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Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…

Manual de desconexión estival

Magdalena Trillo | 31 de julio de 2016 a las 10:30

Queridos políticos. Los españoles, los que no llevamos siete meses vagabundeando, nos vamos de vacaciones. Hemos trabajado duro, hemos pagado nuestros impuestos, hemos ido disciplinadamente a votar -dos veces para nada- y, a la espera de que a algún iluminado del FMI se le ocurra ‘ajustar’ nuestro derecho a descansar, desconectamos. Fundiremos el sofá, asaltaremos los bares y, hasta que el cajero aguante, estrujaremos la tarjeta de crédito.

A nada de esto tienen ustedes derecho. Después del episodio ‘Rajoy en plan Rajoy’, Pablo Iglesias en versión ‘psicópata carismático’, Pedro Sánchez jugando a ‘dónde está Wally’ y Albert Rivera a lo ‘llanero solitario’, más urgente que reformar la Constitución frente al chantaje catalán es poner orden en el ritual de la formación de Gobierno. Propongo aplicar el mismo principio que está rigiendo las negociaciones de investidura: responsabilidad en diferido. Pero con una variante: vacaciones en diferido y sueldos en diferido.

Que se recoja en el BOE: si no hay gobierno, no hay descanso. Y las nóminas, esas que llevan siete meses recibiendo -con sus extras correspondientes- quedan embargadas. Sine die. El mismo horizonte incierto con que España pondrá este año el cartel de ‘cerrado por vacaciones’. ¿Cuánto creen que tardaríamos en tener gobierno?

No sé si recuerdan la película con que Stanley Kubrick puso fin a su carrera cinematográfica. Tan sugerente como el título, Eyes Wide Shut, es el trasfondo de incertidumbre e insatisfacción que destila esa historia compleja y misteriosa que se deja ver una y otra vez sin que consigamos concluir nada. En una espiral de realidad y sueños, los Ojos Bien Cerrados de Kubrick nos llevan al mismo terreno ambiguo y ambivalente que a principios de siglo ya retrató el austriaco Arthur Schnitzler en su novela corta Relato soñado arrastrándonos a un mundo carnavalesco a medio camino entre el sueño y la vigilia.

La política española está a años luz de la intensidad y la fascinación que alcanzan Tom Cruise y Nicole Kidman en este divertimento póstumo del cineasta estadounidense pero no tanto del deterioro y la frustración que se va inoculando en el espectador. La lección más valiosa de estos meses tal vez sea la madurez con que los votantes estamos afrontando la incapacidad de nuestros representantes para representarnos. Es la misma concesión que otorgamos al cine. Nos podemos sorprender, desconfiar y hasta rebelar pero, si la obra es buena, llega un momento en que accedemos a ser cómplices. No significa que bajemos la guardia; es una forma de reconocimiento y participación.

Realmente, es la sugestión del título lo que me lleva de Kubrick a la política viendo tediosos informativos con la depresiva imagen de esos políticos con los ojos cerrados que siguen ocupando titulares, pantallas dactilares y minutos de televisión. ¿De verdad son una opción unas terceras elecciones?

Pero quien me conduce a Kubrick es otro cineasta, el español Alejandro Amenábar, con la envolvente y contradictoria atmósfera de Regresión. Los dos filmes nos sumergen en el enigmático mundo de las sociedades secretas y los macabros rituales con enfoques inversos: ¿están ahí y nos resistimos a verlo o estamos dando carta de realidad a lo que nos inducen a ver?

No entro en si Amenábar responde a las expectativas y dejo al margen si se pierde en un argumento y desarrollo tal vez demasiado repetitivos y previsibles. Lo que me interesa es el envoltorio. La pseudociencia de la regresión; lo psicopatológico por encima del psicoanálisis de Freud. Podríamos preguntarnos si sería una salida someter a los políticos a unas terapias de regresión con la convicción suficiente como para que tengamos gobierno a la vuelta de vacaciones. No tiene que ser real; sólo tienen que creer que lo es.

Lo peligroso es que la regresión también puede funcionar en negativo. Pienso en la Operación Nazarí. A mediados de agosto se cumplen cuatro meses sin que sepamos realmente qué ocurrió. Me cuentan que la jueza está muy nerviosa. Ya ha decretado tres veces el secreto de sumario de un caso que hizo caer a un alcalde, ha hundido la reputación de 17 personas… ¿Y? Pues seguimos especulando. ¿Vieron desde Madrid lo que quisieron ver? ¿Se desinflará el caso como acaba de ocurrir con el de los cursos de formación?

Elimine del Manual de Desconexión Estival el punto “distraerse viendo cine”. La realidad -la actualidad- es tan caprichosa, inaudita y compleja que le seguirá persiguiendo. También en formato 3D. Incluso en vacaciones…

131-161-199-253

Magdalena Trillo | 3 de abril de 2016 a las 20:40

Ya hemos llegado al momento Aritmética. A falta de explorar innovadoras combinaciones de la calculadora de pactos, uno de los cuatro números con que encabezo este artículo debería abrir la caja fuerte del próximo gobierno. El 131 es la alianza PSOE-Ciudadanos (con el respaldo del olvidado diputado de Coalición Canaria) que el Congreso tumbó el pasado 2 y 4 de marzo con una contundencia que parecía vislumbrar una inevitable cuenta atrás para la repetición de elecciones del 26 de junio.

Hoy, la barrera de los 100 días de no-gobierno en España nos dice justo lo contrario. Han cambiado las formas, está por ver hasta qué punto el fondo y empiezan a soplar nuevos vientos en el clima político electoral: el vaticinio de la derecha cobra fuerza y pocos cuestionan ya que, si la izquierda tiene una mínima opción de gobernar, lo hará.

Como la primera opción se ha recorrido ya sin éxito y la última, la del acuerdo PP-PSOE-C’s (253 diputados), se dio por muerta en los primeros minutos del juego, son los dos escenarios intermedios los que dan pie a la exploración política: el gobierno “a la valenciana” (161 escaños) que ha defendido esta semana Pablo Iglesias con su melodramático paso atrás y su catálogo de renuncias (la ‘artística’ de renunciar a una vicepresidencia que nunca tuvo y la táctica de moderar su programa económico por el “interés de España” y su “responsabilidad de Estado” en lo referente al déficit, el gasto público, la fiscalidad y hasta la reforma laboral) y el gobierno del “mestizaje” que se mantiene en la hoja de ruta de los socialistas (199 escaños) con el insistente intento del superviviente líder del PSOE de negociar a derecha y a izquierda y conseguir un ejecutivo transversal con ministros morados y naranjas.

Estas dos complejas fórmulas para el gobierno “reformista” y “de cambio” que ahora se están tanteando dependen tanto de la acción como de la omisión. La realidad es que tan clave resultan las negociaciones para llegar a acuerdos de gobierno tomando como punto de partida (o no) el pacto de 200 puntos que Pedro Sánchez y Albert Rivera suscribieron hace dos semanas como la presión que los propios partidos, los medios de comunicación y la opinión pública ejerzan sobre las formaciones para que se evite el “fracaso” (y el coste) que supondrían unos nuevos comicios y, como principio progresivamente compartido, la necesidad de desalojar de La Moncloa al PP de Rajoy, al PP de la corrupción.

Pero todos los caminos parecen vislumbrar una misma foto final: Pedro Sánchez al frente de un gobierno en minoría con el apoyo directo y abstención de una de las dos formaciones emergentes (Podemos y C’s) y la incierta participación del resto de partidos que el 20 de diciembre lograron representación parlamentaria. Incluidas las confluencias de la formación morada y contando incluso con los nacionalistas, ya sea el PNV en versión moderada o los catalanes con perfil separatista.

Hasta aquí la crónica del nada recomendable periodismo de declaraciones en que nos hemos sumido los medios estos días y de la política de globos sondas y de ficción con que los políticos están afrontando el sprint final de negociaciones que aún nos separa de ese 2 de mayo en que debería de empezar a contar el reloj electoral.

Y lo cierto es que no sólo Obama está esperando que haya gobierno (ya ni siquiera se especula con que sea estable) para visitar el país… No sólo Bruselas afina las tijeras a la espera de saber el color del Ejecutivo que deberá asumir la herencia recibida (acaba de constatarse un desfase presupuestario de 56.608 millones con un desvío respecto al déficit pactado de 10.400 millones y un horizonte de recortes en 2016 de hasta 23.600 millones si se mantiene la obligación de cumplir el 2,8% del PIB comprometido)… No sólo el Banco de España advierte solemnemente a todo el arco parlamentario del riesgo que el vacío político supone para la recuperación económica.

Mientras en Francia salen a la calle decenas de miles de personas contra la dura reforma laboral que su gobierno de ‘izquierdas’ quiere copiar al de Rajoy, en España hemos normalizado la precariedad. Y la pobreza. No nos preocupa que 120 banqueros estén cobrando más de un 1 millón de euros al año porque estamos distraídos soñando con ser mileuristas desde la barrera del estandarizado salario de los 500 euros.

Hemos asumido la resignación como principio de subsistencia. La advertencia la realizaba el Defensor del Pueblo Andaluz al presentar su informe de 2015 pero no es difícil constatarla en cualquiera de nuestras ciudades: la crisis no nos abandonado. No para los de siempre. No para los colectivos más desfavorables. No para las decadentes clases medias.

Los que necesitamos un gobierno resolutivo, estable y fuerte que negocie con Bruselas la flexibilización del déficit (¿de verdad la pelea es de quién es la culpa y no a dónde nos lleva el austericidio?) somos los ciudadanos. Los que deberíamos chantajear a nuestros políticos con un decálogo inamovible de líneas rojas somos nosotros. Lamentablemente, hace tiempo que normalizamos la corrupción. ¿También vamos a permitirnos ahora normalizar la crisis y el desmantelamiento del Estado del Bienestar?

131-161-199-253… Seguro que no hay una combinación mágica, pero por alguna habría que empezar. Más que nada si somos realistas y afrontamos que el problema de la alternativa, volver a votar, no es tanto la jornada electoral como tener que soportar una segunda campaña -¿se imaginan el exasperante dejavù si no renuevan ni los actores?- y una consecuente travesía del desierto con la calculadora de pactos volviendo a echar humo. La razón es de peso: ¿usted estaría dispuesto a cambiar su voto? Yo tampoco…

¿Nos conformamos con la inercia?

Magdalena Trillo | 7 de febrero de 2016 a las 10:40

Me refiero para vivir. Respiramos por pura inercia pero nunca pensaríamos que la política, la economía, las infraestructuras, la convivencia y hasta los episodios más insustanciales de nuestra vida cotidiana puedan funcionar siguiendo los principios de la primera ley de Newton.

He tenido que desempolvar un momificado libro de Bachillerato para recordar con precisión qué significaba aquello de que los cuerpos se “resisten a cambiar su estado de reposo o de movimiento” si no se aplica una fuerza externa mayor a cero. Pero es muy simple: la inercia es una fuerza ficticia. Es el observador el que determina el movimiento. Recupere el didáctico ejemplo del frenazo del automóvil con nosotros dentro sintiendo cómo una fuerza nos acelera hacia adelante; ahora reconstruyamos la misma escena pero tomando como referencia la carretera y comprobando que nadie nos empuja, que nos movemos por pura inercia.

La percepción cambia radicalmente si estamos dentro o fuera del carrusel. Newton rebatió la idea aristotélica de que un cuerpo sólo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza y, sin preverlo, anticipó el estado de cíclica pasividad, de desidia, que no deja despegar a la economía y que ha terminado adueñándose de la política. Lo alarmante en los dos casos es que todos los síntomas apuntan a una sola dirección: estamos atrapados sin puntos de referencia.

A vueltas con el espejismo de la recuperación; a vueltas con el espejismo de la normalidad del Gobierno en funciones y de tantos gobiernos en quebradiza minoría que acaban siendo rehenes de pactos tan interesados como inestables.

Piense en Granada y responda a una simple pregunta: ¿hemos hecho algo para cambiar el tejido productivo, para invertir la inercia del paro, para funcionar de otro modo? Las fuerzas que actúan son coyunturales, ajenas y sin control. El bajo precio del dinero -con una inédita tasa de euríbor en negativo-, la gasolina por los suelos y los viajeros, casi tan espléndidos en el gasto como antes de la crisis, pulverizando los récords empujados por la situación de conflicto de nuestros competidores directos del Mediterráneo. Pero luego llega la realidad: el fin de la campaña agrícola y navideña en la provincia acaba de expulsar a otros miles de trabajadores a las colas del paro y, en la casa municipal, las cuentas son tan desastrosas que hasta ‘amenazan’ con quitarnos los toldos del Corpus.

Parece una ocurrencia, provocadoramente medida, pero no es una simple anécdota. Nada ejemplificaría más el sueño interruptus de la recuperación que la vuelta de la tijera. Y nada simboliza más la inanición que una prórroga de presupuestos. No se puede construir ciudad sin hoja de ruta; no se puede avanzar si empleamos todas las fuerzas en conseguir que no se descarrile la creciente bola de daños colaterales y nos acabe arrastrando con un efecto dominó.

Criticamos hace unos meses a Rajoy por aprobar los PGE en el tiempo de descuento y hoy, pese a las limitaciones reales que conlleva un gobierno interino, casi tendríamos que verlo como un visionario por evitar que España esté (completamente) paralizada.

En la capital, el interventor ya ha dado la alarma de que no se está pagando a los proveedores en el plazo de 60 días que establece la ley, en las cuentas irreales de 2016 faltan 17 millones de euros y, si el Ayuntamiento quiere que Hacienda no termine reteniendo la parte correspondiente de los tributos estatales, la única salida es un nuevo plan de ajuste: conseguir más ingresos -lo fácil pero no negociable es aumentar la presión fiscal- o recortar gastos.

Puede que lleve razón Pepe Torres cuando confiesa, en privado, que en ninguno de sus mandatos anteriores ha estado más tranquilo que ahora. No puede tomar decisiones y la responsabilidad es de ‘otros’. Casi tendríamos que deducir que no hay gobierno. O que el gobierno está dedicado a otras cosas. Hablo de la guerra de poder. Porque no nos engañemos, no son sólo los sillones del Consejo de Ministros los que están en juego. De Madrid depende la cuenta corriente de centenares de cargos en toda España.

En el PP, la batalla va más allá de la recurrente disputa Pepe Torres-Sebastián Pérez -¿García Montero estaría ya situado para el relevo en la Plaza del Carmen y con la mirada puesta en la presidencia del partido?- y lo mismo ocurre en el PSOE con quienes ya se ven ocupando la silla de Teresa Jiménez en la Torre de la Pólvora.

Hay dos imágenes más que elocuentes: Luis Salvador advirtiendo que no deja su acta de concejal hasta que confirme que su puesto de diputado está garantizado -y no se esfumará con una nueva convocatoria electoral- y el presidente del PP compareciendo con la concejal Rocío Díaz para explicar por qué ella sí se dedicará al Congreso al cien por cien y él lo compagina todo -no es casualidad que encabece la lista al Senado que así lo permite-.

Si volvemos a Newton, Pedro Sánchez parece haberse convertido ya en el ejemplo nacional de la lucha contra la inercia sometido a dos fuerzas que se anulan: el veto de Podemos de no negociar si habla con Ciudadanos y el condicionante de Rivera para que sume al PP al posible acuerdo. No tengo la menor idea de cómo se puede alcanzar un pacto de gobierno así. Ni hoy ni dentro de dos semanas ni en un mes.

Confesaré que mi habitual optimismo no me da para vislumbrar un escenario diferente al de la repetición electoral a las puertas del verano. Y que conste que preferiría cualquier otra opción -incluso inestable- con tal de no soportar el bucle de otra campaña y acabar con un resultado tan o más ingobernable que el del 20-D.

tiovivo

Otra vez dentro del carrusel…

Desde que vi La novia me persigue la mareante imagen de los caballos del tiovivo. Se mezclan en un movimiento infinito con la trágica danza en torno a la hoguera de la noche de bodas. Vuelvo a Bodas de sangre y es Inma Cuesta quien se ha apoderado ya del drama de García Lorca. Veo a Almería desde lo alto de las estepas del Desierto de los Monegros y me asaltan las sombras de los paisajes lunares de la Capadocia turca. La adaptación cinematográfica del texto lorquiano da vértigo. Turba. Cuando escribo estas líneas aún no sé cuántos Goya reconocerán el trabajo de Paula Ortiz; lo merece.

A este lado de la gran pantalla, no puedo evitar vernos en el centro del tiovivo. Atrapados en un movimiento infinito sin punto de partida; sin punto de llegada. Me pregunto si, más tragedia que estar dentro, es la tragedia de no saberlo; la tragedia de no saber cómo hallar un punto de referencia que nos permita despertar. Luego pienso todo lo contrario. Tal vez la única salida sea no romper la inercia. Como en las paradojas de doble vínculo, como el texto lorquiano, puede que sólo podamos escapar convenciéndonos de que no hay escapatoria.

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

mauricio
Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

rey

Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Los ninja entran en política

Magdalena Trillo | 24 de enero de 2016 a las 10:32

La España que a diario retratan los compañeros de El Mundo Today empieza a parecerse peligrosamente a la España real. Al menos a la que ‘oficialmente’ recogemos en los periódicos que aún imprimimos en pesadas rotativas del siglo XIX: Felipe VI se reúne con Donatello, de las Tortugas Ninja, en su ronda de consultas; Mariano Rajoy llama a la Generalitat haciéndose pasar por un imitador de Rajoy (no ha conseguido hablar con Puigdemont porque éste tiene la agenda muy apretada); Podemos pide al PSOE que ponga pendientes a varios diputados a cambio de un pacto; Urdangarin responderá a las preguntas del fiscal escribiendo las respuestas en billetes de 500 euros; La CUP buscará a un informático para que reinicie el procés.

Son parodias y no lo son. Es un diario online satírico, con contenidos “totalmente humorísticos y ficticios”, hasta que la realidad demuestra todo lo contrario. Pienso en la sesión intensiva que nos ofrecen todos los años desde Cádiz con su carnaval, en el éxito viral que consiguen las publicaciones más irreverentes, los comentarios más mordaces, y me pregunto si alguien habrá escrito ya una tesis sobre cómo el humor nos ha salvado a los españoles. De nuevas guerras y de nosotros mismos. De nuestros sueños excesivos y de nuestros complejos suicidas.

Siempre he desconfiado de las personas que no tienen sentido del humor y siempre he creído que, al mismo nivel que la libertad, debería estar el derecho al ridículo. A provocarlo y a sufrirlo. Digo todo esto por la portada del periódico nacional que el viernes colocó a Pedro Sánchez saludando a una tortuga ninja (con un antifaz sospechosamente morado) y el revuelo que se organizó al segundo en Twitter a cuenta de los ‘medios serios’ españoles…

portada ninja

Y lo digo por el atrevimiento de los periodistas de una radio catalana para llamar a Mariano Rajoy haciéndose pasar por el presidente de la Generalitat. ¿Lo criticamos o lo defendemos? Porque cómo iban a prever en Abc el “inédito” giro de las negociaciones de investidura para formar gobierno que se produciría sólo unas horas más tarde con el líder de Podemos rompiendo la partida y el cabeza de lista del partido ganador diciéndole al Rey que se lo va a pensar mejor… Y cómo iban a esperar los bromistas de Ràdio Flaixbac que un político que lleva años huyendo de los focos y que mantiene los filtros como jefe del Ejecutivo en funciones iba a terminar poniéndose al teléfono…

En el manual del ‘buen periodista’ estaba el principio no escrito de no frivolizar con los temas importantes lo mismo que sentenciaba el refranero popular que “no se juega con las cosas de comer”. El tiempo verbal no lo tengo claro. No sé si podemos mantenerlo en la Sociedad Espectáculo de hoy y ante una Generación Márketing que respira “oxígeno, nitrógeno, argón, ácido carbónico y… publicidad”. Y propaganda. Y puro entretenimiento. No sé si es compatible con esa Generación TIC que ya ha asumido que no puede vivir al margen del mundo tecnológico de Internet, pero tampoco ser inmune a su juego.

Hace tiempo que el ‘gaming‘ dejó de estar restringido al mundo de los videojuegos. Hablar del “plasma” de Rajoy resulta prehistórico cuando, desde las universidades y desde la industria, se coquetea ya con la profecía de avatares construidos, prácticamente idénticos a personas fallecidas y copias de seguridad de nuestro cerebro subidas a la nube (no lo dice un chamán sino el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, el mismo experto en inteligencia artificial que sorprendía en los 90 vaticinando la expansión exponencial de Internet).

Cuando ‘revolucionarios’ como Nicholas Negroponte, el visionario del MIT MediaLab que habló hace más de treinta años de pantallas táctiles, libros electrónicos y teleconferencias, sitúan en el terreno de lo factible que dentro de poco podamos aprender idiomas “con tan sólo tomar una pastilla”, llegando a nuestro cerebro a través del “torrente sanguíneo” y recurriendo a “nanorobots”.

Poco importa si son una secuela de los cómic de los 80 los ninja que se cuelan en la política o una imagen desde nuestro móvil en formato tridimensional. No me quedo tanto en la trascendencia de la broma como en la preocupación por el impacto final del ruido de desinformación que fluye en los medios y en las redes sociales. No sé si las hojas nos dejan ver el bosque. Si estamos destruyendo la forma intuitiva en que hasta ahora habíamos sido capaces de distinguir un buen libro de un panfleto, una noticia a cinco columnas de un breve, el artículo de un buen columnista del comentario insustancial de un youtuber quinceañero.

Todo está al mismo tamaño en el ciberespacio. A la misma distancia de nosotros. Perfectamente estandarizado. Me da la sensación de que hemos situado toda nuestra vida en una línea plana sin altibajos. Tal y como leemos en internet.

Un artículo de Vila-Sanjuán me puso el otro día en la pista de unos interesantes estudios realizado por el profesor californiano Jackson Bliss sobre el efecto que están teniendo las pantallas y las nuevas formas de acceder a los contenidos: “Leemos de manera cada vez más impaciente, con el afán de reafirmar nuestro sistema de creencias, buscando argumentos claros y concisos”. Impacientes por opinar, sumidos en la dispersión y con un creciente “efecto de amnesia” que nos lleva a olvidar no sólo las características de lo que hemos leído, sino también dónde y quién lo escribió.

Pero el envoltorio importa. Importa que la foto de Pedro Sánchez con Donatello en Fitur circule anodina por Twitter o aparezca en la portada de un periódico con el tendencioso titular de “Amistades peligrosas”. Importa qué y cómo leemos porque al final es nuestra ventana al mundo -físico y digital- y el pilar mismo de nuestro sistema de valores. Juguemos pero sabiendo que jugamos, a qué jugamos y con quién.
El viernes unos alumnos me preguntaron en clase por la portada ninja. Un grupo denunciaba que era una burda manipulación periodística -ni siquiera se habían percatado que todo surgió por una inocente foto en Fitur- y otro, hasta que la vieron perplejos en el kiosko digital, defendía que era una broma en las redes del estilo El Mundo Today. Juguemos pero siendo conscientes de que el interlocutor sabe que jugamos. Importa el qué tanto como el quién, el cómo y el para qué.

Santones de la economía

Magdalena Trillo | 6 de mayo de 2012 a las 9:16

 

 

 

 

 

 

 

SIEMPRE me ha inquietado El grito de Munch. Por su fuerza, por el desconcierto que suscita, por su desgarro. Sumido en la angustia existencialista del XIX, el artista noruego lo pintó en 1895 como “máxima representación del miedo y la alienación” y hoy, más de un siglo después, se mantiene como el icono visual más potente de esta nueva modernidad de pesimismo y contradicciones que se empeña en fabricar pobres para que los ricos sean más ricos; un símbolo de la impotencia, incertidumbre y desesperación de esta globalización incívica a la que estamos arrebatando no sólo esperanza sino también legitimidad.

 

Pienso en el cuadro impresionista, en el original que esta semana ha hecho historia en las pujas del arte y en la triste imitación que tengo colgada en casa, mientras me sumerjo en La historia de mi gente. El escritor italiano Edoardo Nesi golpea como un grito con este librito autobiográfico, entre novela costumbrista y ensayo político, que llega a mis manos por casualidad y que termino de leer, de releer, de auscultar, en las tediosas tres horas y diez minutos de tren que separan Granada y Sevilla.

 

José Antonio Griñán acababa de pronunciar su discurso de investidura prometiendo “ética” y “solvencia” y comprometido con la “igualdad de oportunidades” y la justicia social. El hoy ya presidente de la Junta se presentaba como el escaparate de la izquierda y la “esperanza” socialdemócrata de que existe un “camino distinto” para salir de la crisis: un gobierno de coalición “realista, sin aventuras y sin claudicaciones” que rechazaba “privatizaciones” y arremetía contra todo el recetario económico de Rajoy. Nacía así el primer gobierno bicolor entre PSOE e IU en tres décadas de democracia andaluza con tres banderas de gestión indiscutibles -empleo, derechos sociales y transparencia- y un triple condicionamiento: las amenazas de intervención del Gobierno central, las exigencias de estabilidad financiera de Europa y la propia realidad de recesión y desempleo de la sociedad andaluza. ¿Podrá cumplir sus palabras Griñán? ¿Podrá Hollande si arrebata hoy la presidencia francesa a Nicolas Sarkozy?

 

Coinciden sus discursos y sus promesas con ese ‘grito’ de euforia que daba el mercado del arte en Nueva York. Sotheby’s lograba un nuevo récord: el óleo de Munch se vendía por 91 millones de euros y desbancaba el Desnudo, hojas verdes y busto de Picasso confirmando la obscena buena salud que el neoliberalismo sigue teniendo para un puñado de privilegiados.

 

Dejando atrás las vías desiertas de la Alta Velocidad, vuelvo a Historia de mi gente… No sabría responder a Nesi. No sé en qué día, en qué momento, todo lo que iba bien empezó a ir mal. Lehman Brothers, las hipotecas basura, el colapso financiero, la espiral… Se han filmado decenas de películas y documentales con el origen de todo, pero aquello fue sólo el principio. O el final. Lo peor habría de llegar cuando perdimos la batalla, como lamenta el empresario toscano reconvertido en escritor, y nos dejamos subyugar por “los dogmas y la arrogancia intelectual de los economistas que todos los días se lanzan a predecir el futuro cual chamanes, santones o profetas” ignorantes de que “sobre los sucesos futuros no hay ciencia”. ¡Qué razón llevaba Guicciardini en la Florencia del Renacimiento!

 

Y qué razón lleva nuestro ministro de Economía cuando aboga por cambiar el ladrillo por el “conocimiento” aunque sea contradiciendo a un gobierno que hunde la inversión en ciencia e investigación y ataca la educación básica y universitaria. Hasta Angela Merkel ha hablado esta semana de innovación y creatividad pero para advertir que de Plan Marshall, nada. Que mejor ponemos en funcionamiento la imaginación. Es curioso. Tantos siglos de modernidad para terminar como empezamos. En la caverna. Creyendo en milagros y en ‘santones’ cuya verdadera virtud, como han desvelado esta semana unos investigadores de la UGR, es sufrir sinestesia. ¡Que se le cruzan los cables! Unos, como el Santón de Baza, pasan de ver el aura de las personas a convocar a la Virgen dejando ciegos a decenas de incautos de tanto mirar el sol; otros, por qué no Edvard Munch, son capaces de deslumbrar a varias generaciones con el grito de dolor más perturbador de la historia; y a otros, como los gurús de la economía, les permitimos imponer la partidista y distorsionada visión de su verdad: ese mundo “sin gobierno y sin derechos” que tan rentable resulta a unos pocos.

Responsabilidad

Magdalena Trillo | 17 de julio de 2011 a las 12:08

En Castilla-La Mancha, Dolores de Cospedal eleva ya a 1.742 millones de euros las facturas sin pagar; no 700 como dijo hace dos meses el entonces presidente saliente José María Barreda y difícilmente resultado del proceso de transición (¿mil millones se acumulan en ocho semanas?) cuando hay expedientes que llevan un año en un cajón.

En Cataluña, el consejero de Economía acaba de sumarse a la teoría Merkel para controlar el capítulo de personal sin provocar más despidos: trabajar más por menos. La Generalitat llama a la “cooperación solidaria del sector público”, que no es otra cosa que pedir a los trabajadores que alarguen sus jornadas laborales y tengan menos días de vacaciones. Salvar los servicios públicos recortando privilegios y salarios a los funcionarios… Pura demagogia si pensamos que hablan de “distribuir el dolor entre todos” cuando han eliminado el impuesto de sucesiones a las rentas más altas y llevan meses cerrando plantas enteras de hospitales.

De Grecia, Portugal e Irlanda, mejor ni hablar. Menos aún de los insaciables mercados, de las primas de riesgo y los bonos basura. La zona euro se tambalea en el regazo de la canciller alemana y hasta EE UU se enfrenta a la suspensión de pagos mientras crece la tensión política en el país, se mina su solvencia y se cuestiona el propio ¿rumbo? de salida a la crisis.

Sólo nos falta otear el Sur, a nuestros amigos de las pateras, para darnos cuenta de que la “hora de Granada” será mucho más que lograr asiento en Los Cármenes para Primera División; será sinónimo de control de gastos, ajustes y sacrificios. Me refiero al cambio de rumbo en la Diputación. En unos días sabremos si había trampa en las cuentas que ha dejado Caler en la institución y conoceremos al detalle los planes de austeridad del nuevo equipo de gobierno: eliminación de altos cargos, reducción del gasto corriente, refuerzo de las políticas de creación de empleo y, como en Cataluña, la máxima del momento: más por menos; ser más eficientes con menos recursos. Lo anunciaba el jueves Sebastián Pérez en su acto de investidura.

Un discurso cargado de sueños y optimismo. Se comprometió a pilotar un cambio tranquilo, sereno y sin sectarismos, emplazó a “huir del conflicto”, aseguró que se “equivocan quienes anuncian que habrá hostilidad institucional” y garantizó que habrá “pruebas inequívocas” de sus políticas de austeridad (¿nada de enchufes de rondón?). Me sorprendió cuando dijo que será “especialmente sensible” con los servicios sociales y cuando destacó la cultura como “seña de identidad” de la nueva Diputación hablando de Lorca y Guerrero; no de tradiciones, Semana Santa, bailes populares ni zarzuelas.

Pudo optar por un discurso de crispación y de conflicto pero no lo hizo. Pudo insistir en las auditorías, las trituradoras y la caza de brujas pero no lo hizo. ¿Responsabilidad? Era diferente el Sebastián Pérez que el jueves tomó el bastón de mando en el gobierno provincial que el político hiriente, agresivo y mordaz de la campaña electoral ¿Fachada? ¿El peso del poder? ¿El peso del paro? El hecho es que ahora toca gobernar y es al PP a quien se le van a pedir soluciones; son Sebastián Pérez y su equipo quienes deben demostrar que no hay agendas ocultas y sí un programa claro para la remontada.

Aquí podríamos empezar el contra-artículo. Cuestionar palabras e intenciones, preguntarnos quién ha alimentado muchas de las situaciones denunciadas (basta recordar las ruedas de prensa de las últimas semanas), dudar de que realmente se vaya a hacer lo predicado y, sobre todo, pedir explicaciones de por qué ahora los proyectos son posibles y hasta el jueves no. Pero no lo voy a hacer. La realidad impone pragmatismo. Los casi cien mil parados granadinos exigen responsabilidad. ¿Quieren regenerar la política? ¡Háganlo! Estamos cansados de broncas. Demuestren, unos, que merecen gobernar después de treinta años en el banquillo y mantengan el tipo, otros, en la oposición.