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Y cuando llegue el legado de Lorca, ¿qué?

Magdalena Trillo | 10 de septiembre de 2017 a las 10:56

A una cuadra de las exclusivas torres de apartamentos que puntean el malecón uruguayo, en una de las zonas más cotizadas de Montevideo, se eleva un decadente edificio blanco que lleva una década aguardando el derribo. Es el hermano gemelo del Centro Lorca de Granada. Por lo que quiere ser y por lo que ya ha sido. Por lo que acumula de expectativas frustradas y tropiezos y por la incertidumbre que lo rodea. Es uno de los temas de conversación en los ambientes culturales del país de Mujica (aunque ahora gobierne Tabaré): si algún día se ejecutarán las obras prometidas y se llegará a inaugurar. En la web oficial de su Gobierno aún hoy se publicita el “Espacio Cultural García Lorca“: una propuesta “única en su género”; un centro “sin afán de lucro pero económicamente viable”. Periodo 2005-2010. Estado: en ejecución. Departamento responsable: Cultura. Monto: 350.000 euros.

 

El problema allí es muy sencillo. Al menos es solo uno: no hay dinero. Pese a la implicación de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo, el Banco de la República y hasta el Santander, se trata de una iniciativa impulsada por la propia gente del teatro -la idea es construir un gran espacio cultural con proyección internacional- que se mueve entre el compromiso de unos y la generosidad de otros. Hasta Paco de Lucía atravesó el Atlántico en 2013 para dar un concierto benéfico y contribuir a la financiación. Un año más tarde, el actor y futuro director del Centro, Ricardo Beiro, reconocía en una entrevista a un diario local -a su periódico El País, que tiene casi un siglo de historia y está en las antípodas del nuestro- que su gran objetivo era que, al menos, estuviera terminado en 2014… Tres años después nada se ha avanzado y advierten que, aunque se construya el edificio, no hay fondos ni para equipamientos ni para programación.

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Con diez mil kilómetros de distancia, la historia en torno a Federico se repite: contratiempos, dificultades y mala suerte. Como le ocurrió en vida y como le persigue tras su muerte. El hispanista Ian Gibson lo dice casi con resignación en el magnífico documental Lunas de Nueva York que estos meses recomienda Iberia a sus pasajeros. De la mano de poetas, estudiosos y artistas actuales, con la participación de su sobrina Laura García-Lorca y de expertos como Christopher Maurer, Antonio Muñoz Molina, Luis Antonio de Villena o el fallecido Alfonso Alcalá, se rememora el impacto que tuvo en el poeta la gran metrópoli americana, su estancia en la Universidad de Columbia y sus interminables veladas en los clubes de jazz de Harlem. Era el año de Poeta en Nueva York. Aquel 1929 de la Gran Depresión en el que el escritor granadino llegaría a ser testigo de suicidios desde los inhumanos rascacielos de Manhattan.

Gibson insiste en la necesidad de encontrar sus restos y se suma a la frustración generalizada que se ha instalado en torno al centro que debía reconciliar a Granada con su autor más universal. Las vicisitudes del Centro Lorca de Montevideo serían casi una anécdota si aquí, en su ciudad, no continuáramos agrandando la leyenda con capítulos de estafas e infortunios que rozan lo novelesco.

Hoy, viendo el enigmático rostro de Lorca entre sombras en el mítico Café Tortoni de Buenos Aires -aquel retrato que en 2008 llevó Martínez Caler siendo presidente de la Diputación para conmemorar el 75 aniversario de su viaje a Argentina-, recorriendo los lugares lorquianos que siguen siendo testigos hoy del deslumbramiento de Federico por Nueva York, Cuba o América Latina, resulta casi un desafío desprender al personaje de su destino. No si queremos entender al hombre; no si queremos penetrar en su obra.

Puede que la miopía granadina no nos permita darnos cuenta de lo relativo que probablemente acabe siendo el “escándalo” que estos meses rodea la puesta en marcha del centro y la llegada del legado. Siempre es una cuestión de perspectiva; de elección del punto de vista. Lo urgente, sin duda, es aclarar la gestión de los fondos públicos, resolver el expediente económico y exigir todas las responsabilidades que corresponda por el fraude que cometió el anterior secretario de la Fundación Lorca -Juan Tomás Martín- durante la construcción del centro. ¿Y después?

Las administraciones tienen el deber de garantizar el buen uso de los fondos públicos -sin atajos-, llegar a un acuerdo para resituar a la Fundación en el futuro Centro Lorca y agilizar al máximo la llegada del legado. Pero también fijar la hoja de ruta para el día siguiente. El Centro Lorca debe convertirse en el foco cultural de prestigio y proyección internacional que exige su figura y su creación literaria. Hacia fuera y hacia dentro. Con una programación de primer nivel que justifique toda la inversión que se ha realizado hasta ahora y con una actividad de puertas abiertas hacia la ciudad que lo acerque a todos los públicos; a su público. Tiene que haber un presupuesto suficiente para garantizar la conservación del legado y unos criterios claros y exigentes de gestión. Estás deberían ser las líneas rojas del Centro Lorca. Por encima de nombres y de fotos. De la negociación actual y de las que habrá que librar.

De hecho, por encima del ruido mediático, es la filosofía de trabajo que José Guirao está imponiendo desde que hace un año -con absoluta discreción- asumió el polémico puesto de secretario. Ahora hay sintonía entre todas las instituciones, un objetivo compartido y unos principios mínimos de lealtad. El expediente económico no está resuelto, pero se cerrará y será entonces cuando tengamos que preguntarnos si a alguien se le ocurrió pensar que detrás de las hojas había un bosque.

Escribir hoy del Centro Lorca, justo cuando el golpe de estado catalán incendia portadas y redes sociales en toda España, justo cuando Granada afronta un durísimo inicio de curso con la incertidumbre del Metro y el bloqueo del AVE, puede que no cumpla los preceptos clásicos de lo periodístico. No hay percha de actualidad: las negociaciones están en un momento de impasse a la espera que se reúna el Consorcio y oficialmente se dé respuesta a todo el material aportado por la Fundación.

Creo, sin embargo, que es justamente ese distanciamientos lo que necesita el tema lorquiano. La incorporación de Guirao como secretario supone, sin duda, un aval por su experiencia como gestor cultural, por su serenidad y por la solvencia de sus criterios. En el Ayuntamiento de Granada ya no hay amenazas para ir a los tribunales sino colaboración. Nueva etapa y nuevos interlocutores. Demos un margen de confianza. Para el día D en que ha de llegar el legado y para los de después.

Títeres sin cachiporra y gatos sin cascabel

Magdalena Trillo | 21 de febrero de 2016 a las 11:05

Podría ser el título de una fábula, las primeras líneas de un relato y hasta un acertijo; encabeza un artículo de prensa por exigencias del guion: de la actualidad. La explicación está en el conocido cuento de los peces de Cortázar. Se titula Axolotl y empieza así: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.

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Aunque no lo parezca, los títeres sin cachiporra y los gatos sin cascabel tienen mucho que ver con los peces. Y con las peceras. Y con los callejones sin salida con que esta semana hemos llenado de tinta los periódicos. La explicación la tiene el escritor argentino por las punzadas de realismo mágico que nos asesta en cada uno de los cuentos que integran Final de juego. Porque lo que les propongo, en realidad, es un simple juego: que peguen sus ojos al vidrio del acuario y se atrevan a descubrir que hay una vida diferente, que se puede aprender a mirar de otra manera.

Pero para eso tienen que sentirse un axolotl. Tienen que imaginar a esos bichillos rosados como lo hace Cortázar: conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada, gritando: “Sálvanos, sálvanos”. Entonces podrán sentir la extrañeza de seguir pensando como antes sabiendo que son ustedes los que están al otro lado del acuario; sentir el “horror del enterrado vivo que despierta a su destino”.

La inquietud -y hasta el frío- que me invadió la primera vez que leí el conocido cuento de los peces me persigue intermitentemente desde entonces. Me gusta pensar en los atxolotl cuando estoy confundida -escondida y protegida en mi “angosta y mezquina” pecera- para darme cuenta de que en los laberintos no hay atajos; para recordarme que los finales se pueden distraer pero no hurtar…

Los peces me llevan entonces a los gatos y hay un único mensaje posible -alguien tiene que hacer de ratón y poner el cascabel- y una consecuencia insoslayable: por muy contradictorio que resulte en los tiempos actuales de veleidades, des-compromiso y banalidad, tendríamos que hacer un esfuerzo por reivindicar la valentía más allá de la épica medieval. Como en las viejas y moralizantes fábulas del Libro de los Gatos de Odo de Cheriton. Como en los títeres de cachiporra de Lorca, Falla y Lanz.

Desde la pecera -sin peces- en que está a punto de convertirse el Centro Lorca, podríamos atrevernos a hablar de “chantaje” en lugar de “negociación” para referirnos a la travesía del desierto que están cruzando las administraciones del Consorcio Lorca para cumplir el compromiso que la familia del poeta firmó hace más de una década cuando se afrontó la construcción del imponente edificio de La Romanilla: traer a la ciudad el legado lorquiano.

El problema, digámoslo abiertamente, son los tribunales, los millones sin justificar, la sombra del fraude en la gestión y las acusaciones de malversación de fondos públicos. El legado estaba (casi) embalado para emprender el regreso cuando saltó el escándalo y allí seguirá mientras sea un salvoconducto. Lo del “talante” y el “diálogo” queda muy bien delante de los periodistas pero resuelve poco si las instituciones se convierten en rehenes del proceso judicial y el Centro Lorca en un cortijo.

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Laura García-Lorca tendrá en el Centro Lorca una posición de primer nivel -con capacidad de decisión y bien remunerada- pero ahora el escollo es qué hacer con el ‘agujero’… ¿Borrón y cuenta nueva? Inaudito. Mientras, la Granada cultural mira de reojo calculando el nuevo precio que costará recuperar el legado y el impacto que tendrá en el resto de instituciones y actividades de la ciudad con unos presupuestos que son ya irrisorios. Y mientras, el millonario Centro Lorca que debía convertirse en uno de los grandes emblemas de la Andalucía cultural se desfigura sin poder llevar a cabo el ambicioso proyecto comprometido.

A veces, sólo las moralejas, los refranes y los lugares comunes -todo de lo que debería huir el buen arte, la buena literatura, el buen periodismo, la buena política- nos salvan del absurdo. Lo digo por la crisis del Centro Lorca, pero podríamos extenderlo a la crisis del AVE -¿tendrá valentía el PSOE si acaba gobernando en Madrid de paralizar de verdad el AVE hasta que se apruebe el proyecto de soterramiento?- y, tal vez con demasiados intangibles, a la surrealista crisis de los titiriteros por cuanto tiene de torpezas, de intransigencia y de desproporción.

Empezamos judicializando la política y la economía -consecuencia inevitable de la escalada de la picaresca al clientelismo y la corrupción- y ahora le toca el turno a la convivencia situando los tribunales en una inquisición despreocupadamente compartida y consentida y transmutándonos todos en fiscales improvisados. Lo grave es que terminaremos denunciando al vecino del sexto por regar las plantas a deshoras -y hasta las fiestas de fin de curso de los colegios- con la misma vehemencia que exigimos justicia para el emperador de la sonrisa de Vitaldent.

Si el remedio son los títeres sin cachiporra, si el remedio es no provocar, no molestar y no ponerle el cascabel al gato, enfilaremos sin solución al abismo. El eje del debate público no puede ser una continua batalla de libertades y de derechos fundamentales. Entramos en un terreno resbaladizo, íntimo y subjetivo que tiene más que ver con la forma en que cada uno decide vivir, creer y pensar que con la dictadura de lo socialmente correcto que inconscientemente nos estamos imponiendo.

No es casualidad que la Oficina de la Transparencia de la capital, la primera como tal que se ha abierto en el país, esté sirviendo a políticos y funcionarios de lavadero de trapos sucios y de instrumento para el cotilleo. Basta encender la televisión y tropezar con cualquiera de las versiones del programa estrella ‘en tu casa o en la mía’ para entender por qué; para darle la razón a los sociólogos cuando dicen que los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad. Y, por supuesto, a la inversa.

Termino el juego: mire la caja tonta e imagine que es una pecera. Tiene que hacerlo como Cortázar: turbado, fascinado, con profunda obsesión. Sin darse cuenta, sentirá su nariz chocar contra el vidrio y verá que hay alguien sentado en su sofá…

In memoriam

Magdalena Trillo | 14 de septiembre de 2010 a las 18:17

“Cuando pinto me siento como un combatiente de la resistencia buscando libertad ”. “En un plano simbólico, incluso espiritual, el arco o el óvulo significa refugio, promesa de protección, amparo”.  El “combatiente” es José Guerrero. Con estas palabras describió en 1972 uno de los lienzos de su serie Solitarios. Quien habla de su búsqueda de “amparo” y “protección” es María Dolores Jiménez Blanco. Ilustra con esta reflexión la fascinación del pintor granadino por las líneas paralelas de las cerillas. Por el orden y el ritmo. Persiguiendo, atrapando, los rayos de luz que llevan de la oscuridad a la claridad.

El legado de José Guerrero saldrá de Granada esta semana. Solitario y desamparado. Con el silencio cómplice de todas las administraciones. En dos días se ha zanjado una negociación de tres años. Una rueda de prensa y un ultimátum han sido suficientes. Izquierda Unida ya tiene una página con la que engrosar la historia de despropósitos de esta ciudad y con la que culminar su paso por el gobierno de la Diputación: el certificado de defunción del Centro Guerrero (13 de junio de 2000-15 de septiembre de 2010).

Ha hecho el trabajo sucio. María Asunción Pérez Cotarelo compareció ante los medios con cara de víctima. “La Diputación no puede ceder más”, sentenció. En frente, ya saben, unos artistas elitistas e intransigentes. “La aristocracia”, evitó decir. Pero por principios, esos que ya nadie traiciona, debió haber presentado su dimisión.

Juan Vida pedía hace unos días“explicaciones”. Se preguntaba por las posturas de unos y otros. ¿Dinero, reparto de poder, representatividad? Planteaba si la letra del contrato era demasiado pequeña… No hay acuerdo cuando no hay voluntad. Esta ha sido la historia de un matrimonio en decadencia. Primero fueron los roces y las desavenencias, luego llegó la incomprensión y ahora estamos asistiendo a la ruptura. No hay más caminos.

Y es honesto, hasta legítimo, terminar lo que se ha quebrado. Lo dicen los propios herederos cuando reconocen que la posibilidad de acuerdo queda “de momento” excluida, aunque dejan la puerta abierta (no a esta Diputación, pero sí a otras instituciones) para que el legado del pintor permanezca en Granada.

Por eso tenemos que seguir pidiendo explicaciones. ¿Dónde están los garantes de la cultura y el patrimonio? Los que pueden (deben) intervenir y mediar. ¿Dejaría la Junta que Málaga perdiera el legado de Picasso? ¿Permitiría la Generalitat que Barcelona se quedara sin la obra de Tàpies? ¿Se imaginan qué ocurriría en Euskadi si salieran la esculturas de Chillida?

Al día siguiente de conocer la respuesta de la familia al escrito de la Diputación (¿es posible otra respuesta a un ultimátum?), cogí el autobús para despedirme de Guerrero. Tardé cinco minutos en llegar. No tuve que hacer colas ni pagar entrada porque ‘celebramos’ su décimo aniversario. Me deslicé por los fondos de su color puro, me llené de energía con sus ‘penitentes’, me dejé perder por los enormes campos de azules, negros y amarillos. La apoteosis del color de José Guerrero… Compré varios libros y los traje a casa pensando que, seguramente, la próxima vez que quiera ver un Guerrero tenga que montarme en un avión y hacer miles de kilómetros.

A pesar de la miopía de algunos, el Centro Guerrero se había convertido en uno de los museos de arte contemporáneo con más prestigio del panorama nacional. Ahora tocará empezar de cero. Y no nos equivoquemos, el Centro Guerrero es la obra de Guerrero, su legado, la gestión que se ha llevado a cabo en la última década. El Centro Guerrero no es el edificio de la calle Oficios. El edificio es un (magnífico) continente que llenar de arte o sumir en la mediocridad.

Pero en Granada no pasa nada. Hoy iremos todos a Fray Leopoldo y celebraremos sus milagros en una ciudad que se muere de granadinismo.