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Como decíamos ayer

Magdalena Trillo | 4 de septiembre de 2016 a las 10:55

Llevan razón: el título de la columna no invita a leer. No cuando hemos superado el ecuador del año con ‘más de lo mismo’. En stand by. Sumidos en un inaudito bucle de no-noticias y sin expectativas de salida. Al contrario. Lo más sorprendente del impasse vacacional es que ha tenido un efecto regresión. Fracasó la utopía de la gran coalición, fracasó Pedro Sánchez con su solemne ‘pacto del abrazo’ y ha fracasado Rajoy con su distopía posibilista. ¿Y ahora?

Les sintetizo los escenarios: 1. Que las elecciones vascas y gallegas del 25 de septiembre provoquen una convulsión en los partidos y a Rajoy le dejen formar un gobierno de mínimos. 2. Que el PP se inmole y proponga un candidato alternativo que ponga en marcha la legislatura. 3. Que los barones socialistas den un paso adelante y eliminen el fantasma de las urnas obligando a su líder a dejar pasar. 4. Que volvamos al fallido intento de gobierno a tres bandas entre rojos, morados y naranjas -y el apoyo puntual de los nacionalistas- con el enésimo intento de Pedro Sánchez de ser presidente con la estrategia del mestizaje. 6. Que haya un pacto de urgencia para reformar la ley electoral y evitar que las terceras elecciones sean el 25 de diciembre -iríamos a votar el 18 y se acortaría una semana la campaña-. 7. Que se apruebe una reforma de mayor calado que cambiara por completo las reglas del juego: nueva cita electoral pero con segunda vuelta. A las urnas el 25-D pero con una seguridad: al estilo americano o francés, la última palabra la seguiremos teniendo nosotros.

En este rápido estado de la cuestión, sería incapaz de fijar una progresión de probabilidad. Hasta sería arriesgado aventurar si hay una salida distinta a lo que ya parece estar escrito: terceras elecciones el día de Navidad con un resultado similar al 20-D y 26-J y vuelta a los despachos. Vuelta a empezar.

En los manuales no escritos del articulismo, las primeras columnas de septiembre se reservan a los retos y novedades del inicio de curso. Pero nada se dice de años como éste en que no hay nada que iniciar. Ni siquiera que reiniciar. Menos aún cuando es todo un país el que ha quedado bloqueado, noqueado, rehén, de una suerte de Cofradías del Santo Reproche. Lamentablemente, no son los poéticos 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina; son muchos más: son meses viviendo de la inercia. Son 300 días sin gobierno; son 500 días de aislamiento ferroviario.

Lo relaciono porque todo tiene relación. Y porque gracias a la Física sabemos que el movimiento pendular no es infinito. España ha funcionado -al margen de si bien o mal- porque había un presupuesto, esa misma hoja de ruta que da oxígeno a las autonomías y a los ayuntamientos. Desde este verano, lo que tenemos es un cerrojazo contable con consecuencias en cadena. De Madrid al último de nuestros pueblos. Los recientes datos macroeconómicos dicen que España “va bien” sin Gobierno. Al otro lado de este revival aznariano están los informes que advierten de que se está creando una nueva burbuja inmobiliaria y avisan de lo frágil que es vivir en el mundo feliz del turismo. Sin caer en la tentación de comprar al PP su tesis de “ellos o el caos”, debería bastar con recurrir a la sabiduría popular para inferir que “todo tiene un límite”. También el desgobierno.

Granada va a salir del verano mucho peor que estaba. Una provincia sin AVE y sin trenes empeñada en alejar la posible solución. Una capital sumida en viejos y nuevos atascos – el nudo en la Ronda Sur con la apertura del hospital del PTS y el Centro Nevada en otoño será monumental-, con previsibles dudas sobre la puesta en funcionamiento del Metro y con la certeza de que la LAC llegó para quedarse… que no podemos “tirar los autobuses al río”.

A falta de comprobar si el final de la era del botellódromo es el inicio de la era del microbotellón, a la espera de saber si de verdad llegará el legado de Lorca y pendientes de conocer la letra pequeña del Eje de Desarrollo, Granada no deja de ser un laboratorio a escala local de la inestable y compleja política que se vive en Madrid. No se pueden levantar las persianas sin presupuestos. Hasta la más insignificante decisión de gasto e inversión forma parte de un engranaje superior. Podemos plantarnos en un tren chárter en la capital de España para protestar por el aislamiento ferroviario pero poco avanzaremos si no hay dinero sobre la mesa. La triste y fría realidad de los números. Como decíamos ayer…

Estriptis de transparencia

Magdalena Trillo | 31 de enero de 2016 a las 11:00

Siendo enólogo y fotógrafo, además de provocador ensayista y exuberante escritor, seguro que Mauricio Wiesenthal tiene un concepto bastante preciso de lo que significa la transparencia. La que no lleva letra pequeña; la que tiene que ver con la claridad y la evidencia; la que es contraria al secretismo, a las dudas, a la ambigüedad. El autor catalán, que precisamente acaba de publicar con Acantilado una apasionada y monumental obra sobre Rilke, sobre “el vidente” y sobre “lo oculto”, mañana estará en Granada para conversar con el periodista Alfredo Valenzuela en un nuevo ciclo de Diálogos literarios que ha organizado la UGR en La Madraza. Sería interesante saber qué opina este atípico intelectual “de etiqueta” sobre la transparencia en la vida pública. Sobre la competición de estriptis en que se han sumido las instituciones y los políticos de nuestro país en una absurda y acelerada carrera por recuperar la confianza de los ciudadanos. Sobre lo ridícula e inútil que resulta cuando ni es honesta ni lo pretende.

Dice Wiesenthal que “la verdad de un hombre entregado a un delirio está más cercana al escándalo que a la falsa ejemplaridad burguesa”. Habla del errante y rebelde poeta alemán que deslumbró hace un siglo con sus Sonetos a Orfeo pero su reflexión serviría para cualquiera de los personajes actuales que nos distraen maquiavélicamente con dobles discursos, con dobles varas de medir y con un desconcertante juego de focos que sólo hace límpido y cristalino lo que en cada momento interesa de forma estratégica y calculada.

Yo siempre he desconfiado de las personas que no tienen “delirios”. Del exceso de perfección; de la sobredosis de ejemplaridad. Me despiertan recelos las personas que nunca beben -ni una copa de buen vino-, que no caen ante un coulant de chocolate negro, que no tienen vicios. Grandes o pequeños, cuestionablemente saludables, pero humanos. Y es que la perfección no es más que un ideal, una aspiración, puro misticismo; lo consustancial al hombre es la imperfección. Pasiones. Debilidades.

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Dice también Wiesenthal que “un crítico sin humor es como un eunuco en un harén”; que “sabe siempre cómo hacerlo mejor” pero no puede “porque no tiene los medios”. ¿Se refiere a pontificar y dar lecciones? Porque es la regla de oro de la política actual… Unos no pueden y otros no quieren.

En realidad, el humor, vinculado a la franqueza, al reconocimiento de las propias limitaciones, al buen talante, a la mano izquierda, no es en realidad más que un síntoma de la transparencia. De la honradez y de la honestidad. Hasta de la lealtad. Y de nada sirve si vivimos castrados. Por acción o por omisión. Y en las mil y una formas en que podemos sucumbir.

Por todo esto me alertan los novedosos estriptis de transparencia. Por lo que tienen de escaparate. Por lo cerca que están de lo farisaico. Porque ocultan más que enseñan; porque arrastran demasiadas incapacidades y complejos y, siendo pragmáticos, porque la primera conclusión de la pasarela de exhibicionismo de los últimos meses es que sirven para muy poco.

Tanto ciega la oscuridad como el exceso de luz. Lo estamos viendo en las negociaciones para investir presidente y formar gobierno. Mucho más operativo sería que pactaran al margen del objetivo de las cámara sin estridencias y sin interferencias. En pro de la transparencia seguimos lo que dicen y lo que hacen, pero también lo que los demás interpretan que dicen y hacen y, tras la correspondiente tormenta de reacciones, lo que parece que han querido hacer y decir. Y todo tan volátil, confuso e inestable que los titulares no se sostienen ni un día.

Con la misma agilidad y contundencia con que el bipartidismo reformó en 2011 el artículo 135 de la Constitución para incorporar el principio de “estabilidad financiera”, puede que terminemos defendiendo ahora modificar el 99. Es el relativo al nombramiento del presidente del Gobierno y puede que hasta agradezcamos la nocturnidad y alevosía del acuerdo del bipartidismo de hace cuatro años si eso significa salir del rocambolesco e insufrible enroque en que están situados los dos líderes de los partidos más votados: Mariano Rajoy no puede y a Pedro Sánchez no lo dejan.

“Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso”. Es el apartado quinto del citado artículo, un texto que ya durante el proceso constituyente fue objeto de controversia y reiteradas modificaciones. Hoy, si en lugar de decir “a partir de la primera votación” fijara “desde la constitución del Congreso”, ya tendríamos fecha tope. Ya no habría unas negociaciones con “luz y taquígrafos” para todos los españoles y otras a puerta cerrada. Ya no tendrían tanto margen los estrategas para dilatar, para distorsionar, para desesperar.

Tengo las mismas tremendas dudas que todos ustedes, que ellos mismos, sobre lo poco que resolverían unas nuevas elecciones, pero es más que evidente que este procés (el español) está a un punto de la inanición. Y no hay nada mejor que un ultimátum (los catalanes nos lo acaban de demostrar) para que todos desvelen sus cartas. Las de verdad. Las últimas.

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Otra opción es darle sentido práctico a eso de que “el Rey reina pero no gobierna”. Aparte de aprenderlo en el colegio, podríamos esperar que también en el papel de la Monarquía haya cierta innovación en un momento inédito como el actual. ¿Terminará Felipe VI proponiendo a Pablo Iglesias a presidente? Mientras Rajoy no tiene apoyos y a Sánchez lo atan los barones, el candidato de Podemos afrontaría los nuevos comicios como presidenciable. ¿No sería más sensato que el Rey volviera a llamar a Rajoy y lo obligara a someterse a la sesión de investidura aun sabiendo que el único objetivo es poner el cronómetro a cero para las próximas elecciones? No sé si puede o debe, ¿pero no sería lo sensato?

No crean que lo de la moda de la transparencia se practica sólo en la liga nacional. Granada lleva meses pidiendo una reunión con Fomento para resolver el conflicto del AVE. El propio alcalde y la concejal de Urbanismo han reconocido públicamente el ninguneo de la ministra de Fomento. Tal vez ese haya sido su error: la transparencia; la sinceridad. Esta semana, de repente, sabemos por un comunicado del PP que Juanma Moreno y Sebastián Pérez se han sentado con Ana Pastor para acelerar la llegada de la Alta Velocidad.

 

Al alcalde lo avisaron del encuentro sus afines de Madrid y se dio por ‘no enterado’. ¿La foto de la transparencia o la foto de la maniobra? Si el interés de los granadinos está por encima del partido, por encima de los políticos, ¿no era esperable que de esa reunión saliese un compromiso serio con Granada? Que ellos expliquen si es normal que el alcalde de la ciudad no estuviera sentado en la mesa. Si no quiso ir, si nadie lo invitó… Yo sólo les planteo una pregunta: ¿no preferirían que no hubiera foto y saber cuándo podremos coger el AVE?

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Quiénes son los moderados

Magdalena Trillo | 25 de enero de 2015 a las 10:06

Grecia no es España pero son múltiples las pistas que hoy nos llegarán desde Atenas sobre el incierto escenario político que acecha a Europa tras siete años de larga crisis y suicida austeridad. El pueblo helénico acudirá a las urnas para decidir si planta cara a la Troika y entrega las riendas del país al Podemos del sur: 9,8 millones de ciudadanos podrán elegir entre 18 partidos y 4 coaliciones aunque son sólo 7 las formaciones que tienen opciones reales de entrar en el Parlamento. El favorito es el Pablo Iglesias griego. Alexis Tsipras, al frente de Syriza, estrenará el intenso año electoral que viviremos en 2015 y que, con toda seguridad, transformará el actual mapa ideológico europeo entre el ascenso ‘ultra’ y el fin del bipartidismo. Las presidenciales griegas arrancan hoy a las 7 de la mañana y luego le tocará el turno a Reino Unido, Francia, Suecia y, por supuesto, España. La economía y la política migratoria, marcada por el fantasma yihadista, serán claves en un momento de desconfianza y descontento generalizado.

El izquierdista Tsipras busca una mayoría absoluta que le permita gobernar en solitario y lograr que “la democracia vuelva al país donde nació”, “recuperar la autonomía en Europa” y “restaurar la dignidad del país”. Innegable el populismo del que ya se ve como primer ministro pero no tan extremista como se ha dibujado a ese carismático estudiante que, desde sus revolucionarios primeros años dentro del Partido Comunista, ha tenido un ascenso meteórico para situarse como líder de la oposición y gran esperanza de cambio. Y ello a pesar de las muchas turbulencias que sus propuestas sobre la deuda y el euro han desatado en los mercados y el miedo que ha infundido en los socios de la UE alineados a Berlín.

La realidad es que la cercanía al poder atempera con tanta fuerza como su pérdida lleva a la radicalización. Al mismo tiempo que Tsipras ha ido moderando su discurso, similar al giro emprendido por Podemos en España, el conservador Samarás ha virado a la derecha, ha endurecido el tono y se ha refugiado en la campaña del miedo. Con una afonía tal vez profética sobre su propio futuro, ha terminado los mítines advirtiendo de que “Tsipras quiere convertir Grecia en Corea del Norte“. Al frente de Nueva Democracia, sufridor del quebradizo bipartito que se ha despeñado tanto como lo han hecho en las encuestas sus socios socialistas de Pasok, asegura que continuará con las reformas estructurales, pero promete poner fin al rescate y una progresiva bajada de impuestos.

Toda Europa mira a Tsipras y a Samarás pero tal vez lo más interesante se juegue en un escalón inferior. Dejando de lado la inevitable y estable cuota de los neonazis de Aurora Dorada, la llave de gobierno en un escenario sin mayoría absoluta la puede tener To Potami. Los moderados. Son los últimos en llegar. El partido de Stavros Theodorakis nació en marzo con el objetivo de unir a todos los descontentos de centroderecha y centroizquierda y sorprendieron en las Europeas con dos escaños. El Río, traducido al español, fue fundado por un popular presentador de televisión ajeno a la “casta” con un discurso que recuerda mucho a los argumentos esgrimidos por UpyD y Ciudadanos en el tablero nacional: clases medias, profesionales liberales y voto urbano son el ‘público’ al que pretenden convencer con un programa electoral proeuropeo y cosmopolita que se ha diseñado más para pactar que para gobernar. Y ya han anunciado que están dispuestos a “sentarse a hablar” con cualquiera que no busque “una vuelta al dracma”.

En España, si como ya ha decidido Susana Díaz “es la hora de los andaluces“, la primera oportunidad para castigar y premiar la tendremos el próximo 22 de marzo, dos meses antes de las municipales y a casi un año de las generales. Aquí sí hablamos de un adelanto electoral en toda regla -la convocatoria de Mas y Junqueras en Cataluña para septiembre ha terminado pareciendo un retraso- y aquí sí podremos pulsar la caída real del bipartidismo y el empuje de las nuevas formaciones.

La presidenta lo anunciará previsiblemente mañana y, no nos engañemos, claro que el trasfondo es político y electoral. ¿Algunos comicios no lo son? Será por el “interés de Andalucía” pero lo que sostiene y justifica cualquier convocatoria es estrategia y oportunidad. Con unos presupuestos aprobados, la percepción de “inestabilidad” es más que relativa y, por supuesto, subjetiva. Si el pánico al descalabro electoral no se hubiera apoderado de IU, más comprensible resultaría que las asperezas y discrepancias se hubieran limado en los despachos como se ha hecho hasta ahora. Pero los tiempos electorales son otros y, evidentemente, por mucho que descoloque al resto de partidos, es el PSOE quien tiene en estos momentos la potestad y legitimidad de convocar elecciones.

No tengo tan claro, sin embargo, que el adelanto vaya a beneficiar a los socialistas. Serán los primeros en recibir los mensajes de indignación popular y no deberían descartar que las dificultades del bipartito actual se multipliquen por tres o por cuatro con un PSOE y PP alejados de la mayoría absoluta y pendientes del éxito final de Podemos, UpyD o Ciudadanos y el hundimiento -o no- de una Izquierda Unida manifiestamente molesta con el adelanto a la que será aún más complicado contentar.

Obviamente, los resultados tendrán consecuencias más allá del escenario regional. Si Pedro Sánchez está acosado por la sombra de Susana Díaz, Rajoy no se libra de las amenazas de Bárcenas y la presión de Aznar: ¿Dónde está el PP? ¿Aspira realmente a ganar? Los populares sabían que la convención nacional iba a ser ‘movida’ pero tal vez no previeron la dura irrupción del ex presidente espoleando a los dirigentes del partido y reclamando un rearme ideológico.

Volvamos a Grecia. No serán lo mismo pero se parecen: unos virando a la derecha azuzando la campaña del miedo, otros prometiendo el cambio desde la izquierda y todos disputándose “la virtud del centro”. Justo esta idea enmarca el primer capítulo de la serie danesa Borgen, una más que adictiva propuesta televisiva que arranca con la proclamación de la moderada Birgitte Nyborg como primera ministra tras tumbar todas las encuestas y que tiene al temible Maquiavelo de asesor de cabecera: “El príncipe no debe tener más objetivo ni pensamiento que el de la guerra y sus reglas y disciplinas”, “El príncipe ha de saber que es más importante ser temido que amado”.

La pregunta que yo me haría en España, pero también en Andalucía y por supuesto en Granada, es dónde están los moderados. Es decir, qué partido, qué líder, será capaz de apropiarse del mensaje de la prudencia y la moderación y convencernos -o no- de que “la virtud está en el centro”.

El final de la crisis y otros cuentos

Magdalena Trillo | 28 de diciembre de 2014 a las 10:43

¿Primavera adelantada o seis semanas más de invierno? Phil, la marmota más famosa de la historia, la del impronunciable pueblo de Punxsutawney, la que inmortalizó Bill Murray hace dos décadas en Atrapado en el tiempo, nos lo dirá el próximo 2 de febrero. Si sale de su madriguera y no ve su sombra, se mostrará confiada para disfrutar del día, habrá llegado el fin del invierno; si su sombra la persigue, se asustará y volverá a su escondite a hibernar.

Tal vez tengamos que recurrir al conocimiento líquido y sobrenatural de las marmotas para saber cuántos días nublados aún nos quedan de crisis, para descubrir cuál de los políticos, y también de los economistas y de los expertos que tanto han errado hasta ahora, lleva razón. Rajoy lo sentenció el viernes al finalizar el Consejo de Ministros: “2013 fue el año de las reformas, 2014 el de la recuperación y 2015 el del despegue definitivo”. Los organismos internacionales, desde la Europa de Merkel y Juncker hasta los gurús del FMI, se apuntan a la tesis de optimismo del Gobierno pero no sin antes reclamarnos más reformas y advertirnos de los riesgos de subir salarios o recuperar parte de lo mucho perdido.

En el lado contrario, la oposición en bloque ve en las proclamas del presidente del Ejecutivo un derroche interesado de “triunfalismo” más relacionado con los tiempos electorales de 2015 -municipales a finales de mayo, generales en noviembre y autonómicas en algunas comunidades- que con la realidad que la sociedad española está viviendo en esta teórica “última Navidad de la crisis“. El planteamiento de la izquierda y de los nacionalistas coincide con el de los cada vez menos ‘radicales’ de Podemos: recuperación a qué precio y con qué niveles de desigualdad. Si, como critica el líder socialista, es “indecente” e “injusto” hablar de salida de la crisis con el nivel actual de paro y de degradación social y, sobre todo, si esa tendencia al alza de los grandes indicadores económicos es realmente sólida y estable o es un espejismo tan caprichoso como la supuesta sapiencia del televisivo roedor, tan endeble como las líneas de la quiromancia y tan volátil como el humo del sofisticado alquimista.

Tal vez, como denuncia Podemos, en el discurso económico del Gobierno haya bastante de ‘spot’ publicitario y de márketing, pero ¿no nos gustaría que fuera así? Puede que al final no sea tanto una cuestión de números y de estadísticas como de voluntades y de fe. Y el dilema es sencillo: del usted a quién cree al usted a quién quiere creer… Porque puede que, como nos cuenta James Salter en Años luz, haya dos crisis como hay dos vidas: la que la gente cree que está viviendo y la que anhela vivir; la aparente que exhibimos esta Navidad entre compras, bares y restaurantes -lo constatan por ejemplo en Granada los números sobre el aumento del gasto medio de las familias- y la que nos aguardará en casa cuando cerremos la puerta y se apaguen en las calles las luces led.

“El secreto”, nos dice Salter, “consiste en tener el valor de vivir” porque, si lo tenemos, “tarde o temprano todo cambiará”. Viri, su protagonista, habla de la vida y yo de la crisis; él se refiere a la fe y yo estoy pensando en la política y la economía, en la necesidad de creer a alguien, de creer en algo… pero ¿acaso no es lo mismo? “Nos protegemos como si eso fuera importante y siempre lo hacemos a expensas de otros. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe”.

He guiado estos días mi desembarco en los libros electrónicos con esta preciosa novela del escritor neoyorquino, una obra maestra de las letras anglosajonas, temiendo que la tecnología prostituyera la belleza de su prosa, que trastocara la sinfonía con que expresa sus ideas. Me equivoqué. He terminado sus Años luz con decenas de subrayados y anotaciones que ahora vuelvo a leer, a reconstruir, poniendo mi particular música sobre su particular partitura. Fundiendo verdades y sueños como quien culmina una y mil veces el cubo de Rubik. Los caminos son infinitos pero el final, cuando se alcanza, siempre es perfecto.

Años luz se escapa entre los dedos con la misma fugacidad que la vida. Con esa que no nos arriesgamos a vivir, con esa que no podemos imaginar “sin la iluminación que nos procura la vida de otros” y con esa, persistente, que nos golpea con sus grandes certezas: “Pasión, energía, mentiras: eso es lo que la vida admira. Todo soportable si la humanidad entera observa…”

¿No podemos aspirar, además de a salir de la crisis, a hacerlo con un mínimo de dignidad? Tal vez sólo ese anhelo dé sentido a una vida que no consiste más que en golpes de “apetitos hasta que nos quedemos sin dientes”. Y que está tan llena de paradojas, de quiebros y grietas, como la de Viri y Nedra. Sostenida en elecciones, “cada cual definitiva y de poca trascendencia como tirar piedras al mar”. “Hemos tenido hijos; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es derrochar nuestra vida…”

El verano, dice Salter, es el mediodía de las familias unidas. “Es la hora de silencio en que sólo se oye a las aves marinas. Los postigos están cerrados, las voces calladas. De vez en cuando, el repique de un tenedor…” Me evocan sus palabras esas otras tan conocidas de Tolstoi en las que nos advierte que “todas las familias felices se parecen entre sí” pero todas las infelices “son desgraciadas en su propia manera”. ¿Y si la vida, con sus muchas crisis, no es otra cosa que “el tiempo que hace”?

Le propongo una última pregunta que tal vez le ayude a saber en qué creer, a quién creer: ¿A usted cómo le va? Y seguro que su respuesta será la correcta. Sin necesidad de vislumbrar el fin del invierno con la ayuda de una vieja marmota, con la valentía de pensar que la vida, alguna vez, puede ser lo que se sueña.

Mapas a ninguna parte

Magdalena Trillo | 21 de septiembre de 2014 a las 12:30

Dice José Carlos Rosales que escribir es como construir una habitación para que el lector coloque sus muebles, sus recuerdos, sus fronteras… En su último poemario nos invita a transitar por los territorios como buzos incorregibles, por los físicos y por los anímicos, por los del tiempo y los del espacio, sin saber muy bien si vas o vienes, si es un aire revuelto y huracanado el que guía tus pasos o una brisa leve que nunca lograría agitar una bandera: “El aire de los mapas depende del que mira y los que miran mapas ven más de lo que miran, a veces son capaces de saber el futuro, futuro imaginario, parecen quiromantes, imaginan países, movimientos de tropas o de nubes, el lugar donde estuvo la gloria falseada”.

Siempre he pensado que con los poemas ocurre como con las canciones, como con el arte, nos los apropiamos, los reinventamos y decidimos su sentido y su significado como quien confecciona un traje a medida. Nosotros, los lectores, el público, y los sesudos críticos que publican kilos de papel diseccionando hasta el último suspiro del creador. Y el aire de los mapas ha llegado a las librerías justo cuando cuatro millones de escoceses acudían a las urnas para decidir si cambiaban el suyo, si levantaban una frontera de las de verdad, con aduanas y aranceles, que volviera tangible esa otra invisible e imprecisa que llevaban trescientos años cruzando.

Me temo que estoy leyendo poesía ‘contaminada’ de política, de lecturas interesadas de la historia y de irresistibles cantos de sirenas… Los escoceses han dicho no y toda Europa ha respirado. En España el Gobierno de Rajoy ya tiene su coartada y el de Artur Mas, también. Todos ganan y todos pierden, como en las elecciones. Con una ingeniería de oratoria tan críptica y oportunista como la de los balances económicos, los presupuestos y los repartos de fondos autonómicos. Nadie lo entiende y todos ven lo que quieren ver.

Estoy segura de que al poeta granadino, cansado como se declara de “tanto fraude histórico y moral”, jamás se le ocurriría conectar la pureza de sus mapas con esta época de falsificación y espectáculo en la que los políticos también se han lanzado a cruzar cualquiera frontera sumándose al infoentertainment como improvisados actores en un escenario que va de la sátira al ridículo. No sé si la llamada del líder socialista a Sálvame es valentía o despropósito, si es un símbolo de los nuevos tiempos o es un intento desesperado de ganar a ese Pablo Iglesias que todos denostan y todos parecen querer imitar en la resbaladiza arena del populismo.

En mi ‘habitación’, como ven, cabe la política y la poesía. Y la imaginación. Y, por qué no, el divertimento. Ese mismo que destila la última obra de Milan Kundera. Si lo recuerdan por La insoportable levedad del ser no dejen de leer La fiesta de la insignificancia; “porque la insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento…” Se lo podríamos recomendar al Artur Mas quiromante para que no se pierda en sus mapas de ficción y no nos arrastre, para que aprenda a reconocer la insignificancia y “a amarla en toda su evidencia, en toda su inocencia, en toda su belleza”.

Porque es otro personaje más atrapado en las nadas cotidianas de la comedia humana que construye el escritor checo para reírse de los tics de nuestra época y denunciar, también, el totalitarismo. Hace mucho que lo escribió Albert Camus en El primer hombre: “Lo que los nacionalistas inesperados disputaban a las otras nacionalidades no eran el dominio del mundo o los privilegios del dinero, sino el privilegio sobre la servidumbre”.

Veo en su gran obra inconclusa un demoledor tratado sobre la búsqueda de la moral y la verdad desde la insignificancia pobreza: esa que sólo entiende de nombres comunes; esa que se une a la ignorancia y “vuelve la vida más dura”; esa que “no se elige pero puede conservarse” como una “fortaleza sin puente levadizo”; esa que hace de los hombres “seres sin nombre y sin pasado”.

En la maleta que este verano llevé a Escocia iba el libro de Camus. Sobre sus palabras yo también he construido mi ‘habitación’. Pero con las variaciones de este hoy de pobreza, de cuerpo y de espíritu, tan implacable la real como amarga la sentida, que apenas nos deja tiempo para darnos cuenta de que los mapas, a veces, no llevan a ningún sitio. De que los mapas, a veces, son faros sin luz que nos llevan al sitio equivocado.

De cirugías y milagros

Magdalena Trillo | 19 de enero de 2014 a las 11:18

El cirujano te realiza unas pequeñas incisiones en las comisuras de los labios y te proporciona una sonrisa permanente. Eterna. La técnica, conocida como lipt smile, se ha puesto de moda en Corea del Sur junto a otras insólitas tendencias niponas como inyectarse agua salada en la frente para generar ‘bagels’ relajantes o implantarse dientes torcidos para lograr un efecto canino. Leía esta semana un reportaje sobre tales extrañezas en las redes sociales y me preguntaba, entre incrédula y aturdida, cómo es posible que la gran preocupación para un ciudadano de estos países asiáticos sea lucir sonriente, deformarse la frente o parecerse a los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Sólo encuentro una explicación: la crisis. La no-crisis quiero decir. Sólo con un nivel de aburrimiento desproporcionado y una absoluta despreocupación por los ingresos puedes dedicar tu escasísimo tiempo de ocio a tales excentricidades. O no. De repente me acordé de los ojos azules de Pecola. De la obsesión de una insignificante y pueblerina niña negra por escapar de su monstruosa fealdad consiguiendo unos ojos azules. Los más azules del mundo; los más bonitos del mundo. La novela de Toni Morrison tal vez sea uno de los cuentos más duros y tristes, pero también más impactantes y turbadores, que se hayan escrito en la literatura reciente sobre la belleza y el quiebro de la inocencia. Sobre el egoísmo, el autismo y la crueldad de nuestra sociedad. Sobre los insospechados caminos que cada uno tomamos para huir.

Sonrisas permanentes y ojos azules no dejan de ser una ilusión óptica, un espejismo, con el que fabricar una salida casera a la crisis. La nuestra y la de los demás. La de los números y la de los rostros. En unos casos personal, en otros colectiva; en unos casos encontrada y en otros buscada. Pero con un diagnóstico compartido: en todos los casos estamos igual de perdidos y confundidos. Impacientes, dispuestos a creer con fe ciega en las cirugías más insospechadas, por ver una luz que se resiste a llegar.

Me lo decían esta semana unos empresarios de Granada preocupados por la euforia -irreal- que se está instalando sobre la recuperación económica. La cosa está mejor pero no tanto… Lo hacían, curiosamente, a unos días de Fitur. Otro espejismo. La feria de Madrid puede que sea el escaparate menos útil para el sector turístico pero también es el más irrenunciable -por la política, claro, no por la economía-. Allí venderemos esta semana el potencial de Granada y, paradójicamente, por una vez, llegaremos con una posición no sólo de unidad sino también de fortaleza. El próximo viernes sabremos si la provincia ha sido capaz de superar en visitantes su récord histórico -otro capítulo bien distinto es el empleo y la rentabilidad- y acaba de publicarse el informe de Analistas Económicos de Unicaja situando a Granada y Málaga como las provincias que liderarán el crecimiento del PIB en 2014 en la comunidad. Compartimos un 1,5%. Por encima de la media andaluza y por encima de la media nacional. Y crearemos empleo. Inaudito; no estamos en el furgón de cola. Un milagro si nos olvidamos de la posición de partida (el desempleo escaló al 38,9% en el tercer trimestre) y refutamos la conocida Ley de Okun que hasta ahora pontificaba que no era posible crear puestos de trabajo por debajo de un 2% del crecimiento. A nivel nacional, las exportaciones están haciendo posible el milagro, a nivel local nos rendimos a los viajeros y a la agricultura.

Lo que más nos debería inquietar es cuando los analistas piden “prudencia” -la misma que reclaman los empresarios- e introducen el factor “variables” para advertir que se pueden equivocar. Tanto o más que hace seis años cuando estalló la burbuja. Repaso los titulares de periódico de esta semana y voy del liderazgo económico de Rajoy que nos ha descubierto Obama al “fin de la edad de hielo” que pronostica la directora del FMI pasando por los ‘excesos’ del responsable del Fondo de Rescate que coloca a España como “motor económico de Europa” en cinco años. A todos los veo con ojos azules y con una inmutable sonrisa. Preocúpense.

Teatro, mucho teatro

Magdalena Trillo | 6 de octubre de 2013 a las 10:55

Puede que España vuelva a “asombrar” al mundo como vaticinó Montoro, pero no será por la economía. Recordarán al ministro de Hacienda, entre vehemente y burlón, replicando a los socialistas en el Congreso con una solemne convicción sobre el esplendor de nuestro país: “El gran éxito económico del mundo”. Luego supimos que lo suyo era nostalgia, que no se refería a la España de hoy que se desangra por las alcantarillas de la austeridad y los recortes, sino a la de la hace medio siglo.

La España, la actual, tiene más de opereta que de grandeza. Tal vez por ello el Gobierno haya sorprendido en los Presupuestos Generales dando una nueva estocada a los irreverentes cineastas y reforzando las artes escénicas con un aumento de inversión de más del 57%. No aclaran, sin embargo, si se trata de apoyar al teatro profesional o al amateur, a esa creciente marea de intrusos aficionados que se revuelven entre bambalinas buscando su oportunidad de “asombrar”.

Rajoy ha pasado en Fukushima de la heroicidad de la tragicomedia al ridículo de la sátira. Unas horas después de proclamar a medio mundo que “son infundados” los temores sobre la radiactividad de la central nuclear que desencadenó hace dos años la catástrofe atómica, las autoridades niponas reconocían una nueva fuga de agua al mar desde uno de los tanques de almacenamiento. Despojado por fin de la rosa roja ‘socialista’ con que el emperador japonés recibió a su ilustre invitado y que, seguro, le habrá provocado urticaria, el presidente del Gobierno quiso acompañar su mensaje de optimismo ante la crisis -insistió en que la única duda es ya “cuán grande será el crecimiento”- con una gesta capaz de colarse en los libros de historia. Lo hizo, sí, pero en minúscula y desatando una ola de sarcasmo entre los internautas: “Que se marque un Fraga en Palomares; a ver si es capaz”.

En Italia, tan cercana siempre al costumbrismo español, Berlusconi vive la última función de su interminable farsa. “La caída de un dios menor” titulaba una compañera periodista su crónica sobre el órdago que Il Cavalieri ha lanzado al primer ministro Letta y que ha terminado por cavar su propia tumba. Aunque con la política italiana nunca se sabe, parece que esta vez sí está preparado el telón para caer fulminante sobre el incombustible presidente del bunga-bunga. Expulsado del Senado, perderá la inmunidad y quién sabe si lo veremos entrando en prisión cuando se empiecen a acumular las condenas tras dos décadas de burlas e impunidad. Lo dejo en futurible porque también la justicia, cada vez más impredecible, se acerca peligrosamente al esperpento.

Allí y aquí. Lo de “hacer teatro ” se ha convertido en el mantra de socialistas y populares a cuenta del caso Bárcenas y el caso de los ERE. Hasta la juez Alaya ha entrado en escena reprochando a más de un acusado su actitud en la sala. Lo acaba de decir del ex consejero de Economía José Salgueiro, imputado como uno de los “promotores” del procedimiento ilegal de concesión de subvenciones, ya se lo echó en cara en septiembre al ex número 2 de Susana Díaz, el ex director de Presupuestos Antonio Lozano, y seguro que dará para algo más que un choque de trenes el próximo martes cuando la magistrada se enfrente a la ex ministra Magdalena Álvarez. Tanto es así que Alaya no hace más que insistir en que no permitirá las grabaciones para no convertir la causa “en una comparsa”, “evitar actuaciones teatrales” y no fomentar una “morbosidad innecesaria”.

Sería difícil cuestionarle que los vídeos no se transformarán en carnaza televisiva y en puro divertimento en las redes sociales como ha pasado con la larguísima vista oral del caso Malaya, el juicio de mayor magnitud celebrado jamás en España. Después de 199 sesiones y de sentar en el banquillo a políticos, empresarios, abogados y hasta galeristas y gente de la farándula, el expolio en Marbella se saldaba el viernes con un clamor generalizado sobre la levedad de las penas: 585 millones de multa frente a los 3.800 que pedía Anticorrupción. La sentencia, de 5.700 páginas, deja 52 condenados, 32 absueltos, 9 retiradas de acusación y dos fallecidos. El libreto de un entremés cervantino.

Un sainete por entregas que termina provocando la misma incredulidad que denunciaba esta semana el PP a cuenta de la ‘pelea de novios’ del bipartito andaluz por las cuentas de 2014. La tensión de PSOE e IU en Andalucía, de Convergencia y sus socios de Unió con la inescrutable “tercera vía” para Cataluña, de Sevilla y Madrid por la interminable disputa del déficit, de los dos grandes partidos en Granada por el paralizado pacto por las infraestructuras, de la capital y la Junta por el coste de funcionamiento del Metro…

¿Conflicto, estrategia, paripé? Festival de teatro que consumimos a diario como meros espectadores de la adulterada escena pública de nuestro país. Teatro, mucho teatro .

Operación escapada

Magdalena Trillo | 4 de agosto de 2013 a las 9:36

Al insomnio veraniego que hemos sufrido estas últimas noches de calor tropical tendremos que sumar el próximo 21 de agosto veinte minutos extra de vigilia por culpa de la luna llena. El influjo sobre el hombre del satélite más bello y cinematográfico de la historia ya es una evidencia científica. Lo han descubierto unos investigadores de Basilea con un experimento en un psiquiátrico de Suiza: analizando unos registros electroencefalográficos, las fases de movimientos rápidos de los ojos y la secreción de melatonina y cortisol han comprobado cómo la onda delta se reduce un 30% y afecta al ritmo circadiano. Lo que todos ustedes intuían: que la luna llena no sólo afecta a las mareas; también nos quita el sueño.

No sé si me genera más desconfianza el hallazgo por su cercanía con la ficción de la literatura y el surrealismo de los sueños o por lo insólito del ensayo con 33 enfermos mentales encerrados en un laboratorio para ser espiados mientras duermen. Escepticismo aparte, he de reconocer que lo que ha conseguido esta supuesta evidencia científica es que acabe viendo lunas llenas y hombres lobo por todas partes. Para empezar, algo tendrá que ver el mito lorquiano con que la tradicional ‘operación salida’ se haya transformado, súbita y oportunamente, en una frustrante ‘operación escape’…

Veamos. La infanta Cristina huye del caso Noos mudándose a Ginebra con sus hijos -ya quisiéramos todos tener un ‘padrino’ como La Caixa-, Mariano Rajoy se aparta del “tesorero infiel” reformulando su “todo es falso salvo alguna cosa” en una asombrosa “colección de falsedades” -deja su credibilidad, su autoridad y su futuro en manos de los ataques de sinceridad de un despedido en diferido- y Montoro consigue repartir la tarta del déficit aplazando a 2014 el bocado más indigesto -es consciente de que ni el Estado cumplirá (en junio ya ha alcanzado el objetivo de todo el año) ni las comunidades tampoco-. Si el año pasado sorteamos los calores del verano con la serpiente de la prima de riesgo, este agosto lo haremos con los reptiles de los ERE y los aullidos de los Bárcenas gracias al cartel de ‘abierto por vacaciones‘ que ha colgado la justicia para amenizar las escapadas.

Dicen los del PP que, a diferencia de Griñán que ha “huido” acosado por los escándalos, Rajoy ha dado la cara compareciendo en sede parlamentaria. Olvidan que no fue, lo llevaron, y sigue quedando en el aire para qué: para contar qué verdad; la verdad de quién. Porque, aparte de declararse oficialmente “víctima” de un “falso inocente”, pocos argumentos -y ninguna prueba- expuso el presidente para demostrar que el PP no se ha financiado irregularmente durante 28 años, que no hay contabilidad B, que no se pagaron sobresueldos en negro y que no ha sostenido a un presunto delincuente con mensajes de ánimo en sms: “Luis lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo” (#findelacita). Rajoy se revolvió contra la oposición y contra los medios “que jalean los infundios” y prometió regeneración democrática. Pero no convenció ni a los suyos. Una encuesta de El Mundo desvelaba ayer mismo que el 72% piensa que no dijo la verdad.

Toda una mañana, meses, de descreimiento para llegar a una conclusión alarmante: necesitaríamos una caja negra de la verdad, una caja negra genética, para poner fin a tanta infamia. Ni comparecencias ni confesionarios. La sugerencia es del compañero Pablo Alcázar, que lo argumentaba con extraordinaria agudeza en su columna del jueves. La ciencia, siempre, contra la manipulación de los políticos. Y de los economistas.

La última trampa la acaba de poner sobre la mesa el FMI. Quiere que nos bajemos los sueldos un 10% para crear empleo. Advierte que hay crisis para rato, que la salida será lenta y tediosa y que no levantaremos cabeza hasta 2018. Nada recuerda sobre los muchos recortes que ya se han aprobado sin otro impacto aparente que en los márgenes de beneficios, nada dice sobre las subidas de impuestos que ya se han aplicado con consecuencias suicidas y nada quiere saber de lo que ya nos han encarecido la vida mientras nos piden, nos obligan, a que paguemos nuestras deudas, las de las empresas, las de los bancos y la del Estado.

El caso es que España va mal, Andalucía va mal, pero los andaluces vamos bien… Así lo recoge el último Egopa cuando señala que hasta un 70% de los encuestados afirma que su situación familiar es “regular” o “buena”. UGT habla del “síndrome de optimismo veraniego andaluz” por el respiro que en estos meses nos da el paro; yo me pregunto si no estará detrás el influjo de la luna llena… Un espejismo, probablemente, pero que no deberíamos desaprovechar. Queda un largo mes de agosto y nada ha dicho aún el FMI sobre lo positivo que sería para salir de la crisis retroceder un siglo y eliminar las vacaciones pagadas.

 

El 21 de agosto, a las 03:45 de la madrugada, la luna estará en su máxima plenitud. Disfrútenla. Déjense escapar antes de que, también, nos la quieran quitar.

Salvadores

Magdalena Trillo | 26 de mayo de 2013 a las 11:06

Todos nos quieren salvar. Unos del diablo y otros de nosotros mismos. Ni 48 horas después de que el ex presidente José María Aznar provocara un nuevo tsunami en el PP arremetiendo contra el “rumbo” de su sucesor -el mismo Rajoy que formó parte de su gobierno, que puso a dedo cuando se fue y a quien nunca ha perdonado que perdiera las elecciones (él, no su partido)-, el ex juez Baltasar Garzón sorprendía desde el otro lado del Atlántico sumándose al momento ‘revelación’ y túnel del tiempo que hemos vivido esta semana.

Aznar amaga (¿amenaza?) con volver a la política empujado por el mismo ataque de “responsabilidad” que aduce el controvertido magistrado. En una entrevista en una televisión afín, justo cuando su familia se sitúa en el epicentro del caso Gürtel al desvelarse que el cabecilla de la trama pagó en 2002 parte de la boda de su hija, el ex jefe del Ejecutivo deja la puerta abierta a su regreso: “Cumpliré con mi conciencia, con mi partido y con mi país”. Con la misma diligencia, presumimos, que con el bufete de abogados que lo acaba de fichar. Lo publicaba Expansión: será consejero mundial de la firma DLP Piper, el bufete que recibió 1,6 millones en 2003 para difundir su imagen y lograr las firmas precisas para que le concedieran la medalla de oro del Congreso de EE UU.

De la política a la asesoría al más alto nivel. Siempre tan coincidente y cercano a esa Esperanza Aguirre que también dejó la primera línea de la política (no la política) para fichar por una empresa de ‘cazatalentos’. Con unos días de intervalo, el mensaje es el mismo: bajar impuestos, recuperar el pulso rescatando el verdadero programa del PP y cumplir las promesas con que ganaron las elecciones. Tal vez de eso se trate: de estar y de no estar. De influir y manejar los hilos. Unas veces a la sombra, otras como calculados protagonistas y siempre con un maquiavélico trasfondo. El poder de los lobbys; el verdadero poder.

Muchos querrán pensar, como interpretaba Gallardón, que no es tanto “volver a la política activa” como “estar en activo en la política”. Difícil juego de palabras, débil excusa, para quienes “se retuercen como el tronco del olivo para sujetarse al puesto”, para los que “nunca quieren irse o quieren volver porque se sienten investidos por la mano de Dios para solucionar las cosas”. Son palabras de Garzón. También en una entrevista, en este caso en su periódico afín, el ex magistrado subrayaba su compromiso con la política y, en cuestión de horas, Llamazares anunciaba que no descarta que encabece la candidatura de IU a las europeas.

Decía Garzón que “es el momento de participar en política” porque el panorama político actual es “bochornoso”, negaba que en su día abandonara el proyecto del PSOE porque Zapatero no lo nombró ministro y se apresuró a aclarar que no irá en ninguna lista: “Los partidos necesitan cambiar sus estructuras. Hay que reactivar la democracia con más participación ciudadana”.

Lo mismo que proclama José Chamizo cuando, ya en el club de los ‘ex’, reconoce que está meditando entrar en política y seguir su lucha “en las barricadas”. De no ser por las dos décadas de impecable y comprometido trabajo como Defensor del Pueblo que unánimemente se le reconoce, tendríamos que lamentar que se vaya contagiado por el apego al poder que tanto ha criticado y se haya metido en las mismas “peleítas” que tan certeramente denunció hace un año con aquello de… “estamos hasta el gorro de los políticos”. Ni el tono descalificatorio era necesario, ni es razonable su papel de víctima tras 17 años en el cargo ni se entendería su regreso -él también- como salvador.

Momento regresos y momento mesías. Ante los excesos de soberbia y narcisismo parece fácil prevenirse pero, cuando entran en juego los dominios del Maligno, la situación se complica. No sé si alarma más que el Arzobispado de Madrid esté buscando exorcistas para combatir el diablo o conocer el motivo: que hay una avalancha de peticiones para “liberarse de posesiones demoniacas”. Dicen quienes entienden de estos rituales -perfectamente regulados por el Vaticano- que están en pleno auge y advierten que, cuando la gente pierde la fe, se busca algo más: “No aceptamos nuestras limitaciones y acudimos a fuerzas superiores, como Dios o Satán, para que nos resuelvan los problemas”.

Peligroso camino para combatir las miserias y frustraciones con que tenemos que convivir a diario; tentador camino para enfrentarnos a ese horizonte quebrado de desesperanza y a esa terrible incertidumbre y desorientación en la que nos han sumido tantos iluminados que nos quieren salvar… ¡No nos salven tanto!

Un acto de fe

Magdalena Trillo | 3 de febrero de 2013 a las 10:03

Esta semana he recordado por qué hace veinte años quise ser periodista: se pueden cambiar las cosas. La verdad no es absoluta, pero tampoco lo es la impunidad. No estamos adocenados ni dormidos. Ni nosotros ni los ciudadanos ante los que tenemos la obligación de responder; esa calle que nos vigila en las redes sociales compartiendo -no supliendo ni usurpando- el papel de ‘voz de los sin voz’ que tradicionalmente hemos desempeñado. La salud de la democracia, de nuestro sistema de libertades, se sigue calibrando en los medios de comunicación. También su decadencia y su decrepitud; también las vanidades, irresponsabilidades e incluso fragilidad con que a veces participamos en este perverso juego de control, presiones, poder y contrapoder. Pero la grandeza de este sistema es, precisamente, que cada actor esté a la altura de su papel. Con sus errores y sus aciertos. Hay que gobernar para salir de la crisis, pero también hay que hacer oposición e informar con absoluta independencia.

El estallido social que se temía con la sangría del paro se está desatando por la corrupción. Los papeles de Bárcenas no son una causa general contra el PP ni las protestas en las sedes del partido son un acoso antidemocrático. No es conspiración y no es persecución. Son dudas legítimas sobre la gestión de un partido político y sobre la “honorabilidad” de unas personas que están en el Gobierno. No es un movimiento para desestabilizar el país. Es la esencia misma de la democracia. Son derechos, libertades y obligaciones constitucionales.

Aunque algunos quieran pensar que la prensa es como el carnicero, que “mata por la noche para comer al día siguiente lo que ha matado”. Lo decía Balzac hace más de un siglo y muchos lo estarán pensando estos días: “El periodismo es una fuerza ciega, sorda, perversa, rebelde, sin moralidad, sin tradición, sin objetivos concretos y dignos”. Pero es, y así lo reconocía el infatigable novelista francés, “la fuerza que lo mueve todo, la única que tiene el poder suficiente para derribar”.

Dolores de Cospedal lo vivió el jueves cuando tuvo que salir ante los medios a ‘sujetar las velas’ de todo el partido. Se inmoló políticamente. Su discurso, milimétricamente planificado, se quebró con las primeras preguntas de los periodistas. Pese a la pretendida contundencia de sus palabras y el redundante “limpio, claro y transparente” que aplicó a las cuentas del PP, suscitó más inquietud que certezas. La negativa tajante de veracidad a los apuntes contables publicados por El País, una supuesta Caja B de financiación, se convirtió en parcial y terminó provocando una tremenda ola de indignación (#quesevayantodos, #Rajoydimisión, #volvemos1f) que apenas tardaría unas horas en convertirse en caceroladas con gigantescos sobres a modo de pancarta por todo el país. Granada no fue una excepción.

En los tribunales, el proceso avanza implacable. La justicia está cumpliendo su papel sin miramientos ni excepciones difícilmente justificables en un Estado de Derecho. En paralelo a la instrucción del caso Bárcenas y el caso Gürtel, el Fiscal General ha considerado que “hay indicios” para investigar y que está dispuesto a llamar al propio presidente del Gobierno si es necesario. Anticorrupción acaba de anunciar que citará a los ex tesoreros Bárcenas y Lapuerta y al ex diputado Jorge Trías para esclarecer el presunto pago de sobresueldos a la cúpula del PP. Si es dinero negro y hay fraude, lo dictamirá un juez; si todo es ‘limpio’ y legal, también.

Políticamente, el escenario se tambalea. El “caiga quien caiga” inicial se ha convertido en un cierre de filas. Hace cuatro años Rajoy dijo que no había una trama de corrupción “en el PP” sino “contra el PP” y puso la mano en el fuego por el ex senador. Se quemó. Ayer, tras la reunión de urgencia del comité ejecutivo, evitó mencionar su nombre, se demarcó de la cuenta en Suiza de los 22 millones e insistió en la teoría de la conspiración. Habló de “papeles apócrifos” y de “manipulación”. “Es falso”, enfatizó en varias ocasiones tajante, seco, enfadado. “Son infamias que ahora se disfrazan de presuntas, que dan pie a toda clase de infundios e inflaman el fariseísmo más descarado”.

Pero lo que nos pidió el presidente del Gobierno fue un acto de fe. No tiene crédito suficiente para ello. Las palabras de los políticos, sus promesas, están terriblemente devaluadas. Tal vez podamos creerlo a él pero no depositando una fe ciega en toda la estructura de dirección de un partido, el de ahora y el de hace dos décadas. Fue demasiado osado, innecesariamente arriesgado. Coincido con Rajoy al pensar que “las cosas se pueden cambiar”, pero no hablamos de lo mismo. No, si no se entiende la crítica y exigencia de transparencia que está reclamando la sociedad española. No, si su defensa es un ataque contra los medios, contra la oposición y contra quienes expresan en la calle su cabreo y perplejidad.