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De la marea blanca a la amarilla: el quinto poder

Magdalena Trillo | 12 de febrero de 2017 a las 12:35

Cuando hace quince años Ignacio Ramonet denunciaba la “marea negra” de la mentiras y arremetía contra los medios de comunicación que se habían aliado con los grandes poderes económicos y políticos -dejándose contaminar por el neoliberalismo y olvidándose “dar voz a los sin-voz”-, la fuerza del “quinto poder” que el periodista y escritor situaba en el terreno de la ciudadanía no era más que un borrador. Casi una utopía. Sus reflexiones funcionaban en los foros académicos, especialmente en los más críticos contra lo que más tarde llamaríamos “casta”, pero nada hacía presagiar que movimientos globales como la  español fueran a dejar casi en un plano de prudencia la dureza de sus planteamientos y temores.

He vuelto a leer el artículo que publicó en 2003 y se quedó corto: “La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones”. La batalla que acaban de emprender los nuevos gigantes de la comunicación contra las noticias falsas es una primera toma de conciencia -¿irá más allá del márketing?- sobre un problema sistémico que, paradójicamente, no entiende ni de fronteras ni de muros en la convulsa ‘era Trump’. Al contrario. Buena parte de su éxito radica en la permeabilidad de los sistemas de información de los propios Estados y en la inconsciencia de todos nosotros cooperando con el ‘lado oscuro’ a golpe de descargas impulsivas y de los inocentes ‘sí acepto’ con que regalamos nuestro ADN a cualquier postor.

Las crisis de los últimos años, todas ellas, han acentuado las conclusiones de entonces pero en el diagnóstico habría que introducir nuevos factores y nuevos actores. Me refiero al “quinto poder”. A sus contradicciones y al doble filo que supone la presión ciudadana actuando de contrapoder y ¿suplantando a los medios, a los políticos, a las instituciones? El “no nos representan” comenzó como un grito de rebeldía contra el descrédito de las administraciones pero ha terminado minando la autoridad de quienes históricamente han ejercido el papel de mediadores: los profesores, los políticos y los periodistas. En cada eslabón de la cadena de esta (otra) crisis -peligrosamente invisible y transversal- hay errores, pecados y excesos compartidos pero también propios. Porque no es sólo el color lo que diferencia a las mareas; y porque no hay dos problemas iguales ni una solución clonable.

La movilización sanitaria contra la fusión hospitalaria ha situado a Granada como ejemplo nacional del quinto poder. El idealista. El que inunda las calles y consigue documentos firmados en las mesas de negociación. Spiriman ha puesto rostro al cansancio y a la indignación y ha sabido reactivar el sentimiento de agravio que los granadinos parecemos preservar de generación en generación. Pero el fenómeno del ‘Yeah’ tiene un contexto, unos protagonistas y una cartera de razones y de emociones que no son exportables. No lo fue en su día cuando en Guadix intentaron subirse a la ola de la marea blanca y se pondrá a prueba hoy cuando Granada salga a la calle “en defensa del AVE” y contra el aislamiento ferroviario. No sólo los políticos se retratarán esta mañana cuando secunden las pancartas o se refugien en los tediosos argumentarios de los partidos para esquivar la foto. También lo haremos nosotros, los medios. Y también ustedes, los ciudadanos.

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No hay un Spiriman de amarillo que canalice y lidere el cabreo y, por muy perjudicial que sea para la economía de la provincia, para el sector empresarial, para el turismo, el empleo o la movilidad, las fibras sensibles son otras. Sin cuestionar la “injusticia” que supone para Granada su historia tercermundista en infraestructuras, y aun cuando los organizadores apelen a nuestro “orgullo” y “dignidad”, cada movilización tiene su historia y su intrahistoria.

Puede que en este caso también haya mucho de impotencia heredada y aprendida -como los sevillanos que beben Cruzcampo porque lo han visto en casa y nosotros nos aferramos a la Alhambra- y una doble confluencia de factores: no es la salud lo que está en juego -los ranking también hay que aplicarlos a las preocupaciones- y, siendo honestos, ni los turistas han dejado de venir, ni los empresarios de trabajar ni nosotros de viajar.

Es verdad que, con la sanidad, los medios hemos ido a remolque de la gente. Nos sorprendió. Nos costó calibrar la envergadura del problema y no ha sido fácil digerir la tensión e intereses contrapuestos en estos difíciles cien días de protestas, envites y dimisiones. Pero creo que sería injusto no reconocer el esfuerzo que se ha realizado y el posicionamiento militante que hemos adoptado -con excepciones, por supuesto- recuperando nuestro papel como aliados de los ciudadanos y contrapoder de las instituciones. Justo lo contrario que denunciaba Ramonet. Los periodistas, los medios, nos hemos puesto del lado de la gente, no en defensa de los intereses de las empresas. Y lo hicimos en su día con la Marea Amarilla aunque no estaba media España mirando. Y lo seguiremos haciendo hoy porque realmente es una cuestión de justicia. De dignidad.

Sinceramente, creo que la batalla no está entre los viejos medios y los nuevos. Son decisiones editoriales, es compromiso y es rigor. Hablamos de construir un nuevo periodismo que dé respuesta a unos retos diferentes, hable el mismo idioma que la gente y sea capaz de establecer alianzas actualizando esos principios de independencia, honestidad y objetividad que históricamente han marcado la profesión. Que no es fácil es una obviedad, pero no tanto reconocer que no podemos hacerlo solos. Porque el “quinto poder” no es exclusivo de los ciudadanos como nunca fue el “cuarto poder” una prerrogativa sin límites de los medios de comunicación. Tal vez sea la lección más sólida que deberíamos aprender de las mareas: compartir, aliarnos, sumar. Democratizar, también, el éxito de las alianzas.