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Políticos insomnes

Magdalena Trillo | 22 de mayo de 2018 a las 10:00

Estrés y ansiedad. Pérdida de atención y malestar general. Disminución del rendimiento laboral. Nerviosismo e irritabilidad. Esto es lo que le pasa a la gente normal cuando sufre de insomnio. La propia OMS lo ha llegado a catalogar como enfermedad, es la patología más común entre los trastornos del sueño y se convierte en toda una epidemia a las puertas del verano cuando confluyen los efectos de las alergias con la astenia primaveral.

¿A los políticos les influye igual? Sí y no. Porque pocas veces tiene relación el plano que nos enseñan con el que hay, lo que dicen con lo que piensan y, sobre todo, lo que predican con lo que practican. Lo realmente curioso se produce cuando conectamos la neuroquímica con la ideología y asociamos las inclinaciones políticas con las actitudes vitales de los ciudadanos.

Lo acaba de hacer un compañero de La Vanguardia arrojando más luz sobre la enloquecida deriva de la esfera pública que cualquier encuesta del CIS: los votantes del PSOE son los que peor duermen y más se deprimen; los de Ciudadanos son los que más se automedican; los afines a Podemos son los que más recurren a tratamientos alternativos y los soberanistas, los que se declaran más felices y sueñan mejor.

Es un problema de insomnio pero también de falta de coherencia. Y de miopía. Con permiso del certero diagnóstico de “aprovechategui” que le endosó Rajoy, Albert Rivera nos dio este domingo una sugerente clave para interpretar el desnortado tablero partidista: ponernos gafas. El PP, por ejemplo, debe verlo todo negro: no hay ni una sola encuesta que lo salve de una agónica caída acentuada por el fango de la corrupción, los másteres fantasmas y las crecientes críticas de inmovilismo e incapacidad.

Los socialistas se han estancado en el gris: se cumple justo un año de las convulsas primarias en el PSOE con un Pedro Sánchez replegado y a la defensiva. No hay líder ni liderazgo. Lo “decisivo en los toros” será “la faena del matador” -dice Page- pero no ayuda que los banderilleros no preparen el terreno para “rematar”. ¿Nos extraña que sus votantes se sientan tristes?

Podemos va de marrón en marrón -justo cuando en Madrid más se tambalea la derecha, hacen de pirómanos y convierten un problema personal en una cuestión nacional de “dignidad” y de descrédito- y, mientras los independentistas siguen viviendo en Cataluña su particular cuento rosa de República, la formación naranja se apropia de todo el fulgor del arcoíris. “Recorriendo España yo no veo rojos y azules, veo españoles”. Lo ha escrito Rivera en Twitter pero es otra cosa lo que quiso decir: ve votantes de Cs. De todos los colores. Medicados y felices.

Efecto Primark

Magdalena Trillo | 23 de enero de 2018 a las 9:30

Es barato, de calidad aceptable y gusta. Lo que mejor funciona es el boca a boca. Diseñan sus propios productos, las elevadas ventas les permiten contrarrestar el escaso margen de beneficio, operan directamente con los proveedores y se permiten el lujo de desarrollar una política de empleo medianamente decente.

El centro de Madrid está tomado por Primark. No hay cafetería, plaza, parada de autobús o metro -de la Gran Vía a la estación Sur- que no se haya contagiado del efecto de la amazing fashion y los amazing prices. Las señoras con el abrigo de piel, los jubilados ociosos, las adolescentes provocadoramente exigentes, los turistas nada despistados que van de Serrano a Callao sin transición, las familias del cinturón que incluyen el shopping en la escapada del fin de semana. Madrid tampoco duerme.

Lo curioso de Primark es cómo se ha hecho un hueco en el mercado y ha convertido una marca blanca en una marca de confianza con un perfil de clientes completamente transversal. Si diéramos un salto a la política, representaría el anhelado centro demoscópico de las encuestas, que hasta ahora había significado la moderación ideológica y tendía a traducirse en votos y en escaños.

En España, PP y PSOE se lo han repartido ordenadamente hasta que Podemos y Ciudadanos han irrumpido con sus amenazas de sorpasso. Podemos llegó a verse sobre la ola Primark pero no ha tardado ni un año en dilapidar su momento y Ciudadanos lo intenta ahora aprovechando el tirón catalán.

No estoy usurpando principios por grandes bolsas de cartón. Cambian los contextos, los valores y las prioridades. Es un proceso de adaptación -obligado- en el que intervenimos todos. El refugio consumista, la dictadura del entretenimiento, se presenta como una consecuencia lógica de la sequía del mundo de las ideas y de la ausencia de liderazgos. Decimos que la situación política en España es muy compleja, pero también podríamos criticar justo lo contrario; su mediocre simplicidad. Lo más relevante de los últimos sondeos era descubrir que el electorado del PP ya no es tan fiel como se creía -en el resto de partidos nunca lo ha sido-. ¿Extraña?

Volvamos a la maquinaria de Primark. No nos prometen la luna a precio de saldo; hay lo que hay. No son infalibles, pero tampoco presumen de ello. Si se equivocan, lo reconocen y rectifican. La confianza es directamente proporcional al sentimiento de satisfacción; inversamente proporcional a la sensación de engaño. Pensemos en una tienda, en un restaurante o en un partido. De eso, al final, va la fidelidad. Cuando nos vamos de compras y cuando vamos a votar.

La Generación X toma las riendas

Magdalena Trillo | 24 de octubre de 2017 a las 9:45

Emmanuel Macron (39 años) en Francia. Justin Trudeau (45) en Canadá. Sebastian Kurz (31) en Austria. Forman parte de la nueva hornada de líderes mundiales que, con más sorpresa que previsión, están tomando las riendas del poder. Por delante de la Sociología o la Ciencia Política, son las grandes marcas y las compañías del sector tecnológico quienes tienen perfectamente estudiado su perfil: son la Generación X.

Nacieron entre la década de los 60 y los 70 y, aunque no son nativos digitales, se mueven en las redes sociales con más solvencia y criterio que sus sucesores (los temidos millennials). Son maduros, proactivos y responsables. Se preocupan por los derechos sociales y su aspiración es tan mundana como disfrutar de la vida, no depender del dinero y ser feliz. Reciclan y ahorran, buscan precios baratos y hacen deporte. Llevan su propia bolsa al supermercado y hacen bricolaje en casa.

Todo esto son pistas para enfocar bien las campañas y venderles mejor. Hablamos de marketing, no de política, pero podríamos. Al final no dejan de ser productos que situamos en el mercado esperando que alguien los compre, que alguien les vote. Las grandes ideas se fabrican en los sofisticados laboratorios electorales; los detalles más cotidianos son los que generan empatía o rechazo. Los que hacen creíble a un candidato o lo tumban.

Ellos están llegando; ellas van en camino. En Nueva Zelanda, la laborista Jacinda Ardern, de 37 años, ha conseguido tumbar al conservador Bill English y será primera ministra gracias al apoyo de Los Verdes, la tercera mujer al frente del país en toda su historia y la mandataria más joven en 150 años. El líder de su partido se hundía en las encuestas y, en julio, apostaron por esta joven desconocida y con carisma que ha remontado en tiempo récord.

Caeríamos en el simplismo si intentamos fijar las expectativas de éxito o fracaso en base al sexo o la edad. Pero es evidente que son tendencias que nos ayudan a unir las piezas del nuevo puzle de poder mundial. Y Rusia también juega: justo esta semana, la presentadora Ksenia Sobchak, de 35 años, hija de un ex jefe de Putin, ha anunciado su carrera a la Presidencia.

Hace tiempo que se ganó el apodo de “la Paris Hilton rusa” y ya la llaman la “candidata del papel cuché”. Desde la oposición la acusan de “querer hacerle el trabajo al Kremlim” y ser “una distracción”. La it girldefiende que está más que preparada para criticar el sistema y reunir las 300.000 firmas de apoyo que necesita… De pequeña Ksiusha no tiene nada.

De osos y cocodrilos

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:12

Desde  los tiempos de Julio César pasando por los de Maquiavelo y Mao Tse Tung hablamos de estrategia. Entonces se aplicaba a los ejércitos y a las guerras pero el objetivo de sus batallas no era muy diferente del que tenemos hoy en cuanto suena el despertador: sobrevivir. Lo hacemos en casa a diario, lo hacen los partidos políticos y las organizaciones sindicales, lo hacen las empresas y lo hace hasta la Iglesia y la Corona. Aguantar. Resistir siguiendo el principio darwinista de la constante adaptación. Ser tan productivos y competitivos como exigen los mercados a quienes hemos vendido nuestro presente y nuestro futuro.

Si lo pensamos bien, todo gira en torno a la competitividad. Aunque no tengamos ni idea de qué significa ni sepamos si realmente existe una fórmula del éxito o es un invento de unos pocos para seguir explotando a los demás. El consultor estratégico Marcos Urarte participó esta semana en un foro organizado por este diario junto a Banco Popular en el Palacio de Congresos de Granada para analizar la realidad y los retos de las pymes y lo cierto es que sorprendió con un buen puñado de titulares, más de un ejemplo práctico del que apropiarse y alguna que otra sugerente idea que reinventar. Con permiso del experto, podríamos aplicar sus ‘enseñanzas’ al terreno que más se resiste a ser diseccionado y cambiado: la actualidad.

Empiezo por la Iglesia. Hay quienes aseguran que, tras la polémica desatada con el lanzamiento del libro Cásate y sé sumisa, lo que hay es toda una estrategia del arzobispo de Granada para mantenerse en el puesto. Después de diez años provocando desde el altar, parece que había llegado la hora del relevo aprovechando los vientos aperturistas del Papa Francisco y la reciente incorporación de Gil Tamayo como portavoz de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, el escándalo que se ha suscitado a nivel nacional y la reacción corporativista de la Iglesia interpretando las críticas como una cruzada contra la institución y contra el prelado habrían paralizado el traslado. Un ejemplo de ‘manual’ de cómo aprovechar las oportunidades. Francisco Javier Martínez, en versión defensiva: “La mejor estrategia es tener el valor de atacarse a uno mismo”.

Al Partido Popular y al Partido Socialista podríamos aplicar aquello del oso y el cocodrilo. ¿En una lucha abierta quién ganaría? Pues depende… Depende de si se libra en tierra o se libra en agua. Es decir, mucho tendrá que ver en un futuro escenario electoral si se enfrentan en un momento de recesión y estancamiento económico como el actual o se confirma la llegada de los brotes verdes, de la recuperación y la creación de empleo. Más aún si lo ‘animamos’ todo con alguna bajada de impuestos y la restitución de las pagas extra perdidas… ¿Cómo competir mientras tanto y ganar cuota de mercado?

Primero, desmontando tópicos: el objetivo “no es hacer las cosas bien” (ni siquiera es su caso); es hacer las cosas por las que alguien esté dispuesto a pagar, a dar su confianza. En segundo lugar, y siendo extremadamente pragmáticos, habría que decidir a quién se le quita la cuota de mercado en la ‘caza’ del votante. Crecer pero a costa de quién. Veamos. Después de perder cuatro millones de electores, ¿han decidido ya los socialistas si quieren ampliar el tablero por el centro o quieren virar a la izquierda? ¿Son las fricciones entre los socios de gobierno en la Junta un reflejo de tal disyuntiva? Tampoco para el PP debe resultar fácil enfrentarse a una base tan diversa. ¿Seguimos en el centro y nos acercamos al ‘tea party’ con Esperanza Aguirre? ¿Apostamos en Andalucía por el candidato que controla el aparato aunque sea sevillano [José Luis Sanz] o se asume el riesgo de innovar?

Porque si el éxito depende de la innovación, la estrategia de Susana Díaz es incontestable. Y lo es incluso partiendo de que innovar a veces no significa más que “seguir haciendo lo mismo de modo distinto”. Si lo analizamos bien, el mensaje de Susana Díaz no ha cambiado en exceso el discurso socialista, pero sí ha sabido imprimirle imagen, marca, reputación. Se ha posicionado como líder y ha ocupado un espacio que desde hace años estaba huérfano. En apenas unos meses ha ligado su nombre a la confianza y la credibilidad. Es cierto que puede defraudar pero, de entrada, se ha situado en la parrilla de salida y sin perder de perspectiva dos principios básicos del buen guerrillero: no importa cuánto éxito se logre, nunca hay que presumir de líder, y siempre hay que mantenerse flexible, estar preparado para la retirada inmediata.

Después de casi treinta años de crecimiento económico dejándonos arrastrar -las empresas pero también las administraciones, el sistema bancario y la propia sociedad-, lo que ha hecho la crisis es colocar a cada uno en su sitio y obligarnos a remar a contracorriente. Hoy, no importa el nombre que utilicemos para cambiar ni si existe o no una fórmula del éxito; lo que es evidente es que nada es como era hace unos años y nada lo será. Podemos adelantarnos y cuestionarnos lo que estamos haciendo o podemos esperar a que la marea vuelva a subir… Pero sabiendo que nos puede ahogar.