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Los ‘stilettos’

Magdalena Trillo | 5 de septiembre de 2017 a las 10:30

Hace veinte años, los stilettos de Lady Di no eran noticia. Ni los poderosos tabloides británicos se atrevieron a sobrepasar la línea del buen gusto poniendo el foco, por ejemplo, en la chocante imagen de una Madre de Calcuta con sandalias y calcetines junto a una correctísima dama de Gales de blanco angelical. Sí importaba si la princesa estaba triste, su desdicha matrimonial y sus romances.

Antes, el impacto de las equivocaciones se medía, y las campañas de acoso y derribo, también; hoy somos todos jueces y paparazzi y decidimos lo importante y lo anecdótico a golpe de clic.

Lo fácil ahora con Melania Trump y su elección de taconazos para visitar la zonas afectadas por el huracán Harvey sería sumarnos a la campaña inquisidora de las redes sociales -mira qué zapatos lleva y sabrás quién es- o tirar del argumentario feminista para contrarrestar las críticas por su “frivolidad” alegando que todo se exagera porque es mujer… Las dos opciones nos libran de la lectura más dura de esta falsa polémica: nuestra hipocresía como sociedad. ¿Preferimos la fotografía preparada de las zapatillas de marca, la camisa blanca y el pelo recogido a la de una ex modelo con stilettos y gafas de aviador a lo Top gun?

Los norteamericanos fueron a votar y eligieron lo que quisieron; con o sin fake news. La era de la posverdad no es menos peligrosa que la era del postureo y la apariencia. Lady Di fue un palmo más baja que el príncipe Carlos porque así lo quiso la familia real británica. Sólo medía un pulgada menos pero ha quedado retratada para la historia sometida, por debajo del eterno aspirante al trono de Buckingham Palace. Los actuales inquilinos de la Casa Blanca son ricos, poderosos y ajenos a las miserias de la gente. Está por ver si tan maquiavélicos como en House of cards, pero no deberíamos sorprendernos de que vivan bien y jueguen al golf.

El trucaje de fotos para que Lady Di siempre apareciera por debajo de Carlos es machismo, sin paliativos; la polémica de los stilettos forma parte de la sociedad espectáculo en que participamos todos. Con la cuarta pantalla, hemos dinamitado las reglas del juego de lo público y lo privado; de lo relevante y lo insignificante. Se ha quebrado el pacto de confianza entre gobernantes y gobernados -unamos a la corrupción la ausencia de liderazgo y la mediocridad- y entre informantes e informados -da igual si llegamos al quiosco como prensa seria o en papel couché-. Ahora nos armamos con un smartphone y nos subimos al escenario desde una cómoda butaca. Melania es Melania con y sin tacones; ¿es mejor con unos tenis pijos?

De Ana Orantes a Juana Rivas

Magdalena Trillo | 30 de julio de 2017 a las 10:30

Cuando Ana Orantes fue asesinada por su marido, la violencia de género no era un problema para la sociedad española. José Parejo la roció con gasolina y la quemó viva a las puertas de su casa. Ana había tenido la osadía de contar en un plató de televisión que llevaba cuarenta años sufriendo malos tratos en silencio. Trece días después, la mató a las puertas de su casa. Fue un 17 de diciembre. En el pequeño municipio de Cúllar Vega. Hace justo veinte años. Aquel día, España despertó del machismo.

Ana Orantes no fue la primera mujer maltratada pero sí la que puso rostro a la violencia de género. La hizo visible y nos obligó a cambiar. A los medios de comunicación, a las instituciones públicas, a las fuerzas de seguridad y a toda la sociedad. En la esfera pública y en la privada; en las ciudades y en los pueblos. Su caso se convertiría en la primera piedra de un complejo camino que desembocó en la Ley Integral Contra la Violencia de Género que el Gobierno de Zapatero aprobó en 2004. Por unanimidad.

Un acuerdo “histórico” como esta semana, trece años después, ha sido el Pacto de Estado con que los nuevos grupos políticos han sacado adelante el primer gran acuerdo de la Legislatura. Y ello pese al inesperado desmarque de última hora de Unidos Podemos evidenciando una absoluta falta de altura política; porque son legítimas sus mayores exigencias y sus dudas sobre la efectividad con que se aplicarán las 266 medidas del plan pero más necesaria aún era la unidad. El simbolismo de la firmeza democrática contra el machismo.

Esta misma semana, Túnez ha aprobado una ley histórica contra la violencia de género que toma de referencia la de Zapatero. En su caso, el punto de partida es más grave aún. Supone un paso trascendental por los derechos de la mujer: los tunecinos ya no podrán violar a una menor y evitar la cárcel casándose con la víctima; el acoso sexual, incluido el verbal, se tipifica y castiga como delito; se podrá denunciar la explotación de niñas en el servicio doméstico; se proclama, por primera vez, que los “ciudadanos y las ciudadanas” son “iguales”.

Tenemos experiencia para saber que las leyes no son suficientes. Por muy progresistas, garantistas y punitivas que sean. Pero son el esqueleto de base que nos pueden permitir avanzar. En la calle, en los colegios y en nuestras casas. El actual Pacto de Estado por la Violencia de Género parte con déficits y con mucha incertidumbre sobre su efectividad pero sería irresponsable quedarse en lo mejorable y no reconocer el salto cualitativo que se produce con un plan transversal que implica a todos los agentes -y en todos los niveles de gestión- y que pone sobre la mesa 1.000 millones para su aplicación en cinco años.

Un plan que cambia, por fin, la consideración de las víctimas -se podrá acreditar la violencia machista aun sin denuncia judicial y prevé que los servicios sociales y sanitarios puedan activar el proceso de protección-, que incluirá asignaturas evaluables y formación especializada a nivel universitario, que reforzará la educación en igualdad en las escuelas, que ayudará a las mujeres maltratadas sin recursos con seis meses de paro, que perseguirá las calumnias en las redes sociales, que pondrá en marcha campañas de concienciación y sensibilización… Más prevención, más formación, más coordinación.

En una entrevista que publicamos hoy, Miguel Lorente, el director de la Unidad de Igualdad de la UGR y uno de los expertos que han trabajado en los últimos seis meses para el desarrollo del Pacto de Estado, advierte que llega “tarde, a la fuerza y desenfocado”. Ciertamente, basta recordar las 600.000 agresiones y las 60 mujeres que son asesinadas de media en España cada año para compartir sus palabras y reconocer que son las trágicas cifras, el año negro que estamos viviendo en 2017, lo que ha constituido el desencadenante del pacto.

Lleva razón también cuando lamenta que nos quedemos en el lado visible del problema, los asesinatos, y no ataje de lleno las causas: el machismo. La normalidad con que todavía toleramos a los maltratadores y hasta los justificamos. Con que minimizamos ciertas conductas. Con que seguimos perpetuando la sociedad patriarcal que constituye el caldo de cultivo de la dominación masculina y la violencia contra las mujeres. ¿Recuerdan su libro Mi marido me pega lo normal?

Pero no son sólo las cifras. De Ana Orantes a Juana Rivas. La madre de Maracena que ha huido con sus hijos para evitar entregarlos a su expareja, un padre condenado por maltrato, está poniendo rostro a la nueva etapa de lucha contra la violencia machista que se está abriendo en la sociedad española sacando a la luz todas las sombras de desprotección, lagunas judiciales y circunstancias “excepcionales” que necesitan una respuesta. Por primera vez se pone un foco en los menores y en la tibieza con que hasta ahora se ha abordado un tema tan sensible como es la custodia de los hijos.

Porque partimos, como recuerda Lorente, de que “un marido maltratador no tiene por qué ser un mal padre”; pero un maltratador siempre es un mal padre. Y un “riesgo” que debería ser tenido en cuenta como un factor determinante para evitar el contacto. Lo vemos, con demasiada frecuencia, en los casos en que los menores son utilizados para hacer daño a la madre, como rehenes de la violencia machista y como víctimas en última instancia de los homicidios.

Son, además, un mal ejemplo. Peligroso. Perpetuador de la violencia. En 2005, Jesús Parejo, uno de los ocho hijos de Ana Orantes, fue detenido en Santa Fe por malos tratos a su pareja. La joven, que tuvo que ser atendida por contusiones en la cabeza y un fuerte dolor en el brazo, confesó a la Guardia Civil que era la tercera vez que le pegaba.

Ese día, una de las hermanas del agresor pidió a la Justicia que actuara con contundencia, que fuera “a la cárcel si tenía que ir” y se ofreció incluso a ayudar a la familia de la víctima. Raquel, que se quitó el apellido de José Parejo cuando asesinó a su madre, recordó que su hermano Jesús también sufrió los malos tratos, que se marchó a los 13 años de casa huyendo de los golpes que su padre le daba a toda la familia… “Quizás fue el ambiente que vivió de niño el que le ha empujado a hacer esto”, dijo entonces.

La presión social, la movilización ciudadana que se ha producido estos días en Granada para apoyar a Juana Rivas, no es una simple corriente de empatía ni inconsciencia. Y no se trata de saltarse la ley. El #YoSoyJuana que vuela en las redes sociales sumando muestras de solidaridad es una llamada de atención sobre el nuevo tiempo en la lucha contra el machismo que tenemos la obligación de abrir.

Porque ni la burocracia ni las zonas grises de la normativa pueden anteponerse a que las leyes sean justas, que se apliquen con sentido común, incluso con humanidad, y que se tengan en cuenta todas las circunstancias.

Porque tan urgente como atajar la violencia de género es actuar con todas las medidas, campañas y cambios legislativos que sean necesarios para acabar con el lado menos visible. Con el machismo.

Sí, hoy #TodosSomosAna. Hoy, #JuanaEstáEnMiCasa. #TodosSomosJuana.

La tentación del chamán

Magdalena Trillo | 16 de julio de 2017 a las 10:30

Para la chica de Nepal que murió hace una semana no fue ninguna metáfora. Le mordió una serpiente cuando estaba aislada en una cabaña -porque tenía la regla, porque era impura- y sus padres llamaron al chamán. Sobrevivió siete horas. Ni el curandero ni los médicos pudieron salvarla; el hospital al que al final la llevaron tampoco disponía del antídoto. Tenía 18 años. Vivía en una zona rural donde casi la mitad de la población sigue el chaupadi, una costumbre ligada al hinduismo que recluye a las mujeres durante la menstruación y después de dar a luz. Las echan de sus propias casas. No pueden tocar alimentos, animales ni a otras personas.

En Andalucía no llegamos al extremo inhumano del chaupadi pero no somos ajenos a la superstición, a esas creencias que se asientan como verdades intocables del saber popular y que protegemos de generación en generación. Cualquiera que haya ido a una matanza sabrá que “se echa a perder” si entre las mujeres que hacen las morcillas y el chorizo hay alguna que tenga la regla. Si no se acercan; mejor. Y está más que comprobado que el periodo es la principal explicación de por qué se corta la mayonesa…

La llegada del verano no es sólo sinónimo de incendios y de olas de calor; la fiebre por las dietas y las locuras alimenticias compiten con exóticos tratamientos estéticos (entre pepinos y tomates anda el juego), peligrosas pócimas para acelerar el bronceado (¿conocen el truco del aceite y el vinagre? y castigos deportivos infernales con resultados más que engañosos. Lo realmente preocupante es la pátina de sofisticación con que caemos en las trampas de las modas y el ingente desembolso de dinero que nos cuestan los nuevos chamanes. Los que se esconden entre palabras pseudocientíficas y se envuelven en la últimas tecnologías. Es, por supuesto, un negocio. Y no basta agradecer los servicios con la ‘voluntad’.

¿Siempre pensó que era malo tomar mucho café? Pues resulta que no. Ya tenemos un estudio científico que lo demuestra: tres tazas al día reducen el riesgo de mortalidad prematura un 8% en las mujeres y un 18% en hombres. En su día ya conseguimos que nos dijeran que tomar chocolate (negro) es bueno y no engorda (tiene efecto euforizante, combate la depresión y la fatiga, estimula la actividad cerebral y ayuda a frenar el envejecimiento celular), que una copita de vino tinto (con moderación) tiene beneficios cardiovasculares y cognitivos y hasta la cerveza tiene ya su propio corpus científico avalando su consumo (responsable). Por el alto contenido en flavonoides y antioxidantes de la cebada, porque disminuye el estrés, porque ayuda a dormir, porque mejora la digestión y la memoria… Y, ¡claro!, porque está buena y refresca. Porque, con los 45,5 grados que hemos rebasado esta semana en Granada alcanzando la temperatura más alta del país, son pocas las motivaciones emocionales y médicas a las que hay que recurrir para refugiarse en una cerveza bien fría.

No voy a poner en cuestión el rigor de los estudios nutricionales; al contrario, estoy convencida de que es positivo que desde la ciencia se avance desmontando mitos y supersticiones. Sin excepción. Pero siempre me ha resultado extremadamente sospechoso que nos centremos en hacer investigaciones de lo que nos interesa, de lo que nos gusta. ¿No creen que si nos ponemos a demostrar que el café, el chocolate o el vino son malos para la salud encontraríamos mil y una razones? Pero eso no vende. Ni en el sentido estricto del negocio ni en el sentido popular. Podríamos encontrar más de un motivo para desprestigiar al chamán pero eso nos produciría un conflicto y una renuncia; empequeñecería el margen de las expectativas, de la incertidumbre y hasta de la esperanza. Creemos en lo que queremos. Es la tentación de chamán; la prudencia de no pasar por debajo de una escalera; la ilusión de hallar una moneda y guardarla en el zapato.

No pensemos que son cosas de analfabetos, de pueblos y de costumbres. Miren a los catalanes en su huida independentista, a los ingleses con su Brexit, a la Venezuela de Maduro, a los Estados Unidos de Trump… ¿No ven detrás al chamán?

Nosotras

Magdalena Trillo | 5 de marzo de 2017 a las 12:22

No es (sólo) un problema jurídico, de coordinación y de protección. No es (sólo) un problema de falta de recursos. No es (sólo) un problema de las fuerzas de seguridad y de las instituciones. La simiente del machismo, de los 60 asesinatos por violencia de género que cada año se registran en España, está en nuestras casas; en nuestros colegios; en nuestros barrios. Que 2017 haya roto todas las estadísticas con el arranque del año más trágico de la serie histórica no es sólo una escalofriante llamada de alerta sobre el problema más grave que en estos momentos tenemos las mujeres; también lo es sobre la urgencia de revisar los fallos y las lagunas que se han quedado en el camino de la lucha por la igualdad.

El muro al que nos enfrentamos es el de las muertes machistas, pero los pilares se asientan en los márgenes. El estudio sobre violencia sexual que esta semana se ha presentado en Granada nos ha alarmado por la gravedad de las conclusiones tanto como nos ha estremecido e inquietado por lo que se relata entre líneas. El día a día de chicas adolescentes que viven con normalidad, con naturalidad, ser controladas y dominadas por sus parejas. Cómo la frontera entre el amor y el maltrato se desdibuja con la misma facilidad con que los celos, las drogas o el alcohol sirven de excusa para la agresión. Psicológica, física, verbal. Cómo dejamos, incluso, que se cuele el ADN en la incontrolable ecuación que va del sometimiento a la sumisión consentida.

Intentando hacer un ejercicio de prudencia, queriendo redimensionar la crudeza de los resultados, nos preguntábamos esta semana en el periódico hasta qué punto son extrapolables los testimonios del millar de adolescentes de institutos de la capital que han participado en el estudio . La conclusión fue más descorazonadora aún: en una sala de reuniones con cinco mujeres, cuatro teníamos experiencias similares. Nunca lo habíamos denunciado ni le dimos demasiada importancia. Tocamientos, insultos, presiones, acoso… No habíamos sido agredidas físicamente ni violadas y el resto de situaciones y comportamientos que forman parte de lo que hoy se entiende como “violencia sexual” también se quedaban en nuestro caso en los márgenes. Y en el silencio. Incluso en la vergüenza de sentirte culpable. Corresponsable.

Hoy publicamos un resumen del intenso debate que el viernes organizamos en Granada Hoy con un grupo de mujeres con puestos destacados. Aparcamos por un momento las cifras terribles de los asesinatos machistas y, con una inesperada complicidad, tal vez consiguiéramos bucear en esos escurridizos márgenes de la igualdad poniendo sobre la mesa un puñado de realidades, reflexiones y experiencias tan controvertidas y políticamente incorrectas como absolutamente necesarias en una conversación sincera de mujeres sobre mujeres.

techo cristal

En el horizonte está el Día de la Mujer que desde hace medio siglo se celebra cada 8 de marzo a nivel internacional pero también esos diez años que a final de mes se cumplen de la ley con que España se tomó en serio intentar “hacer efectiva” la igualdad que consagra nuestra Constitución.

Por momentos tuvimos que repensar si alguna vez nos habíamos sentido discriminadas -¿de verdad podemos arrebatar a los hombres sus espacios de poder compitiendo de igual a igual?- y cuestionarnos, incluso, si las políticas de conciliación no están provocando un “efecto rebote” y corremos el riesgo de que nos vuelvan a encerrar en la casa… ¿Estaríamos contribuyendo nosotras con nuestra hiperresponsabilidad y nuestros implacables niveles de exigencia?

La Consejería de Igualdad entrega mañana los Premios Meridiana y, en su ya vigésima edición, será un momento excepcional para situar el foco en lo mucho que hemos avanzado si pensamos en nuestras madres y nuestras abuelas y en lo mucho que nos queda por recorrer si pensamos en nuestras hijas. Incluso girando la mirada hacia nosotras mismas, tal vez el mayor desafío no sea muy diferente al de las adolescentes granadinas: no confundirnos y distinguir las trampas de las conquistas. Ser capaces de reorientar el foco a lo aparentemente insignificante. A lo cotidiano. A lo silenciado. A a lo invisible.

Inconscientemente cómplices

Magdalena Trillo | 29 de noviembre de 2015 a las 11:41

Mentira número 1: hay muchas denuncias falsas por violencia machista. ¡Muchísimas! Mentira número 2: cuando una mujer agrede a un hombre, nadie dice nada. Nadie los defiende; nadie se alarma.

En realidad no son mentiras. Son opiniones. Convicciones. Cerradas verdades para quien así lo cree. Que una universitaria de 18 años tome la palabra en clase para lanzar tales denuncias debería alertarnos. Más aún si son demasiados los compañeros que asienten y pocos los que lo rebaten. Más aún si en la antesala de un 25-N, del Día Internacional contra la Violencia de Género, lo que como sociedad sabemos es que el machismo sigue infiltrado en nuestro ADN, que ni las campañas de sensibilización, ni la especialización de las fuerzas de seguridad, ni las iniciativas legislativas, ni la acción judicial han sido suficientes para atajar la violencia y que, lejos de frenar uno de los problemas más vergonzosos que tenemos como país, estamos asistiendo a una corriente de rebote, ideológica y traicionera, que se infiltra y se extiende escondida en peligrosos palabros que revestimos de modernidad cuando nos retrotraen a lo más oscuro de nuestro pasado. Más aún si en nuestro vocabulario se han colado palabras de odio y regresión como “feminazi” y “mangina” (calzonazos) con absoluta normalidad.

En un gélido mes de diciembre, hace ya casi dos décadas, José Parejo apaleó y quemó viva con gasolina a su mujer porque contó en un programa de televisión que la maltrataba: “Nunca he sido nada para él, ni me ha querido. Sólo me ha dado palizas y sinsabores (…) Ahora llegan las navidades y no tengo ilusión por la vida. Estoy como enterrada en vida, y sólo quiero llorar. Yo le pregunto al Señor por qué he tenido que dar con este hombre…”

Lo vio media Andalucía. La granadina Ana Orantes, de Cúllar Vega, certificó su condición de víctima cuando se atrevió a denunciar en Canal Sur lo que tenía que “aguantar en casa” porque tenía once hijos y no tenía independencia económica para poderlo abandonar… A partir de este caso, la lucha contra la violencia de género se convirtió en una cuestión de Estado; en una cuestión social. Los medios dejamos de informar de los asesinatos de mujeres como si fueran un crimen pasional, desterramos el sensacionalismo y la banalidad de las crónicas y empezamos a entender que era inadmisible entrar en el juego de la justificación del agresor. ¿Era “buena gente” pero se le fue la cabeza porque se puso celoso?

En España hay más de 700.000 mujeres que sufren cada año violencia de género y más de 900.000 niños que son testigos de las vejaciones, los insultos y los golpes. En los últimos doce años, 814 mujeres han sido asesinadas por sus parejas. Las cifras que dibujan la violencia machista son necesarias, pero más lo son las historias, los rostros y los nombres que, por ejemplo, esta semana hemos colocado en Granada debajo de decenas de zapatos rojos manchados de sangre a modo de denuncia social y más lo es el ruido con que hemos decidido despertarnos del rutinario minuto de silencio con que despedimos protocolariamente a las víctimas.

El Yo no soy cómplice con que las instituciones han querido extender este año la implicación en la lucha contra la violencia machista a toda la sociedad era necesario. Pero no sólo ellas tienen que quitarse la venda de los ojos para denunciar y evitar su desprecio, sus insultos, sus golpes, su control; no sólo ellos tienen que quitarse la venda de los ojos para “tomar partido” y “actuar”. El machismo no se combate con medias verdades, no se ataja con hipocresía y no se contrarresta con una complicidad entendida, ahora sí, en el sentido más negativo y egoísta de la falsa camaradería.

Porque las cifras y las palabras son importantes, pero más lo son los símbolos en tanto que hablan de lo que sabemos y de lo que ocultamos; de realidades y del subconsciente.

Me explico. Para desmontar la primera mentira con que iniciamos el artículo basta con recurrir a las memorias de la Fiscalía General del Estado: las denuncias falsas representan un 0,010%. Esta lectura, sin embargo, no debería quedarse aquí. Somos cómplices del problema, no de la salida, si no reconocemos que ese 0,01 no debería existir. No deberíamos consentir ni una sola denuncia falsa; no debemos amparar ni proteger a ni una sola mujer que convierta un legítimo movimiento de solidaridad en un deleznable camino para aprovecharse de su pareja. Si no lo decimos así de claro también nosotras, las mujeres. Es una excepción pero esta ahí y también hay que combatirla.

Para refutar la segunda mentira no tenemos más que acudir a los periódicos de hace unos días: una mujer mató a su marido con un martillo y después de ahorcó en el Pumarejo. Diario de Sevilla lo publicó con la misma amplitud y contundencia que cualquier otro crimen machista. La agresora le asestó 159 puñaladas con un cuchillo de cocina de grandes dimensiones. Paradójicamente ocurrió justo en la antesala del 25-N mientras en medio país se preparaban actos y marchas de denuncia contra ellos y, como podrán imaginar, por él no ha habido ni un solo homenaje ni un solo minuto de silencio…

Me pregunto por qué. Es un caso aislado, otra excepción, pero fue una muerte la que hace 18 años nos hizo ver la vergüenza de la violencia machista y (sólo) una muerte debería hacernos pensar si no tenemos que quitarnos también la venda del falso corporativismo para de verdad luchar por una sociedad sin discriminación y sin violencia. Me niego a frivolizar consintiendo que una palabra tan cargada de ideología como “feminazi” se deslice sin consecuencias en las conversaciones cotidianas y las redes sociales pero poco avanzamos como sociedad si no nos quitamos la venda de la hipocresía.

Desde la neurociencia lo tienen más que constatado: pensamos que somos seres racionales pero somos tremendamente emocionales. Un 20% cabeza; un 80% corazón. Por eso triunfan las marcas y los lemas… Por eso es tan distinto lo que decimos de lo que de verdad opinamos… Incluso, de lo que creemos que opinamos.

“Yo no soy cómplice”. Gritémoslo. No lo seamos. Pero tampoco seamos inconscientemente cómplices.

El efecto burbuja

Magdalena Trillo | 27 de septiembre de 2015 a las 10:14

Las mujeres somos histéricas por naturaleza. La mujer es pasión, es emoción, es sentimiento. La mujer no es reflexión, no es espíritu crítico, no es ponderación, no es sensatez… Una mujer no puede entrar en un gobierno porque habría una crisis todos los meses… El lugar propio de la mujer es el hogar y es desgraciada la sociedad en la que no se conforme con ser esposa y madre… No podrá ser fundamento de privilegio el nacimiento, la clase social, las ideas políticas y las creencias religiosas; se reconoce, (sólo) “en principio”, la igualdad de los dos sexos…

El 1 de septiembre de 1931 dos mujeres pisan por primera vez las Cortes en España. Son Clara Campoamor y Victoria Kent. El 14 de abril de ese año se había proclamado la Segunda República y con ella la posibilidad de ser elegibles. Pero no votar. La película que hace unos días estrenó TVE, con una interpretación magistral de Elvira Mínguez, muestra la batalla de la feminista madrileña por conseguir el sufragio femenino pero va mucho más allá.

La cadena de prejuicios y despropósitos con que arranca el artículo no son chistes de bar; lo defendió con solemnidad todo un diputado electo en la Cámara Baja ante el encendido aplauso de una mayoría y la perplejidad de unos pocos. En las tertulias del histórico Ateneo, su tono rayaría el insulto y lo soez: las mujeres que trabajan están enfermas; tienen facciones varoniles, poco pecho y demasiado vello (facial).

clara

Quien lo argumenta no es un indocumentado. Es el médico gallego Roberto Nóvoa Santos, uno de los especialistas de mayor prestigio en esos años y un destacado referente del antifeminismo “con base biológica” que entonces dominaba entre importantes sectores de la comunidad científica e intelectual española. Un machismo socialmente compartido que tenía un reflejo directo en el ordenamiento jurídico. El Código Civil, por ejemplo, lo consagraba abiertamente: la mujer debe obedecer al marido; hasta tenía que pedirle una carta certificada si quería trabajar. Sumisión para todo. Con la excepción de hacer testamento, para casi todo.

En el debate en el Congreso por el voto femenino se defendió que el hombre está capacitado para ejercer su derecho a los 23 años mientras que la mujer debía esperar a los 45. En un tribunal ordinario, a un señorito de 59 años se le eximió de asumir la paternidad del hijo que había tenido con la sirvienta porque, “como todos bien sabemos”, un hombre a esa edad no puede procrear. ¿Biología? Victoria Kent acabará posicionándose en contra del sufragio femenino por miedo. Ocho de cada diez mujeres eran analfabetas. Demasiadas irían a votar lo que le dijeran los curas en los confesionarios… El riesgo era para la República.

Ilusiones y miedos. Hace ochenta años y hoy. En la película, Antonio de la Torre interpreta a ese periodista entre honesto y canalla que acaba asumiendo la realidad: no se puede ser imparcial. Si se cree en algo hay que defenderlo y comprometerse.

Clara Campoamor logró su victoria pero con un alto precio. Perdió su escaño y acabó muriendo en el exilio sin haber conseguido regresar a España. Las esperanzas de emancipación depositadas en la República también quedaron por el camino -la República en sí misma se dinamitó- y, hoy, a muchas mujeres les sigue “sonando bien”, se siguen conformando, con ser simplemente “la mujer de”.

La batalla del feminismo es, al final, una batalla de educación. La educación -la mala educación, la buena educación- termina por subyacer como factor determinante en todos los conflictos, en todos los grandes problemas sociales, en todas las guerras. Pero con la misma contundencia con que lo proclamamos, lo olvidamos y no hacemos nada. Feminismo, machismo, nacionalismo, separatismo, fascismo, fanatismo, integrismo, patriotismo, españolismo… Parece que los ‘ismos’ ensucian las palabras. Las distorsionan. Las vuelven peligrosas.

Pensémoslo. Ni el “en principio” de la desigualdad de sexos ni la “nación de naciones” del actual frente independentista catalán es retórica. Avisaba Campoamor de que admitir el “en principio” suponía “consagrar una república aristocrática de privilegio masculino donde todos sus derechos emanan exclusivamente del hombre”. La “identidad nacional” que defiende el Junts pel Sí consagra la superioridad de unos ciudadanos sobre otros y la ruptura de la convivencia. No son palabras; es ordenamiento jurídico con implicaciones políticas, económicas y sociales. Aunque estén por detallar.

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Si dejamos de lado las aplastantes certezas, ocurrencias y hasta desvaríos de los últimos días -hasta llegar a no saber si “los vasos son vasos” y” los platos son platos” o son naranjas trasmutadas en gaviotas-, no termino de entender cómo hasta ahora no se ha encarado el debate de frente. Con argumentos, no sólo con juegos de intereses y con amenazas.

 

Lo que debería preocuparnos es el trasfondo. En Cataluña llevan cuatro generaciones educando en los colegios en la singularidad, por la diferencia, por la ruptura. Su lengua, su cultura, su identidad. Los medios de comunicación, especialmente la televisión pública, han sido instrumentos al servicio de la causa. Potentes armas ideológicas. Se ha construido una inflamable burbuja, en los colegios pero también en la calle, en la que se han ido mezclando razones y sentimientos; verdades y mentiras; realidades y sueños.

pariser

Sobre sofisticadas burbujas trata precisamente uno de los libros que más inquietud y comentarios está generando en las redes sociales: La burbuja de los filtros: lo que internet te oculta, del experto y activista norteamericano Eli Pariser. Me lo recomienda un colega de la Universidad. Roza la paranoia. Los grandes sitios web, piense en Google, Yahoo News o Netflix, almacenan 64 bits de información personal cada vez que navegamos y luego “personalizan” sus contenidos a nuestro perfil. Nos monitorizan y nos preparan el menú. Pero son los algoritmos calculadamente programados los que eligen y deciden. Editan nuestra propia visión del mundo; moldean nuestra forma de pensar. Y lo más alarmante es que somos completamente inconscientes.

Hagan el experimento: busquen la palabra “Cataluña” y analicen los resultados. A unos usuarios puede que los principales resultados sólo estén relacionados con el proceso; a otros con las posibilidades de realizar un viaje turístico… A un independentista tal vez se le prive de acceder a todas las informaciones negativas sobre el 27-S; a un españolista, de las razones del sí. Cada uno, metido en su burbuja ideal donde el “me gusta” decide los amigos y las ausencias y nos protege de las noticias incómodas.

Hoy tal vez sea fácil identificar la burbuja de los confesionarios en que las mujeres hemos vivido mucho tiempo; la burbuja de ilusiones en que tantos españoles vivieron en la Segunda República -incluidos los catalanes-y hasta la burbuja inmobiliaria y económica que nos condenó a la crisis. Pero la burbuja del pensamiento y las emociones es tan etérea como la educación. Tan líquida como la burbuja social en que nos hacemos personas. Si nos estamos sumiendo en una burbuja de creencias, puede que jamás seamos capaces siquiera de reconocerlo. Mucho menos de desactivarla. Mientras, seguiremos tomando decisiones. A diario. Sin saber lo que realmente sabemos y sin intuir lo que ignoramos.

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Crónica negra de verano

Magdalena Trillo | 6 de septiembre de 2015 a las 10:30

Las abejas se están volviendo adictas a los pesticidas. Los experimentos publicados en Nature han descolocado a los científicos de Newscastle que analizaban el comportamiento de estos inteligentes y laboriosos insectos en nuestro mundo contaminado y global: se les dio a elegir entre dos soluciones de glucosa –una sin insecticidas y otra cargada de neonicotinoides– y se fueron directas a por la droga. La conclusión del ensayo no es baladí. Se calcula que el papel de las abejas en el proceso de polinización se traduce en un negocio al año de 153.000 millones de euros. Se tambalean los números y se pone en riesgo el equilibrio natural: el uso de productos químicos está afectando de forma grave al desarrollo y crecimiento de las sofisticadas colonias que durante siglos han sido un modelo de orden en el reino animal y, sólo en la UE, se cifra en un 20% el descenso de las poblaciones de polinizadores.

abeja

Pensarán que poco importa que desaparezcan unos millares de insignificantes abejas cuando estamos dejando abandonadas a familias enteras en vergonzosas travesías de miseria y desesperación en una huida masiva de la guerra y el hambre hacia un decadente paraíso europeo que sólo es capaz de responder a su petición de auxilio con muros y alambradas; con mercadeo barato, fría diplomacia y derecho internacional.

Poco importa un puñado de insectos cuando ya resuenan los tambores anunciando el desmoronamiento de España en una inacabable partida de póquer entre inmovilistas, reformistas y rupturistas que –al menos hasta ahora– sólo ha avanzado subiendo las apuestas y la tensión.

Y poco importan unos molestos bichejos cuando su vecina está en el hospital tras ser golpeada con la vara de una cortina o yace en un ataúd víctima de la brutal agresión de quien, hasta aquella madrugada, había sido su compañero de toda la vida. Una pareja discutió en el Zaidín, la otra en Armilla. La primera ha logrado contarlo; la segunda recibió más de diez hachazos mientras dormía. Y todo empezó por una estúpida maceta.

Su vecina, cualquier vecina. Es el crimen de Cuenca y son las trece mujeres que han sido asesinadas este año por sus parejas. Es el indigente quemado en un cajero de Sevilla y es el sintecho apaleado en La Chana por una pandilla de adolescentes porque no quiso poner música reggaeton. Son batallas campales en las ferias patronales de los pueblos y es, en el fondo de cada tragedia, el sinsentido de nuestra especie, ese animal humano que sigue llevando en el ADN la violencia que le es connatural. Cambia el contexto, perfeccionamos los instrumentos y los escenarios, pero se mantiene la esencia.

En Alemania, unos antropólogos han confirmado que las masacres ya eran habituales en el Neolítico. Y no eran casos aislados. Hace 7.000 años ya practicaban el secuestro y el asesinato de mujeres y niños torturando y mutilando de forma asombrosamente cruel. La violencia es violencia, a pequeña y a gran escala.

La frivolidad no es hablar de abejas… porque no hablamos de abejas en realidad. Frívolos son los motivos ‘oficiales’ que terminan apareciendo en los atestados policiales de los insistentes episodios de odio que, un verano más, han ocupado la primera plana de los periódicos, las conversaciones en las redes sociales y el grueso de los telediarios.

armilla

Tanta frivolidad es mirar para otro lado como tranquilizar nuestras conciencias indignándonos, conmoviéndonos, buscando un culpable y limitándonos a ver únicamente lo que se nos muestra en la capa superficial; lo que queremos ver.

Frívolo es desviar el debate de los refugiados hacia el reparto de cuotas sin preguntarnos por qué hay una guerra en Siria y qué responsabilidad tenemos nosotros –los europeos y también esa USA que sigue enarbolando la bandera del orden mundial– en el polvorín de Oriente Medio.

Frívolo es empañar la estremecedora imagen del niño ahogado en una playa turca con un artificial debate ético sobre la oportunidad de publicar o no la imagen. ¿Es sensacionalista mostrar el horror de la guerra? ¿Es morboso denunciar el portazo de Europa a la petición de asilo? ¿Tenemos que proteger a nuestros niños del mundo real que les vamos a legar?

primer plano

Mi sobrina tiene once años. Hemos visto juntas la foto y la ha entristecido. Me ha preguntado si ese niño estaba en nuestras playas. No le ha sabido explicar por qué hemos dejado que se lo tragara el mar; por qué nadie le socorrió. No sabe muy bien dónde queda Siria pero sí sabe que es “afortunada” porque no nació allí. Ella no pudo elegir, pero tampoco pudo hacerlo quien se ha convertido en un número más que sumar a los efectos colaterales de “la mayor avalancha de refugiados desde la II Guerra Mundial”.

Me pregunto si pensar en algo tan cotidiano y cercano como una colmena de abejas podría ayudarnos a entender que es suicida la política, cualquier política, que prefiere naufragar en la superficie de las cosas parcheando los problemas con una cómoda visión cortoplacista y exculpatoria. Tal vez sea más fácil entender las consecuencias del cambio climático si les digo que en este siglo desaparecerán 30 metros de las playas que este verano les sirvieron de refugio de las olas de calor; esas mismas que reciben inmigrantes en embarcaciones de juguete y le disputan los muertos al mar.

Tal vez sea más fácil entender el drama de los muros, las alambradas y los camiones llenos de cadáveres congelados si vemos a Europa, nos vemos a nosotros mismos, como una gran colonia de abejas que se sigue sintiendo intocable y ejemplar sin darse cuenta de que está sobrepasada y perdida.

Tal vez ayude a la lucha contra el terrorismo, contra el machismo, contra la xenofobia y contra tanta salvajada y tanta barbarie si dejamos de conformarnos con conmovernos. Si nos comprometemos más allá del gesto y pose solidarios, siempre loable pero inútil. Si hacemos algo más que contar muertos y maquillar estadísticas.

El niño sirio de la foto es más que un número, es más que un símbolo. Se llamaba Aylan. Tenía tres años. Sus padres pagaron 4.000 euros a las mafias para llegar a Canadá y empezar una nueva vida. Una violenta ola lo lanzó al mar. La indiferencia de unos, la ruindad de otros, rompió la quimera.

Mi sobrina me vuelve a preguntar quién tuvo la culpa; no le sé contestar. Me dice que, si no podemos (queremos) ayudarles, por qué no se acaba con la guerra para que no tengan que huir de su país; no le sé contestar. ¿Nos hemos inmunizado ante esta tragedia? ¿Ante cualquier tragedia? ¿Ante cualquier vida que no sea la nuestra?

Mensajes envenenados

Magdalena Trillo | 19 de octubre de 2014 a las 12:41

A lo largo del último siglo, teóricos e investigadores de diferentes tendencias, países e ideologías se han dedicado a diseccionar los entresijos de la comunicación; la pública y la privada, la de los ‘todopoderosos’ medios pero también la de las empresas, los políticos o las instituciones. En todos los casos, por mucho que diverjan sus planteamientos, siempre hay una constante: una cosa es lo que se dice y otra lo que de verdad se quiere decir. Es la contradicción entre lo manifiesto y lo latente; lo evidente y lo oculto. Aplíquelo a las sugerentes imágenes laberinto que nos sorprenden a diario o pruebe a extenderlo a cualquiera de los corrosivos mensajes que nos bombardean insistentes a través de los medios…

Es un juego antiguo; el doble discurso de quienes dicen una cosa para ocultar otra, la doble vara de medir que saca de tantos callejones sin salida y, por supuesto, la doble moral de los que se deleitan dándonos lecciones en público para practicar justo lo contrario. Pensándolo bien, lo peligroso no son estos casos claros y evidentes que vemos llegar, y ante los que nos podemos proteger, sino los que deslizan envenenados.

Están, por ejemplo, los que se disfrazan de buenas noticias. Los gigantes tecnológicos Facebook y Apple han anunciado esta semana que pagarán a sus empleadas la congelación de óvulos para que no tengan que interrumpir sus carreras profesionales. Lo incorporan a la excelencia de sus planes de incentivos pero en realidad ocultan una actitud doblemente provocadora: por un lado, parten de la convicción de que tener hijos no es compatible con el trabajo -¿vuelta a las cavernas del feminismo?- y, por otro, se atribuyen un factor más de decisión, control y dominio robándonos la posibilidad misma de decidir sobre la maternidad -no obligan a nadie pero ¿alguna trabajadora con aspiraciones de ascenso se atreverá a renunciar a semejante ‘flexibilidad’?-.

Pienso en el “no me quieras tanto” de la violencia machista y me pregunto si no tenemos que empezar a clamar “¡no nos ayuden tanto!”. Digo ellos, pero también ellas… Y lo hago recordando el polémico caso de Marissa Mayer, la ex directiva de Google que estuvo en su puesto hasta el día antes del parto y se incorporó dos semanas después instalando al bebé en su oficina… Esta misma semana era Ana Botella la que nos ‘defendía': en teoría atacaba a un concejal de su propio partido que había despedido a una empleada por tener un hijo: “Me genera repulsa. Es dudar de las capacidad que tienen las mujeres de poder trabajar y poder ocuparse de ‘su’ casa”. ¿’Nuestra’ casa? ¿No habíamos superado ya que no es siendo ‘superwoman’ como tenemos que avanzar en igualdad?

Unas veces es la naturalidad del lenguaje la que destapa el pensamiento agazapado y otras es la supuesta bondad de las palabras la que nos sume en la confusión. Lleva meses practicándolo Artur Mas: “Lo democrático es votar”. ¿Siempre? ¿Sin importar las circunstancias? ¿Es lo ‘democrático’ si votamos como ha hecho Suiza para prohibir que se construyan minaretes en las mezquitas? ¿Votar aunque se roce el ridículo y la farsa con esa consulta ‘light’ en que está desintegrando su promesa incumplida del 9-N? Porque también deberíamos tener superado que la democracia tiene que ver con la convivencia, con las libertades y con el respeto a los otros; que hablamos de legalidad pero no deberíamos olvidar la ética y la moral, la solidaridad y hasta la generosidad.

Tantos interrogantes esconde el “derecho a decidir” catalán como las primarias socialistas. Hoy se celebran en toda España como ejemplo de democracia interna pero lo han dejado a medias. Por el camino se ha abandonado a quienes no han conseguido el 20% de avales exigido y atrás se han quedado los simpatizantes. En muchas ciudades serán meras ‘fiestas’ de proclamación. ¿Tan difícil era ser democrático desde el principio hasta el final?

Y, ojo, que no estamos ante prácticas exclusivas de los ‘viejos’ partidos. Podemos se ha erigido en antídoto de todos los males de la ‘casta’ y no ha tardado ni medio minuto en enfangarse. A Pablo Iglesias le han tosido en casa y ya ha advertido que no liderará el partido si no salen sus propuestas; sobre todo, que sólo puede mandar él… ¿No eran ellos los alternativos y verdaderamente democráticos? Porque lo suyo suena tan dictatorial como esa decisión de Rosa Díaz de ‘cargarse’ a Sosa Wagner por llevarle la contraria

La lista negra de las mujeres

Magdalena Trillo | 9 de marzo de 2014 a las 11:58

Bruselas ha sacado esta semana a España de la lista negra de países al borde del precipicio. Los desequilibrios “excesivos” de hace un año ya no lo son, pero las recetas que nos prescriben no anticipan ningún escenario de luz: nueva subida del IVA -teóricamente para crear empleo- y moderación salarial -más contratos basuras y más precariedad-. Europa hizo el anuncio el mismo día que todos los medios de la UE publicaban los resultados de la mayor encuesta realizada hasta ahora sobre violencia de género, 42.000 entrevistas a mujeres de 28 países que han permitido llenar de números la realidad más preocupante de la lista negra de las mujeres, el machismo. ¿Te han abofeteado? ¿Te han tocado el pecho o el trasero? ¿Te han enviado fotografías porno? ¿Te has visto forzada a mantener relaciones sexuales con penetración? Una de cada tres europeas reconoce haber sufrido algún episodio de violencia física o sexual, más de la mitad han sido acosadas, un 22% ha soportado malos tratos y un 5% violada. Pero la mayoría calla…

En los progresistas países del norte y en los católicos del sur. Porque cuanto más avanzada e igualitaria es la sociedad, mayor es el problema. O más dispuestas estamos a denunciar. El gran logro de este trabajo es que por primera vez se obtienen los datos necesarios para construir un universo de cifras que realmente ocupe y preocupe a nuestros políticos, que sitúe la lucha por la igualdad en la agenda de las instituciones europeas, que la saque de la esfera privada a la pública y que involucre a toda la sociedad.

Después de seis años de crisis obsesionados por los números, creo que podemos dar por lección aprendida que sólo hay algo capaz de imponerse al inmovilismo de la geopolítica: la economía. Sólo cuando se hunden las bolsas y se amenaza con subir el precio del gas situamos en el mapa a Ucrania y Crimea; sólo cuando ponemos precio al independentismo catalán nos tomamos en serio la campaña soberanista… y puede que sólo cuando consigamos convencer con cifras del coste de la desigualdad en nuestros hogares y en la sociedad, en la microeconomía y en la macroeconomía, tengamos una oportunidad.

Lo que nos hemos ganado a pulso durante décadas nos lo están arrebatando por decreto en el BOE y lo estamos perdiendo en los colegios y en las calles. No hace falta un Día de la Mujer para recordar el peso del techo de cristal ni para ser conscientes de que la brecha salarial va más allá de la teórica igualdad que dictan las leyes si es la picaresca, el abuso y las inercias de siglos de sociedad patriarcal lo que manda en el mercado laboral. No son Shakiras presumiendo de los celos de “su hombre” lo que necesitamos en las redes sociales ni tendrían que ser visitas al Registro Mercantil para demostrar que nuestros cuerpos nos pertenecen lo que debería marcar nuestras agendas de movilización. Mucho menos la división.

¿Otra vez la política es el problema en lugar de la solución? El PP se ha descolgado este año de la Plataforma 8 de Marzo y sigo sin saber si es mayor la intransigencia de los colectivos feministas o la intransigencia de Gallardón con su ‘contrarreforma’ decimonónica. Los frentes son muchos, pero cada vez estoy más convencida de que la primera asignatura que deberíamos resolver somos nosotras mismas. Pensaba esta semana en la chica que fue asesinada el año pasado en Granada por su pareja. Se llamaba Ángela, tenía 29 años y acabó con 18 cuchilladas en el pecho. La mató en la cocina mientras fregaba unos platos y ella le contaba que había conocido a alguien… Pero no la mató por “celos”; la mató porque era suya.

Lo primero que no hemos resuelto es nuestra autoestima, nuestra dignidad, nuestro amor propio. Y lo más grave a lo que nos enfrentamos es a la humillación y al sometimiento en silencio. El labio reventado y el moratón en el ojo son el epílogo de años de control. De supuesta ‘normalidad’. De un maltrato que no vemos ni nosotras mismas en una realidad que es mucho más cotidiana, sutil y traicionera que la imagen impactante del puñetazo y los gritos.

Esta tarde voy a ver a mi sobrina y le voy a preguntar qué piensa de Shakira y qué piensa cuando se sienta en un banco del parque con un amigo y miran la luna llena… Conteste lo que conteste, le voy a regalar La vida de las mujeres de Alice Munro. Porque la lista negra también la escribimos nosotras

El arzobispo insumiso

Magdalena Trillo | 1 de diciembre de 2013 a las 11:18

Después de leer las 214 páginas de Cásate y sé sumisa es fácil entender por qué el arzobispo de Granada se niega a retirarlo: cualquiera de sus homilías supera ampliamente lo pretendidamente radical que se considera el libro. Hace casi un mes que este manual católico de la buena esposa desató la polémica y, lejos de amainar, la controversia por la obra con que la periodista italiana Costanza Miriano invita a la mujer a ser “sumisa y obediente” ha saltado al debate político nacional, ha logrado unir a todos los partidos en su contra y hasta ha enfrentado al Gobierno y a la Iglesia. Cientos de ciudadanos se han adherido ya a las plataformas a favor y en contra de la publicación, en las librerías locales no dejan de reponerse ejemplares ante el insólito éxito de ventas y, en portales como Amazon, ya se ha colocado en los primeros puestos del ranking superando a Belén Esteban y al Gran Wyoming.

Este es el nivel. Un best-seller mediocre, escrito en tono de humor, con un lenguaje coloquial y sin mayores alicientes que relatar las experiencias cotidianas de la madre moderna desde la óptica de una mujer católica que defiende el matrimonio de toda la vida, ataca abiertamente el aborto, cuestiona la “trampa” que ha supuesto la emancipación de la mujer y relega su posición al sostenimiento del hogar y el cuidado de los hijos. Una mujer que no entiende los problemas del “cielo de cristal” por los que se preocupan las feministas, que tiene nostalgia de cuando los maridos aparecían a la hora justa en casa preguntando “qué hay de comer” y que siempre tiene un buen consejo de “predicadora” que dar a sus amigas en sus relaciones de pareja: hacerse la tonta y la despistada, no contradecir, darles siempre la razón, obedecerlos… y tener hijos. La mujer sumisa en la cocina y el marido dominante y protector, en la calle.

Lo “inoportuno” y “desafortunado” es el título, como ha confesado hasta el portavoz de la Conferencia Episcopal, pero también el contenido. La periodista, de 42 años y madre de cuatro hijos, arranca el libro con un ¡Mira quién fue a hablar! repleto de frivolidades y continúa con once cartas (a nueve amigas y dos amigos) en las que intercala sus vivencias como madre y esposa con sus ideas fundamentalistas sobre el rol de la mujer y la relación en pareja: va del aborto y el control de la fertilidad a los piojos de los niños, las pizzas pisoteadas y los ríos de zumo de pera; de la necesidad de perdonar la infidelidad del marido a las pepitas de mandarina en el coche, los collares de azabache y la cirugía estética; del alegato de la maternidad como felicidad suprema (“es la primera vocación de la mujer”) a las faldas de Gap con huellas de Nutella y su necesidad de contar con un entrenador personal -a ser posible “Pep Guardiola”-; del Camino de perfección de Santa Teresa a la Oprah Winfrey de los pobres, los consejos de Carrie Bradshaw y el cotilleo del Vanity Fair.

En Italia ya ha vendido más de 70.000 ejemplares desde que se publicó hace dos años y en España, traducido por la editorial Nuevo Inicio creada por el Arzobispado de Granada “como instrumento pastoral”, está teniendo un éxito arrollador. El efecto contagio del ‘cásate y sé sumisa’ lo ha convertido en un auténtico fenómeno viral aunque es cierto -como alegan sus defensores- que buena parte de las críticas y pronunciamientos que se han producido en las últimas semanas son de personas que no lo han leído. “Hay que pasar de la entradilla”, advertía esta semana Gil Tamayo; “cuando se acuse de algo que se especifique la página y el párrafo”, apostillaba monseñor Martínez. Pero el hecho es que, pasando de la entradilla, lo que el lector encuentra va de la nimiedad al despropósito por mucho que el Arzobispado haya querido argumentar que es un “best-seller muy interesante desde el punto de vista cristiano”, tilde la polémica de “ridícula” e “hipócrita”, recuerde que la obra ha sido reconocida como “evangelizadora” por L’Observatore Romano y hasta la propia autora haya tenido que mediar asegurando que su objetivo no era “instigar a la violencia machista” sino “ayudar a recuperar las relaciones de amor”.

Es el título del libro el que invita a la sumisión, ni una sola vez aparece la palabra “igualdad” en la obra, y es también una posición que se defiende y justifica ampliamente en su interior amparándose en una literal interpretación de la carta de San Pablo a los Efesios. Porque Costanza Miriano escribe lo que, como reconoce en la obra, “ni siquiera los curas se atreven a decir ya por temor a ser lapidados por nosotras las mujeres”.

Hay algunos curas, sin embargo, que sí se atreven. Es el caso del arzobispo de Granada, que lleva diez años generando polémicas desde el altar, que salió de Córdoba tras enfrentarse al poderoso presidente de CajaSur Miguel Castillejo en lo que entonces se entendió como “una patada hacia arriba” y que tiene en su curriculum el dudoso honor de ser el primer arzobispo que se sienta en el banquillo de los acusados, la justicia ordinaria de los hombres, por injurias a un canónigo.

Francisco Javier Martínez (Madrid, 1947), hijo de padres asturianos, se licenció en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1973 y fue nombrado obispo con sólo 37 años. En una estancia en Alemania conoció el Movimiento Comunicación y Liberación -se convirtió en uno de sus principales introductores y representantes en España- y fue en 1996 cuando vinculó su trayectoria a Andalucía al ser nombrado obispo de Córdoba por Juan Pablo II. Desde su nombramiento en 2003 como arzobispo de Granada ha creado el Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano, el Instituto Lumen Gentium y el Instituto de Filosofía Edith Stein y, con un enfoque evangelizador y pastoral, ha puesto en marcha el Centro Cultural Nuevo Inicio con la editorial que acaba de publicar Cásate y sé sumisa y que ya prepara una segunda parte.

Reacio, siempre, a atender a los medios de comunicación (ni una sola entrevista ha concedido a este diario en diez años), el pasado día 15 emitió un duro comunicado en que defendía el valor del libro, negaba que incite a la violencia machista (se está estudiando si se puede exigir su retirada por un delito de apología de la violencia contra la mujer), replicaba que lo que sí favorece los malos tratos es “la legislación que liberaliza el aborto” y situaba toda la polémica en un contexto de cruzada contra él y de campaña contra la Iglesia. Muy cercano al presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, y completamente alejado al clima de aperturismo del nuevo Papa, las posiciones de monseñor Martínez son tremendamente conservadoras, populistas y fundamentalistas, el integrismo propio del movimiento ultracatólico Comunión y Liberación y del Camino Neocatecumenal (los kikos). A nivel interno, los conflictos y el malestar en las parroquias es constante pero nunca ha saltado en estos años de las críticas veladas y los off the record y, de puertas para afuera, son sus palabras las que se llevan los titulares: que vivimos en un “país subsidiado” y plagado de “funcionarios”, que sólo con la “fe en Dios” se puede atajar el problema del paro, que “más peligrosa que Educación para la Ciudadanía es la ciencia para el mundo contemporáneo”, que “el culto a la razón ha terminado en los botellones” o que “matar a un niño indefenso [en alusión al aborto] da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer”. A ello se une el episodio del traslado forzoso del llamado ‘cura de los senegaleses‘ que levantó en su contra a todo el pueblo de Albuñol o la denuncia de más de un centenar de curas de Granada ante el nuncio del Vaticano por los gastos excesivos de la diócesis.

La polémica del libro es una más. Y, más allá del escándalo que lo ha convertido en un lamentable best-seller, la cuestión ahora es si realmente tiene recorrido la petición de retirarlo a la que ha terminado sumándose la ministra Ana Mato. La realidad es que sería un “ataque a la libertad de expresión” como advierte la Iglesia, la editorial y la propia autora, sería el primer libro censurado desde el fin de la dictadura franquista en España y sería, aunque roce la demagogia, como “censurar a San Pablo“. Desde el punto de vista jurídico, la propia Fiscalía ha reconocido que es un tema complejo y así se entiende también desde el ámbito académico pese a la indignación social que ha suscitado y las alarmas que se ha encendido entre los colectivos feministas y de lucha contra la violencia de género.

Hay quienes comparten el argumento de la libertad de expresión pero siempre que se hubiera publicado por una editorial privada, no desde una institución como la Iglesia que tiene financiación pública. Precisamente, en la última página del libro se incluye el numero de cuenta de un banco y una petición de donativos para colaborar con la editorial del Arzobispado. El siguiente proyecto, Cásate y da la vida por ella, se dirige a los hombres y promete generar tanto revuelo como el dedicado a la sumisión. Primero se invita a la pasividad y luego, si la mujer no es obediente, estará justificado que el hombre la convenza…