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Las noticias engañosas del AVE

Magdalena Trillo | 3 de diciembre de 2017 a las 10:34

Hoy voy a innovar. En lugar de escribir un artículo de opinión, voy a hacer un ejercicio de clase para intentar poner en práctica lo que (espero) haber aprendido con el curso de fact-checking que acabo de terminar en la plataforma virtual abierta del Knight Center de Estados Unidos.

La culpa la tiene el AVE. ¿Terminaron las obras? La pregunta es muy sencilla pero la respuesta tiene trampa.

Desde el PP retumba un “sí” rotundo: el Gobierno de Rajoy “cumple” y la plataforma de vías para que puedan circular los trenes de alta velocidad está construida y electrificada. Justo para el 30 de noviembre, la fecha comprometida por el secretario de Estado en su última visita a Granada. Eso sí, otra cuestión serán las obras “complementarias” y el largo proceso de comprobaciones y pruebas de seguridad que requiere un proyecto de esta envergadura.

Desde las filas socialistas, el “no” resulta igual de categórico: la reunión de Antequera ha sido una “desfachatez”, una “burla” y un “desprecio” a Granada que el ministro de Fomento ni siquiera haya tenido la valentía de visitar la ciudad para “dar la cara” y anunciar un “cronograma” serio para la puesta en marcha. La indignación, el cabreo y hasta la sorna por el “viaje exprés” también es mayúscula en los movimientos vecinales: ni será un AVE de primera ni hay horizonte certero para el soterramiento en la capital y para la variante de Loja.

¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente? El fact-checking no es otra cosa que “chequear”, “verificar”. Aprovechar las herramientas que nos aportan las nuevas tecnologías, el acceso a datos y a fuentes complementarias que nos da la actual sociedad de la transparencia, del open goverment, para no creer ciegamente a nadie. En realidad, lo que hacemos es dar un toque de sofisticación y metodología a las viejas rutinas que aprendimos en la Facultad cuando nos repetían, una y otra vez, que la primera obligación del periodista es “contrastar”.

Así que nadie está a salvo. Podemos verificar declaraciones, hechos y datos. Y en alianza con los lectores; en abierto. Aportando nuestras comprobaciones y sumando los descubrimientos de los demás. Son ocho pasos: (1) seleccionar lo que queremos validar, (2) ponderar su relevancia pública, (3) consultar con la fuente original, (4) recurrir a fuentes documentales y oficiales, (5) contrastar con fuentes alternativas, (6) ubicar en el contexto, (7) confirmar, relativizar o desmentir la afirmación y (8) calificar.

Prácticamente, todos los medios de Granada llevamos una semana dedicados a ello. Sin tanta sistematización y sin ponerle llamativos nombres al estilo de la maldita hemeroteca, pero cumpliendo -casi por inercia- con todas las fases del chequeo.

Para empezar, resulta más que evidente que la llegada del AVE y el desbloqueo ferroviario (los mil días de aislamiento se cumplen en Navidad) es un tema vital a nivel institucional, empresarial y ciudadano para Granada y la incógnita sobre si (de verdad) acababan las obras en el deadline de noviembre y habría por fin una fecha de estreno se ha intensificado en las últimas semanas como el principal tema de conversación. A nivel mediático, en cualquier ascensor y en la barra del bar (casi tanto como el esperado “¡por fin llegó el frío!) No tienen más que repasar las noticias y los análisis que hemos publicado en Granada Hoy en la última semana, con la inclusión de fuentes y más fuentes, de datos y más datos, con declaraciones, opiniones y análisis, para construir sus propias conclusiones.

Sólo faltaría la fase final de calificación. ¿Verificamos o desmentimos? Si somos honestos, si dejamos nuestras inclinaciones ideológicas en el cajón, creo que lo más riguroso en este caso -después de evaluar datos, hechos y declaraciones- es optar por relativizar. Relacionado con el creciente auge del Periodismo de Datos, son ya muchos los medios a nivel mundial que han creado un equipo de fact-checking y han definido su propia escala de verificación: porque entre la verdad y la mentira hay un interesante camino en el que cabe la exageración, el disparate, lo discutible, lo insostenible, lo apresurado…

En esta escala, yo situaría el tema del AVE en el plano de lo engañoso. La obra gorda ha terminado, sí, pero ha sido un final simbólico que no evitará que nos pasemos meses viendo operarios (muchos y para muchos flecos) tanto en la capital como en Loja. Lo de Antequera fue una función de teatro ligero, sí, pero con cierto sustento: el tren laboratorio de Adif ya inspecciona la plataforma, ya sabemos que podremos subirnos en un AVE (aunque sea uno especial y estrechito, capaz de atravesar el túnel de San Francisco) para llegar en tres horas a Madrid con cuatro servicios diarios; el proyecto del baipás en Almodóvar del Río ya está encargado a Ayesa Ingeniería -también acortará a menos de 2 horas el viaje a Sevilla- y, sobre el polémico soterramiento, Fomento ya ha enviado el proyecto a información pública en el Boletín de la Comisión Europea como primer paso (aunque sea burocrático) para la integración.

¿Cuándo? No hay fechas. Pero reconozcamos que el ministro ha evitado jugársela y arriesgarse a mentir. Advierte que Granada aún tendrá que esperar “bastantes meses” para estrenar el AVE y pide “paciencia”. 122 kilómetros de recorrido, 1.653 millones de euros de inversión, 31 viaductos y 7 túneles. La obra, efectivamente, no ha sido menor. Y no es mal consejo la prudencia después del precedente del Metro (seis meses de periodo de pruebas) y la referencia cercana que tenemos de la línea Valencia-Castellón (la fase en blanco empezó en febrero y ahí siguen sin fecha de inauguración).

En este punto, mientras el pájaro sigue hibernando, nosotros podemos entretenernos chequeando y con quinielas: ¿para Semana Santa? ¿Para verano? ¿Para final de 2018 como pistoletazo electoral? Podemos empezar a apostar… ¿Vendrán a Granada, esta vez sí subidos en el AVE, Íñigo de la Serna y el presidente Rajoy? Aquí no hay margen de engaño, será al cabo de diez largos años y seis ministros después.

De la marea blanca a la amarilla: el quinto poder

Magdalena Trillo | 12 de febrero de 2017 a las 12:35

Cuando hace quince años Ignacio Ramonet denunciaba la “marea negra” de la mentiras y arremetía contra los medios de comunicación que se habían aliado con los grandes poderes económicos y políticos -dejándose contaminar por el neoliberalismo y olvidándose “dar voz a los sin-voz”-, la fuerza del “quinto poder” que el periodista y escritor situaba en el terreno de la ciudadanía no era más que un borrador. Casi una utopía. Sus reflexiones funcionaban en los foros académicos, especialmente en los más críticos contra lo que más tarde llamaríamos “casta”, pero nada hacía presagiar que movimientos globales como la  español fueran a dejar casi en un plano de prudencia la dureza de sus planteamientos y temores.

He vuelto a leer el artículo que publicó en 2003 y se quedó corto: “La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones”. La batalla que acaban de emprender los nuevos gigantes de la comunicación contra las noticias falsas es una primera toma de conciencia -¿irá más allá del márketing?- sobre un problema sistémico que, paradójicamente, no entiende ni de fronteras ni de muros en la convulsa ‘era Trump’. Al contrario. Buena parte de su éxito radica en la permeabilidad de los sistemas de información de los propios Estados y en la inconsciencia de todos nosotros cooperando con el ‘lado oscuro’ a golpe de descargas impulsivas y de los inocentes ‘sí acepto’ con que regalamos nuestro ADN a cualquier postor.

Las crisis de los últimos años, todas ellas, han acentuado las conclusiones de entonces pero en el diagnóstico habría que introducir nuevos factores y nuevos actores. Me refiero al “quinto poder”. A sus contradicciones y al doble filo que supone la presión ciudadana actuando de contrapoder y ¿suplantando a los medios, a los políticos, a las instituciones? El “no nos representan” comenzó como un grito de rebeldía contra el descrédito de las administraciones pero ha terminado minando la autoridad de quienes históricamente han ejercido el papel de mediadores: los profesores, los políticos y los periodistas. En cada eslabón de la cadena de esta (otra) crisis -peligrosamente invisible y transversal- hay errores, pecados y excesos compartidos pero también propios. Porque no es sólo el color lo que diferencia a las mareas; y porque no hay dos problemas iguales ni una solución clonable.

La movilización sanitaria contra la fusión hospitalaria ha situado a Granada como ejemplo nacional del quinto poder. El idealista. El que inunda las calles y consigue documentos firmados en las mesas de negociación. Spiriman ha puesto rostro al cansancio y a la indignación y ha sabido reactivar el sentimiento de agravio que los granadinos parecemos preservar de generación en generación. Pero el fenómeno del ‘Yeah’ tiene un contexto, unos protagonistas y una cartera de razones y de emociones que no son exportables. No lo fue en su día cuando en Guadix intentaron subirse a la ola de la marea blanca y se pondrá a prueba hoy cuando Granada salga a la calle “en defensa del AVE” y contra el aislamiento ferroviario. No sólo los políticos se retratarán esta mañana cuando secunden las pancartas o se refugien en los tediosos argumentarios de los partidos para esquivar la foto. También lo haremos nosotros, los medios. Y también ustedes, los ciudadanos.

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No hay un Spiriman de amarillo que canalice y lidere el cabreo y, por muy perjudicial que sea para la economía de la provincia, para el sector empresarial, para el turismo, el empleo o la movilidad, las fibras sensibles son otras. Sin cuestionar la “injusticia” que supone para Granada su historia tercermundista en infraestructuras, y aun cuando los organizadores apelen a nuestro “orgullo” y “dignidad”, cada movilización tiene su historia y su intrahistoria.

Puede que en este caso también haya mucho de impotencia heredada y aprendida -como los sevillanos que beben Cruzcampo porque lo han visto en casa y nosotros nos aferramos a la Alhambra- y una doble confluencia de factores: no es la salud lo que está en juego -los ranking también hay que aplicarlos a las preocupaciones- y, siendo honestos, ni los turistas han dejado de venir, ni los empresarios de trabajar ni nosotros de viajar.

Es verdad que, con la sanidad, los medios hemos ido a remolque de la gente. Nos sorprendió. Nos costó calibrar la envergadura del problema y no ha sido fácil digerir la tensión e intereses contrapuestos en estos difíciles cien días de protestas, envites y dimisiones. Pero creo que sería injusto no reconocer el esfuerzo que se ha realizado y el posicionamiento militante que hemos adoptado -con excepciones, por supuesto- recuperando nuestro papel como aliados de los ciudadanos y contrapoder de las instituciones. Justo lo contrario que denunciaba Ramonet. Los periodistas, los medios, nos hemos puesto del lado de la gente, no en defensa de los intereses de las empresas. Y lo hicimos en su día con la Marea Amarilla aunque no estaba media España mirando. Y lo seguiremos haciendo hoy porque realmente es una cuestión de justicia. De dignidad.

Sinceramente, creo que la batalla no está entre los viejos medios y los nuevos. Son decisiones editoriales, es compromiso y es rigor. Hablamos de construir un nuevo periodismo que dé respuesta a unos retos diferentes, hable el mismo idioma que la gente y sea capaz de establecer alianzas actualizando esos principios de independencia, honestidad y objetividad que históricamente han marcado la profesión. Que no es fácil es una obviedad, pero no tanto reconocer que no podemos hacerlo solos. Porque el “quinto poder” no es exclusivo de los ciudadanos como nunca fue el “cuarto poder” una prerrogativa sin límites de los medios de comunicación. Tal vez sea la lección más sólida que deberíamos aprender de las mareas: compartir, aliarnos, sumar. Democratizar, también, el éxito de las alianzas.