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Banderas: en Málaga también cuecen habas

Magdalena Trillo | 21 de mayo de 2017 a las 20:47

En Málaga no son tan perfectos. Ni sus políticos tan eficaces. Meten la pata como en todas partes. Como tanto nos gusta en Granada. Lo más sorprendente del “humillante” desencuentro entre Antonio Banderas y la capital de la Costa del Sol es que no se haya producido en un escenario mucho más propicio para un desplante de tal torpeza: Granada. Esa ciudad donde ‘todo es posible’ que ya atesora una dilatada experiencia en promover proyectos contra la gente -el más reciente el intento frustrado de declarar la Alpujarra Patrimonio de la Humanidad-, tumbar iniciativas que han contado con un amplio respaldo ciudadano -¿alguien sabe qué ocurrió realmente con el Hay Festival?- y firmar capítulos de interminable polémica sobre infraestructuras y equipamientos que deberían servir para construir una nuevo modelo de ciudad -del Centro Lorca, el Atrio de la Alhambra y el gran Teatro de la Ópera de Kengo Kuma que acabó arrumbado en un cajón hasta la estación fallida de Rafael Moneo para el AVE-.

Ni siquiera la crisis y la falta de inversión -excusas recurrentes en nuestro caso- sirven para explicar la perplejidad nacional que ha supuesto el rechazo del proyecto ideado por el actor malagueño para dar vida a un emblemático espacio de su ciudad natal con un nuevo reclamo que sumar a la creciente -y envidiada-oferta artística y museística de una expansiva Málaga que ha sabido colarse en el mapa del turismo cultural.

Ecos Urbanos ganó un concurso internacional de ideas -donde concurrieron 72 equipos- para el desarrollo urbano del cotizado solar que albergaba los antiguos cines Astoria y Victoria y que, después de haber sido adquirido por el promotor granadino Antonio Rubio, terminó pasando a manos del Ayuntamiento. Su propuesta logró la máxima puntuación del jurado tanto en planteamiento como en viabilidad: dos teatros, talleres escénicos, seminarios de formación, cursos de dirección, platós televisivos, becas para estudiantes, espacios para jazz, música y danza, zonas de ocio y restauración a cargo de las escuelas de hostelería… Se reservaba un espacio para ampliar la Casa Natal de Picasso y se distribuían en varias plantas hasta 23 establecimientos de ocio y restauración. ¿No lo querríamos en Granada? ¿No lo querría cualquier ciudad?

Pero entonces llegó la política. Y los recelos. Y el enfrentamiento partidista. Todo lo precipitó una decisión de su alcalde que ha tenido un efecto boomerang: Francisco de la Torre (PP) se quiso reservar la baza de que el fallo del jurado no fuera vinculante -para no tener que ejecutarlo si no le gustaba la propuesta- y se impuso un segundo proceso de concurrencia competitiva. Pero esta segunda vuelta la planteó públicamente como un traje a medida para Banderas y se desató la crisis.

El actor no sólo había recurrido a un arquitecto de prestigio (José Seguí) y a una solvente plataforma empresarial como Starlite, sino que él mismo arriesga su dinero en la iniciativa. La gresca municipal, la miopía de la ciudad, el ruido malintencionado, lo han ahuyentado. En menos de 24 horas, 15.000 malagueños se han movilizado en change.org para intentar disuadirlo. En la casa consistorial, los grupos políticos se reprochan las culpas y alimentan la polémica lanzando la duda de si es todo una fachada para echarse atrás porque al final -con las pertinentes pegas de Cultura-no le salen los números… De la Torres, mientras tanto, entona el papel de derrotado y ya busca un plan B.

Sin cuestionar, por supuesto, la exigencia de máxima transparencia y el cumplimiento estricto de la legalidad, lo relevante del caso Banderas no es tanto cómo evolucione el escándalo sino lo mucho que nos muestra sobre las dinámicas de la gestión local -por lo rehenes que somos de los procesos, de la burocracia, de la mediocridad- y sobre las consecuencias del juego partidista cuando nos enfrentamos a supuestos profesionales sin altura de miras, responsabilidad ni lucidez para ser capaces de anteponer los intereses de una ciudad.

La segunda lección es de consumo interno: estaría bien que empezáramos a dejar de mirar a Málaga desde el fondo del pozo y nos preocupáramos de ordenar y enderezar nuestra casa. De intentar salvar lo salvable si es que lo hay.

¿Y si la envidia es el motor?

Magdalena Trillo | 25 de septiembre de 2016 a las 10:30

Las guerras de los agravios son tan consustanciales a la política como lo es la competencia en el tejido empresarial o el mantra de la competitividad en los círculos académicos. Somos lo que somos en comparación con los demás: ganamos o perdemos mirando al de al lado. Todo es relativo. Según expectativas y objetivos. En nuestro ADN es un rasgo básico, primitivo y sorprendentemente compartido: la envidia. Ese extraño sentimiento de deseo que en grado superlativo llamamos ambición.

Un amplio estudio universitario que se acaba de publicar en Science Advances concluye que las personas somos más parecidas de lo que pensamos. El experimento social se realizó el año pasado analizando el comportamiento de medio millar de voluntarios y terminó con el desarrollo de un algoritmo matemático que nos clasifica siguiendo cinco patrones: envidiosos, optimistas, pesimistas, confiados o indefinidos. La tipología se realiza a partir de un centenar de dilemas sociales en los que se puede colaborar o entrar en conflicto del tipo: si va en pareja puede cazar ciervos; si acude solo tendrá que limitarse a los conejos; ¿qué cazaría usted? En una situación más prosaica: Hay dos participantes y mil euros en juego; si cooperan pueden obtener una parte cada uno, si usted va por su cuenta puede conseguir el doble o nada. ¿Qué haría?

Los investigadores de las universidades de Barcelona, Rovira, Carlos III y Zaragoza sentencian además que es la envidia el rasgo más sobresaliente: está en un 30% de la población. Si lo pensamos bien, tal vez sea uno de los valores (o disfunciones) que más se potencia en la sociedad individualista (y egoísta) occidental. Desde el sistema educativo y el entorno familiar al mercado de trabajo: un 6 es una nota magnífica si todos los demás han suspendido o un fracaso si el resto de la clase supera el 9; el tuerto en el país de los ciegos; los políticos con sus particulares victorias del día después electoral; el exigente mundo de los ranking y, por supuesto, la fiebre por estar en cualquier carrera (y ganarla).

La situación en estos momentos de Granada es realmente paradójica: está en todos los frentes. En el eje de desarrollo que se ha estrenado en Japón junto a Málaga, Sevilla y Córdoba (la Andalucía de la primera velocidad) y en el eje de los perdedores con Almería y Jaén por el déficit de infraestructuras. Dependemos del apoyo nacional para acoger el gran proyecto del acelerador de partículas que se quiere instalar en Escúzar (la interinidad del Gobierno puede jugar en contra de una de las pocas iniciativas que hay en estos momentos con perspectivas de generación de empleo y de inversión) y aún no sabemos si queremos competir solos o como marca andaluza para conseguir la Agencia del Medicamento cuando se formalice el brexit .

Siendo honestos, hace mucho que la medida de nuestros éxitos y fracasos es sólo una: Málaga. En su día cometimos el error histórico de querer salir al mundo con nuestro trocito de playa tropical (¿serán generosos ahora para prestarnos el paraguas de la Costa del Sol dentro del Eje?), en los 90 nuestros delirios de grandeza nos llevaron a exigir una conexión directa con Madrid en el mapa de la Alta Velocidad que estrenó la Sevilla de la Expo (en lugar de un ramal como hizo Córdoba), después vino la inyección millonaria a su aeropuerto mientras al nuestro lo rebautizábamos para compensar a Jaén y, como culmen de fatalidades, uno de los retos del alcalde malagueño no ha sido otro que situar a su ciudad como referente cultural. Aunque las matemáticas mientan, pocas lecturas partidistas pueden realizarse a la radiografía que hoy publicamos sobre la evolución de las cuatro ciudades del Eje en la última década. Sintetizando en nuestro baremo: Málaga nos supera en todos los grandes indicadores económicos, en turismo está a años luz en sol y playa y ha dado un salto como destino urbano que puede hacer tambalear los registros de la Granada cultural.

Sin alianzas, y a pesar la crisis, los datos globales reflejan un despegue conjunto sin precedentes en la etapa democrática. En la comparativa, el sentimiento de envidia hacia Málaga ha calado de lo público -político y empresarial- a las conversaciones de bar. La pregunta ahora podría ser qué será más efectivo: la ambición de recuperar el tiempo perdido, el orgullo de competir, o la estrategia calculada y táctica de aprovechar las alianzas. Más difícil aún: ¿será Granada capaz de avanzar en los dos frentes? No tenemos que ser envidiosos ni todo el tiempo ni en todas las circunstancias…

El Pacto de la Alhambra

Magdalena Trillo | 17 de julio de 2016 a las 11:44

Cuando hace una década Granada, Córdoba y Sevilla hacían promoción conjunta en EE UU y Japón para potenciar el turismo de larga distancia, Málaga no existía. En la campaña Splendours of Andalusia, la Costa del Sol tenía ¿poco? que aportar al triángulo cultural andaluz: su aeropuerto. El paquete que comercializaban las agencias nacía y moría en Málaga sin más beneficio para la ciudad que servir de plataforma: los turistas llegaban a su aeropuerto internacional, los metían en un autobús, los llevaban a conocer la Alhambra, la Giralda o la Mezquita, pernoctaban y gastaban en las provincias vecinas, les proponían escapadas a Ronda o Jerez y los empaquetaban de vuelta a casa una semana más tarde. Málaga no era más que una silueta desde la ventanilla del avión.

En diez años, Málaga se ha ganado a pulso el derecho a estar en la foto. Por la acción de ellos y por la omisión nuestra. En sentido figurado y real…

Ya tenemos el argumento para perdernos entonando ese mismo llanto lorquiano que desde la construcción autonómica Granada ha dedicado a Sevilla confrontando y avivando la política del agravio. Sólo tenemos que cambiar un nombre por otro. Primera estrofa: asumir que nos ha comido terreno, en este caso como destino cultural. Segunda estrofa: elogiar el pragmatismo de un alcalde que ha tejido alianzas donde tocara, con quien hiciera falta y con su carné político bien guardado en el bolsillo siempre que beneficiara a su ciudad. Tercera estrofa: fustigarnos preguntándonos qué hacía Granada mientras tanto y con otro alcalde de su mismo partido porque, hasta el sobresalto de mayo con la operación nazarí, la trayectoria de Paco de la Torre y Pepe Torres ha sido casi paralela. Cuarta estrofa: concluir que no nos merecemos que nos desbanquen, buscar un culpable y lamernos las heridas.

Pero la tercera y cuarta estrofa son excluyentes. O nos deleitamos muriéndonos de envidia y añorando un pasado (supuestamente) glorioso o nos preocupamos de salir en las fotos. Lo sensato, y egoístamente más operativo, es obviamente lo segundo. Pero no crean que es lo más fácil. Lo de compararnos con Málaga para todo se ha convertido en el discurso oficial de la opinión pública y publicada. Empezamos tímidamente con las disputas por las inversiones públicas autonómicas y estatales, luego llegó la competencia de los aeropuertos, de repente irrumpió la cultura a golpe de titulares con los éxitos de unos y los fracasos de otros, el aislamiento ferroviario nos ha convertido en satélite de Antequera vía autobús y, en el culmen de la contradicción, hasta nos ha molestado que el Hospital del Campus esté funcionando ya a pleno rendimiento… A la espera de que el Metro fracase, el bloqueo del AVE y el Centro Lorca -¿seguro que lo que ha hecho La Caixa es perdonar una deuda y no embargar el legado?- amenazan con seguir dando motivos más que sólidos para seguir sumidos en un estado crónico de frustración.

foto

Salir en las fotos tiene además un riesgo. Le ocurrió a Paco Cuenca nada más coger la Alcaldía cuando la nueva portavoz municipal del PP, Rocío Díaz, le llamó el “rey del postureo”. Le sentó fatal; la crítica y que lo publicáramos. A él y a su equipo. Pero es un precio asumible. Necesario incluso. Porque para que haya una imagen realmente histórica como la que se produjo este viernes en el Palacio de los Córdova también tiene que haber rutinarias. La foto de cuatro alcaldes enterrando rivalidades y sellando el lanzamiento del Eje Turístico Andaluz acabará en los anuarios.

La alianza la pusieron en marcha Málaga y Sevilla pero Córdoba y Granada han sido capaces de sumarse a esta inesperada locomotora de desarrollo. El turismo es sólo el primer paso. Se construirá una marca conjunta competitiva, se sentarán los pilares del “mayor reclamo turístico del sur de Europa” y se activarán sinergias en otros ámbitos como el biosanitario y agroalimentario.

En unos meses sabremos si la imagen tiene recorrido pero, de entrada, ya hay una intrahistoria. Aunque se ha llevado con discreción, hasta el último minuto ha intentado De la Torre que el convenio de colaboración se firmara en Málaga. Lo de cuadrar las agendas -el acto se ha celebrado una semana después de lo anunciado- ha tenido más tensión que la estrictamente protocolaria. No era una simple foto; era un símbolo y era importante el escenario. Granada se ha apuntado el tanto gracias a la Alhambra. A la imponente imagen de los palacios que hace de postal. ¿De verdad preferimos lamentarnos?

Granada: humildad… pero también ambición

Magdalena Trillo | 21 de junio de 2015 a las 10:30

En esta semana efectista de cambios que han protagonizado los nuevos inquilinos de los ayuntamientos más importantes de España, la prueba más gráfica de la transformación tal vez sean las preparadas fotografías en metro y bicicleta que han empezado a competir con los imponentes coches oficiales a las puertas de los consistorios. Si tomamos como barómetro estas fotos populistas como símbolo del cambio, Granada será una excepción. Si recordamos que la primera acción de gobierno de Torres Hurtado cuando logró la Alcaldía hace 12 años fue cargarse el carril bici de la Avenida Dílar -iba en su programa electoral-, es fácil concluir que la foto del regidor en transporte ecológico nunca se producirá -más plausible sería verlo llegar a lomos de su vieja Bultaco-. Si atendemos a las palabras con que hace justo una semana se presentó a los granadinos para afrontar su cuarto y “último mandato”, la sensación es de piloto automático; evitar charcos, no defraudar, aún más, e intentar reconciliarse con vecinos y oposición para cerrar sus páginas políticas con cierta dignidad. Si de paso convence a Ciudadanos -y a su partido- para aplazar su fecha de caducidad, superar el deadline de noviembre y ‘aguantar’ el mandato…

Resulta difícil entender cómo un alcalde que ha gobernado aplicando cómodamente el rodillo tiene ahora el anhelo inquebrantable de pasar a la historia como el “gran aglutinador”. ¿”Usadme”? Gustaría más o menos, pero cuando el PP cogió las riendas del Ayuntamiento en 2003 había iniciativas, sueños, ambición; no sólo apego al sillón. También había presupuesto, es verdad, pero no es lo único necesario para gobernar una ciudad. La visión y la audacia, la capacidad de sumar, el ingenio para sortear dificultades y encontrar vías de desbloqueo son fundamentales si el objetivo no es sólo permanecer y aguantar sino transformar una ciudad.

Nada más estrenarse como el alcalde, Torres Hurtado puso en marcha el proyecto del Centro Lorca, logró que la familia del poeta aceptara levantar el edificio en el solar del antiguo mercado de La Romanilla pese a que ese mismo espacio lo había ofrecido sin éxito el anterior gobierno tripartito y, no sin dificultades, ha conseguido desarrollar buena parte del programa que ideó para reconciliar a Granada y Federico.

Con un poco de mala suerte, el mayor tributo a la ineptitud que podría tener esta ciudad -compartido por todas las instituciones- amenaza con producirse esta semana si finalmente no se encuentra una salida a la complejísima situación que se ha producido en torno al Centro Lorca con millones de euros sin justificar, sombras sobre la gestión que pueden derivar en la vía penal y un creciente choque de criterios entre las administraciones y la Fundación Lorca que podría conducir a un escenario absolutamente daliniano: que se inaugure el espectacular edificio que diseñó el equipo de arquitectos mexicanos y esloveno sin los fondos del poeta en su interior. Como Castellón tiene su aeropuerto sin aviones, Granada tendría su Centro Lorca sin Lorca. El despropósito en la decadente trayectoria cultural de esta ciudad se uniría a ese sombrío legado de mármol-piedra que representa, por ejemplo, la Gran Vía o a las megalómanas rotondas coronadas con toscas maquinarias y granadas tamaño XXL que han terminado ilustrando ese otro gran fracaso colectivo que ha significado no haber sido capaces de hacer frente a dos de los mayores retos de cualquier ciudad: la movilidad y la expansión. La legítima aspiración a vivir en una ciudad más amable y con mejor calidad de vida.

Muchos, aunque muy pocos se atrevan a escribirlo, comparten estos días el severo diagnóstico que Jerónimo Páez ha realizado de esa Granada “provinciana” que en los últimos años (también al ‘tripartito’ hay que pedirle cuentas) ha ido perdiendo “fuerza política, fuerza cultural y dimensión internacional” al mismo tiempo que se ha ido empobreciendo, “acatetándose” y perdiéndose en “ridículas disputas locales”.

Justo esta semana el Centro de Debate y Desarrollo elegía Granada precisamente por su tradición y proyección, en la víspera además del arranque del Festival de Música y Danza -una de las pocas citas que siguen justificando ese título de ciudad cultural que mantenemos viviendo de las rentas-, para analizar el papel de la cultura como motor de desarrollo, su importancia para el impulso económico más allá de su valor como factor de identidad, en torno a tres de los referentes andaluces más acreditados y solventes en producción cultural: la Alhambra, el Teatro de la Maestranza y el Museo Picasso de Málaga.

Pero en Granada hay que empezar por el principio. La identidad cultural cada vez está más difusa -¿por qué seguimos sin aprovechar nuestra privilegiada posición de puente con el mundo árabe? ¿Por qué no explotamos la conexión con América Latina?-, la capacidad de avanzar en rentabilidad choca una y otra vez con el eterno debate entre turismo masivo y patrimonio -el reciente seminario de la Escuela de la Alhambra ha sido especialmente revelador sobre este tema- y las expectativas de fijar puntales de innovación se diluyen entre polémicas estériles, enfrentamientos partidistas y, con realmente difícil antídoto, la falta de ambición.

Aquí incluyámonos todos. La autocensura aplicada a toda una ciudad. Lo primero que escribí en noviembre de 2003 cuando el alcalde vino de una reunión de Madrid con el proyecto del Centro Lorca bajo el brazo fue que no había fechas ni presupuestos comprometidos pero sí “la voluntad política de todos los patronos para trasladar el legado del poeta a Granada y construir un gran centro cultural en la Plaza de la Romanilla que se convirtiera en un referente de la ciudad”. Pero la voluntad política y las palabras de los acuerdos luego hay que transformarlos en realidades. Y aquí hemos chocado con esa Granada indolente que termina conformándose y empequeñeciéndose pensando que todo es consecuencia de la fatalidad. En dieciséis meses, Málaga ha transformado el garaje de 6.000 metros de su ‘Cubo’ del puerto en el Centro Pompidou, un museo de excelencia e innovador que está ayudando a construir ese perfil de ciudad moderna y cultural con que su alcalde (también del PP) se ha propuesto dibujar la Málaga del siglo XXI. Después de doce años, el gran proyecto cultural de la capital vuelve a situarse en el inaudito laberinto del “todo es posible en Granada”.

Las comparaciones son odiosas pero inexcusablemente necesarias cuando no hay autocrítica. Imagínense lo que podríamos conseguir si a la “humildad”, la disposición al diálogo y a la colaboración que de repente -en una semana- se ha convertido en seña de identidad de un irreconocible equipo de gobierno ‘popular’ fuéramos capaces de sumar una buena dosis de ambición, de profesionalidad y de competencia en la gestión.

Para el “cambio”, aunque sea en el tono, ha bastado una inapelable jornada electoral y dos duras semanas de negociaciones para formar gobierno. Puede que Granada no necesite la foto de un alcalde en bicicleta, pero cuánto avanzaría si esa imagen fuese la antesala de una Granada simplemente mejor.

Política de galgos y podencos

Magdalena Trillo | 15 de diciembre de 2013 a las 1:12

“Málaga jamás tendrá lo que tiene Sevilla”. Juan Ignacio Zoido ha vuelto a abrir la caja de los truenos de la rivalidad por decir públicamente lo que piensa, por defender la singularidad de su ciudad y lamentar que un proyecto de la envergadura del Pompidou se vaya a la Costa del Sol. ¿Usted no lo querría para Granada? Las palabras del alcalde de la capital andaluza tal vez no fueran las más acertadas para ser escuchadas sin el abrigo de la Giralda, pero no seamos hipócritas cuestionando que un alcalde quiera lo mejor para su ciudad ni volvamos a perdernos en la estéril política de los agravios para soslayar una realidad: el impulso que está cogiendo Málaga como ciudad cultural, la solvencia con que está explotando la fortaleza de su aeropuerto y la coherencia con que está completando y compensando las debilidades del sol y playa.

Se está fabricando de la nada un perfil como destino cultural y le está funcionando. Los proyectos se anuncian, se construyen y se inauguran. Pasó con Picasso y con el Thyssen y volverá a ocurrir cuando el Centro Pompidou abra en el Cubo del Puerto su primer centro fuera de Francia. Está de moda y lo están aprovechando. ¿No es legítimo que Málaga trabaje en una estrategia de desarrollo que le permita luchar contra la estacionalidad del turismo aunque sea a costa de ‘minar’ el triángulo cultural andaluz que tradicionalmente han encarnado Granada, Córdoba y Sevilla y que tan torpemente se ha gestionado? ¿Y no es legítimo que Zoido contrarreste a la defensiva realzando el potencial de Sevilla?

El verdadero debate no es la rivalidad sino quién se pone la medalla del éxito y a costa de qué y de quién. Me explico. La rivalidad, entendida como competencia y no en clave de privilegios ni favoritismos, debería ser irrenunciable para un sector tan estratégico para la economía andaluza como el turístico si queremos seguir teniendo oportunidades en el exigente contexto internacional. Y, si somos realistas y honestos para reconocerlo, hasta la envidia ‘insana’ puede funcionar como aliciente para poner en marcha iniciativas que ‘construyan’ Andalucía y beneficien a toda la comunidad. Otra cuestión es la gestión. En el caso de Zoido, si es capaz de encajar las críticas de la prensa que esta semana le recordaba cuando en enero de 2011 anunció que la Puerta de la Carne, en el centro turístico de Sevilla, se convertiría “en un centro de arte contemporáneo con la misma filosofía que el Pompidou” y, en las provincias ‘hermanas’, si somos capaces de admitir las incompetencias propias y lo mal que nos va cuando nos dedicamos a debatir si son galgos o podencos.

A partir de aquí sí hay una exigencia de transparencia que debería imponerse al miedo a la guerra entre provincias con que se sigue haciendo política. Y va más allá de la negativa de la Junta a detallar por provincias el presupuesto porque este diario lleva ¡años! intentando conocer las partidas reales que desde el área de Cultura se han destinado a Málaga… Si es una leyenda urbana que el despegue cultural de la capital de la Costa del Sol tiene mucho que ver con las generosas inversiones que ‘sus’ consejeros han realizado en estos años, estaría bien que se nos explicara al resto de Andalucía. Con cifras.

No diré que con ello podamos compensar los siete años de retraso con que se abrirá el Centro Lorca, sacar del cajón el ya ‘inviable’ Teatro de la Ópera, arreglar el eterno problema de la infraestructuras ni reescribir la historia de un Milenio que ha terminado generando más frustraciones que oportunidades. Pero, quedándonos en el presente, hay proyectos que todavía se pueden salvar, que hasta nos pueden ilusionar y que requieren tanta inversión como claridad en el posicionamiento de unos y otros. Estoy pensando, por ejemplo, en el aeropuerto y en la declaración de la Alpujarra como Patrimonio de la Humanidad. El primero vuelve a estar en el centro de la polémica, precisamente por la demagogia con que seguimos planteando la rivalidad con Málaga (¿no será más mortal el AVE para el futuro del García Lorca que el internacional de la Costa del Sol que ahora complementa nuestra oferta?), y el segundo se enfrenta a dos problemas importantes: el poco entusiasmo que hay entre la población local y la posición de delantera que tienen, justamente, los Dólmenes de Antequera.

La Junta ha dejado dormir durante años la propuesta malagueña y ahora, cuando Granada está desarrollando el expediente en tiempo récord, la ha reactivado. ¿Antequera o Alpujarra? Y si son las dos candidaturas, en qué fechas y con qué esfuerzos. Málaga lo querrá saber y también Granada. Llegará el tiempo de reclamar inversiones pero ahora es más urgente algo mucho más barato: la lealtad y la unidad.

Lo reclamaba el presidente de la Diputación este viernes en la entrega de los Premios de Turismo recordando lo bien que le ha ido a esta provincia cuando ha habido unidad… La apuesta de la British Airways por el aeropuerto de Granada es un ejemplo (el próximo verano recuperará los cinco vuelos), el Centro Lorca está a punto de serlo y el expediente de la Alpujarra lo debería ser. Siempre, claro está, que dejemos de debatir si son galgos o podencos.

Sin sentido

Magdalena Trillo | 16 de diciembre de 2012 a las 22:30

En la cuneta, debajo de la maleza, con el olor a muerte del asfalto, sobresalen un palo de golf infantil y un peluche morado con ojos saltones. Al fondo, un coche rojo que circula ajeno a la tragedia da un destello de movimiento a la imagen. Nunca llegamos a publicar esta fotografía. La tomó un compañero de Efe hace una semana en la carretera de Iznalloz. Un bebé de un año murió en el accidente y su hermano de 12 unas horas después. Eran las seis de la tarde. Sus vidas cambiaron en un instante. En un vehículo viajaba una familia de Alicante que había venido a Granada a pasar el puente. En el otro, un joven que dio positivo en el control de alcoholemia. Los padres siguen graves en el hospital; el conductor de la furgoneta está en prisión por homicidio imprudente. Un siniestro más que sumar a las estadísticas de Tráfico.

Otra vida más que acabará reducida a números. Como la masacre del viernes en Estados Unidos. Veinte niños muertos de entre 5 y 10 años en una escuela de Newtown, en Connecticut. Esta vez no ha sido en un instituto; era una guardería. El asesino, tímido y con trastorno de la personalidad, es hijo de una de las profesoras del colegio. Mató a su padre en casa y se fue a la escuela con cuatro armas automáticas -todas ellas legalmente compradas- y chaleco antibalas. Asesinó al director a bocajarro y se encaminó a la clase de su madre. Allí desató la masacre. Disparó más de cien veces. 27 muertes.

El asesino tiene 20 años y se llama Adam Lanza. Fue hallado muerto en una de las clases sin que se haya confirmado si se quitó la vida o fue abatido. La vida de todo un pueblo cambió en un instante. A las 9.30 de la mañana. La policía no pudo más que pedir a los padres que “se abrazaran, se cogieran de la mano y cerraran los ojos”. El lugar parecía “una zona de guerra”.

Confirman los números lo que, secándose las lágrimas, lamentó Obama en su comparecencia pública: esta situación se ha vivido demasiadas veces. Columbine, Virginia, Denver… Fue en abril de 1999 cuando dos jóvenes asaltaron un instituto de Colorado y mataron a tiros doce estudiantes y a un profesor antes de suicidarse. Otro alumno de Secundaria de Minesotta asesinó a sus abuelos en abril de 2005 y luego se cargó a cinco compañeros. En 2007, un universitario surcoreano causó la mayor carnicería de la historia de EE UU cuando mató a 32 personas en la Politécnica de Virginia. Las estadísticas son estremecedoras: 522 víctimas de tiroteos en centros escolares entre 1996 y 2007. Demasiadas matanzas y demasiado recientes. Dentro y fuera de los colegios. La última, el pasado mes de julio en un cine. Recordarán el esperpento. Un joven disfrazado de villano mató en Denver a 12 personas en el estreno de Batman.

“Hay que tomar medidas significativas para impedir que vuelva a suceder”, decía ayer el presidente de EE UU. Una promesa que se incumplirá y se olvidará con la misma facilidad que ocurre con los números. Los números de los muertos de los terremotos, los números de los fallecidos en accidentes de tráfico, los números de las víctimas de la violencia machista y, ‘gracias’ a la crisis, los números que empiezan a construir las primeras estadísticas de suicidios por desahucio. El último, este viernes en Málaga. Vivía con su madre enferma de 96 años en la barriada de los Corazones. Se arrojó desde el balcón de su vivienda agobiada por las deudas. Su vida también cambió en un instante. A las 9.30 de la mañana.

Nada tiene que ver la imprudencia de Iznalloz con la violencia de Connecticut o la desesperación de María Victoria salvo el olor acre de la muerte y la lección de impotencia que nos deja. Hay que actuar; no decirlo. Ninguna de esas muertes debió ocurrir. “La vida cambia en un instante” es lo que nos dice, una y otra vez, Stephen King en 22/11/63. Pero como sociedad somos incapaces de tomar medidas y avanzar. Del fracaso de EEUU en el control de armas al fracaso de Europa para salir de la crisis. Estoy con Norman Mailer, “nos hallamos sumidos en un mundo de desproporciones”. Vivimos en un universo tan “absurdo” como esos números con que nos protegemos de ese fracaso colectivo que supone cada accidente evitable en la carretera, cada víctima del machismo, cada suicidio, cada muerte sin sentido…

Víctimas de la queja

Magdalena Trillo | 1 de julio de 2012 a las 9:57

No es necesario recurrir a ninguna estadística para confirmar lo que vivimos a diario: la crisis está deteriorando nuestra calidad de vida. Las perspectivas laborales, la movilidad y el transporte urbano se elevan en el caso de Granada como los grandes males de la capital; una obviedad si tenemos en cuenta los datos del paro y recordamos que hace cinco años sufrimos las obras de una ciudad abierta en canal. Si a la frustración por el desempleo sumamos el cabrero por los atascos y los viejos problemas de ruido y contaminación, el cóctel es explosivo. Tanto como para contradecir la imagen idílica que tienen los millones de turistas que nos visitan cada año y que sitúan Granada como uno de los destinos más atractivos del mundo.

El estudio que esta semana ha hecho público la OCU, donde Granada ocupa el puesto número 12 de las ciudades españolas con peor calidad de vida, se construye a partir de los indicadores que más “condicionan la vida urbana” y, si bien el factor del empleo termina arrastrando cualquier otro criterio, la conclusión es una percepción compartida sobre el deterioro de la educación y la sanidad, la seguridad ciudadana, la vivienda, la oferta cultural y deportiva y hasta el paisaje urbano: vivimos con la seguridad de que estamos peor que hace cinco año y la intuición de que iremos a peor.

Granada suspende en calidad de vida, pero también lo hacen Sevilla, Valencia, Murcia o Barcelona. No es consuelo pero es oportuno destacarlo por aquello del agravio, las herencias recibidas y las culpas… Precisamente entre agravios y culpas se diluyó este jueves el Debate del Estado de la Ciudad: poco que ofrecer y menos que prometer. Tal vez la prueba más elocuente de lo estéril que resultó sea que lo más noticioso del día fueron dos no-noticias: el anuncio de una reunión con el vicepresidenteValderas para “intentar” desbloquear los proyectos que llevan más de una década estancados y unas “inminentes novedades sobre el AVE” que desconcertaron más que aclararon. Sobre todo si tenemos en cuenta la anorexia de las cuentas públicas y la advertencia de “nuevos esfuerzos” con que Rajoy ya ha preparado el terreno para los próximos recortes y subidas de impuestos.

A cuenta de la Alta Velocidad, el alcalde insistía en que lo importante es que llegue el tren y las vías; que la estación ya se verá. Da la impresión, sin embargo, de que todoestá por ver. Lo primero, si pensamos que el Gobierno ya planea cargarse servicios ferroviarios en funcionamiento para ahorrar, empieza a no estar demasiado claro y lo segundo, el polémico proyecto de Rafael Moneo, se sitúa cada vez más en el terreno de la ciencia ficción. Porque no hay dinero y porque seguimos pensando que es “mucho proyecto” para esta ciudad. Con o sin crisis. La prueba es que en otros lugares, como en esa Málaga con la que tanto nos gusta compararnos, a nadie se le ha ocurrido hacer campaña contra un Premio Pritzker.

El mismo jueves, apenas terminar el debate, un amigo arquitecto me llamaba desde Málaga para contarme –con pena– cómo se había volcado toda la ciudad en la presentación del hotel de lujo que se levantará en el casco histórico con el prestigio y “gancho” del nombre de Moneo. Mientras en Granada nos tirábamos los trastos a la cabeza, la capital de la Costa del Sol, en un foro organizado por los compañeros de Málaga Hoy, seguía dándonos motivos para la envidia. Hablaron sobre arquitectura y urbanismo reflexionando sobre la belleza, la felicidad, la ética, la responsabilidad yhasta el sentido de lo público; sobre cómo el paisaje, el urbanismo, repercute en nuestra felicidad, en esa calidad de vida que se nos escapa entre los dedos a golpe de recortes y renuncias.

Moneo reconocía que el fin del siglo XX ha dado lugar a una arquitectura “víctima de la misma exuberancia que la vida social” y lamentaba que, en demasiadas ocasiones, haya perdido la “obligación de ser racional”. Hasta Torres Hurtado estaría de acuerdo con él… Con su punto de llegada, no con el de partida. Porque el límite entre lo racional y lo exuberante es tremendamente difuso. ¿No es racional querer un AVE con estación? ¿Es exuberante, en un destino turístico como Granada, aspirar a una Estación que se sume al patrimonio de la propia ciudad?

El AVE es sólo un ejemplo. Somos víctimas de los excesos puntuales de otros tiempos pero somos víctimas, por naturaleza, por convicción y por puro interés, de esa política de la queja y el agravio que nos permite dulcificar incapacidades y justificar errores. Hay que defender la contención, sí, pero no tenemos por qué elegir vivir peor.

Buenos o mejores

Magdalena Trillo | 25 de octubre de 2010 a las 10:07

La Universidad de Granada aspiraba a entrar en el club de la excelencia internacional pero sólo ha logrado pasar el corte, dejar de ser “prometedora” y situarse en la segunda división. No reconocerlo sería tan osado como no tomar nota, por segundo año, del mensaje del Gobierno y del comité de expertos que han evaluado los 22 proyectos que concurrían a la convocatoria del CEI: la consigna de fusiones que han impuesto los mercados no es exclusiva del sistema financiero.

Las alianzas estratégicas, con otras universidades (o no), con empresas, con centros de referencia, son clave para ganar competitividad y, en nuestro caso, para mantener el prestigio de cinco siglos de liderazgo.

Hay que comunicar mejor, sí, pero también “hacer autocrítica” (como confesó el rector al conocer el fallo del jurado) y reforzar el proyecto BioTic con que competía la Universidad. No es un fracaso tener el sello de excelencia regional, pero es una categoría que no se corresponde ni con la dimensión de la institución, ni con el nivel de sus docentes e investigadores ni con el impacto de su producción científica. Y no debería entenderse desde una perspectiva política ni territorial.

Las universidades de Sevilla y Málaga han sido capaces de poner fin a décadas de rivalidad y concurrir con un proyecto conjunto (Andalucía Tech) que ha logrado el CEI elevándose como ejemplo de vertebración y construcción de la identidad andaluza. El trabajo, sin embargo, empieza ahora: el examen será en 2015 y hay que cumplir los objetivos (principalmente científicos y académicos) porque será sinónimo de prestigio, de atracción de estudiantes y de captación de talentos.

Las universidades deberán mostrar su potencial docente e investigador, su vinculación con el tejido productivo del entorno y su capacidad para transformar, desde la innovación, sus zonas de influencia. La UGR, en este escenario, puede conformarse con ser buena o luchar por estar entre las mejores. Lo decía hace unos días el Rey en la apertura del curso universitario: “De nuestro sistema educativo depende, ni más ni menos, que el futuro de España. Y “no basta con que el sistema universitario español esté entre los buenos; debe estar entre los mejores”.

Para alcanzar tal ideal aprobó el Gobierno el año pasado el programa del Campus de Excelencia. Y, efectivamente, es una forma más que justa de incentivar a las universidades con un reparto de fondos que no termine financiando el gasto corriente. Pero realicemos una advertencia: si continúa el ritmo de ‘compensaciones’ que ha imperado en las dos primeras convocatorias, (casi) todas las universidades españolas terminarán siendo un poco ¿excelentes?

Preguntémonos, por ejemplo, qué ha pasado con los centros impulsados por el Plan Andaluz de Investigación (PAI) siguiendo criterios políticos y territoriales. No daremos nombres; basta un indicador: ni siquiera aparecen en las estadísticas de investigación. Ni en cantidad ni en calidad. No existen…

Miremos, a continuación, a Cataluña. Sus universidades, públicas y privadas, copan los primeros puestos de todos los rankings. Han sido capaces de sobreponerse al ‘pastoreo’ universitario, lograr cierto grado de externalización de sus centros y atraer a los mejores. Hace años que predican la excelencia por derecho propio.

Hace unas semanas, cuando se publicó el Ranking Scimago 2010, me llamó la atención el liderazgo andaluz y nacional que ocupa la Universidad de Córdoba en Ciencias de la Salud (por delante de la UGR) y hoy me surge una pregunta: ¿por qué no ha contado Granada en su proyecto BioTic con los investigadores de Córdoba y del Reina Sofía? ¿Por qué no lo hace para la convocatoria de 2011?

Es una alianza que tiene que ver con la lógica de la ciencia, no con la de los localismos ni con la de los feudos. Y podría ser una oportunidad, por qué no, de estar en el club de los mejores, no sólo en el de los buenos.