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La máquina del fango

Magdalena Trillo | 16 de octubre de 2016 a las 10:47

Marina Martín no es una delincuente. Cuando hace año y medio fue detenida en su casa de Chauchina, delante de sus hijos, no estaba tan claro. Llegó a dormir en el calabozo y le llegaron a poner las esposas. La ahora directora del Legado Andalusí es uno de los 24 dirigentes andaluces del Servicio Andaluz de Empleo (SAE) que han estado implicados en la llamada pieza política de los Cursos de Formación. La juez Bolaños lo ha archivado esta semana. Dice que no hubo “nada” delictivo. Critica a la Fiscalía Anticorrupción y al PP por la teoría de la red clientelar y hasta carga contra la UCO de la Guardia Civil por dar pie a todo el proceso judicial. Argumenta que pudo haber irregularidades administrativas, no delitos de prevaricación ni malversación. Que los funcionarios no recibieron órdenes para beneficiar a empresas afines al PSOE. Que es “inverosímil”, que carece del “más mínimo rigor” e, incluso, advierte “errores” en los atestados.

La política socialista confesaba a este diario la sensación “agridulce” que le ha producido el carpetazo del caso. Por cómo se produjo, por lo que ha supuesto para su familia y, aunque no lo dijera, porque ningún titular podrá compensar hoy la sombra de culpabilidad -el “algo habrá hecho”- que la ha perseguido durante todo este tiempo. En pocos casos una resolución judicial de exoneración, nunca una rectificación periodística, es capaz de superar la máquina del fango que termina moldeando una opinión pública basada en la desconfianza, los prejuicios y la sospecha. Un clima social de espectáculo basado en ráfagas de televisión, opiniones de tertulia y titulares sensacionalistas que desencadenan operaciones policiales igualmente alarmantes.

Pero no es (sólo) la judicialización de la vida pública y la necesidad de preservar la presunción de inocencia lo que debería llevarnos a la autocrítica -sin excepciones entre todos los que compartimos la cosa pública-y a la reflexión. También los efectos de la “olla de grillos digital”, del circo mediático, que discurre entre rumores y miserias en una agresiva “deslegitimación del adversario” en la que no hay líneas rojas. Es el “fango” al que aludía Umberto Eco en una de sus últimas entrevistas, las cañerías de intoxicación sobre las que hace un año montó un programa Salvados sentando a discutir a políticos y a periodistas, el estado de permanente narcotización en que nos movemos como audiencias teóricamente bien informadas.

En su conversación con Jordi Evole, el escritor italiano se quedaba corto en el descarnado retrato que realizaba sobre las bajezas que comparten el periodismo y el poder. Porque no es sólo la vida pública y privada lo que hemos desdibujado sacando a flote los trapos sucios y porque no se trata (sólo) de que baste para desacreditar a alguien con decir que “ha hecho algo”. Es la sagrada y exigible frontera entre los hechos y los rumores lo que se ha fracturado; es el dicho periodístico de que “la realidad no te estropee un buen titular” lo que hemos convertido en cotidiano.

En la misma línea que Eco, el ensayista Hernández Bustos disertaba este viernes en una tribuna sobre el “periodismo fantasma” que equipara “verdad y falsedad”, que nos lleva a consumir por igual “información real y pseudohechos disfrazados de noticia” y nos obliga a engullir opiniones prêt-à-porter.

Es otra provocadora forma de acercarse a las tesis del fango que, sin embargo, también deja en un segundo plano el efecto de degradación que se provoca cuando la máquina funciona en sentido contrario y lo revuelve todo. Cuando minimiza los escándalos.

En este clima de confusión y de (nada democrática) equiparación de casos, la distorsión se produce por exceso y por defecto. Ocurre cuando la lavadora se pone en marcha y metemos seda y vaqueros en el mismo tambor. Es entonces cuando podemos argumentar que hay cientos de Pacos Correa por toda España -¿con sus angulas, su “casa” en Génova y sus Jaguar?-, cuando perseguimos por igual a quien se salta el IVA que a los saqueadores de las tarjetas black y cuando terminamos comprendiendo los abusos sexuales de un candidato a la Casa Blanca y hasta fijando niveles de gravedad -una joven ha llegado a decir que no le hubiera importando si Donald Trump sólo se hubiera propasado tocándole el pecho…-

Decimos los periodistas que “todo es susceptible de ser una doble página o un breve”, pero justamente para aprender a discernirlo está el oficio. Y el criterio. Y hasta el sentido común. Todo es relativo y no lo es.

Política con control remoto

Magdalena Trillo | 9 de octubre de 2016 a las 11:08

Un clásico en la programación televisiva es contar con las mentiras sistemáticas de los espectadores cuando se les pregunta por las preferencias de consumo. Como en política, no lo revelan las encuestas pero termina descubriéndose con cada click que activa el mando a distancia: vemos más telebasura de la que nos atrevemos a reconocer y menos documentales de La 2 de los que socialmente hemos decidido que es deseable. La realidad última es una espiral sin salida que la industria aprovecha a conveniencia: cuando interesa se responde a lo que “quieren” las audiencias y, cuando no, se apela a la necesidad de “educar” contraprogramando. De contradecir el share. De arriesgar. De tener siempre coartadas para explicar los fracasos. Y poco difiere si es ficción o realidad. Si ocurre en la televisión, en la cuarta pantalla o en las urnas.

La paradoja de la sociedad hiperinformada de hoy es una pescadilla similar: decimos una cosa y hacemos otra. Lo vemos a diario en los discursos de los políticos, se traslada como un espejo en los trending topic que construimos en las redes sociales y nos da una bofetada cada vez que nos enfrentamos al dictamen final. Fue el ‘Brexit’ y la victoria de Trump como candidato republicano a la Casa Blanca, acaba de ser el ‘no’ a los acuerdos de paz en Colombia, son las victorias xenófobas y populistas en la civilizada Europa y lo ha sido en el último año cada cita electoral que hemos afrontado en España absolutamente distorsionada por la sobredosis de sondeos inyectados en la sociedad.

No comparto la tesis de la ignorancia y de la desinformación. No totalmente. El problema de fondo también es la simplificación con que intentamos responder a situaciones extremadamente complejas que no caben en 140 caracteres. Manipulación ha habido siempre -ahí está ‘Ciudadano Kane’ con la Guerra de Cuba para recordárnoslo- y periodismo partidista también. ¿Qué ha cambiado hoy? Tal vez debamos empezar a estudiar cómo la Sociedad en Red ha globalizado, extendido e infiltrado el juego protector del engaño. Por una inclinación natural a huir del conflicto y reforzar nuestros posicionamientos seleccionando interesadamente qué información consumir y desechar, a quién creer y a quién desacreditar, y por una razón de pura supervivencia emocional. Con la enferma excepción de que subyazca una motivación patológica, ¿vería una tertulia política de 13 TV un militante de la izquierda anticapitalista? ¿Se iría usted de cervezas con el vecino del sexto con quien no soporta ni hablar del tiempo en el ascensor? Nunca hasta ahora hemos ingerido tanta información pero tampoco con tal capacidad de filtro. De elección. De decisión.

Para explicar el fracaso del plebiscito en Colombia, los gurús del día después se mueven estos días entre la ignorancia de los votantes, la burda intoxicación y un trasfondo de guerra de poder entre el anterior presidente y promotor del ‘no’ -Álvaro Uribe- con el actual mandatario y responsable de los cuatro años de negociación con las FARC en La Habana -el mismo Juan Manuel Santos que ha conseguido en los despachos de la Academia del Nobel lo que le ha negado su pueblo-. Es la tesis de la desinformación. Pero nos olvidamos de una tercera pata: la lectura superficial que hemos realizado desde el prejuicio de creer saberlo todo.

A la espera de saber qué votarán los americanos el 8 de noviembre, de ser incapaz de asegurar que lo catalanes dirán no a la independencia dentro de un año, sólo por humildad deberíamos reconocer que ya no hay pedestales infalibles desde los que controlar la información y ser conscientes que los actuales profetas de la opinión pública no aciertan más que los adivinos, pitonisas y chamanes que a lo largo de la historia han formado parte de las estructuras del poder. Casi tanto como la religión.

Se preguntaba una periodista esta semana si los likes y dislikes en Facebook están sustituyendo a los votos en las urnas y, lamentando la creciente desafección ciudadana hacia la esfera pública, recordaba las teorías sobre cómo la telaraña vital y social actual ha cambiado el conocimiento vertical, profundo y especializado por uno horizontal de dispersión intelectual y de falta de concentración. Sugerente. Pero si no caemos en el maniqueísmo de buenos y malos. De blanco y negro. Mientras los avances científicos no me contradigan, al final somos cada uno de nosotros los que pulsamos el mando a distancia. Los que cogemos una papeleta y la metemos en la urna.

5 de mayo: sigue la función

Magdalena Trillo | 1 de mayo de 2016 a las 9:04

La era Torres Hurtado acabó el 13 de abril cuando los agentes de élite de la Policía Nacional ‘tomaron’ su casa. Dicen que buscaban unos cuantos millones y sólo se encontraron 1.650 euros en una pequeña caja fuerte de los que el ya exalcalde tenía una plausible explicación: acababa de vender el viejo coche de su mujer que tantos dolores de cabeza le habían dado. Nani todavía está afectada. No quiere ni salir de casa. Durante todos los años de vida pública de Pepe Torres, ella se ha entregado como ‘primera dama’ a la ciudad y la han expulsado sin explicaciones.

Son los efectos colaterales de los que todos nos olvidamos cuando subimos el volumen de la radio y nos paralizamos ante la pantalla -¿sorprendiéndonos? ¿reafirmándonos?- viendo cómo les va a los otros. Son personas. Tienen familia. Hay un daño inevitable, y hasta necesario, pero hay otro que entra en la escala del puro espectáculo. Los límites entonces se ensanchan. Incluso hay momentos en los que los personajes se trasmutan y las víctimas hacen de verdugos. Sí, tampoco en la casa de Sebastián Pérez están siendo días fáciles…

¿Lo merecen? ¿Se lo han buscado? ¿Es el precio? ¿Para todos?

La política es implacable. Los medios somos implacables. La vida pública es implacable.

“Lo que diferencia al político del resto de especies es que es el único capaz de ahogar a una camada de pequeños gatitos por diez minutos de prime time”.

Lo de la “vocación” y el “servicio público” viene en el manual, pero a lo que acaba llevando el empacho del poder es al filo de la navaja. A una caprichosa cuerda floja capaz de elevarte con la misma fuerza que te lanza al fango. Con efecto difusor. Con consecuencias incontrolables.

Quien hablaba de la camada de gatitos es el protagonista de House of Cards... El arrogante y soberbio presidente de Estados Unidos capaz hasta de asesinar con sus propias manos por el poder. Por aferrarse al sillón. En el capítulo que vi anoche lanza un mensaje desde su Ala Este de la Casa Blanca: “La política es espectáculo. ¡Demos la mejor función de la ciudad!”.

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Kevin Spacey interpreta al presidenta de Estados Unidos Frank Underwood en la exitosa serie ‘House of Cards’

En España es lo que estamos haciendo desde el 20-D. En Granada es lo que estamos haciendo desde el 24-M. Cuatro meses en blanco. Un año de insostenible rutina de supervivencia.

La nueva política requiere nuevos tiempos. Aparte de una campaña “austera”, es urgente cambiar los actores y ajustar las reglas del juego. Cuatro meses para volver a convocar elecciones son una barbaridad. Lo son cuando sabemos que no es un tiempo necesario para negociar sino para conspirar. Lo son cuando sabemos que en todas las conversaciones hay dos cintas de rodaje: la se que desvela a la opinión pública a través de los medios de comunicación -manipulando, emitiendo información interesada y estratégicamente medida- y la que realmente transcurre al margen de los focos.

También los 10 días que contempla la ley para poder celebrar un pleno de investidura en un Ayuntamiento tras la retirada del alcalde son una eternidad. El pleno del pasado lunes fue puro formalismo: 33 segundos para fulminar 13 años de gestión. Lo que ha venido a continuación combina el postureo con los egos y el afán de protagonismo. Los partidos buscan su espacio. Se reparten su sitio en la foto. Su minuto de gloria.

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Cruce PP-PSOE: los concejales del PP, de camino al Ayuntamiento; los socialistas, tomando café en Calle Navas.

No hay hechos, sólo declaraciones. Intenciones. Vacuidad. El concepto de verdad y mentira se difumina en las “circunstancias”. En el contexto. Los periodistas no podemos más que interpretar y deducir. De lo que nos dicen y, sobre todo, de lo que nos ocultan. De lo que callan.

Les revelo la constatación. En las mesas de conversaciones, en estos últimos días, hay políticos que han llegado a confesar en privado que públicamente tenían que decir ante los medios que su postura es A -el juego obliga- pero que luego será B, que no se preocupen… Tanto es así que no sabremos quién es el próximo alcalde de Granada hasta la mañana del jueves. La plaza interesa a nivel regional; a nivel nacional… Tampoco sabremos qué modelo de ciudad y qué hoja de ruta diseñará el nuevo equipo de gobierno hasta el día siguiente de la investidura. Todo está pendiente del color de la Alcaldía que se refrende la misma mañana del pleno en la Plaza del Carmen y, sobre todo, de lo que se haya ocultado bajo las alfombras.

Si sigue gobernando el PP con Rocío Díaz de alcaldesa habrá sorpresas, pero menores. Controlables. Si son los socialistas los que por fin cogen el bastón de mando con el respaldo del resto de grupos de la oposición, tendremos asegurados titulares de infarto durante todo el mandato. Es seguro que la “herencia recibida” dará juego en urbanismo -las revelaciones del ex jefe del área Jacobo de la Rosa que hoy publicamos no son más que un anticipo- pero es la gestión de toda una década la que será inspeccionada con lupa. ¿Seremos comprensibles cuando nos suban los impuestos?

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Luis Salvador, Sebastián Pérez y Paco Cuenca, en la gala inaugural de TEN. El pasado jueves en Madrid.

En Granada llevamos semanas haciendo de laboratorio de las disfunciones del tablero político nacional pero, en realidad, sólo hay un hilo conductor compartido: sobre nosotros recaerá lo que los partidos no han sido capaces de entender, de gestionar. Para solucionar la incapacidad de los políticos para llegar a acuerdos tendremos que volver a votar el 26-J; para resolver que el “usadme” de Pepe Torres haya sido una proclama de cara a la galería seremos testigos este jueves de una nueva sesión de investidura.

Desde Podemos, Pablo Iglesias ha situado el foco en los medios y se ha empeñado estos días en darnos lecciones de ética. No minusvaloro sus propuestas. Ni siquiera sus críticas. Pero podríamos empezar el debate recordando que no hay espectáculo sin actores. Que no hay espectáculo sin público. Regulemos lo que haya que regular y cambiemos lo que haya que cambiar. Pero pensando en la gente; no contando votos. Entonces sí podremos hacernos la foto el 3 de mayo defendiendo la libertad de prensa.

Ciudadanos 3.0

Magdalena Trillo | 13 de septiembre de 2015 a las 10:41

La imagen de la periodista húngara poniendo la zancadilla a varios refugiados sirios que habrá visto infinidad de veces por múltiples canales tal vez sea uno de los ejemplos más contundentes sobre la realidad que ha impuesto la vida 3.0: cada vez resulta más difícil pasar desapercibido; cada vez tienen menos recorrido la manipulación y las mentiras; cada vez es más complicado tapar la verdad.

Petra Laszlo, reportera de la televisión N1 -cercana al partido de extrema derecha Jobbik-, calló primero y eludió pedir perdón. Los hasta siete años de cárcel que pueden caerle por su ruin comportamiento le han hecho cambiar de opinión. El viernes publicaba en un diario ultra de su país una carta pidiendo disculpas, asegurando que actuó “presa del pánico”, que no es una “cámara racista sin corazón que patea niños” y que no merece la “caza de brujas” y “amenazas de muerte” que está recibiendo. Ahora se presenta como “una madre soltera en paro y con hijos pequeños que tomó una decisión errónea”. Una madre digna de compasión.

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Pero no se ve el pánico en las imágenes que el periodista alemán Stephan Richter captó y difundió en su cuenta de Twitter: la joven patea y sigue grabando. Y vuelve a patear. Extraña forma de “asustarse” y “protegerse” de padres y niños que llegaban desde Serbia e intentaban cruzar el control policial de Röszke tras pasar la noche en condiciones tremendamente precarias.

Pensará que es una historia tan clara y evidente que no se puede manipular ni ocultar. Se equivoca. Para TVE la reportera no hace más que “interferir en el camino de varios inmigrantes”; “conseguir una noticia que ya le ha costado su puesto de trabajo”… Una becaria de nuestra cadena pública contó fielmente lo que ocurrió y una editora de la “redacción paralela” se lo corrigió y lo tergiversó. La polémica versión se emitió en el informativo matinal del miércoles. La avalancha de críticas ha sido tal que ya ha desparecido. Ahora sólo se puede consultar en su web una versión decente de lo que ocurrió.

Los directivos de la cadena húngara han tachado lo ocurrido de “inadmisible” y mantienen firme su decisión de despedir a la reportera. En TVE vuelven a mirar para otro lado pero al menos han tenido que recular. Sobre el comportamiento de Petra Laszlo tendrán que pronunciarse los tribunales pero para la condena social no hay que esperar.

Y todo es consecuencia del mundo 3.0, un número que tomamos prestado de las innovaciones informáticas para evidenciar la vigilancia, la exigencia y la implicación que los ciudadanos hemos decidido tener en la esfera pública. Primero fue la Política 3.0, luego el Periodismo 3.0 y, en la base del tránsito, es la gente 3.0 la que sostiene las nuevas reglas del juego con que estamos construyendo nuestro mundo global y local.

Los políticos hacen su trabajo pero no están solos. Los periodistas cumplimos nuestro papel de vigilantes pero no estamos solos. Los ciudadanos participan. Llegan los “superusuarios”, las “nanoaudiencias” y las “muchedumbres inteligentes” (las smart mobs). Cambia la agenda y aumenta el poder de los destinatarios; usuarios que ya no se tragan pasivos lo que contamos unos y otros, ciudadanos que ocupan todos los eslabones de la cadena y que se atreven a ocupar las posiciones de privilegio que durante décadas nos hemos repartido políticos y periodistas. Sin intermediarios. La política se democratiza; la información se democratiza. Los mensajes dejan de ser unidireccionales y el periodismo mismo se convierte -al menos en teoría- en una conversación.

Ciudadanos que hacen de periodistas y periodistas que hacen de ciudadanos activos recurriendo a las redes sociales para contar más allá de sus propios medios. No es otra la razón de que, después de años de críticas sobre falta de independencia y manipulación, de conflictos laborales y escándalos, de problemas por la gestión económica, sea ahora cuando el alcalde haya decidido hacer ‘algo’ con TG7. La directora está despedida y el concejal responsable, cesado. ¿Ledesma será capaz de apagar el fuego? Al menos será un nuevo capítulo. Aunque sea con matices.

Porque lo cierto es que hacemos el ridículo periodistas y políticos cuando olvidamos que, en esta nueva realidad 3.0, las polémicas no se pueden tapar. Ya nadie se conforma con ser informado y callar. Ya nadie calla cuando tiene algo que contar. Y basta para ello con encender el móvil. Es el We the media de Dan Gillmor, es la teoría de la Extreme democracy, es el Common sense de Tom Paine. Y es incluso la elegía política del inmenso Walt Whitman.

Quiero pensar que los medios hemos despertado; que estamos despertando. Y que nuestro papel sigue siendo tan fundamental como hace un siglo. Los periódicos, en papel o en digital, seguimos siendo la referencia y es el pulso desde la prensa el que más escuece en las instituciones y en las instancias de poder. La presión de la opinión pública no es un espejismo decimonónico. Está detrás de los titulares de portada y subyace en las miles de historias, grandes y pequeñas, que cada segundo vuelan en las redes sociales.

Pienso que esto funciona, que la vida funciona, porque hay buenas personas. Porque las mareas de solidaridad, de generosidad, son reales. El activismo, en todos los sentidos, es imprescindible pero no es lo único. Me preocupa no saber si las buenas personas lo somos en apariencia y sólo cuando toca. Si, como en los cómics, es el mundo de los malos el que está ganando la batalla. ¿Usted se ve buena persona? La reportera húngara se ve buena persona… Yo veo un lado oscuro no muy diferente al del diputado polaco que ha llamado “basura humana” a los refugiados.

Cuando esta semana ha arrancado el curso escolar en Andalucía, creo que por primera vez he escuchado al consejero de turno decir que no sólo había que hacer un esfuerzo “para asegurar un futuro con personas mejor formadas”, que también había que trabajar para que sean “buenas personas”. Que no sólo se puede formar en conocimiento puro y duro, que hay que formar en “valores”.

Confiemos: la foto de un niño sirio ofreciendo una galleta a un policía húngaro también ha sido viral. Como la escena grabada en Múnich por una periodista norteamericana en la que una pequeña alemana compartía sus caramelos con una refugiada.

niña

No nacemos basura en Siria y héroes en Polonia, Alemania o España. Pero sí nos hacemos y nos hacen. Allí y aquí. Tal vez no lo aprendimos en su día en las aulas. Tal vez la calle nos haya enseñado otra cosa. Tal vez lo mejor del 3.0 sea lo que tiene de oportunidad. Nunca debería ser tarde para querer aspirar a ser una buena persona.

No nos confundan

Magdalena Trillo | 18 de mayo de 2014 a las 11:05

En el tórrido mes de julio de 1888 una viuda adinerada fue asesinada en su casa de Madrid. Lo que debió ser una noticia más de las páginas de sucesos saltó a la portada de los diarios cuando se supo que el asesino podría ser un hijo de la víctima que estaba preso y disfrutada de un dudoso régimen de permisos. Ha pasado a la historia como el crimen de Fuencarral. Fue un filón periodístico y político en plena sequía informativa estival y supuso la explosión del sensacionalismo en la prensa española. Pasó de ser una crónica de sucesos a convertirse en un proceso a la justicia española, al sistema penitenciario y al poder político. Eran años difíciles. España entraba al siglo XX desde el desastre colonial con una pesada conciencia de crisis y una exigencia de regeneración que se extendió al periodismo y a la vida pública.

Demasiado pronto llegarían los tiempos del periodismo combatiente e instrumentalizado de la Guerra Civil y durante demasiado tiempo se tuvieron que escribir las páginas negras de la Dictadura. Tuvimos que esperar hasta 1977 para que España volviera a respirar libertad cuando el Gobierno de Adolfo Suárez aprobó un real decreto que reconocía jurídicamente el derecho de información y fijaba los principios que un año más tarde se consagrarían en la Carta Magna: “El derecho de todos los ciudadanos tanto a la libre información como al respeto de su honor y de los demás derechos inherentes a la persona es el principio fundamental de todo Estado de derecho”.

Recurro a esta parte de la historia antes de que la maquillemos en la Wikipedia con ese derecho al olvido que acabamos de improvisar sin saber muy bien si sabemos si quiera cómo aplicarlo (en la Enciclopedia ya se ha ‘reescrito’ el franquismo sin mayores consecuencias) para recordarle al Gobierno que hace más de tres décadas que medios y tribunales venimos poniéndonos de acuerdo para preservar, compaginar y resolver los conflictos que a menudo se producen entre la libertad de expresión y la seguridad, entre el derecho de información y el derecho a la intimidad y el honor de los españoles, sin necesidad de endurecer la ley, de poner en marcha “medidas adicionales” ni de emprender una caza de brujas con una tropa de ‘censores’ en internet. No sólo están perfectamente definidos los supuestos de choque y los mecanismos de defensa legales (ahí está el Código Penal) sino que también tenemos a los ‘guardianes’ de esa mitificada seguridad nacional que tantos atropellos está amparando en estos tiempos de revuelo tecnológico e incertidumbre social.

Dilemas morales siempre ha habido. Y siempre habrá. Pero es legítimo -y hasta necesario- que seamos capaces de enfrentar ética y legalidad con normalidad si de verdad queremos creer que hemos construido una democracia viva y sólida capaz de avanzar desde el desacuerdo, las contradicciones y, por qué no, la tensión y la crispación. ¿Vamos a perseguir ahora los pensamientos? ¿A criminalizar las ideas? ¿No era eso justamente lo que criticábamos del fascismo y del comunismo? Es verdad que hasta hace poco cruzábamos las líneas rojas en los bares y en la plaza del pueblo y ahora, protegidos por el anonimato de las redes sociales, lo hacemos con el frenesí del teclado del ordenador y las urgencias del móvil. Pero no nos confundan: no hay impunidad. ¿No es suficiente muestra que un joven valenciano tenga que responder ante el juez por “animar en Twitter a matar políticos”? Y no nos dejemos confundir: no tenemos que seguir perdiendo libertades para protegernos cuando quieren decir protegerse.

Leyes y política siempre han ido jadeando detrás de la sociedad y es evidente, como escribía esta misma semana José Antonio Marina, que unas tecnologías jóvenes requieren el desarrollo de su propia ética -de una responsabilidad, una conciencia social- y la aplicación de unas normas legales. Sí, “regular”. Esa palabra que tanto escuece olvidando que más eficaz que la censura siempre ha sido la autocensura; que más útil que el castigo es la educación y es la presión social.

Y ahí estamos todos. ¿Queremos “poner coto” a internet como queremos “regular” las manifestaciones en las calles? ¿Es miedo a una primavera árabe? ¿Es el modelo ‘made in China’ que ya estamos copiando en el mercado laboral el que queremos llevar a nuestro Estado de derechos y libertades? ¿Queremos utilizar el crimen de León como excusa para plantear una causa general contra los incómodos e incontrolables que nos torpedean en las redes sociales? El asesinato de la presidenta del PP es un filón político y mediático pero ni nos confundan ni nos dejemos confundir: tan rechazable es el sensacionalismo como el oportunismo y la manipulación.

Sectas y sectarios

Magdalena Trillo | 18 de agosto de 2013 a las 10:39

No se imagine a grupos de exaltados vociferando aleluyas con los brazos alzados y los ojos traspuestos. No crea que quienes caen en sus redes son analfabetos desesperados incapaces de ver cómo son manipulados, apartados de sus familias y amigos y despojados de su identidad. Más de cincuenta sectas operan en estos momentos en Granada; una para cada perfil de población. Religiosas y espirituales pero también de corte económico, humanitario, sanitario… El auge es escalofriante. Ya no son necesarios ganchos tan pretenciosos como el paraíso o la felicidad eterna; empezamos rompiendo la soledad con sencillas clases de catequesis, unas prácticas o unas misiones y hablamos de promesas tan mundanas como un curso gratuito de formación para lograr un empleo y unos ingresos que nunca llegan.

Dicen los expertos que Granada es uno de los puntos más calientes de Andalucía por su perfil universitario y su atractivo como enclave multicultural. El Albaicín y el Zaidín son los barrios que concentran una mayor actividad de estos grupos y las facultades, donde es fácil encontrar carteles de propaganda, funcionan como verdaderas plataformas de captación. Publicamos hoy un amplio informe en el que, más allá del estremecedor testimonio que nos revelan varias víctimas que han logrado “escapar” de sus zarpas, lo que se refleja es la normalidad con la que actúan y la facilidad con que se infiltran. Puede que a algunos la crisis les haya hecho más solidarios y puede que salgamos fortalecidos, pero somos en general mucho más dependientes y vulnerables. A quién no le gustaría sentirse élite hoy; dejarse enamorar por unos triunfadores; permitir que nos rescaten del fracaso.

En las Jornadas de la Juventud de Brasil, un país donde las sectas están ganando terreno al Catolicismo con potentes organizaciones como Pare de Sufrir, fue el propio Papa quien animó a los obispos a “buscar con valentía las causas” por las que los fieles se están refugiando en este tipo organizaciones. El Pontífice se cuestionó si no tendría que ver con esta Iglesia que a lo largo de los años se ha mostrado “demasiado lejana de las necesidades de los hombres, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría y prisionera de su propio lenguaje rígido”. Una reliquia del pasado que “quizás tenía respuestas para la infancia del hombre pero no para su edad adulta”.

Pero la desorientación no es sólo de la Iglesia. Esta reflexión, esta necesidad de autocrítica, la tendríamos que extender a la sociedad misma. La distopía del Mundo feliz que Aldous Huxley vislumbró en 1932, su dictatorial Estado Mundial, tenía ya mucho de colmena sectaria y de infantil globalización. Un mundo joven y superficial sin tragedias, pasión ni libertad pero tremendamente estable, previsible y controlable. Nadie desea más de lo que tiene; nadie desea más de lo que puede tener. ¡Zum, zum! Tomas medio gramo de soma y es como si disfrutaras de medio día de descanso; un gramo de soma, un fin de semana; dos, una escapada a Oriente… Nadie piensa -a nadie le está permitido pensar- y la colmena sigue zumbando. Alegres jóvenes manipulando tubos de ensayo mientras los predestinadores silban y los embriones escuchan lecciones hipnopédicas de sociabilidad y conciencia de clase a la vez que aprenden sus primeras pautas de vida erótica.

¡Oh, Ford! , podríamos invocar… Cuántos parecen seguir soñando con un mundo de sectas y castas manipuladoras que diera legitimidad para explotar abiertamente e los desposeídos de la Tierra. Escribió Huxley que la población óptima, como practicaban los Alfas con el consentimiento de Betas, Gammas y Epsilones, es como un iceberg: ocho novenos bajo el agua y uno encima. Elysium acaba de llegar a la cartelera con las mismas inquietudes. Neill Blomkamp, lo recordarán por su aterrador apartheid de Distrito 9, nos propone viajar a la Tierra baldía de 2154 en la que el 1% de la especie escapa del apocalipsis y vive en una gigantesca estación espacial mientras el 99% restante se hacina en condiciones infrahumanas en un planeta contaminado. El Malpaís de Huxley extendido a toda la Tierra aunque con un héroe de verdad, Matt Damon en el papel de superhombre, y una misión salvadora; el decadente mundo que estamos construyendo ya pero revestido de ciencia ficción y con la oportunidad de un final feliz que cada vez se reduce más a la grandiosidad del cine.

Elysium, Guerra Mundial Z, Oblivion… No es casualidad la fiebre de películas distópicas que beben del pesimismo de la crisis y de la impotencia de una sociedad alarmantemente sectaria y fanática. Varían las escalas pero no las estrategias ni los fines: unos pocos aprovechándose de la debilidad de muchos, manipulando sentimientos, usurpando esperanzas, comprando influencias y poder. Si no somos capaces de protegernos de la secta que opera en el barrio, mucho menos lo seremos de los lobbys que respiran fuera del agua. ¿Tan increíble nos parece un planeta de ricos explotando a millones de pobres?

Manipulación, a solas con Pedro J.

Magdalena Trillo | 9 de febrero de 2009 a las 22:59

 

 

IBA a hablar del consejero Griñán. De su  fascinación por Obama y de sus recetas  contra esa crisis “inédita, imprevisible,  exasperante y cabreante” que acapara titulares,  mantiene ocupados a los políticos  y deja sin dormir a quienes de verdad la sufren: los parados.

 

Pero la foto de Soraya ha podido con la crisis. Bien lo sabe Pedro J. cuando ha optado por recurrir al cóctel fácil de sexo, imagen  y política para situarse en primer plano de la actualidad, para dar una supuesta lección a  Rajoy y dejar claro que, cuando se trata de manipular, pocas personas son capaces de tanto.

 

Por supuesto que no. ¿Lo primero? Convencer a la parlamentaria del PP para que pose de modelo  en las páginas del Magazine del domingo con una imagen “sugerente” e “íntima”.  Bien. Vestido negro vaporoso e insinuante,  hombros y escote al descubierto, peinado y  maquillaje de mujer fatal, piernas semidesnudas  y provocadoras.

 

La imagen podría describirse con los mismos adjetivos que Griñán aplicó a la crisis en su conferencia de Granada. ¿Inédita e imprevisible? Por supuesto. ¿Exasperante y cabreante? Pero no por la foto en sí  misma sino por la intrahistoria de la imagen.

 

En el almuerzo de Caja Rural al que acudió  Griñán, la foto de Soraya le robó buena parte  del protagonismo al discurso económico. Era  la comidilla en los corrillos de políticos y periodistas.  Esa misma mañana, El Mundo había  publicado en portada la polémica foto y  comenzaba el revuelo: la engatusa y luego la  traiciona. A continuación se vanagloria de  que “no se habla de otra cosa” y aprovecha, cínicamente,  para criticar al PP por sus “contradicciones”  en sexo e imagen.

 

No falta ni un solo ingrediente para ‘alimentar’ a hipócritas y machistas. De paso, echa un pulso al PP -últimamente  van demasiado por libre…- y da un  empujón a la edición del diario.  Pero lo que cabrea de la foto de la portavoz  del PP en el Congreso no tiene nada que ver  con el discurso feminista ni con los estereotipos  simplistas de la mujer que siguen recordándonos  el “trecho” -como confesó el  propio Rajoy- que aún queda por recorrer.

 

Cabrea que  se nos manipule para mayor gloria de un conspirador. ¿Es que Pedro J. no se preocupa  de su imagen? ¿Su admirado Aznar está a  salvo de críticas? En tal caso, no tendremos en  cuenta los cambios de peinado con que sorprende  cada poco tiempo, ni sus acentos exóticos,  ni sus cambiantes tonos de piel, ni el abdomen de  “tableta” del que solía presumir… 

 

Cuando las ministras del primer Gabinete de ZP posaron para Vogue al inicio de la primera  legislatura, Pedro J. abrió una cruzada contra  ellas; el mismo talante cínico que recuperó  hace unas semanas cuando su medio criticó a  Carme Chacón por acudir con chaqué a la Pascua  Militar. “La ministra en pasarela”, tituló entonces. ¿Los ministros no posan? 

 

Quería hablar de crisis y al final lo he hecho.  Aunque de otra crisis. La de principios y valores;  de credibilidad y de moral. Sólo me surge  una duda:el temor de contribuir al éxito y no al descrédito de quienes juegan a ser Dios.