para financiar infraestructuras poco se supo. Se aplazó lo importante pero no lo urgente: Grecia.

 

Alemania y Francia están de acuerdo: no puede salir del euro. También lo está el eurogrupo y hasta el FMI. Aunque la realidad es otra: técnicamente hay que analizarlo a pesar de los “grandes riesgos” y lo “extraordinariamente costoso” que sería. Hace dos años era un tema tabú; hoy es una “opción”. Las elecciones del 6 de mayo dejaron un país absolutamente ingobernable y las expectativas de los comicios del 17 de junio apuntan a un escenario de extrema radicalización. El país heleno podría entrar en bancarrota en un mes y el temido “contagio” no es una amenaza; ya lo hemos sufrido esta semana en España con la bolsa en cifras de 2003 y la prima de riesgo sobrepasando la barrera de intervención de los 500 puntos. “¡Los dichosos griegos!”, escucho en el bar. ¿Corralito? ¿Rescate?

 

Más temas tabú que se caen. El ministro De Guindos asegura que el corralito es un “sinsentido” del mismo modo que confiesa que España “ya ha hecho todo lo que podía hacer” y reclama ayuda y “cooperación” a los socios europeos… siempre que no suene al temido rescate. ¿Será posible? ¿Hay más Bankias? El propio Hollande lo acaba de sugerir en Washington tras entrevistarse con Obama: sería “deseable” rescatar a la banca española. Intervención. Las consecuencias de la “resaca” de la “gran fiesta” de la que hablaba esta semana Santiago Carbó.

 

Es la sensación que surge tras conocer al detalle la tijera en el presupuesto de la Junta para 2012: un ajuste inicial de 3.500 millones que incluye una subida de impuestos y (otro) recorte a los salarios a los empleados públicos pero salva la educación y la sanidad y evita poner en la calle a 30.000 trabajadores. No se cierran hospitales, no se suben las tasas a los universitarios y no se masifican las aulas. Se paraliza, sin embargo, la inversión en infraestructuras (la patronal alerta de que se ponen en riesgo 70.000 empleos), se golpea de nuevo a las clases medias y al funcionariado (el empleo fijo ha pasado de ser un privilegio a ser un castigo), no se mete mano a la administración paralela (no se eliminan duplicidades ni se ataja la elefantiasis de las instituciones) y se vuelve a reducir el poder adquisitivo.

 

La prueba de fuego llegó el jueves con el examen del Consejo de Política Fiscal. Sorpresivamente, después de semanas de amenazas y tras aceptar un recorte extra de 300 millones, Hacienda ha dado el visto bueno: Andalucía construirá su “vía” del mismo modo que lo hará Cataluña con su tasa a la FP y sus despidos. Es la nueva vía de un gobierno de izquierdas empeñado en demostrar que ¡es la economía, estúpido! pero también es política y es ideología. Un camino, el andaluz, que mira a Europa para conectar con la socialdemocracia francesa y alemana recordando la famosa Tercera Vía de Giddens. La cuestión de fondo, sin embargo, sobrepasa la teoría. ¿Corta menos la tijera si se coge con la izquierda? ¿Realmente hay una vía no dolorosa para recuperarse de una resaca de garrafón?