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Populismo mediático

Magdalena Trillo | 22 de enero de 2017 a las 10:07

Que todo el stablishment mediático tiemble con la llegada de Trump a la Casa Blanca es una señal. Que Obama se despida salvando a la soldado Manning y defendiendo el papel de la “prensa libre”, también. Pero la guerra que el republicano mantiene con los medios desde la campaña electoral va mucho más allá del análisis sectorial que podría realizarse de sus filias y fobias con las principales cadenas y periódicos del país. Va más allá incluso de la era de la Posverdad que el ya nuevo presidente de Estados Unidos ha instaurado con un manejo de las redes sociales que parece retrotraernos a los años perversos del periodismo de Ciudadano Kane.

Para Europa, para la mayoría de las democracias occidentales, la globalización no ha sido más que sinónimo de colonización. De asimilación del modelo de vida americano. De pérdida de valores y tradiciones, de lo propio, de lo autóctono, en beneficio de una mal entendida modernidad. Viaje a cualquier lugar del mundo y lo comprobará: encontrará una coca-cola y una bandera de EEUU. Es una simplificación pero también un icono elocuente del proceso que se proyectó con la gran industria del cine y los intocables conglomerados de la comunicación para terminar infiltrándose en el mundo líquido de las redes sociales. El imperio de Rupert Murdoch, al margen del escándalo de las escuchas que provocó el cierre de News of the World, ha sido una pieza estratégica. Y aquí importa por un doble motivo: por la fascinación mutua que se profesan Murdoch y Trump -clave en la victoria electoral- y por lo que supone News Corporation como símbolo del periodismo sensacionalista. Del populismo mediático.

TVE acaba de estrenar un documental sobre “la verdad del cotilleo” que destapa las artimañas y bajezas de los tabloides británicos que rinden los principios de la profesión a una consigna: “todo por una exclusiva”. Si es de sexo, más. Y, si afecta a un político o personaje público de primer nivel, con cifras indecentes. La información -historias humanas lo llaman- es puro mercadeo. Y la realidad es que venden periódicos, millones cada mañana. Con unas cifras impensables para cualquiera de las grandes cabeceras españolas, francesas o alemanas. Es el negocio del amarillismo que nació hace más de un siglo con el popular Yellow Kid y se instaló en Reino Unido pontificando una estructura de poder capaz de quitar y poner gobiernos.

En la alianza Trump-Murdoch, hay un postulado compartido -y contagioso- que sostiene sus éxitos: el público, las audiencias, los votantes, tienen lo que quieren. Pero denunciar a Trump por ser “un mentiroso” y lamentar la velocidad y consistencia con que se propagan las noticias falsas es quedarse muy corto de la realidad. Jason Stanley, profesor de Filosofía de Yale, lo enfoca desde la perspectiva de la propaganda política y el riesgo que supone para las democracias modernas. En su libro How propaganda works muestra la vigencia de esas fórmulas estereotipadas y sencillas que apelan al amor y al odio, al bien y al mal, que tenemos asociadas a regímenes totalitarios sin darnos cuenta de que son las cañerías por las que terminamos circulando en un momento de máxima desinformación en la red, con públicos ávidos de escándalos y unos medios obsesionados por los rankings y los clicks.

Es la victoria del engaño y la manipulación a través de argumentos que apelan a los sentimientos, que juegan con el miedo y que discurren entre líneas con discursos demagógicos cargados de reduccionismo. ¿Pero son esas las historias por las que estamos dispuestos a pagar? ¿Las que al final nos interesan? Uno de los reporteros británicos a los que entrevistan en Todo por una exclusiva lo explica con una simplicidad alarmante: “Vosotros no vendéis periódicos porque no contáis historias que interesen a la gente”. Las portadas que defiende son voraces, provocadoras, irreverentes. Son los diarios más criticados en todo el mundo… Y los más leídos.

La incertidumbre de la era Trump tiene muchas aristas. Pero las más peligrosas son las menos evidentes. Las que entran en nuestras vidas sin que nos demos cuenta. Como esa coca-cola que bebemos por inercia.

Saliendo del amario

Magdalena Trillo | 8 de noviembre de 2015 a las 11:26

La palabra es horrible pero es la más precisa: “animalistas“. Hace referencia al creciente movimiento social en defensa de los derechos de los animales, pero tiene demasiado en común con esas otras que hablan de justo lo contrario: “animalismo”, “animaladas”… No hay una sola noticia de política, economía, cultura, turismo o deporte que esta semana haya generado más entusiasmo entre los lectores de Granada Hoy que el anuncio del ingreso en prisión de un joven por matar a un perro lanzándolo por la ventana.

Lo contaba Yenalia Huertas con intencionada exactitud: el tipo, con antecedentes por agresiones domésticas y un historial penal que constata su “tendencia a la violencia contra todo ser vivo”, se coló en la casa de su madre por el balcón, la llamó “puta”, “guarra” y “drogadicta”, se fue directo a por su perro, lo estampó contra la pared y lo tiró por la ventana. Ocurrió hace justo un año en Dúrcal y el juez de lo Penal número 1 de Granada acaba de sentenciar que la condena de ocho meses de prisión que le impuso en su momento debe cumplirla.

En los periódicos hemos sobrevivido durante siglos sin saber muy bien qué opinaban ustedes de nuestro trabajo. No me refiero al plano académico ni profesional sobre las grandes funciones del periodismo, nuestra responsabilidad social o el contradictorio papel de los medios como cuarto poder. Me refiero al día a día. A la cotidianidad con que, página a página, se eligen unos temas y se descartan otros, a la rutina con que decidimos que unos vayan a doble plana y otros en un breve y al debate con que terminamos confeccionando esa portada final que, a modo de puerta a la actualidad, les invita a pasar.

Si hasta ahora nos conformábamos con darles voz en ese pequeño y limitado espacio que son las Cartas al director, la realidad de la era digital nos ha brindado un valioso ejército de fuentes dispuesto a colaborar pero también nos ha despertado del perezoso privilegio de sabernos propietarios de la información. Y no sólo tenemos que competir con ustedes a la hora de contar historias, sino que también tenemos que pagar el precio de su atención sintiéndonos constantemente vigilados. ¿No creen que ocultar una metedura de pata o saltarse las reglas del juego ya no es tan sencillo?

Les cuento todo esto porque quiero confesarles que también en los medios estamos cambiando. El día que publicamos la información del perro, el debate era si abrir el periódico con el (de nuevo) drama del paro o saltarnos el guión y apostar por la decisión de un juez sobre un tema ‘menor’ que ¿tal vez se pudiera ver como frívolo? ¿sensacionalista? Sin olvidar, además, que seguimos viviendo en una sociedad en la que pegar o abandonar a un perro sigue estando consentido, sigue siendo normal y en muchos lugares ni siquiera está mal visto.

Dicen los colectivos animalistas que la sentencia del juez Píñar “pone fin a la impunidad”. En la redacción nos preguntábamos si no será que también los animalistas están saliendo del armario. Porque una simple sentencia puede reflejar un “cambio de mentalidad” en los jueces, pero por extensión en la sociedad y, por supuesto, en los medios. También los periodistas queremos salir del armario y romper con ese viejo periodismo prepotente e inmovilista que se veía por encima de la gente y en posesión absoluta de la verdad.

Una de las claves es, sin duda, el compromiso. Como profesionales, como personas. Hacia nosotros mismos y hacia lo que nos rodea. Tal vez debamos agradecer a la crisis que nos haya lanzado a un abismo tan profundo que hayamos entendido que no hay otro camino que el rearme moral. El “civismo”. También esta palabra es traicionera. Nos recuerda que somos “personas” pero se parece demasiado a esa otra que evidencia lo resbaladiza que es la hoja que nos separa del fracaso social. El preocupante repunte que se está registrando de casos de maltrato intrafamiliar, jóvenes que chantajean, humillan, intimidan y hasta agreden a sus padres, no es más que una señal.

El fiscal de Menores Rogelio Muñoz, encargado de coordinar a nivel andaluz la persecución de los delitos de odio, lo advertía ayer en este mismo periódico: es muy duro denunciar a un hijo pero hay conductas “que no se deben permitir,” que no se deben “ocultar”. Por mucha vergüenza que nos dé, por mucho dolor que nos produzca, hay que salir del armario. De todos los armarios. Un día la víctima puede ser un perro y otro día…

Mensajes envenenados

Magdalena Trillo | 19 de octubre de 2014 a las 12:41

A lo largo del último siglo, teóricos e investigadores de diferentes tendencias, países e ideologías se han dedicado a diseccionar los entresijos de la comunicación; la pública y la privada, la de los ‘todopoderosos’ medios pero también la de las empresas, los políticos o las instituciones. En todos los casos, por mucho que diverjan sus planteamientos, siempre hay una constante: una cosa es lo que se dice y otra lo que de verdad se quiere decir. Es la contradicción entre lo manifiesto y lo latente; lo evidente y lo oculto. Aplíquelo a las sugerentes imágenes laberinto que nos sorprenden a diario o pruebe a extenderlo a cualquiera de los corrosivos mensajes que nos bombardean insistentes a través de los medios…

Es un juego antiguo; el doble discurso de quienes dicen una cosa para ocultar otra, la doble vara de medir que saca de tantos callejones sin salida y, por supuesto, la doble moral de los que se deleitan dándonos lecciones en público para practicar justo lo contrario. Pensándolo bien, lo peligroso no son estos casos claros y evidentes que vemos llegar, y ante los que nos podemos proteger, sino los que deslizan envenenados.

Están, por ejemplo, los que se disfrazan de buenas noticias. Los gigantes tecnológicos Facebook y Apple han anunciado esta semana que pagarán a sus empleadas la congelación de óvulos para que no tengan que interrumpir sus carreras profesionales. Lo incorporan a la excelencia de sus planes de incentivos pero en realidad ocultan una actitud doblemente provocadora: por un lado, parten de la convicción de que tener hijos no es compatible con el trabajo -¿vuelta a las cavernas del feminismo?- y, por otro, se atribuyen un factor más de decisión, control y dominio robándonos la posibilidad misma de decidir sobre la maternidad -no obligan a nadie pero ¿alguna trabajadora con aspiraciones de ascenso se atreverá a renunciar a semejante ‘flexibilidad’?-.

Pienso en el “no me quieras tanto” de la violencia machista y me pregunto si no tenemos que empezar a clamar “¡no nos ayuden tanto!”. Digo ellos, pero también ellas… Y lo hago recordando el polémico caso de Marissa Mayer, la ex directiva de Google que estuvo en su puesto hasta el día antes del parto y se incorporó dos semanas después instalando al bebé en su oficina… Esta misma semana era Ana Botella la que nos ‘defendía': en teoría atacaba a un concejal de su propio partido que había despedido a una empleada por tener un hijo: “Me genera repulsa. Es dudar de las capacidad que tienen las mujeres de poder trabajar y poder ocuparse de ‘su’ casa”. ¿’Nuestra’ casa? ¿No habíamos superado ya que no es siendo ‘superwoman’ como tenemos que avanzar en igualdad?

Unas veces es la naturalidad del lenguaje la que destapa el pensamiento agazapado y otras es la supuesta bondad de las palabras la que nos sume en la confusión. Lleva meses practicándolo Artur Mas: “Lo democrático es votar”. ¿Siempre? ¿Sin importar las circunstancias? ¿Es lo ‘democrático’ si votamos como ha hecho Suiza para prohibir que se construyan minaretes en las mezquitas? ¿Votar aunque se roce el ridículo y la farsa con esa consulta ‘light’ en que está desintegrando su promesa incumplida del 9-N? Porque también deberíamos tener superado que la democracia tiene que ver con la convivencia, con las libertades y con el respeto a los otros; que hablamos de legalidad pero no deberíamos olvidar la ética y la moral, la solidaridad y hasta la generosidad.

Tantos interrogantes esconde el “derecho a decidir” catalán como las primarias socialistas. Hoy se celebran en toda España como ejemplo de democracia interna pero lo han dejado a medias. Por el camino se ha abandonado a quienes no han conseguido el 20% de avales exigido y atrás se han quedado los simpatizantes. En muchas ciudades serán meras ‘fiestas’ de proclamación. ¿Tan difícil era ser democrático desde el principio hasta el final?

Y, ojo, que no estamos ante prácticas exclusivas de los ‘viejos’ partidos. Podemos se ha erigido en antídoto de todos los males de la ‘casta’ y no ha tardado ni medio minuto en enfangarse. A Pablo Iglesias le han tosido en casa y ya ha advertido que no liderará el partido si no salen sus propuestas; sobre todo, que sólo puede mandar él… ¿No eran ellos los alternativos y verdaderamente democráticos? Porque lo suyo suena tan dictatorial como esa decisión de Rosa Díaz de ‘cargarse’ a Sosa Wagner por llevarle la contraria