Archivos para el tag ‘Lorca’

Buenas noticias

Magdalena Trillo | 22 de octubre de 2017 a las 10:00

Es un clásico entre los periodistas: nos pasamos el día quejándonos pero nunca cambiaríamos de trabajo. La contradicción se sustenta en la propia esencia del oficio: mucho de vocación, una espiral interminable de esfuerzo y una pizca de olfato. Le decía esta semana Maruja Torres a Buenafuente que el periodismo “nunca nos haría ricos” -ni tenía por qué- “pero sí felices”. Justo ese día se lo habría rebatido con vehemencia: cuando estás en el barro del día a día nunca piensas que es la “profesión más bonita del mundo” como proclamaba García Márquez y no te da tiempo ni a preguntarte si eres ser feliz…

El viernes me acordé de ella: sí, hay veces en que la magia del periodismo te despierta y te recuerda por qué estás ahí… Les cuento.

Se llama Antonio José García Bascón. Si he investigado bien, es técnico de Cultura, colabora en un grupo de investigación de la UGR y es un gran lector. Esto último lo deduzco por el libro que me dejó el jueves sobre mi mesa. Justo había salido para la tertulia de Canal Sur y no llegué a verlo. El sobre lo abrí al día siguiente entre una maraña de correspondencia. Con rutina. Diseccionando lo que tendría vida en la redacción y lo que iría directamente a la papelera.

Me dio un salto el corazón. ¡El libro de Gabriel Celaya que tanto busqué para escribir el artículo sobre Lorca y Primo de Rivera! La edición del 79. Con la “aventura poética” que dedica a Amparitxu. Con “la razón de la sin-razón” con que abre las memorias recordándonos el Segundo manifiesto del surrealismo de Breton: “Todo nos lleva a creer que existe un cierto punto del espíritu en el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente”. Como el periodismo; malvado y hermoso a la vez…

Me sentí con cinco años abriendo regalos de Navidad. La nota que me dejó en el libro superó con creces la bicicleta que nunca llegó: “Estimada señora Trillo, hay ocasiones en que los libros quieren cambiar de mano. Espero que lo disfrute, ahora es suyo”.

Mucho más eficiente que yo, fue Jerónimo Páez quien consiguió una edición del libro y me pasó el capítulo sobre Lorca. El mismo día de la publicación, el profesor Antonio Chicharro me escribió compartiendo los ensayos literarios que publicó en 2009 con una minuciosa recopilación de todos los trabajos del poeta vasco.

A Celaya lo llegó a conocer, mantuvo con él correspondencia y me aseguraba que, antes que nada, “era un hombre cabal”. Hay por tanto motivos más que suficientes para creer lo que escribió en Poesía y verdad y hay motivos, también, para sorprendernos de que haya quienes lo sigan ignorando u ocultando.

celaya

El propio Celaya siguió a Goethe para titular sus memorias conectando con su personal forma de entender al poeta: desde la honestidad. Normalmente es a los periodistas a quienes se nos exige ser honestos; que seamos buenas personas, que hagamos buen periodismo. Junto a la objetividad y la independencia, es uno de los grandes principios de la profesión y no difiere mucho de lo que escribió Kapuscinski cuando advirtió que “los cínicos no sirven para este oficio”.

Claro que un escenario es el deseable y otro el real… Cínicos hay, y muchos, y malos profesionales también. Pero, por un día, porque se lo debo a ese lector que esta semana me ha recordado que todo tiene un sentido, incluso en el periodismo, podríamos pensar que tanta probabilidad hay de que el día amanezca soleado como nublado, de que las buenas noticias venden tanto (o más) que las malas, de que internet no es el reino de lo frívolo y lo breve y de que hasta la doctrina de la curva de Quartz se equivoca cuando descubrimos que hay lectores que no sólo tienen la paciencia de devorar un artículo de más de 500 palabras; también reflexionan, lo enjuician y lo comparten.

Un buen ejemplo de ese Periodismo Ciudadano que se ha ido expandiendo a la sombra de las redes sociales y los nuevos medios -como colaboración, no como suplantación- tal vez sea este artículo. Un inesperado crowdfunding de ideas. La constatación de que también las buenas historias buscan su sitio.

Las cenas secretas de Federico

Magdalena Trillo | 15 de octubre de 2017 a las 11:04

Cuando hace un par de años salió a la luz el informe que la Jefatura Superior de Policía de Granada redactó en 1965 sobre la muerte de Lorca, el enfoque fue compartido: fue asesinado por “socialista y masón”. Dejando a un lado lo inaudito que supone leer que hay universitarios en Barcelona convencidos de que la Guerra Civil fue un conflicto “entre España y Cataluña”, basta recurrir al lenguaje popular, a la dicotomía de los ‘rojos’ y los ‘azules’, a la teoría de los “dos bandos”, para evidenciar lo abiertas que aún siguen las heridas y reconocer lo mucho que cuesta superar el simplismo y el oportunismo de la causa política.

Del mismo modo que deformamos los recuerdos, sometemos la historia a un continuo ejercicio de distorsión. Pero hay un elemento diferenciador: la intención. La memoria se desdibuja de forma inconsciente y con consecuencias inofensivas; es una respuesta a las limitaciones de la naturaleza humana, a algo tan frágil y traicionero como los recuerdos. El segundo caso, sin embargo, forma parte del juego manipulador de la ideología; de las tensiones del poder y del líquido conflicto que navega entre los sentimientos y las ideas.

Probablemente, si fuéramos capaces de ponernos en la piel del otro, siempre encontraríamos detrás una causa noble de justificación. Incluso una razón prosaica de lo que en cada momento entendemos como lógico y hasta correcto. Tan legítima como la nuestra. Pero inasumible desde la intransigencia de las trincheras.

En este espinoso marco, Federico García Lorca no puede ser más que un mito de la izquierda. Su nombre se ha erigido en símbolo de la represión franquista y su fusilamiento en un antídoto contra el olvido. Y es por ello que todos los meses de agosto, “Lorca somos todos”. Junto al monolito en el que ya sabemos que no está, reforzamos los trazos más adecuados y pertinentes de su retrato y obviamos otros. Innecesarios. Incómodos.

Sorprende que ninguno de sus biógrafos oficiales haya puesto en cuestión el exclusivo trasfondo político de su asesinato. Que, por ejemplo, se hayan pasado por alto las revelaciones que otro poeta, Gabriel Celaya, hace en sus memorias. ¿No era oportuno?

Estando en el exilio, en los años 60, el poeta vasco desveló una confidencia que le hizo el dramaturgo granadino que no debería pasar de anécdota, casi de travesura, si no estuviéramos hablando de Lorca: del mito del poeta universal, de la incomprensible tragedia de su asesinato y de la apropiación ideológica que se ha hecho de su vida, de su obra y de su muerte.

A raíz de una tensa reunión con el líder de la Falange en San Sebastián, Celaya escribe en Poesía y verdad que Federico le confesó que “todos los viernes” cenaba con Primo de Rivera. Cogían un taxi, bajaban las cortinillas -a ninguno de los dos le interesaba que les vieran- y hablaban… seguro que de literatura, de poesía, de la vida… seguro que no de la muerte, de la inminente guerra, de política…

Me cuenta un buen amigo, de una importante familia de esta ciudad cercana a quienes en la Granada cerrada del 36 movían los resortes del poder, que a Federico nunca se le perdonó su homosexualidad; tampoco su éxito. Puede que ni su alegría de vivir. Ni su “risa de arroz huracanado” que diría Neruda…

Me cuenta que su padre siempre cuestionó la causa-efecto del fusilamiento político; que las inquinas, los rencores y el provincianismo de aquellos años también contribuyó. Fue él quien me puso en la pista del libro de Celaya. No lo conocía. En la Facultad de Letras hay un solo ejemplar -no se puede consultar porque está “en encuadernación”- y no aparece citado en las decenas de publicaciones biográficas que se acumulan sobre el poeta.

Federico se lo contó a Celaya entre risas. José Antonio era “un buen chico”. Como lo era su “amigo” vasco José Manuel Aizpurua. No había nada detrás. Sencilla amistad. Inocencia. Bondad. Una “lección” de alguien que confiaba en que el “hombre es siempre humano”, de alguien que creía en la vida. Un pasaje “terrible” y “hermoso” a la vez por cuanto retrata al Federico que se situaba por encima de la ceguera del sectarismo y al lado de la verdad. En su vida y en su obra.

Y cuando llegue el legado de Lorca, ¿qué?

Magdalena Trillo | 10 de septiembre de 2017 a las 10:56

A una cuadra de las exclusivas torres de apartamentos que puntean el malecón uruguayo, en una de las zonas más cotizadas de Montevideo, se eleva un decadente edificio blanco que lleva una década aguardando el derribo. Es el hermano gemelo del Centro Lorca de Granada. Por lo que quiere ser y por lo que ya ha sido. Por lo que acumula de expectativas frustradas y tropiezos y por la incertidumbre que lo rodea. Es uno de los temas de conversación en los ambientes culturales del país de Mujica (aunque ahora gobierne Tabaré): si algún día se ejecutarán las obras prometidas y se llegará a inaugurar. En la web oficial de su Gobierno aún hoy se publicita el “Espacio Cultural García Lorca“: una propuesta “única en su género”; un centro “sin afán de lucro pero económicamente viable”. Periodo 2005-2010. Estado: en ejecución. Departamento responsable: Cultura. Monto: 350.000 euros.

 

El problema allí es muy sencillo. Al menos es solo uno: no hay dinero. Pese a la implicación de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo, el Banco de la República y hasta el Santander, se trata de una iniciativa impulsada por la propia gente del teatro -la idea es construir un gran espacio cultural con proyección internacional- que se mueve entre el compromiso de unos y la generosidad de otros. Hasta Paco de Lucía atravesó el Atlántico en 2013 para dar un concierto benéfico y contribuir a la financiación. Un año más tarde, el actor y futuro director del Centro, Ricardo Beiro, reconocía en una entrevista a un diario local -a su periódico El País, que tiene casi un siglo de historia y está en las antípodas del nuestro- que su gran objetivo era que, al menos, estuviera terminado en 2014… Tres años después nada se ha avanzado y advierten que, aunque se construya el edificio, no hay fondos ni para equipamientos ni para programación.

centro lorca3

Con diez mil kilómetros de distancia, la historia en torno a Federico se repite: contratiempos, dificultades y mala suerte. Como le ocurrió en vida y como le persigue tras su muerte. El hispanista Ian Gibson lo dice casi con resignación en el magnífico documental Lunas de Nueva York que estos meses recomienda Iberia a sus pasajeros. De la mano de poetas, estudiosos y artistas actuales, con la participación de su sobrina Laura García-Lorca y de expertos como Christopher Maurer, Antonio Muñoz Molina, Luis Antonio de Villena o el fallecido Alfonso Alcalá, se rememora el impacto que tuvo en el poeta la gran metrópoli americana, su estancia en la Universidad de Columbia y sus interminables veladas en los clubes de jazz de Harlem. Era el año de Poeta en Nueva York. Aquel 1929 de la Gran Depresión en el que el escritor granadino llegaría a ser testigo de suicidios desde los inhumanos rascacielos de Manhattan.

Gibson insiste en la necesidad de encontrar sus restos y se suma a la frustración generalizada que se ha instalado en torno al centro que debía reconciliar a Granada con su autor más universal. Las vicisitudes del Centro Lorca de Montevideo serían casi una anécdota si aquí, en su ciudad, no continuáramos agrandando la leyenda con capítulos de estafas e infortunios que rozan lo novelesco.

Hoy, viendo el enigmático rostro de Lorca entre sombras en el mítico Café Tortoni de Buenos Aires -aquel retrato que en 2008 llevó Martínez Caler siendo presidente de la Diputación para conmemorar el 75 aniversario de su viaje a Argentina-, recorriendo los lugares lorquianos que siguen siendo testigos hoy del deslumbramiento de Federico por Nueva York, Cuba o América Latina, resulta casi un desafío desprender al personaje de su destino. No si queremos entender al hombre; no si queremos penetrar en su obra.

Puede que la miopía granadina no nos permita darnos cuenta de lo relativo que probablemente acabe siendo el “escándalo” que estos meses rodea la puesta en marcha del centro y la llegada del legado. Siempre es una cuestión de perspectiva; de elección del punto de vista. Lo urgente, sin duda, es aclarar la gestión de los fondos públicos, resolver el expediente económico y exigir todas las responsabilidades que corresponda por el fraude que cometió el anterior secretario de la Fundación Lorca -Juan Tomás Martín- durante la construcción del centro. ¿Y después?

Las administraciones tienen el deber de garantizar el buen uso de los fondos públicos -sin atajos-, llegar a un acuerdo para resituar a la Fundación en el futuro Centro Lorca y agilizar al máximo la llegada del legado. Pero también fijar la hoja de ruta para el día siguiente. El Centro Lorca debe convertirse en el foco cultural de prestigio y proyección internacional que exige su figura y su creación literaria. Hacia fuera y hacia dentro. Con una programación de primer nivel que justifique toda la inversión que se ha realizado hasta ahora y con una actividad de puertas abiertas hacia la ciudad que lo acerque a todos los públicos; a su público. Tiene que haber un presupuesto suficiente para garantizar la conservación del legado y unos criterios claros y exigentes de gestión. Estás deberían ser las líneas rojas del Centro Lorca. Por encima de nombres y de fotos. De la negociación actual y de las que habrá que librar.

De hecho, por encima del ruido mediático, es la filosofía de trabajo que José Guirao está imponiendo desde que hace un año -con absoluta discreción- asumió el polémico puesto de secretario. Ahora hay sintonía entre todas las instituciones, un objetivo compartido y unos principios mínimos de lealtad. El expediente económico no está resuelto, pero se cerrará y será entonces cuando tengamos que preguntarnos si a alguien se le ocurrió pensar que detrás de las hojas había un bosque.

Escribir hoy del Centro Lorca, justo cuando el golpe de estado catalán incendia portadas y redes sociales en toda España, justo cuando Granada afronta un durísimo inicio de curso con la incertidumbre del Metro y el bloqueo del AVE, puede que no cumpla los preceptos clásicos de lo periodístico. No hay percha de actualidad: las negociaciones están en un momento de impasse a la espera que se reúna el Consorcio y oficialmente se dé respuesta a todo el material aportado por la Fundación.

Creo, sin embargo, que es justamente ese distanciamientos lo que necesita el tema lorquiano. La incorporación de Guirao como secretario supone, sin duda, un aval por su experiencia como gestor cultural, por su serenidad y por la solvencia de sus criterios. En el Ayuntamiento de Granada ya no hay amenazas para ir a los tribunales sino colaboración. Nueva etapa y nuevos interlocutores. Demos un margen de confianza. Para el día D en que ha de llegar el legado y para los de después.

¿Nos conformamos con la inercia?

Magdalena Trillo | 7 de febrero de 2016 a las 10:40

Me refiero para vivir. Respiramos por pura inercia pero nunca pensaríamos que la política, la economía, las infraestructuras, la convivencia y hasta los episodios más insustanciales de nuestra vida cotidiana puedan funcionar siguiendo los principios de la primera ley de Newton.

He tenido que desempolvar un momificado libro de Bachillerato para recordar con precisión qué significaba aquello de que los cuerpos se “resisten a cambiar su estado de reposo o de movimiento” si no se aplica una fuerza externa mayor a cero. Pero es muy simple: la inercia es una fuerza ficticia. Es el observador el que determina el movimiento. Recupere el didáctico ejemplo del frenazo del automóvil con nosotros dentro sintiendo cómo una fuerza nos acelera hacia adelante; ahora reconstruyamos la misma escena pero tomando como referencia la carretera y comprobando que nadie nos empuja, que nos movemos por pura inercia.

La percepción cambia radicalmente si estamos dentro o fuera del carrusel. Newton rebatió la idea aristotélica de que un cuerpo sólo puede mantenerse en movimiento si se le aplica una fuerza y, sin preverlo, anticipó el estado de cíclica pasividad, de desidia, que no deja despegar a la economía y que ha terminado adueñándose de la política. Lo alarmante en los dos casos es que todos los síntomas apuntan a una sola dirección: estamos atrapados sin puntos de referencia.

A vueltas con el espejismo de la recuperación; a vueltas con el espejismo de la normalidad del Gobierno en funciones y de tantos gobiernos en quebradiza minoría que acaban siendo rehenes de pactos tan interesados como inestables.

Piense en Granada y responda a una simple pregunta: ¿hemos hecho algo para cambiar el tejido productivo, para invertir la inercia del paro, para funcionar de otro modo? Las fuerzas que actúan son coyunturales, ajenas y sin control. El bajo precio del dinero -con una inédita tasa de euríbor en negativo-, la gasolina por los suelos y los viajeros, casi tan espléndidos en el gasto como antes de la crisis, pulverizando los récords empujados por la situación de conflicto de nuestros competidores directos del Mediterráneo. Pero luego llega la realidad: el fin de la campaña agrícola y navideña en la provincia acaba de expulsar a otros miles de trabajadores a las colas del paro y, en la casa municipal, las cuentas son tan desastrosas que hasta ‘amenazan’ con quitarnos los toldos del Corpus.

Parece una ocurrencia, provocadoramente medida, pero no es una simple anécdota. Nada ejemplificaría más el sueño interruptus de la recuperación que la vuelta de la tijera. Y nada simboliza más la inanición que una prórroga de presupuestos. No se puede construir ciudad sin hoja de ruta; no se puede avanzar si empleamos todas las fuerzas en conseguir que no se descarrile la creciente bola de daños colaterales y nos acabe arrastrando con un efecto dominó.

Criticamos hace unos meses a Rajoy por aprobar los PGE en el tiempo de descuento y hoy, pese a las limitaciones reales que conlleva un gobierno interino, casi tendríamos que verlo como un visionario por evitar que España esté (completamente) paralizada.

En la capital, el interventor ya ha dado la alarma de que no se está pagando a los proveedores en el plazo de 60 días que establece la ley, en las cuentas irreales de 2016 faltan 17 millones de euros y, si el Ayuntamiento quiere que Hacienda no termine reteniendo la parte correspondiente de los tributos estatales, la única salida es un nuevo plan de ajuste: conseguir más ingresos -lo fácil pero no negociable es aumentar la presión fiscal- o recortar gastos.

Puede que lleve razón Pepe Torres cuando confiesa, en privado, que en ninguno de sus mandatos anteriores ha estado más tranquilo que ahora. No puede tomar decisiones y la responsabilidad es de ‘otros’. Casi tendríamos que deducir que no hay gobierno. O que el gobierno está dedicado a otras cosas. Hablo de la guerra de poder. Porque no nos engañemos, no son sólo los sillones del Consejo de Ministros los que están en juego. De Madrid depende la cuenta corriente de centenares de cargos en toda España.

En el PP, la batalla va más allá de la recurrente disputa Pepe Torres-Sebastián Pérez -¿García Montero estaría ya situado para el relevo en la Plaza del Carmen y con la mirada puesta en la presidencia del partido?- y lo mismo ocurre en el PSOE con quienes ya se ven ocupando la silla de Teresa Jiménez en la Torre de la Pólvora.

Hay dos imágenes más que elocuentes: Luis Salvador advirtiendo que no deja su acta de concejal hasta que confirme que su puesto de diputado está garantizado -y no se esfumará con una nueva convocatoria electoral- y el presidente del PP compareciendo con la concejal Rocío Díaz para explicar por qué ella sí se dedicará al Congreso al cien por cien y él lo compagina todo -no es casualidad que encabece la lista al Senado que así lo permite-.

Si volvemos a Newton, Pedro Sánchez parece haberse convertido ya en el ejemplo nacional de la lucha contra la inercia sometido a dos fuerzas que se anulan: el veto de Podemos de no negociar si habla con Ciudadanos y el condicionante de Rivera para que sume al PP al posible acuerdo. No tengo la menor idea de cómo se puede alcanzar un pacto de gobierno así. Ni hoy ni dentro de dos semanas ni en un mes.

Confesaré que mi habitual optimismo no me da para vislumbrar un escenario diferente al de la repetición electoral a las puertas del verano. Y que conste que preferiría cualquier otra opción -incluso inestable- con tal de no soportar el bucle de otra campaña y acabar con un resultado tan o más ingobernable que el del 20-D.

tiovivo

Otra vez dentro del carrusel…

Desde que vi La novia me persigue la mareante imagen de los caballos del tiovivo. Se mezclan en un movimiento infinito con la trágica danza en torno a la hoguera de la noche de bodas. Vuelvo a Bodas de sangre y es Inma Cuesta quien se ha apoderado ya del drama de García Lorca. Veo a Almería desde lo alto de las estepas del Desierto de los Monegros y me asaltan las sombras de los paisajes lunares de la Capadocia turca. La adaptación cinematográfica del texto lorquiano da vértigo. Turba. Cuando escribo estas líneas aún no sé cuántos Goya reconocerán el trabajo de Paula Ortiz; lo merece.

A este lado de la gran pantalla, no puedo evitar vernos en el centro del tiovivo. Atrapados en un movimiento infinito sin punto de partida; sin punto de llegada. Me pregunto si, más tragedia que estar dentro, es la tragedia de no saberlo; la tragedia de no saber cómo hallar un punto de referencia que nos permita despertar. Luego pienso todo lo contrario. Tal vez la única salida sea no romper la inercia. Como en las paradojas de doble vínculo, como el texto lorquiano, puede que sólo podamos escapar convenciéndonos de que no hay escapatoria.

Federico

Magdalena Trillo | 17 de agosto de 2014 a las 10:53

Me pregunto si Federico volvería a escribir hoy que “en Granada se agita la peor burguesía de España”. Me pregunto qué pensaría de que esta noche se le rinda homenaje junto a un monolito bajo el que ya sabemos que no reposan sus restos y que ha terminado siendo más símbolo de la polémica que de la reconciliación. Me pregunto qué sentiría viendo cómo se instrumentaliza su nombre, sus ideas y su obra.

Su familia nunca ha querido conmemorar su muerte; no había nada que celebrar. Para la Granada ‘oficial’ siempre se ha visto como un “deber” hacia el poeta y hacia las miles de víctimas que fueron fusiladas en los barrancos de Víznar y Alfacar; un ‘deber’ por no olvidar lo que jamás debió ocurrir y lo que, de forma inexorable, forma parte ya de nuestra historia reciente. Si dejamos a un lado lo mucho que podríamos debatir sobre el sentido mismo de los homenajes, su excesiva proliferación y su reprochable utilización partidista, seguro que tanto la izquierda como la derecha podrían asumir un planteamiento inicial en la causa lorquiana por recordar y ‘hacer justicia’. El problema llega con el cómo y con el quién, cuando interfiere la política y somos incapaces de hacer concesiones.

A los dos lados… Cuando la izquierda gobernaba en la Diputación no había conflicto. Se convocaba el acto ‘oficial’, los políticos iban en sus coches oficiales, se hacían la foto y no pasaba nada. Desde hace cuatro años, con la llegada del PP a la institución provincial, han vuelto las tensiones. La primera vez porque era el 75 aniversario y la anterior corporación no había organizado nada; el verano pasado porque un grupo de republicanos acudió con banderas y la Guardia Civil les impidió la entrada; este año, porque una asociación cultural ha contraprogramado para denunciar la “manipulación” de la figura de Lorca y recordar que también es “símbolo de la represión franquista”; que se asesinó a un poeta, a un artista, pero también a un intelectual con ideas progresistas y republicanas.

La tesis del actual Partido Popular de Granada es defender al escritor, difundir su obra, pero con acciones despojadas de ideologías y apartadas del pasado. Lo dejó bien claro Sebastián Pérez nada más asumir la presidencia de la Diputación con aquel contundente “nos hemos cargado el mito de la izquierda y Lorca” y se ha mantenido estos años con ese “Federico vive” que inspira el programa cultural -incluida la recuperación de La Barraca-.

Desde la izquierda nunca se ha entendido esta repentina “devoción lorquiana“, que tildan de “oportunista” y “electoralista”, y se ha criticado que el PP quiera “apoderarse” ahora de García Lorca no como un reconocimiento a la persona y al creador sino para “desmontar” uno de los grandes iconos del PSOE.

Los dos posicionamientos de ‘razones’ cerradas y absolutas se vienen abajo cuando se contraponen. Tanto como la supuesta indignación del colectivo que ahora rechaza el acto oficial. ¿Cuando iban los socialistas no había coches oficiales? ¿Dónde estaban ellos?

La política debería ser la solución y sigue siendo el problema. Será legítimo, pero es descorazonador. La primera maqueta que se hizo en Granada para rendir tributo a Lorca es de López Burgos. Sí, el escultor de la polémica estatua a Primo de Rivera de Bibataubín. La prensa de la época contó en su día que era “uno de sus mayores deseos”; el régimen lo impidió; su hija aún conserva la obra…

La escultura de una niña preside ya la céntrica plaza. La retirada del monolito ha costado una ácida campaña de desprestigio hacia el escultor, páginas y páginas de enfrentamientos, el levantamiento de los colectivos de Memoria Histórica y una orden taxativa del TSJA. ¿No nos lo podríamos haber ahorrado si el PP no se hubiera obcecado en defender su valor artístico como resquicio para saltarse la ley? Voy más atrás. ¿Hubiera habido polémica si al inicio de la democracia se hubiera quitado ese infame “Granada a José Antonio”?

A finales de mes, el guitarrista cordobés Paco Peña presenta en el Festival de Edimburgo el estreno mundial de Patria, una obra inspirada en versos de Lorca que explora el impacto de la Guerra Civil. En Madrid, la nueva temporada del Teatro Real incluye la primera versión en ópera de El público, un encargo a Mauricio Sotelo que dirigirá Heras-Casado y que se presenta como un grito de desafío contra la hipocresía burguesa y un alegato a favor de la libertad amorosa y artística.

Me entristece pasear por La Romanilla y seguir viendo telarañas en el Centro Lorca. Hace once años que se anunció el regreso de su legado y hace siete que debería estar abierto con actos del nivel de Edimburgo, Madrid o Nueva York. Aquí no debería haber espacio para las dudas. Siempre fue un “deseo” de su familia y era, y sigue siendo, un “deber” de Granada, de todos, con Federico.

Cultura, en misa y repicando

Magdalena Trillo | 12 de abril de 2009 a las 10:43

PEDRO Benzal se ha propuesto ser el ‘guardián’ de la cultura y el patrimonio de Granada a golpe de sanciones y advertencias. Lo primero lo aplica al Ayuntamiento por “dejación de funciones” y lo explica (habrá que ver si lo justifica) la política; lo segundo va dirigido a las cofradías en un incomprensible intento de evitar que procesionen tallas originales y sólo produce perplejidad.

¿Se plantea eliminar el valor artístico e histórico de la Semana Santa granadina? ¿De la andaluza? ¿Recorrer las calles con esculturas de plástico sobre estructuras de ruedas? Seamos claros: si la defensa de una dudosa “seña de identidad” como los chiringuitos ha abierto un debate nacional, un mínimo intento de ‘tocar’ el mundo cofrade sería capaz de ‘enterrar’ (políticamente) a cualquiera… Sin olvidar que la Semana Santa (más la turística que la religiosa) interesa a todos; más aún cuando los negocios flaquean con la crisis…

Alegaba Cultura que los Cristos del Perdón y del Silencio (de Siloé y Mora) se habían restaurado hacía poco (a iniciativa de las cofradías) y se guardaba el derecho de enviar inspectores para comprobar su estado (¿insinuaba entonces que las hermandades no cuidan su patrimonio?).

Aun entendiendo tales ‘amenazas’ como un exceso de celo de la Delegación, resulta extraño que las precauciones se apliquen unas tallas y se ‘olviden’ las decenas de esculturas históricas que procesionan todos los años en Granada y Andalucía (Benlliure, Martínez Montañés, Juan de Mesa…) con todas las garantías por parte de las hermandades (ayer mismo se suspendió la salida del Silencio en la Passio por elriesgo de lluvia).

Por otro lado, si extendemos el asunto al debate réplica-original, bastaría con recordar la intensa polémica que se suscitó en la ciudad sobre la Fuente de los Leones. ¿El final? Que pronto volverán a lucir las piezas originales…

Puestos a preservar el patrimonio, no estaría de más que Cultura interviniera para que la iglesia de San Juan de los Reyes estuviera abierta al público; más aún después de la inversión millonaria que realizó la Junta en su reforma (con premio Europa Nostra incluido). Y tampoco estaría mal que alguien nos explicara por qué el edificio de La Curia se recuperó con dinero público y es ‘territorio’ del Arzobispado.

Lo de la Abadía del Sacromonte sería para escribir un libro. Ni se restaura el monasterio ni se facilita el acceso a uno de los legados eclesiásticos más impresionantes de nuestra historia. Llevo años oyendo hablar de un plan director que nadie ha visto. Dice el abad que pronto habrá noticias. Que aún no puede hablar, pero que habrá novedades… Bien, esperemos.

¿Decíamos preservar? También Cultura podría mediar para que el legado Guerrero permanezca en Granada. Si, como alega la Diputación, todo ha sido un “malentendido”, se agradecería cierta mediación, ahora sí, por el bien de todos. En otros tiempos, cuando la institución provincial planteó la cesión del monasterio de San Juan de Dios a la orden, la Junta estuvo dispuesta a pelear. Pero entonces hubo ‘cadáveres’ en el camino…

No dejo de acordarme de la maleta de piel de cerdo en que los padres de Lorca sacaron el legado del poeta. Releo las memorias de Fernández Montesinos y procuro convencerme de que todo aquello ocurrió porque eran otros tiempos… O no.

La brecha de Víznar tal vez no quepa en una maleta, pero nadie nos asegura que no termine envuelta en piel de cerdo camino a Madrid. Mientras, unos y otros podemos seguir mirando hacia otro lado. El Reina Sofía lo agradecerá.